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viernes, 19 de junio de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

El Cristo del Amor y de la Paz, en el Liceo durante el pregón de la Semana Santa de 2015 | Foto: Manuel López Martín

19 de junio de 2020

Cuando el presidente de la Junta de Semana Santa me preguntó qué imagen quería llevar al Liceo el día de mi pregón, sentí un gran placer al pronunciar su nombre.

El Cristo de los Arrabales, como dejé dicho y escrito en aquel inolvidable atardecer del año 2015, es la imagen que acompañó mi recorrido por los territorios cristianos que fui cruzando a lo largo de la vida.

Pero sobre todo emanan de su figura, con cierta angustia emocional, aquellos acontecimientos infantiles que, imborrables, aparecen cada vez con más nitidez en los archivos más selectos de la memoria.

La chavalería de aquel curso, del colegio desaparecido del Teso de la Feria, cantamos muchas tardes, rebosando ternura y complaciente inocencia, ante la imagen del Cristo en la Iglesia recientemente inaugurada del Arrabal del Puente: "Vamos, niños, al Sagrario, /que Jesús llorando está...".

Don Ricardo Blázquez (culpable de la fiebre inicial de mi escritura) fue capaz de hacerme ver cómo la cruz de la injusticia cae sobre los hombros de los desheredados de la tierra. Nos hablaba como hablan los maestros cuando tienen en el lenguaje del corazón el amor a la enseñanza. Nos hizo ver en el hombre que sufre al crucificado del Arrabal, dejándonos en el corazón esa puntada que siembra, en la niñez, la simiente que hace surgir el fruto de la solidaridad sobre el breve y vertiginoso carrusel de la vida.

En mis labios sigue vivo (lo he contado muchas veces) el sabor frío del mármol verdoso de aquel altar. Mi madre contaba que, dando mis primeros pasos, corría para ver y charlar con el fiel amigo que me esperaba en la cruz.

No habían pasado muchos años cuando, dirigidos por ese gran actor que es Vicente Hernández, todos los cofrades cantábamos, por el Puente Romano al Cristo, mientras vestíamos el hábito monacal que, por sencillo, resplandece como pocos en las negras entrañas de la noche: "Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor...".

Cuando estaba diseñando la estructura del pregón, entre versos y recordaciones, esas vivencias me daban cierto pánico, al suponer que podría perder la compostura preso de una emoción incontrolable al ver a mi lado al Cristo del Amor y de la Paz.

El momento más impactante, que sobrepasó aquella puesta en escena tan espectacular que lograron los técnicos del Liceo, fue por la mañana, cuando lo vi entre ensayos de luces y sombras sobre el escenario. La imagen más importante que contemplaron mis ojos había recorrido el mayor trayecto de su larga estancia de siglos en Salamanca, para presidir el pregón que iba a pronunciar aquel niño que, prendado de su belleza, lo hizo suyo para sentir a su lado la soledad de la cruz.

En los primeros años de la floreciente etapa de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, aquel sacerdote inolvidable que fue don Rafael Sánchez Pascual, puso su empeño en hacernos comprender a los jóvenes cofrades, que aquella talla pequeña, pero impresionante por su valor artístico, no debería suplantar nunca al Cristo auténtico que nos espera en la eucaristía y en el alma de cualquier hombre que mirándonos a los ojos nos ruegue auxilio.


miércoles, 20 de mayo de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

Detalle del Cristo de la Buena Muerte a su paso por la iglesia de San Martín | Foto: JMFC

20 de mayo de 2020

‒Me dicen desde Matacán, que en una hora lluvia y en dos diluvio.

‒¡Qué mala suerte!

‒Lo aseguran tal como te digo. Mucha lluvia. Mucha…

‒Vale, gracias por el aviso, lo tendré en cuenta.

El cofrade mayor de la hermandad, muy contrariado, comunicó la información oficial recibida a sus compañeros de junta y entre todos, por un compromiso ¿cristiano? con su imagen que por milagrera tiene muchos devotos, no tardaron en decidir lo que debía hacerse.

‒Hermanos, puede ser que caiga algo de lluvia, incluso que nuestras zapatillas empapadas nos hagan sentir el frío helador que hace esta noche. Pero la junta de gobierno ha decidido que vamos salir por él, porque es nuestro sagrado titular y porque tenemos que demostrarle que le queremos, con nuestro sacrificio.

El dirigente de la hermandad no pudo concluir sus palabras, pues todos los cofrades que abarrotaban la iglesia aplaudieron al unísono gritando entre abrazos con cierta euforia: ¡Viva nuestro cofrade mayor!

Era tan cortante la heladura que no hubo público en la calle que pudiese certificar la gran hazaña de aquellos penitentes, que herían con gran fe las honduras de la noche.

Como si todos los ángeles estuviesen volcando barreñadas de agua, un imparable torrente, como plomo, empezó a caer del cielo. Los cofrades se vieron obligados a deshacer las metódicas filas y a todo correr buscaron refugio en los escasos portales que ofrecía el largo recorrido.

Como el vendaval no dejaba a los encargados del paso cubrir con cierta garantía la imagen, el experimentado jefe del paso llegó a decir, con suma autoridad: Un buen frote con las bayetas que tenemos preparadas en la iglesia lo va a dejar más guapo que nunca. Si ha aguantado mil mojaduras en 300 años, por una más no pasa nada.

Y así, aquella imagen tan milagrosa salió a la calle un anochecer con certificado de lluvia garantizada. Una talla que, siendo propiedad de la Iglesia y no de la cofradía, en manos de la insensatez sufrió un posible ataque en el corazón más sagrado de su valor artístico.

Lo grave es que los feligreses y la Iglesia permiten estas desdichas que afectan a todos los que pertenecemos a la gran familia católica y a quienes a través de los tiempos seguirán heredando el intemporal espíritu cofrade.

Incluso las imágenes que son propiedad de las cofradías deberían tener una protección cautelar por parte de quienes son responsables de su custodia, ya que las obras de arte se convierten por sí mismas, a través del valor de la historia, en un patrimonio que no hace distinción entre creyentes y ateos, pues el gozo de la belleza artística es un derecho que debe ser resguardado por el bien común con sumo celo.

Alguien debe poner coto a estos desmanes, que por falta de formación una y otra vez se producen, en unos casos por dejación de funciones y en otros por ese pánico a poner las cosas en su sitio, no vaya a ser que se revuelva la prebe…


lunes, 11 de mayo de 2020

Daniel Cuesta SJ


11 de mayo de 2020

Ninguno de los evangelios canónicos se atreve a describir el momento de la resurrección de Cristo. San Marcos, san Lucas y san Juan empiezan sus relatos pascuales cuando la piedra del sepulcro había sido ya removida, encontrándose la tumba vacía, conteniendo solamente las vendas y el sudario con los que habían envuelto el cuerpo de Cristo. Únicamente san Mateo afirma que "hubo un gran temblor, el ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, rodó la piedra del sepulcro y se sentó en ella" (Mt 28,2), pero no da más detalles de lo que ocurrió dentro de la tumba. Un poco más lejos llega el evangelio apócrifo de Pedro quien, con la misma base que Mateo describe de manera misteriosa y fantasiosa cómo tras abrirse los cielos y retirarse la roca, dos hombres resplandecientes entraron en el sepulcro y salieron en compañía de un tercero cuya cabeza sobrepasaba los cielos, mientras se escuchaban voces provenientes del cielo y de la cruz (1). Pero, como se intuye, este relato tampoco acaba de explicarnos qué pasó en el interior del sepulcro.

El único testigo de aquellos hechos fue la noche, tal y como nos recuerda la letra del Pregón pascual: "¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos". Y es que, el momento de la resurrección de Cristo es algo que se nos escapa, que no podemos intuir ni tratar de explicar con palabras humanas porque, habiendo acontecido en la historia, la trasciende y nos habla de las realidades del más allá. Por ello, el teólogo Manuel Gesteira afirma que al tratar de describir la realidad física de la resurrección nos encontramos con un reto semejante al de tratar de explicarle cómo son los colores a un ciego de nacimiento (2). Con este problema se encontraron los primeros cristianos a la hora de relatar esta experiencia y también los artistas, entre los que se encuentra Venancio Blanco, al intentar plasmarla gráficamente.

El primer reto al que se enfrentaron los evangelistas fue el de encontrar un verbo que expresara lo acontecido a Jesucristo en la mañana de Pascua. Se trataba de algo totalmente nuevo, puesto que Cristo (a diferencia de Lázaro, el hijo de la viuda de Naín, o la hija de Jairo), había resucitado para no volver a morir, es decir, inaugurando una vida nueva. Por ello utilizaron dos verbos griegos a los que les dieron un nuevo significado: anistatai y egeirein. El primero de ellos significa "ponerse de pie" o "levantarse" y es utilizado siempre en forma pasiva para significar que fue Dios quien levantó a Jesús de entre los muertos. El segundo, egeirein, quiere decir "despertarse de un sueño" y, aplicado a Cristo, hace referencia al paso del sueño del pecado y de la muerte a la vida verdadera de la resurrección.

Pues bien, creo que ambos verbos tienen su correlato y pueden apreciarse bien en la imagen del Cristo que vuelve a la vida de Venancio Blanco. En ella, el escultor salmantino representa de manera revolucionaria y magistral el momento de la resurrección al plasmar a un Cristo que parece levantarse y despertarse al mismo tiempo. La postura de Cristo parece seguir el significado del verbo anistanai, puesto que muestra cómo el Señor no se está levantando por sí mismo, sino que hay una fuerza exterior (el poder de Dios Padre) que lo está elevando del suelo y elevándolo de la muerte. Y si miramos a su rostro, podemos rastrear en él el sentido del verbo egeirein, porque el Cristo de Venancio parece estar despertando a la vida de la Pascua. Y lo hace sin triunfalismos exagerados, ni gestos portentosos, sino desde la humildad de aquel que, por amor, entregó su vida por los hombres. Cristo despierta a la vida de la Resurrección y con Él nos despierta a todos a la esperanza de una vida sin fin que, pese a su discreción y a que a veces parezca no manifestarse en nuestro mundo, es la verdad más auténtica que existe, porque solo ella es capaz de dar sentido a todo.


(1) Vid. A. DE SANTOS OTERO, Los Evangelios Apócrifos, BAC, Madrid, 2009, 201.
(2) Vid. M. GESTEIRA GARZA, La Resurrección de Jesús, SM, Madrid, 1984, 4 y ss.


miércoles, 4 de marzo de 2020

F. Javier Blázquez

Silueta del Cristo del Amor y de la Paz en el atardecer del Jueves Santo | Fotografía: Manuel López Martín

04 de marzo de 2020

La imagen del crucificado aparece bien representada en las procesiones de Salamanca. Hubo quien dijo que hasta en exceso. No lo creo. Más bien sucede lo contrario, que faltan grupos representativos de la Pasión. El crucificado es, no en vano, el motivo principal de la iconografía cristiana.

En Salamanca, esto se debe fundamentalmente a la apuesta de Guzmán Gombau, en los años cuarenta, por convertir las siete últimas palabras de Cristo en la cruz en hilo conductor de las procesiones salmantinas. Para ello fue cerrando la Semana Santa, desde el Domingo de Ramos a la madrugada del Viernes Santo, con siete crucificados vinculados de manera correlativa a la devoción a las Siete Palabras. Y ninguno de ellos era de nueva factura. Todos habían sido concebidos para el culto en el interior de las iglesias y eran, en su mayoría, auténticas joyas de la imaginería local. Alguno de ellos ya no sale, otros se incorporaron en el futuro, pero, en general, podríamos decir que en las procesiones de Salamanca nos permitirían realizar un itinerario artístico a través de la imagen de Cristo crucificado.

Si tomamos como referencia los grandes momentos de la Historia del Arte, el Románico quedaría bien representado por el Cristo de las Batallas que utilizaron los excombatientes para abrir su desfile procesional. Es el primer crucificado de nuestra diócesis y por ello recientemente la Hermandad Franciscana lo ha tomado como referencia para que Ricardo Flecha realizara su cruz de guía. Esta imagen, renombrada bajo la advocación de la Fraternidad Franciscana, preside actualmente el presbiterio de la parroquia de San Francisco y Santa Clara. También la hermandad de Pizarrales optó por esta estética, en la línea neorrománica, cuando encarga a Gerardo Sánchez Cruz su cruz de guía, que ordinariamente expone en una capilla de la parroquia de Jesús Obrero.

El periodo gótico pudo haber contado con un extraordinario crucificado de haber cristalizado el intento de transformar en penitencial la Cofradía del Cristo de los Milagros. No pudo ser y para verlo en procesión hay que esperar hasta el domingo que sigue al Jueves de la Ascensión. En cambio, el Cristo de la Agonía Redentora ante el que rezan los poetas el Domingo de Pasión y sale en procesión diez días después es cronológicamente renacentista, aunque las pervivencias góticas se perciben a simple vista porque los imagineros de Castilla se resistieron a asumir los ideales de la nueva época. Hay que esperar bastantes años para encontrar crucificados en los que podamos percibir, sin perder la espiritualidad profunda que esta tierra siempre conservó, las formas renacentistas. El Cristo del Amor y de la Paz, en la línea Montejo, y el de la Buena Muerte, más romanista, son buenos ejemplos de la escultura del último XVI.

Como es lógico, el periodo barroco es el más prolijo en este tipo de imágenes. Esteban de Rueda representa a la perfección la serenidad y el virtuosismo de la etapa inicial con su Cristo de la Luz. Sin llegar a tanto, ahí estaría también Pedro Hernández, que realiza una imagen articulada para el acto del Descendimiento. La plenitud del Barroco queda ocupada con los tres crucificados de Pérez de Robles, de los que solo uno, el Perdón, se mantiene en las procesiones. El portentoso Cristo capuchino de la Agonía y el del Amparo, alumbrado otrora por los sanitarios, lamentablemente dejaron de salir. El Barroco, sin embargo, no se agota en el historial de nuestras procesiones con estas imágenes. Dos buenos ejemplos de esa escultura más agitada, que acusa la influencia berninesca, ya no salen en procesión. Nos referimos al Cristo del Consuelo que salió con los excombatientes en su procesión del miércoles, y a Nuestro Padre Jesús de la Promesa, de los dominicos. Después, en la transición hacia el siglo XVIII, tendríamos el Cristo de los Doctrinos de la Vera Cruz, con su réplica a tamaño reducido, y acusando ya la serenidad de los nuevos tiempos, el Cristo de la Paz de San Sebastián, al que acudieron los excombatientes en sus estertores y recientemente Jesús Amigo de los Niños para un viacrucis.

Las artes industriales, denostadas quizás algo injustamente, han dejado en las procesiones salmantinas varios crucificados seriados, entre los que destaca, como no podía ser de otra manera, el Cristo de la Vela. El pequeño de la sacristía de la Clerecía, que saca Jesús Flagelado, también entra en esta clasificación. Pero por lo que al gran arte se refiere, el siglo XX está muy bien representado con el Cristo de la Agonía que en 1960 realiza Damián Villar para sustituir primero al Perdón y después al de los capuchinos. Neobarroco, clasicismo y expresionismo se fusionan magistralmente en una imagen menos valorada de lo que debiera. Más clásico, aunque imprime su sello junto algún toque de modernidad, es el crucificado pequeño que Vicente Cid realiza para la marcha del Cristo de la Liberación.

Y terminamos el itinerario con la gran obra escultórica de nuestro tiempo al abordar el tema del crucificado en las procesiones locales. Es el Cristo de la Humildad, realizado en 2017 por Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana. En la línea del realismo modernista, Mayoral deja una escultura extraordinaria que, como sucedió en estas ocasiones, hay que dejar asentar para que ocupe en la historia del arte local el lugar que por justicia le corresponde.


miércoles, 29 de enero de 2020

Abraham Coco

Una de las primeras imágenes de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, publicada en la revista Christus de 1945

29 de enero de 2020

A papá, que marchó al encuentro del Padre 
con el Pasión en el bolsillo de la americana

Con Nuestro Padre Jesús de la Pasión parece que Salamanca se dio por satisfecha. Tras cerca de doscientos años sin incorporar ningún nazareno a nuestra Semana Santa, hace setenta y cinco llegó el cuarto y último de los que hoy seguimos procesionando. Con él ha culminado una devoción que ninguna hermandad ha vuelto a explorar desde entonces, ni en la recuperación ochentera ni tampoco en la nueva remesa actual.

Alguna imagen perdimos con el tiempo como aquel Nuestro Señor de los Nazarenos de la Vera Cruz que rememoramos al visitar Descargamaría. De modo que, si Jaén bautizó al suyo como el Abuelo gracias a una hermosa leyenda, nosotros deberíamos apodar a nuestro Pasión como el Bisnieto, broche para cuatro generaciones de cristos con la cruz al hombro. "Siempre en camino, los pies dispuestos", escribió el poeta Quintín García.

Cada uno con su personalidad, cada uno con su mote, el nazareno de San Esteban es inconfundible en la madrugada por su túnica blanca. Dicen que el color fue cosa de los padres dominicos, que recetaron Evangelio al decidir la vestimenta de la talla. Pero yo prefiero pensar que mis colegas de El Adelanto quisieron que el Pasión extendiera cada Viernes Santo una sábana por la ciudad donde escribir una nueva crónica. Las calles convertidas en una rotativa para que los fieles imprimamos nuestras oraciones, un gran rollo de piedad popular que el Pasión sigue arrastrando en sus bodas de brillantes.

Cumple setenta y cinco años el Jesús del pellizco al subir Palominos guiado por Meri. El del taller granadino de un Damián Villar veinteañero. Que después pegó el estirón. El Jesús fotogénico de manos nobles. El del viernes que también lo fue del lunes. El Jesús que ojalá desfilara siempre sobre las andas de Vicente.


viernes, 13 de diciembre de 2019

Paco Gómez

Boceto de la Santa Cena de la Archicofradía del Rosario, junto a la talla de Jesús de la Redención | Foto: Óscar García

13 de diciembre de 2019

Y dejar de frontera solo el aire
(Jorge Debravo)

Si no ocurre nada, digamos, fuera de lo normal, esta próxima Semana Santa de Salamanca pasará a la historia, entre otras cosas, por la salida a la calle por primera vez con carácter penitencial de la Archicofradía del Rosario. Su llegada a nuestras procesiones supone también la incorporación al acervo cofrade de la ciudad de las tallas de José Antonio Navarro Arteaga, una de las firmas más respetadas en la imaginería religiosa de Andalucía.

Por el momento, según apuntan todas las informaciones, en la tarde del Jueves Santo veremos en solitario a Jesús de la Redención, figura central y primer paso en el largo camino de lo que será un futuro conjunto de la Santa Cena. Además, en las próximas semanas serán presentadas por la Archicofradía en sociedad y bendecidas dos tallas más llamadas a formar una conversación sacra, aunque por el momento no integrarán la estación de penitencia: María Santísima del Dulce Nombre y San Juan Evangelista, todas ellas salidas del taller sevillano de Arteaga.

La incorporación de este patrimonio escultórico de la mano de uno de los autores más influyentes del momento, viene a sumarse a una línea abierta con la llegada en la última década a Salamanca de las imágenes de Nuestro Padre Jesús Despojado y de María Santísima de la Caridad y del Consuelo, ambas de otro de los imagineros de referencia, Francisco Romero Zafra, y reabre un debate recurrente sobre la identidad de las semanas santas a través del estilo de sus obras artísticas.

La identidad, sin embargo, es siempre un criterio discutible y discutido, más en una Semana Santa tan heterogénea como la nuestra en la que, por lo demás, no han sido ajenas las modas o las influencias de los núcleos escultóricos preponderantes en cada momento.

Con todo, no faltan voces que entienden que la imaginería salmantina se ha caracterizado, pese a su diversidad, por una marcada sobriedad y por la ausencia de excesos barrocos que sí entraron de lleno en otras realizaciones procesionales de otras latitudes. Estilo que, a juicio de esta visión, convendría respetar en el siglo XXI.

Ocurre que, como en casi todo proceso social, es realmente complicado marcar una línea, una frontera. Salmantinos son los pasos de Carnicero, obviamente. Salmantinos son los crucificados de Bernardo Pérez de Robles y, sin embargo, hubo un tiempo en que algunas de sus obras se consideraron próximas al taller (e incluso la mano) de Juan Martínez Montañés, el dios sevillano de la madera. Por salmantinos tenemos a nuestras cumbres artísticas, Jesús Flagelado y La Piedad, realizadas por un vallisoletano formado en Madrid. Salmantinos son los pasos de Damián Villar aunque miran con mayor o menor descaro al sur y salmantinos son los pasos de González Macías en su modernidad. Una galería diversa como la propia historia del arte rematada por el impresionante Cristo de la Humildad de Mayoral, un paso hecho en Salamanca por un salmantino… de Extremadura.

Con Romero Zafra y Navarro Arteaga nos llegan unos rasgos hasta ahora poco presentes en Salamanca. Cristos hebraicos de líneas estilizadas; un estilo de dolorosa joven, dulce, contenida…  No veo el problema.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar en su taller a Arteaga mientras se afanaba con precisión de relojero en el cabello del futuro San Juan Evangelista de Salamanca y mantuvimos una interesante conversación a propósito de estilos e identidades. Para él, encontrar un punto de intersección entre la escuela andaluza y la castellana y leonesa no es ni mucho menos imposible, al fin y al cabo mayoritariamente proceden del tronco común de la visión barroca del arte. Pero incluso aunque lo fuera, no dejaría de ser una cuestión de forma. Lo otro es lo que pesa. "Me da igual el costal que el hombro, me dan igual unos rasgos que otros, lo importante es pensar que ante estas imágenes se va a rezar, como yo he rezado ante ellas". Palabra de escultor. Ese es el aire que llena los pulmones cofrades en cualquier rincón, en cualquier lugar. Y poner fronteras al aire es muy complicado.


viernes, 8 de noviembre de 2019

Tomás González Blázquez

El Cristo de la Liberación, a través del ventanuco de la capilla del cementerio de San Carlos | Foto: TGB

08 de noviembre de 2019

¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!

Cristo es la puerta (Jn 10,7) pero se sirve de ventanas para encontrarse con nosotros. Pienso en esos ventanales de algunas capillas y humilladeros, como la frecuentada del Cristo de los Milagros, la menos conocida Virgen de los Toreros en el paseo de las Úrsulas, o la Vera Cruz carrionesa a la que me sentía convocado tantas veces en mi infancia, para descubrir, casi a tientas, la secuencia de andas aletargadas a lo largo del templo, aguardando una nueva Pascua en la que ser iluminadas e iluminar. Pienso también en esos otros huecos mínimos, poco más grandes que el agujero de la cerradura, que ofrecen muchas ermitas para que, como en los versos de Lope, el alma se asome a través del ojo curioso y sea capaz de oír (¡y escuchar!) la silenciosa llamada de Cristo a través de un Cristo, o de recibir el consuelo de la Virgen por medio de una Virgen.

La ventana del arca abrió Noé y fue así como la rama de olivo, en el pico de la paloma, dio la señal de paz. La ventana en el muro abrieron los amigos de Pablo y de este modo obtuvo la libertad, cuando sus enemigos habían sellado las puertas de Damasco ansiando su prendimiento. Una ventana abierta a los pies de la capilla en nuestro casi bicentenario cementerio de San Carlos brinda también paz y libertad. Es el ventanuco por el que el visitante, quizá orante, quizá errante, quizá paseante, puede sumergirse en la realidad sobrecogedora de que Dios dispuso que su Hijo muriera como uno de tantos, como cada uno de los hombres. Rodeado de yacentes, en medio de todos los cuerpos corrompidos por el sepulcro, el Cristo de la Liberación mira en su sueño hacia el altar vestido con blanco mantel y escoltado por las luces potentes del otoño que alumbran la estancia, tantas horas cerrada y vacía como parece el sino de nuestras iglesias. 

Al asomarse uno por la ventana de San Carlos, casi acariciando tras las rejas la mano izquierda de Jesús, se consigue que el Cristo, además de mirar al altar, mire hacia fuera. Es un Cristo en salida, en misión, en trance de Resurrección. Atrae hacia la Cruz que preside al fondo la capilla, recoge la atención en el sagrario donde se conserva el alimento para el camino, y finalmente se refleja en el espejo, para enviarnos: "Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve" (Salmo 79). Se sirve del alma que mira para mirar, y para que al volver al contexto de las tumbas las miremos con ojos nuevos, como Él las mira. La añoranza se habrá revestido de esperanza. El dolor, a veces tierno y húmedo, otras sordo o excavado en la roca del tiempo, nos resultará más llevadero, porque sabremos que Él mismo lo comparte en su cuerpo herido y muerto. Mirar a través de esa ventana, mirarle, habrá sido una liberación. No esperemos a mañana para abrirle la puerta. 


viernes, 10 de mayo de 2019

Montserrat González

María Stma. de la Caridad y el Consuelo ataviada de tres originales y diferentes modos que buscan potenciar su devoción

10 de mayo de 2019

Desde el punto de vista artístico, la pasada Semana Santa nos ha brindado momentos llenos de arte y pasión en las calles salmantinas. Sutiles detalles que unido al rico patrimonio artístico engrandecen nuestra semana de Pasión, comenzando por el emocionante y sentido pregón de Abraham Coco bellamente ilustrado en su edición impresa por la genialidad de Andrés Alén, pasando por la espiritualidad que desprende la Hermandad Franciscana acompañando a su magnífico Cristo de la Humildad de Mayoral honrado en el Patio Chico por voces gregorianas, o la austeridad del cortejo que acompaña al Cristo de la Liberación precedido por las impresionantes tavolettas de Jerónimo Prieto. Ciertamente, las inclemencias meteorológicas han impedido la contemplación de excelentes tallas y el disfrute de hermosos momentos, pero sí que tuvimos la oportunidad de contemplar en todo su esplendor la talla de María Santísima de la Caridad y del Consuelo magníficamente ataviada para realizar su estación de penitencia acompañando a Nuestro Padre Jesús Despojado de sus vestiduras. Un atavío que potenciaba la devoción de la imagen gracias a la disposición de prendas y aderezos y al magistral uso de tejidos y bordados que hacen de esta talla la mejor vestida de la Semana Santa Salmantina.

María Santísima de la Caridad y del Consuelo es una talla de vestir realizada por el imaginero cordobés Francisco Romero Zafra en madera de cedro real. Se concibe con una Virgen Dolorosa de suave modelado y fina policromía, siguiendo los cánones andaluces. Su rostro ovalado, de ojos castaños, se contrae delicadamente por el dolor que siente, seis lágrimas de cristal corren por sus mejillas mientras sus manos se abren a la altura del pecho para mostrar los atributos que la acompañan: rosario y pañuelo. Llama la atención su mirada casi al frente, de expresión dulce, calmada pese al sufrimiento experimentado ante la Pasión de Jesucristo. Su actitud es de acogimiento y consuelo. Sus dulces rasgos conjuntan a la perfección con el maravilloso rostrillo que la imagen estrenaba el pasado Domingo de Ramos. Configurado en un tejido del siglo XIX al que se aplica un bordado al estilo charro, la pieza enmarca perfectamente el rostro en un delicado equilibrio que denota el laborioso proceso utilizado por el vestidor y su equipo para dotar de personalidad a una imagen inerte que cobra vida bajo su característico manto azul. La saya de terciopelo blanco roto, las delicadas puntillas de sus mangas, el fajín que adorna la cintura, los originales bordados, sedas antiguas en la pechera y delicados brocados se aplican con suavidad y elegancia otorgando a la imagen una gran prestancia contribuyendo así a potenciar la labor realizada por el imaginero.

Verdaderamente los vestidores de las imágenes tienen un don que no es fácil de conseguir: convertir a la imagen en devoción, gracias a la disposición de las prendas y del ajuar. Tarea que tiene algo de rito y mucho de arte. Un laborioso proceso que debe guardar el equilibrio más delicado para forjar la personalidad que una imagen necesita. Se trata de dar vida a la madera haciendo arte con las telas, los encajes y las joyas, siempre buscando la idiosincrasia de la imagen, siendo fiel a la tradición pero con algún guiño a la modernidad de los tiempos.

Atrás quedan las épocas en las que las Dolorosas se vestían siguiendo los ornatos implantados por la realeza, como cuando la reina Isabel de Valois le encarga a Gaspar Becerra una imagen de candelero que siguiera el modelo de una Virgen de la Soledad que ella tenía en su cuarto a la que finalmente se coloca el vestido de la Condesa viuda de Urueña, lejos la severa austeridad implantada durante la República o las estrecheces de la Guerra Civil y sus años posteriores, atrás también la influencia que ejerció el mundo del cine con la imitación de los drapeados utilizados por las actrices de Hollywood como Rita Hayworth que tanta importancia tuvieron en ciudades como Sevilla, o el uso de tocados de tul plenos de soltura como si de pinturas de Murillo se trataran. Modas que se extendían a través de los devocionarios. Algo impensable en nuestros días donde la inmediatez de internet nos permite tener las imágenes de las tallas vestidas aun antes de su salida penitencial. De ahí la importancia del estilo de vestir una talla, de su idiosincrasia. El atavío, pues, define a la imagen que fijará con el tiempo un modelo icónico, un sello. Las Vírgenes se diferencian no solo por su advocación sino también por su estilo. Hacer que una imagen luzca perfectamente ataviada es algo más que ponerla bonita, es acercarla a sus fieles a través de la vista. Todo un arte para el que muy pocos están capacitados.

Desde hace un tiempo la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado y María Santísima de la Caridad y del Consuelo viene respaldado la labor realizada por su vestidor, el joven Óscar Rodríguez San Dionisio, sus ayudantes y camareras que se esfuerzan por singularizar la imagen de la Virgen explorando al máximo las posibilidades estéticas de los ornamentos pero sin alterar la obra del escultor, intentando fijar en el devocionario salmantino esta nueva advocación de la Caridad y el Consuelo. Para ello no dudan en acoplar tejidos antiguos, vetustas sedas e incluso aplicaciones de bordado charro en el ajuar de la Virgen, como por ejemplo los que lució la imagen con motivo de la festividad del Rosario: una saya al estilo de nuestro traje charro, a la que se añadían un dengue, una cinta y finos aderezos de oro en filigrana. Vestimenta  que ha marcado un antes y un después en la historia de esta hermandad. Así lo reconocía Álvaro Gómez, Hermano Mayor, en el último número de la revista Christus. Desde la incorporación de la Virgen al desfile procesional se busca dar un sello personal a esta imagen. Sin duda alguna, la sensibilidad y gusto estético de Óscar Rodríguez San Dionisio, que se está formando junto al escultor e imaginero sevillano Darío Fernández, sabrá dar la prestancia necesaria a su atuendo y dignificar aún más el dulce rostro tallado por la gubia de Romero Zafra sin caer en imitaciones innecesarias y teniendo en cuenta el contexto y la personalidad salmantina. Magnífica también la gloria central del palio que acompaña a la Virgen con una versión de la Misericordia de María realizada también por Óscar Rodríguez sobre tabla, de ese modo las advocaciones de la Misericordia, la Caridad y el Consuelo acompañan la imagen de la Virgen en su estación de penitencia.

Que estos detalles sirvan para engalanar y engrandecer nuestra Semana Santa haciendo del vestir de las imágenes todo un arte, confrontando las imágenes con todo aquello que pueda potenciarlas en aras de la devoción y el misterio.


viernes, 16 de noviembre de 2018

Paco Gómez

El Santísimo Cristo de la Humildad, de Fernando Mayoral, en su ubicación en la iglesia de San Martín | Foto: JMFC

16 de noviembre de 2018

"mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,
mi mirada anegada en Ti, Señor!"
(Miguel de Unamuno, El Cristo de Velázquez)

Fue a finales del mes de mayo. Uno de esos días en los que no dejaba de llover, y este detalle tiene su importancia, y la ciudad había viajado por esas cosas del cine hasta 1936. Fue uno de esos detalles llamados a perderse entre el paso apresurado de la vida, a quedar olvidado entre las piedras, a no durar; a no ser que haya alguien dispuesto a recogerlo y dejarle al menos un rincón de papel en blanco.

Resulta que en Salamanca había desembarcado todo el equipo de rodaje de Mientras dure la guerra, la que será próxima propuesta de Alejandro Amenábar centrada en el sangriento estallido bélico del siglo pasado. Varios edificios del centro de la ciudad y la propia Plaza mayor cambiaban su fisonomía para rebobinar en el tiempo y llegar sin grandes desafines al futuro espectador.

En la iglesia de San Martín había que rodar una pequeña secuencia de despacho. El auténtico sabor añejo de su sacristía convenció a los localizadores de que era el lugar ideal para recoger un cierto trasiego del que fuera cuartel general de los golpistas.

Ahí iban y venían los técnicos, las luces, los cables, los micrófonos. Los carpinteros, los pintores que, ya de paso, daban una manita de blanco a las bóvedas de yesería. También el equipo de catering, que ocupó otro de los rincones de la iglesia, ideal refugio para rodajes que siempre acaban alargándose.

Y en los bancos del final de la iglesia, en la parte más oscurecida, un hombre murmura entre la penumbra. Es bastante alto, robusto, viste de riguroso luto. A su lado tiene una lata de refresco y un bocadillo envuelto que no ha probado. Y lleva así un rato largo.

Pelo cano, barba tupida. Nariz algo aguileña. Solo rebota una pincelada de luz a la cara el blanco de una camisa que desciende en dos pronunciados picos sobre el jersey negro. En el bolsillo de la chaqueta, sobresalen unas gafas de montura redonda. Miguel de Unamuno. No hay duda.

En realidad, ya se figuran, es Karra Elejalde. El actor vasco lleva un rato paladeando su soledad, ante una imagen que, repite en varias ocasiones, no es un crucificado cualquiera. Ha observado de lejos y de cerca al Cristo de la Humildad que permanece al pie del altar, crucificado y a la vez alzando el vuelo. Ha preguntado por Fernando Mayoral y ha encontrado, entre compromisos, saludos de admiradores, visitas de amigos, el hueco para rezar ante ese ajusticiado. Sobrecogido por su humanidad.

Unamuno fue capaz de escribir ante el Cristo de Velázquez el que pasa por ser uno de los poemas más importantes de la lengua española, en su interminable sucesión de versos blancos. No sabemos qué diría este otro Unamuno ante un Cristo de la Humildad del que se lleva varias imágenes como recuerdo de una honda conmoción. Pero quizá contemplar ese labrado nervioso permita a Karra, más allá del maquillaje y su magia, redondear a su Miguel, a la fuerza angustiado, algo ya derrotado ante el resentimiento trágico de sus vecinos, al que en unos minutos tendrá que seguir dando voz y alma.

No falta alguna imagen de aquellos momentos, que quedan para la intimidad de los protagonistas. Ni tampoco alguna anécdota más. El propio Amenábar no tuvo impedimento en reconocer desde su ateísmo la especial fuerza de la talla de Mayoral, aunque eludió tomarse ninguna fotografía ante él. Eso sí, mientras afuera de la iglesia el cielo se volcaba, prometió volver si al día siguiente, en el que estaba previsto rodaje de exteriores, dejaba de llover. Y aquella mañana, dicen, lució el sol ya de verano en Salamanca…


martes, 18 de septiembre de 2018

Abraham Coco

Grabado de la Dolorosa de la Vera Cruz realizado por Alejandro Carnicero hallado recientemente

17 de septiembre de 2018

Es tiempo de volver. El ritual del otoño cofradiero lo abrieron Fructuoso Mangas y Soledad Sánchez Mulas, entre la Cruz y la Virgen dolorosa, venerada bajo la advocación de Nuestra Señora de las Lágrimas, la de cuna gaditana cuya belleza fue exaltada ya en esta revista. Casi tres siglos antes había llegado desde Madrid, precisamente hacia 1718, de manos del escultor levantino Felipe del Corral, Nuestra Señora de los Dolores, devoción que a nadie ha dejado indiferente en este tiempo.

Desde que fuera tallada, nuestra Madre valenciana, hoy más huérfana sin duda en el camarín por donde ya no corretea la clausura, ha despertado la admiración de quienes la contemplamos ya sea con piadosos rezos o con el más escéptico de los respetos, incluso con el rubor episcopal que concluiría en la amputación de su pierna desnuda.

De este testimonio de arrobo y fe se acumulan ejemplos, algunos destacadísimos en los últimos meses. A la Dolorosa de la Vera Cruz, a quien el V Centenario de la cofradía devolvió buena parte del protagonismo perdido en las décadas anteriores, nos la hemos encontrado, para sorpresa de todos, en el primer grabado conocido de Alejandro Carnicero, autor sobresaliente en el patrimonio procesional de la hermandad decana.

El Museo Nacional de Escultura incorporó a su colección en mayo esta pieza, donada tras ser adquirida al anticuario barcelonés Palau Antiguitats. La plancha, empleada para reproducir la imagen en tinta en devociones particulares, aparecía erróneamente identificada como la Virgen de los Cuchillos de Valladolid, en un anecdótico viaje de ida y vuelta por la inspiración de la salmantina en la obra de Juan de Juni. Elogiado por los especialistas, cargado de simbolismo, el hallazgo también amplía el alcance de la Dolorosa de la Vera Cruz, donde a Unamuno le pareció ver nuestra patria.

De la metáfora del rector de la generación del 98 nos vamos al segundo descubrimiento, la visita al camarín por parte de García Lorca,  genio de la generación del 27. Así lo atestigua su compañero Luis Mariscal en un relato recuperado por la entusiasta editora compostelana Alvarellos, que con su habitual detallismo editó este año el libro El gran viaje de estudios de García Lorca. Es la crónica de la excursión que un grupo de alumnos, Lorca entre ellos, realizó en 1916 de Madrid a Galicia, capitaneados por su profesor Martín Domínguez Berrueta, y que incluyó destacada parada en Salamanca.

Aunque de nuevo mal atribuida, no hay duda en el relato de la fascinación del joven escritor y sus amigos por la Dolorosa. Mariscal, cronista de la comitiva, escribe como sigue en el capítulo titulado "Joyas salmantinas", tercero de los tres que resumen su paso por la ciudad en octubre de aquel año, hace ahora apenas una centuria:

"La Dolorosa la llaman y no debe llamarse más. No es una Virgen de las Angustias, pues no tiene Hijo ni es un Stabat Mater… ¡Es una mujer, toda una mujer! Y esta mujer avejada –mujer divina– se ha caído traspasada por el dolor. Su mano apoyada en una roca se crispa herida y sus ojos –ojos planos, ojos en los que ya no quedan lágrimas– se vuelven intensamente hacia el cielo. // Y esta Virgen dolorida, esta mujer que tiene el misterio de hacer llorar a todas las madres, estaba en una capillita oscura, separada del templo por una verjita a la que se agarraban fuertemente estas madres que saben amar y sufrir, y estos charros que saben buscar consuelo en su Cristo bendito…".

Generosa como una madre, la posmodernidad ha hecho de la Dolorosa veracruceña, de la Virgen en quien primero clavamos nuestros hombros al amanecer cada nueva Semana Santa, hasta icono de lo mamarracho. Fue a propósito de la MET Gala de Nueva York, donde la cantante Lana del Rey se presentó vestida de Gucci y con el corazón traspasado… por siete espadas de pega. Las redes sociales, con sus montajes, pontificaron que al estilo de nuestra ilustre vecina del Campo San Francisco. Y escrito todo esto para romper el hielo, a ella encomendamos cuanto en este curso esté por venir.


lunes, 4 de junio de 2018

Eva Cañas

Jesús de la Redención en el altar instalado con motivo del Corpus en el atrio catedralicio | Foto: Miriam Labrador

04 de junio de 2018

Tan solo unas horas después de que la Custodia recorriera las calles de la ciudad como cada domingo de Corpus Christi, me siento en la obligación de hablar de una de las imágenes que presidía uno de los dos altares que para la ocasión se montaron. El del atrio de la Catedral, con Jesús de la Redención (símbolo de la institución de la eucaristía, de Jesús Sacramentado), majestuoso, con el cáliz en su mano, y todo lo que transmite con ello.

Que forme parte de las procesiones de la Semana Santa de Salamanca es un clamor popular, por cofrades y no. Fueron muchos los que ayer al ver el altar lo comentaron, ¿para cuándo? Por todo lo que representa, como un momento clave en la vida de Jesús. Y ese clamor también tuvo eco durante el pregón del Corpus, a cargo de Tomás González Blázquez, una persona con criterio y muy activo en la Coordinadora Diocesana de Cofradías. En su intervención recordó que los integrantes de la Archicofradía del Rosario "aspiran con justicia y esperan con paciencia a que la mirada de Jesús de la Redención, de la institución de la Eucaristía, sea acogida en la Semana Santa procesional". Bajo el punto de vista del pregonero, "la necesitamos, así lo creo modestamente, en el Jueves Santo de Salamanca".

Yo también apuesto por ello y lo defiendo. Como ya he comentado más veces, se trata de sumar, y un paso de la Sagrada Cena es necesario y engrandecería nuestra Semana de Pasión, si se trata de evangelizar en la calle y de dar sentido a la fe que profesamos. Tengo ganas de ver a Jesús de la Redención un día Santo, y como yo, muchos más. Lo merecen, han luchado y trabajado para ello, con criterio, con humildad.

En el altar de ayer se leía una frase que resume su razón de ser: "Ego sum panis vitae".

Que así sea.


lunes, 28 de mayo de 2018

Nacho Pérez de la Sota

El dulce rostro de Jesús Nazareno en su hornacina de la iglesia de San Julián | Fotografía: Congregación de Jesús Nazareno

28 de mayo de 2018

Cuando hace algún tiempo tuve el inmenso honor de ser invitado a colaborar en esta revista, se me indicó como es obvio que la temática de los escritos se refería a la Semana Santa o la religiosidad popular. Sin dudarlo, lo primero que se me vino a la cabeza fue esta poesía. Y me propuse que fuera ella la que iniciara las colaboraciones para esta página. Diversos avatares lo impidieron, pero no me resisto a seguir adelante sin compartirla con todos los lectores de estos billetillos. Aun a riesgo de ser repetitivo, pues no me extrañaría que alguien lo hubiese ya hecho antes. Pero es una especie de compromiso moral que tengo conmigo mismo.

Esta poesía siempre me rememora de forma ineluctable e invencible a mi abuelo y a mi padre. A ambos les cautivaba fuertemente, pero fue a mi abuelo a quien se la escuché por primera vez, siendo yo muy, muy niño. Cuando le comuniqué, a mis casi 18 años, que había ingresado en la congregación de San Julián como uno más de los nazarenos, me contó –por enésima vez– una anécdota (que quizá haya ocasión de referir aquí más adelante) y me recitó –por millonésima vez–, exultante y emocionado por mi decisión, esta poesía de memoria. No menos veces se la escuché a mi padre, a quien también conseguía suscitarle una afectividad especial.

Mi abuelo, que como menestral artesano apenas tenía los conocimientos básicos de la escuela de pueblo, pero que atesoraba una inteligencia natural y una cierta cultura, sobre todo literaria (forjada en las lecturas que devoraba inmisericorde aprovechando los préstamos del cura, el maestro o, después, las bibliotecas públicas), era un devoto de Gabriel y Galán. Y este, como muchos otros gustos, logró transmitírselos a su hijo, mi padre. Y ellos a mí.

Cuando en 2005 se celebró el centenario de la muerte del poeta, además de una obra de teatro que con Garufa representamos por escenarios de Castilla y León y Extremadura (y en la que me cupo el emocionante honor de encarnar a don José María), gracias a la Diputación y a Juanjo Diego Domínguez y Bernardo García Bernalt, llevamos por los pueblos un espectáculo en el que se mezclaba música y declamación, parte esta última que me correspondía a mí. Me dejaron vía libre para elegir los poemas que iba a recitar. Ni que decir tiene que la primera opción fue esta composición. Confieso –hoy y aquí– que un par de veces me emocioné en su recitado, fiasco (todo sea dicho) que un actor que se precie no puede permitirse cometer…

No es la mera remembranza sentimental personal lo que me hace (y me hizo fallidamente en su momento) traer hasta aquí estos versos. Simplemente se trata de que… para mí es la encarnación más perfecta que existe de la religiosidad popular.

Porque la definición que hace del sentimiento religioso del pueblo llano es, sin ninguna duda, la descripción más tierna, más palpitante, más evocadora, más sensible, más apasionada, más certera, más entusiasta, más veraz que pueda uno encontrarse de eso que damos en llamar piedad popular. Igualmente, porque muestra cómo un poeta que es popular, elige un tema religioso para expresar sus emociones más íntimas. Quizá eso hoy en día no estaría demasiado bien visto. Después, porque para el público del común (alguien como mi abuelo), la lectura de tal hecho piadoso producía un afecto sentimental indudable. Y también (aunque no por último, desde luego), porque la anécdota narrada es el paradigma irrevocable del sentimiento religioso nacido del pecho más sencillo.

Pero, ea, no sé qué diantres hago aquí aburriendo con vanas palabrerías, cuando se puede disfrutar con verdadero placer de:

"LA PEDRADA"

José María Gabriel y Galán 

Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar;
y como amar es sufrir,
también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,

los clamores escuchando
de dolientes Misereres, 
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando...

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo...
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los Judíos,
«que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno».

II

¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban! 
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras las verdes vidrïeras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin haber ningún motivo!»

III

Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?


viernes, 11 de mayo de 2018

José Fernando Santos Barrueco

Músicos y fieles acceden a la iglesia de San Pablo tras suspender su procesión el pasado Viernes Santo |  Foto: P. de la Peña

11 de mayo de 2018

El desarrollo tecnológico ha traído cambios en casi todas las facetas de nuestra vida. En el caso que nos aplica, el campo de las predicciones meteorológicas ha evolucionado de manera muy significativa con los avances de la técnica. Lejos quedan los tiempos del "fallas más que el hombre del tiempo". La evolución se ha presentado no solamente en el campo de la predicción, con simulaciones locales que pueden ofrecer una información fiable y muy detallada de las inclemencias que se pueden presentar en una determinada zona y en unos momentos muy definidos dentro del plazo de unas pocas horas. Además, esas simulaciones aparecen en un buen número de aplicaciones al alcance de los dispositivos móviles que hoy maneja "todo el mundo".

Estas circunstancias requieren de una toma de posturas a la hora de adoptar las decisiones relativas a la salida de una procesión en condiciones climatológicas adversas. La decisión de suspenderla siempre supone algo traumático, por lo que tiene de romper unas ilusiones que en ese mundo cofrade se unen a sentimientos muy íntimos de promesas, tradiciones familiares y devociones a unas imágenes que se han preparado con esmero, mucho esfuerzo y un considerable gasto económico. Junto a los "pasos" todo está a punto, los cofrades con sus hábitos, la banda o bandas de música y los distintos enseres y elementos procesionales. Ante la posibilidad de no salir, las lágrimas de pena y desencanto afloran con facilidad a los ojos de los hermanos que miran al cielo, comentan las predicciones y susurran peticiones a sus sagradas imágenes para que se lleven o detengan las nubes. La decisión se hace difícil y habitualmente compete al hermano mayor y su junta directiva. Y salvo que la situación meteorológica aparezca muy clara, una posición conservadora no va a ser bien entendida, máxime con las distintas aplicaciones que unos y otros manejan en sus móviles y la cantidad de predicciones y "sabios pronósticos" que circulan en el interior del templo. Si se suspende, siempre mal, se acierte o no se acierte. Hace unos años, con un desconocimiento en las previsiones, se apelaba a la valentía y a sacar los plásticos por si acaso, opción siempre jaleada aunque pocos arrimarían el hombro a la hora de cargar con las responsabilidades si "la mala suerte" hacia acto de presencia.

Actualmente, con unas predicciones conocidas y fiables, deberían esclarecerse las responsabilidades asociadas a la toma de decisiones y, en función de las mismas, a los daños que pudieran ocasionarse ante unas inclemencias meteorológicas previstas. Si las imágenes son propiedad de la hermandad, esta es muy libre de tomar las decisiones que estime oportunas, siempre que se asuma la responsabilidad a la hora de acometer la reparación de los posibles daños. Más complejo es el caso en el que las imágenes no pertenecen a la hermandad, teniendo esta solamente el derecho de uso. Este derecho no debería conferir la capacidad de tomar una decisión que pueda suponer un riesgo "probable" para aquellas si fueran afectadas por el agua o fuertes vientos. Debería disponerse del correspondiente acuerdo con el propietario de las imágenes, en el que se establecieran unas pautas para la toma de decisiones en caso de predicciones meteorológicas desfavorables, contemplando aspectos tales como las fuentes de referencia (por ejemplo, las predicciones de la Aemet), condiciones de salida y medios de protección o precauciones durante el recorrido, suspensión, etc., así como las responsabilidades en la reparación de los posibles daños en función de su naturaleza y del grado de cumplimiento del acuerdo. Igualmente, cuando los gastos de restauración de imágenes (o de sustitución por daños de determinados enseres) pudieran contemplarse en partidas generales gestionadas a través de la Junta de Semana Santa, debería también incluirse dicha institución en los citados acuerdos a la hora de evaluar riesgos y actuaciones en las situaciones que se presentasen.


lunes, 9 de abril de 2018

Montserrat González

Detalle de la carga del Cristo de la Humildad en su primera procesión la pasada Semana Santa | Fotografía: Alejandro López

09 de abril de 2018

Para todo aquel que se interese por la Historia del Arte resulta evidente que la Semana Santa ofrece una ocasión magnífica para adentrarse en el conocimiento de los distintos estilos y tendencias artísticas con las que los artistas a lo largo de los tiempos han contribuido y contribuyen, en la actualidad,  a revivir el drama de la Pasión de Cristo. De forma ordenada y realista, los pasos creados por los imagineros castellanos y andaluces se apropian del espacio urbano que se sacraliza así, contagiado del clima espiritual desplegado durante las procesiones.

Así lo entendieron los artistas que durante el siglo XVII y XVIII pusieron su talento y su indiscutible calidad técnica al servicio de una clientela que exigía profundidad religiosa en sus creaciones, siguiendo los dictados de la Contrarreforma, pero que también reclamaba realismo y veracidad en las composiciones acorde al gusto de la época.

Ese gusto por el realismo se manifestó de muy distinta manera durante el siglo XVII en Europa. En Italia, por ejemplo, Caravaggio desarrolla un modelo de pintura donde utilizando a tipos normales, modelos sacados de la calle, recrea escenas de la Biblia. Para ello usaría tremendos contrastes de luces y sombras transformando sus composiciones en dramáticos "tablaux vivants" pareciendo que accedíamos a la auténtica escena representada. A menudo, esa excesiva veracidad creó confusión en el seno de la Iglesia que encontraba algunas representaciones, digamos que poco decorosas. En España, sin embargo, el realismo se fue desarrollando de otro modo, a pesar de las influencias de Caravaggio en artistas como Zurbarán, aquí se potenció el arte excepcionalmente real, aquel que unía todo el acervo cultural y religioso, de la mano de la escultura policromada. La tridimensionalidad de la escultura policromada, su atención a la luz, a la creación de una cierta atmósfera ilusionante, su deseo de recrear el mundo real favoreció el diálogo de la pintura y la escultura. Ambas disciplinas se funden para hacer de lo sagrado algo real. Baste recordar los primeros trabajos realizados por Juan de Mesa como su Cristo Crucificado y policromado para los jesuitas de Sevilla, popularmente conocido como el Cristo de la Buena Muerte.  Aproximarse a estas esculturas hiperrealistas que comenzaron a popularizarse durante el Barroco, haciendo de lo sagrado algo palpable, suponía para el espectador colocarse literalmente ante la presencia de Cristo.

El gusto por la escultura policromada siempre ha acompañado al hombre a lo largo de la historia, especialmente si se querían potenciar y maximizar los rasgos de la divinidad. Así ha pasado desde los tiempos del Neolítico o los del Antiguo Egipto, incluso en Grecia y Roma. En el caso español, la policromía deriva directamente del gusto del medievo por decorar los pórticos de catedrales, iglesias y monasterios. Esta práctica llegó a convertirse en algo tan popular a lo largo de toda Europa, que San Bernardo criticó duramente esta opulencia que pregonaba que cuanto más color tenía una escultura más sagrada parecía. Pese a sus críticas, esta práctica se mantuvo en Alemania y en el Sur de los Países Bajos. En España la valoración de las imágenes policromadas como algo útil para inspirar adoración por las figuras sagradas correspondió a San Juan de la Cruz y a los predicadores que durante el siglo XVII hablaron de los méritos de la escultura sobre la pintura como la mejor manera de representar los personajes sagrados: …"La pintura consiste en sombras y en poner una tinta sobre otra y esto en lo espiritual huele a hipocresía, pero la estatuaria consiste en cortar y desbastar. En las imágenes espirituales tiene mucha ventaja la estatuaria…", predicaba Francisco Fernández Galván en el Madrid de 1615. Desde entonces, la práctica de la escultura policromada continuó ininterrumpidamente al servicio de la Iglesia y sus fines y aún prosigue en la actualidad.

De la policromía depende el resultado final de la obra. El revestimiento cromático es el elemento parlante de la pieza y el que nos habla de la pericia del artista para integrar volumen y color, para potenciar la veracidad y expresividad fomentando la devoción del espectador ante las figuras que contempla. Los escultores del siglo XVII  no dudaron en completar la aplicación de la policromía con toda suerte de aditamentos y añadidos para potenciar aún más la apariencia de vida. Desde aquel entonces, muchas han sido las modas y tendencias en el uso de la policromía, tanto en la representación de estofas o telas como en la recreación de las carnaciones, desde las que preferían unas carnaciones mate conforme al natural hasta las que se inclinaban por una policromía mucho más manierista y exuberante amenizada por encarnaciones a pulimento que brillaban como si el objeto fuera de loza esmaltada.

En la actualidad, especialmente si se trata de imágenes de vestir, los artistas sienten cierta predilección por una policromía excesivamente brillante y relamida, un tanto alejada de esa idea de verismo y realismo que imperaba en los antiguos maestros pero sin introducir dosis de modernidad en sus composiciones. Afortunadamente no siempre es así y aún nos quedan artistas que conciben la policromía como elemento fundamental para destacar y potenciar sus volúmenes, aportando la dosis exacta de materia necesaria para conseguir variaciones luminícas y reverberaciones que enriquezcan esa idea de verismo y espiritualidad que debe acompañar a la imagen sagrada. La pasada Semana Santa tuvimos la ocasión de comprobar la bellísima y sutil policromía elegida por el escultor Fernando Mayoral para su talla del Cristo de la Humildad realizada para la Hermandad Franciscana.  Una soberbia imagen que expresa a la perfección la humildad y humanidad de Cristo, sin postizos o añadidos, encontrando el lenguaje preciso para interpelar al hombre contemporáneo.

Fernando Mayoral tiene, como los grandes maestros, avidez de realidad, la absorbe, la persigue, le fascina. Basta observar la representación del rostro de Cristo ante el que se extasía confiriéndole un fuerte dramatismo. La sublime policromía completa el dramatismo de la escena reflejando con gran naturalismo los golpes y porrazos que Jesucristo recibe en el camino a la muerte. La bondad de la madera de cedro del Líbano en el que se realiza la imagen resulta sumamente apropiada para recibir la sutil policromía utilizada por Mayoral. El gusto por lo inacabado explica la aplicación del color directamente, sin aparejos. Sin brillos ni pulimentos. Huyendo de todo artificio. Se lija la madera y se aplica el colorido de forma natural consiguiendo un acabado mate. Se restringe el color a la zona de las mejillas, ojos, el cabello, manos y pies. Aparecen también restos de la flagelación: golpes y negrales en la espalda.  La transparencia del paño de pureza se consigue tras una pátina con cera cuidadosamente friccionada y la aplicación de polvos de talco que le aportan el tono azulado a una base de gris de Payne.

La estudiada policromía resulta aún más sutil en medio de la noche que potencia el profundo humanismo de una imagen que huye de dramatismos superfluos. La sobria y austera puesta en escena elegida por la hermandad para acercar la imagen al espectador resulta sumamente propicia para potenciar el encuentro entre Arte y Fe, para hacer de lo sagrado algo real, acercando el misterio de Cristo a un público que ante la soberbia imagen de Fernando Mayoral solo necesita escuchar su escultura, lo demás son palabras innecesarias.


martes, 27 de febrero de 2018

F. Javier Blázquez

Santísimo Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana | Foto: J. F. Santos Barrueco

26 de febrero de 2018

El arte es, entre otras cosas, una experiencia que si no se ejercita no puede comprenderse ni disfrutarse. La fe también, entre otras cosas, es una experiencia de vida que compromete y precisa de un cultivo que permita conservarla. La conjunción de ambos elementos, arte y fe, es uno de los aspectos más originales y hermosos de la tradición cristiana desde el tiempo de las catacumbas.

En este sentido, ayer fue un día importante para nuestra Semana Santa. La presentación en la parroquial de San Martín del documental sobre la trayectoria artística de Fernando Mayoral, concretada en el tema del crucificado y culminada con su última imagen, el Cristo de la Humildad, rebasó con creces los objetivos previstos por el grupo promotor. Arte y fe volvieron a hermanarse, a mostrar que la nuestra es una fe que requiere de las imágenes y los símbolos, que se sirve de la cultura para la transmisión del mensaje salvífico, que se hace cultura, porque sus imágenes y símbolos, religiosos en origen y como finalidad, van mucho más allá, interpelando a creyentes y a quienes no lo son, o dicen que lo son a medias. La fe genera arte y el arte lleva a la fe. Negar la validez de la imagen como apoyo para la fe, al modo de ciertos rigoristas, o preterir la dimensión trascendente de la imagen religiosa, acorde con el reduccionismo materialista, resulta, desde el rigor académico, tan injusto como absurdo.

El grupo diocesano Fe y Arte, dirigido por el recientemente designado director del servicio  diocesano para el patrimonio y otras muchas cosas, Tomás Gil Rodrigo (que ya iba siendo hora, vaya, porque… la diócesis lo requería), viene desarrollando con gran acierto, desde hace años, una serie de iniciativas en esta línea. Se trata de poner en valor el patrimonio artístico de la diócesis, que lo tiene, y mucho más de lo que creemos. Se pretende dar pleno sentido a ese patrimonio artístico y, partiendo de un análisis que pasa por la contextualización histórica y la descripción estilística, se culmina con la interpretación teológica, porque el templo, la imagen, la pintura, no se pueden entender en plenitud si no se aborda su finalidad primordial, la de mostrar simbólica e iconográficamente el misterio de la fe.

Ayer, con la última imagen procesional de nuestra Semana Santa, sucedió eso. Arte y Fe, por primera vez, entra de lleno en la Semana Santa. El artista, sus circunstancias, su obra, ayudan a contextualizar. El tema del crucificado, a través de Mayoral, es todo un compendio catequético si se sabe mirar adecuadamente, como quedó reflejado en el documental. El Cristo de la Humildad culmina el proceso creativo del actualmente más laureado escultor salmantino al considerar el tema de la crucifixión. Y esta imagen, poderosa y rotunda, interpela a quien la contempla, porque en el anonadamiento más absoluto, preludio del triunfo definitivo, que es lo que se representa, se expresa el mensaje más hermoso de esperanza para el hombre de ayer y hoy, para la humanidad de todos los tiempos, lugares y condiciones.


miércoles, 17 de enero de 2018

Pedro Martín

María Santísima de la Caridad y el Consuelo, de la Hermandad de Jesús Despojado | Fotografía: Alejandro López

17 de enero de 2018

Tenía yo una deuda pendiente con la imagen más moderna de nuestra Semana Santa, el Santísimo Cristo de la Humildad, a cuya bendición no pude asistir. Y quiso la casualidad que el pasado mes de diciembre la imagen de María Santísima de la Caridad y el Consuelo visitara el colegio de mi hijo en su misión en este año previo a su primera salida penitencial. Dos nuevas imágenes que, curiosamente, están separadas en su día a día por apenas doscientos metros. Como la visita no se podía demorar, al día siguiente me planté en la iglesia de San Martín para ver la obra de Fernando Mayoral.

Tan distintas aparentemente las dos imágenes, verdad, de estilos diferentes, de concepciones que probablemente no tienen mucho que ver una con la otra. Pero no quiero hablar de lo que no sé, de arte, de escultura, de técnica. Para ello firmas suficientemente acreditadas han escrito y seguirán escribiendo en este medio y en otros.

Llegué a la visita con ojos curiosos y escrutadores, con la sana intención de contemplar y descubrir, de ver la nueva obra. Ante la presencia del Cristo de Mayoral, lo primero que sentí fue pequeñez, no por su tamaño, que también, sino sobre todo por esa sensación de desvalimiento ante un Cristo que se está entregando al Padre por mí, y que me interpela desde lo alto de su portentosa cruz; que me presenta la fuerza y la dureza de la pasión; que me remueve; que me obliga a mirar adentro; que no me deja indiferente. Y todo ello con la máxima humildad nunca conocida. Una imagen que me hizo rezar en mi primera visita, que era solo de curiosidad por esa obra que ya había visto en fotografías.

Eso mismo es lo que me obligó a hacer la imagen de María Santísima de la Caridad y del Consuelo la primera vez que estuve ante ella. Su dulce cara de contenido dolor, su expresividad, sus manos, me llevan de la mano a comprender el misterio de Jesús. Y me hizo rezar, su presencia siempre me hace rezar.

Y eso es lo que espero y le pido a nuestras dos nuevas imágenes, que saldrán por primera vez a la calle con un intervalo de menos de 24 horas: que me ayuden a rezar; que ayuden con su presencia a todos los que las contemplen en la calle y que ayuden a sus jóvenes hermandades, tan diferentes en apariencia y tan iguales en lo esencial, a vivir su fe y a proclamar el evangelio de la vida y la alegría a los cuatro vientos, que falta nos hace.

Esa y no otra es y tiene que ser la razón de ser de estas nuevas imágenes separadas apenas doscientos metros.


lunes, 8 de enero de 2018

Paco Gómez

Rostro de la copia del Yacente que Venancio Blanco realizó por encargo de la Real Cofradía | Fotografía: Alejandro López

08 de enero de 2018

"¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado"
(Lucas 24, 5-6)

Venancio Blanco es un genio que no celebramos todo lo que deberíamos. Un talento descomunal nacido en Matilla de los Caños y que no solo ha situado su obra en algunas de las principales instituciones culturales mundiales, sino que ha sido uno de los grandes revolucionarios de la escultura y muy particularmente de la escultura religiosa. Por eso, aunque cualquier exposición sobre su obra debe ser asumida casi como un compromiso de visita segura, la que desde los últimos días de diciembre permanece abierta en Santo Domingo de la Cruz aglutina un importante número de alicientes para llamar la atención del mundo cofrade salmantino.

Y es que por tercera vez el tristemente célebre por otros motivos Yacente de Venancio vuelve a la ciudad para la que en un principio fue creado y de la que una laberíntica sucesión de enredos la acabaron privando.

Y la verdad es que fue y es una pena. La imagen de su Cristo que vuelve a la vida, nombre oficial de la pieza, supuso toda una conmoción en las Edades del Hombre salmantinas, siendo capaz de arrebatar en el itinerario por la Catedral Vieja el protagonismo ni más ni menos que al retablo pictórico de los Delli que por una vez podía disfrutarse de cerca.

Hoy es fácil entender por qué. La obra de Venancio Blanco aglutina una fuerza singular, una explosión contenida de vida y una mirada que cautiva y conmueve. Todo ello, en fin, formando una imagen que estaba llamada a revolucionar desde la Semana Santa de Salamanca la iconografía procesional de los yacentes.

Vayamos por partes. Nuestra Semana Santa cuenta desde el Jueves Santo de 1987 con la solemne presencia en sus calles de la Real Cofradía Penitencial del Cristo Yacente de la Misericordia y la Agonía Redentora. Fue fundada tres años antes precisamente con el objetivo de incorporar al ciclo de Pasión salmantina la figura de un yacente, momento del que entonces carecía. Para ello, se piensa en Venancio Blanco y se le encarga una obra en la que el escultor se vuelca desde un principio, sin que estuviera en ningún momento claro cómo podría pagarse el encargo.

Ese es el momento que la exposición de Santo Domingo recoge y documenta ampliamente con una serie de bocetos en barro. Primero Venancio aborda la representación de Cristo yacente desde un enfoque cercano al canon barroco impuesto fundamentalmente por Gregorio Fernández, pero en ese estudio aparece un conmovedor motivo inspirador: fallece de manera repentina el hermano del escultor, Juan, confidente, amigo y compañero de taller. Venancio empieza a reflexionar sobre la muerte y en una lectura ejemplarmente cristiana decide leer el fallecimiento como el nacimiento a la nueva vida, lo que modifica de repente la manera de entender también el problema artístico de un yacente.

Por eso, de los once bocetos que realiza funde en bronce el número cinco. El que no presenta a un yacente descendido y muerto, sino a un Cristo que recibe en ese preciso momento el aliento de vida de la resurrección.

Boceto en escayola de la imagen Cristo vuelve a la vida de Venancio Blanco | Fotografía: Alejandro López

Del bronce del boceto a la escayola con la que Venancio empieza a dar forma a un yacente de grandes dimensiones y estilizada anatomía. Mientras, la joven cofradía empieza a tener serios problemas internos que desembocan en un cambio de junta directiva.

Ahí empiezan a separarse los caminos de esa obra que va naciendo y la Semana Santa salmantina. En la exposición de Santo Domingo, el visitante comprobará el intenso proceso de modelado de la escayola, verá resolver los problemas de horizontalidad que presenta la pieza y el contrapeso de fuerzas para mantener el equilibrio de la obra. Verá llevar el boceto ya a tamaño natural al pantógrafo del que saldrá una obra fastuosa en madera de Pino de Valsaín.

Mientras Venancio da la forma definitiva con la gubia a la que ya va a ser una de sus obras maestras, el escultor parece sufrir un cambio de idea y decide que la pieza no va a ser para la Real Cofradía, sino que se quedará en su colección particular.

En primer plano, Cristo vuelve a la vida, presente en la muestra que puede verse estos días en Salamanca | Foto: A. López

"El escultor, aprovechando una serie de circunstancias, simplemente nos dejó sin nuestro yacente", explica Julián Alcántara, protagonista en primera persona de los hechos y hoy hermano mayor de la Real Cofradía. "No hubo nunca ningún documento por escrito, sí mucho material fotográfico y de vídeo, pero nada firmado; le habíamos dado un anticipo de 80.000 pesetas y el día que fuimos a firmar el contrato ya no nos abrió la puerta", recuerda.

También vivió los acontecimientos en primera persona Félix Torres, entonces hermano mayor de la cofradía: "Venancio emitió un comunicado diciendo que no quería que la obra fuera objeto de ningún conflicto y que solo la entregaría si había un acuerdo entre la junta de gobierno entrante y la saliente y como ese acuerdo con la junta saliente no fue posible, decidió quedárselo".

Tras ese rechazo, la Real Cofradía encargó después de un concurso público su imagen titular a Enrique Orejudo, realizada en talla directa en madera de abedul y con otra inspiración iconográfica y hoy completamente asentado en su salida procesional, sin que merezca desmerecimiento alguno.

Por su parte, el Cristo de Venancio sí llegaría a Salamanca, temporalmente, con motivo de las Edades del Hombre. En la guía oficial de la exposición se señalaba que el escultor había recogido la pieza en su colección al haber sido "rechazada" por la cofradía, añadiendo así confusión al episodio.

Después, el Yacente regresó al conjunto expositivo de la Capilla del Monte del Pilar, de donde ha regresado ahora con su "hermano gemelo", una obra que el entorno de Venancio conoce como el Cristo de a ratitos, porque al escultor le gusta emplear los ratos perdidos en el taller en distintos retoques.

Además, hay una tercera pieza, en bronce, Cristo vuelve al Padre, que da un paso más en la idea del yacente-resucitado y que, esta vez sí, se quedará para siempre en Salamanca en los jardines de Santo Domingo cuando finalice la exposición. Al menos nos quedará este Cristo de Venancio.

Cristo vuelve al Padre, obra en bronce que quedará expuesta en Salamanca de forma permanente | Foto: Alejandro López

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