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viernes, 12 de febrero de 2021

lunes, 29 de abril de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

La sombra de un penitente de la Hermandad del Silencio se proyecta sobre el asfalto | Foto: JMFC

29 de abril de 2019

A mí, esto de que los políticos aparezcan y desaparezcan de la Semana Santa como el Guadiana, me pone de los nervios. Más cuando en plena campaña electoral, surgen los fantasmas del tinglado que cocinan los garbanzos del terruño. Y es que suele ponerme a cocer la mala leche, ese tipo de político postizo, pastoso y plomizo que, sin dejarse ver jamás en un pregón, de repente, porque hay que sacar votamen estira el cuello como una jirafa huyendo del traje.

Que no auspicie san Baltasar de las Bellotas el mal pensamiento que alguien pueda albergar, creyendo que mis letras tratan de poner en la diana al nuevo alcalde. Para nada me metería con el primer edil, que hereda lo que ya es costumbre desde hace años en los alcaldes que visitan templos y suelen saludar cofrades. Apoyos que no vienen mal ante el culebril desmadre anticlerical que sufrimos, y menos cuando estos alcaldes que vamos teniendo sueltan generosamente el pastamen necesario para esa mesa común que ha de disponer para todos la Junta de Semana Santa.

Quien se dé por aludido, pues eso, que se aluda, sabiendo que fue comentario general, antes y después del gran pregón de nuestro Abraham Coco.

Otra cosa es la lluvia que aparece a capricho del soplo natural que la vierte, para tocar a destiempo las narices cofrades.

Dándole la vuelta a esta contrariedad que han sufrido algunas cofradías, podemos argumentar rescatando de los gloriosos tiempos del pasado, el milagreo, para argumentar que las imágenes que no pisaron en hombros la calle hicieron posible que llegase el agua como una bendición celeste. Un agua que, por ser tan necesaria para el campo y la vida, llegó gracias a las figuras de la Pasión, que supieron elegir lo que era mejor para todos.

Pero también es verdad que quienes vuelcan los cántaros celestes podrían ser más certeros y oportunos a la hora de repartir desde el cielo la solana.

El caso es que la lluvia es una de las asignaturas que muchas veces suspendemos, cuando ponemos a la intemperie imágenes de incalculable valor, sin caer en la cuenta que son parte de la heredad que debe permanecer intacta para quienes han de recibirla cuando nosotros andemos desbrozando en otros lugares el silencio.

Mucho más se agrava este problema cuando la imagen que se expone al cincel caprichoso de la lluvia es propiedad de la parroquia que nos cobija. En este tema tan controvertido, la Iglesia debería salvaguardar nuestras tallas de forma radical y sin contemplaciones. Con amenaza de lluvia no debe recaer en los hermanos mayores o juntas directivas tan importante responsabilidad. Creo que los capellanes o los párrocos, deberían ser los que acotasen ese riesgo, que no puede estar en manos de quienes, por presiones o sentimientos cofrades mal entendidos, pueden tomar, fruto de agobiantes ligerezas, nefastas decisiones. Las obras de arte deben ser cuidadas y protegidas por los que son los verdaderos responsables de las mismas, que no pueden ser otros que, quienes representando a la Iglesia, ostentan un poder de decisión que se sitúa por encima del interés de cualquier hermandad cofradiera.

Escuchar esos razonamientos de sacrificios y vivencias personales rociados con extremas valentías, para justificar salidas con riesgo de lluvia a la calle, es una temeridad que no debe ser permitida bajo ningún concepto. Incluso siendo la imagen propiedad de quienes disfrutan permitiéndose estos perniciosos lujos, podríamos argumentar que las obras de arte religiosas dejan de ser pertenencia de las cofradías cuando generan esa atracción popular que, en parte, es uno de los elementos que fortalecen el sentido de nuestras procesiones. Aunque como es lógico, la propiedad permite cualquier licencia que se tome, por mucho que se argumente la contrariedad de la misma.

Y termino aclarando que nada tienen que ver estas reflexiones con el hecho devocional que produce ese colapso emocional profundo, cuando suspendida cualquier procesión aparecen esas lágrimas que brotan de la fuente más interna del sentimiento.


viernes, 21 de diciembre de 2018

F. Javier Blázquez



21 de diciembre de 2018

Siempre se ha dicho que la pluralidad enriquece y, por ello, si en un proceso electoral se plantean varias opciones, con ideas y programas diferentes, son más las posibilidades de elegir el modelo que se prefiere para la institución. Así lo entendemos y así debería ser, pero si nos atenemos a la experiencia de los últimos tiempos y analizamos cómo quedan las instituciones tras un proceso electoral al que concurren varias candidaturas, lo cierto es que en nuestras cofradías no hay mucha diferencia con los partidos políticos.

En Salamanca, de la tradicional dejadez y la casi imposibilidad de formar alternativas a la directiva en ejercicio, hemos pasado en los últimos años a constatar como habitual que se presenten dos candidaturas. En el plazo de dos años, la Seráfica Hermandad del Cristo de la Agonía, la Congregación de Jesús Rescatado, la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, la Hermandad Dominicana y la Congregación de Jesús Nazareno han pasado por procesos electorales en los que se han presentado dos candidaturas. Esto, sobre el papel, es muy positivo. Hay interés por la cofradía y se ofertan distintos modos de gestión para que los hermanos elijan el que consideren mejor.

Sin embargo, una lectura detenida de los pormenores que promovieron la presentación de más de una candidatura, nos lleva a concluir que la formación de las segundas propuestas tiene siempre un componente anti. Antioficialismo, antigrupo-radical del friquismo cofrade, antiacaparadores de la hermandad, antienterradores tras la destrucción, anticorruptos… esto, y más, es lo que se dice. No se puede dejar que la hermandad quede en manos de quien no va a saber gestionarla. Y aquí entra en juego el poco edificante proceso de erosionar al contrincante. Al modo político, donde todo vale. Pero claro, resulta que estamos hablando de hermandades, de comunidades cristianas donde prima la caridad, así debería ser, y sus miembros se tratan como hermanos. Pero esto se olvida y no se duda en erosionar la buena fama del contrincante, en airear sus flaquezas o en utilizar los medios y cauces de la propia hermandad para causas particulares cuando el candidato es el oficial. Hay de todo. Todo vale. El fin justifica los medios.

Cuando esto sucede, la cofradía queda resentida y los que pierden casi siempre pasan a la oposición o al abandono, llegando en ocasiones a cursar su baja. Triste, pero es el percal que desgraciadamente tenemos. Y con ello debemos convivir mientras contemplamos cómo nuestras hermandades se alejan del mensaje evangélico en medio de la maraña de las pugnas intestinas y el debilitamiento progresivo. Porque cada meneo electoral con vencedores y vencidos, aquí pasa factura. Hay que tomar nota para prevenir y anticiparse, poniendo los medios a tiempo, antes de que se produzca la fractura. En la acción preventiva estamos fallando todos, desde el obispado a los cofrades. Y esto no puede seguir así.

Lo mejor, para las instituciones, es la estabilidad. Y por ella abogamos por una renovación tranquila de los cargos cuando llegue el momento, en la vía continuista cuando las cosas están bien, con alternativas fieles al espíritu del Evangelio cuando no quede más remedio que promoverlas, pero siempre dentro de la comunión eclesial, porque cualquier opción es buena cuando se tiene claro lo fundamental.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Paulino Fernández

Cofrades de la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños en la procesión del Domingo de Ramos | Fotografía: Javier Barco

17 de diciembre de 2018

Leía atentamente, y con gran ilusión, el artículo de Xuasús González relativo a las deducciones fiscales de las aportaciones y donativos que se realizan a nuestras agrupaciones públicas de fieles.

Efectivamente, y como muy acertadamente exponía en el texto en cuestión, existen suficientes resortes en nuestra legislación que pueden beneficiar a nuestras cofradías y a sus integrantes.

Una de las principales normas en este campo es la Ley 49/2002, de régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y de los incentivos fiscales al mecenazgo. En ella se recogen las bonificaciones fiscales que podrían beneficiar a los cofrades, sí, pero también se incluyen otras que podrían incidir de manera positiva en terceros y en las propias hermandades.

Por muy sorprendente que nos resulte, esta serie de beneficios no recaerían únicamente en los cofrades, hermanos o congregantes de cada corporación, sino que podrían hacerse extensivos a aquellos terceros que, bien en momentos puntuales o de forma recurrente, realicen algún tipo de donación a la agrupación en cuestión. Es más, la ley no circunscribe aquellos de manera única y excluyente para personas físicas –sean hermanos o no–, sino que se aplicarían también a sociedades. En efecto, las empresas, agrupaciones o asociaciones que realicen algún tipo de donación a una hermandad acogida a esta ley podrán desgravarse una parte del mismo en el Impuesto sobre Sociedades. Como podemos observar, estas circunstancias podrían dar lugar a un aumento de las aportaciones realizadas a nuestras hermandades, lo que se traduciría en una mayor posibilidad a la hora de afrontar nuevos retos y proyectos o de asentar los ya existentes.

No obstante, es necesario recalcar que dichos beneficios no se quedarían limitados a cofrades o terceros: se hacen efectivos a las propias corporaciones en muy diversos ámbitos: desde incidencia en el pago de la "plusvalía" municipal hasta la tributación por Transmisiones Patrimoniales Onerosas y Actos Jurídicos Documentados. Sin lugar a dudas, uno de los nucleares elementos de esta ley en lo relativo a las hermandades a ella acogidas es el referido a la situación del IBI. Como es bien sabido, las hermandades no se encuentran comprendidas en la exoneración de este que se aplica a determinados bienes de la Iglesia Católica. Por ello, nuestras agrupaciones de fieles deben pagar este tributo local por los bienes inmuebles que detenten. Sin embargo, en caso de acogerse a lo estipulado por la citada norma podrán verse dispensados del mismo.

Pero no es oro todo lo que reluce. Para poder disfrutar de todo lo arriba expuesto es necesario cumplir con una serie de requisitos. El primero de ellos es estar dado de alta en el Registro de Entidades Religiosas, como bien indica Xuasús González, pero hay que sumarle igualmente la necesidad de cumplir con obligaciones fiscales, como presentar una contabilidad precisa y conforme al Plan General Contable para entidades sin fines lucrativos o liquidar y presentar el Impuesto de Sociedades; aunque en caso de estar acogido a la Ley 49/2002 son numerosas las rentas exentas o parcialmente exentas en el mismo.

Como vemos, y continuando lo expuesto por Xuasús González, los beneficios que se derivan de esta norma son múltiples y muy deseables, no solo para los cofrades sino para las propias corporaciones y terceros. Este asunto, desde mi humilde perspectiva, puede resultar muy interesante a muchas corporaciones; resultando muy beneficioso un estudio de las condiciones y circunstancias que propiciarían, o no, su acogimiento en cada hermandad, cofradía o congregación.


lunes, 26 de noviembre de 2018

Xuasús González


26 de noviembre de 2018

La llegada de la primavera supone para los cofrades algo así como ver la luz al final del túnel o la llegada a puerto tras una larga travesía. A medida que se va aproximando el equinoccio, nuestro ritmo –aun sin querer– se acelera ante la inminente llegada de una nueva Semana Santa, esos diez días en torno a los que, de alguna manera, gira nuestra vida.

Pero con la primavera llega también cada año una nueva campaña de la Renta, y esa probablemente ya no se espere con tantas ganas… Aunque, en cualquier caso, a la hora de poner al día nuestra situación tributaria, todos queremos –digo yo– que la declaración nos resulte lo más beneficiosa posible; pero quizá no siempre hagamos cuanto está en nuestra mano para ello, en muchos casos por simple desconocimiento.

Sin ir más lejos, probablemente sean muchos los cofrades que no hayan caído en la cuenta de que, simplemente por satisfacer la cuota anual en su cofradía, tienen derecho, en general, a deducciones fiscales: se puede "recuperar" el 75% del importe de la cuota; vamos, que si se han pagado 20 euros, te descuentan 15, que no es poco…

Sin entrar en cuestiones jurídicas, la Ley 49/2002, que regula el régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y los incentivos fiscales al mecenazgo, considera a las cofradías como entidades beneficiarias del mecenazgo, y establece a su vez que los donativos –incluidas las cuotas anuales– son susceptibles de incentivos fiscales.

Las cofradías tienen que cumplir una serie de requisitos –entre otras cosas, estar inscritas en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia–, y también los cofrades, pero en la gran mayoría de los casos, no debería suponer mayor problema.

El cofrade ha de manifestar expresamente su voluntad de ser incluido en la relación que la penitencial ha de comunicar a Hacienda, y solicitar una certificación acreditativa de la aportación realizada; pero debería bastar con enviar un correo electrónico con sus datos personales y su DNI escaneado. Y, de esta forma, en el borrador de su declaración de la renta lo verá ya incluido, pues la cofradía habrá comunicado los datos –tienen obligación legal– a la Agencia Tributaria.

Hasta sumar 150 euros en donativos –y eso incluye también las cuotas–, Hacienda descuenta el 75% en la declaración del IRPF. Y si la cantidad fuera aún mayor, de todo lo que sobrepase ese importe se deducirá también el 30%; incluso el 35% si el donativo es recurrente por un importe igual o superior durante más de dos años.

Además, ese dinero que se "recupera", no sale de las siempre maltrechas arcas de las cofradías, sino que lo aporta directamente el Estado, por lo que tampoco se causa ningún trastorno económico a las penitenciales.

Todavía estamos a tiempo de acogernos a estos incentivos fiscales para la próxima campaña, así que es este buen momento –y no conviene dejarlo más, pues las cofradías lo han de comunicar a Hacienda en el mes de enero– para comprobar si se cumplen los requisitos y solicitarlo a las cofradías. Si se puede, ¿por qué no ‘recuperar’ ese dinero?


viernes, 26 de octubre de 2018

Paulino Fernández

Jesús Despojado sale de la iglesia de La Purísima en su primitivo paso procesional | Fotografía: Pablo de la Peña

24 de octubre de 2018

En su acertado artículo publicado el día 10 de octubre de 2018, Paco Gómez analizaba, desde una óptica periodística católica, las diversas situaciones por las que pasamos los creyentes en esta sociedad secularizada en la que nos encontramos.

Incidía, de manera idónea, en que el mundo en el que nos desenvolvemos ha ido tornándose cada vez más agresivo contra nuestras creencias. Desde ataques verbales hasta acciones físicas, pasando por muy diversos hechos y actos que ponen de relieve que la sociedad española actual, o al menos una parte concreta de ella, muestran de manera airada su profundo desprecio, cuando no odio, a nuestra fe católica.

Como periodista, ciudadano concienciado y creyente, expresaba su preocupación en relación con la situación en la que podría llegar a encontrarse la libertad de expresión  si prosperan determinadas acciones judiciales; recordando que la palabra debe ser "por definición, libre", máxime por tratarse de un pilar básico en nuestra democracia. Como ciudadano, como creyente y como jurista no puedo sino reconocer la realidad, en ocasiones tristemente omitida por quienes detentan poder, de que la democracia no se entiende sin libertad de expresión; ni la libertad de expresión puede desarrollarse sin democracia.

Sin embargo, no hemos de olvidar tampoco que junto a la libertad de expresión conviven otros derechos, que por su sistemática constitucional denominaremos "fundamentales", que construyen la identidad democrática de un pueblo al tiempo que moldean y ahondan las más profundas entrañas del individuo. Uno de estos derechos es el referido a la libertad religiosa.

Esta se trata de una de las básicas libertades que vienen a determinar la calidad democrática de una determinada sociedad, tal y como apunta el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, recogiendo lo estipulado por Freedom House. Un derecho que, como predica Su Santidad, el Papa Francisco, no afecta únicamente a la esfera interna individual, sino que es parte de la cultura de cualquier nación o pueblo. Tal es la consideración que históricamente ha presentado este derecho, que en España fue el primer derecho fundamental desarrollado por ley orgánica, cuando nuestra Carta Magna aún no había cumplido los dos años.

Vivir en una sociedad democrática, como muy bien indica Paco Gómez, es aprender a convivir. Y uno de los "peajes" que gustosamente pagamos por disfrutar el Estado democrático que tenemos es el conflicto, entendido este como la contraposición de intereses en el ejercicio de derechos opuestos por posturas en principio enfrentadas. Cuando yo quiero ejercer mi libertad religiosa, he de entender que este hecho puede afectar a las libertades de mi vecino. De igual forma, cuando mi vecino quiera ejercer su libertad de expresión, podrá afectar mis libertades. Y este hecho ha provocado, y provocará en un futuro, la necesidad de un ente suprapersonal que decida, que pondere, cómo pueden convivir múltiples libertades ejercidas por personas con personalidades e intereses diversos.

Ambos entendemos, nuevamente, que la tutela penal debe reservarse para ocasiones muy contadas y determinadas, principio recogido por el propio derecho penal y que se denomina como "ultima ratio". Pero, he de decir, disiento en la consideración que realiza de la libertad de expresión y su relación con el acceso a un posible procedimiento penal.

La libertad de expresión no lo ampara todo, ni mucho menos debe hacerlo. Si, por ejemplo, cambiamos los insultos a los sentimientos religiosos por insultos a un colectivo por su orientación sexual o su origen étnico-racial, entenderíamos que no estarían amparados por ningún derecho. Así, como podemos ver, la libertad de expresión no puede usarse como escudo ni armadura de discursos que no buscan más que insultar, menospreciar o incluso degradar a otros por determinadas circunstancias personales, sean estas sus creencias, su ideología o su orientación sexual. Ya lo recoge el Tribunal Constitucional, y múltiples sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, refiriendo que las limitaciones estatales a esta libertad son válidas cuando el discurso emitido no busca informar u opinar sino insultar y llamar al odio, conectándose así con el espíritu de tolerancia que debe ser propio de una sociedad democrática.

Siguiendo la doctrina actual del Tribunal Europeo, para tener en cuenta si estas limitaciones son válidas o no, es necesario acudir al contexto. Al entorno en el que se producen estas afirmaciones. Y, sobre todo, a la voluntad y objetivo con la que se dirigen. Así las cosas, no es lo mismo afirmar en un ámbito antropológico que los ritos de un determinado credo responden a una repetición de tradiciones de culturas previas que vociferar en un templo expresiones injuriosas sobre los allí reunidos. No es igual informar en una noticia que determinados ministros de culto han cometido delitos graves contra la libertad sexual de menores que dar un discurso público generalizando este hecho a toda la colectividad mientras se acusa a sus creyentes de encubrir o apoyar estas circunstancias. Ni es lo mismo referir en privado la opinión sobre las creencias de una religión que airear en redes sociales expresiones con ánimo de menospreciar las mismas.

Y precisamente, son estas circunstancias las que nos ayudan a comprender cuál es el contenido y ámbito de ejercicio de cada derecho. Las que nos permiten ir delimitando, día a día, en qué ocasiones se transgrede el ejercicio legítimo de un determinado derecho y cuándo se está llevando a cabo de una manera escrupulosa. Las que nos ayudarán a determinar cuándo existe discurso del odio y cuándo sana crítica, por mucho que sus frases puedan parecer excesivamente rotundas. Por ello, si no se hubiese acudido a la tutela judicial no concebiríamos nuestro entorno legal como ahora lo hacemos. Porque, efectivamente, la labor jurisprudencial de interpretación de la norma arroja luz en muchas ocasiones, máxime en situaciones tan oscuras y complejas como las que aquí se tratan. Así las cosas, la jurisprudencia ha determinado, por ejemplo, que llamar "hijo de puta" no es motivo de despido atendiendo a la degradación del mensaje y lo extendida que está esa expresión (1). O que atacar a la figura del Papa, acusándolo de provocar o favorecer en cierta manera el antisemitismo y el Holocausto, es admisible por su carácter de interés social y favorecedor del debate (2).

Coincidiendo con lo que se expone en su texto, que "la palabra es poderosa y en ocasiones hiriente como un puñetazo", he de manifestar que yo, como creyente, me siento más ofendido cuando una persona con relevancia pública e influencia sobre sectores poblaciones vierte mensajes injuriosos o que pueden incitar al odio contra mis creencias, y no me refiero al caso del tal Guillermo en concreto ya que no conozco las circunstancias que lo rodean y aún debe ser clarificado judicialmente, que cuando un personaje desconocido comparte con sus contactos una imagen ofensiva hacia las mismas. Porque el primero de los hechos puede alentar una acción agresiva contra un credo o sus creyentes,  mientras que el segundo, en muchas ocasiones, no presenta una voluntad lesiva de tal calibre.

Como católicos hemos de aprender a perdonar, indudablemente, pero ello no nos impide de modo alguno defender nuestros derechos cuando creemos que son lesionados. Y, por supuesto, acudir a estos mecanismos judiciales no cercena ni mucho menos determinadas libertades. Antes bien, fortalece estos derechos al clarificar su ejercicio válido y establecer qué queda fuera del mismo.

(1) STSJE 187/2017.
(2) STJUE Giniewski vs. Francia.


miércoles, 10 de octubre de 2018

Paco Gómez

A la izquierda, cartel "Pasión en Salamanca 2011" de Ángel Luis Iglesias. A la derecha, montaje del Cristo Despojado de Jaén que conllevó para su autor una multa por un delito contra los sentimientos religiosos en febrero de este año

10 de octubre de 2018

"No podrá decirles a todos ellos 
que los ama en silencio"
(Juan Carlos Olivas, Romería)

Acaba de publicarse El año de la necesidad, el poemario con el que el costarricense Juan Carlos Olivas ha ganado el Premio Internacional Pilar Fernández Labrador. Versos escritos con el alma desgarrada en un contexto difícil y seguramente distinto al nuestro en lo material, quizá no tanto en lo nuclear, y que hoy me sirven de puente con el mundo cofrade para empezar el curso.

Dice Olivas en ese poema, Romería, que "para un hombre que lleva su casa a cuestas/es difícil caminar". Les propongo un ejercicio de imaginación: cambiar la "casa" de ese verso por "odio". Y a partir de ahí, supongan. Cómo de difícil debe ser caminar para un hombre que va siempre con su odio a cuestas.

Sin ir más allá, ese hombre, o mujer, podría ser quien le acaba de hacer correr gratuitamente al no respetar un paso de cebra; quien se las ingenia para no compartir con usted el viaje del ascensor. Quien parece que lleva una nube sobre la cabeza, siempre dispuesto a amargarnos el día. Ese hombre. Podría llamarse Paco, Juan, Pepe… o Guillermo.

Supongamos que se llama Guillermo, aunque sus amigos lo llamen Willy. Supongamos que le guste diseminar sus "verdades" sin parar en barras. Supongamos que no respete ni lo más sagrado. Lo más sagrado para usted, claro.

Ahí está un poco el lío de todo esto. Vivir en sociedad es aspirar a la concordia y al respeto mutuo como ideal de civilización pero también, cómo no, asumir que haya quien no piense igual.

Aunque nuestra legislación recoge la figura del delito contra los sentimientos religiosos, considero que esta prevención debe usarse con  mucho cuidado. Básicamente, reservada de manera muy restrictiva, para acciones. Ataques de hechos.

Es verdad que la palabra es poderosa y en ocasiones hiriente como un puñetazo, pero la palabra tiene que ser, por definición, libre. Y eso implica, en primer lugar, aceptar a quien no está de acuerdo con nosotros. Es un pilar básico de la democracia al que además, desde la perspectiva evangélica, habría que añadir no solo la aceptación, sino la misericordia.

En los últimos tiempos, bien los sabemos, hay una cierta moda de ridiculizar lo religioso. Menospreciarlo. Denostarlo. Y no hay más remedio que aprender a convivir con ello. Ni siquiera hablaría de resignación. Simplemente son cosas que pasan y que no deben ir más allá, porque al fin y al cabo es bastante sencillo discernir una crítica más o menos hiriente pero que pueda tener un poso de cierta reflexión, de aquellos otros dichos, actos, gracias, expresiones que buscan simplemente escandalizar mediante un camino al alcance, por lo demás, de cualquier mediocre.

No seré yo quien a estas alturas venga a cuestionar tal o cual decisión judicial, solo muestro mi reserva sobre las acciones legales que se emprenden desde colectivos que remarcan su condición de cristianos contra estos episodios que a mi juicio no deberían suscitar más que la indiferencia.

La judicialización del caso de Daniel Serrano por su mofa del Cristo Despojado de Jaén no hizo otra cosa que multiplicar el daño (el famoso efecto Barbra Streisand) y generar una distorsión del mundo cofrade en muchas tribunas mediáticas. Lo mismo podemos decir del conflicto judicial por las bravuconadas de nuestro amigo Guillermo.

No alcanzo a ver beneficios y sí cuantifico muchos daños al intentar poner puertas a un campo donde para mí, obviamente, como periodista, la libertad de expresión debe ser respetada de manera escrupulosa y primordial.

Lo contrario es, por otra parte, hacer un universo cada vez más estrecho, en el que incluso aportaciones valiosas podrían quedarse fuera. Pienso, por ejemplo, en el cartel de Ángel Luis Iglesias para la Tertulia Cofrade Pasión en la Semana Santa de 2011. En él el propio autor se presenta como un ecce homo de mirada franca. A pesar de sus valores formales y simbólicos, también alguien podría haberse sentido ofendido desde la más recia ortodoxia…

Hubiera sido una pena perder ese cartel. Como son una pena esas vidas que eligen libremente el odio. Pero si incluso a esas personas también Él las ama en silencio, ¿no deberíamos hacer lo mismo?


jueves, 5 de julio de 2018

Paulino Fernández

Agentes de la Policía Municipal en la Rúa Mayor antes del paso de una procesión | Fotografía: Pablo de la Peña

05 de julio de 2018

Vivimos, en este país, insertos en una sociedad abierta y plural en la que se supone que las creencias, opiniones y consideraciones ajenas deben ser respetadas y protegidas.

Sin embargo, en pleno año 2018, seguimos observando en nuestro entorno la existencia de sanciones administrativas, condenas penales e incluso procedimientos en curso cuya causa se basa, si no en el propio ataque a los sentimientos religiosos, en la desconsideración hacia los mismos.

Así, y aún pensando que el verano no podría dejarnos noticias cofrades, en la mañana del 3 de julio encontrábamos una sanción en el Boletín Oficial del Estado que se relaciona con la rememoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Efectivamente, y por un acto desarrollado en nuestra ciudad, se notifica la sanción de 150 euros impuesta a un hombre, que se introdujo con una bicicleta en una procesión, por "impedir o dificultar de forma deliberada el normal tránsito de personas".

Realizando una lectura atenta del texto, encontramos que se fundamenta en la Ordenanza Municipal para la Protección de la Convivencia Ciudadana. Esta recoge, en su artículo 22, las diferentes infracciones así como su gradación. En concreto, la sanción de este comportamiento vino sustentada por aplicación de una cláusula omnicomprensiva que determina la levedad de "cualquier otra acción u omisión que vulnere lo dispuesto en la presente Ordenanza y no esté tipificada expresamente como una infracción grave o muy grave".

Este caso me sirve de punto de partida de una serie de consideraciones relativas a la realidad social en la que nos enmarcamos. Sin entrar a analizar el caso previamente descrito, puesto que desconozco las causas en las que se desarrolló y, sobre todo, si existía o no una voluntad de interrumpir o molestar por el carácter religioso del desfile, me gustaría proponer un ejercicio de imaginación común. ¿Cuántas veces hemos observado, ya como cofrade o como espectador y en nuestra ciudad o en otras, un comportamiento cuanto menos irrespetuoso por parte de algunos miembros del público? ¿Cuántas veces hemos escuchado algún improperio? ¿Cuántas veces hemos oído o leído que ocupamos la vía pública y molestamos? ¿O que deberíamos buscar otros lugares para procesionar? Son demasiadas las ocasiones en las que hemos tenido que pedir respeto para nuestros derechos, hemos tenido que sufrir gestos muy alejados de nuestras creencias o incluso hemos observado a algún agente intervenir para evitar males mayores –particularmente en procesiones de noche–.

Es necesario que no nos avergoncemos y mostremos públicamente nuestra condición cofrade; es necesario que tomemos conciencia de nuestros derechos como creyentes, entre los que se encuentra el derecho a manifestar públicamente nuestras creencias. Y, sobre todo, es capital que pidamos respeto para expresarnos conforme a nuestros valores, exactamente igual que respetamos las manifestaciones contrarias a nuestras ideas.


viernes, 15 de junio de 2018

Abraham Coco

Un costalero de la Hermandad de Jesús Despojado en un momento de descanso de la marcha | Fotografía: Alfonso Barco

15 de junio de 2018

Como si fuera un trampantojo matinal con el que desperezarse, sacudirse la alergia de los párpados y esbozar una sonrisa socarrona, a las ocho en punto, tras recordar que era jueves, 14 de junio, y avanzar la previsión meteorológica del día, Carlos Herrera daba la noticia a nivel nacional. Nosotros que creíamos estar al tanto de cada detalle en este centrifugado de información diaria… Y quedaba una noticia más:

"Efectivamente, todo el mundo hablaba de la dimisión. Eso estaba en la calle. Le diría más: estaba en los ambientes. Es verdad que en términos comparativos ha estado poco tiempo, pero era una dimisión esperada. ¿Obligada por qué? Tantas circunstancias... A veces, incluso, por un impulso personal. Pero es muy difícil librarse de determinadas presiones en determinados momentos. Habló con su superior, con su referencia, con quien tiene que bendecir su trabajo. Y entendió que no podía seguir más tiempo. Quién lo iba a decir hacía tan poco. Pues, ciertamente, no se habla de otra cosa. Finalmente, dimitió… el presidente del Consejo de Cofradías de Sevilla, Sainz de la Maza".

Hay que descubrirse con esta treta de perro viejo del periodismo. Pero más allá de eso, el símil nos hace recordar que algunas dinámicas no deberían valer para todo. Porque, claro está, en una junta mayor de cofrades o en una junta directiva, y más en las mesetarías, poco espacio cabe para la fontanería, las mociones, las campañas de desprestigio o las toscas sutilezas. Es mejor reservarlas para curas y trankimazines de celuloide...  Ya lo escribimos en noviembre de 2015 y conviene repetirlo ahora que tocan a urnas en una de nuestras hermandades más queridas, bajo una advocación que entiende de todo menos de disensiones, bajo una devoción que repele el odio y ambiciona la concordia.

Pocas horas después del eficaz artilugio radiofónico de Herrera, la Conferencia Episcopal presentaba la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia correspondiente al año 2016. Así lo transcribían los teletipos: "Según los datos de esta Memoria, que han sido auditados por la consultora PwC, la Iglesia mantiene 3.168 bienes inmuebles declarados de interés cultural (catedrales, iglesias, conventos, etc.), se encarga de su conservación y los pone a disposición de la sociedad. Junto a ese patrimonio están fiestas como la Semana Santa, el Camino de Santiago y todo el patrimonio inmaterial que representa una enorme riqueza para la sociedad, también desde el punto de vista económico ya que supone una aportación a la riqueza de España de más del 3% del PIB y 287.000 empleos".

Con 352 celebraciones y fiestas religiosas declaradas de diferentes intereses turísticos y 21 consideradas, además, Patrimonio Cultural Inmaterial; con 3.577 cofradías inscritas en el Registro de Entidades Religiosas, "sin contar muchas más que existen y cuya actividad se circunscribe a un ámbito más reducido o parroquial", me pareció que ese era el verdadero poder que las cofradías debemos hacer valer. Que ahí dormita un potencial que solo desde la unidad podremos aprovechar para cualquiera de los muchos fines legítimos a nuestro alcance. Aunque para eso se necesitan también buenos líderes.


viernes, 8 de junio de 2018

Paco Gómez

Jesús Rescatado, en su salida de la parroquia de San Pablo, bajo los sones del himno nacional | Foto: Pablo de la Peña

08 de junio de 2018

"Mi reino no es de este mundo" (Juan 18, 36)

Decir que el mundo está en permanente evolución es, por obvio, bastante superfluo. Pero también es cierto que hay momentos en los que los cambios son más evidentes. Hay épocas en las que las transformaciones son casi inapreciables por lo lento y otras en las que todo sucede a ritmo de vértigo. Creo que estamos metidos de lleno en la segunda de las opciones: un momento en el que todo lo que valía ayer ya no vale tanto y en el que hay que empezar a reformularse determinadas convenciones.

La toma de posesión del nuevo presidente del Gobierno ha estado marcada por el inevitable revuelo que acompaña a lo nuevo. Circunstancias inéditas, éxito inédito de esa herramienta parlamentaria que más parecía hecha para reforzar al Gobierno que para tumbarlo, en fin: la toma de posesión sin crucifijo. Ahí quería yo llegar.

No sé la intención con la que se decidió obviar este elemento que históricamente había acompañado a los presidentes del Gobierno, pero me parece sin duda un acierto. Tanto es así que me atrevo a vaticinar que será raro que la toma de posesión de cualquier futuro presidente recupere este símbolo.

Son pasos, creo que necesarios, en pos de una separación que debe empezar a subrayarse entre la Iglesia y el Estado. Entre la esfera que libremente manifestamos y compartimos las personas que tenemos una determinada fe religiosa, y las cuestiones propias del gobierno de lo que es de todos y debe ser para todos.

Es decir, aunque Dios esté en todas partes, hay determinadas cosas en las que es mejor no meter a Dios. Yo no espero de ningún dirigente que acuda a los actos religiosos que le marque la tradición, que sea devoto o que vaya todos los domingos a misa o que realice puntualmente las cinco oraciones diarias del Islam. No lo espero porque eso, al fin y al cabo siempre sospecha de mera fachada, no lo va a hacer mejor o peor representante público. Mejor espero que actúe honradamente, que piense en el bien común y que crea en lo que crea, si es posible, aplique los criterios de justicia social que, esa es nuestra suerte, nos marca el Evangelio pero también el más mínimo sentido de humanidad universal.

¿Digo que un cargo público no pueda hacer manifestación de su fe religiosa? No. Digo que lo haga como persona, como usted o como yo, a pie de calle. Que, mejor, se deje la medalla, la corona o el fajín en casa. Porque lo otro, por muy sincero que pueda ser, tiene un riesgo de tramoya de cartón-piedra que despierta mis suspicacias.

Y ya que llegamos al asunto militar, hay un aspecto de la Semana Santa que me viene inquietando desde hace mucho: el recibimiento con el himno nacional a las sagradas imágenes cuando salen en procesión de los templos.

Yo sé que es una tradición muy arraigada en determinadas procesiones (no solo penitenciales, sino glorias, romerías…), pero me parece también que es hora de empezar a dejar el himno para las cuestiones que marca el Real Decreto que lo regula y centrarse en otros acompañamientos, tan solemnes o más, para nuestras salidas procesionales.

Al fin y al cabo, si Jesús y María en sus infinitas advocaciones son reyes (este es el argumento que se suele mantener para hacer sonar el himno y rendir honores con el arma), lo son de nuestros corazones, no de la tierra que torpemente hollamos. Y, ya se sabe, su Reino nunca fue de este mundo, aunque en él transcurran nuestras humanas acciones.

A lo mejor estoy muy solo en esto, es posible. Quiero dejar claro que no es ni que no quiera a mi país, ni que no respete sus símbolos o sus fuerzas armadas. No es nada de eso. Solo es que no quiero pensar en un Jesús capitán general de nada, sino en un carpintero cuyo mensaje, de paz, no entiende de fronteras ni de símbolos interesadamente manoseados.

Aunque cada uno puede vivir la fe y manifestaciones como la Semana Santa desde la perspectiva en la que se sienta más cómo –y he defendido muchas veces que esta es precisamente su gran fuerza y grandeza– , yo me niego a encerrar el ámbito de mayor trascendencia y espiritualidad en los límites mundanos de un himno y una bandera. Lo siento.


miércoles, 14 de marzo de 2018

Abraham Coco

Varias personas fotografían el paso de Nuestro Padre Jesús Despojado en la calle Meléndez | Fotografía: Javier Barco

14 de marzo de 2018

La Semana Santa es también turismo. Lo cual quiere decir que es otras cosas además de un recurso turístico. Por ejemplo religiosidad y cultura. En ambos aspectos profundizan, en casual contrapunto, dos artículos de Javier Prieto y Conrado Vicente en el número 25 de la revista Pasión en Salamanca, hermana mayor de esta versión digital, que mañana se presenta en la Sala de la Palabra del teatro Liceo, a partir de las 19.30 horas, con Paco Gómez como presentador. Pero vayamos al turismo.

Mi deriva profesional actual casi me obliga a escribir este artículo para afirmar que la Semana Santa es también turismo. No sólo y esencialmente turismo, aunque sea uno de los elementos imprescindibles para explicar el potentísimo resurgir de esta celebración popular desde finales de los años ochenta.

Ayuntamientos y gobiernos autonómicos de todos los colores (los aconfesionales, los semilaicos, los laicos y los megalaicos, los meapilillas y los más paradójicamente anticlericales) han apoyado a lo largo de este tiempo la Semana Santa. No porque sea un potencial elemento evangelizador, sino como recurso turístico, como elemento cultural y tradicional arraigado, como espacio de entendimiento y de afiliación. Probablemente en esto los cargos políticos hayan estado más avispados que algunos curas y obispos.

Los cofrades nos venimos aprovechando de ello con subvenciones que nos han permitido y permiten restaurar y renovar el patrimonio procesional y otras iniciativas que, en algunas latitudes, serían inviables sin ese apoyo económico público. Porque el privado, ni está ni se le espera. Tampoco el del sector más beneficiado por las procesiones de Semana Santa, que elevan la ocupación de determinados lugares que no registran esos niveles el resto del año, prueba inequívoca de la influencia procesional.

Y hete aquí que, de repente, también surge cierta turismofobia cofrade. Se comienza a percibir, por ejemplo, cierto hartazgo por las faltas de respeto de quien acude a ver una procesión igual que un partido de fútbol, aunque en lo segundo al menos el espectador no suela atravesar el césped mientras rueda el balón. Y hay cofradías que achacan su huída de la Plaza Mayor al turismo y a los turistas, aun cuando cupieran algunas explicaciones más, específicas y a mayores en cada uno de los casos.

El turismo es bueno para la Semana Santa. Incluso me atrevo a afirmar que el turismo es imprescindible, en el caso de Salamanca, para el devenir de su Semana Santa. Es responsabilidad de todos que este binomio siga funcionando. De los cofrades, que deben predicar con el ejemplo y trabajar porque la ciudad comprenda, sin vaivenes, aquello que pretenden transmitir. De los propios salmantinos como anfitriones y destinatarios principales y de los turistas, que allá donde fueres haz lo que vieres. También del sector más beneficiado por las procesiones bajo ese lema de Pasión y piedra tan manido como válido. Y de los poderes competentes en la materia. Porque a nadie le interesa lo contrario.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

Xuasús González

Niños de la Hermandad de Jesús Despojado, en su procesión vespertina del Domingo de Ramos | Foto: Pablo de la Peña

22 de noviembre de 2017

A mediados del pasado mes de mayo dábamos cuenta en este mismo rincón cofrade virtual del malestar que se palpaba entre los cofrades de esta comunidad autónoma tras la aprobación del, entonces, borrador del calendario escolar para el curso 2017/2018. La cuestión es que en él se establecía que Lunes, Martes y Miércoles Santo serían días lectivos, y que el periodo vacacional tendría lugar en la semana de Pascua.

Apenas unos días más tarde era aprobado definitivamente el calendario manteniendo las previsiones iniciales, desoyendo las voces en contra –quizá tampoco demasiado vehementes, dicho sea de paso– de las juntas de Semana Santa de Castilla y León. Y, mal que bien, del mundo cofrade en general, al menos en las barras de los bares…

Y, ahora, en pleno curso, seguimos enredando con el mismo asunto…Y es que, a pesar de la decisión de la Junta de Castilla y León, se dejaba abierta la posibilidad para que los centros escolares que así lo decidieran pudieran cambiar el periodo vacacional y hacerlo coincidir con la Semana Santa.

Tan solo nueve –¡nueve!– centros de toda Castilla y León –siete de Zamora y dos de León– solicitaron el cambio de fechas, aunque a dos de ellos les fuera denegado por compartir servicios con otros que no pidieron modificar sus vacaciones.

En esta comunidad se cuentan ocho Semanas Santas declaradas de Interés Turístico Internacional (Zamora, Valladolid, León, Salamanca, Palencia, Ávila, Medina de Rioseco y Medina del Campo), tres de Interés Turístico Nacional (Burgos, Astorga y Ponferrada) y ocho de Interés Turístico Regional (Segovia, Soria, Sahagún, Aranda de Duero, Ágreda, El Burgo de Osma, Peñafiel y Tordesillas). Es decir, diecinueve localidades de Castilla y León tienen algún tipo de distinción turística para su Semana Santa; y eso, si no se nos ha quedado alguna en el tintero, que la concesión de este tipo de declaraciones se ha desmadrado en los últimos años y ya pierde uno hasta la cuenta…

Pero, más allá del número, lo que es innegable es la importancia que, en general, tiene la celebración pasional –con declaración o sin ella– en la comunidad autónoma. Y no solo a nivel turístico, sino también religioso, cultural, económico, social…; que resulta evidente no por un título, sino por la implicación de los ciudadanos –cofrades, y no cofrades– y de las instituciones.

También es evidente que, si se quiere potenciar la Semana Santa, los estudiantes han de poder "vivirla" plenamente, sin preocuparse por sus obligaciones del día a día. Pues, aunque las procesiones no coincidan con las clases, sí que pueden solaparse con actividades extraescolares; e, incluso, aunque no fuera así, la "vida cofrade" se vería sin duda mermada.

Y si eso no lo ha querido ver la Junta de Castilla y León –o, cuando menos, no le ha parecido lo suficientemente importante para conjugarlo con los criterios educativos, cosa que no parece tan difícil–, sí que parecía lógico que lo hubieran considerado las comunidades educativas. Al fin y al cabo, de ellas forman parte a través de sus diferentes estamentos –padres, profesores, alumnos…– personas de lo más heterogéneo. Y ha quedado claro que tampoco ha sido el caso.

Por tanto, se mire como se mire, algo falla… El arraigo de la Semana Santa y la amenaza de no poder vivirla al cien por cien, que tanto parecía preocupar, ha quedado en un más que discreto segundo plano.

Y eso que, para muchos, sigue siendo prioritario para la buena marcha de la Semana Santa –compatibilizar el calendario escolar con el cofrade– es lo que tenemos que hacer ver a la sociedad. Cueste lo que cueste. Y, en eso, tenemos mucho trabajo por delante...


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Paco Gómez

Cofrades del Cristo Yacente con capirote y con el rostro descubierto. Genéricamente, gente | Fotografía: Pablo de la Peña

08 de noviembre de 2017

"Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre" (Lc 6,20-23)

Ni la crisis y su efecto sobre las economías familiares. Ni la subida del IVA. Ni, mucho menos, plantearse algún posible problema de calidad para conectar con el público. Por favor, hasta ahí podíamos llegar. La culpa de que las butacas no estén llenas sesión tras sesión la tiene ni más ni menos una práctica que dura apenas una de las cincuenta y dos semanas del año y que además tiene pinta de ser muy perniciosa. Justo: la Semana Santa. Ya lo ha dicho José Luis García Sánchez: "¡Vayan más al cine y menos a las procesiones!". Y asunto arreglado.

El ya famoso y polémico consejo del cineasta salmantino en su discurso de agradecimiento al recibir en Valladolid la Espiga de Oro de la Seminci al conjunto de su trayectoria no deja de ser una anécdota que hay que encajar, por supuesto, en el marco de la libertad de expresión y en el derecho de cada uno a pensar y opinar lo que le venga en gana.

Dicha con la habitual socarronería de nuestro ilustre paisano (Lázaro de Tormes, Tirano Banderas, Tranvía  a la Malvarrosa, El vuelo de la paloma…), la frase me parece, no obstante, susceptible de comentario por ser representativa de un fenómeno que vengo percibiendo con creciente resignación.

Todo colectivo –y cuando digo todo, es todo–, merece el mayor de los respetos en el mundo de lo políticamente correcto. No hay práctica, pasatiempo, postura ante la vida, pseudofilosofía, neopsicología, convicción alimentaria o entregada afición que no merezca una foto, un apretón de manos y una respetuosa toma en consideración desde las instancias públicas. ¿Todas? No. Todas, con la única excepción del de los creyentes.

Podríamos ser capaces, incluso, de acotar un poco más y no sería errado hablar de los creyentes cristianos, porque quizá los de otras confesiones gocen, desde distintos espectros ideológicos, de un grado de tolerancia que para sí quisiera el seguidor de Jesús.

Hace unas semanas, con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de Salamanca a la Junta de Semana Santa, por una vez no reprimí mi habitual tendencia a no comentar en público los asuntos de la actualidad más cercana y a través de las redes sociales en las que estoy presente mostré mi malestar con la decisión de la agrupación de electores Ganemos Salamanca de no apoyar esta concesión defendiendo, como argumento principal, la deseable laicidad del Estado.

Pero no, no se trata de eso. Para qué engañarnos a estas alturas. Les aseguro que no hay nadie más convencido de la conveniente separación radical entre los poderes públicos y el poder espiritual de la Iglesia (cuya confusión ha generado a lo largo de los siglos daños incuantificables y lamentablemente ha hecho correr la sangre y silenciado conciencias y voces críticas), sin que eso tenga que significar que lo religioso quede relegado o marginado a lo personal, privado y casi clandestino.

Pero no, no se trata de eso. Fórmulas existían para haber apoyado la solicitud si hubiera un mínimo de buena voluntad en este sentido. Lo expuse y lo repito, la Semana Santa de Salamanca no es solo una manifestación religiosa. Es un vestigio antropológico de más de cinco siglos. Es cultura viva que hace mejor la sociedad que tiene al lado a través de infinidad de iniciativas. Es sentimiento que peleó y pelea por la igualdad de la mujer y en el que, al fin y al cabo, debajo de un paso o con un cirio en la mano, no importan mucho ni clases ni linajes.

Cualquier enfoque hubiera servido. Pero más bien y por el contrario, sirvan como ejemplo estos dos momentos recogidos en el artículo, se sigue buscando la manera de ignorar que en los bancos de las iglesias, en las filas de los besapiés, en las romerías, al otro lado de los respiraderos –hombro con hombro–, en la paciente espera de la acera lo que hay ante todo y sobre todo es gente. Gente que por llevar una cruz colgada al cuello o tatuada en el corazón no ha dejado de valer tanto como cualquiera.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Pedro Martín

Dos pequeños ataviados con el hábito de la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños | Foto: ssantasalamanca.com

24 de mayo de 2017

Sin acabar prácticamente la Semana Santa de 2017 y con las evaluaciones encima de la mesa, nos asaltan ya las noticias de la próxima, en este caso por las vacaciones escolares coincidentes o no con la semana de pasión.

El pasado día 6 de mayo se reunieron, como todos los años, los representantes de las distintas localidades de la Semana Santa de Castilla y León en Medina del Campo y uno de los temas estrella que aparece recurrentemente en nuestra comunidad fue este, ya que en el borrador del calendario escolar para el curso 2017/2018 se prevé que las mismas comiencen el Jueves Santo y se prolonguen toda la semana de Pascua.

Ya los vaivenes de años atrás no nos cogen desprevenidos, y periodos vacacionales como el de este año que comenzó el jueves anterior al Domingo de Ramos se entremezclan con años como el venidero.

Independientemente de la influencia en la Semana Santa, ¿a qué obedece tanto cambio?, ¿de verdad alguien  piensa que tres días más de clase antes de Semana Santa y no después valen para algo ¿Pedagógicamente es sostenible? No soy docente, pero sí padre, y después de muchos cursos escolares no le veo la ventaja por ninguna parte, excepto para los profesores que disfrutan de una semana de vacaciones cuando nadie las tiene.

Y ahora vamos al argumentario cofrade, que es lo que nos ocupa en esta página. Parece que el primer argumento esgrimido en la aludida reunión fue el dado por la propia Junta de Castilla y León en anteriores ocasiones: cuando las vacaciones escolares coinciden con la semana de Semana Santa, el turismo interior se incrementa notablemente, disminuyendo en años como el venidero. Pobre y triste argumento, señores. No somos una asociación de hostelería ni un operador turístico, por mucho título que lleven nuestras respectivas semanas santas. Eso que lo luchen otros.

Nuestro argumento no puede estar en el turismo, sino en la participación y en el conocimiento que tienen nuestros niños de la Semana Santa, de nuestra tradición e historia, de su incorporación a la misma de forma activa dentro de las cofradías o como espectadores en la calle. A ello debemos aspirar y por ello debemos reclamar con todas nuestras fuerzas que sus vacaciones escolares les permitan vivir intensamente, disfrutar y, sobre todo, participar en su Semana Santa para que la sientan como propia y así hagan que perdure en el tiempo.

Ese debe ser nuestro argumento y no pensar en la Semana Santa únicamente como "evento cultural y turístico", eso es muy fácil de defender y a la vez muy fácil de denostar y criticar.


martes, 23 de mayo de 2017

Xuasús González

Varios niños de la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños, preparados para la procesión | Foto: ssantasalamanca.com

22 de mayo de 2017

No es, desde luego, muy habitual que la Semana Santa esté de actualidad en los medios de comunicación a mediados del mes de mayo. Y, menos aún, durante unos cuantos días, sobre el mismo asunto, y con reacciones de unos y de otros, políticos incluidos. Y, este año, en esas estamos… por culpa de las vacaciones escolares. Quién lo iba a decir…

Resulta que la Junta de Castilla y León, en su propuesta de calendario escolar para el próximo curso, establece las vacaciones de Semana Santa desde el Jueves Santo hasta el primer domingo de Pascua. Eso significa que el Lunes, el Martes y el Miércoles Santo son días lectivos, y que se descansa la semana siguiente a la Santa.

No es esta una cuestión nueva. Tiempo atrás se alternaba entre las vacaciones en la propia Semana Santa y en la posterior, en función de cuando "cayera", buscando –se decía– un cierto equilibrio en la duración de los trimestres. Pero estos últimos tres años, al haber coincidido las vacaciones con la Semana Mayor, todo parecía indicar que ya no habría más discusión al respecto; incluso –creo recordar– así se había anunciado. Cosa, por cierto, que parece razonable, de igual forma que las vacaciones de Navidad no empiezan en Nochevieja, ni las de verano en el mes de agosto…

Cierto es que el hecho de poner las vacaciones en una semana o en otra hace que varíe la duración del segundo y del tercer trimestre; pero no creo que la diferencia resulte trascendental para la buena marcha del curso. Y menos aún si se tiene en cuenta que esas tres jornadas, y en esas fechas, resultan por lo general académicamente "descafeinadas"… salvo que a algún profesor le dé por poner en ellas algún examen –no habrá días en el trimestre–, que tampoco sería la primera vez…

Sin embargo, sí que es mucho lo que está en juego, "semanasanteramente" hablando, si Lunes, Martes y Miércoles son lectivos. Porque, aunque las procesiones no coincidan por lo general en horario con las clases, no es difícil que sí se solapen con las distintas actividades extraescolares. En cualquier caso, los estudiantes tienen que estar pendientes de sus obligaciones y no pueden vivir plenamente esos días, lo que hace que la "vida cofrade" se resienta. Y eso, en una comunidad autónoma en la que muchas de sus localidades cuentan con una Semana Santa con gran arraigo y participación de la sociedad –por no hablar de las declaraciones de Interés Turístico de las que tanto se presume–, pues suena todavía más raro…

Para el próximo curso, decía, el borrador del calendario escolar contempla del Lunes al Miércoles Santo como días lectivos. Y la polémica, más pronto o más tarde, tenía que surgir; y se ha hecho de rogar, que ya se conoce la propuesta desde hace mes y medio, y no hace más que unos días que ha trascendido.

Fue a raíz de la última asamblea general de juntas de Semana Santa de Castilla y León, celebrada el pasado 6 de mayo en la localidad vallisoletana de Medina del Campo, en donde se palpaba un malestar generalizado por el asunto de las vacaciones.

Así, el mundo cofrade de esta comunidad autónoma ha decidido ir de la mano para tratar de cambiar el calendario. Y han empezado a hacer "ruido" en los medios, anunciando un escrito dirigido a los consejeros de Educación y de Turismo, Fernando Rey y María Josefa García Cirac, respectivamente, y al presidente del ente autonómico, Juan Vicente Herrera.

El hecho de que todas las "Semanas Santas" de la comunidad autónoma se hayan unido en esta reivindicación ha servido, al menos, para que los políticos la tengan en consideración. Y, según parece, se va a permitir que cada localidad, si así lo demanda la mayoría de sus centros educativos, pueda disfrutar el próximo curso de sus vacaciones escolares de Semana Santa entre el Viernes de Dolores y el Domingo de Pascua. Y que los alumnos puedan "meterse" de lleno en la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Qué menos…


sábado, 21 de enero de 2017

Abraham Coco

Un hermano de carga porta un rosario en una de las procesiones de la Vera Cruz salmantina | Foto: ssantasalamanca.com

20 de enero de 2017

José Manuel Ferreira Cunquero tiene los ojos llenos de recuerdos y, con sus vibrantes descripciones, consigue que los veas con los tuyos. Pero el poeta de la Semana Santa de Salamanca, que ha cogido impulso con su pregón para hermanar a los cristianos de nuestras procesiones con los perseguidos de Tierra Santa, se equivocó el pasado lunes en su artículo "Más de lo mismo" donde relataba cómo "un susodicho" le "impartió una lección magistral sobre el poderío que ostenta el Cristo de su cofradía en cuanto a milagros se refiere". Se equivocó también necesariamente Tomás Gil, el sacerdote de la última sesión del Aula Cofrade donde compartí con Ferreira las enseñanzas sobre cómo orar ante las imágenes, donde nos refrescaron la memoria por si en algún momento de la travesía cofrade habíamos olvidado que veneración e idolatría son cosas bien distintas.

Y digo que Ferreira se ha equivocado porque de otro modo no me explico el cambio de actitud –bienvenida sea– del alcalde de Ferrol con la Semana Santa de esta ciudad gallega, construida con solo cinco cofradías que se intercalan de domingo a domingo en más de veinte desfiles para llenar de fe unas calles donde muchos, crisis del naval por medio, la perdieron hace tiempo. El poder sanador de la Semana Santa ha quedado demostrado al ver sobre el atril, en el stand de Galicia en Fitur, al regidor promocionar sus desfiles, con los que en el inicio de su mandato tropezó, cabe pensar cada vez con más claridad que por puro desconocimiento. ¡A punto estuvieron de la cacerolada frente al Ayuntamiento! Pero en el afortunado camino del ninguneo al piropeo se ha cruzado el interés económico, la cultura en forma de paquete turístico con el que intentar enseñar al mundo que esa esquina de España merece, como mínimo, una visita primaveral.

Por lo que cuentan las crónicas de quienes asistieron in situ al momento, el alcalde no se salió de su papel institucional y tampoco otro hay que exigirle. Es el alcalde, no el pregonero, ni el presidente de la Junta de Semana Santa, ni el obispo. Pero allí estaban de la mano, sobre el escenario, representantes políticos de tres partidos –la Xunta del PP, el Ayuntamiento de Ferrol de Ferrol en Común (integrado por miembros de Izquierda Unida, los nacionalistas de Anova y miembros de Podemos) y el Ayuntamiento de Viveiro del PSOE, porque ambas fiestas se daban a conocer al mismo tiempo.

Así que Ferreira estaba doblemente equivocado. Porque allí, en Fitur, las tres formaciones eran capaces incluso de pactar y posar unidas ante las cámaras. A ver en qué Parlamento o Ayuntamiento, incluso en qué plenario cofradiero, has visto tú eso últimamente con tanta soltura.


viernes, 16 de diciembre de 2016

J. M. Ferreira Cunquero

Varios vecinos de un barrio del este de Alepo transitan por una calle devastada | Fotografía: Efe

16 de diciembre de 2016

Cuando a este izquierdismo memo que, moviéndose como cutre casta entre moquetas de salón y pedigrí, le falta la coral de grises saliendo de las lecheras, pues hay que inventarse (no les queda más remedio) al enemigo, para seguir arreando por los parajes del poder al asno más populista de los asnos.

Fíjate tú qué disgusto tenemos quienes llenamos las calles esperando ver y vivir la Semana Santa procesional, porque la vocera de turno amenaza con encerrarse en casita, no vaya a cogerse alguno de esos virus cristiano costumbristas que moran desde hace más de dos mil años en las vísceras del pueblo.

La verdad es que debe mortificar lo suyo ver a esas muchedumbres una y otra vez llenando las calles con ansias de ver procesiones, mientras en los púlpitos vacíos de los apoyos cacarean las huestes del antitodo.

Estos políticos del tralará que preconizan la rigidez de unos ideales uniformados y precocinados en sus querencias, puede lograr - fíjate tú- y no tardando mucho, que algún día la plebe semanasantera, ponga las cosas en su sitio a través del gesto democrático que mueve el tinglado a través de las urnas.
No es difícil pensar qué podría ocurrir si 8.000 votos cofrades van a una candidatura montada para tal fin. Menos difícil es suponer qué ocurriría si se unen familiares, amigos y una parte, solo una parte, de la concurrencia que llena las calles en Semana Santa con ansias de ver lo que aquí sucede (¡a ver si se enteran!) desde hace más de 500 años. Sería, lo doy por seguro, una buena lección para estos ediles que, acabando de llegar, creen que han inventado el tocadiscos.

Pero como no es solo la Semana Santa procesional la que entra en los objetivos pueriles de estos mendas, la Navidad, hay que darlo por seguro, ha de volver a sus largos y profundos insomnios, en forma de pataleta retortijona.

Lo importante es que debemos congratularnos de que, con motivo de la Navidad, muchas cofradías y hermandades miran hacia quienes tienen montadas, en el belén de sus desdichas, la miseria o la soledad que se ciñe a sus frágiles cinturas como una aguda patología de este tiempo.

Claro que seguramente es más, mucho más lo que puede y debe hacerse desde la condición cristiana que obliga a compartir ternura y cercanía. Mucho más si el que viene llega para meter el dedo en la profunda llaga del corazón cristiano.

Pero pese a todas nuestras carencias en ese compromiso cofradiero que nos obliga a ser y a compartir, ahí están los gestos que me enorgullecen de pertenecer a este mundo de la tradición semanasantera, cuando en estos días, por toda España miles de jóvenes hermanos recogen alimentos o juguetes para los niños de las familias que soportan en sus hogares la tragedia inverosímil de ser pobres en este tiempo del gran consumo y de las inútiles grandilocuencias.

Pero al mismo tiempo es Navidad en Siria, donde la Tierra más Santa de toda la tierra acoge al Niño que nace cada día en el dolor del hombre o en la mirada perdida de los niños que maduran entre escombros el sabor del sufrimiento.

Navidad en esa Iglesia copta, donde el fanatismo acaba de hincar en lo más profundo del alma cristiana el odio como cuchillo hiriente que derrama de nuevo sangre inocente. Navidad en los suburbios del mundo, donde el Niño acoge en su corazón misericordioso al hombre que ha perdido su dignidad y al que sufre la explotación miserable de los trajeados gerifaltes que mueven los grandes mercados de heladuras y miserias.

La pregunta vuelve a izarse como una interrogación de misterio en el pecho más oscuro de la noche: ¿Qué podemos hacer?

Y otros ecos interrogan sobre el cobarde silencio de la Europa institucional cuando, quienes por compartir nuestra fe, son arrojados a los leones del odio en el circo fanático de este tiempo.

¿No será hora ya de preguntarnos si la mirada cofrade debe clavarse con más compromiso en quienes, por defender nuestra fe, caen en la trampa del delirio religioso?

Pero es Navidad y, pese a todo, ese Niño nos obliga al arrimón fraternal que nos empuja simplemente a caer en la cuenta de que algo más hemos de hacer…

Solo me queda, amigo lector, desearte una feliz Navidad junto a los tuyos y todo lo mejor para el año que llama ya con insistencia en el portón de la esperanza.

…Mi nacimiento tiene caminos
nevadas montañas de harina,
un prao con verdes musgos que brillan
cobijando la sombra de un pino.
… Cuatro zagales y dos zagalas
van caminando helados de frío
a ver a Jesús, el Hijo de Dios,
que en un rincón de mi casa ha nacido.

Fragmento de Mi nacimiento, 1983


jueves, 19 de mayo de 2016

Abraham Coco

Dos hermanos de la Cofradía de Cristo Yacente, en la madrugada del Jueves Santo | Fotografía: Alfonso Barco

19 de mayo de 2016

Las fronteras, cuando no están claras, pueden dar lugar a confusiones y espejismos. María José, bendita ella entre todos los contertulios, diría que a "boberías" como esa vista por un ensanche madrileño donde, al menos, todo queda más diluido y escondido que en el casco viejo de una ciudad turística en la que los visitantes no entienden nada. Cuando se defienden algunas posturas, bien convendría antes analizar sus semejanzas. Pero las fronteras de hoy, aviso para malpensantes, no tienen nada de cardinales.

Están las fronteras entre la propaganda y la información. Bien sabe uno lo que es una y otra aunque tampoco él pueda tirar la primera piedra. En esa frontera se dice aquello de "esto no lo pongas" y se indica lo que debe escribirse. Así se da lugar a suplementos de divulgación turística con un falso tufo informativo donde la jerarquía y la extensión las dicta el que pone la pasta. El criterio periodístico, establecer por qué abordar esta o aquella Semana Santa, por qué darle a esta historieta dos columnas o a aquel personaje una apertura generosa, recomendar si visitar las ciudades de aquí o de allá, queda supeditado a aquello acordado entre la parte contratante y la parte contratada.

Y sobre fronteras entre propaganda e información también debemos reflexionar a la hora de pregonar desde las cofradías la labor caritativa desarrollada. Bueno puede ser contar, para que algunos que no quieren oír oigan, que tras las hermandades hay, aunque en distinto grado, un compromiso social. Pero los protagonismos ocasionales, con bombo y platillo, no deben caer en el error de que la mano izquierda sepa lo que hace su diestra. Siempre debería ser preferible un balance general, unas pinceladas a toro pasado que resuman un sentido, antes que una caridad con nombre, apellidos… y fotografía.

La segunda frontera me la sirven un par de diputados de la oposición en el Parlamento gallego durante el debate de la nueva ley de patrimonio cultural de la Xunta, donde llegaron a afirmar que esta normativa de carácter autonómico debe velar por el mantenimiento de aquellos elementos históricos o identitarios de la región… salvo si tienen algo que ver con la Iglesia católica. Que se caiga la Catedral de Santiago mientras conservemos aquella piedra en la que una tarde se sentó algún escritor idolatrado.

Con la intención de dar una de cal y otra de arena, recuerdo a continuación aquella famosa rueda de prensa de Ganemos Salamanca donde un edil manifestó que, en la frontera entre lo público y lo confesional, un Ayuntamiento no debería costear, por ejemplo, la restauración de una talla sin valor artístico. Devociones al margen, el cofrade deberá reconocer que en esto puede no faltarte razón. Aunque de naturaleza pedichona, debemos conocer la frontera de lo que tenemos derecho a reclamar.

Porque la tercera y última frontera es la ciudad, con su rutina diaria, sus plazas y sus calles, que son de todos. Por eso mismo no son solo de los cofrades, sino de toda la ciudadanía, de los que miran con buenos ojos hacia una procesión y de los que sueltan sapos y culebras al escuchar tambores y cornetas. No podemos fiarlo todo a contar con una administración local que sople a favor de nuestros intereses. De ahí que sea preciso darse un marco regulatorio común y no hacer de nuestros horarios e itinerarios un sayo. El retraso en la salida de una procesión o la modificación de un itinerario por la lluvia no pueden quedar al libre albedrío de la hermandad afectada. En ocasiones hay cortes de tráfico u otras posibles actividades que interfieren en ello. Con los derechos y deberes blanco sobre negro, las cosas estarán claras ante cualquier adversidad futura. Lo mismo debería regir para traslados y ensayos. Lo poco agrada... aunque haya quien no lo crea.


lunes, 21 de marzo de 2016

Abraham Coco
Los emblemas de las cofradías, en la fachada del Ayutamiento | Fotografía: Pablo de la Peña

21 de marzo de 2016

Os vemos y sabemos que la cuenta atrás apura sus últimos días; que al rosario de actos y cultos cuaresmales les queda el último trago; que se acercan las horas. Como si fuerais un pregón en bucle, os vemos y sabemos que todo está a punto. Os vemos y recordamos cuando de niños aprendíamos, apuntando con el dedo a cada uno de vosotros mientras preguntábamos a los mayores, qué se escondía detrás de cada símbolo. Memorizábamos para que no se nos olvidara hasta el año que viene que el de la palma, el olivo, el libro y la cruz roja abrían el Domingo de Ramos, un rato antes que el de las cadenas liberara al preso por la tarde. La palabra indulto no cabía todavía entonces en nuestro vocabulario.

Y así, en nuestra imaginación, íbamos tachando uno a uno a medida que los veíamos por las calles. Salvo el de la cruz con el sudario y el fondo azul, que desfilaba varios días. Debía de ser la más importante. Después jugábamos a intentar recordar quién era quién en el emblema de la vieja Junta Permanente que terminaría siendo reemplazado.

Había dos que se parecían porque ambas salían desde la Clerecía y el que se asemejaba al del preso también tenía algo que ver con él. Había procesiones, como la de las siete de la mañana, que al pasar delante del suyo levantaban el paso. Ahora os recordamos siempre en la fachada, pero en fotos y vídeos os comprobamos repartidos por toda la Plaza Mayor. ¿Estaba ese tan sencillo de la cruz con olivo que se habían enfadado con el resto? Los mejores sitios, claro, para las más antiguas, aunque hoy haya cierto barullo con el protocolo que se sigue al colocarlos. No estaba entonces el del Despojado, que aún quedaban años para su creación. Ni siquiera sabíamos cuál terminaría siendo la nuestra.

No nos planteábamos que aquellos fuera "enaltecimiento de la religión" o que supusiera "ostentación de las cofradías". Veíamos una ciudad volcada con sus hermandades y como sabíamos que en aquel edificio estaban los que mandaban elegidos por todos, suponíamos –quién sabe– que se unían a una fiesta patrimonio de los salmantinos.

Hoy, como niños otra vez, nos vemos al principio del camino, tratando de explicar lo que ya creíamos superado. Lo que no generaba debate. Lo que se aceptaba con normalidad. Nuestra Semana Santa resumida en diecisiete pendones repartidos en ocho balcones durante algo menos de dos semanas que, en pro de la democracia y del respeto a la convivencia, estorban. Y me pregunto si esto no será solo una sinécdoque.


lunes, 14 de marzo de 2016

F. Javier Blázquez

Varios cofrades de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz el Jueves Santo | Foto: Manuel López Martín

14 de marzo de 2016

"El ámbito de lo privado tiene que escindirse del de lo público y la religión debe estar exclusivamente en el de lo privado". Así de contundente se mostraba Carolina Bencansa el pasado sábado en una entrevista radiofónica. Así de poco original resultaba, repitiendo el viejo mantra de una ideología que si por algo se ha caracterizado ha sido por defender a gritos los derechos y libertades del individuo a la par que con su actuar los negaban, recurriendo a la represión o eliminando sin contemplaciones al discrepante, con la muerte civil, al estilo de Maduro, o real, a la manera de Stalin, que como bien demostró tempranamente H. Arendt fue la misma que la de Hitler. Es la Historia de antes, remozada y encamisada, que resurge y enseña, sin poder evitarlo, la patita por debajo de la puerta.

Sí, es verdad y hay que decirlo con claridad y sin los circunloquios e inconsistencias del lenguaje políticamente correcto. La doctrina que propugna estos principios es totalitaria, porque niega las libertades individuales y trata de imponer a toda la sociedad una misma ideología, la del Estado que ellos quieren construir. Y todo ello pese a que en la defensa de la libertad religiosa la normativa es muy clara.

Para empezar, el artículo 18 de la Constitución española, que de momento continúa vigente aunque algunos den ya por amortizada, dice: "Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley".

Si nos vamos al ámbito europeo, en la Convención Europea de Derechos Humanos, artículo 9, al hablar de la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión podemos leer:  "1. Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, en público o en privado, por medio del culto, la enseñanza, las prácticas y la observancia de los ritos. 2. La libertad de manifestar su religión o sus convicciones no puede ser objeto de más restricciones que las que, previstas por la ley, constituyan medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la seguridad pública, la protección del orden, de la salud o de  la moral públicas, o la protección de los derechos o las libertades de los demás".

Y por si esto fuera poco, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, casualmente también en el artículo 18, como el de la Constitución española, se afirma que "Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia".

Entonces, ¿a qué estamos jugando? ¿A dictadorzuelos de pitiminí o a engendros del odio a todo lo que huele a cristiano? Porque la inquina parece que solo apunta hacia el cristianismo. ¿Qué es eso de que la religión debe ocupar exclusivamente el espacio de lo privado? De eso nada, salvo que queramos dinamitar esta sociedad fundamentada en los derechos y libertades del individuo que, con gran atino, eso sí, supo separar la religión del Estado. Pero, claro, cuando el Estado se acaba confundiendo con la sociedad y la ideología es la del Estado, entonces ya no hablamos de derechos y de libertades, sino de la anulación del individuo que acaba por diluirse en el Estado. Y eso se denomina totalitarismo.

Las procesiones de Semana Santa son un hecho religioso y cultural. Si como patrimonio de la cultura tradicional las instituciones están obligadas a protegerlas, como hecho religioso, las instituciones deben garantizar el derecho de sus promotores, que son las cofradías, a organizarlas. Así de claro. Por ello pueden y deben estar presentes en el espacio público.


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