Mostrando entradas con la etiqueta devociones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta devociones. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de julio de 2020

Tomás González Blázquez



02 de julio de 2020

El 2 de julio es fecha marcada en el calendario para todos los alistanos: la cita anual en el santuario de la villa de Alcañices, establecido en la antigua iglesia conventual de San Francisco, al que acuden para rendir visita a la Virgen de la Salud, patrona de la comarca. El día en que se celebraba antiguamente la fiesta de la Visitación acoge esta jornada mariana de peregrinación, que atrae también a devotos portugueses, y sin duda muchos de ellos aprovecharán la apertura ayer de la frontera hispano-lusa para rezar ante la sagrada imagen de túnica azul y blanco manto, con el Niño Jesús sostenido en su brazo izquierdo. Tristemente perdida la antigua talla románica, que pereció en un incendio accidental en el verano de 1917, la actual fue realizada en los talleres Tena, valencianos, justamente hace un siglo. No podrá festejarse el centenario acompañando en procesión a la Virgen por las calles de Alcañices, pero tiempo habrá de retomar algunas actividades conmemorativas que la emergencia sanitaria ha postergado. Sirve este 2 de julio diferente, en todo caso, para reivindicar la belleza de la advocación mariana de la Salud. La Madre de Dios es invocada como "salud de los enfermos", así se hace en Tejares o en San Sebastián, y así se rezaba también, con título tan hermoso, a la Virgen de la Alegría, que la Cofradía de la Vera Cruz muestra como el icono de la salud definitiva, el gozo de ver al Resucitado.

No se limita la Salud a ser una advocación para Nuestra Señora, sino que Cristo mismo es asociado a este don ansiado y pedido, implorado cuando se pierde y agradecido cuando se recobra. Un vistazo rápido a los programas de Semana Santa nos descubre la existencia de numerosos ejemplos de Cristo de la Salud representando algún momento de la Pasión. Vinculado en muchos casos a favores proporcionados a algún pueblo o ciudad en situaciones de epidemia, el Cristo de la Salud se nos presenta como "el médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos" que ha encomendado a la Iglesia, auxiliada por el Espíritu, proseguir esta misión de curación y de salvación a través de los sacramentos (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1421). Confiados a su poder sanador lo veneran cada primer viernes de marzo en Alba de Tormes, encarnado en un crucificado gótico que guarda la parroquia de San Pedro, procedente del monasterio de los jerónimos desamortizado en el XIX. Contemplar el rostro de este Cristo de la Salud, paciente y humilde, desgarrado, exhausto, nos traduce con fidelidad lo anunciado en los Cánticos del Siervo, concretado en curaciones (Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos…; Mt 8,16) y llevado a plenitud en la cruz (…para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: "Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades"; Mt 8,17).

La salud de las personas rogada a Jesús y María se estima también necesaria para las instituciones, las comunidades, la sociedad en su conjunto. En tiempos en los que la divergencia se expresa muchas veces de forma abrupta y sectaria, y la crítica se interpreta a menudo como ofensa, sanear aquello que lo precise resulta más urgente que nunca. ¿Gozan de buena salud nuestras cofradías salmantinas, nuestra Coordinadora Diocesana todavía pendiente de despegue, nuestra Semana Santa con su Junta inmersa en inquieto período electoral, su presencia o ausencia en la Iglesia local y en la ciudad, sus fortalezas y sus debilidades? Identificar las enfermedades será lo primero, para plantear remedios con posibilidades de éxito. Tampoco es cuestión de ser ingenuos, que la salud como estado perfecto, completo y continuado no existe, mucho menos cuando este concepto subjetivo se pretende aplicar a una realidad tan amplia como la Semana Santa salmantina. Pero algunos parámetros sí podemos medir: la convocatoria del culto de las cofradías y la participación de sus miembros, el alcance y eficacia de la obra social y caritativa, la organización de actividades formativas, el cuidado del patrimonio o la comunicación, la asistencia a las asambleas y reuniones, el grado de compromiso de directivos y capellanes, la fidelidad a las normas diocesanas que ya han cumplido un año, la capacidad de resolver los conflictos con honestidad y serenidad… Las queremos saludables. Las necesitamos sanas. Aunque tengamos que ponernos la mascarilla e imaginar solamente un beso al Cristo de la Salud. Aunque haya que mantener la distancia y no pueda salir la Virgen de la Salud sobre su carro triunfante como cada 2 de julio, cuando Aliste peregrina para esperarla a la puerta de su santuario.


miércoles, 24 de junio de 2020

Roberto Haro

Detalle del bautismo de Cristo por san Juan Bautista en el retablo de la Catedral Vieja de Salamanca

24 de junio de 2020

Llegados ya al ecuador del año, nos presentamos en el día de san Juan Bautista. Un día que pasaría desapercibido para muchos si no fuera por las hogueras que este año no se han podido celebrar, o quizá por ser el día con más horas de luz –allá donde las nubes permitan ver esa luz– o por los motivos que cada uno quiera tener.

Pero muy pocos recordarán que hoy los cristianos celebramos una fiesta en la que se recuerda al santo por el día de su nacimiento. Y creo que, si la memoria no me falla, es algo único en el santoral.

Y es que hay que tener en cuenta que san Juan Bautista nació seis meses antes que Jesucristo, de manera que en medio año, el 25 de diciembre, celebraremos el nacimiento de nuestro Señor Jesús, muy cerca del solsticio de invierno cuando llega el día más corto del año. El nacimiento de san Juan, en cambio, se produce en el lado opuesto del calendario, cerca del solsticio de verano y el día más largo. Así, según el dicho, después de Jesús los días van a más y después de Juan, los días van a menos hasta que vuelve “a nacer el sol”.

Cuando me propuse escribir estas líneas para la revista, en este día, caí en la cuenta de que este santo, predestinado por Dios para que cumpliera el papel de anunciador y presentador del Hijo de Dios, está poco presente en la iconografía o en la vida de las diferentes cofradías y congregaciones de nuestra ciudad. Y entonces cambié el hilo argumental del escrito, pensando precisamente en este día y su relación con las cofradías.

Si nos ceñimos a los templos que perviven en la ciudad con dicha advocación, solo recuerdo la iglesia de San Juan Bautista de Barbalos, en la plaza de su mismo nombre. Un templo donde se pueden contemplar además otras obras de arte, como el conocido Cristo de la Zarza, contemporáneo a la construcción del tempo en el siglo XII.

Igualmente, la iconografía del último profeta se conserva con cierta presencia en los templos donde moran las cofradías. Se puede ver en retablos u hornacinas de la Iglesia de la Vera-Cruz o la Clerecía, por poner dos ejemplos de sedes de nuestras cofradías.

Hay que remontarse a la época de los Reyes Católicos para ver cómo la devoción a san Juan Bautista se hace patente en la sociedad. En esa época, esta imagen comienza a rivalizar con el otro Juan, el Evangelista, y ambas corrientes sanjuanistas se complementaron para tener una amplia representación en los espacios sacros.

Pero todo cambia si nos fijamos ya en la imagen procesional de esa corriente sanjuanista. El Evangelista cuenta con una presencia importante entre las cofradías y se puede ver a la Virgen acompañada por el discípulo amado. Es una imagen secundaria muy utilizada, sobre todo, en el sur de España, donde su presencia en el Calvario hace que sea el santo más destacado de los dos.

La imagen de san Juan Bautista no aparece en la nomenclatura de nuestras cofradías ni en la imaginería procesional. Sin embargo, no es raro descubrirla en otras ciudades castellanas ‒y no hace falta irse muy lejos ni mirar otra vez al sur‒ donde la devoción al Bautista, a lo largo de la historia, ha permanecido vinculada a las obras de caridad vinculadas a la atención de los condenados a muerte en sus últimos momentos y la preocupación por asegurarles un entierro cristiano.

Por ello hay una presencia abundante del Bautista en templos y conventos, como representación pictórica o escultórica de altar. La del Evangelista es más frecuente en el arte escultórico procesional.
¿Por qué quedó en el olvido devocional o incluso procesional este gran profeta entre nuestras cofradías?


viernes, 19 de junio de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

El Cristo del Amor y de la Paz, en el Liceo durante el pregón de la Semana Santa de 2015 | Foto: Manuel López Martín

19 de junio de 2020

Cuando el presidente de la Junta de Semana Santa me preguntó qué imagen quería llevar al Liceo el día de mi pregón, sentí un gran placer al pronunciar su nombre.

El Cristo de los Arrabales, como dejé dicho y escrito en aquel inolvidable atardecer del año 2015, es la imagen que acompañó mi recorrido por los territorios cristianos que fui cruzando a lo largo de la vida.

Pero sobre todo emanan de su figura, con cierta angustia emocional, aquellos acontecimientos infantiles que, imborrables, aparecen cada vez con más nitidez en los archivos más selectos de la memoria.

La chavalería de aquel curso, del colegio desaparecido del Teso de la Feria, cantamos muchas tardes, rebosando ternura y complaciente inocencia, ante la imagen del Cristo en la Iglesia recientemente inaugurada del Arrabal del Puente: "Vamos, niños, al Sagrario, /que Jesús llorando está...".

Don Ricardo Blázquez (culpable de la fiebre inicial de mi escritura) fue capaz de hacerme ver cómo la cruz de la injusticia cae sobre los hombros de los desheredados de la tierra. Nos hablaba como hablan los maestros cuando tienen en el lenguaje del corazón el amor a la enseñanza. Nos hizo ver en el hombre que sufre al crucificado del Arrabal, dejándonos en el corazón esa puntada que siembra, en la niñez, la simiente que hace surgir el fruto de la solidaridad sobre el breve y vertiginoso carrusel de la vida.

En mis labios sigue vivo (lo he contado muchas veces) el sabor frío del mármol verdoso de aquel altar. Mi madre contaba que, dando mis primeros pasos, corría para ver y charlar con el fiel amigo que me esperaba en la cruz.

No habían pasado muchos años cuando, dirigidos por ese gran actor que es Vicente Hernández, todos los cofrades cantábamos, por el Puente Romano al Cristo, mientras vestíamos el hábito monacal que, por sencillo, resplandece como pocos en las negras entrañas de la noche: "Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor...".

Cuando estaba diseñando la estructura del pregón, entre versos y recordaciones, esas vivencias me daban cierto pánico, al suponer que podría perder la compostura preso de una emoción incontrolable al ver a mi lado al Cristo del Amor y de la Paz.

El momento más impactante, que sobrepasó aquella puesta en escena tan espectacular que lograron los técnicos del Liceo, fue por la mañana, cuando lo vi entre ensayos de luces y sombras sobre el escenario. La imagen más importante que contemplaron mis ojos había recorrido el mayor trayecto de su larga estancia de siglos en Salamanca, para presidir el pregón que iba a pronunciar aquel niño que, prendado de su belleza, lo hizo suyo para sentir a su lado la soledad de la cruz.

En los primeros años de la floreciente etapa de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, aquel sacerdote inolvidable que fue don Rafael Sánchez Pascual, puso su empeño en hacernos comprender a los jóvenes cofrades, que aquella talla pequeña, pero impresionante por su valor artístico, no debería suplantar nunca al Cristo auténtico que nos espera en la eucaristía y en el alma de cualquier hombre que mirándonos a los ojos nos ruegue auxilio.


viernes, 1 de mayo de 2020

Eva Cañas

La Dolorosa de Montagut, que procesiona en la tarde del Jueves Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

01 de mayo de 2020

Estrenamos el mes de mayo, confinados. Este es el mes de María, de la madre de Jesús, de la madre de todos nosotros. Quizás en ella y en su regazo encontremos la paz y el sosiego que necesitamos en un momento tan extraordinario y complicado como el que estamos viviendo.

Cada cofrade salmantino tiene su advocación, una misma Madre con diferente rostro pero la misma alma y sentido. Puedes encontrar consuelo en la tuya. En la Virgen de la Palma, que cada Domingo de Ramos arropa a miles de niños en las calles de Salamanca. Por la tarde, busca la Caridad y el Consuelo en la Virgen de Jesús Despojado.

La Virgen de la Amargura aliviará todos nuestros pesares, y Nuestra Señora de la Sabiduría está en la mente de nuestros científicos, que persiguen la vacuna o el tratamiento más acertado frente al coronavirus. Y sí, seca tus lágrimas junto a la Madre de Nuestro Padre Jesús Flagelado.

Mayo también es el mes de las madres, las nuestras, la de cada uno, el de María Nuestra Madre, la Madre del otro lado del Tormes, la del Arrabal. La Dolorosa de Montagut siempre vela por tus sueños, te arropa… te alivia las heridas.

Y en los días y las noches de confinamiento, mantén siempre la Esperanza, piensa en verde, el color de la Madrugada charra. Tampoco de olvides de los brazos de la Piedad, en su calidez y su abrazo, aunque sea virtual, no real.

La parroquia de San Pablo da cobijo a una María que alivia nuestras angustias, las preocupaciones de salud o empleo que nos rondan en nuestra cabeza cada día. La enfermedad, propia o ajena, los fallecimientos… duelen como espadas, las que traspasan el corazón de Nuestra Señora de los Dolores.

Y no, nunca te sientas sola, la Señora de Salamanca siempre estará contigo, como en la noche ya del Sábado Santo, y de los 364 días restantes. Y no siempre el silencio puede significar tantas cosas, como la Madre de todo un barrio, el de Pizarrales. Y cuando termine todo esto, y volvamos a la normalidad, saldremos de la mano de la Virgen de la Alegría, la fiel compañera de Jesús Resucitado. ¡Volveremos! Hay que tener fe, y rezar.


viernes, 6 de marzo de 2020

Pedro Martín

Jesús Rescatado es venerado por los salmantinos en el tradicional besapiés del primer viernes de marzo | Foto: CJR

06 de marzo de 2020

Ya viene la cofradía, ya viene. Ya se ve la fila, larga, a veces larguísima, serpentea, tarda en pasar horas y horas, no termina. Qué bonita la cofradía, donde los hermanos no se conocen, pero hacen hermandad por unos minutos. Niños, desde su más tierna infancia, jóvenes, adultos, mayores, muy mayores, con muletas, con sillas de ruedas, todos participan.

Cada uno lleva en la procesión lo más íntimo de su ser, sus preocupaciones, sus peticiones, sus deseos, sus tristezas, sus alegrías, sus acciones de gracias.

Va en la procesión una madre que pide trabajo para sus hijos, en paro desde hace años; una hija que pide salud para su madre, enferma; una joven que va a ofrecer sus estudios, y pide ayuda; un anciano en silla de ruedas que no sabe si este será el último año, que sea lo que Dios quiera; un bebe en brazos de su madre que lo mira todo con ojos de asombro, está descubriendo la vida; un señor que este año acude solo, le falta su compañía de tantos años que ya inició la procesión definitiva al Padre; un grupo de religiosas, que acuden en comunidad; un par de turistas curiosos, que se han sumado sin saber muy bien a qué; otra mujer que va a dar gracias porque la operación salió bien, y lo había ofrecido; y tantas y tantas personas que componen esta procesión anónima, auténtica, espontanea, viva, emotiva, preciosa y sincera.

Avanza la procesión y se introduce por el largo pasillo, ya queda menos, ya llegamos, la meta está cerca. Y al traspasar la puerta de la iglesia ahí está él, esperando, maniatado y coronado de espinas, manso, sereno, entregado, como cordero llevado al matadero, con mirada de ternura, de misericordia y la boca entreabierta que parece decirnos: "acércate, no tengas miedo".

Toda su divinidad y majestad hecha humanidad, humildad y servicio, bajo a ti, me ofrezco a ti, para llevar tus pecados por ti, para morir por ti.

La mirada, fija en él, mirada compartida que nos hace ya a todos uno con él. Unos lo miran, una y otra vez, otros no son capaces de aguantarle la mirada, mirada que nos interroga, pero mirada siempre de amor. Quizá alguno lo mire por última vez en este mundo y otros por primera vez en brazos de sus padres o abuelos. Se acercan, la proximidad da esa confianza en esos escasos segundos para contarle nuestras cosas, esas que hemos ido rumiando en la procesión, y la intimidad del momento se cristaliza en ese beso de amor que ponemos a sus pies, nos fundimos en él y con él. Hay quién lo acaricia con la ternura de una madre, la Madre observa todo esto en la distancia del crucero y lo guarda en su corazón.

Cada mirada, cada gesto, cada beso, cada caricia, cada ofrenda es una oración del pueblo a su Señor en esta preciosa cofradía anónima.

¡Jesús Rescatado, me postro a tus pies!


miércoles, 29 de enero de 2020

Abraham Coco

Una de las primeras imágenes de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, publicada en la revista Christus de 1945

29 de enero de 2020

A papá, que marchó al encuentro del Padre 
con el Pasión en el bolsillo de la americana

Con Nuestro Padre Jesús de la Pasión parece que Salamanca se dio por satisfecha. Tras cerca de doscientos años sin incorporar ningún nazareno a nuestra Semana Santa, hace setenta y cinco llegó el cuarto y último de los que hoy seguimos procesionando. Con él ha culminado una devoción que ninguna hermandad ha vuelto a explorar desde entonces, ni en la recuperación ochentera ni tampoco en la nueva remesa actual.

Alguna imagen perdimos con el tiempo como aquel Nuestro Señor de los Nazarenos de la Vera Cruz que rememoramos al visitar Descargamaría. De modo que, si Jaén bautizó al suyo como el Abuelo gracias a una hermosa leyenda, nosotros deberíamos apodar a nuestro Pasión como el Bisnieto, broche para cuatro generaciones de cristos con la cruz al hombro. "Siempre en camino, los pies dispuestos", escribió el poeta Quintín García.

Cada uno con su personalidad, cada uno con su mote, el nazareno de San Esteban es inconfundible en la madrugada por su túnica blanca. Dicen que el color fue cosa de los padres dominicos, que recetaron Evangelio al decidir la vestimenta de la talla. Pero yo prefiero pensar que mis colegas de El Adelanto quisieron que el Pasión extendiera cada Viernes Santo una sábana por la ciudad donde escribir una nueva crónica. Las calles convertidas en una rotativa para que los fieles imprimamos nuestras oraciones, un gran rollo de piedad popular que el Pasión sigue arrastrando en sus bodas de brillantes.

Cumple setenta y cinco años el Jesús del pellizco al subir Palominos guiado por Meri. El del taller granadino de un Damián Villar veinteañero. Que después pegó el estirón. El Jesús fotogénico de manos nobles. El del viernes que también lo fue del lunes. El Jesús que ojalá desfilara siempre sobre las andas de Vicente.


viernes, 8 de noviembre de 2019

Tomás González Blázquez

El Cristo de la Liberación, a través del ventanuco de la capilla del cementerio de San Carlos | Foto: TGB

08 de noviembre de 2019

¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!

Cristo es la puerta (Jn 10,7) pero se sirve de ventanas para encontrarse con nosotros. Pienso en esos ventanales de algunas capillas y humilladeros, como la frecuentada del Cristo de los Milagros, la menos conocida Virgen de los Toreros en el paseo de las Úrsulas, o la Vera Cruz carrionesa a la que me sentía convocado tantas veces en mi infancia, para descubrir, casi a tientas, la secuencia de andas aletargadas a lo largo del templo, aguardando una nueva Pascua en la que ser iluminadas e iluminar. Pienso también en esos otros huecos mínimos, poco más grandes que el agujero de la cerradura, que ofrecen muchas ermitas para que, como en los versos de Lope, el alma se asome a través del ojo curioso y sea capaz de oír (¡y escuchar!) la silenciosa llamada de Cristo a través de un Cristo, o de recibir el consuelo de la Virgen por medio de una Virgen.

La ventana del arca abrió Noé y fue así como la rama de olivo, en el pico de la paloma, dio la señal de paz. La ventana en el muro abrieron los amigos de Pablo y de este modo obtuvo la libertad, cuando sus enemigos habían sellado las puertas de Damasco ansiando su prendimiento. Una ventana abierta a los pies de la capilla en nuestro casi bicentenario cementerio de San Carlos brinda también paz y libertad. Es el ventanuco por el que el visitante, quizá orante, quizá errante, quizá paseante, puede sumergirse en la realidad sobrecogedora de que Dios dispuso que su Hijo muriera como uno de tantos, como cada uno de los hombres. Rodeado de yacentes, en medio de todos los cuerpos corrompidos por el sepulcro, el Cristo de la Liberación mira en su sueño hacia el altar vestido con blanco mantel y escoltado por las luces potentes del otoño que alumbran la estancia, tantas horas cerrada y vacía como parece el sino de nuestras iglesias. 

Al asomarse uno por la ventana de San Carlos, casi acariciando tras las rejas la mano izquierda de Jesús, se consigue que el Cristo, además de mirar al altar, mire hacia fuera. Es un Cristo en salida, en misión, en trance de Resurrección. Atrae hacia la Cruz que preside al fondo la capilla, recoge la atención en el sagrario donde se conserva el alimento para el camino, y finalmente se refleja en el espejo, para enviarnos: "Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve" (Salmo 79). Se sirve del alma que mira para mirar, y para que al volver al contexto de las tumbas las miremos con ojos nuevos, como Él las mira. La añoranza se habrá revestido de esperanza. El dolor, a veces tierno y húmedo, otras sordo o excavado en la roca del tiempo, nos resultará más llevadero, porque sabremos que Él mismo lo comparte en su cuerpo herido y muerto. Mirar a través de esa ventana, mirarle, habrá sido una liberación. No esperemos a mañana para abrirle la puerta. 


¿Qué buscas?

Twitter YouTube Facebook
Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión