lunes, 16 de marzo de 2015

Aniversarios

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Dolorosa de Montagut, de la Seráfica, que cumple 75 años en esta Semana Santa | Fotografía: Pablo de la Peña

José Fernando Santos Barrueco

Celebramos en esta Semana Santa cuatro aniversarios de interés. Se cumplen 25 años de la salida del Cristo Yacente de la Misericordia y de Ntra. Sra. del Silencio, 75 de la salida de la Dolorosa de Montagut y nada más y nada menos que 400 del Descendimiento y de la procesión del Santo Entierro.

Estos aniversarios suponen una gran responsabilidad para mantener y mejorar la herencia y patrimonio recibidos de la fe, iniciativa y esfuerzo de nuestros mayores y antepasados. En unos momentos en los que por todas partes se oye eso de "poner en valor" todo tipo de aspectos, pienso que la mejora de nuestras cofradías y celebraciones debería apoyarse en los valores y señas de identidad que a lo largo de tantos años y generaciones se han ido fraguando en nuestra Semana Santa. Decía de ella el obispo Frutos Valiente hacia 1930 que "todo lo que se hiciera para mejorarla, se apoyara en un hondo salmantinismo". No se trata de no importar nada de fuera, pero sí de mantener una línea de actuación coherente, de honda raíz castellana, consolidada a lo largo de muchos años, adaptando a nuestro estilo todo aquello que sea bueno incorporar.

Desde una óptica general, es evidente que siempre han existido aspectos de carácter litúrgico, artístico o técnico, que se han extendido por todas partes y son comunes en las procesiones. Pero tampoco puede discutirse, por su obviedad, que los aspectos diferenciales de las distintas zonas, culturales, sociales y hasta climatológicos (que en muchos casos imponen las diferencias culturales y sociales), han ido configurando la manera de hacer y el carácter de sus gentes y por ende, de sus celebraciones.

La sobriedad castellana ha influido en el silencio y austeridad de sus procesiones (en algunos lugares con rasgos, incluso, ascéticos), favorecido también, especialmente en nuestra Salamanca, por la serenidad y el sosiego de muchas de sus antañonas calles y rincones. Sin desmerecer la fe, el entusiasmo y la devoción de los cofrades (que los considero idénticos en todas los sitios), este modo de ser tiene poco que ver con el carácter más festivo de las celebraciones andaluzas, con mayor suntuosidad, luz y alegría, marcado por sus primaveras y la cultura de la gente. Ni tampoco, por poner otro ejemplo, con el orden, disciplina y uniformidad que en las bellas procesiones de Cartagena viene influido por la presencia institucional de la Marina.

Si esto ocurre en lo que se refiere a la naturaleza de las procesiones, otro tanto podríamos decir de los aspectos artístico y artesanal que constituyen su patrimonio y que, como es natural, vienen también marcados por aquellos rasgos. En lo relativo a la imaginería, nadie niega que para una Semana Santa supone un gran enriquecimiento contar con tallas de maestros de reconocido prestigio, aun cuando no sean del ámbito local o regional. Aquí  tenemos muestras significativas, baste citar al ya mencionado Montagut, o a Felipe del Corral y Mariano Benlliure, si bien a lo largo de los años dominan, como cabría esperar, las escuelas castellana y salmantina, con escultores de gran renombre (querría hacer constar el interés que tendría para nuestra Semana Santa disponer de alguna talla de Fernando Mayoral, otro de nuestros buenos imagineros, aunque extremeño de nacimiento).

Y como en la imaginería, cabría decir del resto de expresiones artísticas: orfebrería, bordados, pintura, rejería y, muy especialmente, la talla de la madera. En ésta, y particularmente en las carrozas, es donde, en mi opinión, más debiéramos cuidar la incorporación de otras costumbres o modos de hacer. Estéticamente, considero que una carroza de estilo castellano, sobria y elegante (y buenos ejemplos tenemos), realza más la visión de las imágenes que otras más lujosas y suntuosas, en las que aquéllas no destacan tanto. Aparte de esto, si alguien piensa (y es muy libre de hacerlo) que la forma de ser no tiene que ver en este asunto, me gustaría hacer una reflexión. Las cofradías andaluzas, y especialmente las sevillanas, tienen un número de cofrades que multiplica por mucho el de las nuestras. Lamentablemente, nos guste o no, esto guarda mucha relación con la idiosincrasia de unos y otros. Una seña de identidad muy salmantina, que en lo que atañe a la Semana Santa puede marcar nuestras procesiones, es la realidad del escaso número de fieles que arriman el hombro como cofrades (pasa en otras actividades). El que allí puedan tener espectaculares carrozas portadas por un buen número de personas, es algo que se pueden permitir. Trasladar esto a nuestras procesiones, donde los pasos siempre se han llevado por un número no excesivo de cofrades (y se ha avanzado mucho eliminando las ruedas de casi todos), podría traer dificultades en época de vacas más flacas (no podemos decir que las actuales sean gordas), al no tener suficientes cofrades para montar la procesión.

Aunque hoy día la globalización propiciada por la tecnología y los medios de comunicación reduce mucho las diferencias apuntadas, pienso que no deberíamos perder de vista nuestra historia, forjada por nuestra cultura, a la hora de decidir aquellos aspectos que configuren y condicionen las procesiones. Sin ser peyorativo, diría que todo es bueno y todo vale, dentro de un orden. Por poner dos ejemplos extremos, nadie podría afirmar si es mejor la sobriedad de la Promesa de Silencio, hecha en la serenidad de nuestro Patio de Escuelas, en una procesión muy castellana y salmantina como la Universitaria, en la que se promete "el más absoluto silencio, ajenos a cuanto ocurra en la calle" (aspecto que con otros símbolos pueden incitar a la devoción de los fieles); o la comunión (común-unión) entre cofrades y fieles en las entradas y salidas de determinadas imágenes en las procesiones sevillanas, en las que se excita esa devoción, entre el baile de los pasos, saetas, piropos y olés. Yo me quedaría allí con esto último, y aquí, con el silencio. Siempre se ha dicho que "hay una cosa para cada lugar y un lugar para cada cosa". Cada cual que opine, ¡con respeto!


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