Mostrando entradas con la etiqueta estética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta estética. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de junio de 2020

Andrés Alén


08 de junio de 2020

"El arte malo es trágicamente hermoso, pues documenta el fracaso humano". Esta frase la pronunciaba el personaje Tristan Réveuer en la película Stay, (antes de suicidarse, dicho sea de paso).

Trágico, hermoso, añadiría: sincero y hasta popular, pues suele empatizar con buena parte de una población que rehúye el arte académico y la perfección por inalcanzable o por inhumana. Sincero como las torpes cartas de amor de un quinto que no esconde su primigenio instinto en el florilegio literario que suele distanciarse de su quemazón casi como una traición.

No traigo la frase buscando adhesiones o repulsas, no me interesa, pero sí porque coincide con la idea de fracaso que yo siento ante ese "arte malo", un concepto que he tardado toda mi vida en consolidar o me lo han ido dibujado historiadores, artistas, poetas y que yo he ido aceptando con placer de muy buen grado. El caso es que me he ido convirtiendo en una especie de esteta y me es muy difícil salir de ahí. Esto me ha impedido las más de las veces acercarme a esas deconstrucciones fatales con un mínimo fervor: Ni a la música excesivamente disonante, repetitiva o ruidosa, la poesía cacofónica o ampulosa, la prosa sin síntesis ni sintaxis, y aunque creo que como todos alguna vez haya engullido bodrios en las peligrosas turbulencias  de la moda, creo que siempre respeté el mandato sagrado del arte que es la originalidad, que es muy distinto.

Hoy después de tantos días de confinamiento por este bicho estético de las Bellas Artes y de ese otro monárquico que ha encerrado mi libertad hasta paralizarme con dosis y sobredosis de lecturas, películas y series-todas, queriendo huir de los telediarios de propaganda y ficción, (total que no la he hincado), he decidido empezar a salir de mi cueva con mucha precaución y mascarilla a ver si soy capaz de cambiar de chip e irme acercando a esa trágica hermosura del fracaso que siempre se me resistió.

Si hablamos de imágenes religiosas que tanto paseábamos, empezaré acercándome a la tallas de Vírgenes bizcas, para mí tan difíciles de rezar porque me descentran; casi siempre vestideras, un tanto populares y otro tanto pueblerinas (descarto las románicas y góticas por respeto a su edad). Si esto funciona, el rezo, digo, habré dado un paso determinante para acercarme a lo esencial.

Porque este es el punto de confesar que el sentido del arte de lo bello lleva definitivamente a su formalidad, no al qué sino al cómo, donde una manzana de Cézanne adquiere más importancia que la épica batalla de Balduino enfrentado a Saladino, ino, ino: Y no.

En nuestros sagrados titulares semanasanteros la importancia debiera residir en lo que simbolizan y no solo en la forma de su representación que hasta suena a impostada teatralidad. Que por mucha sangre no hay mal Cristo porque Cristo es bueno....Pues ni por esas, algo dentro de mí sigue diciendo: Sí… pero feo un rato.

Toda calificación  moral de lo bueno y lo malo, precisamente por moralista no debiera afectar al arte, que nunca optó por ser un tratado de la verdad. Además, todas estas elucubraciones, posiblemente debidas al improductivo encierro, afectan, decididamente, a mis problemas de identidad. Me explico de otra manera: que no me ubico o no me sé ubicar. Que tiro más a Mozart que a Doyagüe, a una malagueña del Mellizo que al Bolero de Algodre, y no te digo nada con esta nueva urgencia identitaria en la Semana Santa que pudiera correr el riesgo de convertirse en una suerte de monserga que haga cambiar hasta la forma de hacer santos por aquí.

Aun sabiendo que la mejor imaginería tradicional castellana se debe a un francés, de Juni, y a un gallego, Fernández, aunque haya otro más genuino, Berruguete, que no suele procesionar, y que todo lo demás es campo.

Evidentemente la identidad corresponde al pueblo que es el que se identifica cuando quiere y no al que impone cierto diseño de identificación.

Últimamente se quiere señalar casi como enemigas las tallas foráneas generalmente andaluzas reconocibles por su forma, supongo, aunque yo prefiero identificarlas porque denotan un oficio que por aquí lleva muchos años perdido No hay imagineros y los que se hacen pasar por ellos hacen, con pocas excepciones, unos bodrios solemnes. No tenemos un Ruiz Montes, ni se le espera, aunque haya destacados escultores que se dedican a otra cosa porque la escultura es ya otra cosa.

Pero vuelvo al asunto y a mi intento.

Si traigo como encabezamiento precisamente una cabeza de Santo Cristo Injuriado, popularizado sobremanera por redes y merchandising y denostado por quienes no saben reconocer ni su inocencia ni la sinceridad en una obra tan peculiar que se adentra en el misterio ancestral de nuestros antepasados recolectores. Ni tan siquiera la mano ejecutora de Cecilia, temblorosa ante una divinidad que la sobrepasa, y que convirtió una copia anodina en un icono que si lo firma Bacon ya estaría en la Tate.

Pero aceptemos este Ecce Homo como hermosa tragedia del fracaso humano, como entendieron los Doce la Pasión y la Cruz de su Maestro, que solo iluminó su resurrección. Me acercaré a rezar ante él (y a ver qué pasa), para intentar atravesar el muro estético que tanto nos separa. Y hasta propondré que unas manos igual de diestras tallen esta imagen para que pueda desfilar en la Semana Santa, a hombros o a costal, en algún lugar de España.

Y que cada cual la ubique como representativa de la imaginería castellana, andaluza o Borgiana.
Yo la veo más de aquí.


miércoles, 22 de abril de 2020

Luis Romo

Hermanos del Cristo de la Liberación, en el claustro de Fonseca antes del inicio de su desfile | Foto: Manuel López Martín

22 de abril de 2020

Perdónenme, pero soy incapaz de entender, y mucho menos de compartir, el eterno debate que en Salamanca parece haberse instaurado con respecto a las diferentes sensibilidades cofrades que en ella conviven. Por mucho que intento comprenderlo, no entiendo el afán que en los últimos años sobrevuela nuestra ciudad.

Algunos luchan por encontrar al que denominan esperanzados "el estilo salmantino"; otros viven ansiados por categorizar a Salamanca y a sus hermandades bajo un único patrón artístico; o incluso, algunos ilusos viven con la aparente necesidad de instituir un único carácter cofrade en la ciudad.

Perdónenme una vez más. Espero el perdón de aquellos que parecen luchar "a capa y espada" contra el sentir y el hacer de nuestras hermandades, que en el vivir de sus hermanos muestran en la calle una convivencia religiosa única de diferentes espiritualidades.

Por mucho que busco sin encontrar, me sigo dando cuenta de que la situación que Salamanca tiene en su diversidad de cofradías, hermandades y congregaciones no es un simple hecho casual, sino una demostración más de su carácter esencial como ciudad. Y a pesar de que algunos traten de verlo como un problema, el resto estamos en la obligación de verlo como nuestra forma de ser; nuestra esencia y rasgo primordial, nuestro aroma cofrade que el mundo debe conocer.

Diversidad esencial que reside, desde los más que diversos estilos arquitectónicos en nuestras calles y monumentos, hasta la convivencia practicada durante VIII siglos por gentes de todo el mundo. Diversidad que ha encontrado en Salamanca su valía y su mejor cuna, y que en sus "manifestaciones públicas de fe" demuestra el poso real y cultural de la globalidad que en Salamanca perdura.

Encuentro perezoso ‒con toda la humildad y respeto en la afirmación que en ella hago‒ el interminable conflicto entre los diferentes "sentires cofrades". No es de justicia exigir un mismo estilo procesional, ni una misma predilección artística, ni mucho menos una misma esencia devocional en Salamanca; cuando no hay ningún motivo ni en su arte, ni en su cultura, ni en su patrimonio, ni tampoco en sus gentes, para así hacerlo.

No debe centrarse el presente, y mucho menos el futuro, en apoderarse de ninguno de ellos como símbolo cofrade de la ciudad. Son diferentes sentimientos de expresar y manifestar la misma fe; hermanos de una misma tierra que en la esencia de sus diferentes culturas han encontrado su manifiesto universal, como reclama al mundo de su sentir propio.

Nuestra ciudad fue una precursora de la globalización que en estos momentos el mundo abandera en la mayoría de sus ámbitos y que en Salamanca encuentra una manifestación plena, única e identitaria en su vida cofrade. Y es así como sencillamente creo que debe entenderse el "mapa cofrade" que con holgura Salamanca posee.

Disfrutar de nuestra ciudad en su plenitud, de nuestros vecinos en su espiritualidad y de nuestro patrimonio en su esplendor; para demostrar nuestro resplandor y autenticidad en el mundo, consiguiendo la gloria, que tanto nuestra ciudad como nuestra Semana Santa, entonces, merecerán.


lunes, 20 de enero de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

Paso de Nuestro Padre Jesús Divino Redentor Rescatado | Fotografía: JMFC

20 de enero de 2020

En apenas dos suspiros, andaremos otra vez metidos en harinas semanasanteras por las vías dolorosas abriendo de nuevo, en el corazón cofrade, ese abrazo silencioso que se incrustará en la frente de la noche.

En ese lento caminar, contemplaremos algunos hábitos que destiñó con suma paciencia la maña poderosa del tiempo. Hábitos que tienen en sus poros la historia familiar escrita con rasgos de amor, que emergen recordando a quienes nos precedieron.

Se me viene a la memoria el inolvidable amigo Tomás Martín, y con él aquella conversación que duraba unos segundos, mientras llegaba su nieto, vistiendo la túnica del Rescatado, al Patio Chico. Como maestro del mundo cofrade, Tomás me decía que aquel hermano que pasaba ante nosotros, con la espalda curva y un torpe andar por el peso de los años, era descendiente de una estirpe familiar que, dentro de su Congregación, marcaba ese rasgo de fluidez histórica que nunca se debería perder.

Cuánto echo de menos a Tomás, en este momento en el que sufro y vivo lo que él me contaba con harturas de experiencia. Doy por seguro que, en este momento, estaría haciéndose imprescindible con sus consejos, cerca de mí. No puedo olvidar sus palabras: "Nunca dirigiré nada en otra cofradía, pero si me necesitas, lo sabes, cuenta conmigo". Tomás, por ser quien era, bueno e irrepetible, jamás partirá de nuestro lado.

Y viene a cuento esta evocación, al recordar que, no hace mucho, me contaba un conocido, que en su hermandad le avisaron de que no podía salir a la calle con el hábito que vistió su padre, al tener perdido el color por culpa de haber sido usado demasiadas veces en las noches enveladas del calvario pasional salmantino. Me comentaba que le causaban un gran dolor aquellas advertencias de la cofradía, al ser para él, aquella túnica, un vestigio que tenía la impregnación penitencial de su abuelo y su padre.

Puede entenderse que la uniformidad, como signo de la estética a la que todos aspiramos en este tiempo, debe rechazar cualquier hábito indecoroso por una descuidada conservación, orfandad de plancha o raquítica longitud. Pero otra cosa es ese hábito que expone el desgaste de la vida con todo el amor nazareno que lo ha ido empapando. Perfumes de mutismos y meditaciones empapando el paño que cubrió la entrega y el desprendimiento de una saga familiar a su cofradía.

Sería más que precioso, aleccionador, que quienes tienen la fortuna de tener esas joyas con perfume a familia añeja abrieran la marcha penitencial de esas cofradías que vienen desde hace siglos ganándose la admiración en nuestras querencias cofradieras. Ver y comprobar cómo ha ido pasando de padres a hijos, la antorcha de la religiosidad popular que, gracias a no sé qué misterio, sigue viva en estos tiempos tan mediocres en los que todo lo que huele a cristianismo atufa en los pestilentes salones del poder.

No es lo mismo la tela profanada por las arrugas del pasotismo o el lijado machacón del detergente, que la que ha sido desgastada por el uso durante la Semana Santa de los tiempos anteriores…
Claro que sobre gustos y entendederas…


viernes, 27 de diciembre de 2019

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Cuerpo de acólitos de María Santísima de la Caridad y el Consuelo revestidos con dalmáticas | Foto: Hdad. Jesús Despojado

27 de diciembre de 2019

"Partimos de un hecho obvio: la dalmática es la vestimenta litúrgica propia del diácono y en su día del subdiácono, ministerio hoy desaparecido. Por lo tanto, tan solo estos, conforme a derecho, pueden vestir la citada prenda, no valiendo subterfugios como que las órdenes menores del laicado como son el acólito y el lector son equivalentes al anterior subdiácono y, por lo tanto, pueden vestirla".
Pedro Martín, "Estética cofrade (y III)", 26/XII/2016

Seguimos con la reflexión sobre cuestiones disputadas acerca de determinados elementos de nuestras procesiones. En este caso lanzamos una mirada a una vestidura polémica, las dalmáticas utilizadas por el cuerpo de acólitos. No hay duda: la dalmática es propia del diácono (y del obispo por debajo de la casulla, por cierto). Por lo tanto, el uso de esta prenda por los acólitos no ordenados en cofradías y hermandades es un abuso. Ergo, no debería utilizarse. Estas afirmaciones que son evidentes, sin embargo, no solucionan el problema de su uso por parte de tantas corporaciones en tantas diócesis. Como bien dice Pedro Marín, una intervención de la autoridad sería de agradecer. Aunque qué duda cabe que habría de resultar polémica.

Al profundizar, sin embargo, podemos ver que el problema gana capas de complejidad: ¿qué sucedería si lo que estamos utilizando no son dalmáticas, sino tunicelas? Una prenda casi idéntica a las dalmáticas, en teoría, solo en teoría, más sencilla. Esta es la vestidura propia de los subdiáconos (y de los acólitos en determinadas ocasiones solemnes desde la Edad Media). En principio, dado que no tenemos subdiáconos ni acólitos instituidos, estaríamos ante la misma situación, ¿verdad? Yo pienso que no por dos motivos: el primero es que nos encontramos ya fuera del ámbito del sacramento del Orden, con lo que la gravedad de su uso es mucho menor. El segundo es más de fondo: san Pablo VI establece los ministerios laicales en 1972 y abole para la forma ordinaria del rito romano las órdenes menores y el subdiaconado. Este último queda fuera de las órdenes mayores y sus funciones son asumidas por el acólito (incluso llega a decir que este puede ser llamado "subdiácono"). Podríamos, por lo tanto, discutir si estos pueden o no utilizar la tunicela (aunque su vestidura propia es el alba). Sin embargo, la mayor parte de nuestros cuerpos de acólitos lo forman hombres y mujeres que no están instituidos como tales. Aquí reside parte del quid de la cuestión: ¿pueden desempeñar las funciones, pero no vestirse como ellos? ¿Toleramos un abuso por necesidad, y nos parece intolerable el otro? No tengo clara la respuesta (sí tengo, por contra, una idea sobre lo que me parece reservar los ministerios laicales solo a los futuros clérigos).

Hay otro aspecto más a considerar: el uso práctico de las "dalmáticas". Estas son vestidas en las estaciones de penitencia por cruciferarios, ceroferarios, turiferarios y turíferos, etcétera. En general se utilizan para revestir a los acólitos y otorgarles una mayor dignidad aparente. Sin embargo, existe una cierta incoherencia en su utilización: si no se duda en emplearlas en los cultos externos, en los cultos internos, en las eucaristías, están ausentes por completo. Además, hay una tendencia a utilizarlas no pensando en el color litúrgico del día, sino en los colores de la cofradía, de la imagen a la que acompañan, o, incluso, al sentido que se le quiere dar a una determinada procesión. Si bien en su mayor parte son dalmáticas antiguas, esta tendencia apuntada se ve acrecentada en las de nueva confección. Me temo que la práctica ha transformado las dalmáticas no ya en tunicela, sino en tabardos. En esa prenda con sentido heráldico que sirve para identificar una determinada casa noble o corporación y que portan determinados funcionarios, como los maceros de las Cortes. Si esto es así, y deberíamos reflexionar si lo es, quizás la ubicación de estos tabardos no sea la mejor dentro del cuerpo de acólitos. Es probable que debamos situarlos en otra ubicación, con otro sentido.

Entonces, después de estas consideraciones, ¿qué hacemos con las "dalmáticas"? ¿Son tunicelas? ¿Son tabardos? No tengo una respuesta clara a esto. Creo, eso sí, que deberíamos dar dos pasos: el primero, dejar de llamarlas de ese modo. La denominación de tunicela o, llegado el caso, tabardo es más ajustada a su uso y función. Y menos polémica. El segundo, en necesario diálogo con la autoridad eclesiástica, definir su uso y significado. Si son tunicelas para el servicio de los acólitos deberán regirse por las normas litúrgicas y, además, no debería haber excesivo problema para su utilización también en los cultos internos de las hermandades. Si, por el contrario, son tabardos, sería conveniente reflexionar cuál es el lugar más adecuado para los mismos en el cortejo procesional, quizás no como vestidura del cuerpo de acólitos. Una vez más el problema central es la necesidad de evitar el uso de elementos estéticos al margen del discurso que se pretende articular en la procesión. Es preciso que todas las vestiduras empleadas, las insignias, la decoración de los pasos... tengan una función y un sentido. El uso de "dalmáticas" es problemático por todo lo expuesto, pero considero que no es necesario prescindir sin más de esta vestidura, bastaría con una reflexión sobre su función y una racionalización en su utilización.

P.D.: ¡Feliz Navidad! Todo el poder de Dios se concentra en las débiles manos de un recién nacido, toda su sabiduría en su sonrisa. En su pequeñez nos ha salvado. Que con su ayuda nosotros nos hagamos también nosotros pequeños al servicio de nuestros hermanos. Pidámosle al Niño Dios que, con la ayuda de su Santísima Madre, el año 2020 venga cargado de bendición y gracia.


viernes, 18 de octubre de 2019

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

La cruz de guía de la Hermandad del Perdón inicia la procesión en el Camino de las Aguas | Foto: Pablo de la Peña

18 de octubre de 2019

"La procesión la abre una cruz, como las procesiones litúrgicas son abiertas por la cruz parroquial. Poco más que comentar. La procesión la abrirá la cruz de la cofradía, llamada cruz de guía o en su defecto la  cruz parroquial si esta existe. Todas las demás cruces no tienen ningún sentido litúrgico y, además, estéticamente suponen una redundancia incomprensible". 
Pedro Martín, "Estética cofrade (II)", 28/XI/2016

Muchas son las cuestiones disputadas que adornan el foro cofrade. Son menos aquellos que intervienen en el debate con conocimiento de causa y criterio: este es el caso de Pedro Martín. Hace unos años dedicó una serie de artículos a la estética cofrade. Desde su publicación, si bien coincido en términos generales con lo que expone, tengo algunas diferencias en la aplicación de los principios a determinados casos concretos. Por eso, quiero dedicar al menos un par de artículos, a comentar esas diferencias y matices, dejando claro que es mayor el acuerdo que la disensión. Y puestos a comenzar por algún lugar, qué mejor que hacerlo por el principio, es decir, por la Cruz.

En nuestras procesiones encontramos un número casi infinito de insignias y símbolos de distintos tipos. Cada una de ellas tiene un significado y una función precisa. Sin embargo, en ocasiones, debemos reconocer que se han adoptado sin demasiado criterio: se ven atractivas, se adquieren y se colocan donde mejor cuadre sin pretender la articulación de un discurso coherente. Pongo un ejemplo: recuerdo que en una ocasión la sección de una cofradía sacó el incensario y la naveta en medio de su cortejo, no acompañando ninguna imagen. Esto supone no entender la función del incienso. Las procesiones tienen una gramática propia (con sus variantes dialectales en distintas zonas geográficas, es cierto) que debe respetarse para que tengan un sentido y puedan ser leídas como una verdadera oración hecha camino. Esta gramática apunta a la liturgia, pero no se confunde, ni se identifica de modo unívoco con ella.

Si nos fijamos en la cruz y tomamos como modelo la celebración solemne de la Eucaristía, al menos podemos contar con dos cruces: aquella que abre la procesión de entrada y la que preside el altar. En ocasiones pueden ser la misma, pero no siempre. Esto justifica la presencia de la cruz guía abriendo la procesión, por un lado. Y, por otro, también justifica que, dado que los pasos son altares en la calle, la cruz de altar tenga su correlato en la cruz parroquial, ya sea abriendo el tramo de la Virgen, ya sea en su cuerpo de acólitos. Esto último me genera una duda: ¿son cada uno de los pasos un altar independiente y, por lo tanto, tendría sentido que cada tramo o cuerpo de acólitos llevara una cruz; o, aunque separados, representan un altar mayor, un retablo completo y, así, con una sola cruz sería suficiente? Yo me inclino por esta última visión: permite considerar la procesión como un todo y favorecer una lectura global de la misma.

Como es natural, la presencia de la cruz en la liturgia y en los espacios celebrativos no se limita a las dos mencionadas: en cuanto a las cruces físicas, el espacio de una iglesia o capilla suele contar con las catorce correspondientes a las estaciones del vía crucis; en cuanto a las gestuales, la misma celebración de la misa cuenta con múltiples momentos en los que se realiza la señal de la cruz, por el celebrante y por el pueblo. Esto puede tener su reflejo en las procesiones: por ejemplo, en nuestra ciudad de Salamanca, la hermandad del vía crucis porta en su estación de penitencia las estaciones de la vía dolorosa. Lo que tiene un sentido lógico dentro del discurso que intentan articular en su procesión.

¿Quiero decir con todo esto que, en la procesión, cuantas más cruces, mejor? No, de ninguna manera. Es cierto que, si atendemos a la liturgia, su materia y sus gestos, o al espacio celebrativo, podemos encontrar analogía suficiente para su presencia múltiple en el cortejo, pero no se trata de añadir elementos por añadir, sino que, en todo momento, aunque haya una pluralidad, esta debe tener un sentido y una coherencia. Como defiendo, las hermandades y cofradías en su misión evangelizadora deben realizar una exposición orante en las calles. Mientras este discurso sea coherente y apunte, aunque no se identifique con ella, a la liturgia, considero que es válido. En cuanto a las cruces, además de la de guía, es posible considerar su presencia ligada a los pasos, como cruz de altar. Si se quieren incluir otras deben responder siempre a un discurso meditado que responda a la lógica teológica, eclesial y litúrgica.

P. D.: Para otra ocasión quedan las cruces que pueden llevar los nazarenos penitentes a imagen de Cristo cargando con la Cruz camino del Calvario, con un fundamento evangélico y bíblico evidente. En este texto me he querido centrar en las cruces como insignias.


miércoles, 22 de mayo de 2019

Andrés Alén

Recreación de una procesión de la Semana Santa de Málaga con figuras de Playmobil

22 de mayo de 2019

Mientras plancho el bañador que luciré en las Seychelles, rememoro esta pasada Semana Santa salmantina, casi pletórica, y si el tiempo hubiera acompañado al Jueves Santo y a madrugadoras conmemoraciones, reitero: una pasada.

Pero me vienen entre los vapores del planchado, figuras, imágenes, pensamientos con vocación de divagaciones, que en cuanto acabe con la raya, empezaré a describir. Procuraré que ese cursi con raya en el bañador intente no mojarse.

El tema: sabido es que Salamanca, la bella, la dorada, está formada por un compendio de edificaciones de los más diversos estilos y que en cada uno de ellos se pueden encontrar verdaderas obras maestras del arte. Por ello cuesta definirla solo como románica, gótica, renacentista o plateresca, barroca, no digamos ya como romana, vetona, neoclásica, neogótica (y más neos) o modernista. Para cuando esto pasa se inventó la palabra ecléctico, del griego eklegein, dice Wiki, que significa escoger y destaca por amar la combinatoria de pensamientos y estilos. Añado que nuestras catedrales son muestra fehaciente de ello y en cada uno de sus estilos, desde el románico y gótico al churrigueresco, contienen cumbres del arte.

Divago y confirmo que todos estos estilos fueron importaciones importantes de otros lugares y naciones, bien traídas que dicen por ahí. Si me paro a pensar cuál es el más genuino estilo que nos define, propondría precisamente el churrigueresco, por la cercanía que supone una familia de Madrid, y por lo charro como sinónimo de abigarrado, que quizás por esta causa el diccionario optó por excluir a esta provincia de la consabida austeridad castellana. También porque tanta filigrana de eucarísticas uvas, fustes torcidos y estípites sentó muy mal a la racionalidad ilustrada que, a pesar del  gran éxito de exportación de tan peculiar exceso del barroco al Nuevo Mundo, acabó por asimilarlo con el mal gusto, del que solo se salvaba, y poco, la Plaza Mayor.

Así que lo añadimos a lo más lígrimo, allí junto al Estudio, el botón charro, el hornazo o el borneo de la "charrá".

Nuestra Semana Santa apunta hacia lo ecléctico, que en el caso de hacerse equidistante entre creencias religiosas o culturales lo llaman sincretismo, también del griego, con la misma raíz que idiosincrasia. Que es a la postre de lo que pretendía escribir cuando acabé de planchar.

Pues eso, que parece que estamos negociando identidades, como siempre, pero con un riesgo añadido: el de no componer a base de cúspides de la estética, sino de meras influencias sin el debido respeto y arraigo, y claro, si así sucediere, lo ecléctico pasaría e calificarse de mezcolanza, de ahí a informe, como una estadística, y algún malintencionado acabaría llamando a nuestra pletórica Semana Santa "amorfa", y eso no.

Así que con independencia de la dirección señalada (norte- sur) y del camino a seguir o a copiar, que aquí ya veis que no hemos sido mucho de inventar sino de culminar estilos medio moribundos, barroquizándolos, nos hemos de aplicar a sublimar tendencias, a formalizar nuestras propuestas artísticas o espirituales semanasanteras hasta ser digna continuidad de esta hermosa ciudad.


viernes, 12 de enero de 2018

Antonio Santos

José Gutiérrez Solana

12 de enero de 2018

Salamanca asistirá en la Semana Santa de 2018, Deo volente, a la primera salida penitencial de dos nuevas imágenes procesionales: el Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral, y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, de Francisco Romero Zafra. Resulta llamativa la feliz coincidencia en el calendario, pues podremos ver en el intervalo de unas pocas horas las dos formas de representar la Pasión que levantan debates tan acalorados como estériles en nuestra ciudad porque contrastan en lo plástico. El irresoluble falso dilema de lo castellano y lo andaluz.

Paradójicamente, estas dos estéticas procesionales se originan a la vez durante el periodo conocido como la Restauración (1874-1931). Las seis décadas del periodo fueron testigos de movimientos intelectuales y artísticos modestos tales como el historicismo y el regionalismo nacionalista, pero, sin duda alguna, el movimiento intelectual clave de la época fue la obra de la Generación del 98. En su meritorio afán por redefinir y renovar España para superar aquella crisis, acuñaron varios tópicos, unos certeros, otros no tanto, que han pervivido y se han desarrollado al compás del último siglo y cuarto. Es entonces cuando se asienta la idea tópica de que lo castellano es austero aunque las obras de arte del plateresco y barroco lo nieguen tozudamente y también que todo lo andaluz es folclórico, alegre y hasta frívolo cuando durante siglos se ha mantenido viva la llama de la fe a través de la penitencia.

Durante la Restauración, la inmensa mayoría de las cofradías y hermandades en España estaban buscando salir de su propia crisis, una crisis sufrida a lo largo del siglo XIX y que las había reducido a la mínima expresión tras el fin del Antiguo Régimen, la imposición de medidas liberales como las exclaustraciones, desamortizaciones, el abandono de los gremios y el nacimiento de la sociedad industrial. Como todos sabemos, muchas de ellas ya no desfilaban, y si lo hacían, era sin hábito y en traje de calle y de sus pasos antiguos sacaban solo las efigies principales. La Vera Cruz de Salamanca o Valladolid vivieron esta situación. Muchas otras desaparecieron y otras intentaron sobrevivir mediante fusiones con cofradías más potentes y con las entonces pujantes cofradías sacramentales. Entonces no había discusiones estéticas sobre las cofradías. Se seguía lo que marcaba la Iglesia, con reverencia, y con formas similares, dentro de las posibilidades de cada lugar, en todo el país.

De aquella crisis se salió gracias al turismo. Un turismo que viajaba en los entonces nuevos ferrocarriles de vapor y que permitía unas novedosas peregrinaciones de los pueblos a las ciudades y de las ciudades pequeñas a las ciudades grandes a ver las procesiones. Así fueron fotografiados en Zamora por Quintas o Gullón. Esta afluencia de público que revigorizó las procesiones españolas, movió a las autoridades civiles a tomar cartas en el asunto. Se crearon entonces las primeras juntas de Semana Santa, se financiaron nuevos pasos, se incorporaron túnicas con capirote y capa, trompeteros y caballos enjaezados, sonaron las primeras saetas (el flamenco también se crea en este periodo), se contrataron bandas de música que hasta entonces nunca habían participado, se decoran los pasos con flores… y renació la fiesta con los elementos hoy reconocibles por todos. Aquí es donde empieza el laberinto noventayochista, del que aún no hemos salido. Con el mencionado concurso de las autoridades políticas, se politiza la Semana Santa a través no de la filiación partidista, sino de la exaltación del localismo y del regionalismo historicista: una suerte de recuperación del pasado, vistosa y atractiva, con tintes locales que buscan diferenciarse del vecino, pero de escasa veracidad histórica.

La periferia del país, más poblada, urbana e industrializada miró a los modelos urbanos barrocos tanto de Levante como de Andalucía, fueran autóctonos o no, perpetuando el merecidísimo esplendor de la Semana Santa hispalense y generando semana santas de un lujo desconocido en Tarragona, Murcia, Cartagena, Málaga o Bilbao. Mientras, en el centro, las dos Castillas, Aragón, norte de Extremadura y Madrid las cofradías prefirieron beber del renovador espíritu austero que promovían precisamente los pensadores y escritores noventayochistas (casi todos de la periferia), que redescubrían y se enamoraban de una Castilla rural y empobrecida, pero que había sido durante el periodo renacentista y barroco tanto o más rica y urbana que el resto de la Península. Si en Málaga o Cartagena se reinventa un barroco que dormía olvidado y se llega a tener los tronos más grandes que existen, en Valladolid, Palencia o Medina del Campo se impuso una Semana Santa ruralizante contradiciendo abiertamente el esplendor apoteósico de sus grandes grupos escultóricos urbanos y sus barrocas iglesias penitenciales.

Salamanca siempre fue tibia en esta dualidad y sus cofradías, congregaciones y hermandades no miran en un primer momento a la invitación ruralizante. Si observamos la Semana Santa fotografiada por los Gombau desde 1898, vemos unas procesiones, si bien modestas, totalmente urbanas, con imágenes de mucha devoción portadas en andas doradas y plateadas de inspiración barroca o plateresca, alumbradas por cofrades vistiendo vistosas túnicas de terciopelo y mujeres con velo y con mantilla. Todo muy acorde a la ciudad culta y orgullosa de su historia que era Salamanca.

Durante el auge del periodo del Nacionalcatolicismo (1939-1975) se ahonda en estos principios cultivados desde la Restauración y se potencian con toda la energía del estado. El Concilio Vaticano II y sus recomendaciones tienen especial eco en las hermandades del centro, y se producen fundaciones de estética no solo rural, sino medieval, prescindiendo del sustrato barroco. Es entonces cuando la dualidad entre lo castellano y lo andaluz se acentúa a ojos de cofrades y espectadores, y al mismo tiempo, toma la delantera la cultura de lo andaluz como estandarte de lo español. Valga como muestra la devoción a la Virgen de la Esperanza, extendida por todo el país. De este modo las formas del neobarroco de inspiración sevillana alcanzaron poco a poco a la práctica totalidad de las hermandades, de un modo más o menos intenso. Un ejemplo perfecto es Zamora: en 1950 bendice la imagen de la Virgen de la Esperanza, con sus elementos urbanos y sureños, mientras que en 1955 sale por primera vez la procesión de las Capas Pardas, canon de la Semana Santa austera.

En un largo devenir en el siglo XX, cuya explicación excede con mucho el propósito de estas líneas, se fue resquebrajando el modelo acuñado durante la Restauración. Aún no hemos superado este modelo, que sigue aferrado al turismo. Actualmente estamos ante una celebración supuestamente definida por unas líneas estéticas locales e identitarias, pero que en realidad contiene siempre y en todo lugar elementos que identificamos como ajenos: una paradoja apasionante.

Vuelvo mis ojos al Cristo de Mayoral y a la Virgen de Zafra. Casi diría que no podrían ser más distintos. Y en realidad son las imágenes que mejor nos muestran la evolución de las formas de nuestra fe popular, la de la calle. Reconforta saber que aunque todos estamos dentro del mismo laberinto, no hay buenos ni malos, acertados ni errados. Estas imágenes van a mover a la devoción de los cofrades de sus jovencísimas hermandades y, ojalá, a quienes las puedan contemplar. Y eso es lo que verdaderamente importa.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Javier Prieto

Santísimo Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana | Foto: Ángel Benito Sánchez

13 de diciembre de 2017

La pasada semana se presentaba la nueva obra de Fernando Mayoral para la Semana Santa de Salamanca, y ante esto de los estrenos a los cofrades nos suele salir un carisma de tertuliano de corazón que nos lleva a diseccionar las obras o enseres con un cierto aire de superioridad (como si las obras de nuestras cofradías fuesen cesiones del Museo del Prado).

Y he de reconocer que algo así me ocurrió al ver las primeras fotografías del Cristo de la Humildad, con cierta frialdad fui localizando aquellos elementos que plásticamente no me convencían hasta alcanzar un veredicto negativo sobre la imagen. Por suerte, dos buenos amigos de Salamanca, que estuvieron presentes en la bendición, me dieron la clave que le faltaba a mi análisis de laboratorio: "Hay que rezar delante de él".

En ocasiones se nos olvida la finalidad de las imágenes, y en cierto modo de todo lo que hacemos en las cofradías, mover a la oración y llevar a Dios. Las imágenes no valen más por una estética u otra, ni tan poco por el estilo en el que se realizan, el valor de nuestras imágenes está en su capacidad de conmover. Pero esta conmoción no es mera sensibilidad, ni un emotivismo superfluo, las imágenes han de conmovernos hacia la actitud de oración, situarnos en un plano diferente al de nuestro día a día, un plano de comunicación con Dios.

Y es que las imágenes no son un fin en sí mismas, la belleza o el valor de las mismas son secundarios, pues nuestras tallas han de ser medios, vías que nos facilitan el acceso a un ámbito de cercanía con Dios, para el que son una ayuda, pero no son necesarias. En esta época en que la imagen, lo externo, vale tanto, y adquiere en ocasiones más valor que el auténtico ser de las cosas, los cristianos no podemos caer en los riesgos de una cultura de la apariencia, algo que desgraciadamente ocurre a menudo en las cofradías. Por ello hay que huir de los juicios banales, de los criterios subjetivos y preocuparnos de la integridad de lo que hacemos, de la misión que la Iglesia confía a las cofradías: anunciar el mensaje de Jesucristo.

Por eso ante la realidad uniformada y los modelos únicos, hay que saber valorar la riqueza de una Semana Santa que sigue mirando hacia el futuro, con nuevas aportaciones y nuevos proyectos. Habrá cosas que nos gusten y cosas que no, pero hemos de valorarlas no desde nuestra subjetividad sino desde la objetividad de lo que son. Puede que el Cristo de la Humildad, a quien le debo aún una visita, nunca llegue a "gustarme" pero no podré negar su valor si logra que ante él muchos contemplen al Siervo de Dios.


lunes, 3 de julio de 2017

Tomás González Blázquez

Promesa del silencio de la Hermandad Universitaria en el Patio de Escuelas | Fotografía: ssantasalamanca.com

03 de julio de 2017

"Se buscarán caminos para que todas las prácticas de piedad popular contribuyan a la renovación espiritual de las muchas personas que en ellas participan, aspirando a profundizar en el sentido de vivencia personal y del testimonio de nuestras manifestaciones espirituales en espacios públicos; que sean bellas, dignas, que generen preguntas y susciten búsquedas".

La Asamblea Diocesana en vías de aplicación no trató con detenimiento ni la religiosidad popular ni las procesiones u otras manifestaciones públicas de fe, pero sí abrió la puerta a hacerlo, reconoció su relevancia como no lo había hecho la Iglesia salmantina en anteriores ocasiones, y en definitiva acordó unas breves y aprovechables orientaciones como las que encabezan este texto.

Conviene recordar que las prácticas de piedad popular se suceden en la vida de fe de personas y familias, y que en el caminar de la comunidad parroquial, sin cofradías de por medio si es que no las hay, lo popular aparece con la naturalidad con que debe ser acogido. Allí donde se ha cuidado ha dado frutos. Señalo también que existen posibles manifestaciones públicas de fe que no son procesiones, o que no enmarcaríamos en el ámbito de lo popular o tradicional, aunque debe admitirse que no son demasiadas, que algunas resultan escasamente explícitas y que ese campo ha de ser más y mejor explorado.

Dedico ahora mi reflexión a las procesiones que acontecen en Salamanca, las anuales y las extraordinarias, las de cofradías y las de parroquias, movimientos o institutos religiosos así como las diocesanas. La Asamblea quiere que resulten sugerentes, que interpelen, y que lo hagan a partir de un mínimo exigible de belleza y dignidad, es decir, que su calidad sea aceptable y, aún más, complazcan y apunten a la excelencia. Que la perfección formal sea un medio adecuado para alcanzar el fin propuesto. Hace unos meses en este mismo espacio, Tomás Gil decía, entonces acerca de las obras de arte, que "la belleza no depende del gusto que nos proporciona, sino de su capacidad para comunicar una fuerza creadora y transformante". Y es cierto que, para disfrutar en profundidad y plenitud de una obra de arte, también es necesario educar el gusto, formarse, saber contemplar además de mirar. La procesión, que a menudo incluye meritorias obras de arte, transita ante público diverso, que sabrá contemplar, alguno, o no, casi todos. La procesión pasa y esgrime una pretendida belleza como argumento para atraer y transmitir, para comunicar esa fuerza que transforma. ¿Es la procesión una efímera obra de arte?

Yo respondería con un rotundo sí. Una obra de arte cristiano. En figura de Nacho Pérez de la Sota compartida el pasado mayo en una tertulia a la que acudí, verdadero "teatro sacro". Entiendo que solo desde esa concepción es factible que la procesión sea bella y cumpla sus objetivos. Y será bella cuando sus actores sean artistas que aspiren a comunicar a través de su obra conjunta, donde el genio personal de cada uno se ordena a criterios definidos, aceptados y queridos, pensados y asumidos tras invocar al Espíritu. Será bella si a ellos les parece bella, si ellos la hacen bella, si han educado su gusto predispuesto para ser complacidos y complacer  mediante la procesión. La espontaneidad en el anuncio de la fe, que el Espíritu también puede suscitar, tiene su lugar ordinario en otros contextos. La procesión-función, sin embargo, resultará bella si es uniforme porque nos hablará de comunión y unidad; si es repetida y hasta previsible, porque nos revelará constancia y firmeza; si es versátil sin perder su sello, porque sabrá pronunciarse sin malinterpretar. Así, respetaría el libreto con fidelidad al autor del texto, la tradición de la Iglesia en un sitio concreto, del que la cofradía-directora ha hecho su adaptación al tiempo y los cofrades-actores tienen la responsabilidad de llevar al escenario-atrio callejero. En el patio de butacas y las plateas conviven fervorosos, curiosos, indiferentes y algún hostil que se asomó al ver la puerta, abierta siempre. Todos, sin excepción, público al que complacer la vista, el oído… y el espíritu.

En el lento proceso hacia la belleza de una procesión se parte de una dignidad que se da por supuesta pero que, a veces, no conseguimos. No es digno, es decir, no alcanza una calidad aceptable, que se salga con zapatillas de deporte en lugar de zapatos como hacen decenas de cofrades salmantinos, ni tampoco es digno que en las procesiones extraordinarias participe un porcentaje tan escaso de hermanos y se alarguen los cortejos con representaciones, ni que se convoquen desfiles a sabiendas de que la respuesta será tan limitada que realmente no obedecen a un criterio pastoral sólido, ni que se procesione con imágenes de categoría insuficiente y hasta ínfima o con elementos superfluos. Es cierto que en Salamanca salen procesiones bellas, pero no lo es menos que salen procesiones indignas. La aplicación efectiva de la Asamblea Diocesana demanda como objetivo a medio plazo la belleza de las procesiones, pero exige a corto la dignidad de todas ellas.


lunes, 1 de mayo de 2017

Andrés Alén

Escaparate de una tienda con imágenes religiosas

01 de mayo de 2017

Mi descuido ha precipitado este artículo a una clara improvisación y cierta urgencia, ante la inminente fecha de su publicación que es "ya".

Empiezo a escribirlo (debe tratar sobre Semana Santa) en territorio de ventisca y día desapacible, dicen que necesario, de esos en los que, no cabe duda, hay que suspender la procesión.

También es cierto que el éxito de esta Semana, de sus desfiles y parafernalia, a más de su acertada planificación y esmero, depende, como la maduración de la uva, mayormente, del sol. Así que esta última, aquí y en los demás lugares, ha sido rutilante.

Pero el sol se ha ido, como el eco sórdido de tambores y agudo de trompetas, y tengo que bosquejar algo legible sobre un tema que en Pascua de resurrección y ya dado cuenta del hornazo, da pereza volver. En estos días lo suyo es hablar de Barceló, de su Arca de Noé, su elefante pedorro, de sus estupendas performances donde el agua pinta, el aire seca y todo, con la música y el silencio, acaba por desvanecerse. Eso es lo que debería hacer con este artículo: una performance… y luego desaparecer.

Con Mayoral, que está ultimando el modelado del Cristo de la Humildad: te está quedando soberbio.

Me cuentan, no estuve aquí, que hubo bronca catedralicia sin piedad, cosas antiguas, casi identitarias, que se arregló como se pudo, o no.

Que parece que hay apuestas por saber qué procesión recorre menos itinerario en más tiempo y va en cabeza la tendencia andalucí, aunque hay más: la culpa está entre el parón y la interminable revirá (Nota 1)

Recuerdo con placer los prólogos: Poeta ante la Cruz de Isabel, el formidable pregón- ensayo-tesina Morfologías de la Resurrección a la luz de la agonía redentora (a esta es, ahí es ná) de Asunción Escribano. Los 75 de la Permanente sin despeinarse, algún concierto y desconcierto, presentación, recital o conferencia. Como son actos bajo techo no dependen del tiempo, suelen ser largos.

Sé que faltaron hermanos de paso en algunos desfiles, hombres de hombro, que no de séptima vértebra cervical y por igual valientes. Que la Semana Santa salmantina no levanta de igual modo, ni a tirón, a pulso, (ni aliviao), ni a la música, en todas las hermandades; que en las más decae. Y uno piensa que en esta ciudad, universidades y teologías no acaban de casar con la celebración popular y ya de antaño los ilustres ilustrados como Araujo en su Reina del Tormes, nos calificaban como movidos "en su holgazanería, à engullir la sopa conventual, à darse en repugnante espectáculo en las procesiones de disciplinantes y à desgañitarse pidiendo toros por cualquier motivo".

Creo que esta secular celebración otrora barroca con su curvilínea seriedad, tiende decididamente hacia lo kitsch, este arte tan actual, tan simple, repetitivo, adornado, colorido, impostado, imitativo, consumible y, por desgracia, tremendamente popular.

Kitsch es Jeff Kons, Disney, Almodóvar, Lladró, un bazar chino, una Barbie vestidera (como ciertas vírgenes vestideras también), un capillita vestido de Jueves Santo, un espectáculo drag queen o el festival de Eurovisión, los uniformes zarzueleros de ciertas bandas, sus músicas también, cristíferos quinarios con exceso de oros y de velas, un paso de palio, por precioso que sea, su movimiento acompasado y rococó… Hacia allá vamos más allá de acentos y ceceos, cruzando el Guadalquivir o el Misisipi, hacia ese arte Kitsch que Adorno clamaba como "parodia de la conciencia estética".

En fin, la otra tendencia parece ser más rústica, igual de teatralizada, con sicofonía medieval, menos cara y sin embargo perfecta en su puesta en escena; lejos de lo gótico, plateresco, barroco o churrigueresco que es como decir exenta de filigrana, busca como todo arte hacerse creíble, apariencia de autenticidad, pero tiene evidente patente zamorana, románica ciudad donde se la cuida, no se la discute y a pies juntillas se la cree.

Sigue sin salir el sol, el viento arrecia, es hora de acabar el articulo performance… y desaparecer.
                                                                                                                 

  • Nota 1 Revirá: "Sinónimo de vuelta, es la acción por la cual el paso gira noventa grados para cambiar de dirección. Es una de las maniobras más técnicas, por la que se puede valorar la mayor o menor maestría de un capataz al ejecutarla. Siguiendo los tiempos que según mandan los cánones, el paso una vez cuadrado por la embocadura de la calle, aminorará la marcha, comenzando a girar sobre su eje virtual llamándose poco a poco, el patero de la primera trabajadera en el sentido de la vuelta a derecha o izquierda, según el itinerario por el que deba pasar la cofradía en cuestión. Por el contrario el patero que vaya en la última se llamará en sentido contrario a la vuelta para que la rotación a noventa grados sea perfecta. Cuando se haya embocado con la calle a la que se vaya a entrar, a la orden de venga de frente, se alargará el paso un poco más según se pueda, hasta que suene el martillo para arriar el paso, dando por concluida la chicotá". (Publicado por Paqui)

miércoles, 18 de enero de 2017

Antonio Santos

Detalle del paso de El Prendimiento, de la Hermandad del Cristo de la Agonía | Fotografía: ssantasalamanca.com

18 de enero de 2017

"El camino de lo bello o Via Pulchritudinis es la ruta más atractiva hacia Dios"
Benedicto XVI

Numerosos pensadores occidentales, clásicos, humanistas, cristianos y padres de la Iglesia han ahondado en esta vía de acercamiento a Dios que transita hacia la fe por los paisajes de las artes, ya sean estas plásticas o intelectuales. Es un camino esencial en la historia del humanismo cristiano, pero también una vertiente filosófica que ha provocado no pocas controversias. Determinar qué es lo bello es tan discutible como establecer qué es lo natural. La historia del pensamiento y las mentalidades así lo demuestran. Los padres de la Contrarreforma trentina lo tuvieron claro e impulsaron un movimiento artístico universal y duradero, el barroco, que tuvo tanta importancia en Salamanca que incluso nuestra ciudad generó un estilo dentro del mismo: el churrigueresco.

Prácticamente sin saberlo y sin figurar explícitamente en sus reglas, las cofradías y los cofrades han sido depositarios y guardianes de esta via pulchritudinis gracias a su predisposición instintiva a mantener lo tradicional. Las raíces barrocas de las procesiones de semana santa llaman a "mover los afectos" de aquellos que las contemplan. Conmoviendo los corazones de los fieles es posible alcanzar los espacios más recónditos de la conciencia y llegar a Dios. Ese sustrato barroco y barroquizante, eterno y mudable de las procesiones y de la devoción popular, que no en pocas ocasiones ha rozado la heterodoxia eclesiástica y otras tantas la conveniencia del poder civil, ha sido capaz de mantener o de recuperar aspectos litúrgicos y paralitúrgicos centenarios que prácticamente habían sido desterradas de las iglesias, permitiéndonos contemplar esta paraliturgia en su forma mas pulchra.

Pero este camino también tiene sus cunetas. Lamentablemente, podemos observar en nuestros pasos detalles y costumbres de anteayer que si bien nacen del corazón de algunos cofrades, rayan el absurdo y confunden al espectador, cada vez más ajeno a la interpretación simbólica de las imágenes católicas. Me estoy refiriendo a cierta proliferación extravagante de imágenes cristíferas con rosarios en las manos, dolorosas y ángeles pasionistas que sostienen rosas o claveles entre sus manos, imágenes de Cristo que reciben petaladas de confeti o el frecuente y a veces innecesario trajín de cambios de ropa de algunas imágenes que contradicen abiertamente la iconografía y significado de la advocación que defiende la cofradía. Hay otros muchos ejemplos que van desde adaptaciones de música a marcha procesional totalmente desacertadas a cambios de configuración de un paso cambiando cómo fue concebido por el autor, alterando y desvirtuando la obra.

Permitamos que nuestras imágenes cumplan con su función de culto y procesión tan bien como lo han hecho durante generaciones. Esa razón y no otra es la que ha permitido que las recibamos en el siglo XXI tras siglos de veneración. Realmente no necesitamos esos extravagantes aderezos que más que mejorar nuestra pasión, vienen a subrayar el ansia de visibilidad de algunos, que ante la crítica solo saben responder "a mí me gusta" o "fíjate como aplaude el público". Seamos cuidadosos y actuemos con lógica. En ocasiones no es fácil lograr el equilibrio entre el fervor espontáneo y la belleza de las obras, pero no cejemos en el empeño. Seamos conscientes de este legado y de que recorremos, a veces casi a ciegas, la Via Pulchritudinis.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Pedro Martín

Grupo de acólitos de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado, correctamente vestidos | Foto: ssantasalamanca.com

26 de diciembre de 2016

En esta tercera parte de la serie Estética cofrade vamos a abordar un último aspecto relacionado con la liturgia, el de las vestimentas litúrgicas, pues estas se utilizan en nuestras procesiones y, en mi opinión, no siempre con el debido acierto desde el punto de vista formal, de la idoneidad o de la estética.

En primer lugar vayamos con los sacerdotes que habitualmente acompañan nuestros cortejos procesionales, cosa que se agradece, puesto que hace no tanto tiempo en algunas procesiones brillaban por su ausencia y no por culpa de las cofradías. La vestimenta litúrgica correcta para salir en una procesión es la capa pluvial, siempre encima de alba y estola, y lógicamente ambas prendas -estola y capa- congruentes en el color litúrgico del día que corresponda.

Aquí vemos dos errores muy comunes: el primero, no vestir la preceptiva capa pluvial y salir en la procesión solo con alba y estola. Si esto se produce por falta de la misma puede ser comprensible, pero siempre se podrá localizar alguna de otra iglesia o cofradía que la preste; más grave es si se prescinde de la misma por comodidad o por rechazo a una prenda "supuestamente pasada de moda" con justificaciones absurdas propias del desconocimiento de las normas litúrgicas.

El segundo error es equivocar los colores litúrgicos propios para cada día de la Semana Santa, asociando el color morado con la misma. Si bien es el más común, nunca debe utilizarse el Domingo de Ramos, cuyo color litúrgico es el rojo; ni el Domingo de Resurrección, siendo este día el blanco el adecuado. Bien es verdad que el Jueves Santo en la celebración de la Cena del Señor se utiliza el blanco, pero el color adecuado para una procesión es el morado. Otro tanto ocurre con el Viernes Santo, en cuya celebración de la muerte del Señor se utiliza el rojo, color del martirio, y sin embargo en el desfile penitencial se utiliza el morado o incluso el negro si se tuviera, pudiendo extenderse este color al sábado hasta el caer de la tarde con la vigilia pascual. Estos detalles en cuanto al color no son nimios y deben ser cuidados al máximo por las cofradías y sus sacerdotes.

El otro aspecto relacionado con las vestiduras litúrgicas es la vestimenta utilizada por los acólitos, tema este controvertido en buena parte de las diócesis españolas, llegándose en algunas al extremo de prohibir expresamente en sus normas diocesanas la utilización de las dalmáticas a los mismos en los desfiles procesionales.

Partimos de un hecho obvio: la dalmática es la vestimenta litúrgica propia del diácono y en su día del subdiácono, ministerio hoy desaparecido. Por lo tanto, tan solo estos, conforme a derecho, pueden vestir la citada prenda, no valiendo subterfugios como que las órdenes menores del laicado como son el acólito y el lector son equivalentes al anterior subdiácono y, por lo tanto, pueden vestirla. La prenda del acólito y lector es el alba, y esto siempre que estén debidamente instituidos, cosa que en nuestra diócesis no es muy habitual. Me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que ninguno de los acólitos de nuestras procesiones lo son en realidad y, salvo una ocasión reciente, que yo recuerde ningún portador de dalmática es diácono.

La vestimenta correcta del acolitado en una procesión en ausencia de túnica debería ser la sotana pudiendo ir revestida de roquete o, en su defecto, la túnica de la cofradía.

En el aspecto de la utilización de las dalmáticas cabría una aclaración por parte del obispo, de tal forma que se permita con todas las consecuencias si se cree oportuno o bien se indique la no pertinencia de las mismas. Además, y sin perjuicio de lo anterior, convendría que tuviéramos especial cuidado con los colores de las mismas, siempre del color litúrgico adecuado y nunca del color de la cofradía por pensar que esto pueda resultar más estético.

Espero que estas reflexiones ayuden a conjugar estética, liturgia y procesiones, de tal forma que nuestros desfiles sean cada vez más una extensión en la calle de nuestras celebraciones dentro de nuestras iglesias y sirvan para conocer o ahondar en el misterio de nuestra fe.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Pedro Martín

Cofrades con cruces numeradas preceden a Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis | Fotografía: ssantasalamanca.com

28 de noviembre de 2016

Reflexionábamos hace unas semanas sobre la importancia de la estética en nuestras cofradías y, en especial, en nuestras procesiones, ya que esta cualidad debe estar presente siempre en las mismas, como debiera estarlo en las celebraciones litúrgicas para conseguir esa conjunción de lo espiritual y lo material que nos lleve también a Dios por la belleza. Y en estas que nos encontramos al principio del Adviento, preparando el camino al Señor que ya viene a nacer entre nosotros.

Pues bien, retomando el tema de la estética y la liturgia, que son dos términos que deberían ir indisolublemente unidos, abordamos la estética litúrgica cofrade (permítaseme la licencia) como una prolongación de la propia liturgia que sale a la calle, ¿o acaso los pasos procesionales no se idearon como auténticos altares de culto que sacamos a la calle? Si esto es así, todo alrededor del mismo y de la procesión, de su principio a su fin, debe tener un sentido litúrgico y guardar la debida estética litúrgica.

Comencemos por el principio: la procesión la abre una cruz, como las procesiones litúrgicas son abiertas por la cruz parroquial. Poco más que comentar. La procesión la abrirá la cruz de la cofradía, llamada cruz de guía o en su defecto la  cruz parroquial si esta existe. Todas las demás cruces no tienen ningún sentido litúrgico y, además, estéticamente suponen una redundancia incomprensible.

El siguiente elemento que nos encontramos suele ser el incienso, que en la iglesia precede a la cruz abriendo la procesión y sirve luego para incensar la cruz, el altar, la palabra y al Santísimo; si decimos que nuestros pasos son altares, y además llevan a Jesús y a la Virgen María, ese es su lugar y no otro, delante de nuestras imágenes.

Otro elemento importante es la luz, ya que al igual que nuestro altar en la iglesia está alumbrado por velas, en la calle también las utilizamos y no solo en los propios pasos, sino también en ocasiones precediendo a estos con los ciriales, o con uno en cada esquina enmarcándolos, quizá una forma menos frecuente pero igualmente válida.

También le ponemos luz a la ya citada cruz de guía y también a la cruz parroquial, símbolos de Cristo. Litúrgicamente, ningún otro elemento debe llevar luz. Y ya que he citado la cruz parroquial, decir que su lugar, si no es abriendo la procesión, puede ser abriendo el tramo de la Virgen en caso de tener dos pasos o bien si se llevan ciriales en el primero en medio de ellos.

Queda un elemento que también es utilizado en algunas cofradías y que es propio del Santísimo. Me refiero al palio, elemento que es usado en la procesión del Corpus y que hace algunos años se recuperó como "palio de respeto" de color negro tras el Sepulcro en la tarde de Viernes Santo. En mi opinión, aunque no he encontrado ninguna disposición en contrario, no tiene cabida, pues no le encuentro sentido litúrgico a utilizar un palio en una procesión si no es para acompañar al Santísimo.

Todos los demás elementos propios de las cofradías como bocinas o trompetas, varas, banderas, libros de reglas, estandartes, etc., no se pueden considerar elementos con sentido litúrgico, pero si estético, lo que debería obligar a las cofradías a buscar su propio estilo estético, formado por sus imágenes y la forma de llevarlas, sus hábitos, su forma de procesionar y su propia idiosincrasia que nace de sus más profundas raíces como cofradía, siendo desgraciadamente frecuente el olvido de su propia historia. Y esto no significa que no se pueda innovar o evolucionar, pero siempre muy pensado y con una cierta perspectiva, y esto incluye mirar hacia adelante y hacia atrás antes de introducir un nuevo elemento procesional o recuperar aquellos que se perdieron para conseguir la tan ansiada estética cofrade que nos identifica y que resulta no solo necesaria, sino imprescindible para transmitir en la calle el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Dejaremos para una tercera parte de la trilogía las vestimentas litúrgicas y las cofradías.


viernes, 4 de noviembre de 2016

Andrés Alén

Grupo de Semana Santa ante el Gran Hotel. Albacete. 1926 | Fotografía: Luis Escobar

04 de noviembre de 2016

De un tiempo a esta parte me hostigan con esa cuestión de las identidades, que viene a ser un reclamo para que me defina, sospecho que en una dirección determinada (por otros), en razón de pertenencia a una tierra, a unas tradiciones, costumbres, modos, devociones y otras historias, que suelen ser también las de los otros, muy propensos a puntualizar de dónde venimos, dónde estamos y por dónde deberíamos seguir, y hasta amenazan con multarnos si nos salimos de esa cerca cultural. Esa gente, no confundir con lo que el nuevo san Pablo llama "la gente", que no está para interpretar sino para ser interpretada, "esa", digo, tiende a ponerse de modelo sin pudor y con cierta autoridad sobrevenida para que caminemos por la pasarela de su glamuroso desfile. Tanta insistencia me retrotrae a tiempos en que, por menos de una corta melena, unos señores grisáceos te paraban, templaban y mandaban a la voz de: "¡Identifíquese!".

Pongo la tele de nuestra castellano-leonesa autonomía, sobrevenida igualmente, y no paro de gaitas, dulzainas, bandurrias, tamboriles y panderos, redondos o cuadrados, interpretando jotas, ¡que viva!, mostrándome a carne abierta la nervadura de lo que suponen mis raíces. Y a mí que me emociona mucho más un señor de color negro cantando un blues, o unas bulerías al golpe traídas de Utrera por Fernanda, no puedo por menos que sumirme en cierto desasosiego fruto del desarraigo.

Uno a estas alturas ya creía que debido a tanto avance tecnológico, real y virtual, por fin, cada cual podía ubicarse donde quisiera, ser prácticamente contemporáneo de quien le viniera en gana, elegir maestros de diferentes siglos, ideologías, pero, claro, entiendo que no es todo tan fácil: si yo me identifico con Napoleón lo normal es, o era, que me encierren en un manicomio. Como si salgo al trabajo vestido de romano. Si me entrego a rescribir concienzudamente y letra a letra El Quijote, aun cambiando la Mancha por la Armuña, no pasaré por un gran literato y hasta dirán que copio en vez que reinterpreto… y así.

He de confesar, tras este intencionado preámbulo, que no se me dibuja nítidamente una Semana Santa salmantina con la que identificarme. Más claro tengo esas cuestiones que por excesivamente espurias, insulsas, lasas o llanamente cutres, me desagradan. No es fácil el diseño de una Semana Santa acorde con la ciudad. Si apelamos a las tradiciones, no quedan muchas, aunque ciertamente valiosas (túnicas nazarenas de rescatados o sanjulianes, sabor cofrade en Vera Cruz, unos formidables templos como nidos…).  Con mucho menos se han levantado algunas y con mucho más han decaído otras. No me atrevo a dar nombres, apelo a la sabiduría de mis lectores aunque tema los sobreentendidos. Pero la idiosincrasia salmantina encierra contradicciones. Quien nombra como guía la austeridad castellana, que algunas veces se confunde con una pobreza endémica, aspereza propia de sus gentes, dicen, quizás se olvidan de que la arquitectura salmantina traiciona los románicos con góticos altísimos, filigranas platerescas, se hace barroca hasta todos los excesos churriguerescos, con lo que ciertos diseños más rústicos que funcionan perfectamente y con verdad en otros lares, aquí parecerían fuera de sitio si pasan por Plaza, Clerecía, Catedral, Universidad o San Esteban. Más que austero, yo diría más solemne. Quienes apelan a tradiciones propias del terruño solo decir que el implante secular de la Universidad la distancia del sencillo provincianismo y la configura más abierta y cosmopolita.

De otra parte, quienes se fijan en la Semana Santa más genuina, tradicional y  aparentemente consolidada del mundo para importar de ese Hollywood semanasantero todos sus rituales (clase turista), sin más originalidad que ese cierto look cost y unas formas impostadas que llegan en su medular escalofrío hasta la séptima vértebra cervical, puede que también algo chirríen. A uno le hubiera gustado, ya de puestos, que empezaran por el rigor escueto de esas cofradías hispalenses de negro que ejemplarizan el silencio y la ausencia de cualquier clase de protagonismo de sus miembros. Pero en fin, no mucho que objetar.

Más descalabro, o no, hubiera supuesto importar las cuadrigas lorquianas, los rostrillos bíblicos de Puente Genil, empalados de Valverde de la Vera  o el mismísimo Santo Potajero bañezano. De todas formas, nunca hubiéramos podido presumir de genuinos, ay, ya lo decía don Eugenio D’Ors, "todo lo que no es tradición es plagio".

No obstante, la difícil cuestión identitaria, no va solo ligada a concordancias del diseño, al uso y las buenas costumbres. Aquí se puede inventar hasta cansarse aun las propias y oscuras usanzas, reinterpretar, mentir, folclorizar o ceñirse a la historia, cristianizar o paganizar más o menos. No seríamos los primeros .Lo importante es tener éxito, conseguir que la muchedumbre (algo parecido a la gente pero más tumultuosa) se identifique con el Santo evento Semanal (pero anual), que callen sepulcrales al paso de las procesiones, o que griten como posesos, lágrimas a raudales, que se postren genuflexos o se alcen altivos, identificarse como decían los de gris, que se hagan uno en esa identidad (los que no, que se vayan a la playa como en otros lugares). Perdón, creo que me estoy viniendo arriba, sigo y acabo, lo importante es llegar a ser "carne de identidad".


lunes, 24 de octubre de 2016

Pedro Martín

Congregantes de Jesús Nazareno portan cruces en la calle de la Compañía | Foto: ssantasalamanca.com

24 de octubre de 2016

Dentro del mundo de las cofradías, por lo ceremonioso de las mismas y por la puesta en escena que se hace en la calle, tiene suma importancia la estética, que no es más que la búsqueda de lo bello, de todo aquello que con un cierto gusto y armonía nos lleva a través de la belleza al fin último que no es otro que hacer pública manifestación de fe.

Y no podemos olvidar que las celebraciones litúrgicas, en mayor o menor medida, beben de las fuentes de la estética para acercarnos al misterio de la fe; todo tiene un orden, unos tiempos, unos gestos, unos colores que nos ayudan en nuestras celebraciones, y que, sin duda, son más evidentes en las solemnidades o en las celebraciones presididas por el obispo y más aún en las pontificales.

Si entendemos nuestras procesiones como una prolongación litúrgica o paralitúrgica, pues la única procesión litúrgica es aquella que se hace con el Santísimo o la de palmas el Domingo de Ramos, parece lógico que la estética juegue un papel destacado en las mismas, pero eso sí, sin olvidar el sentido litúrgico y de profesión de fe que nos hace salir a la calle a proclamarla.

Me quiero referir hoy a algunos detalles de indumentaria cofrade que hacen que nuestras procesiones no sean todo lo estéticas que debieran y que, desde mi modesto punto de vista, son fácilmente mejorables con un poco de buena voluntad por parte de todos.

En primer lugar, los hábitos o túnicas son nuestra vestimenta en la procesión, en nuestra fiesta, y a nadie se le ocurriría ir a una fiesta con la ropa descuidada, arrugada, sucia o incluso rota. Esto es aplicable al calzado y guantes (si se llevan), requiriéndose también una uniformidad, la que marquen las reglas de cada hermandad, no entendiéndose que existan hermanos con diferente calzado o unos con guantes y otros sin ellos. Todo esto produce sin duda una falta de estética que no ayuda a la armoniosa búsqueda de la belleza en el desfile procesional.

En algunos desfiles procesionales no todos los hermanos visten hábito o túnica y acompañan a sus imágenes con ropa de calle que debe ser adecuada al lugar donde se está, procurando vestir de forma decorosa y discreta. Si es en Semana Santa, lo más adecuado son los colores oscuros para acompañar a nuestras imágenes en señal de respeto y de duelo, pues no podemos olvidar que celebramos la Pasión y Muerte de Jesucristo, evidentemente la Resurrección merecería un tratamiento distinto. Me gustaría comentar la adecuada integración de los trajes regionales en algunas de nuestras procesiones, incluso sustituyendo con acierto al propio hábito en el desfile del Cristo de la Liberación en la madrugada del Sábado Santo donde la fabulosa estética de las mujeres con el traje de luto charro de ventioseno te hace retroceder en el tiempo y revivir un auténtico entierro de Cristo.

Hablando de mujeres y su indumentaria en las procesiones, me parece muy estético que se siga manteniendo el uso de la mantilla española en las mismas, para mí el conjunto es de lo más elegante si se viste adecuadamente y esto, desgraciadamente, cada vez se ve menos. No confundamos vestir de mantilla en una procesión con salir de fiesta o de ligoteo. Y es que parece que se busca esto último con faldas demasiado cortas, escotes imposibles, zapatos de tacón de varios pisos, medias de cabaret o maquillajes más propios de Nochevieja que de una procesión. Esto hace que la estética sea un tanto chabacana y que deba ser cuidada con esmero por las cofradías.

Y para no ser muy prolijo, dejaremos para otra ocasión la estética relacionada con las vestiduras litúrgicas en nuestras cofradías.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Tomás Gil Rodrigo

Primer plano de Nuestra Señora de los Dolores, de la Cofradía de la Vera Cruz | Foto: ssantasalamanca.com

19 de octubre de 2016

En los últimos años, gracias a los medios de comunicación, al tiempo libre y a la posibilidad de viajar, las obras de arte se han vuelto asequibles a la mayor parte de la población, es decir, se han popularizado. Esto en principio está bien, porque han dejado de pertenecer a una élite pudiente y cultivada, por fin es posible que el arte sea un bien del que goza toda la humanidad. Sin embargo, aún estamos a mitad de camino, ya que hemos accedido a las obras de arte sin necesidad de ser formados en la contemplación y, por lo tanto, no son asumidas en su profundidad creativa.

Esta tarea resulta imposible si convertimos el arte en un objeto de consumo, al que dedicamos parte de nuestro tiempo, o simplemente lo queremos y valoramos en la medida que nos proporciona experiencias evasivas y placenteras. Hasta en la misma Iglesia estamos afectados por esta manera de tratar las obras de arte, creadas para mostrar nuestra fe por medio de la belleza, cuando organizamos visitas para ver iglesias o exposiciones en los momentos sobrantes o lúdicos de nuestros encuentros.

¿Cómo enseñar y mostrar a la gente la riqueza que contienen las imágenes, más allá de las figuras, si lo hacemos precisamente en una tarde o un día en el que se busca pasar el rato? Esta manera tan trivial de tratar el arte nos lleva a considerar las obras solo desde el gusto. Por eso, todos nos atrevemos a opinar, rápida y superficialmente sometemos a nuestro juicio un cuadro, una escultura o un edificio, dependiendo del gusto que me proporciona, muchas veces un gusto parcial, porque está educado desde un solo estilo artístico, o también un mal gusto, porque no lo tenemos cultivado.

Es cierto que el gusto capta la atención de cualquier persona con un poco de sensibilidad, pero aquí no se detiene la experiencia estética. Si busco el arte con el fin de obtener mi gusto, si lo valoro así, me quedo a medio camino de la contemplación de la obra de arte, no entro en la presencia de ésta, no se da un encuentro y una relación que transforme mi persona. Y es que la belleza de una obra de arte no depende del gusto que nos proporciona, sino de su capacidad para comunicar una fuerza creadora y transformante. El arte requiere un esfuerzo creador por parte del artista que realiza la obra y nos pide también ese mismo esfuerzo creativo por nuestra parte. El resultado final es que recibimos en nuestro espíritu la alegría, la paz, la fiesta, la luz… La experiencia privilegiada a la que nos lleva la contemplación del arte es a vivir anticipadamente el triunfo de una vida nueva para la humanidad. Ojalá por medio de estas líneas, durante este curso, descubramos y andemos por este camino tan peculiar de la belleza.


viernes, 14 de octubre de 2016

Paco Gómez

Dos cofrades de Amor y Paz portan el Cristo de la Tabla, de Jerónimo Prieto, en la procesión del Cristo de la Liberación

14 de octubre de 2016

Resulta que por una razón que no alcanzo a comprender, en las redes sociales de CyLTV en los últimos años hay un curioso debate en torno a una procesión. La "polémica" en los comentarios gira en torno a si la salida penitencial en cuestión recogida por las cámaras transcurre por Salamanca o por otra ciudad. Al margen de corroborar la conocida teoría de comunicación conocida como Disonancia Cognitiva (más o menos, uno acaba por encajar –aunque sea a golpes- lo que ve en la idea preconcebida que uno ya tiene sobre lo que ve) y de confirmar que no se presta demasiada atención (ay) a los comentarios que acompañan las imágenes, el asunto suscita cierto análisis.

Soy de la opinión de que los últimos cincuenta años han acabado por completo con el alma de las ciudades, o al menos de la mayoría. Se identifican al primer golpe de vista los monumentos más representativos y hasta ahí. Hablar de tramas urbanas, de tipologías constructivas ya no tiene sentido alguno en medio de una uniformidad (bien alimentada por la especulación, la burbuja y la reducción de costes) extendida por doquier.

Pero volvamos al punto de partida: ¿y la Semana Santa? Pues, desgraciadamente, corre un riesgo parecido. Como toda manifestación cultural sostenida en el tiempo, la escenificación de la muerte y la celebración de la resurrección se ven sometidas a influjos, tendencias, altas, bajas, esplendores y decadencias.

Siempre ha habido cofradías poderosas que han extendido su influencia más allá de sus provincias. Siempre han existido prestigiosos talleres escultóricos que han creado obras para responder a demandas de las más variadas procedencias. Pero de manera paralela, siempre ha existido un palpable cariz propio de cada lugar, concentrado en torno a unos templos determinados, unas tallas determinadas y, sobre todo, una determinada manera de vivir la religiosidad.

Ocurre que en estos momentos hay una fuerza de enorme empuje que ha optado por remarcar solo una determinada forma de celebrar la fe en la calle. Es aire nuevo, nos dicen, y es cierto. Pero se extienden exactamente las mismas tallas, las mismas ornamentaciones. El mismo vocabulario. El mismo acompañamiento musical: lo mismo.

Resistir ante ciertos vendavales es ciertamente complicado, más cuando algunos afirman que por aquí pasa la supervivencia de la Semana Santa. Defiendo que todas las formas de fe deben tener cabida y que la pluralidad es un valor en cualquier manifestación humana. Al fin y al cabo, cada procesión tiene su público o el público acude a cada procesión predispuesto a una actitud determinada.

Ahora bien, entre la opción de respeto sacrosanto a "lo que se ha hecho siempre" (que determinada tradición, enseña u ornamento lleve siglos no significa que sea inalterable) y la opción de "trasplantar" sin más lo que se ha visto fuera, hay algún camino que me parece interesante.

Es la apuesta por lo propio sin copia. Una opción audaz y valiente que en Salamanca ha deparado algunas realizaciones encomiables. Destacaría la decisión de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz de encargar a Jerónimo Prieto su patrimonio procesional. Hoy el Cristo de la Tabla es una de las obras más conmovedoras que pueden verse en la calle en nuestra Semana Santa y fue fruto de un encargo visionario en el año 1992, al que siguieron tres años después las impresionantes tavolettas con el Via Crucis para la misma procesión del Cristo de la Liberación. Ahí se ha producido una combinación curiosa pero casi perfecta entre la mirada a los entierros castellanos rurales del siglo XVII y  ese estilo nervioso, vibrante, ensoñador de un pintor especial. No hay ningún  lugar del mundo, ninguno, donde se pueda asistir a ese diálogo único.

Como único, sin duda, es Andrés Alén. Creador hondo y humanista al que, por cierto, esta ciudad no admira lo que debiera. El caso es que Alén también ha entrado de lleno en la Semana Santa salmantina (o ha dejado salir de él un poco de su abrumador sentimiento religioso) y también ha aportado elementos procesionales de alto valor estético y reflexivo a las procesiones del Jueves Santo (Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz) y del Viernes Santo (Cofradía de la Oración en el Huerto).Collages humildes que en medio de tanto brillo y moldura nos hacen fijar la mirada. Nos golpean en el centro del pecho. Qué curioso, nos vemos escuchando al que susurra en medio de tanto grito.

No sé si la Semana Santa está preparada para dar un salto al informalismo, al expresionismo abstracto o a nuevas formas contemporáneas de arte. Hay un componente de escenificación verosímil, de piedad ante el sufrimiento evidente, que hace difícil pensar en que viejos resortes puedan moverse. Mientras, no está de más una reflexión ante la disyuntiva de acudir a un "supermercado" cofrade en busca de más de lo mismo, irrelevante por repetido y condenado como toda moda al olvido, o crear un verdadero patrimonio que admirarán los que vengan detrás.

jueves, 9 de junio de 2016

J. M. Ferreira Cunquero

Miembros de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, junto a la Casa de las Conchas | Foto: JMFC

09 de junio de 2016

Recordaba, en el mío anterior, las experiencias compartidas con los amigos visitantes en ese recorrido por las procesiones que muestran, bajo mi punto de vista, los aspectos más interesantes del panorama semanasantero, que puede compaginarse, entre la cercana Zamora y esta Salamanca que expone y expande su calvario de piedra para enmarcar, como en pocos lugares puede hacerse, la Pasión del Señor.

La mañana del jueves la dedicamos a pasear tranquilamente por la ciudad. Visitamos la iglesia de San Pablo y la Catedral Nueva para contemplar las imágenes que, por su relevancia, no pueden quedar fuera nunca del contexto explicativo que ha de darse sobre esta Semana Santa. Nuestro Padre Jesús Rescatado y Nuestra Señora de la Soledad exhiben con rigor encomiable la importancia que poseen las imágenes cuando son únicamente entendidas como soporte de la devoción popular.

Después de degustar algunos de los productos típicos de la tierra, partimos hacia Las Arribes, recorriendo los entornos de Vilvestre y aquellas impresionantes panorámicas en las que el padre Duero separa y aviene con tanta diligencia las benditas tierras de Portugal y España.

En el Mirador de la Code, como un ritual de reconocimiento y cariño, meditamos las palabras que allí rezan, suponiéndolas en la voz de Unamuno, mientras contemplamos cómo discurre el manso río por el portentoso cañón, que se estira como una atalaya de perspectivas sobre el vientre del paisaje ribereño.

Llegamos a Zamora sobre la medianoche. No hizo falta explicarles a mis acompañantes qué tonos tiene el luto que visten los zamoranos en esas horas del anochecer, cuando atavían de sentimientos el alma para enterrar en su dolor a Cristo.

Los hachones vierten con dulzura los tonos amarillentos sobre el rústico paño que viste el andar penitente, y los encapuchados, deshabitados en sus entrañas, revelan el silencio que, en Zamora, el jueves es más silencio, más fuego sobre el dolor del fuego.

Y así lentamente el Señor Yacido, Hijo de la tierra zamorana, en hombros llega para ser besado dentro de la oquedad del surco que el pueblo labra. Cosecha de amor que, florecida en la pena, arde hasta encender la humilde austeridad que emerge del rústico anochecer zamorano.

Pero aún les aguarda, a mis queridos colegas, la contemplación de uno de los encuadres de belleza más intensos que pueden ser apreciados en esa noche, en la que la luna, cual vigía del cielo, se inmiscuye en las entrañas del Tormes.

Por la Ribera del Puente, el cortejo blanquecino, lentamente ensimismado en el caminar cadencioso, con faroles viene de alumbrar el excelso calvario salmantino. Dolor arrabaleño que espera en el Puente agasajar al Señor de aquellos contornos: Silencioso, monacal / quedamente está en sigilo / como queriendo escuchar / las voces de su ciudad / diciéndole ¡Cristo mío!

El Cristo del Amor y de la Paz, sobre los hombros de mis hermanos, se enclava en la hermosura salmantina, que cincela entornos catedralicios en los zócalos celestes con tanto acierto, que allí se funde y ensambla la emoción más densa y exacta que explica, por sí misma, la beldad que sutilmente cae sobre los hombros de paisaje charro. Es uno de esos momentos en los que se puede comprender que esta ciudad, sí, la Salamanca de Fray Luis, Vitoria o Unamuno, lo tiene todo para acoger en su alma de piedra una Semana Santa procesional única y asombrosa.

Así lo han vivido a mi lado los amigos, que se van sin entender, después de lo que han visto y sentido, cómo nuestra semana de pasión no tiene un mayor reconocimiento del que se le otorga en los patrios ambientes semanasanteros.

Es entonces cuando les hago saber que les he mostrado lo que, desde mi punto de vista podía impactarles, refiriéndoles que Salamanca ha sido y es ciudad de encuentro de culturas y zona fronteriza con el sur, que hasta aquí trae, desde siempre, en la suavidad de sus calurosos vientos, aspiraciones e influencias.

Les hago saber que, cuando ellos estén participando en la procesión del Santo Entierro de su ciudad, aquí, sobre la media noche, saldrá de los Irlandeses el Cristo que, en el cementerio, da compaña durante todo el año a los devotos que a su lado sufren el dolor misterioso que apaga la vida con el último aliento. Otra joya procesional, que en estas calles muestra ese acento salmantino que nos atrapa por la sobria estética que atavía de humildad el silencio.

Reconozco que otros cofrades (con todo derecho) mostrarán convencidos la otra Semana Santa que yo procuro encubrir, acogiéndome a ese derecho de revelar lo que me complace.

Después miro hacia el futuro y vuelvo a vaticinar cómo los movimientos sociales e históricos, continuarán introduciendo su influencia en una Semana Santa que, pese a todos los desencuentros que surjan, más allá de nuestras querencias, seguirá viva en la ilusión de nuestros sucesores.

Pero tornando al presente, si Dios lo permite, volveremos cuando pase el verano, a estas páginas, en las que la pluralidad semanasantera tiene sus surcos para que podamos cultivar con la palabra el fruto del encuentro.


¿Qué buscas?

Twitter YouTube Facebook
Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión