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miércoles, 2 de mayo de 2018

Tomás González Blázquez

Casa de la Iglesia, en el antiguo Colegio de Calatrava, que alberga los servicios diocesanos a disposición de las cofradías 

02 de mayo de 2018

No son los organigramas ni las reorganizaciones estructurales un fin para la Iglesia. No deben serlo. En cambio, estos medios de los que se dota para la evangelización cobran su sentido si en ella se gastan y se desgastan. Tras la reciente Asamblea Diocesana salmantina se ha alumbrado un nuevo esquema, que aspira a ser más fiel a las necesidades actuales de todas las comunidades eclesiales, y poco a poco se van nombrando nuevos responsables y equipos de laicos, sacerdotes y religiosos para que trabajen en las delegaciones y servicios diocesanos. ¿Grandes cambios? Quizá no resulten muy vistosos, tampoco es momento de descubrir América a estas alturas, pero sí sería considerable la novedad de que las cofradías nos animásemos a utilizar, en el buen sentido de la palabra, estos instrumentos que la Diócesis ofrece.

Evidentemente, en la delegación de Apostolado Laical, traducción más fiel al magisterio conciliar que la de Apostolado Seglar extendida en España, hallan su hábitat natural las cofradías y hermandades, la realidad de laicado asociado más numerosa en la Iglesia salmantina. La delegación de Liturgia, con su sección de Religiosidad Popular, también está llamada a una relación estrecha con el mundo cofradiero. Los proyectos asistenciales y caritativos de nuestras hermandades bien podrían tener conexión con el área de la Pastoral Social, la pastoral juvenil cofrade con su correspondiente delegación diocesana, y surgen más ámbitos en los que encontrar un apoyo: Peregrinaciones, Obras, la Vicaría Judicial, la Administración económica…

No obstante, me detengo en un término que no se empleaba y se ha incorporado: "servicios diocesanos". No hace falta explicar mucho. Servir es verbo bien apegado al Evangelio de Jesús. Cuasi sinónimo. Pienso en dos delegaciones del antiguo esquema que se han transformado en servicios, y no se trata de una degradación sino de una más exacta definición. Me refiero a Medios de Comunicación y a Patrimonio Artístico y Cultural, porque las cofradías podemos tener en estos servicios diocesanos buenos compañeros de fatigas apostólicas.

La comunicación lo es todo… o lo parece. Perfiles en redes sociales, listas de difusión y grupos de Whatsapp, correos electrónicos informativos a los hermanos, las cartas de toda la vida, los boletines y publicaciones, los carteles de cultos… La cofradía se desnuda en lo que dice y en cómo lo dice, y a menudo coge frío y se constipa en la maniobra. No por mala intención, desde luego. Pero trucos hay para prevenirlo. Servirse de este servicio diocesano alguno que otro aportaría al bagaje de secretarios, redactores de revistas y gestores de la comunicación social.

Patrimonio, por su parte, puede acompañar a las cofradías si se animan a conocer mejor su materia prima y a volcarse en el diálogo de la fe con la cultura, que en las hermandades debiera tener uno de sus foros más privilegiados. Quizá para encargar una nueva imagen y pensar en su advocación, para elaborar unas andas o para adjudicar una restauración, para definir bien la recuperación de un elemento antiguo o de un paso perdido (hace un año recobramos el de las Tres Marías ante el Sepulcro vacío, y hay otras imágenes que dejaron de salir), no vendría mal solicitar un informe a este servicio diocesano. No tanto con carácter vinculante sino con el deseo de ser orientados bajo un criterio valioso, y así decidir con mayores elementos de juicio.


martes, 27 de junio de 2017

Pedro Martín

María Nuestra Madre, a hombros del turno de carga femenino de Amor y de la Paz | Foto: ssantasalamanca.com

26 de junio de 2017

Despedimos el curso hablando de un tema que cada día tiene más trascendencia, y no es otro que dirimir dónde acaba lo público y empieza lo privado. Esta discusión, que no es nueva y que podríamos pensar que es algo en lo que difícilmente podemos ponernos de acuerdo, toma dimensiones hasta ahora desconocidas por la irrupción de las redes sociales en los últimos años, y con la generalización de las mismas en todos los ámbitos de la vida, tanto personal como profesional o social.

La delgada línea roja que separa la privacidad de la exposición pública cada vez es más difusa, y asistimos con asombro a la total exhibición de determinados individuos en las citadas redes, incluso haciendo de ello un modo de vida. Lo que no está en las redes no existe, afirman.

No dudo de la bondad de las redes para comunicarnos y para informarnos, como ocurre con esta revista digital, pero me cuestiono si debemos utilizar las mismas para dar toda la información y, además, a todos, sin ningún tipo de filtros.

Mi reflexión incluye a los medios de comunicación que se nutren de las mismas y a veces se limitan a regurgitar los contenidos bebidos en las redes sin mayor confirmación, análisis o investigación para contrastar la noticia. Lo más, citan la fuente. ¿Todas las cuentas de las redes sociales son fiables? Por supuesto que no, estas están llenas de bulos y de falsedades y hay que separar la paja del grano.

Y dirán los lectores que si esto tiene que ver con la Semana Santa, y la respuesta es clara: lo tiene que ver todo. Las cofradías usamos las redes sociales cada día más y la utilización quizá no es la más adecuada, pues entiendo que debería quedar para el ámbito de lo público, para informar de actos y celebraciones que se consideren de este carácter y abiertos a todos –hermanos y fieles en general evitando exponer en los medios la vida privada de la hermandad o cofradía, que poco importa al resto si no es por cotilleo o para realizar críticas dudosamente constructivas.

A raíz de los acontecimientos vividos recientemente en las elecciones de la Hermandad de Amor y Paz, por todos conocidos a través de los medios de comunicación y de las redes sociales de la propia hermandad, me pregunto si un proceso como este debe estar bajo la atenta mirada de todos los cofrades e incluso de la ciudad, o si más bien pertenece a la intimidad de la vida de la misma y los hermanos, y solo ellos, son los que deberían de conocer los pormenores del mismo, los candidatos, las propuestas, los equipos y hasta los posibles problemas que se puedan producir en el desarrollo de la elección. Quizá son demasiadas las explicaciones que damos públicamente de algo que debe ser de la esfera de lo privado, un reflejo de nuestra sociedad. Una reflexión que nos corresponde hacer para no caer en la vorágine de exponer y exhibir toda nuestra vida cofrade, que también tiene su parte íntima y que debemos de vivir con nuestros hermanos.

Feliz verano a todos. Que disfrutéis del merecido descanso sin necesidad de contar en todo momento dónde o qué estáis haciendo. Descansad también de las redes sociales.


sábado, 20 de mayo de 2017

Antonio Santos
Varias personas entran y salen de la Catedral Nueva de Salamanca | Fotografía: Pablo de la Peña

19 de mayo de 2017

El mes de mayo es siempre el mes, cofradieramente hablando, de los análisis estéticos de la Semana Santa recién concluida. Es también el mes de los proyectos, unos pocos, y las quimeras, bastantes más, que se proponen para la siguiente edición en unas pocas reuniones de evaluación y bastantes más reuniones de taberna. Alentados por el dulce recuerdo de los días santos, da siempre la impresión de que esa Salamanca cofrade tan mínima y tan acomplejada para sus cosas, por fin ha despertado del letargo y este año ya por fin, empezamos a tener semanasanta todo el año, y que casi todo es posible. Pero los años nos van enseñando con su cadencia que los ímpetus de este mayo se van a enfriar en cuanto haya entrado el Cristo de los Milagros y tengamos el Corpus preparado. Las ganas de la mayoría se quedarán aparcadas ahora y en las cofradías se quedarán dando el callo los pocos de siempre. Esos pocos, cuando llegue febrero tendrán la ingente tarea de recordarle a los salmantinos, y sobre todo a los hermanos que forman parte de las cofradías, que pretendemos salir a la calle a llenar las aceras, que nos hemos gastado todo lo que tenemos en bandas y flores, que hemos programado actos y cultos para multitudes que al final no son tan multitudinarias. De nuevo lo lograremos aunque pueda parecer que no, y al final, quemada la paciencia, el cuerpo y casi el espíritu, saldrán todas las hermandades otra vez, más o menos, con ese regusto amargo tan de nuestra pasión que nos impide olvidar que en Salamanca se podría hacer esto de las procesiones mucho mejor.

Tenemos que conectar con nuestra ciudad, tenemos que explicar mejor que es lo que hacemos y sobre todo, borrar determinadas ideas que se alejan de la realidad, pero que están firmemente arraigadas. Aunque a los que estamos metidos en el ajo nos cueste creerlo, muchas personas piensan que entrar en una cofradía es imposible si no es por tradición familiar o que son círculos cerrados. Incluso hay quien piensa que hay cupos. Tan solo hay que escuchar lo que se dice en la acera al paso de las procesiones, tanto viéndolas, como de nazareno, para darse cuenta del abismo que media entre lo que intentan las cofradías y lo que entiende el público.

Un posible remedio sería que la Junta de Semana Santa contara con un punto de información al público, no solo de los desfiles y actos, sino de las propias hermandades y de cómo acceder a ellas. El este lugar se podría contar con información detallada, con sus particularidades, explicado de forma clara y diáfana, en los meses previos. Se podría complementar con jornadas de puertas abiertas en las hermandades con facilidad para organizarlas, siguiendo la línea de las visitas escolares, que están dando tan buen resultado. Y por qué no, poner a la venta publicaciones y recuerdos que a veces no resultan fáciles de conseguir si no conoces a alguien de la hermandad que lo edita. Evidentemente, motivar a quienes forman parte de las censos de hermanos es tarea importante, pero ya se realiza desde cada cofradía. Si a todo ello nos ayuda la prensa, que tanta atención y dedicación emplea en nosotros, podríamos asombrarnos del resultado.

Siempre me ha parecido un reto del máximo nivel lograr que Salamanca y los salmantinos participen en la Semana Santa no solo como espectadores, sino como hermanos cofrades. Quien haya visto una procesión en Cuenca, Málaga, Zamora o León me entenderá rápidamente. Seguro que muchos no saben que los esperamos con las puertas abiertas: a los que ya están en el censo y a los que nos miran desde las aceras. Intentémoslo.


viernes, 12 de mayo de 2017

Ángel Benito

Varios cofrades fotografían con sus teléfonos móviles la trasera del palio de la Soledad a su paso por la Plaza Mayor

12 de mayo de 2017

Desconozco si en el pleno de valoración de la Semana Santa salmantina será uno de los temas de conversación. Soy consciente de que la excesiva duración de las procesiones y cuestiones de organización centrarán el debate lógicamente, pero cabría dedicar al menos un minuto para analizar de qué forma las nuevas tecnologías están afectando al desarrollo de los desfiles más allá de la acera, dentro de la propia procesión.

La noticia de una imagen de varios cofrades sacando una instantánea de Nuestra Señora de la Soledad al paso por la Plaza Mayor sin salirse del cortejo fue la más comentada, pero no la única. Soy más partidario de la pedagogía que del castigo ejemplar, ya que ha habido ejemplos similares en el 80 por ciento de las cofradías que, aunque no han trascendido, se han viralizado entre cualquier grupo de WhatsApp que tenga relación con la Semana Santa. Sin ser un tema de gravedad, traslada una imagen de falta de respeto que pocas veces tiene que ver con la voluntariedad, sino con el desconocimiento. Tira por tierra la imagen del 90 por ciento del resto de los hermanos.

Aunque la ignorancia no exime de la pena, quizá fuera necesario que todas las hermandades trasladaran tanto a viejos como nuevos hermanos las normas necesarias de una procesión. Es difícil pedir respeto, que no se cruce en medio de los hermanos de fila, que no se aplauda cuando no hay que hacerlo, cuando se observa a un hermano sacando una imagen de su paso en la procesión con el móvil. La Seráfica Hermandad del Cristo de la Agonía y la Hermandad del Perdón han dado un buen paso editando una guía sobre los derechos y obligaciones del cofrade que van mucho más allá del pago de una cuota anual. La Real Cofradía del Cristo Yacente lo realizó de una forma más moderna a través de las redes sociales indicando lo que sí y no se debía hacer. Es necesaria la pedagogía sobre todo para unas nuevas generaciones nacidas en un contexto de las redes sociales en las que si la imagen no aparece en Facebook o Instagram, es como si directamente no hubiese existido.

El hermano mayor de La Soledad, Miguel Hernández, me confesaba que junto a la portada de San Esteban había reprendido a una joven cofrade que sacaba el móvil para poder fotografiar a su Virgen. La respuesta de la chica no fue prepotencia, ni descaro juvenil, ni falta de respeto. Simplemente, no sabía que lo que estaba haciendo no estaba permitido.


miércoles, 5 de abril de 2017

Abraham Coco

Tres de los cuatro pasos de la Hermandad Dominicana, en el interior de San Esteban | Foto: ssantasalamanca.com

05 de abril de 2017

Quizá convendría callarse hoy y que el eco nos trajera, con la misma melodía luminosa con que ayer fueron pregonadas, las Morfologías de Asunción Escribano en las que cada día de la Semana Santa es Domingo de Resurrección. Que en este eco nos dejáramos preguntar durante este rato "quién soy yo" junto a Isabel Bernardo, con el mismo traje infantil que ella vistió el domingo para rezar el Jesusito de mi vida ante el Cristo que no muere. En la intimidad de sus escritorios ambas vivieron "un tiempo en clave de Pasión evangélica", como reseña la primera en la cita 134 de su texto. "Lo mejor estuvo en la soledad de mi casa escribiendo el poemario", me revela la segunda en un correo electrónico que traigo aquí sin miedo a estar desvelando nada. Sí, en la intimidad.

Cuando hace casi una década Alberto López me propuso la cobertura de la Semana Santa de Salamanca en El Adelanto –regalo que nunca le agradeceré lo suficiente– uno de los reportajes que publicamos en aquellos cuatro años intentó relatar el backstage de las procesiones. El objetivo era poner en valor parte del trabajo que decenas de cofrades llevan a cabo en las semanas previas a esta celebración popular. Repetí una fórmula similar en Galicia, ya en ABC, con el proceso de creación de una imagen devocional, la Esperanza de Ferrol, una advocación tan necesaria en la comarca. Nada nuevo que otros colegas no hubieran hecho. Entre lo más original estuvo aquel "Casadas con la Semana Santa" donde  cinco mujeres de hermanos mayores intercambiaban pareceres. Suerte que nadie tachara el reportaje de micromachismo, pienso ahora. Entre aquellos artículos no faltaba tampoco alguno para insistir en la idea de que la actividad no terminaba con la Pascua, sino que las hermandades, por lo general, se mantenían vivas todo el año. Aquellos entresijos resultaban interesantes por desconocidos. Por eso eran noticia.

La vocación periodística, unida a la curiosidad, nos inclina a esta predisposición por mostrar, es decir, por comunicar. Pocas situaciones peores en el oficio que disponer de una información que se quiere compartir, pero alguna situación (la negativa de la fuente, algún interés más o menos claro...) lo impide. Esa actitud lleva aparejada, de forma irremediable, una predisposición a la ocultación. Cuando se decide qué se expone, se está decidiendo a la vez qué no. Eso rige para la profesión informativa y para cualquier trivialidad del día a día. También para la Semana Santa, donde tantos rituales quedan en la intimidad de sus cofrades, con frecuencia incluso de un círculo muy reducido.

Existen instantes especialmente sensibles porque afectan a lo más íntimo de nuestras devociones: la delicada preparación de una imagen de vestir, un cambio de peluca en una talla sin cabello, la retirada de las manos o los brazos en una articulada… Los hay de muchos tipos. Algunos son, o eran, íntimos porque no son sino ensayos, preparativos encaminados a construir la procesión, donde me parece imprescindible la concurrencia de los que miran. Los límites son hoy más difusos. Las plataformas de vídeo online –YouTube, especialmente– y, en general, las redes sociales y las apps de mensajería instantánea diluyen algunas fronteras sobre las que no deberíamos dejar de reflexionar en busca del equilibrio. No se interpreten las siguientes preguntas con un tono apocalíptico, pero ¿qué sentido tiene la difusión de determinados instantes? ¿No se pierde el encanto con algunas exteriorizaciones? ¿Cómo éramos en la penumbra?


lunes, 13 de febrero de 2017

Paco Gómez

La Virgen de la Amargura, en lo alto de la calle de la Compañía el Lunes Santo | Foto: Daniel de Arriba

13 de febrero de 2017

"Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos"
(Mateo 5: 16)

Aunque la Semana Santa es y debe ser ante todo una manifestación de religiosidad, su declaración como como cita de Interés Turístico Internacional supone también la constatación de que estamos ante algo más que una mera reunión de fieles que quieren compartir su espiritualidad, exteriorizarla y sacarla a la calle.

Hacer las cosas cada vez mejor, hacia adentro y hacia afuera, es el contenido del trabajo admirable que durante todo el año realizan un grupo de personas, nunca suficientemente amplio, implicadas en la primera línea de batalla en sus respectivas cofradías.

Ahora bien, la Semana Santa de Salamanca se encuentra, como otras muchas, en un momento de encrucijada. Es cierto que surgen nuevas manifestaciones de espiritualidad que vienen a aportar y enriquecer desde muy distintos puntos de vista y que hay un afán común de dotar de la máxima significación religiosa a los actos, tradiciones y desfiles. Pero nuestra Semana Santa tiene problemas graves (infinitamente más graves que el acento que adopten los jefes de paso) que se dejan notar de manera especial en las cofradías con ‘menos músculo’ pero que en definitiva amenazan a todas por afectar al conjunto, a la esencia misma de las celebraciones.

Más allá del laicismo, del descreimiento o la crisis de valores -conflictos comunes en la sociedad de hoy-, si hablamos de la situación en Salamanca faltan, es evidente, hermanos de fila en la mayoría de las salidas; faltan hermanos de carga para algunos pasos; y falta, en general, esa sensación de empuje que se aprecia en otros lugares.

Demasiado reto como para que pueda afrontarse en solitario por tal o cual cofradía. No se trata, o no solo, de incorporar un determinado momento iconográfico o apostar por dar cabida a nuevas estéticas. Se trata de un frente al que todos están llamados y que debe resolverse con una voluntad común.

Salir de la encrucijada. ¿En qué dirección? Supongo que cada uno trata de aportar desde donde cree que puede ser más útil. En mi caso analizando debes y haberes, creo que ha llegado el momento de buscar un consenso que ataña y reúna a todos los implicados en torno a una Junta de la Semana Santa que tendría que tener una mayor potestad organizativa. Ya sé: hemos estado años renovando estatutos y ese debate ya está cerrado, pensarán algunos. Sí, pero las oportunidades, los momentos y las coyunturas son caprichosos y a veces hay que cambiar de planes en mitad de la jugada.

Esa potestad organizativa, que no debe leerse desde la capacidad impositiva o coercitiva sino desde la legitimidad de encabezar la búsqueda de acuerdos, debería pasar por abrir un debate que permita aprovechar las posibilidades tecnológicas actuales para subir un escalón o un par de ellos en la proyección de la imagen de nuestra Semana Santa.

Creo que sería conveniente abrir la reflexión sobre la posibilidad de implantar un recorrido común para todas las cofradías que, respetando la libertad de cada una para elegir el itinerario de ida y venida a cada una de sus sedes, garantice un discurrir organizado de procesiones, con horarios controlados y conocidos por todos los interesados, a la hora de transitar por aquellas calles que, no lo olvidemos, configuran el gran pilar de nuestras celebraciones: su incorporable entorno.

¿Todo esto para qué? Pues en primer lugar para conferir una sensación de más organización y uniformidad de criterio y en segundo, y fundamental, para plantear de una vez por todas una mayor coordinación entre administraciones, cofradías y medios que posibilitara una amplia agenda de retransmisiones en directo con capacidad de impacto internacional mostrando lo mejor que tenemos.

Es un debate que puede levantar muchas reticencias pero que convendría afrontar serenamente. Contar con un recorrido común y unos horarios fijados de paso de las cofradías facilitaría enormemente la instalación de un circuito de grabación que gracias a las posibilidades tecnológicas actuales no costaría demasiado emitir vía "streaming" a través de las plataformas de alcance masivo.

Lógicamente, habría mucho trabajo por delante. Acuerdo en las calles (la Compañía y la Plaza de Anaya deberían ser pasos obligados, pero yo no incluiría la Plaza Mayor por muchos motivos), coordinación de horarios y posible reacomodamiento de algunas procesiones (sí, ¡otra vez!), pero estoy convencido del impacto positivo que tendría la medida tanto para la Semana Santa como para la ciudad.

Es solo una idea. ¿Por qué no salir de la encrucijada dando un salto?


viernes, 27 de enero de 2017

Félix Torres


27 de enero de 2017

Desde la popularización de la escritura han sido muchos los que, al publicar su obra, recurrieron a nombres ficticios, condicionados por quién sabe qué cuestiones. Pseudónimos famosos, que pasaron a sustituir al propio nombre en el conocimiento popular, están en la mente de todos. Azorín, Neruda, Mistral, Bécquer, Clarín… nos son tan familiares que casi ninguno de nosotros se preocupa siquiera por conocer su filiación, pues nos basta con esos nombres imaginados y, sobre todo, con su obra. No necesitamos más. Pseudónimos, que no anónimos. Aunque estos últimos, textos más o menos elaborados, concebidos con el fin de hacer daño a personas o colectivos, también pierden su origen en la nebulosa de los tiempos pretéritos.

Hasta hace no tanto tiempo, –cuando la difusión de lo escrito requería un esfuerzo mucho mayor que el del simple gesto de pulsar una tecla– si alguien recibía un escrito amenazante sin firma o signado por un nombre inventado, el miedo o la responsabilidad solían invitar a que se recurriese a la justicia con la intención de desenmascarar a quien o quienes invadían la intimidad del destinatario. Anónimos, libelos y panfletos difamatorios han sido el recurso de cobardes desde que existe la escritura.

En estos tiempos en que la loable popularización del acceso a la cultura, que no de popularización de la cultura, permite que cualquiera pueda dar rienda suelta a su "ingenio" con un teclado entre las manos, todos nos vemos capaces de ejercer como escritores, más o menos avezados, dejando nuestra opinión generalmente sin que nos haya sido solicitada. Podríamos construir, aportar ideas que mejorasen cualquiera de los temas dignos de nuestra atención y, sin embargo, lo que apreciamos en lo escrito es la proliferación de insultos, ataques calumniosos, infundios y patrañas tabernarias en cualquiera de las redes virtuales, quizá mal llamadas redes sociales, que están cada vez más presentes en nuestras vidas.

Nadie, vivo o muerto, está libre de ser diana de estos ataques, salidos de mentes enfermas escudadas en su propia cobardía y enmascarados tras la más burda de las ironías. Taurinos contra  animalistas, homófilos contra homófobos, feministas contra machistas, populistas contra elitistas, meridionales contra septentrionales… y sus viceversas, se lanzan dardos envenenados amparándose tras una pantalla de fibra óptica.

Anonimato. Esto es lo que los cofrades, casi desde nuestros orígenes, hemos buscado y necesitado. Penitentes y disciplinantes cubrimos nuestros rostros con capuchas, verdugos o capuces para poder mantener el secreto de nuestra íntima oración mientras recorremos las calles en procesión. Pero esta ocultación voluntaria es y será válida y valiosa para el cumplimiento de unos fines que, como mínimo, no atentan contra nadie.

Otra cosa es que entre cofrades y en los últimos tiempos, podemos apreciar cómo hay quienes utilizan este ocultamiento fuera del entorno que se supone correcto y para fines poco claros. La presunta impunidad del anonimato ha favorecido el que quienes parecen ser cofrades descontentos se lancen al ruedo de los ciento cuarenta caracteres para atacar a cuanto no está de acuerdo con sus cánones, por supuesto los únicos válidos. Nadie está a salvo de sus comentarios sarcásticos, hirientes, revestidos de un halo de humorística prepotencia. Son pocos pero hacen tanto ruido que parecen más. Muchos más.

Vengadores cofrades y nazarenos vengadores, conciencias cofrades, costaleros justicieros y justicias cofrades, nombres todos ellos que reivindican un orden seguramente parcial y desequilibrado, invaden las redes a lo largo y ancho de la geografía pasional para lanzar sus dardos a cuantos vayan contra sus postulados, tropiecen en cualquier piedra o, simplemente, tengan la mala suerte de ponerse a tiro. Siempre, según ellos, en defensa del cofrade de base y con la intención de sacar a la luz las oscuras intenciones y tejemanejes de "los otros".

Al destinatario de esos mensajes, mientras el hartazgo no alcance cota incontrolable, apenas le quedan opciones, sabiendo que si se "entra al trapo" el anónimo ofensor se crecerá en sus comentarios y si se decide a ignorar lo escrito, el rumor quedará flotando y arraigará en quienes, predispuestos de antemano, servirán de altavoz al mismo.

A los autores de esos pequeños textos incendiarios les animo a salir de su oscuridad y, con la valentía de identificarse ante los demás, mantenernos informados con noticias veraces, críticas fundadas en argumentos sólidos y, sobre todo, propuestas de cambio realistas que permitan mejorar lo criticado.

En todo caso, si las cosas no cambian, el mejor de los desprecios es ignorar lo que se dice y a quienes lo digan mientras no tengan el arrojo de mostrar su rostro y, al tiempo, aportar solución a cuanta crítica irónica, hiriente y difamatoria salga del teclado de su ordenador, por muy cierta y cargada de razón que para el anónimo sea ésta. Mientras tanto, sus ciento cuarenta letras quedarán en paparruchas para solaz de ignorantes. Darles la espalda porque, además, cuando esos anónimos egos no se ven arropados por la cohorte de chismosos que dan difusión a sus exabruptos, se marchitan como flor de un día, dejando que su aroma bilioso se evapore rápidamente y su recuerdo quede en el mejor de los anonimatos.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Abraham Coco

La Cofradía de la Vera Cruz procede a la lectura de una comunicación el Viernes de Dolores | Foto: ssantasalamanca.com

28 de diciembre de 2016

Escribir en vísperas de que termine el año tienta a realizar un balance sobre lo hecho. No sería mal negocio, pero resumirlo en un puñado de ítems sería desmerecer el esfuerzo altruista de un nutrido equipo de colaboradores y reiterar lo ya leído por tantísimos lectores. Cumpla esa función el enlace al archivo con el centenar de artículos publicados a lo largo del último año, distintos y diversos, complementarios e incluso contradictorios entre sí. Porque si hoy nos quedáramos en la recopilación, volveríamos a pasar por alto lo avanzado en septiembre, cuando me comprometí a ir combinando "a lo largo de los próximos meses canales, tonos, sentidos, estrategias, nostalgias y excesos" en la temática de mis reflexiones, que en alto porcentaje se han adentrado por la comunicación y el periodismo.

Escojamos, a propósito del uso de las redes sociales por parte de las hermandades, algunos de estos aspectos, para un par de apuntes. Que la cuestión genera interés lo evidencian, por ejemplo, la sesión de las Noches de San Benito que la Hermandad de Jesús Despojado ha dedicado al tema este trimestre o un par de entrevistas publicadas a diversos communities manager cofrades sevillanos, que también en esto marcan pauta. Lógico porque también en esto la dimensión hispalense es diferente: solo Esperanza de Triana y Macarena acumulan cada una unos 40.000 seguidores en Twitter. Púlpitos inigualables.

Sin complejos, porque uno siempre pudo ser de la Unión aunque no ganara champions ni ligas, las redes sociales también son útiles para las cofradías salmantinas. Hace tiempo lo percibieron y las emplean con interés y asiduidad en muchos casos. Aunque por número de miembros sean a veces pequeñas familias, el alcance de estas tecnologías aumenta su público potencial. Al igual que una procesión de Semana Santa, pero online y todo el año. La tarea de evangelización y de difusión de sus fines no se detiene. Más allá de su utilidad con los propios cofrades, lo es también con todos esos que Tomás González Blázquez agrupa como "a la espera, en la acera, desde fuera". El eco entonces se multiplica.

Por eso es preciso recordar que la cofradía sigue manteniendo su personalidad en estas plataformas. Cuando comunica, es ella quien comunica. Y todo cuanto comunica, habla sobre la hermandad. Para bien y para mal. De ahí que no debamos descuidar el tono. La cuenta de la hermandad no es la cuenta personal de ningún miembro de la junta de gobierno ni de ningún cofrade que, con la mejor de las intenciones, se ofrece a gestionar este espacio. Lo mismo sirve para la página web. Lo que en ella se difunde, es la cofradía quien lo difunde. El canal es de la cofradía. Ella determina los cauces y los tiempos. Es cierto que la información que en ella se custodia no son correos de Hillary Clinton en riesgo de acabar en manos de Wikileaks, aunque a veces se guarden con tanto celo que lo parezca. Pero tampoco debemos menospreciar su relevancia dentro de su escala y su ámbito de actuación.

Y eso nos lleva a un apunte final: para que esa comunicación surta efecto, se nos debe entender. Después podremos reprochar al intermediario (el periodista siempre tiene la culpa, a veces con mucha razón) pereza y poca profesionalidad en el manejo de la jerga; también podremos culpar al lector de falta de formación para interpretar lo que determinado vocabulario significa; pero sobre todo debemos velar por no complicar el lenguaje de forma innecesaria con una sucesión de términos incomprensibles.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Abraham Coco

José de Arimatea sostiene el cuerpo de Cristo en el Santo Entierro de San Julián | Fotografía: Pablo de la Peña

19 de septiembre de 2016

El pasado domingo, en su "Verbolario" de ABC, Rodrigo Cortés definía la realidad como "una ficción consensuada". Un día antes, en una entrevista en ABC Cultural, Rogelio López Cuenca afirmaba: "Llamamos 'realidad' a una ficción dominante". Y aunque sus reflexiones iban por otros fueros, las traigo a este arranque del curso, que sigue con el carácter introductorio que Javier Blázquez le dio a su artículo inaugural.

La comunicación en las cofradías y su relación con el periodismo ha sido el hilo conductor de varios de mis escritos en esta pasionensalamanca.com que inicia su tercera temporada. Y así volverá a ser en algunas ocasiones a lo largo de esta campaña. Porque las hermandades, entre el puñado de cosas buenas que son, son noticia. Aunque no siempre del modo que al protagonista del titular le gustaría. Canales, tonos, sentidos, estrategias, nostalgias y excesos se irán combinando a lo largo de los próximos meses con la voluntad de compartir ideas que ayuden a digerir un nuevo escenario.

Pensaba, de entrada, a tenor del revuelo informativo generado este verano en Peñaranda de Bracamonte, sobre lo corto que puede ser el camino que lleve a una cofradía a la escaleta de de un telediario. No entro en valorar ni el hecho ni su relato porque ni el aprecio ni el corporativismo me permiten analizarlo con la distancia apropiada. Incluso pienso que carecería de sentido que así lo hiciera. Sin embargo, sí constato la situación de indefensión en la que instituciones humildes como nuestras cofradías se encuentran ante una crisis informativa de ese calado o, incluso, de más envergadura.

Con otros casos y en otros lugares ya sucedió antes: el grupo –de cofrades, de religiosas de clausura, de sacerdotes de una comunidad educativa, de parroquianos en general– se ve expuesto a focos (a veces por negligencia propia, otras por malentendidos ajenos, la mayor parte de las ocasiones por una combinación de ambos) que exceden los límites de la información local. Ésta, con sus vicios y defectos, suele ser menos invasiva y más delicada que la practicada, con más amarillismo que tacto, por alguna generalista.

El paisaje puede, fácilmente, desbordar a una hermandad pequeña, donde su vocal de comunicación –si lo hubiere– no tiene por qué tener preparación para encarar tamaña empresa, al igual que el resto de sus dirigentes, pese a sus aptitudes y su disposición. Pero sí la tienen o han de tener nuestras diócesis, cuyos responsables en estos ámbitos no debieran ser meros transmisores de datos, sino planificadores y auxilio. Y esta cuestión no debieran soslayarla ni las juntas directivas ni las autoridades eclesiales.

Los pasos en falso y descoordinados o la confianza de que ya escampará no pueden ser la solución. Las hermandades son Iglesia y, pese a su revoltosa y sana autonomía, deben sentir (y abrirse a recibirlo) el aliento superior en comunión informativa.


jueves, 19 de mayo de 2016

Abraham Coco

Dos hermanos de la Cofradía de Cristo Yacente, en la madrugada del Jueves Santo | Fotografía: Alfonso Barco

19 de mayo de 2016

Las fronteras, cuando no están claras, pueden dar lugar a confusiones y espejismos. María José, bendita ella entre todos los contertulios, diría que a "boberías" como esa vista por un ensanche madrileño donde, al menos, todo queda más diluido y escondido que en el casco viejo de una ciudad turística en la que los visitantes no entienden nada. Cuando se defienden algunas posturas, bien convendría antes analizar sus semejanzas. Pero las fronteras de hoy, aviso para malpensantes, no tienen nada de cardinales.

Están las fronteras entre la propaganda y la información. Bien sabe uno lo que es una y otra aunque tampoco él pueda tirar la primera piedra. En esa frontera se dice aquello de "esto no lo pongas" y se indica lo que debe escribirse. Así se da lugar a suplementos de divulgación turística con un falso tufo informativo donde la jerarquía y la extensión las dicta el que pone la pasta. El criterio periodístico, establecer por qué abordar esta o aquella Semana Santa, por qué darle a esta historieta dos columnas o a aquel personaje una apertura generosa, recomendar si visitar las ciudades de aquí o de allá, queda supeditado a aquello acordado entre la parte contratante y la parte contratada.

Y sobre fronteras entre propaganda e información también debemos reflexionar a la hora de pregonar desde las cofradías la labor caritativa desarrollada. Bueno puede ser contar, para que algunos que no quieren oír oigan, que tras las hermandades hay, aunque en distinto grado, un compromiso social. Pero los protagonismos ocasionales, con bombo y platillo, no deben caer en el error de que la mano izquierda sepa lo que hace su diestra. Siempre debería ser preferible un balance general, unas pinceladas a toro pasado que resuman un sentido, antes que una caridad con nombre, apellidos… y fotografía.

La segunda frontera me la sirven un par de diputados de la oposición en el Parlamento gallego durante el debate de la nueva ley de patrimonio cultural de la Xunta, donde llegaron a afirmar que esta normativa de carácter autonómico debe velar por el mantenimiento de aquellos elementos históricos o identitarios de la región… salvo si tienen algo que ver con la Iglesia católica. Que se caiga la Catedral de Santiago mientras conservemos aquella piedra en la que una tarde se sentó algún escritor idolatrado.

Con la intención de dar una de cal y otra de arena, recuerdo a continuación aquella famosa rueda de prensa de Ganemos Salamanca donde un edil manifestó que, en la frontera entre lo público y lo confesional, un Ayuntamiento no debería costear, por ejemplo, la restauración de una talla sin valor artístico. Devociones al margen, el cofrade deberá reconocer que en esto puede no faltarte razón. Aunque de naturaleza pedichona, debemos conocer la frontera de lo que tenemos derecho a reclamar.

Porque la tercera y última frontera es la ciudad, con su rutina diaria, sus plazas y sus calles, que son de todos. Por eso mismo no son solo de los cofrades, sino de toda la ciudadanía, de los que miran con buenos ojos hacia una procesión y de los que sueltan sapos y culebras al escuchar tambores y cornetas. No podemos fiarlo todo a contar con una administración local que sople a favor de nuestros intereses. De ahí que sea preciso darse un marco regulatorio común y no hacer de nuestros horarios e itinerarios un sayo. El retraso en la salida de una procesión o la modificación de un itinerario por la lluvia no pueden quedar al libre albedrío de la hermandad afectada. En ocasiones hay cortes de tráfico u otras posibles actividades que interfieren en ello. Con los derechos y deberes blanco sobre negro, las cosas estarán claras ante cualquier adversidad futura. Lo mismo debería regir para traslados y ensayos. Lo poco agrada... aunque haya quien no lo crea.


lunes, 15 de febrero de 2016

Abraham Coco

Isabel Bernardo firma en el libro de la Tertulia el pasado sábado | Fotografía: Pablo de la Peña

15 de febrero de 2016

Un nuevo ejemplar de la revista Pasión en Salamanca, el número 23, está en camino. Ahí anda el maquetador maquetando, el director dirigiendo y, por tanto, resoplando (del suspiro al ladrido) y todo un equipo equipando, lo que quiere decir buscando el dinero necesario para imprimir y alentando que sus páginas se llenen de buen contenido.

Reflexionaba a principios de este mes Alfonso Armada, director de ABC Cultural, sobre Para qué sirve un suplemento cultural. Sin ánimo de emularlo, en este tiempo de esfuerzos, de revistas hechas en la distancia que actúan como ancla a la tierra en la que no se pace, me preguntaba para qué sirve una revista cultural de Semana Santa y si tienen sentido los desvelos con lo fácil que sería, mucho más, no publicarla. ¿Dolería?

Sirve, claro que sirve. ¿Tiene que servir? Para mirarnos en el espejo y vernos reflejados, porque lo que decimos (y lo que no) y cómo lo decimos nos hace y nos identifica. Para interrogarnos. "¿Y si…?". Para pensar sobre cuestiones sobre las que nunca habríamos pensado; para conocer detalles de escritores a los que posiblemente jamás leeremos y saber que existen cantos populares que probablemente no aprenderemos; para volver la vista al arte sobre el que siempre habíamos pasado de largo; para poder escribir lo que, a viva voz, no se sabría expresar o expresaríamos con riesgo de que no se entendiera.

Para llenar cajas en las mudanzas y recordarnos aquello que nos interpela, y poder tocar así la Semana Santa que en realidad es un suspiro que se escapa, que apenas dura y que una revista cultural cofrade embalsama para disfrutarla todo el año, en pequeñas dosis de interés, en atracones de nostalgia, en sobremesas sin siesta, en noches en vela. Para decir "¡eh, estamos vivos! Anunciémoslo" intramuros y tan extra como nos dejen. Porque las buenas noticias tienen que ser a-nunciadas y las injustas, de-nunciadas.

Para los sentidos. Lo decía en la presentación del número 19 de Pasión en Salamanca en 2012 Fructuoso Mangas: "Esta criatura huele a limpio, a tinta reciente, a cosa rica, a hondo perfume total más allá de su sencilla apariencia…". Y a limpio huelen los cuentos nuevos o las investigaciones que apuntan hipótesis sobre las manos anónimas que sacaron de la madera nuestras devociones. Pronto llegará una muy novedosa.

Para evocar y acercar ideas y personas, muchas de las cuales de otro modo no se aproximarían a esta celebración. Sirve para crecer, para remar y completar el museo de iniciativas dirigidas, en palabras de Tomás González en un reciente artículo, a "formar cofrades, reformar cofradías". Sirve, como apuntó Isabel Bernardo al desgranar los contenidos del ejemplar de 2015, para "abrir las puertas a una infinidad de preguntas y detalles que se hacen necesarios para comprender el significado de este Misterio".

O para andar, en un recorrido, indicó Félix Torres en su presentación de 2013, "con tramos intermedios para deleitarnos […] disfrutando mientras aprendemos, pues hay textos para aprender; disfrutando mientras meditamos, pues hay textos para pensar; disfrutando con los textos que hay para disfrutar y disfrutando al sentirnos cofrades".

Sirve, porque lo contrario es el silencio. Y eso, en este caso, sí que no sirve.


jueves, 21 de enero de 2016

Abraham Coco


21 de enero de 2016

Eco 1

La actualidad no es –no siempre– la realidad. Por suerte. Aunque la primera debiera tender a la segunda, a veces son retazos, a veces poses, a veces... Por ejemplo, en el conflicto (sí, con-flic-to) de las hermandades con el Cabildo de la Catedral salmantina, a tenor de las últimas informaciones en la prensa, al parecer no hay ningún problema y solo orejas gachas. Pero de ahí a la realidad hay un trecho. ¿Por qué entonces no participa en el Lunes Cofrade un deán que asegura no haber dicho lo que la tinta reflejó en el periódico y sin embargo no se ha desmentido públicamente? En esto pasa como en esos desayunos informativos donde lo mejor que se le escuchará al político es lo que le comenta al de al lado con la libertad de creer que el micrófono está apagado.

Eco 2

A los políticos y su aparataje suele enfadarles que se diga "lo que no se debe", aunque la primicia sea –insignificante para muchos, esperadísima para otros– el nombre del pregonero de la Semana Santa en curso. Al alcalde vallisoletano, Óscar Puentes, no le gustó que ABC anticipara en su edición de Castilla y León la elección del empresario Vicente Garrido para tal cometido y que El Día de Valladolid avanzara la imagen del cartel. Cuenta Juanjo Fernández, director del segundo, que ese mismo día el regidor "emitía un inédito e insólito comunicado en el que lo confirmaba, pero lamentaba que se hubiese filtrado unos días antes de la presentación oficial". Así decía: "Debo lamentar las filtraciones [...] que solo perjudican a la Semana Santa sin beneficiar a nadie".

Exponía, además, su "propósito de abrir un diálogo con la Junta de Cofradías para establecer mecanismos que garanticen en el futuro que tanto el cartel elegido como el nombre del pregonero se hagan públicos en pie de igualdad para todos los medios de comunicación, garantizando de este modo el mayor realce posible a algo que constituye el primer anuncio del acontecimiento cultural y religioso más importante de nuestra ciudad". Frente a otro más que culpa al mensajero, Fernández advertía en su carta dominical que en 2017 volverán a intentar adelantarse. Así que si un día las procesiones del Pisuerga no son de su agrado, ya sabe que la culpa será de los periodistas.

Eco 3

La realidad no son tampoco las redes sociales. Si de ellas nos fiáramos, un extraterrestre podría pensar que en Salamanca, quién sabe, existen solo un par de hermandades y muchas agrupaciones musicales. La radiografía que nos ofrece un paseo por YouTube no es, ni de largo, la más fidedigna de lo que es nuestra celebración. También en internet –o sobre todo en él– se aprecian las modas y tendencias que mejor cotizan.

Y de ellas algunas son peligrosas. Aunque me reconozco (y me sonrío) en la cierta irreverencia que a veces se observa entre los cofrades frente a otros grupos de laicos por la que tanto somos criticados, conviene de cuando en cuando hacer autocrítica y revisar hacia dónde caminamos. El joven sacerdote Antonio Romero Padilla, párroco sevillano de Carrión de los Céspedes y capillita, se hacía eco el pasado 22 de octubre de un tuit del programa televisivo La Cofradía de 8TV Andalucía, no sé si en riguroso directo, sobre el desmontaje de un paso. "La desarmá [obsérvese la jerga propia de cada pueblo, carallo] de un paso es también noticia. Uf… ¡Una afición sin Dios!", lamentaba. Y de eso, de grabaciones de ensayos por el casco viejo en enero no se sabe muy bien por qué, pues de cansinos alguien nos terminará metiendo en vereda, también sabemos por el Tormes. Ahora bien, busquen cuántos vídeos hay, por ejemplo, de un acto de culto (y cultura) como el Poeta ante la Cruz ante el Cristo de la Agonía o la Exaltación de la Cruz de la cofradía decana y ponderaremos entonces la veracidad de lo escrito.

Eco 4

Y un último eco, íntimamente relacionado con este y bien hispalense además, pues a uno también le interesa Sevilla aunque crea que la Compañía no es Sierpes. La cacareada reforma de la Madrugá (inspirada por el mismo ánimo de hermandad que la dilatada renovación de estatutos de la Junta de Cofradías salmantina que, me dicen, va a acabar prácticamente calcada a cómo se planteó de inicio hace meses) motivó este artículo de Alberto García Reyes, también en ABC sin ánimo de ser corporativo. A propósito del revuelo generado por las pruebas para comprobar si el palio del Calvario cabe por una calle, advertía el periodista: "Cuando lo importante se convierte en superficial y lo trivial pasa a ser trascendente, todas las cosas pierden su naturaleza".


jueves, 26 de noviembre de 2015

Javier Prieto

Anunciación a los Pastores, en el Panteón de los reyes de San Isidoro (León)

26 de noviembre de 2015

Con la llegada del otoño se multiplican —casi como las setas— las novedades, anuncios y promociones en las cofradías; una suerte de presentación de la "nueva temporada": designaciones de pregoneros, carteles promocionales, firmas de contratos, anuncios de estrenos… y con ello un sinfín de opiniones y valoraciones, despertando así el "interés" y la "actividad" en los cofrades.

Al fin y al cabo las cofradías son asociaciones vivas, incardinadas en la sociedad, afectadas para bien y para mal de los patrones de conducta de nuestro tiempo. Ahora bien, últimamente parece que el tamiz publicitario ha hecho especialmente presa de ellas.

A las puertas de iniciar un nuevo Adviento, tiempo de anuncio por antonomasia, toda esta actividad publicitaria despierta una sospecha de banalidad, al ver cómo se ha apoderado de las cofradías la vorágine de la actualidad, muy por encima del contenido de lo que realmente da sentido a la existencia de una hermandad.

Cofradías y juntas de hermandades dedicadas casi en exclusiva a las labores propias de un promotor turístico, centradas en el número de visitantes y pernoctaciones; una tendencia a la "procesiones magnas" empieza a ser herramienta recurrente; presencia en prensa bajo formatos cercanos al "publirreportaje", con hermandades que sufragan los gastos que conlleva la retransmisión televisiva de sus procesiones; o el uso cada vez más recurrente de lo que podríamos llamar "famosos cofrades": pregoneros, vestidores, diseñadores que son requeridos por las cofradías por el reclamo y notoriedad que aportan y no por la calidad de sus obras.

Ante esto cabe preguntarse qué debe anunciar una hermandad y principalmente ¿a Quién debe anunciar una hermandad? pues no es acaso el papel de las hermandades ser "anuncio" en nuestra sociedad cada vez más secularizada. Frente a la comercialización de la actividad de las cofradías, urge a las hermandades retomar su posición social para ser instrumentos de evangelización, puertas de acceso a la Iglesia, en definitiva altavoces del verdadero Anuncio, "que el Hijo de Dios por nosotros lo hombres, y por nuestra salvación se hizo hombre".

En tiempos de cambios y ritmos cada vez más acelerados, urge retornar a las raíces y hacer presentes los fundamentos que alentaron la proliferación de cofradías, muy especialmente el anunciar y difundir las verdades de nuestra fe.


lunes, 16 de noviembre de 2015

Abraham Coco


16 de noviembre de 2015

Nos espera un Adviento de propaganda. El camino que lleva a Belén baja este año hacia la urna tuneada de guirnaldas. La democracia con polvorón barrunta un "tiempo nuevo" de promesas, pese a la herrumbre de algunas. La pegada de carteles, el mitin y el resto de aparejos del escenario electoral conllevan su rito. Y me pregunto si hay cabida para tanto protocolo en la cosa cofrade. Si tiene su razón de ser que el candidato a hermano mayor lance su web, con programa de "puedo prometer y prometo", buzón de sugerencias, currículum de los miembros de su lista y demás enseres de convicción. Cierto que hay hermandades con más censo que muchos pueblos, pero en un partido judicial uno se juega la diputación de turno. Recordaba la existencia de iniciativas cofrade-electorales y antes de echarme a escribir las consulté. Encontré menos de las esperadas, pero no dejé de sonreírme con algunos de sus contenidos.

Me cuestioné si es necesario o si más bien resulta cómico andar jurando con tono montoriano sobre la congelación de la cuota. Al leer que el aspirante se comprometía a llevar a cabo una gestión "responsable y coherente" pensé que era el mismo Feijóo quien se postulaba para la vara de mando. Vi incluso dejes de cheque bebé que garantizan túnica y capirote, "planes de choque" para enmendar la labor del antecesor y grandilocuencias de que le bordaremos a la Virgen el manto que será la envidia de todas las vecinas. Ole tú. ¿Es preciso exponer que el candidato se presenta con voluntad de "servir a la hermandad" y avanzar que tendrá muy presente, por ejemplo, aspectos como la caridad o la formación? Denle la vuelta al calcetín: ¿debería acaso concurrir si sus intenciones fuesen las contrarias?

"Lo que no me parecería adecuado es que en unas elecciones al Consejo de Cofradías se copiaran los métodos de la política civil, porque esto no nos hace ningún bien", declaró en una reciente entrevista Marcelino Manzano, delegado episcopal de hermandades y cofradías de Sevilla, al que no le descartó que tenga que abrir sucursal en Salamanca.

Aunque por aquí somos de otra pasta. Por la asamblea de la hermandad tenemos tanto o menos interés que por la reunión de vecinos y, a veces, casi es un milagro que alguien se decida a dirigir la cofradía, así que hay nunca está de más agradecer su tiempo –"somos tiempo", me escribió hace unos días un colega en la dedicatoria de su primera novela– a quienes integran las juntas de gobierno. Por suerte, y por antidemocrático que parezca, las ocasiones en que hay dos postulantes en liza son las menos. Y es que hasta en los partidos políticos vencedores y vencidos suelen tener más deportividad –más hermandad, a fin de cuentas– que en las propias hermandades. Ir ahora de número 7 por Madrid en las generales habría sido una quimera si Madina hubiera perdido unos comicios cofrades.


lunes, 19 de octubre de 2015

Abraham Coco

El Cristo de la Agonía Redentora, en el descenso de la calle Tostado | Foto: Pablo de la Peña

19 de octubre de 2015

Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, suele afirmar que "las crónicas de guerra parece pasos de Semana Santa". Y eso le disgusta porque supone describir "desde el patetismo de raíz romántica". Lo explica con recurrencia al hablar en charlas y entrevistas de reporterismo en conflictos bélicos. De su reflexión me interesa cuanto esta idea dice acerca de la Semana Santa y de las crónicas de las procesiones.

Cuando nueve o diez días antes del inicio de estos festejos llegaba a la redacción de El Adelanto en la Gran Vía, más de uno a punto estaba de irse "al cielo con" él (o sea conmigo) para celebrar aliviado que otro año (de 2008 a 2011) se quitaba de encima el muerto de las procesiones. Porque aquello que a mí me parecía un regalo era un marrón, y de los buenos, para muchos. El muerto era el guirigay –en el que terminaba por ser inevitable equivocarse– de escultores, hábitos y demás familia que las cofradías preparaban con su obstinación de echarse a las calles a lo largo de muchas, muchísimas jornadas que venían antecedidas de una larga, larguísima Cuaresma. Uno se hace periodista sin saber de qué le tocará escribir y, a poder que se pueda, intenta hacerlo de lo que quiere, pero el periodismo de provincias (alabado sea) obliga a despachar actualidad a diario al igual que el frutero granadas en invierno, fresas en primavera o paraguayas en verano. Tengo un magnífico recuerdo de esos días, cuando tecleaba a contrarreloj por la querencia al anochecer de nuestros desfiles. A pesar de ello, me resistía a dejar escrita mi página antes de que la cruz de guía iniciara su recorrido.

García-Planas, que sabe hablarle a los novatos de la profesión, aconseja buscar una voz, un punto de vista, un estilo desde el que narrar. Uno sabe que no se levanta cada mañana para parir el mejor periodismo, aunque deba aspirar a ello. Como escribe la redactora de La Voz de Galicia Tamara Montero al despedir a Nacho Mirás, se intenta hacer lo mejor que se puede… y nos dejan. Ese tono personal no sólo están llamados a buscarlo los corresponsales en África o las firmas encumbradas de los periódicos. Una celebración tan popular como la Semana Santa es también un campo para cultivarlo. Donde algunos sólo ven vírgenes llorosas y cristos sangrantes, hay un terreno fabuloso para el periodismo, para contar historias en una celebración que dista de ser un fósil.

Sirvan como ejemplo los textos de Manuel Chaves Nogales sobre la Semana Santa de Sevilla en los años 20 y 30 del siglo XX recopilados por Almuzara en una reciente antología. Sus artículos suponen una guerra al cliché más enquistado. Mi amigo Jaime G. Mora expuso aquí cómo escribir sin ellos "y no fracasar en el intento". Bien podría crearse una lista semejante de los lugares comunes periodístico-procesionales salmantinos. A la Borriquila va asociado el "sol de justicia"; al Doctrinos, "la sobriedad y el silencio" (incluso desde antes de su reformulación estética); la Universitaria "renueva su promesa"; el Flagelado "emociona a su paso"; el Yacente "desafía al frío entre versos"; la Soledad "abarrota de luto"; la lluvia "respeta/condena a Pizarrales" o el Encuentro "pone un brillante colofón".

Las cosas, "un año más", suelen ser "elegantes", "austeras", "solemnes", "emotivas" o "recogidas" incluso aunque sean todo lo contrario. La tradición manda, oiga. Las alusiones a las condiciones climatológicas o las referencias "multitudinarias" suelen ser provechosas. Como hablamos de procesiones y no de manifestaciones sindicales, no habrá guerra de cifras entre organizadores y Policía, así que hubo "cientos de fieles", aunque fueran ateos los que se apiñaban en las aceras con curiosidad descreída como motivación. Y si no se sabe de que estaba llena la calle, siempre se puede escribir que de "devoción", "fervor" o "emoción". Combinan con todo.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Abraham Coco

El punto álgido del indulto no termina de ubicarse en el relato de la procesión del Perdón | Foto: Pablo de la Peña

21 de septiembre de 2015

No concibo un periodismo que no aspire a la excelencia ortográfica y creativa. Aparte de otros muchos aspectos, tiene que agarrarte por la entradilla –como bien recopiló mi amigo Jaime G. Mora, quien me edita sin compasión, pero con cariño las Siluetas de memoria que vengo publicando en Christus– y besarte en el último párrafo, en esa frase con la que el lector se va del reportaje, una obsesión que cultiva Plàcid García-Planas, maestro siempre a seguir en las páginas de Internacional de La Vanguardia.

Pensé que, en cierto modo, el ritmo de una buena crónica y el de una procesión son parejos. Que hay procesiones en Salamanca que te enganchan con una certera primera línea, breve, directa y sin alharacas. Otras se enredan en un párrafo inicial largo que casi te deja sin aliento para poder continuar. Algunas no acaban de atraparte al comienzo, pero después encadenan palabras con fluidez y te llevan de la mano hasta el desenlace.

En esto, sentimientos y devociones al margen, tiene mucho que ver el gusto (un mal adjetivo te puede arruinar un texto), las ganas, el tiempo que se invierte y otras tantas cualidades que manejan con tino quienes saben montar una procesión para el deleite de quien la contempla. ¿Las procesiones son para quien las escribe o para quien las lee?

Pocas entradillas generan tanta expectación como la Borriquilla, por la novedad de ser la primera. Extra, extra. Algunas se publican en un papel de tanta calidad como el retablo pétreo de San Esteban o con una pluma con tantos seguidores como la Soledad o el Rescatado. En el Perdón, el reportaje es de tipo noticioso, con el indulto vespertino como punto álgido cuya ubicación temporal no termina por determinarse: no se sabe si colocarlo al principio, hacia el medio o al final como fórmula para persuadir al lector.

Hay desfiles donde un párrafo memorable compensa lo demás y otros que los equilibran con garbo. Me viene a la mente, por ejemplo, Amor y Paz: una esforzada entradilla; a continuación, cruza los tres o cuatro siguientes párrafos por el Puente Romano; vuelve a tirarte de la pechera al empinar Tentenecio y así te lleva, te trae y, si te dejas, no te suelta. No es la única. El mayor riesgo de la marcha penitencial del Jueves Santo, y el de varias de sus compañeras de publicación, llega con su pausa en el atrio catedralicio. Le ocurre también a los reportajes, que en momentos centrales a veces atraviesan desiertos. Las cada vez más recurrentes pausas para realizar un acto insertado en la procesión pueden ser útiles recursos estilísticos o narrativos, pero corren el riesgo de interrumpir el compás del desfile (al menos de condicionarlo) y echar por tierra el trabajo previo. La virtud es saber convertirlos en un oasis que empuje el texto hasta su término, otro de los instantes críticos donde las demoras pueden arruinar todo el relato.

La procesión, como el reportaje, necesita estilo, pero excederse con el maquillaje puede propiciar que el artificio devore lo importante. Claro que esto va por gustos y por algo existen variedad de firmas y de medios de comunicación, aunque por lo mismo los hay de Pulitzer y condenados al ostracismo. Uno de los peores defectos son las subordinadas laberínticas después, por supuesto, de una puntuación incorrecta que genera confusión o de una falta ortográfica, el ornamento que lo desvirtúa y que la hemeroteca archiva inmisericorde, el corte que desespera a quien había estado disfrutando.

Bill Lyon, sabio que me desasnó, reunió sus conocimientos de edición en La escritura transparente, un librito (el diminutivo es por el tamaño, no por el contenido) con consejos para escribir desde un breve hasta una carta. En él, opina: "Uno de los males de la profesión en España tiene que ver con la dejadez y la soberbia. […] Los que mejor aceptan la edición suelen ser los redactores más brillantes". Sus consejos para una prosa bien pueden ser aplicados también al ámbito procesional: mejor palabras cortas que largas; no escribir más de las necesarias; no recargar en exceso los párrafos; evitar el desorden sintáctico u omitir tópicos. De estos, escribiremos en otra ocasión este curso.


jueves, 9 de julio de 2015

Abraham Coco

Los periodistas Ángel Benito y Eva Cañas, en el vía crucis de Nuestro Padre Jesús de la Pasión hace algunos años

09 de julio de 2015

Me sucedió hace pocos meses. El entrevistado me esperaba en la Quintana y casi se echó a temblar al verme aparecer. "Qué joven", repitió hasta en tres ocasiones. A las reticencias que el deterioro intelectual del oficio (del laboral no hablamos) suele generar, se sumaba el lastre generacional y el sambenito de la Logse. Así que la charla hubo que hacerla con tiento –con más tiento– hasta vencer las reservas de ese profesor que acababa de publicar el estudio del diario inédito de un peregrino del siglo XVII.

No puedo hablar del menoscabo del periodismo –como de otras tantas profesiones– porque cuando lo conocí ya empezaba a ajarse. Y, sin embargo, en la ciudad de Salamanca, cuando cerraban dos de sus tres cabeceras impresas, ya despuntaba en la Semana Santa el compromiso y el buen hacer de un par de  redactores noveles, emperrados en desterrar el copia y pega de las viejas guías procesionales de las que –cuentan sus autores– había quien repetía año tras año incluso sus imprecisiones.

El título del artículo me lo sirvió Marta, sevillana y periodista, al fotografiar en una marquesina los programas "superiores" de la Escuela de Negocios de la Cámara de Comercio hispalense. En la oferta de diseño gráfico, estilismos y moda, contabilidad o recursos humanos había también cursos de "periodismo cofrade" con "facilidades de pago, becas del 50 y el 30 por ciento y tres meses de prácticas en empresas". Marta le ponía al asunto el retintín y la pesadumbre de quien disiente de la actitud del compadre.

Pensé yo entonces que Ángel y Eva seguro que han tenido que hacer un curso de esos. Incluso que se han tenido que matricular, a la fuerza, en varias ocasiones. Qué digo. Benito y Cañas puede que –no me lo hayan confesado por vergüenza– sean ya enseñantes de la cosa cofrade, en la que tienen tablas a pesar de ser dos treintañeros.

Me insistieron en que para ser buen periodista había que ser humilde, curioso y buena gente, cualidades que ambos cultivan con generosidad. Pero el tema no iba de elogios y sonrojos –o un poco sí– sino de la reivindicación necesaria que de ellos traigo aquí, como profesionales de lo suyo con toda una vida por delante –así lo quieran Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis y el Cristo del Amor y de la Paz– para aportar lo mejor que tienen a la Semana Santa. Así como un bordador o un ebanista entregan sus aptitudes a la dignificación de ornamentos, Ángel y Eva lo hacen desde aquello que mejor saben.

Aunque algunos les antecedieran, sus carreras se diluyeron en otros campos que de una u otra forma terminaron por anteponerse a la Semana Santa. Aunque algunos se aplicaran ocasionalmente bien antes que ellos, en Ángel y Eva late una pasión que va más allá de la nómina, más si cabe cuando en el caso de esta vallisoletana de Salamanca (no tendremos ningún “gregorio” en la calle, pero les quitamos esta buena pieza) se hace de forma altruista. Y aunque también algunos concurren hoy con ganas e interés, en Ángel y Eva se reconocen algunas características que les continúan diferenciando del resto.

En el haber de él, con su sonrisa afable, siempre comedido para saber moverse en las trincheras cofrades, se da el olfato de lo noticioso y ha convertido en cotidiana la presencia de la Semana Santa en las páginas de "La Gaceta", lo que a su vez supone un acicate para otros medios. En el de ella, con su bondad innata, su no entender por qué sembrar discordias en los consensos, está el haber tomado las riendas de "Christus" para darle un criterio profesional, una idea de revista que, estoy convencido, hará que los cuatro números engendrados hasta ahora se vean en el futuro como cuatro ensayos imprescindibles para parir una publicación colosal que llegará con más arropo de todos.

No es fácil que en una ciudad como Salamanca, donde la Semana Santa es una más de otras tantas áreas temáticas, destaquen en una misma época dos periodistas, defensores además de la celebración y que incluso conocen algunas de sus cloacas más hediondas y las han callado ante el escándalo que de ellas podría haberse generado en el exterior.

Supongo que en esos cursos de periodismo cofrade enseñarán que es delito –de los que la Fiscalía no deja archivar– llamar al Cristo de uno con el apellido de otro y que se pena con prisión permanente revisable si el error afecta a agrupaciones musicales. Todo lo demás, y encima de gorra, se puede aprender al lado de Ángel Benito y Eva Cañas.


jueves, 28 de mayo de 2015

Abraham Coco
Las necesidades de comunicación en las cofradías de hoy era irrelevantes años atrás | Fotografía: Pablo de la Peña

28 de mayo de 2015

Que comunicar es perentorio en las cofradías hoy lo escribimos hace un mes. Nos centramos entonces en el cómo y en por qué es imprescindible que la vida de nuestras hermandades discurra también por los cauces abiertos por las nuevas tecnologías. Y añadíamos que tiempo habría para repensar aspectos como el uso de webs o redes sociales.

Podemos comenzar por un análisis cuantitativo. Las dieciséis corporaciones penitenciales que forman parte de la Junta de Cofradías tienen presencia en internet bien sea a través de un portal propio, de un blog o de perfiles en Twitter, Facebook, YouTube e incluso Instagram. La creación de ssantasalamanca.com a cargo de Miriam Labrador en febrero de 2012 fue el acicate definitivo para que las cofradías dieran el paso y comenzaran a perder el miedo a esa participación digital activa. Es cierto que las primeras webs de hermandades surgieron tiempo antes, pero no con esa conciencia de comunidad online que la constancia informativa del citado estímulo ha conseguido configurar.

Los canales mencionados vendrían a sumarse a los ya comentados en el anterior artículo, email o newsletter, pero en ningún caso a sustituirlos. Una web o una cuenta en las redes sociales añade una vía de contacto para el cofrade y configura otra principal como escaparate y fórmula de contacto para el resto de la ciudadanía, miembros o no de otras hermandades, y para los posibles visitantes. No quiere decir esto que las cofradías deban ser las encargadas de fomentar el turismo de Semana Santa, pero sí ser las primeras en la configuración de un relato: qué somos, qué hacemos, por qué lo hacemos, cuál es nuestro patrimonio... Y otras funciones de servicio: desde cómo puedo inscribirme a qué horarios de cultos en sus templos o de atención en sus sedes sociales. Infinitas posibilidades.

Y hasta aquí la cantidad, como decimos, abundante. Pero no debemos perder nunca de vista la calidad. La necesidad acuciante de hacerlo mañana mejor que hoy. En ese mismo repaso por las webs de nuestras hermandades, observamos algunos casos —los menos— que por su formato antediluviano y su actualización remota, casi no deben ser consideradas. Podría establecerse otro grupo que creyó cumplir el objetivo con la puesta en marcha de la página y después se olvidó de ella o, si acaso, la recuerdan a pocas semanas del Domingo de Ramos. Es de justicia reconocer que existe otro puñado, al menos un tercio del total, constantes e interesadas por su espacio en internet.

En cuanto a las redes sociales, son minoría las que no cuentan con perfil, pero mayoría las mudas o cuanto menos tímidas más allá de los meses de febrero, marzo y abril. Las hay cuyo último tuit data de la cuaresma, más de dos meses atrás; otras, del día de su procesión o de las semanas posteriores y, de nuevo, un selecto grupo que se mantiene tras la Pascua. Como ya escribimos y repetimos ahora, "es cierto que esta época de lo inmediato eleva el nivel de exigencia y de tiempo libre disponible para cumplir estas funciones", pero "también cabe cuestionar la adaptación de las estructuras de las juntas de gobierno, en cuyas listas se echa de menos un vocal de comunicación".

Realizado este repaso, y es aquí donde queríamos llegar, uno se pregunta si en esta ingente labor —irrelevante en las hermandades de decenios anteriores— no será precisa una ayuda al desarrollo cofradiero online. ¿Se puede fiar todo a que una hermandad cuente entre sus filas con un manitas de la tecnología capaz de configurar una página web sin que el coste se dispare? ¿Se puede fiar todo a la buena voluntad de un hermano que se ofrece a gestionar las redes sociales aunque pueda terminar confundiendo el tono con el propio de una cuenta personal? ¿No será que, de la misma forma que se vio imprescindible dar formación litúrgica o de cuestiones relativas a la conservación y restauración de imágenes, aspecto este último en el que tanto se ha concienciado y mejorado, así también son precisos talleres donde se den nociones básicas de algunos de los temas aquí mencionados? Si las instituciones o empresas dan tanta importancia a la figura del community manager, ¿no sería bueno instruir sobre cómo sacar el máximo partido a su utilidad y no cometer deslices? Vamos más allá: ¿no habría sido bueno —o aún lo es, estamos a tiempo— de contratar a través de la Junta de Cofradías una plataforma marco para crear webs que pusiera las cosas más fáciles a las congregaciones y representara una inversión económica asumible en conjunto? Del mismo modo que se proponen sesiones sobre arte belenista, ¿no se antojan también relevantes otras sobre los ámbitos aquí enumerados?

Todas estas consideraciones sobre el entorno digital podrían aplicarse a cuestiones de la comunicación tradicional en papel como los boletines, su maquetación o planteamiento. En el capítulo sobre publicaciones del libro Arte y cultura en la Semana Santa salmantina, Fernando Benito Martín da un somero rapapolvo a las cofradías por la arbitrariedad o la falta de rigor en el tratamiento de determinados detalles como la ausencia del ISSN o el Depósito Legal en una revista periódica. En favor de ellas, planteo ahora lo siguiente: ¿alguien se ha preocupado de explicarles por qué esto es tan importante? Como en todo lo comentado, todavía estamos a tiempo a hacerlo. Por si lo habíamos olvidado, el espíritu que impulsa estas iniciativas es el de la evangelización, que ha de adaptarse a la realidad cambiante.


jueves, 30 de abril de 2015

Abraham Coco

La comunicación en las cofradías ya no es cosa de máquinas de escribir | Fotografía: Pablo de la Peña

30 de abril de 2015

En el debate sobre si las cofradías y las procesiones deben ser hijas de su tiempo, tan sólo tengo claro que indudablemente las hermandades han de estar ancladas –con sus defectos y sus muchas virtudes– al momento en el que viven si quieren ser instrumento eficiente de participación en la vida de la Iglesia. Sobre lo segundo, la discusión podría encaminarse hacia derroteros a los que animo a otros a reflexionar. Aquí nos centramos en el imprescindible uso de la comunicación interna en nuestras congregaciones.

El pasado invierno, compartí un agradable café con Félix González Mateo, secretario de la Hermandad de la Soledad durante un cuarto de siglo, el de recuperación de la Semana Santa y eclosión de cofrades. Con disciplina y acierto, desempeñó su labor a lo largo de veinticinco años con una máquina de escribir que, en la actualidad, no sería en absoluto útil para cumplir su cometido. Porque hoy la comunicación no puede limitarse a dos o tres cartas anuales en el buzón. El desarrollo, buen funcionamiento y cohesión de las hermandades también pasa por una eficaz comunicación a través de los nuevos cauces que el desarrollo de internet y su movilidad permiten a grupos que en la mayoría de los casos superan los varios centenares de integrantes e, incluso, llegan a rebasar el millar.

Desde las instituciones civiles, como no podía ser de otro modo, se ha hecho hincapié en la promoción externa de la Semana Santa, de los ocho o diez días centrales en los que las cofradías se hacen visibles para vecinos y turistas. Del esfuerzo de difusión entre los propios salmantinos habrá tiempo de escribir también en otro instante. Aquí hoy nos centramos en la comunicación de las hermandades entre sus propias filas. Un rápido sondeo entre miembros de un puñado de ellas permite constatar la percepción de que el uso del correo electrónico y su frecuencia es, en líneas generales, menor de lo esperable.

Es cierto que las labores de secretaría y comunicación en esta época de lo inmediato elevan el nivel de exigencia y de tiempo libre disponible para cumplir esta función, aunque también cabe cuestionar la adaptación de las estructuras de las juntas de gobierno, en cuyas listas se echa de menos –entre responsabilidades sin duda necesarias como tesoreros, contadores, archiveros, vocales de material, caridad, cultos o juventud– un vocal de comunicación, ese hermano de la tecla que acerque la cofradía.

Tiempo tendremos, pues este artículo inicia una serie comunicacional, de repensar sobre aspectos como el empleo de páginas webs o redes sociales, pero creo que debemos aspirar a que, como ya sucede en algunas cofradías, los nuevos cauces de comunicación que los avances tecnológicos ofrecen contribuyan también a desarrollar con más vigor el día a día de las hermandades. Ejemplos los hay, elogiables, donde el cofrade recibe con asiduidad recordatorios de misas mensuales, avisos de campañas de recogida de ropa o alimentos, información variada sobre cultos, noticias de la propia hermandad y de otras (porque juntos somos más) o de la diócesis, de la cual somos parte necesaria. La pérdida de boletines en papel no es sustituida, salvo una vez más en casos concretos, por un boletín digital o una newsletter mensual que recopile lo pasado y anticipe lo futuro.

El trato personal es insustituible, por supuesto, pero la excusa de presentar las cofradías como pequeñas familias "donde todos nos conocemos" no puede servir para ampararse en una deficiente comunicación interna que se limite a la Navidad o la Cuaresma. Cierto que entre pequeños colectivos como hermanos de carga, grupos jóvenes o hermanos de ceremonia proliferan los grupos de Whatsapp que –con sus ventajas y sus peligros de convertirse en guetos– contribuyen a una mejor coordinación, pero no pueden sustituir a una comunicación interna global que alcance e integre por igual a todos.

En este punto, cabría cuestionar si el acceso a internet está al alcance de cada cofrade, pues puede ocurrir que por razón de edad o situación económica haya quienes no cuenten con acceso a él. Con voluntad por ambas partes, existen también fórmulas para enmendar estas situaciones que, en todo caso, reconozcamos se antojan puntuales.

Y un último apunte: resulta inaudito que, a nivel global, desde la Junta de Cofradías y la Coordinadora Diocesana de Cofradías no se pueda manejar una base de datos que, con los debidos respetos a la privacidad, además de permitir interesantes investigaciones a lo largo de los años que nos ayuden a saber más acerca de lo que somos, sirvan también para incrementar un sentido de pertenencia y dar nuevos usos a nuestra comunicación.


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