Mostrando entradas con la etiqueta Corpus Christi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Corpus Christi. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de junio de 2020

Pedro Martín

Procesión del Corpus, a su salida de la Catedral Nueva, el pasado año | Fotografía: Pablo de la Peña

10 de junio de 2020

Ya han pasado casi tres meses desde que todo se paralizó, también en nuestra Iglesia diocesana y cofradías, y salvo contadas excepciones especialmente en Semana Santa, parece que esa parálisis se ha adueñado de nosotros, incluso hasta el punto de tener miedo a reanudar nuestra vida de Iglesia en la medida que nuestras posibilidades y las que nos ofrece la fase de desescalada en la que estamos nos lo permitan sin poner en riesgo la salud individual y/o colectiva.

No sabemos nada de la mayoría de las cofradías, bien es verdad que habitualmente resucitan en cuaresma y mueren en pascua, por lo que alguna este año no llegó ni a resucitar.

No sabemos nada de la Junta de Semana Santa, más allá de alguna declaración de su presidente, en año de elecciones, o no, habrá que aclararlo. O se hace la convocatoria o se pide, dadas las circunstancias excepcionales, continuar un año más para terminar el ciclo como a mi juicio merece José Adrián Cornejo. Esta es una opinión personal, que además pasa por la petición del presidente al Obispo, o que por iniciativa del mismo al no ver conveniente la convocatoria en este momento. De una forma o de otra, debemos salir de la incertidumbre.

No tenemos iniciativas que suplan la falta de fieles en nuestras iglesias, que unos por miedo, especialmente los mayores, y otros por vete a saber tú, el caso es que no se cubre ni el aforo reducido a un tercio y desde esta semana a la mitad. Sin duda, hay que atender a los que se quedan en casa.

No podemos celebrar culto externo, tan propio de nuestro sentir cofrade. Sin duda debe imperar la responsabilidad, que parece se olvida en otras "manifestaciones" permitidas o toleradas.

Y esto último viene a cuento de la semana en la que estamos, con la celebración de la festividad del Corpus. Este año será sin duda muy diferente, pero Corpus habrá. Lo que no me parece ni medio normal, es que nuestro Cabildo Catedralicio, organizador por delegación de nuestro obispo, mutile este año hasta límites insospechados dicha festividad, prescindiendo no ya de un programa como el de años anteriores que con mucho esfuerzo se consiguió sacar adelante y que parecía, aún con defectos y muchas dificultades, casi consolidado. Pero optar por lo mínimo, qué digo mínimo, por debajo de lo exigido en la liturgia… Porque la procesión del Corpus, ya sabemos, es una de las pocas procesiones litúrgicas, por lo que debe realizarse. Y este año, en nuestra ciudad, a mi juicio prescindiendo de lo imprescindible, no habrá procesión del Corpus, ni por el exterior, que no está permitido, ni por las naves de la catedral o el claustro, que si se podría organizándola bien y respetando las normas, tal como se hará en la mayoría de las diócesis.

Fuimos de los últimos en cerrar las Iglesias al culto, seremos de los últimos en volver a la "nueva normalidad", pero eso no justifica que no hagamos nada, ¿desescalada o parálisis?


miércoles, 3 de junio de 2020

Tomás González Blázquez

Medalla recuerdo de la Asamblea Eucarística de Salamanca celebrada en 1920

03 de junio de 2020

Y hallándose ya todo preparado y dispuesto con el favor divino, desde este momento declaramos solemnemente inaugurada la Asamblea a honor y suprema adoración de Nuestro Señor Jesucristo en el Augusto Sacramento de la Eucaristía. Salamanca, festividad del Santísimo Corpus Christi, a 3 de junio de 1920.

Con estas palabras del obispo de la diócesis, monseñor Julián de Diego y García Alcolea, se abría la Asamblea Eucarística de Salamanca, celebrada del 3 al 10 de junio de 1920, por lo que se cumple ahora su centenario. Fueron pronunciadas desde el púlpito catedralicio por el secretario de la junta organizadora, el sacerdote macoterano Antonio Blázquez Durán, después de que el prelado hubiera presidido la Misa de la solemnidad y se hubiese celebrado la procesión claustral con el Santísimo. Para la tarde de ese Jueves de Corpus quedaría la otra procesión eucarística por las calles de la ciudad.

La lectura del amplio reportaje dedicado al evento en la revista La Basílica Teresiana nos permite adentrarnos en lo que debió suponer para la sociedad salmantina de la época y considerar las esperanzas que pudieron depositarse en él por parte de los responsables de la pastoral diocesana del momento. La Asamblea Eucarística de Salamanca se comprende en el contexto posterior al XXIIº Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Madrid en 1911, cuyo himno fue el famoso Cantemos al Amor de los amores. Hasta cuatro asambleas eucarísticas interparroquiales había acogido ya la diócesis, en Alba de Tormes, Vitigudino, Peñaranda de Bracamonte y Ledesma, y tras la convocatoria capitalina se anunciaba la del arciprestazgo serrano de La Peña de Francia. Era la nuestra una iglesia local que sentía aún reciente el azote de una mortífera pandemia, la de gripe de 1918.

Además de la ordinaria procesión de Corpus Christi, en la apertura, hubo otra de clausura en su octava, el jueves 10 de junio, en la que marcaba el camino la rica cruz parroquial de Los Villares de la Reina. El cortejo no renunció a todo el boato propio de las circunstancias, si bien ya se observa, a estas alturas de la Historia, el desplazamiento de las cofradías a lugares más secundarios de la secuencia procesional. Los cultos incluyeron triduos del 4 al 6 de junio en todas las parroquias y del 7 al 9 en la Catedral, con la predicación del magistral de la catedral madrileña (hacía las veces la colegiata de San Isidro), Enrique Vázquez Camarasa, sobre el que invito a indagar. Otro enclave destacado fue la iglesia de San Esteban, sede de la comunión general de unos cuatro mil niños el sábado 5 y de una vigilia de la Adoración Nocturna del 9 al 10 de junio durante la que, por privilegio pontificio, se celebraron más de ciento veinte misas en sus numerosos altares. Ahondando en las cifras, se estiman en doce mil las personas que comulgaron en la Catedral en el pontifical del día 10, que presidió el cardenal-arzobispo de Sevilla, Enrique Almaraz, salmantino de La Vellés que ese año sería promovido a la sede primada, y en catorce mil las que, arrodilladas en la Plaza Mayor, recibieron la bendición con el Santísimo impartida desde el balcón consistorial por el obispo De Diego y cantaron el popular himno del congreso madrileño: Dios está aquí, venid adoradores, adoremos… Obviamente, tampoco faltaron una celebración en rito hispano-mozárabe y la fiesta sacramental de la Universidad de Salamanca.

Particular relevancia tuvieron los actos culturales, como el concierto sacro y la fiesta literaria en el Seminario (patio barroco de la actual Pontificia), con el académico Ricardo León como mantenedor y la dramatización del auto sacramental La oveja perdida, de Juan de Timoneda. En el aspecto benéfico, las Marías de los Sagrarios organizaron en la capilla catedralicia de Santa Catalina una exposición de ornamentos litúrgicos para las iglesias pobres de la diócesis. Por último, y quizá lo más interesante para calibrar el tono de la Asamblea, se desarrolló un ciclo de conferencias en las que se abordaron temas como el Evangelio en el orden social, la acción católica, el papel de la mujer, el mundo del trabajo y el sindicalismo cristiano, la realidad de los obreros, la educación… Entre los ponentes estuvo el obispo auxiliar de Valladolid, monseñor Pedro Segura, personaje luego (y entonces ya) tan controvertido, a punto de trasladarse a la sede de Coria. También acompañaron la asamblea salmantina los obispos de Zamora y Plasencia y el administrador apostólico de Ciudad Rodrigo.

Recordado aquello, en su centenario, sirve mirarlo como un hito, un intento y una oportunidad que pudo serlo, y lo sería, para muchas personas. Profundizarían, a la manera de su tiempo, en la vivencia espiritual y social del misterio eucarístico, presencia real y entrega sin medida de Jesús de la que la Iglesia hace memoria. La honda e inaplazable propuesta del encuentro personal con Cristo sigue siendo lo esencial. En algunas ocasiones se subraya, como en los congresos eucarísticos diocesanos que han convocado las iglesias locales (León 2005, Valladolid 2016), los de ámbito nacional (Toledo 2010 fue el último) o los internacionales (Madrid 1911, Barcelona 1952, Sevilla 1993; Budapest era la sede este verano, pero se traslada a 2021). Lo extraordinario, como los congresos e iniciativas similares (entre las que debe mencionarse el programa de actos del Corpus que el Cabildo Catedralicio viene convocando en los últimos años), ayuda cuando nos orienta hacia lo ordinario de cada domingo, que es a su vez tan excepcional y sin lo que no podemos vivir. El confinamiento y las medidas sanitarias nos han exigido y nos exigen una fidelidad especial al misterio eucarístico, a veces desde la distancia pero siempre con el anhelo de "acercarnos al altar de Dios, alegría de nuestra juventud" (cf. Salmo 43). De ese altar todo brota, porque es así como Cristo, la cabeza, por la Eucaristía da vida a su cuerpo, la Iglesia-Asamblea.


viernes, 14 de junio de 2019

Pedro Martín

El Cristo de los Milagros desfila arropado por los salmantinos en el Domingo de la Ascensión | Foto: Heliodoro Ordás

14 de junio de 2019

No solo de Semana Santa vive el cofrade, y aunque pasión es la cabecera que nos acoge, no deja de ser pasión-devoción lo que se vive en nuestras calles durante las fiestas pascuales y más allá de ellas.

Y no solo en la cuidad, también en la provincia, que las manifestaciones de religiosidad popular son abundantes por todos los rincones de nuestra diócesis, y más puras, más genuinas, cuanto más sencillas y primigenias.

Cientos de devotos en torno a San José el primero de mayo, otros cientos acompañando a María Auxiliadora, más cientos rezando con-tras el Cristo de los Milagros, algo más de mil romeros (dicen las crónicas) honrando a la Virgen de Valdejimena, cientos en el Cueto. Este fin de semana acérquense a Tejares, otrora localidad independiente y ahora barrio de la ciudad que mantiene el sabor de fiesta rural (afortunadamente).

En medio de toda esta expresión de religiosidad popular, algo distinto, diferente, más solemne, o debería serlo, la Festividad de Corpus. Tanto por mejorar. Tiempo. No nos rindamos, cuesta cambiar inercias de muchos años en las que se desnaturalizó en nuestra ciudad la procesión de Corpus, y también en parte la celebración en su conjunto. Hay que actualizarla a los tiempos que corren sin perder sus orígenes, y contando cada vez más con las cofradías, es necesario y conveniente. Claro que se puede evangelizar con la procesión del Corpus, con los altares bien preparados y bien pensados, que interpelen, a los que se acerca la gente con curiosidad y, por qué no, también con necesidad de Dios al que sacamos a la calle en su día más grande, para que se dé a todos, en especial a los más pobres en el día de la Caridad.

Luego ya vendrán las fiestas patronales durante todo el verano, de cada pueblo, grande o pequeño que en torno a la fiesta sempiterna pasean orgullosas las gentes sencillas sus cristos, sus santos, sus vírgenes, cada uno a su manera, pero todos con el cariño inmenso de aquellos que llevan en el corazón la devoción de sus mayores, la costumbre no perdida de rezar, aunque sea solo una vez al año, la religiosidad popular en estado puro.

Tiempo de glorias, tiempo de procesiones.


miércoles, 13 de junio de 2018

Pedro Martín

Momento del paso del Santísimo Sacramento junto al altar instalado en San Sebastián | Foto: Hdad. de Jesús Despojado

13 de junio de 2018

Perdón por ser cofrade. Pido pública y humildemente perdón por ser cofrade. Pido perdón por vivir mi fe en el seno de una cofradía. No sabía que fuera pecado, aun así pido perdón. Pido perdón en nombre de mi padre, de mi abuelo y de mi bisabuelo, que también eran cofrades y me trasmitieron la fe con esta peculiaridad, quizá estaban equivocados y yo también. Por todo ello pido perdón.

Pido perdón por trasmitir esta tradición a mis hijos,  que pensé que era buena, o al menos no mala.

Pido perdón por salir a la calle cada Semana Santa a dar público testimonio de fe. Quizá es mejor quedarse en las iglesias. Pido perdón por dedicar parte de mi tiempo a las cofradías, como cofrade de a pie, como responsable, como representante, como miembro de la Iglesia diocesana, como cristiano comprometido.

Pido perdón por haber planteado ahora hace seis años una serie de iniciativas en  relación a las cofradías entre las que se incluía mejorar y dignificar la celebración del Corpus Christi. Siento de verdad haberos molestado, quizá es mejor que todo se quede como está: en el más absoluto desierto.

Pido perdón en nombre de todos y cada uno de los cofrades, y de todos y cada uno de sus defectos o pecados, que sin duda los tenemos, como todas las estructuras de nuestra querida diócesis. Deberíamos mirar más lo positivo que lo negativo y apostar por la unidad que falta nos hace en esta ciudad de "bandos" que nunca descansa.

Pido perdón por nuestra intromisión en la Asamblea Diocesana, no deberíamos haber alzado la voz, pero somos muchos, y nos merecemos ser tenidos en cuenta.

Pido perdón por pedir, pero pido y pido insistentemente una verdadera "pastoral cofrade" que tanta falta nos hace. Nosotros solos no podemos ponerla en marcha; otros no sé muy bien si no quieren, no saben, no se atreven o desconocen tanto este mundo que prefieren obviar todo lo que venga de él.

Pido perdón por trabajar por las cofradías y por la diócesis, estando a disposición de lo que me pida mi obispo, y lo seguiré haciendo aunque tenga que seguir pidiendo perdón.

Pido perdón por ser cofrade, y seguiré pidiendo perdón, porque nunca dejaré de serlo.


lunes, 4 de junio de 2018

Eva Cañas

Jesús de la Redención en el altar instalado con motivo del Corpus en el atrio catedralicio | Foto: Miriam Labrador

04 de junio de 2018

Tan solo unas horas después de que la Custodia recorriera las calles de la ciudad como cada domingo de Corpus Christi, me siento en la obligación de hablar de una de las imágenes que presidía uno de los dos altares que para la ocasión se montaron. El del atrio de la Catedral, con Jesús de la Redención (símbolo de la institución de la eucaristía, de Jesús Sacramentado), majestuoso, con el cáliz en su mano, y todo lo que transmite con ello.

Que forme parte de las procesiones de la Semana Santa de Salamanca es un clamor popular, por cofrades y no. Fueron muchos los que ayer al ver el altar lo comentaron, ¿para cuándo? Por todo lo que representa, como un momento clave en la vida de Jesús. Y ese clamor también tuvo eco durante el pregón del Corpus, a cargo de Tomás González Blázquez, una persona con criterio y muy activo en la Coordinadora Diocesana de Cofradías. En su intervención recordó que los integrantes de la Archicofradía del Rosario "aspiran con justicia y esperan con paciencia a que la mirada de Jesús de la Redención, de la institución de la Eucaristía, sea acogida en la Semana Santa procesional". Bajo el punto de vista del pregonero, "la necesitamos, así lo creo modestamente, en el Jueves Santo de Salamanca".

Yo también apuesto por ello y lo defiendo. Como ya he comentado más veces, se trata de sumar, y un paso de la Sagrada Cena es necesario y engrandecería nuestra Semana de Pasión, si se trata de evangelizar en la calle y de dar sentido a la fe que profesamos. Tengo ganas de ver a Jesús de la Redención un día Santo, y como yo, muchos más. Lo merecen, han luchado y trabajado para ello, con criterio, con humildad.

En el altar de ayer se leía una frase que resume su razón de ser: "Ego sum panis vitae".

Que así sea.


lunes, 14 de mayo de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fiesta Sacramental de la Cofradía de la Vera Cruz en la octava del Corpus Christi | Fotografía: Heliodoro Ordás

14 de mayo de 2018

Con la mirada puesta en la celebración grande del Corpus Christi, quiero rematar este tour de force sobre hermandades y Eucaristía con una mirada a la procesión central de nuestra vida litúrgica. La existencia de las hermandades, como he defendido, surge y se alimenta de la Eucaristía. De esta fuente inagotable, que es la vida misma de Cristo entregada por nosotros, nace la fraternidad y todas las actividades en las que se plasma (la preocupación por los más desfavorecidos, la formación o la evangelización a través de una estación de penitencia). En el Corpus y en su procesión la Iglesia, y las hermandades dentro de ella, muestran la adoración pública a aquel que es su cabeza y piedra angular. En palabras del Directorio de piedad popular y liturgia, los fieles nos sentimos "'pueblo de Dios' que camina con su Señor, proclamando la fe en él, que se ha hecho verdaderamente el 'Dios con nosotros'" (n. 162). Esto no es del todo nuevo en la historia de la salvación.

Tras la salida de Egipto y el encuentro con Dios en el monte Sinaí, Israel caminaba unido, organizado como pueblo, portando el Arca de la Alianza, con Moisés actuando como su capataz (gracias a Daniel Cuesta SJ por su certera apreciación). Con el Arca los acompañaba la presencia de Dios. El Señor caminaba en medio del pueblo elegido. Este es un anhelo presente en toda su historia. Por eso, el profeta Isaías anuncia que el nombre del Mesías será Emmanuel, Dios-con-nosotros. En Jesús se cumple esta promesa: el Hijo camina sobre la tierra como un hombre, llamando a sus discípulos, iniciando el Reino con la llamada a la conversión, afrontando su pasión y muerte, redimiendo al mundo con su resurrección. Las cofradías, en sus procesiones, representan ese caminar: las imágenes del Señor lo muestran humano, sufriente, en medio de su pueblo que camina penitente asociado a los misterios finales de su vida terrenal.

La devoción a las imágenes de los titulares es muestra del ansia de todo creyente, de todo hermano, por contemplar el rostro mismo de Jesucristo. Pero el Señor no nos ha dejado librados a nuestra suerte hasta su regreso glorioso al final de los tiempos. Cristo nos acompaña en nuestro caminar, para esto nos ha dejado la Eucaristía, en ella está presente real y substancialmente. Comulgando con su cuerpo y su sangre nos unimos del modo más estrecho con él. En la procesión de Corpus mostramos en público nuestra fe en ese misterio de la presencia sacramental de Dios Hijo, caminamos con él en medio de nosotros. Aquello que en las otras procesiones realizamos de modo simbólico, a través de imágenes, en la de Corpus lo realizamos de modo real. De aquí la importancia capital de la participación de las hermandades en su celebración.

En la procesión de Corpus no participan solo las hermandades, sino toda la diócesis. Toda la Iglesia local acompaña la presencia real de su Señor. Las cofradías se integran en esta proclamación pública de la fe, en este acto público de adoración. Llevan a plenitud aquello que manifiestan en sus cultos externos. Ahora bien, aquí debe haber un diálogo abierto para la correcta inserción de las cofradías en esta procesión. Ellas tienen sus características propias que deben ser respetadas e integradas en este culto público de la diócesis. He sostenido y defiendo que las hermandades tienen como peculiaridad la evangelización a través de la belleza, de la belleza en los cultos tanto externos, como internos. La procesión de Corpus es un momento ideal para este apostolado. La organización concreta del cortejo, el adorno del trayecto con alfombras florales o de sales, la ubicación y decoración de distintos altares en los que el Santísimo pueda realizar una estación y desde los que realizar la bendición..., todo esto son elementos de los que las cofradías pueden responsabilizarse realizando su misma vocación. Esto exige generosidad por parte de las autoridades eclesiales: la procesión del Corpus "pertenece" a todo el pueblo de Dios al margen de que tenga que existir alguna instancia coordinando su realización, por esto todos los grupos de la diócesis, desde sus carismas, deberían aportar a su desarrollo. Es toda la Iglesia local en la multiplicidad de sus manifestaciones la que acompaña a su Señor por las calles de la ciudad.

La participación en el Corpus no es la única forma que tienen las hermandades de fomentar el culto a la Eucaristía. Las adoraciones al Santísimo de cada cofradía por separado o la celebración de minervas refuerzan en cada una su vinculación con el Señor sacramentado. Además de la acción de hermandades penitenciales o de gloria, han surgido corporaciones –o ramas dentro de las anteriores– dedicadas de modo especial al culto eucarístico. La responsabilidad de estas hermandades es triple: hacia los hermanos, debe formarlos para que tengan una especial sensibilidad hacia la Eucaristía, la colaboración con la Adoración Nocturna puede ser muy provechosa; hacia el resto de cofradías, recordando cuál es la fuente de nuestra fraternidad y cómo debemos valorarla; y hacia la Iglesia en general, siendo apóstoles de la Eucaristía en medio de los bautizados. Su presencia es testimonio permanente de la actitud de todo cristiano hacia la cumbre de los sacramentos.

La celebración de Corpus no puede ser algo aislado, una flor de un día. La adoración pública al Santísimo Sacramento surge y conduce a la participación en la misa y en ella culmina con la comunión eucarística. De este modo volvemos al inicio de esta serie de cuatro artículos. Mucho –o quizás no tanto– he escrito y, sin embargo, todo puede resumirse de este modo: la importancia fundamental de la Eucaristía en la edificación de una hermandad sana. Solo participando como comunidad de la vida ofrecida por el Señor en la Eucaristía, podremos reafirmar nuestros lazos fraternos y, así, desempeñar nuestra labor evangelizadora en medio de la sociedad, con nuestras procesiones y estaciones de penitencia llevando a Dios a través de la belleza, con todas nuestras actividades formativas que nos permiten crecer en la comprensión de nuestra fe, con nuestra preocupación activa por el bienestar de nuestros hermanos más desfavorecidos. Sirvan pues estas líneas para ayudarnos a construir una vida cofrade arraigada con firmeza en Cristo. Vale.


miércoles, 28 de junio de 2017

Javier Prieto

Altar instalado por las cofradías del Cristo de la Agonía y del Perdón en el Corpus Christi | Foto: agoniayperdon.com

28 de junio de 2017

El pasado domingo 17 de junio celebrábamos la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, el Corpus, y en estas semanas posteriores, parroquias, conventos y cofradías amplían la piedad eucarística con procesiones sacramentales. No cabe duda de que, en los últimos años ha crecido la implicación en esta tradicional manifestación pública de fe, en torno a la presencia real de Jesucristo en la eucaristía; mayor cuidado en las procesiones, aumento de la representación de las cofradías, erección de altares, adorno de edificios… en definitiva una mayor participación en el hecho puntual de la procesión. Esto es a todas luces loable y positivo, pero ¿es suficiente?

El incremento del compromiso con la fiesta del Corpus se ve en muchos lugares de España y en su mayoría las cofradías o el entorno de las mismas están teniendo mucho que ver. En ocasiones esta participación activa puede contrastar con el proceso de secularización que viven nuestras ciudades y especialmente la disminución de la participación en los cultos eucarísticos. Este contraste reclama de las cofradías la mayor implicación posible a lo largo del año, para que la participación en las celebraciones del Corpus se vea como la respuesta coherente a la fe vivida durante al año.

La eucaristía es el centro de la vida cristiana, en la que Cristo se hace verdaderamente presente para ser nuestro alimento diario, desde ahí nace nuestra devoción a Jesús-Eucaristía; desde esta experiencia se entiende la exaltación pública de la procesión del Corpus Christi. Por ello, los cofrades tenemos un reto permanente, sintiéndonos llamados a ser parte activa de la celebración del Corpus hemos de ser coherentes en el curso cofrade con nuestra vida de fe, y la participación en la misa durante el año, siendo miembros de la Iglesia que acercan al hombre de nuestro tiempo al misterio de amor que es la eucaristía.

Y en este campo, Salamanca –a través de Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades– es ejemplo con la celebración de la vigilia mensual de Oración Cofrade. Un tiempo en el que reunirse en torno al Señor Sacramentado para rezar, contemplar y "alimentarse". Desde esa vivencia de fe, diaria, real, íntima se entiende la participación externa en el Corpus. Que las cofradías seamos en el día a día caminos que acerquen a Dios, para dar luego testimonio público de nuestra fe.


jueves, 16 de junio de 2016

Daniel Cuesta SJ

Procesión del Corpus Christi en Toledo | Fotografía: Ana Pérez Herrera/ABC Toledo

16 de junio de 2016

Hace unos días celebrábamos la fiesta del Corpus Christi y reconozco que yo lo hacía un poco dividido. Un ojo lo tenía puesto en la celebración eucarística de la ciudad catalana en la que vivo, y con el otro tenía una visión panorámica que abarcaba las dos Castillas y Andalucía. Y aunque en los dos lugares los elementos celebrativos eran los mismos (puesto que el centro se encontraba en la Eucaristía y posterior procesión), lo cierto es que yo veía dos celebraciones del Corpus completamente diferentes, que en el fondo hablaban de dos modelos diversos de sociedad y de forma de vivir la fe.

En Cataluña, donde el proceso de secularización es mucho más fuerte que en el resto de España, la celebración a la que asistí tenía un carácter intimista y discreto. Aunque la fiesta del Corpus tuviera sus manifestaciones sociales y folclóricas en el centro de la ciudad, lo cierto es que la misa y posterior procesión eucarística se celebraron en los aledaños de la catedral; lejos del centro y pasando totalmente desapercibidas para el resto de los ciudadanos. Todo ello no quita para que fuera una celebración bonita, sentida y profunda. Pero en ella se respiraba un cierto aire de despedida de una fiesta de otra época, abocada progresivamente a la desaparición.

En las Castillas y Andalucía el ambiente era totalmente distinto. No hace falta hablar del esplendor del Corpus de ciudades como Toledo o Sevilla, porque en estos foros cofrades son conocidos, admirados y en cierto modo envidiados por todos. Por ello me centraré en nuestra Castilla y León, donde la celebración del Corpus, que parecía de alguna manera dormida, parece que se va despertando poco a poco y lentamente de su letargo.

Todos sabemos que el Corpus siempre ha sido una celebración "selecta" dentro de las cofradías. Y al decir selecta, me refiero a que no es una fiesta a la que acuda el grueso de los hermanos en masa, sino que es la celebración en la que participan los cofrades más cristianos, más practicantes y por supuesto también los más capillitas. Dichos hermanos, hasta hace poco participaban discretamente en las filas de la procesión, viendo como ésta iba poco a poco perdiendo el esplendor de épocas pasadas. Pero curiosamente desde hace pocos años estos mismos cofrades se han unido para tratar de revitalizar esta fiesta. En la mayoría de las localidades se han encontrado con un cabildo catedralicio que ha acogido bien estas propuestas y les ha dejado llevarlas adelante sin demasiados reparos. De este modo en Valladolid las cofradías han vuelto a levantar altares en el recorrido de la procesión, en Segovia se ha recuperado la presencia corporativa de las hermandades en el cortejo procesional y en Salamanca las cofradías han devuelto al Corpus sus altares y su música procesional.

Dos maneras de celebrar el Corpus que nos hablan de dos modelos de sociedad diferentes, que son las nuestras, con sus pros y sus contras, como todo en esta vida. Dos realidades que nos hablan de un fenómeno común como es el de la secularización de nuestra sociedad. La diferencia está en que en algunos lugares, donde este proceso prácticamente ha arrasado con la identidad pública del cristianismo, los seguidores de Jesús se van quedando poco a poco con una fe viva y comprometida, pero a veces demasiado íntima. Por otro lado, en otros sitios como puede ser nuestra tierra castellana, se da un fenómeno que no deja de ser curioso. Pues si bien la vivencia de la fe y su práctica van poco a poco bajando, la religiosidad popular cada vez encara con más fuerza un camino de subida. Esto nos lleva a contemplar por un lado actitudes bastante vacías y folclóricas a la hora de vivir celebraciones como la del Corpus, pero por otro todo este crecimiento de la religiosidad popular se convierte en un medio para que muchas personas conozcan a la persona más fascinante que ha existido nunca: Jesús de Nazaret.

Por ello creo que, ya que la mayoría de las personas que leerán estas líneas pertenecen al segundo modelo de secularización de la sociedad del que he hablado, los miembros de las hermandades y cofradías tenemos una responsabilidad grande en la tarea de la transmisión de la fe a las generaciones futuras. En primer lugar debemos tomarnos en serio lo que significa ser cristiano, a nivel de vivencia y práctica de la fe y también de compromiso con nuestros hermanos y nuestro mundo. Y en segundo lugar debemos saber aprovechar todos estos elementos con que la religiosidad popular envuelve, o más bien adorna, el centro de nuestra fe. De este modo éstos se convertirán en una puerta de la fe por la que muchos podrán entrar e ir conociendo poco a poco a Jesús: el único que puede hacernos plenamente felices.

jueves, 4 de junio de 2015

Tomás González Blázquez

Miembros de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz portan la Custodia | Fotografía: ssantasalamanca.com

04 de junio de 2015

El próximo domingo la ciudad de Salamanca celebra la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. Localidades de la diócesis como Vitigudino o Ledesma lo celebran hoy. También Toledo, Granada o Sevilla. Volveremos a leer o escuchar que pasándolo al domingo hace ya varios años, debido a la regulación de días no laborables, se faltó a una costumbre de siglos. La realidad es que, allí donde la tradición del Corpus se ha cuidado, se ha sabido adaptar a los tiempos y, con ello, mantener vigente, poco ha importado si se quedó en el jueves o pasó al domingo. Cuenta con el favor popular y eclesial. Brilla. Atrae. Subraya el centro de la fiesta: Dios Eucaristía. Reluce más que el sol en domingo o en jueves.

No es el caso de nuestra ciudad, que tuvo en el Corpus, sin duda alguna, su fiesta principal. La actual celebración diocesana, presidida por el obispo, no reúne a demasiados fieles, o no a tantos como sería deseable. El ya mermado presbiterio no da ejemplo a sus comunidades acudiendo en masa. La indicación pedagógica de suprimir los cultos a la hora de la Misa y la posterior procesión tampoco es debidamente atendida. Los niños y niñas de primera comunión, o no reciben la invitación diocesana a través de sus párrocos, o no son motivados para asistir. El desfile con el Santísimo Sacramento por las calles tiene un valor en sí mismo, es una bendición continua y una afirmación de la presencia real del Señor bajo la apariencia de pan, pero muchos convienen en que su desarrollo podría revisarse.

Recogiendo estas inquietudes, la Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades ha presentado un proyecto integral de mejoras para la celebración del Corpus Christi, respondido positivamente por el Cabildo Catedralicia hace apenas unos días, por lo que en los actos de este año simplemente se apuntarán algunas de esas novedades propuestas. Aguardan sobre el papel, comprometidas para el Corpus Christi 2016, sugerencias como el pregón eucarístico, un cartel anunciador, divulgación de la literatura o la música inspiradas en la Eucaristía, una vigilia diocesana unificada o la coordinación con Cáritas, que celebra el Día de Caridad. Serán visibles este año los altares a lo largo del recorrido, dedicados a los centenarios de Santa Teresa de Jesús y San Juan Bosco y al Año de la Vida Consagrada. Bien podrían hallar continuidad a cargo de cofradías, parroquias, colegios o movimientos, para próximas ocasiones. No como una carrera o un concurso, sino como un efímero retablo que vuelva diversas miradas de la fe hacia la Eucaristía.

El resultado de este incipiente proceso es aún incierto. Dependerá del interés de la Iglesia de Salamanca en sus numerosas personas e instituciones. Entre los cofrades, que desde hace algo más de una década han ido engrosando el cortejo procesional del Corpus hasta suponer el tramo más largo, se invocaba su reforma. Desde su ente diocesano, la Coordinadora, una realidad todavía pequeña pero con vocación integradora, se ha querido sugerir una posibilidad. La Catedral, que es madre, aunque, a decir de algunos, le sale mejor el papel de madrastra, parece ir poniendo de su parte. La Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, la Adoración Nocturna y otros movimientos eucarísticos, también están llamados a potenciar el cambio. Si se unen con decisión las parroquias y las comunidades religiosas, si se ve claro en este tiempo de Asamblea Diocesana que la Eucaristía cimenta toda renovación espiritual, tendremos un Corpus Christi cada vez más reluciente.


¿Qué buscas?

Twitter YouTube Facebook
Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión