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lunes, 16 de marzo de 2020

Álex J. García Montero

Las cuadrillas de hermanos de carga son uno de los grupos que componen la Semana Santa | Fotografía: Alfonso Barco

16 de marzo de 2020

De todos es conocido que habitualmente acompañan al torero en su cometido los hombres de plata, también llamados subalternos.

Si bien todos son toreros, incluso algunos matadores de alternativa (¡y de confirmación!), normalmente hay una distinción en sus trajes: unos son de plata (los de los subalternos) y otros son de oro (los del matador). Pero esta distinción se rompe con el picador, pues el del castoreño puede vestir de oro, según el respeto figurado (hoy en día más bien denostado por dizques aficionados que son "afliccionados").

Además, tenemos que, a más a más, la cuadrilla del albero formada por cinco subalternos (tres banderilleros y dos picadores), está la cuadrilla del callejón, formada por los hombres de traje (antiguamente con corbata, hoy sin ella), camisa desabrochada con torsos debidamente depilados, gafas de sol y pulseras varias (muy al gusto charro hispalense): mozo de espadas, ayuda, apoderado…. Con lo cual, al final, la cuadrilla es una familia extensa en la que es uno, el as de oros, el que ha de llevar el mando. No por ello, y numerosas pruebas hay de ello, implica que el matador (sea novillero o matador), sea el que más sabe (por nacencia, experiencia o temporadas acumuladas) de aquello de la lidia; pero si queremos que la cosa funcione, es éste y no otro quien debe llevar el mando en plaza, nunca mejor dicho.

Resumo las funciones de los tres toreros que participan en la lidia del morlaco: hay un primero, un segundo y un tercero. Primero y segundo alternan sus funciones en el primer y segundo toro con brega y banderillas respectivamente, mientras que el tercero ha de clavar un par de banderillas (el segundo en el orden) y apuntillar, tarea nada baladí y merecedora de todo el respeto y consideración (cuántos trofeos se han perdido por resucitar toros debidamente doblados). Si algo tienen en común todos es que arrastran al toro hacia atrás, nunca toreándolo de frente. Y cuantos menos capotazos, mejor. No hay imagen más desastrosa en la Fiesta que una mala brega y muchos capotazos. La anarquía no tiene cabida aquí (a pesar de la gran cantidad de subalternos taurómacos en nómina que la CNT tuvo en tiempos pretéritos).

Pues bien, tenemos que el término Cuadrilla puede ser invocado de diferentes formas. En mi Euskal Herria natal, se refiere a un grupo de amigos con quien compartes una segunda familia en muchas cosas. Mayoritariamente son hombres y la cocina iguala a todos. También las aficiones y aflicciones. También, desde el punto de vista geográfico, en Álava / Araba es la división tradicional, incluida la Cuadrilla de Treviño / Trebiñu del territorio histórico vasco más castellano (como los sexmeros en la Salamanca del Reino de León). En el sur esta acepción se aplicó al trabajo, de ahí que los portadores de pasos, en un origen profesionales, fueran denominados todos como cuadrilla (la terminación en "a" indica una pluralidad por el neutro plural latino). En esos y otros lugares, la acepción cuadrilla también conlleva un significado peyorativo, pues se aplica a gentes de mal vivir o en tono claramente despectivo. Famosas han sido las cuadrillas de bandoleros y malhechores de Sierra Morena.

Pues bien, hoy en día en nuestra Semana Santa son famosas las cuadrillas de hermanos de carga, costaleros, ruederos… entre ellas han logrado que las hermandades, democráticas éstas, aprueben un sinfín de estupideces, con la cosa de "hacer hermandad". Yo que fui un firme defensor de las casas de hermandad, ahora mismo las empiezo a denostar, pues han sido plazas vetadas a una gran parte de los hermanos, con el único fin de dominar una hermandad sin las juntas de gobierno (los de oro), porque los matadores de vara, estaquillador y estoque han declinado sus responsabilidades por puras conveniencias, dejándolas en manos de banderilleros y puntilleros de tres al cuarto, que cuando han podido, han jodido hermandades con encargos de pasos imposibles de asumir económicamente, de parihuelas fantasma (como el Holandés errante versión esparto, morcilla y zapatilla), han organizado paellas, guisos, calderetas y calderos con nalgadas incluidas. Y cuando las cosas se han desmandado, pues vivimos tiempos de mansos más traidores que un Judas de plástico, han realizado juicios sumarísimos (cualquier consejo de guerra parecería un mojiganga de Hello Kitty y Pocoyó) contra los pocos, escasos (como el lince, y el encaste y la bravura del toro de lidia) hermanos y toreros ya retirados, incluso contra el palco de la autoridad (sobre todo episcopal y vicarial, que saca más bufandas y sonrisas, que pañuelos), quedándose solos para reforzar onanísmicamente su buen juicio y criterio de reventar la fiesta o la Semana Santa. ¡Ojo!, que esas cuadrillas han obtenido ingentes emolumentos a puerta cerrada y sin cotizar.

Que no se pueden poner imágenes de Semana Santa de otros lugares, pero ponemos que nos hemos ido de copas por las veredas del Guadalquivir. Que el capataz, guiñapo de turno, amenaza mil quinientas veces con dimitir, pues lo dejamos para que siga el circo, que el criterio es contratar pasos de doscientos mil euros y hacemos unas huchas que no dan ni para bruñir llamadores, pues que continúe la fiesta. Que faltamos el respeto a la autoridad (el toreo y la Iglesia, siguen siendo, a Dios gracias, jerárquicas), pues allá carlistas bufandas y liberales pancartas. Que la fiesta termina en orgía rítmica de los de oro y plata compartiendo iniquidad, pues alcohol a raudales y fundamos otra hermandad. Que el costal es la única base de una penitencial, pues a dar capotazos sin sentido para distraer al público con avesales esfuerzos y jodentinas prebendas.

Hay una cosa que mucho personal desconoce. En los toreros que empiezan o que, por mor de circunstancias tienen pocas o nulas fechas, las cuadrillas se repiten (no son fijas y van al mejor postor). Y así sucede en las cofradías. En Salamanca, hay una casi desaparecida, la que vestía de perla y azabache; pero la gran pregunta es: ¿hay para dos? Pronto veremos cómo, parafraseando la Parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón, o hay cena o hay despojos; porque ambos a la vez, se me antoja difícil elección. Y sobre todo con la abundancia de tanto boato, imagen, renombre, apellidos, hierros, pelajes y cornamentas. Pues la Semana Santa (y no digamos las cuadrillas) tienen muchos doctores "Polvoris Causa" en esto último.

Feliz Semana Santa. Aunque, seamos sinceros. Hay y habrá matadores, guiñapos, incluso autoridades, que después de ver los morlacos bien armados en puntas de navajas de los corrales, deseen que el coronavirus, al igual que la lluvia antaño, haga hogaño su aparición estelar, con el fin de que no suenen clarines y timbales para no abrir la puerta de la verdad, la del esportón de chiqueros. Porque a lo mejor (y "mejor" cobra aquí todo su significado de extraordinaria y excelente nueva de inusitado alborozo) no es posible sacar la procesión a la calle. Y lo saben. Y callan (y callarán) como putas.


miércoles, 15 de marzo de 2017

Daniel Cuesta SJ

Paso de misterio de Jesús Despojado, en la procesión del Domingo de Ramos de 2016 | Fotografía: ssantasalamanca.com

15 de marzo de 2017

"Contempladlo y quedaréis radiantes", dice el salmista, y me gustaría poder aplicar sus palabras al paso de misterio de la Hermandad de Jesús Despojado, que poco a poco va tomando forma gracias a las gubias del imaginero Manuel Madroñal Isorna. Lo hago porque creo que en la Semana Santa nos falta muchas veces saber contemplar en vez de simplemente mirar. Es decir, dejar que las imágenes pasen por nuestro corazón y puedan dejar su poso en él. En lugar de simplemente mirarlas de una manera superficial y distraída que solo se fija en el movimiento, exorno, el estilo o las raíces. Por eso, en estas líneas me gustaría contemplar únicamente desde la profundidad de la fe un grupo escultórico que es fruto de nuestra época, y que por tanto puede hablarnos desde nuestros esquemas y categorías de hombres y mujeres del siglo XXI.

Isorna compone toda la escena en torno a la imagen de Jesús Despojado, titular de la hermandad. La imagen del Señor, obra de Francisco Romero Zafra, se sitúa por tanto en la parte delantera del paso, a la vista de todos, esperando el encuentro con las miradas de todos los que contemplen el transitar de la procesión. Alrededor de él, seis figuras escenifican de modo peculiar y tremendamente simbólico el pasaje del expolio, que el evangelista san Marcos nos relata así:

Por el camino encontraron a un tal Simón de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, que venía del campo, y le obligaron a llevar la cruz de Jesús. Condujeron a Jesús hasta el Gólgota, que quiere decir lugar de la Calavera. Le daban vino mezclado con mirra pero él no lo aceptó. Después lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echándolos a suertes, para ver qué se llevaba cada uno. (Marcos 15, 21-24)

Si contemplamos atentamente la escena, podemos ver cómo Isorna ha huido de las composiciones tradicionales en las que se complementaba el acto del despojo con el del sorteo de las vestiduras y el barrenado de la cruz. De hecho, creo que no me equivocaría al afirmar que lo que aquí se está representando es una teofanía, es decir, una manifestación del Hijo de Dios a los hombres, en el momento en el que su rostro y su cuerpo se encuentran desdibujados y deformados por el sufrimiento y la sangre.

Boceto del grupo escultórico de Jesús Despojado de Salamanca | Fotografía: Cedida

Cristo aparece en el centro, encarnando de alguna manera aquellas palabras que el anciano profeta Simeón dijo a la Virgen María en el día de su presentación en el templo: "Mira, éste está colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será una bandera discutida y así quedarán al descubierto las actitudes de muchos corazones" (Lucas 2, 34-35). Y es que la presencia de Jesús, entonces y ahora, sigue poniendo contra las cuerdas a los hombres, obligándoles de algún modo a optar por una actitud o por otra ante la vida.

Creo por ello que podríamos reducir este misterio a un juego de miradas que apuntan en tres direcciones. En primer lugar, la mirada de Jesús que, aunque triste y dolorida, es capaz de ver más allá incluso de la muerte. Una mirada que está inundada en una confianza ciega en un Dios padre que ama al hombre hasta el extremo, fiel a su palabra y más fuerte que la muerte.

En segundo lugar estarían las miradas de aquellos que o bien rechazan a Jesús o no son capaces de reconocerlo como Mesías Salvador. Son tres las figuras del paso que adoptan esta actitud ante el Señor. Las dos primeras lo hacen de una manera pasiva e indiferente. Me estoy refiriendo al sayón y al romano que se sitúan inmediatamente a la derecha y a la izquierda de Jesús. Ambos son hombres de su trabajo, del día a día, de la obligación. Uno de ellos le ofrece el vino mezclado con mirra en un cáliz (probablemente con una combinación de deseos de aliviarle el sufrimiento y alargar lo más posible su suplicio), mientras tira de la manga de su túnica para despojarle de ella. El otro ni siquiera mira al Señor, sino que prefiere atender a las órdenes del centurión romano que se encuentra tras de él. Por último, estaría la figura de Gestas "el Mal Ladrón", que dirige su mirada en dirección contraria a Jesús, adelantando la escena que tendrá lugar momentos después, cuando tenga que compartir su suplicio con él.

En tercer lugar estaría el grupo de personajes que no miran a Jesús, sino que lo contemplan y así son capaces de reconocerlo como el Mesías Hijo de Dios. Esta terna está formada por el centurión, Simón Cirineo y Dimas "el Buen Ladrón". El primero de ellos señala con el dedo hacia Jesús en un gesto que si bien en una primera lectura pudiera parecer el de quien manda ejecutar una orden, en realidad está apuntando hacia la confesión de fe que se arrancó se sus labios al contemplar su manera de expirar (Marcos 15, 39). El segundo de los personajes contempla absorto a Jesús mientras sostiene con sus manos la cruz en la que será elevado entre el cielo y la tierra (Juan 3, 14) pocos instantes después. Simón de Cirene, al igual que el soldado y el sayón del grupo anterior, también aceptó en principio su tarea como una obligación, pero algo cambió en su interior al ayudar al Nazareno a cargar su cruz, que le abrió los ojos para reconocerle como el Salvador del Mundo. Faltaría únicamente detenernos en la imagen de Dimas, quien después de una vida difícil y poco virtuosa, contempla fijamente a Jesús, deseando que se acuerde de él al llegar a su Reino.

Seis personas que cruzan o desvían sus miradas con el Señor, aceptándole como Mesías o rechazándole como a un fracasado. Seis miradas que representan a personajes de aquella época, pero también de la nuestra, puesto que en ellas se encuentran reflejados de alguna manera todos aquellos que ven pasar ante sus ojos la imagen de Jesús Despojado. Y por último, seis miradas que nos representan de alguna manera a nosotros mismos, cuando somos fieles al Señor y su Evangelio o cuando decidimos rechazarle, prefiriendo seguir nuestros propios intereses.


miércoles, 18 de enero de 2017

Antonio Santos

Detalle del paso de El Prendimiento, de la Hermandad del Cristo de la Agonía | Fotografía: ssantasalamanca.com

18 de enero de 2017

"El camino de lo bello o Via Pulchritudinis es la ruta más atractiva hacia Dios"
Benedicto XVI

Numerosos pensadores occidentales, clásicos, humanistas, cristianos y padres de la Iglesia han ahondado en esta vía de acercamiento a Dios que transita hacia la fe por los paisajes de las artes, ya sean estas plásticas o intelectuales. Es un camino esencial en la historia del humanismo cristiano, pero también una vertiente filosófica que ha provocado no pocas controversias. Determinar qué es lo bello es tan discutible como establecer qué es lo natural. La historia del pensamiento y las mentalidades así lo demuestran. Los padres de la Contrarreforma trentina lo tuvieron claro e impulsaron un movimiento artístico universal y duradero, el barroco, que tuvo tanta importancia en Salamanca que incluso nuestra ciudad generó un estilo dentro del mismo: el churrigueresco.

Prácticamente sin saberlo y sin figurar explícitamente en sus reglas, las cofradías y los cofrades han sido depositarios y guardianes de esta via pulchritudinis gracias a su predisposición instintiva a mantener lo tradicional. Las raíces barrocas de las procesiones de semana santa llaman a "mover los afectos" de aquellos que las contemplan. Conmoviendo los corazones de los fieles es posible alcanzar los espacios más recónditos de la conciencia y llegar a Dios. Ese sustrato barroco y barroquizante, eterno y mudable de las procesiones y de la devoción popular, que no en pocas ocasiones ha rozado la heterodoxia eclesiástica y otras tantas la conveniencia del poder civil, ha sido capaz de mantener o de recuperar aspectos litúrgicos y paralitúrgicos centenarios que prácticamente habían sido desterradas de las iglesias, permitiéndonos contemplar esta paraliturgia en su forma mas pulchra.

Pero este camino también tiene sus cunetas. Lamentablemente, podemos observar en nuestros pasos detalles y costumbres de anteayer que si bien nacen del corazón de algunos cofrades, rayan el absurdo y confunden al espectador, cada vez más ajeno a la interpretación simbólica de las imágenes católicas. Me estoy refiriendo a cierta proliferación extravagante de imágenes cristíferas con rosarios en las manos, dolorosas y ángeles pasionistas que sostienen rosas o claveles entre sus manos, imágenes de Cristo que reciben petaladas de confeti o el frecuente y a veces innecesario trajín de cambios de ropa de algunas imágenes que contradicen abiertamente la iconografía y significado de la advocación que defiende la cofradía. Hay otros muchos ejemplos que van desde adaptaciones de música a marcha procesional totalmente desacertadas a cambios de configuración de un paso cambiando cómo fue concebido por el autor, alterando y desvirtuando la obra.

Permitamos que nuestras imágenes cumplan con su función de culto y procesión tan bien como lo han hecho durante generaciones. Esa razón y no otra es la que ha permitido que las recibamos en el siglo XXI tras siglos de veneración. Realmente no necesitamos esos extravagantes aderezos que más que mejorar nuestra pasión, vienen a subrayar el ansia de visibilidad de algunos, que ante la crítica solo saben responder "a mí me gusta" o "fíjate como aplaude el público". Seamos cuidadosos y actuemos con lógica. En ocasiones no es fácil lograr el equilibrio entre el fervor espontáneo y la belleza de las obras, pero no cejemos en el empeño. Seamos conscientes de este legado y de que recorremos, a veces casi a ciegas, la Via Pulchritudinis.


miércoles, 5 de octubre de 2016

José Fernando Santos Barrueco

Un jefe de paso de dispone a dar indicaciones a los cargadores | Foto: ssantasalamanca.com

05 de octubre de 2016

En mi último escrito en este medio, publicado el pasado de 4 de julio y titulado "De opiniones, sentimientos y devociones", escribía que "cuando las opiniones se vierten sobre aspectos que afectan a sentimientos es muy fácil herir susceptibilidades". No quisiera ahora entrar en ningún tipo de polémica, ni mucho menos herir las sensibilidades de la fe, ilusión o empuje, de quienes plantean de una manera determinada distintos aspectos relativos a las procesiones, sean de la Semana Santa o no. Me referiré a los ensayos de los portadores de determinadas carrozas, que recientemente se han visto por las calles más céntricas de Salamanca en horas en las que aquellas se ven muy concurridas de público.

Me vienen a la memoria recuerdos de mi infancia, cuando se escuchaba desde el barrio de Salas Pombo los sones de la banda de la Cruz Roja, que ensayaba en los días previos a la Semana Santa junto a las tapias del antiguo campo de El Calvario, de la Unión Deportiva Salamanca. Ya sé que la comparación puede resultar ridícula. A una banda de música no se le ocurriría ensayar (si es que pudiera) en una concurrida vía pública, pero pienso que la mayoría de los ensayos de lo que más tarde puede convertirse en una manifestación pública, sea del tipo que sea, suelen hacerse en ámbitos cerrados y, cuando no es posible, en lugares apartados o sin público, donde puedan realizarse las pruebas y efectuar las oportunas correcciones con absoluta discreción y sin molestar a nadie.

Hablamos de ensayos para poner en la calle una procesión, que más tarde transcurrirá de manera reglada y autorizada, por un itinerario previamente anunciado. Para algunos, especialmente "los de dentro", una manifestación pública de su fe entroncada en las más profundas raíces de la religiosidad popular; para otros, básicamente "los de fuera", un espectáculo que se verá con distintas sensibilidades y que inspirará mayor o menor devoción, pero que, en cualquier caso, será seguido en función de la voluntad de cada uno.

Por ello, realizar ensayos con una carroza de considerables dimensiones por calles céntricas, a horas en que se encuentran llenas de terrazas y con bastante afluencia de público, me parece simplemente fuera de lugar y una desconsideración hacia toda aquélla gente. Ya sé que cada uno pasea como quiere, que no se hace daño a nadie y que no se interrumpe el tráfico. Parece que mientras uno no se meta con nadie, "todo vale".

Nos movemos entre la "discreción" y hacer las cosas "a discreción". Con respecto al primer término, el Diccionario de la lengua española lo asimila a sensatez, oportunidad, reserva y prudencia. En el caso del segundo, aparecen dos acepciones, en la segunda de las cuales se dice "al antojo o voluntad de alguien, sin tasa ni limitación".

Si además hablamos de cofradías que pueden disponer en su sede o en torno a ella de espacios suficientes para hacer los necesarios ensayos con "discreción", habría que pensar que llevar estos a las calles concurridas busca, más que el ensayo, dar el espectáculo, guste o no a quien lo contempla. Este aspecto puede verse apoyado en la actitud de determinados costaleros, y que conste que el objeto de este escrito son los ensayos y no esta modalidad de carga de los pasos, contra la que no tengo nada. Algunos con los ojos completamente tapados por el costal y otros casi (lo que dicho sea de paso, no sé si es necesario), que les obliga a levantar bastante la cabeza para atisbar lo que tienen delante. No se sabe si van a cargar, están guardando el anonimato o participan en algún juego infantil (perdón por la ironía). Por sus modos y posturas parece que estén "fardando", con lo que verdaderamente estaríamos hablando de dar el espectáculo, de hacer los ensayos "a discreción".

Nunca he estado debajo de un paso y desconozco la necesidad y profundidad de los ensayos que deben realizarse. Sea como fuere, sigo pensando que hacer las cosas con oportunidad, prudencia y sensatez son valores muy a considerar cuando se trata de asuntos de fe. Si la razón de los ensayos por esas calles fuese valorar los movimientos que, ante las dimensiones de la carroza, sea preciso realizar en determinadas curvas o estrecheces de aquellas por las que después transcurrirá la procesión, y se considerase imprescindible realizar pruebas reales en determinados puntos del itinerario, yo valoraría el hacerlas a primera hora de la mañana. En mi opinión, aquellos valores deben primar ante la más que aparente sensación de dar un espectáculo callejero. No sé si en otros lugares donde la Semana Santa "pese sobre la ciudad" será normal hacer las cosas de ese modo, pero aquí resulta chocante. Claro, que a base de martillo pilón...

"Discreción", más que "a discreción".


jueves, 5 de mayo de 2016

Pedro Martín

El Descendimiento, tallado por Luis Marco Pérez en 1945 | Foto: eldescendimientocuenca.blogspot.com.es

05 de mayo de 2016

En un reciente viaje a Cuenca, descubrí que su imaginería era en su práctica totalidad posterior a nuestra Guerra Civil. Y la mayor parte, de un interesantísimo escultor llamado Luis Marco Pérez, que recibe el encargo del Ayuntamiento y de la Junta de Cofradías de realizar tallas y grupos escultóricos que vengan a sustituir a las destruidas al comienzo de la contienda. En pocos años realizó hasta un total de 19 obras, completándose la Semana Santa conquense con otras de diferentes autores.

El último día de la visita, ahondando en la historia de la ciudad y visitando un refugio de los años treinta, nos cuentan que nunca hubo luchas en las calles de la capital y que ésta siempre permaneció en el bando republicano hasta el final de la guerra. No alcanzaba a comprender entonces el porqué de aquella barbarie destructiva de obras de arte por el mero hecho de ser religiosas, pues entiendo que ni todos los republicanos serían ateos ni todos los católicos del llamado bando nacional. A qué oscuras intenciones respondían estas injustificadas hazañas. Quizá nunca lo sabremos. Lo triste es que no fue un hecho aislado solo en el entorno conquense pues, como bien sabemos, estos hechos ocurrieron  en otras ciudades y pueblos de nuestro país con mayor o menor grado, pero el caso de Cuenca no sé si será  único, puesto que no queda más que un pequeño Cristo de marfil.

Viendo aquello, pensaba en lo afortunados que fuimos en este aspecto en Salamanca. Al fin y al cabo la historia se escribe con pequeños detalles y el hecho de estar en un bando y no en otro probablemente permitió que no se cometiesen aquellas tropelías contra las imágenes sagradas. Pensaba en cualquiera de nuestras imágenes anteriores a la barbarie y en qué habría ocurrido de haberse producido hechos semejantes con nuestras magníficas esculturas procesionales, la mayoría sin duda irreemplazables. Como bien sabemos, durante mucho tiempo, por diferentes motivos, principalmente económicos, no estuvieron en su mejor estado de conservación y poco a poco, con el esfuerzo de todos, tenemos nuestro patrimonio procesional completamente restaurado y diría que, en la inmensa mayoría, también en un muy buen estado de conservación. En esto hemos dado un paso de gigante y podemos estar orgullosos del cuidado que damos a nuestras tallas, que no tiene nada que ver con el trato dado, quizá por desconocimiento, años atrás.

Además, desde entonces hemos ido incorporando nuevas imágenes, sin duda unas con más valor artístico que otras, pero que en conjunto forman una Semana Santa más que notable desde el punto de vista artístico, con obras relevantes desde el siglo XVI hasta la actualidad.


jueves, 14 de abril de 2016

J. M. Ferreira Cunquero

Un cofrade de la Hermandad Universitaria, durante su procesión del Martes Santo | Foto: JMFC

14 de abril de 2016

Algún amigote no entiende cómo puedo rechazar un balcón en plena carrera oficial de la Semana Santa de Sevilla. Menos aún comprende que no acceda a recorrer, sintiendo lo que allí se vive, de la mano de uno de los capillitas más prestigiosos y más entendidos en todo lo que tiene que ver con el mundo semanasantero de la ciudad hispalense. Sin embargo, parece ser que sí he de asimilar que los de allí no tengan interés en presenciar lo que hacemos por estas ciudades y pueblos castellanos y leoneses, bien porque el ambiente perfumado con el azahar ata con firmeza al Guadalquivir, o porque la imagen de turno obliga a permanecer gozando del terruño sevillano.

Pues con el mismo derecho y parecida explicación, este pobre y humilde poeta no puede alejarse de la ciudad que bendice con sus aguas el Tormes, porque en sentimientos, apegos y raíces no conozco lugar ni hogar que pueda sustituir lo que aquí con tanta suficiencia suele complacerme.

Como mucho suelo darme el capricho de moverme unos kilómetros, para satisfacer en Zamora o Valladolid mis colosales hambres semanasanteras. Eso sí, con el pertinente regreso que hace compaginar horarios para no perderme, bajo ninguna causa, al Señor de los Arrabales cuando baja por la Ribera del Puente, donde dicen las malas lenguas que Lázaro de Tormes aún husmea ensayando ingeniosas  y sorprendentes picardías.

Por supuesto que me parece genial que la gente encuentre en Sevilla lo que en esta tierra es imposible que nazca, porque entre otras cosas, los filones de la mina charra solo pueden producir el carácter y el entronque cultural que marca a fuego las diferencias que, por razones obvias, han de darse para bien de todos, entre lugares y gentes distintas. Otra cosa es cuando nos traemos en el zurrón de las preferencias todo tipo de influjos y copiajes con la intención de calzarlos aquí, para hacer realidad fantasías y complacencias personales.

Y es que, un año más, la sensación agridulce que provoca esta Semana Santa, procesional y nuestra, es desalentadora. Más aún cuando lo tenemos absolutamente todo para realizar una puesta en escena señorial, envidiable y única. Algo falla cuando tienes la sensación de que la ciudad y sus calles están muy por encima de algunas actuaciones propias de un sainete o vodevil de poca monta.

Las filas de penitentes, que van alumbrando o con la cruz al hombro de forma digna y ejemplarizante, me han dejado la mejor de las impresiones. Este aspecto tan relevante se puede apreciar en casi todos los desfiles procesionales, y por ello debe ser destacado con orgullo.

El problema, el gran problema de esta Semana Santa, surge cuando algunos mandas o jefes de paso van por la calle como si estuviesen inmersos en una ensoñación que, por ridícula, menosprecia ese sentido penitencial que los cofrades (como decía anteriormente) guardan tan sigilosamente en las filas con el velón en sus manos.

Pero la apoteosis del patetismo más grotesco eleva al grado sumo la chorrada cuando surge el tonillo gangoso, cual grito de vocero vende cuerdas, para que el personal pueda enterarse de que la jerga sevillana trata de suplir, aquí, en la Salamanca de Nebrija, Francisco de Vitoria, Espronceda o Fray Luis, el acento castellano.

Lo peor ha sido cuando unos malagueños (esto es de nota) me decían, atónitos de espanto, que no podían comprender lo que estaban presenciando en esta Salamanca tan enaltecida por su cultura, cuando en Málaga se defiende con sobrada energía la idiosincrasia de su Semana Santa, frente a cualquier intento o influencia que pueda llegar de Sevilla.

Solo pude responder torciendo el gesto, haciéndome el tonto, cuando un responsable de paso, delante de nosotros y alzando la voz decía a los hermanos de carga que debía ausentarse para darle al fumeque. Los malagueños con un ataque de risa imparable no daban crédito a lo que estaban presenciando. El susodicho tomó las de baltasar de las bellotas para darle al humo, mientras el paso delante de nosotros quedaba en pausa.

En fin, que la cosa es tan clara y el despropósito tan ancho que solo nos queda esperar que alguien con los chiviruelos bien colocados de un golpe sobre la mesa de estos despropósitos para poner las cosas en su sitio, porque estas licencias sin sentido, como un tumor, deterioran el gran y memorable trabajo que realizan la práctica totalidad de hermanos mayores, juntas y cofrades.

Feliz Pascua para todos.


jueves, 7 de abril de 2016

Pedro Martín

El Prendimiento, a su paso por el Corrillo en la tarde del pasado Jueves Santo | Fotografía: ssantasalamanca.com

07 de abril de 2016

Pensé por un momento que estaba en la calle Pureza, pues aquello parecía realmente el caballo de Triana, sobre los pies, sobre los pies, de costero a costero incluso y arrancada con el izquierdo por delante. Pero no, estaba en Salamanca. Y yo que pensaba que aquí el único paso que se cargaba a costal era el de Jesús Despojado… pero resulta que debe de haber más y no me he enterado.

Lo curioso es que este último, aun yendo a costal, que puede gustar o no, no engaña a nadie y anda como tiene que andar un paso que se carga de dicha forma, con momentos más reposados sobre los pies y algún cambio con las marchas, no demasiados, el resto del tiempo, andando de frente.

En el lado opuesto tenemos un buen número de pasos que andan "como toda la vida", es decir, caminando con el compás de la pisada más o menos abierto y más o menos fuerte, según la tradición o costumbre de cada uno, y manteniendo el estilo de los pasos que se llevan a hombros en nuestra ciudad,

Y por último está el grupo de esta especie de quiero y no puedo que se inició ya hace unos años y que parece que va a más, pues la excepción ya no es tal. Son los pasos cargados a hombros que poco a poco han ido cambiando su forma de caminar e "intentan andar" como si fueran cargados a costal. Cada año hay un nuevo paso infectado por este virus, que parece contagioso y que no sé si podremos parar.

¿Es este el estilo que queremos para nuestra Semana Santa y para el andar de nuestros pasos? ¿Esta es nuestra nueva identidad? No entiendo nada. No sé de donde viene esta moda, quién la inició y con qué objetivo; tampoco quién la auspicia, la fomenta, la permite o la sufre en cada uno de los pasos, pero no le veo la lógica.

Ahí lo dejo para la reflexión. Creo que nos estamos engañando a nosotros mismos., ¿Veremos una trasformación masiva de los pasos que ahora van a hombros a costal en los próximos años? Con todos los respetos, creo que algunas hermandades perderían su esencia por completo y van camino de ello. ¿Recuperaremos nuestra forma característica de andar y dejaremos de hacer experimentos con estas cosas? De ello saldrá la Semana Santa que heredarán nuestros hijos, pues indudablemente la nuestra está en transformación y las malas copias, sean de donde sean, nunca son recomendables. Siempre gusta más lo original.


jueves, 28 de enero de 2016

Fructuoso Mangas

Varios cofrades acompañan a la imagen del Cristo del Amor y de la Paz el Jueves Santo | Foto: Alfonso Barco

28 de enero de 2016

Cada cofrade acompaña a un paso; puede hacerlo en diversos modos y cargos, pero lo fundamental de un hermano de una cofradía de Semana Santa es acompañar a su paso. Es un gesto cargado de nobleza y de dignidad, pero encierra también riesgos y tentaciones. Por eso, como pequeño servicio fraternal, me permito esta lista de circunstancias; son posiciones ("pre-posiciones") diversas con las que cada cofrade puede ponerse ("pre-ponerse") junto a su paso.

Paso a: junto a cada paso y en cada paso del cofrade hay que dejarle paso a Dios. Sin Él no hay nada ni procesión ni paso ni cofradía. El residuo que quedara sería de ínfimo valor. Dios está ahí y pasa para ser encontrado y reconocido. En esta aventura de encuentro el momento del paso que pasa está lleno de oportunidades profundas y reales. Lo que no sé es si las aprovechamos bien.

Paso ante: la presencia del cofrade es, casi ostentosamente, un paso ante los demás, público, a la vista; no se explica hoy el hecho de que haya cofradías que pasan con el rostro cubierto. No veo justificación alguna. Con la cara descubierta el paso del cofrade se hace testimonio y fidelidad a la vista. Hermoso y cristiano perfil.

Paso con: lo dice la palabra co-frade, con esa feliz mezcla de con y de hermano (cum-fratre, co-frade). Y efectivamente, al menos a nivel de estatutos y de teoría cofrade, cada uno va al paso con los demás, en hermandad y en comunión. Que Dios y cada cofrade quieran que eso se dé también en la cofradía y en la vida.

Paso contra: no es el desfile del paso algo inofensivo y sin ángulos ni perfiles. Porque también, además de otras cosas, es un signo público, es un paso contra todo lo que opone a lo que la imagen significa y propone: el mal y la mentira, la indiferencia y el olvido, el egoísmo y cualquier violencia, la impiedad y la vida sin Dios, etc. Muchas cosas y muy graves las que entran en el juego del paso en esta preposición.

Paso de y desde: no es de nadie la cofradía ni el paso ni los demás elementos, todo nos viene dado como un paso de y desde los que nos han precedido y esa herencia mantenida y mejorada tenemos que entregarla a la gente joven que está llegando. Ellos son el futuro, pero siempre de y desde lo que la tradición trae y exige.

Paso en y entre: es importante este más que matiz de la experiencia en una procesión; el cofrade lleva su paso en y entre las cosas de su vida y en su mismo corazón. Es esencial esa presencia viva y sentida del paso-imagen y del paso-acompañamiento en los demás pasos y caminos de la vida de cada cofrade.

Paso hacia, hasta, para, por, según, sobre y tras: es una lista de matices cercanos y complementarios que señalan esa proyección hacia fuera y hasta los rincones de la existencia y para la sociedad y por una sociedad mejor y una Iglesia más fiel y según las exigencias que a cada cofrade le parezcan necesarias sobre cualquier paso de su vida y siempre tras una fidelidad siempre mayor. Amén.


lunes, 7 de diciembre de 2015

Tomás González Blázquez

Nuestra Señora del Silencio, a su paso por la Plaza Mayor el Sábado Santo | Fotografía: Alfonso Barco

07 de diciembre de 2015

En total son quince en la Semana Santa salmantina y dos esperan su momento. Once son protagonistas de un paso, incluso una repite y sale dos veces. Dos de ellas dan nombre y sentido a una procesión. Otra comparte titularidad de paso y cofradía. Tenemos una que es principal un día y secundaria otro, y que además venía formando parte de un señero acto. Y, por fin, tres son personaje secundario de grupo escultórico. En la historia no faltan las que fueron sustituidas, o dejaron de salir al desaparecer su hermandad, o por dejar de cederlas su propietario. En hornacinas y retablos reposan algunas que alguien soñaría, sueña o soñará en la calle. Y en el recuerdo, las hemerotecas y las tertulias, sobreviven las que se idearon, incluso se abocetaron, pero nunca llegaron a ser talladas y bendecidas.

María es muy importante en nuestras hermandades y en la Semana Santa. Incluso la cofradía decana, siendo de la Vera Cruz, lo es también de la Purísima, y sus hermanos no podemos decirnos "azules" simplemente por el color de nuestros capuchones y de la cinta de la medalla. Las quince imágenes de la Santísima Virgen que nos muestran las cofradías en la Semana Santa de Salamanca complementan y acompañan a las veintinueve de Cristo. María y Jesús, Madre e Hijo por antonomasia. Hubo un tiempo no tan lejano, que incluso conocimos los que no hace mucho dejamos de ser jóvenes, en que nuestras procesiones eran "de Cristos". En pocos años, a caballo entre las décadas de los ochenta y los noventa, se recuperaron pasos, se pusieron en hombros, se encargaron un par de yacentes aunque ya teníamos uno, pero, sobre todo, se incorporaron vírgenes a las procesiones de Cristos. Pasamos de un paso a dos, de una banda (o dos si llevaba abriendo) a dos (o tres). Sin ignorar el sentido que tiene que la imagen de la Virgen siga a la de Cristo, para reflejar que la primera y más perfecta seguidora del Hijo es su Madre, se respondía con esta novedad no tanto a una necesidad clara de la procesión, sino a una demanda surgida en la cofradía: mujeres que se habían sumado en gran número a las hermandades y deseaban participar como hermanas de paso ("costaleras", ¡tantas veces lo hemos leído o escuchado!). Desde entonces, María sigue a Jesús, aunque no faltó en los inicios el orden inverso, precediendo el paso de la Virgen al de Cristo (como ocurre, por otras circunstancias en el Santo Entierro y la Resurrección).

De esta manera, la Virgen de la Amargura, secundaria del grupo del Calvario y del acto del Descendimiento, antigua Soledad relegada por la Dolorosa de la Vera Cruz, fue renombrada y comenzó a salir el Lunes Santo junto al Cristo de los Doctrinos. Desde Andalucía llegó otra talla mariana, denominada en Salamanca con la advocación de las Lágrimas, para compartir desfile con Jesús Flagelado. Dos jóvenes hermandades, Amor y Paz y Silencio, encargaron sus vírgenes a Hipólito Pérez Clavo y Enrique Orejudo, respectivamente. Venimos celebrando, con desiguales cómputos, las bodas de plata de estos estrenos. ¿Han encajado la Amargura, las Lágrimas, María Nuestra Madre y el Silencio en sus procesiones? ¿Se ha acertado con sus andas, vestimentas, exornos florales o acompañamientos musicales? ¿Han cuajado los cultos celebrados en su honor y gozan de la devoción popular? No me atrevo con respuestas, que reservo al valiente lector, pero sí me animo a sugerir, pensando no solo en ellas sino en todas las demás, un rastreo de las huellas de María en la Palabra de Dios, pocas apariciones pero esclarecedoras: ¿las conocemos?, ¿no invitarían a un primer intento para una formación bíblica de los cofrades? También un buceo en la liturgia: ¿por qué no se acude a las fiestas y memorias de María, sin ir más lejos cada sábado, en nuestros calendarios cofrades, en lugar de ocupar para todo el domingo? Y, por supuesto, un paseo por la piedad popular, que no solo vive de besamanos y coronaciones, aunque en Salamanca chirría con estruendo el olvido de la patrona, Santa María de la Vega. A la vuelta de la esquina, 2018, cuarto centenario de los votos inmaculistas del Concejo y la Universidad. No debiéramos, como Diócesis, pasar de largo ni de puntillas por un año en el que honrar a María de la mejor manera: dejando que Ella misma nos muestre a su Hijo Jesucristo.


lunes, 12 de octubre de 2015

F. Javier Blázquez

Jesús, Luz y Vida, obra del escultor zamorano Hipólito Pérez Calvo | Fotografía: Alberto García Soto

12 de octubre de 2015

Muchas cosas deben estar fallando en las cofradías para que las discrepancias terminen solventándose en los tribunales. La última nos llega de al lado, en la vecina Zamora. Allí, nuestros hermanos de Luz y Vida, que llevan un tiempo a farolazos, han sido incapaces de coincidir en una cuestión menor, como la de colocar la imagen sobre unas andas u otras, y han dirimido sus diferencias en la Audiencia Provincial. Y cuando uno se mete en pleitos, pues ya sabe, cualquier cosa puede suceder.

Uno, desde la distancia, lee la noticia y la cara se le queda a cuadros. Porque, vamos, que sea un juez quien decida sobre qué andas debe salir la imagen de nuestro querido y recordado Hipólito Pérez Calvo, de verdad, y con todo el respeto, suena a chiste. Está claro que esto es solo la punta del iceberg y el problema es mucho más profundo. Y como el tema lleva coleando ya su tiempo, lo primero que pensamos es si los zamoranos tienen obispo. La analogía resulta inevitable, pero hoy miramos hacia el Duero. La Iglesia es jerárquica y los obispos disponen de medios suficientes para atajar a tiempo los conflictos que surjan en las instituciones diocesanas. Una intervención temprana casi siempre evita el enquistamiento y descontrol de las disputas, pero por pusilanimidad o apatía, en cuestión de cofradías, un sector significativo del episcopado hispano suele mirar hacia Ronda cuando los diocesanos discrepan. Y luego pasa lo que pasa, lo de Luz y Vida, imponiendo la gestora cuando ya está todo dislocado, o lo del Cristo de los Milagros en Salamanca, que ni se sabe cómo ha terminado el asunto. Pero siempre, con estas cosas, la Iglesia queda puesta en solfa al predicar la caridad y dar tan poco ejemplo.

Pero al margen de la cuestión fundamental, que son los problemas no solucionados a tiempo por el prelado y sus delegados, lo que está claro es que la decisión de colocar la imagen sobre unas andas grandes o pequeñas, al estilo de las mesas zamoranas o en la línea de Amor y Paz que inspiró al escultor cuando las hizo, lo cierto es que esa decisión corresponde única y exclusivamente a la asamblea de hermanos, que en fraternidad y con el asesoramiento debido es quien tiene potestad para resolver. Al juez le compete determinar, llegado el caso, si la decisión tomada, cualquiera que fuese, se llevó a cabo de acuerdo con los procedimientos legalmente establecidos para ello. A fin de cuentas, ¿qué sabe de arte un juez? ¿Quién es un magistrado para interpretar si una imagen que no está protegida forma unidad artística con unas andas que no pasan de ser una obra de artesanía? En todo caso, de ser así, la imagen debería estar expuesta al culto con sus andas en la catedral. ¿O no? Habría que salvaguardar la coherencia de la unidad artística prescrita y así cumplir con la letra y el espíritu de una sentencia judicial que, pese a competir con la de minifalda, no queda más remedio que acatar.

Para concluir. Posiblemente, y volvemos a tocar una cuestión vital, la Semana Santa de Zamora corre el riesgo de iniciar un proceso de fosilización. En Luz y Vida se ha impedido un cambio natural en la trayectoria de cualquier hermandad, la renovación de unas andas, aludiendo a unos criterios interpretativos que ningún versado en arte, distanciado del asunto, puede ser capaz de sostener. Ante esta tesitura, y dado que el autor de unas andas o mesa, quien quiera que sea, realizará la obra buscando la armonía, integración y sentido de unidad con las tallas (¡quién va a hacer lo contrario…!), a las cofradías no les quedará más remedio, cuando quieran proceder al cambio, que retirar el paquete íntegro. Pero la cuestión es otra, y no va ya por estas sentencias tan peculiares. La Semana Santa de Zamora se puede fosilizar por su declaración como BIC. A partir de ahora, ante la mínima propuesta innovadora, se puede alegar que en la protección de una Semana Santa tan perfecta en su conjunto, el cambio de la parte afecta a la totalidad y, consecuentemente, perjudicaría a algo que todos estamos obligados a conservar. Y a partir de ahí los pleitos pueden sucederse ad infinitum. Y ya sabe cómo piensan los gitanos al respecto.


jueves, 8 de octubre de 2015

Pedro Martín


08 de octubre de 2015

Esta expresión proveniente del sur de España refleja una situación que se da cada vez con mayor frecuencia por aquellas tierras a decir de los lugareños y también de algunos forasteros entre los que me incluyo. Es la costumbre de sacar las imágenes de los templos con cualquier  pretexto, el que sea, pero no con una razón debidamente pensada para alcanzar un objetivo pastoral o de culto, y que sea proporcionado al acto en sí.

Este pequeño preámbulo viene a cuento por la facilidad que tenemos en nuestra Semana Santa para hacer nuestras costumbres que nunca lo fueron. Y está bien (qué digo bien, muy bien) fijarnos en las cosas buenas de otros lugares, pero debemos evitar los fallos, que sin duda los hay, y aprender de ellos para hacer nuestro propio camino.

Terminamos el curso pasado, en el que hubo una procesión extraordinaria del Yacente por su 25 aniversario, con otra por el mismo motivo de Nuestra Señora del Silencio, y hemos comenzado este con otra imagen mariana en procesión extraordinaria. En este caso le triplica la edad, pero los 75 años de la Dolorosa de la Seráfica no merecían menos reconocimiento. Además coincidiendo casi en el tiempo hemos celebrado el quinto centenario de nuestra Santa más universal, Teresa de Ávila, recordándola con una procesión diocesana de indudable valor.

El año que viene tendremos más procesiones extraordinarias, unas ya anunciadas como la del Nazareno de San Julián y otras por anunciar, pero que sin duda se celebrarán. Y no pongo en duda la pertinencia de las mismas, pero la coincidencia de tantas en tan poco tiempo me hace reflexionar sobre la forma en la cual se deberían regular, para que no nos pasemos de la raya y acabemos con prohibiciones por parte de la autoridad eclesiástica como ya ha ocurrido en otros lugares por jugar demasiado a los pasitos.

La mejor manera de regular este tipo de cultos o salidas extraordinarias es el sentido común, es decir, la autorregulación por parte de las propias cofradías: evitar dejarse llevar por el acaloramiento de una reunión de junta directiva o cabildo ante propuestas de este tipo y madurar la conveniencia del tipo de culto o salida, los objetivos pastorales a alcanzar con los mismos, así como el día y recorridos más convenientes. En no pocas ocasiones cualquiera de estos aspectos pueden dar al traste con las expectativas de la hermandad, llegando a ser hasta contraproducente. Todo en su justa medida, de nuevo el sentido común.

Y para ello, no me parece descabellado que se regule en la propia Junta de Cofradías, donde están todas representadas y así en los nuevos estatutos, cuando estos vean la luz, se reflejará la forma en que esto se ha de hacer.

En mi opinión, se debe presentar con tiempo suficiente una propuesta para que sean conocidos los aspectos anteriormente citados, incluidos los puramente organizativos, de manera que la Junta pueda consultar a todos los implicados para llevar una propuesta adecuada a su pleno donde se sometería a la aprobación del resto de cofradías. Nosotros mismos nos autorregularíamos, de manera que cualquier exceso se pueda reposar y replantear. Si lo dejamos abierto al arbitrio de cada uno, pronto, muy pronto estaremos jugando a los pasitos y entonces nos llevaremos las manos a la cabeza cuando no se autoricen algunos cultos externos o salidas extraordinarias.


lunes, 22 de junio de 2015

Antonio Santos

Rostro del Cristo del Amparo que se venera en la iglesia del Carmen de Arriba | Fotografía: Pablo de la Peña

22 de junio de 2015

Siempre han despertado el interés y la imaginación de bastantes cofrades salmantinos de mi generación las denominadas hermandades desaparecidas. Recuerdo con nitidez los reposteros que, rodeados de bombillas, jalonaban la plaza mayor hace varias décadas durante la semana santa. Escudos y emblemas ayudaban a relacionar cofradías y procesiones y día de salida. Tres de aquellos reposteros colgaban enfrente del Ayuntamiento y parecían ajenos a los demás, pues nunca habíamos visto aquellos desfiles ni las imágenes que les daban nombre. Además formaban parte del collage que representaba a la Junta Permanente de Semana Santa. Los mayores nos explicaban que eran cofradías que habían dejado de salir por falta de cofrades y la acción o inacción de algún cura moderno que no veía con buenos ojos las procesiones. La explicación, sintética, era convincente solo a medias y aun hoy seguimos con la sensación de puerta entornada y no cerrada para aquellos desfiles e imágenes. 

Ya en la edad de estudiar y aprender todo lo que tuviera que ver con nuestra pasión, supimos que todas ellas compartieron un nacimiento pujante y tan ilusionado como precipitado, nunca fueron muy numerosas, tuvieron un recorrido histórico breve y un triste y silencioso final a los últimos compases del franquismo. 

La lista de pasos perdidos en Salamanca en el siglo XX es demasiado extensa, fruto de las buenas intenciones, la falta de perseverancia y el poco arrimar el hombro que caracterizan a nuestra Semana Santa. No solo el Cristo de las Batallas, Cristos del Consuelo, Amparo y Promesa, y la Virgen del Gran Dolor han dejado de salir; también los dos pasos de la Coronación de Espinas y Las Tres Marías. Nada menos que ocho pasos. No todos tienen un gran valor artístico, pero en su mayoría sí tienen una gran calidad expresiva, originalidad, y superan con creces a las últimas incorporaciones que hemos introducido. Si queremos ahondar en pérdidas patrimoniales de magnitud, cabe añadirse el antiguo Prendimiento, de cuyas imágenes desconocemos el paradero, y las andas talladas en madera en la más genuina tradición plateresca charra del Santo Entierro, la Piedad, el Prendimiento y Jesús de la Pasión, perdidas seguramente para siempre. 

La Semana Santa vive un momento incierto. Para unos, más pesimistas, estamos ante el inicio de una crisis y fin de ciclo, y para otros, más optimistas y entre los que me gusta contarme, ante un cambio de ciclo y renovación. Esta renovación está cuestionando algunos pasos y hermandades, pero a cambio está trayendo cambios que nos señalan el camino a seguir.

Para encontrar el camino hay que haber dado muchos pasos perdidos, y me pregunto si las tentativas de recuperación de algunas de esas imágenes para nuestra Semana Santa podrán cristalizar. Al persistente rumor de mentidero, más o menos confirmado, de reactivar tal o cual hermandad, devolver tal o cual paso a aquella procesión, que serían un logro digno de aplauso, sobrevino la presencia del Cristo de la Paz en el vía crucis de la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños. También pudimos contemplar de nuevo La Coronación de Espinas que procesionó Amor y Paz en una exposición. Además, a todo ello se sumó públicamente el deseo de la Vera Cruz de recuperar el paso de las Tres Marías durante la celebración del 400 Aniversario de la Procesión del Encuentro. Las dificultades son muchas, pero no es un imposible, y se devolvería a las calles el grupo escultórico más antiguo de la ciudad, que cuenta con una originalidad iconográfica ausente en otras localidades.

Estas reincorporaciones, de lograrse y ser una realidad, podrían contribuir, lejos de un revival vintage, a la tan necesaria renovación de nuestra Semana Santa, buscando en las raíces e historia propias, elementos que armonicen mejor que nunca pasado, presente, patrimonio, fe y tradición.


lunes, 1 de junio de 2015

Pedro Martín

Hermanos de carga de Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis | Fotografía: P. de la Peña

01 de junio de 2015

El esfuerzo que supone cargar un paso no es baladí y, aunque es algo eventual, pues sucede una vez al año por norma general, la mayoría de quienes lo hacen no llevan a cabo una preparación física adecuada más allá de los ensayos y, además, por nuestra vida cada vez más sedentaria, no realizamos una actividad deportiva regular que nos permita mantener una adecuada forma física. A esto tenemos que sumar los condicionantes personales de cada uno, las limitaciones propias de la edad y las posibles lesiones preexistentes, conocidas o no. Está, igualmente, la forma de cargar, que en nuestra ciudad son tres: a un hombro, a dos y a costal. Como todo, tienen detractores y defensores, pero desde el punto de vista fisiopatológico, que es el que nos ocupa, todos tienen ventajas e inconvenientes.

Vayamos por partes y respondamos una serie de preguntas sencillas. ¿Quién puede y debe cargar un paso? Dando por sentado que aquel que va debajo de un paso lo hace por fe y por devoción a una imagen, deberían evitarlo aquellos que tengan algún tipo de lesión que afecte a la columna vertebral o a las extremidades inferiores y, por supuesto, cualquier enfermedad cardiovascular importante. No debemos olvidar, dado el alto número de mujeres que cargan, que aunque el embarazo no es una contraindicación para realizar esfuerzos, si son importantes, deben evitarse.

Hay otros dos colectivos que, desde el punto de vista médico, me preocupan más si cabe y no deberían someterse a estos esfuerzos: por un lado, los más jóvenes, que están en fase de crecimiento y no tienen configurada su estructura ósea y muscular de forma adecuada. Y no delimito una edad concreta, pues dependerá de cada caso, pero nunca antes de los 18 años. El daño que puede causarse a estas edades puede arrastrarse para siempre y es un riesgo innecesario: tienen toda la vida para cargar. No quisiera olvidar a este respecto los aspectos legales y responsabilidades adquiridas por una cofradía con menores ejerciendo esta tarea. No soy experto en esta materia, pero desaconsejaría que un menor estuviera debajo de un paso. Y por otro lado, los mayores que, sin marcar tampoco una edad determinada, aunque algunas hermandades lo tengan establecido, deben saber por ellos mismos y su experiencia cuándo es el momento de no poner en riesgo su salud y, por ende, la de los demás. Si no fuera así, los responsables deben hacérselo ver.

Segunda pregunta: ¿cuál es la mejor forma de cargar desde el punto de vista médico? Todas y ninguna, pues todas tienen ventajas e inconvenientes. No he encontrado ningún artículo científico serio que avale ninguna de las diferentes formas de carga, tan sólo algunos estudios de fisioterapeutas con la descripción de las lesiones más frecuentes en su ámbito, bien hombros o costal, pero nunca comparándolas. Aún así, se pueden inferir una serie de reflexiones más teóricas que prácticas y contrastadas tan sólo con la experiencia personal y la trasmitida por los más cercanos.

Quizá la distribución del peso pueda ser más fisiológica en el costal, al descansar en la séptima vértebra cervical a diferencia de los hombros, que deben trasmitir el peso hacia la columna con un cierto desequilibrio de está y la cadera según se anda. Pero también la presión soportada en un sólo punto de la columna es mucho mayor en el costal y la técnica, más complicada de aprender, por lo que el riesgo de lesiones si las cosas no se hacen bien puede ser mayor. El peso por persona también suele ser mayor ya que, a igualdad de espacio, entran menos personas en el cajón y también parece que con este método se puede soportar más peso, pero durante menos tiempo, obligando a frecuentes descansos.

No es objeto de este breve análisis concluir qué es mejor médicamente, pues no hay estudios que lo evidencien, sino reflexionar sobre la alegría con la que en ocasiones nos metemos debajo de un paso para realizar un esfuerzo importante, de no menos de tres horas, para el que la mayoría ya no estamos preparados ni acostumbrados por nuestros trabajos y sin tener en cuenta edades ni patologías o limitaciones personales.

Dios no quiere que, por sacarlo a la calle, pongamos en riesgo nuestra salud ni nuestra vida.


jueves, 7 de mayo de 2015

Félix Torres

Los hermanos de carga se identifican con su imagen hasta el punto de sentirse sus pies | Fotografía: Pablo de la Peña

07 de mayo de 2015

Con frecuencia, quizá en los últimos tiempos de manera más habitual, escucho a aquellos cofrades que cargan los pasos sobre sus hombros o su cerviz cómo se enorgullecen de ser, por un día, los "pies del Señor".

El simple hecho de llevar una imagen sobre ellos se transforma en algo trascendente que les hace sentirse orgullosos de ello y el esfuerzo se alivia cuando cada uno de ellos se ve como los "pies del Señor".

Los llamados hermanos de carga, costaleros, cargadores, hombres de trono, braceros o cualquier otro término identificativo de los mismos en función de la Semana Santa de origen y, sobre todo, de la forma de portar un paso, se sienten parte fundamental del cortejo procesional y se identifican con su imagen hasta el punto de imaginarse como elemento casi indisoluble de la misma cuando esta está sobre sus andas. Siendo los "pies del Señor", "pasean" su fe por las calles sintiéndose orgullosos de lo que representan. Y esto, en el colectivo, pues funcionan como grupo fuertemente compactado, es motivo de orgullo diferencial y, en no pocos casos, causa de envidias, ocultas quizá, por muchos otros cofrades ajenos al mundo de la carga. Esta unidad en el sentir la imagen a la que manifiestan su devoción, con ardiente fe de carbonero en muchos casos, les hace saberse diferentes, importantes, imprescindibles llegado el caso, pudiendo convertirse en auténticos grupos de presión dentro de una cofradía.

Los llamados hermanos de fila, nazarenos, penitentes, hermanos de luz, o cualquiera otro término identificativo de los mismos en función de la Semana Santa de origen, también se sienten parte fundamental del desfile. Ellos también "pasean" su fe, haciendo que esa catequesis callejera de la que quieren ser parte actora resulte más atractiva a los espectadores y, por qué no, más comprensible, si de explicar esos misterios que se encierran en la Muerte y Resurrección de Jesucristo se trata. Pero los nazarenos no son los "pies del Señor". Y, no sé si por ello o porque los penitentes tienen que soportar con estoicismo el cirio como si de un remo de galeote se tratase y caminar en soledad sin más opción que la mirada reflexiva a su interior o la mirada furtiva a un exterior que les desconoce, se muestran con una individualidad extrema, sin mostrar capacidad de organizarse en colectivo y funcionar como si de un único cuerpo se tratase.

Los hermanos de fila, cofrades también orgullosos de su devoción imaginera, con el mismo fundamento carbonero en su fe para muchos de ellos que en el caso de cargadores, olvidan al colectivo para saberse importantes por sí mismos, despreciando inconscientemente la posibilidad de constituirse en núcleo denso, muy denso, en la organización de la cofradía. Ignorantes, quizá voluntariamente, de que pueden comprometerse en la formación de un grupo tan sólido como los que ya existen y que podrían convertirlo, llegado el caso, en el verdadero lobby de presión dentro de la cofradía.

Posiblemente deba ser así. Quizá estas diferentes maneras de comportarse en el seno de una hermandad eviten tensiones que, de otro modo, podrían surgir fácilmente en cualquier momento. Pero, ¿por qué? ¿Por qué unos se sienten parte activa de un grupo y los otros mantienen su independencia casi contra viento y marea? Puede que el sentirse como los "pies del Señor", que el hecho de participar en ese esfuerzo colectivo coordinado, convierta a los cofrades de carga en parte de una unidad que la mayoría no sabría explicar pero que todos sienten de manera similar. Dentro y fuera de la marcha de penitencia.

Y yo, que ahora me siento más nazareno que cualquier otra cosa, quisiera ser como ellos; ser las "manos del Señor" o el "corazón del Señor" o cualquier otra parte de su cuerpo que me permitiera identificarme con mi grupo de hermanos, nazarenos todos, como si de uno solo se tratase.

Y no es envidia, porque no quiero pecar.  Es simplemente un deseo.


jueves, 19 de marzo de 2015

Pedro Martín

Niños de la Cofradía de la Vera Cruz el Domingo de Resurrección | Fotografía: Pablo de la Peña

19 de marzo de 2015

Que los niños son una parte importante de la Semana Santa es algo obvio. Es más, diría que su presencia es deseable y necesaria, no sólo para el futuro de la misma, sino también para el presente de nuestras cofradías, pues en ellas viven su fe y su devoción, crecen como cristianos y como cofrades, aprenden de los mayores y nos enseñan con su inocente mirada de niños aquellos aspectos que los adultos no somos ya capaces de ver, bien por las costumbres adquiridas o bien por nuestra propia ceguera. Decía Jesús: "Dejad que los niños se acerquen a mí". Y qué mejor que se acerquen a Jesús en los misterios de su muerte y resurrección.

Muchos niños no tienen más contacto con la Iglesia desde su primera comunión (y por desgracia en muchas ocasiones la última) que su cofradía. Qué gran reto evangelizador para nosotros y para la Iglesia diocesana de Salamanca que nos acoge.

Ahora bien: qué hacemos con nuestros niños, cuál es su sitio en la Semana Santa y, más concretamente, cuál es su sitio en nuestras procesiones. Tengo la impresión de que queremos hacer en muchas ocasiones una procesión infantil dentro de la procesión y para mí no es lo más correcto.

El sitio de nuestros niños en las procesiones no es imitar las conductas de los mayores a escala. No deben entender que es un juego adaptado a su tamaño y posibilidades; deben comprender la importancia de formar parte de un cortejo procesional con sus elementos diferenciados, cada uno los suyos, pero que mantiene unos elementos comunes a todas y que tienen su sentido: desde la cruz de guía que abre nuestros desfiles, pasando por la bandera o estandarte y terminando por nuestras imágenes, culmen y centro de lo que queremos poner en la calle. Jesús y María se procesionan en pública profesión de fe y mientras unos hermanos los llevan portados a hombros, otros los acompañan con la luz o con cruces, formando filas. Eso y no otra cosa es la procesión. Puede o no haber otra serie de insignias y elementos que la complementen, pero nada más.

Entonces me pregunto: ¿dónde clasificamos dentro de estos elementos los "pasos de niños"? En mi opinión, no tienen ningún sentido. Ni por las "imágenes que portan", que no son tales; ni por la pertinencia de los elementos que muestran, claramente redundantes y prescindibles; ni por lo que es más importante, el sentido penitencial de la carga de un paso, que es absolutamente contrario a la propia esencia de un niño. ¿Debe un niño hacer penitencia? Mi respuesta es rotunda: no.

Un niño debe participar con seriedad en el desfile, pero no haciendo penitencia; con alegría, viviendo la procesión desde dentro y dando pequeños pasos, desde su simple presencia a ir portando alguna insignia, pasando al cuerpo de acólitos, si este existe, para terminar en las filas de hermanos como adulto y, si se desea con la mayoría de edad, portando sus imágenes. Estamos potenciando "exclusivamente" que nuestros niños el día de mañana sean hermanos de paso o nada, y esto es un grave error. Insisto: tan importante es para la procesión el que porta una imagen como el que alumbra con su cirio o lleva su cruz. Y esto es lo que está ocurriendo con nuestras procesiones: cada vez menos hermanos de fila, también entre los más pequeños, porque ellos, también sacan su paso; y cuando no lo saquen, pues como los mayores, se quedarán en la acera con su medalla en vez de engrosar las filas de hermanos.

Esta debe de ser la evolución lógica y no confundirlos con otras funciones propias de adultos, que vacíen nuestros cortejos para hacer "penitencia a destiempo".


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