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lunes, 11 de mayo de 2020

Daniel Cuesta SJ


11 de mayo de 2020

Ninguno de los evangelios canónicos se atreve a describir el momento de la resurrección de Cristo. San Marcos, san Lucas y san Juan empiezan sus relatos pascuales cuando la piedra del sepulcro había sido ya removida, encontrándose la tumba vacía, conteniendo solamente las vendas y el sudario con los que habían envuelto el cuerpo de Cristo. Únicamente san Mateo afirma que "hubo un gran temblor, el ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, rodó la piedra del sepulcro y se sentó en ella" (Mt 28,2), pero no da más detalles de lo que ocurrió dentro de la tumba. Un poco más lejos llega el evangelio apócrifo de Pedro quien, con la misma base que Mateo describe de manera misteriosa y fantasiosa cómo tras abrirse los cielos y retirarse la roca, dos hombres resplandecientes entraron en el sepulcro y salieron en compañía de un tercero cuya cabeza sobrepasaba los cielos, mientras se escuchaban voces provenientes del cielo y de la cruz (1). Pero, como se intuye, este relato tampoco acaba de explicarnos qué pasó en el interior del sepulcro.

El único testigo de aquellos hechos fue la noche, tal y como nos recuerda la letra del Pregón pascual: "¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos". Y es que, el momento de la resurrección de Cristo es algo que se nos escapa, que no podemos intuir ni tratar de explicar con palabras humanas porque, habiendo acontecido en la historia, la trasciende y nos habla de las realidades del más allá. Por ello, el teólogo Manuel Gesteira afirma que al tratar de describir la realidad física de la resurrección nos encontramos con un reto semejante al de tratar de explicarle cómo son los colores a un ciego de nacimiento (2). Con este problema se encontraron los primeros cristianos a la hora de relatar esta experiencia y también los artistas, entre los que se encuentra Venancio Blanco, al intentar plasmarla gráficamente.

El primer reto al que se enfrentaron los evangelistas fue el de encontrar un verbo que expresara lo acontecido a Jesucristo en la mañana de Pascua. Se trataba de algo totalmente nuevo, puesto que Cristo (a diferencia de Lázaro, el hijo de la viuda de Naín, o la hija de Jairo), había resucitado para no volver a morir, es decir, inaugurando una vida nueva. Por ello utilizaron dos verbos griegos a los que les dieron un nuevo significado: anistatai y egeirein. El primero de ellos significa "ponerse de pie" o "levantarse" y es utilizado siempre en forma pasiva para significar que fue Dios quien levantó a Jesús de entre los muertos. El segundo, egeirein, quiere decir "despertarse de un sueño" y, aplicado a Cristo, hace referencia al paso del sueño del pecado y de la muerte a la vida verdadera de la resurrección.

Pues bien, creo que ambos verbos tienen su correlato y pueden apreciarse bien en la imagen del Cristo que vuelve a la vida de Venancio Blanco. En ella, el escultor salmantino representa de manera revolucionaria y magistral el momento de la resurrección al plasmar a un Cristo que parece levantarse y despertarse al mismo tiempo. La postura de Cristo parece seguir el significado del verbo anistanai, puesto que muestra cómo el Señor no se está levantando por sí mismo, sino que hay una fuerza exterior (el poder de Dios Padre) que lo está elevando del suelo y elevándolo de la muerte. Y si miramos a su rostro, podemos rastrear en él el sentido del verbo egeirein, porque el Cristo de Venancio parece estar despertando a la vida de la Pascua. Y lo hace sin triunfalismos exagerados, ni gestos portentosos, sino desde la humildad de aquel que, por amor, entregó su vida por los hombres. Cristo despierta a la vida de la Resurrección y con Él nos despierta a todos a la esperanza de una vida sin fin que, pese a su discreción y a que a veces parezca no manifestarse en nuestro mundo, es la verdad más auténtica que existe, porque solo ella es capaz de dar sentido a todo.


(1) Vid. A. DE SANTOS OTERO, Los Evangelios Apócrifos, BAC, Madrid, 2009, 201.
(2) Vid. M. GESTEIRA GARZA, La Resurrección de Jesús, SM, Madrid, 1984, 4 y ss.


lunes, 27 de abril de 2020

Roberto Haro

José de Arimatea, una de las imágenes que componen el Santo Entierro de San Julián | Foto: Roberto Haro

27 de abril de 2020

A estas alturas de mes y ya avanzando en la cincuentena pascual, no hace falta que comente nada más sobre la situación en la que nos encontramos y que, sin duda ninguna, nos ha sobrepasado a todos con los acontecimientos vividos.

A pesar de ello, no hay que olvidar que la Iglesia, a lo largo de la Historia, ha tenido que afrontar numerosos episodios similares o incluso mucho peores que los que estamos viviendo estos días y en todos ellos ha conseguido sobrevivir a lo largo del tiempo.

En este año entramos en una nueva década a través de un periodo histórico en el que un agente vírico ha cambiado y condicionado nuestras vidas, sacándonos de nuestra zona confortable de tal forma que nos ha puesto, delante de los ojos, situaciones que por costumbre no valorábamos ni observábamos, simplemente por el hecho de pasar siempre desapercibidas, por ser naturales y estar siempre ahí. ¿Cuántas veces hemos hablado por teléfono estos días con nuestros padres, hijos, primos, amigos, cofrades etc…, en comparación con los meses pasados? ¿Cuántas veces habríamos pensado que los templos iban a cerrar y no habría procesiones y cofradías por las calles en una cuaresma y Semana Santa?

Así, igual que todos los ciudadanos, estamos encerrados en casa. También los templos están cerrados para la oración y la celebración de los sacramentos. Unos templos que guardan en su silencio casi sepulcral las oraciones, lamentos y súplicas de todos los cofrades que no han podido sacar por las calles sus benditas imágenes, ni celebrar los actos cuaresmales y posteriores procesiones de Semana Santa.

Sin embargo, y a pesar de esta situación, la Iglesia está más abierta que nunca. Los cofrades y, por extensión, las cofradías, hermandades y congregaciones como parte de esa Iglesia, no tienen ni siquiera pensar en cerrar su Iglesia particular, que es también la Iglesia de Cristo.

Sin duda alguna, las cofradías han tenido que reaccionar y hacer suyo el tópico de que "la crisis es oportunidad". En un entorno en el que la presencia física es inviable, impensable hace solamente unos días, a las cofradías les ha tocado reinventarse para que esa oportunidad que decía se aproveche para hacer más Iglesia.

Por esta necesidad, solo aquellas cofradías que han sabido conectar y transmitir (virtualmente) el espíritu de la cuaresma y Semana Santa, habrán conseguido hacer más hermandad, más comunidad. Y ello no se consigue solo con la publicación, en redes sociales, de videos a modo de recordatorio de lo que estaría pasando en el momento de la procesión que no pudo salir este año con añoranzas del pasado… "Hoy, a estas horas, la cofradía estaría en…". El pasado ya no nos pertenece. Quedarse en esos recuerdos de lo que podía haber sido y no fue posible refleja un pensamiento pobre que se queda en lo superficial, en la imagen, en la fachada.

Y como se adolece de "procesionitis" y de "postureo" cual pasarela de moda fashion week, algunos ya piensan que la supuesta procesión en septiembre será el escapare perfecto para lucirse de forma extemporánea al no poder hacerlo en primavera. Aunque los modelitos no sean los mismos.

Pocas, más bien muy pocas, cofradías, hermandades y congregaciones de esta ciudad han cuidado el aspecto cultual que se requiere en esos momentos, ofreciendo a sus hermanos en la fe la posibilidad de participar, vivir y sentir la cuaresma y Semana Santa como si estuvieran en la propia parroquia. Unos actos y cultos en la distancia que sirven de preludio a una espiritualidad personal nueva y única, que hace que reviva más que nunca. Experiencias que muchos no llegan a entender sin sus procesiones con sus Cristos y Vírgenes, sin sus medallas colgadas al cuello, paseándolas por la calle durante estos días.

Simplemente basta con echar un vistazo a las redes sociales y medios de comunicación que tienen las cofradías, para con sus hermanos y la sociedad, para ver una gran diferencia en cómo cada una ha interpretado y aprovechado esta situación y ha podido o sabido adaptarse a esta nueva realidad que va a cambiar y condicionar, con total seguridad, el mundo cofrade. Se cuentan con los dedos de una mano, y aún sobran dedos, las que han vivido la Semana Santa verdadera sin estar en la calle.

Son momentos muy interesantes. Las cofradías, más que nunca, hoy son Iglesia y tienen que aportar su grano de arena en todos los aspectos y dejar de contemplarse el ombligo para poder mirar al frente y vivir y compartir la fe en esa Iglesia de la que se forma parte, porque nada tiene sentido fuera de ella.

Dos mil años más tarde seguimos siendo cirineos y ahora el madero es más pesado, si cabe. Tengamos presente la nueva realidad social y evitemos caer en la tentación de pensar solo en la fachada del edificio que, si está vacío por dentro y no sustenta la estructura, se termina derrumbando. Aquellos que se queden en la opulencia de la fachada no habrán entendido nada de lo que está pasando.

Ahora no vale ponerse de perfil o escaquearse. Es el tiempo de los valientes, de meter el hombro cuando el paso se hunde por el peso de la cruz, a sabiendas que aún quedan muchos minutos de recorrido.

Y como decía san Ignacio de Loyola, "en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación".

De eso se trata.


sábado, 25 de abril de 2020

Abraham Coco

El Cristo de la Agonía Redentora, en el crucero norte de la Catedral Nueva | Foto: Manuel López Martín

24 de abril de 2020

Podría escribir que he echado todo de menos y acabar aquí el artículo. Y sería cierto. Disiento frente a esa ola general que afirma que no se ha suspendido la Semana Santa. Vengan a mí calificativos de "procesionero", pues pocos insultos –si es que tal palabro puede así considerarse– pueden halagar tanto. Se ha suspendido todo. O casi. Y nada de lo mucho y bienintencionado que se hizo online ha suplido esa carencia. ¡Afortunadamente!

Estará en esto de acuerdo Conrado Vicente, zamorano por encima de todo, aunque lleve más de media vida avecinado en Salamanca. Porque este año Conrado no ha vuelto al Ramos Carrión para celebrar el Domingo de Ramos, ni ha ofrecido a los amigos su balcón de Santa Lucía en la noche del lunes, ni ha empujado a la Esperanza por Balborraz el jueves. Conrado, que nunca procesionará en Salamanca como tampoco lo haré yo en Compostela, no ha vuelto a casa esta Semana Santa. Y no ha vuelto porque todo se había suspendido.

Eché de menos los viajes por tren o carretera, el recuerdo y la oración entre las tumbas en San Carlos, los cafés amigos en El Alcaraván, el inconfundible olor a nuevo del domingo. La inquietud y los abrazos que solo se dan cuando es Miércoles Santo en la Catedral, las horas de alpargata e introspección, la verdadera Nochevieja. Y al despertar el jueves, el arroz con leche de Antonio y las torrijas de Ángela, que este año habrían tenido que ser sin gluten. Eché de menos ir de ganchete con mi hermana, el timbre de Bea en la madrugada del viernes, la hornacina de San Pablo vacía, el cansancio cuando todo está consumado un rato después… El almuerzo del sábado y hasta las despedidas al declinar el domingo. Todo.

No se ha perdido el sentido y la Pascua, aquí la tenemos, vino a socorrernos cuando más la necesitamos, aunque vayamos a tener que cargar esta cruz inesperada durante un tiempo largo, incierto todavía. Pero ha vuelto a quedar un año. Y, sí, las cofradías no se pueden conformar con una semana. Claro que no. Pero sin esa semana serían otra cosa. Así lo siento y aquí lo digo, sin prisa en la pausa. Sin despedirme hasta el año que viene, hermanos.


lunes, 20 de abril de 2020

Alberto Alén

Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis, en el inicio de su procesión el Jueves Santo | Foto: Pablo de la Peña

20 de abril de 2020

Pues parecía imposible pero hemos pasado una Semana Santa en confinamiento. La recordaremos siempre. Ensombrecida, eso sí, por la cantidad de sufrimiento que hay a nuestro alrededor.

En cuanto se recibió la noticia de que se suspendían las procesiones eran muchos los cofrades que, llenos de tristeza, ponían en las redes "355 días para la Semana Santa 2021". Esto puede parecer una reacción lógica de tantos cofrades que ansían vivir la Semana Santa más importante del año como siempre lo han hecho. Vivirla con sus cultos, sus procesiones, su hábito, su medalla, su incienso… Sin embargo, creo que nos puede llevar a reflexionar. ¿Pasamos un año esperando para ver las procesiones o para vivir la Semana Santa? La diferencia es abismal. En tiempos de confinamiento lo vemos muy claro.

Si hemos pasado la Semana Santa viendo procesiones por internet y lamentándonos de no poder estar en la calle viendo cofradías; todo ello amargados y pensando en el año que viene o, incluso, viendo a ver cómo hacemos para organizar en septiembre una magna extraordinaria de esas que se llevan ahora, quizá estamos entre el primer grupo de cofrades: pasamos un año esperando para ver las procesiones.

En cambio, si hemos pasado la Semana Santa recordando a los que están sufriendo, preocupándonos por nuestros hermanos cofrades, dedicando más tiempo a la oración, a la meditación de la Pasión, asistiendo por internet o televisión a las celebraciones, preguntándonos cómo podemos mejorar tras esto, qué tenemos que cambiar; todo ello alegres por haber experimentado un año más esa muerte en cruz por nosotros del Señor y esperanzados por esa Resurrección gloriosa, quizá estamos en el segundo grupo de cofrades: pasamos un año esperando para vivir la Semana Santa.

Espero que sean muchos los cofrades que se identifiquen con el segundo grupo y estoy seguro de que así será. Una respuesta intermedia y quizá propia de un buen cofrade sería: paso un año esperando para vivir la Semana Santa, pero me ayuda ver las procesiones y sentir ese espíritu cofrade para vivirla con más intensidad.

Ahora bien, las cofradías también tienen que llevar a cabo su reflexión y tienen que poner todo su empeño en aquello que las caracteriza, aquello que les da sentido cuando todo se vuelve en contra, aquello que haya o no procesiones, tienen que mantener y fomentar. Es claro. Primero, mirar a Dios: preocuparse por la experiencia de fe de los hermanos, fomentar la participación en cultos, charlas formativas, atención espiritual… Segundo, mirar a los hermanos: preocuparse unos por otros, sobreponerse a malos entendidos, críticas, afanes personales y presiones para vivir en fraternidad y, por supuesto, atender a los necesitados fomentando la caridad. Esto último siempre, pero sobre todo en estos tiempos tan difíciles que van a venir. Que todo esto nos lleve a la reflexión.

Que no quedan 340 días para la Semana Santa… ¡que ya ha pasado! ¡Alegrémonos por la Resurrección del Señor!


lunes, 13 de abril de 2020

Paco Gómez

Las Tres Marías contemplan el Sepulcro Vacío con la cúpula de la Purísima como fondo | Foto: Pablo de la Peña

13 de abril de 2020

"No creían ni en Dios ni en una vida después de la muerte. 
Recuerdo cuando estaba de moda no creer en Dios"
(También esto pasará, Milena Busquets) 

Me pregunto qué podría decirse a estas alturas que no esté repetido ya hasta la saciedad, que no haya rondado por sus cabezas, por sus dedos disciplinados transmitiendo al teclado el mensaje. Por sus oídos y pantallas. Por sus vidas. Hoy, Lunes de Pascua, es un día de vuelta a una realidad sin normalidad posible. El día siguiente a la Semana Santa más extraña que hayamos vivido nunca. No hubo actos, no hubo liturgias a las que pudieran acudir los fieles, que tuvieron que conformarse por seguirlas telemáticamente. No hubo procesiones en la calle. Ni estaciones de penitencia, ni marchas silenciosas. Ni tambores, ni bandas, ni gregoriano. Todo, eso sí, resonaba en los recuerdos, en la memoria. Seguramente fueron ingredientes de una receta que cada uno se compuso como pudo para hacer menos amargas las noches más importantes para el cofrade.

¡Un momento! Entonces, ¿no hubo nada de esto? Ahora que lo escribo miro hacia atrás y empiezo a dudar. De hecho, ya no estoy tan seguro. Posiblemente a usted le pase lo mismo. Infinidad de imágenes recibidas por todos los canales. Vídeos, fotografías, recuerdos vívidos. Es imposible que no estuviera ocurriendo. Porrom. Pom. Hábitos recién planchados y esperando pacientemente a que sus propietarios los llamaran a la fila otra vez. Pom. Flores recién cortadas. Oraciones que se vuelven a estrenar con la luna llena.

Venga, ¿en qué quedamos? Pues si ahora tengo que inclinarme por una respuesta, diría que sí, que hemos tenido todo eso. Por más vacía que estuviera la plaza de San Pedro todo siguió pasando. El humilde mutismo del Sábado de Pasión, la ilusión del estreno del que viene a redimirnos. La explosión de la mañana del Domingo (yo, de hecho, estrené unos calcetines, estoy seguro), la penitencia de la tarde, los crujidos del ímpetu costalero subiendo la Compañía. El silencio absoluto envolviendo al Cristo de los Doctrinos y a Nuestra Señora de la Amargura y volviendo al día siguiente al Patio de Escuelas. El manto de oración al paso del Flagelado y Nuestra Señora de las Lágrimas. Sí, estoy convencido que lo vi. Vi al Cristo de la Agonía Redentora sobresalir de las agujas de la Catedral y al Yacente con su pecho hinchado como una vela hacia la resurrección. Claro que lo vi. Vi a Jesús del Vía Crucis entrar en la Trinidad, a la Seráfica estrenar recorrido, a Marisa Beltrán soltar las palomas blancas de Amor y Paz junto a la Catedral. Volví a tararear al borde de las lágrimas la saeta cuando salía Jesús de la Pasión abriendo una gran procesión de la Dominicana. ¡Que sí! Me dolieron cada uno de los clavos de Jesús Nuestro Bien, cada azote, cada espada de la Dolorosa. Tragué saliva con la sangre que sudaba en la Oración en el Huerto. Me acarició otra vez la mirada del Nazareno diciéndome no importa, vuelvo a ponerte el contador a cero. Me acordé del niño que se postraba cada domingo a los pies del Rescatado y aprendía con los ojos cerrados la digna humanidad de Nuestra Señora de las Angustias. Volví a oler los pétalos que tejían un nuevo manto a la Soledad. Bajé detrás de la Hermandad del Silencio todos los escalones. Grité, al fin, ¡era cierto, Resucitó!

De verdad que sí, ahora me doy cuenta de que todo fue así. Y que además todo me lo fue contando con su media voz Fructuoso. Despacito, con paciencia: Paco, siempre nos quedará la Pascua. Siempre. De aquí al próximo 26 de marzo nos quedan muchas cosas por ver, por sufrir, pero por vivir. También esto pasará y aunque los que se fueron no podrán volver, toca seguir trabajando, apretando, esperando. Al menos a nosotros siempre nos quedará la alegría de llevar una Pascua más en el corazón.


lunes, 17 de junio de 2019

Paco Gómez

Jesús Resucitado, a hombros de los cofrades de la Vera Cruz, en la mañana del Domingo de Pascua | Foto: Pablo de la Peña

17 de junio de 2019

"We´ll always have Paris"
(Casablanca)

Dice el genial cantautor Lichis en una de sus irreverentes canciones que "es la falta de amor la que llena los bares", metáfora de una sociedad posmoderna de carencias y búsquedas. El caso es que, por este u otros motivos, los bares se llenan y otras instituciones se vacían.

Como siempre es atrevido identificar una sola causa para fenómenos ciertamente complejos, lo más prudente suele ser quedarse en la mera descripción. Esa que dice que, a punto de celebrar el Corpus y cuando los ecos de los tambores y cornetas ya se van apagando irremisiblemente, la Semana Santa y todo su mundo empieza a quedar, otra vez, demasiado lejos. ¿Tiempo de buscar la salida y hasta el año que viene?

Aunque no he tenido hasta ahora ocasión de ponerlo por escrito, si tuviera que quedarme con algo de la pasada Semana Santa, vivida como viene siendo habitual en los últimos años más en el plató que en la calle, sería sin duda con una frase que llegó en los últimos instantes de nuestra programación especial. Sobre la bocina.

Estábamos ya despidiendo el cortejo del Resucitado camino del corazón jolgorioso de la ciudad en una mañana de primavera sin complejos, cuando como siempre hace, aunque los telespectadores no lo vean, uno de mis comentaristas de cabecera, el bueno de Fructuoso Mangas, levantó el dedo –el más mayor y a la vez el más disciplinado escolar de mi cuadrilla televisiva– para pedirme la palabra.

Recuerdo que se aclaró un poco la voz y justificando el cambio de tema de aquello en lo que anduviéramos –por si acaso se nos acaba el tiempo–, nos regaló, tras llevarnos un momento junto a Ilsa y Rick a modo de introducción, una de las reflexiones más intensas de todas las horas y horas de sentir el latido cofrade de la ciudad: "Pese a todo y a todos, a mí siempre me quedará la Pascua".

Una verdad que nunca conviene perder de vista. Porque es la Pascua lo que nos quedará siempre, a don Fructuoso y a todos. Aunque se nos tuerzan los caminos, aunque la vida nos zarandee como maderas en un mar caprichoso. Aunque arda París, o su catedral milenaria. Aunque no haya capuchón, incienso ni ningún peso que llevar sobre el castigado hombro.

Siempre nos quedará la Pascua y no es una manera de hablar. Si no fuera así, ya me dirán. A qué perdona a tu pueblo, señor; marchas en silencio; antorchas y trompetas. A qué conmoverse con dolor y expiraciones sin pensar lo que ocurrió tres días después.

Nunca conviene olvidarlo para llenar cualquier bar allí donde nos llamen. Y la implicación cada vez más decidida de la coordinadora de cofradías en celebraciones como la del Corpus de estos días es una muy buena noticia en este sentido. Tenemos la Pascua y eso es mucho como para solo celebrarlo de año en año.


viernes, 14 de junio de 2019

Pedro Martín

El Cristo de los Milagros desfila arropado por los salmantinos en el Domingo de la Ascensión | Foto: Heliodoro Ordás

14 de junio de 2019

No solo de Semana Santa vive el cofrade, y aunque pasión es la cabecera que nos acoge, no deja de ser pasión-devoción lo que se vive en nuestras calles durante las fiestas pascuales y más allá de ellas.

Y no solo en la cuidad, también en la provincia, que las manifestaciones de religiosidad popular son abundantes por todos los rincones de nuestra diócesis, y más puras, más genuinas, cuanto más sencillas y primigenias.

Cientos de devotos en torno a San José el primero de mayo, otros cientos acompañando a María Auxiliadora, más cientos rezando con-tras el Cristo de los Milagros, algo más de mil romeros (dicen las crónicas) honrando a la Virgen de Valdejimena, cientos en el Cueto. Este fin de semana acérquense a Tejares, otrora localidad independiente y ahora barrio de la ciudad que mantiene el sabor de fiesta rural (afortunadamente).

En medio de toda esta expresión de religiosidad popular, algo distinto, diferente, más solemne, o debería serlo, la Festividad de Corpus. Tanto por mejorar. Tiempo. No nos rindamos, cuesta cambiar inercias de muchos años en las que se desnaturalizó en nuestra ciudad la procesión de Corpus, y también en parte la celebración en su conjunto. Hay que actualizarla a los tiempos que corren sin perder sus orígenes, y contando cada vez más con las cofradías, es necesario y conveniente. Claro que se puede evangelizar con la procesión del Corpus, con los altares bien preparados y bien pensados, que interpelen, a los que se acerca la gente con curiosidad y, por qué no, también con necesidad de Dios al que sacamos a la calle en su día más grande, para que se dé a todos, en especial a los más pobres en el día de la Caridad.

Luego ya vendrán las fiestas patronales durante todo el verano, de cada pueblo, grande o pequeño que en torno a la fiesta sempiterna pasean orgullosas las gentes sencillas sus cristos, sus santos, sus vírgenes, cada uno a su manera, pero todos con el cariño inmenso de aquellos que llevan en el corazón la devoción de sus mayores, la costumbre no perdida de rezar, aunque sea solo una vez al año, la religiosidad popular en estado puro.

Tiempo de glorias, tiempo de procesiones.


lunes, 3 de junio de 2019

Tomás González Blázquez

La aparición de Jesús resucitado a santo Tomás, de Hernández Navarro en 1984 para la Cofradía del Rollo de Jumilla

03 de junio de 2019

El pasado 30 de mayo se han cumplido cien años de la consagración de España al Corazón de Jesús, hecho histórico que, con la conveniente adaptación al momento social y religioso que hoy vivimos, será recordado y renovado en este mes de junio por la Iglesia española, respaldando la brillante iniciativa de la diócesis de Getafe. No existía en 1919 pero es ahora la anfitriona, porque en su territorio custodia con gran celo apostólico el monumento al Sagrado Corazón de Jesús. Concretamente en el Cerro de los Ángeles, centro geográfico de la Península y uno de sus referentes espirituales.

Del Corazón de Jesús como devoción tradicional de los cristianos puede decirse que, pese a todo, es todavía un gran desconocido. Que ha sido entronizado con sentido espiritual pero también impuesto y manipulado políticamente. Que ha sido respetado y querido pero también fusilado por odio a la fe (¡y a la razón!). Que ha sido bien presentado en toda su riqueza teológica y pastoral pero también endulzado, desviado y despreciado. Traigo aquí, sencillamente, tres de sus latidos que me parece escuchar, sin necesidad siquiera de fonendoscopio, en nuestros pasos de Semana Santa. Son latidos rítmicos y potentes de un Dios con corazón de hombre.

Latido del Hosanna. Que aclamen como rey al que se muestra como "manso y humilde de corazón" (Mateo 11, 29) ha de acelerarle necesariamente el pulso, consciente de que esta victoria efímera es la antesala de un triunfo a precio de muerte. El Jesús de la Entrada en Jerusalén siempre me ha parecido un Cristo Rey al que la corona de espinas ya le aflige el corazón. No es todavía la hora del poder y de la gloria. El cáliz aún está lleno. La multitud guarda el "Crucifícale" para después. Por eso me encaja ese estandarte de Domingo de Ramos que refleja a Jesús como Sagrado Corazón acogiendo a los niños, recibiendo de ellos la aclamación más sincera que no reserva rencores porque conservan pura la inocencia de su corazón.

Latido del Gólgota. "Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito" (Zacarías 12, 10). Se cumplió la profecía en la Ciudad Santa. Mirando al que traspasaron contemplaron el rostro de Dios, manifestado a borbotones en el costado abierto de su Hijo. Muerto ya, la última herida la provoca una lanza, la del paso de Longinos, como si tuviera que abrirse aún más su corazón entregado, de par en par para mejor amarnos. Todos nuestros cristos muertos, en la cruz o yacentes, recogidos acaso por la Madre, son el Corazón de Jesús, que convierte y da pie a confesiones de fe: "Verdaderamente este hombre era justo" (Lucas 23, 47). Es un Corazón que, en la hora de la muerte, da vida en el agua del bautismo y en la sangre de la Eucaristía.

Latido del Cenáculo. Porque es posible reconocerlo como "Señor mío y Dios mío" después de haber dudado del testimonio de los otros: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré" (Juan 20, 25). Entonces el Resucitado vuelve para Tomás, como vuelve para cada uno de nosotros, en exclusiva, como si fueras tú esa única oveja perdida que le agita su corazón de Pastor bueno. Siento que es el Sagrado Corazón el Jesús que se aparece a Tomás en pasos procesionales como el tallado por Hernández Navarro para Murcia, pasos de gozo y de primavera, pasos en los que late su humildad y su mansedumbre ya resucitada para siempre en la mañana de Pascua.

Y un cuarto, el latido de María. Porque es un eco nítido y necesario el latido de la Mujer Fiel. Como a la Cruz de Jesús le siguen los Dolores de María por septiembre, al Sagrado Corazón del Hijo le sucede en la liturgia el Inmaculado Corazón de la Madre, su compañera, su ejemplar discípula. Sin duda, una fecha más que aprovechable por nuestras cofradías para dedicarla a alguna de las imágenes de la Virgen, porque en su Corazón traspasado podemos apreciar que aquellas heridas, las sufridas por el Corazón de Jesús, grabadas en la amorosa e infinita memoria del suyo, nos han curado (cf. Isaías 53, 5).


lunes, 6 de mayo de 2019

Paulino Fernández

Congregantes de Jesús Nazareno desfilan por el centro de la calzada en la Plaza del Mercado | Foto: Pablo de la Peña

06 de mayo de 2019

Finalizada la Semana Santa, los sentimientos y las emociones afloran. Y no solo por la alegría de la Pascua, que también, sino por los recuerdos y sensaciones que reverberan en nuestra mente y nuestro sentir.

Para mí, como para otros muchos cofrades, la importancia de la Semana Santa, hablando en su vertiente "cofrade", no radica en la definición secular que se le atribuye. En efecto, no comparto para nada el apellido que nos han dado, y que ahora hemos de exponer una y otra vez como si alguna puerta abriese, que nos intitula de "Fiesta de interés turístico internacional". Y, para que quede claro, el presente no va a ser un artículo "turismófobo" que venga a culpar al de fuera de los fallos propios que podemos encontrar en nuestra Pasión.

La Semana Santa, en su vertiente "cofrade", no es una fiesta. Ni debe ser una celebración que se vista única y exclusivamente para quien desde las aceras nos acompaña, ya sea con la intención de compartir esta forma de anunciar y expresar nuestra fe o con la de observar con interés antropológico, casi morboso, nuestros ritos. La Semana Santa no puede limitarse a vivir de puertas para afuera. No podemos congratularnos mutuamente en que el tiempo nos ha respetado y que, por consiguiente, esto ha sido la catarsis procesional. No hemos de quedarnos en el anecdótico dato de que las aceras estaban llenas de propios y extraños.

La Semana Santa es fe. Sin esta no se puede entender aquella, ni puede celebrarse. Pero, a mayores, presenta una serie de rasgos particulares que nos permiten vivir nuestra creencia también desde el ámbito procesional. Y si no cuidamos estos, si los dejamos de lado, corremos el riesgo de perder este modo de expresar y sentir la piedad popular.

Y uno de estos elementos propios es, sin lugar a dudas, nuestros sentimientos. Porque esta Semana de Pasión, a menudo, está ligada con una serie de componentes que nos pueden parecer periféricos y que, sin embargo, presentan un rol más central del que somos capaces de imaginar. Así, la Semana Santa es capaz de evocarnos la infancia, la niñez, esa fe que empieza a dar sus primeros pasos en la procesión de la Borriquilla, simplemente con el siempre antiguo y siempre nuevo olor de las palmas. Nos hace emocionar cuando, recordando a quienes nos precedieron en el camino al Padre, vemos a una nueva generación de cofrades que, con orgullo, portan en su primer desfile procesional la medalla que vistió su bisabuelo. Nos transporta a momentos felices, o incluso tristes, en los que acudimos a dar gracias o a buscar consuelo rezando al Señor o a su Santísima Madre, usando cualquiera de sus advocaciones como apoyo. Son todos estos sentimientos los que nos acompañan cada vez que, en la introspección penitente de nuestro capirote, salimos a la calle acompañando a nuestros amantísimos titulares.

Cuando sepamos conjugar, desde las hermandades, toda esta mezcla de emociones y les sepamos dar cabida en nuestro seno, recuperaremos ese sentimiento de unidad, que no de uniformidad, que debe reinar en nuestras corporaciones. Antes de vivir de puertas para fuera, cuidemos la vida interna nuestras asociaciones públicas de fieles. Y ello solo se consigue atendiendo a nuestros hermanos.


viernes, 18 de mayo de 2018

Daniel Cuesta SJ

Romería del Rocío que tiene su meta en Almonte (Huelva) el Domingo de Pentecostés | Fotografía: ABC de Sevilla

18 de mayo de 2018

Pasada la Semana Santa, en el calendario cofrade se abre una época marcada por las fiestas y las romerías. De nuevo en ellas se vuelve a poner de manifiesto una de las contradicciones de nuestra sociedad en vías de secularización. Y es que, aunque los templos y comunidades se encuentren en muchas ocasiones vacíos, lo cierto es que las multitudes suelen arropar y desbordar a las imágenes del Señor, la Virgen y los santos en sus fiestas, romerías y procesiones.

Ante esta realidad, de un modo semejante al que pasa con la de la Semana Santa, existen diferentes tipos de reacciones y explicaciones. Por un lado, están aquellos que, desde dentro y fuera de la Iglesia, quieren explicar estas fiestas únicamente desde su aspecto externo, festivo y folclórico. Así, dirán que en las romerías ya no hay fe, sino solo cultura, tradición, alcohol, fiesta, etc. Siempre me ha resultado curioso ver cómo en este bloque se pueden aunar perfiles tan diferentes como el del ateo o agnóstico que mira con recelo a estas realidades de la religiosidad popular, como al de aquellos creyentes que, viendo la poca profundidad de muchos de los romeros y cofrades, tienden a despreciar y ridiculizar toda la vaciedad e impureza que rodea a estas fiestas.

En la otra cara de la moneda, nos encontrarnos con la gente que son objeto de las críticas lanzadas por el bloque anterior. Aquellos que viven las romerías y fiestas desde lo puramente externo y vacío. Para ellos, estas celebraciones no son sino un pretexto más para hacer fiestas, realizar excesos, eso sí, siempre desde un barniz de tradición familiar o local.

Por último, estarían aquellos fieles que se acercan a las imágenes que se veneran en las romerías con un auténtico espíritu de fe. Los que caminan durante una o varias jornadas, rosario en mano, deseosos de encontrarse con el Cristo, la Virgen o el santo de su devoción. Para ellos, las imágenes, así como sus cultos y las fiestas son un verdadero camino para llegar hasta el Dios verdadero. Es cierto que no son muchos, quizá muchos menos de los que esperaríamos, pero ¡haberlos haylos!

Pues bien, una vez dibujado este esquema y división, con el que muchos se enfrentan, miden y tamizan a las romerías y a la religiosidad popular en general, me gustaría decir que, en mi opinión, es pobre, superficial e incompleto. Y lo afirmo con conocimiento de causa, dado que me he criado en un ambiente cofrade y romero y, además, después, como jesuita, he tenido la suerte de poder escuchar y acompañar a mucha gente de todo tipo que participa en manifestaciones tradicionales de piedad. Por todo ello, puedo decir que, siendo una realidad que el ambiente de la religiosidad popular es ambiguo, no lo es menos el hecho de que detrás de esa ambigüedad se esconden en muchos casos anhelos y búsquedas de Dios. En este sentido, creo que todas estas manifestaciones deben tratarse con mucho más cuidado del que en la mayoría de los casos se afrontan por parte de muchos cristianos. Y, sobre todo, se debe de tener en cuenta que, ante su ambigüedad se hace más que evidente el hecho de que no podemos medirlas todas con el mismo rasero, ni pensar que lo que se ve en una gran mayoría de sus integrantes es lo único que hay y, por supuesto, no dar por sentado que debajo de una aparente vaciedad no puede haber un anhelo de Dios que necesita de purificación.

Para centrar un poco todo esto a lo que me estoy refiriendo, voy a poner dos ejemplos de dos grandes romerías que se miden con raseros totalmente diferentes: el Rocío en Huelva y Quyllurit'i en Perú. Las dos se celebran más o menos en la misma fecha: la primera en Pentecostés y la segunda en la Ascensión. En ambas, los romeros caminan durante días hasta llegar al santuario en el que se venera la imagen de su devoción. Al llegar a ellos, celebran en común con peregrinos venidos de otras tierras y, pasada la fiesta, marchan a sus casas. La base religiosa de ambas festividades es clara, pero en ellas se entremezclan también aspectos culturales, festivos y folclóricos, así como algún que otro exceso que poco tiene que ver con el cristianismo. Sin embargo, pese a sus semejanzas, la manera que tenemos de analizarlas es radicalmente distinta en muchas ocasiones. Así, frente al Rocío, solemos encontrarnos con juicios duros, que afirman sin demasiado conocimiento que se trata de una fiesta vacía y poco cristiana. Pero, por el contrario, muchas de las personas que califican así la romería almonteña ven en la fiesta de Quyllurit'i una manifestación de fe pura y sincera, llevada a cabo por la gente sencilla (sin darse cuenta de la cantidad de elementos de sincretismo religioso, fiestas y folclore que envuelven también a la misma). En el fondo, lo que nos pasa ante estos fenómenos es algo muy humano: y es que, siempre lo de fuera, lo desconocido, nos envuelve con su halo de exotismo para hacer que nos obnubilemos con ello mientras despreciamos lo nuestro.

Con todo ello, lo que quisiera decir es que, principalmente desde dentro de la Iglesia, tenemos que tener mucho cuidado con los juicios de valor que hacemos sobre las romerías, fiestas y manifestaciones de religiosidad popular en general. No debemos caer en la trampa de aquellos que, basándose en una parte de su realidad, pretenden hacernos ver solo un aspecto de esta. Sino que, más bien, deberíamos ser cautos y contemplarlas como una de aquellas puertas de la fe que se abren en este mundo secularizado en el que vivimos, o también como un signo de los tiempos con el que el Espíritu guía a la Iglesia. Por ello, creo que debemos cuidar y acompañar estas manifestaciones, sin perder el realismo. Puesto que en ellas probablemente no consigamos convertir a grandes masas, ni borrar la ambigüedad consustancial que las envuelve, pero estoy convencido que sí que podremos sembrar algo de fe entre sus participantes, que germinará cómo y cuando Dios quiera.


lunes, 7 de mayo de 2018

Roberto Haro

Maiestas Domini. Del libro Beato de Gerona

07 de mayo de 2018

¡Aleluya, aleluya!

Este es el grito que, desde hace veinte siglos, decimos en momentos de Pascua los cristianos. Un grito milenario que cruza continentes y fronteras volviendo con fuerza tras su ausencia durante la Cuaresma y posterior Semana Santa.

Cantad aleluya 
en respetuosa alabanza; 
ciudadanos del cielo, 
entonad unánimemente 
un aleluya sin fin. 
Himno visigótico - s. VII 

Ya en tiempos mozárabes, como decía en mi último escrito, la aclamación del Aleluya cesaba el primer domingo de Cuaresma y no volvía hasta la Pascua, "tiempo de la resurrección de Cristo, en el cual conviene cantar alegremente el aleluya y trocar el dolor en gozo".

Un mismo concepto que ha tenido diferentes nombres según las culturas que analicemos. "Anástasis" la llamaban los griegos; por el contrario, "Resurrectio" era el nombre dado por los romanos. Si ya tienen dos nombres diferentes según la cultura, en la Pascua se enfrentan dos conceptos antagónicos también según las diferentes tradiciones religiosas;

- Para los judíos, la Pascua es el inicio del proceso de liberación del pueblo de Israel, celebrada con los fastos de la comida del cordero pascual y el pan ácimo.

- Para el cristianismo se celebra la resurrección de Cristo, un cordero inmolado que es alimento de los cristianos para comenzar a caminar en una nueva vida. Es la resurrección de la Humanidad.

Mirando profundamente en ambas interpretaciones llegan en esencia al mismo significado. La Pascua de Resurrección es la síntesis de ambas religiones con la inmolación y el camino de vida nueva. En la Resurrección cobran pleno sentido los tres días del Triduo Pascual y completa la identidad del ser humano: la propuesta de tomar cada uno su cruz y aceptar su condición de resignarse al sufrimiento hasta el final de sus días.

Si la Pascua de Navidad es el paso de un Dios que se hace presente desde la Palabra, en la Pascua de Resurrección se nos hace presente un Dios resucitado y vuelto a la vida nuevamente desde el sufrimiento y el escarnio a través de la muerte.

Y según lo concibamos, hay diferentes modos de vivir la Pascua:

- Pasar de Pascua. Aquellos a los que no les interesa nada todo este camino.

- Ver pasar la Pascua, refiriéndome a los que ven pasar las procesiones, aquellos que disfrutan con los cirios encendidos, el perfume del incienso e incluso llegan a conmoverse de tanta cruz y tanto "sufrimiento" en procesiones y jolgorio con el corazón compungido.

- Celebrar la Pascua. Aquellos que tratan de abrirse al acontecimiento pascual, celebrando en definitiva el paso a incorporarse al sentido de ese cambio.

Y es que Pascua es, siempre, dar el paso. Es momento en el que cada uno de nosotros debemos examinar nuestras mochilas y con espíritu pascual decidir caminar firmemente hacia esa nueva vida cristiana.


martes, 24 de abril de 2018

F. Javier Blázquez

La Tertulia Cofrade Pasión realizó su balance de la Semana Santa acompañada de varias cofradías | Foto: Pablo de la Peña

23 de abril de 2018

Recogidos y ordenados los bártulos procesionales, las semanas que siguen a la Pascua suelen ser las del bajón. Después de tantas tensiones y nervios acumulados, por salud más que nada, todo se ralentiza y da la impresión de que el día a día capillita se interrumpe hasta la Cuaresma venidera. Para muchos suele ser así. Para quienes lo tienen claro y saben que la vida cofrade va más allá de la procesión, siguen participando en la actividad que se prolonga, aunque sea a otro ritmo. Para los que llevan la Semana Santa en la médula de sus huesos esto no cesa y el tiempo de Pascua solo supone una forma diferente de seguir metidos en el asunto. Y al margen de la recogida y las celebraciones pascuales, lo habitual en estas fechas es hacer balance. En sintonía con lo que rodea al fenómeno cofrade, la ritualización, de una u otra forma, siempre acaba por asomar, tal como sucede con el análisis que de las procesiones salmantinas. Hay varios foros. El oficial es el de la Junta de Semana Santa, que para eso está pese a las ataduras y servidumbres que por su carácter inevitablemente acusa. Los medios, el lunes de Pascua, también hacen su balance desde la perspectiva periodística del interés general. Y luego, evidentemente, están los análisis alternativos.

En esta línea de lo alternativo ritualizado está el balance distendido que desde hace muchos años realiza la entidad editora de esta publicación digital. Se viene haciendo desde 1990, aunque con el formato actual, el de invitar a las cofradías, se realiza desde el año 2007. Una tertulia en la que se analizan, una a una, las procesiones, contando con la presencia de los hermanos mayores que se quieren sumar, que siempre son unos cuantos y de diverso pelaje. Este año, como los anteriores, también se llevó a cabo y ahí estuvieron unas cuantas cofradías representadas, jóvenes, antiguas e intermedias. Se dijeron muchas cosas, en buena parte las consabidas, tópicas ya, pero también surgieron puntos de reflexión que convendría tener en cuenta.

Hubo pareceres distintos, porque la forma de entender las procesiones no es monolítica. Afortunadamente. Pero también es cierto que en el fondo hay cuestiones en las que todos más o menos coincidimos. Y está claro que mientras se constata la existencia de desfiles que van al alza, otros ya muy hechos se mantienen en la cima  y unos cuantos decaen, o siguen decayendo, alguno de manera más que preocupante. A veces no es fácil reconocer que después de tanto esfuerzo las cosas no salen como uno quisiera, por eso de que nadie ve lo suyo o porque salir ya es un triunfo y lo demás resulta secundario. Pero si no se escuchan voces discrepantes nunca se podrá mejorar aquello que no termina de funcionar. También hubo coincidencia en lo mucho que influye el acontecer del día a día, a lo largo de todo el año, en el desfile procesional. De una u otra forma, en la procesión se refleja lo que ha ido sucediendo. Duele, especialmente, el asunto de las disensiones. Allí donde las hay se reduce el número de participantes. No debiera ser así, pero en nuestra ciudad de bandos estamos demasiado acostumbrados a ello. Un último punto de coincidencia fue el de que no todo puede valer, que independientemente de que las cosas salgan mejor o peor, aquello que se hace o se incorpora debe tener algún sentido. Y en un recorrido por nuestros desfiles acabamos encontrando demasiados sinsentidos, a veces hasta estructurales.

Ahora es el tiempo de las valoraciones, resulta inevitable. Está en cada hermandad aprovecharlo, sobre todo en esos análisis internos y serios que no trascienden, para tomar decisiones que de verdad mejoren nuestros desfiles. Porque todos lo deseamos. Todos queremos unas cofradías con vida durante el año, conscientes de su inserción en la Iglesia, comprometidas con la sociedad y sus necesidades y, por supuesto, con unos desfiles dignos y bellos, reflejo de todo lo anterior.


miércoles, 18 de abril de 2018

Pedro Martín

Dos cofrades de la Vera Cruz se abrazan el Domingo de Resurrección, en el inicio de la Pascua  | Foto: Alejandro López

18 de abril de 2018

Saluda la mañana de Pascua resplandeciente después de un Viernes Santo pasado por agua. Ya de madrugada, recibo en los numerosos grupos de las redes sociales la felicitación de tan feliz acontecimiento para los cristianos, para todos, pero también para esos que nos hemos afanado en llevar a las calles la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y que culmina en esta gloriosa mañana. Como dice San Pablo en su Carta a los Corintios, "si Jesús no hubiera resucitado, vana es nuestra fe".

Pues bien, llegado de mi trabajo, en mi última mañana de Pascua como máximo responsable de mi congregación, me incorporo a la procesión de resurrección en el Acto del Encuentro, para dar público testimonio de fe junto a mis hermanos y mi iglesia diocesana representada por su pastor, nuestro obispo, y con el corazón lleno de alegría repito la salutación "¡feliz Pascua hermano!" a todos y cada uno de los hermanos mayores allí presentes.

Y aquí es cuando se me entristece el alma, pues solo pude hacerlo en cuatro ocasiones, solo cuatro incluido el anfitrión. Se quedaron en mis brazos y mis labios doce "¡feliz Pascua, hermano!", doce hermanos que no recibieron mi cariño en persona –las redes sociales son pura formalidad en estos casos–.

A medida que trascurría la procesión, mi corazón se entristecía más, y sin juzgar a nadie –sus motivos tendrá cada uno de ellos para no acudir– resulta que buena parte de los aludidos recibieron mi felicitación y la de los integrantes de la procesión a distancia, según pasábamos, pues eran meros espectadores en las aceras de un hecho que les reclama como protagonistas principales. Hermanos, no nos representamos a nosotros mismos, representamos a nuestras hermandades y, por ende, a toda la Semana Santa de Salamanca. Y en ese día proclamamos con nuestra presencia que Jesús ha resucitado y creemos en ello. ¿O no lo creemos?

Espero y deseo que nadie se quede en la tristeza del Viernes Santo, en la comodidad de mi propia hermandad, pensando que tras mi procesión “todo está consumado”, encerrado en mi propia parroquia, celebrando la pascua "con los míos", en mi propio cenáculo. Os animo a salir a la calle a proclamar la Buena Nueva como colectivo de fieles, uno de los más importantes a nivel asociativo de la diócesis. Y sí, somos los hermanos mayores los que tenemos que ir por delante. No lo olvidemos, hermanos, os eché de menos en mi "última pascua".

¡Feliz Pascua a todos!

lunes, 16 de abril de 2018

Tomás Gil Rodrigo

Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, fueron el modelo a seguir por los artistas.

16 de abril de 2018

Si el encuentro con la imagen del Cristo muy llagado en 1554 provocó la conversión personal de Teresa, la visión mística de Cristo resucitado en 1561 marcará la segunda etapa de su vida, pues la animará a realizar la reforma del Carmelo: "Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó todo esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado" (Vida 28, 3). De nuevo Teresa tiene que acudir a las imágenes pintadas de su época para explicar su visión del Resucitado. Una de las primeras fue la que seguramente contempló en el retablo mayor de la Catedral de Ávila, pintado por Santa Cruz; otra, años más tarde, mientras fundaba en Toledo, en Santo Domingo el Antiguo, pintada en 1577 por El Greco. Estos artistas coinciden en representar al Resucitado como Cristo vivo, saliendo del sepulcro victorioso, enseñando las llagas de la Pasión, vestido con manto y portando una bandera. Pero hay una pintura que hay que destacar, la que manda pintar Teresa al final de su vida para la última fundación de Burgos en 1582. Es un encargo que realiza conforme a sus apariciones del Resucitado. Hoy esa obra la guardan las monjas del San José de Ávila. Esta imagen coincide perfectamente con la descripción que hace el Padre Gracián a la hora de contar la visión de Teresa sobre el Resucitado: "Muchas veces se le presentó la imagen de Jesucristo en la imaginación, como resucitado, con corona de espinas y llagas y un manto blanco" (J. GRACIÁN, Escolias a la Vida de Santa Teresa).

Resucitado que manda pintar Teresa al final de su vida para la última fundación de Burgos

No debemos pasar por alto que los encuentros de Teresa con el Resucitado suceden en la Eucaristía. A diferencia de las imágenes que son una aproximación a la persona de Cristo, solo un símbolo, la Eucaristía es su presencia real, por eso para Teresa es la imagen por excelencia de Cristo resucitado: "Hele aquí sin pena, lleno de gloria, …compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros" (Vida 22, 6). Hay un cuadro de un Cristo del siglo XVI de la escuela de Albert Bouts, que se ha relacionado con la piedad teresiana, copiado en las puertas de muchos sagrarios, para que contemplemos que la Eucaristía es la presencia viva de Jesús, resucitado y glorioso, y al mismo tiempo enseñando las heridas luminosas de su Pasión.

Después de la beatificación (1614) y canonización (1622) de Santa Teresa, los artistas del siglo XVII encontraron en sus visiones místicas de Cristo una fuente de inspiración. Estamos ante el estilo barroco, al que le interesaba representar, más que los aspectos humanos de los santos, su aventura de contemplar cara a cara a Dios. Si antes las imágenes exteriores de Cristo influyeron en la oración de Teresa, ahora las imágenes interiores, que ella veía con los ojos del alma, contados en sus escritos, serán las que afecten a las obras del barroco. Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Santa Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, serán el modelo a seguir por los artistas.

Cristo del siglo XVI de la escuela de Albert Bouts relacionado con la piedad teresiana

De entre las muchas visiones contemplativas que tuvo Teresa de Cristo, se eligieron y representaron aquellas que servían mejor a la doctrina de la Iglesia Católica. En el Monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, lugar donde murió y se conservan sus restos, tras la ampliación de la iglesia a mediados del siglo XVII, se encarga al pintor real Francisco Ricci, en 1674, realizar cuatro medallones para decorar las pechinas de la nueva cúpula. Apreciamos el modo peculiar de pintar de Ricci: imaginativo y con pinceladas sueltas. La imagen de Teresa es un fiel retrato a cómo era, basado sin duda en la que pintó Juan de la Miseria. Cada lienzo recoge cuatro visiones de Teresa de Jesús, que son las más destacadas y representadas en el arte, aparte de la transverberación: La Visión de la Santísima Trinidad, Los Desposorios místicos, La coronación de Teresa y La imposición del collar y la capa por la Virgen y San José. Las dos primeras pinturas, que están colocadas de frente, con la intención de ser vistas mejor, sobre el altar y el sepulcro, son las que tienen que ver directamente con la persona de Cristo, y son con las que vamos a terminar nuestra mirada al Jesús de Teresa.

Empezamos por aquel en el que vemos a Cristo resucitado entregando un clavo a Teresa. Es el momento en el que, como cuenta Teresa, se mereció ser esposa de Cristo: "Entonces.. dióme su mano derecha y dijóme: 'Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy'" (Relaciones 35). Francisco Ricci se atreve a más que otras representaciones artísticas, donde solo Cristo entrega el clavo a Teresa, como aparece en la pintura que se encuentra en el camarín del sepulcro, porque pinta a Cristo traspasando la mano derecha de Santa Teresa. El artista representa a Cristo como el esposo que invita a su mujer, Teresa, a consumar su matrimonio, compartiendo sus mismos padecimientos: "Padecer quiero, Señor, pues Vos padecisteis" (Vida 11, 2).

Los Desposorios místicos de Francisco Ricci

El culmen de la experiencia mística de Teresa es que Cristo se le ha aparecido también en el seno de la Trinidad: "… y como yo estaba mostrada a traer solo a Jesucristo siempre, parece me hacía algún impedimento ver tres Personas, aunque entiendo es un solo Dios" (Relaciones 18). Pero Teresa queda sorprendida porque no es lo mismo lo que ella ve y lo que se pinta de la Trinidad en su tiempo: "A las personas ignorantes parécenos  que las Personas de la Santísima Trinidad todas están, como lo vemos pintado, en una Persona, a manera de cuando se pinta en un cuerpo tres rostros" (Relaciones 32, 2). La visión de la Santísima Trinidad, como tres personas distintas y unidas, garantiza la verdad de lo que contempla Teresa y su  comunión con la Iglesia. En 1628 fueron prohibidas por Urbano VIII las representaciones artísticas de la Trinidad tricéfala, porque inducían a la herejía. De esta manera, Francisco Ricci pinta en el medallón de Alba, siendo fiel a lo que dice Teresa y a lo que la Iglesia establece, a la Trinidad como tres personas distintas que están en comunión de amor en la gloria del cielo. Pero Teresa aparece dirigiéndose solo a la persona del Hijo, el cual muestra las heridas de la pasión, ya que solo por medio de su sagrada humanidad, en contra de lo que creían algunos espirituales de la época, se puede entrar en la experiencia altísima de contemplar a Dios Trinidad: "Veo que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene, esa sacratísima Humanidad junto con la divinidad" (Vida 28, 9). En el lienzo de Ricci el Padre es la persona que mira al espectador, nos invita a dar respuesta a la pregunta que hizo a Teresa: "Parecíame que la persona del Padre me llegaba a sí y decía: '…yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?'" (Relaciones 25, 2).


lunes, 2 de abril de 2018

Tomás González Blázquez

El Lignum Crucis, junto a la Casa de las Conchas en su procesión del Domingo de Resurrección | Foto: Pablo de la Peña

02 de abril de 2018

Conozco a una cofrade feliz porque ya es tiempo de Pascua. Sí, es cierto, se supone que todos lo estarán, ¿o no?, pero ella lo deseaba con fuerzas inversamente proporcionales a las que le empujaban, como cada año, a salir en procesión durante la Semana Santa. No es novedad. Siempre es así. Y cada vez lo siente con más convencimiento y lo piensa con más decisión. A otros también les pasa, aunque no me atrevería a definirlos como felices.

Este Lunes de Pascua, festivo en aquellas autonomías donde trabajan en Jueves Santo, es el día de las túnicas secándose (si no llueve) en los tendederos de los patios de luces, de muchas medallas guardándose cuidadosa pero tristemente en el cajón de la mesilla hasta los cultos de la próxima cuaresma, o incluso hasta la procesión del año siguiente, y de los sesudos análisis de quienes pueden hacerlos o de aquellos a los que no les importe soltarlos aunque no tengan la información suficiente, como nos ocurre a quienes no hemos podido presenciar varias procesiones. 

Mi cofrade feliz sabe que ha pasado la tempestad anual, sea en forma de borrasca o de cuña anticiclónica, consista en sudar o en abrir el paraguas. Es una tormenta de parafernalias, de polémicas estériles, de apariciones estelares, gestos afectados y emociones sobrevenidas. Un misterio con parte de verdad… y de mentira. La calma pascual le inspira más confianza, quizá porque se atenúan las exacerbaciones del ánimo de las que tanto recela. Y en ese silencio, que no encuentra en la Semana Santa pero sí halla en la Pascua, da con un camino para recobrar su felicidad. 

Paradójico sigilo cuando se trata de ir y anunciar que ha resucitado, tarea que tomará formas como el Jubileo Teresiano de las Cofradías, programado por la Coordinadora Diocesana que las agrupa para el sábado 14 de abril en Alba de Tormes. La misma entidad ha propuesto a las hermandades que se armonicen para colocar una Corona de Oración sobre las sienes de Santa María de la Vega, aprovechando que Salamanca celebra que hace cuatro siglos se postró ante ella para proclamarla Inmaculada. Será en el primer fin de semana del mes de mayo. 

En otro orden de cosas, la tempestad semanasantera, que tantos preparativos conlleva y horas atrapa, da paso a un tiempo pascual de mayor relajo, que a buen seguro permitirá el desarrollo de los comicios aplazados en la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, la aprobación del marco normativo-pastoral con que la Diócesis de Salamanca dotará a las cofradías para alentar y facilitar su misión, y la búsqueda y hallazgo de una fórmula que devuelva el culto a la capilla de la Vera Cruz, limitado desde hace dos meses a los actos reglamentarios de la cofradía titular.

En mi "cuaresmario cofradizador" ironicé sobre el Miércoles de Ceniza: ¡contigo empezó todo! Del Lunes de Pascua hablo en serio si digo que este es el verdadero inicio, y que no comenzaremos con buen pie si nos creemos eso de que "desde hoy se empieza a preparar la próxima Semana Santa". Mi cofrade feliz no se lo cree. Y es mujer de fe, como aquellas que fueron al Sepulcro y lo descubrieron abierto y vacío. Resulta que el Señor no estaba allí, porque había resucitado. Había pasado una tempestad… y era la Pascua.


miércoles, 19 de abril de 2017

Pedro Martín

Las Tres María junto al Sepulcro vacío, al salir de la Vera Cruz el pasado Domingo de Resurrección | Fotografía: TCP

19 de abril de 2017

Cuando aún humean calientes los pábilos de las últimas velas de la semana, y todavía estamos disfrutando en nuestra memoria los momentos más emotivos vividos en todas y cada una de nuestras procesiones; cuando apenas ha comenzado la Pascua con la Resurrección del Señor (por cierto celiz Pascua, hermanos), algunos ya ponen de nuevo el contador a cero para la próxima Semana Santa que, por mor del calendario lunar, será en menos de un año.

No son pocos los que en redes sociales y mensajes hablan ya de la Semana Santa de 2018 para la cual quedan trescientos y pico días. No corramos, hermanos, disfrutemos de la Pascua que nos regala el Señor y que es tiempo de alegría y de encuentro con él. Parece que estamos deseando llegar de nuevo a la Cuaresma y la vida del cofrade debe serlo todo el año, no solo en este tiempo litúrgico.

Dice san Pablo en su I Carta a los Corintios: "Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe". Y parece que los cofrades, con una insistencia machacona, año tras año nos empeñamos en matarlo, pero no en resucitarlo; y si me apuráis, matarlo durante todo el año, cuanto más dure mejor, de ahí el deseo ansioso del correr del tiempo lo más fugazmente posible camino de la próxima Cuaresma y Semana Santa.

En el evangelio de ayer María la de Magdala se acerca al Sepulcro en la mañana de la Resurrección, y allí es sorprendida por el mismo Jesús que le sale al encuentro y la llama por su nombre. Le pide que les cuente a los demás que ha resucitado. Es el mismo Jesús Resucitado el que sale a nuestro encuentro y nos llama por nuestro nombre, a todos y cada uno de nosotros, y nos invita a seguirle, a creer en él, a predicar el evangelio, a atender a los pobres. Él sale a nuestro encuentro y nos va a pedir algo como le pidió a María. ¿Estamos dispuestos a ello? Él, que ha muerto por nosotros y resucita para darnos la vida de nuevo, la Salvación con mayúsculas quiere que gritemos a los cuatro vientos: "Jesús ha resucitado".

A la luz de la Resurrección, tiene sentido que celebremos la Pasión y la Muerte de Jesús, no podría ser de otra manera. No podemos estar ya pensando en la próxima Semana Santa. Un cofrade que se queda en la muerte del Viernes Santo, que no se acerca al Sepulcro en la mañana de Pascua, se queda vacío, triste, sin esperanza, derrotado. Y esto no es así: Jesucristo ha resucitado, ha vencido a la muerte. Celebremos la Resurrección del Señor con alegría y júbilo.

Tenemos que ir al Sepulcro a comprobar que Jesucristo ya no está allí; escuchar de boca del ángel la buena noticia y esperar la presencia del Señor en nuestras vidas con alegría.

¡Gracias, Señor, porque has resucitado!


lunes, 21 de noviembre de 2016

Raúl Román

El Cristo de la Liberación, de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz  | Fotografía: ssantasalamanca.com

21 de noviembre de 2016

Aprovechando este espacio digital traigo a colación una breve pero profunda síntesis de textos del Papa emérito, que expresa el contenido central de la esperanza cristiana, algo especialmente recordado en este mes dedicado a los que nos precedieron en el signo de la fe, y aguardan la esperanza de la resurrección.

El misterio pascual actualiza el misterio de la muerte, pues el fundamento de nuestra fe está en Jesucristo muerto y resucitado.

La resurrección no debe verse aislada de la muerte de Jesús, como no esta aislada la muerte de cada persona.

La muerte no ha sido solo superada "desde fuera" por una acción de Dios, sino también "desde dentro" por la misma muerte de Jesús. La muerte "que por esencia es el fin, la destrucción de toda comunicación fue transformada" por Jesús en un acto de darse en comunión1.

Jueves Santo
En las palabras de la Última Cena, Jesús interpreta su muerte. La transforma "en el acto de amor que se reparte, en el acto de adoración que se pone a disposición de Dios y, desde Dios, a disposición de los hombres"2.

Viernes Santo
En su muerte Jesús demuestra ser el Hijo que espera de su Padre todo lo que lo libera para presentar­se ante los hombres y servirlos sin reservas.

En el amor que se rega­la en la muerte acontece un giro salvador. Ese amor es un acto de nueva creación, que se encarga de traer de nuevo hacia sí la crea­ción. Así como en el primer Adán estaba implicada toda la humanidad, así en Cristo ha sido supera­da para todos los hombres la carga del pasado y se ha abierto un futuro que ellos solos no son capaces de crear. El hombre puede esperar, porque en Cristo crucificado ha surgido el amor más allá y por encima de la muerte3.

Pascua y misión
La esperanza, por el hecho de la resurrección, tiene que ser siempre una esperanza para los otros. "De la fe en que hemos sido convertidos, por Jesucristo, en un hombre nuevo, nace la exigen­cia de romper el egoísmo de la existencia natural para entrar en comunidad con el hombre nuevo, Jesucristo. Esto es imposible de realizar si no se tiene una profunda relación con él, sin la atención constante a su palabra, sin la búsqueda de su camino; esto es im­posible sin la fe común con la Iglesia, con los santos, en quienes siempre puede reconocerse la verdadera faz de la Iglesia"4.

En última instancia, solo la fe en el actuar de Dios puede fundar la certeza de que el mundo alcanzará la plenitud, naturalmente, y no gracias a la razón planificadora, sino a partir de la fuerza indestructible del amor, que ha vencido en el Cristo resucita­do. Se trata de la certeza viviente de que esa superación trascendente, sin la cual el mundo es un absurdo, no se hunde en el vacío y de que, por eso, la historia se puede vivir positivamente y nuestro limitado y pobre actuar racional tiene sentido5.

1 J. Ratzinger, SCHAUEN AUF DEN DURCHBOHRTEN. VERSUCHE ZU EINER SPIRITUELLEN CHRISTOLOGIE,  JOHANNES, EINSIEDELN 1984,
2 J. Ratzinger, Eucharistie - Mitte der Kirche. Vier Predigten, Múnich 1978, 11.
3 J. Ratzinger, Escatología, Barcelona, Herder, 2007, 86.
4 J. Ratzinger, Palabra en la Iglesia, tr. De E. Martín Peris. Salamanca, Sígueme 1976, 41 s.
5 J. Ratzinger, Escatología, Barcelona, Herder 2007, 230.

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