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lunes, 11 de noviembre de 2019

Pedro Martín

Jesús Nazareno en la plaza Nicomedes Martín de Béjar | Fotografía: i.bejar.com

11 de noviembre de 2019

El tan manido eslogan en estos tiempos electorales que nos toca vivir, sin descanso y sin solución de continuidad, perderá vigencia esta mañana de resaca electoral y será incluso olvidado por nuestros dirigentes políticos hasta la próxima vez (quizá de nuevo más pronto que tarde).

El lector de esta tribuna digital se preguntará si se ha equivocado de enlace o dirección de internet. No, seguimos en pasionensalamanca.com, nuestra revista digital, y me permito una reflexión de la realidad en los pueblos de nuestra provincia y entorno (que no diócesis) a la luz de dos hechos: la reciente tertulia en torno a la Semana Santa de Béjar y mi presencia ayer, como presidente de mesa, en un pequeño pueblecito de las Arribes, lejos de todo y de todos.

Curioso el caso de la localidad bejarana, triste diría yo. La otrora ciudad textil vive ahora una decadencia en todos los sentidos: económico, laboral, social, demográfico, turístico… Y esto se refleja también en su Semana Santa que, aunque ha vivido en los últimos años la fundación de una cofradía, vive horas bajas, como casi todas. Con la peculiaridad de pertenecer a una provincia, la nuestra, pero a otra diócesis, la de Plasencia. Para los que no lo sepan, esta diócesis se extiende desde el sur de nuestra provincia hasta la localidad de Don Benito, en Badajoz. En una diócesis tan inmensa y disgregada, Béjar es una pequeña gotita de agua en el balde extremeño. Y por ende, las cofradías bejaranas no tienen ningún peso en la vida y organigrama de la diócesis placentina, aunque nos consta que la relación con el clero diocesano es buena, muy buena. Tampoco parece que la diócesis mire mucho al norte, en ninguno de los sentidos, el "apéndice salmantino" es eso, un "apéndice".

Miro ahora al oeste salmantino que nos separa de Portugal, lindando con el Duero. Las "incomunicaciones" hacen que la relación con los vecinos portugueses, en aquella zona, sea casi imposible.

Primer dato. De los censados, más de la mitad ya no vive en el pueblo. La España vacía lo está mucho más de lo que dicen los números. Pero vamos a lo que nos interesa, que no me quiero meter en política, y veamos la situación que se vive en los pueblos desde el punto de vista religioso, con escasez de sacerdotes y de feligreses.

Y no es la mejor, la verdad, nadie llegó a votar después de misa como era costumbre, ya que ayer no había. La última eucaristía dominical fue hace tres semanas, pues se celebra cada quince días, alternando sábado y domingo, sin saber en muchas ocasiones si se cambia el día o no. Y lo más preocupante, es el único servicio que se da. Veinte minutos cada quince días. Pobre, muy pobre. Aun entendiendo que se tenga que dar servicio a siete pueblos, no parece mucho, la verdad.

Pensaba yo, ayer, qué poco nos interesa a toda la sociedad actual, civil, política o religiosa, la situación de los pueblos, grandes o pequeños,. las pequeñas parroquias o las cofradías y "semanas santas" de "no interés"…

No interesa. No podemos asumir su cuidado pastoral adecuado, no es cómodo, no es rentable.

No sé la respuesta, la verdad Lo que sí sé es que son fieles cristianos que necesitan sentirse Iglesia, sentirse parte de la comunidad diocesana a la que pertenecen, aunque estén a cien kilómetros de su obispo y este resida en otra provincia y comunidad.

Quizá habría que acuñar un nuevo término y empezar a utilizarlo, pero no para hacer campaña como nuestros políticos, sino para atender y dar solución a los problemas que plantea la "Iglesia vaciada" del mundo rural.


viernes, 8 de febrero de 2019

Pedro Martín

Vista de Ciudad Rodrigo desde el río Agueda, con el Puente Mayor en primer plano | Fotografía: Pablo de la Peña

08 de febrero de 2019

Acostumbrados en esta tierra y en este medio a mirar a realidades semanasanteras más lejanas, con no pocas referencias al sur, en especial a la capital hispalense y en otras ocasiones al norte dentro de nuestra tierra castellana (Zamora, León, Valladolid), prestamos poca atención a lo que se cuece más cerca, mucho más cerca, en nuestra propia provincia.

Hete aquí que el pasado sábado nos visitó en nuestra sesión de la tertulia una representación de la Semana Santa mirobrigense, con su presidenta al frente.

Quizá tengamos que mirar también al oeste, a la diócesis hermana civitatense, a sus cofradías, para comparar y valorar, y por qué no, aprender de ellos.

En los últimos tiempos en el ámbito cofrade tenemos un monotema, "las normas". Pues bien, quizá el asunto más mediático de las mismas en la prensa local, y que habrán leído con asombro los mirobrigenses, es la contribución de las cofradías al fondo común diocesano, ya que allí es algo asumido, que se pide por parte del obispado a las cofradías y al que estas contribuyen en la medida de sus posibilidades. Primera lección.

Nos comentan que la rendición de cuentas es también habitual, siendo presentadas para su conocimiento y, además, se recuerda por escrito para que no se olvide. Segunda obligación y segunda lección.

El tercer aspecto que nos interesó fue la composición de los cortejos procesionales, donde no tienen problemas en las filas, aunque sí en algunos casos en las cargas, por lo que no tienen inconveniente en sacar imágenes en sus pasos a ruedas. Cuánto hemos escrito y hablado en este sentido: una procesión sin filas no es procesión; sin hermanos de carga sí que lo puede ser. Bendito problema. Tercera lección.

Pero como no todo puede ser color de rosa, echan de menos el apoyo de los sacerdotes, en la figura de los capellanes o consiliarios, que además en ocasiones no existen, no están nombrados o no ejercen su función adecuadamente. También adolecen de una clara falta de sintonía en las parroquias donde radican, sin participar de la vida de la misma de forma activa, así como de una verdadera presencia en la vida de la diócesis, aunque siempre que se lo requieren su presencia está garantizada.

Quizá esta última parte nos suena de tiempos no tan pretéritos. Aquí hemos andado camino y aún nos queda un buen trecho por delante. Por eso, como hice en la tertulia, animo a nuestros hermanos mirobrigenses a que trabajen por y para la Iglesia de esa querida diócesis, estrechando las distancias que pueda haber. Son necesarios para la nueva evangelización, las cofradías son movimientos con un potencial no siempre bien valorado, pero llevamos siglos ahí. Y por si me lee algún sacerdote o incluso el obispo de la diócesis (el administrador o el que esté por venir), no den la espalda a las cofradías y a los cofrades. Ayúdenlas con la espiritualidad de la mirada del Buen Pastor y verán como dan fruto en abundancia.


lunes, 8 de octubre de 2018

Abraham Coco

El Cristo del Humilladero de Villanueva del Conde, bajo la advocación del Amparo, recibe al visitante de Crucifixus

08 de octubre de 2018

Ahora que el otoño nos recuerda lo que somos, vuelvo a Villanueva del Conde. Es decir, vuelvo al comienzo del verano, a los artículos por escribir en las primeras semanas de julio. Vuelvo a Crucifixus, que es lo mismo que trepar por las hojas del árbol genealógico con la única motivación de hacerlo. No se busquen aquí interpretaciones, análisis ni reseñas especializadas de la exposición comisariada por Antonio Cea sobre los Humilladeros y Devociones de Pasión en la Sierra de Francia, tercera de la serie Temporalia que aún puede visitarse hasta el 4 de noviembre y que reúne 24 crucificados de igual número de pueblos de esta comarca.

Podría haber regresado de otro modo a Villanueva del Conde, pero lo cierto es que el coche tomó ese desvió gracias a Temporalia. Es domingo y da la bienvenida una vecina, con tanta buena voluntad como regocijo. Pronto la campana llamará a misa de doce. Es ella quien nos explica que el Cristo del Amparo, el del humilladero del pueblo, ejerce de anfitrión y por eso nos recibe tras la puerta, junto al rótulo informativo de la muestra.

Aun sabiendo que todos los cristos del mundo son los mismos, un Padrenuestro ante el Cristo del Amparo de Villanueva del Conde significa más para quienes nunca tuvimos pueblo ni rastreamos ancestros. Es un Padrenuestro como el que décadas atrás pudo rezar la bisabuela Catalina de la mano de su madre, Isidora, el nombre más antiguo que me conecta con estas tierras, a las que vuelvo ahora que el otoño se expresa con crudeza.

Es un Padrenuestro como otro cualquiera. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad  en la tierra como en el cielo. Ni siquiera daría para un artículo, aunque lo esté escribiendo. Tal vez deba volver a esta iglesia y saber qué día fueron aquí bautizadas Isidora y Catalina, muerta joven, en la inmediata posguerra, con cuatro hermosas niñas a cargo de su viudo.

Del Cristo del Amparo escribe Cea en el catálogo editado a propósito que "destaca entre los de la Sierra por la canónica armonía de su figura y por la intensidad expresiva de su rostro, quizá concebido por su autor para representar el pasaje de la Quinta Palabra: sitio ('tengo sed'), pidiendo agua de amor al devoto que se acerca humillado a orar".

Cuántos padrenuestros ante tanta devoción hoy ajada. Generaciones de fe, de búsqueda, de súplica y gratitud. Es imposible no detenerse en cada uno de ellos, testigos de oraciones que hoy me hermanan con mi pasado. Un recorrido patrimonial y humano hasta rematar en esa Piedad en cuyo regazo cabemos todos con la que el mogarreño Florencio Maíllo ilustró el cartel anunciador de la Semana Santa de 2017 para la Tertulia Cofrade Pasión.

El humilladero se hace así cuna. Y la exposición, experiencia vivida que rememoro en este inicio de otoño, donde lo perenne se hace caduco y cualquier metáfora similar.


viernes, 22 de junio de 2018

F. Javier Blázquez

Procesión del Cristo de los Milagros por Canalejas en su festividad el Domingo de la Ascensión | Foto: Heliodoro Ordás

20 de junio de 2018

Las devociones a Cristo crucificado se multiplican mucho más allá de la cuaresma y Semana Santa. Al cumplir la octava de la Pascua Alaraz ya festeja al Cristo del Monte y, sin terminar el tiempo de la Pascua, en la capital salmantina miles de devotos imploran ante el Cristo de los Milagros su intercesión. Son los anticipos del montón de festejos y romerías que machaconamente salpican el paisaje de la charrería durante lo que queda de primavera, todo el verano e incluso hasta el otoño antes del adviento. El Cristo de la Luz en el Zarzoso, Cabrera en las Veguillas, el Humilladero peñarandino u Hornillos de Arabayona, son los ejemplos más conocidos.

El carácter de estas celebraciones, como no podía ser de otra manera, huye de lo trágico. El drama de la muerte y su sentido expiatorio quedan para el tiempo de la penitencia. Después, el Cristo crucificado se torna glorioso. El análisis racional, exclusivamente racional, nos llevaría a denunciar la incongruencia de las fiestas populares centradas en cualquiera de estas advocaciones, las de Salamanca y las de toda España y buena parte del orbe católico. Exhibir la imagen de un hombre muerto, cosido con clavos al madero de la cruz, lacerado y humillado, con toda la repulsión que ello causa, no es plato de gusto. Pero esa fue la realidad del Calvario, la que ganó la redención. Y es bueno recordarla, y sentir esa com-pasión que lleva a la penitencia, siempre bien entendida, que permite unir el dolor del Hombre al de cada hombre, según aseguraba Felipe, el poeta de Tábara.

El contexto de la cuaresma, como tiempo preparatorio, y el de la Semana Santa, sirve para enmarcar con cierta lógica la celebración de la muerte del Cristo. Pero una vez que nos salimos de él, la Teología, la razón y hasta la Pastoral lo tienen complicado para dar explicaciones convincentes. Mucho más cuando se celebra en medio de fiestas que trascienden más bien poco. Solo el diálogo con la Antropología, que también es una disciplina racional aunque sirva en ocasiones para explicar lo irracional, nos permite dar sentido a estas aparentes incongruencias. Y es que el misterio de la cruz no puede estar relegado exclusivamente al tiempo específico que viste liturgias y paraliturgias de morado. Puede y debe prolongarse durante la Pascua y el tiempo ordinario, para festejar al Cristo redivivo que venció la muerte y abrió las puertas de la gloria. Y esta prolongación de la Pascua, que celebra a medio camino entre lo sagrado y lo profano, no tiene por qué ser mala siempre y cuando no degenere en excesos o aberraciones. Son momentos, también oportunos, para la alegría compartida en presencia, por qué no, de la imagen y presencia de Cristo crucificado y glorioso.

martes, 27 de marzo de 2018

Lira Félix Baz

"Teníamos en Tenebrón unas andas azul cielo que cada año pesaban menos por el trabajo de las termitas" | Foto: P. de la Peña

28 de marzo de 2018

Teníamos en la parroquia de Tenebrón unas andas azul cielo que cada año pesaban menos por el trabajo ímprobo de las termitas. Hay tres procesiones en mi pueblo, San Isidro, San Ceferino y la Virgen de la Soledad el Viernes Santo. Procesionar las tres imágenes era relativamente sencillo porque, como digo, cada año pesaban menos.

Hace unos años, a Sidro –Isidro– le tocó la Lotería de Navidad y, como era el único del pueblo que tenía el nombre del patrón chico, decidió regalarle a la parroquia unas andas nuevas hechas de madera noble. Preciosas y pesadas.

Una de las tres procesiones está en riesgo de desaparecer en Tenebrón por el peso de las andas. Y no me refiero a las de los patronos. Es a la de la Virgen de la Soledad, cuyo acompañamiento es femenino y de avanzada edad.

Ellas ya no pueden coger uno de los cuatro brazos de las andas y es la única procesión que se vive en Tenebrón en Semana Santa. Los cantos que arropan la imagen son viejos y apagados, como el cortejo. Canciones cuyas letras refieren al dolor de la Madre, que enlutada se balancea al ritmo de los pasos de brazos jóvenes, cada vez menos, por lo que la procesión se acorta cada año.

Soy uno de los brazos que lleva años sacando a la Virgen de la Soledad, que en mi pueblo también es la Virgen del Rosario, no por devoción, más bien por consideración hacia mis mayores.

No hay cofradía en Tenebrón, todo el que vaya el Viernes Santo será bien recibido, sobre todo si tiene intención de probar el peso de las andas.

El acto se asemeja mucho al acompañamiento que se hace a los familiares que acaban de perder a un ser querido. Entramos en la iglesia en silencio. Durante unos minutos, en lo que nos acomodamos, hay murmullo, hasta que una voz comienza a rezar el rosario. En uno de los misterios, perdonadme porque no sé en cuál, arropamos a la imagen en su dolor y salimos en procesión, para que los vecinos que lo deseen le den el pésame por la muerte de su hijo. No suele salir nadie, pero año tras año, insistimos en recorrer el pueblo.

Al volver a la iglesia y dejar la imagen, como ocurre en los velatorios, siempre hay alguna anécdota, saludo, abrazo que se regala en el portalillo, porque por lo general, hace mucho tiempo que no te encuentras con los ojos de aquellos que un día, como yo, nos fuimos del pueblo y solo volvemos en fechas señaladas, como cuando muere un vecino y deseas abrazar a sus allegados.


miércoles, 11 de octubre de 2017

Tomás González Blázquez




11 de octubre de 2017

Cada vez que el 15 de octubre caiga en domingo, hasta el siguiente 15 de octubre la puerta de la iglesia del monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, "la iglesia de las Madres", será puerta santa de plenarias indulgencias. El templo en el que las Carmelitas Descalzas custodian el sepulcro de su fundadora, Santa Teresa de Jesús, se constituirá periódicamente en templo jubilar, lo que incorpora la villa ducal al reducido grupo de los santos lugares de peregrinación que gozan de esta especial gracia por concesión pontificia. Tras el Vº centenario del nacimiento de la reformadora del Carmelo, celebrado en 2015, tanto Ávila como Alba, cuna y sepulcro, gozarán ahora de un jubileo en los ciclos de seis-cinco-seis-once años, ya conocidos porque el criterio de la coincidencia dominical de la fiesta litúrgica, en su caso el 25 de julio, arroja la misma secuencia que se da en los años jacobeos. El Papa Francisco finalmente no las visitó pero obsequia a Ávila y Alba con un legado a conservar y agradecer. Que la Iglesia de Salamanca cuente con este nuevo patrimonio espiritual la dota de un recurso más que, hacia fuera, debe potenciar la recepción de peregrinaciones, tanto en Alba como en la capital, que también se halla en la lista de fundaciones teresianas, y hacia dentro, ha de subrayar el modelo de Teresa como patrona de la diócesis.

En vísperas de la apertura de la puerta santa albense, desde la perspectiva cofradiera puede pensarse en el papel que va a desempeñar la Hermandad de Santa Teresa, y sirve mirar a otras puertas jubilares en las que las cofradías tienen llave y vela encendida. 2017 está siendo Año Santo de la Vera Cruz por partida doble. Desde Pascua y hasta la Pascua siguiente, en un jubileo de varios siglos de historia, también ligado a que el 16 de abril caiga en domingo, el Año Lebaniego, el del Lignum Crucis cobijado en Santo Toribio de Liébana, escondido en un valle cántabro pero venerado por peregrinos procedentes de todo el mundo. Durante todo el año natural, de concesión recentísima pero trayectoria dilatada, el de Caravaca de la Cruz, Vera Cruz de tradiciones y leyendas que cada siete años es Vera Cruz Jubilar allá arriba en su castillo-santuario. Ambos jubileos, alejados entre sí por cientos de kilómetros, comparten raigambre medieval y galones de tiempos de Reconquista, ubicación en comunidades autónomas uniprovinciales que los han enarbolado como reclamo turístico y signo de identidad, rutas de peregrinaje más cortas que las jacobeas pero inspiradas en ellas, y cofradías de la Vera Cruz inmersas en el culto al Santo Leño.

La de Santo Toribio de Liébana se remonta a 1181 y cuida una entrañable costumbre, "La Vez", según la cual entre el 16 de abril y el primer domingo de octubre, cada viernes, dos personas se van turnando en la adoración de la cruz en la iglesia atendida por los franciscanos. Los numerosos pueblos y aldeas del valle lebaniego tienen asignado un viernes para cumplir con el rito, que en 2017 ha arrancado una semana más tarde ya que el día del santo era Domingo de Resurrección. Por su parte, la cofradía de la Vera Cruz de Caravaca ha luchado arduamente hasta lograr el reconocimiento del Año Jubilar a perpetuidad, que tras los extraordinarios de 1981 y 1996 fue aprobado por Juan Pablo II y dio comienzo en 2003, y por la distinción de su santuario con el título de basílica menor en 2007. Mucho tuvo que ver en ello el que fuera su rector-capellán, don Pedro Ballester, fallecido hace pocas semanas. Cuando comienza mayo y a la mitad de septiembre, en Liébana y en Caravaca es fiesta grande de la Cruz, como ocurre en Alba a finales de agosto y mediados de octubre con Teresa. El tiempo se hace santo en los santos lugares. Y así, como un eco de Jerusalén y Roma, a imagen de Compostela, el perdón al que Dios invita permanentemente y en todo lugar, toma la figura de una puerta que atravesar jubilosos. Eterna es su misericordia.


viernes, 6 de octubre de 2017

Paco Gómez

Viaje a las fundaciones. Grabado de Antonio Veredas

06 de octubre de 2017

Medio oculto por otras circunstancias acuciantes de la actualidad y algo apartado de los oropeles propios de las grandes "apuestas" políticas, lo cierto es que la próxima semana da inicio uno de los acontecimientos más importantes de los que se nos presentan en un futuro inmediato. Este 15 de octubre arranca el Año Jubilar Teresiano, según el Decreto de Penitencia Apostólica que ha incluido como templo jubilar el Convento de la Anunciación de Alba de Tormes.

Atrás queda el brillo de las celebraciones del V Centenario de Santa Teresa de Jesús, donde se llevó a cabo un importante trabajo de reivindicación de una figura universal de la espiritualidad y donde se pudo apreciar el enorme impacto de esta mujer única en la creación artística.

Pasadas las multitudes y la efeméride, ahora nos encontramos ante una conmemoración que busca otro tipo de "público". Una peregrinación sin duda más solitaria, si acaso más honda y en definitiva más "descalza" en el sentido teresiano de la palabra.

Así que se nos presenta una nueva oportunidad para la reflexión, la espiritualidad y la búsqueda de sentido a todo esto que nos rodea. Además, también es una magnífica ocasión para resaltar esas huellas teresianas que pasados los programas especiales de promoción –orientadas fundamentalmente a la captación de visitantes– a veces van quedando atrapadas por el olvido o la indiferencia.

Y es que la historia de las fundaciones teresianas nos enseña mucho. "Nunca dejé fundación por miedo del trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción", escribe de su puño y letra esa mujer única en una época de hombres, monja de cuerpo débil, atacado por mil enfermedades y dolores, que supo, sin embargo, poner en pie el mayor proyecto de reforma espiritual de su tiempo.

Teresa ha fundado San José de Ávila y tras cinco años de intensa vida según la regla primitiva, obtiene licencia para fundar más conventos según su nuevo estilo de vida. Ha pasado por Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo y Pastrana antes de llegar a Salamanca.

Ha tardado en venir porque alberga muchas dudas sobre la conveniencia de fundar aquí. Hay que tener en cuenta que los monasterios reformados solo viven de las limosnas que reciben y Teresa reconoce que "por ser muy pobre el lugar, me había detenido hacer allí fundación". Fíjense: año 1570. La ciudad en la época dorada de su Universidad; con más de 20.000 habitantes, de los que 7.000 eran estudiantes; con conventos de todas las grandes órdenes, con iglesias y casas blasonadas por doquier y, sin embargo, con una buena parte de los salmantinos pobres de solemnidad. Casi nunca es oro todo lo que reluce.

El caso es que empujada por sus confesores pide licencia y la obtiene del obispo González de Mendoza y se presenta en la ciudad con la compañía de dos frailes y una monja, María del Sacramento. Como cuando llega la casa que había apalabrado para su convento "no se había podido desembarazar" de los estudiantes que la habían alquilado para el curso, se dirige al colegio carmelita de San Andrés.  En sus primeras horas en la ciudad localiza en una de las tiendas de la Ribera dos lienzos algo toscos pero muy devocionales –un Ecce Homo y un Descendimiento– que compra como primer patrimonio del nuevo convento y en los que invierte los 14 reales que traía como único capital a la ciudad (cuadros que se conservan todavía hoy en poder de la comunidad de carmelitas de Cabrerizos).

Cuando ya es de noche, le comunican que la casa de Gonzaliáñez (hoy Casa de los Ovalle) ya está libre y Teresa de Jesús decide ocuparla sin más dilación. Contrata al carpintero Pedro Hernández para que acometa los trabajos prioritarios para dar uso conventual al caserón, lo que empleará al artesano hasta las cuatro de la mañana. A esa hora se marcha de una casa que habían abandonado ya los dos frailes, en busca de las monjas que habrían de formar parte de la primera comunidad. Se acaba octubre, es plena noche de Ánimas y Teresa de Jesús y María del Sacramento se quedan completamente solas en la casa en la madrugada: "Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el miedo de mi compañera, que me da gana de reír".

Y es que María del Sacramento teme que los estudiantes, enfadados por haber tenido que salir a toda prisa de la casa, se hayan quedado en alguno de los desvanes y puedan gastar alguna broma. Así que, mientras esperan el día tendidas ambas sobre un poco de paja, pregunta María a Teresa: "Madre, estoy pensando, si ahora me muriese yo aquí, ¿qué haríais vos sola?".

Mientras suenan las campanas de toda la ciudad por los difuntos, Teresa responde: "Hermana, de que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir".

No valían supersticiones con esta mujer singular que lamentaba, mientras escribía algunos años después de aquel episodio el capítulo correspondiente en el Libro de las Fundaciones, todavía no haber acabado de "allanar" la casa de Salamanca.

Ciertamente, muchas vueltas darían las madres hasta acabar en su actual comunidad junto al Tormes en Cabrerizos. En una historia que no es sino el reflejo de que en Salamanca, por motivos que quizá se nos escapan, cuesta mucho más lo que en otros lugares es fácil. Ahora aplíquenlo a cualquier faceta de la vida, cofrade o no, y verán que las cosas no han cambiado tanto.

Eso sí, dejó escrito Teresa de Jesús que "importa mucho una muy grande y determinada determinación de no parar hasta llegar al fin, venga lo que viniere, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera se hunda el mundo".

Sí, son tiempos recios. Feliz año jubilar teresiano.


lunes, 25 de septiembre de 2017

Pedro Martín

Presentación del borrador de las normas diocesanas para cofradías el pasado sábado en San Julián | Foto: Óscar García

25 de septiembre de 2017

El pasado sábado, con la presentación del borrador de las normas diocesanas, dábamos un nuevo paso en la pretendida renovación cofrade iniciada en la Asamblea Diocesana que concluyó hace un año con un mandato claro para las cofradías: "Dotarlas de un marco normativo diocesano que ayude y oriente en su renovación espiritual y acción pastoral y contribuya a su inserción eclesial".

Durante este año, se formó una comisión para elaborar estas normas, comisión que estuvo integrada por cinco laicos cofrades y el vicario general de la diócesis y que, con un esquema inicial de trabajo, lanzó este reto en noviembre de 2016 a todas las cofradías mediante una carta para animarles a hacer todo tipo de aportaciones desde la reflexión y el diálogo. Desgraciadamente no recibimos ninguna aportación, tan solo una súplica de una pequeña cofradía rural que pedía ayuda, pero es lo que hay.

Tras varias reuniones, se confeccionó un primer borrador que quiere dar respuesta al mandato de nuestro obispo al terminar la Asamblea: "Haced un traje a medida". Y se ha intentado, a medida de nuestra realidad eclesial y sin perder de vista toda la realidad cofrade, que no acaba en la Semana Santa y mucho menos en los límites de nuestra ciudad.

Las normas deben entenderse en una verdadera clave pastoral con varios pilares fundamentales que son el núcleo de la misma y que con la ayuda de todos –cofradías y diócesis– debemos perseguir como objetivo.

Eclesialidad, instrumento de santidad, responsabilidad en el anuncio de la fe, evangelización, presencia en el mundo de hoy y Doctrina Social de la Iglesia son términos que marcan el texto ya desde su preámbulo y que debe ser un verdadero plan pastoral cofrade para que sirva a la causa del Reino de Dios.

A través del documento se busca fomentar y alentar el papel de las cofradías, dado su singular potencial, en el cuidado pastoral de la piedad popular, en los sacramentos de la iniciación cristiana de sus miembros, en la pastoral juvenil y familiar y en el diálogo fe-cultura y, además, se les confiarán determinadas tareas apostólicas en aras a la progresiva asunción de responsabilidades eclesiales por parte de los laicos.

Casi nada…

Evidentemente, el texto reglamenta algunos aspectos de la vida de las cofradías empezando por la inserción eclesial y la Coordinadora de Cofradías como elemento integrador y representador de la realidad cofrade en la diócesis. Contemplan desde el proceso de creación de las mismas, a la necesaria administración de los bienes, pasando por los estatutos, juntas de gobierno o miembros de las cofradías. Me gustaría resaltar que en este último apartado se pone un gran énfasis en la formación de los cofrades, como oportunidad de evangelización, ofrecerla, motivar a ello, insistir en la práctica sacramental.

Por último hay un capítulo donde se regula el culto externo de las cofradías: procesiones, viacrucis, rosarios, extraordinarias… siempre desde el prisma pastoral, para que de verdad sean un instrumento evangelizador y una verdadera catequesis en la calle.

¿Y ahora qué? Pues ahora entramos de nuevo en un periodo de reflexión y diálogo, donde las cofradías podrán de nuevo aportar sus sugerencias a la luz del texto completo para después integrarlo y presentarlo a los consejos diocesanos y a la aprobación de nuestro obispo.

Nos queda camino por delante para una verdadera renovación pastoral cofrade. Paso a paso entre todos lo conseguiremos.


lunes, 11 de enero de 2016

F. Javier Blázquez

Imagen de Jesús atado a la columna de Peñaranda recién atribuida a Esteban de Rueda | Foto: Sonsoles Fiallegas

11 de enero de 2016

La noticia se hacía pública a principios de año, a través de un excelente reportaje de Sonsoles Fiallegas en "La Gaceta Regional". En Peñaranda de Bracamonte se acaba de atribuir una imagen de Jesús atado a la columna a Esteban de Rueda. Las argumentaciones de Tomás Gil (que ya hizo algún otro descubrimiento de relumbrón durante su paso por el arciprestazgo de Peñaranda) y del profesor Luis Vasallo Toranzo (que hace una década determinó que la autoría del Cristo de la Luz, el titular de la Hermandad Universitaria, correspondía al imaginero toresano) parecen lo bastante sólidas como para poder incrementar sin problemas el inventario de la obra de este autor, residente en 1618 en la villa bracamontina al recibir el encargo del retablo de la parroquia. Aparte de esta magna obra, trágicamente devorada por las llamas en 1971, Rueda recibió algún encargo más en Peñaranda, como los ladrones que otrora sirvieron para el acto del Descendimiento y que hoy en día escoltan al Cristo de San Luis en la procesión del Viernes Santo. No es de extrañar, por tanto, la adscripción a Rueda de otra escultura en el lugar.

La posible función procesional de la imagen en el pasado, sobre la que algo se insinúa en el reportaje de Fiallegas, puede presentar alguna objeción al colisionar con la presencia de otra similar, de Miguel García, realizada dos décadas después. Aunque bien pudo ser factible que esta sucediese a aquella. Sin embargo, no es este el asunto que nos interesa ahora, que tiempo y espacio habrá para ello cuando corresponda. La cuestión de fondo es que en los trasteros, altillos y cajonerías de la sacristía de Peñaranda, durante décadas, se fueron amontonando un elevado número de imágenes de distinta tipología y tamaño. Últimamente, con las obras de reforma de la sacristía, algunas se han trasladado a la ermita de San Luis, donde ahora se amontonan con un poco más de decoro. De entre este barullo imaginero, gracias al acertado criterio y tesón de Moisés Pérez, fue posible recientemente la recuperación del antiguo Jesús Nazareno, también de García, olvidado y consumido por el polvo y la carcoma durante más de sesenta años. Hoy es la imagen titular de su cofradía y ha contribuido a enriquecer desde el punto de vista artístico la Semana Santa peñarandina.

Y lo que son las cosas. Después de tanto tiempo de desidia, resulta que en cuanto se divulgó la noticia de que una de esas imágenes ignominiosamente abandonadas en los trasteros fue realizada por un autor de renombre, han surgido las primeras voces en pro de su restauración e integración en los desfiles de penitencia de la ciudad. Bien está y bueno sería para todos si se hiciese con el decoro debido. Es decir, una salida en momento oportuno, sin menoscabo de la imagen actual de García, y con una puesta en escena que potencie los rasgos identitarios de la Semana Santa de Peñaranda, no siendo que vaya a contribuir, aún más, a su disolución. Porque, sacarla por sacarla, como se hace a veces, no parece lo más adecuado.

Independientemente de que la imagen de Rueda pueda pasar a formar parte o no de los desfiles peñarandinos, lo cierto es que la noticia de su redescubrimiento nos hace reflexionar sobre el abandono de nuestro patrimonio artístico. Acompañado por los buenos amigos de Peñaranda, tuve en un par de ocasiones la suerte (o desdicha) de ver cómo se acumulaban esas imágenes de culto en las dependencias de la parroquia y San Luis. Es algo que clama al cielo y abre las carnes, porque no solo reunían mérito las dos imágenes rescatadas del anonimato, el Nazareno y el atado a la columna. Hay más que, independientemente de la mano que las ejecutase, reúnen en sí mismas la calidad suficiente como para merecer una suerte bastante mejor de la que corren. Porque da la impresión de que todo da igual, que no hay manera de erradicar esa maldita actitud resignada y genuflexa que caracteriza a las gentes de esta tierra para aceptar la fatalidad de su desgracia sin hacer nada por cambiarla. La presentación de esta imagen de Rueda, con su consecuente puesta en valor, es una muy buena noticia, pero queda pendiente su restauración urgente y el inicio de un programa serio y decidido para recuperar esas otras imágenes que duermen entre el polvo y las telarañas del olvido. La parroquia, fría y desnuda tras el incendio, y la Semana Santa procesional, se podrían enriquecer notablemente con piezas de los siglos XVI, XVII y XVIII que, de otra forma, hoy sería imposible conseguirlas. Si se hacen las cosas bien no sería tan complicado. Pero hay que moverse, que nadie lo va a resolver desde fuera.


lunes, 9 de noviembre de 2015

F. Javier Blázquez

Una de las imágenes presentes en la exposición Pietas | Fotografía: Pablo de la Peña

09 de noviembre de 2015

Cuando de Semana Santa se trata, las visitas a Zamora suelen ser siempre sustanciosas. En pleno mes de octubre, y al amparo del congreso nacional de hermandades de Nuestra Señora de las Angustias, nos encontramos con Pietas, una exposición comisariada por José Ángel Rivera de las Heras, uno de esos curas que como nuestros Tomás Gil o Moncho Campos han sabido descubrir en el Arte un medio extraordinario para la reflexión en torno al ser humano y su hacedor, que es, a fin de cuentas, el punto de partida para la transmisión de la buena nueva. La muestra constó de treinta cuatro piezas, veintisiete imágenes y siete óleos; todas ellas recogían el tema de la Piedad en la provincia de Zamora.

No se trata, ahora, de entrar en consideraciones sobre la calidad artística de las piezas expuestas, pues salvo las de Ramón Álvarez o la de Ricardo Flecha, no es mucho lo que desde esa perspectiva se podría juzgar. Lo importante es que con un presupuesto limitado la Cofradía de Nuestra Madre de las Angustias ha sido capaz de organizar una exposición con mucha dignidad y acertado criterio. La elección de Rivera de las Heras como comisario es, sin duda, el factor fundamental a la hora de explicar el buen hacer. Él conoce como nadie el patrimonio artístico de la diócesis zamorana. Para estas cosas, la verdad, los zamoranos saben aprovechar bien la valía de sus expertos e intelectuales, da lo mismo la rama de la que provengan. En nuestra Salamanca, también en las cofradías, como todos somos sabemos de todo, con frecuencia nos permitimos despreciar a los especialistas, aborrecemos su experiencia y criterios y obramos por cuenta propia a la hora de decidir en aquello que sin duda tendrá repercusiones de importancia.

Pietas ha sido una exposición más que digna. Se trataba de mostrar cómo se ha entendido el tema de la Piedad en el arte de la diócesis zamorana. Y con creces se ha conseguido. Ahí están las imágenes de los pueblos de Zamora, incluida la que precedió a la titular de la cofradía organizadora. En el haber, a mayores de la muestra y el adecuado espacio expositivo, los trabajos previos de limpieza y acondicionamiento de las piezas llevados a cabo por Francisco Javier Casaseca. Las exposiciones de arte siempre deben servir para mejorar algo. En el debe, la falta de un catálogo, al menos un folleto con algo más que la breve presentación y la enumeración de piezas que aparece en el díptico. De las buenas exposiciones siempre debe quedar algo escrito, reflexionado y estudiado, para la posteridad. Pero ya sabemos, cuando no hay recursos se llega hasta donde se puede.

Gratifica ver iniciativas como esta. Con limitaciones, pero impecables en su puesta en escena porque en la trastienda han estado personas muy preparadas. Algo parecido a lo que se hizo en Salamanca cuando la Vera Cruz organizó su quinto centenario. Entonces hasta se publicó un extraordinario catálogo, porque eran otros tiempos y había posibles, pero con no mucho dinero se llevó a cabo una extraordinaria exposición y de ella quedó un catálogo modélico. La exposición de 2006, Lignum Crucis, fue un poco la excepción. Porque otras iniciativas hubo, algunas curiosillas, no más, otras un desastre.

Y el problema siempre acaba siendo el mismo, que la buena voluntad no es suficiente, porque cuando nos involucramos en empresas de este tipo hace falta un poco más. No todos sirven para elegir, para mostrar o para escribir con criterio. Y no es elitismo, de verdad, pero el repelús que los especialistas causan a los libreopinadores de las redes y asambleas no deja de encerrar un complejo de inferioridad que impide, por un lado, su progresión y enriquecimiento personal, y por otro, la posibilidad de ofrecer algo con el valor y el decoro debido, con las garantías de aportar algo original que deje su poso en la posteridad.


jueves, 17 de septiembre de 2015

J. M. Ferreira Cunquero

De arriba a abajo: Tomás Martín, Bernardo García San José y Julio de la Torre | Fotografías: Pablo de la Peña

17 de septiembre de 2015

En mi pregón de la Semana Santa, remarqué (porque no debemos olvidarlo) aquellos años en los que aparecieron, gracias a Dios, los verdaderos héroes, en una Semana Santa catastróficamente abandonada a su suerte. Personajes a los que les adeudamos cuanto tenemos, pues de su entrega sin límites a las cofradías y hermandades de finales de los sesenta hicieron posible que se salvase con mucha, muchísima dignidad, esta tradición que a todos debe unirnos más allá de matices o diferencias que, desde la pluralidad, deben engrandecer esta Semana Santa.

No es acertado abolir el pasado creyendo que el ímpetu actual, por reciente y ambicioso, puede ser el único y exclusivo impulso para conseguir lo que anhelamos. La Semana Santa fortalece su existencia en los firmes cimientos del arraigo, porque la tradición que emerge del pasado es uno de los fenómenos principales que la sostiene y consolida.

Todo es necesario y preciso para aunar el propósito que nos debe conducir hacia la gran meta, que no es otra que seguir construyendo con verdad el camino que nos asegure la capacidad de defender la herencia que hemos recibido bajo la firma notarial de la historia y el tiempo.

Allí estaba, en aquella década desastrosa, como cofrade incombustible, Tomás Martín, junto al Rescatado que, como imagen, es referencia ejemplar que promueve la apasionada y sincera devoción del pueblo. Tomás contribuyó con sus hombros al lado de los suyos (pues de familia le viene el entronque con el Soberano de San Pablo) a observar y sentir, en lo más hondo de su ser, el desastre que vivieron muchas de las cofradías de aquel tiempo.

Con el bagaje de su experiencia, fue hermano mayor de su cofradía durante varios años y, al dejar definitivamente el cargo, ahí lo tenemos como colaborador infatigable de la parroquia, mientras observa (seguro que felizmente orgulloso) cómo Pedro, su hijo, sigue sus pasos al frente de la congregación como máximo responsable de la misma.

Y al Jueves, cuando el atardecer Santo apenas convocaba a la gente en estas calles, donde la desidia colgaba en el ambiente su acento, en los Capuchinos, puedo testificar cómo Bernardo García San José  (lo he contado muchas veces) repartía billetes nuevos de 100 pesetas a las cuadrillas de cargadores que, llegados de la periferia de la ciudad, portaban, bajo remuneración, las imágenes de la Seráfica Hermandad salmantina sobre sus hombros.

Bernardo fue uno de aquellos héroes que, por hervirles la sangre de sus creencias, se entregaron a nuestra Semana Santa con la ilusión de encontrar la vereda que pudiese llevarnos hasta este tiempo, en el que lo tenemos todo para lograr que esta Semana Santa pueda seguir con decoro el largo y esperanzador camino hacia el futuro. Y junto a él, no podemos dejar en olvido a la familia Moneo, que fue baluarte definitivo y necesario de la cofradía del Jueves Santo salmantino.

En estas fechas Bernardo mira hacia atrás con la elegancia de quien supo entregarse sin demandar cuentas, pletórico de ilusión ante la hermosa efeméride que vive este año la Reina y Señora de la Úrsulas.

El caso es que cuando en la docta Salamanca el desastre semanasantero remarcaba con pujanza la catástrofe de los fatídicos sesenta, en Peñaranda de Bracamonte se vive la explosión de la fe popular semansantera con una ilusión desbordante, que es difícil reconocer en aquellos años de la desestructuración alevosa que sufre en la ciudad salmantina el mundo cofrade.

Julio de la Torre, bajo la batuta de don Agustín Martínez Soler (sacerdote muy recordado por su espíritu de santidad), consigue, junto a sus compañeros y amigos de viaje, crear el ambiente que posibilita la andadura de una Semana Santa peculiar, que consigue cerca de aquel inolvidable cura acercarse a la gente más humilde de Peñaranda.

Julio es el estandarte que promovió la fértil andadura que hoy, gracias a aquel esfuerzo, ha hecho posible que los días santos peñarandinos sean referencia admirable de la Semana Santa de nuestra provincia.

Tres hombres que, junto a otros muchos, fueron, con toda certeza, quienes, aportando cuanto tenían desde el esfuerzo personal, consiguieron rescatar de la ruina esta Semana Santa, que pese a sus defectos sigue siendo una expresión popular de la fe inigualable, en las calles de esta ciudad que la acoge y engrandece.
Tres hombres que siguen unidos a sus cofradías, sin que los cargos que ostentaron mediaticen su cariño a las mismas, pues cerca de ellas viven con la misma intensidad de siempre su espíritu cristiano y cofrade.


jueves, 2 de julio de 2015

F. Javier Blázquez

Cristo del Humilladero de Peñaranda de Bracamonte | Fotografía: F. Javier Casaseca

02 de julio de 2015 

Decía san Ambrosio, ya en el siglo IV, que la Iglesia es santa al tiempo que meretriz. Así ha sido siempre y por siempre lo ha de ser; la santidad y el pecado son indisociables de la condición humana y la Iglesia, constituida por hombres, no puede dejar de ser rehén de esta ambivalencia antropológica. Sin embargo, la realidad no debe llevarnos a aceptar resignadamente aquello que está mal. Al contrario, si se quiere aspirar a la consecución de una Iglesia más perfecta es preciso tomar conciencia de ello y denunciarlo, cuando sea preciso, ante las instancias adecuadas, como recomienda abiertamente el papa Francisco. Ocultar o eludir el problema, a la espera de su olvido o resolución per se, a la larga resulta nefasto.

Y en relación con la religiosidad popular y el fenómeno cofrade, una de las cuestiones más dañinas es la falta de unidad en los criterios. No resulta muy edificante que usos o costumbres de discutible relevancia sean consentidos y contemplados con naturalidad en unas diócesis mientras que en otras se prohíben de manera expeditiva. Pero, claro, si en asuntos fundamentales como la administración de los sacramentos existen discrepancias de fondo entre parroquias limítrofes, los distintos procederes ante las expresiones populares de la piedad cristiana parecen quedar en anecdótico recetario de respuestas variopintas y curiosas. Es la tónica habitual. Lo malo, por el escándalo que puede acarrear, es que ante problemas que afectan a la normativa, dentro de una misma diócesis, se apliquen distintos raseros. Llamó la atención, por ejemplo, el celo empleado con los dirigentes cofrades de pequeños municipios, como Vitigudino, para asegurar el cumplimiento de los cánones referidos a la vida personal en coherencia con el magisterio, mientras se miraba de perfil ante casos similares bien conocidos, quizás por conveniencia, quizás por temor a un revuelo mediático de imprevisibles consecuencias.

Sorprende más, todavía, el ahínco con el que se obliga a ciertas cofradías a disponer de unos estatutos en concordancia con las nuevas directrices canónicas, y casos recientes hay, frente a la desidia permanente que se da en algunos lugares, como Peñaranda de Bracamonte. A veces uno se pregunta si realmente la ciudad bracamontina forma parte de la diócesis salmanticense, porque a ella no parecen llegar nunca algunas disposiciones. ¿Es de recibo que sus cofradías penitenciales sigan sin disponer de unos estatutos en regla? ¿Se puede entender que nadie haya podido leer los estatutos del organismo aglutinador? El derecho canónico, sencillamente, no rige las cofradías de Peñaranda. Esto no es de ahora, viene de muy atrás pero nadie hace nada por resolverlo. Y por mucho que admitamos el carácter espontáneo de la religiosidad popular y critiquemos lo inadecuado que puede llegar a ser el exceso de normativa, siempre hay unos mínimos que cumplir. Y la existencia de facto de las instituciones cofrades no parece ser, ni ahora ni antes, lo más adecuado.

Tenemos un obispo canonista, ¿no lo sabe? Y su vicario, que pisa más la tierra de la diócesis, ¿qué dice? Y a los curas párrocos, los que han pasado y los que están de paso… ¿les da igual? Pues parece que sí, que no les importa y mejor no menearlo. Dirán que el origen del problema está en las propias cofradías y en la redundante institución que las hermana, sobre todo en sus dirigentes. Y razón no les falta, ahí radica el principio del mal, pero si por la inercia inmovilista estos no hacen nada, para eso está la jerarquía, para orientar primero y para imponer, si llega el caso, aquello que es obligatorio y que a otros se les ha exigido con tanto tesón y denuedo.

La credibilidad se consigue así, aplicando el mismo criterio en lo preceptivo y no tolerando a unos aquello que a otros no se les consiente. La Iglesia, como institución humana, no es perfecta, ya lo sabemos. Pero debe aspirar a serlo y esforzarse por solucionar estos desajustes, porque en la medida que lo consiga hará fructificar mejor su mensaje de esperanza.


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