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domingo, 12 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Domingo de Resurrección


P. José Anido Rodríguez, O. de M.

El Lignum Crucis de la Vera Cruz proclama el triunfo sobre la muerte en el Domingo de Pascua | Foto: Pablo de la Peña

12 de abril de 2020

Hoy repican las campanas, repican en el atrio de la catedral, repican en las manos puras de los niños. Hoy es domingo, día doce de abril, hoy es Domingo de Resurrección. Y, como todos los años, María Santísima se despoja del luto al encontrase con su Hijo, con el Hijo, resucitado y vencedor de la muerte. Un encuentro íntimo del que pudorosamente callan los Evangelios, y al que, sin embargo, queremos asomarnos cada primavera. Por esto, cada Domingo de Pascua, desde la iglesia de la Vera+Cruz, parte esta procesión de resurrección que culmina en el gozoso baile entre los corazones de María y Jesús, del Redentor y de su Inmaculada Madre. De la misma iglesia que había contemplado el desenclavo, desde la que, después, había salido la urna con el cuerpo del Señor yacente, sale ahora aquel que es fuente de vida y salvación. La historia no ha terminado en el Viernes Santo, sino que es la mañana dominical la que escucha la palabra definitiva del Padre.

Hoy no podemos permanecer encerrados en la tristeza, aunque esta lacere nuestros corazones. En este oscuro año de 2020, debemos seguir celebrando la resurrección del Salvador. Debemos hacerlo cada uno en nuestro hogar, manteniendo la alegría profunda de los redimidos por el amor de Dios. Parece absurdo a ojos del mundo celebrar la vida en medio de la muerte, en medio de la oscuridad y de la angustia, pero esa es nuestra esperanza. Por eso en la noche de Pascua encendemos la luz del cirio pascual con las luces de la iglesia apagadas: solo la luz de Cristo es capaz de vencer las tinieblas que nos encadenan. Y no es esta una creencia ingenua: el Resucitado lleva en manos, pies y costado las llagas del Crucificado. Nosotros también, al celebrar la vida divina que nos transforma y nos une a Dios, llevaremos sobre nosotros las heridas de esta lucha incesante, de la enfermedad, de las heridas de tantos seres queridos que, a lo largo de esta pandemia, nos han abandonado. Y por esto mismo, necesitamos más que nunca la mirada redentora, sanadora, del Señor.

Estos días nuestros hogares se han transformado en Jerusalén, ciudad santa, para celebrar la pasión y la muerte de Jesús. La contemplación del huerto de los Olivos, de la casa de Caifás, del Pretorio y la Vía Dolorosa, de la Cruz sobre el Calvario, la hemos realizado unidos en nuestra iglesia doméstica. Hoy tenemos que dar un paso más: nuestras casas tienen que convertirse en aquel huerto donde todo fue hecho de nuevo, donde se abrió la tumba, y la vida misma iluminó al mundo. Ese huerto que año tras año se recreaba en el atrio de la catedral ante la mirada atenta de tantos cofrades y fieles, hoy surge en nuestros salones, habitaciones y pasillos, en vez de en las calles de nuestra ciudad Salamanca. La familia se reúne también para celebrar la resurrección. Esa célula básica que muestra al mundo el amor de Padre e Hijo, que muestra ese amor mismo que es el Espíritu Santo, debe celebrar el amor derramado en la redención de todos nosotros. El cimiento firme sobre el que edificamos nuestra existencia es Cristo. Él nos ha prometido compartir su vida misma, la vida abundante de Dios. Hoy es la mañana clara en la que la promesa deviene realidad, que contempla con su nueva luz, cómo la muerte y la enfermedad han sido vencidas en la noche, una "noche amable más que la alborada" como cantó el poeta santo.

Para celebrar esta Pascua tenemos el ejemplo de la primera comunidad: estamos como los apóstoles confinados en el Cenáculo, con miedo, con las puertas y ventanas cerradas. El Resucitado se encuentra con nosotros y nos duele no poder salir a plazas y calles a anunciar su victoria. Debemos hacer como ellos, reunirnos alrededor de María, nuestra Madre, en oración, debemos seguir escuchando la palabra de Dios, alimentándonos con ella, debemos seguir unidos por medio del Espíritu. Y así, cuando menos lo esperemos, llegará el día de un nuevo Pentecostés, a lo mejor, sin esperar el término de la cincuentena pascual: así florecerá de nuevo la primavera, y el Espíritu Santo, al que estamos llamados a custodiar en el sagrario de nuestros corazones, nos llenará de gracia y, abiertas las puertas y las calles, podremos llenar nuestra ciudad de la vida, de la luz del Señor. Hoy toca celebrar separados, cada uno en su casa, pero que este día sea símbolo no solo de la Pascua definitiva, sino también del día gozoso en el que, en persona, podamos volver a saludarnos así: "¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!".


viernes, 10 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Sábado Santo


Ángel Benito

El Cristo de la Liberación porta una rosa negra en su mano derecha durante su desfile penitencial | Foto: Pablo de la Peña

11 de abril de 2020

La noche está profunda. De fondo se escuchan vivas de admiración, ¡guapa!; alguna saeta roza el viento, pétalos caídos sobre Nuestra Señora de la Soledad. De frente, el entierro, escenificado desde Fonseca donde el Cristo de la Liberación llena de luto la ciudad. Escenario universitario y monumental que ha vuelto a ser el hospital de campaña para auxiliar a pacientes de COVID-19. Desciende la obra de arte de Vicente Cid con una rosa negra extendida sobre la palma muerta. Lo hace con un escaso séquito, pero numeroso si se tiene en cuenta la compañía que viven estos días los que pierden la vida. El sacerdote diocesano, Leo Ramos, uno de los curas del siglo XXI que más entienden la realidad cristiana de hoy en día, trasladaba el dolor que experimentaba en unas despedidas que se suceden de forma infinita en una soledad abrasadora. Entierros con cientos de flores que no tienen quien las porte, la soledad en su máxima presencia que ha acabado hasta con un ritual tan humano como es el de la muerte.

Dos imágenes se suceden en cuarentena. El luto que pasea la Virgen de la Soledad forrado de un clima de alegría que anticipa la esperanza y el lúgubre último paso de la estancia de Cristo entre los mortales. Carreras por llegar a ver ambas escenas y poder contarlas en el papel un Domingo de Resurrección. Se echan de menos esos nervios. Como esa imagen de contraste entre los balcones llenos de alegría e himnos populares y los enfermos críticos que pelean por agarrarse a la vida. Dicotomías de una cuarentena. De la vida y la Semana Santa. Ya llega a la Plaza Mayor la Madre, este año más pronto que nunca, mientras el Hijo ha concluido la empinada cuesta de Cervantes. Ya han sonado las voces del coro y los banzos tocan hueso.

Tres velas alumbran la Puerta de Ramos de la Catedral Nueva. En ese tributo silencioso y solitario que se hace por aquellos que han fallecido en esta cruel pandemia, por los enfermos y por aquellos que trabajan estos días para que el mundo no se pare. Héroes que ayudan a que haya más rosas blancas que negras. La tarde ya llega y en Pizarrales el Cristo de la Vela y la Virgen del Silencio ofrecen aún más fuerte esa dicotomía que el historiador y pregonero de la Semana Santa Francisco Javier Blázquez definía así: "El Cristo Muerto del día del silencio está anunciando el triunfo de la vida. Al margen de la Teología, la explicación del pueblo resulta inapelable". Porque mañana la ciudad seguirá sin despertar del silencio y las procesiones de Semana Santa seguirán siendo vulnerables a un riesgo que no estaba previsto ni en las cabañuelas más estudiadas. Habrá que esperar para ver la Pascua florida. Pero llegará.

Y entonces... podremos llenar de flores blancas la vida sin olvidar que hubo una Semana Santa en la que solo pudimos poner rosas negras a tus pies.


Especial Semana Santa 2020 | Viernes Santo


Pedro Martín

Dos niños contemplan la procesión de Jesús Rescatado en la tarde del Viernes Santo | Fotografía: Manuel López Martín

10 de abril de 2020

Es Viernes Santo. Es fiesta, aunque no lo parece, es el triunfo de la Cruz. Muere Jesús en ella, por todos nosotros, y celebramos su pasión con la esperanza puesta en él, en su resurrección.

Viernes Santo bien diferente en las formas que no en el fondo, sin pasos en las calles, por motivos bien diferentes a los de otras ocasiones, pensemos que ha llovido, que estamos acostumbrados.

10 de abril fue también el Viernes Santo de 1998 y 2009, los últimos en la memoria. 1998 fue también el último año que la Hermandad Dominicana desfiló en la tarde del Sábado Santo al no poder hacerlo en la madrugada.

10 de abril de 2020, santo y viernes. Comencé el día como en mi juventud, escuchando por la radio la retrasmisión de la "madrugá" de Sevilla, sin imágenes, solo sonidos que llegan al alma y te hacen volar la imaginación aflorando sentimientos de lo más hondo del corazón.

Comenzaba el Viernes Santo rezando, igual que había terminado el jueves, en la hora santa de la parroquia, acompañando a Jesús en el Huerto de los Olivos en la soledad más absoluta, frente al Padre, pero con el Padre. Es ese sueño de los apóstoles que será recordado en la tarde del día siguiente que viene del Carmen de abajo y que veré pasar desde la puerta de San Pablo.

Evocación de la noche más hermosa del año, que me trae recuerdos de infancia cuando mi padre me despertaba, con cariño, y yo me levantaba sin pereza, para ir a ver la Dominicana, con sus caballos, sus colores, sus sonidos de campanillas y su chocolate con churros en las tres GGG, para saborear de nuevo el calor de las sábanas hasta bien entrada la mañana.

Mañana de Viernes Santo, mañana de nervios sin duda en los años que me ha tocado estar al frente de mis hermanos en la Congregación, ¿todo listo? Rezo del viacrucis y a comer.

Comida de potaje, siempre potaje, de mi abuela, de mi madre, de mi suegra, de mi mujer. "Mujeres de Jerusalén, no lloréis por vosotras sino por vuestros hijos", les dice el Nazareno de San Julián a sus acompañantes en el paso que veo pasar por el Gran Hotel mientras espero con las Angustias.

Tarde de Viernes Santo, tarde de oficios preparatorios para la procesión, con mi abuelo. Solo coincidimos en la salida del año 75, desgraciadamente no tengo documento gráfico; con mi padre, con mi hermana, con mi hija, con mi hijo; quizá algún día con un nieto, acompañando a Jesús Rescatado y a Ntra. Sra. de las Angustias. Y con mi madre y mi suegra siempre en las filas alumbrando. Qué importante mantener la luz siempre encendida.

Tarde de espera en las Úrsulas, viendo pasar de niño pasos y pasos de la Vera Cruz que tan solo disfrutaba aquellos instantes, pasión viva de Cristo en preciosas escenas, presentadas a la ciudad para trasmitir la verdad del Evangelio. Él sufrió por nosotros, dio la vida por nosotros, nos redimió muriendo en la cruz, cruz de la que es bajado en el Acto del Descendimiento, al que si acudí en la mañana del viernes en alguna ocasión.

Ya enterramos a Jesús, ya lo metimos en la urna, ya lo veo a la puerta de la Catedral esperando cuando paso cargando con Ntra. Sra. de las Angustias por primera vez en el año 88. ¡Cuánto tiempo ha pasado, mi Señora! Este año volvía a poner mis hombros a tu servicio. El que viene, si Dios quiere.

Termina este Viernes Santo tan atípico en el Corrillo, despidiéndonos de "San Julián" y deseando a voz en grito: "Salud para otro año, hermanos".


jueves, 9 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Jueves Santo


Andrés Alén



09 de abril de 2020

El Jueves Santo siempre amaneció con buena cara, risueño, será por aquello del día del amor fraterno, por la luna llena de Parasceve en lo alto, o ya muy cercano, en mi casa, por los cuatro hábitos blancos recién planchados ocupando el salón como el velamen de un barco dispuesto a navegar.

En mis recuerdos, mañana de algarabía en el Arrabal, los pasos colmados de flores. Los hermanos punta en blanco, últimos tallajes por si los nervios han cambiado la estatura. El chocolate compartido en conversaciones amistosas. Y el Cristo allí mirando con su muerte dulce, que casi no es muerte de lo poco que pesa.

La tarde es de iglesia blanca a rebosar y alimento de eucaristía. Se abren las puertas y comienza la marcha penitencial con un baño de luz rasante y dorada que lo inunda todo. El toque de la campana de la iglesia vieja, que se porta a hombros jóvenes. El silencio prometido y hermanos vamos que la ciudad le espera.

La peculiaridad más salmantina del Jueves Santo y la más solemne sucede en la capilla de la Universidad, donde se recrea el antiguo ceremonial de la Cena del Señor en los oficios de Semana Santa. En la primorosa filigrana de la urna de Jueves Santo se realiza la reserva del Santísimo, asisten, toga, muceta, birrete y medalla los doctores y debo decir que desde hace ya bastantes años los acólitos que ayudan en estas ceremonias son una pequeña sección del Cristo del Amor y de la Paz con sus hábitos.

Si la Semana Santa Salmantina hubiera caminado siempre por sendas colindantes con las de su Universidad, o esta se hubiera acercado más a sus ceremoniales, no me cabe duda de que tendríamos una Semana Santa diferente e identitaria. Pero no pudo ser. Solo queda un bello Martes Santo, Luz y Sabiduría, con muy relativa participación del Estudio.

Volvemos a las calles: El primer desfile de la tarde viene de San Bernardo, o venía, pues parece que no acaba de acoplarse en su parroquia trinitaria. Asistí a su estreno una fría mañana Se denominó del Vía Crucis y rezaba sus estaciones a la puerta de cada iglesia por donde pasaba. Portaba una imagen, copia digna del Medinaceli, después se sustituyó por otra nueva del Ecce Homo, que no mejoraba. Opino que este loable intento de instaurar cofradías de barrio ha conseguido un cierto entusiasmo, casi exclusivamente, en el vecindario, pero adolece de una estética propia, un estilo, una imaginería homologable con en marco excepcional que las acoge. Siempre hay que preguntarse ante una cofradía nueva qué aporta, y las respuestas determinan su razón de ser.


El Jueves Santo era esa fecha con un número en negro y otro en rojo, pues era media fiesta o solo fiesta por la tarde. Empezaba más allá de Ramos, la Pasión. Así que esa tarde una hermandad llenaba ella sola toda la expectativa de la ciudad dorada. Cristo de la Agonía, la de los comerciantes, los dueños decían, y los dependientes al Flagelado. Esta fama de ricohombres predisponía a una impecable vestimenta, capa y túnica de lana blanca, antifaz malva. Calle de la Compañía plena y para mis pocos años, sabor a pirulí de oblea, ojos como platos ante sus cuatro pasos y sin sentir las posaderas en la espera, sentado en el bordillo de la acera. Esta hermandad aún hoy dispone de una imaginería propiamente salmantina, en un intento decidido por revivir una escuela salmantina perdida de arte sacro.

El primer motor de ella fue el catalán de Amposta Inocencio Soriano Montagut, quien en 1935 obtuvo la plaza de profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Salamanca, de la que fue director, y estableció en el patio de Escuelas una incipiente escuela de imaginería con González Macías y Álvarez Villar. Como profesor de artes y oficios influyó en otros destacados escultores salmantinos. Los pasos que mantiene esta seráfica hermandad son el Prendimiento de Villar, Jesús ante Pilatos, de Macías, El Cristo de la Agonía, antes del Perdón, de Villar, y la Dolorosa, de Montagut.

Esta escuela repartió sus obras por toda España, principalmente Asturias. Estamos en el nacional catolicismo y había que responder a la demanda. Los pasos de la Seráfica son muy desiguales, grandes aciertos y algún fiasco. Estos sustituyeron a los antiguos, un prendimiento de imitación salcillesca, sin valor, y dos obras maestras: la Dolorosa de las Agustinas de Carmona (que fue sustituida por la de D. Inocencio, más barroca, dramática y carnal, con una magnífica policromía) y, posiblemente el mejor crucificado salmantino, Cristo de la Agonía de Pérez de Robles, D. Bernardo. Como apostilla pienso en que si esta escuela salmantina hubiera incorporado escultores charros más a la vanguardia de la figuración, Venancio Blanco, Núñez Solé, Mayoral…, podríamos haber tenido una aportación trascendental a nuestra Semana Santa.

Sigue subiendo Compañía, la calle más bella del mundo y más semanasantera. Se han incorporado algunos penitentes de cruz pesada y cadenas (por si nieva, perdón por el chiste, pero algunas cosas me parecen de otro tiempo) Yo me quedo con aquellos recuerdos.


Habíamos dejado a la Hermandad de Amor y Paz cruzando el puente o ya subiendo Tentenecio a pulsos de un solo corazón. Me dijo un amigo del cine que era la procesión más cinematográfica de todas. Yo también creo en su fotogenia, que no siempre se elige, pero que suele ser un acierto de la estética. Itinerario, la hora de su luz, encuadre, el contrate del blanco en la noche, la juventud radiante, el no parecerse a otras…

Sube Tentenecio la Madre de más de cien hermanas de carga, que la llevan como si fuera el aire exhalado en su respiración. Es lo mejor del paso, ese pie de flores.

Cuando el Cristo entra en la catedral suena el órgano de Echevarría y el raseo zapateado de los hermanos. Hacia lo alto el crucificado se proyecta sobre la crucería como en la perspectiva de Masaccio, que inauguró la nueva forma de ver renacentista. Ante la Piedad, ante el Santísimo, ante la Soledad, se va clavando dentro tanta belleza, que casi siempre es nuestra forma de orar. Plaza de Anaya, la Palabra, silencio y oración, frente a la ciudad entera, vuelan las palomas como el verbo, como la paz.

También aquí recuerdo otros tiempos, la marcha penitencial como una marcha triunfal, que llegaba a una plaza que la recibía apagada para que solo luciera él. Como en otro recuerdo anoté una fecha de comienzo de un declive. De todas formas, en Libreros nos dejaban solos y es que la jornada ya pasaba varias de sus horas al Viernes Santo. Quien se acercaba como un imán embelesado nos acompañaba hasta el final en el Arrabal, que siempre era de abrazos por haber cumplido con la singladura que se nos demandaba.

Fin por hoy de este mí modesto escalofrío.

* Ilustraciones: Andrés Alén


miércoles, 8 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Miércoles Santo


F. Javier Blázquez

Cristo de la Agonía Redentora, que debería procesionar en la madrugada del Jueves Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

08 de abril de 2020

Hoy es Miércoles Santo y no salen las procesiones. Este año ninguna, en ningún lugar. El flagelo del coronavirus nos ha recluido por tiempo indefinido. Ya llevamos casi un mes y no sabemos cuánto quedará aún. La mirada de ese Jesús que recoge sus vestiduras tras los azotes hoy es reflejo de todos aquellos que sufren, los que padecen la enfermedad, aislados, los que quedan sin trabajo por la pérdida de actividad, los que no pueden trabajar porque todo está cerrado y ven cómo su vida se tambalea entre incertidumbres. Dios, ahora y siempre, es azotado en el hombre que soporta la tragedia de la desolación.

Hoy es día de lágrimas. Lágrimas que aparecen surcando el rostro de los familiares que entierran a sus seres más queridos sin el desahogo de un último acompañamiento en el velatorio, sin el consuelo del funeral. Son rostros nombres que todos llevamos en el corazón, como Javier en Compostela, María José en Ávila, Miguel en Peñaranda, Fernando y Marga en Salamanca… Al dolor de la pérdida se suma la impotencia de no poder estar, de no cumplir con algo tan humanamente necesario como el despedir a quien tanto se ha querido. Nuestra Señora hoy no llora por las calles de Salamanca, lo hace escondida y sus lágrimas son las de quienes ya no pueden ni llorar porque sus ojos se han secado.

Agoniza la noche del miércoles en Salamanca, madrugada hacia el jueves del amor. Cristo transita por las calles fantasmales sin nadie que lo lleve ni acompañe, sin nadie que lo pueda contemplar, sin nadie, sin absolutamente nadie. Un Cristo escuálido y enjuto, reseco por el sufrir del hombre, que es el suyo, muere en la cruz para que vivan los agonizantes, los 14000 que a día de hoy nos dejaron en España, los más de 80000 en el mundo. Miércoles de dolor y de agonía, la de tantos hermanos que la pasan sin los suyos, en la más inhumana y obscena de las soledades, esperando el alba de ese jueves fraternal que reconcilia al hombre con el Padre y el prójimo en la espera de la vida perdurable.

Mientras tanto, la muerte se enseñorea implorando su misericordia, la de Dios. ¿Tanto mal hemos hecho, Señor? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué tanto dolor? Sabemos que la respuesta está en nosotros, lo sabemos desde siempre y aun así nos revolvemos una y otra vez, olvidando qué es el amor. Pero es tan duro todo esto… perder al amigo sin poder despedirlo, sin mirar siquiera el féretro donde yace confiando en tu misericordia. Cuántas veces nos lo dijo él, nuestro Fructuoso del alma. Preguntemos al hombre, que Dios ya hizo su parte muriendo, que esto es ya es cosa nuestra...

Es cosa nuestra, porque la redención ya se consumó. En los tiempos históricos cuando estos llegaron a su plenitud, en la Semana Santa un año y otro y otro, aunque no haya procesiones ni te pueda ver siquiera en la catedral, Cristo mío, ni me dejen postrarme a tus pies el Viernes Santo para decirte sin que nadie pueda escucharlo, Señor, que aquí seguimos flagelados por la vida que se nos muestra maldita, con lágrimas transidas por el dolor, agonizando junto ti en comunión con los hermanos, mientras esperamos en tu misericordia la redención.


martes, 7 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Martes Santo


Félix Torres


Hábito de la Hermandad Universitaria del Santísimo Cristo de la Luz y Nuestra Señora de la Sabiduría

07 de abril de 2020

Hace poco más de tres minutos que ha sonado el despertador y sigo remoloneando en duermevela entre la calidez de estas sábanas que en los últimos días apenas saben cuál va a ser su hora de trabajo.

Sigo quieto, tan a gusto con los ojos entrecerrados, que daría cualquier cosa por no tener que levantarme. Por seguir aquí como si esta fuese la mañana del domingo. ¡Qué digo del domingo! ¡Como si fuese la mañana de anteayer, Domingo de Ramos!

¡Ah! ¡No! De Ramos no, que hubiera tenido que levantarme para la misa, para celebrar que un año más un grupo de amigos, de hermanos, agitamos nuestro ramo de laurel dando la bienvenida al Salvador… que nosotros sabemos por qué lo hacemos. Y nos saludamos. A algunos como si hiciera un año que no les vemos. A otros, porque hace un año que no les vemos. Abrazos, comentarios, novedades… y chocolate con churros. ¡Qué bonita tradición!

Tengo que espabilarme. No sé qué me pasa este martes, que es como si una pesada losa me anclase a la cama sin apenas permitir que me mueva. Vamos, que ya es martes, nuestro martes, me dicen desde el salón quienes llevan más de tres semanas soportando mis horarios, mis jornadas maratonianas al pie de tantas camas que no he podido ni aprender el nombre de mis pacientes. Yo. Que siempre presumí de conocerlos por sus nombres. De tratarlos como si fuéramos conocidos de siempre… Y ahora, veo a conocidos de toda la vida y apenas puedo pronunciar sus nombres.

Pero hoy es martes. Hoy es el día. Esta tarde, de anochecida ya, agarraré hábito y alpargatas y me iré hasta la Clerecía como siempre, caminando sin prisas, saboreándolo. Y saludaré a Luis y a Miguel Ángel, como siempre. Abrazaré a Manolo y daré dos besos a Azucena. Siempre lo hacemos. Somos compañeros. Y a los demás, claro. Saludos y expresiones efusivas cargados de ese gusanillo nervioso que nos ronda por dentro en esos momentos en que ya vamos a agarrar nuestra cruz. ¡Nuestra cruz! Para salir a dar testimonio. Para orar y prometer no solo silencio sino nuestro compromiso con los demás. Nuestro contrato moral con cuantos nos rodean. Nuestra entrega, que va más allá de lo que dice esa oración que tras tantos años, casi la sabríamos de memoria.

Sigo entre sueños, pero debo levantarme. Son las siete de la tarde. El reloj no espera y debo ir vistiéndome, que dentro de nada pasan a recogerme. Me aseo. Una ducha rápida para quitar ese dolor que no se va desde que cargué con aquella anciana para echar una mano. Un poco de crema en la cara para mitigar esas marcas de unas gafas que se clavan más allá de los huesos. Y a tomar un café bebido en un par de sorbos mientras pienso en todo lo que me espera. Mascarilla, tensión, gafas protectoras, impotencia, bata, esperanza, calzas, ilusión, gorro, piedad…

Sí. Soy de la Hermandad Universitaria y sé con certeza que nuestro Cristo de la Luz y Nuestra Señora Madre de la Sabiduría me acompañan. Pero hoy, Martes Santo de dos mil veinte, soy médico y voy a cubrir la procesión entre camas y enfermos. Porque hoy también sale la procesión para mí y para tantos otros que damos cuanto sabemos para devolver lo que nos dieron.


Lo dice la Oración y es mi compromiso.


lunes, 6 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Lunes Santo


Ana Pedrero



06 de abril de 2020


Es medianoche de este Domingo de Ramos que ya apunta a Lunes Santo. Aquí, en Zamora, la lluvia cae como con prisa sobre las calles desiertas, sobre esta plaza mía que despunta en primavera mientras el mundo se ha detenido.

Llueve como aquel primer Lunes Santo en que acudí a la capilla dorada para seguir el rastro, la sombra de la Cruz del Cristo de los Doctrinos, mi Cristo, aquel cuyo empeine se hizo a la medida de mi mejilla, cuyos dedos desgastaron los besos, no los siglos. Mi Salamanca Santa.

Llueve como aquel Lunes Santo pero no es la misma lluvia, ni el mismo tiempo, ni aquella espera, ni la duda sobre si abrir o no las puertas, ni el revuelo de túnicas y capas ni aquel dolor cuando todo quedó suspendido y rezamos de puertas adentro. De puertas adentro, así como vivimos, aunque no podamos contener la primavera. Hoy no hemos mirado al cielo, este cielo que cada noche multiplica sus estrellas mientras la tierra se abre de dolor, herida, y los que se marchan nos alumbran desde lo alto.

Hoy el Campo de San Francisco amanecerá desierto y solo el aire se apostará junto a las piedras de la Vera Cruz llamando con sus nudillos a unas puertas que no se abrirán. Solo el agua hará procesiones por las calles de una Salamanca que ha guardado túnicas y caperuces pero late viva tras las puertas y ventanas.

Está vacía la capilla, apagadas las velas, reposado el incienso, en flor los cardos; dormido nuestro Cristo Dormido, el que nos abraza desde la Cruz; tanto silencio, tanta quietud en este Lunes Santo que no parece Lunes Santo.

Quizá sea ésta la penitencia de un mundo que jugaba a ser Dios y se ha paralizado ante un enemigo invisible, esta realidad tan brutal que parece ficción. Quizá íbamos descalzos por la vida sin saberlo, arrastrando cadenas pesadas que nos ataban a la tierra y a todo lo material sin dejar su lamento contra las losas, sin avisarnos. Quizá sea la libertad este confinamiento, santo este viaje interior que emprendemos en soledad, ahora que todo es tan incierto y los días tan largos.

Pero es Semana Santa y Dios ha regresado hecho hombre para morir y resucitar entre los hombres, entre nosotros. Quizá no lo sabíamos, pero nunca había sido tan santo como ahora este tiempo. No lo imaginábamos, pero nunca habíamos estado tan cerca de Cristo, cargando con su Cruz.

Quizá no lo sepamos, pero cada tarde a las ocho pasa por las calles de la Salamanca inédita, la Salamanca vacía, y nos llama a la vida y a la esperanza porque es la Vida, porque se alzará sobre tanta muerte, sobre tanto dolor.

Y yo desde aquí, tan cerca, tan lejos, cierro los ojos y regreso siempre a tus pies, poso mi mejilla en tu empeine, rezo hacia dentro, beso tu dedo regresado a la madera y te sueño llenando de Luz este mundo tan a oscuras; consolando a una ciudad que hoy hace procesión desde casa, que nunca te sintió tan cierto sin salir de tu capilla, sin descender de la Cruz.

Amor mío, Cristo de los Doctrinos que sostienes en tus brazos Salamanca entera.


domingo, 5 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Domingo de Ramos


Abraham Coco

La Hermandad de Jesús Amigo de los Niños celebra este año su 75 aniversario | Fotografía: Manuel López Martín

05 de abril de 2020

Para ser exactos, don Primo tuvo 18 nietos. Pedro Luis, Marta, Ignacio, Elena, José Luis, María, Rosa Estrella, Susana, Pedro Alfonso, Cristina (†), Alberto, Esther, Javier, Javier, María, Pablo, Andrés y María, aunque a estos dos últimos no llegó a conocerlos. Pero, en cierta manera, todos somos nietos de don Primo. Primo Andrés Ramos González (Salamanca, 1912 – 2001) dio al Domingo de Ramos una Borriquilla que sigue siendo puerta de entrada 75 años después. No podía ser de otro modo con ese apellido. Con ella nuestra Semana Santa pone siempre las primeras letras, la ilusión renovada, los nervios del debut. Pero hoy no hay hábitos ni palmas para estrenar. No hay bullicio infantil en las naves de la Catedral… ni disputas adultas por el laurel. ¡A qué sabrán ahora nuestros guisos! Y, sin embargo, es Domingo de Ramos según el evangelio de san Mateo.

Nada es lo mismo sin la procesión. Lo supo don Primo. Por eso en aquel 1945 de fundaciones efervescentes hoy tan arraigadas creó la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños. De los niños que desde entonces hemos sido. De aquellos niños de la posguerra que a esta hora pelean en las camas de residencias y hospitales por vencer a un virus que se lleva cada día a casi un millar de los nuestros. De los hijos de esa generación valerosa, de sus hijos, los hijos de estos y así hasta este 2020 en el que la idea de don Primo tiene más vigencia que nunca. Cuántas vocaciones cristianas se perderían sin nuestras cofradías.

Lo supo don Primo quien, junto a otros seis maestros, formalizó un proyecto que habían estimulado la Junta Pro Semana Santa y el Obispado y que reunía a todos los escolares y colegios de la ciudad. Lo supo don Primo tres décadas más tarde, cuando perseveró con Froilán y los héroes de los 70 para evitar que la Borriquilla se fuera al garete. Lo supo cuando la vio a hombros por primera vez y cuando, siendo el único de los fundadores que seguían al pie del cañón, se convirtió en hermano mayor honorario hasta su muerte.

Escribía Daniel Cuesta SJ la semana pasada que el mayor tesoro de las cofradías, junto a sus imágenes titulares, es su patrimonio humano. También lo creo. Don Primo, como ese puñado de bernardos y tomases, fue en sí mismo la cofradía. Sus viviendas eran la sede de la hermandad y el taller de hábitos en vísperas de cada procesión. Una forma de organización que hoy carecería de sentido, pero que fue entonces la única garantía de supervivencia.

Los nietos de don Primo nos quedamos en casa esta mañana, deseando estrenar un pico de contagios que permita "doblegar la curva". Nos quedamos en casa, mientras resuena más que nunca ese "dejad que los niños se acerquen a mí". Muchachos como los de Jesús Despojado, que sin darnos cuenta va sumando años y empieza a dejar atrás la infancia. Muchachos como los del Cristo del Perdón, tan solo en las Bernardas, tan imponente en su vía crucis por el casco antiguo. El único desfile de este 2020 sin indultos. En estas semanas de confinamiento parece que el gesto resultaría más necesario que nunca.

¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!


sábado, 4 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Sábado de Pasión


J. M. Ferreira Cunquero

La procesión de la Hermandad Franciscana a su paso por el Patio Chico | Fotografía: Vicente Sierra Puparelli

04 de abril de 2020

Nada nuevo se habría contemplado en el corto, sencillo y austero cortejo de la Hermandad Franciscana de Salamanca en el anochecer de este Sábado de Pasión salmantino. Nada nuevo, porque quienes formamos parte de esta hermandad aspiramos a que todo permanezca tal cual es, sin añadidos ni innovaciones que desvirtúen una marcha penitencial que propugna una sencillez que la define. ¿Para qué más?

Y en la calle, con extrema puntualidad, aspiramos a estar el menor tiempo posible. Nuestro cometido fija su atención en conseguir, entre otras cosas, esos donativos que cada año hacemos llegar directamente a la Custodia Franciscana de Tierra Santa. A este fin primordial, añadimos la promoción de las peregrinaciones a las Tierras de Jesús y nuestro compromiso en alzar la voz contra la persecución que sufren los cristianos en el mundo. Todo lo demás son elementos que, dentro del campo de las coordenadas de la religiosidad popular, complementan nuestra propia idiosincrasia.

Simplemente queremos cumplir lo que nos pide el Papa: Los problemas de los cristianos de Tierra Santa han de ser los problemas de todos los cristianos del mundo.

Pero, cuando el sábado hinque en la Pasión, como una saeta, el alma en nuestro sentir cofrade, las calles del interior se iluminarán con la destellante luz de las antorchas, y el pesado paño caerá sobre los hombros del tiempo y de la vida. La noche encelada en neblinas y sueños abrirá sus recintos y, misteriosamente, las campanas de San Martín tocarán en el corazón más sensible de las horas.

Esta noche los conventos de clausura franciscanos, desde todas las tierras y lugares de España e Hispanoamérica, unirán a nosotros esa santidad que, en las mujeres desposadas con Cristo, emite la promesa de amor, en dulce entrega, por medio de la oración que ayuda a salvar al hombre.

La Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad buscará, en la sencillez de los hogares, el perfume conventual de las Palomas de San Francisco (así llamaba fray Romualdo Fernández Ferreira a las monjas franciscanas) y, en la unión universal de la palabra elevada al Padre, nos encontraremos ungiendo cuanto somos y tenemos en el plácido y austero esplendor franciscano.

El canto gregoriano inundará las rinconadas en nuestras querencias, mientras el Cristo de la Humildad buscará a quienes en estos días sufren la Pasión de una plaga que extiende por el calvario de la vida el poder de la tristeza. El Señor con hondura los acogerá, con plena seguridad en el abrazo sincero de su esperanza.

Esta noche, te animamos, amigo lector, hermano nuestro, a unirte a las 22:00 horas, después de encender una vela, a rezar por la paz en el mundo, recordando a los más de 245 millones de cristianos perseguidos por toda la tierra. De forma muy especial, te invitamos a abrazar con esta oración a quienes sufren la pandemia, a todos los fallecidos y a sus familias.

La pasión y el sufrimiento que supone nuestro caminar por este calvario lleno de cruces y hedores a pena, está a punto de rendirse ante la PASCUA que pondrá, en nuestros ojos, al Señor que por nosotros erradica la muerte, indicándonos el camino seguro de su REDENCIÓN.


viernes, 3 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Viernes de Dolores


Tomás González Blázquez

La Dolorosa de la Vera Cruz abre los desfiles procesionales con su Vía Matris popular | Fotografía: Alfonso Barco

03 de abril de 2020

"En la iglesia de la Vera Cruz está La Dolorosa, con siete espadas clavadas en el pecho y sostenidas por una mano joven, llena de hoyuelos, que contrasta con la lacerante expresión de angustia del rostro y el desmayo de la postura"
(Carmen Martín Gaite, en TVE1. 1987) 

Había puerta nueva en la Vera Cruz, pero habrá que esperar para estrenarla, ojalá en la Sacramental de junio, o el Viernes de Dolores de 2021, cuando Dios quiera… Había un traje negro preparado, y la corbata azul de rigor, y la medalla y el escapulario, como cada vez que, allá por el Campo de San Francisco, donde todo empieza y todo culmina, la novena de la Virgen de los Dolores da paso a su transitar por Salamanca. Nueve días de oración íntima en la capilla antes de que aflore la Semana Santa procesional: callejera, explícita, simbólica, valiente, necesaria… Pero no, el novenario ha tenido que ser doméstico sin procesiones después, como una invitación a mirarla en su dolor por separado y con profundidad distinta, para luego, ¡lo esperamos!, poder contemplarla juntos cuando seamos convocados a su otra fiesta, la gloriosa, el 15 de septiembre.

Sirvan estas líneas, ojalá para algunos, como una suerte de Vía Matris improvisado y adaptado a las circunstancias. No deja de ser Viernes de Dolores porque la caridad cristiana y la responsabilidad ciudadana nos retengan en casa. Sigamos, pues, el curso de los acontecimientos: primer dolor, la profecía de Simeón. Primera espada. La incertidumbre que nos invade: ¿cuándo terminará esto?, ¿cómo me afectará a mí ahora y en el futuro? La Madre recibe una palabra sobrecogedora en su corazón ya transformado desde el sí al Señor tras el anuncio del ángel, mientras a nosotros la lluvia de datos, bulos y prefabricados relatos nos tiene en el alambre de la duda y de la inquietud, sin terminar de aceptar que Cristo es, todavía hoy, bandera discutida que desnuda nuestros corazones. Segunda espada. La necesidad de huir, que la tuvieron María y José para proteger a Jesús, frente a la tentación de huir, que nos amenaza a todos, mano a mano con la desesperanza. Nuestro Egipto-refugio es ahora el hogar, la familia, los que sirven para que lo esencial funcione, y también la Iglesia, que se reúne toda ella, la de abajo y la del Cielo, cada vez que en lo secreto de su habitación o en el altar de un templo cerrado un sacerdote celebra la Eucaristía. Y así se llega a la tercera espada, de pérdidas y hallazgos en el templo, para que hagamos el intento de redescubrirnos, cada uno, como templos que somos del Espíritu. Sí, nuestros cuerpos frágiles, que quizá se agiten por la fiebre, sufran para respirar o se estremezcan en una tos desasosegante. Nuestros cuerpos agotados que quizá no puedan oler incienso ni captar el sabor de una torrija, pero sí sonreír al recordarlo, como María al recobrar al Hijo para seguir guardando cosas en su corazón. Así, Caná mediante, hasta una cuarta espada que nos sitúa a la Madre arrodillada ante el Nazareno con la cruz a cuestas, y nos la regala delante de nuestra postración actual. Cuesta imaginarnos, un Viernes de Dolores tan extraño como hoy, entre la iglesia de San Benito y el convento de la Madre de Dios, rectángulo imperfecto que esperábamos fuera el primer oratorio de nuestra Semana Santa. Como nos costaría avanzar por esta travesía presente sin los cireneos y las verónicas que nos amparan y que nos deja por herencia Fructuoso Mangas en su última Pasión en Salamanca.

Quinta espada para La Dolorosa es la muerte de Jesús en la Cruz. Espada central de la Historia. Ella estuvo a su lado y ahora le toca estar al pie de tantas camas de hospital en la que mueren miles de personas separadas de sus familias, aisladas por seguridad, pero al tiempo incrementado su dolor. Solamente María puede remontar esa soledad del enfermo en lucha, del agonizante en trance de despedida, sirviéndose de ese médico, enfermero o auxiliar que accede a la estancia y del capellán hospitalario, figura tan importante en situaciones catastróficas como ésta. Es la antesala de la sexta espada, el instante en que la Madre recuesta al cuerpo muerto del Hijo en su regazo, por última vez. Las familias atravesadas por la epidemia no pueden despedir a los suyos, lo que acrecienta su duelo y añade a sus llantos la amargura de la distancia. La fe encomienda a la Consoladora de los afligidos ese adiós postrero e imposible. Sabemos que ella cumple, firme y solícita como en la séptima espada de su soledad, inspiradora para tantos que se asoman a esta crisis en solitario, encerrados en una casa sin otra compañía que sus miedos y sus debilidades.

La Dolorosa, Virgen Fiel, nos ha guiado en este itinerario breve por el filo revelador de sus espadas, pero antes de que le cantemos la Salve Regina nos pide que miremos a un lugar cerrado como todos pero abierto como ninguno. Esta noche no habrá traslado. Es mejor que espere allí, en San Carlos, donde se hace anfitrión sin exequias pero con promesas ciertas de eternidad. El Cristo lo es más que nunca de la Liberación. Ansias de libertad saciadas en la oración liberadora:

Tú que vienes de aquella tierra santa,
el extenso país de los dormidos
donde se ganan los sueños perdidos,
donde el poder humano se quebranta.

Tu clamor en silencio nos trasplanta
al suelo fértil de la Cruz, vencidos
por la muerte y en el dolor sumidos
el eco de tus voces nos levanta.

No vengas esta vez, te buscaremos
en esa Galilea de mañana.
Ahora, Señor, más que nunca allí

brindando paz es donde te queremos.
Es tu herida la única que sana.
Ellos, Cristo, te tienen sólo a Ti.


miércoles, 1 de abril de 2020

Especial Semana Santa 2020 | Editorial


Cofrades del Amor y de la Paz, en el interior de la iglesia del Arrabal antes de su salida | Fotografía: Manuel López Martín

01 de abril de 2020

Este año no saldrá ninguna procesión. La grave situación que atravesamos nos obliga a permanecer confinados en nuestras casas, a la espera de que remita la pandemia y podamos recuperar la normalidad, si es que esta llega algún día, porque al menos a corto plazo van a cambiar muchas cosas.

Ante ello, la redacción de Pasión en Salamanca ha decidido modificar el planteamiento previsto para su edición digital durante el mes de abril. En la planificación inicial no se alteraba la periodicidad de los tres artículos semanales. Sin embargo, y debido a la supresión de las procesiones, desde el Viernes de Dolores hasta la Pascua de Resurrección, publicaremos un artículo diario con la referencia de los desfiles de ese día.

Seguimos fieles a nuestro estilo editorial. No habrá ni estudios ni descripciones, ni enumeraciones de desfiles, hermandades o pasos. Las columnas serán como retazos de esa Pasión ausente que nos deja en la melancolía, pero cada autor seguirá siendo él mismo. Pasión en Salamanca, no lo olvidemos, es ante todo un espacio de libre opinión en el caben todas las variantes del género de la columna, desde la explicación a la creación, pasando por la crítica, evocación o análisis.

No cambia el estilo, únicamente se ha pactado el tema con los autores, que son colaboradores habituales. El día que les corresponda dedicarán su columna a las procesiones que quedan en la añoranza. Eso sí, cada cual tiene completa libertad para orientar el artículo desde la perspectiva que considere oportuna. Después, a partir del lunes de Pascua, volvemos a la periodicidad ordinaria.

A pesar de tanta desgracia, la vida debe seguir y la Semana Santa ‒que no son las procesiones‒ celebrarse, aunque sea de manera bien distinta, insospechada hace tan solo un mes. Las circunstancias son las que son y no queda más remedio que convivir con ellas. Con esta iniciativa aportamos lo poco que podemos, unos minutos de lectura cada día y una reflexión escrita sobre las procesiones que, D. m., en un año volveremos a ver por nuestras calles.


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