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jueves, 9 de julio de 2020

Félix Torres

Los hermanos de Amor y Paz que portan la antigua campana de la iglesia realizan un descanso | Foto: Pablo de la Peña

09 de julio de 2020

Tengo miedo.

Desde hace ya más días de los que quisiera, tengo el miedo metido en el cuerpo y no, no es por contagios, ni mascarillas, ni distancias, ni virus, ni pandemias. Me da miedo la "nueva normalidad". Me aterroriza que nos hayamos instalado sin apenas rechistar donde ellos querían y, sobre todo, sin ver ni un atisbo de luz, siquiera, al final de este túnel cargado de síntomas asintomáticos, muertos no contabilizados, gobernantes dictando y pueblo asintiendo –no sé si espasmódicamente o con inmunidad de rebaño–.

Me da miedo que cierta cultura que no alcanza siquiera la categoría underground haya tomado las riendas del carro del que todos tiramos y, aprovechando coyunturas epidémicas, nos meta las manos hasta donde cualquiera de nosotros guarda lo más íntimo y sagrado.

Me asusta ver un futuro cada vez menos incierto en el que los escenarios, todos los escenarios hayan cambiado.

Escenarios de la mundana cotidianidad de nuestra cultura, como los teatros o las plazas de toros, han visto modificado casi sine die su estado de normalidad y todos, calladamente, lo hemos asumido como algo inevitablemente bueno para todos. Llenemos los bares, las terrazas, los paseos o las playas, pero no los teatros, ni los cosos taurinos,… ¡Ni las iglesias!

Y me sorprende que ahora, con pasmosa normalidad asumida casi inconscientemente, nos sentemos alejados en los bancos de la iglesia, no haya contacto entre fieles ni para desearse una paz necesaria o que la comunión pase de ser el acto fundamental y solemne de la eucaristía a una situación en la que participar del sacramento es casi una temeridad.

¿Es porque el Gran Hermano se preocupa de nuestro bienestar a costa de sus desvelos o son movimientos sibilinamente descarados de quienes nos manejan y que aceptamos sin apenas oposición? Contemos la fiesta según nos vaya en ella. Pero, ¡contémosla!

¿Y nuestra Semana Santa? ¿Nos lo hemos planteado?

Me asusta que en esta corriente de normalización social en la que la religión es un grano en el culo de la masa dominante, en la que la Iglesia es ninguneada por cualquier interlocutor, en la que se radicalizan los discursos sesgándolos hacia donde ellos quieren que miremos –…la labor social de la Iglesia no existe, Cáritas no es sino una ONG, el concierto educativo es un lastre que nos estamos quitando poco a poco…– estoy seguro de que la Semana Santa popular, la participativa, la de la calle, no va a ser nunca más como la conocíamos. Normas restrictivas, sanciones, ordenanzas y regulaciones, emitidas desde un gobierno protector que solo mira por el bienestar de sus gobernados, incluso a costa de incomodidades, contratiempos y sufrimiento, nos convencerán de que lo que no puede ser es hacer lo que hacíamos y, sobre todo, nos aleccionarán para que entendamos que lo hacen por nuestro bien. Siempre por el bien de los gobernados.

Si nos han tenido recluidos a su antojo durante meses, con la contradicción como norma y el control policial como seguro… qué no harán con algo como nuestras procesiones, nuestra Pasión, para las que tienen claro el acoso y derribo desde que mamaron sus primeras leches políticas.

Sí. Me da miedo y quisiera equivocarme, pero tengo la impresión de que una normalidad diferente, su "nueva normalidad", ha venido para instalarse entre nosotros sin visos de que en algún momento recuperemos al menos parte de lo que hemos perdido y, sobre todo, de lo que, si seguimos con esta actitud pascualmente ovina (otra vez la inmunidad de rebaño), vamos a perder sin remedio.

Intentemos adelantarnos a lo que se nos podría venir encima. Luchemos por no perder nuestra identidad. Porque, sea del sur o del norte, barroca o austera, esta es y será siempre nuestra identidad. Peleémosla.

Tengo miedo, aunque ojalá me equivoque.


viernes, 8 de mayo de 2020

Tomás González Blázquez

Procesión del Entierro del Señor en Braga

08 de mayo de 2020

Europa tiene su día, el 9 de mayo, pero como es laborable ni nos enteramos. Lo de unir el carbón y el acero de franceses y alemanes allá por 1950, que es lo que se recuerda, no ha calado como festividad. Por iniciativa papal, también tiene seis patronos, desde los eslavos Cirilo y Metodio hasta Edith Stein (luego Teresa B. de la Cruz) pasando por san Benito de Nursia, santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena, aunque no demasiado celebrados en nuestras liturgias hispánicas. No pensamos en Europa, y debiéramos, como un proyecto de raíz cristiana. Desnaturalizado, que no por conservar la raíz iba a ser una Europa menos plural y menos respetuosa con los no cristianos, sino todo lo contrario, el proyecto sufre, se diluye y peligra. Entonces, ahora, se aprecian más que nunca las diferencias, las desigualdades, y hasta las diversas maneras de cuidar las libertades, algunas ciertamente curiosas. La bandera azul, la de las doce estrellas que no son otra cosa que la corona de María, la mujer del Apocalipsis, ondea en la media asta de las incertidumbres y, por desgracia, también a causa de un luto justo e ineludible.

Sabemos que nuestra tradición procesional de los días de Pasión se consolidó en varios de los antiguos territorios del Imperio Español en América y otras latitudes, pero no miramos tanto a las celebraciones que se conservan en diferentes puntos de Europa. Comenzando por el vecino Portugal, es justo detenerse en la Semana Santa de Braga, enriquecida desde hace siglos por un rito litúrgico propio que custodia dos procesiones genuinas por las naves de su catedral: la Procesión Teofórica del Entierro al terminar la celebración del Viernes Santo, en la que se introduce el Santísimo Sacramento en un féretro, se cubre con un manto negro y es llevado bajo palio entre cantos de lamentación; y la Procesión de Resurrección, al acabar la Vigilia Pascual, en la que igualmente se conduce al Santísimo pero en la custodia. Las calles bracarenses acogen desfiles desde el Sábado de Pasión, cuando tiene lugar el Traslado del Senhor dos Passos y su vía crucis. El Domingo de Ramos es la Procesión de los Pasos, en la que esa imagen de Cristo con la cruz a cuestas se encuentra con la Virgen de los Dolores. Muy original resulta el acto del Miércoles Santo, un cortejo bíblico bajo el lema "Vosotros seréis mi pueblo" que repasa la Historia de la Salvación sin olvidar las prefiguraciones de la Pasión en el Antiguo Testamento. Es conocida con el nombre popular de Nossa Senhora da burrinha, pues se representa la Huida a Egipto. Para el Jueves Santo queda la Procesión del Ecce Homo, que desarrolla iconográficamente la misericordia divina y se caracteriza por las antorchas o fogaréus que portan unos penitentes, los farricocos (otros llevan matracas); y para el Viernes la del Entierro, en la que los farricocos no hacen sonar ya las matracas, las banderas se arrastran en señal de luto y el Cristo yacente es acompañado bajo palio.

La presencia histórica de la Corona de Aragón en las regiones italianas la evocan con singularidad algunas procesiones como las de Sicilia. Por ejemplo, en Trapani sobresale la de los Misterios, que parte de la iglesia de las Ánimas del Purgatorio a las dos de la tarde del Viernes Santo y se prolonga durante veinticuatro horas. Los massari, portadores de las andas, llevan al ritmo de la música dieciocho grupos escultóricos de los siglos XVII y XVIII (algunos rehechos tras la Segunda Guerra Mundial), y además salen los iconos pictóricos del Cristo Muerto y la Addolorata. Cerdeña ofrece también desfiles, como los de Cagliari, organizados por cuatro fraternidades, y en la Italia continental destacan la Semana Santa de Tarento, con una puja el Domingo de Ramos entre las dos parroquias principales, o la de Sorrento y sus procesiones Bianca y Nera.

Por su parte, ya en Francia, es significativa la celebración de Perpiñán. Se atribuye a san Vicente Ferrer el origen de la procesión de la Sanch (de la Sangre), que se remonta a 1416. En la isla de Córcega nos encontramos con la procesión de Catenacciu en Sartène. En la noche del Viernes Santo, desde la iglesia de Santa María, el penitente rouge, por el color encarnado de su túnica, emprende un recorrido de casi dos kilómetros soportando anónimamente una cruz que pesa unos treinta kilogramos y auxiliado por un cireneo, también con el rostro cubierto. Arrastra en los pies cadenas, de ahí su nombre, cae tres veces durante el itinerario y precede a una imagen de Cristo muerto extendida sobre un blanco sudario y cubierto por negro palio, mientras los fieles corsos cantan "Perdono, mio Dio, / mio Dio perdono, / perdono Dio mio, / perdono è pietà".


miércoles, 22 de abril de 2020

Luis Romo

Hermanos del Cristo de la Liberación, en el claustro de Fonseca antes del inicio de su desfile | Foto: Manuel López Martín

22 de abril de 2020

Perdónenme, pero soy incapaz de entender, y mucho menos de compartir, el eterno debate que en Salamanca parece haberse instaurado con respecto a las diferentes sensibilidades cofrades que en ella conviven. Por mucho que intento comprenderlo, no entiendo el afán que en los últimos años sobrevuela nuestra ciudad.

Algunos luchan por encontrar al que denominan esperanzados "el estilo salmantino"; otros viven ansiados por categorizar a Salamanca y a sus hermandades bajo un único patrón artístico; o incluso, algunos ilusos viven con la aparente necesidad de instituir un único carácter cofrade en la ciudad.

Perdónenme una vez más. Espero el perdón de aquellos que parecen luchar "a capa y espada" contra el sentir y el hacer de nuestras hermandades, que en el vivir de sus hermanos muestran en la calle una convivencia religiosa única de diferentes espiritualidades.

Por mucho que busco sin encontrar, me sigo dando cuenta de que la situación que Salamanca tiene en su diversidad de cofradías, hermandades y congregaciones no es un simple hecho casual, sino una demostración más de su carácter esencial como ciudad. Y a pesar de que algunos traten de verlo como un problema, el resto estamos en la obligación de verlo como nuestra forma de ser; nuestra esencia y rasgo primordial, nuestro aroma cofrade que el mundo debe conocer.

Diversidad esencial que reside, desde los más que diversos estilos arquitectónicos en nuestras calles y monumentos, hasta la convivencia practicada durante VIII siglos por gentes de todo el mundo. Diversidad que ha encontrado en Salamanca su valía y su mejor cuna, y que en sus "manifestaciones públicas de fe" demuestra el poso real y cultural de la globalidad que en Salamanca perdura.

Encuentro perezoso ‒con toda la humildad y respeto en la afirmación que en ella hago‒ el interminable conflicto entre los diferentes "sentires cofrades". No es de justicia exigir un mismo estilo procesional, ni una misma predilección artística, ni mucho menos una misma esencia devocional en Salamanca; cuando no hay ningún motivo ni en su arte, ni en su cultura, ni en su patrimonio, ni tampoco en sus gentes, para así hacerlo.

No debe centrarse el presente, y mucho menos el futuro, en apoderarse de ninguno de ellos como símbolo cofrade de la ciudad. Son diferentes sentimientos de expresar y manifestar la misma fe; hermanos de una misma tierra que en la esencia de sus diferentes culturas han encontrado su manifiesto universal, como reclama al mundo de su sentir propio.

Nuestra ciudad fue una precursora de la globalización que en estos momentos el mundo abandera en la mayoría de sus ámbitos y que en Salamanca encuentra una manifestación plena, única e identitaria en su vida cofrade. Y es así como sencillamente creo que debe entenderse el "mapa cofrade" que con holgura Salamanca posee.

Disfrutar de nuestra ciudad en su plenitud, de nuestros vecinos en su espiritualidad y de nuestro patrimonio en su esplendor; para demostrar nuestro resplandor y autenticidad en el mundo, consiguiendo la gloria, que tanto nuestra ciudad como nuestra Semana Santa, entonces, merecerán.


viernes, 13 de diciembre de 2019

Paco Gómez

Boceto de la Santa Cena de la Archicofradía del Rosario, junto a la talla de Jesús de la Redención | Foto: Óscar García

13 de diciembre de 2019

Y dejar de frontera solo el aire
(Jorge Debravo)

Si no ocurre nada, digamos, fuera de lo normal, esta próxima Semana Santa de Salamanca pasará a la historia, entre otras cosas, por la salida a la calle por primera vez con carácter penitencial de la Archicofradía del Rosario. Su llegada a nuestras procesiones supone también la incorporación al acervo cofrade de la ciudad de las tallas de José Antonio Navarro Arteaga, una de las firmas más respetadas en la imaginería religiosa de Andalucía.

Por el momento, según apuntan todas las informaciones, en la tarde del Jueves Santo veremos en solitario a Jesús de la Redención, figura central y primer paso en el largo camino de lo que será un futuro conjunto de la Santa Cena. Además, en las próximas semanas serán presentadas por la Archicofradía en sociedad y bendecidas dos tallas más llamadas a formar una conversación sacra, aunque por el momento no integrarán la estación de penitencia: María Santísima del Dulce Nombre y San Juan Evangelista, todas ellas salidas del taller sevillano de Arteaga.

La incorporación de este patrimonio escultórico de la mano de uno de los autores más influyentes del momento, viene a sumarse a una línea abierta con la llegada en la última década a Salamanca de las imágenes de Nuestro Padre Jesús Despojado y de María Santísima de la Caridad y del Consuelo, ambas de otro de los imagineros de referencia, Francisco Romero Zafra, y reabre un debate recurrente sobre la identidad de las semanas santas a través del estilo de sus obras artísticas.

La identidad, sin embargo, es siempre un criterio discutible y discutido, más en una Semana Santa tan heterogénea como la nuestra en la que, por lo demás, no han sido ajenas las modas o las influencias de los núcleos escultóricos preponderantes en cada momento.

Con todo, no faltan voces que entienden que la imaginería salmantina se ha caracterizado, pese a su diversidad, por una marcada sobriedad y por la ausencia de excesos barrocos que sí entraron de lleno en otras realizaciones procesionales de otras latitudes. Estilo que, a juicio de esta visión, convendría respetar en el siglo XXI.

Ocurre que, como en casi todo proceso social, es realmente complicado marcar una línea, una frontera. Salmantinos son los pasos de Carnicero, obviamente. Salmantinos son los crucificados de Bernardo Pérez de Robles y, sin embargo, hubo un tiempo en que algunas de sus obras se consideraron próximas al taller (e incluso la mano) de Juan Martínez Montañés, el dios sevillano de la madera. Por salmantinos tenemos a nuestras cumbres artísticas, Jesús Flagelado y La Piedad, realizadas por un vallisoletano formado en Madrid. Salmantinos son los pasos de Damián Villar aunque miran con mayor o menor descaro al sur y salmantinos son los pasos de González Macías en su modernidad. Una galería diversa como la propia historia del arte rematada por el impresionante Cristo de la Humildad de Mayoral, un paso hecho en Salamanca por un salmantino… de Extremadura.

Con Romero Zafra y Navarro Arteaga nos llegan unos rasgos hasta ahora poco presentes en Salamanca. Cristos hebraicos de líneas estilizadas; un estilo de dolorosa joven, dulce, contenida…  No veo el problema.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar en su taller a Arteaga mientras se afanaba con precisión de relojero en el cabello del futuro San Juan Evangelista de Salamanca y mantuvimos una interesante conversación a propósito de estilos e identidades. Para él, encontrar un punto de intersección entre la escuela andaluza y la castellana y leonesa no es ni mucho menos imposible, al fin y al cabo mayoritariamente proceden del tronco común de la visión barroca del arte. Pero incluso aunque lo fuera, no dejaría de ser una cuestión de forma. Lo otro es lo que pesa. "Me da igual el costal que el hombro, me dan igual unos rasgos que otros, lo importante es pensar que ante estas imágenes se va a rezar, como yo he rezado ante ellas". Palabra de escultor. Ese es el aire que llena los pulmones cofrades en cualquier rincón, en cualquier lugar. Y poner fronteras al aire es muy complicado.


miércoles, 22 de mayo de 2019

Andrés Alén

Recreación de una procesión de la Semana Santa de Málaga con figuras de Playmobil

22 de mayo de 2019

Mientras plancho el bañador que luciré en las Seychelles, rememoro esta pasada Semana Santa salmantina, casi pletórica, y si el tiempo hubiera acompañado al Jueves Santo y a madrugadoras conmemoraciones, reitero: una pasada.

Pero me vienen entre los vapores del planchado, figuras, imágenes, pensamientos con vocación de divagaciones, que en cuanto acabe con la raya, empezaré a describir. Procuraré que ese cursi con raya en el bañador intente no mojarse.

El tema: sabido es que Salamanca, la bella, la dorada, está formada por un compendio de edificaciones de los más diversos estilos y que en cada uno de ellos se pueden encontrar verdaderas obras maestras del arte. Por ello cuesta definirla solo como románica, gótica, renacentista o plateresca, barroca, no digamos ya como romana, vetona, neoclásica, neogótica (y más neos) o modernista. Para cuando esto pasa se inventó la palabra ecléctico, del griego eklegein, dice Wiki, que significa escoger y destaca por amar la combinatoria de pensamientos y estilos. Añado que nuestras catedrales son muestra fehaciente de ello y en cada uno de sus estilos, desde el románico y gótico al churrigueresco, contienen cumbres del arte.

Divago y confirmo que todos estos estilos fueron importaciones importantes de otros lugares y naciones, bien traídas que dicen por ahí. Si me paro a pensar cuál es el más genuino estilo que nos define, propondría precisamente el churrigueresco, por la cercanía que supone una familia de Madrid, y por lo charro como sinónimo de abigarrado, que quizás por esta causa el diccionario optó por excluir a esta provincia de la consabida austeridad castellana. También porque tanta filigrana de eucarísticas uvas, fustes torcidos y estípites sentó muy mal a la racionalidad ilustrada que, a pesar del  gran éxito de exportación de tan peculiar exceso del barroco al Nuevo Mundo, acabó por asimilarlo con el mal gusto, del que solo se salvaba, y poco, la Plaza Mayor.

Así que lo añadimos a lo más lígrimo, allí junto al Estudio, el botón charro, el hornazo o el borneo de la "charrá".

Nuestra Semana Santa apunta hacia lo ecléctico, que en el caso de hacerse equidistante entre creencias religiosas o culturales lo llaman sincretismo, también del griego, con la misma raíz que idiosincrasia. Que es a la postre de lo que pretendía escribir cuando acabé de planchar.

Pues eso, que parece que estamos negociando identidades, como siempre, pero con un riesgo añadido: el de no componer a base de cúspides de la estética, sino de meras influencias sin el debido respeto y arraigo, y claro, si así sucediere, lo ecléctico pasaría e calificarse de mezcolanza, de ahí a informe, como una estadística, y algún malintencionado acabaría llamando a nuestra pletórica Semana Santa "amorfa", y eso no.

Así que con independencia de la dirección señalada (norte- sur) y del camino a seguir o a copiar, que aquí ya veis que no hemos sido mucho de inventar sino de culminar estilos medio moribundos, barroquizándolos, nos hemos de aplicar a sublimar tendencias, a formalizar nuestras propuestas artísticas o espirituales semanasanteras hasta ser digna continuidad de esta hermosa ciudad.


lunes, 22 de abril de 2019

Nacho Pérez de la Sota

Hermanos de carga de la Cofradía de Cristo Yacente de la Misericordia | Fotografía: Manuel López Martín

22 de abril de 2019

La verdad es que sorprende agradabilísimamente comprobar en las cofradías la afluencia de gente joven, de savia nueva, de brotes de continuación. Al menos en algunas. En un par de hermandades que me son muy cercanas han podido organizarse flamantes cargas completamente cubiertas con cofrades de reciente incorporación, todos menores de 30 años. En algunos casos, las nuevas generaciones que van sustituyendo a sus padres o tíos, los que fuimos veinteañeros hace algo más de 30… En otros, mozos sin pasado semanasantero, atraídos por sus amistades que si lo gastaban.

Es una noticia de regocijo, por supuesto. Pero también de responsabilidad, pues –a todas luces– en nuestra mano (y en nuestro deber) está, obviamente, preocuparnos de su correcta formación en este espíritu de la Semana Santa. No en vano representan el futuro de nuestra historia y son los depositarios y los garantes de la continuidad de esta tradición.

Y no hablamos ya de formación religiosa y espiritual –que también– ya que es el centro, el foco, la entraña, el núcleo, el fulcro, el corazón de lo que nos mueve en este ámbito. Y que será motivo de algún venidero comentario. Nos referimos específicamente a formación cofrade, empezando por el vocabulario que se usa para referirse a las realidades que conforman nuestra vida de hermandad.

Viene esto al caso de conversaciones o frases sorprendidas en las procesiones y marchas penitenciales de esta última Semana de Pasión, de labios de gente muy joven. Y tienen que ver con la reciente influencia por todos conocida de la Semana Santa andaluza. No vamos a ocasionar nuevamente el consabido debate –estéril a todas luces desde mi punto de vista– de si sevillanismo sí o sevillanismo no. Se trata únicamente de usar y mantener (por respeto en primer lugar, pero por otras muchas razones) los vocablos que son propios de nuestra tradición cofrade, y no echar mano de otros innecesariamente importados ya por ignorancia, ya por esnobismo.

Por estos pagos, en efecto, jamás ha habido al frente de un paso capataces, como se ha oído –y corregido afectuosamente– a más de un bisoño hermano estos días. Nosotros tenemos jefes de paso, hermanos mayores de paso o hermanos de paso a secas; o –más tradicional aún– comisarios de paso, término añejo y sonoro que nada tiene que envidiar al de capataz. Por no hablar de otros muchos vocablos, como vicarios de paso, o el infinitamente más resonante, pomposo y enfático –originado en una simpática y lógica metonimia– de (hermano) martillo. Y seguro que habrá quien sea capaz de recordar otros remoquetes usados en su hermandad para referirse al encargado de llevar el paso.

Igualmente, en esta parte de la vieja piel de toro, jamás de los jamases en la vida ha habido costaleros. Excepto, sí, en un par de pasos, de todos conocidos, de recentísima incorporación a nuestros desfiles procesionales, de Semana Santa (o no). Y aquí no hablamos ya de una elección de vocablos equivalentes, sino de la correcta adecuación al propio concepto de carga. No puede haber costaleros cuando un paso no es cargado a costal, esto es, llevando sobre la parte baja del cuello el peso de las vigas o barras transversales o perpendiculares al sentido de las andas –llamadas comúnmente trabajaderas– que soportan el paso, trono o mesa. En la meseta (y en casi toda la Andalucía oriental, pese a lo que crea la mayor parte de la gente, incluso del ambiente semanasantero) siempre se han llevado los pasos a varal, esto es sobre palos o barras longitudinales al sentido del paso, y que se cargan con clavículas y hombros. Así, nosotros hemos tenido desde siempre (y antes de que apareciera esa influencia de lo sevillano, que no andaluz) hermanos de carga,  cargadores a secas o –término por desgracia en desuso– varaleros, que es el equivalente (conceptual, que no léxico) a los costaleros. Y seguramente más denominaciones que se usen desde antiguo.

Como tampoco, después de 37 años cargando el Nazareno de San Julián y 26 el Cristo de la Liberación, en mi vida he hecho una igualá, sino que, cuando nos convocaba el martillo, era para distribuir la carga, hacer la carga o hacer las filas. Y es que en puridad de verdad, igualar, lo que se dice igualar, hay que igualar en las cargas a costal, porque es evidentemente imprescindible para el buen desarrollo de la procesión que todos los que van en una misma trabajadera tengan igual o similar altura. En las filas que originan los varales, eso es bastante conveniente, pero en ningún caso indispensable, si se sabe compensar de otra forma, por ejemplo, con el curveo de la calzada. Lo que sí importa de verdad es que la altura de hombros en cada varal sea progresivamente descendente de atrás hacia adelante.

Como estos ejemplos, hay varios más, pero señalándolos todos este pequeño billetillo se iría de extensión. Valgan los citados para tomar conciencia del hecho y recordar que nuestro vocabulario cofrade es extenso, prolífico, abundoso, ajustado, sonoro, antañón, melodioso, rico y, sobre todo, suficiente; y no precisa de incorporaciones que las más de las veces, son –a mayores de superfluas, ociosas y rimbombantes– incorrectas.


viernes, 29 de marzo de 2019

J. M. Ferreira Cunquero
Monseñor Carlos Amigo, cardenal franciscano y arzobispo emérito de Sevilla | Foto: José Luis Ramos

miércoles, 27 de marzo de 2019

Alberto Alén

Nuestra Señora de la Esperanza, una de las cuatro imágenes titulares de la Hermandad Dominicana | Foto: Pablo de la Peña

27 de marzo de 2019

Hoy se cumplen 75 años desde que unos pocos hombres del gremio de las artes gráficas vieran culminado su ambicioso proceso de fundar una nueva hermandad de Semana Santa en la ciudad de Salamanca. Esta nueva cofradía supondría un aire fresco y renovado para los cofrades de su tiempo. Su especial vinculación a la orden de los Dominicos y su propósito de introducir una inspiración sureña en la Semana Santa charra marcaron su integración en el elenco de hermandades salmantinas. La Madrugada no se entiende hoy día sin una imagen de las puertas de San Esteban dejando entrever capirotes, pasos, enseres y charros. 

La única forma de poder asegurar que una entidad, un puesto de trabajo, una amistad, un empleado o una hermandad permanezcan en el tiempo, es conseguir que estas realidades encuentren su hueco y su esencia, conozcan qué los define e identifica y se mantengan inmutables en el tiempo de forma que se conviertan en insustituibles.

Hoy es día de felicitarnos todos por esta magnífica efemérides que celebramos, pero también es el día para preguntarnos, ¿qué hacer para permanecer otros 25 años u otros 50 o quién sabe si más? Creo que la respuesta es esa: reencontrar nuestro hueco, nuestra esencia y reconocer qué nos define e identifica.

Nuestra vinculación con los Dominicos es una de esas características vertebradoras, como también lo son las cuatro imágenes titulares, las cuatro secciones con sus medallas, la doble sede canónica, la salida a las cinco de la mañana, los caballistas abriendo el cortejo, los tres colores de los capirotes y de los verdugos, la carga a hombros o la estética andaluza.

Deseo que todos los hermanos de la Hermandad Dominicana, usando como pretexto este acontecimiento que celebramos, aprovechemos para pararnos y pensar qué podemos aportar cada uno en una necesaria renovación en convivencia y moralidad fraternas, de tal forma que este aniversario sirva de renacimiento y de redescubrimiento de lo que somos para mantenerlo inmutable en el tiempo de tal forma que siempre sea insustituible.


lunes, 25 de febrero de 2019

Luis Cañón

La Virgen de las Lágrimas pasa frente a la placa con la conocida alusión de Cervantes a Salamanca | Foto: Heliodoro Ordás

25 de febrero de 2019

Hace un año, cuando me nombraron director de Onda Cero Salamanca, tenía claro que me esperaba una grandísima tierra. Una ciudad cosmopolita, moderna y acogedora. Un referente mundial del saber, con sus dos magníficas universidades.

Los que amamos la Semana Santa, vemos en ella la semana más importante del año, e intentamos, de una u otra manera, buscarla allá donde estemos, porque es nuestro salvavidas, nuestro balón de oxígeno.

Para los que vivimos la Semana Santa intensamente, todo gira en torno a ella. No importa si estás en León, en Granada o en Salamanca, el sentimiento y la manera de vivirla es la misma. Y da igual el lugar donde residas y desfiles, porque la Pasión, por mucho que nos hagan creer en falsos provincianismos, es universal, y todos los que la llevamos dentro estamos compartimos un mismo patrón. Ese molde es el que hace que nos reunamos en tertulia todo el año, que pongamos marchas de cornetas y tambores en verano, y que elijamos trabajar en Nochebuena o Nochevieja, para tener libre  el Domingo de Ramos o el Viernes Santo.

Esa misma premisa es la que hace que cada año aparezcan de nuevo los nervios como si fuera el primer año, que vuelvan los recuerdos de la niñez y de los que tristemente ya no están.

Por eso, cuando me nombraron director de la emisora en Salamanca estaba tranquilo, fundamentalmente porque en Salamanca hay Semana Santa y muy buena, así que rápidamente me moví en busca de contactos, como medida proteccionista, como antídoto.

En menos dos meses llegará el tiempo feliz y entrañable. Diez días y diez noches en los que la Gloria bajará a la ciudad. El tiempo justo para que de nuevo se abran las puertas que llevan un año cerradas. Muchas serán las maneras de vivirla: austeridad frente a grandes bordados, tradición frente a modernidad, silencio frente a aplausos… todas tan distintas, pero igual de auténticas (a su manera), y todas tan necesarias. Un reflejo de lo que somos.


miércoles, 9 de enero de 2019

Álex J. García Montero

La imagen de un centurión romano acompaña a Jesús Despojado en su paso de misterio el Domingo de Ramos

09 de enero de 2019

Una de las expresiones más comunes de la terminología taurina es la de "romanear". Aunque podemos encontrarla en infinitivo, lo normal es expresarla en gerundio, como acción continuada en su desarrollo. Es decir, es habitual que hablemos de "romaneando" cuando un toro está cabeceando el estribo del picador levantándolo con violencia. Parece que la expresión viene de la balanza romana, que cuando se suelta su contrapesa, el platillo de esta deviene en una brusca levantada si carece de peso.

En la Castilla imperial y tridentina, cuando se pone realmente en valor la Semana Santa, los soldados o sayones que acompañaban a los grandes pasos de misterio (denominados en algunos lugares como "pasos grandes" para diferenciarlos de los pequeños o votivos), casi nunca aludieron a los militares romanos. Para su hechura, los insignes imagineros y los escultores salidos de sus escuelas tomaron como modelos los mílites castellanos de la época. Así sucede por ejemplo en los pasos de la Santa Veracruz de Valladolid (cabeza de esa Castilla imperial) o de Salamanca (preboste de la intelectualidad).

De un tiempo a esta parte, debido a las modas establecidas en los lares de Trajano, se están elaborando sayones que tratan de emular a los hijos de Escipión. Y tal como aludimos al comienzo, se está levantando la esencia de nuestra Semana Santa a favor de un romaneo harto peligroso que puede terminar en una mortal cornada de imprevisibles consecuencias. Se están imponiendo, con democracias capitulares y parabienes eclesiásticos, yelmos del Tíber en cabezas huecas.

Cualquier día, a alguno, con eso de "romanear" en estado puro, se le ocurrirá encargar una catapulta romana para realizar su estación de penitencia. Eso sí, bien dorada y con las rocallas propias del barroco meridional, pagada en denarios; porque los maravedíes habrán desaparecido del mercado gracias a las dádivas de saquillos de treinta monedas de las diversas juntas de gobierno de nuestras corporaciones penitenciales.

De momento son ya varias las hermandades y cofradías que han romaneado tratando de cambiar el nombre al Tormes por cauces sureños. En algunas han ganado los romanos, pero en otras parece que a estos les han sucedido los godos de Alarico. Veremos pues en que deviene este final del Imperio Romano.

Nuestra Semana Santa acude impasible al final de un antiguo imperio. Podía haber seguido los vericuetos de los Austrias y sus verdugos de jubones y alabardas por rúas viejas empedradas; pero ha elegido centuriones de sandalias, yelmos, corazas, lanzas, brazaletes de metal… que tan solo muestran el fin de este gigante con pies de barro sobre oropeles, canastos, guardabrisas y trabajaderas, que surten de fastos a unos juegos circenses en chicotás de anfiteatro de calles convertidas a la fuerza en calzadas, prolegómeno del desastre que se avecina. Siempre que veo en el albero un equino con su peto romaneado por un cornúpeta exclamo: ¡A esta es!

Lo dicho, "romaneando".


lunes, 12 de noviembre de 2018

Francisco Pérez Polo

El paso del Cristo de la Luz y Nuestra Señora de la Sabiduría corona la calle Compañía | Fotografía: Heliodoro Ordás

12 de noviembre de 2018

Leía hace unos meses en uno de los foros semanasanteros que pueblan las redes sociales un debate sobre el estilo más conveniente para nuestra Semana Santa. Sin entrar en polémicas, transcribo una de las intervenciones finales: "Se ha perdido nuestra esencia pero ojalá la Hermandad Universitaria del Cristo de la Luz vuelva a sus orígenes. Vuelva a desfilar en silencio total, sin música, de madrugada y por las zonas de sus comienzos. Así volverá a tener los hermanos que tuvo". Al hilo de que este año nuestra querida hermandad, a cuya junta directiva pertenezco, ha cumplido setenta años, me pregunté si esa era la auténtica realidad en "nuestros orígenes". Y  esta es la respuesta.

Si volviéramos al 23 de marzo de 1948, y quisiéramos ver la salida de la primera procesión, deberíamos estar a las ocho y media de la tarde frente a la puerta lateral de la Clerecía. La hermandad siempre ha procesionado en la tarde noche pero nunca de madrugada. En sus primeros años salía a las ocho y media y regresaba sobre las once. Por cierto, no hubiéramos podido asistir a la Promesa de Silencio. Esta se realizaba privadamente dentro de la Clerecía. A finales de los años 70, y con motivo de las obras de la iglesia, se unió a la oración universitaria que desde el primer año se leía en el Patio de Escuelas y desde entonces ambos actos forman uno.

Sobre el tema del silencio total, en su primera salida el paso iba acompañado por una banda de cornetas y tambores. Esto se repitió hasta los años 60, en que por mediación de don Julio Gutiérrez Rubio, alcalde de Salamanca y hermano honorario de la hermandad, la banda municipal acompañaba al paso, siendo la única procesión en la que lo hacía aparte de la General del Santo Entierro. Como acompañamiento musical además, abrían la marcha dos tambores destemplados, hoy sustituidos por un trío de viento. En esa ocasión no salieron la cruz de guía ni el estandarte actual, que se incorporarían al año siguiente.

Respecto al recorrido, la hermandad ha mantenido siempre el mismo salvo alguna ocasión, en los años noventa, en los que se salió por la zona del Botánico y la calle Cervantes, donde se habían construido nuevas facultades. Pero la idea fue abandonada por resultar alguna de las calles demasiado estrechas para el paso de la procesión.

Y sobre el tema de "volver a tener los mismos hermanos que en aquella época",  nunca en su historia la hermandad ha tenido tantos como ahora, que supera los 200. El inventario de material de 1950 dice que se habían preparado 40 cruces de penitencia para los hermanos. En la actualidad sale el doble, lo cual obliga a procesionar en dos filas. En sus primeros años se desfilaba en una sola por el centro de la calzada.

Y, desmontados esos tópicos que circulan por la red, la siguiente pregunta es cómo fueron realmente nuestros orígenes. La Hermandad Universitaria nació por iniciativa de los miembros de las Congregaciones Marianas con sede en la iglesia de la Clerecía. Sus principios básicos fueron (y son) la austeridad, reflejada en la sencillez del hábito y en la ausencia de enseres habituales en otras cofradías, la penitencia, exteriorizada en la cruz que portan los hermanos y en la organización de un único turno de carga durante toda la procesión, y la ejemplaridad, que se plasma en la promesa de silencio para entregarse a la meditación y oración durante el recorrido. Esos fueron nuestros verdaderos orígenes, y así los hemos mantenido y así los hemos ido adaptando a los cambios sociales y religiosos. Lo demás es romper el huevo y quedarse sólo con la cáscara.


viernes, 12 de octubre de 2018

F. Javier Blázquez

Farola albercana incorporada este año a la Semana Santa de Salamanca por la Hermandad Franciscana | Fotografía: JFSB

12 de octubre de 2018

En la Semana Santa, lo mismo que en cualquier agrupación humana, los símbolos y tradiciones son fundamentales. Cada costumbre, cada elemento, cada expresión, necesariamente debe tener su sentido y su porqué, su historia y circunstancias. Así es como vamos creando el patrimonio inmaterial que va más allá de lo visible y sirve tanto a los etnógrafos para construir e interpretar el universo de las relaciones sociales y los rituales que en torno a ella se generan.

Es cierto que en ocasiones las historias tejidas en torno a un decir o hacer, un objeto o personaje, son sobrevenidas, pura invención, a veces maravillosa, casi siempre absurda. También nos encontramos con la nada o el porque sí, mero trasunto porque otros lo hacen. Pero esto no nos interesa, salvo que alcance la categoría de legendario y entremos ya en otra dimensión interpretativa. Nos interesa la historia real, la fundamentada en la deliberación previa, justificada y razonada.

Ejemplos de un relato construido en torno a los elementos y símbolos de nuestras procesiones hay muchísimos. Bastantes más de los que a primera vista pudiera parecer. Procesiones como la de la Hermandad Universitaria, Cristo del Amor y de la Paz, Vera Cruz, Jesús Rescatado o Cristo de la Liberación incluyen numerosas y bellas historias, no todas escritas, muchas todavía sin contar. Lo mismo sucede con los otros desfiles que ahora quedan sin citar. Y no porque no las contengan, que las hay, sino porque son estos los que mejor enraízan con el sustrato salmantino en el que queremos ubicar la humilde pieza que ha servido para intitular el presente artículo.

Efectivamente, la farola albercana está presente en nuestras procesiones de penitencia desde la última Semana Santa. La Hermandad Franciscana la incluyó para alumbrar, junto a las antorchas, en su austera marcha penitencial. Estos elementos tradicionales, como no podía ser de otra manera, tienen su sentido. Y por supuesto su historia. En el diseño del desfile, durante aquellos inolvidables meses de 2016 que precedieron a la erección canónica de la hermandad, quedó establecido que el desfile se configuraba sobre tres premisas: el franciscanismo, Tierra Santa y la tradición salmantina. Un estilo sobrio, casi minimalista, en el que debían aparecer necesariamente los tres pilares constituyentes. Por eso la luz, junto a la antorcha evocadora de aquellos tiempos ya perdidos en las tierras holladas por el Señor, debía aparecer uno de nuestros objetos más representativos, el farol tradicional, el de hojalata. Amor y Paz, en su día, había hecho lo mismo e incorporó con gran éxito el farol de cuadra, tomando como referencia aquellos que les prestaron por las tierras de Aliste para el primer desfile, el de 1971.

El modelo en concreto fue sugerido por el albercano más ilustre, José Luis Puerto. A él, como conocedor de todo aquello que se cuece en la Sierra, se le había preguntado por algún hojalatero aficionado o jubilado que pudiera ejecutar las piezas, porque profesionales ya no quedan. Pero ni eso, en Salamanca ya no hay quien trabaje la hojalata. Eso mismo corroboró Rosa Lorenzo, la nueva vicepresidenta del Centro de Estudios Salmantinos, autora de la hasta ahora única monografía sobre esta profesión a punto de desaparecer, como tantas otras de nuestra tradición. Puerto, no obstante, fue clave en la elección del modelo, la farola albercana, una pieza autóctona bellísima a la par que sencilla. Él mismo regaló a la hermandad una de su colección que había pertenecido a la familia y fue llevada al cementerio, infinidad de veces, para alumbrar a quienes le precedieron. Con ella de referencia se le pidió a Restituto Alfageme –hallado en Medina de Rioseco y posiblemente el único hojalatero activo de Castilla y León– que realizase las farolas para el desfile. Hubo que hacer alguna adaptación, mínima, para ajustar la luz y salir con garantías en el desfile, pero por lo demás se reprodujo fielmente el modelo original.

La Alberca, ese paraíso inagotable para los etnógrafos, volvía a hacer acto de presencia en las procesiones de Salamanca. Ya lo había hecho, con gran acierto, al incluir en la marcha penitencial del Cristo de la Liberación el cetro de luz que al que Vidal González Arenal privó de caer el olvido al incluirlo en una de sus obras más conocidas, Ofrenda en La Alberca. La farola, que en origen era una pieza femenina, regalo recurrente para las novias, acabó sirviendo para otros muchos usos, incluido el funerario, y con la incorporación al desfile franciscano se ha puesto de nuevo en valor y ha contribuido, desde lo poco, a hacer más salmantina la más reciente de nuestras procesiones.


lunes, 26 de marzo de 2018

F. Javier Blázquez

La silueta del Cristo del Perdón, en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Alfonso Barco

26 de marzo de 2018

En aquellos años del hambre y escasez, cuando España intentaba sin lograrlo salir de la miseria que dejaron la guerra y el aislacionismo, la tarde de Ramos nacía en Salamanca para el Perdón. Eran tiempos de necesidad y esperanza, pero de ideas claras para aquellos hermanos de la Agonía que, impulsados por Lobato y Moneo, llenaron de sentido la tarde de un domingo vestido de rojo, con la Pasión ya leída e interiorizada. Y ahí, en pleno proceso de organizar bajo la dirección de Gombau una nueva Semana Santa salmantina articulada en torno a las siete palabras de Cristo en la cruz, surgía la idea del Perdón. Con él debía comenzar el recorrido por los siete momentos de la cruz. Pidiendo perdón, perdonando, llevando el perdón. Y la procesión llenó toda una tarde, consolidó una idea que prometía ser hermosa, enriqueció nuestra Semana Santa con un acto emblemático, cargado de profundo simbolismo. Esa era nuestra tarde dominical, saliendo del primer convento cisterciense, de San Esteban, del segundo de Bernardas que ya tampoco lo es. Con el Cristo de las monjas primero, con el de Villar, con el de las Bernardas otra vez. Con prisión provincial, sin ella y ante el monumento del Perdón, en el Museo del Comercio ahora. Qué más da. Es el Cristo del Perdón, el que da sentido a los atardeceres salmantinos del domingo en que se lee el relato principal de la historia de la salvación.

La tarde de Ramos había nacido en Salamanca para el Perdón, aunque ya no nos acordemos y por momentos ni siquiera lo parezca. La fascinación por el lujo y oropeles, los bullicios y esplendores trasuntados, el contrarreformismo finisecular, los mil y uno nosequés, han empequeñecido en demasía a un desfile de la Prosperidad que algún tiempo atrás ya había comenzado a menguar. Y no hay una sola causa, porque en esto como en todo, las razones se entrecruzan. A la propuesta novedosa, es verdad, hay que reconocerle muchas cosas buenas, porque tenerlas las tiene, pero no debe soslayarse lo poco que en los últimos años ha hecho la propia Hermandad del Perdón por mantener el prestigio y lugar que por historia y tradición en justicia le corresponde. Ayer domingo, debemos señalarlo, se percibió una ligera mejoría, y eso hay que agradecérselo al último de la saga de los Moneo, pero ¡sigue habiendo tanta distancia entre una y otra propuesta!

La recuperación de aquello que quizás nunca llegó a ser del todo, salvo en la feliz Arcadia de nuestro imaginario colectivo, no pasa por inventar nada, ni siquiera por ampliar el número de nazarenos, que buena falta hace dicho sea de paso. El rebrotar del protagonismo que reivindicamos para esta procesión tan nuestra y tan querida está dentro de la propia hermandad, en su ADN cofrade, porque el Cristo del Perdón solo puede ser el Cristo del Perdón. La recuperación de su añorada identidad está en la autenticidad, y en ella la clave de la significancia. Las adherencias que el tiempo fue dejando acaban restando fluidez y dificultando la inserción en la Semana Santa que todos deseamos. Por ello es necesario un análisis serio y profundo, junto al compromiso decidido y responsable de regenerar (que no de generar). Solo así conseguiremos que el desfile del Perdón recupere el espacio que por su trayectoria y en justicia le corresponde.


viernes, 24 de noviembre de 2017

F. Javier Blázquez

El Nazareno de San Julián

24 de noviembre de 2017

Los setenta y cinco años de la Junta de Semana Santa bien merecían una celebración a la altura de las circunstancias, adornada con la concesión de la medalla de oro de la ciudad y clausurada con el ágape, primero el eucarístico, después el secular.

Celebrar es consustancial a la actividad humana. Los acontecimientos destacados, los encuentros dichosos, los aniversarios que rememoramos, nos unen siempre en torno a la celebración. Celebrar es también un recuperar en parte aquello que fuimos o vivimos o nos contaron; es aprehender en algún grado aquello que sin vivirlo o conocerlo ha servido, en alguna medida, para hacernos como somos.

El ritual celebrativo conlleva asimismo los encuentros y reencuentros, los que nos señalan la fugacidad de la vida, los que dejan aflorar aquellas remembranzas sedimentadas hace ya demasiado tiempo. Y así sucedió, en los prolegómenos de la confraternización en torno a la mesa, con los nazarenos. Allí estaba su historia viva, encarnada ahora en su hermano mayor, José María Guervós, y en las directivas Marifé de Nó y Vega Villar. Allí estaban, representando a su congregación, tres de las familias que modelaron el devenir de esta ilustre y venerable congregación. Los de Nó, los Guervós, los Rodríguez de Ceballos. Radiantes, optimistas, ansiosos por seguir recuperando las glorias que otrora les distinguieron. Porque ellos son, es cierto, la esencia de la Semana Santa salmantina y en ellos, en los nazarenos, confluyeron los episodios más sonados de la historia de nuestras cofradías.

Junto a la Vera Cruz, los nazarenos configuraron esa idiosincrasia que aparentemente se diluyó con la proliferación cofradiera. Junto a la Santa Cruz, ellos, los nazarenos, son indispensables en el afianzamiento de esa Semana Santa procesional genuinamente salmantina que todos anhelamos. Porque en ellos, junto a la Vera Cruz, están las raíces de las que brotaron las otras cofradías que reforzaron la personalidad de nuestra Semana Santa. Allí estaban los tres, cargando sobre sus hombros con los siglos de su historia, sabedores de lo mucho que les necesitamos, conscientes de que sus decisiones nos afectan a todos, deseosos de asentar esta nueva etapa de su historia sobre el legado de sus antepasados que, junto a otras familias nazarenas, como los Estella y Calderón, tanta reputación dieron a las procesiones salmantinas.

Fue un tiempo de encuentro, con los buenos amigos nazarenos, fue un tiempo de reencuentro, con una celebración lígrima infinitas veces evocada, querida y anhelada. Fueron momentos de alegría y esperanza, porque reconforta saber que asumen el clamor de los suyos desde la historia y aceptan con orgullo el legado que les dejaron. Un legado que debe ser necesariamente recuperado y potenciado desde la tradición, porque ellos, los nazarenos, son la tradición más visible de nuestra Semana Santa.


viernes, 17 de noviembre de 2017

Daniel Cuesta SJ


17 de noviembre de 2017

El mes pasado tuvieron lugar dos acontecimientos de primer orden en el mundo cofrade. El 14 de octubre, en la ciudad de Sevilla, tuvo lugar la coronación canónica de Nuestra Señora de la Salud, de la popular Hermandad de San Gonzalo. Para dicho fin, la imagen fue trasladada hasta la Catedral, donde se celebró un solemne triduo que concluyó con el acto de la coronación y una  procesión extraordinaria. Unos días más tarde, el día 22 de octubre, la ciudad de Valladolid celebró el primer centenario de la coronación canónica de la que es su patrona y alcaldesa perpetua: Nuestra Señora de San Lorenzo. Y para ello realizó un gran despliegue de actos que concluyeron con una solemne procesión extraordinaria que llevó a la imagen de la Virgen por las calles de la ciudad, donde las diversas cofradías habían levantado riquísimos altares.

Como he enunciado en el anterior párrafo, ambas efemérides fueron sumamente solemnes y lo que es más importante: devotas. Sin embargo, me llamaba la atención que entre los cofrades salmantinos los dos actos no fueron seguidos con el mismo interés. Sino que, paradójicamente, la celebración más lejana a nuestra tierra, la sevillana, tuvo muchos ecos en las redes sociales y, por supuesto, en las conversaciones del mundo cofrade. Mientras que los fastos de nuestra vecina ciudad del Pisuerga, solamente fueron seguidos por un reducido número de cofrades, pasando inadvertidos para la gran mayoría.

Ante esta realidad muchos se echarán las manos a la cabeza e invocarán la esencia castellana de la Semana Santa de Salamanca, recordando que nuestras raíces están en Valladolid y Zamora y no en Sevilla. Sin embargo, ante esta afirmación cabría preguntarse ¿dónde radica esa esencia castellana o andaluza que tanto invocamos? Podríamos pensar que esta se encuentra en la tan mencionada seriedad de nuestras procesiones. Sin embargo, a poco conocimiento de la Semana Santa que se tenga, esta afirmación choca frontalmente con el rigor y formalidad de muchas hermandades andaluzas y también (no hay que negarlo) con los excesos que desde hace décadas, e incluso siglos, han rodeado la salida procesional de muchas cofradías castellanas. ¿Quizá esta esencia se encuentre en la pretendida austeridad de nuestros pasos? Podría ser, pero si se estudia la historia de nuestra Semana Santa, uno se encuentra con la sorpresa de que, durante el barroco, los pasos que procesionaban sobre tableros eran los que podríamos llamar de "misterio". Mientras que las imágenes titulares de las cofradías, lo hacían normalmente sobre ricas andas, semejantes a los retablos en los que se las rendía culto durante el año, con profusos exhornos florales y, además, las principales imágenes marianas, en Castilla, procesionaban bajo palio. ¿Se encuentra esta esencia en nuestros característicos y austeros capirotes negros, morados y blancos? Siento tener que decir que tampoco, puesto que, como muchos saben, si hubiera que buscar un secular caperuz castellano, este sería el que se conserva en localidades como Medina de Rioseco o Bercianos de Aliste, ya que el afilado capirote no es otra cosa que una influencia tomada de Andalucía en épocas relativamente frecuentes.

Llegados a este punto, quizá algunos piensen que he perdido el hilo conductor de estas líneas y estoy mezclando temas. No es así, puesto que lo que pretendo poner de relieve es que la Semana Santa es algo vivo, desarrollado a lo largo de los siglos y que, por tanto, sigue conformándose también hoy. La idea de la diferencia y del fijismo en la Semana Santa fue introducida durante su reinvención en el Romanticismo y desarrollada con la reinterpretación turística de la fiesta, después de sus crisis del siglo XX.

En este sentido, creo que lo más importante es mantener el sentido común. Es decir, a día de hoy creo que no es planteable volver a sacar los pasos de Los azotes o La caña sobre unas pequeñas parihuelas, portadas por un escasísimo número de cofrades. Pero, a su vez, también sería un absurdo proponer que estos dos pasos (o cualquiera de los que procesiona la Cofradía de la Vera Cruz), salieran a la calle a costal. Por ello creo que es vital que cada cofradía, y por supuesto las instancias que tienen el deber de coordinarlas a todas, sepan "hacia dónde mirar", para ser fieles a su historia y tradición, con suficiente mano izquierda para reinterpretarla o reinventarla para no caer en un fijismo que las lleve a su propia muerte.

Personalmente, creo que nos hacemos un flaco favor cuando en esta sociedad de la comunicación en la que vivimos damos la espalda a una u otra realidad, sea castellana o andaluza. Puesto que tenemos la posibilidad de conocer, disfrutar y vivir nuestra tradición más local, y a la vez poder enriquecernos con las de otros lugares. Por todo ello, opino que nunca debemos olvidar que somos castellanos, puesto que, sabiendo de dónde venimos, nos será mucho más fácil planear hacia dónde queremos ir. Pero tampoco conviene que nos cerremos en ello ya que, si se trata de crecer, las otras tradiciones también pueden ayudarnos a hacerlo (y nosotros podemos hacer lo propio con ellos). En definitiva, ya que sabemos que la Semana Santa está viva, ¡dejémosla vivir! Y no la convirtamos en una congelada pieza de museo, pero tampoco en una vividora que no sabe adónde va.


miércoles, 22 de febrero de 2017

Xuasús González

Costaleros de Nuestro Padre Jesús Despojado, en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: ssantasalamanca.com

22 de febrero de 2017

No hay nada como la proximidad de la Cuaresma para que la cosa se anime… Y ahora volvemos, una vez más, con una polémica tan antigua con estéril: la influencia del sur en la Semana Santa. Digámoslo así…

Pero, en esta ocasión, me da la impresión de que la cuestión se ha sobredimensionado. Y es que el obispo salmantino se ha "quejado" de que en algunas procesiones charras se hable con acento andaluz. O eso, poco más o menos, es lo que decían los medios de comunicación… y que corrió como la pólvora por las redes sociales. Las reacciones, ni que decir tiene, no se hicieron esperar…

Por si hay todavía quien no esté al día, quede claro que no ha sido monseñor Carlos López quien ha montado este tinglado… al menos no directamente. Todo parte de un escrito remitido por el presidente de la Junta de Semana Santa a las cofradías, en el que da cuenta de diferentes inquietudes relativas al desarrollo de las procesiones, entre ellas el marcado acento andaluz (sic) que utilizan los jefes de paso. Pero también que se formen grupos alrededor de los conjuntos escultóricos cuando están parados, o la excesiva duración de los desfiles. Y sobre estos dos últimos asuntos nadie ha puesto el grito en el cielo. Sea como fuere, poco importa la carta, ni quien la firme…

Vaya por delante que soy un enamorado de la Semana Santa en su más amplia acepción; o, lo que es lo mismo, de la forma en que se vive en todos los lugares, desde Sevilla hasta León –soy hermano, por cierto, de penitenciales de ambas ciudades–, pasando por cualquier gran capital, y también por los pueblos más pequeños. Y hay –creo– algunos aspectos comunes que encajan a la perfección en cualquier lugar, mientras que otros son difíciles de acoplar según donde… con cierta naturalidad. Generalmente no hay más que utilizar el sentido común…

La costumbre –la tradición, si se prefiere– no ha de estar reñida con la evolución. Apostar por la Semana Santa al más puro estilo salmantino no significa retrotraernos al siglo nosecuál y limitarnos a reproducirla. Ni mucho menos. Y tampoco hay por qué rasgarse las vestiduras si se incorpora algún elemento foráneo, que la Semana Santa no se "inventó" en la calle Compañía. Pero, si es con sentido común –insisto–, tanto mejor.

La influencia andaluza –principalmente sevillana– es evidente. La Hermandad del Despojado –por descontado– o la Dominicana son buenos ejemplos. Pero hay más, a veces hasta sin que nos demos cuenta. Y no pasa nada…

Para mi Semana Santa quisiera yo "copiar" a la de Sevilla en la acción social de las hermandades, la formación de los cofrades, la cantidad de cultos que llevan a cabo, la vida de hermandad durante todo el año o la cuidada puesta en escena de sus procesiones.

Y tampoco veo mayor problema en que las bandas vistan de uniforme, o que toquen marchas compuestas a orillas del Guadalquivir. O que se incorporen imágenes, tronos, orfebrería, enseres… de otros lugares.

Sin embargo, otras cuestiones digamos, de mayor enjundia, como pasos a costal, las saetas flamencas o el acento andaluz que tanto revuelo ha armado, me gustan –y mucho– en el sur, pero no me convencen nada en tierras más al norte. Pero, sinceramente, creo que se queda en lo meramente anecdótico…

La Semana Santa sirve para manifestar nuestra fe. Y si para ello hay quien "necesita" cambiar su acento aún a quinientos kilómetros, pues… ojú, bienvenido sea.


miércoles, 15 de febrero de 2017

Daniel Cuesta SJ

El obispo de Salamanca, Carlos López, inciensa el paso de Nuestra Señora de la Alegría | Fotografía: ssantasalamanca.com

15 de febrero de 2017

Sacadas de contexto y utilizadas en aras de polémica y tergiversación, las palabras que don Carlos López utilizó en un medio informal y privado aparecen públicamente y usadas como cuchillos que se lanzan unos y otros con distintos intereses.

A mí personalmente esto me duele; en primer lugar por constatar que en este país lo mejor es no decir nada, porque toda palabra que se escriba o pronuncie puede ser utilizada en tu contra. Y si a esta realidad se le añade la condición eclesiástica o religiosa, el resultado es que el comunicador es públicamente castigado sin mayor miramiento.

Y en segundo lugar, me duele porque siento un gran afecto hacia la persona de don Carlos López, con quien tuve la suerte de poder colaborar durante mi estancia en Salamanca, y también hacia la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus vestiduras y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, a la que tengo el orgullo de pertenecer.

Creo que las personas que conozcan a don Carlos no tendrían duda en definirle como una buena persona: un hombre de Dios. Un obispo humilde, que se hace presente en prácticamente todas las realidades pastorales de la diócesis, pues tiene un gran anhelo de hacer que Jesús sea conocido por todos los salmantinos. Alguien que ha acompañado y apoyado a las cofradías, a veces en contra de otras opiniones diocesanas. Y, por supuesto, una persona prudente y discreta, que sabe medir sus palabras.

Por todo ello, me cuesta leer estos días expresiones como "baculazo", "arremete", "xenófobo", "anticofrade", "dictatorial", haciendo alusión a las palabras del prelado salmantino. Sobre todo porque convendría saber que dichas palabras no fueron escritas en ninguna carta, sino que son una pequeñísima (y supongo que anecdótica parte) de una conversación oral mantenida por el obispo con la Junta de Cofradías de Salamanca, que después han sido filtradas a la prensa con dudosas intenciones.

Por otro lado, no deja de ser curioso que un gran número de personas haya interpretado estas palabras como un supuesto ataque frontal de don Carlos a la Hermandad de Jesús Despojado. Cierto es que no se puede negar el marcado carácter andaluz de dicha hermandad, tanto en su modo de hacer estación de penitencia, como en su manera de entender los cultos, la evangelización, la formación, la caridad y la vida de hermandad. Pero no es menos cierto que los que conozcan a Óscar Rodríguez, su capataz, sabrán que su acento es igual de salmantino cuando dirige un paso que cuando trabaja con sus manos la madera o educa a sus hijos. De hecho, en algunas ocasiones le he oído hablar de este tema, afeando lo forzado que resulta escuchar a un castellano queriendo imitar el acento del sur. Por lo tanto, quizá pudiera ser que las supuestas palabras del obispo no fueran dirigidas a la hermandad del Despojado, sino a algunas otras de cuyos nombres no quiero acordarme… ¿Quién sabe?

Por último, no me gustaría acabar estas líneas sin recalcar que don Carlos no ha dudado nunca en apoyar todas aquellas acciones que, viniendo de las hermandades y cofradías de Semana Santa, buscaran extender la fe en Jesucristo y practicar la caridad que nace del evangelio. Pienso en iniciativas como los grupos de formación en la fe para jóvenes, en los de confirmación, en las oraciones cofrades, catequesis de costaleros, formación cofrade, etc. Fueran de la cofradía y estilo que fueran, han contado siempre con el apoyo y la bendición del obispo de la diócesis.

Creo que todo esto nos debería hacer llegar a dos conclusiones: la primera es la de hacer caso omiso a tantas propagandas y opiniones que lo único que buscan (y consiguen) es generar división y malestar dentro de las hermandades y, por tanto, de la Iglesia. Y la segunda es la de intentar mirar un poco más allá en la realidad de nuestras cofradías, y aparte de su estilo y esencia (que son importantes), sepamos hacer de ellas verdaderas hermandades en las que Jesús sea el centro y nos ayude a todos a vivir como hermanos.


lunes, 2 de enero de 2017

F. Javier Blázquez

El Cristo de los Doctrinos, de la Cofradía de la Vera Cruz, al terminar la Compañía el Lunes Santo | Foto: Daniel de arriba

02 de enero de 2017

Lo primero que procede es felicitar el nuevo año y desear a los lectores todo tipo de fortuna y parabienes. Después, por eso de mantener la costumbre, obsequiarles con un buen regalo, que va a ser una tercera taza de caldo bien caliente. En medio de los rigores invernales es algo que siempre cae fenomenal. Y digo esto porque al releer un año más el Cuento de Navidad, de Dickens, ha cobrado especial vigencia entre los recuerdos adormecidos –será por eso de la actual coyuntura– una sus citas más señaladas, la que aconseja guardarse del ignorante "porque en su frente lleva escrita la palabra condenación". Casi nada, aunque no sea novedad del mundo contemporáneo, que el libro de los Proverbios deja ya bien claro que "el necio va ostentando su insensatez" (13,16) y se queda tan ancho, que añadiría el castizo. Es el pan nuestro de cada día. Así ha sido siempre, así continuará ocurriendo, y aunque lo aconsejable para la salud fuera pasar del asunto, a veces conviene insistir en las cuestiones fundamentales cuando las cosas están mal, muy mal. Y muy mal tienen que estar, efectivamente, para que una y otra vez resulte necesario hacer pedagogía sobre lo evidente. Es el mal de nuestra sociedad, con las generaciones mejor preparadas de toda la historia que, hete ahí, resulta que ni leen ni entienden lo que leen, desguazan hasta lo inverosímil las normas gramaticales, teorizan desde la minusvalía intelectual, niegan los axiomas y defienden hasta la histeria el cliché del gurú televisivo o de la red que toque en cada momento.

Mal, muy mal está nuestra sociedad cuando una y otra vez debemos reivindicar conceptos y valores universales. ¿O es que acaso no hay quien niega España como concepto? ¡El primer estado moderno de la Historia es cuestionado por algunos! Alucinante, pero así es. Y claro, si negamos la mayor será más fácil que prospere el mito interesadamente construido por algunos, los excluyentes, los destructores, los renovadores sin alternativa. ¿Acaso no se reivindica también la libertad? Sí, y habrá que seguir haciéndolo, porque si bajamos los brazos podemos perder la que hemos conquistado al precio de la sangre vertida por las generaciones que nos precedieron. La libertad es un concepto manido, cierto, de los más manoseados, manipulados y vilipendiados a lo largo de la Historia, pero no por ello deja de ser un bien intangible, patrimonio de la humanidad, derecho inherente a la propia condición humana. Eso es lo que nos obliga a reivindicarlo ante quienes quieren limitarlo. Una y otra vez. Y cuanto más se la ataque, más habrá que defenderla. Y se sirve la tercera taza de caldo tantas veces resulte oportuno, porque es necesario, porque muchos no saben, o no entienden, o no quieren entender. Y allá ellos, que el pensamiento, aunque sea débil o disparate, o reverbere simplemente naderías, siempre es libre. Pero que no confundan.

Con nuestra Semana Santa procesional sucede algo parecido. Hubo un tiempo que apenas se hablaba de ello, porque no hacía falta y tácitamente se asumía. Pero hoy en día, igual que sucede en lo social, político, cultural o religioso, parece que todo da lo mismo pero sin embargo luego resulta que no. Y conceptos como el de identidad son cuestionados, o dotados de una connotación peyorativa. ¡Pues vaya! Ahora resulta que tener identidad es algo malo y que lo mejor es no tenerla, ¡toma ya! Cualquier persona en su sano juicio entiende que la identidad es en todos los sentidos conveniente, porque configura, especifica, valoriza. La falta de identidad lleva en cambio a la disparidad, al sincretismo, a la indefinición. Por eso hay que ponerla en valor, conscientes de toda la riqueza que el término atesora, porque identidad no es inmovilismo ni reacción, que la variedad, la flexibilidad o la evolución son perfectamente compatibles y contribuyen incluso a su configuración. Hay bastante bibliografía al respecto. La Antropología cultural muestra las pautas generales a través de infinidad de autores; la Universidad de Valladolid está también publicando últimamente varios estudios en relación a la de nuestro espacio cultural, asentado sobre las tierras del antiguo territorio de León y Castilla la Vieja. Y sobre Salamanca y su cultura tradicional, incluidas las celebraciones religiosas de carácter popular, también hay interesantes artículos en varias revistas de estudios. Es cuestión de leer y asimilar. Y cuando uno haya realizado el estado de la cuestión, ya puede teorizar y establecer nuevas líneas para la interpretación. Porque afirmar categóricamente sin apenas haber leído, o sin procesar adecuadamente lo poco que se ha leído, es lanzarse al vacío con la propina del tortazo consecuente. Ante ello, la sabiduría del pueblo es demoledora: si el sabio no aprueba, malo, si el necio aplaude, peor.

Sí, la Semana Santa de Salamanca tiene su identidad, su propia personalidad, claro que sí. Zamora, Sevilla y otras ciudades también la tienen, más afianzada, porque han sabido cuidarla, porque saben a qué juegan y cuánto se juegan. Pero quien no percibe la identidad de la celebración popular de la Semana Santa de Salamanca es por haraganería intelectual, porque resulta más fácil o interesa repetir el cliché, simplón e incierto, de que no existe y así justificar que todo tiene cabida. Y que conste que existe la libertad para verificar todas las propuestas, que eso nadie lo discute. Pero de la misma manera que Halloween o Santa Claus no forman parte de nuestra cultura y no nos identificamos con ello, aunque lo celebren algunos en Salamanca, el trasunto sin tamizar de lo otro ni nos define ni es nuestro. Salamanca tiene su identidad, aunque haya quien reniegue de ella. Por eso surge el debate cuando se trata de dilucidar si las nuevas iniciativas refuerzan o diluyen la personalidad, la idiosincrasia, la identidad en definitiva. Cada uno es libre de alinearse donde crea oportuno. Yo estoy por potenciar lo propio.

La identidad existe, ¿cómo no iba a estar presente después de más de cinco siglos? Con muchos defectos, es verdad, pero también con sus valores, que se extienden bastante más allá de las procesiones. Y yo me identifico sin tapujos, además con orgullo, con esas características que la configuran. ¡Pero cómo no iba a hacerlo! Sin despreciar lo de otros lugares, que también es admirable, sin cerrazón a las influencias o asimilaciones culturales que enriquecen, pero sin renegar de lo propio por sistema, sin trasplantar lo ajeno por esnobismo huero, sin avergonzarme de lo que tenemos y hemos ido atesorando a lo largo de los siglos, porque en el rechazo de lo propio está el principio de la extinción. Y por estas ideas, que no son descabelladas, lucharé con todas mis fuerzas, que no son muchas, tan solo las que me deparan la pluma y la palabra, hoy tan poco valoradas. Y lo haré una y otra vez, hasta la extenuación. Y si a alguien no le gusta el caldo, pues ya sabe.



viernes, 4 de noviembre de 2016

Andrés Alén

Grupo de Semana Santa ante el Gran Hotel. Albacete. 1926 | Fotografía: Luis Escobar

04 de noviembre de 2016

De un tiempo a esta parte me hostigan con esa cuestión de las identidades, que viene a ser un reclamo para que me defina, sospecho que en una dirección determinada (por otros), en razón de pertenencia a una tierra, a unas tradiciones, costumbres, modos, devociones y otras historias, que suelen ser también las de los otros, muy propensos a puntualizar de dónde venimos, dónde estamos y por dónde deberíamos seguir, y hasta amenazan con multarnos si nos salimos de esa cerca cultural. Esa gente, no confundir con lo que el nuevo san Pablo llama "la gente", que no está para interpretar sino para ser interpretada, "esa", digo, tiende a ponerse de modelo sin pudor y con cierta autoridad sobrevenida para que caminemos por la pasarela de su glamuroso desfile. Tanta insistencia me retrotrae a tiempos en que, por menos de una corta melena, unos señores grisáceos te paraban, templaban y mandaban a la voz de: "¡Identifíquese!".

Pongo la tele de nuestra castellano-leonesa autonomía, sobrevenida igualmente, y no paro de gaitas, dulzainas, bandurrias, tamboriles y panderos, redondos o cuadrados, interpretando jotas, ¡que viva!, mostrándome a carne abierta la nervadura de lo que suponen mis raíces. Y a mí que me emociona mucho más un señor de color negro cantando un blues, o unas bulerías al golpe traídas de Utrera por Fernanda, no puedo por menos que sumirme en cierto desasosiego fruto del desarraigo.

Uno a estas alturas ya creía que debido a tanto avance tecnológico, real y virtual, por fin, cada cual podía ubicarse donde quisiera, ser prácticamente contemporáneo de quien le viniera en gana, elegir maestros de diferentes siglos, ideologías, pero, claro, entiendo que no es todo tan fácil: si yo me identifico con Napoleón lo normal es, o era, que me encierren en un manicomio. Como si salgo al trabajo vestido de romano. Si me entrego a rescribir concienzudamente y letra a letra El Quijote, aun cambiando la Mancha por la Armuña, no pasaré por un gran literato y hasta dirán que copio en vez que reinterpreto… y así.

He de confesar, tras este intencionado preámbulo, que no se me dibuja nítidamente una Semana Santa salmantina con la que identificarme. Más claro tengo esas cuestiones que por excesivamente espurias, insulsas, lasas o llanamente cutres, me desagradan. No es fácil el diseño de una Semana Santa acorde con la ciudad. Si apelamos a las tradiciones, no quedan muchas, aunque ciertamente valiosas (túnicas nazarenas de rescatados o sanjulianes, sabor cofrade en Vera Cruz, unos formidables templos como nidos…).  Con mucho menos se han levantado algunas y con mucho más han decaído otras. No me atrevo a dar nombres, apelo a la sabiduría de mis lectores aunque tema los sobreentendidos. Pero la idiosincrasia salmantina encierra contradicciones. Quien nombra como guía la austeridad castellana, que algunas veces se confunde con una pobreza endémica, aspereza propia de sus gentes, dicen, quizás se olvidan de que la arquitectura salmantina traiciona los románicos con góticos altísimos, filigranas platerescas, se hace barroca hasta todos los excesos churriguerescos, con lo que ciertos diseños más rústicos que funcionan perfectamente y con verdad en otros lares, aquí parecerían fuera de sitio si pasan por Plaza, Clerecía, Catedral, Universidad o San Esteban. Más que austero, yo diría más solemne. Quienes apelan a tradiciones propias del terruño solo decir que el implante secular de la Universidad la distancia del sencillo provincianismo y la configura más abierta y cosmopolita.

De otra parte, quienes se fijan en la Semana Santa más genuina, tradicional y  aparentemente consolidada del mundo para importar de ese Hollywood semanasantero todos sus rituales (clase turista), sin más originalidad que ese cierto look cost y unas formas impostadas que llegan en su medular escalofrío hasta la séptima vértebra cervical, puede que también algo chirríen. A uno le hubiera gustado, ya de puestos, que empezaran por el rigor escueto de esas cofradías hispalenses de negro que ejemplarizan el silencio y la ausencia de cualquier clase de protagonismo de sus miembros. Pero en fin, no mucho que objetar.

Más descalabro, o no, hubiera supuesto importar las cuadrigas lorquianas, los rostrillos bíblicos de Puente Genil, empalados de Valverde de la Vera  o el mismísimo Santo Potajero bañezano. De todas formas, nunca hubiéramos podido presumir de genuinos, ay, ya lo decía don Eugenio D’Ors, "todo lo que no es tradición es plagio".

No obstante, la difícil cuestión identitaria, no va solo ligada a concordancias del diseño, al uso y las buenas costumbres. Aquí se puede inventar hasta cansarse aun las propias y oscuras usanzas, reinterpretar, mentir, folclorizar o ceñirse a la historia, cristianizar o paganizar más o menos. No seríamos los primeros .Lo importante es tener éxito, conseguir que la muchedumbre (algo parecido a la gente pero más tumultuosa) se identifique con el Santo evento Semanal (pero anual), que callen sepulcrales al paso de las procesiones, o que griten como posesos, lágrimas a raudales, que se postren genuflexos o se alcen altivos, identificarse como decían los de gris, que se hagan uno en esa identidad (los que no, que se vayan a la playa como en otros lugares). Perdón, creo que me estoy viniendo arriba, sigo y acabo, lo importante es llegar a ser "carne de identidad".


miércoles, 2 de noviembre de 2016

F. Javier Blázquez

Emblema de la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad

02 de noviembre de 2016

La renovación de los carismas aparece como una constante en la Historia de la Iglesia. Los ejemplos de cómo el Espíritu suscita en cada momento, y por las vías más insospechadas, nuevas iniciativas para insuflar vitalidad cuando los ciclos se agotan o paliar necesidades sin atender son ilimitados. Uno de los ejemplos paradigmáticos fue el de san Francisco, el Poverello de Asís que ante el crucificado de la iglesia de San Damián sintió la llamada a reparar la casa de Dios, que estaba en ruinas. ¡Y qué ruinas! Las reformas del monacato habían parcheado un edificio demasiado maltratado por los avatares de la fase final del milenio, pero cuando Occidente comienza a remontar y se abre a nuevas realidades, con la vida urbana como elemento dinamizador, la Iglesia requería nuevos instrumentos, que llegaron desde las órdenes mendicantes. Y Francesco abrió el camino. Su propuesta radical del seguimiento de Cristo fue muy difícil de asimilar por la Iglesia. Por ello precisó de varios ajustes, pero al final el franciscanismo se convirtió en la corriente espiritual que purificó el ambiente sobre el que se reconstruye la casa de Dios en aquellos tiempos de la plenitud medieval.

El franciscanismo, desde entonces, ha derivado en infinidad de propuestas al servicio del ser humano, entre las que están, en origen, nuestras cofradías penitenciales, que entroncan directamente con su espiritualidad. Luego llegaron otras influencias, muchas, hasta configurar las características con las que alcanzan su edad de oro durante la etapa barroca. Sin embargo, y esto no puede olvidarse, el cristocentrismo, junto a la acción humanitaria y penitencial que dieron forma a las primeras cofradías de la Vera Cruz, son aportaciones de los franciscanos. La focalización de las devociones durante el tiempo de la Semana Santa es también muy franciscana. La presencia organizada en Tierra Santa de los frailes menores, constituidos en custodios desde el siglo XIV, fue el factor determinante para comprender la idiosincrasia de las cofradías penitenciales. El sentir tan de cerca la condición humana de Cristo, que se centra en torno a los misterios de la encarnación y el padecer que lleva a la muerte en la cruz, propició, por parte de los franciscanos, la generalización de costumbres como el nacimiento y el vía crucis, patrimonio hoy en día de las tradiciones y devociones de la cristiandad.

El ingente legado franciscano, que sigue sin agotarse, ha fructificado en la diócesis salmantina con una nueva fundación, una asociación pública de fieles que se organiza, para las cuestiones prácticas, según el formato de las cofradías de penitencia. El pasado 14 de octubre, el obispo, don Carlos López, firmaba el decreto de erección canónica de la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad, promovida por José Manuel Ferreira con el objetivo prioritario de ayudar, en la medida de sus posibles, a los cristianos de Tierra Santa. El medio de canalizar esta ayuda será la Custodia Franciscana de Tierra Santa, que desde Jerusalén, y de la mano del actual custodio, fr. Francesco Patton, ha hecho suya la iniciativa, la ha apoyado e incluido en la gran familia franciscana vinculada a los sagrados lugares. Su punto de referencia en la diócesis será el monasterio de religiosas clarisas de la Purísima Concepción, franciscas descalzas, incluido en el espacio parroquial de San Francisco y Santa Clara. Más franciscanismo no se puede respirar.

Las cofradías nacieron con una finalidad humanitaria, caritativa en la terminología cristiana, social en el lenguaje actual. Luego, las devociones piadosas se expresaban de muchas formas. La acción penitencial fue solo una más de ellas. Una cofradía, en sus orígenes, nunca se fundaba para organizar procesiones. De hecho, había bastantes que carecían de desfiles procesionales. La esencia, lo que daba sentido a su existencia, era la ayuda que se prestaban entre sí los hermanos o la caridad en comunión hacia quienes, vivos o difuntos, necesitaban algo, material o espiritual. Las cofradías vinculadas a las órdenes redentoras recababan fondos para rescatar a los cautivos en territorio infiel, las de la misericordia ayudaban a bien morir, las de beneficencia regentaban asilos u hospicios, las asociaciones seglares organizadas a modo de oratorio rezaban por la conversión de los pecadores, mientras que las de ánimas intercedían por quienes aguardaban la apertura de las puertas del Paraíso… y ninguna de ellas organizaba procesiones. Ese no era el objetivo, como tampoco era el prioritario de las penitenciales, sacramentales, marianas, patronales o gremiales, que sí solían organizarlas. La cofradía, hermandad, fraternidad, confraternidad, congregación… llámese como se quiera, en origen nacía para actualizar, de alguna manera, las obras de misericordia articuladas a partir de las enseñanzas del sermón de la montaña, que en esencia consisten en descubrir el rostro de Cristo en el hermano que sufre. Las prácticas y devociones piadosas en las que cada una después se ejercite, solo tendrán sentido en la medida que, dentro de la Iglesia, se potencie y cuide lo esencial, aquello que da lugar a su razón de existir.

La nueva hermandad franciscana de Salamanca parece tener este aspecto muy claro. Y nace con un carisma específico, perfectamente definido, que brota del más profundo sentir de san Francisco: ayudar a los cristianos de Tierra Santa. Ahora, igual que entonces con el fracaso de las cruzadas, urge más que nunca. Es necesario apoyar con la oración, recursos materiales y divulgación de la realidad que allí se vive para que en los sagrados lugares que hollaron los pies del Nazareno continúe habiendo comunidades cristianas. Los acontecimientos de los últimos años en el avispero del próximo oriente están siendo catastróficos para estos cristianos que han resistido durante siglos adversidades de todo tipo. Por eso, desde las enseñanzas del maestro galileo, manteniendo el legado del hombre que dicen más se le pareció, el Poverello, se trabajará en pos de lograr estos objetivos. Y esto es siempre una buena noticia para la Iglesia local y universal.


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