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lunes, 9 de abril de 2018

Montserrat González

Detalle de la carga del Cristo de la Humildad en su primera procesión la pasada Semana Santa | Fotografía: Alejandro López

09 de abril de 2018

Para todo aquel que se interese por la Historia del Arte resulta evidente que la Semana Santa ofrece una ocasión magnífica para adentrarse en el conocimiento de los distintos estilos y tendencias artísticas con las que los artistas a lo largo de los tiempos han contribuido y contribuyen, en la actualidad,  a revivir el drama de la Pasión de Cristo. De forma ordenada y realista, los pasos creados por los imagineros castellanos y andaluces se apropian del espacio urbano que se sacraliza así, contagiado del clima espiritual desplegado durante las procesiones.

Así lo entendieron los artistas que durante el siglo XVII y XVIII pusieron su talento y su indiscutible calidad técnica al servicio de una clientela que exigía profundidad religiosa en sus creaciones, siguiendo los dictados de la Contrarreforma, pero que también reclamaba realismo y veracidad en las composiciones acorde al gusto de la época.

Ese gusto por el realismo se manifestó de muy distinta manera durante el siglo XVII en Europa. En Italia, por ejemplo, Caravaggio desarrolla un modelo de pintura donde utilizando a tipos normales, modelos sacados de la calle, recrea escenas de la Biblia. Para ello usaría tremendos contrastes de luces y sombras transformando sus composiciones en dramáticos "tablaux vivants" pareciendo que accedíamos a la auténtica escena representada. A menudo, esa excesiva veracidad creó confusión en el seno de la Iglesia que encontraba algunas representaciones, digamos que poco decorosas. En España, sin embargo, el realismo se fue desarrollando de otro modo, a pesar de las influencias de Caravaggio en artistas como Zurbarán, aquí se potenció el arte excepcionalmente real, aquel que unía todo el acervo cultural y religioso, de la mano de la escultura policromada. La tridimensionalidad de la escultura policromada, su atención a la luz, a la creación de una cierta atmósfera ilusionante, su deseo de recrear el mundo real favoreció el diálogo de la pintura y la escultura. Ambas disciplinas se funden para hacer de lo sagrado algo real. Baste recordar los primeros trabajos realizados por Juan de Mesa como su Cristo Crucificado y policromado para los jesuitas de Sevilla, popularmente conocido como el Cristo de la Buena Muerte.  Aproximarse a estas esculturas hiperrealistas que comenzaron a popularizarse durante el Barroco, haciendo de lo sagrado algo palpable, suponía para el espectador colocarse literalmente ante la presencia de Cristo.

El gusto por la escultura policromada siempre ha acompañado al hombre a lo largo de la historia, especialmente si se querían potenciar y maximizar los rasgos de la divinidad. Así ha pasado desde los tiempos del Neolítico o los del Antiguo Egipto, incluso en Grecia y Roma. En el caso español, la policromía deriva directamente del gusto del medievo por decorar los pórticos de catedrales, iglesias y monasterios. Esta práctica llegó a convertirse en algo tan popular a lo largo de toda Europa, que San Bernardo criticó duramente esta opulencia que pregonaba que cuanto más color tenía una escultura más sagrada parecía. Pese a sus críticas, esta práctica se mantuvo en Alemania y en el Sur de los Países Bajos. En España la valoración de las imágenes policromadas como algo útil para inspirar adoración por las figuras sagradas correspondió a San Juan de la Cruz y a los predicadores que durante el siglo XVII hablaron de los méritos de la escultura sobre la pintura como la mejor manera de representar los personajes sagrados: …"La pintura consiste en sombras y en poner una tinta sobre otra y esto en lo espiritual huele a hipocresía, pero la estatuaria consiste en cortar y desbastar. En las imágenes espirituales tiene mucha ventaja la estatuaria…", predicaba Francisco Fernández Galván en el Madrid de 1615. Desde entonces, la práctica de la escultura policromada continuó ininterrumpidamente al servicio de la Iglesia y sus fines y aún prosigue en la actualidad.

De la policromía depende el resultado final de la obra. El revestimiento cromático es el elemento parlante de la pieza y el que nos habla de la pericia del artista para integrar volumen y color, para potenciar la veracidad y expresividad fomentando la devoción del espectador ante las figuras que contempla. Los escultores del siglo XVII  no dudaron en completar la aplicación de la policromía con toda suerte de aditamentos y añadidos para potenciar aún más la apariencia de vida. Desde aquel entonces, muchas han sido las modas y tendencias en el uso de la policromía, tanto en la representación de estofas o telas como en la recreación de las carnaciones, desde las que preferían unas carnaciones mate conforme al natural hasta las que se inclinaban por una policromía mucho más manierista y exuberante amenizada por encarnaciones a pulimento que brillaban como si el objeto fuera de loza esmaltada.

En la actualidad, especialmente si se trata de imágenes de vestir, los artistas sienten cierta predilección por una policromía excesivamente brillante y relamida, un tanto alejada de esa idea de verismo y realismo que imperaba en los antiguos maestros pero sin introducir dosis de modernidad en sus composiciones. Afortunadamente no siempre es así y aún nos quedan artistas que conciben la policromía como elemento fundamental para destacar y potenciar sus volúmenes, aportando la dosis exacta de materia necesaria para conseguir variaciones luminícas y reverberaciones que enriquezcan esa idea de verismo y espiritualidad que debe acompañar a la imagen sagrada. La pasada Semana Santa tuvimos la ocasión de comprobar la bellísima y sutil policromía elegida por el escultor Fernando Mayoral para su talla del Cristo de la Humildad realizada para la Hermandad Franciscana.  Una soberbia imagen que expresa a la perfección la humildad y humanidad de Cristo, sin postizos o añadidos, encontrando el lenguaje preciso para interpelar al hombre contemporáneo.

Fernando Mayoral tiene, como los grandes maestros, avidez de realidad, la absorbe, la persigue, le fascina. Basta observar la representación del rostro de Cristo ante el que se extasía confiriéndole un fuerte dramatismo. La sublime policromía completa el dramatismo de la escena reflejando con gran naturalismo los golpes y porrazos que Jesucristo recibe en el camino a la muerte. La bondad de la madera de cedro del Líbano en el que se realiza la imagen resulta sumamente apropiada para recibir la sutil policromía utilizada por Mayoral. El gusto por lo inacabado explica la aplicación del color directamente, sin aparejos. Sin brillos ni pulimentos. Huyendo de todo artificio. Se lija la madera y se aplica el colorido de forma natural consiguiendo un acabado mate. Se restringe el color a la zona de las mejillas, ojos, el cabello, manos y pies. Aparecen también restos de la flagelación: golpes y negrales en la espalda.  La transparencia del paño de pureza se consigue tras una pátina con cera cuidadosamente friccionada y la aplicación de polvos de talco que le aportan el tono azulado a una base de gris de Payne.

La estudiada policromía resulta aún más sutil en medio de la noche que potencia el profundo humanismo de una imagen que huye de dramatismos superfluos. La sobria y austera puesta en escena elegida por la hermandad para acercar la imagen al espectador resulta sumamente propicia para potenciar el encuentro entre Arte y Fe, para hacer de lo sagrado algo real, acercando el misterio de Cristo a un público que ante la soberbia imagen de Fernando Mayoral solo necesita escuchar su escultura, lo demás son palabras innecesarias.


martes, 27 de febrero de 2018

F. Javier Blázquez

Santísimo Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana | Foto: J. F. Santos Barrueco

26 de febrero de 2018

El arte es, entre otras cosas, una experiencia que si no se ejercita no puede comprenderse ni disfrutarse. La fe también, entre otras cosas, es una experiencia de vida que compromete y precisa de un cultivo que permita conservarla. La conjunción de ambos elementos, arte y fe, es uno de los aspectos más originales y hermosos de la tradición cristiana desde el tiempo de las catacumbas.

En este sentido, ayer fue un día importante para nuestra Semana Santa. La presentación en la parroquial de San Martín del documental sobre la trayectoria artística de Fernando Mayoral, concretada en el tema del crucificado y culminada con su última imagen, el Cristo de la Humildad, rebasó con creces los objetivos previstos por el grupo promotor. Arte y fe volvieron a hermanarse, a mostrar que la nuestra es una fe que requiere de las imágenes y los símbolos, que se sirve de la cultura para la transmisión del mensaje salvífico, que se hace cultura, porque sus imágenes y símbolos, religiosos en origen y como finalidad, van mucho más allá, interpelando a creyentes y a quienes no lo son, o dicen que lo son a medias. La fe genera arte y el arte lleva a la fe. Negar la validez de la imagen como apoyo para la fe, al modo de ciertos rigoristas, o preterir la dimensión trascendente de la imagen religiosa, acorde con el reduccionismo materialista, resulta, desde el rigor académico, tan injusto como absurdo.

El grupo diocesano Fe y Arte, dirigido por el recientemente designado director del servicio  diocesano para el patrimonio y otras muchas cosas, Tomás Gil Rodrigo (que ya iba siendo hora, vaya, porque… la diócesis lo requería), viene desarrollando con gran acierto, desde hace años, una serie de iniciativas en esta línea. Se trata de poner en valor el patrimonio artístico de la diócesis, que lo tiene, y mucho más de lo que creemos. Se pretende dar pleno sentido a ese patrimonio artístico y, partiendo de un análisis que pasa por la contextualización histórica y la descripción estilística, se culmina con la interpretación teológica, porque el templo, la imagen, la pintura, no se pueden entender en plenitud si no se aborda su finalidad primordial, la de mostrar simbólica e iconográficamente el misterio de la fe.

Ayer, con la última imagen procesional de nuestra Semana Santa, sucedió eso. Arte y Fe, por primera vez, entra de lleno en la Semana Santa. El artista, sus circunstancias, su obra, ayudan a contextualizar. El tema del crucificado, a través de Mayoral, es todo un compendio catequético si se sabe mirar adecuadamente, como quedó reflejado en el documental. El Cristo de la Humildad culmina el proceso creativo del actualmente más laureado escultor salmantino al considerar el tema de la crucifixión. Y esta imagen, poderosa y rotunda, interpela a quien la contempla, porque en el anonadamiento más absoluto, preludio del triunfo definitivo, que es lo que se representa, se expresa el mensaje más hermoso de esperanza para el hombre de ayer y hoy, para la humanidad de todos los tiempos, lugares y condiciones.


miércoles, 17 de enero de 2018

Pedro Martín

María Santísima de la Caridad y el Consuelo, de la Hermandad de Jesús Despojado | Fotografía: Alejandro López

17 de enero de 2018

Tenía yo una deuda pendiente con la imagen más moderna de nuestra Semana Santa, el Santísimo Cristo de la Humildad, a cuya bendición no pude asistir. Y quiso la casualidad que el pasado mes de diciembre la imagen de María Santísima de la Caridad y el Consuelo visitara el colegio de mi hijo en su misión en este año previo a su primera salida penitencial. Dos nuevas imágenes que, curiosamente, están separadas en su día a día por apenas doscientos metros. Como la visita no se podía demorar, al día siguiente me planté en la iglesia de San Martín para ver la obra de Fernando Mayoral.

Tan distintas aparentemente las dos imágenes, verdad, de estilos diferentes, de concepciones que probablemente no tienen mucho que ver una con la otra. Pero no quiero hablar de lo que no sé, de arte, de escultura, de técnica. Para ello firmas suficientemente acreditadas han escrito y seguirán escribiendo en este medio y en otros.

Llegué a la visita con ojos curiosos y escrutadores, con la sana intención de contemplar y descubrir, de ver la nueva obra. Ante la presencia del Cristo de Mayoral, lo primero que sentí fue pequeñez, no por su tamaño, que también, sino sobre todo por esa sensación de desvalimiento ante un Cristo que se está entregando al Padre por mí, y que me interpela desde lo alto de su portentosa cruz; que me presenta la fuerza y la dureza de la pasión; que me remueve; que me obliga a mirar adentro; que no me deja indiferente. Y todo ello con la máxima humildad nunca conocida. Una imagen que me hizo rezar en mi primera visita, que era solo de curiosidad por esa obra que ya había visto en fotografías.

Eso mismo es lo que me obligó a hacer la imagen de María Santísima de la Caridad y del Consuelo la primera vez que estuve ante ella. Su dulce cara de contenido dolor, su expresividad, sus manos, me llevan de la mano a comprender el misterio de Jesús. Y me hizo rezar, su presencia siempre me hace rezar.

Y eso es lo que espero y le pido a nuestras dos nuevas imágenes, que saldrán por primera vez a la calle con un intervalo de menos de 24 horas: que me ayuden a rezar; que ayuden con su presencia a todos los que las contemplen en la calle y que ayuden a sus jóvenes hermandades, tan diferentes en apariencia y tan iguales en lo esencial, a vivir su fe y a proclamar el evangelio de la vida y la alegría a los cuatro vientos, que falta nos hace.

Esa y no otra es y tiene que ser la razón de ser de estas nuevas imágenes separadas apenas doscientos metros.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Javier Prieto

Santísimo Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana | Foto: Ángel Benito Sánchez

13 de diciembre de 2017

La pasada semana se presentaba la nueva obra de Fernando Mayoral para la Semana Santa de Salamanca, y ante esto de los estrenos a los cofrades nos suele salir un carisma de tertuliano de corazón que nos lleva a diseccionar las obras o enseres con un cierto aire de superioridad (como si las obras de nuestras cofradías fuesen cesiones del Museo del Prado).

Y he de reconocer que algo así me ocurrió al ver las primeras fotografías del Cristo de la Humildad, con cierta frialdad fui localizando aquellos elementos que plásticamente no me convencían hasta alcanzar un veredicto negativo sobre la imagen. Por suerte, dos buenos amigos de Salamanca, que estuvieron presentes en la bendición, me dieron la clave que le faltaba a mi análisis de laboratorio: "Hay que rezar delante de él".

En ocasiones se nos olvida la finalidad de las imágenes, y en cierto modo de todo lo que hacemos en las cofradías, mover a la oración y llevar a Dios. Las imágenes no valen más por una estética u otra, ni tan poco por el estilo en el que se realizan, el valor de nuestras imágenes está en su capacidad de conmover. Pero esta conmoción no es mera sensibilidad, ni un emotivismo superfluo, las imágenes han de conmovernos hacia la actitud de oración, situarnos en un plano diferente al de nuestro día a día, un plano de comunicación con Dios.

Y es que las imágenes no son un fin en sí mismas, la belleza o el valor de las mismas son secundarios, pues nuestras tallas han de ser medios, vías que nos facilitan el acceso a un ámbito de cercanía con Dios, para el que son una ayuda, pero no son necesarias. En esta época en que la imagen, lo externo, vale tanto, y adquiere en ocasiones más valor que el auténtico ser de las cosas, los cristianos no podemos caer en los riesgos de una cultura de la apariencia, algo que desgraciadamente ocurre a menudo en las cofradías. Por ello hay que huir de los juicios banales, de los criterios subjetivos y preocuparnos de la integridad de lo que hacemos, de la misión que la Iglesia confía a las cofradías: anunciar el mensaje de Jesucristo.

Por eso ante la realidad uniformada y los modelos únicos, hay que saber valorar la riqueza de una Semana Santa que sigue mirando hacia el futuro, con nuevas aportaciones y nuevos proyectos. Habrá cosas que nos gusten y cosas que no, pero hemos de valorarlas no desde nuestra subjetividad sino desde la objetividad de lo que son. Puede que el Cristo de la Humildad, a quien le debo aún una visita, nunca llegue a "gustarme" pero no podré negar su valor si logra que ante él muchos contemplen al Siervo de Dios.


viernes, 1 de diciembre de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Fernando Mayoral, con el boceto del Cristo de la Humildad de la Hermandad Franciscana | Foto: Pablo de la Peña

01 de diciembre de 2017

El barro, en manos predilectas que el dios del arte bendice, toma forma, mientras se abre en canal el gozo de una de las vivencias más interesantes que se puedan disfrutar. El volumen se expande acaparando espacios y ritmos artísticos que solo el escultor puede mutar, mientras surge un latido de experiencia trascendente; una abstracción única para tocar de nuevo el cosmos del arte, donde solo unas manos privilegiadas, como las de Fernando Mayoral, pueden abrir el don creativo que modela alientos nuevos de vida…

Cuando nos situamos ante la obra artística, que sin trampa alguna te deja ver ese lenguaje universal y único que nos atrapa en la emoción cercana y profunda, queda en evidencia la cualidad inconfundible del artista, que nació para erigir como fuente de existencia la creatividad única e irrepetible.

Huyendo del apego personal que lentamente me ha ido uniendo a esa imagen del Cristo de la Humildad,  he de reseñar que ha sido un privilegio vivir, durante estos interminables meses, esa trasformación lenta, pausada, con ceremonias de silencio y diálogos entre Mayoral y la incipiente imagen que ya desde el principio marcaba la idea, un sueño que ya podemos tocar con las manos del corazón y abrazarnos a él hasta sentir en lo más profundo del alma la suavidad de su pulso.

Es verdad que se nos ha hecho interminable la minuciosa indagación que Fernando Mayoral ha llevado a cabo durante meses, cual si fuera un estudiante que todavía a sus ochenta y tantas primaveras quisiera encontrar el descubrimiento del rasgo anatómico único y perfecto para dar el golpe exacto. Su mirada, puesta quizás en Miguel Ángel y la esperanza abierta al futuro que lo sobrevivirá en la materia, por los siglos de los siglos, entre esos olores a ceras, que en las calles salmantinas besarán a su paso los pies cansados de tanto camino.

Fernando Mayoral, con cuatro medallones en nuestra Plaza Mayor, una decena de las más importantes esculturas que el pasado siglo dejó en nuestras calles y un buen número de imágenes distribuidas por esos mundos de Dios, estaba sometido en esta ciudad a una gran injusticia. Mientras en nuestra Semana Santa no tenía ni una sola imagen, en la querida y cercana Zamora varias de sus tallas han contribuido sin duda al engrandecimiento de la Pasión que, junto al Duero, sabe cuidar a los suyos mejor, mucho mejor que lo hacemos nosotros por estos pagos.

Pero lo importante es que Mayoral ha renacido de tal forma en su ilusión, que el Cristo de la Humildad va a ser una de las grandes referencias de su dilatada carrera como escultor. Ha sido sorprendente comprobar a su lado la fuerza que de forma misteriosa lo ha ido abrazando mientras acometía esta obra que lleva el ADN del artista de gran formato, al que se une como valor añadido toda la experiencia acumulada durante muchos años de imparable desasosiego, en pos de una obra que lo perpetuará en el Olimpo del arte.

No podíamos suponer hace un año que por expreso deseo suyo vendría desde Jerusalén fray Francesco Patton, Custodio de Tierra Santa, para bendecir la imagen que será cedida a esta ciudad que la acogerá en el imparable besar de los tiempos.

El Cristo llevará en su cruz las reliquias del Calvario y del Santo Sepulcro, que fueron entregadas por el Custodio de Tierra Santa hace unos meses a la Hermandad Franciscana en Jerusalén, para sellar simbólicamente con los lacres franciscanos el abrazo de cercanía con esos parientes nuestros en la fe que sufren por aquellas tierras, en estos momentos, nuestra apatía.

Un Cristo que, en la ilusión de estos pretéritos tiempos de la Hermandad Franciscana, imaginamos viajando, no sabemos en qué añada, a Tierra Santa, para que allí en cualquiera de los museos franciscanos pueda contemplarse…


miércoles, 1 de marzo de 2017

F. Javier Blázquez

El escultor Fernando Mayoral tallará este año el Cristo de la Humildad | Fotografía: Pablo de la Peña

01 de marzo de 2017

Escribía nuestro buen amigo Conrado Vicente, en este mismo medio ha casi ya dos años, que estábamos ante el último aviso para que Fernando Mayoral dejase su firma en la imaginería procesional salmantina. La campana, según decía, había sonado y el tren salía de la estación, pero hete aquí que una hermandad, recién fundada, acaba de saltar a los andenes para asirse a los agarraderos del vagón… La comparación es solo por seguir el juego a Conrado, pero vale. Sirve para revalorizar su único artículo en este espacio y viene al caso porque a la postre, según parece, resultó premonitorio.

Y eso es lo importante, que al final va a ser verdad. Que Mayoral, Dios mediante, tendrá su imagen procesional en Salamanca, la del Cristo de la Humildad recientemente encargada por la Hermandad Franciscana. Si todo transcurre según lo previsto, el crucificado será presentado y bendecido por septiembre en el convento de las franciscas descalzas, quedará después expuesto a la veneración en la parroquia de San Martín y recorrerá procesionalmente las calles salmantinas, por primera vez, en 2018, durante las vísperas del domingo en el que la Iglesia comienza a conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Así sea.

La noticia, cuando se hizo pública, bien merecía un Te Deum a no sé cuántas voces. Era una asignatura pendiente que hería al mundo cofrade más que las aristas de un chinarro bailoteando en el zapato. Mayoral, aunque en el DNI no figure, es salmantino a todos los efectos. Llegó a Salamanca en 1947 como alumno de San Eloy y aquí se quedó, salvando las estancias en Madrid e Italia para completar la formación. En Salamanca ha dejado, además, lo mejor de su obra. Pero la Semana Santa se le resistía. Los intentos que hubo años atrás, por falta de convicción o de recursos, no cuajaron. Y al dolor de haber perdido en su momento la oportunidad de sumar el nombre de Venancio Blanco a la relación de artistas de la Semana Santa salmantina, parecía sumarse el de Mayoral. El tren se iba yendo, hasta que in extremis le ha llegado este encargo de un Cristo crucificado, vivo, humilde, suplicante. Laudate Dominum omnes gentes. No es para menos.

Mayoral está contento, me consta de primera mano. Mayoral es consciente de que esta va a ser su única imagen en la Semana Santa de Salamanca y que por el contexto que le va a rodear será una de sus obras de referencia. Y se lo ha tomado muy en serio. Tanto que quiere hacer algo distinto a lo que hasta ahora nos tiene acostumbrados, saliendo del molde que hasta ahora ha definido su visión del crucificado. En plena madurez creativa, en las edades que otros solo ya descansan, Mayoral sigue subido al andamio, modelando y dando golpes de gubia, con la asombrosa lucidez del hombre en plenitud y una visión del arte profundamente humana y espiritual.

En ello anda, sin prisa ni pausa, que el ocaso del verano no está lejos cuando la ceniza, este año tardía, anuncia ya la primavera. En ello anda Mayoral, sabedor de que muchas serán las miradas que año tras año juzguen este Cristo suyo, postrero, que llega cuando nadie lo esperaba. El destino le ha dado la oportunidad que antaño le arrebató y no está dispuesto a dejarla pasar, porque la Semana Santa y San Martín son dos escaparates fabulosos, porque una imagen de devoción permitirá a presentes y futuros rezar, llorar, suplicar, confesarse ante un Dios cuya humanidad salió de la imaginación y las manos de Fernando Mayoral. Casi nada.

Será una gran imagen, porque Mayoral siempre es garantía y esta vez va a echar el resto. Se le nota ilusionado, disfrutando del reto, consciente de su responsabilidad con la ciudad, pero seguro, muy seguro de lo que quiere hacer. En su mente ya está todo claro y ahora solo queda ejecutarlo, darle al barro y a la gubia. Y en ello anda. En pocos meses veremos el resultado y ante esa imagen, el Cristo de Mayoral, elevaremos nuestra oración al Padre.

jueves, 25 de junio de 2015

Conrado Vicente


Mayoral, sentado entre Casillas y Venancio Blanco, al recibir la Medalla de Oro de Salamanca | Foto: Pablo de la Peña

25 de junio de 2015

Como en las salidas de los trenes o el despegue de los aviones, quizá estemos ante el último aviso, la última oportunidad, para que Fernando Mayoral pueda dejar su impronta escultórica en la Semana Santa salmantina, antes que los estragos de la edad, quiera Dios que más tarde que pronto, le impidan esbozar un dibujo o modelar el barro que ha encallecido sus manos a lo largo de su vida. Si los años ganaran esta partida (y en cualquier momento, desgraciadamente, puede oírse el "¡no va más!") la Semana Santa de Salamanca habría perdido la ocasión de contar entre su patrimonio con una obra del más afamado escultor urbano de la ciudad y posiblemente el que más monumentos deja esparcidos por sus calles.

Este pensamiento atravesó la mente de algunos de quienes estuvimos presentes hace un par de semanas en la entrega de las Medallas de Oro de la Ciudad con motivo de la festividad de San Juan de Sahagún. Ese día, tres escultores, Casillas, Venancio Blanco y Mayoral fueron protagonistas de un justo y merecido homenaje por parte del Ayuntamiento en las postrimerías de su carrera artística, alguno ya con el cartel de cerrado; todavía no, afortunadamente, en el caso de Mayoral. A sus 84  años, el escultor extremeño aún mantiene templado (excepto en invierno como le recuerdan los nudillos de sus manos) su estudio-taller de La Vellés al que acude, con mayor o menor regularidad, para seguir creando/recreando su obra escultórica o pictórica. Aún está reciente la muestra antológica organizada por la Diputación en el año 2012 a la que hubo de dedicar numerosas sesiones preparatorias.

La escultura religiosa ha ocupado un importante lugar en la trayectoria de Mayoral, sobre todo en los últimos veinticinco años. Ahí están para atestiguarlo la imagen de María Auxiliadora en la portada de la iglesia del mismo nombre, los crucificados de las iglesias de El Pedroso de la Armuña y el Zurguén o el Calvario para la iglesia de San Juan Apóstol de Santiago de Compostela, entre otras. Y dentro de este apartado devoto y aunque solo sean dos los trabajos que lo atestigüen, no pueden olvidarse sus dos esculturas procesionales, La Santa Cena para la Cofradía de la Vera Cruz y el grupo La Conversión del Centurión de la Real Cofradía del Santo Entierro, ambas para la Semana Santa de Zamora,  muy reconocidas artísticamente dentro y fuera de la ciudad del Duero. La primera de ellas le valió la concesión del galardón Francisco Rodríguez Pascual de la Tertulia Cofrade Pasión de Salamanca.

Los pasos constituyen el principal fundamento de los desfiles procesionales y lo que atrae prioritariamente la atención del público; son la razón de ser de muchas cofradías y de sus actos religiosos y culturales y ocupan el primer lugar en cuanto a fondo patrimonial. La Semana Santa salmantina, que presume con el marchamo de celebración internacional y atrae con ello a miles de turistas, debe hacer un esfuerzo por seguir engrandeciendo dicho patrimonio. Hay, por otra parte, algunos vacios escultóricos claramente identificables en cuanto a la iconografía de la Pasión que bien podrían ser cubiertos con una obra del escultor cacereño-salmantino. Algunas voces se han alzado en los últimos años en este sentido y son conocidos los fracasos de algunos tratos entre cofradías y escultor por la crisis económica. Si las cofradías carecen de iniciativa o de presupuesto suficiente, bien podría ser el propio Ayuntamiento de Salamanca u otra institución privada, incluso apoyándose con una cuestación popular, quien promoviese la realización del proyecto. Aunque, a estas alturas (y que me perdone, si no estoy en lo cierto, el escultor) necesitara de ayuda manual, ya que lucidez aún le sobra, para llevar a cabo la obra.

La salida de este tren es inmediata y la concesión de la Medalla de Oro de la Ciudad a Mayoral el último aviso antes que la Semana Santa de Salamanca y las instituciones que la respaldan pierdan irremediablemente la oportunidad de emprender este,  a buen seguro, afortunado viaje.


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