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lunes, 6 de enero de 2020

Tomás Gil Rodrigo

"Los tres reyes magos", del artista estadounidense Henry Siddons Mowbray

06 de enero de 2020

Seguramente muchas de nuestras cofradías salmantinas, después de las fiestas de Navidad, empiezan a quedar más a menudo para preparar la semana más importante del año litúrgico: la Semana Santa. Muchos de los cofrades me diréis que soy muy precipitado, aún quedan más de tres meses, porque este año cae entre el 5 y el 12 de abril; otros, los más precavidos de las parroquias o hermandades, dirán que es mejor reunirse con tiempo, para que no vuelva a suceder lo del año pasado y se eche el tiempo encima. Sin embargo, lo más importante es que, al final de la Navidad, el día de Pascua va generando movimiento y expectación en unos y otros, se convierte en una fecha central para este 2020 que intentamos aprender de memoria o apuntamos en el calendario de nuestro móvil.

Pues esto que pasa en las cofradías de Semana Santa, tras la Navidad, es lo que nos propone la Iglesia que hagamos en este día de la Epifanía. Después de la proclamación del Evangelio dentro de la Eucaristía, o bien en otro momento idóneo, como por ejemplo en el silencio después de la comunión, se proclama el anuncio de la Semana Santa, diciendo qué día celebraremos la Pascua, y también las demás fiestas del año. Y, ¿por qué la Iglesia proclama desde antiguo las fiestas del año en esta solemnidad y no, por ejemplo, como sería normal, el primer día del año litúrgico, que cae el primer domingo de adviento? Se debe al dinamismo de la liturgia, que gira en torno a la celebración del misterio de Cristo. En la solemnidad de la Epifanía lo que celebramos es que la gloria de Dios se ha manifestado a través de la carne débil y humilde de su Hijo, dejándose ver y tocar no solo por los suyos sino por la humanidad de todos los tiempos, representada en aquellos magos venidos de oriente, que le buscaron y fueron guiados hasta Belén por medio de la estrella y la Escritura. A partir de entonces la gloria de Dios sigue manifestándose en la historia y entre nosotros hasta el día esperado de su vuelta al final de los tiempos. La Epifanía es la celebración que nos abre los ojos del corazón para poder ver a Dios, gracias al misterio de la encarnación de su Hijo, en los acontecimientos del mundo y de la historia, en los más pobres, en la fraternidad de nuestra parroquia y cofradía…; pero, donde principalmente podemos ver y recibir su presencia es cuando nos reúne para celebrar la Eucaristía en las fiestas del año litúrgico, principalmente la Pascua y cada domingo. Ahora entendemos el porqué de pregonar e invitar el día de Epifanía a celebrar la Semana Santa, cuyo culmen es el Triduo Pascual, también cada domingo del año y las fiestas principales de la Virgen y los santos.

Sería bueno realizar este pregón tan significativo en la Eucaristía de la solemnidad de la Epifanía. Incluso se podría colgar en letra grande a la puerta de las iglesias desde Epifanía hasta el domingo anterior a la Cuaresma. De la misma manera se puede repartir como una estampa para que la gente lo tenga en su casa a modo de recordatorio. Con la intención de facilitaros la realización de este pregón os ofrezco el texto al final.

A menos de una semana para terminar la Navidad con la fiesta del Bautismo de Cristo, la fiesta de la Epifanía, o manifestación de Cristo a todos los pueblos, ya nos pone en movimiento ante la Semana Santa de este año y también nos invita a participar de la Eucaristía todos los domingos. Desde la luz de la Pascua anual y semanal de este año empiezan a pensarse los preparativos y la cuenta atrás hasta Semana Santa. ¡Feliz solemnidad de la Epifanía del Señor!

La gloria del Señor se ha manifestado en Belén
y seguirá manifestándose entre nosotros,
hasta el día se su retorno glorioso.

Por eso os anuncio con gozo, hermanos y hermanas,
que así como nos hemos alegrado en estas fiestas
de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, 
nos alegremos también en el gran celebración pascual
de la Resurrección de nuestro Salvador.

Así pues, sabed que este año
la ejercitación de la Cuaresma,
que nos prepara para la Pascua,
comenzará el día 26 de febrero, Miércoles de Ceniza,
y del 10 al 12 de abril celebraremos con fe el Triduo Pascual
de la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesús.

El día 12 de abril será la Pascua,
la fiesta más grande del año.
Y al cabo de cincuenta días,
como culminación de la cincuentena pascual,
el domingo 31 de mayo,
celebraremos la solemnidad de Pentecostés,
el don que Jesús resucitado hace a su Iglesia:
su Espíritu Santo.

Cada domingo nos reuniremos para celebrar la Eucaristía
conmemorando la resurrección del Señor,
y veneraremos también la memoria de la Virgen en sus fiestas,
y de tantos hermanos santos y santas
que nos acompañaron en nuestro camino.

Y al finalizar el año, el día 29 de noviembre,
iniciaremos un nuevo año litúrgico
con la celebración del domingo primero
de Adviento de nuestro Señor Jesucristo.
A Él todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.


viernes, 3 de enero de 2020

F. Javier Blázquez

Representación de la Navidad Franciscana en el iglesia de San Martín junto al Cristo de la Humildad | Foto: Pablo de la Peña

03 de enero de 2020

Podría decirse que con la representación del origen del belén, por parte de Jes Martin’s, la Hermandad Franciscana del Cristo de la Humildad completa su ideario programático. A ver, me explico, que surgirán otras actividades y es posible que la Navidad franciscana no vuelva a escenificarse. Me refiero a algo que va más allá de los calendarios anuales al formar parte de su identidad, de la propia genética, por utilizar el léxico de la biología.

Para una institución que comienza, como es el caso, resulta prioritario dejar bien fundamentada, cuanto antes, la estructura que sostenga su futura actividad. Y a la Hermandad Franciscana le faltaba desarrollar este aspecto. Se estaba trabajando muy bien el vínculo con la Custodia de Tierra Santa a través de las contribuciones anuales, peregrinaciones y difusión de sus objetivos. Sin ir más lejos, hoy mismo presenta en la Purísima el libro Peregrinar a Tierra Santa con Egeria, de fray Enrique Bermejo ofm. Y lo mismo podríamos decir de los ejercicios piadosos vinculados al franciscanismo, bien transmitidos en un desfile procesional marcado por la austeridad extrema y el viacrucis de Jerusalén que se recorre en la cuaresma junto a las franciscas descalzas. Pero el desarrollo del carisma franciscano estaba sin completar. Bien la apuesta por la sencillez, en todos los aspectos, y el mensaje de la paz y la concordia. La Proclama por la paz, que fue la primera actividad de la hermandad, y el Espíritu de Asís, son dos buenos aldabonazos para que al menos se hable de ello en esta sociedad tan adormecida. Faltaba empero, para completar, la puesta en valor del auténtico espíritu navideño.

La celebración de la Navidad cambia a partir de san Francisco, es innegable. Este agitador de conciencias en el medioevo quiso dar verdadero sentido a  una fiesta que, no olvidemos, hasta finales del siglo IV apenas si se había considerado en la Iglesia. San Francisco de Asís encuentra la inspiración ante el crucificado y organiza en Greccio, en 1223, el primer belén de la Historia. Contempló a la inversa el tránsito terrenal de Cristo, de la cruz a la cuna, porque la redención solo fue posible con la encarnación. En los franciscanos está el origen de muchas devociones piadosas: el viacrucis, las procesiones de Semana Santa y la representación de la Navidad. Y todas acaban confluyendo en torno a la cruz de Cristo que indeleblemente signa al cristiano.

De ahí la oportunidad de esta representación, que va mucho más allá del teatro, al modo casi de los antiguos autos de la navidad. Un escenificación ad hoc cuya génesis está en la propia hermandad, fundamentalmente en Isabel Bernardo, escritora de talento que abrió su corazón a san Francisco desde antes incluso de la fundación. A partir de ahí, junto al actor Jes Martin’s, se escribe un guion con las palabras de san Francisco. Y marcando perfectamente los tiempos, con la pausa y el sosiego y el silencio que requiere un momento tan trascendental, se lleva a la escena el origen del belén. Ante el Cristo franciscano de la Humildad, integrado en la representación, como no podía ser de otra manera, Francesco concibe la idea de actualizar el advenimiento del redentor al mundo. Y llama a sus frailes y a los campesinos que personifican a José, María y los pastores que acuden para contemplar y glorificar al niño en el pesebre.

Para algunos habrá sido teatro, que lo es. Para otros quizás oración, que también lo puede ser. En todo caso, Jes Martin’s, que ha ido más allá de vestir el hábito de san Francisco, ha conseguido el objetivo de emocionar a los asistentes. Por ese lado misión cumplida y, aunque ya sabemos que es difícil, porque no solo depende de la hermandad, ojalá que esta iniciativa pueda hacerse tradición y servir todos los años, en la antesala de la Navidad, para remover las conciencias de creyentes y no creyentes. A fin de cuentas, la cruz y la cuna, y esto va en el carisma franciscano, son ya patrimonio de la humanidad. El mensaje de entrega, paz y concordia que ambos símbolos transmiten han sido siempre universales.


lunes, 30 de diciembre de 2019

Xuasús González

Recogida de alimentos a cargo de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz en el Centro Comercial El Tormes

30 de diciembre de 2019

Son días estos en los que, se quiera o no, se acaba por perder el control. Entiéndalo cada lector como mejor considere: que si, con tantos días de fiesta, casi no sabe uno ni en cuál vive; que si no se hace más que comer –aunque siempre se pueda hacer un esfuerzo… en caso de necesidad, claro–; que si, sin habernos dado cuenta cuenta, hemos tomado un par de copas –o tres, o cuatro…– de más; que qué habrá pasado con la "extra", que ya "no está"…

Pero, con todo y con eso, la Navidad no deja de ser un tiempo "mágico" en el que, de alguna manera –y muy especialmente los más pequeños– estar más cerca de los sueños… Y en el que –no lo olvidemos– lo realmente importante para los cristianos es que celebramos el nacimiento de Jesús, el mismo al que, en poco más de tres meses, acompañaremos en su pasión y muerte, y cuya resurrección da sentido a nuestras vidas.

No obstante, no todo el mundo vive estas fiestas con la misma intensidad; eso también es cierto. Y no falta tampoco quien, simplemente, las sobrelleva como mejor puede esperando que llegue el bautismo del Señor –por eso de que pone el punto final al tiempo de Navidad–, que bien es sabido que no todos reciben igual cada época del año: recuerdo, sin ir más lejos, que hay quien "huye" de la Semana Santa… Pero hay mucho más que villancicos, luces de colores, papanoeles y turrones…; además, huele a incienso… y no solo porque en un abrir y cerrar de ojos nos plantemos en la cuaresma, que también…

Las navidades son fechas de ajetreo cofrade… Y es que, de una u otra manera, el mundo semanasantero se hace presente en estos días, ya sea colocando el belén, preparando la llegada de los Reyes Magos… o, sobre todo, metido de lleno en iniciativas solidarias. Los cofrades, ni que decir tiene, no damos la espalda –o, al menos, no deberíamos– a quienes más nos necesitan, a nuestro prójimo más cercano, ese que se encuentra en nuestro mismo entorno; y en esta época, en la que quizás la situación nos toque el corazón un poco más, con más motivo: no podemos mirar para otro lado.

Y, de hecho, no lo hacemos: recogidas de alimentos, conciertos solidarios…; aunque nada tiene de extraordinario, pues no se entiende una cofradía sin caridad, sin acción social. También –huelga decir que no solamente– en Navidad.

La cuestión es si todas estas iniciativas que llevamos a cabo las ponemos en marcha simplemente por inercia, por mera rutina –es Navidad, y "toca" hacer esto o lo otro– o si, por el contrario, estamos convencidos de la labor que desarrollamos. Tal vez si lo analizamos nos demos cuenta de que podemos dar una vuelta de tuerca más; que, además de lo habitual –que nadie está diciendo que se deje de organizar, quede claro–, se pueden también explorar otras ideas que se salgan de lo común y "encajen" en el contexto en que vivimos; es evidente que las necesidades de hoy en día no son las mismas que las de hace siglo y medio… y ni siquiera que las de un par de décadas atrás: la soledad –principalmente entre las personas mayores–, por poner un ejemplo, es una de esas cuestiones en las que quizá bien pudiéramos incidir un poco más. E, insisto, no solamente en tiempo de Navidad…

Ahora que el año 2019 está llegando a su fin, es este buen momento para hacer balance de lo que ha dado de sí; y también, naturalmente, para ir ya pensando en el próximo. Dicho queda…


miércoles, 25 de diciembre de 2019

José Fernando Santos Barrueco

Nacimiento en un mercado de Navidad en Colonia | Foto: JFSB

25 de diciembre de 2019

No he podido asistir a la primera puesta en escena que con motivo de la Navidad ha promovido la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad. Un acercamiento al acto protagonizado en Greccio por Francisco de Asís en 1223, para celebrar su sentido original en la humildad y pobreza con que el Hijo de Dios vino al mundo, nacimiento que para los cristianos tiene un sentido salvífico, culminado con su muerte en la cruz y posterior resurrección. San Francisco quiso unir cuna y cruz y ver la alegría de la vida en el nacimiento de aquel niño, un Dios tierno y palpable al que nos podemos acercar para adorarle. Alegría que expresa el saludo franciscano de paz y bien. Amor y paz fue el mensaje que nos dejó aquel que nació, vivió y fue crucificado en un tiempo y lugar reales e históricos. Y es ese deseo lo que la cultura y tradición de nuestro mundo occidental viene manifestando en Navidad.

Los tiempos han cambiado y aquella humildad y pobreza se han convertido en un consumismo disparatado, que ronda el despilfarro. Pero me quedo con el espíritu de la Navidad, el deseo de paz y bien, expresado a lo largo del tiempo en innumerables christmas (una verdadera artesanía para ese testimonio popular) y actualmente en mensajes de WhatsApp. Las luces y elementos decorativos, las canciones sencillas y simbólicas (los típicos villancicos), el desarrollo de una gastronomía popular, particularmente en lo dulce, y el intercambio de regalos que exteriorizan los buenos deseos, hacen de aquel espíritu un tradicional espacio de paz y alegría, como una tregua en el duro quehacer diario.

Me encuentro en Alemania, país amante de sus tradiciones, de manera especial en Navidad. Las casas muestran adornos en ventanas, puertas y parterres. En las distintas ciudades se instalan durante el adviento los famosos mercados de navidad (weighnachtsmarkt) con el clásico nacimiento, que recuerda el hecho que se celebra y que no parece ofender a nadie, aunque cada uno lo interprete a su manera según sus creencias. La gente llena los mercados y disfruta el ambiente navideño en un deseo de paz y alegría compartida, donde no faltan villancicos, bebidas (los populares glühwein –vino caliente– y feuerzangenbowle –una especie de queimada con base de ron–), dulces y platos típicos y la compra de regalos, principalmente de artesanía decorativa y alimentaria.

Me apena ver cómo algunos intentan desvirtuar el sentido de la Navidad, asociándola a la llegada del invierno y al cambio del ciclo anual. "Ganas de marear la perdiz". Desde tiempo inmemorial nuestra cultura tradicional viene celebrando la Navidad (Natividad) con deseos de paz y bien. Y así lo sintieron cerca de estas tierras, hace 105 años, las tropas de los imperios alemán y británico, combatientes en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial, en Ypres (Bélgica) durante la Navidad de 1914, la primera de aquel periodo bélico. El espíritu de la Navidad, surgido de manera espontánea a través del villancico Noche de Paz, entonado por los soldados, acalló los cañones en aquella Nochebuena y unió a los dos frentes durante una breve tregua no oficial en una celebración compartida, ocupando la tierra de nadie para intercambiar saludos, tabaco, bebidas y viandas. El duende de la Navidad se apoderó del ambiente en la que todos ellos recordaban a los suyos.

No me parece que esa desvirtualización traiga ningún progreso, en nombre del cual parece que todo vale y, mucho menos, que suponga respeto para las diferentes creencias. Desear la paz y el bien no hiere ninguna sensibilidad y, sin embargo, es curioso observar cómo los que más aluden a esa cantinela no tengan el mismo sentir cuando más allá de evitar signos o elementos que recuerden el origen de la Navidad, ridiculizan con estridencias de mal gusto determinada decoración o actos tradicionales de estas fiestas. Y como en ellas estamos, pues eso, que ¡feliz Navidad! y lo mejor para el nuevo año y década.


lunes, 23 de diciembre de 2019

Pedro Martín

Quizá no hay sitio en nuestras casas, siquiera, para un pequeño belén que nos recuerde qué celebramos estos días

Cualquier lugar del mundo, pongamos que Salamanca, a 23 de diciembre de 2019

Queda poco más de un día para que nazca el niño, pero no lo sabemos, o lo que es peor, lo hemos olvidado.

Quizá ni siquiera queremos que nazca, no hay tiempo para cuidar niños, ahora las prioridades son otras, estudios, trabajo, posición social.

Quizá nunca quisimos que naciera, incluso cuando ya venía en camino truncamos ese viaje de raíz.

Quizá no hay sitio en nuestras casas, siquiera, para un pequeño belén que nos recuerde qué celebramos estos días.

Quizá en medio de la vorágine de compras y regalos, comilonas y encuentros de familiares y amigos, no haya ni un minuto para rezar.

Quizá en nuestra ciudad y su decoración "navideña" ya solo quepan los motivos "laicos" para no molestar.

Quizá en los colegios (también en los religioso-concertados) ya no se escuchan villancicos que hablen del niño Jesús, pero sí de elfos, hadas y dibujos animados.

Quizá no haya siquiera esta noche "buena" un recuerdo de lo que celebramos en la cena, en forma de bendición que nos regala el mismo niño Dios.

Quizá nos olvidemos de aquellos que no tienen mesa donde sentarse, posada donde pasar la noche o de aquellos que se sientan solos a la mesa.

Quizá ni siquiera nos acordemos de los que ya no están.

Quizá el día de Navidad aparezca en nuestras casas algún presente del barbudo gordinflón, que nunca se postró ante el niño como los magos.

Quizá nuestro corazón de piedra no desea enternecerse y acoger al niño que nace.

Quizá los hombres ya no necesitan a Dios.

Quizá no necesitan que nazca su hijo que es enviado por el Padre a morir por todos nosotros para regalarnos la salvación.

Quizá ya no necesitamos la Navidad, la Natividad, el nacimiento de Jesús, que es lo que celebramos, o deberíamos celebrar.

Pero mientras en el corazón de un solo hombre encuentre posada el pequeño niño, de nuevo la esperanza renacerá, crecerá, vivirá, celebrará, compartirá, anunciará y trasmitirá la alegría de la "Buena Nueva".

¿Quieres ser tú ese hombre? Está buscando posada.

¡Feliz nacimiento de Jesús, amigos!


viernes, 20 de diciembre de 2019

Andrés Alén



20 de diciembre de 2019

Con este título no pretendo, no es lugar ni tiempo, adentrarme en discusiones ontológicas sobre el problema de la causalidad final en el pensamiento evolutivo contemporáneo que despliega Nicolai Hartmann, en obra homónima, que parece indicarnos que el motor no es una continuidad de causas efectos, sino que hay una prioridad causal que es destino, la finalidad.

Tampoco aludo a una bella y misteriosa obra pictórica de Nicola Samorí de 2016, ese artista italiano de un barroquismo pasional y perverso que acerca su obra a nuestro imaginario clásico más intenso, hasta lacerante, que algún despistado anglosajón confundiría con lo "gore". Pero ya volveré en tiempo cuaresmal, más propio, a este joven y capacitado autor que tanto acude en pleitesía a la obra de José de Ribera, y a mí tanto me conmueve.

Es mucho más sencillo: estamos en tiempo de adviento esperando un nacimiento decisivo, y nacer es empezar a vivir.

Hace casi ochocientos años, el 24 de diciembre de 1223 en un Greccio nevado, Francisco, que había comunicado, según narra Tomás de Celano, al buen Juan de Greccio, "su deseo de celebrar la memoria del niño que nació en Belén, y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno".

Se pidieron los permisos correspondientes ante la novedad litúrgica y en esa noche Francisco se dispuso a experimentar la primera misa del gallo que la devoción popular quiso convertir en el primer belén. No faltaron los hermanos, los pastores, sencillos "hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, ilumina todos los días y años".

El santo de Asís experimentó esa noche la profunda centralidad de la Navidad en ese Niño de Belén. Juan de Greccio aseguró "haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño". Una encarnación que el creyente identifica con otra cotidiana que sucede desde la cena de Pascua entre las manos de cualquier sacerdote en la celebración eucarística.

Hace unas fechas, en estas mismas páginas, el padre Tomas Gil Rodrigo constataba la fuerte ligazón que siempre han tenido las cofradías y hermandades de Semana Santa con la tradición belenista, que se conserva en la actualidad con tanto brillo como en el hermoso belén de las Isabeles de la Real Cofradía, y justificaba Tomás un camino que "debe proseguir hasta la cruz y el sepulcro vacío, es decir, nos encamina hasta la Semana Santa".

Estaba muy presente en san Francisco esa ligazón entre el pesebre y la cruz, esa nueva encarnación vivida en sus propios estigmas, y que también intuyeron los grandes escultores y pintores del barroco español con sus Niños con los atributos de la Pasión hoy, en tiempos de pensamiento débil, tan políticamente incorrectos.

Es curiosa la imagen contenida en el fresco gótico de Giotto, El Belén de Greccio (1295-1299) de la Basílica Mayor de Asís, que aparte de adelantarse a la representación tridimensional renacentista demuestra en la parte superior, casi fuera de escena, la trasera inclinada de una cruz que no puede ser otra que la trasera de su propio Crocifisso di Santa Maria Novella. Una carpintería maestra, perfecto entramado en madera de álamo, descrito en el fresco en todo detalle en perspectiva caballera.

Este envés de la cruz sobre la tierna escena de la contemplación del Niño, esa cara y cruz, se me antoja una misma moneda que me da pie al título de este artículo: El principio era el final. Pero no uniendo nacimiento y muerte, sino las dos Pascuas principales, Navidad y Resurrección, los dos viajes. Uniendo el pesebre con el sepulcro, en palabras del excelso poeta Aníbal Núñez "esa luminosa cisterna de rocío que hace revivir". O sea, también "El final era el principio".


viernes, 29 de noviembre de 2019

Tomás Gil Rodrigo

Detalle del belén de la Cofradía de Cristo Yacente de la Misericordia | Foto: AMHC

29 de noviembre de 2019

Ya sé que tratar este tema sin haber comenzado el Adviento es un poco precipitado. No pretendo quitar la importancia a este "tiempo fuerte", que vamos a comenzar de inmediato, en el que somos invitados a profundizar en el don de la esperanza cristiana, que nos prepara para acoger y celebrar el misterio admirable de la encarnación del Hijo de Dios. Una esperanza activa que nace de nuestra fe en Jesús, que vino, viene y vendrá. Sin embargo, quizás por lo que cuesta, o porque no tenemos tiempo en la víspera de la Navidad, compruebo que muchas parroquias, cofradías, conventos, hogares…, empiezan a montar su belén en el puente de la Inmaculada o Constitución.

Lo que ahora os voy a sugerir a los cofrades salmantinos nació de mi viaje a Nápoles en septiembre de este año. Me pareció una ciudad viva, maravillosa y fascinante por su historia, cultura, arte y gentes. Ya sabéis que tenemos muchas cosas en común, incluidas hasta algunas palabras, debido a nuestra relación política durante siglos; una de las más destacadas son los belenes, que vinieron desde allí en los siglos XVII y XVIII, prueba de ello son los que se conservan en nuestra diócesis: los de las Franciscas Descalzas, las Agustinas de Monterrey o las Carmelitas Descalzas de Peñaranda. No obstante, lo que más me sorprendió es que la relación con Nápoles pervive hoy a través de las cofradías de Semana Santa. Hablando personalmente con algunos artesanos de la Via San Gregorio Armeno, situada en el centro histórico, donde tienen sus talleres y tiendas de belenes, me comentaban que muchas cofradías de Semana Santa de nuestro país les encargaban bastantes figuras para montar sus belenes.

Hasta ese día no había caído en la cuenta de que no solo os implicáis en la Semana Santa con vuestros pasos procesionales, sino también en la Navidad montando el belén, sea o no napolitano. Así que, si me permitís y respetando vuestra preciosa tradición, os propongo, antes de desarrollar vuestra creatividad en el belén de este año, unas ideas que nos pueden ayudar para propiciar un diálogo fecundo entre la fe y la cultura. Antes de imaginar el montaje de colocar los edificios y el paisaje, convirtiendo muchas veces el belén en un parque temático del Imperio Romano o de los oficios perdidos, pensad y orar primero el mensaje que queréis contar, que se encuentra escrito en los primeros capítulos de los evangelios de Lucas y Mateo. Estaría bien que el equipo de los cofrades que van a montar el belén lean juntos estos textos, sin darlos por sabidos, para encontrar en ellos la luz que necesitan para ser fieles a la verdad de la fe y al mensaje de la Navidad.

De esta manera, nos centraremos en lo más importante, que es la imagen de Jesucristo, acompañada de María y José. Vamos a representar, ni más ni menos, que el momento en el que Dios cumple con creces sus promesas de salvación, Dios se abaja para dejarse ver y tocar por medio de su Hijo, ha desvelado por completo su misterio de amor, entrando por el último lugar de la humanidad, por eso, tendría que ser el Niño la imagen central, el primero en ser contemplado al aproximarnos al belén, sin que nos perdamos entre tanta figurita, como si el belén fuera un "encontrar a Wally" entre romanos, castañeras, panaderos, pastores, herreros, etc. Al igual que nos preocupamos en poner las luces del belén, no se nos debe olvidar la mejor luz, la Palabra de Dios, elegir algún texto o palabra significativa del Evangelio junto al portal o pesebre podría servir para que la gente contemplara el belén desde la Buena Noticia.

Del mismo modo, para que el belén no se quede solo en una evocación de tiempos pasados, debemos traer al hoy el mensaje del belén. No estoy diciendo que las figuras estén vestidas como vamos nosotros, esa idea no es nada original, ya lo hicieron los artistas y belenistas napolitanos del siglo XVIII, sino plasmar que Jesús nació rechazado en el último lugar junto a los pobres. Los rostros de los que más sufren la injusticia en nuestro mundo deberían aparecer junto a Él de verdad, no como decoración estética o marketing de Benetton u otra empresa, sus gritos deben interpelarnos a cambiar el mundo y nuestra vida desde la persona de Jesús junto a ellos.

Para terminar, mi última sugerencia para el belén de este año, el camino que recorren los pastores, magos o gentes de belén, bajando hasta el pesebre, realizado con la sencilla arena, serrín o corcho blanco, no tiene su fin en el portal, debe proseguir hasta la cruz y el sepulcro vacío, es decir, nos encamina hasta la Semana Santa. Es un camino de bajada, despojo y vaciamiento, y se podría representar en el belén la continuidad de este camino de Jesús y del Evangelio hasta al cruz. Ahí confío en vuestra creatividad, que tenéis mucha con respecto a la Pasión del Señor.


viernes, 4 de enero de 2019

Tomás González Blázquez

Niño Jesús dormido con san Juanito (1772), obra de Nicolás Enríquez, que sigue el modelo de los niños pasionarios de Martínez Montañés. Musée de la Crèche, en Chaumont. Francia

04 de enero de 2019

"El Barroco relacionó iconográficamente la niñez de Cristo con su muerte y muerte de cruz. Niños Jesús que lloran amargamente, que portan los clavos en un cestito o unidos a la corona de espinas, que cargan ya con la cruz o anuncian la Pasión, durmiendo en una camita muy bien almidonada por las monjas y reposando en una almohada que no lo es tal, sino una calavera. En todos ellos, los símbolos de la Pasión se convierten en elementos de juego, de premonición del martirio y de la salvación futura e incluso, de triunfo y victoria sobre la muerte, integrándose los elementos dramáticos en juegos infantiles".
Javier Burrieza Sánchez. Varón de Dolores. Valladolid, 2005. 


Si el Barroco subrayó la humanidad de Cristo, además de reflejar la agonía que sufrió para la salvación de los hombres también puso el acento sobre la ternura que inspiran su nacimiento y su vida oculta en la Sagrada Familia de Nazaret. Los misterios de la Pasión y los de la Infancia convergen en algún modo, pero no sólo en celdas conventuales o en capillas para la devoción particular, sino que nos encontramos la imagen del Niño Jesús en cortejos penitenciales de la Semana Santa.

Se explican estas presencias gracias a algunas cofradías dedicadas a dar culto al Santo Nombre de Jesús, del que la liturgia de la Iglesia hace memoria el 3 de enero. Varias de estas hermandades, orientadas a recordar el misterio de la circuncisión del Señor ocho días después del nacimiento, han terminado por integrarse en la Semana Santa. Un ejemplo de ellas es la que, en la localidad sevillana de Estepa, procesiona un paso dedicado al encuentro de Jesús con los doctores en el templo de Jerusalén, que por significar la pérdida del Niño es el tercer dolor de la Virgen y por seguirse de su hallazgo es quinto misterio gozoso del Rosario. Dolor y gozo, gozo y dolor, aunados y unidos como la figura infantil de Cristo es presentada en el Miércoles Santo estepeño.

Más frecuentes en las procesiones son las iconografías a las que alude Burrieza, de Niño Jesús portando la cruz cual Nazareno o incluso extendiendo los brazos como el Crucificado. En Daimiel es el Divino Niño de la Pasión el que, recién nacido, dormita plácidamente en pleno Calvario como si estuviera en el establo de Belén, mientras que en otro pueblo de la provincia de Ciudad Real, Villarrubia de los Ojos, la hermandad de la Esperanza ha integrado un paso infantil en el que el Niño Jesús Carpintero, ya más crecido, moldea su propia cruz. En algunos lugares donde no hay talla de Cristo Resucitado, ni costumbre de procesionar el Santísimo Sacramento para el acto del encuentro en la mañana de Pascua, se recurre a imágenes del Niño Jesús, de modo que se vincula la Resurrección al renacimiento de la vida, representado en la infancia.

Precisamente esa vertiente bautismal de la Pascua justifica que un momento de la vida de Jesús que la Iglesia ha ubicado litúrgicamente en el tiempo de Navidad, culminándolo, tenga cabida en una procesión de Semana Santa. Es el paso del Bautismo del Señor que desfila por las calles de Cuenca el Martes Santo. La cofradía de San Juan Bautista, fundada en torno a una hermosa imagen de Luis Salvador Carmona, sufrió su destrucción ignorante por odio a la fe durante la Guerra Civil. Después se hizo con una talla de Luis Marco Pérez, que quedó incluida en la procesión del Perdón, de modo que el Precursor que había preparado el camino al "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" se mostraba en un paso procesional días antes de celebrar esa salvación por él anunciada. En sintonía con el Bautista, varios conquenses fundaron en 1987 una nueva cofradía dedicada al Bautismo del Señor, y desde el año 2000 acompañan un grupo escultórico de Antonio Dubé de Luque. La representación en un paso del Hijo señalado por el Padre en la orilla del Jordán mientras Juan lo bautiza con agua, propia del ciclo de Navidad, se armoniza bien con la antesala de la Pascua, en la que el Resucitado bautizará ya con el fuego del Espíritu Santo.


miércoles, 2 de enero de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

Detalle del Nacimiento napolitano de las Franciscas Descalzas de Salamanca | Fotografía: JMFC

02 de enero de 2019

Como cada año por estas fechas, la ilusión nos incita a percibir las sombras de los monarcas de la noche más sorprendente y maravillosa, en la que despabilados sueños infantiles poblarán, con temblor de fantasía y magia, instantes nacidos para que existan con verdad los cuentos.

Pero frente a esta costumbre tan nuestra, un año más, el gordinflón cocacolo ha intentado colarse en casa. No conozco a nadie como este viejo rojeras que esgrime con molesta tozudez una meticulosa insistencia en mostrarse cual sugerente oferta de regalos y sonrisas espumosas pasajeras.

El cajonzuelo más atontado de la casa nos vendió con suma terquedad que acogiéramos a tan popular abuelete porque, según cuenta en veinte mil anuncios, trae la felicidad envasada en botellines tres instantes o en alientos de insinuación con enganche consumista. Pero como le declaramos la guerra hace años, conseguimos que los renos desboquen cada año su anual andanza hacia otros hogares conquistados.

En Nochebuena solo entra en casa un Niño capaz de habitarnos los espacios hogareños; un Niño especial que consigue exhalarnos una mirada de familia tradicional, hacia las heladas lontananzas donde tantos hombres sufren la violencia mísera del hambre, la guerra o cualquier otro tipo de vejación mundana; un Niño que sabe tocarnos el corazón cuando intenta nacer dentro de nosotros en cada minuto de cada día, insinuándose como fuente de vida inagotable.

Pero estamos en vísperas del festejo tradicional festivo más hermoso y el recuerdo nos aviva en la memoria lo que fuimos: chavales melocotón atados a las brumas de los años, para renacer ahora entre estos niños que conviven con informáticos juguetes, mientras ansían tocar, como antaño lo hiciéramos nosotros, con dedos infantiles la huella invisible de los Magos.

¿Cómo es posible que esta tradición española tan conseguida esté siendo eclipsada por una figura con diseño mercantil importada hace medio día? El abuelo carcamal esgrime su estrategia como parásito de índole comercial que se ha colado con alevosía y nocturnidad en el corazón de nuestras raíces.

Viene a cuento esta breve reflexión, salvando obstáculos y distancias, en un medio como este, al recordar cómo la Semana Santa procesional va injertando en el tronco de la desmemoria la importación, que bajo el prisma del populismo yutubista, muerde con lentitud, pero con firmeza, el ramaje del encinar cofrade. Todo porque falta una reflexión seria y atinada que nos aglutine en el gran revulsivo religioso y cultural que avive el compromiso cofrade más allá de los gestos simbólicos que, por vacíos, solo sirven para exprimir media lágrima teatrera. Falta, por ejemplo, una eucaristía donde todos vivamos con intensa predisposición la Navidad; una eucaristía que delate la verdad sobre lo que somos y tenemos. Y por supuesto se echa de menos esa fiesta de la Resurrección que debería unirnos a todos en el anochecer más importante del calendario cristiano. La Pascua (si somos 10.000 cofrades, como se cuenta) debería abarrotar la seo y las calles colindantes para dar muestra de lo que es o debe ser una religiosidad popular seria y contundente.

No hemos de olvidar que hay narizotas husmeando por donde nos sale el humo que va apagando la hoguera, para meter la antorcha y foguear el corazón cofrade arraigado a esta tierra desde hace más de cinco siglos. El rumor anticlerical se extiende como una plaga y no basta para defender lo que somos y tenemos hablando de procesiones. El asunto es de más calado y como consecuencia precisa otras pócimas más acordes contra la bacteria anticristiana…


lunes, 31 de diciembre de 2018

Félix Torres

Fotografía: Pablo de la Peña

31 de diciembre de 2018

Pues no. Aunque la tradición mande, hoy no se cierra un ciclo ni mañana comienza una nueva etapa. Por más que lo intentemos, la sucesión de los días es la que es y no hay salto ni barrera que separe esta Nochevieja del que será primer día de 2019. Y, aún así, como siempre se ha hecho, celebramos el cambio de etapa, hacemos propósitos y repasamos aquello que del año viejo queremos guardar en una memoria que, en su fragilidad, tardará poco en rellenar esos huecos con nuevos recuerdos que almacenaremos rutinariamente en el próximo cambio de año.

Y, como es hábito y a nosotros, los nazarenos, es oír esa palabra y se nos van las mientes a sayales y capirotes, intento ahora cumplir con ambos mandados y, mezclando deseos con recuerdos, escuchar esas doce campanadas que marcan el alegre momento como si fueran tañidas por el mismísimo muñidor que nos llama a silencio y recogimiento.

¡Dong! Primer golpe de un badajo que sin preámbulo me lleva al primero y quizá más sentido de esos recuerdos que quiero atesorar. Porque siempre se rompe un poco de cada cofrade cuando a quienes hemos querido o con quienes hemos compartido nos dejan. Da igual que sea aquel quien dedicó su vida a mantener el espíritu de la cinco veces centenaria que, y aquí la congoja me vence, ese nazarenito que vi nacer a nuestra Salamanca y a nuestra Semana Santa y que apenas alcanzaba a tocar la vida cuando nos dejó. Son solo dos que han de servir como muestra, desgraciada muestra, de cuantos hermanos en esta pasión que nos une dejaron su impronta en muchos de nosotros antes de abandonar esta vida terrena. Porque les quisimos y admiramos, sea para ellos esta triste campanada.

¡Dong! Suena la segunda y, no sé si el recuerdo o el futuro, me lleva a esa sala de estar que todos los salmantinos disfrutamos casi todos los días del año. Una Plaza que empequeñece a cualquiera que admire su barroca grandeza y que ha sido espectadora año tras año de nuestro paso, de nuestra cera y de nuestra oración callada. Y no sé si para bien o no, pues aun sabiendo que su protagonismo en nuestras procesiones es cosa que me halaga y también entendiendo que haya quienes han optado por no hacerla partícipe de su penitencia, creo que disfrutaré cuando Despojado y Caridad y Consuelo rasguen el velo de sus arcos para recorrerla en el ocaso del domingo como gozo con los niños y sus palmas en esa misma mañana.

¡Dong! La tercera suena y sigo empeñado en hacer de ello deseo. Porque no es sino deseo ver cómo la Hermandad del Señor del Vía Crucis, siempre querida en su humildad, deja de aferrarse a ese hilo del que lleva años pendiendo, saca a todo el barrio a las calles y hace que sus estaciones penitentes sean solo eso, sin más sufrimiento. Que no quede la cosa en galgos o podencos, en carpas o sanblases, y que la ilusión de unos pocos ahora, sea la de todos aquellos que sienten esa medalla y "olvidan" sacar el hábito del armario para acompañar y ser acompañados.

¡Dong! Cuarto tañido y un nuevo recuerdo con futuro. Que han sido muchos los que han dejado parte de sus vidas para que esa Seráfica que hace tiempo dejó de ser de los comerciantes para ser un poco de todos los salmantinos, y se han ganado el cariñoso recuerdo de mis palabras y el que quienes ahora les toman el relevo sepan no solo mantener el timón, sino recuperar para esta hermandad, igual digo Perdón que Agonía, el brillo que nunca debió perderse. Más que deseo, impulsado por el cariño que tengo a cofrades y cofradía, quisiera que fuera realidad desde el mismo momento en que suena su campanada.

¡Dong! Y van cinco. Quinto repique que resuena fuerte entre los muros de la Casa de la Iglesia y rebusca en los cajones esas "normas diocesanas para cofradías" que no acaban de ver una luz que muchos deseamos con esperanza puesta en sus palabras, en sus párrafos y en sus páginas. Seguro que ninguno quedará defraudado cuando las normas nos aten un poco más a esta Iglesia diocesana a la que damos la espalda con más frecuencia de la que debiéramos.

¡Dong! ¿Otra vez cinco? No, pero como si de un requinto se tratase, pues la campana no quiere salir de Calatrava para celebrar con inmediatez el nombramiento del esperado delegado diocesano que sea puente entre cofrades y diócesis. O, mejor aún, sea tan cofrade como el que más y, siendo uno de los nuestros, uno de nosotros, rompa los hielos y se funda entre los cofrades como azucarillo, que siempre quisimos más pastor que nos conociera por nuestros nombres que no perro guardián, dicho sea con el mayor de los respetos.

¡Dong! Ya son siete y aún no me atraganto. Con esta vaya mi deseo, mi personal deseo, de que esa Hermandad Dominicana a la que dediqué tiempo y esfuerzo (mayores o menores según quien me evalúe) recupere cuanto no debió haber perdido. Así. Sin más. Porque esa es la esperanza de muchos y el anhelo de todos.

¡Dong! Ocho. Un recuerdo.

¡Dong! Nueve. Una ambición.

Se me mezclan los golpes de badajo, pero sirvan estos dos para dejar en el recuerdo ese anhelo que muchos pusieron en que la Franciscana saliera adelante y para que sea más que ilusión, renovada cada año con cada golpe de campana, la emoción de verla –y verme– recorriendo las callejas renacentistas de esta ciudad dorada, con el silencio comprometido como única escolta. Porque han sido muchos los desvelos, los esfuerzos, los arrestos que se echaron para alcanzar esa meta y ahora, cuando suena la novena campanada, no es sino el deseo alegre de que siga adelante manteniendo el espíritu y la hermandad con los que ha abierto sus ojos desde la puerta de San Martín para que el futuro sea ya presente.

¡Dong! Décimo repique que va unido a la esperanza de ver nuevas procesiones en nuestras calles. Que cuando los empeños se encauzan y siguen el curso sin hacer remolinos, se alcanzan las aguas mansas y el puerto se avista más pronto que tarde.

Se van agotando las campanadas pero, no por ello, las que quedan van a sonar más débiles. Porque quiero que las que restan resuenen fuerte en lo más íntimo. Porque ahí van, en lo íntimo, mis últimos deseos.

¡Dong! Undécima campanada que suena para desear a quien hará que vibren las butacas del Liceo, cosa que no dudo, el mayor de los éxitos, que no es sino el cariñoso aplauso y el asentimiento reconocido de cuantos escuchen sus palabras. Y es deseo que lleva atado a lazo el abrazo que nace de ese intangible que solo notan quienes comparten. ¡Mucho éxito, pregonero!

¡Dong! Es la última. El badajo sigue oscilante, pero ya no alcanzará más el bronce que ha hecho sonar doce veces. Y aquí termina mi año, acaba el ciclo al que me negaba en la partida y solo me queda desear, con el mejor de los recuerdos, un excelente año cofrade a la Tertulia bajo cuyas alas se amparan estas páginas virtuales. Lo demás, lo pondremos nosotros.

¡Feliz año 2019!


viernes, 28 de diciembre de 2018

Roberto Haro

Detalle de la tabla de Dello Delli La Matanza de Herodes del retablo de la Catedral Vieja de Salamanca

28 de diciembre de 2018

En un día como hoy, leyendo el Evangelio de San Mateo se nos recuerda cómo Herodes el Grande, obsesionado con el poder y por el temor a perderlo, al enterarse de que había nacido un nuevo rey ordenó que le dieran muerte inmediatamente. En ese mismo relato detalla que se reunió con los magos fingiendo un interés por el Niño y los despidió diciendo: "Vayan y se informan bien acerca de ese niño, y cuando lo encuentren, vienen y me informan, para ir yo también a adorarlo".

Una lectura reposada de dicho relato nos muestra cómo el reyezuelo quería engañar a los tres sabios, que, sin infundir sospechas por su buena fe, le servirían para descubrir el lugar del niño. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrió su propio engaño y, lleno de ira, decretó que murieran todos los niños de esa comarca nacidos en fechas recientes.

Según la tradición cristiana, hoy se celebra el día de los Santos Inocentes, día de esos pequeños mártires sin culpa. Un día en el que la dualidad poder y miseria se conjuran en un mismo acto. No importaba la sangría realizada sobre esos niños que no hablaban y ya estaban hablando con Dios. No importaba qué habrían hecho aquellas familias para perder a sus hijos. Lo que importaba en aquella mente era durar en el trono, no ser depuesto del cargo al que se aferraba con sus ansias de poder.

La edad trae, entre otros efectos, que la memoria vaya flojeando. Sin embargo, me vienen recuerdos de situaciones leídas y comentadas hace poco que ocurrieron ya hace más de setenta años. Sí, más de seis lustros, o lo que es lo mismo, más de siete décadas para el que lo entienda mejor. Ha transcurrido un tiempo suficiente para que las cosas hubieran cambiado, evolucionado y transformado hacia un nuevo espíritu de reconciliación a lo largo de estos años. Pero como la Historia se repite a ciclos, pues volvemos a tropezar con la misma piedra, con la única diferencia notable de que ahora está exacerbada dentro del contexto social actual.

Y como entonces, resulta que hoy en día el enfermo está en un estado agonizante y catatónico, en el que no se sabe si va a pasar a mejor vida o si tras un periodo de convalecencia se recuperará con todo su esplendor cual ave fénix.

Con razón, muchos sabios ya afirmaban hace años que las cofradías (inclúyase en este término las hermandades, congregaciones o denominación que tenga sin sentirse excluidas de la acepción) han pasado de "vivencia de la piedad a vivencia de espectáculo". Además, si lo prefiere, puede añadir un prefijo, identificar el propósito de Herodes y convertir la vivencia en, simplemente, supervivencia.

Ahora que llega el invierno, solo hay que coincidir con un tal capillita, sentarse en una mesa al abrigo de un buen braseo de pueblo, café de puchero y comenzar la tertulia. En tan solo unos minutos saldrá a la luz el enorme deterioro que sufre uno de los resortes más importantes para los cristianos en la piedad popular. Un simple y pequeño análisis de conciencia y salen cual vómito múltiples factores que muestran por qué se ha llevado al enfermo al borde del abismo.

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de la falsedad y la doblez que abunda y que se somete todo aquel que se interesa un poco en estos temas. Y no hablamos si alguien, en su afán de crecer se involucra un poco más y ofrece su tiempo y ayuda, desde la uña del pie hasta el último pelo de la cabeza. Entonces lo complicado no es vivir en ese ambiente; ¡lo complicado es salir vivo! Las falsas verdades, el ocultamiento, las envidias, el afán de protagonismo y las ansias de poder son el pan nuestro de cada día.

La pérdida de la sustancia esencial en las cofradías ha tenido como elementos de fagocitosis el reduccionismo social, la mediocridad cultural y el continuo asociacionismo folklórico que padecemos donde se aglutina todo el sector ¿fanático? de capilla, en pie casi de guerra con un sinfín de sinsentidos hoy en día.

Y lo mejor de todo es que ni siquiera se preocupan por esconder sus armas, pues aprovechan cualquier medio para ver la paja en el ojo ajeno emulando a Herodes para "matar inocentes", que en su intento de hacer desaparecer de la vida cofrade a los que son incómodos para sus propósitos lo único que consiguen es que la propia cofradía se derrumbe con un soplo de aire. De la misma forma tampoco se preocupan por mantener las formas, puesto que, aunque no se vea la podredumbre el olor aún persiste.

El problema de esta situación es de concepto, ya que no interesa conocer lo que la Semana Santa –en general– y la cofradía –en particular– significan realmente, lo que implica para ella misma y la dimensión y proyección social que tiene para la Iglesia. Sí, para la Iglesia como institución, puesto que, no se confunda usted, no es una asociación civil.

El enfermo está en coma, y está a punto de perderse para siempre, haciendo bueno el refrán que afirma que para morirse solo hace falta estar vivo, ¿acaso no está muerto ya?


miércoles, 26 de diciembre de 2018

lunes, 24 de diciembre de 2018

Andrés Alén

Natividad con San Francisco y San Lorenzo. Caravaggio, 1609. Lienzo robado por la mafia y perdido, (no se sabe su estado de conservación), y recreación inacabada del mismo, obra de Santiago Idáñez (flagrante premio BMW 2018), que estuvo expuesto recientemente en el mismo Oratorio de San Lorenzo en Palermo.

24 de diciembre de 2018

Me toca en Nochebuena escribir mi artículo (La Nochebuena, entonces) para esta revista en la nube  apasionada y salmantina. Es este un tiempo alejado de la Semana Santa, de su clima de penitencias y cruces en las vías, donde no caben, eso creo, esta fiebre de cabalgatas pasionales tan frecuentes en Sevilla, Jerez, Huelva o  Zamora, que tanto sirven para congestionar el tráfico, enfadar a ateos y airear los pasos. Descansen en posición los pies descalzos, capirotes y antifaces en este tiempo final de adviento y esperanza.

Hoy es el día para empezar a contar, contar de nuevo, ya que el fruto que nació de la semilla que engendró el viento, la sombra fértil del Espíritu, el hielo del silencio, nos ha devuelto la palabra apabullante y eterna que formará el árbol que colma el universo. Parto de luz y cruz. Luz que traspasa la virginal materia del cristal como lo hará más tarde en el parto final de la resurrección. La misma forma para que la materia o el cuerpo no se interpongan en el camino del espíritu.

Se ha interrumpido la continuidad de la historia que contábamos desde Adán, que entroncaba con Abraham o David, para llegar a José en las intrincadas  genealogías que se detallan al comienzo de dos evangelios. ¿Y después de José, qué? No enlaza la continuidad de genes. Dice el expapa Benedicto XVI, emérito, antes cardenal Ratzinger-martillo de herejes o no tanto, en su La infancia de Jesús, que esto es así, porque el que nace es un nuevo Adán sin más ligazón con lo anterior que el testamento de los anuncios proféticos y sus salmos de alabanza; un nuevo principio para empezar a contar otra historia, la Buena Nueva. Una nueva oportunidad para todos. Creo que eso es parte de lo que conmemoramos, nada menos, como dicen ciertos contrarios, o contrariados con la cristiana navidad, el Solsticio, nada menos también, el nacimiento del Sol, nuestra energía y nuestra luz.

Sea este tiempo propicio para albergar el anhelo de renovación en cada adentro, si esperamos rebrotar, si supimos en pleno invierno "oír el clavicordio crepitante de su césped bajo el hielo cuando el sol lo acuchilla en su refugio" (Asunción Escribano. Salmos de la lluvia). Sea para la verdad y la belleza como tiempo nuevo, para la pasión desbordada por  la vida.


miércoles, 12 de diciembre de 2018

Isabel Bernardo

Solo este Niño Jesús adquirido en un almacén de objetos deteriorados y restaurado después adornará este año la casa de la autora

10 de diciembre de 2018

Ya arde en las calles de la ciudad la Navidad de neón. Aunque hace más de un mes que los comercios encendieron las guirnaldas en sus estantes y escaparates. Cada año más Papás Noeles y menos Niños. Hay tiendas que ni un Jesusín siquiera. Daría igual que fuera muy chiquito o de plástico. Pero nada de nada. Todo lo acapara ese señor vestido de rojo con un saco a las costillas. Tiene pinta de simpático y trae regalos, eso sí, pero poco o nada tiene que ver con nosotros. Pero ¿quién puede explicar esto a los niños de hoy, hijos de una era mercantilista atroz, donde el valor de las cosas, de la familia, del profesor… y hasta del más allá, es tan efímero, frívolo y relativo?

Cuando los sueños están casi al ras de la mano, dejan de ser sueños. No hay más que ver cómo están los contenedores el día de Navidad y siguientes. Un acopio gigante de cajas de cartón y algo más de un juguete recién estrenado y roto salpicando las aceras. A los niños de hoy la ilusión les dura un instante fugaz en la redondez de sus ojos. La Navidad se ha trivializado y no es más que un periodo vacacional y absurdamente comercial, que solo parece valer para andar de parranda y vaciar de perras los bolsillos. El Niño Dios comienza a ser incómodo y políticamente incorrecto. ¿Para qué exponer un recién nacido desnudo sobre un puñado de paja que nos interroga desde la sencillez y la humildad, cuando existen barrigones felices y mofletudos que nos campanillean desde sus puertas de forma mucho más complaciente?

Quienes apostamos por otra forma de hacer Navidad, tenemos la obligación de hacer algo. Un pequeño gesto siquiera. A primeros de noviembre compré un Niño Jesús en la sección de un almacén que tenía en un rincón objetos deteriorados a precio de saldo. El pobre tenía agujeros por todo su cuerpo. Como si le hubiera acertado de lleno toda esa metralla que se ha lanzado contra los cristianos del mundo. Por dieciséis euros me lo llevé a casa. Hubo quien se asustó al verlo. No sé si por sus mutilaciones múltiples o por la metáfora suplicante que yo les puse ante los ojos. Días después mi Niño estaba completamente restaurado y sobre una enorme cuna de madera vieja que acolchamos con paja fresca. Unos y otros me ayudaron. Desde ese día el Niño guarda mi puerta junto al jardín donde caen todas las noches y todos los misterios de las estrellas. Ningún objeto más este año adornará la Navidad de mi casa. Es una forma de rebelarme frente a esta otra Navidad de Neón que no hace sino alejarse, alejarse, alejarse… del corazón y de Dios.


viernes, 5 de enero de 2018

Montserrat González

Cortejo de Gaspar en la capilla de los Reyes Magos en el palacio Medici-Ricardi de Florencia 

05 de enero de 2018

A mediados del siglo XV, Benozzo Gozzoli desplegó en la capilla del palacio de los Medici, en Florencia, las escenas más maravillosas jamás pintadas sobre los Reyes Magos. Entrar en esta capilla es adentrarse en una sinfonía de lujo y color, que deja al espectador totalmente absorto ante el fabuloso cortejo de los Reyes Magos. Confieso que siempre he querido formar parte de esta exquisita comitiva como una integrante más del apartado de nobles y ciudadanos florentinos que acuden a recibir a Sus Majestades los Reyes Magos. Suelo, techo y paredes fueron decorados para convertir este espacio en un verdadero joyero de la fe profesada  por esta notable familia. Probablemente Gozzoli integró en estas pinturas su experiencia como orfebre adquirida cuando trabajó con Ghiberti en las segundas puertas del baptisterio de la catedral florentina. Su técnica es prodigiosa, tremendamente valorada por una clientela que apreciaba por encima de todo su mágica destreza para recrear ambientes. Carísimos lapislázulis, malaquitas e incluso estaño y oro para las coronas de los ángeles se combinan magistralmente para hacer de esta capilla el orgullo de los Medici. Melchor vestido de rojo, color de la caridad, se aproxima por Occidente. Su mirada denota sabiduría y experiencia. El joven rey Gaspar, quizá el rostro más conocido de todo este conjunto, venido de Asia, ocupa la pared oriental. Sus acompañantes van en caballos blancos, como blanco es el atuendo del rey que lleva el incienso. El cortejo más exótico, sin duda alguna, viene de la mano de Baltasar, vestido de verde, el color de la esperanza que resalta su madurez y sofisticación. Se acerca desde el mediodía de la capilla portando la mirra, utilizada para embalsamar los cuerpos y, por tanto, recuerdo de lo mortal.

Pero por más que la cabalgata de los Reyes Magos sea la protagonista de todo el conjunto, no hay que olvidar que es una capilla, y el lugar preferente lo ocupa el altar presidido por la espléndida obra de Filippo Lippi: La Adoración del Niño. La pintura ocupa el centro de atención de todo el recinto sagrado dando sentido a las escenas de los magos. A ambos lados del altar, Gozzoli pintó grupos de ángeles que cantan lo que aparece escrito en sus auras Gloria in excelsis Deo, Adoramus te, glorificamus te mientras rojos serafines de amor y azules querubines de sabiduría sobrevuelan toda la composición.

Resulta fascinante observar la ternura y delicadeza con la que el artista italiano sitúa al Niño Jesús junto a su madre la Virgen María, san Juanito y la figura de un santo monje, probablemente san Romualdo, que presencia la escena desde el fondo. Ajeno a este cortejo de oros y colores brillantes utilizados en la pintura y la elegante sofisticación de todo el conjunto, el Niño Jesús reposa tierna y humildemente en un claro del bosque sobre un delicado lecho de flores. Ni siquiera hay un pesebre para acogerlo. Tampoco pañales que lo envuelvan. Solo la mirada de María atenta a sus gestos le protege. La oscuridad de la noche se quiebra por los rayos dorados que desprenden la figura de Dios Padre y el Espíritu Santo que contemplan la escena en lo alto. Y así, a través de esta humilde aparición del Niño Jesús en medio del bosque recreado en la capilla de los Medici, nos llega el conocimiento de Dios. Ahí, junto a las ingenuas florecillas y un inocente pajarillo, en la pobreza de su nacimiento, recibe la visita del portentoso cortejo.

Sin duda alguna, esta Epifanía nos enseña a todos lo que verdaderamente hay que ver: la humildad de Jesucristo nacido niño. Así lo pregonaba san Buenaventura en el siglo XIII y así lo recordaba Francesco Patton, custodio de Tierra Santa, en su reciente visita a Salamanca con motivo de la bendición del Cristo de la Humildad realizado por el escultor Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad.

Esa humildad del Niño que nace de la pobreza más absoluta continuará en la humildad del hombre desposeído de todo bien y degradado por el sufrimiento y la muerte infame. Las suaves florecillas serán ahora hirientes clavos; los árboles del bosque, maderos del patíbulo. Y es ahí, en el dolorosísimo instante de la muerte, en la postrera exhalación, donde Mayoral se encuentra con el rostro de Cristo, con el rostro de un hombre vejado, golpeado hasta la extenuación, denigrado y vilipendiado y lo transforma en el rostro de la humildad auténtica.

Tiempo habrá de analizar con detenimiento los valores estéticos de este portentoso crucificado de Mayoral llamado a perdurar en los tiempos. De reflexionar sobre su atrevida iconografía, de examinar su fantástica policromía que aparece y desaparece poniendo fin a esa estética neobarroca de relamido colorido. Tiempo para reflexionar sobre la fuerza y plasticidad de este Cristo que interpela al hombre contemporáneo con fuerza y vigor.

Sirvan estas líneas para animar a los lectores a la contemplación del verdadero rostro de Cristo hecho hombre, despojado de oropeles, privado de la divinidad. Que cuando con nuestras mejores galas acudamos a saludar a Sus Majestades de Oriente e integremos su cortejo como los florentinos del Quattocento, no nos olvidemos de concluir el ciclo litúrgico con la contemplación de la imagen de la humildad más absoluta: el Cristo de la Humildad del gran Fernando Mayoral que acoge la iglesia de San Martín.


lunes, 25 de diciembre de 2017

F. Javier Blázquez


Niño Jesús dormido sobre la cruz, obra de Murillo

25 de diciembre de 2017

Dedicado a Fructuoso Mangas,
porque han sido sus palabras las que lo inspiraron

Si la Semana Santa nos pone ante los ojos con toda su crudeza el drama de la Pasión, con la muerte inmisericorde de un hombre justo, la Navidad, empero, nos lleva al lado más hermoso y amable de la historia de la redención. Sin embargo no debiera ser así. El paso de Fructuoso Mangas por foro abierto de la Tertulia Cofrade Pasión nos llevó a reconsiderar la contemplación de la Navidad, hurgando en sus heridas, incertidumbres y dolores. Y no puede ser de otra manera, porque la salvación se consigue pagando el tributo de la sangre, sangre encarnada en Nazaret, sangre presentemente sacramentada desde el Cenáculo, sangre derramada en el Calvario. Solo la tragedia cabe en este relato que se inicia con el hombre, Adán, y culmina con el Hombre, el nuevo Adán. ¡Cuánto misterio! ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto amor! ¡Cuánta esperanza!

"Un niño nos ha nacido" y eso siempre es motivo de alegría. "Un hijo se nos ha dado" (Is 9,6), y hay que celebrarlo. Con villancicos y alharacas, porque es Nochebuena, porque es Navidad, porque los tiempos han llegado a su plenitud con el advenimiento al mundo de Cristo Redentor. Eso es lo que nosotros sentimos, mediatizados por siglos y siglos de tradiciones populares impulsando el lado alegre del triunfo de la vida. Pero en verdad no fue así, porque la vida que nace se inicia con el dolor. Lo mismo que a la vida renacida solo se llega tras el dolor. El sentido de la supervivencia suele llevarnos a eliminar de los recuerdos los momentos de sufrimiento, a buscar equilibrios emocionales, a quedarnos con lo bueno, que en la natividad fue mucho. Y si la Semana Santa suscita empatías con el hombre que sufre, aquel con el que todos nos identificamos, la encarnación desborda los sentimientos y celebra el principio del capítulo que cierra la historia de la redención.  Y se omite el dolor de la Navidad. Porque impera el triunfo de la vida. Igual que algunos teólogos quieren omitir el sacrificio de la cruz, porque impera la vida que triunfa definitivamente. Y rechazan el crucificado mientras proponen el resucitado, como si fuera posible entender el uno sin el otro. ¿Acaso no se postularon en la iconografía de los setenta los resucitados sobre la cruz? Como símbolo es interesantísimo, aunque pueda tener sus peligros si no se maneja adecuadamente. Es lo mismo que los niños pasionistas, un auténtico regalo interpretativo de la mentalidad barroca. Fabulosos, aunque también susceptibles de una interpretación equivocada.

Los niños pasionistas dan sentido a la encarnación, porque anticipan la redención al precio de la sangre, que es lo que sucedió. Y también recuerdan que el dolor marcó desde el principio la vida de Jesús el Cristo y los suyos. Para nada fue fácil entender el anuncio, ni la encarnación, ni los viajes a Ain Karem, Belén o Egipto. Los relatos de la infancia pueden desmenuzarse y mostrar así, con toda su crudeza, los dolores de José, María y el niño. Las espadas de la Virgen dolorosa no son solo las de la Pasión, no podemos olvidarlo. Los dolores recorren al completo el itinerario de María junto a Jesús. Y no son solo siete, sino muchos más. ¿Acaso no deberían sumarse la incomprensión de José, el viaje desdichado por mor del censo, el rechazo que las posadas acabaron festejando con regalos, la sensación de exclusión y marginalidad durante el nacimiento…? La Navidad encierra demasiados dolores, sobre los que conviene también reflexionar para descubrir que, al final, con el triunfo de la vida verdadera todo alcanza pleno sentido y la alegría, ahora sí, deja de ser vacua, consumista, socializada.

Por todo ello, queridos amigos, hemos de sentirnos muy dichosos. Feliz Navidad.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Félix Torres

Fotografía: Pablo de la Peña
22 de diciembre de 2017

Desde aquel momento anduve perdido por las calles, con las manos en los bolsillos intentando mitigar el frío de la persistente helada heredada de la noche. Sonaban melodías navideñas saliendo de incongruentes altavoces repartidos a trechos. Villancicos de voces infantiles que atravesaban mis oídos sin apenas hacer mella en ellos. Distraído, veía escaparates sin mirar mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido.

Acababa de ocurrir, pero no parecía la primera vez y era como si fuese solo una rememoración de un pasado lejano. Delante de mí, tanto que casi no pude apartarme, un hombre cargado con una pesada mochila, andrajos y suciedad, se había desplomado golpeando secamente contra el húmedo adoquinado. Apenas hizo ruido. Apenas era una mancha, casi invisible, en la mugrienta acera. Por su aspecto, delatado por las marcas sanguinolentas de su rostro, se veía que no era la primera de sus caídas.

Ahí estaba. El dolor marcaba su semblante. Un dolor sordo al que parecía haberse acostumbrado, que se reflejaba en lo que aún era una sonrisa en sus labios. Un dolor que iba mucho más adentro de lo que su cuerpo mostraba y que parecía saliéndole del alma.

La gente comenzó a arremolinarse a su alrededor. Comentaban y criticaban al unísono.

- ¡Qué vergüenza! ¡Menuda imagen para nuestros niños! ¡A esta gente habría que recluirla en estas fechas! ¡La culpa es de la droga, que los convierte en peleles! ¡Le está bien empleado; seguro que no tramaba nada bueno!-

Así, unos y otros con tono cada vez más elevado, juzgando y sentenciando, mientras él permanecía caído, intentando incorporarse sin conseguirlo. Se veía mermado de fuerzas, el bulto de su espalda le empujaba contra los adoquines y, aun así, se esforzaba por incorporarse con una dignidad que hacía tiempo parecía haberle abandonado. Nadie, ninguno de los que estábamos allí, hacíamos intención por ayudarle en su vano intento por levantarse. Unos miraban, otros se reían y los más criticaban en corrillo, pero nadie hacía ademán de echar una mano.

El grupo iba en aumento y los murmullos se hacían voluminosos. Una pareja de guardias urbanos que cumplía con su ronda protectora se acercó al tumulto con intención de poner orden. El hombre aún seguía en su empeño y, al ver que apenas conseguía moverse, uno de los guardias me señaló con autoridad y me pidió, casi ordenándomelo, que ayudase al vagabundo a incorporarse, que tomase su mochila para que él estuviese más holgado y que le acompañase mientras esperábamos la llegada de atención sanitaria.

Cargado de escrúpulos y bajo la mirada imperativa del agente, hice lo que me ordenaba. Le quité el pesado bulto de la espalda y agarré al hombre por la mugre de sus axilas para que pudiera sentarse. Su rostro que, a pesar de la mezcla de suciedad y cuajarones sanguinolentos, se veía doloridamente sereno, me miró agradecido. -¡Qué asco!- pensé mientras apoyaba su espalda contra una pared y sujetaba su bolsón repleto seguramente de morralla. Yo tenía que estar ahora comprando esa bolsa llena de productos básicos no perecederos con los que aliviaría a los pobres de la parroquia y, sin embargo, ahí estaba, perdiendo el tiempo con un sucio indigente al que, así me decía, el alcohol había llevado a este extremo. Yo tenía que estar ahora visitando el belén que montamos cada año en el hospicio local para ver la cara sonriente de los niños pobres y, sin embargo, ahí estaba, deseando que la situación se solucionase con diligencia para no tener que soportar un momento más a ese desahuciado que sabe dios qué podría contagiarme. Yo tenía que estar llegando a casa, al calor hogareño, para sentirme satisfecho por haberme puesto el mandil para servir la comida navideña de los marginados y, sin embargo, ahí estaba, despotricando para mis adentros por haber sido seleccionado para hacer del de Cirene con ese despojo humano…  Simón de Cirene. ¡El cirineo!

Se me revolvieron las entrañas. Blanco como el papel, exangüe y afligido como nunca me había sentido, me alejé de allí en cuanto pude sin oír ruido ni sentir presencias.

Desde aquel momento anduve perdido por las calles mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido. ¿¡Cómo he llegado a hacer esto posible!?


miércoles, 6 de diciembre de 2017

Tomás González Blázquez

Primer domingo de Adviento en la Catedral Vieja de Salamanca | Fotografía: Óscar García

06 de diciembre de 2017

Conversaba con cierto acaloramiento, hace más de un año, durante la comida de clausura de la Asamblea Diocesana. Mi interlocutora no comprendía por qué la Misa de la Virgen de la Vega aparecía en el programa de fiestas de la ciudad ni por qué el alcalde hacía la ofrenda a la patrona. Ni comprendía ni lo aceptaba. Por el contrario, yo lamentaba el escaso espacio destinado a la eucaristía catedralicia en el folleto, consignada como un acto festivo más, y el poco aprovechamiento pastoral de las oportunidades que brindan las fiestas patronales, las de la ciudad y las de cada pueblo. No nos pusimos de acuerdo. En muchos cristianos pesa como una losa el prejuicio ideológico, y su recelo incluye cualquier vínculo con lo institucional o lo político… siempre que esté relacionado con algo que les suene a anticuado, como puede ser la devoción por una imagen, el patrocinio de una población o de una corporación profesional, un culto solemne en la Catedral con incienso y casullas bordadas, un alcalde sentado en el primer banco de la iglesia, o una banda militar interpretando el himno nacional a la salida de una procesión. Las cofradías, durante años, han ido en el lote, y en muchos casos siguen yendo.

Lo institucional y lo político, lo civil para entendernos, ha querido ser separado de lo social. Es como su versión oficialista y apegada al poder temporal, del que la Iglesia, sostienen, debe huir como de un nublado. Lo popular y lo tradicional, tan social también, tan imperfecto pero tan auténtico, tan temporal y a la vez tan espiritual, no se ha librado de un aspecto de nubarrón amenazante a los ojos de muchos hermanos y de no pocos sacerdotes y obispos. Deseos como el de "purificarlo", aspiraciones como la de "encauzarlo", propósitos como el de "controlarlo" y estrategias para "desterrarlo" no han faltado. Quizá hoy ya imperan perspectivas más pastorales: la acogida, la integración, la formación, la profundización. Ante esto, no se olvide que lo popular y lo tradicional se ha ido entrelazando en la vida social y ha abarcado a las instituciones temporales. ¿Se ha mundanizado? Seguro que algo sí. Pero también ha inculturado el Evangelio, ha logrado que la fe fluyera y siga fluyendo por las venas de los asuntos cotidianos y algo los habrá irrigado y los sigue impregnando. Con todas las contradicciones y debilidades que no se pueden ignorar.

Un caso concreto se vive cada diciembre. “Felices fiestas”, cumplimentan algunos por la vía laica. “Feliz y Santa Navidad”, especifican los más confesionales. Del Niño Jesús en el balcón, si las rojigualdas le hacen hueco este año, a los escaparates nórdicos a base de renos y trineos. De la bendición de la mesa a la discusión familiar. De la Misa del Gallo y para casa a las copas en todas las discotecas. Y del “resuenen con alegría los cánticos de mi tierra” a una balada en inglés que comprometa mucho menos con el hecho transformador y ya prácticamente contracultural sucedido en Belén de Judá. ¿Acaso podría salir algo bueno de allí? Las navidades conviven en la Navidad y la navidad cristiana no puede permitirse abandonar las otras navidades a su suerte. ¿Por qué no partir de ellas para acompañarlas en el camino del reencuentro consigo mismas? ¿O acaso es deseable perpetuar la contraculturalidad del Evangelio? No puede ser nunca nuestro objetivo. Será contracultural en la medida en que vivirlo con la mayor fidelidad lo sea, pero no a causa de aparcar “el esfuerzo por llenar de espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que uno vive”, y sin olvidar que esta tarea “hasta tal punto es deber de los seglares que nunca la pueden ejercer convenientemente otros” (cf. Apostolicam actuositatem n. 13).

Partamos pues de la Navidad civil y de la popular. De los nacimientos admirables, que aún resisten a la laicidad estacional de los copos de nieve, para poner rostro al misterio que todavía asombra. Y de los villancicos capaces de poner a Dios en los labios de los que nunca pronuncian su Nombre. Y de la cabalgata de Reyes a la que le falta una carroza con el Niño Jesús, y ya estamos tardando en remediar esa insólita ausencia. Partamos del formalismo de la postal para lanzar el mensaje. De la inclinación a ser dizque "solidarios" para hablar directamente de la denostada Caridad, Amor de Dios, y obrar en consecuencia, aunque a menudo nos parezca que no estemos siendo más que un Plácido conduciendo un motocarro con su estrella a cuestas camino de otro calvario. Seamos capaces de saltar de los telemaratones que duran una tarde a las carreras de fondo que se alargan toda la vida. Vayamos de esta Navidad puntual, instantánea y pasajera, repetitiva pero fugaz, a la Navidad perdurable, siempre novedosa y nunca suficiente. El camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió con tantas navidades superpuestas. Sepamos ver en ellas el punto de partida también en este Adviento de 2017, cuando la Humildad de Jesús nos señala la ruta hacia su pesebre-cruz-altar.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Félix Torres


29 de noviembre de 2017

Todavía no se han marchitado las flores con las que recordamos a nuestros difuntos y, sin solución de continuidad, se nos abren las puertas más solidarias del corazón cofrade. El olor a navidad comienza cada vez antes y aparece en nuestras cofradías, como cada año, la tradicional Operación Kilo.

A lo largo de los días más inmediatos a las fiestas navideñas –en una inmediatez que se dilata hasta los primeros días otoñales–, no creo que exista cofradía o hermandad en la que por estas fechas no se programe una acción solidaria para con los más necesitados. Recogidas de alimentos, de juguetes, de ropa, chocolatadas y comidas, conciertos solidarios,... cada cual aportando según sus habilidades por la mejor de las causas: ayudar a nuestros semejantes. Loabilísimas acciones que contribuyen a paliar escaseces, aunque sea de modo puntual y transitorio, y que sirven también para rellenar ese hueco, a veces problemático, de ejercer la caridad cumpliendo con los mandatos de la mayoría de nuestros estatutos y reglamentos cofrades.

Salimos a la calle y damos la cara por nuestros semejantes. Recaudamos cuanto podemos y lo dejamos en manos de quienes sabrán qué hacer con ello de manera adecuada. ¿Qué mejor forma de celebrar la Natividad que compartiendo con quienes carecen de lo imprescindible? Magnífica labor de cofrades comprometidos. Pero,... ¿es esto todo? ¿Aliviamos con este detalle de humanidad las necesidades de todas esas personas desconocidas? ¿Se podría hacer más y mejor? Seguro que sí.

Cierto es que un plato caliente sobre la mesa (en cualquier día del año, no solo en estas fechas) debería ser algo habitual para todos y que nuestra colaboración contribuye a que sea posible. Pero, hay otras muchas necesidades en otros muchos días del año que no se ven cubiertas porque desgraciadamente nuestra caridad es temporal y, además, muchos no sabríamos siquiera cómo intentar paliarlas. Porque, además, tras las festividades navideñas nuestro pensamiento pasa a centrarse en lo que para todos nosotros es fundamental y arrinconamos esas acciones caritativas para mejores momentos (que en la mayoría de los casos serán las siguientes navidades). Olvidamos que esos kilos de legumbre y arroz, litros de leche y aceite, galletas o bolsas de pañales infantiles se agotan mucho antes de lo que marca su fecha de caducidad y que la necesidad continúa mucho más allá. Olvidamos que quienes están solos en Navidad, necesitados de compañía tanto como de alimento, van a seguir, aún más solos si cabe, necesitando esa caricia amiga todos los días del año. Olvidamos que quienes padecen sufrimiento agradecerán las palabras de aliento en cualquier momento. Pero, sin embargo, centramos nuestra caridad en estos días prenavideños y dejamos al descubierto el resto.

¿No sería posible coordinar acciones y esfuerzos para proyectar esta solidaridad a lo largo de todo el año? ¿No podría la Junta de Semana Santa servir de vehículo para canalizar estos esfuerzos organizadamente y así obtener mejores frutos?

Somos suficientes cofradías y cofrades como para, hermanados en todo momento, mantener el ejercicio de la caridad a lo largo de todo el año, de todos los años, añadiendo a todos esos kilos solidarios tan necesarios que recogemos con las mejores de nuestras intenciones, otros gestos de los que también están necesitados quienes nos rodean. Así como en su día nuestra Semana Santa pudo presumir de contar con un hospital en el que se atendió a cientos de desheredados, hoy podríamos retomar aquel espíritu y hacer de nuestras cofradías y hermandades elementos de caridad con los que cumplir objetivos que harían, además, que la sociedad nos reconociese y valorase más allá de nuestras procesiones y actos penitenciales.

Invertir tiempo, esfuerzos y, por supuesto, dinero en dar a quienes lo demanden aquello que necesitan con auténtico espíritu cofrade. Escuela de adultos, centro de atención infantil, acompañamiento organizado de necesitados, asesoramiento en diversidad de temas y cuestiones, asistencia a ancianos, compañía a personas en soledad o cuidado de enfermos, todo con organización y "profesionalidad", y... por supuesto, operaciones kilo; cuantas operaciones kilo sean necesarias.

Somos muchos y muchos excelentemente preparados para sacar adelante esas tareas que cubrirían aquellas necesidades. Solo es necesario ceder parte de nuestro tiempo y conocimientos, alguien que coordine y canalice adecuadamente los recursos y, sobre todo, hacer de nuestras cofradías y hermandades un solo cuerpo para actuar solidariamente.

¿Parece difícil? Yo creo que no. Solo habría que intentarlo.


viernes, 30 de diciembre de 2016

Félix Torres


30 de diciembre de 2016

Me siento a escribir estas palabras mensuales y, como por ensalmo, al unísono, llegan ambas noticias a mi teléfono móvil.

Cling, cling... y leo "La Junta de Semana Santa admite a la Hermandad Franciscana".
Cling, cling... y vuelvo a leer "La escalofriante Navidad de Alepo".

¿Casualidad? Seguramente. Pero hace que detenga mis dedos en el teclado del ordenador y que mi mente se aísle de todo aquello que no sean estas noticias.

Al tiempo que me alegro de la incorporación a la Junta de nuestra Semana Santa de la nueva Hermandad Franciscana, último paso hasta ahora de un proceso meditado, estudiado y elaborado minuciosamente, con pasos firmes que muestran la seguridad que dan las cosas bien hechas, veo cómo quienes se sienten cristianos en un auténtico medio hostil, quienes siguen fieles a su fe a pesar de los bombardeos y masacres, aquellos que no tienen dónde caerse muertos (¡maldita ironía!), celebran su Navidad, la misa de Nochebuena, en lo que fue la Catedral de San Elías y ahora no son más que unos escombros, las ruinas de la barbarie. Cuatro años de infierno en el que quienes esa noche cantaron sus villancicos y oraron ante Jesús nacido, no eran sino las victimas de uno y otro bando. Inocentes perseguidos por su fe y objetivos colaterales de las bombas "liberadoras".

Cuatro años de persecución... ¡qué digo cuatro años! ¡Siglos de persecución! Porque los cristianos de esa parte del mundo que, aunque llamemos Oriente Próximo se nos queda en la parte de atrás de nuestros mapas, en la zona por la que casi nunca pasó nuestra memoria escolar, llevan toda una vida siendo víctimas de persecuciones, de violaciones, de martirios, de muerte. Y, a pesar de todo, ahí están, celebrando esta Pascua entre los restos de la masacre; con la entereza suficiente como para decorar un abeto navideño y la escuálida alegría que les proporcionan los cánticos de paz, amor y fraternidad (¡maldita ironía!).

Se me revuelve el alma... y se me vienen a la cabeza los principios fundacionales de la recién nacida Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad: "Promover iniciativas y oraciones en favor de la fraternidad y concordia de todos los cristianos, especialmente por aquellos que mantienen la presencia de nuestra fe en los territorios de Tierra Santa". No parece mucho, es cierto, pero los pasos pequeños, esos en los que no hay dobleces ni ambiciones, son los que acercan más y más fuerte. Hacer propio el compromiso de "rezar por la concordia de los pueblos en Oriente Medio y la coexistencia pacífica de las tres grandes religiones monoteístas que convergen en Jerusalén" es algo nuevo en nuestra Semana Santa, que nos abre los ojos, del cuerpo y del alma, para enseñarnos que el verdadero sufrimiento está mucho más allá de nuestro ombligo, que el ecumenismo debe partir de pequeñas acciones y que por todo el mundo hay muchos cofrades que cumplen con su penitencia ignorantes incluso de estar en permanente oración.

Leo ambas noticias y, a pesar de todo, se me alegra el ánima. Con los ecos de villancicos aún en los oídos, quiero compartir la triste alegría de los cristianos de Alepo y rezar junto a ellos entre los muros caídos de su catedral. Con el ahora amargo dulzor de turrones y mantecados navideños todavía sin digerir, quiero hacer partícipe al mundo de que hay quienes tienen un recuerdo permanente y comprometido para con aquellos que celebran la Navidad a pesar de saberse perseguidos. Quiero decir a todos que acabo de descubrir el significado de esa palabra: "ecumenismo". Y que lo de menos, ahora, es la Junta de Semana Santa. Seguro que lo entienden.


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