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miércoles, 9 de mayo de 2018

Paco Gómez

El cartel de la Paloma Pájaro para la TCP junto a dos escenas de la obra teatral La Pasión de Cristo (una cosa pirandelliana) interpretada en la Muestra de Artes Escénicas de la Universidad. A la izquierda, poética forma de explicar lo que separaba a Jesús y Magdalena. A la derecha, momento en el que el autor (personaje) decide cambiar el relato y bajar de la cruz a Jesús

09 de mayo de 2018

"¿Tu vida acaso fue, como la nuestra, sueño?"
(El Cristo de Velázquez, Miguel de Unamuno)

Aunque en los últimos tiempos se ha ido extendiendo la celebración –recuperada en algunos casos y en otros de nueva introducción– de pasiones vivientes a lo largo y ancho de nuestro entorno, lo cierto es que estas escenificaciones, ceñidas al texto evangélico y con el referente iconográfico de algunas versiones cinematográficas, quedan absolutamente reservadas para la Semana Santa. Por eso, encontrarse recientemente con una propuesta teatral basada en la pasión de Jesús en un marco cultural como la Muestra de Artes Escénicas de la Universidad de Salamanca supuso una sorprendente rareza que no me resisto a reflejar abusando, una vez más, de la generosidad de esta tribuna.

Bien pensado, el asunto tiene mucho trasfondo. Encontrar, casi tres semanas después de la Semana Santa, un patio de butacas lleno, en su mayoría de jóvenes universitarios, para asistir a una representación en torno a la muerte de Jesús, no deja de demostrar el carácter cautivador que, fuera de tópicos y prejuicios, sigue teniendo esta figura única para personas de todas las edades y formación.

Pero es que, además, no se trataba de una escenificación sin más de los relatos canónicos de la pasión y muerte, sino una absoluta vuelta de tuerca metafísica y metaliteraria del asunto, conducida con audacia por el profesor Mattia Bianchi, de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca, al frente del grupo Piccoli Borghesi, integrado mayoritariamente por alumnos de este centro.

La Pasión de Cristo (una cosa pirandelliana) es el título de una obra, escrita por el propio Bianchi, que remueve en varios momentos al espectador de la butaca. Del estupor al (premeditado) escándalo en torno a un asunto efectivamente tan pirandelliano como la relación entre el autor y sus personajes.

Una obra que, sin enjuiciar aspectos técnicos de la puesta en escena, tiene como gran virtud dejar sobrevolando sobre la platea un sinfín de preguntas y reflexiones ante un drama que, pensamos, conocemos de sobra y sobre el que quizá no hayamos reflexionado del todo. O no desde todas sus perspectivas.

El argumento nos cuenta precisamente la relación entre un autor teatral que debe crear una obra sobre la pasión de Cristo para un exigente director que echa por tierra su primer libreto y le da una única noche de plazo para presentar el nuevo. Este autor-personaje se embarca en una frenética creación en la que se van enumerando los episodios ya conocidos del Evangelio, con alguna ruptura interesante, hasta llegar a dos situaciones críticas: la perturbadora presencia del Diablo y la irrupción de María Magdalena.

Vemos a Jesús ser tentado repetidamente por el Diablo y salir indemne, pero lo vemos en cambio zozobrar ante esa figura femenina cuya relación con el Maestro resulta inevitablemente abierta a interpretaciones y fabulaciones sobre las que, entre otras cosas, se ha basado gran parte del best-seller system reciente y que siempre genera controversia. Recuerdo en este sentido los ríos de tinta corridos cuando la Tertulia Cofrade Pasión presentó hace unos años el sensacional cartel de Paloma Pájaro centrado en la figura de María de Magdala.

Aunque no sabemos exactamente qué es "real" en la escena y qué fruto del sueño del atormentado autor-personaje, se nos acumulan preguntas de todo tiempo: ¿tenía realmente Jesús libertad para decir no a su destino escrito de pasión redentora por la humanidad? ¿Dudó? Si era hombre a todos los efectos, ¿sintió de alguna forma todos los sentimientos propios del ser humano? ¿Incluye esa posibilidad el amor romántico? ¿Lo suficiente para sentir en la cruz el humano miedo, la absoluta soledad y derrota y hasta llegar a gritar: Magdalena, por qué me has abandonado?

Aunque Jesús fue "engendrado y no creado", ¿puede considerarse en cierta medida también un personaje de Dios? Y aunque sea "de la misma naturaleza del Padre", ¿nunca sintió compasión, duda, por la feroz forma de expiar los pecados de la humanidad reservada para el Hijo?

Preguntas que pese a que se envuelven en la obra como una "cosa pirandelliana" nos recuerdan ese conmovedor capítulo XXI de Niebla en el que Augusto Pérez va a pedir cuentas a Miguel de Unamuno, quien sentencia: "No hay Dios que valga. ¡Te morirás!". A lo que el pobre personaje responde: "... ahora que usted quiere matarme quiero yo vivir, vivir, vivir...".

En fin, interrogantes con las que el autor-autor (Bianchi) nos apuñala en las tripas abordando la compleja cuestión de la muerte de Dios que ha marcado el pensamiento posmoderno, en este caso para llevar a su autor-personaje a intentar como sea parar el drama inhumano de la muerte en la cruz.

A partir de ahí, las respuestas son de cada uno. Me permito solo llamar la atención con esta reseña sobre el error de arrinconar ciertas reflexiones únicamente para unas fechas marcadas en el calendario y, sobre todo, la conveniencia de vivir haciéndose preguntas para comprender mejor la inmensidad del sacrificio de Jesús que alienta la Semana Santa y el mundo cofrade. Lo otro, quedarse en la madera, el incienso o el esparto es, al fin y al cabo, tanto como quedarse en el latín ignoto de las divinas palabras.


viernes, 16 de febrero de 2018

Paco Gómez

La Esperanza pasa ante la fachada del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca | Foto: Pablo de la Peña

16 de febrero de 2018

"Sit te Deus adiuvet et Sancta Dei Evangelia. Amen"
(Ceremonial investidura doctores Honoris Causa Universidad de Salamanca)


Desde hace unas pocas semanas, la Universidad de Salamanca (y con ella, toda la ciudad y, aún más, todo el sistema universitario iberoamericano) está inmersa en la celebración de sus primeros ocho siglos de existencia. Una ocasión que nos permite mirar atrás en la apasionante historia de una de las instituciones culturales que han dejado un mayor poso en la historia del saber occidental, muy particularmente, aunque no solo, durante su época dorada en los siglos XV y XVI.

Aunque en celebraciones anteriores se había optado por conmemorar otros hitos del Estudio, este centenario toma como base la fecha fundacional por el rey leonés Alfonso IX. Algo que debiera servir no solo para desarrollar una amplia programación y una ambiciosa labor de difusión, sino para profundizar en las raíces de la institución objeto de homenaje.

Y buscar las raíces simplemente significa conocer los hechos tal y como fueron; saber de dónde surgen y cómo toman forma las ideas y no, por el contrario, tratar de mantener a la sombra muchos de sus capítulos y de manera especial los que tienen que ver con la vivencia religiosa.

Ha llamado la atención cómo a medida que el programa conmemorativo oficial de la Universidad de Salamanca ha ido tomando forma se ha ido esquinando, por ejemplo, que la propia institución nunca hubiera surgido sin la existencia previa de un foco de intercambio de ideas y atracción de pensadores en torno a la catedral de la ciudad.

¿Por qué el rey leonés decidió implantar justamente en Salamanca un Estudio? Sin duda, porque Salamanca ya contaba en Santa María de la Sede con una escuela firmemente asentada y con algunos maestros que habían logrado un importante reconocimiento en su transmisión del saber.

Podría citarse como caso más destacado el de Randulfo, cuyo enterramiento y epitafio primorosamente decorado puede visitarse hoy en el claustro de la Catedral Vieja. Se trata de un maestro, conocido también por haber fundado junto a su hermano la iglesia de Santo Tomás Cantuariense, famoso por atraer a gentes de muchos lugares del reino para escuchar sus lecciones, que falleció en el año 1194. Por tanto, veintiséis años antes de que se fundara el Studium Salamantini.

Así que estamos ante una institución que emerge con una fundación real que beneficia y amplia una escuela catedralicia y que, además, desarrollaría su labor fundamentalmente en los espacios de la propia Catedral. Algo que sería una constante hasta la Guerra de la Independencia, pero que se produce especialmente durante los tres primeros siglos, donde de hecho el Estudio no cuenta con más infraestructura que la catedralicia.

Conocida es la estrecha vinculación entre la vida universitaria y la capilla de Santa Bárbara, en el claustro de la Catedral Vieja. Aquí nos encontramos con la asentada leyenda de la "encerrona" de los estudiantes la noche previa a su examen de grado, en la que podrían los pies sobre los de la escultura funeraria del Obispo Lucero para que este les transmitiera su sabiduría.

Hoy sabemos a ciencia cierta que los hechos no sucedían así (el estudiante se iba a su casa a preparar los temas) pero da muestra de cómo Catedral y Universidad se unen también en la imaginación legendaria. La Catedral, que cedía sus espacios para los exámenes de licenciatura –a cuyo cabildo el estudiante debía pedir "capilla, campana y estrados"–, la que acogía las colaciones festivas por los aprobados al menos hasta 1840 y la que hasta casi el siglo XIX celebró frecuentemente las investiduras de rector.

Dos instituciones de importancia capital para la ciudad que a menudo se han regido por la desconfianza mutua y eso también, por cierto, tiene su reflejo en el mundo de la Semana Santa. El Estudio disfrutó siempre de autonomía para celebrar sus propias ceremonias religiosas y de ahí fueron surgiendo los complejos ceremoniales de Jueves y Viernes Santo que el trabajo contra viento y marea de la Junta de Capilla universitaria ha conseguido mantener hasta hoy. Y, por cierto, pocos saben que fue el mismísimo Miguel de Unamuno uno de los más destacados defensores ya en el siglo XX de la continuidad de la actividad de la Real Capilla de San Jerónimo dentro de la Universidad.

En todo caso, dado que el privilegio de Felipe II de 1576 impedía ninguna otra procesión de penitencia en la ciudad que no fuera la de la Vera Cruz, la Universidad encontró como solución el paso del cortejo del Santo Entierro por el claustro de Escuelas Mayores, constante en su Viernes Santo durante siglos. Una tradición ya perdida y de la que fue posible hacerse una idea en 2015, con motivo del paso, con carácter extraordinario, del Santo Sepulcro por el claustro y la capilla universitaria.

Capilla en la que, otro privilegio, se cierran las peticiones durante la misa con una particular colecta: "y guarda a nuestro rector y a esta Universidad que a ti está consagrada, y concede la luz de la verdadera sabiduría a sus profesores y alumnos"; frase en la que no cuesta encontrar las advocaciones de los titulares de la Hermandad Universitaria que ha convertido en uno de los momentos más importantes de la Semana Santa de Salamanca su promesa del Silencio en el Patio de Escuelas y desde donde su recogido itinerario sigue, qué remedio, hacia la Catedral.

Y ya que regresamos al templo, quizá no esté de más recordar que la reciente restauración del Cristo de la Salud de Alba de Tormes permitió constatar que una comisión de doctores de la Universidad de Salamanca visitó al crucificado en el Monasterio de San Jerónimo con el fin de encargar una copia, que a juicio de los expertos sí habría llegado a efectuarse y puede identificarse verosímilmente con el Cristo de la Agonía Redentora que hace su salida procesional en la noche del Miércoles Santo junto al Cristo Yacente de la Misericordia.

Es una auténtica trenza de hechos, leyendas, tradiciones, capas y estratos que han ido depositando los siglos y que impiden pensar que la Universidad de Salamanca hoy pueda hablar de su pasado sin aludir a todo este torrente de historia. Así que ahora, que todavía se está a tiempo para casi todo, quizá no estaría de más que el nuevo equipo rectoral repiense ciertas "líneas rojas" y asuma con naturalidad que en esta efeméride se deben celebrar en conjunto los ocho siglos de andadura y que al igual que en el viejo ceremonial latino de investidura de doctores se mantienen las antiguas fórmulas de juramento por un elemental respeto histórico, tampoco a la hora de difundir lo mucho y bueno que ha significado esta universidad puede relegarse a un oscuro cajón lo que explique dónde comenzó todo y lo que han vivido, sentido, soñado y rezado muchos de los que han poblado sus aulas. Sería, creo yo, dejar el centenario sin raíces.


jueves, 2 de abril de 2015

Félix Torres

Un miembro de la Hermandad Universitaria de Valladolid y doctores revestidos el Martes Santo | Foto: Pablo de la Peña

02 de abril de 2015

Desde siempre, pues jamás se vieron interrumpidos estos cultos, los doctores de la Universidad de Salamanca fueron protagonistas necesarios en unos actos litúrgicos de Jueves y Viernes Santos que, con peculiaridades mantenidas a través de los tiempos en un ritual único entre las universidades españolas, han sido fuerte ligazón entre la institución y las celebraciones de la Semana Santa.

En aquellos años, y van ya para cuatrocientos, en que los jóvenes se quedaban con "los azotes" mientras los viejos eran mandados "al sepulcro", la Universidad de Salamanca, representada por sus doctores, acompañaba el tránsito de los pasos procesionales de Viernes Santo con toda su parafernalia de varas, ornamentos y categorías protocolarias.

Cuando muchos años después, la Hermandad Universitaria comenzó a celebrar su acto penitencial a los pies de la fachada plateresca de nuestra Alma Mater, otra vez los doctores universitarios acompañaban, junto al preste, a los negros penitentes en su promesa de fidelidad a un silencio que iba mucho más allá de mantenerse callados mientras la procesión durase, dando al acto ese respaldo que, como actividad paralela, siempre fue de la mano de la docencia en sus aulas.

Fueron aquellos "otros tiempos", que hoy en día apenas perduran en el recuerdo, en los que el esplendor de los actos era motivo de orgullo para todos, universitarios o no. Ahora, cuando se aboga por que todo debe ser secularizado, aquellos ritos y protocolos universitarios para con la Semana Santa no han llegado a desaparecer gracias al empeño de unos cuantos por mantener unas tradiciones religiosas a las que se asocian de forma indisoluble aspectos culturales y antropológicos. Tradiciones que, aún solo por estos últimos aspectos, deberían estar guardadas entre los mejores algodones de nuestro rectorado. Porque mientras muchos degustan sin más preocupación los azucarillos y el chocolate con el que son agasajados por la Universidad para recordar el fin de una larga cuaresma plena de ayunos y abstinencias, la Real Capilla de San Jerónimo mantiene a duras penas esas liturgias propias de la Semana Santa en la Universidad, como son las celebraciones de la Cena del Señor en la tarde del Jueves y la Liturgia de Su muerte en la del Viernes.

Desde hace ya algún tiempo, afortunadamente, se ha visto cómo el acompañamiento de doctores salmantinos a la Hermandad Universitaria, aunque a título personal y sin ostentar representación alguna, ha contribuido a reafirmar el carácter fundacional de ésta, recuperándose una tradición que siempre estuvo ahí.

Ahora, también, el empeño de algunos pocos, con la Cofradía de la Vera Cruz como certero protagonista, ha traído para este año la recuperación del paso procesional de la tarde de Viernes bajo las arcadas claustrales de la que es cuna del saber. El Santo Sepulcro atravesará las puertas de la Academia y los cofrades de la más antigua cofradía salmantina, orarán en la capilla junto a Jesús Nuestro Bien. Se rescata una tradición hace tiempo caída en el olvido que podría desempolvarse para volver a la periodicidad de estos días santos. Pero no parece que sea algo con visos de perpetuarse sino más bien una concesión puntual a una solicitud bienintencionada.

La Universidad no asume compromisos y sus doctores prefieren la comodidad de unas vacaciones bien merecidas a la ingrata tarea de revestirse un traje académico que muchos no vistieron jamás, para implicarse en actos en los que el mayor beneficio obtenible sería la crítica por parte de sectores inconformes con estas actividades, desconocedores de que son éstas, junto a otras muchas, las que han mantenido viva la institución y la han revestido de un prestigio y una historia que, de no haberse mantenido, sería ahora mucho más irrelevante de lo que es.

Ojalá me equivoque y lo que hoy pasa por un consentimiento extraordinario a la solicitud extraordinaria de celebración de un aniversario, se convierta en el hábito de cada Viernes Santo para que el claustro de nuestra Alma Mater se impregne del azul de cofrades y del antañó incienso de devociones históricas.


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