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miércoles, 29 de enero de 2020

Abraham Coco

Una de las primeras imágenes de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, publicada en la revista Christus de 1945

29 de enero de 2020

A papá, que marchó al encuentro del Padre 
con el Pasión en el bolsillo de la americana

Con Nuestro Padre Jesús de la Pasión parece que Salamanca se dio por satisfecha. Tras cerca de doscientos años sin incorporar ningún nazareno a nuestra Semana Santa, hace setenta y cinco llegó el cuarto y último de los que hoy seguimos procesionando. Con él ha culminado una devoción que ninguna hermandad ha vuelto a explorar desde entonces, ni en la recuperación ochentera ni tampoco en la nueva remesa actual.

Alguna imagen perdimos con el tiempo como aquel Nuestro Señor de los Nazarenos de la Vera Cruz que rememoramos al visitar Descargamaría. De modo que, si Jaén bautizó al suyo como el Abuelo gracias a una hermosa leyenda, nosotros deberíamos apodar a nuestro Pasión como el Bisnieto, broche para cuatro generaciones de cristos con la cruz al hombro. "Siempre en camino, los pies dispuestos", escribió el poeta Quintín García.

Cada uno con su personalidad, cada uno con su mote, el nazareno de San Esteban es inconfundible en la madrugada por su túnica blanca. Dicen que el color fue cosa de los padres dominicos, que recetaron Evangelio al decidir la vestimenta de la talla. Pero yo prefiero pensar que mis colegas de El Adelanto quisieron que el Pasión extendiera cada Viernes Santo una sábana por la ciudad donde escribir una nueva crónica. Las calles convertidas en una rotativa para que los fieles imprimamos nuestras oraciones, un gran rollo de piedad popular que el Pasión sigue arrastrando en sus bodas de brillantes.

Cumple setenta y cinco años el Jesús del pellizco al subir Palominos guiado por Meri. El del taller granadino de un Damián Villar veinteañero. Que después pegó el estirón. El Jesús fotogénico de manos nobles. El del viernes que también lo fue del lunes. El Jesús que ojalá desfilara siempre sobre las andas de Vicente.


viernes, 4 de octubre de 2019

F. Javier Blázquez

Detalle del Abrazo de san Francisco al crucificado, pintado por Ribalta en 1620. Museo de Bellas Artes de Valencia

04 de octubre de 2019

Hoy celebramos el aniversario del tránsito de san Francisco, el santo del que dicen se asemejó más que nadie a Cristo. El ejemplo y carisma que el Poverello de Asís supo imprimir a la gran familia franciscana han fructificado en innumerables obras que se extienden a lo largo del tiempo y la inmensidad de los continentes. Millones de cristianos, desde principios del siglo XIII, han seguido las huellas de san Francisco en pos de una vida más humanamente cristiana, porque esa es a fin de cuentas la gran aportación de este hombre, pequeño de estatura y no muy agraciado físicamente, según puede desprenderse del retrato post mortem que siguiendo la descripción de Tomasso da Celano realizó el maestro Cimabue. En aquellos tiempos que la terribilitá divina era la manera de entender a Dios todopoderoso, el juez implacable que nada malo dejaba sin castigar, llega este revolucionario y cambia de manera radical la relación entre el hombre y Dios. Mirando a Cristo crucificado, tantas veces en San Damián, Francesco descubre el empequeñecimiento de Dios cuando este se incorpora a la historia de la humanidad como uno de tantos. Se hizo historia, entró el tiempo, nació y padeció y murió y resucitó en la Palestina romana. La encarnación lo había cambiado todo. Mirar al Hombre como él supo mirarlo hizo posible que cambiasen muchas cosas y poco a poco, salvando enormes dificultades, el espíritu de Asís fuera abriéndose camino en el seno de la Iglesia. No se puede seguir a Cristo dejando a un lado al hombre, porque la humanidad de Dios lo había impregnado todo.

Los caminos que el santo había hollado por la Toscana nunca han dejado de ser recorridos. Allí donde hay que redimir al hombre brotan una y otra vez las florecillas de san Francisco. Miles de obras repartidas por doquier, muchas de ellas cofradías, perpetúan la memoria del santo que todo lo cambió. Sin ir más lejos, la cuarta parte de las cofradías salmantinas de Semana Santa, considerando solo las de la capital, tienen un origen franciscano. Vera Cruz, Jesús Nazareno, Cristo de la Agonía y Franciscana germinan desde el sustrato seráfico. Por ello hoy están de fiesta, lo celebren o no. Hoy es el día de la reviviscencia primordial, del recuerdo que alienta la praxis de su carisma. Estas cofradías nacieron en el espíritu franciscano, vinculado ineludiblemente a la acción humanitaria y al ejercicio de las devociones que conmueven al contemplar la Pasión del Señor en la tierra santa que él quiso pisar y regar con sus lágrimas, porque era hombre, y con la sangre del sacrificio, porque era redentor.

Hoy festejamos el tránsito de san Francisco y su voz dulce y sosegada invita una y otra vez al seguimiento de Cristo mirando a la humanidad, sobre todo a esa parte que clama doliente. Nacer y crecer en el convento de San Francisco o en los capuchinos, vivir bajo el amparo de las religiosas franciscanas, en Santa Úrsula o la Purísima Concepción, marca indeleblemente, imprime carácter en la terminología sacramental. Exige un compromiso al que no se puede renunciar so pena de traicionar el aliento que inspiró el primero de sus vagidos. Nuestras cofradías franciscanas, lo digan o no, están de fiesta, con todo lo que conlleva.

Feliz día de san Francisco.


viernes, 3 de mayo de 2019

Tomás González Blázquez

Cruz de guía y mazas de la Cofradía de la Vera Cruz al inicio de la procesión el Domingo de Pascua | Foto: Pablo de la Peña

03 de mayo de 2019

"Fiesta Fundacional". Creo que no me equivoco al afirmar que la Vera Cruz es la única cofradía de la ciudad que contempla entre sus festividades, como uno de los cultos principales del calendario anual, la memoria de su propio nacimiento en clave de acción de gracias. En el tercer día del quinto mes del año no celebra ya la Cruz de Mayo, suprimida de la liturgia de la Iglesia aunque se conserve todavía ese poso en la piedad popular, pero en torno a esta fecha, siempre en plena Pascua, sí recuerda que un 3 de mayo, el del año de gracia de 1506, la cofradía fue formalmente instituida.

Cayó en jueves aquel año el día de la Cruz, y la predicación de un franciscano, fray Diego de Bobadilla, en el mismo monasterio de San Francisco el Real, convocó a ciento cincuenta salmantinos que se unieron en hermandad bajo el título y patrocinio del signo de la Salvación. Cinco centurias y trece años más tarde no viene mal fijarnos en esa jornada fundacional, que en cierto modo lo es de toda nuestra Semana Santa, para que la fiesta sea provechosa y fiel a su sentido.

La Cruz. ¡Qué misterio! Por muchos siglos que pasen no se agota y cada vida de cada cristiano no deja de ser un camino hacia la comprensión de la Cruz, que se vive de tantas maneras, pero solo entenderemos al llegar al destino, en la presencia de Dios. La Cruz, advocación a la que está dedicada la capilla propiedad de la cofradía, puede ser nuevamente la identidad que el templo necesita. Una iglesia de la Cruz, como tantas deliciosas ermitas que no faltan en nuestros pueblos, llamada a atraer como atrae hacia sí el Crucificado. Si la adoración eucarística ha sido el sello inconfundible de la Vera Cruz en estas últimas décadas, bendito reclamo gracias a las Esclavas del Santísimo, la oración confiada ante la Cruz podría ser la propuesta que enriquezca la actividad litúrgica y pastoral de un templo tan querido, hoy ciertamente muy limitada a los cultos estatutarios de la cofradía.

El franciscanismo. Presente en la historia de la cofradía, en su origen y en su devenir, nunca puede dejar de ser referente y estimulante. Ojalá la cruz de guía del Lunes Santo, noche de silencios elocuentes, vuelva a saludar con su "Paz y Bien", como saluda la cofradía a los de dentro y a los de fuera en sus comunicaciones. Como los escudos de las Cinco Llagas que flanquean la puerta de la Vera Cruz. Como el san Francisco que acompaña al Lignum Crucis en su caminar de la mañana de Pascua. Como esos santos varones, Pedro de Alcántara y Benito de Palermo, que se cuelan en las hornacinas de la capilla dorada y muestran ejemplo de seguimiento de Jesús a la manera pobre y sencilla de los frailes menores.

La predicación. Adaptada al 3 de mayo de 2019. Sermones del siglo XXI que han de ser testimonio creíble y coherente. Como las palabras de cercanía y acompañamiento que comparte el capellán de la cofradía, nuestro imprescindible Don Pedro, salesiano de Don Bosco y de la Vera Cruz con todos los honores azules (y tertulianos). Como las cinco procesiones, cada uno con su matiz y mensaje, que son en la calle un eco de la voz del Evangelio: el cuidado de la riqueza de los símbolos y una mayor participación de los cofrades contribuirán a que esta predicación procesional resulte más atractiva y fructífera, porque las procesiones siguen siendo hoy un medio válido, con poder de convocatoria y capacidad de reflejo de la belleza de Dios. Por último, y lo más importante, el testimonio de los miembros de la cofradía en sus ambientes familiares, profesionales, ciudadanos… Esta pregunta vale para los azules y los de todos los colores, para los que cumplen quinientos trece años y los recién fundados: ¿dicen de nosotros, los cofrades, "mirad cómo se aman"?


miércoles, 27 de marzo de 2019

Alberto Alén

Nuestra Señora de la Esperanza, una de las cuatro imágenes titulares de la Hermandad Dominicana | Foto: Pablo de la Peña

27 de marzo de 2019

Hoy se cumplen 75 años desde que unos pocos hombres del gremio de las artes gráficas vieran culminado su ambicioso proceso de fundar una nueva hermandad de Semana Santa en la ciudad de Salamanca. Esta nueva cofradía supondría un aire fresco y renovado para los cofrades de su tiempo. Su especial vinculación a la orden de los Dominicos y su propósito de introducir una inspiración sureña en la Semana Santa charra marcaron su integración en el elenco de hermandades salmantinas. La Madrugada no se entiende hoy día sin una imagen de las puertas de San Esteban dejando entrever capirotes, pasos, enseres y charros. 

La única forma de poder asegurar que una entidad, un puesto de trabajo, una amistad, un empleado o una hermandad permanezcan en el tiempo, es conseguir que estas realidades encuentren su hueco y su esencia, conozcan qué los define e identifica y se mantengan inmutables en el tiempo de forma que se conviertan en insustituibles.

Hoy es día de felicitarnos todos por esta magnífica efemérides que celebramos, pero también es el día para preguntarnos, ¿qué hacer para permanecer otros 25 años u otros 50 o quién sabe si más? Creo que la respuesta es esa: reencontrar nuestro hueco, nuestra esencia y reconocer qué nos define e identifica.

Nuestra vinculación con los Dominicos es una de esas características vertebradoras, como también lo son las cuatro imágenes titulares, las cuatro secciones con sus medallas, la doble sede canónica, la salida a las cinco de la mañana, los caballistas abriendo el cortejo, los tres colores de los capirotes y de los verdugos, la carga a hombros o la estética andaluza.

Deseo que todos los hermanos de la Hermandad Dominicana, usando como pretexto este acontecimiento que celebramos, aprovechemos para pararnos y pensar qué podemos aportar cada uno en una necesaria renovación en convivencia y moralidad fraternas, de tal forma que este aniversario sirva de renacimiento y de redescubrimiento de lo que somos para mantenerlo inmutable en el tiempo de tal forma que siempre sea insustituible.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Paco Gómez

Detalle del cartel de la Hermandad del Cristo del Perdón por su 75 aniversario fundacional | Foto: Alejandro López

06 de febrero de 2019

"Entonces se le acercó Pedro y le dijo:
-Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?
- Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete"
(San Mateo 18, 21-22)

Aunque la Cuaresma, y la propia Semana Santa, parecen los momentos más apropiados para la reflexión penitencial, no es menos cierto que el mundo nunca para y que no hay nada tan consustancial a la acción del hombre como equivocarse, pongamos el apellido moral que queramos. La misa dominical nos recuerda en todo tiempo la conveniencia de reconocer humildemente nuestros pecados, pero sobre todo nos orienta a sentirnos reconfortados en el perdón.

Perdón que, basta con mirar un informativo cualquiera, no sabemos muy bien si merecemos, pero que en todo caso –en el sentido trascendente y en el de la más cercana convivencia ("como nosotros perdonamos a los que nos ofenden")–, está instaurado en la base misma del ideario cristiano.

Necesitamos, por tanto, el perdón. El que viene, digamos, de arriba y el que viene de quien está al lado. Porque en el rencor no se puede vivir o, en todo caso, se vive de forma más ácida, angustiosa y estrecha.

Baste esta reflexión general para introducir otra necesidad más específica de la Semana Santa salmantina. También aquí necesitamos el Perdón, pero esta vez con mayúscula. La del Santísimo Cristo del Perdón, tras la que se encuentra también la hermandad que le da vida cada tarde de Domingo de Ramos.

Ciertamente, pocas cofradías salmantinas han sufrido tan severamente los impactos de las distintas crisis espirituales pero también sociales y urbanísticas que han ido modelando Salamanca desde el siglo XX.

Movida a cambiar de punto de inicio para sus procesiones en tres oportunidades. Abocada a sentirse algo desorientada con el traslado de la prisión provincial al centro penitenciario de Topas.  Condenada a vivir hasta el último momento la incertidumbre de saber si llegará o no el indulto. Son luces y sombras con las que un grupo de personas ha luchado, y lucha, admirablemente por seguir manteniendo una salida penitencial que, no olvidemos, ya se vio obligada a suspenderse entre 1973 y 1986.

De aquella intensa crisis, por cierto, surgió la oportunidad magnífica de incorporar a la Semana Santa de la ciudad el crucificado de Bernardo Pérez de Robles. Una de nuestras grandes obras, que quizá no tenga, es cierto, el itinerario más bello, pero que vale por si sola una procesión. Un crucificado de más que perfecta anatomía, que pese a lo sangrante de sus heridas no tiene en la cruz un tormento, sino un trono. Un crucificado con ojos abiertos que perdonan.

Acaba de comenzar el 75 aniversario de esta hermandad. La nueva junta directiva y la anterior han trabajado con el entusiasmo que la caracteriza en un programa que llamará la atención sobre muchos aspectos necesarios. Aunque, quizá por pudor, puede que se omita el más relevante, Salamanca no puede darse el lujo de quedarse sin el Perdón. Y ese es un llamamiento que nos concita a todos.


viernes, 16 de febrero de 2018

Paco Gómez

La Esperanza pasa ante la fachada del Edificio Histórico de la Universidad de Salamanca | Foto: Pablo de la Peña

16 de febrero de 2018

"Sit te Deus adiuvet et Sancta Dei Evangelia. Amen"
(Ceremonial investidura doctores Honoris Causa Universidad de Salamanca)


Desde hace unas pocas semanas, la Universidad de Salamanca (y con ella, toda la ciudad y, aún más, todo el sistema universitario iberoamericano) está inmersa en la celebración de sus primeros ocho siglos de existencia. Una ocasión que nos permite mirar atrás en la apasionante historia de una de las instituciones culturales que han dejado un mayor poso en la historia del saber occidental, muy particularmente, aunque no solo, durante su época dorada en los siglos XV y XVI.

Aunque en celebraciones anteriores se había optado por conmemorar otros hitos del Estudio, este centenario toma como base la fecha fundacional por el rey leonés Alfonso IX. Algo que debiera servir no solo para desarrollar una amplia programación y una ambiciosa labor de difusión, sino para profundizar en las raíces de la institución objeto de homenaje.

Y buscar las raíces simplemente significa conocer los hechos tal y como fueron; saber de dónde surgen y cómo toman forma las ideas y no, por el contrario, tratar de mantener a la sombra muchos de sus capítulos y de manera especial los que tienen que ver con la vivencia religiosa.

Ha llamado la atención cómo a medida que el programa conmemorativo oficial de la Universidad de Salamanca ha ido tomando forma se ha ido esquinando, por ejemplo, que la propia institución nunca hubiera surgido sin la existencia previa de un foco de intercambio de ideas y atracción de pensadores en torno a la catedral de la ciudad.

¿Por qué el rey leonés decidió implantar justamente en Salamanca un Estudio? Sin duda, porque Salamanca ya contaba en Santa María de la Sede con una escuela firmemente asentada y con algunos maestros que habían logrado un importante reconocimiento en su transmisión del saber.

Podría citarse como caso más destacado el de Randulfo, cuyo enterramiento y epitafio primorosamente decorado puede visitarse hoy en el claustro de la Catedral Vieja. Se trata de un maestro, conocido también por haber fundado junto a su hermano la iglesia de Santo Tomás Cantuariense, famoso por atraer a gentes de muchos lugares del reino para escuchar sus lecciones, que falleció en el año 1194. Por tanto, veintiséis años antes de que se fundara el Studium Salamantini.

Así que estamos ante una institución que emerge con una fundación real que beneficia y amplia una escuela catedralicia y que, además, desarrollaría su labor fundamentalmente en los espacios de la propia Catedral. Algo que sería una constante hasta la Guerra de la Independencia, pero que se produce especialmente durante los tres primeros siglos, donde de hecho el Estudio no cuenta con más infraestructura que la catedralicia.

Conocida es la estrecha vinculación entre la vida universitaria y la capilla de Santa Bárbara, en el claustro de la Catedral Vieja. Aquí nos encontramos con la asentada leyenda de la "encerrona" de los estudiantes la noche previa a su examen de grado, en la que podrían los pies sobre los de la escultura funeraria del Obispo Lucero para que este les transmitiera su sabiduría.

Hoy sabemos a ciencia cierta que los hechos no sucedían así (el estudiante se iba a su casa a preparar los temas) pero da muestra de cómo Catedral y Universidad se unen también en la imaginación legendaria. La Catedral, que cedía sus espacios para los exámenes de licenciatura –a cuyo cabildo el estudiante debía pedir "capilla, campana y estrados"–, la que acogía las colaciones festivas por los aprobados al menos hasta 1840 y la que hasta casi el siglo XIX celebró frecuentemente las investiduras de rector.

Dos instituciones de importancia capital para la ciudad que a menudo se han regido por la desconfianza mutua y eso también, por cierto, tiene su reflejo en el mundo de la Semana Santa. El Estudio disfrutó siempre de autonomía para celebrar sus propias ceremonias religiosas y de ahí fueron surgiendo los complejos ceremoniales de Jueves y Viernes Santo que el trabajo contra viento y marea de la Junta de Capilla universitaria ha conseguido mantener hasta hoy. Y, por cierto, pocos saben que fue el mismísimo Miguel de Unamuno uno de los más destacados defensores ya en el siglo XX de la continuidad de la actividad de la Real Capilla de San Jerónimo dentro de la Universidad.

En todo caso, dado que el privilegio de Felipe II de 1576 impedía ninguna otra procesión de penitencia en la ciudad que no fuera la de la Vera Cruz, la Universidad encontró como solución el paso del cortejo del Santo Entierro por el claustro de Escuelas Mayores, constante en su Viernes Santo durante siglos. Una tradición ya perdida y de la que fue posible hacerse una idea en 2015, con motivo del paso, con carácter extraordinario, del Santo Sepulcro por el claustro y la capilla universitaria.

Capilla en la que, otro privilegio, se cierran las peticiones durante la misa con una particular colecta: "y guarda a nuestro rector y a esta Universidad que a ti está consagrada, y concede la luz de la verdadera sabiduría a sus profesores y alumnos"; frase en la que no cuesta encontrar las advocaciones de los titulares de la Hermandad Universitaria que ha convertido en uno de los momentos más importantes de la Semana Santa de Salamanca su promesa del Silencio en el Patio de Escuelas y desde donde su recogido itinerario sigue, qué remedio, hacia la Catedral.

Y ya que regresamos al templo, quizá no esté de más recordar que la reciente restauración del Cristo de la Salud de Alba de Tormes permitió constatar que una comisión de doctores de la Universidad de Salamanca visitó al crucificado en el Monasterio de San Jerónimo con el fin de encargar una copia, que a juicio de los expertos sí habría llegado a efectuarse y puede identificarse verosímilmente con el Cristo de la Agonía Redentora que hace su salida procesional en la noche del Miércoles Santo junto al Cristo Yacente de la Misericordia.

Es una auténtica trenza de hechos, leyendas, tradiciones, capas y estratos que han ido depositando los siglos y que impiden pensar que la Universidad de Salamanca hoy pueda hablar de su pasado sin aludir a todo este torrente de historia. Así que ahora, que todavía se está a tiempo para casi todo, quizá no estaría de más que el nuevo equipo rectoral repiense ciertas "líneas rojas" y asuma con naturalidad que en esta efeméride se deben celebrar en conjunto los ocho siglos de andadura y que al igual que en el viejo ceremonial latino de investidura de doctores se mantienen las antiguas fórmulas de juramento por un elemental respeto histórico, tampoco a la hora de difundir lo mucho y bueno que ha significado esta universidad puede relegarse a un oscuro cajón lo que explique dónde comenzó todo y lo que han vivido, sentido, soñado y rezado muchos de los que han poblado sus aulas. Sería, creo yo, dejar el centenario sin raíces.


lunes, 23 de octubre de 2017

Antonio Santos

Documento de la concesión de la Medalla de Oro de Salamanca a la Junta de Semana Santa | Fotografía: Óscar García

23 de octubre de 2017

Para que la celebración de una semana santa en una determinada localidad alcance el brillo y el relieve adecuados, deben concurrir muchos y variados factores. Algunos son irrenunciables y vienen rápidamente a la mente de todos: imaginería artística de primer orden y entorno urbano o rural apropiado, cofradías nutridas, bien organizadas y público arropando las procesiones: es decir, lo que nuestra divisa recoge con sumo acierto, Pasión y piedra.

Para seguir sumando es necesario un respaldo institucional local y regional que aglutine, en distintos puntos de encuentro, tanto la esfera esencialmente religiosa que define esta celebración con la vertiente cultural que provoca, pero que también recibe en forma de manifestaciones artísticas.

Llegados a ese punto tenemos que reconocer que hay ciudades donde los nombres ilustres de cofrades y artistas brillan por sí mismos asociados a las cofradías y a su entorno cultural. Personalidades de los ámbitos artísticos más diversos aportan al fenómeno cultural popular, que por definición es la Semana Santa, esa luz indiscutible del humanismo y el conocimiento. Otros muchos han dirigido cofradías cayendo su nombre en el olvido, pero sin ellos, que fueron la fuerza motriz de sus corporaciones, no hubiera existido tradición centenaria alguna. Y es de esa unión tan hispana de lo culto y lo popular, de la que nace ese sabor contrastante y atractivo que destila la pasión practicada en las calles. Lo sensorial y lo intelectual, el humanismo y la humanidad de una sede de cofradía, el día a día sencillo y complejo de cada cofradía, de cada paso.

La Junta de Semana Santa cumple 75 años. A las celebraciones programadas, que contienen grandes aciertos culturales, se ha sumado recientemente la entrega de la Medalla de Oro de la Ciudad. Un punto y aparte definitivo en cuanto a reconocimiento y también en cuanto a exigencia de los propios cofrades para con su ciudad y sus cofradías. Fueron justamente mencionados los nombres de los presidentes que han dirigido la Junta, y también los de algunos cofrades que con su trabajo callado hicieron posible el milagro de nuestras procesiones. Cada vez resulta más difícil no darse cuenta de lo importantes que son nuestras instituciones, tanto cívicas como cofradieras y lo que representan. Sería deseable que dejáramos definitivamente atrás ese cariz improvisatorio tan descuidado que imperaba hace años y que poco a poco ha ido disminuyendo gracias al trabajo en común.

El premio fue para todos los que formamos parte de la Semana Santa, pero lo fue para toda la ciudad. Sin el apoyo y el respaldo de los salmantinos, no sería posible. Impresiona pensar en ello tanto como cuando uno pasa una temporada fuera de la patria chica y vuelve a maravillarse ante la belleza de las piedras de las viejas rúas charras, normalmente inadvertidas para el viandante local y cotidiano.

Ojalá este punto y aparte sirva para que todos y cada uno reflexionemos acerca de lo que aportamos, de dónde vienen nuestras cofradías, dónde estamos y a dónde vamos.

Felicidades a todos los cofrades y salmantinos.


sábado, 21 de octubre de 2017

Pedro Martín

Representantes presentes y pasados de las cofradías de la ciudad posan con las autoridades municipales y religiosas de Salamanca en el teatro Liceo después del acto de entrega de la Medalla de Oro de Salamanca el pasado lunes | Fotografía: Óscar García

20 de octubre de 2017

Bueno, pues ya tenemos la Medalla de Oro de la Ciudad y, como de bien nacidos es ser agradecidos, yo quiero serlo. Primero con la ciudad, que nos concede el máximo galardón que institución o persona puede recibir, y que siento que viene de todos y cada uno de los salmantinos. No puede ser de otra manera, a pesar de ciertas protestas y algaradas municipales sin importancia que no pasan del intento de tener un protagonismo que de otra manera, y por sus propios méritos, no tendrían. Es el signo de los tiempos que vivimos. Gracias, Salamanca.

También quiero mostrar mi agradecimiento al actual presidente de la Junta de Semana Santa, por acordarse de aquellos que nos precedieron y que en momentos mucho más difíciles que los actuales lucharon por la misma para dejarnos esta preciosa herencia que estamos obligados a trasmitir a las futuras generaciones. Se lo debemos.

Los avatares y casualidades de la vida han querido que sea esta humilde persona la que represente a mi congregación en este momento, es decir, a todos y cada uno de mis hermanos, pero no solo a los actuales, también a los que lo han sido y pusieron su granito de arena para que llegáramos hasta aquí. Gracias a todos ellos, en especial a mis predecesores: Ana, que me acompañó el pasado lunes; Tomás, mi padre; Santiago, Bernardo. Y hasta ahí llega mi memoria infantil de hermanos mayores, en los albores de los 70, con grandes dificultades, pero con mucha ilusión y trabajo por parte de todos.

Esos años 70 donde con total normalidad, y de forma anónima, se incorpora la mujer de pleno derecho desfilando de nazareno en nuestra congregación, hecho que quizá muchos desconocen, pero que yo recuerdo muy bien, por coincidir con mi primer año procesional. Cuánto ha llovido desde entonces. Ha llovido tanto que nos ha dado tiempo en 40 años a tener la primera mujer hermana mayor de la ciudad, a la que han seguido algunas más, con total normalidad. Creo que es un debate no solo superado, sino que nunca ha existido. Aquí no se han dado situaciones como en Zamora o Sevilla, por poner dos espejos donde nos gusta mirarnos, ni existen que yo sepa estatutos restrictivos que impidan el protagonismo que la mujer merece y puede ejercer en nuestra Semana Santa. No hagamos un problema donde no lo hay. Construyamos; pongamos nuestro granito de arena sin pedir nada a cambio; Dios nos lo premiará si lo tiene a bien. Que cada uno se comprometa en la medida que pueda y quiera. Solo tendrá que rendir cuentas al final de los tiempos, y solo así seremos merecedores de la Medalla que acabamos de recibir.

Y sí, yo estaba allí, en el Liceo, acompañando a mi presidente y junto a mis hermanos del resto de hermandades, cofradías y congregaciones. Y no, no estábamos allí a título particular. Representamos a todos y cada uno de los hermanos y hermanas que forman y han formado parte de la Semana Santa de nuestra ciudad a los que les digo también: ¡Gracias y felicidades, hermanos!


lunes, 16 de octubre de 2017

Félix Torres

La Junta de Semana Santa recoge hoy la Medalla de Oro de Salamanca en su 75 aniversario

16 de octubre de 2017

Esta tarde del 16 de octubre de 2017 marca un momento especial en la historia de nuestra Junta de Semana Santa. La entrega de la Medalla de Oro de Salamanca, de cuya concesión nos enteramos hace ya un par de meses, es con toda seguridad el hito "civil" de más elevado rango para nuestra Semana Santa representada en su Junta. Y, ante todo esto, no me queda más remedio que dar la razón a Ganemos Salamanca en su argumentada defensa del "no" a la concesión, realizada en el pleno municipal del pasado día 6 de octubre, en la que aun reconociendo la labor de captación de turismo y su consiguiente repercusión económica en la ciudad, "el Ayuntamiento no puede premiar a una institución por transmitir la palabra de Dios". Cierto y más que correcto (aunque sería sencillo dar la vuelta al argumento y usarlo en beneficio del premio), si ese fuese el único motivo que avalase la propuesta del instructor del expediente. No habría más que hablar. Pero…

Cuando hace setenta y cinco años se creaba ese órgano que pretendía aunar y ensalzar la Semana Santa salmantina, era toda la ciudad la que se implicaba en el proceso entendiendo que sería algo que redundaría, antes o después, en beneficio de la ciudad y de los ciudadanos. Así se planteó y, sin perder en ningún momento su carácter religioso, bien es verdad, desde el primer momento se convirtió en ariete con el que fomentar no la religión, que para eso ya estaba el clero, sino la cultura, la tradición, el sentimiento y, en definitiva, la antropología social de todo un pueblo, encauzado todo ello en lo que entendemos como religiosidad popular.

El paso del tiempo ha ido de la mano con los altibajos en la trayectoria de la que fuese Junta Permanente de Semana Santa. Momentos de esplendor en los que cualquier propuesta de mejora era aceptada por quienes tuvieran responsabilidades sin apenas oposición y tiempos en los que la realidad era más agria, con estados prácticamente comatosos para la actividad cofrade. Pero siempre, para lo bueno y para lo malo, ahí estaba alguien de la Junta, de nuestra Junta cofrade, para tirar del carro y sacar adelante esta tradición secular. Recordados Gombau, Froilán, Herrero, Agustín, Julián y tantos otros, para llegar al presente de José Cornejo.

Ahora, tras quince lustros, cuando la Junta de Semana Santa celebra este aniversario, el Ayuntamiento de la ciudad quiere premiarla y no precisamente por transmitir la palabra de Dios (aunque bien podría por ello), sino por haber sido canal a través del que la Semana Santa salmantina se ha dado a conocer por todo el mundo y, con ello, ha llevado el nombre de la ciudad, el nombre de Salamanca, hasta recónditos rincones del planeta; por haber sido el órgano aglutinador de miles de salmantinos a lo largo de todos estos años (actualmente quizá en número no exagerado pero, en todo caso, similar al de los 9.990 votantes de Ganemos Salamanca), a los que un interés común ha llevado a mantener viva esta tradición, religiosa por supuesto, contra viento y marea; por ser y haber sido engranaje más que destacado del motor social y económico de la ciudad durante décadas; porque, en definitiva, la Junta de Semana Santa de Salamanca forma parte de ese escogido grupo de entidades o agrupaciones que por sus obras, actividades o servicios en favor de la ciudad se hayan destacado notoriamente, haciéndose merecedoras de modo manifiesto al reconocimiento del Ayuntamiento y pueblo salmantino, cumpliendo así con la premisa que marca el artículo 156 del Reglamento Orgánico y de Funcionamiento del Excelentísimo Ayuntamiento de Salamanca.

Por todo ello y por tanto, creo que no ha lugar a discusión acerca de la conveniencia en la concesión de esta medalla de oro de la ciudad, así como del merecimiento por parte de la Junta de Semana Santa de Salamanca, por lo que me alegro como cofrade, sintiéndome una pequeña parte de todo esto, y me enorgullezco de ello, aunque haya quienes discrepen. Por tanto, mi felicitación a nuestra Semana Santa y mi deseo de que la medalla sea lucida con la ufana humildad que debe conferir este reconocimiento.


viernes, 13 de octubre de 2017

Abraham Coco

Entrevistas a personalidades salmantinas y hermanos mayores publicadas en la revista Christus de 1947

13 de octubre de 2017

A Virginia Carrera, con el deseo de que un día supere su sectarismo


Fue un artículo de Félix Torres publicado en el último número de Christus lo que me llevó hasta una serie de breves entrevistas, escuetos pero enjundiosos cuestionarios, publicadas en esta misma revista en sus ediciones de 1947 y 1948 que, por cierto, entonces tenía un precio de 2 pesetas. Fue inevitable la media sonrisa al leer algunas de sus respuestas y comprobar que, pese a haber transcurrido 70 años desde sus contestaciones, en algunos aspectos pareciera que hubieran sido respondidas ayer.

Los responsables de Christus no dudaban en presumir de lo que consideraban un "éxito periodístico" que hoy debemos agradecer, por lo oportuno del testimonio y el seguro esfuerzo que la empresa les debió de suponer en aquellos años de zozobra y hambre de la posguerra. Sacerdotes, literatos, artistas, periodistas y directivos de la mayor parte de las cofradías de la época desfilan por las ocho páginas de dos secciones tituladas Tres preguntas y diez contestaciones y Proyectos y aspiraciones.

En ellas, de manera sucesiva, comentaban aquello que más les gustaba de la Semana Santa salmantina, lo que menos y la imagen que mayor emoción artística y religiosa les producía. Las respuestas, en opinión de los editores, reflejaban "un acendrado salmantinismo" de quienes expresaban "ese buen deseo de señalar el defecto para buscar remedio", lo que debía ser interpretado como "exaltado índice de amor a Salamanca". De entre todos, el más alto nivel fue el mostrado por Antonio García Boiza, quien no tuvo reparos en señalar que, de entre las cuestiones que menos agrado le provocaban en la Pasión tormesina, la Junta Pro Semana Santa impulsora de dicha revista era la primera.

Resulta curioso comprobar cómo la Dolorosa de la Vera Cruz y, en menor medida el Nazareno de San Julián, centraban gran parte de las devociones de los entrevistados, quienes reclamaban la incorporación definitiva de la Piedad a la imaginería procesional después de los "murmullos de admiración" que su primera salida procesional había causado. "¿No podría conseguirse que volviera a ser admirada por los salmantinos en la procesión de la madrugada del viernes?", se preguntaba Luciano Sánchez Fraile.

Debates que hoy algunos creen impostados o recientes ya pululaban por los corrillos cofradieros de la época. Así lo atestigua, por ejemplo, Fernando Íscar Peyra, disgustado al ver cómo a la Semana Santa de la ciudad "se la va despojando de su hondo y seco sentido castellano para vestirla de andaluza". "Y luego –añadía–, ¡esa representación a lo Rambal, alborotando y destrozando la grave armonía del penitencial cortejo! En eso, ya que no en el fútbol, podríamos aprender algo de Valladolid y de Zamora, en vez de mirar hacia el Puente de Triana". En similar línea se expresaba Juan Domínguez Berrueta, pesaroso al contemplar "que se intente cambiar su tono, su estilo, su sabor tradicional, por imitar (con el mejor deseo, sin duda), a la de otras poblaciones". Y aún añadía Fernando García Sánchez: "Es preciso que solamente el deseo de fomentar la devoción presida siempre la organización y desfiles de nuestras clásicas procesiones, clasicismo salmantino que hay que conservar sin adulteraciones ni simulacros de los clasicismos de otras regiones". 

Hoy, como ayer, la "disgregación" de la procesión del Santo Entierro o las "reverencias o saludos que se hacen los pasos" eran motivos de comentario en boca del imaginero Francisco González Macías. Precisamente una de sus aportaciones a la Semana Santa local no terminaba de encajar en la Congregación de Jesús Nazareno. Así lo reconocía a mediados del pasado siglo su entonces hermano mayor, Carlos Romo, al afirmar: "Mi ilusión ha sido conseguir hacer una hermandad filial haciéndose cargo de este nuevo paso, pues hoy me da pena verlo en la procesión como algo postizo, sin que apenas nadie le acompañe".  Respondía así a otras dos cuestiones planteadas: "¿Qué aspiraciones o deseos son los de su congregación o hermandad en relación con la Semana Santa salmantina?" y "¿Qué mejora estima usted adecuada para la mayor solemnidad y brillantez de la procesión de esas congregación o hermandad?". 

En otra muestra de sinceridad, José Cordón Blas, al frente de Jesús Rescatado, indicaba: "Mi deseo es que todos los hermanos pertenecientes a esta congregación llevaran la túnica en un color morado, pero perfectamente igual en tono de color, y que la túnica la llevasen todos del largo necesario para que solamente se viera el zapato negro". Coincidía en este aspecto con Sánchez Fraile, para quien "si desaparecen totalmente esas túnicas raídas que tanto deslucen la procesión del Santo Entierro, mucho mejor". Y por insistir en este viaje en el tiempo de "acendrado salmantinismo", no lo olviden, Íscar Peyra sostenía que "tampoco se perdería mucho si el flamante paso de la Borriquilla, de cartón-piedra, con el que se inició la renovación de nuestras procesiones, se le regalase como premio a la más fervorosa catequesis infantil de algún pueblo de la provincia". "Si han de sacarse imágenes nuevas, que sean de buena talla", remachaba. "Procuraremos que nadie nos supere en devoción y entusiasmo, por motivos más altos, pero también porque al radicar y salir de la Catedral parece que nos obliga a edificar con el ejemplo a todos los demás", declaraba Jaime de Aramburu y Olarán, hermano mayor de... la Soledad.  

Vicente Pérez-Moneo, apellido ya entonces vinculado a las hermandades de la Agonía y el Perdón, lamentaba "la apatía de los salmantinos, que no tienen interés en mejorar nada de lo que hoy tienen, al contrario de otras poblaciones, que mejoran constantemente sus cultos y procesiones". Por eso Cordón Blas (Rescatado) y Tomás Salas Villagómez, que estaba a punto de debutar con la recién fundada Hermandad Universitaria, proponían aglutinar voluntades en el principio de un camino que hoy cumple 75 años merecedores de la Medalla de Oro de Salamanca. Si el primero ambicionaba "unir esfuerzos con las demás cofradías para así poder, en unión de la Junta Permanente, dar un mayor esplendor de fervor a nuestras procesiones", el segundo proponía "conseguir, en unión de las demás hermandades, que en los días de la Semana Santa se convierta la ciudad toda en un gigantesco clamor de penitencia que suba hasta Aquel cuya pasión y muerte conmemoramos".

Los mimbres estaban, pues confesaba Guzmán Gombau Guerra: "Lo que más me agrada es que nuestras procesiones –y todas ellas– sean lo único que consigue llenar de público la Plaza Mayor y todas las calles de sus itinerarios", pese a lamentar que "lo mucho hecho lo haya sido tan pobremente y por el solo esfuerzo de unos pocos". Pero lo mismo sucedía, sostenía, incluso con la Unión Deportiva. 

De aquellos nombres partió esta historia común, cuyo mantenimiento exige hoy el compromiso de todos.  ¡Enhorabuena, cofrades! 


sábado, 22 de abril de 2017

F. Javier Blázquez

Francisco Rodríguez Pascual, en una fotografía de 1989, sobre un dibujo de Antonio Pedrero

21 de abril de 2017

El 22 de abril se cumplen los diez años del fallecimiento de Francisco Rodríguez Pascual, nuestro querido y recordado don Paco, sacerdote claretiano, profesor de antropología cultural y filosófica en la Universidad Pontificia de Salamanca, etnógrafo, investigador, columnista… y socio, hasta el final de sus días, de la entidad editora de esta publicación. Por ello, la Tertulia Cofrade Pasión, durante estas semanas, le está recordando con una serie de sencillas iniciativas, como el especial de cuatro páginas que en su memoria le dedicó el último número de la revista Pasión en Salamanca, la oración comunitaria ante su sepultura en el día de su aniversario y alguna otra que se presentará en fechas venideras. 

Francisco Rodríguez Pascual sigue siendo, por su relevancia, una persona imprescindible para el estudio de la cultura tradicional en las provincias de Zamora y Salamanca y la raya portuguesa. Y dentro de la amplitud en la que se desenvuelve esta disciplina, con tantas ramificaciones, nosotros siempre le recordaremos por la defensa a ultranza que, como intelectual, realizó de la religiosidad popular. 

Estaba firmemente convencido de la necesidad de estudiar el fenómeno a fondo y de darle una dimensión académica acorde con su importancia. Para él no había lugar a la duda: el hecho religioso es la realidad fundamental y fundamentante sobre la que se asienta toda cultura de nuestra área cultural. Nuestra sociedad está determinada por la manera en que se ha ido articulando la relación del hombre con Dios, pero en el análisis intrahistórico, al abordar la cuestión cultural como causa y efecto de las relaciones socioeconómicas entre los pueblos y sus gentes, la teología, desde su punto de vista, quedaba relegada a un plano casi marginal. De ahí su interés en potenciar los estudios antropológicos y dar entidad propia a la religiosidad popular en el currículum académico de los futuros sacerdotes. "¡Cuántos conflictos se evitarían en ejercicio la pastoral si quienes toman las decisiones escuchasen un poco más a los antropólogos y no se quedasen únicamente con lo que dice el teólogo!". Así de contundente lo afirmó él, que era sacerdote, en el encuentro de cofradías penitenciales que se organizó en Salamanca en 1989. 

Su convicción sobre la necesidad de potenciar estos estudios le llevó a fundar, con el respaldo de los claretianos, la Cátedra Padre Claret en la Universidad Pontificia, que mientras funcionó fue un punto de encuentro entre teólogos y antropólogos para impulsar la religiosidad popular en el ámbito universitario. Y hubo frutos muy afortunados, entre los que, como es obvio, no podemos dejar de señalar, por su cercanía, el congreso realizado junto a la Cofradía de la Vera Cruz para conmemorar su quinto centenario en 2006. Lamentablemente, a los cinco años del fallecimiento de su fundador, la cátedra pasó a un estado de hibernación del que sería muy bueno saliese con motivo de este aniversario. 

Su trabajo fue ingente, de hecho, murió dejando un montón de material inédito que otra de sus creaciones, la Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana (que sigue gozando de buena salud), ha seguido publicando de manera póstuma. Pero aunque abrume su obra, quienes le conocimos y gozamos de su cercanía, valoramos ante todo la persona, su sentido de la lealtad, su capacidad para enseñar en cualquier momento y situación, su hombría de bien, en definitiva. Fue un hombre que, pese a su apariencia sencilla, marcaba indeleblemente a los que frecuentábamos su presencia y amistad. Por eso sigue tan presente en nuestras vidas, por eso no le podemos olvidar, porque si en lo bueno algo somos, en buena medida a él se lo debemos.


lunes, 3 de abril de 2017

José Fernando Santos Barrueco

Hermanos de carga del Cristo del Amor y la Paz apoyan sus manos en el hombro más próximo | Foto: ssantasalamanca.com

03 de abril de 2017

Ante el 75 aniversario de la Junta de Cofradías se hace necesaria la felicitación y agradecimiento a quienes hicieron posible su fundación y el cumplimiento de tal efeméride, con un recuerdo especial a los que nos precedieron y dejaron el testigo que hoy disfrutamos. Testigo que también supone responsabilidad ante los que nos sucederán y continuarán nuestra labor. Por ello, estas brillantes bodas de diamante deben ser un motivo de reflexión y servirnos para valorar la importancia de la unión de las cofradías en torno a un organismo integrador que ofrezca, defienda y difunda la visión de conjunto de nuestra Semana Santa que, siendo siempre importante, lo es más en la época de crisis que atravesamos; crisis económica en la que no es fácil obtener fondos de instituciones públicas o privadas (mucho menos si cada uno se busca la vida por su cuenta) y crisis de valores, especialmente religiosos que, como estamos viendo, parece que molestan en la esfera pública y se oyen planteamientos que quieren encerrar la religión en los templos y en las conciencias individuales. Aunque los semanasanteros creamos que nuestras procesiones son lo más interesante del mundo, son muchos, cada vez más, los que piensan que la calle no debe ser invadida cada año durante una semana por unas manifestaciones de carácter religioso. Para ellos, equivocados o no, nuestros argumentos carecen de valor.

En esta situación es importante potenciar esa institución que muestre la imagen de conjunto de nuestra Semana Santa y defienda su interés turístico, cultural e incluso económico (por utilizar una expresión muy usada en la política actual, "ponerla en valor"). El buen hacer de cada uno redundará en beneficio de todos y el fracaso de cada uno puede afectar a esa visión de conjunto, en un mundo muy globalizado en el que las redes sociales extienden y propagan noticias, comentarios y opiniones, como hemos podido comprobar recientemente con la trascendencia dada a un comentario sacado del contexto de una carta interna sobre una conversación, sin la intencionalidad que se le ha dado en una auténtica borrachera de tonterías y sinsentidos en la difusión de respuestas y opiniones, que de la manera más absurda e irracional se convirtió en "trending topic".

A mitad de la andadura de nuestra Junta, allá por los años 70, hubo una crisis que se llevó por delante algunas cofradías y otras pudieron recuperarse tras un periodo de hibernación. La crisis era de otra naturaleza, pero debería servirnos de reflexión. Afortunadamente, el empuje de nuevas cofradías y la ruptura con ciertos cánones, como la entrada de la mujer con los mismos derechos del hombre y una visión de valores como la caridad, solidaridad y hermandad más acordes con el cambio social que se estaba produciendo, consiguieron un efecto revitalizador que supuso un nuevo auge de nuestra Semana Santa. Hoy vivimos el momento de mayor número de cofradías, de procesiones y de imágenes, pero estos árboles no deben impedirnos ver el bosque.

Estamos viendo en las redes sociales una auténtica avalancha de comentarios hirientes, que además se hacen desde el anonimato, sin argumentos y con el desprecio más absoluto a las posiciones a las que se enfrentan (cuando no desde el desconocimiento). Más aún, ha salido a la luz pública una situación totalmente inadmisible contra una Junta de Gobierno, que solo puede haber partido desde dentro del mundo cofrade, muy lejos de comportamientos de hermandad. No se trata de diferencia de opiniones, que bien canalizadas serían un modo de enriquecimiento, sino de enfrentamientos con posiciones estancadas, críticas destructivas y falta de diálogo y colaboración. En estas situaciones se hace difícil la toma de decisiones y la adopción de posturas comunes, corriendo el riesgo de que muchos objetivos, al no contar con la mayoría, tengan escasas posibilidades de éxito, lo que adquiere mayor gravedad cuando los recursos son escasos, tanto económicos como humanos. Se crean grupos de poder y cada uno campea por su lado. Es fácil que estos aspectos se desarrollen en una cultura, como la actual, de derechos, de falta de compromisos, de libertades mal entendidas, de montarse cada uno su propia cofradía, su fe y hasta su Dios. Todo esto se traslada a nuestras procesiones y vemos casos de falta de disciplina y del orden necesario, discusiones que se hacen evidentes, una indumentaria inadecuada (calzado llamativo, hábitos en mal estado, bien por la talla y hechura, planchado e incluso el color) que se tolera por evitar enfrentamientos, escaso número de hermanos de fila que den cuerpo a la procesión, cortes a veces excesivamente largos, etc. Situaciones que dejan una pobre impresión de nuestras marchas penitenciales, que no cumplen el objetivo que pretenden, que no es otro que el de una evangelización en la calle.

Hay que conseguir que la fe que nos lleva a cada uno a las cofradías (aunque sea por muy distintos caminos) se convierta en una auténtica palanca de hermandad, que nos lleve a vivir y compartir  experiencias cristianas. Apoyarnos todos y unirnos con la necesaria tolerancia en el organismo integrador que defiende los intereses del conjunto y en el que todos debiéramos aportar y sentirnos involucrados, como si formásemos parte de una única cofradía, la de la Semana Santa de Salamanca, y estuviéramos en una única procesión, la que se inicia en la ermita de la Vera Cruz con la salida de la cruz de guía del vía matrix de la Madre Dolorosa, y se cierra con la entrada en la misma ermita de la imagen de Jesús Resucitado en el domingo de gloria que da fundamento a nuestra fe. Principio y fin, enmarcados por nuestra cofradía decana. Nos contemplan más de 500 años y un patrimonio del que sentirnos orgullosos. Tenemos la responsabilidad de agarrar bien el testigo, llevarlo con honor en el tramo de carrera que nos corresponde y pasarlo en las mejores condiciones a los que vienen detrás de nosotros para poder seguir cumpliendo años y ¡felicitarnos todos!


miércoles, 29 de marzo de 2017

Félix Torres

Momento del acto que reunió el pasado lunes a una veintena de pregoneros de la Semana Santa de Salamanca | Foto: EC

29 de marzo de 2017

Este último lunes, dentro de ese excelente ciclo de actividades a que nos está (mal)acostumbrando la Junta de Semana Santa con motivo de su 75 aniversario, quienes asistieran al patio del Casino de Salamanca convertido en platea pudieron disfrutar de los últimos cuarenta años de pregones de nuestra Semana Santa.

Políticos Jesús Málaga, Alberto Estella, Julián Lanzarote, Isabel Jiménez y Alfonso Fernández Mañueco, poetas Zoilo Gascón, José Manuel Ferreira e Isabel Bernardo, maestros Eugenio García Zarza, Remigio Hernández y José Ramón Alonso, pastores de nuestra iglesia Daniel Sánchez, José Román Flecha, Braulio Rodríguez Plaza, Antonio Romo, Marceliano Arranz, Florentino Gutiérrez y Raúl Berzosa, un militar Francisco Morales, un historiador Francisco Javier Blázquez y un periodista Luis Felipe Delgado han recuperado su momento en la historia y dejado sus pinceladas, de trazo fino o grueso, en este acontecimiento que ha sido algo único y extraordinario.

Cuatro periodos de nuestra Semana Santa en sus pregones y una clara evolución en textos y pregoneros. Desde aquellos que se vieron forzados en su momento el cargo obliga y quizá también ahora o así lo parecían, hasta aquellos que ahora desgranaron sus palabras manteniendo la calidad de textos y la pasión expositiva como si no hubiesen pasado años.

Estas palabras de hoy, pronunciadas en el bello patio del Casino, fueron vehículo con el que viajar en el tiempo y llegarse hasta aquellos días en que se sintieron protagonistas entre las paredes de la Clerecía, del mismo Casino o del teatro del Liceo. Y seríamos capaces de recuperar cada uno de los periodos de nuestra historia cofrade más cercana, simplemente con poner el oído atento a lo que cada uno de ellos se trajo como recuerdo. Lenguaje sobrio en algunos y en exceso retórico en otros; medido en el tiempo para aquellos que acataron las normas o prolongado en exceso, vacuo exceso a veces, en quienes supieron hacer de su capa sayo de pregonero; cargado de belleza en los menos o pleno de tópicos en los más.

En fin, que, escuchando a la pléyade allí reunida, quienes anduvieron atentos pudieron comparar y calibrar niveles. Y se vio que nuestros pregones, esos que muchos esperamos cada año como instante de partida de nuestros actos penitenciales más significados, no solo han mejorado en su atrezo desde que se recitan en el popularmente querido teatro del Liceo, sino que, quizá por suerte (aunque como uno es de ciencias ve más fiable el acierto en la elección), textos e intérpretes han mejorado conforme han ido pasando los años, dejando alto, cada vez más, el listón para quienes deban ponerse ante el atril en cuantas ediciones se sucedan. Aunque si la progresión no decae... nos esperan pregones magníficos.

Lástima, digo por terminar, que se echase en falta a tanto cofrade, desde las bases a las cúpulas de nuestras hermandades, entre las butacas del patio de espectadores. No tanto por el interés intrínseco del propio acto, que lo tenía, sino porque son estos excelentes momentos para distender las charlas y poner en práctica el uso de la más antigua y mejor de las redes sociales, la conversación entre amigos y hermanos, aunque quienes no asisitieron lo hicieron, seguro, por motivos fuertes y más que justificados.


miércoles, 8 de marzo de 2017

Eva Cañas

Hermanos y exhermanos mayores de cofradías salmantinas portan al Cristo del Amparo | Foto: ssantasalamanca.com

08 de marzo de 2017

Esta no va a ser una Semana Santa cualquiera. O eso espero. La Junta de Semana Santa cumple 75 años de historia. Por delante nos quedan eventos especiales para conmemorar tal efeméride. El primero de ellos tuvo lugar el pasado sábado, con un vía crucis extraordinario. Para esta ocasión, el Santísimo Cristo del Amparo volvía a salir por las calles de la ciudad después de 48 años.

Fue un Miércoles Santo, 2 de abril de 1969, cuando esa imagen traspasara las puerta de la iglesia del Carmen en una semana de Pasión. Y en esta ocasión lo ha hecho llevado a hombros por los actuales hermanos mayores y ex hermanos mayores de las 17 cofradías actuales que componen la Junta de Semana Santa. Una forma de aunar el pasado y el presente, sin dejar de lado el futuro, porque son los jóvenes los que tomarán el relevo y el legado de varias generaciones.

Creo que estuvo acertada la elección de la imagen, por todo lo que representa. Una mirada  a lo que fue, a lo que siempre estará presente, aunque no salga por las calles. La devoción permanece de un Cristo crucificado que era cargado por médicos y practicantes. Siempre hay que mirar hacia el futuro sin perder las bases que nos dejó el pasado. La entonces denominada Junta Permanente veía la luz un 9 de abril de 1942, con la intención de velar por la Semana Santa, de promocionarla y de fomentar la unión entre las hermandades. No ha sido fácil, y en todas estas décadas han pasado por etapas de declive, de desunión, de un descenso de hermanos, de la desaparición de algunas cofradías, del nacimiento de otras. La vida es así, y está llena de cambios.

Lo que se demostró el pasado sábado en el vía crucis es que se mantiene el compromiso y las bases por las que se creó la Junta Permanente. En un mismo cortejo unido el pasado, presente y futuro de la Semana Santa, con todas las hermandades representadas, bien cargando al Santísimo Cristo del Amparo o llevando el cirio que iluminaba el camino a la Catedral. Se respiraba respeto, silencio y orden. Una manera de comenzar con buen pie el primero de los actos del #75 aniversario. Ojalá, esa unión y presencia continúe en cada uno de los actos que se han programado durante todo el año. Hay que dar ejemplo a los cofrades del pasado, que nos vigilan desde el cielo, y, sobre todo, a los del futuro, porque ahora mismo, los del presente, no dejan de ser espejos donde reflejar sus actos. Estamos de enhorabuena #Cumplimos75


lunes, 9 de enero de 2017

Montserrat González

Damián Villar nació el 12 de febrero de 1917 | Fotografía: Catálogo "Maestro escultor"

09 de enero de 2017

Cualquier lector podrá recordar el encuentro con la escultura entre sus experiencias más profundas como aficionado al arte. ¿Cómo olvidar la serenidad de la Venus de Milo ante las hordas de turistas japoneses que la rodean locos por inmortalizar su inmortalidad? ¿Cómo no recordar la portentosa fuerza del  David de Miguel Ángel que captura y atrapa la atención del espectador  nada más cruzar el umbral de la Galería de la Academia? ¿Cómo no sucumbir ante la gloria del Maestro Mateo y su pórtico rebosante de personajes en amena conversación? Sin duda alguna la escultura tiene la capacidad de crear imágenes duraderas en el tiempo  y no necesitamos ir a Florencia o visitar el Louvre para experimentar que es un arte vinculado al quehacer diario y a la propia celebración de la vida. La escultura alegra nuestras calles y plazas, ilumina nuestras portadas, decora nuestras iglesias y palacios y enriquece nuestros edificios mientras conforma una población paralela de seres de madera, piedra o bronce encargados de recordarnos quienes un día fueron y cuyo recuerdo perdura mientras reclaman nuestra atención.

Quizá las complejidades técnicas de la escultura –esculpir la piedra, tallar la madera o fundir el bronce–, por tratarse de operaciones prolongadas en el tiempo, han alejado al espectador actual del verdadero significado de la escultura, de la grandeza de este arte. De ahí que el encuentro con artistas conocedores de los procesos tradicionales de creación, que dominan formas y materia, resulte tan gratificante.

Este 2017 nos ofrece una posibilidad inmejorable de acercarnos a la obra de uno de estos grandes artistas: Damián Villar González, del que celebramos el centenario de su nacimiento. Junto a Mateo Hernández y González Macías nos brindó alguno de los ejemplos más formidables de la escultura salmantina del siglo XX. De una enorme vocación artística, una labor callada y perseverante, Damián Villar supo dotar a su obra de una sublime belleza, gracias a las enseñanzas de sus maestros, pero sin duda a su propia labor de formación que le llevó a dominar todos los estilos y materiales. Sabemos que realizaba numerosos dibujos preparatorios antes de acometer cualquier obra al igual que los grandes artistas, tal y como lo había visto hacer a Soriano Montagut o Cristino Mayo, sus profesores en la Escuela de Artes y Oficios de Salamanca. De esa manera colocaba los puntos de luz magistralmente distribuidos en sus creaciones para marcar sin ningún fallo la tercera dimensión.

Tras la Guerra Civil, regresa a Salamanca, donde tendría su taller en las Escuelas Menores, junto al pintor González Ubierna. Allí tallaría algunas piezas que nos hablan de sus inquietudes espirituales, entre ellas una Inmaculada niña al estilo de Alonso Cano y dos cabezas, una Dolorosa y otra de Cristo coronado de espinas con resonancias y ecos de Gregorio Fernández, sobre todo en el patetismo del rostro enflaquecido y  el detallismo en cabellos y barba.

En 1940 ganaría una beca financiada por la Diputación de Salamanca para estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid. El contacto con el gran José Capuz y Cano Correa entre otros, sirvió para que suavizara los rasgos de su escultura un tanto adusta y seca en sus comienzos. Sería en Madrid donde prepararía su acceso para conseguir una plaza de talla de madera para la Escuela de Artes y Oficios de Granada, teniendo a José Capuz como miembro de su tribunal.

Allí en Granada tallaría sus pasos para la Semana Santa de Salamanca uniendo su nombre indisolublemente a la creación imaginera. Y así, año tras año, los desfiles procesionales de la Hermandad Dominicana y la Seráfica Hermandad de Nazarenos del Stmo. Cristo de la Agonía de Salamanca se convierten en un renovado homenaje a su obra. Villar dio forma a la madera como pocos artistas han logrado, convirtiendo sus tallas en iconos de sentimiento y belleza. Nuestro Padre Jesús de la Pasión, Nuestro Padre Jesús en el Prendimiento, el Cristo de la Agonía o la Virgen de la Esperanza son un claro ejemplo de cómo las figuras cobran vida haciendo de las imágenes instrumentos de devoción, sentando los fundamentos estéticos de la nueva representación religiosa.

Sumamente perfeccionista y un tanto academicista, centrará la fuerza expresiva de estas tallas en rostros y manos, aunque sin descuidar la perfección en el tratamiento anatómico. Rostros que nos ofrecen una mirada serena y perdida, como la de Cristo resignado que recibe el beso de Judas. O los matices del dolor en la mirada de la madre que esperanzada se mantiene firme ante la pérdida de su hijo. Y manos, manos de extraordinaria elocuencia que acarician el madero de la cruz, manos que revelan dolor y aflicción. Dice el Génesis que las manos de Dios moldearon al hombre; ahora las manos del hombre-artista moldean al Dios hecho Hombre. La cuidada policromía hará el resto, aumentando la fuerza expresiva y añadiendo el toque de verismo que transformará la madera en carne doliente. Sus obras nos sitúan ante un artista de primera magnitud y engañosa sencillez que logra el perfecto equilibrio entre la descripción de la pasión  y la sensación de majestad serena. Damián Villar participó junto a artistas de la talla de Fernando Mayoral, Hipólito Pérez Calvo o Enrique Orejudo en la renovación de la escuela de imaginería salmantina asentada en la tradición castellana, sobria y expresiva, pero dueña ya de un lenguaje vigoroso próximo al hombre contemporáneo.

Villar trabaja lo mismo la madera de boj que el marfil, cincelando numerosas imágenes de Cristo, un corazón de Jesús, la imagen de San Juan y una cabeza de la reina Isabel la Católica. Ningún material le es ajeno. Así, cuando regresa a Salamanca en 1950 como profesor de término de modelado y vaciado de la Escuela de Artes y Oficios, decora el edificio del hotel Monterrey proyectado por Francisco Gil ejecutando unas cariátides en piedra arenisca como auténticas guerreras de mirada desafiante y cabellos ondulantes, sus ropajes se pliegan en quebrados que contrastan con la redondez de sus rostros. La rotundidad de las formas no termina en abstracción, se adivinan aún detalles clasicistas y ciertas reminiscencias Art Déco a la manera del escultor catalán Esteve Monegal. Todo muy ecléctico, al igual que las figuras acogidas en hornacinas que dan vida a distintas alegorías: a la Ganadería, al Manantial, a la Escultura. Todas ellas doncellas fuertes, de mirada visionaria gracias a sus enormes ojos almendrados que siguen la tradición mediterránea de la Dama de Elche y las creaciones de Picasso. Realizó también las hornacinas del Edificio España, así como las ménsulas de otro edificio proyectado por Francisco Gil González: el que acoge las oficinas del Banco de Santander. Cierto toque historicista y ecléctico, así como detalles Déco animan estas composiciones.

De todo lo realizado en piedra destaca, sin ninguna duda, el Cristo crucificado tallado en piedra de Villamayor para el altar mayor de la capilla del Colegio de Calatrava. Espiritualidad, tradición y modernidad se aúnan en esta obra que presenta un extraordinario tratamiento anatómico. En opinión del propio autor es una de sus más logradas composiciones: –"creo que es la mejor que yo hice"–, tallado en 1962, resume en sus formas la intensidad del itinerario artístico de su artífice. La imagen de 180 cm nos ahorra los detalles más lacerantes del martirio, apenas unos apuntes de su pasión en pies, manos y lanzada. Un pequeño lienzo de pliegues geométricos vela su desnudez. La tragedia se concentra en su rostro revelando el alma de imaginero de su creador.

Por estas mismas fechas, modela dieciséis relieves en escayola para la iglesia de María Auxiliadora de Salamanca. Son representaciones de la Pasión de Jesús dispuestos en conjuntos pareados separados por una cartela con una sencilla cruz latina. Todas las composiciones son rectangulares, de gran tamaño (4x2 metros) y van acompañados de una leyenda al pie que clarifica la escena. En las manos de Damián Villar el yeso fresco no olvida la calidez de su formación borrando con un lenguaje tierno y delicado la frialdad de la materia cuando fragua. Los volúmenes se definen con la precisión del artista enamorado de la materia.

También el bronce pasó por sus manos cincelando en 1956 los relieves con los Ancianos del Apocalipsis y los 4 evangelistas en la exedra que da acceso a la cripta de la iglesia del Valle de los Caídos. Como vemos, ningún material le era extraño, ni siquiera la humilde escayola. Con todos ellos consiguió abrir los cerrojos de nuestros sentidos, llevarnos de las certezas a las emociones, de las ideas a las formas, de la piedra a la madera, de la esencia a la materia.

Afirma Luciano Díaz-Castilla, pintor de raigambre castellana, que la obra de arte debe de suscitar y percibir más allá de lo puramente visual, sin duda la obra de Damián Villar suscita e invita a ir más allá para descubrir los detalles de su creación que permanecen olvidados o sin explorar.

Que sea este 2017 un año para la emoción del encuentro con la obra de Damián Villar, que desentrañemos sus creaciones y se avive nuestra curiosidad y nuestro deseo de saber más porque como apunta María Bolaños, directora del Museo de Escultura de Valladolid: "El placer de mirar es inseparable del placer de comprender".


lunes, 17 de octubre de 2016

J. M. Ferreira Cunquero

Palmas del Domingo de Ramos, con los árboles de la plaza de Anaya como telón de fondo | Foto: ssantasalamanca.com

17 de octubre de 2016

Cuando ya media el otoño, por mucho sol que asome tratando de ablandarnos la mollera, toma el mando la heladura, que sazona mejor que el verano los sabios y fecundos mentideros cofrades. Y lo mejor es que comenzarán a expandirse las expectativas que giran en torno a 2017, como fecha que enmarca la hermosa efeméride de los setenta y cinco años andantes de la máxima representación de las cofradías y hermandades salmantinas.

La Junta de Semana Santa, como eje aglutinador del mundo cofrade, ha de entenderse siempre (rija quien rija el condominio) como nexo de unión entre todos nosotros. Esta debe ser razón fundamental para sentirnos orgullosos de todo lo que hemos sido capaces de construir a lo largo de los años, en favor de la religiosidad popular que tanto nos interesa; unos desde los puestos de responsabilidad y otros desde el foro que cobija a todo hijo de vecino o procedencia.

Un cumpleaños que debe recordar a quienes, por haber sido artífices de la salvación de las cofradías en los años complicados de la gran hecatombe sufrida, merecen nuestro recuerdo y el más profundo de los reconocimientos. Un grupo de valientes semanasanteros que fueron capaces, en aquella época tan complicada, de mantener viva la llama cofradiera como testimonio de luz, mientras caminábamos hacia este tiempo que, por mucho que se critique, está siendo fructífero en diversos e importantes aspectos.

Creo que don Froilán y toda su gente, junto a los hermanos mayores y directivos de los años sesenta y principios de los setenta, se merecen el más generoso de nuestros recuerdos. Quienes conocimos aquella época, tristemente tocada por la decadencia más absoluta, tenemos la obligación, cuando menos, de trasmitir (dando testimonio) que aquellos cofrades son los verdaderos héroes que salvaron las cofradías de una catástrofe anunciada, cuando el nacionalcatolicismo agonizaba frente al gran muro de la historia y el tiempo.

Doy por seguro que tan relevante heroicidad tendrá cacho en el amplio programa que debe nutrir cada uno de los meses del tan esperado 17. Pero lo que debe presidir, por encima del acontecimiento, es esa sensación de que todos nosotros, todos, sin excepción alguna, por encima de diferencias y marujeos de poco calado, debemos ser partícipes de algo que es nuestro.

Y no estaría de más (aprovechando el empuje que va a tener el festejo) que comenzásemos a plantearnos, con cierta seriedad, que debemos unirnos sin fisuras ante este tiempo que cobija un anticlericalismo que va tomando posiciones ciertamente peligrosas para los intereses cofrades. Ante esa situación, más que posible, no vale huir hacia el chiringuito junto a los cuatro amiguetes para reforzar esa tontorrona idea de creer que con lo nuestro sobra todo lo demás.

La fecha del 17 debería ser un importante revulsivo para construir con seriedad un proyecto común, en el que todos tengamos la sensación de que la palabra hermandad va más allá de una procesión que, como tentempié semanasantero, solo puede apagar las lumbres del impulso.

Pues eso, que el 17 es todos y todos debemos estar cuando menos en estas vísperas con ganas de dar la talla, lejos de esos corrillos de alcantarilla, que solo sirven para que cuatro alucinados vivan reconcomiéndose mientras rescatan entre sueños el pasado.


jueves, 29 de septiembre de 2016

Félix Torres

Guzmán Gombau, figura clave en la creación y los primeros pasos de la Junta de Semana Santa

29 de septiembre de 2016

Comienza un nuevo curso cofrade. Porque, aunque tras la Pascua comience una nueva Semana Santa, lo cierto es que es ahora, tras el receso veraniego en el que se ralentiza el trabajo en nuestras hermandades aunque las actividades sigan bullendo en las cabezas, cuando las agendas comienzan a llenar sus páginas con actos religiosos y eventos culturales con los que las juntas directivas o de gobierno intentan reavivar la llama en momentos aún muy alejados de la Cuaresma.

Habrá en este periodo que ahora iniciamos, eventos y celebraciones destacables, aniversarios de imágenes y cultos anuales por las distintas festividades propias de nuestras cofradías, pero de entre todos sobresale, tiene que sobresalir por lo que tiene de común para todos nosotros, el septuagésimo quinto aniversario de la Junta de Semana Santa de nuestra ciudad.

Seguro que muchos de los que a lo largo de estos años han pasado por ella se merecen un cálido y rendido reconocimiento, por descontado. Pero hay una persona, quizá el primero en mantener viva la llama de la Junta, que se merece el homenaje que Salamanca nunca le tributó. Me refiero a Guzmán Gombau Guerra, aquel fotógrafo salmantino que trabajó como periodista en radio y prensa escrita pero quien siempre disfrutó de su pasión por la cámara y la imagen, heredada de su padre Venancio y transmitida con fidelidad a sus hijos José Antonio y Jorge.

Conocido como el fotógrafo por excelencia de nuestra Semana Santa, Gombau fue mucho más que eso. No quiero hacerme eco de su extensa biografía cofrade, porque lo que hoy me trae aquí es su papel fundamental no solo en la creación de la Junta de Semana Santa, sino en su mantenimiento, pertinaz mantenimiento, en las épocas primeras en las que, tras el explosivo interés inicial, la desgana por parte de cofradías y obispado hizo que apenas él (y alguno que otro) siguiera empecinado en sacar adelante el proyecto.

Porque fue él quien mantuvo el tesón en aquellos primeros años en los que el canónigo oscense José Artero –recordado por su inquebrantable y manifiesta adhesión al régimen más que por su canonjía, su labor como musicólogo (llegó a colaborar con Gerardo, el Gombau músico) o incluso por ser el primer rector de la Universidad Pontificia salmantina– dejase vacante el sillón presidencial sin que el ordinario del momento, Barbado Viejo, encontrase o llegase siquiera a nombrar un sustituto que quisiera comprometerse con aquella Semana Santa popular. En esa precaria situación, latente o en "stand by" que diría aquel, la recién nacida Junta para el Fomento de la Semana Santa salmantina permaneció durante un par de años, los dos primeros. Pero Gombau no se rindió y, junto a Ricardo Lobato, se convirtió en el pilar de la Junta, en el fuelle que insuflase los bríos suficientes para que aquello no muriera y quien se encargó de redactar las primeras reglas, el reglamento de la Junta Permanente de la Semana Santa, que tardarían otros dos años en ser aceptadas y aprobadas por las cofradías salmantinas. Después de todo, una vez tranquilizados los ánimos en la Junta, Guzmán Gombau continuó siendo su secretario, su sostén, diría yo, durante los mejores años de nuestra Semana Santa hasta que se vio forzado a dejarlo todo obligado por el traslado de su residencia a la capital, bien entrada la segunda mitad del siglo.

Lo he resumido hasta el extremo, pero creo que es un currículum del que pocos podrían presumir en nuestra Semana Santa y en su Junta Permanente, o de Cofradías o de Fomento o de Semana Santa, que el nombre es lo de menos.

Me consta que nuestra Junta de Semana Santa, con los nuevos bríos tomados tras las aún recientes elecciones, con su presidente al frente, está confeccionando un interesante programa de actos de distinto tipo con los que conmemorar el evento. Actos que, con seguridad, incluirán reconocimientos y detalles, recuerdos y exposiciones, conciertos y conferencias. Seguramente, aunque ya se hiciese hace algún tiempo, una muestra con las fotografías de Gombau. Pero no quisiera que Gombau quedase diluido entre unos y otros, ni en sus fotografías. Creo que él, por sí solo, por su trabajo cofrade y por su dedicación merece ser distinguido con los máximos honores por nuestra Semana Santa y así lo pido.


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