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lunes, 18 de junio de 2018

Tomás Gil Rodrigo

Detalle de Los desposorios místicos, obra de Francisco Ricci  para el Monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes

18 de junio de 2018

Terminamos la contemplación de la imagen de Cristo en Teresa de Jesús con las imágenes de su encuentro personal en la contemplación. Después de la beatificación (1614) y canonización (1622) de Santa Teresa, los artistas del siglo XVII encontraron en sus visiones místicas de Cristo una fuente de inspiración. Estamos ante el estilo barroco, al que le interesaba representar, más que los aspectos humanos de los santos, su aventura de contemplar cara a cara a Dios. Si antes las imágenes exteriores de Cristo influyeron en la oración de Teresa, ahora las imágenes interiores, que ella veía con los ojos del alma, contados en sus escritos, serán las que afecten a las obras del barroco. Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Santa Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, serán el modelo a seguir por los artistas.

De entre las muchas visiones contemplativas que tuvo Teresa de Cristo, se eligieron y representaron aquellas que servían mejor a la doctrina de la Iglesia Católica. En el Monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, lugar donde murió y se conservan sus restos, tras la ampliación de la iglesia a mediados del siglo XVII, se encarga al pintor real Francisco Ricci, en 1674, realizar cuatro medallones para decorar las pechinas de la nueva cúpula. Apreciamos el modo peculiar de pintar de Ricci: imaginativo y con pinceladas sueltas. La imagen de Teresa es un fiel retrato a cómo era, basado sin duda en la que pintó Juan de la Miseria. Cada lienzo recoge cuatro visiones de Teresa de Jesús, que son las más destacadas y representadas en el arte, aparte de la transverberación: La Visión de la Santísima Trinidad, Los Desposorios místicos, La coronación de Teresa y La imposición del collar y la capa por la Virgen y San José. Las dos primeras pinturas, que están colocadas de frente, con la intención de ser vistas mejor, sobre el altar y el sepulcro, son las que tienen que ver directamente con la persona de Cristo, y son con las que vamos a terminar nuestra mirada al Jesús de Teresa.

Empezamos por aquel en el que vemos a Cristo resucitado entregando un clavo a Teresa. Es el momento en el que, como cuenta Teresa, se mereció ser esposa de Cristo: "Entonces.. dióme su mano derecha y dijóme: Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy" (Relaciones 35). Francisco Ricci se atreve a más que otras representaciones artísticas, donde solo Cristo entrega el clavo a Teresa, como aparece  en la pintura que se encuentra en el camarín del sepulcro, porque pinta a Cristo traspasando la mano derecha de Santa Teresa. El artista representa a Cristo como el Esposo que invita a su mujer, Teresa, a consumar su matrimonio, compartiendo  sus mismos padecimientos: "Padecer quiero, Señor, pues Vos padecisteis" (Vida 11, 2).

El culmen de la experiencia mística de Teresa es que Cristo se le ha aparecido también en el seno de la Trinidad: "… y como yo estaba mostrada a traer solo a Jesucristo siempre, parece me hacía algún impedimento ver tres Personas, aunque entiendo es un solo Dios" (Relaciones 18). Pero, Teresa queda sorprendida porque no es lo mismo lo que ella ve y lo que se pinta de la Trinidad en su tiempo: "A las personas ignorantes parécenos  que las Personas de la Santísima Trinidad todas están, como lo vemos pintado, en una Persona, a manera de cuando se pinta en un cuerpo tres rostros" (Relaciones 32, 2). La visión de la Santísima Trinidad, como tres personas distintas y unidas, garantiza la verdad de lo que contempla Teresa y su  comunión con la Iglesia. En 1628 fueron prohibidas por Urbano VIII las representaciones artísticas de la Trinidad tricéfala, porque inducían a la herejía. De esta manera, Francisco Ricci pinta en el medallón de Alba, siendo fiel a lo que dice Teresa y a lo que la Iglesia establece, a la Trinidad como tres personas  distintas que están en comunión de amor en la gloria del cielo. Pero, Teresa aparece dirigiéndose solo a la persona del Hijo, el cual muestra las heridas de la pasión, ya que solo por medio de su sagrada humanidad, en contra de lo que creían algunos espirituales de la época, se puede entrar en la experiencia altísima de contemplar a Dios Trinidad: "veo que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene, esa sacratísima Humanidad junto con la divinidad" (Vida 28, 9). En el lienzo de Ricci el Padre es la persona que mira al espectador, nos invita a dar respuesta a la pregunta que hizo a Teresa: "parecíame que la persona del Padre me llegaba a sí y decía: … Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?" (Relaciones 25, 2).


lunes, 16 de abril de 2018

Tomás Gil Rodrigo

Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, fueron el modelo a seguir por los artistas.

16 de abril de 2018

Si el encuentro con la imagen del Cristo muy llagado en 1554 provocó la conversión personal de Teresa, la visión mística de Cristo resucitado en 1561 marcará la segunda etapa de su vida, pues la animará a realizar la reforma del Carmelo: "Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó todo esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado" (Vida 28, 3). De nuevo Teresa tiene que acudir a las imágenes pintadas de su época para explicar su visión del Resucitado. Una de las primeras fue la que seguramente contempló en el retablo mayor de la Catedral de Ávila, pintado por Santa Cruz; otra, años más tarde, mientras fundaba en Toledo, en Santo Domingo el Antiguo, pintada en 1577 por El Greco. Estos artistas coinciden en representar al Resucitado como Cristo vivo, saliendo del sepulcro victorioso, enseñando las llagas de la Pasión, vestido con manto y portando una bandera. Pero hay una pintura que hay que destacar, la que manda pintar Teresa al final de su vida para la última fundación de Burgos en 1582. Es un encargo que realiza conforme a sus apariciones del Resucitado. Hoy esa obra la guardan las monjas del San José de Ávila. Esta imagen coincide perfectamente con la descripción que hace el Padre Gracián a la hora de contar la visión de Teresa sobre el Resucitado: "Muchas veces se le presentó la imagen de Jesucristo en la imaginación, como resucitado, con corona de espinas y llagas y un manto blanco" (J. GRACIÁN, Escolias a la Vida de Santa Teresa).

Resucitado que manda pintar Teresa al final de su vida para la última fundación de Burgos

No debemos pasar por alto que los encuentros de Teresa con el Resucitado suceden en la Eucaristía. A diferencia de las imágenes que son una aproximación a la persona de Cristo, solo un símbolo, la Eucaristía es su presencia real, por eso para Teresa es la imagen por excelencia de Cristo resucitado: "Hele aquí sin pena, lleno de gloria, …compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros" (Vida 22, 6). Hay un cuadro de un Cristo del siglo XVI de la escuela de Albert Bouts, que se ha relacionado con la piedad teresiana, copiado en las puertas de muchos sagrarios, para que contemplemos que la Eucaristía es la presencia viva de Jesús, resucitado y glorioso, y al mismo tiempo enseñando las heridas luminosas de su Pasión.

Después de la beatificación (1614) y canonización (1622) de Santa Teresa, los artistas del siglo XVII encontraron en sus visiones místicas de Cristo una fuente de inspiración. Estamos ante el estilo barroco, al que le interesaba representar, más que los aspectos humanos de los santos, su aventura de contemplar cara a cara a Dios. Si antes las imágenes exteriores de Cristo influyeron en la oración de Teresa, ahora las imágenes interiores, que ella veía con los ojos del alma, contados en sus escritos, serán las que afecten a las obras del barroco. Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Santa Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, serán el modelo a seguir por los artistas.

Cristo del siglo XVI de la escuela de Albert Bouts relacionado con la piedad teresiana

De entre las muchas visiones contemplativas que tuvo Teresa de Cristo, se eligieron y representaron aquellas que servían mejor a la doctrina de la Iglesia Católica. En el Monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, lugar donde murió y se conservan sus restos, tras la ampliación de la iglesia a mediados del siglo XVII, se encarga al pintor real Francisco Ricci, en 1674, realizar cuatro medallones para decorar las pechinas de la nueva cúpula. Apreciamos el modo peculiar de pintar de Ricci: imaginativo y con pinceladas sueltas. La imagen de Teresa es un fiel retrato a cómo era, basado sin duda en la que pintó Juan de la Miseria. Cada lienzo recoge cuatro visiones de Teresa de Jesús, que son las más destacadas y representadas en el arte, aparte de la transverberación: La Visión de la Santísima Trinidad, Los Desposorios místicos, La coronación de Teresa y La imposición del collar y la capa por la Virgen y San José. Las dos primeras pinturas, que están colocadas de frente, con la intención de ser vistas mejor, sobre el altar y el sepulcro, son las que tienen que ver directamente con la persona de Cristo, y son con las que vamos a terminar nuestra mirada al Jesús de Teresa.

Empezamos por aquel en el que vemos a Cristo resucitado entregando un clavo a Teresa. Es el momento en el que, como cuenta Teresa, se mereció ser esposa de Cristo: "Entonces.. dióme su mano derecha y dijóme: 'Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy'" (Relaciones 35). Francisco Ricci se atreve a más que otras representaciones artísticas, donde solo Cristo entrega el clavo a Teresa, como aparece en la pintura que se encuentra en el camarín del sepulcro, porque pinta a Cristo traspasando la mano derecha de Santa Teresa. El artista representa a Cristo como el esposo que invita a su mujer, Teresa, a consumar su matrimonio, compartiendo sus mismos padecimientos: "Padecer quiero, Señor, pues Vos padecisteis" (Vida 11, 2).

Los Desposorios místicos de Francisco Ricci

El culmen de la experiencia mística de Teresa es que Cristo se le ha aparecido también en el seno de la Trinidad: "… y como yo estaba mostrada a traer solo a Jesucristo siempre, parece me hacía algún impedimento ver tres Personas, aunque entiendo es un solo Dios" (Relaciones 18). Pero Teresa queda sorprendida porque no es lo mismo lo que ella ve y lo que se pinta de la Trinidad en su tiempo: "A las personas ignorantes parécenos  que las Personas de la Santísima Trinidad todas están, como lo vemos pintado, en una Persona, a manera de cuando se pinta en un cuerpo tres rostros" (Relaciones 32, 2). La visión de la Santísima Trinidad, como tres personas distintas y unidas, garantiza la verdad de lo que contempla Teresa y su  comunión con la Iglesia. En 1628 fueron prohibidas por Urbano VIII las representaciones artísticas de la Trinidad tricéfala, porque inducían a la herejía. De esta manera, Francisco Ricci pinta en el medallón de Alba, siendo fiel a lo que dice Teresa y a lo que la Iglesia establece, a la Trinidad como tres personas distintas que están en comunión de amor en la gloria del cielo. Pero Teresa aparece dirigiéndose solo a la persona del Hijo, el cual muestra las heridas de la pasión, ya que solo por medio de su sagrada humanidad, en contra de lo que creían algunos espirituales de la época, se puede entrar en la experiencia altísima de contemplar a Dios Trinidad: "Veo que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene, esa sacratísima Humanidad junto con la divinidad" (Vida 28, 9). En el lienzo de Ricci el Padre es la persona que mira al espectador, nos invita a dar respuesta a la pregunta que hizo a Teresa: "Parecíame que la persona del Padre me llegaba a sí y decía: '…yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?'" (Relaciones 25, 2).


lunes, 2 de abril de 2018

Tomás González Blázquez

El Lignum Crucis, junto a la Casa de las Conchas en su procesión del Domingo de Resurrección | Foto: Pablo de la Peña

02 de abril de 2018

Conozco a una cofrade feliz porque ya es tiempo de Pascua. Sí, es cierto, se supone que todos lo estarán, ¿o no?, pero ella lo deseaba con fuerzas inversamente proporcionales a las que le empujaban, como cada año, a salir en procesión durante la Semana Santa. No es novedad. Siempre es así. Y cada vez lo siente con más convencimiento y lo piensa con más decisión. A otros también les pasa, aunque no me atrevería a definirlos como felices.

Este Lunes de Pascua, festivo en aquellas autonomías donde trabajan en Jueves Santo, es el día de las túnicas secándose (si no llueve) en los tendederos de los patios de luces, de muchas medallas guardándose cuidadosa pero tristemente en el cajón de la mesilla hasta los cultos de la próxima cuaresma, o incluso hasta la procesión del año siguiente, y de los sesudos análisis de quienes pueden hacerlos o de aquellos a los que no les importe soltarlos aunque no tengan la información suficiente, como nos ocurre a quienes no hemos podido presenciar varias procesiones. 

Mi cofrade feliz sabe que ha pasado la tempestad anual, sea en forma de borrasca o de cuña anticiclónica, consista en sudar o en abrir el paraguas. Es una tormenta de parafernalias, de polémicas estériles, de apariciones estelares, gestos afectados y emociones sobrevenidas. Un misterio con parte de verdad… y de mentira. La calma pascual le inspira más confianza, quizá porque se atenúan las exacerbaciones del ánimo de las que tanto recela. Y en ese silencio, que no encuentra en la Semana Santa pero sí halla en la Pascua, da con un camino para recobrar su felicidad. 

Paradójico sigilo cuando se trata de ir y anunciar que ha resucitado, tarea que tomará formas como el Jubileo Teresiano de las Cofradías, programado por la Coordinadora Diocesana que las agrupa para el sábado 14 de abril en Alba de Tormes. La misma entidad ha propuesto a las hermandades que se armonicen para colocar una Corona de Oración sobre las sienes de Santa María de la Vega, aprovechando que Salamanca celebra que hace cuatro siglos se postró ante ella para proclamarla Inmaculada. Será en el primer fin de semana del mes de mayo. 

En otro orden de cosas, la tempestad semanasantera, que tantos preparativos conlleva y horas atrapa, da paso a un tiempo pascual de mayor relajo, que a buen seguro permitirá el desarrollo de los comicios aplazados en la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, la aprobación del marco normativo-pastoral con que la Diócesis de Salamanca dotará a las cofradías para alentar y facilitar su misión, y la búsqueda y hallazgo de una fórmula que devuelva el culto a la capilla de la Vera Cruz, limitado desde hace dos meses a los actos reglamentarios de la cofradía titular.

En mi "cuaresmario cofradizador" ironicé sobre el Miércoles de Ceniza: ¡contigo empezó todo! Del Lunes de Pascua hablo en serio si digo que este es el verdadero inicio, y que no comenzaremos con buen pie si nos creemos eso de que "desde hoy se empieza a preparar la próxima Semana Santa". Mi cofrade feliz no se lo cree. Y es mujer de fe, como aquellas que fueron al Sepulcro y lo descubrieron abierto y vacío. Resulta que el Señor no estaba allí, porque había resucitado. Había pasado una tempestad… y era la Pascua.


lunes, 19 de febrero de 2018

Tomás Gil Rodrigo

El Cristo de los lindos ojos, pintura que encargó Santa Teresa para una ermita en el Carmelo de San José de Ávila

19 de febrero de 2018

En los escritos y meditaciones de Santa Teresa la Pasión y Muerte de Jesús es el tema dominante. Desde la contemplación de sus padecimientos, se puede entender mejor la espiritualidad de la reforma carmelitana, que está en seguir a Jesús por el camino del abajamiento hasta la cruz, despertando el deseo de corresponder a tanto amor: "Porque en pensar y escudriñar lo que el Señor pasó por nosotros, muévenos a compasión" (Moradas VI 7,10); "Porque, verdaderamente, es de gran humildad verse condenar sin culpa y callar, y es gran imitación del Señor que nos quitó todas las culpas" (Camino de Perfección 15, 1).

Las escenas de la flagelación y el eccehomo emocionaron tanto a Teresa que la llevaron a su conversión. Ella reconoce haber recibido gracias especiales ante estas imágenes, que nos sitúan en el momento terrible del juicio y la condena de Jesús. El Cristo de los lindos ojos es una pintura que encargó hacer Santa Teresa para una ermita dentro del Carmelo de San José de Ávila. Después de un tiempo de oración sobre la escena evangélica de la flagelación de Cristo, le dijo al artista cómo quería que fuese con todos los detalles: las ataduras de las manos, las llagas, el rostro, de grandes ojos y con lágrimas, los cabellos, y hasta el rasgón del brazo izquierdo junto al codo. Mirar a Cristo flagelado ayudaba a Teresa en momentos de dificultad, por eso llevaba en sus viajes una pequeña imagen de marfil, que actualmente está en el Carmelo de Medina del Campo.

Pequeño flagelado en marfil que Santa Teresa llevaba en sus viajes y que se conserva en Medina del Campo

No se sabe cuál fue en concreto la imagen ante la cual tuvo su conversión en 1554, lo seguro es que tuvo relación con una imagen a la que ella llama El Cristo llagado: "…vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros" (Vida 9, 1). En la Encarnación de Ávila se conserva un pequeño busto de Cristo, que acompañó a la fundadora por los caminos, se trata de un eccehomo, al que la tradición ha querido relacionar con la imagen de la conversión de Teresa, debido a las grandes heridas que tiene en su cuerpo, especialmente en su espalda, totalmente descarnada. Y la imagen del Cristo llagado, que tanto conmovió a Teresa, fue uno de los lienzos que compró ella para iniciar su fundación de Salamanca.

Lienzo del Cristo llagado que compró para iniciar su fundación de Salamanca

Teresa nunca hace mención a ningún crucifijo que se parezca a Cristo en la cruz. Pero es indudable que ella meditó ante el Crucificado, momento cumbre de la Pasión: "Mirad lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte, la murió tan penosa como muerte de cruz" (Moradas V 3, 12); "Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco" (Moradas VII 4, 8). En sus fundaciones nos encontramos con varias imágenes del Crucificado relacionadas con ella, donde aparece su devoción a la cruz de palo, pobre y austera. Son cruces sencillas de madera, sobre las que se pintaba la imagen del Crucificado. Y sobresale aquella con la que murió en Alba de Tormes, que hoy se conserva en el Monasterio de San José de Ávila. También están los llamados Cristos de las Fundaciones, aquellos que acompañaban a Teresa por los caminos, que servían para la oración y la Eucaristía, uno de los cuales se guarda en Convento de La Santa de Ávila.

Para entrar en la escena de la muerte de Jesús en la cruz, Teresa se fija en los que dice el Evangelio que le acompañaron hasta el final: la Madre, el Discípulo Amado y la Magdalena: "para que esté a los pies de Cristo la dan licencia, que procure no quitarse de allí, esté como quien imite a la Magdalena" (Vida 22, 12). La escena de Jesús en brazos de María, la llamada "Quinta Angustia", fue importante para Teresa de Jesús, ya que fue una de las visiones más intensas que tuvo, en Sevilla en 1575, y se da la circunstancia de que tuvo que recurrir a las imágenes de la época para poderla explicar: "Estando la misma noche en maitines, el mismo Señor, por visión intelectual, tan grande que casi parecía imaginaria, se me puso en los brazos a manera como se pinta la Quinta Angustia" (Relaciones 58, 3). Puesto que Teresa nos remite a las pinturas de la "Quinta Angustia", hay dos de gran interés muy relacionadas con su vida: la tabla hispano flamenca que llevó de su casa paterna al Monasterio de San José de Ávila y la que compró en Salamanca en 1570 al ir a fundar. Esta imagen servía a Teresa para meditar dos aspectos de la Pasión: ahora en los brazos de María se pueden contemplar las cinco llagas, por primera vez, y la soledad de María con el Señor, tan necesaria para la oración: "Vuestras armas son las cinco llagas" (Fundaciones 10, 11); "A solas pensando en Él" (Fundaciones 5, 3). La imagen de Cristo en brazos de su Madre fue abundantemente tratada por los artistas de su tiempo, pero las más conmovedoras son las que realizó Luis de Morales, donde vemos a María abrazando apasionadamente a su Hijo.

Cuadro de la Quinta Angustia que Santa Teresa adquirió en 1570 al ir a fundar


viernes, 15 de diciembre de 2017

Tomás Gil Rodrigo

Escena del Nacimiento de Jesús bordado por Teresa de Jesús en una dalmática conservada en Medina del Campo

15 de diciembre de 2017

Como dije en mi anterior escrito, dedicado al Año Jubilar Teresiano, voy a mostrar las imágenes que utilizaba Teresa de Jesús en sus fundaciones, las cuales ayudaban al camino de la oración. Al estar cerca el Tiempo de Navidad, voy a detenerme en aquellas que tienen que ver con el misterio de la encarnación y el nacimiento del Hijo de Dios. Las imágenes más numerosas de Teresa son las que tienen que ver con la Pasión de Cristo, sin embargo vamos a contemplar tres que hacen referencia a su infancia.

Ella, tan empeñada en recordar la sagrada humanidad de Cristo, no es de extrañar que detuviera su mirada en el instante en el que Jesús tomó esa humanidad y comenzó el camino de la salvación. La que entró como monja carmelita en el Monasterio de la Encarnación de Ávila, no podía pasar por alto la escena evangélica de La Anunciación. En su Breviaro, conservado en su segunda fundación de Medina del Campo (1568), tuvo que meditar muchas veces ante la imagen de La Anunciación: "Acuérdome cuando el ángel dijo a la Virgen sacratísima, Señora nuestra: La virtud del muy alto os hará sombra" (Los Conceptos del Amor de dios 5, 2). El grabado recoge, además del saludo del ángel a María, el hecho mismo de la Encarnación, pues Jesús ya tiene la forma humana de un niño, que desciende enviado por el Padre, llevando sobre su hombro la cruz de la Redención. El Espíritu Santo, debajo del Padre y el Hijo, hará posible este misterio, fecundando las entrañas de la Virgen.

Grabado de La Anunciación del Breviario de Teresa de Jesús conservado en Medina del Campo

Teresa no solo escribió poemas dedicados al Nacimiento de Jesús, sino que lo bordó con sus propias manos en una dalmática, que se conserva en el Carmelo de Medina del Campo. Posiblemente, detrás de está representación de vivos colores, Teresa copió alguna página de un cantoral iluminado de estilo flamenco. Por la disposición de los personajes principales, nos recuerda a la tabla del Nacimiento que pintó Juan de Borgoña para el retablo mayor de la Catedral de Ávila a principios del siglo XVI, que tantas veces tuvo que contemplar la joven Teresa cuando acudía a la Eucaristía. El asombro de ver nacer a Jesús pobre y desnudo, el cual es adorado en el pesebre como el Señor por María y José, fue para Teresa el motivo de la pobreza y la descalcez de la reforma carmelitana: "Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa, sino en el portal de Belén adonde nació, y la cruz adonde murió" (CP 2, 9).

Y sobre un arca, que sirvió de sepulcro de Santa Teresa mientras permaneció su cuerpo en el Convento de San José de Ávila, se encuentra una pintura flamenca sobre tabla de la Virgen con el Niño. Es una obra de calidad de principios del siglo XVI, que Teresa trajo de su casa familiar, con el propósito de que las hermanas la meditaran. Aparentemente transmite ternura, Cristo se pone en pie y abraza a su Madre para darle un beso. Pero sucede algo más, el Niño ya sabe caminar, es el momento en el que abandona el regazo materno; su beso es de amor y despedida. La mano derecha del Niño toca el corazón de María, aquel que será traspasado por una espada cuando muera en la cruz, recordando la profecía de Simeón. Teresa descubre que Cristo, desde los comienzos de su entrada en el mundo, está encaminado a la Pasión para salvar a la humanidad: "¿Pues luego en naciendo/ le han atormentar? Sí, que está muriendo/ por quitar el mal" (Poesías 13).

Pintura flamenca sobre tabla que Teresa de Jesús llevó de su casa familiar al Convento de San José de Ávila


miércoles, 18 de octubre de 2017

Tomás Gil Rodrigo

Representación de Santa Teresa escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo

18 de octubre de 2017

El pasado domingo 15 de octubre de 2017, gracias a la concesión del Papa Francisco, comenzaba el Año Jubilar Teresiano en Ávila y Alba de Tormes, lugares del nacimiento y de la muerte (sepulcro) de Teresa de Jesús. Me parece oportuno aprender las enseñanzas de esta mujer, que siguió a Cristo por caminos nuevos en un cambio de época que ella denominaba "tiempos recios". Durante este curso voy a intentar explicar por qué y qué imágenes ayudaron a Teresa a encontrarse con Jesús. Espero, del mismo modo, en este cambio de época en el que se nos pide también la renovación, que tomemos la "determinada determinación" (CP 21, 2) de acercarnos a las imágenes de nuestras cofradías con el deseo contemplativo de "tratar de amistad con aquel que sabemos que nos ama" (Vida 8, 5).

Para comprender por qué Teresa de Jesús gustaba de las imágenes, especialmente las de las representaciones de Cristo, debemos partir de las circunstancias que envolvieron su vida y su tiempo. Estamos en pleno siglo XVI, momento en el que se produce un cambio de época. Surgen distintos y contrapuestos caminos políticos, religiosos, espirituales y culturales por los que se enfrenta la sociedad. Fue un tiempo de emprender caminos de reformas en la Iglesia, el Concilio de Trento (1563) fue la expresión de la reforma de la Iglesia Católica, donde se legisla el uso correcto de las imágenes. El rey Felipe II (1556-1598) pretende ser el garante de la ortodoxia católica, eso influye en el arte cristiano. El arte se había convertido en los tiempos de Teresa, los de la Reforma Católica, además de en un medio para adoctrinar a los fieles, también en un camino para la oración.

Teresa ya desde niña participaba de un ambiente de religiosidad popular, en el que la devoción a las imágenes sagradas es algo importante: "Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre…" (Vida, 1,7). Con el uso de las imágenes Teresa demuestra su comunión con la fe de la Iglesia, en contra de los alumbrados y protestantes, que las rechazaban. En 1559 la Inquisición prohíbe la lectura de muchos libros de piedad, que se encontraban en los conventos, y hasta de la Biblia en castellano, lo cual llevará a Teresa y a sus monjas a las imágenes como un medio para su vida de oración: "Me dijo el Señor, no temas yo te daré libro vivo… ¿quién ve al Señor cubierto de llagas y afligido con persecuciones que no las abrace y las ame y las desee?" (Vida 26, 5).

Pero, más allá de su ambiente familiar y de los enfrentamientos religiosos, Teresa opta por las imágenes por razones más profundas. Sigue los consejos de los maestros espirituales, como Pedro de Alcántara, Francisco de Borja o Juan de Ávila, entre otros, que aconsejaban el uso de las imágenes para la oración: "Para cuando está ausente la misma persona, o quiere darnos a entender lo está con muchas sequedades, es gran regalo ver su imagen de quien con tanta razón amamos. A cada cabo que volviésemos los ojos, la querría ver" (Camino de Perfección 34, 11). El apoyo que encontró Teresa en las imágenes para mantener trato con Jesucristo fue, en cierta manera, un contraste y una novedad, en unos tiempos en los que estaba de moda el recogimiento y las "nadas" para la oración. Frente a algunos espiritualistas, que proponían como método de oración prescindir de la humanidad de Cristo, para alcanzar la divina contemplación, método en el que, como dice Teresa, estuvo perdida muchos años (cf. Vida 22, 1), ella prefiere poner sus ojos ante la imagen de Cristo, pues la ayudaba a tener presente su sagrada humanidad y expresar su amor por Él: "Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con Él" (Vida 12, 2).

Teresa reconoce que ha visto muchas obras de arte buenas, las cuales relaciona con su visión de Cristo: "Me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por muy perfectos que sean, que hartos los he visto buenos" (Vida 28, 7). Tanto el Concilio de Trento como la experiencia de los místicos contribuyeron al desarrollo de la creatividad artística en la pintura y escultura de su tiempo, en la que irrumpe la corriente italiana del Renacimiento. Pero, por las normativas del Concilio de Trento, los artistas se concentran en lo esencial, del mismo modo Teresa busca un estilo reformador donde prefiere lo pobre, lo austero y lo esencial. Lo que debe emocionar ya no es la belleza idealizada de la naturaleza sino la grandeza del Evangelio. El arte religioso que ahora busca la Iglesia es serio, concentrado, en el que nada es inútil, en el que nada distraiga la atención del cristiano para meditar los misterios de la salvación. Muchas de las visiones de Cristo, escritas en los libros de Teresa de Jesús, son las mismas que están realizando los artistas de su tiempo. En la España de mediados del siglo XVI los místicos, con sus experiencias y escritos, y los artistas, con su inspiración y obras de arte, expresan los mismos temas y sentimientos religiosos. Los pintores del siglo XVI nos confirman esta devoción ambiental, destacando el arte de Luis de Morales, llamado El Divino (1510-1586), cuya obra, por medio de la ternura y compasión, transmite los momentos más intensos de la vida de Cristo. También aparece El Greco, coincidiendo con la fundación de la Santa en Toledo en 1577, el cual recibe el encargo de El Expolio para la sacristía de la Catedral. Y no es menos importante la escultura religiosa de Alonso Berruguete (1489-1561), con su imaginería expresiva como la del Ecce Homo; o la imagen del Crucificado y el Entierro de Cristo de Juan de Juni (1507-1577); y los inconfundibles Cristos de Diego de Siloé (1517-1563). Todos estos artistas, que eran creyentes y piadosos, procuraron unir el interés religioso de la época con sus creaciones artísticas propias. Es fácil imaginar a Santa Teresa contemplando estas imágenes, "harto buenas", que tanto la influenciaron en su manera de mirar a Cristo.

La popularidad de Santa Teresa se debe en parte a saber utilizar pedagógicamente las imágenes, donde se utilizan los sentidos para enseñar a orar. De este modo renovó los modos de relacionarse con Dios, frente a otros modos más desnudos, sin apoyos materiales, que proponían algunos maestros iluminados de su tiempo. Aún así, ella se da cuenta del peligro y abuso de aquellos que se quedan solo con las imágenes: "Bobería me parece dejar la misma persona por mirar el dibujo" (Camino de Perfección 34, 11). La sensibilidad de Teresa por la belleza, que transmiten las obras de arte, no es un entretenimiento, ni una evasión, sino un compromiso con Cristo: "Una gran ganancia saca el alma… cuando piensa en Él o en su vida y Pasión, acordarse de su mansísimo y hermoso rostro, que es grandísimo consuelo" (Moradas VI, 9, 14).

En el próximo artículo veremos con detenimiento cada una de esas imágenes, que se conservan en las fundaciones de Teresa de Jesús, muchas de las cuales fueron adquiridas por ella.


miércoles, 11 de octubre de 2017

Tomás González Blázquez




11 de octubre de 2017

Cada vez que el 15 de octubre caiga en domingo, hasta el siguiente 15 de octubre la puerta de la iglesia del monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, "la iglesia de las Madres", será puerta santa de plenarias indulgencias. El templo en el que las Carmelitas Descalzas custodian el sepulcro de su fundadora, Santa Teresa de Jesús, se constituirá periódicamente en templo jubilar, lo que incorpora la villa ducal al reducido grupo de los santos lugares de peregrinación que gozan de esta especial gracia por concesión pontificia. Tras el Vº centenario del nacimiento de la reformadora del Carmelo, celebrado en 2015, tanto Ávila como Alba, cuna y sepulcro, gozarán ahora de un jubileo en los ciclos de seis-cinco-seis-once años, ya conocidos porque el criterio de la coincidencia dominical de la fiesta litúrgica, en su caso el 25 de julio, arroja la misma secuencia que se da en los años jacobeos. El Papa Francisco finalmente no las visitó pero obsequia a Ávila y Alba con un legado a conservar y agradecer. Que la Iglesia de Salamanca cuente con este nuevo patrimonio espiritual la dota de un recurso más que, hacia fuera, debe potenciar la recepción de peregrinaciones, tanto en Alba como en la capital, que también se halla en la lista de fundaciones teresianas, y hacia dentro, ha de subrayar el modelo de Teresa como patrona de la diócesis.

En vísperas de la apertura de la puerta santa albense, desde la perspectiva cofradiera puede pensarse en el papel que va a desempeñar la Hermandad de Santa Teresa, y sirve mirar a otras puertas jubilares en las que las cofradías tienen llave y vela encendida. 2017 está siendo Año Santo de la Vera Cruz por partida doble. Desde Pascua y hasta la Pascua siguiente, en un jubileo de varios siglos de historia, también ligado a que el 16 de abril caiga en domingo, el Año Lebaniego, el del Lignum Crucis cobijado en Santo Toribio de Liébana, escondido en un valle cántabro pero venerado por peregrinos procedentes de todo el mundo. Durante todo el año natural, de concesión recentísima pero trayectoria dilatada, el de Caravaca de la Cruz, Vera Cruz de tradiciones y leyendas que cada siete años es Vera Cruz Jubilar allá arriba en su castillo-santuario. Ambos jubileos, alejados entre sí por cientos de kilómetros, comparten raigambre medieval y galones de tiempos de Reconquista, ubicación en comunidades autónomas uniprovinciales que los han enarbolado como reclamo turístico y signo de identidad, rutas de peregrinaje más cortas que las jacobeas pero inspiradas en ellas, y cofradías de la Vera Cruz inmersas en el culto al Santo Leño.

La de Santo Toribio de Liébana se remonta a 1181 y cuida una entrañable costumbre, "La Vez", según la cual entre el 16 de abril y el primer domingo de octubre, cada viernes, dos personas se van turnando en la adoración de la cruz en la iglesia atendida por los franciscanos. Los numerosos pueblos y aldeas del valle lebaniego tienen asignado un viernes para cumplir con el rito, que en 2017 ha arrancado una semana más tarde ya que el día del santo era Domingo de Resurrección. Por su parte, la cofradía de la Vera Cruz de Caravaca ha luchado arduamente hasta lograr el reconocimiento del Año Jubilar a perpetuidad, que tras los extraordinarios de 1981 y 1996 fue aprobado por Juan Pablo II y dio comienzo en 2003, y por la distinción de su santuario con el título de basílica menor en 2007. Mucho tuvo que ver en ello el que fuera su rector-capellán, don Pedro Ballester, fallecido hace pocas semanas. Cuando comienza mayo y a la mitad de septiembre, en Liébana y en Caravaca es fiesta grande de la Cruz, como ocurre en Alba a finales de agosto y mediados de octubre con Teresa. El tiempo se hace santo en los santos lugares. Y así, como un eco de Jerusalén y Roma, a imagen de Compostela, el perdón al que Dios invita permanentemente y en todo lugar, toma la figura de una puerta que atravesar jubilosos. Eterna es su misericordia.


viernes, 6 de octubre de 2017

Paco Gómez

Viaje a las fundaciones. Grabado de Antonio Veredas

06 de octubre de 2017

Medio oculto por otras circunstancias acuciantes de la actualidad y algo apartado de los oropeles propios de las grandes "apuestas" políticas, lo cierto es que la próxima semana da inicio uno de los acontecimientos más importantes de los que se nos presentan en un futuro inmediato. Este 15 de octubre arranca el Año Jubilar Teresiano, según el Decreto de Penitencia Apostólica que ha incluido como templo jubilar el Convento de la Anunciación de Alba de Tormes.

Atrás queda el brillo de las celebraciones del V Centenario de Santa Teresa de Jesús, donde se llevó a cabo un importante trabajo de reivindicación de una figura universal de la espiritualidad y donde se pudo apreciar el enorme impacto de esta mujer única en la creación artística.

Pasadas las multitudes y la efeméride, ahora nos encontramos ante una conmemoración que busca otro tipo de "público". Una peregrinación sin duda más solitaria, si acaso más honda y en definitiva más "descalza" en el sentido teresiano de la palabra.

Así que se nos presenta una nueva oportunidad para la reflexión, la espiritualidad y la búsqueda de sentido a todo esto que nos rodea. Además, también es una magnífica ocasión para resaltar esas huellas teresianas que pasados los programas especiales de promoción –orientadas fundamentalmente a la captación de visitantes– a veces van quedando atrapadas por el olvido o la indiferencia.

Y es que la historia de las fundaciones teresianas nos enseña mucho. "Nunca dejé fundación por miedo del trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción", escribe de su puño y letra esa mujer única en una época de hombres, monja de cuerpo débil, atacado por mil enfermedades y dolores, que supo, sin embargo, poner en pie el mayor proyecto de reforma espiritual de su tiempo.

Teresa ha fundado San José de Ávila y tras cinco años de intensa vida según la regla primitiva, obtiene licencia para fundar más conventos según su nuevo estilo de vida. Ha pasado por Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo y Pastrana antes de llegar a Salamanca.

Ha tardado en venir porque alberga muchas dudas sobre la conveniencia de fundar aquí. Hay que tener en cuenta que los monasterios reformados solo viven de las limosnas que reciben y Teresa reconoce que "por ser muy pobre el lugar, me había detenido hacer allí fundación". Fíjense: año 1570. La ciudad en la época dorada de su Universidad; con más de 20.000 habitantes, de los que 7.000 eran estudiantes; con conventos de todas las grandes órdenes, con iglesias y casas blasonadas por doquier y, sin embargo, con una buena parte de los salmantinos pobres de solemnidad. Casi nunca es oro todo lo que reluce.

El caso es que empujada por sus confesores pide licencia y la obtiene del obispo González de Mendoza y se presenta en la ciudad con la compañía de dos frailes y una monja, María del Sacramento. Como cuando llega la casa que había apalabrado para su convento "no se había podido desembarazar" de los estudiantes que la habían alquilado para el curso, se dirige al colegio carmelita de San Andrés.  En sus primeras horas en la ciudad localiza en una de las tiendas de la Ribera dos lienzos algo toscos pero muy devocionales –un Ecce Homo y un Descendimiento– que compra como primer patrimonio del nuevo convento y en los que invierte los 14 reales que traía como único capital a la ciudad (cuadros que se conservan todavía hoy en poder de la comunidad de carmelitas de Cabrerizos).

Cuando ya es de noche, le comunican que la casa de Gonzaliáñez (hoy Casa de los Ovalle) ya está libre y Teresa de Jesús decide ocuparla sin más dilación. Contrata al carpintero Pedro Hernández para que acometa los trabajos prioritarios para dar uso conventual al caserón, lo que empleará al artesano hasta las cuatro de la mañana. A esa hora se marcha de una casa que habían abandonado ya los dos frailes, en busca de las monjas que habrían de formar parte de la primera comunidad. Se acaba octubre, es plena noche de Ánimas y Teresa de Jesús y María del Sacramento se quedan completamente solas en la casa en la madrugada: "Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el miedo de mi compañera, que me da gana de reír".

Y es que María del Sacramento teme que los estudiantes, enfadados por haber tenido que salir a toda prisa de la casa, se hayan quedado en alguno de los desvanes y puedan gastar alguna broma. Así que, mientras esperan el día tendidas ambas sobre un poco de paja, pregunta María a Teresa: "Madre, estoy pensando, si ahora me muriese yo aquí, ¿qué haríais vos sola?".

Mientras suenan las campanas de toda la ciudad por los difuntos, Teresa responde: "Hermana, de que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir".

No valían supersticiones con esta mujer singular que lamentaba, mientras escribía algunos años después de aquel episodio el capítulo correspondiente en el Libro de las Fundaciones, todavía no haber acabado de "allanar" la casa de Salamanca.

Ciertamente, muchas vueltas darían las madres hasta acabar en su actual comunidad junto al Tormes en Cabrerizos. En una historia que no es sino el reflejo de que en Salamanca, por motivos que quizá se nos escapan, cuesta mucho más lo que en otros lugares es fácil. Ahora aplíquenlo a cualquier faceta de la vida, cofrade o no, y verán que las cosas no han cambiado tanto.

Eso sí, dejó escrito Teresa de Jesús que "importa mucho una muy grande y determinada determinación de no parar hasta llegar al fin, venga lo que viniere, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera se hunda el mundo".

Sí, son tiempos recios. Feliz año jubilar teresiano.


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