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jueves, 2 de julio de 2020

Tomás González Blázquez



02 de julio de 2020

El 2 de julio es fecha marcada en el calendario para todos los alistanos: la cita anual en el santuario de la villa de Alcañices, establecido en la antigua iglesia conventual de San Francisco, al que acuden para rendir visita a la Virgen de la Salud, patrona de la comarca. El día en que se celebraba antiguamente la fiesta de la Visitación acoge esta jornada mariana de peregrinación, que atrae también a devotos portugueses, y sin duda muchos de ellos aprovecharán la apertura ayer de la frontera hispano-lusa para rezar ante la sagrada imagen de túnica azul y blanco manto, con el Niño Jesús sostenido en su brazo izquierdo. Tristemente perdida la antigua talla románica, que pereció en un incendio accidental en el verano de 1917, la actual fue realizada en los talleres Tena, valencianos, justamente hace un siglo. No podrá festejarse el centenario acompañando en procesión a la Virgen por las calles de Alcañices, pero tiempo habrá de retomar algunas actividades conmemorativas que la emergencia sanitaria ha postergado. Sirve este 2 de julio diferente, en todo caso, para reivindicar la belleza de la advocación mariana de la Salud. La Madre de Dios es invocada como "salud de los enfermos", así se hace en Tejares o en San Sebastián, y así se rezaba también, con título tan hermoso, a la Virgen de la Alegría, que la Cofradía de la Vera Cruz muestra como el icono de la salud definitiva, el gozo de ver al Resucitado.

No se limita la Salud a ser una advocación para Nuestra Señora, sino que Cristo mismo es asociado a este don ansiado y pedido, implorado cuando se pierde y agradecido cuando se recobra. Un vistazo rápido a los programas de Semana Santa nos descubre la existencia de numerosos ejemplos de Cristo de la Salud representando algún momento de la Pasión. Vinculado en muchos casos a favores proporcionados a algún pueblo o ciudad en situaciones de epidemia, el Cristo de la Salud se nos presenta como "el médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos" que ha encomendado a la Iglesia, auxiliada por el Espíritu, proseguir esta misión de curación y de salvación a través de los sacramentos (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1421). Confiados a su poder sanador lo veneran cada primer viernes de marzo en Alba de Tormes, encarnado en un crucificado gótico que guarda la parroquia de San Pedro, procedente del monasterio de los jerónimos desamortizado en el XIX. Contemplar el rostro de este Cristo de la Salud, paciente y humilde, desgarrado, exhausto, nos traduce con fidelidad lo anunciado en los Cánticos del Siervo, concretado en curaciones (Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos…; Mt 8,16) y llevado a plenitud en la cruz (…para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: "Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades"; Mt 8,17).

La salud de las personas rogada a Jesús y María se estima también necesaria para las instituciones, las comunidades, la sociedad en su conjunto. En tiempos en los que la divergencia se expresa muchas veces de forma abrupta y sectaria, y la crítica se interpreta a menudo como ofensa, sanear aquello que lo precise resulta más urgente que nunca. ¿Gozan de buena salud nuestras cofradías salmantinas, nuestra Coordinadora Diocesana todavía pendiente de despegue, nuestra Semana Santa con su Junta inmersa en inquieto período electoral, su presencia o ausencia en la Iglesia local y en la ciudad, sus fortalezas y sus debilidades? Identificar las enfermedades será lo primero, para plantear remedios con posibilidades de éxito. Tampoco es cuestión de ser ingenuos, que la salud como estado perfecto, completo y continuado no existe, mucho menos cuando este concepto subjetivo se pretende aplicar a una realidad tan amplia como la Semana Santa salmantina. Pero algunos parámetros sí podemos medir: la convocatoria del culto de las cofradías y la participación de sus miembros, el alcance y eficacia de la obra social y caritativa, la organización de actividades formativas, el cuidado del patrimonio o la comunicación, la asistencia a las asambleas y reuniones, el grado de compromiso de directivos y capellanes, la fidelidad a las normas diocesanas que ya han cumplido un año, la capacidad de resolver los conflictos con honestidad y serenidad… Las queremos saludables. Las necesitamos sanas. Aunque tengamos que ponernos la mascarilla e imaginar solamente un beso al Cristo de la Salud. Aunque haya que mantener la distancia y no pueda salir la Virgen de la Salud sobre su carro triunfante como cada 2 de julio, cuando Aliste peregrina para esperarla a la puerta de su santuario.


viernes, 17 de abril de 2020

Esther Ferreira Leonís

Los hermanos del Cristo de la Humildad realizaron sencillos altares en sus casas para la III Cadena de Oración Franciscana 

17 de abril de 2020

En mi tierra sus gentes abrazan la Semana Santa en las calles con todos sus sentidos. Palpita en sus venas la Pasión de Cristo, viva en el escenario que rutinariamente les emplaza cualquier día de otra época del año.

Pero este 2020 ha sido caprichoso duelo en su primavera, obligándonos a refugiarnos en nuestras casas para, desde la ventana, sufrir la condena propia y solidaria con nuestros semejantes de tener que rumorear en la lejanía el fervor de los rayos del sol, afanados en hincar su fuerza naciente, para así hacer brotar el colorido de los campos.

Y entre tanto una pregunta curiosa en la voz ingenua de un niño rebota sobre mis espaldas… ¿por qué no ha habido "Semana Santa"? Y es que aún se oye el lamento de muchos "procesioneros" por la suspensión de los desfiles, encarnando un desaliento tal que solo es comprendido cuando se ha llegado a la máxima hondura, camino del "Calvario" amparado por un hábito que se hace aliado en el trasegar de los pasos orantes hacia la búsqueda de la fe más elevada. Las cofradías y hermandades son estandarte de la religiosidad más natural, la que despierta desde las costumbres y la cultura popular, la de las vivencias más cercanas que facilitan el encuentro con el Misterio, la que se puede desentrañar a un pequeño que por primera vez asoma su atención a la realidad cultural, social y religiosa que le ha venido dada y que le acompañará en su madurez desde su propia crítica…

Y en la inquietud de esa inocencia que está descubriendo sus aledaños, otra percepción que contrasta: "La relación con Cristo no se suspende", lema de la Hermandad Franciscana de Salamanca para convocarnos a la cadena de oración el pasado Sábado de Pasión, junto con cientos de monjas franciscanas de clausura de toda España e Hispanoamérica. Porque hemos vivido la Palabra, acuciados por las circunstancias, si cabe, más hondamente, afianzando ese mensaje que ha de guiar nuestra existencia como cristianos, fijando nuestra preocupación antes en el prójimo que en nosotros mismos, y ello desde esa fe que comporta creencia en el Otro, confianza en su aliento ante las más terribles consecuencias de una pandemia desoladora. Del mismo modo Francisco Gómez ‒pregonero al que esperamos en el escenario del Teatro Liceo del próximo año‒ nos invitaba a sumergirnos en la semana más trascendental para los cristianos desde lo más íntimo, destilando desde la reflexión creyente el Evangelio, transformando el desgarro de la Pasión en alegría purificadora de Resurrección y renovación espiritual, desde esta perspectiva impuesta que nos coadyuva a interiorizar aún más nuestra esencia allende lo mundano.

Ambas visiones y esa ingenuidad niña que espera una respuesta… Y resurge entonces con claridad de un rincón privilegiado de mi memoria lo aprendido de Francisco Rodríguez Pascual y sus sucesores en la defensa de la Semana Santa procesional: la relevancia de las manifestaciones de fe y piedad populares, revestidas de connotaciones culturales, que llegan a las entrañas de los más humildes para atestiguar la vida de Dios hombre, de Dios padre, de Dios luz al final del horror que ahora acontece y aquella que ya alumbra a los que gozan de la paz de su rostro.

Otro año será, daremos testimonio de nuestra fe en las calles para hacer del mensaje de Cristo luz en cualquier mirada.


viernes, 6 de marzo de 2020

Pedro Martín

Jesús Rescatado es venerado por los salmantinos en el tradicional besapiés del primer viernes de marzo | Foto: CJR

06 de marzo de 2020

Ya viene la cofradía, ya viene. Ya se ve la fila, larga, a veces larguísima, serpentea, tarda en pasar horas y horas, no termina. Qué bonita la cofradía, donde los hermanos no se conocen, pero hacen hermandad por unos minutos. Niños, desde su más tierna infancia, jóvenes, adultos, mayores, muy mayores, con muletas, con sillas de ruedas, todos participan.

Cada uno lleva en la procesión lo más íntimo de su ser, sus preocupaciones, sus peticiones, sus deseos, sus tristezas, sus alegrías, sus acciones de gracias.

Va en la procesión una madre que pide trabajo para sus hijos, en paro desde hace años; una hija que pide salud para su madre, enferma; una joven que va a ofrecer sus estudios, y pide ayuda; un anciano en silla de ruedas que no sabe si este será el último año, que sea lo que Dios quiera; un bebe en brazos de su madre que lo mira todo con ojos de asombro, está descubriendo la vida; un señor que este año acude solo, le falta su compañía de tantos años que ya inició la procesión definitiva al Padre; un grupo de religiosas, que acuden en comunidad; un par de turistas curiosos, que se han sumado sin saber muy bien a qué; otra mujer que va a dar gracias porque la operación salió bien, y lo había ofrecido; y tantas y tantas personas que componen esta procesión anónima, auténtica, espontanea, viva, emotiva, preciosa y sincera.

Avanza la procesión y se introduce por el largo pasillo, ya queda menos, ya llegamos, la meta está cerca. Y al traspasar la puerta de la iglesia ahí está él, esperando, maniatado y coronado de espinas, manso, sereno, entregado, como cordero llevado al matadero, con mirada de ternura, de misericordia y la boca entreabierta que parece decirnos: "acércate, no tengas miedo".

Toda su divinidad y majestad hecha humanidad, humildad y servicio, bajo a ti, me ofrezco a ti, para llevar tus pecados por ti, para morir por ti.

La mirada, fija en él, mirada compartida que nos hace ya a todos uno con él. Unos lo miran, una y otra vez, otros no son capaces de aguantarle la mirada, mirada que nos interroga, pero mirada siempre de amor. Quizá alguno lo mire por última vez en este mundo y otros por primera vez en brazos de sus padres o abuelos. Se acercan, la proximidad da esa confianza en esos escasos segundos para contarle nuestras cosas, esas que hemos ido rumiando en la procesión, y la intimidad del momento se cristaliza en ese beso de amor que ponemos a sus pies, nos fundimos en él y con él. Hay quién lo acaricia con la ternura de una madre, la Madre observa todo esto en la distancia del crucero y lo guarda en su corazón.

Cada mirada, cada gesto, cada beso, cada caricia, cada ofrenda es una oración del pueblo a su Señor en esta preciosa cofradía anónima.

¡Jesús Rescatado, me postro a tus pies!


viernes, 12 de abril de 2019

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Detalle de la Dolorosa de la Vera Cruz, que abre la Semana Santa procesional en Salamanca | Foto: Roberto Haro

12 de abril de 2019

"Y a ti misma una espada te traspasará el alma"
Lc 2,35

"Stabat Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa"
Secuencia, s. XIII 

Como prólogo y pórtico a las celebraciones de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor, nos encontramos con el –ahora– desdibujado tiempo de Pasión que comienza el quinto domingo de Cuaresma. El viernes siguiente a este domingo es el viernes de Pasión, dedicado a la contemplación de los dolores de María. Se establece en paralelo al Viernes Santo, consagrado a la muerte de Jesús. Esta celebración sufrió una disminución en las sucesivas reformas litúrgicas que jalonaron el siglo XX: por una parte, se quiso dar más importancia a la celebración de la Virgen de Dolores el 15 de septiembre; por otra, eliminar las fiestas duplicadas. Así, en primer lugar, se rebajó su categoría a una mera conmemoración (1960) y, una década más tarde, en segundo lugar, se eliminó por completo (1970). Lo que en los laboratorios litúrgicos se destruyó, el sensus fidei del pueblo fiel lo mantuvo. En muchos lugares, la devoción popular conservó la celebración en memoria de los siete dolores de María. Al final, reconociendo su enraizamiento en los corazones de los fieles, el papa san Juan Pablo II repuso en la tercera edición del misal romano (2002) la oración colecta en honor a la Virgen de Dolores el viernes de Pasión. Este desarrollo muestra cómo la fe del pueblo, la piedad popular, es verdadero lugar teológico (Francisco, Euangelii gaudium, 126) y, una vez más, acaba por prevalecer (como sucedió también, por ejemplo, con la defensa y proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, sostenida por el pueblo y cofradías a despecho de muchos y santos teólogos).

La clave en la meditación de los dolores marianos nos la pueden dar las letanías. En ellas proclamamos a María, reina de los mártires. Esto podría entenderse en un sentido general: ella, en puridad, no fue martirizada, pero como madre de la Iglesia y reina de todo lo creado, es también Señora de los mártires. Sin embargo, no es este el modo en el que lo ha entendido el pueblo de Dios. El día de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén, el anciano Simeón profetizó la espada que atravesaría el alma de María (una espada que, clavada en el corazón, es parte irrenunciable de la iconografía de nuestras dolorosas). Al pie de la cruz, acompañada del discípulo amado, la madre de Jesús recibe esa estocada y asocia su sufrimiento a la muerte de su Hijo. María sufre martirio en su alma al padecer el mayor dolor que puede sufrir una madre: la muerte del fruto de sus entrañas de un modo infamante, como inocente condenado. El Señor acepta su muerte, y se dirige con absoluta libertad a ella, como camino para quebrar las cadenas de muerte y pecado que atenazan a la humanidad. María con su dolor se asocia de modo indisoluble a la cruz y, así, colabora con nuestro Redentor en nuestra salvación. Un dolor que también tiene su camino, de ahí los tradicionales siete dolores: la profecía del anciano Simeón, la huída a Egipto, la pérdida del Niño Jesús en el templo, el encuentro con su Hijo camino del Calvario, la crucifixión y muerte de su Hijo, la recepción del cuerpo muerto de Jesús en sus brazos, y el entierro de Jesús y su soledad. Siete etapas que son siete puñales que se clavan en su corazón y que configuran su particular vía crucis por el que pasa antes de poder celebrar la resurrección gloriosa de nuestro Redentor.

En todas nuestras hermandades y cofradías, el dolor de María juega un papel fundamental: si contemplamos la pasión y muerte del Señor, lo hacemos de la mano de su su Madre, como el discípulo amado. En todas las escenas del misterio de la pasión, nosotros colocamos siempre a María, pues solo así mantenemos el valor suficiente para acompañar al Señor en su pasión y no abandonarlo. El nombre concreto que le damos a Nuestra Madre es secundario: puede ser el tradicional de Nuestra Señora de los Dolores, o puede hacer referencia a alguna de las virtudes, sentimientos o situación de nuestra Madre (Merced, Caridad, Consuelo, Piedad, Esperanza, Angustias, Amargura, Soledad...). Todos estos nombres son facetas del único amor de una Madre que pierde a su Hijo para salvar a sus hijos.

La sabiduría del pueblo santo de Dios ha mantenido la celebración del Viernes de Dolores: la contemplación de la pasión de María asociada a la de su Hijo nos tiene que llevar a estar, como Ella, unidos a la cruz de Cristo. El camino del Gólgota, es el camino que el discípulo amado recorre de la mano de nuestra Madre, es el camino que nosotros, de igual modo, debemos recorrer para llegar a participar de la resurrección de Nuestro Salvador.


miércoles, 19 de diciembre de 2018

Pedro Martín

Las hermanas de carga de María Nuestra Madre, todas a una, en el inicio de su procesión | Foto: Pablo de la Peña

19 de diciembre de 2018

Dice Pablo en su Primera Carta a los Corintios, en una deliciosa comparación entre la Iglesia y el cuerpo, que cada parte del mismo es importante, necesaria e interdependiente de las demás. Todos los miembros forman parte del cuerpo, uno sólo no es cuerpo y sin una parte de ese cuerpo tampoco existe este, no estaría completo.

En este juego anatómico llega nuestro Papa Francisco y da un paso más allá. Ya me sorprendió en Roma en mayo de 2013, como cofrade y como médico, cuando nos dijo que las cofradías teníamos que ser verdaderos pulmones de fe en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, todo un reto. Vaya, parece que en el cuerpo místico de la Iglesia somos los pulmones, y sin ellos no podemos respirar, función vital imprescindible.

Y no se queda sólo aquí: en este año 2018, en dos ocasiones, en septiembre y en noviembre, nos lanza una nueva comparación médica, todo un reto por cierto, ya que nos compara nada más y nada menos que con el sistema inmunológico, poniendo en su boca palabras de un obispo italiano que afirmaba: "La piedad popular es el sistema inmunológico de la Iglesia". Le atribuía así la defensa de la misma ante muchos de los peligros de la sociedad de hoy, por ser sincera, por ser limpia, por ser del pueblo más sencillo donde no hay dobleces en su relación con Dios.

Qué bonita comparación: el sistema inmunitario es necesario para que el propio cuerpo se defienda de las infecciones por sí mismo. Y para que esté alerta para evitar las mismas. Qué gran responsabilidad pone en nuestras manos de nuevo el Santo Padre.

Aunque como médico que soy, permitidme hacer una inferencia de mi cosecha y espero no ser demasiado técnico.

Si el sistema inmunitario está debilitado o no funciona adecuadamente, las infecciones podrían campar a sus anchas por lo que es más que conveniente cuidar el sistema inmunitario, cosa que compete a nuestros pastores, a quienes el Papa les encomienda el acompañamiento y la atenta vigilancia en la corrección fraterna para que la piedad popular de los frutos esperados.

También tenemos el otro extremo y es que nuestro sistema inmunitario funcione más de lo que debe y ataque a nuestro propio cuerpo en lo que llamamos enfermedades autoinmunes. Por desgracia algo de esto se da o se puede dar también en nuestras cofradías, atacando por sistema y de forma incontrolada estamentos, actitudes, personas o a la propia Iglesia en sí, doméstica y universal. De nuevo el Papa lo refleja de forma formidable y dura: "El protagonista debe ser siempre el Espíritu Santo. La religiosidad popular no debe ser instrumentalizada por la presencia mafiosa, de cualquier tipo, convirtiéndola en vehículo de una corrupta ostentación".

Cuidemos el sistema inmunitario de la Iglesia para que sea pulmón en medio de nuestras comunidades. Lo necesitamos. Lo pedimos. Lo esperamos.


viernes, 14 de diciembre de 2018

Daniel Cuesta SJ

San Juan de la Cruz. Grabado y aguada del siglo XVII. Detalle

14 de diciembre de 2018

¿Qué cofrade no ha presenciado o vivido en primera persona una discusión entre el sacerdote de turno, o un grupo parroquial que, al contemplar como las cofradías adornan a sus imágenes en sus altares o pasos, intentan hacerles ver que todo eso no sirve para nada, por ser superfluo o infantil? Y es que, el tema de las imágenes, su adorno y los gastos que esto ocasiona, es quizá uno de los más espinosos y resbaladizos con los que tienen que lidiar las hermandades, si es que estas quieren mantener vivo su seguimiento de Jesucristo dentro de la Iglesia Católica. Es verdad que la misma reflexión o vara de medir podría utilizarse para otro tipo de gastos y ornatos que la Iglesia utiliza para sus necesidades, pero, como esta es una reflexión dirigida fundamentalmente a cofrades, creo que no conviene entretenerse por aquellos derroteros.

Sin pretender solucionar este eterno debate, en este artículo querría ayudar a iluminarlo mediante algunas citas de San Juan de la Cruz, cuya fiesta celebramos hoy, día 14 de diciembre. Este autor castellano reflexionó sobre este tema en una de sus obras más famosas: la Subida del Monte Carmelo. En resumidas cuentas, lo que el místico carmelita pretende en este libro es ayudar a aquellos cristianos que quieran vivir en profundidad su seguimiento de Jesús a purificarse de todas las idolatrías que, bajo capa de bien, nos encierran en nosotros mismos en lugar de abrir nuestra alma hacia Dios. Así, el santo habla de la necesidad de trascender nuestros sentimientos, nuestras ideas, nuestros afectos, nuestra razón, etc. Y, como no podía ser de otra manera, en el capítulo 37 dedica unas breves líneas a la necesidad de trascender las imágenes sagradas para que estas puedan llevarnos verdaderamente hasta Dios.

Es verdad que algunos han pretendido ver en estas palabras de San Juan de la Cruz a un cristiano iconoclasta. Esta idea serviría a algunos católicos para realizar su deseo de retirar los santos de los altares y así incorporarse a una vivencia de la espiritualidad más cercana a la protestante. Sin embargo, creo que esta idea viene de una lectura superficial del texto sanjuanista, a la que probablemente el santo respondería con una invitación a trascender también este deseo de iconoclastia.

San Juan de la Cruz, como cristiano católico del siglo XVI que era, no estaba en contra de las sagradas imágenes, sino que las defendía e incluso llegó a utilizarlas como puerta para entrar en su oración mística. No hay que olvidar que, en el llamado "Milagro de Segovia", el Santo tuvo un coloquio espiritual con Jesucristo a través de la mediación de una pintura de un Nazareno. En este sentido, en Subida del Monte Carmelo, no duda en defenderlas y reivindicarlas como herencia y patrimonio de la Iglesia:

Siendo ellas [las imágenes] tan importantes para el culto divino y tan necesarias para mover la voluntad a devoción, como la aprobación y uso que tiene de ellas nuestra Madre la Iglesia muestra. Por lo cual siempre conviene que nos aprovechemos de ellas para despertar nuestra tibieza […]. El uso de las imágenes para dos principales fines le ordenó la Iglesia, es a saber: para reverenciar a los Santos en ellas, y para mover la voluntad y despertar la devoción por ellas a ellos; y cuanto sirven de esto son provechosas y el uso de ellas necesario. Y, por eso, las que más al propio y vivo están sacadas y más mueven la voluntad a devoción, se han de escoger, poniendo los ojos en esto más que en el valor y curiosidad de la hechura y su ornato (1). 

Sin embargo, también por ser cristiano católico del siglo XVI, San Juan de la Cruz conocía los peligros que encierran la veneración y sobre todo el adorno de las imágenes. Por ello, junto a estas palabras laudatorias de las efigies religiosas, no duda en incorporar otras muy duras, en las que advierte de las desviaciones y errores en las que se puede caer, convirtiendo la veneración de las imágenes de Dios, de la Virgen y de los santos en un culto idolátrico:

Hay muchas personas que ponen su gozo más en la pintura y ornato de ellas que no en lo que representan […]. Porque hay, como digo, algunas personas que miran más en la curiosidad de la imagen y valor de ella que en lo que representa; y la devoción interior, que espiritualmente han de enderezar al santo invisible, olvidando luego la imagen, que no sirve más que de motivo, la emplean en el ornato y curiosidad exterior, de manera que se agrade y deleite el sentido y se quede el amor y gozo de la voluntad en aquello […]. Esto se verá bien por el uso abominable que en estos nuestros tiempos usan algunas personas que, no teniendo ellas aborrecido el traje vano del mundo, adornan a las imágenes con el traje que la gente vana […]. Y de esta manera, la honesta y grave devoción del alma, que de sí echa y arroja toda vanidad y rastro de ella, ya se les queda en poco más que en ornato de muñecas, no sirviéndose algunos de las imágenes más que de unos ídolos en que tienen puesto su gozo […]. Y así, veréis algunas personas que no se hartan de añadir imagen a imagen, y que no sea sino de tal y tal suerte y (hechura, y que no estén puestas sino de tal o tal manera, de suerte) que deleite al sentido; y la devoción del corazón es muy poca (2). 

Pese a los casi quinientos años que nos separan del día en el que fueron escritas creo que estas palabras de San Juan de la Cruz siguen teniendo una rabiosa actualidad y por tanto pueden ayudarnos a los cofrades de hoy a vivir nuestra fe cristiana con una mayor hondura dentro de nuestras hermandades. Puesto que, en el fondo, el santo nos está preguntando si consideramos a nuestras imágenes como un medio para acceder a Dios (y por lo tanto una realidad contingente) o por el contrario las tenemos como fines en sí mismos, como ídolos que nos encierran en una vivencia cristiana superficial y poco comprometida. En el fondo, podríamos seguir preguntándonos con San Juan de la Cruz si al rezar y adornar nuestras imágenes, estas nos están llevando hacia Dios y a la vez abriendo a la Iglesia, a nuestra sociedad, a los más desfavorecidos, a los que sufren… o si, en cambio, su exorno nos está encerrando en nuestra cofradía, favoreciendo las críticas internas y externas, la envidias, las riñas y los conflictos y otras muchas actitudes que se contradicen con el mensaje de amor de Jesucristo.

En el fondo, estoy convencido de que esta reflexión de San Juan de la Cruz puede ayudarnos a discernir si al venerar, vestir y adornar a nuestras imágenes (costumbre santa y loable) nos estamos guiando por los criterios de aquellos que visten a muñecas, adornan escaparates o preparan pasarelas de moda, o si, por el contrario, lo estamos haciendo por el espíritu de quien quiere que sus imágenes estén bien vestidas y adornadas para que ayuden a aquellos que oren ante ellas a trascenderlas y llegar así a aquellos a los que éstas representan.

Con todo, soy consciente de que no se trata de un tema fácil, y por lo tanto no puede solucionarse ni con la necedad de aquel que aboga la eliminación de todo adorno (e incluso de toda imagen), ni con la simpleza de quien cree que todo vale con tal de que sus titulares sean los más ricamente vestidos y los que estén mejor adornados de su ciudad. Como en muchas otras realidades de nuestra religión cristiana, también la vestimenta y el adorno de las imágenes requieren de nuestra reflexión e interés, si no queremos que se conviertan en aquel "ornato de muñecas" del que hablaba San Juan de la Cruz.

(1) San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, capítulo 37, 2-3
(2) Ibid. 3-4




miércoles, 28 de noviembre de 2018

Tomás González Blázquez
Fachada lateral de la parroquia de San Juan de Mata, sede canónica de la Hermandad del Vía Crucis | Foto: Pablo de la Peña

28 de noviembre de 2018

Ni el programa de procesiones se puede reorganizar "para seguir el orden litúrgico" (aunque sí podría revisarse), ni es deseable pretender que las rúbricas litúrgicas se apliquen sin más en los actos de piedad (algo inviable), ni la liturgia como tal sirve de manual de instrucciones para las manifestaciones populares de religiosidad (que son otra cosa). Conviene distinguir para unir, saber qué es la liturgia, saber qué es la piedad popular y obrar en consecuencia. Fue un tema recurrente en los albores del siglo, cuando la diócesis salmantina invitó a formarse a los cofrades, a través de cursos regulados y encuentros más esporádicos, y lo ha seguido siendo en el camino de una invitación diocesana muy repetida, insistente, prolongada y vigente.

Liturgia y piedad popular, dos ejes fundamentales en la vida de nuestras hermandades, que, sin embargo, aún no son conocidas ni diferenciadas. La realidad de los cofrades demuestra que muchos hacen girar únicamente su compromiso en torno al "eje piadoso", mientras que unos pocos, no menos fieles a él, procuran que a su vez tenga como referencia el "eje litúrgico", del que es complemento, como una expresión personal y comunitaria de la fe, testimonio valioso de la misma, anuncio explícito y externo de lo celebrado en la liturgia. Si la piedad popular se reconoce en un plano subordinado a la liturgia es como en verdad adquiere sentido y coherencia. Por el contrario, si giramos en torno a ella por costumbre, por afición, sin hacernos preguntas, sin profundizar, no es que nos perdamos la oportunidad de adentrarnos en el misterio de la liturgia, que también; es que ni siquiera habremos comprendido enteramente todo lo bueno que a la vida de fe proporciona la devoción a las imágenes sagradas o la llamada que sentimos a acompañarlas por las calles.

Yendo a lo práctico, me resultaba llamativa hace unas semanas la noticia de que la Hermandad del Vía Crucis volverá a emprender su procesión desde el auditorio municipal habilitado en la desacralizada iglesia de San Blas. No por la mera noticia, sino por el hecho de que las tres procesiones vespertinas del Jueves Santo en Salamanca saldrán desde lugares donde previsiblemente no se habrá celebrado la misa de la Cena del Señor. En San Blas y en la iglesia nueva del Arrabal, desacralizadas ambas, no se oficia la liturgia; en las Úrsulas, sin comunidad religiosa desde el pasado abril, imagino que tampoco, pues la propia Seráfica Hermandad convoca desde siempre a sus cofrades para que participen en los oficios de Jueves Santo en la iglesia de los Capuchinos. Igualmente, la del Cristo del Amor y de la Paz lo hace en la iglesia vieja del Arrabal y la del Vía Crucis lo seguirá haciendo en su sede, la parroquia de San Juan de Mata, pero esta separación espacial entre la liturgia del día y sus procesiones puede valer como signo de una realidad que existe y que se puede acentuar: la de los templos sin culto o con muy escaso culto; y de otra que contemplo como riesgo: perpetuar la distancia entre liturgia y piedad popular si el cofrade poco inclinado a participar en la primera la percibe ajena en horario, en lugar o en enfoque al acto piadoso al que sí se siente muy convocado. ¿Se sacrificará para no perderse ninguna de las dos convocatorias? ¿Le haremos elegir? ¿Le facilitaremos estar y sentirte parte de ambas? ¿Cuánta será la duración total y se tendrá esto en cuenta?

El caso concreto del Jueves Santo solo es uno de ellos. Señalando apenas las citas litúrgicas principales de la Semana Santa pienso en la dudosa participación de las decenas de niños cofrades en una misa de Domingo de Ramos cuyo preámbulo, la bendición de las palmas y el evangelio de la Entrada en Jerusalén, es precisamente la razón de ser de la posterior procesión con el paso de Jesús Amigo de los Niños. En la tarde del Viernes Santo, de la misma forma, cuatro cofradías se echan a la calle tras la celebración de la Pasión y Muerte del Señor, a la que habrán faltado decenas de cofrades. Por último, a la misa de Pascua tampoco deberían renunciar los participantes en la procesión del Resucitado.

Hemos de concluir que el vínculo que une a liturgia y piedad popular no parece todo lo robusto que debiera en las cofradías, que los largos años en que se han dado la espalda son pasado pero aún se sienten sus efectos. La propia diócesis acaba de incluir la piedad popular como una sección en la delegación de liturgia, de manera que se reconoce su peso pastoral y se intuyen avances en su consideración. Por su parte, las cofradías podrían reflexionar acerca de su apostolado litúrgico, si es prioritario y eficaz entre sus miembros, si resulta factible y atractivo para ellos celebrar la liturgia y procesionar, si los programas de actos no están desproporcionados… Ese hilo todavía tímido y fino que une a liturgia y piedad popular hay que tejerlo a conciencia, sumarle fibras, fortalecerlo. No será fácil, ni los frutos llegarán pronto, pero si acaso dejamos que se rompa nos habremos quedado sin saber muy bien qué estamos celebrando un Jueves Santo por la tarde o un Domingo de Resurrección por la mañana.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fotografía: Pablo de la Peña

14 de noviembre de 2018

"Muchos no creen en nada". "Un gran número, si no la mayoría, están solo por folclore, por cultura, por tradición familiar". "¿Fe en esos lugares? Poca". Estas son frases y opiniones comunes en el ámbito eclesial sobre las hermandades. Manifiestan una actitud apenas tolerante: las cofradías son una herencia del pasado, cristianas de modo superficial, llenas de personas que, si bien están bautizadas, este es su único contacto con la Iglesia, y ya no es que tengan una fe escasa o dubitativa, es que algunos se declaran agnósticos o ateos sin complejos. Unas instituciones, en definitiva, llenas de hipocresía, a evitar o a disolver. Un debate en el que no voy a entrar ahora es en el de preguntarme qué sucedería si el mismo test de pureza que se exige a las hermandades se aplicase a otros grupos eclesiales. Lo que pretendo es realizar un par de reflexiones acerca de esta realidad bajo una luz positiva.

Partimos de un hecho innegable: en toda cofradía, en mayor o menor medida, hay un número significativo de hermanos que, aunque estén bautizados como condición necesaria para poder formar parte de ellas, viven en una increencia declarada. No me refiero a aquellos que tienen dudas de fe, o que la expresan de modo sencillo mediante la cercanía a las imágenes de los titulares, sino a quienes encuentran imposible la fe en Dios y en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. A pesar de esta imposibilidad, ellos encuentran gratificante y significativa la pertenencia a una hermandad por un amplio abanico de razones que solo una soberbia desmesurada puede despreciar o tachar de incoherentes. Los motivos pueden abarcar desde la tradición familiar en la que se ha crecido, hasta el sentimiento conmovedor ante la belleza de un arte en movimiento, pasando por la amistad enriquecida por la fraternidad vivida en el seno de la cofradía. Todas estas –yo, al menos, lo tengo claro–, son causas válidas para continuar siendo miembro de una cofradía. Es cierto que, como no nos cansamos de recordar, las hermandades son instituciones eclesiales que tienen como principales funciones la formación de sus miembros, el fomento de la caridad ad intra y ad extra y la profesión pública de la fe. Los hermanos ateos conocen esta realidad, saben que esta es el alma que anima la pervivencia de unas tradiciones de las que participan. Ellos entran en esa dinámica aunque, en lo personal, no puedan dar su asentimiento a las verdades de la fe.

Ante esta realidad no cabe ni ignorarla y mirar hacia otro lado, ni, siendo consciente de ella, utilizarla para atacar a las hermandades y a sus miembros como cristianos de segunda, poco maduros. Para mí, al contrario, nos encontramos ante una oportunidad única: el establecer en nuestras hermandades un verdadero espacio de diálogo entre creyentes y no creyentes que se sienten y saben hermanos. Una hermandad se puede constituir así en un verdadero atrio de los gentiles: es decir, en un ámbito donde escuchar las diversas posiciones sobre la fe y la trascendencia en el ámbito del ejercicio de la caridad y en la contemplación del camino de la belleza como vía de acceso a Dios. Es absurdo ignorar que estas son las instituciones eclesiales, explícitas en su confesión de fe, que atraen y conservan a un mayor número de no creyentes. Darles la palabra a estos y escucharlos con el corazón abierto es un desafío para todos. Sí, las hermandades son un cuerpo mixto en el que se dan la mano creyentes y no creyentes. Esto no es un defecto, es una oportunidad que nos da el Señor para, en un ámbito eclesial, poder establecer un diálogo sincero sobre el anhelo espiritual de todo hombre, sobre los motivos del alejamiento de la fe o sobre la imposibilidad personal para creer. La belleza del arte y la liturgia, la fuerza de la tradición, de la amistad o de la familia son razones válidas para permanecer en una hermandad a pesar de haber perdido la fe, porque también a través de ellas habla el Señor y difunde su Evangelio, aunque esto sea a largo plazo, aunque esto sea difícil de ver o de aceptar por aquellos que están más preocupados por prístinas purezas inexistentes que por discernir los multiformes medios que Dios utiliza para no perder a ninguno de sus hijos.

Esta apertura no es fácil y puede resultar hasta polémica, sin embargo, es necesario recorrerla. La labor evangelizadora de cofradías y hermandades la exige de modo perentorio. Aceptemos la variopinta realidad de nuestras cofradías, aprovechemos que estamos en un ámbito eclesial, creemos espacios de diálogo y debate, de acogida y escucha. Que el Señor nos ayude a no juzgar a nuestros hermanos y a presentar siempre un rostro acogedor del Evangelio.


viernes, 9 de noviembre de 2018

José Fernando Santos Barrueco

Cofrades de la Hermandad de Jesús Despojado en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Pablo de la Peña

09 de noviembre de 2018

Opinar sobre los motivos por los que se entra a formar parte de una cofradía sería un vano y pretencioso intento, con el riesgo de hacer juicios de valor sobre aspectos que afectan a sentimientos, en los que no caben comentarios porque se refieren a lo más íntimo de cada persona. Nadie puede valorar, y mucho menos juzgar, los actos piadosos ni las sensaciones que experimenta quien carga con una imagen o realiza determinada penitencia en una procesión. No obstante, en las cofradías que tienen una relativa antigüedad y han visto el transcurrir de dos, tres o más generaciones, podríamos afirmar que la mayor parte de los motivos suelen ser de índole familiar y se mueven en torno a sus sagradas imágenes, cuyo culto se ha ido consolidando, y a las procesiones que con ellas se realizan. Las tradiciones de pertenencia, las devociones y los sentimientos que se han cultivado en ese entorno familiar llevan a relaciones, compromisos y promesas, que impulsan una buena parte de las razones de entrar a formar parte de aquellas. Razones, todas ellas, loables y muy respetables, aunque el objetivo pueda estar muy focalizado y no se tengan miras más amplias.

Podemos asumir que las procesiones y, con ellas, el fervor hacia las imágenes, pueden constituir el aspecto más carismático de las cofradías y, desde luego, el acto más emblemático y de mayor relevancia en la calle. En muchas, prácticamente el único que congrega a la práctica totalidad de los hermanos (incluyo aquí aquellos otros que se hace preciso realizar con vistas a la procesión, tales como ensayos o trabajos de preparación de pasos y enseres procesionales).

Dicho esto, me parece que mal harían las cofradías en centrarse solamente en este aspecto. Las cofradías penitenciales nacieron como asociaciones o congregaciones de laicos bajo una determinada advocación, como una manera de estar presentes y participar en la Iglesia y en la sociedad, practicar la penitencia, especialmente en la semana de la Pasión de Cristo, y desarrollar marcados fines piadosos y benéficos. Algunas nacieron en torno a una imagen muy venerada, por razones de tradición o leyenda, y otras incorporaron posteriormente imágenes existentes o encargaron su realización. El culto a las mismas potenciaba la penitencia y la caridad en sus múltiples aspectos. Más tarde, con el apogeo del barroco y la imaginería religiosa, se desarrollaron y popularizaron las procesiones semanasanteras.

Sería bueno que las cofradías mirasen a sus orígenes buscando su razón de ser. Es cierto que hoy no tendrían sentido las causas que originaron la mayoría de ellas, pero sí ser conscientes de que nacieron con un fin eclesial y social potenciado con el culto a unas imágenes y el ejercicio de la penitencia. De la misma forma que en la mayor parte de las actividades de la vida (industria, comercio, etc.) las cosas han cambiado tanto que solo cabe reinventarse para poder seguir adelante, pienso que las cofradías también tendrían que reinventarse de alguna manera y plantearse las razones de su actual existencia, buscando nuevos caminos en esa acción o reivindicación social tan necesaria hoy día en favor de los más necesitados. Preguntarse el dónde, por qué y para qué estamos. Cuál es el carisma de la cofradía, su aspecto más atractivo en beneficio de la comunidad.

Para empezar, me parece "de cajón" asumir una pertenencia a la hoy tan denostada Iglesia católica, aspecto que no parece estar claro en muchos, incluso en juntas directivas, en las que se cuestiona el papel de la Iglesia poniendo normas (que, dicho sea de paso, pasamos olímpicamente a la hora de colaborar en su realización o de hacer comentarios a las mismas), aprobando o autorizando determinados aspectos. Mal vamos si no tenemos muy claros los conceptos más elementales. Si creemos que sacar imágenes de Cristo a la calle, podemos hacerlo fuera del marco eclesial, ¡apaga y vámonos! Ese Cristo edificó la Iglesia sobre la piedra de Pedro y en Pentecostés, encargó a todos sus seguidores (que eso son los discípulos) anunciar la Buena Nueva. Y si no entendemos que las procesiones nacieron como una catequesis en la calle para anunciar esa Buena Nueva, mal andamos si queremos correr fuera de la Iglesia. El mensaje evangélico nos incumbe a todos como miembros (Iglesia somos todos), aunque la institución tenga su organización y jerarquía y, obviamente, en ella se presenten diferencias en las funciones y responsabilidades y, en consecuencia, en la imagen que cada uno transmite. Pero tengamos claro el concepto y que los árboles no nos impidan ver el bosque. Si debajo de un paso nos decimos "los pies de Dios", tengamos "los pies en el suelo" y entendamos que ese Dios a quien representan las imágenes que paseamos fue el fundador de la Iglesia y nos involucró a todos en su función principal. Otra cosa, que por desgracia sucede a veces, es que algunos miembros con responsabilidad en la organización eclesial vean a las cofradías como un estorbo (¡pobres pescadores de hombres!), pero sería "harina de otro costal".

Una vez tengamos claro dónde estamos, habría que profundizar en el por qué y para qué. La penitencia y la veneración a las imágenes titulares no deben ser un fin en sí mismo, sino el medio que nos lleve a ser esa Iglesia en salida que tanto viene clamando el Papa Francisco, apoyando acciones o reivindicaciones sociales en favor de los más necesitados y desfavorecidos, no solo de una manera pasiva (en forma de aportación económica), sino más  participativa y comprometida. No se trata de convertirse en ongs, sino de apoyar iniciativas que existen y requieren "manos". Estas acciones darían el verdadero sentido a las procesiones, como manifestaciones públicas de la fe que profesamos, con las imágenes que nos llevan a la esperanza en la promesa que nos hizo aquel a quien las imágenes representan. Solo así serían nuestras procesiones (cuidando también su desembolso económico) la guinda de un magnífico pastel. Un extraordinario broche de oro a la actividad co-frade (confraternidad), con resonancia en la calle.


lunes, 8 de octubre de 2018

Abraham Coco

El Cristo del Humilladero de Villanueva del Conde, bajo la advocación del Amparo, recibe al visitante de Crucifixus

08 de octubre de 2018

Ahora que el otoño nos recuerda lo que somos, vuelvo a Villanueva del Conde. Es decir, vuelvo al comienzo del verano, a los artículos por escribir en las primeras semanas de julio. Vuelvo a Crucifixus, que es lo mismo que trepar por las hojas del árbol genealógico con la única motivación de hacerlo. No se busquen aquí interpretaciones, análisis ni reseñas especializadas de la exposición comisariada por Antonio Cea sobre los Humilladeros y Devociones de Pasión en la Sierra de Francia, tercera de la serie Temporalia que aún puede visitarse hasta el 4 de noviembre y que reúne 24 crucificados de igual número de pueblos de esta comarca.

Podría haber regresado de otro modo a Villanueva del Conde, pero lo cierto es que el coche tomó ese desvió gracias a Temporalia. Es domingo y da la bienvenida una vecina, con tanta buena voluntad como regocijo. Pronto la campana llamará a misa de doce. Es ella quien nos explica que el Cristo del Amparo, el del humilladero del pueblo, ejerce de anfitrión y por eso nos recibe tras la puerta, junto al rótulo informativo de la muestra.

Aun sabiendo que todos los cristos del mundo son los mismos, un Padrenuestro ante el Cristo del Amparo de Villanueva del Conde significa más para quienes nunca tuvimos pueblo ni rastreamos ancestros. Es un Padrenuestro como el que décadas atrás pudo rezar la bisabuela Catalina de la mano de su madre, Isidora, el nombre más antiguo que me conecta con estas tierras, a las que vuelvo ahora que el otoño se expresa con crudeza.

Es un Padrenuestro como otro cualquiera. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad  en la tierra como en el cielo. Ni siquiera daría para un artículo, aunque lo esté escribiendo. Tal vez deba volver a esta iglesia y saber qué día fueron aquí bautizadas Isidora y Catalina, muerta joven, en la inmediata posguerra, con cuatro hermosas niñas a cargo de su viudo.

Del Cristo del Amparo escribe Cea en el catálogo editado a propósito que "destaca entre los de la Sierra por la canónica armonía de su figura y por la intensidad expresiva de su rostro, quizá concebido por su autor para representar el pasaje de la Quinta Palabra: sitio ('tengo sed'), pidiendo agua de amor al devoto que se acerca humillado a orar".

Cuántos padrenuestros ante tanta devoción hoy ajada. Generaciones de fe, de búsqueda, de súplica y gratitud. Es imposible no detenerse en cada uno de ellos, testigos de oraciones que hoy me hermanan con mi pasado. Un recorrido patrimonial y humano hasta rematar en esa Piedad en cuyo regazo cabemos todos con la que el mogarreño Florencio Maíllo ilustró el cartel anunciador de la Semana Santa de 2017 para la Tertulia Cofrade Pasión.

El humilladero se hace así cuna. Y la exposición, experiencia vivida que rememoro en este inicio de otoño, donde lo perenne se hace caduco y cualquier metáfora similar.


lunes, 1 de octubre de 2018

Tomás González Blázquez

Eucaristía solemne de la apertura del Año Jubilar Mercedario en Salamanca el pasado mes de enero | Foto: Óscar García

01 de octubre de 2018

"Octavo Centenario" es la pareja de palabras del año en Salamanca, por aquello de los ocho siglos que cumple nuestra Universidad. Motivo de júbilo para todos y merecedor del recuerdo de que el Estudio General, al calor de la corona leonesa, fue dado a luz en la Catedral salmantina, circunstancia ciertamente muy eclipsada en este aniversario. Tampoco las cofradías y la Universidad han sido ajenas entre sí, ni lo son afortunadamente, pero quisiera hacer un apunte sobre otro "octavo centenario" de relevancia eclesial, el de la Orden de la Merced. Fue otra iglesia catedralicia la que firmó el acta de nacimiento, la de Barcelona, cuya cruz luce en el emblema mercedario. Y otra corona, la aragonesa, la que arropó el naciente proyecto. Era el 10 de agosto de 1218 cuando se abrían nuevas esperanzas para los cautivos pendientes de redención; ochocientos años después sigue habiendo cautivos y La Merced permanece dispuesta a significar esperanza. De eso se trata en su año jubilar, de dar gracias y coger nuevo impulso, de soltar las cadenas que oprimen al hombre de hoy.

Tras siglos de estancia en Salamanca, las turbulencias decimonónicas alejaron a los mercedarios de la ciudad, y no regresaron hasta 1950, cuando en las proximidades de La Glorieta abrieron su nueva casa de formación. Conservaron la titulación de la casa antigua de la Merced, la Vera Cruz, vinculada a su emplazamiento en la calle homónima y al tantas veces recordado suceso de la sinagoga. Nombre compartido con la hermandad decana de las salmantinas, aunque a diferencia de otras ciudades de España en Salamanca no han enfocado, por el momento, su actividad pastoral en una cofradía. No obstante, parece consolidarse un cultivo de la piedad popular en torno a la devoción a Nuestra Señora de la Merced, incluso con la procesión hasta la parroquia de María Mediadora en su fiesta de septiembre. Satisfactoria resultó la inclusión del templo mercedario en la Corona de Oración que organizó la Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades el pasado mes de mayo, cuando se recordaban los cuatro siglos del voto inmaculista de Salamanca. También es preciso señalar la colaboración de varios mercedarios con la Hermandad de Jesús Despojado como miembros activos.

Hermandades mercedarias encontramos por diversas partes del país. La de Bilbao surgió de la iniciativa de varios presos que salvaron su vida en la Guerra Civil y organiza las procesiones de la Piedad el Martes Santo y del Silencio el Viernes Santo. La misma raíz fundacional hallamos en las de Barbastro o Santander, que solicita el indulto de un recluso cada año. La de Ferrol rescató con joven impulso en 2002 la que se había perdido en los años post-conciliares, mientras que en Andalucía varias Dolorosas comparten la advocación de la Merced, como la cordobesa de Francisco Buiza, la malagueña de Álvarez Duarte o la sevillana de Sebastián Santos, que sigue en su palio la estela del Señor de Pasión cada Jueves Santo. Quién sabe si en Salamanca, algún día, desde ese norte de la ciudad aún ajeno a los itinerarios penitenciales y con esa advocación tan hermosa...


sábado, 30 de junio de 2018

F. Javier Blázquez

Silueta del Nazareno Chico de la Vera Cruz en el atardecer salmantino | Fotografía: Alejandro López

29 de junio de 2018

Corren los tiempos un tanto inciertos, con muchos frentes abiertos, quizás demasiados, en este mundo nuestro de las cofradías. Y ahí anda el Obispado, parece que ya sin Florentino en aquestos menesteres, sin saber muy bien qué hacer y, si sabe, indeciso, esperando quizás que La Gaceta u otro medio señale el camino. Y no será porque no se ha dicho, que los informes llegan con puntualidad a Calatrava. Y no será porque no se ha hecho, que más de un año se anduvo pergeñando la panacea de las normas antes de que descansasen en la gaveta del despacho noble. Pero nada, la noticia es que no hay noticia. Hasta que algo se rompa y la bola de nieve empiece a rodar. Siempre a remolque, llegando tarde.

Y todo por miedo, por no prevenir, por no querer ponerse una vez colorado aunque luego el rostro amarillee hasta la centena, que saber anticiparse ha sido siempre la táctica del buen estratega. Pero aquí se pasa por ciego y no se quiere ver, o va la marcha y pone el ir a rodapelo. Y no se hace. Y no se previene cuando aún se está en el plazo.

Llama la atención que, a diferencia de otros tiempos, conjugados en pretérito, se da ahora un fenómeno novedoso. Bueno, realmente en el fondo no es tan nuevo, porque siempre ha estado presente con mayor o menor intensidad. Sí es nueva la retórica que lo adorna, porque antaño se expresaba de otra forma. Es la idolatría. Así, sin matices ni circunloquios. Iconoclastas y luteranos ya pusieron en su momento el dedo en la llaga. Y hurgaron con conocimiento de causa, sobre todo los segundos, que ni siquiera lo reconsideraron. Por eso hubo que revisar muchos planteamientos y, realmente, Trento lo hizo bastante bien a la hora de purificar, al menos hasta el siglo XVIII, cuando los oropeles quedaron cubiertos por el orín y la hojarasca tapaba lo esencial. Y los anti nuevamente zumbaron, ahora desde la razón. Después, en ese resurgir de la Iglesia restaurada y ungida desde planteamientos nacionalcatólicos, la burra vuelve en parte al trigo y el concilio corta por lo sano, quitando algo más que lo podrido.

Por eso, en el último renacimiento, con obispos y curas cirujanos aún en ejercicio, hubo muchas prevenciones. Cuidado, se decía, que no hay fondo. Frente a ellos estuvimos quienes defendimos siempre la validez de la religiosidad popular, el asociacionismo cofrade, la validez de la imagen como medio evangelizador. Algunos curas y obispos comenzaron a percibir entonces que la menguante parroquia podría nutrirse con el sector cofrade y modularon el discurso, los unos con sinceridad, los otros por interés.

Resultados ha habido, eso es innegable. Pero, y ahora la adversativa, ojo, que nuestros clásicos no estaban del todo desencaminados. En la inercia de este crecimiento incontrolado se han ido adhiriendo demasiados elementos espurios. Y entre ellos la idolatría, porque la semilla no cayó en tierra buena, porque no se echó el abono, porque no se supo arrancar a tiempo la cizaña, porque el agua fina de la lluvia no permeó, por estas y muchas razones, en la religiosidad popular hay idolatría, hay fanatismo, hay ausencia de evangelio y caridad, hay paganismo… Hay nada y da pavor escuchar cómo se asientan objetivos en imágenes, por muy sagradas que sean, por mucha rimbombancia que tenga el título también sagrado. Así las imágenes se tornan ídolos y quien las adora por idólatra debe ser tenido. Se dice, se escribe, se tuitea y retuitea y en la calle del Rosario bien lo saben, que enterarse se enteran, porque todo llega aunque lo guarden en el corazón doliente o en la gaveta del olvido.

Aquí está el gran peligro, en que un porcentaje significativo de los cofrades no es cristiano. Y esto, que debería ser un reto para los pastores, porque ya sabemos que el perfil cofrade no es precisamente el del militante, se convierte en un serio problema cuando estos grupos, organizados en auténticos lobbies, condicionan el rumbo de la hermandad o se hacen incluso con el poder. Los grandes problemas de nuestras cofradías, en el fondo, tienen este origen. Frágil base, por tanto. Pies de barro que algunos dicen del Señor, pero que no por mucho fardar se va a evitar que resquebrajen, porque son de barro. Y todo el edificio se desmoronará, como el coloso que soñó Nabucodonosor, en medio del estrépito más sonoro.


viernes, 22 de junio de 2018

F. Javier Blázquez

Procesión del Cristo de los Milagros por Canalejas en su festividad el Domingo de la Ascensión | Foto: Heliodoro Ordás

20 de junio de 2018

Las devociones a Cristo crucificado se multiplican mucho más allá de la cuaresma y Semana Santa. Al cumplir la octava de la Pascua Alaraz ya festeja al Cristo del Monte y, sin terminar el tiempo de la Pascua, en la capital salmantina miles de devotos imploran ante el Cristo de los Milagros su intercesión. Son los anticipos del montón de festejos y romerías que machaconamente salpican el paisaje de la charrería durante lo que queda de primavera, todo el verano e incluso hasta el otoño antes del adviento. El Cristo de la Luz en el Zarzoso, Cabrera en las Veguillas, el Humilladero peñarandino u Hornillos de Arabayona, son los ejemplos más conocidos.

El carácter de estas celebraciones, como no podía ser de otra manera, huye de lo trágico. El drama de la muerte y su sentido expiatorio quedan para el tiempo de la penitencia. Después, el Cristo crucificado se torna glorioso. El análisis racional, exclusivamente racional, nos llevaría a denunciar la incongruencia de las fiestas populares centradas en cualquiera de estas advocaciones, las de Salamanca y las de toda España y buena parte del orbe católico. Exhibir la imagen de un hombre muerto, cosido con clavos al madero de la cruz, lacerado y humillado, con toda la repulsión que ello causa, no es plato de gusto. Pero esa fue la realidad del Calvario, la que ganó la redención. Y es bueno recordarla, y sentir esa com-pasión que lleva a la penitencia, siempre bien entendida, que permite unir el dolor del Hombre al de cada hombre, según aseguraba Felipe, el poeta de Tábara.

El contexto de la cuaresma, como tiempo preparatorio, y el de la Semana Santa, sirve para enmarcar con cierta lógica la celebración de la muerte del Cristo. Pero una vez que nos salimos de él, la Teología, la razón y hasta la Pastoral lo tienen complicado para dar explicaciones convincentes. Mucho más cuando se celebra en medio de fiestas que trascienden más bien poco. Solo el diálogo con la Antropología, que también es una disciplina racional aunque sirva en ocasiones para explicar lo irracional, nos permite dar sentido a estas aparentes incongruencias. Y es que el misterio de la cruz no puede estar relegado exclusivamente al tiempo específico que viste liturgias y paraliturgias de morado. Puede y debe prolongarse durante la Pascua y el tiempo ordinario, para festejar al Cristo redivivo que venció la muerte y abrió las puertas de la gloria. Y esta prolongación de la Pascua, que celebra a medio camino entre lo sagrado y lo profano, no tiene por qué ser mala siempre y cuando no degenere en excesos o aberraciones. Son momentos, también oportunos, para la alegría compartida en presencia, por qué no, de la imagen y presencia de Cristo crucificado y glorioso.

miércoles, 13 de junio de 2018

Pedro Martín

Momento del paso del Santísimo Sacramento junto al altar instalado en San Sebastián | Foto: Hdad. de Jesús Despojado

13 de junio de 2018

Perdón por ser cofrade. Pido pública y humildemente perdón por ser cofrade. Pido perdón por vivir mi fe en el seno de una cofradía. No sabía que fuera pecado, aun así pido perdón. Pido perdón en nombre de mi padre, de mi abuelo y de mi bisabuelo, que también eran cofrades y me trasmitieron la fe con esta peculiaridad, quizá estaban equivocados y yo también. Por todo ello pido perdón.

Pido perdón por trasmitir esta tradición a mis hijos,  que pensé que era buena, o al menos no mala.

Pido perdón por salir a la calle cada Semana Santa a dar público testimonio de fe. Quizá es mejor quedarse en las iglesias. Pido perdón por dedicar parte de mi tiempo a las cofradías, como cofrade de a pie, como responsable, como representante, como miembro de la Iglesia diocesana, como cristiano comprometido.

Pido perdón por haber planteado ahora hace seis años una serie de iniciativas en  relación a las cofradías entre las que se incluía mejorar y dignificar la celebración del Corpus Christi. Siento de verdad haberos molestado, quizá es mejor que todo se quede como está: en el más absoluto desierto.

Pido perdón en nombre de todos y cada uno de los cofrades, y de todos y cada uno de sus defectos o pecados, que sin duda los tenemos, como todas las estructuras de nuestra querida diócesis. Deberíamos mirar más lo positivo que lo negativo y apostar por la unidad que falta nos hace en esta ciudad de "bandos" que nunca descansa.

Pido perdón por nuestra intromisión en la Asamblea Diocesana, no deberíamos haber alzado la voz, pero somos muchos, y nos merecemos ser tenidos en cuenta.

Pido perdón por pedir, pero pido y pido insistentemente una verdadera "pastoral cofrade" que tanta falta nos hace. Nosotros solos no podemos ponerla en marcha; otros no sé muy bien si no quieren, no saben, no se atreven o desconocen tanto este mundo que prefieren obviar todo lo que venga de él.

Pido perdón por trabajar por las cofradías y por la diócesis, estando a disposición de lo que me pida mi obispo, y lo seguiré haciendo aunque tenga que seguir pidiendo perdón.

Pido perdón por ser cofrade, y seguiré pidiendo perdón, porque nunca dejaré de serlo.


lunes, 28 de mayo de 2018

Nacho Pérez de la Sota

El dulce rostro de Jesús Nazareno en su hornacina de la iglesia de San Julián | Fotografía: Congregación de Jesús Nazareno

28 de mayo de 2018

Cuando hace algún tiempo tuve el inmenso honor de ser invitado a colaborar en esta revista, se me indicó como es obvio que la temática de los escritos se refería a la Semana Santa o la religiosidad popular. Sin dudarlo, lo primero que se me vino a la cabeza fue esta poesía. Y me propuse que fuera ella la que iniciara las colaboraciones para esta página. Diversos avatares lo impidieron, pero no me resisto a seguir adelante sin compartirla con todos los lectores de estos billetillos. Aun a riesgo de ser repetitivo, pues no me extrañaría que alguien lo hubiese ya hecho antes. Pero es una especie de compromiso moral que tengo conmigo mismo.

Esta poesía siempre me rememora de forma ineluctable e invencible a mi abuelo y a mi padre. A ambos les cautivaba fuertemente, pero fue a mi abuelo a quien se la escuché por primera vez, siendo yo muy, muy niño. Cuando le comuniqué, a mis casi 18 años, que había ingresado en la congregación de San Julián como uno más de los nazarenos, me contó –por enésima vez– una anécdota (que quizá haya ocasión de referir aquí más adelante) y me recitó –por millonésima vez–, exultante y emocionado por mi decisión, esta poesía de memoria. No menos veces se la escuché a mi padre, a quien también conseguía suscitarle una afectividad especial.

Mi abuelo, que como menestral artesano apenas tenía los conocimientos básicos de la escuela de pueblo, pero que atesoraba una inteligencia natural y una cierta cultura, sobre todo literaria (forjada en las lecturas que devoraba inmisericorde aprovechando los préstamos del cura, el maestro o, después, las bibliotecas públicas), era un devoto de Gabriel y Galán. Y este, como muchos otros gustos, logró transmitírselos a su hijo, mi padre. Y ellos a mí.

Cuando en 2005 se celebró el centenario de la muerte del poeta, además de una obra de teatro que con Garufa representamos por escenarios de Castilla y León y Extremadura (y en la que me cupo el emocionante honor de encarnar a don José María), gracias a la Diputación y a Juanjo Diego Domínguez y Bernardo García Bernalt, llevamos por los pueblos un espectáculo en el que se mezclaba música y declamación, parte esta última que me correspondía a mí. Me dejaron vía libre para elegir los poemas que iba a recitar. Ni que decir tiene que la primera opción fue esta composición. Confieso –hoy y aquí– que un par de veces me emocioné en su recitado, fiasco (todo sea dicho) que un actor que se precie no puede permitirse cometer…

No es la mera remembranza sentimental personal lo que me hace (y me hizo fallidamente en su momento) traer hasta aquí estos versos. Simplemente se trata de que… para mí es la encarnación más perfecta que existe de la religiosidad popular.

Porque la definición que hace del sentimiento religioso del pueblo llano es, sin ninguna duda, la descripción más tierna, más palpitante, más evocadora, más sensible, más apasionada, más certera, más entusiasta, más veraz que pueda uno encontrarse de eso que damos en llamar piedad popular. Igualmente, porque muestra cómo un poeta que es popular, elige un tema religioso para expresar sus emociones más íntimas. Quizá eso hoy en día no estaría demasiado bien visto. Después, porque para el público del común (alguien como mi abuelo), la lectura de tal hecho piadoso producía un afecto sentimental indudable. Y también (aunque no por último, desde luego), porque la anécdota narrada es el paradigma irrevocable del sentimiento religioso nacido del pecho más sencillo.

Pero, ea, no sé qué diantres hago aquí aburriendo con vanas palabrerías, cuando se puede disfrutar con verdadero placer de:

"LA PEDRADA"

José María Gabriel y Galán 

Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar;
y como amar es sufrir,
también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,

los clamores escuchando
de dolientes Misereres, 
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando...

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo...
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los Judíos,
«que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno».

II

¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban! 
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras las verdes vidrïeras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin haber ningún motivo!»

III

Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?


viernes, 18 de mayo de 2018

Daniel Cuesta SJ

Romería del Rocío que tiene su meta en Almonte (Huelva) el Domingo de Pentecostés | Fotografía: ABC de Sevilla

18 de mayo de 2018

Pasada la Semana Santa, en el calendario cofrade se abre una época marcada por las fiestas y las romerías. De nuevo en ellas se vuelve a poner de manifiesto una de las contradicciones de nuestra sociedad en vías de secularización. Y es que, aunque los templos y comunidades se encuentren en muchas ocasiones vacíos, lo cierto es que las multitudes suelen arropar y desbordar a las imágenes del Señor, la Virgen y los santos en sus fiestas, romerías y procesiones.

Ante esta realidad, de un modo semejante al que pasa con la de la Semana Santa, existen diferentes tipos de reacciones y explicaciones. Por un lado, están aquellos que, desde dentro y fuera de la Iglesia, quieren explicar estas fiestas únicamente desde su aspecto externo, festivo y folclórico. Así, dirán que en las romerías ya no hay fe, sino solo cultura, tradición, alcohol, fiesta, etc. Siempre me ha resultado curioso ver cómo en este bloque se pueden aunar perfiles tan diferentes como el del ateo o agnóstico que mira con recelo a estas realidades de la religiosidad popular, como al de aquellos creyentes que, viendo la poca profundidad de muchos de los romeros y cofrades, tienden a despreciar y ridiculizar toda la vaciedad e impureza que rodea a estas fiestas.

En la otra cara de la moneda, nos encontrarnos con la gente que son objeto de las críticas lanzadas por el bloque anterior. Aquellos que viven las romerías y fiestas desde lo puramente externo y vacío. Para ellos, estas celebraciones no son sino un pretexto más para hacer fiestas, realizar excesos, eso sí, siempre desde un barniz de tradición familiar o local.

Por último, estarían aquellos fieles que se acercan a las imágenes que se veneran en las romerías con un auténtico espíritu de fe. Los que caminan durante una o varias jornadas, rosario en mano, deseosos de encontrarse con el Cristo, la Virgen o el santo de su devoción. Para ellos, las imágenes, así como sus cultos y las fiestas son un verdadero camino para llegar hasta el Dios verdadero. Es cierto que no son muchos, quizá muchos menos de los que esperaríamos, pero ¡haberlos haylos!

Pues bien, una vez dibujado este esquema y división, con el que muchos se enfrentan, miden y tamizan a las romerías y a la religiosidad popular en general, me gustaría decir que, en mi opinión, es pobre, superficial e incompleto. Y lo afirmo con conocimiento de causa, dado que me he criado en un ambiente cofrade y romero y, además, después, como jesuita, he tenido la suerte de poder escuchar y acompañar a mucha gente de todo tipo que participa en manifestaciones tradicionales de piedad. Por todo ello, puedo decir que, siendo una realidad que el ambiente de la religiosidad popular es ambiguo, no lo es menos el hecho de que detrás de esa ambigüedad se esconden en muchos casos anhelos y búsquedas de Dios. En este sentido, creo que todas estas manifestaciones deben tratarse con mucho más cuidado del que en la mayoría de los casos se afrontan por parte de muchos cristianos. Y, sobre todo, se debe de tener en cuenta que, ante su ambigüedad se hace más que evidente el hecho de que no podemos medirlas todas con el mismo rasero, ni pensar que lo que se ve en una gran mayoría de sus integrantes es lo único que hay y, por supuesto, no dar por sentado que debajo de una aparente vaciedad no puede haber un anhelo de Dios que necesita de purificación.

Para centrar un poco todo esto a lo que me estoy refiriendo, voy a poner dos ejemplos de dos grandes romerías que se miden con raseros totalmente diferentes: el Rocío en Huelva y Quyllurit'i en Perú. Las dos se celebran más o menos en la misma fecha: la primera en Pentecostés y la segunda en la Ascensión. En ambas, los romeros caminan durante días hasta llegar al santuario en el que se venera la imagen de su devoción. Al llegar a ellos, celebran en común con peregrinos venidos de otras tierras y, pasada la fiesta, marchan a sus casas. La base religiosa de ambas festividades es clara, pero en ellas se entremezclan también aspectos culturales, festivos y folclóricos, así como algún que otro exceso que poco tiene que ver con el cristianismo. Sin embargo, pese a sus semejanzas, la manera que tenemos de analizarlas es radicalmente distinta en muchas ocasiones. Así, frente al Rocío, solemos encontrarnos con juicios duros, que afirman sin demasiado conocimiento que se trata de una fiesta vacía y poco cristiana. Pero, por el contrario, muchas de las personas que califican así la romería almonteña ven en la fiesta de Quyllurit'i una manifestación de fe pura y sincera, llevada a cabo por la gente sencilla (sin darse cuenta de la cantidad de elementos de sincretismo religioso, fiestas y folclore que envuelven también a la misma). En el fondo, lo que nos pasa ante estos fenómenos es algo muy humano: y es que, siempre lo de fuera, lo desconocido, nos envuelve con su halo de exotismo para hacer que nos obnubilemos con ello mientras despreciamos lo nuestro.

Con todo ello, lo que quisiera decir es que, principalmente desde dentro de la Iglesia, tenemos que tener mucho cuidado con los juicios de valor que hacemos sobre las romerías, fiestas y manifestaciones de religiosidad popular en general. No debemos caer en la trampa de aquellos que, basándose en una parte de su realidad, pretenden hacernos ver solo un aspecto de esta. Sino que, más bien, deberíamos ser cautos y contemplarlas como una de aquellas puertas de la fe que se abren en este mundo secularizado en el que vivimos, o también como un signo de los tiempos con el que el Espíritu guía a la Iglesia. Por ello, creo que debemos cuidar y acompañar estas manifestaciones, sin perder el realismo. Puesto que en ellas probablemente no consigamos convertir a grandes masas, ni borrar la ambigüedad consustancial que las envuelve, pero estoy convencido que sí que podremos sembrar algo de fe entre sus participantes, que germinará cómo y cuando Dios quiera.


lunes, 14 de mayo de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fiesta Sacramental de la Cofradía de la Vera Cruz en la octava del Corpus Christi | Fotografía: Heliodoro Ordás

14 de mayo de 2018

Con la mirada puesta en la celebración grande del Corpus Christi, quiero rematar este tour de force sobre hermandades y Eucaristía con una mirada a la procesión central de nuestra vida litúrgica. La existencia de las hermandades, como he defendido, surge y se alimenta de la Eucaristía. De esta fuente inagotable, que es la vida misma de Cristo entregada por nosotros, nace la fraternidad y todas las actividades en las que se plasma (la preocupación por los más desfavorecidos, la formación o la evangelización a través de una estación de penitencia). En el Corpus y en su procesión la Iglesia, y las hermandades dentro de ella, muestran la adoración pública a aquel que es su cabeza y piedra angular. En palabras del Directorio de piedad popular y liturgia, los fieles nos sentimos "'pueblo de Dios' que camina con su Señor, proclamando la fe en él, que se ha hecho verdaderamente el 'Dios con nosotros'" (n. 162). Esto no es del todo nuevo en la historia de la salvación.

Tras la salida de Egipto y el encuentro con Dios en el monte Sinaí, Israel caminaba unido, organizado como pueblo, portando el Arca de la Alianza, con Moisés actuando como su capataz (gracias a Daniel Cuesta SJ por su certera apreciación). Con el Arca los acompañaba la presencia de Dios. El Señor caminaba en medio del pueblo elegido. Este es un anhelo presente en toda su historia. Por eso, el profeta Isaías anuncia que el nombre del Mesías será Emmanuel, Dios-con-nosotros. En Jesús se cumple esta promesa: el Hijo camina sobre la tierra como un hombre, llamando a sus discípulos, iniciando el Reino con la llamada a la conversión, afrontando su pasión y muerte, redimiendo al mundo con su resurrección. Las cofradías, en sus procesiones, representan ese caminar: las imágenes del Señor lo muestran humano, sufriente, en medio de su pueblo que camina penitente asociado a los misterios finales de su vida terrenal.

La devoción a las imágenes de los titulares es muestra del ansia de todo creyente, de todo hermano, por contemplar el rostro mismo de Jesucristo. Pero el Señor no nos ha dejado librados a nuestra suerte hasta su regreso glorioso al final de los tiempos. Cristo nos acompaña en nuestro caminar, para esto nos ha dejado la Eucaristía, en ella está presente real y substancialmente. Comulgando con su cuerpo y su sangre nos unimos del modo más estrecho con él. En la procesión de Corpus mostramos en público nuestra fe en ese misterio de la presencia sacramental de Dios Hijo, caminamos con él en medio de nosotros. Aquello que en las otras procesiones realizamos de modo simbólico, a través de imágenes, en la de Corpus lo realizamos de modo real. De aquí la importancia capital de la participación de las hermandades en su celebración.

En la procesión de Corpus no participan solo las hermandades, sino toda la diócesis. Toda la Iglesia local acompaña la presencia real de su Señor. Las cofradías se integran en esta proclamación pública de la fe, en este acto público de adoración. Llevan a plenitud aquello que manifiestan en sus cultos externos. Ahora bien, aquí debe haber un diálogo abierto para la correcta inserción de las cofradías en esta procesión. Ellas tienen sus características propias que deben ser respetadas e integradas en este culto público de la diócesis. He sostenido y defiendo que las hermandades tienen como peculiaridad la evangelización a través de la belleza, de la belleza en los cultos tanto externos, como internos. La procesión de Corpus es un momento ideal para este apostolado. La organización concreta del cortejo, el adorno del trayecto con alfombras florales o de sales, la ubicación y decoración de distintos altares en los que el Santísimo pueda realizar una estación y desde los que realizar la bendición..., todo esto son elementos de los que las cofradías pueden responsabilizarse realizando su misma vocación. Esto exige generosidad por parte de las autoridades eclesiales: la procesión del Corpus "pertenece" a todo el pueblo de Dios al margen de que tenga que existir alguna instancia coordinando su realización, por esto todos los grupos de la diócesis, desde sus carismas, deberían aportar a su desarrollo. Es toda la Iglesia local en la multiplicidad de sus manifestaciones la que acompaña a su Señor por las calles de la ciudad.

La participación en el Corpus no es la única forma que tienen las hermandades de fomentar el culto a la Eucaristía. Las adoraciones al Santísimo de cada cofradía por separado o la celebración de minervas refuerzan en cada una su vinculación con el Señor sacramentado. Además de la acción de hermandades penitenciales o de gloria, han surgido corporaciones –o ramas dentro de las anteriores– dedicadas de modo especial al culto eucarístico. La responsabilidad de estas hermandades es triple: hacia los hermanos, debe formarlos para que tengan una especial sensibilidad hacia la Eucaristía, la colaboración con la Adoración Nocturna puede ser muy provechosa; hacia el resto de cofradías, recordando cuál es la fuente de nuestra fraternidad y cómo debemos valorarla; y hacia la Iglesia en general, siendo apóstoles de la Eucaristía en medio de los bautizados. Su presencia es testimonio permanente de la actitud de todo cristiano hacia la cumbre de los sacramentos.

La celebración de Corpus no puede ser algo aislado, una flor de un día. La adoración pública al Santísimo Sacramento surge y conduce a la participación en la misa y en ella culmina con la comunión eucarística. De este modo volvemos al inicio de esta serie de cuatro artículos. Mucho –o quizás no tanto– he escrito y, sin embargo, todo puede resumirse de este modo: la importancia fundamental de la Eucaristía en la edificación de una hermandad sana. Solo participando como comunidad de la vida ofrecida por el Señor en la Eucaristía, podremos reafirmar nuestros lazos fraternos y, así, desempeñar nuestra labor evangelizadora en medio de la sociedad, con nuestras procesiones y estaciones de penitencia llevando a Dios a través de la belleza, con todas nuestras actividades formativas que nos permiten crecer en la comprensión de nuestra fe, con nuestra preocupación activa por el bienestar de nuestros hermanos más desfavorecidos. Sirvan pues estas líneas para ayudarnos a construir una vida cofrade arraigada con firmeza en Cristo. Vale.


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