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sábado, 12 de octubre de 2019

Pedro Martín

Cofrades de la Vera Cruz aguardan el inicio de la Procesión del Santo Entierro | Foto: Pablo de la Peña

11 de octubre de 2019

Esta pasada semana recibí con alegría la noticia de la apertura de la Capilla de la Vera Cruz, en el Campo de San Francisco, origen de nuestra Semana Santa y sede de la más de cinco veces centenaria cofradía decana de la ciudad. Alegría por la apertura de un templo que lleva cerrado de forma casi permanente desde hace más de año y medio con la marcha de las Esclavas del Santísimo Sacramento en enero de 2018 y que trae a mi cabeza recuerdos de ratos de oración en presencia del Señor Sacramentado, visitas puntuales a saludar cuando pasaba por la puerta, pues casi siempre estaba abierta, o tardes de viernes santo en el comienzo de la "General del Santo Entierro". Tan sólo ha estado abierta en este tiempo y de forma puntual, en los primeros domingos de mes, para la eucaristía de la cofradía o durante los cultos de cuaresma y semana santa se ha podido encontrar abierta.

Ahora parece que esa efímera apertura se extenderá a los fines de semana, lo cual debería ser motivo de alegría ‒como indico al principio de mi artículo‒ si no fuera porque el objeto de esta apertura no se corresponde a uno de los fines primordiales de toda asociación pública de fieles, que no es otro que el cultual, y parece, si no estoy equivocado, que la apertura de la capilla responde a un mero interés turístico-cultural, pues así se ha vendido por parte de la cofradía y el ayuntamiento, con quién parece se ha firmado un convenio.

Bien está que una joya arquitectónica y patrimonial de nuestra ciudad esté a disposición de cuantos nos visitan y también de los salmantinos, pero no sé si el objeto de una cofradía es convertirse en un mero interés turístico, seguramente no.

Me inquieta sobremanera que estando abierta la capilla en los fines de semana no se celebre al menos una Eucaristía dominical y no se pueda rezar con tranquilidad. Desconozco si va a estar presente el Santísimo en el sagrario, manteniendo una cierta "normalidad de culto", o si este va a ser "excepcional", como lo ha venido siendo durante este año y medio.

Triste sería que nuestra cofradía decana optara definitivamente por ser "de interés turístico", al amparo de nuestro ayuntamiento, cuando se debe a sus hermanos, a sus fieles y a su obispo. Por cierto, ¿qué opina de esto nuestro obispo? ¿lo sabe? ¿lo aprueba? Y, teniendo en cuenta que una apertura de este tipo tiene mucho que ver con lo patrimonial, ¿está enterado el Servicio de Patrimonio de la diócesis? ¿Ha dado su visto bueno o ha supervisado el convenio con el ayuntamiento? En las normas diocesanas recientemente aprobadas, algo pone de esto.

Es cierto que con el tiempo, y más pronto que tarde, nos veremos obligados a cerrar algunos de nuestros templos, al menos de forma parcial. En no pocas ocasiones esto afectará a cofradías (ya está ocurriendo, de hecho) y nos veremos obligados a ser los responsables de mantener los templos abiertos, pero siempre con el fin primigenio del culto. Pero parece que vamos hacia la conversión de los templos en museos, o a integrarlos en las rutas turísticas de una ciudad convertida en un gran parque temático, sin alma.

Compatibilizar culto y cultura no es una opción, debe ser una obligación, sin desviarse lo más mínimo de los fines fundacionales reflejados en los estatutos, donde siempre figura el culto y no el interés turístico.


viernes, 26 de octubre de 2018

Félix Torres

Capilla de la Vera Cruz, que participa este año en la iniciativa turítica Las llaves de la ciudad | Foto: Turismo de Salamanca

26 de octubre de 2018

Con frecuencia, recuerdo aquella noche en Verona cuando en una pizzería —Ristorante Pizzeria San Matteo, si no falla mi memoria— comprobé, sorprendido, cómo aquellos comedores no eran sino las naves de una iglesia adaptadas para albergar mesas, vajillas, hornos y bodega. La comida fue excelente, pero no estuve a gusto en ningún momento, envuelto en una sensación extraña, como si estuviera cometiendo sacrilegio, que me impidió disfrutar la cena y me obligó a disimular ante mis anfitriones, quienes quisieron mostrarme la curiosidad de algo que aún sorprendía pues acababa de inaugurarse. Eran los años noventa y estoy seguro de que era la primera vez en que fui consciente del cambio de uso en un edificio sagrado.

El paso del tiempo, las modas y corrientes populares han hecho y siguen haciendo que cambien los usos y costumbres. Ya pocos se sorprenden de que haya iglesias reconvertidas en discotecas o bibliotecas. No hace falta ir lejos de nuestros límites ciudadanos para comprobar cómo el teatro del Liceo y la tienda de ropa Zara fueron en su día el convento de San Antonio el Real; o cómo no hace tanto tiempo, la capilla del convento de San Millán pasaba a ser Monumenta Salmanticae, el centro de información y bienvenida a turistas, y la iglesia de San Blas, tras su uso como carbonería y posterior abandono, se reincorporaba a la ciudad como auditorio municipal; otras, quizá más olvidadas, sobreviven (no sé hasta cuándo) como imprenta –Nuestra Señora de la Misericordia– o incluso como "almacén" de pasos y enseres cofrades aquella que pudo ser "centro de interpretación de Semana Santa" –iglesia Nueva del Arrabal–. Hay otras que un día echaron el cerrojo a sus portones y ahí quedaron, mostrándonos únicamente su fachada, como San Boal.

Mejor esto que no la piqueta, como ocurrió en aquellos tiempos, aún cercanos, en los que la modernidad y la necesidad de espacios arrasaban con todo aquello que oliese a húmedo o cerrado. Así, nos quedamos sin iglesias, monasterios o conventos para dar paso a plazas, avenidas o casas de vecinos, dejándonos sin importantes partes de nuestro patrimonio que apenas quedan ya en el recuerdo. San Adrián, Santa Eulalia, San Mateo, San Román, Santo Tomé, la capilla del Cristo de los Milagros, el convento de San Francisco el Grande, Conventos de Jerónimos, Benitos, Basilios, Bernardos o Premostratenses… todos ya en el recuerdo de solo unos cuantos.

En estos momentos de crisis de creyentes, carencia de pastores y abandono de conventos, Salamanca vuelve a verse en la necesidad de dejar sin vida, incluso sin culto, esas naves que hasta ayer tenían la vida de quienes se dedican a contemplarla en oración para culto divino y salvación de almas.

La capilla de la Vera Cruz, el convento de la Anunciación y el convento de las Bernardas son, por ahora, los últimos abandonos sufridos por los salmantinos. Abandonos que llevan al cierre de puertas y pérdida de actividad entre sus paredes. Ya no hay cultos, ni oración… al menos de forma habitual o continuada, con verdadera desazón para quienes acostumbraban a hacer de esos templos lugar de recogimiento y diálogo con Jesucristo.

Ciertamente, no estamos en aquellos tiempos de derribo inmediato y nos preocupamos por conceder un uso alternativo a los espacios que merecen ser conservados. Por ello, es de agradecer, por ejemplo, el interés de nuestro Ayuntamiento por incluir la capilla de la Vera Cruz en su programa Las Llaves de la Ciudad, lo que permitirá que esas puertas vuelvan a abrirse para contemplación no solo del desbordante barroco de sus retablos, sino del patrimonio sacro de la cofradía propietaria aunque sea solo por un tiempo limitado. Me parece bien la transformación en lo que cada vez con mayor frecuencia se da en llamar "espacio expositivo", siendo además, la muestra de nuestra cultura religiosa-cofrade de cinco siglos. Con esto, nuestro Consistorio muestra, al menos, interés preocupado por el futuro más inmediato de esta capilla.

Pero, ¿qué ocurre con la recuperación del fin fundamental, como lugar de oración, de esa capilla? Todos, o casi todos, tenemos más o menos claro que no debe perderse el uso diario que muchos han hecho de la capilla; que sus muros deben contemplar algo más que una muestra de arte o cultura y permitir que siga siendo lo que fue: lugar de "exposición permanente" al que poder acceder sin cortapisas en beneficio de nuestras almas. Digna de loa es la preocupación por mantener la actividad sagrada que muestra la cofradía, aunque sea de manera poco más que esporádica, pero eso no es o no debería ser suficiente. La diócesis, igual que ha hecho el consistorio, debería tomar en cuenta esta situación (que ya dije es solo muestra de otras varias que necesitarían semejante atención) y aportar una solución que calmase ánimos y permitiese seguir con la cotidianidad ahora desaparecida.

Seguro estoy de que es tema que preocupa en Calatrava. Seguro estoy de que se está buscando solución. Pero mientras no lo veamos, mientras no digan qué se pretende, mientras nos mantengan en la ignorancia… seguiremos creyendo que nada se está haciendo; que los humanos somos así.

Muestras de interés preocupado desde la Casa de la Iglesia, como esas Llaves de la Ciudad municipales, harían que algunos dejásemos de "marear la perdiz" con aciagos futuros y temidas reconversiones de espacios sagrados.


miércoles, 14 de marzo de 2018

Abraham Coco

Varias personas fotografían el paso de Nuestro Padre Jesús Despojado en la calle Meléndez | Fotografía: Javier Barco

14 de marzo de 2018

La Semana Santa es también turismo. Lo cual quiere decir que es otras cosas además de un recurso turístico. Por ejemplo religiosidad y cultura. En ambos aspectos profundizan, en casual contrapunto, dos artículos de Javier Prieto y Conrado Vicente en el número 25 de la revista Pasión en Salamanca, hermana mayor de esta versión digital, que mañana se presenta en la Sala de la Palabra del teatro Liceo, a partir de las 19.30 horas, con Paco Gómez como presentador. Pero vayamos al turismo.

Mi deriva profesional actual casi me obliga a escribir este artículo para afirmar que la Semana Santa es también turismo. No sólo y esencialmente turismo, aunque sea uno de los elementos imprescindibles para explicar el potentísimo resurgir de esta celebración popular desde finales de los años ochenta.

Ayuntamientos y gobiernos autonómicos de todos los colores (los aconfesionales, los semilaicos, los laicos y los megalaicos, los meapilillas y los más paradójicamente anticlericales) han apoyado a lo largo de este tiempo la Semana Santa. No porque sea un potencial elemento evangelizador, sino como recurso turístico, como elemento cultural y tradicional arraigado, como espacio de entendimiento y de afiliación. Probablemente en esto los cargos políticos hayan estado más avispados que algunos curas y obispos.

Los cofrades nos venimos aprovechando de ello con subvenciones que nos han permitido y permiten restaurar y renovar el patrimonio procesional y otras iniciativas que, en algunas latitudes, serían inviables sin ese apoyo económico público. Porque el privado, ni está ni se le espera. Tampoco el del sector más beneficiado por las procesiones de Semana Santa, que elevan la ocupación de determinados lugares que no registran esos niveles el resto del año, prueba inequívoca de la influencia procesional.

Y hete aquí que, de repente, también surge cierta turismofobia cofrade. Se comienza a percibir, por ejemplo, cierto hartazgo por las faltas de respeto de quien acude a ver una procesión igual que un partido de fútbol, aunque en lo segundo al menos el espectador no suela atravesar el césped mientras rueda el balón. Y hay cofradías que achacan su huída de la Plaza Mayor al turismo y a los turistas, aun cuando cupieran algunas explicaciones más, específicas y a mayores en cada uno de los casos.

El turismo es bueno para la Semana Santa. Incluso me atrevo a afirmar que el turismo es imprescindible, en el caso de Salamanca, para el devenir de su Semana Santa. Es responsabilidad de todos que este binomio siga funcionando. De los cofrades, que deben predicar con el ejemplo y trabajar porque la ciudad comprenda, sin vaivenes, aquello que pretenden transmitir. De los propios salmantinos como anfitriones y destinatarios principales y de los turistas, que allá donde fueres haz lo que vieres. También del sector más beneficiado por las procesiones bajo ese lema de Pasión y piedra tan manido como válido. Y de los poderes competentes en la materia. Porque a nadie le interesa lo contrario.


lunes, 20 de noviembre de 2017

Pedro Martín

Cartel anunciador de la Semana Santa de Salamanca 2018, en su presentación | Fotografía: Ayuntamiento de Salamanca

20 de noviembre de 2017

Podría parecer un contrasentido, incluso una provocación, o quizá fruto de las modas laicistas (que no laicas) que imperan en nuestra sociedad de un tiempo a esta parte, pero el hecho es que si repasamos los últimos carteles de nuestra Semana de Pasión resulta que en los últimos seis años, contando el actual recién presentado, tan solo en uno, y no de forma protagonista, vemos una imagen procesional.

Estaremos de acuerdo en que una Semana Santa sin procesiones no es tal, y una procesión sin una imagen que la presida no tiene sentido, pues esto es y no otra cosa lo que persigue la misma: hacer pública profesión de fe con nuestras imágenes de devoción por las calles de nuestra ciudad.

Con estas premisas entenderá el lector avispado que no me gustan los mencionados carteles de los últimos años, y nada más lejos de la realidad. Como fotografías tienen todo su valor artístico realizado por su autor, y no seré yo, que desconozco los vericuetos de ese mundo, quien dude de su calidad o su técnica, que sin duda la tienen. Pero sí me pregunto qué ha llevado al jurado de los diferentes años a decantarse por trabajos que no presentan, ni por asomo, la centralidad de nuestras procesiones: las imágenes. Y de igual modo, por qué los fotógrafos no buscan instantes de nuestra Pasión con las imágenes como protagonistas. Será por no molestar, quizá por ser políticamente correctos y evitar una imagen religiosa en un cartel promocional, no siendo que nos afeen la conducta.

¿Hemos renunciado definitivamente a las imágenes para decantarnos por una semana santa cartelística iconoclasta? Si a las pruebas nos remitimos, parece que sí, aunque espero que sea una moda como otras tantas que sea pasajera.

El objeto del cartel es promocionar nuestra Semana Santa y, entiendo, atraer a viajeros de todo tipo (culturales, religiosos, artísticos, antropológicos…) atraídos por nuestra Semana de Pasión para que acudan a nuestra ciudad. ¿De verdad pensamos que el ciudadano medio de cualquier feria nacional o internacional donde se promociona, viendo el cartel de este año o los de años anteriores, se siente atraído, emocionado, interpelado, conmovido o fascinado por lo que en ellos se transmite? Sinceramente pienso que no, y que si le quitáramos la palabra "Salamanca" a dicho cartel, pocos, muy pocos de los que lo vieran serían capaces de distinguirlo de los de otros lugares con carteles de semejante corte. Yo no quiero que seamos iconoclastas.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Paco Gómez

Cofrades del Cristo Yacente con capirote y con el rostro descubierto. Genéricamente, gente | Fotografía: Pablo de la Peña

08 de noviembre de 2017

"Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre" (Lc 6,20-23)

Ni la crisis y su efecto sobre las economías familiares. Ni la subida del IVA. Ni, mucho menos, plantearse algún posible problema de calidad para conectar con el público. Por favor, hasta ahí podíamos llegar. La culpa de que las butacas no estén llenas sesión tras sesión la tiene ni más ni menos una práctica que dura apenas una de las cincuenta y dos semanas del año y que además tiene pinta de ser muy perniciosa. Justo: la Semana Santa. Ya lo ha dicho José Luis García Sánchez: "¡Vayan más al cine y menos a las procesiones!". Y asunto arreglado.

El ya famoso y polémico consejo del cineasta salmantino en su discurso de agradecimiento al recibir en Valladolid la Espiga de Oro de la Seminci al conjunto de su trayectoria no deja de ser una anécdota que hay que encajar, por supuesto, en el marco de la libertad de expresión y en el derecho de cada uno a pensar y opinar lo que le venga en gana.

Dicha con la habitual socarronería de nuestro ilustre paisano (Lázaro de Tormes, Tirano Banderas, Tranvía  a la Malvarrosa, El vuelo de la paloma…), la frase me parece, no obstante, susceptible de comentario por ser representativa de un fenómeno que vengo percibiendo con creciente resignación.

Todo colectivo –y cuando digo todo, es todo–, merece el mayor de los respetos en el mundo de lo políticamente correcto. No hay práctica, pasatiempo, postura ante la vida, pseudofilosofía, neopsicología, convicción alimentaria o entregada afición que no merezca una foto, un apretón de manos y una respetuosa toma en consideración desde las instancias públicas. ¿Todas? No. Todas, con la única excepción del de los creyentes.

Podríamos ser capaces, incluso, de acotar un poco más y no sería errado hablar de los creyentes cristianos, porque quizá los de otras confesiones gocen, desde distintos espectros ideológicos, de un grado de tolerancia que para sí quisiera el seguidor de Jesús.

Hace unas semanas, con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de Salamanca a la Junta de Semana Santa, por una vez no reprimí mi habitual tendencia a no comentar en público los asuntos de la actualidad más cercana y a través de las redes sociales en las que estoy presente mostré mi malestar con la decisión de la agrupación de electores Ganemos Salamanca de no apoyar esta concesión defendiendo, como argumento principal, la deseable laicidad del Estado.

Pero no, no se trata de eso. Para qué engañarnos a estas alturas. Les aseguro que no hay nadie más convencido de la conveniente separación radical entre los poderes públicos y el poder espiritual de la Iglesia (cuya confusión ha generado a lo largo de los siglos daños incuantificables y lamentablemente ha hecho correr la sangre y silenciado conciencias y voces críticas), sin que eso tenga que significar que lo religioso quede relegado o marginado a lo personal, privado y casi clandestino.

Pero no, no se trata de eso. Fórmulas existían para haber apoyado la solicitud si hubiera un mínimo de buena voluntad en este sentido. Lo expuse y lo repito, la Semana Santa de Salamanca no es solo una manifestación religiosa. Es un vestigio antropológico de más de cinco siglos. Es cultura viva que hace mejor la sociedad que tiene al lado a través de infinidad de iniciativas. Es sentimiento que peleó y pelea por la igualdad de la mujer y en el que, al fin y al cabo, debajo de un paso o con un cirio en la mano, no importan mucho ni clases ni linajes.

Cualquier enfoque hubiera servido. Pero más bien y por el contrario, sirvan como ejemplo estos dos momentos recogidos en el artículo, se sigue buscando la manera de ignorar que en los bancos de las iglesias, en las filas de los besapiés, en las romerías, al otro lado de los respiraderos –hombro con hombro–, en la paciente espera de la acera lo que hay ante todo y sobre todo es gente. Gente que por llevar una cruz colgada al cuello o tatuada en el corazón no ha dejado de valer tanto como cualquiera.


lunes, 23 de octubre de 2017

Antonio Santos

Documento de la concesión de la Medalla de Oro de Salamanca a la Junta de Semana Santa | Fotografía: Óscar García

23 de octubre de 2017

Para que la celebración de una semana santa en una determinada localidad alcance el brillo y el relieve adecuados, deben concurrir muchos y variados factores. Algunos son irrenunciables y vienen rápidamente a la mente de todos: imaginería artística de primer orden y entorno urbano o rural apropiado, cofradías nutridas, bien organizadas y público arropando las procesiones: es decir, lo que nuestra divisa recoge con sumo acierto, Pasión y piedra.

Para seguir sumando es necesario un respaldo institucional local y regional que aglutine, en distintos puntos de encuentro, tanto la esfera esencialmente religiosa que define esta celebración con la vertiente cultural que provoca, pero que también recibe en forma de manifestaciones artísticas.

Llegados a ese punto tenemos que reconocer que hay ciudades donde los nombres ilustres de cofrades y artistas brillan por sí mismos asociados a las cofradías y a su entorno cultural. Personalidades de los ámbitos artísticos más diversos aportan al fenómeno cultural popular, que por definición es la Semana Santa, esa luz indiscutible del humanismo y el conocimiento. Otros muchos han dirigido cofradías cayendo su nombre en el olvido, pero sin ellos, que fueron la fuerza motriz de sus corporaciones, no hubiera existido tradición centenaria alguna. Y es de esa unión tan hispana de lo culto y lo popular, de la que nace ese sabor contrastante y atractivo que destila la pasión practicada en las calles. Lo sensorial y lo intelectual, el humanismo y la humanidad de una sede de cofradía, el día a día sencillo y complejo de cada cofradía, de cada paso.

La Junta de Semana Santa cumple 75 años. A las celebraciones programadas, que contienen grandes aciertos culturales, se ha sumado recientemente la entrega de la Medalla de Oro de la Ciudad. Un punto y aparte definitivo en cuanto a reconocimiento y también en cuanto a exigencia de los propios cofrades para con su ciudad y sus cofradías. Fueron justamente mencionados los nombres de los presidentes que han dirigido la Junta, y también los de algunos cofrades que con su trabajo callado hicieron posible el milagro de nuestras procesiones. Cada vez resulta más difícil no darse cuenta de lo importantes que son nuestras instituciones, tanto cívicas como cofradieras y lo que representan. Sería deseable que dejáramos definitivamente atrás ese cariz improvisatorio tan descuidado que imperaba hace años y que poco a poco ha ido disminuyendo gracias al trabajo en común.

El premio fue para todos los que formamos parte de la Semana Santa, pero lo fue para toda la ciudad. Sin el apoyo y el respaldo de los salmantinos, no sería posible. Impresiona pensar en ello tanto como cuando uno pasa una temporada fuera de la patria chica y vuelve a maravillarse ante la belleza de las piedras de las viejas rúas charras, normalmente inadvertidas para el viandante local y cotidiano.

Ojalá este punto y aparte sirva para que todos y cada uno reflexionemos acerca de lo que aportamos, de dónde vienen nuestras cofradías, dónde estamos y a dónde vamos.

Felicidades a todos los cofrades y salmantinos.


sábado, 21 de octubre de 2017

Pedro Martín

Representantes presentes y pasados de las cofradías de la ciudad posan con las autoridades municipales y religiosas de Salamanca en el teatro Liceo después del acto de entrega de la Medalla de Oro de Salamanca el pasado lunes | Fotografía: Óscar García

20 de octubre de 2017

Bueno, pues ya tenemos la Medalla de Oro de la Ciudad y, como de bien nacidos es ser agradecidos, yo quiero serlo. Primero con la ciudad, que nos concede el máximo galardón que institución o persona puede recibir, y que siento que viene de todos y cada uno de los salmantinos. No puede ser de otra manera, a pesar de ciertas protestas y algaradas municipales sin importancia que no pasan del intento de tener un protagonismo que de otra manera, y por sus propios méritos, no tendrían. Es el signo de los tiempos que vivimos. Gracias, Salamanca.

También quiero mostrar mi agradecimiento al actual presidente de la Junta de Semana Santa, por acordarse de aquellos que nos precedieron y que en momentos mucho más difíciles que los actuales lucharon por la misma para dejarnos esta preciosa herencia que estamos obligados a trasmitir a las futuras generaciones. Se lo debemos.

Los avatares y casualidades de la vida han querido que sea esta humilde persona la que represente a mi congregación en este momento, es decir, a todos y cada uno de mis hermanos, pero no solo a los actuales, también a los que lo han sido y pusieron su granito de arena para que llegáramos hasta aquí. Gracias a todos ellos, en especial a mis predecesores: Ana, que me acompañó el pasado lunes; Tomás, mi padre; Santiago, Bernardo. Y hasta ahí llega mi memoria infantil de hermanos mayores, en los albores de los 70, con grandes dificultades, pero con mucha ilusión y trabajo por parte de todos.

Esos años 70 donde con total normalidad, y de forma anónima, se incorpora la mujer de pleno derecho desfilando de nazareno en nuestra congregación, hecho que quizá muchos desconocen, pero que yo recuerdo muy bien, por coincidir con mi primer año procesional. Cuánto ha llovido desde entonces. Ha llovido tanto que nos ha dado tiempo en 40 años a tener la primera mujer hermana mayor de la ciudad, a la que han seguido algunas más, con total normalidad. Creo que es un debate no solo superado, sino que nunca ha existido. Aquí no se han dado situaciones como en Zamora o Sevilla, por poner dos espejos donde nos gusta mirarnos, ni existen que yo sepa estatutos restrictivos que impidan el protagonismo que la mujer merece y puede ejercer en nuestra Semana Santa. No hagamos un problema donde no lo hay. Construyamos; pongamos nuestro granito de arena sin pedir nada a cambio; Dios nos lo premiará si lo tiene a bien. Que cada uno se comprometa en la medida que pueda y quiera. Solo tendrá que rendir cuentas al final de los tiempos, y solo así seremos merecedores de la Medalla que acabamos de recibir.

Y sí, yo estaba allí, en el Liceo, acompañando a mi presidente y junto a mis hermanos del resto de hermandades, cofradías y congregaciones. Y no, no estábamos allí a título particular. Representamos a todos y cada uno de los hermanos y hermanas que forman y han formado parte de la Semana Santa de nuestra ciudad a los que les digo también: ¡Gracias y felicidades, hermanos!


lunes, 16 de octubre de 2017

Félix Torres

La Junta de Semana Santa recoge hoy la Medalla de Oro de Salamanca en su 75 aniversario

16 de octubre de 2017

Esta tarde del 16 de octubre de 2017 marca un momento especial en la historia de nuestra Junta de Semana Santa. La entrega de la Medalla de Oro de Salamanca, de cuya concesión nos enteramos hace ya un par de meses, es con toda seguridad el hito "civil" de más elevado rango para nuestra Semana Santa representada en su Junta. Y, ante todo esto, no me queda más remedio que dar la razón a Ganemos Salamanca en su argumentada defensa del "no" a la concesión, realizada en el pleno municipal del pasado día 6 de octubre, en la que aun reconociendo la labor de captación de turismo y su consiguiente repercusión económica en la ciudad, "el Ayuntamiento no puede premiar a una institución por transmitir la palabra de Dios". Cierto y más que correcto (aunque sería sencillo dar la vuelta al argumento y usarlo en beneficio del premio), si ese fuese el único motivo que avalase la propuesta del instructor del expediente. No habría más que hablar. Pero…

Cuando hace setenta y cinco años se creaba ese órgano que pretendía aunar y ensalzar la Semana Santa salmantina, era toda la ciudad la que se implicaba en el proceso entendiendo que sería algo que redundaría, antes o después, en beneficio de la ciudad y de los ciudadanos. Así se planteó y, sin perder en ningún momento su carácter religioso, bien es verdad, desde el primer momento se convirtió en ariete con el que fomentar no la religión, que para eso ya estaba el clero, sino la cultura, la tradición, el sentimiento y, en definitiva, la antropología social de todo un pueblo, encauzado todo ello en lo que entendemos como religiosidad popular.

El paso del tiempo ha ido de la mano con los altibajos en la trayectoria de la que fuese Junta Permanente de Semana Santa. Momentos de esplendor en los que cualquier propuesta de mejora era aceptada por quienes tuvieran responsabilidades sin apenas oposición y tiempos en los que la realidad era más agria, con estados prácticamente comatosos para la actividad cofrade. Pero siempre, para lo bueno y para lo malo, ahí estaba alguien de la Junta, de nuestra Junta cofrade, para tirar del carro y sacar adelante esta tradición secular. Recordados Gombau, Froilán, Herrero, Agustín, Julián y tantos otros, para llegar al presente de José Cornejo.

Ahora, tras quince lustros, cuando la Junta de Semana Santa celebra este aniversario, el Ayuntamiento de la ciudad quiere premiarla y no precisamente por transmitir la palabra de Dios (aunque bien podría por ello), sino por haber sido canal a través del que la Semana Santa salmantina se ha dado a conocer por todo el mundo y, con ello, ha llevado el nombre de la ciudad, el nombre de Salamanca, hasta recónditos rincones del planeta; por haber sido el órgano aglutinador de miles de salmantinos a lo largo de todos estos años (actualmente quizá en número no exagerado pero, en todo caso, similar al de los 9.990 votantes de Ganemos Salamanca), a los que un interés común ha llevado a mantener viva esta tradición, religiosa por supuesto, contra viento y marea; por ser y haber sido engranaje más que destacado del motor social y económico de la ciudad durante décadas; porque, en definitiva, la Junta de Semana Santa de Salamanca forma parte de ese escogido grupo de entidades o agrupaciones que por sus obras, actividades o servicios en favor de la ciudad se hayan destacado notoriamente, haciéndose merecedoras de modo manifiesto al reconocimiento del Ayuntamiento y pueblo salmantino, cumpliendo así con la premisa que marca el artículo 156 del Reglamento Orgánico y de Funcionamiento del Excelentísimo Ayuntamiento de Salamanca.

Por todo ello y por tanto, creo que no ha lugar a discusión acerca de la conveniencia en la concesión de esta medalla de oro de la ciudad, así como del merecimiento por parte de la Junta de Semana Santa de Salamanca, por lo que me alegro como cofrade, sintiéndome una pequeña parte de todo esto, y me enorgullezco de ello, aunque haya quienes discrepen. Por tanto, mi felicitación a nuestra Semana Santa y mi deseo de que la medalla sea lucida con la ufana humildad que debe conferir este reconocimiento.


jueves, 19 de mayo de 2016

Abraham Coco

Dos hermanos de la Cofradía de Cristo Yacente, en la madrugada del Jueves Santo | Fotografía: Alfonso Barco

19 de mayo de 2016

Las fronteras, cuando no están claras, pueden dar lugar a confusiones y espejismos. María José, bendita ella entre todos los contertulios, diría que a "boberías" como esa vista por un ensanche madrileño donde, al menos, todo queda más diluido y escondido que en el casco viejo de una ciudad turística en la que los visitantes no entienden nada. Cuando se defienden algunas posturas, bien convendría antes analizar sus semejanzas. Pero las fronteras de hoy, aviso para malpensantes, no tienen nada de cardinales.

Están las fronteras entre la propaganda y la información. Bien sabe uno lo que es una y otra aunque tampoco él pueda tirar la primera piedra. En esa frontera se dice aquello de "esto no lo pongas" y se indica lo que debe escribirse. Así se da lugar a suplementos de divulgación turística con un falso tufo informativo donde la jerarquía y la extensión las dicta el que pone la pasta. El criterio periodístico, establecer por qué abordar esta o aquella Semana Santa, por qué darle a esta historieta dos columnas o a aquel personaje una apertura generosa, recomendar si visitar las ciudades de aquí o de allá, queda supeditado a aquello acordado entre la parte contratante y la parte contratada.

Y sobre fronteras entre propaganda e información también debemos reflexionar a la hora de pregonar desde las cofradías la labor caritativa desarrollada. Bueno puede ser contar, para que algunos que no quieren oír oigan, que tras las hermandades hay, aunque en distinto grado, un compromiso social. Pero los protagonismos ocasionales, con bombo y platillo, no deben caer en el error de que la mano izquierda sepa lo que hace su diestra. Siempre debería ser preferible un balance general, unas pinceladas a toro pasado que resuman un sentido, antes que una caridad con nombre, apellidos… y fotografía.

La segunda frontera me la sirven un par de diputados de la oposición en el Parlamento gallego durante el debate de la nueva ley de patrimonio cultural de la Xunta, donde llegaron a afirmar que esta normativa de carácter autonómico debe velar por el mantenimiento de aquellos elementos históricos o identitarios de la región… salvo si tienen algo que ver con la Iglesia católica. Que se caiga la Catedral de Santiago mientras conservemos aquella piedra en la que una tarde se sentó algún escritor idolatrado.

Con la intención de dar una de cal y otra de arena, recuerdo a continuación aquella famosa rueda de prensa de Ganemos Salamanca donde un edil manifestó que, en la frontera entre lo público y lo confesional, un Ayuntamiento no debería costear, por ejemplo, la restauración de una talla sin valor artístico. Devociones al margen, el cofrade deberá reconocer que en esto puede no faltarte razón. Aunque de naturaleza pedichona, debemos conocer la frontera de lo que tenemos derecho a reclamar.

Porque la tercera y última frontera es la ciudad, con su rutina diaria, sus plazas y sus calles, que son de todos. Por eso mismo no son solo de los cofrades, sino de toda la ciudadanía, de los que miran con buenos ojos hacia una procesión y de los que sueltan sapos y culebras al escuchar tambores y cornetas. No podemos fiarlo todo a contar con una administración local que sople a favor de nuestros intereses. De ahí que sea preciso darse un marco regulatorio común y no hacer de nuestros horarios e itinerarios un sayo. El retraso en la salida de una procesión o la modificación de un itinerario por la lluvia no pueden quedar al libre albedrío de la hermandad afectada. En ocasiones hay cortes de tráfico u otras posibles actividades que interfieren en ello. Con los derechos y deberes blanco sobre negro, las cosas estarán claras ante cualquier adversidad futura. Lo mismo debería regir para traslados y ensayos. Lo poco agrada... aunque haya quien no lo crea.


lunes, 30 de noviembre de 2015

Ángel Benito

Iglesia Nueva del Arrabal, hoy utilizada como almacén de pasos  | Fotografía: Galongar

30 de noviembre de 2015

Se va a cumplir una década de la promesa del Museo de la Semana Santa. Nunca pasó de ser una idea. En 2006, el entonces alcalde Julián Lanzarote se reunía con el también expresidente de la Junta de Cofradías José Vaz Cohen para impulsar el futuro de la Pasión en la iglesia Nueva del Arrabal (la "Catedral del Sur"), un templo que acababa de pasar a manos de propiedad municipal tras su desacralización  (la Casa del Sida y ahora el "Espacio Abierto" de Cáritas de Salamanca aún están en una parte de la iglesia trastormesina cedidos a la Diócesis). La idea ocupó grandes titulares y fue respondida por la Semana Santa como esperaba. O no.

Rápidamente los hermanos mayores que ocupaban esos cargos trasladaban el principal problema: las imágenes son propiedad de las cofradías o de la Diócesis y ninguno se animaba a ser el primero que quitara las oraciones a sus feligreses en su lugar habitual. De forma paralela, surgió la idea de las réplicas o recuperar imágenes que no procesionan: la primera Dolorosa de la Seráfica Hermandad conservada entre los muros de la clausura de las Agustinas, el Cristo del Amparo, el antiguo Santísimo Cristo de la Agonía y muchas otras. Entre debates que se alimentaban cíclicamente cada Semana Santa sin avance alguno, la iglesia del Arrabal agravaba su problema de humedades mientras que la crisis desinflaba los presupuestos municipales de un proyecto que miraba a la vecina Zamora como referente. También de la museística.

Mientras que las cuentas de cada ejercicio se abrían sin ninguna partida destinada al espacio museístico, la restauración de las cubiertas para solucionar el problema de las humedades en 2010 con cargo al Plan-E sí pareció dar esperanzas. No fue así. El exconcejal de Fomento Salvador Cruz anunciaba la ausencia de financiación para llevar a cabo el proyecto e incluso planteaba dar un uso cultural al edificio, donde la Semana Santa ya no sería la protagonista indiscutible.

La iglesia Nueva del Arrabal, nueve años después de la desacralización, sirve de almacén para los pasos procesionales ante la mirada atenta del fantástico fresco de Genaro de No, para los preparativos de la salida procesional del Amor y la Paz y los ensayos de alguna banda salmantina. La Semana Santa debería contribuir a ofrecer ideas para no perder a los que aún creemos que la puerta de entrada a la ciudad debería rezumar Pasión más allá de los siete días que preceden a la Resurrección y realzar aún más el título de Internacional que abanderamos en todas las ferias de turismo de España y Europa.

Es necesario un debate para evitar que el edificio deje de ser patrimonio de la Semana Santa. Un Museo que explique el origen de los más de 500 años de la Pasión salmantina a modo de la reconversión sufrida en la iglesia de San Millán para convertirse en el Centro de Interpretación del Patrimonio Arquitectónico y Urbano de Salamanca con las fórmulas de cesión adecuadas de documentos, imágenes, patrimonio, enseres. Solo es una idea.

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