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miércoles, 12 de junio de 2019

Isabel Bernardo

Una mujer y una niña observan desde un balcón el paso de Jesús Despojado | Fotografía: Manuel López Martín

12 de junio de 2019

Declararse públicamente cristiano, sin miedo, es la mejor opción que tenemos para luchar contra la persecución a los cristianos. Sorprende el silencio en el que este mundo de los hombres ha caído respecto a los asuntos de la Iglesia y de Dios. Sorprende también el olvido de la oración, del amor cristiano, de los sacramentos… en la rutina diaria. Todo lo que se piensa y se siente parece estar ya solo aquí abajo. En este valle lleno de mercantilismo, falsas ambigüedades, hostilidad y avaricia que ha puesto en modo "off" el corazón y los sentimientos de sus hombres y mujeres.

Confieso que no puedo mirar a mi alrededor sin dejar de estremecerme. Los medios de comunicación se han hecho eco de la barbarie humana con una normalidad y naturalidad que sobrecogen. Esto es lo que tiene haberse dejado llevar por el hombre-masa, el hombre-muchedumbre del que Ortega y Gasset habló en su obra más reconocida. La rebelión de las masas, aun habiendo sido escrita por el filósofo en 1929, parece ser un diario fiel de estos tiempos que llaman de la posverdad. Somos –tal y como decía Ortega– hombre-masa, hombre-muchedumbre; más que hombres, caparazones de hombres sin interioridad, sin adentros, tremendamente dóciles y manejables, y que se dejan llevar con extrema comodidad por los idola fori (ídolos del foro) y toda suerte de disparates y esnobismos. De ahí que sacar a Dios de esta sociedad haya sido muy fácil. Y todo esto lo saben quienes están dispuestos a acabar con nosotros.

Nos atacan porque nos saben "no vulnerables". Aunque haya de escribir esto con sobresaltado cargo de conciencia y con crudeza. Y digo "no vulnerables" porque nuestra reacción ante una matanza de cristianos no va más allá de un ¡qué pena!, un ¡vaya por Dios!, o la irritante coletilla de ¡cómo andan, los pobres! Mayormente cuando todos ellos están a muchos kilómetros de esta Europa flemática, indiferente, que ha levantado muros emocionales e (in)humanos para, cómodamente, sobrevivir.

No, yo no tengo soluciones para acabar con este problema. Pero tengo voz para buscar la ayuda de Dios, porque sin oración, Dios no viene. La fe necesita además de sentimiento, palabras. Si es cierto que los cristianos queremos hacer algo, el primer paso está en ir en contra de esta tiránica modernidad que nos está imponiendo, con artificios capciosos y bastardos, el silencio del nombre de Dios en nuestros labios. Las libertades que nos procuran los estados democráticos han de respetar escrupulosamente la libertad de fe de los cristianos. No se puede estar siempre tolerando abusos e insultos. Por ejemplo aquel "me cago en D…" que, como si fuera una gracieta sin mayor importancia, una concejala del Ayuntamiento de Salamanca escupió en un pleno municipal. Ya ven qué cerca tenemos al enemigo. Da igual que unos tengan el cuchillo en la lengua y otros en la mano, tenemos que defendernos hablando, sin miedo, de Dios.

miércoles, 2 de enero de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

Detalle del Nacimiento napolitano de las Franciscas Descalzas de Salamanca | Fotografía: JMFC

02 de enero de 2019

Como cada año por estas fechas, la ilusión nos incita a percibir las sombras de los monarcas de la noche más sorprendente y maravillosa, en la que despabilados sueños infantiles poblarán, con temblor de fantasía y magia, instantes nacidos para que existan con verdad los cuentos.

Pero frente a esta costumbre tan nuestra, un año más, el gordinflón cocacolo ha intentado colarse en casa. No conozco a nadie como este viejo rojeras que esgrime con molesta tozudez una meticulosa insistencia en mostrarse cual sugerente oferta de regalos y sonrisas espumosas pasajeras.

El cajonzuelo más atontado de la casa nos vendió con suma terquedad que acogiéramos a tan popular abuelete porque, según cuenta en veinte mil anuncios, trae la felicidad envasada en botellines tres instantes o en alientos de insinuación con enganche consumista. Pero como le declaramos la guerra hace años, conseguimos que los renos desboquen cada año su anual andanza hacia otros hogares conquistados.

En Nochebuena solo entra en casa un Niño capaz de habitarnos los espacios hogareños; un Niño especial que consigue exhalarnos una mirada de familia tradicional, hacia las heladas lontananzas donde tantos hombres sufren la violencia mísera del hambre, la guerra o cualquier otro tipo de vejación mundana; un Niño que sabe tocarnos el corazón cuando intenta nacer dentro de nosotros en cada minuto de cada día, insinuándose como fuente de vida inagotable.

Pero estamos en vísperas del festejo tradicional festivo más hermoso y el recuerdo nos aviva en la memoria lo que fuimos: chavales melocotón atados a las brumas de los años, para renacer ahora entre estos niños que conviven con informáticos juguetes, mientras ansían tocar, como antaño lo hiciéramos nosotros, con dedos infantiles la huella invisible de los Magos.

¿Cómo es posible que esta tradición española tan conseguida esté siendo eclipsada por una figura con diseño mercantil importada hace medio día? El abuelo carcamal esgrime su estrategia como parásito de índole comercial que se ha colado con alevosía y nocturnidad en el corazón de nuestras raíces.

Viene a cuento esta breve reflexión, salvando obstáculos y distancias, en un medio como este, al recordar cómo la Semana Santa procesional va injertando en el tronco de la desmemoria la importación, que bajo el prisma del populismo yutubista, muerde con lentitud, pero con firmeza, el ramaje del encinar cofrade. Todo porque falta una reflexión seria y atinada que nos aglutine en el gran revulsivo religioso y cultural que avive el compromiso cofrade más allá de los gestos simbólicos que, por vacíos, solo sirven para exprimir media lágrima teatrera. Falta, por ejemplo, una eucaristía donde todos vivamos con intensa predisposición la Navidad; una eucaristía que delate la verdad sobre lo que somos y tenemos. Y por supuesto se echa de menos esa fiesta de la Resurrección que debería unirnos a todos en el anochecer más importante del calendario cristiano. La Pascua (si somos 10.000 cofrades, como se cuenta) debería abarrotar la seo y las calles colindantes para dar muestra de lo que es o debe ser una religiosidad popular seria y contundente.

No hemos de olvidar que hay narizotas husmeando por donde nos sale el humo que va apagando la hoguera, para meter la antorcha y foguear el corazón cofrade arraigado a esta tierra desde hace más de cinco siglos. El rumor anticlerical se extiende como una plaga y no basta para defender lo que somos y tenemos hablando de procesiones. El asunto es de más calado y como consecuencia precisa otras pócimas más acordes contra la bacteria anticristiana…


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Isabel Bernardo

Solo este Niño Jesús adquirido en un almacén de objetos deteriorados y restaurado después adornará este año la casa de la autora

10 de diciembre de 2018

Ya arde en las calles de la ciudad la Navidad de neón. Aunque hace más de un mes que los comercios encendieron las guirnaldas en sus estantes y escaparates. Cada año más Papás Noeles y menos Niños. Hay tiendas que ni un Jesusín siquiera. Daría igual que fuera muy chiquito o de plástico. Pero nada de nada. Todo lo acapara ese señor vestido de rojo con un saco a las costillas. Tiene pinta de simpático y trae regalos, eso sí, pero poco o nada tiene que ver con nosotros. Pero ¿quién puede explicar esto a los niños de hoy, hijos de una era mercantilista atroz, donde el valor de las cosas, de la familia, del profesor… y hasta del más allá, es tan efímero, frívolo y relativo?

Cuando los sueños están casi al ras de la mano, dejan de ser sueños. No hay más que ver cómo están los contenedores el día de Navidad y siguientes. Un acopio gigante de cajas de cartón y algo más de un juguete recién estrenado y roto salpicando las aceras. A los niños de hoy la ilusión les dura un instante fugaz en la redondez de sus ojos. La Navidad se ha trivializado y no es más que un periodo vacacional y absurdamente comercial, que solo parece valer para andar de parranda y vaciar de perras los bolsillos. El Niño Dios comienza a ser incómodo y políticamente incorrecto. ¿Para qué exponer un recién nacido desnudo sobre un puñado de paja que nos interroga desde la sencillez y la humildad, cuando existen barrigones felices y mofletudos que nos campanillean desde sus puertas de forma mucho más complaciente?

Quienes apostamos por otra forma de hacer Navidad, tenemos la obligación de hacer algo. Un pequeño gesto siquiera. A primeros de noviembre compré un Niño Jesús en la sección de un almacén que tenía en un rincón objetos deteriorados a precio de saldo. El pobre tenía agujeros por todo su cuerpo. Como si le hubiera acertado de lleno toda esa metralla que se ha lanzado contra los cristianos del mundo. Por dieciséis euros me lo llevé a casa. Hubo quien se asustó al verlo. No sé si por sus mutilaciones múltiples o por la metáfora suplicante que yo les puse ante los ojos. Días después mi Niño estaba completamente restaurado y sobre una enorme cuna de madera vieja que acolchamos con paja fresca. Unos y otros me ayudaron. Desde ese día el Niño guarda mi puerta junto al jardín donde caen todas las noches y todos los misterios de las estrellas. Ningún objeto más este año adornará la Navidad de mi casa. Es una forma de rebelarme frente a esta otra Navidad de Neón que no hace sino alejarse, alejarse, alejarse… del corazón y de Dios.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fotografía: Pablo de la Peña

14 de noviembre de 2018

"Muchos no creen en nada". "Un gran número, si no la mayoría, están solo por folclore, por cultura, por tradición familiar". "¿Fe en esos lugares? Poca". Estas son frases y opiniones comunes en el ámbito eclesial sobre las hermandades. Manifiestan una actitud apenas tolerante: las cofradías son una herencia del pasado, cristianas de modo superficial, llenas de personas que, si bien están bautizadas, este es su único contacto con la Iglesia, y ya no es que tengan una fe escasa o dubitativa, es que algunos se declaran agnósticos o ateos sin complejos. Unas instituciones, en definitiva, llenas de hipocresía, a evitar o a disolver. Un debate en el que no voy a entrar ahora es en el de preguntarme qué sucedería si el mismo test de pureza que se exige a las hermandades se aplicase a otros grupos eclesiales. Lo que pretendo es realizar un par de reflexiones acerca de esta realidad bajo una luz positiva.

Partimos de un hecho innegable: en toda cofradía, en mayor o menor medida, hay un número significativo de hermanos que, aunque estén bautizados como condición necesaria para poder formar parte de ellas, viven en una increencia declarada. No me refiero a aquellos que tienen dudas de fe, o que la expresan de modo sencillo mediante la cercanía a las imágenes de los titulares, sino a quienes encuentran imposible la fe en Dios y en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. A pesar de esta imposibilidad, ellos encuentran gratificante y significativa la pertenencia a una hermandad por un amplio abanico de razones que solo una soberbia desmesurada puede despreciar o tachar de incoherentes. Los motivos pueden abarcar desde la tradición familiar en la que se ha crecido, hasta el sentimiento conmovedor ante la belleza de un arte en movimiento, pasando por la amistad enriquecida por la fraternidad vivida en el seno de la cofradía. Todas estas –yo, al menos, lo tengo claro–, son causas válidas para continuar siendo miembro de una cofradía. Es cierto que, como no nos cansamos de recordar, las hermandades son instituciones eclesiales que tienen como principales funciones la formación de sus miembros, el fomento de la caridad ad intra y ad extra y la profesión pública de la fe. Los hermanos ateos conocen esta realidad, saben que esta es el alma que anima la pervivencia de unas tradiciones de las que participan. Ellos entran en esa dinámica aunque, en lo personal, no puedan dar su asentimiento a las verdades de la fe.

Ante esta realidad no cabe ni ignorarla y mirar hacia otro lado, ni, siendo consciente de ella, utilizarla para atacar a las hermandades y a sus miembros como cristianos de segunda, poco maduros. Para mí, al contrario, nos encontramos ante una oportunidad única: el establecer en nuestras hermandades un verdadero espacio de diálogo entre creyentes y no creyentes que se sienten y saben hermanos. Una hermandad se puede constituir así en un verdadero atrio de los gentiles: es decir, en un ámbito donde escuchar las diversas posiciones sobre la fe y la trascendencia en el ámbito del ejercicio de la caridad y en la contemplación del camino de la belleza como vía de acceso a Dios. Es absurdo ignorar que estas son las instituciones eclesiales, explícitas en su confesión de fe, que atraen y conservan a un mayor número de no creyentes. Darles la palabra a estos y escucharlos con el corazón abierto es un desafío para todos. Sí, las hermandades son un cuerpo mixto en el que se dan la mano creyentes y no creyentes. Esto no es un defecto, es una oportunidad que nos da el Señor para, en un ámbito eclesial, poder establecer un diálogo sincero sobre el anhelo espiritual de todo hombre, sobre los motivos del alejamiento de la fe o sobre la imposibilidad personal para creer. La belleza del arte y la liturgia, la fuerza de la tradición, de la amistad o de la familia son razones válidas para permanecer en una hermandad a pesar de haber perdido la fe, porque también a través de ellas habla el Señor y difunde su Evangelio, aunque esto sea a largo plazo, aunque esto sea difícil de ver o de aceptar por aquellos que están más preocupados por prístinas purezas inexistentes que por discernir los multiformes medios que Dios utiliza para no perder a ninguno de sus hijos.

Esta apertura no es fácil y puede resultar hasta polémica, sin embargo, es necesario recorrerla. La labor evangelizadora de cofradías y hermandades la exige de modo perentorio. Aceptemos la variopinta realidad de nuestras cofradías, aprovechemos que estamos en un ámbito eclesial, creemos espacios de diálogo y debate, de acogida y escucha. Que el Señor nos ayude a no juzgar a nuestros hermanos y a presentar siempre un rostro acogedor del Evangelio.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Ángel Benito

Imagen de la última misa de las Esclavas del Santísimo Sacramento en la capilla de la Vera Cruz

31 de octubre de 2018

La Vera Cruz vuelve a abrir sus puertas de forma provisional dentro del programa de Las Llaves de la Ciudad con un horizonte cada vez más lejano a conseguir un culto prolongado.

La noticia de que salmantinos y turistas puedan volver a disfrutar de las joyas de la Vera Cruz siempre es una alegría. Las Llaves de la Ciudad, programa turístico del Ayuntamiento de Salamanca, permite por segunda vez (la primera fue en 2013) que cualquier ciudadano pueda visitar espacios reservados hasta ahora a los cofrades como pueden ser las instalaciones donde se custodian los grupos escultóricos más reconocidos. Al igual que para el resto de salmantinos, la junta directiva de la cofradía cinco veces centenaria también lo ha vendido a bombo y platillo entre los hermanos destacando que, además de las visitas guiadas, dispondrán de una hora y 15 minutos más para que puedan acudir a venerar sus imágenes los viernes y los sábados. La programación se completa con conciertos y otros actos culturales que se mantendrán hasta bien entrado el mes de diciembre.

Desde la salida de las Esclavas en el mes de diciembre en un acto íntimo del que no se avisó, ya sea por el deseo de las religiosas o de la junta directiva, la capilla se ha abierto en contadas ocasiones. Para resumir, evitando hacer una enumeración que seguro me indujera a error: las fiestas propias de la cofradía, triduo pascual de Semana Santa, fiestas sacramentales y la misa mensual. Me consta por diversas fuentes que la intención de que una congregación religiosa ocupe las instalaciones se encuentra lejana, o cuanto menos no es una prioridad. Hasta ahora los intentos para que se ocuparan sí ha estado ligado a movimientos católicos, pero nada cercano a las congregaciones religiosas que velaron el convento y que devolverían una apertura prolongada a la Vera Cruz. Entre otros, rechazaron el ofrecimiento de ocupar el edificio diferentes proyectos del Comedor de los Pobres y Baraka de Cáritas.

Los visitantes que hayan acudido por primera vez a la Vera Cruz estos días no se habrán percatado de que ya no existen rejas. Ni miradas orantes tras ellas. En mi Exaltación de la Cruz, dirigí mi relato hacia una madre superiora que acompañaba el transcurrir de la cofradía. Hay un grupo importante de cofrades dentro de la Vera Cruz que aún ansían que el Santísimo Sacramento sea velado de forma continua. Que la capilla siga viva más allá del arte y las guías patrimoniales. Que no sean paredes desnudas donde mirar hacia un pasado demasiado cercano. El futuro ya es hoy. Y la oración debe hacerse un hueco entre Felipe del Corral y Alejandro Carnicero.

viernes, 26 de octubre de 2018

Félix Torres

Capilla de la Vera Cruz, que participa este año en la iniciativa turítica Las llaves de la ciudad | Foto: Turismo de Salamanca

26 de octubre de 2018

Con frecuencia, recuerdo aquella noche en Verona cuando en una pizzería —Ristorante Pizzeria San Matteo, si no falla mi memoria— comprobé, sorprendido, cómo aquellos comedores no eran sino las naves de una iglesia adaptadas para albergar mesas, vajillas, hornos y bodega. La comida fue excelente, pero no estuve a gusto en ningún momento, envuelto en una sensación extraña, como si estuviera cometiendo sacrilegio, que me impidió disfrutar la cena y me obligó a disimular ante mis anfitriones, quienes quisieron mostrarme la curiosidad de algo que aún sorprendía pues acababa de inaugurarse. Eran los años noventa y estoy seguro de que era la primera vez en que fui consciente del cambio de uso en un edificio sagrado.

El paso del tiempo, las modas y corrientes populares han hecho y siguen haciendo que cambien los usos y costumbres. Ya pocos se sorprenden de que haya iglesias reconvertidas en discotecas o bibliotecas. No hace falta ir lejos de nuestros límites ciudadanos para comprobar cómo el teatro del Liceo y la tienda de ropa Zara fueron en su día el convento de San Antonio el Real; o cómo no hace tanto tiempo, la capilla del convento de San Millán pasaba a ser Monumenta Salmanticae, el centro de información y bienvenida a turistas, y la iglesia de San Blas, tras su uso como carbonería y posterior abandono, se reincorporaba a la ciudad como auditorio municipal; otras, quizá más olvidadas, sobreviven (no sé hasta cuándo) como imprenta –Nuestra Señora de la Misericordia– o incluso como "almacén" de pasos y enseres cofrades aquella que pudo ser "centro de interpretación de Semana Santa" –iglesia Nueva del Arrabal–. Hay otras que un día echaron el cerrojo a sus portones y ahí quedaron, mostrándonos únicamente su fachada, como San Boal.

Mejor esto que no la piqueta, como ocurrió en aquellos tiempos, aún cercanos, en los que la modernidad y la necesidad de espacios arrasaban con todo aquello que oliese a húmedo o cerrado. Así, nos quedamos sin iglesias, monasterios o conventos para dar paso a plazas, avenidas o casas de vecinos, dejándonos sin importantes partes de nuestro patrimonio que apenas quedan ya en el recuerdo. San Adrián, Santa Eulalia, San Mateo, San Román, Santo Tomé, la capilla del Cristo de los Milagros, el convento de San Francisco el Grande, Conventos de Jerónimos, Benitos, Basilios, Bernardos o Premostratenses… todos ya en el recuerdo de solo unos cuantos.

En estos momentos de crisis de creyentes, carencia de pastores y abandono de conventos, Salamanca vuelve a verse en la necesidad de dejar sin vida, incluso sin culto, esas naves que hasta ayer tenían la vida de quienes se dedican a contemplarla en oración para culto divino y salvación de almas.

La capilla de la Vera Cruz, el convento de la Anunciación y el convento de las Bernardas son, por ahora, los últimos abandonos sufridos por los salmantinos. Abandonos que llevan al cierre de puertas y pérdida de actividad entre sus paredes. Ya no hay cultos, ni oración… al menos de forma habitual o continuada, con verdadera desazón para quienes acostumbraban a hacer de esos templos lugar de recogimiento y diálogo con Jesucristo.

Ciertamente, no estamos en aquellos tiempos de derribo inmediato y nos preocupamos por conceder un uso alternativo a los espacios que merecen ser conservados. Por ello, es de agradecer, por ejemplo, el interés de nuestro Ayuntamiento por incluir la capilla de la Vera Cruz en su programa Las Llaves de la Ciudad, lo que permitirá que esas puertas vuelvan a abrirse para contemplación no solo del desbordante barroco de sus retablos, sino del patrimonio sacro de la cofradía propietaria aunque sea solo por un tiempo limitado. Me parece bien la transformación en lo que cada vez con mayor frecuencia se da en llamar "espacio expositivo", siendo además, la muestra de nuestra cultura religiosa-cofrade de cinco siglos. Con esto, nuestro Consistorio muestra, al menos, interés preocupado por el futuro más inmediato de esta capilla.

Pero, ¿qué ocurre con la recuperación del fin fundamental, como lugar de oración, de esa capilla? Todos, o casi todos, tenemos más o menos claro que no debe perderse el uso diario que muchos han hecho de la capilla; que sus muros deben contemplar algo más que una muestra de arte o cultura y permitir que siga siendo lo que fue: lugar de "exposición permanente" al que poder acceder sin cortapisas en beneficio de nuestras almas. Digna de loa es la preocupación por mantener la actividad sagrada que muestra la cofradía, aunque sea de manera poco más que esporádica, pero eso no es o no debería ser suficiente. La diócesis, igual que ha hecho el consistorio, debería tomar en cuenta esta situación (que ya dije es solo muestra de otras varias que necesitarían semejante atención) y aportar una solución que calmase ánimos y permitiese seguir con la cotidianidad ahora desaparecida.

Seguro estoy de que es tema que preocupa en Calatrava. Seguro estoy de que se está buscando solución. Pero mientras no lo veamos, mientras no digan qué se pretende, mientras nos mantengan en la ignorancia… seguiremos creyendo que nada se está haciendo; que los humanos somos así.

Muestras de interés preocupado desde la Casa de la Iglesia, como esas Llaves de la Ciudad municipales, harían que algunos dejásemos de "marear la perdiz" con aciagos futuros y temidas reconversiones de espacios sagrados.


Paulino Fernández

Jesús Despojado sale de la iglesia de La Purísima en su primitivo paso procesional | Fotografía: Pablo de la Peña

24 de octubre de 2018

En su acertado artículo publicado el día 10 de octubre de 2018, Paco Gómez analizaba, desde una óptica periodística católica, las diversas situaciones por las que pasamos los creyentes en esta sociedad secularizada en la que nos encontramos.

Incidía, de manera idónea, en que el mundo en el que nos desenvolvemos ha ido tornándose cada vez más agresivo contra nuestras creencias. Desde ataques verbales hasta acciones físicas, pasando por muy diversos hechos y actos que ponen de relieve que la sociedad española actual, o al menos una parte concreta de ella, muestran de manera airada su profundo desprecio, cuando no odio, a nuestra fe católica.

Como periodista, ciudadano concienciado y creyente, expresaba su preocupación en relación con la situación en la que podría llegar a encontrarse la libertad de expresión  si prosperan determinadas acciones judiciales; recordando que la palabra debe ser "por definición, libre", máxime por tratarse de un pilar básico en nuestra democracia. Como ciudadano, como creyente y como jurista no puedo sino reconocer la realidad, en ocasiones tristemente omitida por quienes detentan poder, de que la democracia no se entiende sin libertad de expresión; ni la libertad de expresión puede desarrollarse sin democracia.

Sin embargo, no hemos de olvidar tampoco que junto a la libertad de expresión conviven otros derechos, que por su sistemática constitucional denominaremos "fundamentales", que construyen la identidad democrática de un pueblo al tiempo que moldean y ahondan las más profundas entrañas del individuo. Uno de estos derechos es el referido a la libertad religiosa.

Esta se trata de una de las básicas libertades que vienen a determinar la calidad democrática de una determinada sociedad, tal y como apunta el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, recogiendo lo estipulado por Freedom House. Un derecho que, como predica Su Santidad, el Papa Francisco, no afecta únicamente a la esfera interna individual, sino que es parte de la cultura de cualquier nación o pueblo. Tal es la consideración que históricamente ha presentado este derecho, que en España fue el primer derecho fundamental desarrollado por ley orgánica, cuando nuestra Carta Magna aún no había cumplido los dos años.

Vivir en una sociedad democrática, como muy bien indica Paco Gómez, es aprender a convivir. Y uno de los "peajes" que gustosamente pagamos por disfrutar el Estado democrático que tenemos es el conflicto, entendido este como la contraposición de intereses en el ejercicio de derechos opuestos por posturas en principio enfrentadas. Cuando yo quiero ejercer mi libertad religiosa, he de entender que este hecho puede afectar a las libertades de mi vecino. De igual forma, cuando mi vecino quiera ejercer su libertad de expresión, podrá afectar mis libertades. Y este hecho ha provocado, y provocará en un futuro, la necesidad de un ente suprapersonal que decida, que pondere, cómo pueden convivir múltiples libertades ejercidas por personas con personalidades e intereses diversos.

Ambos entendemos, nuevamente, que la tutela penal debe reservarse para ocasiones muy contadas y determinadas, principio recogido por el propio derecho penal y que se denomina como "ultima ratio". Pero, he de decir, disiento en la consideración que realiza de la libertad de expresión y su relación con el acceso a un posible procedimiento penal.

La libertad de expresión no lo ampara todo, ni mucho menos debe hacerlo. Si, por ejemplo, cambiamos los insultos a los sentimientos religiosos por insultos a un colectivo por su orientación sexual o su origen étnico-racial, entenderíamos que no estarían amparados por ningún derecho. Así, como podemos ver, la libertad de expresión no puede usarse como escudo ni armadura de discursos que no buscan más que insultar, menospreciar o incluso degradar a otros por determinadas circunstancias personales, sean estas sus creencias, su ideología o su orientación sexual. Ya lo recoge el Tribunal Constitucional, y múltiples sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, refiriendo que las limitaciones estatales a esta libertad son válidas cuando el discurso emitido no busca informar u opinar sino insultar y llamar al odio, conectándose así con el espíritu de tolerancia que debe ser propio de una sociedad democrática.

Siguiendo la doctrina actual del Tribunal Europeo, para tener en cuenta si estas limitaciones son válidas o no, es necesario acudir al contexto. Al entorno en el que se producen estas afirmaciones. Y, sobre todo, a la voluntad y objetivo con la que se dirigen. Así las cosas, no es lo mismo afirmar en un ámbito antropológico que los ritos de un determinado credo responden a una repetición de tradiciones de culturas previas que vociferar en un templo expresiones injuriosas sobre los allí reunidos. No es igual informar en una noticia que determinados ministros de culto han cometido delitos graves contra la libertad sexual de menores que dar un discurso público generalizando este hecho a toda la colectividad mientras se acusa a sus creyentes de encubrir o apoyar estas circunstancias. Ni es lo mismo referir en privado la opinión sobre las creencias de una religión que airear en redes sociales expresiones con ánimo de menospreciar las mismas.

Y precisamente, son estas circunstancias las que nos ayudan a comprender cuál es el contenido y ámbito de ejercicio de cada derecho. Las que nos permiten ir delimitando, día a día, en qué ocasiones se transgrede el ejercicio legítimo de un determinado derecho y cuándo se está llevando a cabo de una manera escrupulosa. Las que nos ayudarán a determinar cuándo existe discurso del odio y cuándo sana crítica, por mucho que sus frases puedan parecer excesivamente rotundas. Por ello, si no se hubiese acudido a la tutela judicial no concebiríamos nuestro entorno legal como ahora lo hacemos. Porque, efectivamente, la labor jurisprudencial de interpretación de la norma arroja luz en muchas ocasiones, máxime en situaciones tan oscuras y complejas como las que aquí se tratan. Así las cosas, la jurisprudencia ha determinado, por ejemplo, que llamar "hijo de puta" no es motivo de despido atendiendo a la degradación del mensaje y lo extendida que está esa expresión (1). O que atacar a la figura del Papa, acusándolo de provocar o favorecer en cierta manera el antisemitismo y el Holocausto, es admisible por su carácter de interés social y favorecedor del debate (2).

Coincidiendo con lo que se expone en su texto, que "la palabra es poderosa y en ocasiones hiriente como un puñetazo", he de manifestar que yo, como creyente, me siento más ofendido cuando una persona con relevancia pública e influencia sobre sectores poblaciones vierte mensajes injuriosos o que pueden incitar al odio contra mis creencias, y no me refiero al caso del tal Guillermo en concreto ya que no conozco las circunstancias que lo rodean y aún debe ser clarificado judicialmente, que cuando un personaje desconocido comparte con sus contactos una imagen ofensiva hacia las mismas. Porque el primero de los hechos puede alentar una acción agresiva contra un credo o sus creyentes,  mientras que el segundo, en muchas ocasiones, no presenta una voluntad lesiva de tal calibre.

Como católicos hemos de aprender a perdonar, indudablemente, pero ello no nos impide de modo alguno defender nuestros derechos cuando creemos que son lesionados. Y, por supuesto, acudir a estos mecanismos judiciales no cercena ni mucho menos determinadas libertades. Antes bien, fortalece estos derechos al clarificar su ejercicio válido y establecer qué queda fuera del mismo.

(1) STSJE 187/2017.
(2) STJUE Giniewski vs. Francia.


miércoles, 10 de octubre de 2018

Paco Gómez

A la izquierda, cartel "Pasión en Salamanca 2011" de Ángel Luis Iglesias. A la derecha, montaje del Cristo Despojado de Jaén que conllevó para su autor una multa por un delito contra los sentimientos religiosos en febrero de este año

10 de octubre de 2018

"No podrá decirles a todos ellos 
que los ama en silencio"
(Juan Carlos Olivas, Romería)

Acaba de publicarse El año de la necesidad, el poemario con el que el costarricense Juan Carlos Olivas ha ganado el Premio Internacional Pilar Fernández Labrador. Versos escritos con el alma desgarrada en un contexto difícil y seguramente distinto al nuestro en lo material, quizá no tanto en lo nuclear, y que hoy me sirven de puente con el mundo cofrade para empezar el curso.

Dice Olivas en ese poema, Romería, que "para un hombre que lleva su casa a cuestas/es difícil caminar". Les propongo un ejercicio de imaginación: cambiar la "casa" de ese verso por "odio". Y a partir de ahí, supongan. Cómo de difícil debe ser caminar para un hombre que va siempre con su odio a cuestas.

Sin ir más allá, ese hombre, o mujer, podría ser quien le acaba de hacer correr gratuitamente al no respetar un paso de cebra; quien se las ingenia para no compartir con usted el viaje del ascensor. Quien parece que lleva una nube sobre la cabeza, siempre dispuesto a amargarnos el día. Ese hombre. Podría llamarse Paco, Juan, Pepe… o Guillermo.

Supongamos que se llama Guillermo, aunque sus amigos lo llamen Willy. Supongamos que le guste diseminar sus "verdades" sin parar en barras. Supongamos que no respete ni lo más sagrado. Lo más sagrado para usted, claro.

Ahí está un poco el lío de todo esto. Vivir en sociedad es aspirar a la concordia y al respeto mutuo como ideal de civilización pero también, cómo no, asumir que haya quien no piense igual.

Aunque nuestra legislación recoge la figura del delito contra los sentimientos religiosos, considero que esta prevención debe usarse con  mucho cuidado. Básicamente, reservada de manera muy restrictiva, para acciones. Ataques de hechos.

Es verdad que la palabra es poderosa y en ocasiones hiriente como un puñetazo, pero la palabra tiene que ser, por definición, libre. Y eso implica, en primer lugar, aceptar a quien no está de acuerdo con nosotros. Es un pilar básico de la democracia al que además, desde la perspectiva evangélica, habría que añadir no solo la aceptación, sino la misericordia.

En los últimos tiempos, bien los sabemos, hay una cierta moda de ridiculizar lo religioso. Menospreciarlo. Denostarlo. Y no hay más remedio que aprender a convivir con ello. Ni siquiera hablaría de resignación. Simplemente son cosas que pasan y que no deben ir más allá, porque al fin y al cabo es bastante sencillo discernir una crítica más o menos hiriente pero que pueda tener un poso de cierta reflexión, de aquellos otros dichos, actos, gracias, expresiones que buscan simplemente escandalizar mediante un camino al alcance, por lo demás, de cualquier mediocre.

No seré yo quien a estas alturas venga a cuestionar tal o cual decisión judicial, solo muestro mi reserva sobre las acciones legales que se emprenden desde colectivos que remarcan su condición de cristianos contra estos episodios que a mi juicio no deberían suscitar más que la indiferencia.

La judicialización del caso de Daniel Serrano por su mofa del Cristo Despojado de Jaén no hizo otra cosa que multiplicar el daño (el famoso efecto Barbra Streisand) y generar una distorsión del mundo cofrade en muchas tribunas mediáticas. Lo mismo podemos decir del conflicto judicial por las bravuconadas de nuestro amigo Guillermo.

No alcanzo a ver beneficios y sí cuantifico muchos daños al intentar poner puertas a un campo donde para mí, obviamente, como periodista, la libertad de expresión debe ser respetada de manera escrupulosa y primordial.

Lo contrario es, por otra parte, hacer un universo cada vez más estrecho, en el que incluso aportaciones valiosas podrían quedarse fuera. Pienso, por ejemplo, en el cartel de Ángel Luis Iglesias para la Tertulia Cofrade Pasión en la Semana Santa de 2011. En él el propio autor se presenta como un ecce homo de mirada franca. A pesar de sus valores formales y simbólicos, también alguien podría haberse sentido ofendido desde la más recia ortodoxia…

Hubiera sido una pena perder ese cartel. Como son una pena esas vidas que eligen libremente el odio. Pero si incluso a esas personas también Él las ama en silencio, ¿no deberíamos hacer lo mismo?


jueves, 5 de julio de 2018

Paulino Fernández

Agentes de la Policía Municipal en la Rúa Mayor antes del paso de una procesión | Fotografía: Pablo de la Peña

05 de julio de 2018

Vivimos, en este país, insertos en una sociedad abierta y plural en la que se supone que las creencias, opiniones y consideraciones ajenas deben ser respetadas y protegidas.

Sin embargo, en pleno año 2018, seguimos observando en nuestro entorno la existencia de sanciones administrativas, condenas penales e incluso procedimientos en curso cuya causa se basa, si no en el propio ataque a los sentimientos religiosos, en la desconsideración hacia los mismos.

Así, y aún pensando que el verano no podría dejarnos noticias cofrades, en la mañana del 3 de julio encontrábamos una sanción en el Boletín Oficial del Estado que se relaciona con la rememoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Efectivamente, y por un acto desarrollado en nuestra ciudad, se notifica la sanción de 150 euros impuesta a un hombre, que se introdujo con una bicicleta en una procesión, por "impedir o dificultar de forma deliberada el normal tránsito de personas".

Realizando una lectura atenta del texto, encontramos que se fundamenta en la Ordenanza Municipal para la Protección de la Convivencia Ciudadana. Esta recoge, en su artículo 22, las diferentes infracciones así como su gradación. En concreto, la sanción de este comportamiento vino sustentada por aplicación de una cláusula omnicomprensiva que determina la levedad de "cualquier otra acción u omisión que vulnere lo dispuesto en la presente Ordenanza y no esté tipificada expresamente como una infracción grave o muy grave".

Este caso me sirve de punto de partida de una serie de consideraciones relativas a la realidad social en la que nos enmarcamos. Sin entrar a analizar el caso previamente descrito, puesto que desconozco las causas en las que se desarrolló y, sobre todo, si existía o no una voluntad de interrumpir o molestar por el carácter religioso del desfile, me gustaría proponer un ejercicio de imaginación común. ¿Cuántas veces hemos observado, ya como cofrade o como espectador y en nuestra ciudad o en otras, un comportamiento cuanto menos irrespetuoso por parte de algunos miembros del público? ¿Cuántas veces hemos escuchado algún improperio? ¿Cuántas veces hemos oído o leído que ocupamos la vía pública y molestamos? ¿O que deberíamos buscar otros lugares para procesionar? Son demasiadas las ocasiones en las que hemos tenido que pedir respeto para nuestros derechos, hemos tenido que sufrir gestos muy alejados de nuestras creencias o incluso hemos observado a algún agente intervenir para evitar males mayores particularmente en procesiones de noche.

Es necesario que no nos avergoncemos y mostremos públicamente nuestra condición cofrade; es necesario que tomemos conciencia de nuestros derechos como creyentes, entre los que se encuentra el derecho a manifestar públicamente nuestras creencias. Y, sobre todo, es capital que pidamos respeto para expresarnos conforme a nuestros valores, exactamente igual que respetamos las manifestaciones contrarias a nuestras ideas.


lunes, 30 de enero de 2017

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

El Cristo de la Luz, con las torres de la Clerecía al fondo, en la noche del Martes Santo | Fotografía: Roberto Haro

30 de enero de 2017

"Cada porción del Pueblo de Dios,
al traducir en su vida el don de Dios según su genio propio,
da testimonio de la fe recibida y la enriquece
con nuevas expresiones que son elocuentes"
Evangelii Gaudium, 122

Corrían los años sesenta y setenta, y frases como "hay que conseguir una fe adulta" eran moneda corriente en los círculos cristianos "comprometidos". Cierta interpretación del Concilio era la oportunidad de eliminar todos esos aderezos infantiles que al pasar de los siglos se había ido adhiriendo al mensaje del Evangelio. Los tiempos eran llegados de la purificación, de la esencia, de lo fundamental. Por todas partes, se desmontaron altares de otra época, se arramblaron las vetustas imágenes, se abandonaron los signos externos y, donde fue posible, se clausuraron esas asociaciones rancias, más propias de Trento que del Vaticano II que eran cofradías y hermandades. Esas agrupaciones provenientes de la Edad Media, moldeadas en las forjas del Barroco, ya no tenían sitio en el s. XX, camino del III milenio. Y los buenos cofrades debían ser redirigidos a otras actividades más profundas.

¿Cuál fue el resultado de tan apostólico celo? El desierto. Es un hecho constatado que allí donde la piedad popular ha desaparecido, no ha surgido un cristianismo más puro, una fe más diáfana, sino que se ha producido un abandono masivo de la Iglesia. Y es normal que así sea, porque esa fe pura, limpia de los aderezos de los siglos, no existe, ni puede existir. El problema fue que hubo quien, de buena fe, justo es reconocerlo, confundió la necesaria poda de las ramas para que crezcan más fuertes, con la tala del árbol. Y cuando se corta el tronco, es muy difícil que rebrote.

El mismo Hijo de Dios se encarnó en un tiempo determinado, dentro de un pueblo concreto, con una lengua particular. Jesús tenía unos rasgos y unas facciones, es decir, no era un rostro abstracto, y era ese rostro de israelita del s. I el que transparentaba el rostro mismo del Padre. Esta dinámica impregna toda la transmisión de la fe: si la fe no se encarna en una cultura y en el pueblo que la crea, no puede ser transmitida. Dios se manifiesta –quiere manifestarse– a través de signos visibles, en medio de una cultura, en medio de un pueblo.

Aquellos que reciben el anuncio del Evangelio, lo hacen suyo y crean formas propias para expresarlo. El pueblo tiene una intuición para comprender la palabra que Dios le dirige, e interpretarla. El papa Francisco es bien consciente de esto, como lo plasma en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium, donde expone la importancia evangelizadora de la piedad popular.

Y este es el punto central: las cofradías son manifestaciones de la piedad popular. Es decir, son manifestaciones de la fe encarnada en el pueblo. Sin esa encarnación – que en nuestras tierras se plasma en las hermandades y en nuestro particular modo de vivir la Semana Santa –, no puede haber fe. Una fe desencarnada, no es fe. Y, al mismo tiempo, pertenecen al pueblo, no a una élite culta, teológica o académica. Para seguir fieles a sí mismas, las cofradías deben mantener sus raíces populares, deben seguir latiendo con el corazón del pueblo que las crea y vive su devoción a través de ellas.

Las hermandades deben ser comprendidas desde dentro, desde su propia dinámica, incluso, como dice el Papa, llegan a ser lugares teológicos, es decir, fuentes para el conocimiento de Dios.  No pueden sucumbir ante una teología de laboratorio en busca de una falsa pureza que le niega su función evangelizadora; ni ante ámbitos intelectuales que pretenden conservarla en un museo arrebatándole su vida misma.

Las cofradías y hermandes son de forma primordial fe encarnada de un pueblo. Y esto no en abstracto. Es la fe de María, Javier, Antonio, Bea, Pedro, Asunción,... hecha imagen y camino. Y esta es una fe viva que no se encuentra en manuales de teología, o en catálogos de arte sacro, o en informes etnográficos, que también son necesarios. Este conocimiento popular de Dios se encuentra en nuestras calles al llegar, como todos los años, el Domingo de Ramos.


lunes, 17 de octubre de 2016

J. M. Ferreira Cunquero

Palmas del Domingo de Ramos, con los árboles de la plaza de Anaya como telón de fondo | Foto: ssantasalamanca.com

17 de octubre de 2016

Cuando ya media el otoño, por mucho sol que asome tratando de ablandarnos la mollera, toma el mando la heladura, que sazona mejor que el verano los sabios y fecundos mentideros cofrades. Y lo mejor es que comenzarán a expandirse las expectativas que giran en torno a 2017, como fecha que enmarca la hermosa efeméride de los setenta y cinco años andantes de la máxima representación de las cofradías y hermandades salmantinas.

La Junta de Semana Santa, como eje aglutinador del mundo cofrade, ha de entenderse siempre (rija quien rija el condominio) como nexo de unión entre todos nosotros. Esta debe ser razón fundamental para sentirnos orgullosos de todo lo que hemos sido capaces de construir a lo largo de los años, en favor de la religiosidad popular que tanto nos interesa; unos desde los puestos de responsabilidad y otros desde el foro que cobija a todo hijo de vecino o procedencia.

Un cumpleaños que debe recordar a quienes, por haber sido artífices de la salvación de las cofradías en los años complicados de la gran hecatombe sufrida, merecen nuestro recuerdo y el más profundo de los reconocimientos. Un grupo de valientes semanasanteros que fueron capaces, en aquella época tan complicada, de mantener viva la llama cofradiera como testimonio de luz, mientras caminábamos hacia este tiempo que, por mucho que se critique, está siendo fructífero en diversos e importantes aspectos.

Creo que don Froilán y toda su gente, junto a los hermanos mayores y directivos de los años sesenta y principios de los setenta, se merecen el más generoso de nuestros recuerdos. Quienes conocimos aquella época, tristemente tocada por la decadencia más absoluta, tenemos la obligación, cuando menos, de trasmitir (dando testimonio) que aquellos cofrades son los verdaderos héroes que salvaron las cofradías de una catástrofe anunciada, cuando el nacionalcatolicismo agonizaba frente al gran muro de la historia y el tiempo.

Doy por seguro que tan relevante heroicidad tendrá cacho en el amplio programa que debe nutrir cada uno de los meses del tan esperado 17. Pero lo que debe presidir, por encima del acontecimiento, es esa sensación de que todos nosotros, todos, sin excepción alguna, por encima de diferencias y marujeos de poco calado, debemos ser partícipes de algo que es nuestro.

Y no estaría de más (aprovechando el empuje que va a tener el festejo) que comenzásemos a plantearnos, con cierta seriedad, que debemos unirnos sin fisuras ante este tiempo que cobija un anticlericalismo que va tomando posiciones ciertamente peligrosas para los intereses cofrades. Ante esa situación, más que posible, no vale huir hacia el chiringuito junto a los cuatro amiguetes para reforzar esa tontorrona idea de creer que con lo nuestro sobra todo lo demás.

La fecha del 17 debería ser un importante revulsivo para construir con seriedad un proyecto común, en el que todos tengamos la sensación de que la palabra hermandad va más allá de una procesión que, como tentempié semanasantero, solo puede apagar las lumbres del impulso.

Pues eso, que el 17 es todos y todos debemos estar cuando menos en estas vísperas con ganas de dar la talla, lejos de esos corrillos de alcantarilla, que solo sirven para que cuatro alucinados vivan reconcomiéndose mientras rescatan entre sueños el pasado.


viernes, 1 de julio de 2016

Daniel Cuesta SJ

Dos jóvenes encienden una vela durante el IV Vía Lucis Joven en 2015 | Foto: ssantasalamanca.com

* El autor solicita recuperar este artículo, por su interés, que fue publicado originalmente en el desaparecido portal "Todos por igual", cuyo cierre provocó que este texto ya no esté disponible

Las encuestas son abrumadoras y así lo demuestran: a día de hoy en nuestro país el porcentaje de cristianos está bajando drásticamente y dentro de ellos, el de los que practican habitualmente su fe es cada vez menor. Muchos afirman sin tapujos que la fe en España está desapareciendo para dejar paso a una sociedad secularizada y "moderna". Sin embargo, no deja de ser curioso el hecho de que en esta sociedad laica y tecnológica, durante diez días al año parece que esto se olvida, y no solo son las calles las que se llenan de procesiones con un aire eminentemente barroco, sino que también los comercios, las familias, las conversaciones, parecen tener como centro la Semana Santa (aunque sea simplemente para hablar de los cortes de tráfico que ésta ocasiona). 

Este éxito de la Semana Santa no suele dejar indiferente a nadie, por eso unos y otros tratan de explicarlo desde distintas perspectivas. Por un lado están los que se manifiestan abiertamente agnósticos o ateos, pero participan activamente en los actos de las hermandades. Son los que nos suelen explicar los días de la Pasión como algo cultural, social y tradicional. Son gente de tambor y trompeta, de madera y dorado, de cristos y vírgenes, pero que no tienen intención de pasar de ahí. Recuerdo que una vez uno de estos cofrades trataba de convencerme de todas las ventajas que conllevaba el que las cofradías de Semana Santa fueran llevadas por "ateos y ácratas". Sinceramente, ninguno de los argumentos me convenció demasiado. 

Por otro lado, tenemos el puesto de muchos de los cristianos, que debido a la actitud de algunos cofrades, curiosamente mantienen una opinión parecida a la del grupo anterior. Todos hemos escuchado muchas veces hablar de la Semana Santa y las procesiones como un folclore, algo vacío, y donde lo que menos importa es el recuerdo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. 

Como cristiano, y como cofrade, creo que estas posturas tienen parte de verdad. A veces me he entristecido al comprobar cómo muchas de las personas que participaban en las procesiones no tenían ningún interés profundo, simplemente les movían motivaciones externas. Hechos como estos en ocasiones me han hecho no tener argumentos, ni saber qué decir a quien, desde dentro de la Iglesia, criticaba los aspectos folclóricos y vacíos de la Semana Santa, pues me daba cuenta de que no les faltaba razón, aunque no la tuvieran toda. 

Sin embargo, aunque esto se dé, creo que todo el mundo de la Semana Santa no puede ser explicado solamente desde estas dos ópticas. El que no hagamos mucho ruido, no significa que no seamos muchos los que como cristianos vemos en la Semana Santa un espacio donde vivir y profundizar nuestra fe. Conozco a muchos creyentes que viven su fe con profundidad y compromiso durante todo el año y que la compaginan y alimentan sin ningún problema con los actos de sus cofradías y hermandades. La mayoría de ellos entiende las procesiones no como un folclore emocional ni un acto fetichista, sino como una parada más del camino que lleva al Dios de Jesús al que ven representado en los pasos que salen a la calle. 

Tampoco se puede dejar de lado a un colectivo muy numeroso e importante, aunque se diluya con mucha facilidad en medio de la masa. Me refiero a aquellos hermanos de las cofradías que se encuentran entre dos aguas, hablo de los que no son ateos ni agnósticos, pero tampoco cristianos comprometidos. En muchas de las hermandades son "los que no están" o, mejor dicho, "los que están a medias", puesto que aparecen solamente los días de las procesiones y no vuelven a dar señales de vida en todo el año. Normalmente no se conocen entre ellos, ni conocen a demasiados de los hermanos de la cofradía, pues su pertenencia a la misma se reduce al pago de la cuota y a la salida en procesión. Son aquellos con los que todas las cofradías querrían contactar, pero ¿cómo hacerlo? puesto que su interés desaparece durante todo el año, son realmente los que "resucitan en Cuaresma y mueren en Pascua". 

¿Qué ocurre con esta gente?, ¿por qué si son cristianos no se deciden a dar un paso adelante y a caminar en su fe más allá del recorrido de la procesión? Uno de estos cofrades anónimos un día me contaba cómo se había sentido mirado en lo más profundo de su alma por la imagen del Cristo de su cofradía, y cómo había sentido que el que le miraba realmente era Jesús a través de esa imagen. Sin embargo, aunque esta experiencia le había tocado profundamente, no había servido para poner en marcha su vida cristiana, que seguía apagada todo el año, con excepción de cuando llevaba puesto el hábito de la hermandad. 

Sinceramente, experiencias como esta me entristecen más que las de los ateos de los que hablaba antes, porque me hacen ver que aunque la Semana Santa no es un folclore, es verdad que tiene algo que hace que muchos de los que participan de ella no terminen de arrancar. Creo firmemente que durante las largas horas de silencio que dura cada una de las procesiones, Dios habla al corazón de muchos cofrades que forman sus filas.  Algo les remueve, algo les hace vibrar sin que sepan cómo explicarlo, pero este algo la mayoría de las veces se va junto al humo que se forma al apagar el cirio que han portado en la procesión. Hay muchos "jóvenes ricos", como aquel que en el Evangelio, en un momento estaba dispuesto a todo por Jesús, pero después se marchaba apenado porque no se veía capaz de hacer aquello que Jesús le pedía.

Hoy día, muchas cofradías parece que se han dado cuenta de esto, y tratan de revitalizar la vida de la hermandad contactando con estos penitentes anónimos (aunque la mayoría de las veces los resultados sean mucho más modestos de lo que se planea). Sin duda nos encontramos con el problema de que durante mucho tiempo, no hemos querido, o mejor dicho, no hemos sabido acompañar estas experiencias de Dios que se dan en las procesiones, y por ello se han perdido o alejado muchos procesos de fe. Creo que a día de hoy se están dando pasos para intentar salir al encuentro de estos penitentes anónimos. Ojalá que encontremos la fórmula para poder hacerlo y consigamos, en la medida de nuestras posibilidades, hacer un poco más cristiana una celebración que desde sus orígenes lo ha sido. Ojalá que nos demos cuenta de que debajo de todos los hábitos, dorados, bordados, músicas… que acompañan la Semana Santa, arde una pequeña llama de fe que está esperando ser avivada.


jueves, 16 de junio de 2016

Daniel Cuesta SJ

Procesión del Corpus Christi en Toledo | Fotografía: Ana Pérez Herrera/ABC Toledo

16 de junio de 2016

Hace unos días celebrábamos la fiesta del Corpus Christi y reconozco que yo lo hacía un poco dividido. Un ojo lo tenía puesto en la celebración eucarística de la ciudad catalana en la que vivo, y con el otro tenía una visión panorámica que abarcaba las dos Castillas y Andalucía. Y aunque en los dos lugares los elementos celebrativos eran los mismos (puesto que el centro se encontraba en la Eucaristía y posterior procesión), lo cierto es que yo veía dos celebraciones del Corpus completamente diferentes, que en el fondo hablaban de dos modelos diversos de sociedad y de forma de vivir la fe.

En Cataluña, donde el proceso de secularización es mucho más fuerte que en el resto de España, la celebración a la que asistí tenía un carácter intimista y discreto. Aunque la fiesta del Corpus tuviera sus manifestaciones sociales y folclóricas en el centro de la ciudad, lo cierto es que la misa y posterior procesión eucarística se celebraron en los aledaños de la catedral; lejos del centro y pasando totalmente desapercibidas para el resto de los ciudadanos. Todo ello no quita para que fuera una celebración bonita, sentida y profunda. Pero en ella se respiraba un cierto aire de despedida de una fiesta de otra época, abocada progresivamente a la desaparición.

En las Castillas y Andalucía el ambiente era totalmente distinto. No hace falta hablar del esplendor del Corpus de ciudades como Toledo o Sevilla, porque en estos foros cofrades son conocidos, admirados y en cierto modo envidiados por todos. Por ello me centraré en nuestra Castilla y León, donde la celebración del Corpus, que parecía de alguna manera dormida, parece que se va despertando poco a poco y lentamente de su letargo.

Todos sabemos que el Corpus siempre ha sido una celebración "selecta" dentro de las cofradías. Y al decir selecta, me refiero a que no es una fiesta a la que acuda el grueso de los hermanos en masa, sino que es la celebración en la que participan los cofrades más cristianos, más practicantes y por supuesto también los más capillitas. Dichos hermanos, hasta hace poco participaban discretamente en las filas de la procesión, viendo como ésta iba poco a poco perdiendo el esplendor de épocas pasadas. Pero curiosamente desde hace pocos años estos mismos cofrades se han unido para tratar de revitalizar esta fiesta. En la mayoría de las localidades se han encontrado con un cabildo catedralicio que ha acogido bien estas propuestas y les ha dejado llevarlas adelante sin demasiados reparos. De este modo en Valladolid las cofradías han vuelto a levantar altares en el recorrido de la procesión, en Segovia se ha recuperado la presencia corporativa de las hermandades en el cortejo procesional y en Salamanca las cofradías han devuelto al Corpus sus altares y su música procesional.

Dos maneras de celebrar el Corpus que nos hablan de dos modelos de sociedad diferentes, que son las nuestras, con sus pros y sus contras, como todo en esta vida. Dos realidades que nos hablan de un fenómeno común como es el de la secularización de nuestra sociedad. La diferencia está en que en algunos lugares, donde este proceso prácticamente ha arrasado con la identidad pública del cristianismo, los seguidores de Jesús se van quedando poco a poco con una fe viva y comprometida, pero a veces demasiado íntima. Por otro lado, en otros sitios como puede ser nuestra tierra castellana, se da un fenómeno que no deja de ser curioso. Pues si bien la vivencia de la fe y su práctica van poco a poco bajando, la religiosidad popular cada vez encara con más fuerza un camino de subida. Esto nos lleva a contemplar por un lado actitudes bastante vacías y folclóricas a la hora de vivir celebraciones como la del Corpus, pero por otro todo este crecimiento de la religiosidad popular se convierte en un medio para que muchas personas conozcan a la persona más fascinante que ha existido nunca: Jesús de Nazaret.

Por ello creo que, ya que la mayoría de las personas que leerán estas líneas pertenecen al segundo modelo de secularización de la sociedad del que he hablado, los miembros de las hermandades y cofradías tenemos una responsabilidad grande en la tarea de la transmisión de la fe a las generaciones futuras. En primer lugar debemos tomarnos en serio lo que significa ser cristiano, a nivel de vivencia y práctica de la fe y también de compromiso con nuestros hermanos y nuestro mundo. Y en segundo lugar debemos saber aprovechar todos estos elementos con que la religiosidad popular envuelve, o más bien adorna, el centro de nuestra fe. De este modo éstos se convertirán en una puerta de la fe por la que muchos podrán entrar e ir conociendo poco a poco a Jesús: el único que puede hacernos plenamente felices.

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