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viernes, 13 de noviembre de 2020

sábado, 27 de junio de 2020

Xuasús González

Un hermano del Cristo del Amor y de la Paz alumbra con su farol | Foto: Pablo de la Peña

26 de junio de 2020

Hemos dejado atrás más de tres largos meses –exactamente han sido 99 días– de estado de alarma: desde un ya lejano 14 de marzo hasta que, por fin, el pasado domingo, 21 de junio, estrenábamos esta nueva etapa que se empeñan en llamar "nueva normalidad" –contradictio in terminis en toda regla, dicho sea de paso– que, de normalidad, desde luego, tiene bien poco… Mascarillas, geles hidroalcohólicos y otras medidas preventivas nos van a acompañar sabe Dios hasta cuándo… y nos deben servir, además, para tener bien claro que esto todavía no se ha acabado; que tenemos que seguir teniendo mucho cuidado…

La verdad es que le entran a uno sudores fríos solo echar la vista atrás y pensar en los miles de fallecidos y de infectados que ha causado la pandemia. Y también en el enorme trastorno económico que ha supuesto a todos los niveles… y lo que aún está por venir, que las expectativas de esta "nueva normalidad" no son para nada halagüeñas. Dicho en román paladino: mucha gente, no tardando, lo va a pasar francamente mal.

Y el mundo cofrade, ni que decir tiene, no se puede quedar de brazos cruzados. De hecho, hace ya tiempo que se ha puesto manos a la obra con distintas iniciativas llevadas a cabo para contribuir a paliar los efectos de la pandemia y echar una mano a quienes más lo necesitan; una llamada a la solidaridad que ha obtenido respuesta entre los cofrades: y, lo más importante, una ayuda –que, por pequeña que sea, es siempre bienvenida y nunca sobra– que ha llegado ya a sus destinatarios. Pero es necesario seguir insistiendo…

Y es que, también en lo cofrade, toca adaptarse a esa "nueva normalidad", aunque ni tan siquiera sepamos muy bien cómo va a evolucionar. Pero, desde luego, lo que sí parece fuera de toda duda es que la caridad va a ser fundamental. En realidad, lo es desde siempre: es uno de los tres grandes pilares, junto con cultos y formación, sobre los que se asientan las cofradías; y estas son conscientes y obran en consecuencia con distintas actuaciones a lo largo de todo el año, unas veces más visibles –como, por ejemplo, en Navidad– y otras más discretas. Y empezando por aquellos a los que tienen más cerca, sus propios hermanos que, con toda probabilidad, ahora lo van a necesitar más.

La covid-19 ha puesto todo patas arriba, trastocando por completo nuestra forma de entender la vida. Y la realidad que conocíamos ha cambiado –está cambiando– por completo. Y si la situación es diferente, huelga decir que también distinta ha de ser nuestra manera de proceder… que, por otra parte, antes de todo esto iba ya necesitando repensarse…


miércoles, 6 de mayo de 2020

Raúl Román

Un cofrade abraza a un devoto ante el paso de El Prendimiento | Fotografía: Pablo de la Peña

06 de mayo de 2020

El punto 8 del preámbulo de la Normativa diocesana de cofradías señala que "cada cofradía, con la orientación de su capellán o director espiritual, se planteará un programa pastoral asumible que atienda a la consecución de los fines de evangelización y formación cristiana de sus miembros contenidos en sus estatutos. Este programa se hallará en sintonía con las prioridades pastorales diocesanas y se integrará en el plan general de la parroquia o unidad pastoral en la que se encuentre establecida la cofradía".

La situación de la pandemia que se vive exige, también a las cofradías y a cada uno de sus miembros, adaptar de un modo muy sobresaliente la respuesta humana y cristiana durante la emergencia y posteriormente. El fin caritativo es muy amplio. El papel de las cofradías puede y debe hacer buena la previsión de que situaciones límite como esta de epidemia pueden sacar lo mejor de las personas, incluso en los escenarios más difíciles. Y ello deberá ir siendo objeto de discernimiento en el corto, medio y largo plazo.

Hemos visto una y otra vez que las personas son extraordinariamente resistentes, y que en el ámbito más cercano a las personas, a las comunidades y grupos locales, pueden mejorar las respuestas a las crisis cuando golpean. Los programas de recuperación funcionarán si se estimula el compromiso de los grupos y personas más cercanas.

Hay tres niveles de respuesta a esta grave situación del brote: cómo nos afecta física, mental y espiritualmente.

La respuesta física vino primero, y ahora todos estamos familiarizándonos sobre el autoaislamiento, el distanciamiento social y las pruebas.

El segundo efecto, en nuestras psiqués, se experimenta personalmente, pero solo con respuestas y consejos intermitentes. El virus hace que la necesidad de una respuesta positiva sea más urgente.

Pero es la tercera área, el efecto espiritual del brote, lo que se está descuidando, a pesar de que la presencia de la incertidumbre sobre el mañana, la enfermedad o la muerte, lo queramos o no, evoca preocupación por el estado de nuestras almas. El bienestar espiritual es ajeno a la vida cotidiana de muchas personas, y con el declive de la práctica religiosa, millones de personas experimentan un alma enferma, sin importar cómo quieras definirla: cansancio del corazón, temor existencial, un sentimiento de hundimiento, de que nada realmente importa, sin encontrar una salida.

A esto pueden y deben dar respuesta también las cofradías, en tanto en cuanto son referencia sólida en nuestro ámbito socio religioso.

¿Y cómo se puede efectuar esto? Hay actitudes, sencillas pero sólidas, que ayudan en esta acción. En primer lugar la escucha. No importa qué giro tome una crisis, uno de los regalos más duraderos y poderosos que una cofradía puede ofrecer es escuchar, atender, sanar. Al escuchar, se encarna el amor a lo sagrado, el amor a una comunidad más amplia, el amor a la vida misma. La escucha compasiva es exactamente lo que las personas necesitan cuando se enfrentan a las circunstancias abrumadoras e incontrolables de una crisis.

También es momento de hacer comunidad. El deseo humano de ser útil es increíblemente fuerte. Aunque una crisis puede hacer que algunas personas se retiren, también puede ser una oportunidad significativa para unirse y apoyarse mutuamente. Las cofradías tienen la oportunidad única de transmitir liderazgo e imaginación y así unir a las personas de manera organizada, solidaria y sostenible.

Otra faceta puede ser la ayuda a las personas a tener una visión a largo plazo. Puede ayudar a mantener un sentido de esperanza acerca de la presencia amorosa de Dios en nuestras vidas, incluso cuando las circunstancias amenazan atenuar nuestra esperanza.

También es esencial mantener los valores vivos. En este tiempo difícil, es tarea de las cofradías, con la referencia necesaria al Resucitado, a la Iglesia y a los sacramentos, hacer un llamamiento a las personas para que vivan su mejor sentido de cómo estar en el mundo. Esto no significa ser deshonesto sobre una crisis y sus amenazas. Significa que seguimos apoyándonos en la presencia sostenida de Dios, desde la oración, amando a nuestro prójimo y enfrentando la muerte con el mismo propósito y valores por los cuales enfrentamos la vida.

Y no podemos olvidar la versión moderna de las funciones fúnebres y caritativas de las cofradías: no tener miedo de hablar sobre la muerte. Es el momento de ayudar a las personas a llorar bien (antes, durante y después de las pérdidas), esto ayuda a vivir mejor en todos los ámbitos de la vida. Hacer espacio para hablar sobre la muerte significa expandir nuestras capacidades para vivir cada momento como un regalo.

Son pautas, reflexiones de este momento. Una readaptación de todos los planes. Es tentador creer en una crisis que debemos dar o hacer todo en este momento. Principalmente esto no es posible. A medida que este brote continúa desarrollándose, ojalá que se desplieguen en nuestras cofradías actuaciones en estos ámbitos, las cuales ayudarán sin duda a crecer a las personas y a mitigar los estragos en lo social y en lo económico.


lunes, 30 de diciembre de 2019

Xuasús González

Recogida de alimentos a cargo de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz en el Centro Comercial El Tormes

30 de diciembre de 2019

Son días estos en los que, se quiera o no, se acaba por perder el control. Entiéndalo cada lector como mejor considere: que si, con tantos días de fiesta, casi no sabe uno ni en cuál vive; que si no se hace más que comer –aunque siempre se pueda hacer un esfuerzo… en caso de necesidad, claro–; que si, sin habernos dado cuenta cuenta, hemos tomado un par de copas –o tres, o cuatro…– de más; que qué habrá pasado con la "extra", que ya "no está"…

Pero, con todo y con eso, la Navidad no deja de ser un tiempo "mágico" en el que, de alguna manera –y muy especialmente los más pequeños– estar más cerca de los sueños… Y en el que –no lo olvidemos– lo realmente importante para los cristianos es que celebramos el nacimiento de Jesús, el mismo al que, en poco más de tres meses, acompañaremos en su pasión y muerte, y cuya resurrección da sentido a nuestras vidas.

No obstante, no todo el mundo vive estas fiestas con la misma intensidad; eso también es cierto. Y no falta tampoco quien, simplemente, las sobrelleva como mejor puede esperando que llegue el bautismo del Señor –por eso de que pone el punto final al tiempo de Navidad–, que bien es sabido que no todos reciben igual cada época del año: recuerdo, sin ir más lejos, que hay quien "huye" de la Semana Santa… Pero hay mucho más que villancicos, luces de colores, papanoeles y turrones…; además, huele a incienso… y no solo porque en un abrir y cerrar de ojos nos plantemos en la cuaresma, que también…

Las navidades son fechas de ajetreo cofrade… Y es que, de una u otra manera, el mundo semanasantero se hace presente en estos días, ya sea colocando el belén, preparando la llegada de los Reyes Magos… o, sobre todo, metido de lleno en iniciativas solidarias. Los cofrades, ni que decir tiene, no damos la espalda –o, al menos, no deberíamos– a quienes más nos necesitan, a nuestro prójimo más cercano, ese que se encuentra en nuestro mismo entorno; y en esta época, en la que quizás la situación nos toque el corazón un poco más, con más motivo: no podemos mirar para otro lado.

Y, de hecho, no lo hacemos: recogidas de alimentos, conciertos solidarios…; aunque nada tiene de extraordinario, pues no se entiende una cofradía sin caridad, sin acción social. También –huelga decir que no solamente– en Navidad.

La cuestión es si todas estas iniciativas que llevamos a cabo las ponemos en marcha simplemente por inercia, por mera rutina –es Navidad, y "toca" hacer esto o lo otro– o si, por el contrario, estamos convencidos de la labor que desarrollamos. Tal vez si lo analizamos nos demos cuenta de que podemos dar una vuelta de tuerca más; que, además de lo habitual –que nadie está diciendo que se deje de organizar, quede claro–, se pueden también explorar otras ideas que se salgan de lo común y "encajen" en el contexto en que vivimos; es evidente que las necesidades de hoy en día no son las mismas que las de hace siglo y medio… y ni siquiera que las de un par de décadas atrás: la soledad –principalmente entre las personas mayores–, por poner un ejemplo, es una de esas cuestiones en las que quizá bien pudiéramos incidir un poco más. E, insisto, no solamente en tiempo de Navidad…

Ahora que el año 2019 está llegando a su fin, es este buen momento para hacer balance de lo que ha dado de sí; y también, naturalmente, para ir ya pensando en el próximo. Dicho queda…


lunes, 25 de noviembre de 2019

Ángel Benito

Las clarisas de las Úrsulas, en el claustro antes de su salida | Fotografía: Almeida

25 de noviembre de 2019

El anuncio de la salida de las Claras de un convento histórico se suma a los de las Úrsulas con cinco cierres en apenas dos años. El exobispo de Salamanca, Braulio Rodríguez, planteaba la iniciativa en que toda la comunidad parroquial se volcara en ayudar a las religiosas

En un goteo ininterrumpido, los conventos de clausura van echando el cierre en Salamanca. El primero en hacerlo fue el monasterio de las Bernardas; le siguieron las Esclavas del Santísimo Sacramento, las carmelitas de Ledesma, las clarisas de Ciudad Rodrigo y las Úrsulas y el último en anunciar que hace las maletas es el histórico convento de las Claras. El patrimonio material está asegurado gracias a un convenio pionero de la Fundación Edades del Hombre que garantiza la conservación del arte y sobre todo su puesta en valor. Buena noticia, sin duda.

Sin embargo, ¿qué hay del patrimonio humano? Ante la falta de vocaciones, la mayoría de conventos salmantinos se enfrentan a una media de edad elevada con unos gastos superiores a los que pueden asumir con las pensiones mínimas y los escasos ingresos que reciben por pastas y dulces, bordados, elaboración de formas, etcétera. Hay que recordar que al menos una decena de monasterios de clausura salmantinos requieren de la ayuda del Banco de Alimentos para comer. Resulta grave que una parte tan importante de la Iglesia, que mantiene perenne la oración en la clausura, tenga que hacerlo en una situación que requiera la ayuda de organizaciones externas fuera del ámbito católico para sobrevivir.

Por ello, quizás la propuesta que realizó el que fuera obispo de Salamanca, Braulio Rodríguez, pudiera también servir para nuestra diócesis. El ya prelado "en funciones", si se me permite al haber presentado la renuncia al Papa Francisco, planteó a la comunidad diocesana de Toledo la necesidad de que las comunidades parroquiales se volcaran con los monasterios de vida contemplativa ayudando a sus necesidades e implicando a los feligreses en la supervivencia con el proyecto de hermanamiento titulado En un solo corazón. En una carta enviada a la comunidad diocesana lamentaba que "hemos dejado los católicos de Toledo muy solas a las hermanas contemplativas, sin caer en la cuenta del valor que tiene en la Iglesia esa hermosa vocación eclesial". Tras la crítica llegaba la propuesta y pedía a las 273 parroquias "adoptar" a uno de los 37 monasterios de Toledo. Así, mostraba también su denuncia hacia los católicos que solo se preocupan del futuro de los bienes históricos sin pensar en el patrimonio humano que se pierde.

Quizás sería una buena oportunidad para abrir los ojos y tratar de implicar a las comunidades parroquiales también en Salamanca, e incluso a las cofradías, ligadas muchas de ellas a la ya antigua actividad monástica como se ha visto en Vera Cruz, Seráfica y Perdón, las Isabeles con el Cristo Yacente o la relación tan estrecha que unía a Jesús Flagelado con las Claras que ahora se trasladarán al monasterio del Corpus, o la reciente Hermandad Franciscana con las Franciscanas Descalzas. La diócesis debe buscar un medio de implicar a la comunidad católica en la protección de sus bienes más sagrados: el patrimonio humano. Incluso "adoptando" una monja.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Paulino Fernández

Las cofradías acentúan su labor caritativa en Navidad con iniciativas como chocolatadas solidarias | Foto: semanasantasa.com


18 de noviembre de 2019

Quienes me conocen saben que este artículo no era el que debería presentar a la revista en esta ocasión. Caprichoso y azaroso es el destino, que trastoca nuestros planes cuando menos lo esperamos. Cuando menos lo queremos. Quién sabe si el artículo original verá la luz alguna vez.

Por circunstancias para nada deseadas, ni deseables a nadie, estos días he tenido que salir de mi ámbito de desarrollo de fe primario, mi querida parroquia de toda la vida, para moverme por los mundos de la pastoral sanitaria. Grandísimos profesionales en el ámbito sanitario, y excepcional equipo de acompañamiento religioso en los centros hospitalarios de nuestra ciudad.

Conocer estos aspectos, sobre todo mediante las conversaciones que buscan evadirte un poco de los sucesos y trajines que se desenvuelven en un hospital, da lugar a descubrir una realidad a menudo abandonada, pero de capital importancia. Labor que, de forma magistral, los capellanes de tales lugares sacan adelante mediante la fuerza de la fe cuando las fuerzas físicas, la vis physica, parecen flaquear.

Y es que, como en tantos y tantos otros escenarios de nuestra diócesis, a menudo se necesitarían más manos; más obreros en aquellos lugares donde la mies es abundante en número o inquietudes.

El frío que entra por la ventana me devuelve, por un instante, a la realidad cotidiana del tiempo que transcurre fuera. Este frío, y las impostadas luces que jalonan las calles de nuestra ciudad, nos indican que, a marchas forzadas, nos acercamos –a más de un mes todavía– a la Navidad. Ese periodo que, de modo coloquial, me gusta llamar "la Semana Santa chica". Y no por cuestiones teológicas o metafísicas, qué va, sino por lo atareado de la vida cofrade. Ese momento por antonomasia en el que las hermandades "echan el resto" en cuanto a colaboración se refiere. Recogidas de alimentos, juguetes o dinero en actos de diversa índole pero que siempre buscan consolar al necesitado. Gesto loable donde lo haya.

Pero, sin embargo, las necesidades son infinitas en cuanto a tipos y especificaciones. Hay veces que esa carencia no se puede sentir colmada con un chocolate caliente, sino con el calor que da la conversación que se mantiene en torno a él. En otras ocasiones, se requiere un hombro amigo que se coloque a su lado en sus penurias y no uno que cargue grandes cajas de juguetes.

En estos tiempos en los que ser católico está tan mal visto en nuestro mundo, todos quienes así nos consideremos hemos de llevar nuestra creencia por bandera. Hemos de aumentar, o tratar de aumentar, nuestro compromiso de vida más allá de ciertas estaciones del año. En nuestra diócesis existen innumerables servicios y delegaciones, como la pastoral de la salud, que, a buen seguro, desean contar con los "talentos" que cada uno hemos recibido. Aprovechemos esta época de reestructuración normativa cofrade para lograr cambios más profundos en nuestras corporaciones y en nuestra vida de fe.


miércoles, 30 de octubre de 2019

Roberto Haro

Cruz con sudario del paso Camino al Calvario perteneciente a la Hermandad del Cristo del Perdón | Foto: Roberto Haro

30 de octubre de 2019

En estas fechas que se acercan a los pies de los primeros días de noviembre, me vienen a la memoria años de recuerdos y vivencias alrededor de esa fe que profesamos los cristianos cuando al sufrir ciertas enfermedades nos acordamos de lo frágiles y vulnerables que somos ante situaciones de debilidad y flaqueza. Seguro que en las diferentes misas de difuntos que celebrarán estos días las cofradías, hermandades o congregaciones podemos encontrar ejemplos de familias que se reúnen alrededor de esas imágenes veneradas para profesar dicha fe, esperando el consuelo y auxilio necesario.

La enfermedad y la muerte siempre han sido temas muy difíciles de compaginar y convivir en nuestra sociedad, debido al concepto que tenemos de ambas dentro de nuestra cultura. Y más aún cuando de la noche a la mañana, sin darse uno cuenta, ambas pueden estar ligadas a un destino incierto y desconocido que provocan tener un cierto miedo y desasosiego a morir, especialmente si se presenta una situación de delicada enfermedad que no se puede controlar.

La muerte es algo que siempre ha inquietado y preocupado al hombre desde la antigüedad. Existen multitud de creencias al respecto, a través de a las cuales se ha pretendido dar sentido tanto a nuestra existencia como al mismo hecho del propio fallecimiento.

Y es aquí donde históricamente fue desarrollada una faceta importante en la labor benéfico-social de las cofradías al asistir a su hermano en el momento crucial de la muerte. Una acción social convertida en tradición con el paso de los años en la que los mayores aprendieron ya desde niños a complementar el culto a las imágenes titulares de la cofradía, con las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestido al desnudo, visitar al enfermo y enterrar a los muertos. Una tradición repetida y conservada de generación en generación.

Quizá es una reminiscencia del pasado que, habiendo nacido en la Edad Media cuando los fieles se agrupaban para cubrir a la vez sus necesidades materiales y espirituales, hoy está prácticamente en desuso.

Además de esa asociación incluso gremial donde se ejercían trabajos en ayuda de la sociedad, se aprovechó esta vía para hacernos conscientes de esa debilidad humana a través de las innumerables obras escultóricas o pictóricas que las cofradías fueron introduciendo en sus procesiones con mayor o menor acierto. Muy característico fue, por ejemplo, la presencia de elementos figurativos que aparecen como fruto de la teatralidad del Barroco y de su intencionalidad de sorprender incluyendo figuras como el demonio o la muerte, aunque a veces en menoscabo del decoro.

Con la evolución social del último siglo, hoy en día esa forma de ayuda al necesitado que las cofradías realizaban en auxilio del finado queda relegada prácticamente al ámbito privado con el ofrecimiento de misas por el alma de los difuntos y son escasas ocasiones en las que las asociaciones se acercan veladamente a aquella primitiva tradición. Eso sí, actualizada a la época actual.

Por mera coincidencia del destino –quizá sea bendito destino– me topé recientemente con una de ellas, cuya labor es acompañar a niños enfermos de cáncer en hospitales para ayudar a sobrellevar mejor su enfermedad. En dicho contexto he tenido la ocasión de conocer a través del arte cinematográfico la labor que se llega a realizar: Camino y Maktub son dos películas "con alma de niño", reflejando la misma cruda y triste realidad con dos miradas diferentes.

En la primera de las obras se muestra el caso de cómo una niña pequeña y su familia, que son profundamente católicos practicantes, afrontan la enfermedad de esta donde se reflejan de forma muy clara los roles que cada uno de los miembros de su entorno desempeña a lo largo del proceso de debilidad. Siempre acompañados en su fe, que ayuda a reponer esa fuerza que parece desvanecerse día a día.

En la segunda película mencionada, un adolescente se enfrenta a la misma enfermedad con una enorme vitalidad, lleno de energía que, acompañado de su inseparable y alocada enfermera, va contagiando a todo su entorno con su forma de afrontar la vida cambiando la visión de sus familiares y amigos para afrontar el día después.

El conocimiento interno de esta acción social, cuando se tiene una situación similar cercana, dejó en mi espíritu un sentimiento de fragilidad en mi cuerpo: somos tremendamente vulnerables en cualquier momento.

Nunca había pensado en el cambio que puede dar la vida en un suspiro hasta que lo ves tan de cerca. Y, sin embargo, siempre ha estado ahí entre nosotros, en una constante presencia silenciosa a través de toda la historia en la que lo único que nos fortalece es la forma de afrontar la vida.

Esa forma de afrontar la vida en momentos crudos y difíciles que enseñan y actualizan la obra de caridad de las cofradías es la que hará que no tengamos miradas indiferentes y de indiferencia, concupiscentes, irrespetuosas.

Cuando se ve en la mirada de esos niños que en su juventud aprende a vivir, con la edad llegamos a comprenderla. La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero solo puede ser vivida mirando hacia adelante con alma de niño.

Bendita caridad.


lunes, 13 de mayo de 2019

Ángel Benito

Dos mujeres contemplan desde un balcón de la Prosperidad el paso del Cristo del Perdón | Foto: Manuel López Martín

13 de mayo de 2019

En un mundo donde la demagogia y la simplificación de la realidad cobra cada vez más protagonismo, los mensajes virales también pueden volverse añejos. En las puertas de un colegio, una amable mujer, abuela de alguno de los niños que va a recoger, sujeta en la mano un taco de folletos que va repartiendo con extrema diligencia entre los padres que lo recogen sin prestar atención a lo que contiene. Muestra una sonrisa al entregarlo. Él lo abre y asiente. Ellos lo comentan como un rumor. Y finalmente, una madre se indigna cuando lee la invitación. "Reunión. Motivo: RECHAZO A LA UBICACIÓN DEL PROYECTO HOMBRE EN LAS BERNARDAS". Así, en mayúsculas. Sin disimular. Solo un argumento: "Creemos que es importante que nuestro barrio se movilice en contra de dicha ubicación porque solo nos puede traer problemas dado que es un barrio con mucha gente joven". Y punto. Las jeringuillas en los parques lo dejaron para la reunión que era más comercial.

El encuentro es un nuevo despropósito. No es una reunión informativa. Solo vale el pensamiento dominante: ¿Cuando nos atraquen, quién nos va a defender? Se van a llenar de jeringuillas las calles, van a poner un centro de MENAS, se van a depreciar los pisos. Y así una larga hilera de perlas que, por difícil que parezca de procesar, calaron entre las cerca de 200 personas que asistieron, a excepción de una minoría a favor de la ubicación que fue acallada con insultos y a punto de ser expulsada de un centro municipal. No de la comunidad de propietarios. No del brasero del convocante. De un espacio que es de todos.

En el siglo XXI y en plena era de la información, parece mentira que cale una visión de la droga de los años 80 y un desconocimiento absoluto de la labor que realiza Proyecto Hombre en Salamanca. Ha cumplido quince años tras atender a cerca de 5.000 personas. PERSONAS. También yo utilizo las mayúsculas. Hay que recordar, y creo importante incidir, que en ninguno de los espacios donde está Proyecto Hombre ha habido incidentes con los vecinos, algunos de ellos céntricos como puede ser Capuchinos o el mismo Parque Fluvial. La movilización responde al desconocimiento y a otro drama de nuestro tiempo: no querer escuchar. De las 200 personas que había presentes en el aquelarre, nadie invitó a Proyecto Hombre. Primaba la idea preconcebida y los prejuicios. La doble visión: "Proyecto Hombre hace muy buena labor, pero mejor que esté lejos de mi casa y no lo vean mis hijos". No me estoy inventando nada. Los mismos hijos que son tratados por la heroína del siglo XXI a través del juego, la dependencia de los móviles, el hachís, la cocaína. ¿Quién estamos libres de caer en ello o que cualquiera de nuestro entorno cercano lo haga? ¿Quién piensa hoy en día que la persona con problemas de drogodependencias procede de una familia desestructurada? ¿Saben que habrá terapeutas, psicólogos, médicos, enfermeras en su interior? ¿Saben que no se puede acceder a Proyecto Hombre si se sigue consumiendo? ¿Saben que miran con escepticismo a Proyecto Hombre donde sus residentes no pueden pisar la calle pero pasan de largo de los "kioskos de la droga" que tienen de vecinos? Se mira con miedo a la persona que se quiere reinsertar en la sociedad. A esas alturas hemos llegado.

Quiero destacar en estas líneas el trabajo de la Hermandad Dominicana por ser el primero en la Semana Santa en visibilizar la labor de Proyecto Hombre. Primero, en el Vía Crucis de la Pasión. Posteriormente, en la procesión penitencial. Me consta que la Hermandad del Perdón ya ha mostrado su predisposición para extender esta colaboración. Echo de menos la movilización social contraria al grito desgarrador que nos pide volver a la Edad Media. Echo de más el silencio público cuando se amenaza con una manifestación el viernes previo a las elecciones bajo el lema de "En mi barrio no". Quiero pensar que la Teoría de la Espiral del Silencio que aprendimos en la facultad, a veces tiene aristas para mostrar que los lados más débiles resurgen para reivindicar una labor de recuperación mental, física y espiritual.

Confío. Y lo digo con sinceridad que no se imponga el pensamiento único. Si no miramos por ellos. Por nosotros. Habremos fracasado como sociedad. Y yo. Aún hoy, confío en El Perdón.


lunes, 4 de febrero de 2019

Tomás González Blázquez

Estación de la Hermandad del Vía Crucis en el Hospital de la Santísima Trinidad | Fotografía cedida por la cofradía

04 de febrero de 2019

La presencia de Jesús, una de las más entrañables y nítidas, en el dolor de los enfermos y en su necesidad de esperanza ha sido reconocida desde siempre por las cofradías. Se han sentido llamadas a su cuidado, a través de hospitales en sus primeros siglos de historia o de proyectos de asistencia y acompañamiento en la época actual, e incluso les ha parecido oportuno acercarse a ellos en las mismas procesiones de la Semana Santa. El dolor de Cristo, manifestado en tantas imágenes sagradas, o el de María, fiel reflejo de quien está junto al que padece, ha encontrado destino junto a los centros sanitarios. Una estación al lado de un hospital, una oración compartida en la puerta de una residencia de mayores o el simple transcurrir de los pasos bajo las ventanas de los enfermos, asomados quizá desde una silla de ruedas o arrastrando un palo de gotero, invitan a contemplar la Pasión desde el contacto con la enfermedad, la ancianidad, la soledad…

Existen casos paradigmáticos, como el traslado del Cautivo malagueño en la víspera del Domingo de Ramos a su paso por el Hospital Civil o la procesión de Penitencia y Caridad en el Jueves Santo de Valladolid. En Salamanca se conserva la visita de Jesús del Vía Crucis al Hospital de la Santísima Trinidad, en cuya capilla se venera la anterior imagen del titular de la hermandad. Quizá pudiera reconsiderarse la hora en que se produce este momento, sin duda valioso, de nuestra Semana Santa, de manera que responda mejor a su deseable carácter integrador de los enfermos. De los allí ingresados o residentes y de otros que pudieran unirse, como se unen las personas con movilidad reducida más fácilmente al besapiés de Jesús Rescatado, tras su descenso anual a la nave del templo, o se sienten parte del Domingo de Ramos, gracias a la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños, los más pequeños ingresados en el Hospital Clínico: les visitan para que no les falte su palma pese a no poder lucirla ese año en las calles. Esta tradición de proximidad de nuestras cofradías con los enfermos tiene su icono en el Cristo del Amparo, con hermandad propia de corta trayectoria fundada por sanitarios y puntual regreso a las andas con motivo del 75º aniversario de la Junta de Semana Santa. También ha tenido actividad recientemente un grupo constituido por jóvenes cofrades en el ámbito parroquial, creado en torno al hermoso crucificado de la iglesia del Carmen de Arriba.

El amparo que en Jesús, en su fe puesta a prueba por el dolor, han de hallar los enfermos, precisa de testigos de esa fe y de esa esperanza, expresadas en la obra de misericordia de visitar a los enfermos. A punto de celebrar un año más la Jornada Mundial del Enfermo, cada 11 de febrero en coincidencia con la memoria de Nuestra Señora de Lourdes, ayudan las palabras del mensaje del Papa Francisco para este día: "La gratuidad humana es la levadura de la acción de los voluntarios, que son tan importantes en el sector socio-sanitario y que viven de manera elocuente la espiritualidad del Buen Samaritano. Vuestros servicios de voluntariado en las estructuras sanitarias y a domicilio, que van desde la asistencia sanitaria hasta el apoyo espiritual, son muy importantes. De ellos se benefician muchas personas enfermas, solas, ancianas, con fragilidades psíquicas y de movilidad. Os exhorto a seguir siendo un signo de la presencia de la Iglesia en el mundo secularizado. El voluntario es un amigo desinteresado con quien se puede compartir pensamientos y emociones; a través de la escucha, es capaz de crear las condiciones para que el enfermo, de objeto pasivo de cuidados, se convierta en un sujeto activo y protagonista de una relación de reciprocidad, que recupere la esperanza, y mejor dispuesto para aceptar las terapias. El voluntariado comunica valores, comportamientos y estilos de vida que tienen en su centro el fermento de la donación. Así es como se realiza también la humanización de los cuidados". ¿No sentirán esta llamada a cooperar como voluntarios en hospitales, en residencias, en los propios domicilios de los enfermos, muchos de ellos ancianos o en situaciones de soledad, bastantes cofrades salmantinos? Posiblemente no la han sentido nunca porque nadie se la ha propuesto o no la han llegado a responder porque nadie les ha dicho cómo. A buen seguro, muchos podrían ser estupendos voluntarios en este sector socio-sanitario (algunos ya lo son), y nada mejor que comenzar por esa costumbre tan propia y quizá tan perdida de visitar a nuestros hermanos cofrades enfermos y ancianos. Siempre con el respeto, la medida y la naturalidad que esto requiere.

Por último, y cuando es un clamor en la ciudad el anhelo de contar con un nuevo complejo hospitalario a la altura que Salamanca merece, después de tan largas obras, además de la conservación del viacrucis de Genaro de Nó, ya suplicada en este espacio, me atrevo a proponer la participación de las cofradías en la capilla del nuevo hospital. Sí, quizá sea un espacio multiconfesional, pero eso no debería impedir la presencia de la simbología cristiana, que tanto consuelo ofrecerá a muchos de los que allí reciban quizá una mala noticia, un diagnóstico adverso, la muerte de un ser querido… y tanta alegría inspirará a los que quieran dar gracias por la salud recobrada o por el nacimiento de un nuevo miembro de la familia. Alguna de nuestras imágenes procesionales bien podría ser de apoyo para la oración en esas horas de hospital tan largas y a menudo tan inciertas. Pienso ahora en la de Nuestra Señora de la Alegría, depositaria de la noticia de la Resurrección y gozosa portadora de la vida plena de Cristo, que abraza en su propio lecho a cada uno de nuestros enfermos.


viernes, 4 de mayo de 2018

viernes, 22 de diciembre de 2017

Félix Torres

Fotografía: Pablo de la Peña
22 de diciembre de 2017

Desde aquel momento anduve perdido por las calles, con las manos en los bolsillos intentando mitigar el frío de la persistente helada heredada de la noche. Sonaban melodías navideñas saliendo de incongruentes altavoces repartidos a trechos. Villancicos de voces infantiles que atravesaban mis oídos sin apenas hacer mella en ellos. Distraído, veía escaparates sin mirar mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido.

Acababa de ocurrir, pero no parecía la primera vez y era como si fuese solo una rememoración de un pasado lejano. Delante de mí, tanto que casi no pude apartarme, un hombre cargado con una pesada mochila, andrajos y suciedad, se había desplomado golpeando secamente contra el húmedo adoquinado. Apenas hizo ruido. Apenas era una mancha, casi invisible, en la mugrienta acera. Por su aspecto, delatado por las marcas sanguinolentas de su rostro, se veía que no era la primera de sus caídas.

Ahí estaba. El dolor marcaba su semblante. Un dolor sordo al que parecía haberse acostumbrado, que se reflejaba en lo que aún era una sonrisa en sus labios. Un dolor que iba mucho más adentro de lo que su cuerpo mostraba y que parecía saliéndole del alma.

La gente comenzó a arremolinarse a su alrededor. Comentaban y criticaban al unísono.

- ¡Qué vergüenza! ¡Menuda imagen para nuestros niños! ¡A esta gente habría que recluirla en estas fechas! ¡La culpa es de la droga, que los convierte en peleles! ¡Le está bien empleado; seguro que no tramaba nada bueno!-

Así, unos y otros con tono cada vez más elevado, juzgando y sentenciando, mientras él permanecía caído, intentando incorporarse sin conseguirlo. Se veía mermado de fuerzas, el bulto de su espalda le empujaba contra los adoquines y, aun así, se esforzaba por incorporarse con una dignidad que hacía tiempo parecía haberle abandonado. Nadie, ninguno de los que estábamos allí, hacíamos intención por ayudarle en su vano intento por levantarse. Unos miraban, otros se reían y los más criticaban en corrillo, pero nadie hacía ademán de echar una mano.

El grupo iba en aumento y los murmullos se hacían voluminosos. Una pareja de guardias urbanos que cumplía con su ronda protectora se acercó al tumulto con intención de poner orden. El hombre aún seguía en su empeño y, al ver que apenas conseguía moverse, uno de los guardias me señaló con autoridad y me pidió, casi ordenándomelo, que ayudase al vagabundo a incorporarse, que tomase su mochila para que él estuviese más holgado y que le acompañase mientras esperábamos la llegada de atención sanitaria.

Cargado de escrúpulos y bajo la mirada imperativa del agente, hice lo que me ordenaba. Le quité el pesado bulto de la espalda y agarré al hombre por la mugre de sus axilas para que pudiera sentarse. Su rostro que, a pesar de la mezcla de suciedad y cuajarones sanguinolentos, se veía doloridamente sereno, me miró agradecido. -¡Qué asco!- pensé mientras apoyaba su espalda contra una pared y sujetaba su bolsón repleto seguramente de morralla. Yo tenía que estar ahora comprando esa bolsa llena de productos básicos no perecederos con los que aliviaría a los pobres de la parroquia y, sin embargo, ahí estaba, perdiendo el tiempo con un sucio indigente al que, así me decía, el alcohol había llevado a este extremo. Yo tenía que estar ahora visitando el belén que montamos cada año en el hospicio local para ver la cara sonriente de los niños pobres y, sin embargo, ahí estaba, deseando que la situación se solucionase con diligencia para no tener que soportar un momento más a ese desahuciado que sabe dios qué podría contagiarme. Yo tenía que estar llegando a casa, al calor hogareño, para sentirme satisfecho por haberme puesto el mandil para servir la comida navideña de los marginados y, sin embargo, ahí estaba, despotricando para mis adentros por haber sido seleccionado para hacer del de Cirene con ese despojo humano…  Simón de Cirene. ¡El cirineo!

Se me revolvieron las entrañas. Blanco como el papel, exangüe y afligido como nunca me había sentido, me alejé de allí en cuanto pude sin oír ruido ni sentir presencias.

Desde aquel momento anduve perdido por las calles mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido. ¿¡Cómo he llegado a hacer esto posible!?


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Félix Torres


29 de noviembre de 2017

Todavía no se han marchitado las flores con las que recordamos a nuestros difuntos y, sin solución de continuidad, se nos abren las puertas más solidarias del corazón cofrade. El olor a navidad comienza cada vez antes y aparece en nuestras cofradías, como cada año, la tradicional Operación Kilo.

A lo largo de los días más inmediatos a las fiestas navideñas –en una inmediatez que se dilata hasta los primeros días otoñales–, no creo que exista cofradía o hermandad en la que por estas fechas no se programe una acción solidaria para con los más necesitados. Recogidas de alimentos, de juguetes, de ropa, chocolatadas y comidas, conciertos solidarios,... cada cual aportando según sus habilidades por la mejor de las causas: ayudar a nuestros semejantes. Loabilísimas acciones que contribuyen a paliar escaseces, aunque sea de modo puntual y transitorio, y que sirven también para rellenar ese hueco, a veces problemático, de ejercer la caridad cumpliendo con los mandatos de la mayoría de nuestros estatutos y reglamentos cofrades.

Salimos a la calle y damos la cara por nuestros semejantes. Recaudamos cuanto podemos y lo dejamos en manos de quienes sabrán qué hacer con ello de manera adecuada. ¿Qué mejor forma de celebrar la Natividad que compartiendo con quienes carecen de lo imprescindible? Magnífica labor de cofrades comprometidos. Pero,... ¿es esto todo? ¿Aliviamos con este detalle de humanidad las necesidades de todas esas personas desconocidas? ¿Se podría hacer más y mejor? Seguro que sí.

Cierto es que un plato caliente sobre la mesa (en cualquier día del año, no solo en estas fechas) debería ser algo habitual para todos y que nuestra colaboración contribuye a que sea posible. Pero, hay otras muchas necesidades en otros muchos días del año que no se ven cubiertas porque desgraciadamente nuestra caridad es temporal y, además, muchos no sabríamos siquiera cómo intentar paliarlas. Porque, además, tras las festividades navideñas nuestro pensamiento pasa a centrarse en lo que para todos nosotros es fundamental y arrinconamos esas acciones caritativas para mejores momentos (que en la mayoría de los casos serán las siguientes navidades). Olvidamos que esos kilos de legumbre y arroz, litros de leche y aceite, galletas o bolsas de pañales infantiles se agotan mucho antes de lo que marca su fecha de caducidad y que la necesidad continúa mucho más allá. Olvidamos que quienes están solos en Navidad, necesitados de compañía tanto como de alimento, van a seguir, aún más solos si cabe, necesitando esa caricia amiga todos los días del año. Olvidamos que quienes padecen sufrimiento agradecerán las palabras de aliento en cualquier momento. Pero, sin embargo, centramos nuestra caridad en estos días prenavideños y dejamos al descubierto el resto.

¿No sería posible coordinar acciones y esfuerzos para proyectar esta solidaridad a lo largo de todo el año? ¿No podría la Junta de Semana Santa servir de vehículo para canalizar estos esfuerzos organizadamente y así obtener mejores frutos?

Somos suficientes cofradías y cofrades como para, hermanados en todo momento, mantener el ejercicio de la caridad a lo largo de todo el año, de todos los años, añadiendo a todos esos kilos solidarios tan necesarios que recogemos con las mejores de nuestras intenciones, otros gestos de los que también están necesitados quienes nos rodean. Así como en su día nuestra Semana Santa pudo presumir de contar con un hospital en el que se atendió a cientos de desheredados, hoy podríamos retomar aquel espíritu y hacer de nuestras cofradías y hermandades elementos de caridad con los que cumplir objetivos que harían, además, que la sociedad nos reconociese y valorase más allá de nuestras procesiones y actos penitenciales.

Invertir tiempo, esfuerzos y, por supuesto, dinero en dar a quienes lo demanden aquello que necesitan con auténtico espíritu cofrade. Escuela de adultos, centro de atención infantil, acompañamiento organizado de necesitados, asesoramiento en diversidad de temas y cuestiones, asistencia a ancianos, compañía a personas en soledad o cuidado de enfermos, todo con organización y "profesionalidad", y... por supuesto, operaciones kilo; cuantas operaciones kilo sean necesarias.

Somos muchos y muchos excelentemente preparados para sacar adelante esas tareas que cubrirían aquellas necesidades. Solo es necesario ceder parte de nuestro tiempo y conocimientos, alguien que coordine y canalice adecuadamente los recursos y, sobre todo, hacer de nuestras cofradías y hermandades un solo cuerpo para actuar solidariamente.

¿Parece difícil? Yo creo que no. Solo habría que intentarlo.


viernes, 27 de octubre de 2017

Fructuoso Mangas

El evangelista san Marcos, en el paso de Jesús amigo de los Niños. Al fondo, los Dominicos | Foto: Pablo de la Peña

27 de octubre de 2017

A finales de septiembre se celebró en Jumilla el XXX Encuentro Nacional de Cofradías  en el que se abordaron sobre todo tres temas: la formación del cofrade, la dimensión social de las cofradías y la profesión de la fe. No sé si entre los 350 cofrades asistentes habría alguno de Salamanca que pudiera ampliarnos la información sobre el Encuentro. De todas formas me atrevo a subrayar los tres temas elegidos, porque los tres me parecen de especial actualidad.

La formación es hoy absolutamente necesaria para un cofrade consciente y motivado; en estos tiempos no es suficiente una pertenencia espontánea y casi instintiva; es necesaria una base de conocimientos y condiciones, sin especial complejidad por supuesto, que dé razón si hiciera falta de la condición cofrade. Y esto tanto ante sí mismo, especialmente en momentos de baja motivación o de tentación de abandono, como ante los demás que puedan poner en duda el valor humano o cristiano de la pertenencia a una cofradía en el siglo XXI.

Hace años esto no era tan importante, se actuaba con ideas más prestadas y más simples que las que ahora se necesitan, por eso es más importante la formación en contenidos, motivaciones, objetivos, compromisos y sentido. Don Florentino Gutiérrez lleva años y años, soy testigo directo de ello, en este intento, con resultados más bien escasos, muy escasos añadiría yo. Es una lástima, porque la necesidad es grande, hay oportunidades a la medida y sin embargo apenas si se aprovechan.

No pocos de los problemas que hoy padecen las cofradías salmantinas, que son las que conozco, vienen provocados o consentidos o sin solución año tras año, por falta de un perfil de cofrade más reflexivo, mejor equipado ideológicamente y más motivado desde instancias cristianas. Y creo sinceramente que esto será mucho más necesario en cuanto pasen unos años y se asienten los cambios sociales que ya están ahí y se confirmen los nuevos hábitos religiosos y las nuevas pertenencias grupales.

Y esto no es labor de cada cofradía, aunque en pequeña parte, pero importante, también lo es; es responsabilidad y labor de la Diócesis y de la Junta. No estoy al tanto de todas las circunstancias y no sé qué habría que hacer para cambiar actitudes y prioridades de cofradías y cofrades, pero está meridianamente claro que hay que cambiar y buscar los modos y medios adecuados para ello. Y mejor hoy que mañana.

La dimensión social en sus cien formas posibles ha estado siempre presente en las cofradías y de hecho fue una de las causas primeras de su nacimiento, cuando algunas necesidades elementales no estaban cubiertas, como el entierro en lugar sagrado, la supervivencia en caso de necesidad o de pobreza, la asistencia en la enfermedad, la acogida en la soledad de la vejez, etc. Grupos de cristianos se unieron, muchas veces por propia iniciativa, para responder a esos problemas comunes con soluciones aportadas por todos y a ese acuerdo de hermanos se le llamó con toda razón cofradía, es decir una cooperación fraterna para solucionar entre todos los problemas de cada uno. En este caso desde el campo de la práctica religiosa; por eso se acogieron a iglesias y ermitas y se convocaron alrededor de una imagen que les daba lugar e identidad.

Hoy día esos antiguos fines sociales están cubiertos, aunque alguna que otra vez también se den hoy en alguna cofradía; por eso las cofradías, para ser fieles a sus orígenes y mantener sus prioridades auténticas deben buscar también caminos actuales de fraternidad y de solidaridad, normalmente hacia fuera, tanto cerca como lejos.

En esto me atrevo a opinar, pidiendo mil perdones si soy injusto, que los caminos que hoy siguen las cofradías son un poco pobres y a veces hasta discutibles, por elegir unos modos de ayuda y de socorro que en buena labor social parece que deberían estar superados. Parecen, en muchos casos, más de antigua beneficiencia, que de verdadera intervención social, hasta el punto de que algunas de esas actividades producen a veces sonrojo en no pocos de los que las ven o las reciben. En esto habría que hilar fino con especial sensibilidad y con los asesoramientos adecuados, sin olvidar la extraña distancia que a veces se da entre gastos de ostentación en imágenes, mantos y carrozas y lo que luego se comparte con el mundo de la pobreza de cerca o del hambre de lejos.

Y finalmente, según el programa del Encuentro de Jumilla, la profesión de fe. Estamos todos de acuerdo que este elemento es esencial en la vida y en la razón de toda cofradía religiosa, casi más si cabe si se trata de una cofradía de Semana Santa, por estar dedicada a los Misterios más grandes y vivos de nuestra fe cristiana. En esto, como en casi todo por cierto, sólo Dios puede juzgar el interior y la vida de cada cofrade. Por supuesto, cada persona tiene una dignidad y una dimensión interior que son sagradas. Esto lo damos por supuesto y con todo el respeto del mundo en toda esta reflexión, pero más todavía en este apartado.

Y hay que decir de entrada que las cofradías, me atrevo a decir que en su totalidad, son expresión de fe, tanto individual como colectiva, con las virtudes y rebajas que caben en cada una de las dos modalidades de experiencia cristiana, la particular y la comunitaria. Basta una mirada de respeto y de objetividad para comprobarlo. Y hay que afirmar bien en alto que esa confesión pública de fe, desde la conciencia y desde la cofradía, es el mayor tesoro y la justificación real de una cofradía de Semana Santa. Sin ella debería disolverse y con ella adquiere una prestancia y una dignidad muy alta dentro de la Iglesia, con la humildad y la riqueza que cada una en cada caso lleva.

Pero también hay que decir que, a poco que se mire y se juzgue aunque sea con mucha benevolencia como debe ser, el déficit cristiano, tanto personal como eclesial, es demasiado alto; y tanto a nivel de cada cofrade –convicciones, adhesiones, modos de vida, prácticas cristianas, etc.– como de cada cofradía en sus preocupaciones y dedicaciones para acompañar, iluminar, facilitar y exigir unos niveles de experiencia cristiana y de pertenencia eclesial que justifiquen la condición de cofrade cristiano.

En estos tres campos tienen las cofradías parte del camino andado, aunque con notables diferencias entre ellas, pero en todo caso ahí, en las tres direcciones, queda mucho camino que andar. Y es responsabilidad de la diócesis, de la Junta de los presidentes y de cada cofrade.


viernes, 16 de junio de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Cartel en la ciudad de Belén | Foto: JMFC

16 de junio de 2017

Tierra Santa acoge la historia que sobre su piel nos espera para rozarnos el alma con la voz del interior que crece en sus surcos. La vivencia allí fortalece el fruto del interior que sostiene en lo más dentro del espíritu cristiano lo que somos.

Pero aquella bendita tierra expande con sus labios sagrados, más allá de las huellas santas, el grito desolador de los hermanos que comparten con nosotros el ADN de la salvación que bautiza al hombre, bajo la sombra de la cruz, con la bendita sangre de Cristo.

No escuchar ese sobresalto que taladra el mundo pidiendo auxilio es obviar lo que ocurre en estos momentos en la Tierra de Jesús el Nazareno. Quedarse solo con la experiencia interior, que allí nutre con suma facilidad cualquier expectativa, es no entender el grito desgarrador que brota reivindicando nuestra ayuda.

El experto mensaje franciscano, con diáfana claridad, nos ha hecho ver que debemos mirar con los ojos del corazón hacia aquellos lugares que custodian, en la tierra del Señor, con tanto celo desde hace siglos. Porque allí el pueblo de Cristo está a punto de desaparecer del paisaje santo, mientras nosotros no caemos en la cuenta de que somos desorientados cómplices de tan demencial desastre.

¿Podemos permitirnos el lujo de este desamparo que deja en soledad a quienes allí viven dando testimonio de nuestra fe?

En estos momentos las cifras de la población cristiana se sitúan en torno a un paupérrimo 1,8%, cuando no hace tanto tiempo superaban el 20%. Este porcentaje desolador nos lo facilitaba fray Artemio, un fraile palentino que lleva toda la vida vinculado a la misión de Tierra Santa. No hay trampa, ni es una mera anécdota la durísima afirmación de que los cristianos pueden desaparecer de Tierra Santa no tardando mucho.

Solo el desconocimiento de lo que allí ocurre posibilita este desencuentro con la obligación que tenemos de mantener nuestra heredad en aquella tierra, con algo más que esos sentimientos que nos tocan con desbordante emoción las alcobas del alma. Hacen falta medios económicos que solo pueden salir de la caridad cristiana de otras partes del mundo.

En nuestro corazón cofrade y franciscano siguen resonando las palabras del Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, cuando ratificaba sus muestras de cariño hacia nosotros, pidiéndonos que sigamos firmes en nuestro empeño de cercanía con los cristianos de Tierra Santa, a través de la Hermandad Franciscana, que nació en Salamanca para llevar a cabo tan importante fin. El padre Francesco, conmovido, nos habló de la catástrofe que sufre Siria, donde la Custodia Franciscana sigue, de forma ejemplar, dando cuanto tiene por medio de sus misioneros.

Fray Romualdo volvía a aparecer en el recuerdo con sus inolvidables palabras: "Los franciscanos nunca abandonaremos Siria, porque Siria es nuestra tierra".

En este contacto tan próximo con los franciscanos, hemos podido dar con una de las claves que puede paliar el abandono masivo de los cristianos de aquella zona tan conflictiva del mundo. Es imprescindible peregrinar a Tierra Santa, para que la presencia continua sobre aquellas históricas poblaciones regenere, por medio de nuestra aportación económica, la esperanza en los hermanos de fe que allí nos esperan con los brazos abiertos.

No debemos olvidar que la artesanía cristiana sostiene a muchas familias. Sin ese medio de subsistencia nuestra gente puede quedar atrapada en los cercos ignominiosos de los muros que como una cuerda ahogan cualquier proyecto ilusionante de vida.

Pero mientras preparamos esa peregrinación que puede cambiarnos la vida en el terreno personal, suscribámonos a la revista Tierra Santa. Una revista que, en manos de expertos colaboradores,  se configura como una de las publicaciones religiosas más importantes que se distribuyen por todo el mundo. El donativo como esencia de caridad cristiana, que sea por otro lado el abrazo de proximidad que nos introduzca en las frecuencias del amor, al que estamos comprometidos, simplemente por ser cristianos.

***

La barcaza en el medio del Mar de Galilea recibía los chasquidos del agua como susurros, que dentro del corazón nos hacían presumir que Jesús el Nazareno nos decía: "Deja cuanto tienes y ven"...


viernes, 16 de diciembre de 2016

J. M. Ferreira Cunquero

Varios vecinos de un barrio del este de Alepo transitan por una calle devastada | Fotografía: Efe

16 de diciembre de 2016

Cuando a este izquierdismo memo que, moviéndose como cutre casta entre moquetas de salón y pedigrí, le falta la coral de grises saliendo de las lecheras, pues hay que inventarse (no les queda más remedio) al enemigo, para seguir arreando por los parajes del poder al asno más populista de los asnos.

Fíjate tú qué disgusto tenemos quienes llenamos las calles esperando ver y vivir la Semana Santa procesional, porque la vocera de turno amenaza con encerrarse en casita, no vaya a cogerse alguno de esos virus cristiano costumbristas que moran desde hace más de dos mil años en las vísceras del pueblo.

La verdad es que debe mortificar lo suyo ver a esas muchedumbres una y otra vez llenando las calles con ansias de ver procesiones, mientras en los púlpitos vacíos de los apoyos cacarean las huestes del antitodo.

Estos políticos del tralará que preconizan la rigidez de unos ideales uniformados y precocinados en sus querencias, puede lograr - fíjate tú- y no tardando mucho, que algún día la plebe semanasantera, ponga las cosas en su sitio a través del gesto democrático que mueve el tinglado a través de las urnas.
No es difícil pensar qué podría ocurrir si 8.000 votos cofrades van a una candidatura montada para tal fin. Menos difícil es suponer qué ocurriría si se unen familiares, amigos y una parte, solo una parte, de la concurrencia que llena las calles en Semana Santa con ansias de ver lo que aquí sucede (¡a ver si se enteran!) desde hace más de 500 años. Sería, lo doy por seguro, una buena lección para estos ediles que, acabando de llegar, creen que han inventado el tocadiscos.

Pero como no es solo la Semana Santa procesional la que entra en los objetivos pueriles de estos mendas, la Navidad, hay que darlo por seguro, ha de volver a sus largos y profundos insomnios, en forma de pataleta retortijona.

Lo importante es que debemos congratularnos de que, con motivo de la Navidad, muchas cofradías y hermandades miran hacia quienes tienen montadas, en el belén de sus desdichas, la miseria o la soledad que se ciñe a sus frágiles cinturas como una aguda patología de este tiempo.

Claro que seguramente es más, mucho más lo que puede y debe hacerse desde la condición cristiana que obliga a compartir ternura y cercanía. Mucho más si el que viene llega para meter el dedo en la profunda llaga del corazón cristiano.

Pero pese a todas nuestras carencias en ese compromiso cofradiero que nos obliga a ser y a compartir, ahí están los gestos que me enorgullecen de pertenecer a este mundo de la tradición semanasantera, cuando en estos días, por toda España miles de jóvenes hermanos recogen alimentos o juguetes para los niños de las familias que soportan en sus hogares la tragedia inverosímil de ser pobres en este tiempo del gran consumo y de las inútiles grandilocuencias.

Pero al mismo tiempo es Navidad en Siria, donde la Tierra más Santa de toda la tierra acoge al Niño que nace cada día en el dolor del hombre o en la mirada perdida de los niños que maduran entre escombros el sabor del sufrimiento.

Navidad en esa Iglesia copta, donde el fanatismo acaba de hincar en lo más profundo del alma cristiana el odio como cuchillo hiriente que derrama de nuevo sangre inocente. Navidad en los suburbios del mundo, donde el Niño acoge en su corazón misericordioso al hombre que ha perdido su dignidad y al que sufre la explotación miserable de los trajeados gerifaltes que mueven los grandes mercados de heladuras y miserias.

La pregunta vuelve a izarse como una interrogación de misterio en el pecho más oscuro de la noche: ¿Qué podemos hacer?

Y otros ecos interrogan sobre el cobarde silencio de la Europa institucional cuando, quienes por compartir nuestra fe, son arrojados a los leones del odio en el circo fanático de este tiempo.

¿No será hora ya de preguntarnos si la mirada cofrade debe clavarse con más compromiso en quienes, por defender nuestra fe, caen en la trampa del delirio religioso?

Pero es Navidad y, pese a todo, ese Niño nos obliga al arrimón fraternal que nos empuja simplemente a caer en la cuenta de que algo más hemos de hacer…

Solo me queda, amigo lector, desearte una feliz Navidad junto a los tuyos y todo lo mejor para el año que llama ya con insistencia en el portón de la esperanza.

…Mi nacimiento tiene caminos
nevadas montañas de harina,
un prao con verdes musgos que brillan
cobijando la sombra de un pino.
… Cuatro zagales y dos zagalas
van caminando helados de frío
a ver a Jesús, el Hijo de Dios,
que en un rincón de mi casa ha nacido.

Fragmento de Mi nacimiento, 1983


lunes, 14 de noviembre de 2016

Fructuoso Mangas

Detalle de las manos de Nuestro Padre Jesús Divino Redentor Rescatado | Fotografía: Pablo de la Peña

14 de noviembre de 2016

Algo de historia

La comunidad de cristianos, la Iglesia, es una realidad viva y por eso durante siglos han nacido muchos modos y espacios para vivir la fe según los tiempos y necesidades. Y así a lo largo de dos mil años han aparecido grupos, y muchos han desaparecido cuando dejaron de ser necesarios, que de formas muy distintas buscaban una mayor fidelidad en la fe y una facilidad mayor para vivirla. Y así nacieron multitud de movimientos, comunidades, a veces sectas, agrupaciones, asociaciones de fieles cristianos que se unían para ayudarse como hermanos que caminan juntos en los pasos de la vida y de la fe.

Y así surgieron realidades eclesiales, tan distintas en modos y en alcance, desde la comunidad de Antioquía congregada por Tito o la de Corinto de Pablo en el s. I o los conventos del desierto del s. II o los miles de agrupaciones de todo tipo, clase y condición y las docenas de órdenes religiosas nacidas a lo largo de los siglos hasta Comunión y Liberación o el Opus o la Comunidad de San Egidio o las Conferencias de San Vicente o los Cursillos de Cristiandad o el Camino neocatecumenal o la Acción Católica y Manos Unidas ya en el siglo XX.  Es lo que constataba el autor de la Primera Carta de Pedro: "Así también vosotros, como piedras vivas, os erigís como casa espiritual para vivir la fe" I Pe 2, 4.

Pues eso cada cofradía es, o debe ser ante todo, casa espiritual construida con las piedras vivas de los hermanos para vivir juntos los pasos de la vida, compartir la caridad y celebrar la fe. Y todo esto entre la fidelidad a un origen y a un "carisma", a un perfil, y la renovación que siempre exigirán una Iglesia viva y unos tiempos nuevos. Así nacieron también las cofradías en los siglos XI y XII y con ese espíritu, mejor o peor mantenido según tiempos y lugares, han seguido hasta hoy. Y casi siempre con alguna o algunas de estas tres solidaridades que dan título a esta reflexión.

Tres espacios de solidaridad

Me atrevo a decir, sin más pormenores de investigación, que las cofradías nacieron en España hace siglos ante tres necesidades de arropamiento que la gente sentía en tiempos de mucha desnudez y necesidad.

Por un lado las necesidades materiales. Y la cofradía nace como un "sindicato" (en la Grecia antigua los síndicos eran los "protectores" de los ciudadanos) de protección ante la intemperie de la vida en una población de mucha miseria, de mal presente y peor futuro. Por eso se asociaban en hermandades y cofradías, arropadas por la Iglesia y sus instituciones, para ayudarse mutuamente en necesidades puntuales y muy variadas que incorporaban en sus estatutos: el alimento necesario, la escuela para los niños, talleres para las niñas, carbón para el invierno, atención especial a viudas y huérfanos de los cofrades, defensa ante la rapacidad de nobles o caprichos de clérigos, afirmación gremial en defensa de derechos y encomiendas, etc…

Y por supuesto hoy esas necesidades siguen existiendo aunque sea en circunstancias muy diferentes. Y la cofradía puede ser hoy un espacio solidario de ayuda y defensa, de acompañamiento y de acogida. Y me parece a mí que en buena parte lo son, extendiendo ya hoy esa caridad solidaria a personas de fuera de la cofradía. Basta repasar las actividades de las cofradías en Salamanca para constatar esos pasos de amor y solidaridad.

Quizás veo esos pasos demasiado hacia adentro, como cosa suya y de cada cofradía y hasta con cierta ostentación, en vez de sumarse corporativamente y a las claras con las iniciativas que ya la Iglesia y la sociedad organizan en este campo desde Manos Unidas o Cáritas hasta Proyecto Hombre o ACC, por poner algún ejemplo. Cuanta menos dispersión más eficacia. Quizás es un paso que se está dando ya y que debe acelerarse porque los tiempos son duros para mucha gente de cerca y sobre todo de lejos. Y cada día importan más la calidad y la eficacia.

Un segundo campo de solidaridad muy frecuente en el origen y finalidad de las cofradías fue, y en algunas sigue siéndolo, la oración por los cofrades difuntos. En aquellos tiempos cuando la oración por los fallecidos era tan importante y decisiva, el no tener quien ruegue por un difunto era una señal extrema de abandono y miseria humana. Por eso surgía esa caridad solidaria y cristiana de la oración por los difuntos, para que a ningún cofrade le faltara esa gracia.

Escribo esto alrededor del Día de los Santos y del Recuerdo de los Difuntos y me recuerdo la importancia cristiana de esa memoria y de esta oración solidaria, afectiva y fiel que hoy ha olvidado buena parte de los creyentes cristianos. Por eso me parece perfectamente actual que las cofradías subrayen ese deber de orar por los difuntos y en los tiempos oportunos dediquen a esto actos y celebraciones. Que el abrazo fraternal que la cofradía es y supone alcance también a los que ya han muerto y siguen siendo hermanos cofrades desde la otra orilla de la vida. Por eso la cofradía se encargaba del entierro, nada fácil en tiempos medievales, y del acompañamiento en la ceremonia, de las misas aplicadas por su alma y del recuerdo mantenido y hecho oración a lo largo de los años. Era éste un lado débil de la persona pobre y la cofradía lo cubría amorosamente. No sé si hoy se mantiene en alguna cofradía, pero sería cuestión para plantear esta solidaridad hoy en términos nuevos y necesarios, sobre todo en la soledad inhóspita de la ciudad.

Y había un tercer campo de fraternidad solidaria: no eran menos duros los viejos tiempos de hace siglos que los de ahora para vivir la fe, mantener la práctica cristiana y adorar a Dios y amar a los hermanos. Por eso buscaban en la cofradía ese arropamiento religioso que no encontraban en la sociedad y a veces ni en la misma iglesia institucional. Y se asociaban para animarse en la fe, acompañarse en las prácticas religiosas y en la formación cristiana.

Y esto sí que es hoy necesario y hasta urgente. La intemperie es grande y la soledad del creyente como individuo es casi palpable; en esto tenemos una sociedad inhóspita, un ambiente general irrespirable y una opinión pública bien contraria. En estas circunstancias crecer en la fe, celebrarla y formarla no es nada fácil y roza lo imposible si no hay un acompañamiento de una parroquia, de una cofradía o de otra comunidad cristiana que  apoye y acompañe.

Hoy, para mucha gente y especialmente para las personas, sobre todo jóvenes, que no se han integrado en algún camino parroquial o de alguna comunidad concreta, es la única vía segura para hacer el camino de la fe. Y la cofradía debe proporcionar a cada cofrade las ayudas y los espacios necesarios para verse y sentirse fortalecido y acompañado. En muchos caso la cofradía será la respiración vital que el cristiano necesita para seguir viviendo la fe y seguir existiendo como cristiano.

Por un lado me parece importante que esa experiencia vital la sienta y la agradezca cada cofrade, mirando su cofradía no como una circunstancia lateral y secundaria sino reconociéndola como espacio privilegiado y lleno de gracia para vivir la fe dentro de la Iglesia y en medio del mundo. Sin soberbia alguna, que no hay para tal cosa, pero con paz confiada y con recia fidelidad.

Campos de trabajo

Queda pergeñado, aunque solo sea a nivel de sugerencias y apuntes, el campo de trabajo de una cofradía, a años luz de cuestiones que a veces veo que ocupan y preocupan en reuniones y encuentros cofrades y se llevan la atención y el compromiso que debieran dedicarse a otros menesteres, por ejemplo la formación en la fe y en la vida, el camino sacramental del cofrade, la implicación social y caritativa de la cofradía, la participación en el camino común diocesano, el hermanamiento sincero y práctico con otras hermandades y cofradías y grupos o comunidades cristianas, la presencia mantenida no solo en ensayos de andas y en procesiones, sino en todos los actos del año que forman la estructura y el ser de la cofradía, etc., etc…

Por todo esto termino con dos humildes palabras por mi parte: una la felicitación a cada cofrade y a cada cofradía por ser y mantenerse, por vivir la fe y por crecer en ella en este tiempo y en esta ciudad; y la segunda es palabra de ánimo para mantener vivo y actualizado el espíritu del evangelio y de la cofradía y para ser fieles durante todo el año a estas tres solidaridades que me he permitido proponer como campos de trabajo de una cofradía en estos tiempos nuestros y en esta ciudad de Salamanca.

Solo me queda decir, ¡Amén! y enhorabuena.


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