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lunes, 15 de junio de 2020

Álex J. García Montero

La Virgen de la Esperanza pasa frente al Edificio Histórico de la Universidad | Foto: Pablo de la Peña

15 de junio de 2020

Mano a mano, es como se anuncian los grandes duelos entre figuras. Normalmente, es curioso que a veces estos carteles susciten gran interés por parte de los aficionados.

Pero no nos engañemos. Muchas veces ese interés viene motivado por unos piques inexistentes, ampliados por intereses espurios, legítimos tal vez, por todo lo que rodea al mundo del matador, sin que los matadores mismos tengan la mayor constancia de esa rivalidad ("sana") entre ellos, aunque sus emolumentos dependan de esa confrontación.

Así, medios de comunicación, redes sociales, canales taurinos, opinadores varios, y de un tiempo a esta parte, la propia prensa rosa, avivan rencillas no explícitas entre ternos y capas.

Al final, el mano a mano, como todo lo que genera grandes expectativas en la vida, suele defraudar, por la propia aptitud de los taurómacos más que la de los propios matadores, pues entre estos últimos siempre hay una cordialidad que, en general, salvo luctuosas excepciones, en el mundo taurino rige una cordialidad bastante extraterrestre respecto a otros mundos, espectáculos y variedades (y vaciedades).

En el mundo cofrade, el mano a mano, lleva tiempo gestándose de manera artificial. En cualquier sitio de nuestra tierra, es costumbre en bastantes hermanos pertenecer a varias hermandades y cofradías. Bien es cierto que todos tenemos una devoción por encima de nuestras pertenencias, y es en la corporación de esa devoción, donde ponemos nuestras espigas como Abel ante Dios. Incluso, a veces, es una devoción tan desmedida que la mantenemos en lo más profundo de nuestro ser, a cuenta de no pertenecer a la hermandad que rige los destinos corporativos e institucionales de dicha devoción. Pues hay devociones tan amplias que incluso puede que no estén canalizadas a través de una hermandad o cofradía, aun teniendo intentos (la mayor parte fracasados) para ello.

Pero seamos sinceros, desde las viejas pugnas entre Veracruces y Nazarenos, hasta las actuales pugnas entre corrientes de hermanos dentro de una misma hermandad, el fenómeno más común que se ha producido es el de la fundación de nuevas hermandades sin haberse despertado aún las devociones entre el pueblo. Son cofradías surgidas de encontronazos y derrotes en burladeros imaginarios.

Voy a explicarme. Decía un amigo presbítero que las denominadas "Guerras de Religión", que tuvieron lugar en la Europa del Renacimiento, con la Reforma Evangélica o Protestante y la Reforma Católica (no me gusta el término Contrarreforma por ser intrínsecamente peyorativo), la gente se mataba por cuestiones de fe como por ejemplo la presencia real de Cristo en la Eucaristía (la famosa "transubstanciación") o la defensa a ultranza de la sucesión apostólica desde los tiempos de la Iglesia naciente hasta el Santo Padre de Roma. Hoy en día, los opinadores varios llaman "Guerras de Religión" a algo que no lo es, por norma general, pues son mayoritariamente ideológicas para incitar odio entre cabezas manipuladas por extremistas, que poco o nada tienen que ver con el auténtico espíritu de una religión.

Con las cofradías pasa algo parecido. En épocas pretéritas, había enfrentamientos cerriles entre cofrades de una corporación y otra, con lucha entre devociones, incluso maneras exageradas de mostrar esas devociones (hay constancia de cofradías penitenciales surgidas de grupos de cristianos de origen hebraico en los estertores de la Edad Media que fueron prohibidas, por ejemplo, en la vecina ciudad de Zamora, por realizar una escenificación exagerada de la fastiginia como penitencia de sangre).

Sin embargo, en la actualidad los enfrentamientos han surgido de la estulticia entre modos absurdos de gestar las cofradías gracias a grupos de poder gestados en torno a costaleros, hermanos de carga, priostías y demás gandalla que pulula por las casas de hermandad, convertidas en todo lo contrario para lo que fueron concebidas. Estas casas de hermandad son guetos que poco a poco habrá que cerrar si queremos recuperar el auténtico sentido de las cofradías como grupos de hermanos reunidos por unos fines (religiosos, sociales, caritativos y votivos) en torno a una devoción o devociones sinceras.

Porque, si no, estaremos cayendo en el mano a mano de opinadores interesados más en gestar odio entre controlar hermandades de capa (negra) caída que en revitalizar la devoción auténtica hacia sus titulares. Y lo mismo es aplicable a otras muchas hermandades y cofradías.

Por eso, cerremos guetos, y hagamos de la Fiesta, y muy especialmente de nuestra Semana Santa, un retorno a la devoción gestada durante siglos o décadas, pero nunca forzada por mor de circunstancias erróneas.

Los quites están muy bien en el ruedo para provocar la competencia, pero el matador de ese toro es el que realmente lidia el cornúpeta, no cualquiera de la terna o del mano a mano. El público puede aplaudir un quite realizado por otro interviniente, incluso en un momento de apuro, por un subalterno. Pero los trofeos o los pitos, o el ignominioso silencio se verterán sobre el actuante en la lidia.

Nuestra Semana Santa no necesita de expectativas, sino de compromiso en estos tiempos difíciles, donde el ruedo será el pan nuestro de cada día. Y sin burladeros, como muchas de las plazas de nuestros pueblos. Habrá que sustituir el "tomar el olivo" por bucles en el aire. Y esto es muy aplicable a la Semana Santa. Por muchos bucles en el aire, la fuerza de la gravedad, y más en estos tiempos, nos hará caer de bruces en el albero. Mejor eso. Porque si no el toro de la vida y de la realidad "hará hilo". Y no tardando.

¿Mano a mano? Mejor, hombro con hombro, y en estos tiempos de covid-19, codo con codo.


viernes, 8 de mayo de 2020

Tomás González Blázquez

Procesión del Entierro del Señor en Braga

08 de mayo de 2020

Europa tiene su día, el 9 de mayo, pero como es laborable ni nos enteramos. Lo de unir el carbón y el acero de franceses y alemanes allá por 1950, que es lo que se recuerda, no ha calado como festividad. Por iniciativa papal, también tiene seis patronos, desde los eslavos Cirilo y Metodio hasta Edith Stein (luego Teresa B. de la Cruz) pasando por san Benito de Nursia, santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena, aunque no demasiado celebrados en nuestras liturgias hispánicas. No pensamos en Europa, y debiéramos, como un proyecto de raíz cristiana. Desnaturalizado, que no por conservar la raíz iba a ser una Europa menos plural y menos respetuosa con los no cristianos, sino todo lo contrario, el proyecto sufre, se diluye y peligra. Entonces, ahora, se aprecian más que nunca las diferencias, las desigualdades, y hasta las diversas maneras de cuidar las libertades, algunas ciertamente curiosas. La bandera azul, la de las doce estrellas que no son otra cosa que la corona de María, la mujer del Apocalipsis, ondea en la media asta de las incertidumbres y, por desgracia, también a causa de un luto justo e ineludible.

Sabemos que nuestra tradición procesional de los días de Pasión se consolidó en varios de los antiguos territorios del Imperio Español en América y otras latitudes, pero no miramos tanto a las celebraciones que se conservan en diferentes puntos de Europa. Comenzando por el vecino Portugal, es justo detenerse en la Semana Santa de Braga, enriquecida desde hace siglos por un rito litúrgico propio que custodia dos procesiones genuinas por las naves de su catedral: la Procesión Teofórica del Entierro al terminar la celebración del Viernes Santo, en la que se introduce el Santísimo Sacramento en un féretro, se cubre con un manto negro y es llevado bajo palio entre cantos de lamentación; y la Procesión de Resurrección, al acabar la Vigilia Pascual, en la que igualmente se conduce al Santísimo pero en la custodia. Las calles bracarenses acogen desfiles desde el Sábado de Pasión, cuando tiene lugar el Traslado del Senhor dos Passos y su vía crucis. El Domingo de Ramos es la Procesión de los Pasos, en la que esa imagen de Cristo con la cruz a cuestas se encuentra con la Virgen de los Dolores. Muy original resulta el acto del Miércoles Santo, un cortejo bíblico bajo el lema "Vosotros seréis mi pueblo" que repasa la Historia de la Salvación sin olvidar las prefiguraciones de la Pasión en el Antiguo Testamento. Es conocida con el nombre popular de Nossa Senhora da burrinha, pues se representa la Huida a Egipto. Para el Jueves Santo queda la Procesión del Ecce Homo, que desarrolla iconográficamente la misericordia divina y se caracteriza por las antorchas o fogaréus que portan unos penitentes, los farricocos (otros llevan matracas); y para el Viernes la del Entierro, en la que los farricocos no hacen sonar ya las matracas, las banderas se arrastran en señal de luto y el Cristo yacente es acompañado bajo palio.

La presencia histórica de la Corona de Aragón en las regiones italianas la evocan con singularidad algunas procesiones como las de Sicilia. Por ejemplo, en Trapani sobresale la de los Misterios, que parte de la iglesia de las Ánimas del Purgatorio a las dos de la tarde del Viernes Santo y se prolonga durante veinticuatro horas. Los massari, portadores de las andas, llevan al ritmo de la música dieciocho grupos escultóricos de los siglos XVII y XVIII (algunos rehechos tras la Segunda Guerra Mundial), y además salen los iconos pictóricos del Cristo Muerto y la Addolorata. Cerdeña ofrece también desfiles, como los de Cagliari, organizados por cuatro fraternidades, y en la Italia continental destacan la Semana Santa de Tarento, con una puja el Domingo de Ramos entre las dos parroquias principales, o la de Sorrento y sus procesiones Bianca y Nera.

Por su parte, ya en Francia, es significativa la celebración de Perpiñán. Se atribuye a san Vicente Ferrer el origen de la procesión de la Sanch (de la Sangre), que se remonta a 1416. En la isla de Córcega nos encontramos con la procesión de Catenacciu en Sartène. En la noche del Viernes Santo, desde la iglesia de Santa María, el penitente rouge, por el color encarnado de su túnica, emprende un recorrido de casi dos kilómetros soportando anónimamente una cruz que pesa unos treinta kilogramos y auxiliado por un cireneo, también con el rostro cubierto. Arrastra en los pies cadenas, de ahí su nombre, cae tres veces durante el itinerario y precede a una imagen de Cristo muerto extendida sobre un blanco sudario y cubierto por negro palio, mientras los fieles corsos cantan "Perdono, mio Dio, / mio Dio perdono, / perdono Dio mio, / perdono è pietà".


lunes, 20 de enero de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

Paso de Nuestro Padre Jesús Divino Redentor Rescatado | Fotografía: JMFC

20 de enero de 2020

En apenas dos suspiros, andaremos otra vez metidos en harinas semanasanteras por las vías dolorosas abriendo de nuevo, en el corazón cofrade, ese abrazo silencioso que se incrustará en la frente de la noche.

En ese lento caminar, contemplaremos algunos hábitos que destiñó con suma paciencia la maña poderosa del tiempo. Hábitos que tienen en sus poros la historia familiar escrita con rasgos de amor, que emergen recordando a quienes nos precedieron.

Se me viene a la memoria el inolvidable amigo Tomás Martín, y con él aquella conversación que duraba unos segundos, mientras llegaba su nieto, vistiendo la túnica del Rescatado, al Patio Chico. Como maestro del mundo cofrade, Tomás me decía que aquel hermano que pasaba ante nosotros, con la espalda curva y un torpe andar por el peso de los años, era descendiente de una estirpe familiar que, dentro de su Congregación, marcaba ese rasgo de fluidez histórica que nunca se debería perder.

Cuánto echo de menos a Tomás, en este momento en el que sufro y vivo lo que él me contaba con harturas de experiencia. Doy por seguro que, en este momento, estaría haciéndose imprescindible con sus consejos, cerca de mí. No puedo olvidar sus palabras: "Nunca dirigiré nada en otra cofradía, pero si me necesitas, lo sabes, cuenta conmigo". Tomás, por ser quien era, bueno e irrepetible, jamás partirá de nuestro lado.

Y viene a cuento esta evocación, al recordar que, no hace mucho, me contaba un conocido, que en su hermandad le avisaron de que no podía salir a la calle con el hábito que vistió su padre, al tener perdido el color por culpa de haber sido usado demasiadas veces en las noches enveladas del calvario pasional salmantino. Me comentaba que le causaban un gran dolor aquellas advertencias de la cofradía, al ser para él, aquella túnica, un vestigio que tenía la impregnación penitencial de su abuelo y su padre.

Puede entenderse que la uniformidad, como signo de la estética a la que todos aspiramos en este tiempo, debe rechazar cualquier hábito indecoroso por una descuidada conservación, orfandad de plancha o raquítica longitud. Pero otra cosa es ese hábito que expone el desgaste de la vida con todo el amor nazareno que lo ha ido empapando. Perfumes de mutismos y meditaciones empapando el paño que cubrió la entrega y el desprendimiento de una saga familiar a su cofradía.

Sería más que precioso, aleccionador, que quienes tienen la fortuna de tener esas joyas con perfume a familia añeja abrieran la marcha penitencial de esas cofradías que vienen desde hace siglos ganándose la admiración en nuestras querencias cofradieras. Ver y comprobar cómo ha ido pasando de padres a hijos, la antorcha de la religiosidad popular que, gracias a no sé qué misterio, sigue viva en estos tiempos tan mediocres en los que todo lo que huele a cristianismo atufa en los pestilentes salones del poder.

No es lo mismo la tela profanada por las arrugas del pasotismo o el lijado machacón del detergente, que la que ha sido desgastada por el uso durante la Semana Santa de los tiempos anteriores…
Claro que sobre gustos y entendederas…


miércoles, 11 de diciembre de 2019

Fernando Benito

Imagen histórica de la procesión de la Hermandad Dominicana, que ha conmemorado en 2019 su 75 aniversario

11 de diciembre de 2019

A José Adrián Cornejo García, 
por muchos motivos.

Con la creación en 1942 de la Junta de Semana Santa y el obispo Francisco Barbado Viejo recién instalado en la ciudad en 1943, en Salamanca se llevó a cabo un impulso de la Semana Santa que renovó el ámbito procesional en la primera mitad de la década. Uno de los elementos que contribuyeron a ese impulso fue la creación de la Hermandad Dominicana del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y su salida procesional en 1944. En el contexto general, Salamanca era una ciudad salida hacía apenas un lustro de una guerra civil en la que había tomado parte simbólica importante. Entonces el Paseo de las Carmelitas era ya la Avenida de Alemania, y el centro neurálgico del comercio salmantino, la calle Toro, se denominaba, desde 1937, calle del Generalísimo Franco.

Era, por tanto, una ciudad típica de la posguerra autárquica española marcada por un notable desarrollo de la sociedad industrial y artesanal anterior a los cambios socioeconómicos que habrían de llevarse a cabo en nuestro país a partir de los años 60. Pero además era, precisamente en 1944, una ciudad en completa transformación urbanística, donde se asiste al nacimiento de la planificación de barrios (Senabre dixit) y, muy cerca del convento dominico, a los primeros pasos para desarrollar la Gran Vía tal y como hoy la conocemos, arteria fundamental de la ciudad en las décadas siguientes.

He querido acercarme a esa Salamanca a través de los anunciantes que quisieron patrocinar aquel año la revista de la Semana Santa salmantina, Christus. El número de ese año contaba con 64 anuncios y lo primero que llama la atención es que esta cantidad se divide a partes iguales entre los anunciantes de la capital y los de la provincia. El número de anuncios cuyos negocios se ubicaban en la ciudad de Salamanca era, exactamente, igual a la suma de aquellos ubicados en Béjar-Hervás (quince anunciantes), Peñaranda (diez) y Ciudad Rodrigo (seis).

Esta notable presencia del comercio de los principales núcleos de la provincia alude a una complicidad entre Salamanca y la provincia entonces aún vigente y heredada de momentos históricos en los que el peso de la provincia en la capital se dejaba sentir económicamente. No en vano, el censo de 1940 daba unos 350.000 habitantes para la provincia de los que tan solo la quinta parte estaba en la capital. Evidentemente sobresalían los anuncios de fábricas de tejidos y lanas en Béjar, ámbito al que pertenecían hasta diez de los anuncios, incluyéndose entre ellos una fábrica de boinas y una sastrería. También en la capital hallará eco este sector productivo, con casi otra decena de comercios vinculados al textil (camiserías, sastres, pañería, etc.).

Mayor diversificación había, a juzgar por los anuncios, en Peñaranda y Ciudad Rodrigo. Sin embargo, será en la capital donde se perciba un mayor número de negocios, dándose asimismo una notable diversidad. Aparte de los ya aludidos de tejidos y sastrería, destacan varias fábricas (Mirat, Electra de Salamanca, otra de materiales de construcción, otra de harinas); dos talleres (uno de ebanistería y otro de construcciones artísticas) y un decorador escultor; tres talleres de carrocerías; otros tres de reparaciones eléctricas; uno de banca y otro de cobro de créditos morosos y asesoría jurídica; dos almacenes (uno de patatas y ultramarinos y otro general); dos droguerías, una ferretería y una mercería y, simbólicamente, un representante de coñac y jerez. Por último, y a la vanguardia de las nuevas tecnologías de la cultura, se anuncian un reparador de máquinas de escribir y una librería (religiosa).

La realidad era más compleja, pero considero que resulta significativo lo expuesto. Apenas está presente la hostelería entre los anunciantes (tan solo figuraban tres bares y estaban en Peñaranda y Ciudad Rodrigo). Aún no se ha producido el desarrollo de los servicios que caracteriza a la Salamanca de las últimas décadas. Y, finalmente, como símbolo de todo lo anterior, sorprende encontrarse con los nombres propios de los dueños como marcas comerciales, reforzada esta visión de la empresa, además, por la tradicional incorporación a la marca de expresiones como "Hijos de", "Viuda de", "Hijo y sucesor de" o "e Hijos".

En cuanto a la distribución comercial que podemos dibujar de los anunciantes del número de Christus de 1944, resulta que más de la mitad de las 32 ubicaciones de los comercios anunciados en la capital se hallaban en torno a la Plaza Mayor y el barrio del Conejal, a saber: Plaza Mayor (tres anunciantes), calle del Prior (otros tres), plaza Poeta Iglesias (un anunciante), calle del Doctor Piñuela (otro anunciante), calle del Pozo Amarillo (otros dos), Generalísimo Franco (cinco anunciantes) y calle Zamora (otros cuatro). Evidentemente se trataba, como se adivinará, por aquellos que con mayor facilidad llevarían a cabo su trabajo en esta zona de la ciudad: servicios o comercios de sastrería, camisería, tejidos y confecciones, banca y asesoría jurídica, droguería y perfumería, ultramarinos y almacenes en general, etc.

En una ciudad en plena transformación en 1944, la Hermandad Dominicana del Cristo de la Buena Muerte contribuía, pues, a impulsar aquella transformación general de la ciudad. Han pasado 75 años y bueno sería volver a establecer cierta correspondencia entre la situación actual de Salamanca y su Semana Santa y el papel de la Hermandad Dominicana. Tras estos 75 años, ¿qué novedades aporta esta cofradía a la Semana Santa de Salamanca que no estuvieran ya en sus primeros años a mediados de los años 40?


miércoles, 6 de noviembre de 2019

F. Javier Blázquez

Actualizar el significado de las antiguas cofradías sí puede tener sentido en nuestros días

06 de noviembre de 2019

Vaya título que ha quedado, eh. Ideal para que cualquier capillita que se precie comience a leer con voracidad el artículo, o el post, que es como le dice ahora la gente cool. Pero es verdad de la buena, palabra. Y no porque hayan surgido grupos de devotos que añoren reverdecer antañonas instituciones cofrades enredadas y olvidadas entre las sinuosidades del tortuoso itinerario postconciliar. No, nada de eso, y es aquí donde estriba lo novedoso. ¡Es el cura quien lo quiere! Cosas veredes, amigos.

Resulta que sí, que es así y, como dispongo de la anuencia presbiteral para escribir al respecto, lo comparto esperanzado por si alguien se animare a reiniciar la senda allá donde quedó abandonada, hace ya casi medio siglo, una de nuestras más potentes cofradías durante los años del hambre y la posguerra.

Fue el jueves pasado, en el pomposo acto de reapertura del monasterio de la Anunciación, nuestras Úrsulas queridas. Podríamos hablar del gozo que supuso regresar al cenobio franciscano y la decepción consecuente al descubrir que, tras año y medio chapado, la novedad principal es que han abierto la puerta del claustro. Porque lo de esa especie de palés que interrumpe la visión diáfana del coro bajo y molesta la contemplación de algunas de sus piezas más señeras, mejor no meneallo. Lo mismo que las esculturas, "tan en sintonía" con el edificio, que nos han plantado en medio de la iglesia. Menos mal que ahí siguen, en los arcosolios del presbiterio, las figuras secundarias de los misterios de la Seráfica Hermandad, aunque uno no entienda muy bien que se lleven las titulares y dejen expuestas las de relleno. Bernardo el de la Agonía, presente también en el festejo, no me lo supo explicar. Pero no, no es momento para hablar del nuevo museo.

El caso es que allí estuvimos y, tras las intervenciones oficiales y el garbeo de rigor, breve, porque lo que hay que ver ya lo hemos visto muchas veces, nos dimos a la cháchara. Estábamos a escasos metros del nuevo mostrador para el cobro de los tiques, muy profesional, eso sí, las cosas como son. Sin embargo, qué lejos está del encuentro amable con las dos monjitas que hasta el año pasado flanqueaban la reja de acceso al coro. ¡Cuánto se las añora! Uno nunca tenía la sensación de que estaba pagando por entrar, sino la de hacer una buena obra. Pues ahí al laíto estuvimos, con Bernardo llevando siempre la conversación al asunto de las cofradías. Y el cura con el que departíamos va entonces y nos sorprende con una de esas afirmaciones que tienes que pedirle el bis para asegurarte de que has entendido bien. ¡Quiere una cofradía en su parroquia! Acaba de llegar y entiende que con la presencia de una cofradía la parroquia podría tener más vida.

Resulta que en esa céntrica iglesia, consagrada a nuestro patrón diocesano, hubo en tiempos una cofradía con mucha vitalidad, aunque fuera efímera, porque apenas estuvo tres décadas funcionando. Y por eso, decía, si hubiera un grupo de personas dispuestas a integrarse en la parroquia como grupo, teniendo como como referente a Cristo que consuela y a su Madre Dolorosa en su mayor desgarro, Rafa, el párroco, los acogería. ¡Ay, Señor, si don Santos reviviere! Él, que fundó la cofradía y no vivió para ver su final, saltos daría de alegría. Otros curas hubo luego que le dieron el rejonazo, pero los tiempos eran los que eran y, reconozcámoslo, argumentos tuvieron para ello.

Cada época es distinta y evidentemente eso de los excombatientes ya no tiene sentido. Pero sí la batalla contra el laicismo y la indiferencia y hasta la persecución de cristianos, porque con la que está cayendo parados no deberíamos estar. Dice el tópico, tomado del libro de Job, vita hominis super terram militia est. Y es cierto, nuestra vida sobre la tierra es un luchar contra muchas situaciones que por lo injusto claman al cielo como el grito doloroso de viudas e infantes ultrajados. Por eso, una actualización del significado de la antigua Cofradía del Cristo de las Batallas sí podría tener vigencia. Solo hace falta que alguien recoja el guante del reto, porque el camino eclesial, siempre el más complejo y accidentado, en este caso parece bastante allanado.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Francisco Pérez Polo

El paso del Cristo de la Luz y Nuestra Señora de la Sabiduría corona la calle Compañía | Fotografía: Heliodoro Ordás

12 de noviembre de 2018

Leía hace unos meses en uno de los foros semanasanteros que pueblan las redes sociales un debate sobre el estilo más conveniente para nuestra Semana Santa. Sin entrar en polémicas, transcribo una de las intervenciones finales: "Se ha perdido nuestra esencia pero ojalá la Hermandad Universitaria del Cristo de la Luz vuelva a sus orígenes. Vuelva a desfilar en silencio total, sin música, de madrugada y por las zonas de sus comienzos. Así volverá a tener los hermanos que tuvo". Al hilo de que este año nuestra querida hermandad, a cuya junta directiva pertenezco, ha cumplido setenta años, me pregunté si esa era la auténtica realidad en "nuestros orígenes". Y  esta es la respuesta.

Si volviéramos al 23 de marzo de 1948, y quisiéramos ver la salida de la primera procesión, deberíamos estar a las ocho y media de la tarde frente a la puerta lateral de la Clerecía. La hermandad siempre ha procesionado en la tarde noche pero nunca de madrugada. En sus primeros años salía a las ocho y media y regresaba sobre las once. Por cierto, no hubiéramos podido asistir a la Promesa de Silencio. Esta se realizaba privadamente dentro de la Clerecía. A finales de los años 70, y con motivo de las obras de la iglesia, se unió a la oración universitaria que desde el primer año se leía en el Patio de Escuelas y desde entonces ambos actos forman uno.

Sobre el tema del silencio total, en su primera salida el paso iba acompañado por una banda de cornetas y tambores. Esto se repitió hasta los años 60, en que por mediación de don Julio Gutiérrez Rubio, alcalde de Salamanca y hermano honorario de la hermandad, la banda municipal acompañaba al paso, siendo la única procesión en la que lo hacía aparte de la General del Santo Entierro. Como acompañamiento musical además, abrían la marcha dos tambores destemplados, hoy sustituidos por un trío de viento. En esa ocasión no salieron la cruz de guía ni el estandarte actual, que se incorporarían al año siguiente.

Respecto al recorrido, la hermandad ha mantenido siempre el mismo salvo alguna ocasión, en los años noventa, en los que se salió por la zona del Botánico y la calle Cervantes, donde se habían construido nuevas facultades. Pero la idea fue abandonada por resultar alguna de las calles demasiado estrechas para el paso de la procesión.

Y sobre el tema de "volver a tener los mismos hermanos que en aquella época",  nunca en su historia la hermandad ha tenido tantos como ahora, que supera los 200. El inventario de material de 1950 dice que se habían preparado 40 cruces de penitencia para los hermanos. En la actualidad sale el doble, lo cual obliga a procesionar en dos filas. En sus primeros años se desfilaba en una sola por el centro de la calzada.

Y, desmontados esos tópicos que circulan por la red, la siguiente pregunta es cómo fueron realmente nuestros orígenes. La Hermandad Universitaria nació por iniciativa de los miembros de las Congregaciones Marianas con sede en la iglesia de la Clerecía. Sus principios básicos fueron (y son) la austeridad, reflejada en la sencillez del hábito y en la ausencia de enseres habituales en otras cofradías, la penitencia, exteriorizada en la cruz que portan los hermanos y en la organización de un único turno de carga durante toda la procesión, y la ejemplaridad, que se plasma en la promesa de silencio para entregarse a la meditación y oración durante el recorrido. Esos fueron nuestros verdaderos orígenes, y así los hemos mantenido y así los hemos ido adaptando a los cambios sociales y religiosos. Lo demás es romper el huevo y quedarse sólo con la cáscara.


lunes, 26 de marzo de 2018

F. Javier Blázquez

La silueta del Cristo del Perdón, en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Alfonso Barco

26 de marzo de 2018

En aquellos años del hambre y escasez, cuando España intentaba sin lograrlo salir de la miseria que dejaron la guerra y el aislacionismo, la tarde de Ramos nacía en Salamanca para el Perdón. Eran tiempos de necesidad y esperanza, pero de ideas claras para aquellos hermanos de la Agonía que, impulsados por Lobato y Moneo, llenaron de sentido la tarde de un domingo vestido de rojo, con la Pasión ya leída e interiorizada. Y ahí, en pleno proceso de organizar bajo la dirección de Gombau una nueva Semana Santa salmantina articulada en torno a las siete palabras de Cristo en la cruz, surgía la idea del Perdón. Con él debía comenzar el recorrido por los siete momentos de la cruz. Pidiendo perdón, perdonando, llevando el perdón. Y la procesión llenó toda una tarde, consolidó una idea que prometía ser hermosa, enriqueció nuestra Semana Santa con un acto emblemático, cargado de profundo simbolismo. Esa era nuestra tarde dominical, saliendo del primer convento cisterciense, de San Esteban, del segundo de Bernardas que ya tampoco lo es. Con el Cristo de las monjas primero, con el de Villar, con el de las Bernardas otra vez. Con prisión provincial, sin ella y ante el monumento del Perdón, en el Museo del Comercio ahora. Qué más da. Es el Cristo del Perdón, el que da sentido a los atardeceres salmantinos del domingo en que se lee el relato principal de la historia de la salvación.

La tarde de Ramos había nacido en Salamanca para el Perdón, aunque ya no nos acordemos y por momentos ni siquiera lo parezca. La fascinación por el lujo y oropeles, los bullicios y esplendores trasuntados, el contrarreformismo finisecular, los mil y uno nosequés, han empequeñecido en demasía a un desfile de la Prosperidad que algún tiempo atrás ya había comenzado a menguar. Y no hay una sola causa, porque en esto como en todo, las razones se entrecruzan. A la propuesta novedosa, es verdad, hay que reconocerle muchas cosas buenas, porque tenerlas las tiene, pero no debe soslayarse lo poco que en los últimos años ha hecho la propia Hermandad del Perdón por mantener el prestigio y lugar que por historia y tradición en justicia le corresponde. Ayer domingo, debemos señalarlo, se percibió una ligera mejoría, y eso hay que agradecérselo al último de la saga de los Moneo, pero ¡sigue habiendo tanta distancia entre una y otra propuesta!

La recuperación de aquello que quizás nunca llegó a ser del todo, salvo en la feliz Arcadia de nuestro imaginario colectivo, no pasa por inventar nada, ni siquiera por ampliar el número de nazarenos, que buena falta hace dicho sea de paso. El rebrotar del protagonismo que reivindicamos para esta procesión tan nuestra y tan querida está dentro de la propia hermandad, en su ADN cofrade, porque el Cristo del Perdón solo puede ser el Cristo del Perdón. La recuperación de su añorada identidad está en la autenticidad, y en ella la clave de la significancia. Las adherencias que el tiempo fue dejando acaban restando fluidez y dificultando la inserción en la Semana Santa que todos deseamos. Por ello es necesario un análisis serio y profundo, junto al compromiso decidido y responsable de regenerar (que no de generar). Solo así conseguiremos que el desfile del Perdón recupere el espacio que por su trayectoria y en justicia le corresponde.


viernes, 12 de enero de 2018

Antonio Santos

José Gutiérrez Solana

12 de enero de 2018

Salamanca asistirá en la Semana Santa de 2018, Deo volente, a la primera salida penitencial de dos nuevas imágenes procesionales: el Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral, y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, de Francisco Romero Zafra. Resulta llamativa la feliz coincidencia en el calendario, pues podremos ver en el intervalo de unas pocas horas las dos formas de representar la Pasión que levantan debates tan acalorados como estériles en nuestra ciudad porque contrastan en lo plástico. El irresoluble falso dilema de lo castellano y lo andaluz.

Paradójicamente, estas dos estéticas procesionales se originan a la vez durante el periodo conocido como la Restauración (1874-1931). Las seis décadas del periodo fueron testigos de movimientos intelectuales y artísticos modestos tales como el historicismo y el regionalismo nacionalista, pero, sin duda alguna, el movimiento intelectual clave de la época fue la obra de la Generación del 98. En su meritorio afán por redefinir y renovar España para superar aquella crisis, acuñaron varios tópicos, unos certeros, otros no tanto, que han pervivido y se han desarrollado al compás del último siglo y cuarto. Es entonces cuando se asienta la idea tópica de que lo castellano es austero aunque las obras de arte del plateresco y barroco lo nieguen tozudamente y también que todo lo andaluz es folclórico, alegre y hasta frívolo cuando durante siglos se ha mantenido viva la llama de la fe a través de la penitencia.

Durante la Restauración, la inmensa mayoría de las cofradías y hermandades en España estaban buscando salir de su propia crisis, una crisis sufrida a lo largo del siglo XIX y que las había reducido a la mínima expresión tras el fin del Antiguo Régimen, la imposición de medidas liberales como las exclaustraciones, desamortizaciones, el abandono de los gremios y el nacimiento de la sociedad industrial. Como todos sabemos, muchas de ellas ya no desfilaban, y si lo hacían, era sin hábito y en traje de calle y de sus pasos antiguos sacaban solo las efigies principales. La Vera Cruz de Salamanca o Valladolid vivieron esta situación. Muchas otras desaparecieron y otras intentaron sobrevivir mediante fusiones con cofradías más potentes y con las entonces pujantes cofradías sacramentales. Entonces no había discusiones estéticas sobre las cofradías. Se seguía lo que marcaba la Iglesia, con reverencia, y con formas similares, dentro de las posibilidades de cada lugar, en todo el país.

De aquella crisis se salió gracias al turismo. Un turismo que viajaba en los entonces nuevos ferrocarriles de vapor y que permitía unas novedosas peregrinaciones de los pueblos a las ciudades y de las ciudades pequeñas a las ciudades grandes a ver las procesiones. Así fueron fotografiados en Zamora por Quintas o Gullón. Esta afluencia de público que revigorizó las procesiones españolas, movió a las autoridades civiles a tomar cartas en el asunto. Se crearon entonces las primeras juntas de Semana Santa, se financiaron nuevos pasos, se incorporaron túnicas con capirote y capa, trompeteros y caballos enjaezados, sonaron las primeras saetas (el flamenco también se crea en este periodo), se contrataron bandas de música que hasta entonces nunca habían participado, se decoran los pasos con flores… y renació la fiesta con los elementos hoy reconocibles por todos. Aquí es donde empieza el laberinto noventayochista, del que aún no hemos salido. Con el mencionado concurso de las autoridades políticas, se politiza la Semana Santa a través no de la filiación partidista, sino de la exaltación del localismo y del regionalismo historicista: una suerte de recuperación del pasado, vistosa y atractiva, con tintes locales que buscan diferenciarse del vecino, pero de escasa veracidad histórica.

La periferia del país, más poblada, urbana e industrializada miró a los modelos urbanos barrocos tanto de Levante como de Andalucía, fueran autóctonos o no, perpetuando el merecidísimo esplendor de la Semana Santa hispalense y generando semana santas de un lujo desconocido en Tarragona, Murcia, Cartagena, Málaga o Bilbao. Mientras, en el centro, las dos Castillas, Aragón, norte de Extremadura y Madrid las cofradías prefirieron beber del renovador espíritu austero que promovían precisamente los pensadores y escritores noventayochistas (casi todos de la periferia), que redescubrían y se enamoraban de una Castilla rural y empobrecida, pero que había sido durante el periodo renacentista y barroco tanto o más rica y urbana que el resto de la Península. Si en Málaga o Cartagena se reinventa un barroco que dormía olvidado y se llega a tener los tronos más grandes que existen, en Valladolid, Palencia o Medina del Campo se impuso una Semana Santa ruralizante contradiciendo abiertamente el esplendor apoteósico de sus grandes grupos escultóricos urbanos y sus barrocas iglesias penitenciales.

Salamanca siempre fue tibia en esta dualidad y sus cofradías, congregaciones y hermandades no miran en un primer momento a la invitación ruralizante. Si observamos la Semana Santa fotografiada por los Gombau desde 1898, vemos unas procesiones, si bien modestas, totalmente urbanas, con imágenes de mucha devoción portadas en andas doradas y plateadas de inspiración barroca o plateresca, alumbradas por cofrades vistiendo vistosas túnicas de terciopelo y mujeres con velo y con mantilla. Todo muy acorde a la ciudad culta y orgullosa de su historia que era Salamanca.

Durante el auge del periodo del Nacionalcatolicismo (1939-1975) se ahonda en estos principios cultivados desde la Restauración y se potencian con toda la energía del estado. El Concilio Vaticano II y sus recomendaciones tienen especial eco en las hermandades del centro, y se producen fundaciones de estética no solo rural, sino medieval, prescindiendo del sustrato barroco. Es entonces cuando la dualidad entre lo castellano y lo andaluz se acentúa a ojos de cofrades y espectadores, y al mismo tiempo, toma la delantera la cultura de lo andaluz como estandarte de lo español. Valga como muestra la devoción a la Virgen de la Esperanza, extendida por todo el país. De este modo las formas del neobarroco de inspiración sevillana alcanzaron poco a poco a la práctica totalidad de las hermandades, de un modo más o menos intenso. Un ejemplo perfecto es Zamora: en 1950 bendice la imagen de la Virgen de la Esperanza, con sus elementos urbanos y sureños, mientras que en 1955 sale por primera vez la procesión de las Capas Pardas, canon de la Semana Santa austera.

En un largo devenir en el siglo XX, cuya explicación excede con mucho el propósito de estas líneas, se fue resquebrajando el modelo acuñado durante la Restauración. Aún no hemos superado este modelo, que sigue aferrado al turismo. Actualmente estamos ante una celebración supuestamente definida por unas líneas estéticas locales e identitarias, pero que en realidad contiene siempre y en todo lugar elementos que identificamos como ajenos: una paradoja apasionante.

Vuelvo mis ojos al Cristo de Mayoral y a la Virgen de Zafra. Casi diría que no podrían ser más distintos. Y en realidad son las imágenes que mejor nos muestran la evolución de las formas de nuestra fe popular, la de la calle. Reconforta saber que aunque todos estamos dentro del mismo laberinto, no hay buenos ni malos, acertados ni errados. Estas imágenes van a mover a la devoción de los cofrades de sus jovencísimas hermandades y, ojalá, a quienes las puedan contemplar. Y eso es lo que verdaderamente importa.


viernes, 24 de noviembre de 2017

F. Javier Blázquez

El Nazareno de San Julián

24 de noviembre de 2017

Los setenta y cinco años de la Junta de Semana Santa bien merecían una celebración a la altura de las circunstancias, adornada con la concesión de la medalla de oro de la ciudad y clausurada con el ágape, primero el eucarístico, después el secular.

Celebrar es consustancial a la actividad humana. Los acontecimientos destacados, los encuentros dichosos, los aniversarios que rememoramos, nos unen siempre en torno a la celebración. Celebrar es también un recuperar en parte aquello que fuimos o vivimos o nos contaron; es aprehender en algún grado aquello que sin vivirlo o conocerlo ha servido, en alguna medida, para hacernos como somos.

El ritual celebrativo conlleva asimismo los encuentros y reencuentros, los que nos señalan la fugacidad de la vida, los que dejan aflorar aquellas remembranzas sedimentadas hace ya demasiado tiempo. Y así sucedió, en los prolegómenos de la confraternización en torno a la mesa, con los nazarenos. Allí estaba su historia viva, encarnada ahora en su hermano mayor, José María Guervós, y en las directivas Marifé de Nó y Vega Villar. Allí estaban, representando a su congregación, tres de las familias que modelaron el devenir de esta ilustre y venerable congregación. Los de Nó, los Guervós, los Rodríguez de Ceballos. Radiantes, optimistas, ansiosos por seguir recuperando las glorias que otrora les distinguieron. Porque ellos son, es cierto, la esencia de la Semana Santa salmantina y en ellos, en los nazarenos, confluyeron los episodios más sonados de la historia de nuestras cofradías.

Junto a la Vera Cruz, los nazarenos configuraron esa idiosincrasia que aparentemente se diluyó con la proliferación cofradiera. Junto a la Santa Cruz, ellos, los nazarenos, son indispensables en el afianzamiento de esa Semana Santa procesional genuinamente salmantina que todos anhelamos. Porque en ellos, junto a la Vera Cruz, están las raíces de las que brotaron las otras cofradías que reforzaron la personalidad de nuestra Semana Santa. Allí estaban los tres, cargando sobre sus hombros con los siglos de su historia, sabedores de lo mucho que les necesitamos, conscientes de que sus decisiones nos afectan a todos, deseosos de asentar esta nueva etapa de su historia sobre el legado de sus antepasados que, junto a otras familias nazarenas, como los Estella y Calderón, tanta reputación dieron a las procesiones salmantinas.

Fue un tiempo de encuentro, con los buenos amigos nazarenos, fue un tiempo de reencuentro, con una celebración lígrima infinitas veces evocada, querida y anhelada. Fueron momentos de alegría y esperanza, porque reconforta saber que asumen el clamor de los suyos desde la historia y aceptan con orgullo el legado que les dejaron. Un legado que debe ser necesariamente recuperado y potenciado desde la tradición, porque ellos, los nazarenos, son la tradición más visible de nuestra Semana Santa.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Raúl Román

Parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en el barrio Garrido de Salamanca

25 de octubre de 2017

A finales del año 1985 se planteó por un grupo de jóvenes del barrio Garrido, en Salamanca, la posibilidad de fundar una cofradía que colmara las inquietudes de numerosos jóvenes y adultos de las parroquias del barrio (principalmente las de San Mateo y Ntra. Sra. de Fátima), jóvenes y adultos que también estaban participando en diferentes cofradías de la ciudad. Delataban que podían aportar esta iniciativa a un barrio entonces en plena efervescencia juvenil con centenares de niños y jóvenes participando en las parroquias del barrio.

Con estas inquietudes se planteó a los sacerdotes de la parroquia de San Mateo (entonces D. Santos y D. Segundo) tal proyecto, muy embrionario y necesitado de mucha maduración y de apoyos personales y materiales. Para ello se contó con ideas de los entonces responsables de otras cofradías y de la Semana Santa de Salamanca, algunos vinculados al mismo barrio, con especial ayuda y apoyo del entonces presidente de la Junta Permanente de Semana Santa, Daniel Herrero, o de Miguel Hernández Rubio o Félix González junto con otras personas del ámbito de la Semana Santa, personas que individual e institucionalmente alentaron y animaron este proyecto. La iniciativa implicaría fundar una cofradía y establecer un desfile procesional en o desde ese popular barrio. Acabada la Semana Santa de 1986 se produjeron varias reuniones para lograr plasmar esta iniciativa. A la vez se animó a dar cauce a este proyecto por medio de un programa de compromiso caritativo.

De otra parte, pequeños apoyos económicos fueron llegando igualmente, pues se organizaron algunas actividades como la representación de la obra Jesucristo Superstar (representada por algunos de los propios animadores de esta iniciativa) o también alguna rifa o sorteo, destinándose los fondos finalmente a Cáritas parroquial.

El contexto del barrio en esa época era de mucha dinámica de actividades, apenas había instituciones o grupos organizados que pudieran dar cauce a iniciativas de diversos tipos. En el ámbito religioso se percibía la ausencia de la religiosidad popular como elemento integrado e integrador en las parroquias del barrio, lo cual se mostró como una losa a este tipo de iniciativas, y muchos de quienes mostraban su ilusión ante esta posibilidad continuaron participando en las cofradías de Semana Santa de Salamanca, que se nutrieron y se nutren del aprendizaje y la dedicación en experiencias como la que ahora recordamos. Pero esta iniciativa que hemos relatado no fue una más, sino que tuvo entidad y relevancia propias, con apoyos decididos y que resultó un proyecto de Semana Santa que estuvo en marcha como tal.

En el fondo estos recuerdos, vividos según cada persona y cada grupo, están reclamando una recapitulación que haga que formen parte también de la historia de la Semana Santa, pues no en vano, como decimos, son la raíz de la que salieron numerosos cofrades.


viernes, 6 de octubre de 2017

Paco Gómez

Viaje a las fundaciones. Grabado de Antonio Veredas

06 de octubre de 2017

Medio oculto por otras circunstancias acuciantes de la actualidad y algo apartado de los oropeles propios de las grandes "apuestas" políticas, lo cierto es que la próxima semana da inicio uno de los acontecimientos más importantes de los que se nos presentan en un futuro inmediato. Este 15 de octubre arranca el Año Jubilar Teresiano, según el Decreto de Penitencia Apostólica que ha incluido como templo jubilar el Convento de la Anunciación de Alba de Tormes.

Atrás queda el brillo de las celebraciones del V Centenario de Santa Teresa de Jesús, donde se llevó a cabo un importante trabajo de reivindicación de una figura universal de la espiritualidad y donde se pudo apreciar el enorme impacto de esta mujer única en la creación artística.

Pasadas las multitudes y la efeméride, ahora nos encontramos ante una conmemoración que busca otro tipo de "público". Una peregrinación sin duda más solitaria, si acaso más honda y en definitiva más "descalza" en el sentido teresiano de la palabra.

Así que se nos presenta una nueva oportunidad para la reflexión, la espiritualidad y la búsqueda de sentido a todo esto que nos rodea. Además, también es una magnífica ocasión para resaltar esas huellas teresianas que pasados los programas especiales de promoción –orientadas fundamentalmente a la captación de visitantes– a veces van quedando atrapadas por el olvido o la indiferencia.

Y es que la historia de las fundaciones teresianas nos enseña mucho. "Nunca dejé fundación por miedo del trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción", escribe de su puño y letra esa mujer única en una época de hombres, monja de cuerpo débil, atacado por mil enfermedades y dolores, que supo, sin embargo, poner en pie el mayor proyecto de reforma espiritual de su tiempo.

Teresa ha fundado San José de Ávila y tras cinco años de intensa vida según la regla primitiva, obtiene licencia para fundar más conventos según su nuevo estilo de vida. Ha pasado por Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo y Pastrana antes de llegar a Salamanca.

Ha tardado en venir porque alberga muchas dudas sobre la conveniencia de fundar aquí. Hay que tener en cuenta que los monasterios reformados solo viven de las limosnas que reciben y Teresa reconoce que "por ser muy pobre el lugar, me había detenido hacer allí fundación". Fíjense: año 1570. La ciudad en la época dorada de su Universidad; con más de 20.000 habitantes, de los que 7.000 eran estudiantes; con conventos de todas las grandes órdenes, con iglesias y casas blasonadas por doquier y, sin embargo, con una buena parte de los salmantinos pobres de solemnidad. Casi nunca es oro todo lo que reluce.

El caso es que empujada por sus confesores pide licencia y la obtiene del obispo González de Mendoza y se presenta en la ciudad con la compañía de dos frailes y una monja, María del Sacramento. Como cuando llega la casa que había apalabrado para su convento "no se había podido desembarazar" de los estudiantes que la habían alquilado para el curso, se dirige al colegio carmelita de San Andrés.  En sus primeras horas en la ciudad localiza en una de las tiendas de la Ribera dos lienzos algo toscos pero muy devocionales –un Ecce Homo y un Descendimiento– que compra como primer patrimonio del nuevo convento y en los que invierte los 14 reales que traía como único capital a la ciudad (cuadros que se conservan todavía hoy en poder de la comunidad de carmelitas de Cabrerizos).

Cuando ya es de noche, le comunican que la casa de Gonzaliáñez (hoy Casa de los Ovalle) ya está libre y Teresa de Jesús decide ocuparla sin más dilación. Contrata al carpintero Pedro Hernández para que acometa los trabajos prioritarios para dar uso conventual al caserón, lo que empleará al artesano hasta las cuatro de la mañana. A esa hora se marcha de una casa que habían abandonado ya los dos frailes, en busca de las monjas que habrían de formar parte de la primera comunidad. Se acaba octubre, es plena noche de Ánimas y Teresa de Jesús y María del Sacramento se quedan completamente solas en la casa en la madrugada: "Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el miedo de mi compañera, que me da gana de reír".

Y es que María del Sacramento teme que los estudiantes, enfadados por haber tenido que salir a toda prisa de la casa, se hayan quedado en alguno de los desvanes y puedan gastar alguna broma. Así que, mientras esperan el día tendidas ambas sobre un poco de paja, pregunta María a Teresa: "Madre, estoy pensando, si ahora me muriese yo aquí, ¿qué haríais vos sola?".

Mientras suenan las campanas de toda la ciudad por los difuntos, Teresa responde: "Hermana, de que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir".

No valían supersticiones con esta mujer singular que lamentaba, mientras escribía algunos años después de aquel episodio el capítulo correspondiente en el Libro de las Fundaciones, todavía no haber acabado de "allanar" la casa de Salamanca.

Ciertamente, muchas vueltas darían las madres hasta acabar en su actual comunidad junto al Tormes en Cabrerizos. En una historia que no es sino el reflejo de que en Salamanca, por motivos que quizá se nos escapan, cuesta mucho más lo que en otros lugares es fácil. Ahora aplíquenlo a cualquier faceta de la vida, cofrade o no, y verán que las cosas no han cambiado tanto.

Eso sí, dejó escrito Teresa de Jesús que "importa mucho una muy grande y determinada determinación de no parar hasta llegar al fin, venga lo que viniere, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera se hunda el mundo".

Sí, son tiempos recios. Feliz año jubilar teresiano.


lunes, 5 de diciembre de 2016

José Fernando Santos Barrueco

Tramo de la Piedad, de la Hermandad Dominicana, con el Viernes Santo ya amanecido en El Corrillo | Foto: Roberto Haro

05 de diciembre de 2016

A punto de pasar la página del próximo 22 de diciembre, quisiera traer a esta revista digital la importante efeméride del 800 aniversario de la fundación de la Orden de Predicadores por Santo Domingo de Guzmán, confirmada por el Papa Honorio III ese día del 1216.

Una Orden muy vinculada a nuestra Semana Santa, desde que el 27 de marzo de 1944 en los inicios de un movimiento revitalizador de la misma, se fundó la hermandad que lleva su nombre, al acoger con entusiasmo el proyecto que los gremios de la prensa, papel y artes gráficas presentaron a los frailes, que cedieron para la procesión la imagen del Cristo de la Buena Muerte. La Hermandad Dominicana sale en la madrugada del Viernes Santo desde el templo de San Esteban, en el que reciben culto tres de sus imágenes titulares, el citado Cristo de la Buena Muerte, N. P. Jesús de la Pasión y N. Sra. de la Esperanza. En la sacristía del convento se encuentra también un crucificado con el que desde 1948 a 1974 procesionó la desaparecida Hermandad de N. P. Jesús de la Promesa. Fuera de las cofradías penitenciales semanasanteras, en el seno de la Orden se originó la Cofradía del Rosario, de advocación mariana, cuya primera fundación se remonta a 1474 (Jacob Sprenger, convento de Colonia, Alemania), respaldada casi un siglo después por el Papa dominico San Pío V. En Salamanca habría que remontarse a 1327 cuando se construye el hospital de N. Sra. del Rosario, junto a la antigua iglesia de San Esteban. Desaparecido en 1581 en la reorganización de hospitales ordenada por Felipe II, la cofradía que lo atendía pasó a ubicarse en la mencionada iglesia. Después de su larga historia hoy vive nuevos impulsos bajo el título de Real y Pontificia Archicofradía Sacramental de María Santísima Madre de Dios del Rosario y San Pío V.

Santo Domingo nació en Caleruega (Burgos) en 1170 en el seno de una familia noble y llena de virtudes cristianas. Su padre, Félix de Guzmán es venerable, como su hermano Antonio, y su madre, Juana de Aza beata, como su hermano Manés, que se unió a Domingo cuando fundó la Orden. Tuvo una buena formación cultural y moral, primero en Gumiel de Izán donde despertó su vocación religiosa, y después en Palencia tratando de llevar a la práctica la voluntad de Dios que se desprendía de la escucha de su palabra, dedicándose a la predicación y obras de caridad. Su fama llegó a oídos del obispo de Osma, a cuya diócesis pertenecía Caleruega, nombrándole sacristán del cabildo catedralicio.

En Osma mantuvo gran amistad con Diego de Acebes, que en 1201 ocupó la sede episcopal. En 1203 hicieron juntos un viaje al sur de Francia por encargo de Alfonso VIII de Castilla para concertar el matrimonio de su hijo, entrando en contacto con la herejía que se extendía por aquella zona. Repitieron el viaje dos años más tarde para la boda, pero esta se canceló y fueron a Roma a presentar al Papa Inocencio III la renuncia de Diego de Acebes al obispado para dedicarse a la evangelización. A la vuelta pasaron por Montpellier, donde el Papa había organizado una misión para predicar contra el gnosticismo de los cátaros o albigenses. Allí se dieron cuenta del fracaso de la misión por la ostentación con que actuaban y decidieron quedarse a predicar con algunos clérigos viviendo de la mendicidad. En 1207 murió Diego de Acebes en un viaje a España para conseguir predicadores y medios para la misión y Domingo se quedó prácticamente solo. Durante diez años se dedicó a la predicación con una valentía, alegría y austeridad que pudiera vencer a los herejes, a quienes su presencia les resultaba incómoda e intentaban ridiculizarlo y hasta eliminarlo. Se asombraron de su actitud cuando le oyeron que aceptaría un terrible martirio, lo que hizo que no volvieran a molestarle.

Sus ideas de formar una orden de predicadores parecían claras hacia 1215 comentándolas con Fulco, obispo de Toulouse, que le animó encontrando en aquella ciudad el apoyo inmediato de unos pocos que le ayudaron en su inicio. Era un ámbito diocesano y Domingo quería abrirse al mundo. Con ocasión del Concilio de Letrán, Fulco fue a Roma y llevó a Domingo para pedir el apoyo de Inocencio III. Cuenta la leyenda que tras un sueño del Papa en el que Domingo impedía el derrumbamiento de la basílica "laterana", le ordenó a este que fundara su nueva Orden, tomando una regla ya existente que les fuera propicia (los padres conciliares habían decretado que no se aprobase ninguna nueva regla). Al regresar Domingo a Toulouse se encontró un mayor número de hermanos, entre ellos Manés su hermano de cuna. Para hablar siempre "con Dios o de Dios", como le gustaba decir a Domingo, y con la obligatoriedad del estudio, adoptaron la Regla de San Agustín. Con ella y un primer proyecto de Constituciones volvió a Roma en 1216 y el Papa Honorio III, sucesor de Inocencio III, le entrega el 22 de diciembre la bula Religiosam Vitam en la que confirma la Orden de los Frailes Predicadores. Sin transcurrir un año, en la fiesta de Pentecostés del 1217, Domingo dispersó a sus frailes ("el trigo esparcido produce mucho fruto"), a pesar de la opiniones en contra, preocupándose de su formación para la eficacia de su labor. Realizó continuos viajes por Francia, Italia y España visitando conventos y poniendo las bases de nuevas fundaciones. Falleció en Bolonia el 6 de Agosto de 1221, tras haber celebrado allí los dos primeros capítulos generales en 1220 y 1221, en los que se terminó la redacción de las Constituciones y crearon las primeras provincias. En su lecho de muerte pidió a sus frailes caridad, humildad y pobreza, indicándoles que por su intercesión les sería más útil muerto que lo que había sido en vida. En 1234 fue canonizado por Gregorio IX, su gran amigo, valedor y admirador.

En 1228 se tienen las primeras noticias de la llegada de los dominicos a Salamanca ocupando la iglesia de San Juan el Blanco, extramuros de la ciudad en la ribera del Tormes. La crecida del rio en 1256 destruyó la iglesia y el 9 de noviembre de ese año el obispo les entrega la iglesia de San Esteban, una antigua parroquia de la repoblación de la ciudad en el siglo XII. En 1524 se pone la primera piedra del templo actual, construida sobre la antigua iglesia. Tras muchas vicisitudes, en 1610 terminan las obras, aunque hasta inicios del XVIII no se acabó el retablo, fresco del coro y otras obras del convento, tal como hoy se conoce.


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