Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de marzo de 2020

Paulino Fernández

Un religioso porta una vela durante una procesión de Semana Santa en Salamanca | Foto: Pablo de la Peña

23 de marzo de 2020

He dudado mucho de si mantener el escrito que tenía previsto o cambiarlo. Una parte muy importante de mí me pedía no cambiarlo. No modificar mi mensaje porque, por muchos estados de alarma que se nos impongan, confinamientos sociales y estancias domiciliarias que solo podemos abandonar para acudir al trabajo o a la compra ‒o a otros menesteres que, a ojo de este que suscribe, carecen de importancia, pero que deben serlo si así se recogen en la normativa‒, todavía estamos en cuaresma. Sí, por muy extraño que nos parezca, todavía es cuaresma. Todavía estamos en esos cuarenta días de desierto que hemos de atravesar para alcanzar el oasis de la Pascua: donde la fuente de agua viva calmará nuestra sed terrena al mostrarnos que la vida es seguida por una Vida en mayúsculas.

Estos pensamientos rondaban mi mente y, precisamente, eran los que me invitaban a permanecer inamovible en mi primer artículo. Pero al final, la fuerza irremediable de las circunstancias me conmina amablemente a darle una nueva vuelta de tuerca.

El coronavirus, el CO-VID19, el SARS COV-2, o como queramos identificar a esta pandemia, ha trastocado nuestra vivencia cuaresmal de un modo inimaginable. Hoy los templos están poco concurridos, los actos cofrades han quedado aplazados y nuestros desfiles procesionales son hoy un mero recuerdo que, en la pantalla de YouTube, distraen nuestra mente en medio de ese encierro físico que, quizás, podría ayudarnos a volver a encontrarnos con nuestra propia interioridad, esa parte de nosotros mismos tan abandonada en los últimos años.

Y es que esta situación es, sin lugar a duda, muy dura de mantener en el tiempo. Por ello, desde la prensa y los medios de comunicación nos han animado a ocupar nuestro tiempo en múltiples entretenimientos: desde salir a mirar por el balcón hasta salir al mismo a aplaudir a nuestro personal sanitario, a nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a los trabajadores de todos los puntos de la cadena de distribución de bienes de primera necesidad y alimentos, a nuestro país en general...

Sin embargo, en esta vorágine en la que actualmente nos encontramos inmersos, echo de menos aplausos o, mejor dicho, agradecimientos a nuestra Santa Madre Iglesia.

Porque sí, aunque no se reconozca y muchas veces se ningunee la aportación de este estamento a nuestro bienestar social, hemos de tener en cuenta que su trabajo desinteresado por los demás y, particularmente, por los más desfavorecidos ayuda a mantener la paz y la justicia en nuestro entorno.

Así pues, desde estas líneas que tengo la oportunidad de escribir, quiero hacer público mi agradecimiento más sincero y de corazón.

Gracias, Cáritas, Comedor de los Pobres y tantas otras ONGs que os desvivís por los más pobres y desvalidos. Por no olvidar en estos tiempos de crisis social a los abandonados, a quienes no tienen casa en la que quedarse. Por proporcionar alimento a quien no lo puede comprar. Por trabajar junto a las administraciones para que los pobres de entre los pobres tengan un lugar en el que ser acogidos. Por no perder ocasión para humanizar y dar calor en esta situación tan fría y deshumanizadora.

Gracias, párrocos y demás sacerdotes, por no desatender a vuestra grey en estos momentos tan delicados. Gracias por no abandonar a los fieles cuya atención os han encomendado. Gracias por continuar administrando la gracia sacramental a quienes lo necesitan y donde lo necesitan. Gracias por continuar con la celebración eucarística. Gracias, en definitiva, porque es vuestra medicina del alma la que nos hace sentir aún más cerca la gracia del Señor y su abrazo sincero.

Gracias al equipo de la Pastoral de la Salud. Por estar en primera línea: residencias, hospitales, clínicas... y no abandonar su puesto. Gracias por recordarnos que la salud necesita de un cuidado integral que va más allá de lo físico y de la psique. Gracias por hacer presente la Iglesia en el meollo de la cuestión, sin buscar protagonismos, pero sin huir de sus obligaciones.

Y, por supuesto, gracias a todos los católicos, con independencia de su estado o su modo de vida, por unirse en la separación orando por las necesidades del mundo. Por entender que hay casi más motivos que nunca por los que rezar. Por tener presentes tantas y tantas necesidades ‒por la curación de los enfermos, por el consuelo de los familiares, por los sanitarios y demás trabajadores, por los sacerdotes y voluntarios...‒ y tantas cosas que agradecer.

En estos tiempos tan difíciles, tan duros y, en ocasiones, tan incomprensibles, no hemos de olvidar nunca la fuerza de la fe. Ahora que nos vemos obligados a estar con nosotros mismos más tiempo, aprovechemos a acercarnos más a los otros y al Señor. Recuperemos nuestra espiritualidad, reforcemos nuestra relación con Dios y acudamos a él tantas veces como sea necesario. Y, sobre todo, ahora que el ruido del mundo calla, aprovechemos a vivir una cuaresma sobria y auténtica que nos prepare firmemente para la Pascua.


miércoles, 11 de marzo de 2020

Tomás González Blázquez

Cofrades de la Vera Cruz junto a su capilla en los últimos instantes de la procesión del Lunes Santo | Foto: M. López Martín

11 de marzo de 2020

Un buen amigo cita a menudo, y siempre viene a cuento, el capítulo 3 del libro del Eclesiastés, ese que dice que hay un tiempo para todo. La Cuaresma se nos presenta como "un tiempo favorable", así se escuchaba en la celebración del Miércoles de Ceniza a través de las palabras de Pablo a los Corintios, pero ocurre que, a veces, cuesta sacar esa oportunidad del esquema humano y enmarcarla en la voluntad de Dios. La impaciencia nos consume y se hace difícil aceptar que "todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo". Confundimos el tiempo favorable con el tiempo misterioso de quien está por encima de las horas, las cuaresmas y los siglos. A mí me pasa mucho, y por eso agradezco a mi amigo que me remita al Eclesiastés.

Tiempo de nacer, para esos pequeños y no tan pequeños nuevos cofrades que estas semanas se han tomado medidas para su primer hábito procesional y recibirán con orgullo una medalla que, ojalá, luzcan con más satisfacción cada vez, si cabe, hasta que les llegue el tiempo de morir, como a los hermanos que nos acaban de dejar y que justificarán crespones negros, oraciones sentidas, flores de los pasos sobre sus tumbas y memoria agradecida de los que seguimos su estela cofrade.

Tiempo de plantar la semilla ya brotada en tallo de una nueva procesión de Jueves Santo, porque nos regalará un anuncio hermoso de la Institución de la Eucaristía, y desde San Esteban, porque lo hace como Cofradía del Rosario, y esa es su casa, aunque muchos estamos sorprendidos porque se vaya a estrenar en Sábado de Pasión y desde la Catedral; y tiempo de arrancar las ramas secas de las rencillas y recelos que lastran el crecimiento del árbol semanasantero, porque una poda de claridad y franqueza garantiza buenos frutos en el futuro.

Tiempo de matar las malas costumbres, como los rumores, bulos y difamaciones que castigan a las personas y resquebrajan las instituciones, y aquí hablamos de cofrades y cofradías, y tiempo de sanar esos asuntos enquistados que se han dejado infectar, como las malas relaciones entre cofrades que un día fueron amigos y que, si no pueden volver a serlo, que al menos por su desencuentro no dejen de ser cofrades.

Tiempo de destruir la endeble fortaleza de algunas juntas directivas endogámicas, de grupos cerrados de hermanos de carga, o de música, o de canto, o de cultos, o de montar altares, o de vestir imágenes, o de cualquier tipo, o de corrillos de cofrades sin ninguna intención de abrirse ni de salir de su rutina ajena al sentido de una hermandad, para que llegue un tiempo de construir en las cofradías verdaderas comunidades cristianas, con sus luchas y sus debilidades humanas pero la vocación de ser fieles al mandamiento nuevo.

Tiempo de llorar por algo más que la emoción, muy respetable, y más admirable cuanto más íntima y cuanto más sobria, y tiempo de reír en esos montajes de pasos, cenas de convivencia y tantas ocasiones en las que se hace hermandad, porque aquello no es un trámite ni un trabajo sino un querer estar juntos.

Tiempo de hacer duelo porque el Señor ha muerto, se le ha bajado de la cruz y marcha yacente en su Santo Sepulcro, y tiempo de bailar con sones charros porque es mañana de Pascua y no se entiende otra cosa diferente a que todas las cofradías de Salamanca, sin excepción, ni excusa parroquial, ni alegación subsanable, acompañen la danza alegre en torno a Jesús Resucitado.

Tiempo de arrojar piedras que a menudo caen en el propio tejado de la Semana Santa o de la hermandad de turno y, sin dilación, tiempo de recogerlas para que dejen de abollar la techumbre de un mundo, el nuestro, que no está tan sobrado como para soportar el peso triste y dañino del fuego amigo lanzado con catapulta desde nuestra misma retaguardia.

Tiempo de abrazar, sí, por fin, a ese cofrade con el que últimamente he dejado de compartir una breve conversación, o incluso de saludarme, o hasta he hablado mal de él a otros, mientras llego a la conclusión de que es tiempo de desprenderse de lo que nos separa y nos quita la condición de hermanos.

Tiempo de buscar argumentos y razones objetivas para llegar a acuerdos con aprovechamiento de los recursos a nuestro alcance, léase el Servicio Diocesano de Patrimonio Artístico para decidir los cofrades de la Vera Cruz la incorporación al paso del Ángel Anunciador de la Resurrección, por poner un ejemplo reciente en el que no se ha hecho esa búsqueda formalmente, y tiempo de perder la vieja inclinación al efecto sorpresa, los hechos consumados y la resignación conducente a aceptar el mal menor.

Tiempo de guardar la tradición heredada, sea mucha o poca, más pura o más enriquecida o desviada con influencias posteriores, sin despreciarla porque se aleje del gusto estético imperante, y tiempo de arrojar, con respeto a los sentimientos y delicadeza en las formas, aquello que se puede sustituir por algo mejor y aquello que, por superfluo o innecesario, simplemente debe apartarse, como algunas insignias, hábitos impropios y actos procesionales vacíos o confusos.

Tiempo de rasgar el corazón, no las vestiduras (vuelvo a la Palabra de Ceniza), para que en el tiempo de coser se restañen los grandes jirones que laceran el lienzo de varias hermandades y, en esta y otras tareas, pueda ser útil, porque es un traje de trabajo más que de fiesta, el que, a la medida de las cofradías, encargó la Asamblea Diocesana y diseñó el obispo Carlos para las cofradías: esas Normas Diocesanas aprobadas ya hace más de ocho meses y que, dentro de unos pocos años, no quisiera tomar en mis manos y experimentar ese tacto tan desagradable del papel mojado.

Tiempo de callar, lo que no hacemos aquí en este espacio de incontinentes opinadores, aunque hay otros que opinan tanto o más en otros foros y con la misma pretensión de ser escuchados, y tiempo de hablar porque alguien tendrá que decir que no es muy aceptable que, con esas Normas aprobadas, de las salidas extraordinarias se entere la Coordinadora Diocesana de Cofradías por la prensa, y detalles de este calibre.

Tiempo de amar la Semana Santa de Salamanca como si todos nos lleváramos estupendamente y como si no sufriéramos nada con ella, porque si hay un tiempo de odiar debemos dedicarlo a todo aquello que pone trabas al amor, y cada cual sabrá empezar por uno mismo a revisarlo.

Tiempo de guerra, porque eso parece tantas veces cuando discrepamos, una guerra con gobierno y oposición, con parámetros mundanos, con estilos ajenos a los que nos deberían definir, y tiempo de paz que ha de llegar, y que cada Cuaresma y cada Pascua llega aunque prefiramos mirar hacia otro tiempo menos favorable.


miércoles, 26 de febrero de 2020

Tomás González Blázquez

Últimas estaciones del viacrucis de Bercianos de Aliste, en la provincia de Zamora | Foto: TGB

26 de febrero de 2020

Como un mapa sobre el que orientarte en la soledad, en el frío del alma, en el páramo de las sensaciones huecas. Acogedora, bellísima, transparente, verdadera. Más que un rito, más que una costumbre, más que una fiesta: una cita indeclinable con tu propia conciencia. 

Dibujaba Ignacio Camacho la Semana Santa como auténtico paisaje de la conciencia en su columna de ABC el 13 de abril de 2017, Jueves Santo. De sus palabras arranco hoy un brote verde de morada Cuaresma que me parece ver asomar por entre las grises losas, junto a la carretera, a la vera del cementerio, allí donde se acaba el Calvario de Bercianos de Aliste para que empiece un nuevo ciclo pascual marcado en las frentes humildes y en las altivas con el mismo y justo signo de la gris ceniza. La sincera confesión de Camacho, agarrado a un escenario memorial y fiado al paréntesis de esperanza de las horas culminantes de la Pasión, la hago propia al sentir, como cada año cuando faltan cuarenta días para el Domingo de Ramos, que se pone a mi lado un hombre, Jesús de Nazaret, y con él su destino, la ciudad de Jerusalén, a la que sube con una cruz al hombro en la que carga la mía, siete palabras de amor por decirme y setenta veces siete ocasiones para perdonarme.

En el paisaje de la conciencia, tierra santa de cada hombre, inviolable pero tantas veces violentada, la Cuaresma logra germinar semillas que únicamente percibe quien es capaz de ver en lo escondido. Basta su premio. Sobra cualquier otro laurel humano, cualquiera otra medalla con cordón dorado, cualquier otro elogio. Sobran también estas palabras, que nada añaden, pero si las firmo con temblor es porque sueño, y propongo, y reclamo una Cuaresma nueva y capaz de comprometer a cada cofrade al lado de ese hombre, Jesús, y orientarlo hacia ese destino, Jerusalén, y con ellos las cruces superpuestas, y las palabras pendientes que sí son imprescindibles, y los perdones necesarios que sí son inaplazables.

No faltará un desierto en el que mirar al mal a los ojos, sin bajarle la mirada, sin ignorarlo, sin minusvalorarlo, sin dudar de su existencia. Si tuvo que haber cruz, si fue tan alto el precio, la sangre del mismo Hijo de Dios, que haya desierto y hambre, que haya tentación y libertad, que sintamos como una hora de Getsemaní donde nos parezca que todos duermen a nuestro lado sin olvidar que Él nunca duerme, que ve en lo escondido del sueño, y en lo secreto de la noche, y en lo indescriptible de la soledad…

No faltará un Tabor en el que creernos a salvo, completos, inmejorables, felices… para que volvamos a mirar luego a la cruz con otros ojos más sabios, más llenos, más limpios, más santos. Nos confunden las ansias y perdemos el rumbo hacia la estación de destino, pero es mejor así. Ha tenido que ser así. Ha querido Dios que así sea. Llegar al Gólgota transfigurada nuestra voluntad y con vestidura blanca, abierta la mente a comprender lo incomprensible pero sólo si la cruz nos lo explica y nos lo adentra en el alma con razones de amor extremo.

No faltarán una samaritana que siempre imaginé bellísima pero aún más hermosa al estar sedienta de verdad, ni un ciego de nacimiento ávido de desconocida luz, ni un amigo muy llorado deseoso de vida. Aunque abunden los maridos y sean excusa para murmurar, proliferen los fariseos chismorreando sobre los pecados ajenos, y ya huela el sepulcro porque es el cuarto día, todavía habrá diálogo franco y agua infinita que calma toda sed como la revelada en Siquem, y aún romperá la sombra del viejo sábado una luz como la alumbrada cerca de la piscina de Siloé, a partir del barro siempre creador y recreador. Entonces, precisamente entonces, latirá con fuerza la vida resucitada en el cuerpo, ya libre de vendas, de Lázaro en Betania, donde las lágrimas de Jesús fueron la penúltima parada de su camino. Entonces, ahora, es otra vez Cuaresma, la cita indeclinable con tu propia conciencia, la subida hasta Jerusalén en pos de un hombre que no se cansa de esperarnos.


lunes, 24 de febrero de 2020

Luis Romo

El Cristo de la Buena Muerte recorre el claustro de los Dominicos en el inicio de la Cuaresma | Foto: Alejandro López

24 de febrero de 2020

"Conviértete y cree en el evangelio", resuena por toda mi cabeza.

El miércoles, en todas las eucaristías que se celebren en cada pueblo y en cada ciudad, el sacerdote pronunciará estas mismas palabras sobre cada uno de los fieles que reciban la ceniza sobre su frente.

Durante estos cuarenta días recurriremos a la conversión, a la limosna y al ayuno para redimirnos ante Nuestro Señor de todos nuestros pecados, cometidos ante las imperfecciones y los vicios que nos caracterizan como seres humanos. Esa conversión se producirá bajo el amparo del evangelio, guía de vida para los cristianos, tanto en los sentimientos como en la razón.

Y es aquí donde recae toda mi reflexión ante este día y sobre las palabras que siguen merodeando por mi cabeza. Comienza un nuevo camino con la mirada puesta en el próximo Domingo de Ramos. Cuarenta días en los que mostrarnos tal y como somos, convirtiendo nuestra mirada hacia el resto, pero sobre todo hacia nosotros mismos. Hacia esos con los que convivimos cada día y con los que compartimos inquietudes, vivencias y compañías. Dicen que no hay mejor manera de equivocarse que equivocándose haciendo caso a los sentimientos, de ahí mi titular sobre este artículo.

Viendo nuestra Semana Santa desde lejos, a unos cuatrocientos sesenta kilómetros de distancia, te das cuenta de la importancia y relevancia que llega a tener sobre nosotros. Personas que marcan ensayos en sus calendarios como motivo de vuelta a su ciudad, o que retiran hojas del calendario con la vista puesta en cultos y desfiles penitenciales, o familias que viajan de vuelta para rezar, llorando en cada calle de Salamanca, con el corazón envuelto en cada representación de la Pasión de Nuestro Señor. Hijos de nuestra tierra que, al verla lejana, recurren a ella con motivo de su anhelo y nostalgia, de lo que tuvieron al lado y necesitan recuperar cada año, para seguir siendo ellos mismos.

Y por ello estamos obligados a enamorarnos de nosotros mismos. A enamorarnos de cada hermano y de cada hermandad, a enamorarnos de cada sombra y de cada desfile, de cada culto y de cada imagen, de cada monumento y de cada hábito. A enamorarnos de nuestra fe, de nuestras creencias. A enamorarnos de nuestra tradición. Y será entonces, cuando enamorados de lo que somos, luchemos unidos en el amor, para después así presumir sin complejos de lo que seremos, de lo que fueron nuestros antepasados y de lo que, ojalá, sean las generaciones que están por venir.

Porque si no nos enamoramos nosotros de lo que es verdaderamente nuestro… ¿quién lo hará en nuestra ausencia? Enamorémonos de lo que nos acompaña durante trescientos días al año, y enamorémonos de verdad, de esa verdad que nos impida dejar a un lado a nuestro amor en estos cuarenta días, por el amor hacia lo impropio, que llena el corazón de otros.

Un amor que sea nuestro y luego del resto, y no que sea ajeno, y lo hagamos propio.


miércoles, 12 de febrero de 2020

Pedro Martín

Representantes de diversas cofradías participan en el vía crucis de la Junta de Semana Santa del pasado año 

12 de febrero de 2020

A un par de semanas tan solo de dar el pistoletazo de salida a la cuaresma y con ella la vorágine de actos, cultos, conciertos, encuentros y demás eventos cofrades de todo tipo, me pregunto de nuevo, y ya van unos cuantos años, si sería posible un poquito más de organización, una cierta planificación conjunta que no sé muy bien a quién puede o podría corresponder liderarla en nuestro mundo cofrade.

Tenemos actos y cultos propios de cada cofradía, otros de la Junta de Semana Santa, y algunos diocesanos que también se deberían de tener en cuenta. ¿Cuál es más importante? Evidentemente depende de para quién, para gustos los colores, pero sin duda deberíamos de darle la máxima importancia a los actos cultuales, en detrimento de otro tipo de actos o manifestaciones artísticas (ay, Dios mío, lo que nos gusta un concierto).

Pero si nos centramos en los cultos, aunque no sean los actos con más afluencia, ni siquiera de hermanos, lanzo la pregunta que tantas veces ha formulado nuestro presidente semanasantero José Adrián Cornejo: ¿sería posible ver en un acto –de culto– a todos los hermanos mayores juntos? Y digo esto desde mi experiencia de ocho años en esas responsabilidades. Las invitaciones para asistir a las fiestas principales, y no tan principales, de todas las cofradías son numerosas y muchas coincidentes en día y hasta en hora. Además, casi todas se concentran en la cuaresma. Como se comprende, resulta de todo punto imposible acudir a todos los eventos y si tenemos en cuenta que muchas cofradías multiplican los cultos con cada una de sus imágenes titulares, imagínense el calendario.

Siempre propuse, y en ocasiones se habló en el pleno, organizar un calendario de fiestas principales, una por cofradía, de tal modo que adecuadamente repartidas en el año, nos permitiera acudir a todos los hermanos mayores, en representación de nuestros hermanos, a los cultos de las cofradías hermanas y hacer la "foto" que, creo, que todavía no ha podido conseguir Cornejo, con toda la nómina de mandamases (o al menos la mayoría).

Queridos hermanos mayores y presidentes que ostentáis el cargo actualmente, atentos a los correos electrónicos e incluso todavía al buzón tradicional, pues llegarán un buen número de invitaciones a todo tipo de actos, que no podréis atender con total seguridad en su inmensa mayoría, así como tampoco podrán corresponderos a la casi segura invitación por vuestra parte.

Y cómo podríamos solucionarlo, pues con algo más de organización, sin pisarnos en actos y sobre todo en cultos, respetando, al menos, la fiesta principal que cada uno marque en consonancia con sus estatutos y en buena sintonía con los demás para poder acudir, si no todos la mayor parte, a celebrar que somos cofrades cristianos y que damos testimonio juntos, ante Jesús y/o María, da igual su advocación.

Organización, hermanos, organización.


jueves, 4 de abril de 2019

Tomás González Blázquez

Obra pictórica de Jesús López para la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Dolores

03 de abril de 2019

Cuando la Cuaresma declina y se dispone a entrar en su recta final parece como si para culminar la subida a Jerusalén hiciese falta tomar el camino de María, surcar su itinerario íntimo y silencioso, en un segundo plano y a distancia. Algunos de los cultos cuaresmales más tardíos de nuestras hermandades, y también de los más asentados históricamente, están dedicados a la Santísima Virgen y a la contemplación de sus dolores. Como cada jueves de la cuarta semana, la Vera Cruz verá comenzar un novenario a la Virgen de los Dolores que desembocará en la procesión popular del viernes de la quinta semana. En esa precisa jornada concluirá el quinario de Nuestra Señora de las Angustias en San Pablo, en las mismas vísperas del besamanos con que en la Catedral se rubrica el triduo en honor de Nuestra Señora de la Soledad.

No por casualidad, desde 2004, recuperando una tradición perdida, en Salamanca abrimos la puerta de la Semana Santa para que salga María: "El ejercicio de piedad del Vía Matris se armoniza bien con algunos temas propios del itinerario cuaresmal. Como el dolor de la Virgen tiene su causa en el rechazo que Cristo ha sufrido por parte de los hombres, el Vía Matris remite constante y necesariamente al misterio de Cristo, siervo sufriente del Señor, rechazado por su propio pueblo. Y remite también al misterio de la Iglesia: las estaciones del Vía Matris son etapas del camino de fe y dolor en el que la Virgen ha precedido a la Iglesia y que esta deberá recorrer hasta el final de los tiempos" (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 137).

La meditación de los Dolores de María que proponen las hermandades, cada año en la calle y cada día en los altares de sus templos, impacta indudablemente en el sentir de los fieles, y esto ha llegado a reflejarse en el templo de nuestra ciudad puesto bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Impulsada una renovación estética del mismo por sus actuales rectores y comunidad parroquial, la iglesia atendida por los padres reparadores luce desde el pasado 15 de septiembre una nueva efigie de su titular, imagen de vestir realizada por Luis Sergio Torres. Fue entronizada sobre una peana en la que se representa a Cristo Yacente, obra pictórica de Jesús López Martín. Este "séptimo dolor" ha sido completado por los otros seis, del mismo autor, en cuadros que flanquean la escena principal. A un lado, los tres dolores de la Infancia; al otro, los de la Pasión, y en ellos, tres rostros de María inspirados en imágenes procesionales de la Semana Santa.

El cuarto dolor, el encuentro de Jesús y su Madre en la calle de la Amargura, reúne a un Despojado con la cruz a cuestas en abrazo con María de la Caridad y el Consuelo. El quinto, la muerte de Cristo en la Cruz, adelanta la aparición de La Piedad y nos la muestra de pie, recibiendo a Juan como hijo y con él a todos nosotros. El sexto, con el Señor descendido, nos hace fijarnos en la Virgen de los Dolores, que con su mano se aferra a las siete espadas que no vemos porque ya le han atravesado el alma. Ataviadas las tres coherentemente de negro, fuera de su contexto tradicional pero perfectamente encajadas en el relato, y dispuestas en el altar mayor de una modesta iglesia de barrio, Caridad y Consuelo, La Piedad y La Dolorosa invitan a la oración y también convocan a la expresión pública y popular de la fe. Los trazos de Jesús López, presentes ya en insignias y pasos de varias cofradías, han alumbrado esta vez rostros reconocibles que evocan San Sebastián, la Catedral y la Vera Cruz desde esa otra orilla del Tormes. Rostros de dolor necesario para que la Pascua llegue y se explique. Rostros que mueven a devoción sencilla y auténtica. Rostros de madre.


lunes, 25 de marzo de 2019

Félix Torres

Recreación de La Cuaresmera durante el potaje organizado por la Hermandad del Perdón | Foto: La Gaceta de Salamanca

25 de marzo de 2019

"A matar la vieja, la tia pendeja…". Y armados de garrotes y palos, los mozos salmantinos salían a las calles entonando esta coplilla mediada la Cuaresma, sin más motivo que recordar que esta época de penitencia llegaba a su mitad.

Matar a una vieja que seguro que muchos, si no todos, de cuantos esto lean no necesitan que les sea explicada, pero, sea por un acaso o sea por completar conocimientos, diré que se trata de La Cuaresmera o La Vieja Cuaresmera y que es la representación simbólica del tiempo cuaresmal, que va del Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, en forma de anciana pintada en cartón recortado que se colgaba en casas y comercios para contabilizar el paso de las siete semanas de este periodo de ayunos y abstinencia de carnes en todas sus versiones. Una vieja con siete piernas que debían ser arrancadas una a una coincidiendo con los domingos cuaresmales hasta que en el Domingo de Pascua era quemada con la última pierna que le quedaba y se celebraba ese día de júbilo con una suculenta comida con carnes y embutidos como cuerpo fundamental, necesario sustituto de aquel bacalao que nos alimentó en la cuarentena.

Siete piernas arrancadas en siete semanas que también recordaban –y deben seguir recordándonos– no el qué sino el porqué de esas abstinencias. Dedicar, al menos, cada domingo de estos días de reflexión hacia la Pascua, a la conversión arrepentida. ¿Y qué es esto para nosotros que nos decimos cofrades? Pues un algo más de lo que debiera ser para cualquier otro cristiano… o quizá debamos conformarnos con lo que debiera ser como simples creyentes, aunque nosotros nos enorgullezcamos de centrar públicamente nuestra fe en estos días que culminan en la Pasión y, a veces, olvidemos que es la Pascua lo que verdaderamente debemos celebrar.

Sirvan entonces estos domingos de introspección cofrade para, con acto de contrición y propósito de enmienda (que confío no hayan pasado a engrosar las filas de ese olvido acomodado, acompañando la vieja protagonista de estas lineas), hacer penitencia cofrade de la de verdad, de la que no se ve, de la que va por dentro, y prepararnos para el júbilo pascual.

Domingos para pensar en nosotros y en los demás y, al arrancar cada una de esas piernas simbólicas, prepararnos poco a poco como cofrades cristianos, valga la redundancia si es que existiera, para ir más allá de celebrar aniversarios que sean una simple cifra efeméride, de realizar superficiales actos solidarios que apenas nos hermanen, de rezar viacrucis callejeros sin más sentido que la propia calle, de propalar comentarios sobre unos y otros sabiendo de su falsedad…, y así hasta siete domingos; siete piernas arrancadas con dolor de los pecados y arrepentimiento. En definitiva, para profundizar en cada uno de nuestros actos y darles un sentido más profundo y con más contenido que la sola superficialidad del propio acto. Así, que celebrar aniversarios nos sirva para aparcar rencillas, que el potaje solidario sea la unión con todos esos proyectos que hacen mejor al hombre, que el viacrucis callejero haga de cada cofrade un voluntario en el día a día de esos viejos para los que cada día es un camino del calvario o que el pincho cofrade que cada domingo algunos se esfuerzan en mantener haga comunión dentro y fuera de la cofradía. En conclusión, cosas simples pero necesarias. Ir poco a poco. Dejar que actos sencillos nos guíen hacia metas mayores en este camino de reflexión y penitencia.

Lástima que hace años, demasiados, que nuestra Semana Santa no tiene a La Cuaresmera entre sus costumbres mantenidas. Que son otros los que se preocupan por recuperar una tradición cargada de sentido aunque sea solo en añoranza estética. Que, como excusa, sería algo digno de seguir formando parte de nuestra Cuaresma y de la de nuestras hermandades, como tradición y como recordatorio. Que no es cosa local sino que se celebró y se sigue celebrando en tantísimos pueblos y ciudades.

No sé si serviría para algo, pero quizá si imagináramos que La Vieja Cuaresmera viene seseando… otro gallo nos cantara o cantase.


viernes, 22 de marzo de 2019

Tomás Gil Rodrigo

El regreso del hijo pródigo de Rembrandt

22 de marzo de 2019

Hace casi cinco años pude contemplar por primera vez este famoso cuadro de Rembrandt en el Hermitage de San Petersburgo. El tema evangélico representado, a través de ese tratamiento de la luz, los colores ocres y cálidos, y los empastes característicos del maestro, consiguieron emocionarme y me adentraron en la belleza de la misericordia de Dios. Como ya estamos cerca de la Semana Santa, de la noche santa de la Vigilia Pascual, donde vamos a renovar nuestra vida de hijos de Dios desde su gran misericordia, que es la muerte y resurrección de su Hijo, os ofrezco un sencillo comentario de esta pintura, como preparación cuaresmal que nos anime a acercarnos al sacramento de la reconciliación.

Rembrandt pintó El regreso del Hijo Pródigo en los últimos años de su vida, seguramente fue una de sus últimas obras, que guardó en su taller hasta su muerte en 1669. El lienzo fue adquirido un siglo después, en 1766, por Catalina la Grande para el palacio del Hermitage de San Petersburgo, donde actualmente lo podemos contemplar junto con otras obras del pintor holandés. Posiblemente la zarina lo compró en París a los descendientes de Charles Colbert, ministro de exteriores del rey Luis XIV, el cual lo adquirió en una de su muchas misiones diplomáticas en los Países Bajos.

El regreso del hijo pródigo es una obra que resume la temática, el estilo y la vida del pintor. Estamos ante ante una de las más monumentales pinturas religiosas de Rembrandt, algunos especialistas la denominan su testamento espiritual al mundo. Evidentemente hay que considerar esta obra como un cuadro de temática histórico-bíblica. Con todo, lo que diferencia su última versión de las demás es que evita la narración literal del texto y las muestras de afecto que banalicen la escena con el sentimentalismo, Rembrandt invierte aquí toda su experiencia creativa y su experiencia de vida, para concentrarse en el acto de perdón del anciano padre, busca que su amor y compasión, su misericordia, lo iluminen todo.

Este lienzo es una interpretación pictórica de la parábola evangélica del hijo pródigo que se encuentra en el capítulo quince de San Lucas (cf. Lc. 15, 11-32), en la cual el menor de dos hermanos, después de pedir a su padre la parte de la herencia que le correspondía y de haberla derrochado, llevando una vida descarriada lejos del hogar, se presenta ante él arrepentido y recibe su amoroso perdón. Aparecen en total seis personajes retratados, cuatro masculinos y dos femeninos, en un espacio sombrío y casi inapreciable, que tiene sus líneas de fuga dirigidas al anciano padre y al hijo pródigo, centro de nuestra atención, pero desplazados asimétricamente a un lado para dar sensación de movimiento a la imagen. Bajo el gran portal de la casa y sobre un estrado se perfila a los dos protagonistas y a la vez les da un aire de misterio, además son colocados a un tercio de la altura del cuadro, según corresponde a la ley de sección áurea, que desde la antigüedad es utilizada por los artistas para expresar sus más altas creaciones.

En un primer plano, el personaje más cercano al espectador le da la espalda, es un joven arrodillado y recostando su cabeza, ligeramente girada a la derecha, sobre el regazo y corazón de un anciano, su padre. Los pies del joven reflejan la historia de un viaje que ha sido duro y humillante: el pie izquierdo, fuera del calzado, muestra una herida cicatrizada, al mismo tiempo que la sandalia del pie derecho está rota. La ropa son harapos de color amarillento y marrón, casi transparentes, que dejan entrever su cuerpo desnudo, y el personaje ha sido representado con la cabeza rapada. Sin embargo, aún le queda un objeto de valor, lleva ceñida a la cintura una pequeña espada atada a una soga.

De frente figura el padre, inclinado sobre su hijo le abraza, posando las manos sobre su espalda. Las vestiduras del anciano están cubiertas por un manto rojo y por debajo de este asoman las mangas de una túnica de color ocre con reflejos de un dorado verdoso, son las ropas de un hombre rico que contrastan con los harapos de su joven hijo. La luz inunda el rostro del padre, que, aunque esté casi ciego, dirige la mirada hacia abajo, mientras con un ojo mira al hijo y con el otro se pierde en sus pensamientos, ya que es un padre amoroso y sabio. El núcleo de la escena reside, sin duda alguna, en el gesto de sus manos, representadas de forma distinta. Así pues, la mano izquierda es más grande y fuerte, se apoya con firmeza y mayor vigor sobre el hombro del muchacho, y la mano derecha, más pequeña y fina, lo hace con delicadeza.

A la derecha del grupo anterior se sitúa el hermano mayor. Existe un parecido exterior entre este y su padre, tanto por la barba como por sus atuendos, especialmente la capa roja que cubre la túnica. Es un hombre alto, mejor dicho altivo, de postura señorial y rígida, lo cual queda más resaltado con el bastón que sujeta entre sus manos, que se parece a una vara de medir o una regla. Pretende alejarse de su hermano y ante lo que hace su padre con él, no puede evitar fruncir el ceño, mira distante desde lo alto, clavando sus ojos sobre su padre y su hermano, enjuiciando a ambos.

Todos los rasgos y colores de esta pintura adquieren un sentido simbólico, ya que Rembrandt interpreta con solemnidad lo que es la misericordia de Dios desde el Evangelio de Jesucristo, no se detiene en la letra de la parábola, sino que quiere que entremos en su espíritu. El centro no es el arrepentimiento del pecador arrodillado, ni la penitencia que le exige el hijo que se cree bueno, sino la misericordia de Dios, que se ha hecho visible por medio del Hijo de Dios y se nos ofrece como don y tarea. Por encima de que haya arrepentimiento o se cumpla la penitencia que demuestre la conversión del pecador, está la misericordia de Dios. Por eso, Rembrandt despoja su obra de toda anécdota y el padre se convierte en el protagonista absoluto, que con su abrazo absorbe el pecado de todos, el del hijo pequeño y también del mayor. La maestría con la que el autor ha captado y reflejado el alma de los personajes, consigue que en ellos podamos descubrirlo.

El auténtico protagonista del cuadro es el padre, y su rostro es el único que se muestra iluminado e íntegro. Es muy significativo que Rembrandt eligiera un anciano casi ciego para comunicar el amor de Dios. Ya que Dios mira en profundidad, sin dejarse llevar por las apariencias, el mirar de Dios es amor. Las manos del padre se convierten en el centro de este óleo del Museo del Hermitage. En las manos del padre se concentra toda la luz, clave pictórica y espiritual del cuadro, a ellas se dirigen todas las miradas, en ellas la misericordia se hace luz y carne. Aunque estemos ante una figura patriarcal, hay algo de maternal en este padre que se inclina a estrechar sobre su regazo a su hijo. Incluso su mano derecha, fina y elegante, parece la de una madre que acaricia, mientras que la rugosa y firme mano izquierda se asemeja más a la de un padre que protege. Así, maternidad y paternidad se convierten en un solo gesto de bendición y de sanación. La imagen de Dios es representada por Rembrandt a través de estas manos, donde la justicia y la misericordia se unen.

Solo desde Jesús puede ser comprendida y contemplada la parábola y el cuadro: "Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo" (Lc. 6, 36).  El lienzo no solo muestra un perdón sin límites, también constituye una prueba de que los hijos son herederos, y por tanto, son llamados a ser sucesores del padre. El cuadro es una invitación a entrar en el lugar del Padre, gracias al Hijo de Dios, que nos ha hecho hijos por adopción y también sus herederos (cf. Rom. 8, 17). Solo desde Él es posible en nosotros la misericordia de Dios, ofreciendo sus mismas manos abiertas, de misericordia y justicia, con los hermanos, los pobres y el mundo.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Pedro Martín

Los cofrades comienzan este Miércoles de Ceniza el camino de la Pascua | Fotografía: Manuel López Martín

06 de marzo de 2019

Otro año más comenzamos el camino de la Pascua. Cambiamos de color las vestiduras litúrgicas, que tornan a morado, no como presagio de los hábitos, que alguno lo pensará.

Volveremos a escuchar al acercarnos a recibir la ceniza "conviértete y cree en el Evangelio" (alguno seguirá anclado en el "polvo eres…"), precioso signo de conversión que nos prepara desde ya para vivir intensamente estos días.

Yo propongo para esta Cuaresma un calendario alternativo al de ensayos, besamanos, conciertos y demás actos propios de estos días.

Os lanzo una pregunta para la reflexión que puede resultar quizá un tanto escandalosa: ¿es tu dios el Dios de Jesucristo, el Dios del Evangelio?

Vamos a ver qué claves nos da el Papa Francisco en su Mensaje de Cuaresma de este año.

El título es muy sugerente, pues toma de Romanos La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios. Un año más celebraremos la Pascua tras la purificación de la Cuaresma, pues tan solo así participamos de la salvación del misterio pascual.

Nos indica tres puntos para la reflexión que tan solo apuntaré, pues merece la pena que disfrutéis de ellos y los recéis.
  1. La redención de la creación.Vivir como hijo de Dios plenamente también supone cuidar y disfrutar plenamente de los frutos de la naturaleza.

  2. La fuerza destructiva del pecado. El pecado rompe nuestra relación con Dios, con los demás y con la creación. Todas nuestras actitudes o acciones que lo impiden son objeto de revisión de vida especialmente en Cuaresma y sería bueno que prescindiéramos de ellas en este tiempo, "fantástico ayuno y abstinencia".

  3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón. De esta tercera parte os pongo una frase literal que resume muy bien el mensaje del Papa Francisco: "La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna".
Ayuno como ejercicio de aprendizaje, de un cambio necesario de nuestra actitud para con los demás, pasar de la tentación de devorarlo todo a "sufrir por amor". Orar (ante nuestras imágenes) necesitados de Dios y su misericordia. Dar limosna para entender que nada nos pertenece, que no podemos acumular sin más para nosotros y así pensar en las necesidades de los hermanos.

Todo este plan cuaresmal que nos propone el Santo Padre hará que nos dirijamos a la Pascua de Jesús pensando en el plan de Dios, el Dios del Evangelio y no el nuestro, que tengamos presentes a nuestros hermanos con necesidades espirituales y materiales y se manifiesten los hijos de Dios llevando su fuerza transformadora a toda la creación.

Buena y purificadora cuaresma hermanos.


lunes, 25 de febrero de 2019

Luis Cañón

La Virgen de las Lágrimas pasa frente a la placa con la conocida alusión de Cervantes a Salamanca | Foto: Heliodoro Ordás

25 de febrero de 2019

Hace un año, cuando me nombraron director de Onda Cero Salamanca, tenía claro que me esperaba una grandísima tierra. Una ciudad cosmopolita, moderna y acogedora. Un referente mundial del saber, con sus dos magníficas universidades.

Los que amamos la Semana Santa, vemos en ella la semana más importante del año, e intentamos, de una u otra manera, buscarla allá donde estemos, porque es nuestro salvavidas, nuestro balón de oxígeno.

Para los que vivimos la Semana Santa intensamente, todo gira en torno a ella. No importa si estás en León, en Granada o en Salamanca, el sentimiento y la manera de vivirla es la misma. Y da igual el lugar donde residas y desfiles, porque la Pasión, por mucho que nos hagan creer en falsos provincianismos, es universal, y todos los que la llevamos dentro estamos compartimos un mismo patrón. Ese molde es el que hace que nos reunamos en tertulia todo el año, que pongamos marchas de cornetas y tambores en verano, y que elijamos trabajar en Nochebuena o Nochevieja, para tener libre  el Domingo de Ramos o el Viernes Santo.

Esa misma premisa es la que hace que cada año aparezcan de nuevo los nervios como si fuera el primer año, que vuelvan los recuerdos de la niñez y de los que tristemente ya no están.

Por eso, cuando me nombraron director de la emisora en Salamanca estaba tranquilo, fundamentalmente porque en Salamanca hay Semana Santa y muy buena, así que rápidamente me moví en busca de contactos, como medida proteccionista, como antídoto.

En menos dos meses llegará el tiempo feliz y entrañable. Diez días y diez noches en los que la Gloria bajará a la ciudad. El tiempo justo para que de nuevo se abran las puertas que llevan un año cerradas. Muchas serán las maneras de vivirla: austeridad frente a grandes bordados, tradición frente a modernidad, silencio frente a aplausos… todas tan distintas, pero igual de auténticas (a su manera), y todas tan necesarias. Un reflejo de lo que somos.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Pedro Martín

Vista general del interior del teatro Liceo durante el pregón de Manuel Muíños | Fotografía: Pablo de la Peña

21 de marzo de 2018

A escasas fechas para dar el pistoletazo de salida a nuestra Semana de Pasión, se multiplican los actos de todo tipo. Me voy a centrar en este artículo en tres actos en concreto: las presentaciones de las revistas Christus, Pasión en Salamanca y el acto del Pregón, preludio oficial de nuestra Semana Santa.

Empezaré por lo propio, aunque parezca falsa humildad. Y es que la presentación de la revista Pasión en Salamanca que edita desde hace 25 años la Tertulia Cofrade Pasión fue toda una sorpresa y una auténtica delicia. Mi más sincera enhorabuena a Paco Gómez, periodista de La 8 de Salamanca, por la presentación tan original, trabajada y estudiada. Sin duda horas de trabajo junto con su equipo para ofrecernos este "informativo cofrade" de primer nivel. Les invito a que lo saboreen en el siguiente enlace. Me reitero en nuestro agradecimiento a ti y a tus compañeros y, por supuesto, a tu "casa", La 8.  De los contenidos nada voy a comentar, que ya lo hizo el presentador, tan solo invitarles a leer la revista.

Vamos a por la segunda. Apenas una hora después, se presentaba la revista Christus, que este año cambiaba de ubicación y de dirección. Como hablamos de luces y sombras, bien por la ubicación, magnífica. El Casino de Salamanca nos acoge con cariño y, durante este último año, es uno de los lugares habituales de los actos de Semana Santa. Se agradece la acogida. Para mí, y esto es una opinión personal, que de eso se trata en este medio, la presentación si fue una pequeña decepción. No la entendí, ¿quién presentaba la revista? ¿Ana Pedrero o su director, Toni Sánchez? El formato fue raro o a mí me lo pareció, con una especie de diálogo entre "presentadora" y director, sin adelantar ni comentar contenidos que luego fueron presentados en un audiovisual, que no quería comenzar, cosas del directo. Aspectos a mejorar, sin duda. 

Y un tirón de orejas, amigo Toni: no era necesario, para poner en valor tu trabajo y la calidad de la revista, compararla con trabajos anteriores de otros profesionales que, como tú, dedicaron mucho tiempo y esfuerzo de forma altruista a la elaboración de la revista. No me gustó, me sentí incómodo, y me consta que otros cofrades allí presentes también.

Terminamos el triduo de presentaciones con el pregón, presentación de la Semana Santa de Salamanca en el teatro Liceo. Aquí también, para mí, hubo luces y sombras, insisto, en mi humilde opinión que puede estar equivocada.

Conocía en la tarde de ayer, antes de acudir al Liceo, que eran dos y no una las imágenes que estarían presentes en el pregón. Y me chirrió, no digo que no. La Esperanza sale de San Esteban y la Humildad de San Martín y se encuentran en el Liceo. Evidentemente es potestad del pregonero decidir qué imagen o, en este caso, imágenes lleva a su pregón. Quizá no era lo más adecuado repetir una imagen que ya estuvo en el mismo o hacer debutar "en sociedad" a otra que todavía no se ha estrenado en las calles. Pero insisto, es mi opinión. Y aquí lo que cuenta es la del pregonero y ese magnífico diálogo que mantuvo con ellas, que tenía todo el sentido y toda la profundidad. Gracias, Manuel. Les digo como antes: véanlo, léanlo, disfrútenlo, medítenlo. La puesta en escena esta vez, a mi parecer, podría haber sido mejorable para el fin que quería el pregonero, pero me quedo con el fondo, no con la forma, que es lo que importa.

Feliz Semana Santa a todos.


lunes, 12 de marzo de 2018

Paulino Fernández

Paso del Cristo Yacente de la Misericordia instantes después de su salida desde la Catedral Nueva | Foto: Pablo de la Peña

12 de marzo de 2018

Sirvan estas primeras líneas de agradecimiento a la Tertulia Cofrade Pasión, histórica asociación de nuestra ciudad, por permitirme expresar mi humilde y personal opinión en esta prestigiosa publicación. Y no es insignificante puntualizar aquello de la opinión, toda vez que lo que aquí expongo no es más que una suma de pensamientos propios.

En la bula de convocatoria del Jubileo de la Misericordia –cuyos efectos todavía colean, o así debería ser, en nuestro cofrade sentir y pensar–, Misericordiae vultus, el rostro de la Misericordia, disponía Su Santidad, el Papa Francisco, que "Misericordia es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida". Y precisamente este pensamiento lleva rondado mi mente desde entonces.

Existe un cierto runrún, y desde algunos círculos es casi un clamor, sobre la necesidad de repensar o reestructurar la Semana Santa en su ámbito externo. Esto es, una modificación que vendría a reorganizar la pública prestación de fe que, individualmente en cada hermano y de forma colectiva, las diversas corporaciones vendrían efectuando en ese sempiterno rito de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Pero, me atrevo a considerar, la reestructuración externa no fructificará ni podrá plantearse nunca si no comenzamos con una pequeña, pero profunda, reconstrucción interna.

Quizás, en este punto, puedan surgir dudas acerca de la relación de la definición de misericordia reproducida y lo expuesto previamente. Ciertamente, es necesario comprender un hecho capital: el crecimiento externo de nuestra Semana Santa no será nunca posible si no nos comportamos como un único cuerpo, avanzando en el mismo sentido. Sí, es necesario que nuestras hermandades dejen de lado los recelos que puedan tener respecto a las otras y que los dimes y diretes corporacionales se desvanezcan.

Pero, ¿cómo será posible alcanzar estos reclamos si observamos constantemente la existencia de enfrentamientos entre propios hermanos de una misma corporación? ¿Cómo podemos tratar de abrirnos a la sociedad y aumentar nuestra presencia y peso en la ciudad y en la diócesis, si no somos capaces de cumplir con lo dispuesto en nuestros estatutos en lo relativo a la caridad y perfección de los fieles? Porque el crecimiento de una hermandad no se consigue saliendo a la calle o aumentando el patrimonio material; se alcanza cuando somos capaces de tender una mano, sin que sea al cuello, a los otros miembros. Cuando dejamos de lado inquinas personales y nos comportamos con el de al lado como si fuese un verdadero hermano. Cuando en vez de imponernos al otro, nos ponemos en su piel para comprender sus motivaciones.

La Cuaresma es, o así se nos plantea desde la fe, un momento de conversión interna que trastoca nuestro yo personal, acompasándolo a las exigencias que nuestras creencias requieren. Aprovechando los últimos coletazos de este tiempo de espera, procuremos dejar un momento al margen el trajín de los preparativos para buscar y repasar en nuestro interior y acercarnos cordialmente a nuestros hermanos.


viernes, 23 de febrero de 2018

Xuasús González

Procesión con el Cristo de la Buena Muerte el Miércoles de Ceniza en el Claustro de los Reyes | Foto: Alejandro López

23 de febrero de 2018

El Miércoles de Ceniza es uno de esos días que todos los cofrades tenemos marcado en morado en nuestro personal calendario semanasantero. Con él se inicia un tiempo de preparación para la Pascua, a nivel espiritual –oración, penitencia, limosna, ayuno…–, pero también en el ámbito más "mundano" en el que se ultiman ya los preparativos para la puesta en escena de una nueva Semana Santa que asoma ya a la vuelta de la esquina.

Cuando el cura dice, mientras impone las cenizas, "conviértete y cree en el Evangelio" –o, décadas atrás, aquello de "memento, homo, quia pulvis eris et in pulverem reverteris"–, es como si comenzaran a agudizarse los sentidos: el de la vista, tratando de buscar –aun a sabiendas de que es pronto–, algún paso por las calles; el del oído, con las bandas poniendo música a nuestro día a día; el del olfato, siguiendo el "rastro" del aroma a incienso; el del tacto, cuando todo lo que tocamos nos evoca a lo cofrade; o el del gusto, que la Semana Santa –pese al ayuno– tiene un "sabor" realmente delicioso.

La ceniza es símbolo de lo efímero de este mundo, sí; pero también es signo de que falta ya muy poco… y, aunque por un lado se nos haga "eterna" la espera y tratemos de arañarle días al calendario, por otra parte pasa el tiempo a toda velocidad, y poco menos que no nos da tiempo ni a ponernos la túnica.

Y es que, desde el pasado Miércoles de Ceniza, la actividad cofrade vuelve a salir de su letargo para hacerse protagonista durante todo el tiempo de Cuaresma, tanto más cuanto más cerca estemos del comienzo de la celebración pasional. Bien es cierto que hay un nutrido grupo de personas –y que va constantemente en aumento– que "vivimos" la Semana Santa durante todo el año con gran intensidad, pendientes de todo cuanto acontece en torno a la Semana Mayor; pero no es menos cierto que es mucho mayor el número de cofrades "estacionales" que comienzan a despertar de su "hibernación" a medida que se va acercando ese día en que, por fin, el primer paso sale de nuevo a la calle.

En todo caso, para unos y para otros es la Cuaresma una época de mucho trajín, de horas y horas dedicadas a lo cofrade, y casi hasta de "parar" toda actividad en nuestra vida que no sea semanasantera…

Desde hace unos días, puertas, paredes y escaparates –y la habitación de más de uno– comienzan a cambiar su decoración llenándose con un montón de carteles cuyo diseño, a buen seguro, servirá también como tema de debate… sin que se alcance consenso alguno, claro.

Por estas fechas empieza también nuestra "peregrinación" de evento en evento, haciendo lo posible y casi lo imposible por llegar a casi todo, aunque los organizadores se "empeñen", digo yo que sin pretenderlo, en hacer coincidir los actos.

Las cofradías ultiman sus preparativos, las bandas apuran los días que les quedan, los pasos comienzan sus ensayos… En definitiva, entramos ya en esa recta final en la que todos, de alguna forma, empezamos a notar cómo el corazón nos late cada vez más y más deprisa...


miércoles, 14 de febrero de 2018

Tomás González Blázquez

Cuaresmera de Andrés Alén para el Museo del Comercio, que la distribuye como obsequio para revivir esta tradición

14 de febrero de 2018 

Miércoles de Ceniza, contigo empezó todo

El día de Reyes se anunció la fecha en la misa, tras el Evangelio, al dar noticia de las fiestas movibles que, brotando del centro pascual, salpican el año litúrgico. Los cofrades ya la habían mirado en cuanto cayó en sus manos, quizá meses atrás, el primer calendario de 2018. O incluso en uno de esos avisadores, un punto obsesivos, en forma de cuenta atrás hacia el Domingo de Ramos: quedan ya… cuarenta días. ¿Conseguiremos que, por fin, en esta Cuaresma, Santa víspera de la Santa Semana, nuestras cofradías se "cofradicen" más y mejor?

Primera semana: el desierto

Si Jesús, antes de lanzarse a la palestra pública, a su misión de dar testimonio del Padre y anunciar el Reino, escogió el desierto, el silencio, la discreción, no podemos decir que las hermandades le imitemos mucho cada Cuaresma. La agenda de actividades es de todo menos desértica; en tal caso, repetitiva y excesiva. No discuto que muchos actos cuentan con el respaldo del público, a la vez que lamento que bastantes de los cultos cuaresmales de nuestras cofradías no aglutinan al número de fieles que desearíamos, pero nos falta desierto. ¿No rompería los esquemas de muchos cofrades que su hermandad les propusiera este año un tiempo de retiro en silencio y oración más cuidada? ¿O que les sugiriera algún tipo de itinerario más personal a seguir durante las cinco semanas? Nos falta desierto y nos sobra ruido, prisa, adrenalina, locura…

Segunda semana: la penitencia

Cofradía penitencial. Marcha penitencial. Acto penitencial. Hábito penitencial. Cruz de penitente. Y más. Pero a la penitencia cofradiera le falta penitencia sacramental. En los programas oficiales de las hermandades no sale (habrá alguna excepción) y en la lista de tareas de cada hermano, junto al pago de la cuota o el planchado de la túnica, tampoco. El sacramento del perdón, a través de celebraciones comunitarias o de la peregrinación particular al confesionario, daría otro aire a la Cuaresma del cofrade. Muchos de ellos hace años que no lo disfrutan, aparcado probablemente  por recelos y desconocimientos. ¿No haría un gran regalo la cofradía a sus hermanos si levanta esos temores, rompe una especie de tabú y despierta el ansia de la reconciliación? Penitencia directa y de primera mano para que la otra, la secundaria, sea verdadero complemento y no suplantación insuficiente.

Tercera semana: el encuentro

Si bien un pequeño grupo sostiene la llamada vida de hermandad durante todo el año, y unos cuantos nazarenos aparecen media hora antes de la salida de la procesión y se esfuman sin que el último paso haya entrado, el cofrade medio se deja ver a lo largo de la Cuaresma, un par de veces quizá, algún ensayo de carga, alguna asamblea, alguna misa suelta… Abrazos de reencuentro. Caras nuevas, que siempre aparecen. Gente a la que se echa de menos, porque dejó de venir. Cofrades volcados de repente a los que casi nadie conoce. Cofrades que estuvieron dedicados a pleno rendimiento y de los que nunca más se supo. Cada Cuaresma, el encuentro y el desencuentro. Las filias y las fobias, las  trayectorias fugaces en una hermandad (a veces duran meses), los personalismos que hacen de las diferencias entre personas un constante peligro para instituciones débiles ante este riesgo. ¿No habría manera de que la Cuaresma, esta Cuaresma, tendiera con más solidez los puentes que una y otra vez se vienen abajo? Capellanes y juntas directivas están llamados a emprender la tarea con firme propósito, pues la caridad hacia fuera será más efectiva y coherente cuando dentro se viva algo parecido a la fraternidad.

Cuarta semana: el camino

Que la Cuaresma es un camino hacia la Pascua, que la procesión es reflejo del camino de la fe, que la vida en sí es un camino, y que Jesús mismo es el Camino, son afirmaciones que, no por reiteradas, dejan de servir. Vivir este camino para que el Camino viva con fuerza en nosotros ya es otro cantar. Pero valdría escoger el camino procesional para ensayar un intento. Sacarlo de la rutina tradicional, del rito anual, de la mera costumbre, para hacer de cada procesión un hito en la vida de fe de la persona que desfila con su cirio, su cruz y su circunstancia que sólo ella conoce. Bien está que los coordinadores, los hermanos de paso, o los músicos, organicen con esmero lo que a ellos compete, pero se echa de menos que al cofrade, sea cual sea su puesto en el cortejo, se le inste a prepararse personalmente para salir a la calle en compañía de todos los demás. ¿No ayudaría una orientación para la oración, una formación básica sobre el sentido de procesionar, en vez de confiarlo todo a una inercia que, más que conservar el anonimato del cofrade, provoca que este no sea llamado por su nombre en su propia cofradía?

Quinta semana: la Pascua

La Cuaresma acaba y, si no nos hemos agotado, hastiado o empachado, afrontaremos la Semana Santa. La procesión, claro, pero… ¿y el Triduo Pascual?, ¿y las celebraciones litúrgicas?, ¿y la noche santa de la Resurrección? En muchos programas de cofradías o no aparecen o no se subrayan, lo que refleja su carácter secundario respecto al desfile. Lo que nos distingue desplaza a lo que nos es propio por naturaleza, y así nos debilitamos. Una Semana Santa no puede terminar el Sábado de Pasión, el Domingo de Ramos, el Lunes, el Martes o el Miércoles. Una procesión de Jueves no puede dejarnos sin Misa de la Cena. Una del Viernes no ha de privarnos de los Oficios de la Pasión y Muerte. Una del Sábado no debe anteponerse a la Vigilia Pascual. Y el Domingo de Resurrección parece evidente que debiera intentarse armonizar el anuncio procesional de la Victoria de Cristo con la celebración eucarística, sin ir más lejos del lugar del Encuentro en la propia Catedral. ¿Acaso es imposible vivir la Pascua acompasando liturgia y procesiones? ¡Solo los cofrades gozamos de esta inmensa gracia! Y cada semana, la Pascua otra vez en el domingo, sin el que no podemos vivir.

Los cofradizadores que las cofradicen, fructuosos cofradizadores serán.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Roberto Haro

Manuscrito de la Biblia leonesa de 1162

07 de febrero de 2018

La fe cristiana, celebrada en sus respectivas regiones y con sus vicisitudes históricas, dio origen en Occidente a diferentes expresiones rituales diferenciadas: Romana, Ambrosiana, galicanas o célticas. Sin embargo, la forma propia y peculiar de celebrar los misterios cristianos en las Iglesias de la Península Ibérica se conoce como Rito Hispano: fue el propio de los católicos hispanoromanos.

Más tarde, en la época de los visigodos germanos, los Padres de la Iglesia Gotho-hispana la enriquecieron notablemente; y tras el año 711 fue la fe celebrada tanto en la España asturleonesa como la que sostuvo a los cristianos que vivieron durante siglos en la España árabe. Es uno de los ritos europeos que estuvo plenamente en vigencia hasta la recepción del Rito de Roma en el siglo XII.

De todas ellas, esta liturgia es la única de las latinas que pervive fundamentalmente en su estado original, debido a la situación de aislamiento que conoció en el largo periodo de resistencia mozárabe. En ella se manifiesta una espiritualidad bíblica, centrada en Cristo, trinitaria y martirial con gran expresividad realista y poética.

La liturgia hispano-mozárabe es particularmente rica en oraciones. Prácticamente cada celebración tiene su formulario propio, lo que fuerza el valor catequético que se daba a la liturgia en la Iglesia hispánica. Este era el medio empleado para infundir la doctrina católica y promover una espiritualidad verdaderamente cristiana en los fieles.

Y dentro de las diferentes y ricas celebraciones del Rito, en el albur de la Cuaresma a punto de iniciarse, destaco hoy un aspecto particular y distinguido de tradiciones gestadas a la sombra de los monasterios y de las escuelas catedralicias en época medieval.

Entre ellos destaca uno de los símbolos más emblemáticos y singulares en la noche del I domingo de Cuaresma: La despedida del Aleluya.

Para comprender el origen de dicha despedida hay que interpretar el significado del Aleluya y de lo que suponía para nuestros antepasados en la fe el cese de su canto en la Cuaresma y otras épocas del año.

La palabra aleluya viene de dos palabras hebreas: Hallelu-Jah, que quiere decir "alabad a Dios". El canto de estas dos palabras acompañaba toda la vida de los cristianos de su tiempo. La proclamación del alleluia de los primitivos cristianos está enfocado por lo tanto en la esperanza futura y con ello quiere dar a entender la Iglesia que nuestras acciones cotidianas carecen de todo valor de salvación si no se hacen en alabanza de Dios.

Este canto de alegría se convierte en la acción de gracias por el anuncio salvador que se escucha continuamente en la liturgia. Por tanto, el Aleluya no es la aclamación al Evangelio, como sucede en el Rito romano, sino la respuesta a la Palabra de Dios.

Pero la liturgia de las horas del Oficio Divino de ese primer Domingo de Cuaresma nos prepara para despedir al Aleluya hasta la Pascua, recordándonos así a los que aún caminamos en esta vida que no hemos llegado a la meta y no podemos gozar todavía del premio de la victoria, de la alabanza y la alegría sin fin.

Aleluya, quédate con nosotros hoy
y ya mañana partirás de viaje, Aleluya …
Te marcharás y tendrás un buen viaje, Aleluya
y volverás de nuevo a nosotros, Aleluya…
Así dice el Señor:
Ha quedado encerrado en mi tesoro el Aleluya
y en Aquél día os lo devolveré Aleluya, Aleluya
Antifonario de León n154 – Oficio Vespertino

Esta celebración de la despedida solemne y festiva de la aclamación Aleluya en la tarde del domingo In Carnes Tollendas da paso al salmo Miserere y poco después termina el Oficio.

El lunes siguiente da paso ya al ayuno, la abstinencia de carnes y al resto de las prácticas penitenciales en ausencia del Aleluya, que únicamente volverá a resonar con estruendo y gozo en la noche santa de la Pascua.

La liturgia hispano-mozárabe nos muestra, en la despedida del Aleluya del primer Domingo de Cuaresma, todo el profundo sentido que esta exclamación tenía para los antiguos cristianos.


lunes, 15 de enero de 2018

Daniel Cuesta SJ

Hermanos de carga de Nuestro Padre Jesús del Perdón | Fotografía: Alfonso Barco

15 de enero de 2018

Una vez pasadas las fiestas navideñas, hacia mediados del mes de enero suele empezar la actividad de preparación en las cofradías y hermandades de cara a la Semana Santa. Por email comienzan a llegar las convocatorias a reuniones. Los grupos de Whatsapp, que se encontraban medio aletargados, experimentan una impresionante ebullición, y sobre todo, en las iglesias, casas de hermandad y calles de nuestros pueblos y ciudades, se despierta una actividad que poco a poco irá desembocando en la Cuaresma y la Semana Santa.

Entre estas actividades de principios de año, amén de cultos y charlas de formación, suelen destacar las igualás y ensayos de costaleros, así como de agrupaciones musicales y bandas que, desafiando en muchas ocasiones las temperaturas extremas de estos meses, se echan a las calles, provocando el ansia y la emoción de algunos, así como la indignación y la impaciencia de otros. En no pocas ocasiones son calificados de folclóricos, tempraneros y vacíos, por gente de dentro y de fuera. Puede que en algunos casos tengan razón, pero creo que en muchos de ellos, este juicio está totalmente equivocado. Puesto que tanto el capataz, como el costalero, el cargador o el músico verdaderamente cofrade, son conscientes de que su misión es algo muy serio, y por tanto debe prepararse con antelación para que así esté revestida de la mayor dignidad posible.

Es por ello que, en estas breves líneas, me gustaría presentar un modelo diferente de capataz y cargadores, con el objetivo de que pueda servir de fuente de inspiración, y sobre todo de devoción, para todos aquellos que durante la próxima Semana Santa serán los encargados de ser los pies del Señor y de su Madre por nuestras calles. Y este personaje no es otro que el de Moisés, entendido quizá de una manera heterodoxa, como el primer capataz de la historia. Ya que él era el encargado de guiar a los levitas que portaban sobre sus hombros los varales del Arca de la Alianza que, con las Tablas de la Ley, llevaba la presencia de Dios por el desierto, por el largo camino que separa Egipto de la tierra de Canaán.

Seguramente que en muchas ocasiones hemos escuchado, o visto en pinturas, esculturas o películas cómo era este Arca. En el libro del Éxodo se nos informa de que tanto esta como los varales estaban realizados en madera de acacia recubiertos de oro puro. También se nos dice que decoraban el conjunto una moldura y las imágenes de dos querubines con las alas desplegadas, todo ello realizado en oro. Allí se custodiaban las Tablas de la Ley y sobre ellas se sentaba el mismo Dios (Éxodo 25, 10-22).

Pero lo que probablemente no conocemos es algo de sumo interés para el colectivo cofrade, y es cómo se desarrollaba la marcha de los israelitas por el desierto. El décimo capítulo del libro de los Números, nos lo relata con profusión de detalles. Y al leer sus páginas desde una mirada semanasantera, uno puede encontrar fácilmente paralelismos con nuestras procesiones.

La comitiva se ponía en marcha después de que sonaran las dos trompetas de plata labrada, con las que los israelitas eran convocados. Tras ello, las tribus de Israel se ordenaban en escuadrones, siguiendo cada una de ellas a su propio estandarte, casi al modo de un tramo de procesión o de una representación de una cofradía. Ante ellas, guiando la marcha caminaba el Arca de la Alianza, sobre los hombros de los levitas. Moisés era el encargado de guiarla, siendo de alguna manera el capataz que daba las órdenes cuando el Arca debía levantarse y cuando esta debía detenerse. Así nos lo cuenta el libro de los Números:

Cuando el arca se ponía en marcha decía Moisés: "¡Levántate, Señor! Que se dispersen tus enemigos, huyan ante ti tus adversarios". Y cuando se paraba, decía: "¡Descansa, Señor, entre las miríadas de Israel!" (Números 10, 35-36)

No es difícil imaginar la emoción que sentiría Moisés al dar las órdenes a los levitas que portaban el Arca. Seguro que era consciente de que estaba guiando al trono del mismo Dios, entre las miradas atentas y los vibrantes vítores de los israelitas. El paralelismo de esta escena con tantas otras semejantes que se viven en nuestras calles durante la Semana Santa es fácil de atisbar. Los capataces de nuestros pasos, así como los costaleros y cargadores, saben que el peso que descansa sobre su cerviz o sobre sus hombros no es el peso del mismo Dios, sino que es el de la madera con la que se ha representado a su imagen. Pero no por ello su tarea es menos digna de lo que lo fue la de Moisés y los levitas, puesto que saben que con su caminar acompasado y solemne, ayudan a que muchos se encuentren cara a cara con el mismo Dios, cuando las tallas pasionales les hablen en lo profundo de su corazón.

Por todo ello, es necesario y conveniente que aquellos que van a portar los pasos ensayen durante los meses anteriores para lograr que durante las horas de la procesión, su caminar pueda ser mediación para que otros lleguen a encontrarse con Dios. Pero creo que es también preciso que capataces, costaleros y cargadores preparen no solo su físico, sino también su alma para poder llevar con más dignidad las imágenes de la Pasión de Cristo. Ojalá que las cofradías y hermandades sepamos poner a su disposición los medios para que estos puedan crecer en su vida de oración y profundizar en su relación con el Señor y su madre la Virgen. Y ojalá que entre los capataces, costaleros y cargadores, Dios vaya despertando cada día más deseos sinceros de conocerle, como los despertó en el corazón de Moisés y como los ha despertado en tantos hombres y mujeres a lo largo de la Historia de la Salvación.


viernes, 17 de marzo de 2017

Pedro Martín

Vía crucis de la Junta de Semana Santa en la Catedral Vieja  con el Cristo del Amparo | Foto: ssantasalamanca.com

17 de marzo de 2017

Uno de los actos más comunes y propios de la Cuaresma y, por ende, de las cofradías es el piadoso ejercicio del vía crucis, reflexión con la cual, a través de diversos pasajes o estaciones, nos acercamos a la pasión de Jesús y en ocasiones, añadiendo una decimoquinta estación, a la resurrección.

Esta oración, casi siempre itinerante, es realizada por casi todas las cofradías, en su iglesia, en la calle, con una cruz presidiendo la misma, con una imagen. Casi todas las formas son válidas, siempre que sirva para acercarnos a la figura de Jesús y a sus padecimientos camino del Calvario, de tal modo que podamos compadecernos de él y veamos reflejados sus sufrimientos en los hermanos que más lo necesitan para ejercer la necesaria oración, ayuno y caridad propias de este tiempo cuaresmal. ¿Para qué si no puede servir un vía crucis?

Desde hace ya bastantes años, la Junta de Cofradías, actual Junta de Semana Santa de Salamanca viene organizando un vía crucis cuaresmal con diferentes modelos y también con dispar éxito de participación de cofradías y fieles. Hasta donde me alcanza la memoria, hemos tenido vía crucis organizados por las diferentes cofradías en torno a su templo, con la imagen titular o sin ella. Vía crucis en la Catedral Nueva con la imagen del Cristo de las Batallas discurriendo por las naves de la misma. Vía crucis en la Catedral Vieja sin más, y con escasísima concurrencia, quizá por la coincidencia del día y la hora con otros actos más atractivos.

En esta última época se apostó por realizarlo en diferentes parroquias de la ciudad preferentemente periféricas, con una asistencia discreta en la mayoría de las ocasiones, salvada por los fieles parroquiales. El caso es que ningún modelo ha acabado de gustar, y poco a poco han ido a menos.

Este año, con motivo del 75 aniversario de la Junta de Semana Santa, se ha optado por un nuevo modelo no explorado hasta ahora, pero que parece tener todo su sentido: acudir con una imagen a la S.I.B. Catedral para allí hacer el ejercicio del vía crucis presidido por nuestro obispo. Quizá por ser una ocasión extraordinaria, o quizá no, lo cierto es que la representación fue mucho mayor que en otras ocasiones, y la afluencia en la Catedral fue importante.

Parece oportuno, por tanto, valorar un modelo similar para futuros años. Trabajarlo y consolidarlo. Es evidente que nuestra riqueza y singularidad son las imágenes, rezamos con ellas y a ellas, por lo tanto es lógico que una de ellas sea trasladada a la Catedral para la ocasión de una forma seria, sencilla y sobria, dando testimonio de fe toda la Semana Santa unida e invitando al resto de la ciudad a rezar con su obispo. La fecha también es importante y parece que el primer sábado de cuaresma es adecuado como inicio de la misma, siempre que las cofradías procuren respetar dicha fecha. Seguro que muchos de los detalles del pasado día 4 son mejorables, pero con el compromiso de todos podemos hacer del vía crucis de la Junta de Semana Santa de Salamanca un gran acto de oración y de fe. En nuestras manos está consolidar, por fin, un modelo que atraiga y que perdure en el tiempo.


lunes, 27 de febrero de 2017

Félix Torres

Un sacerdote impone la ceniza a una feligresa | Fotografía: ABC (Ángel de Antonio)

27 de febrero de 2017

En un par de días, quienes nos decimos cristianos celebraremos el Miércoles de Ceniza, primer día de la Cuaresma, en el que siempre vuelvo a mis recuerdos infantiles y a aquellas duras y penetrantes palabras pronunciadas por el sacerdote mientras marcaba la cruz en mi frente: "…y en polvo te convertirás". Se me encogía el estómago. En mi inocencia, aun no teniendo muy claro su significado, retumbaban en mi interior diciéndome que tenía que morir, que no era más que polvo, por mucho que quisiera evadirme pensando en torrijas o floretas fritas.

"Polvo eres…" y, desde este momento, los cristianos y, por tanto, los cofrades, comenzamos un tiempo en el que como creyentes debemos centrarnos en la preparación para la Semana Santa y, sobre todo, para la alegría de la resurrección. Pero si para los primeros es un camino de acercamiento a Jesucristo, de preparación para celebrar la Pascua y de renovación espiritual, para los segundos, estos cuarenta días suponen, en muchos casos, dedicarse a esas tareas más inmediatas que siempre surgen en la preparación de actos y procesiones y que nos distraen tanto como para dejar a un lado el sentido cuaresmal, dejando a un lado lo verdaderamente trascendental de este periodo de conversión.

Ahora, casi desaparecida la tenebrosa fórmula, el sacerdote nos impone la ceniza con una frase –"conviértete y cree en el Evangelio"–, más cercana y, sobre todo, más comprensible en cuanto que nos dice lo que hemos de hacer durante nuestro tránsito vital. Porque los cristianos sabemos lo que es la conversión: seguir las enseñanzas de Jesús, para alejarnos del egoísmo, de la injusticia y de la soberbia, aunque nos cueste tanto esfuerzo ponerlas en práctica.

"Conviértete y cree en el evangelio" exige de cada uno de nosotros el saber respetar la dignidad del otro aunque suponga reconocer nuestra equivocación y ceder en nuestro orgullo.

"Conviértete y cree en el evangelio" es una expresión que debe resonar en nuestra sociedad como un aldabonazo que nos despierte y nos muestre que nos rodean las desigualdades laborales, sociales y económicas y que es necesario tener una actitud interior de acogida generosa y sincera para con aquellos a quienes llamamos hermanos.

"Conviértete y cree en el evangelio" nos dice que el amor que Dios nos tiene es fundamental para la vida aunque, en nuestro egoísmo, solo seamos capaces de ver cuánto amamos a Dios, aparcando la humildad allí donde no nos moleste.

"Conviértete y cree en el evangelio" es arrepentimiento, con verdadero pesar, por saber que hemos obrado conscientemente mal, que hicimos daño, olvidando nuestro compromiso cofrade, que no ya cristiano.

"Conviértete y cree en el evangelio" es luchar, día a día, por tratar de ser personas íntegras dispuestas a dar lo mejor de nosotros a todos cuantos nos rodean. Porque, en definitiva, no sabemos si hoy es nuestro último día en esta tierra.

Al final, si logramos acercarnos a la conversión, al arrepentimiento sincero, aquellas tenebrosas palabras de la infancia, "polvo eres y en polvo te convertirás", suavizarán sus aristas y harán buenos los últimos versos del soneto de Quevedo que, desde que los conocí, siempre ligué a este miércoles:

…
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


viernes, 24 de febrero de 2017

Pedro Martín

El campanero de la Cofradía de Cristo Yacente, que inaugura el Jueves Santo | Fotografía: Roberto Haro

24 de febrero de 2017

A las puertas de la Cuaresma cabría la tentación de hablar de la carta del señor obispo y la falsa polémica andalucista, pero no lo haré.

A las puertas de la Cuaresma pensaréis que debido a los tristes sucesos en los que se ha visto envuelta la Hermandad Dominicana toca hablar de ellos, pero tan solo los reprobaré y daré todo mi apoyo y cariño a la misma y a su hermano mayor, José Fernando Iglesias.

A las puertas de la Cuaresma podríamos hablar de ensayos, que florecen en esta época como las flores en primavera, y parece que cada año con mayor premura.

A las puertas de la Cuaresma, a las puertas de la Cuaresma, ¿qué nos deparará este año la Cuaresma?

Lo que venga será lo que deseemos que venga, podemos estar preocupados por la próxima polémica cofrade que seguro que vendrá. Podemos estar preocupados por el tiempo que hará en nuestros desfiles procesionales, podemos estar pensando en las novedades, los conciertos o los adornos florares. ¿Esto es lo que deseamos?

A las puertas de la Cuaresma Jesús nos ofrece su perdón misericordioso para que seamos verdaderos hermanos cofrades que perdonamos a los demás.

A las puertas de la Cuaresma iniciamos un camino de preparación para vivir con intensidad la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.

A las puertas de la Cuaresma estoy pendiente del hermano que lo necesita.

A las puertas de la Cuaresma me preparo para la Semana Santa con oración y ayuno.

A las puertas de la Cuaresma podemos esforzarnos en transmitir a nuestros pequeños la grandeza de lo que vivimos y cuidarlo para que ellos algún día lo hereden.

Podemos elegir cuál va a ser nuestra Cuaresma, cada uno la suya, con mis hermanos cofrades, con mi comunidad, con mi diócesis, con mi obispo; si esto es así, todo tiene sentido.

O por el contrario preocuparnos de otros aspectos más externos sin entrar en el interior de nuestras propias vivencias, quedándonos en el envoltorio, y propiciando que se pierda todo el sentido cristiano de la Semana Santa y sus cofradías. Será otra cosa, pero vivencia cristiana de la fe, no.

A las puertas de la Cuaresma todavía podemos elegir.


¿Qué buscas?

Twitter YouTube Facebook
Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión