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lunes, 1 de junio de 2020

Conrado Vicente



01 de junio de 2020

Cuando dentro de unos años se rememore el período de confinamiento por la epidemia del virus Covid-19, uno de los sucesos más recordados serán los aplausos diarios en apoyo a los trabajadores sanitarios y a otros colectivos que a las ocho de la tarde ha convocado a millones de ciudadanos en las ventanas de sus casas. Los aplausos de las ocho, más allá del gesto solidario, se han convertido para muchas personas (la mayoría sin saberlo) en un ritual propiciatorio y en un signo palpable de que los demás, conocidos y desconocidos, estaban ahí, con el mismo desasosiego, y que la vida continuaba de puertas adentro más allá de las pantallas de los móviles y el televisor. Tan es así que en los protocolos de los teléfonos de apoyo psicológico se ha incluido la recomendación (y así se ha aconsejado a muchos usuarios) de unirse religiosamente (el adjetivo no es casual) y a diario a esa convocatoria para rebajar la angustia por el aislamiento, el miedo a la enfermedad y la incertidumbre por el futuro. A muchos le ha servido también, como efecto colateral, para saber que sus cercanos tienen nombre y apellidos, y cualidades (solidaridad, civismo…) que nunca les habrían atribuido. 

Prácticamente desapercibidos, por el contrario, han sido los toques de campana que a la hora del Ángelus han vuelto a sonar en muchas iglesias de España con la misma finalidad: mostrar agradecimiento a los servicios de salud y emergencias, rezar por los afectados y, aunque no figure como objetivo oficial, conjurar simbólicamente el mal que ha sido tradicional y popularmente uno de los significados del tañido de las campanas. No por casualidad algunas lo llevan grabado en su cintura ("hago huir a la peste", en latín, figura en una de la Catedral de Oviedo). Sin embargo, pocas personas recordarán esos toques con el paso del tiempo. Hemos olvidado el sonido de las campanas y lo que es más importante su significado social y ritual. Los medios de comunicación, salvo alguna excepción, no han hablado de ellos, y los psicólogos han evitado aconsejar el rezo y la oración para personas creyentes como estrategia para canalizar emociones y reconducir pensamientos nocivos hacia la ilusión y la esperanza. Hubiera sido poco profesional para muchos. Y sin embargo el efecto saludable y benéfico de la oración no es muy distinto al de otras ayudas aconsejadas teniendo en cuenta las restricciones comunicativas de la intervención.

Hoy día sabemos que los aplausos no van a eliminar el virus ni curar a ninguno de los enfermos como tampoco unas cuantas campanadas a las doce del mediodía. Incluso cuando la práctica religiosa imperaba en la mayoría de los hogares y junto a los rezos litúrgicos convivían las creencias mágicas (capillas, amuletos, estampas, reliquias…) los fieles ya sabían en lo más profundo de su ser que esas acciones difícilmente iban a evitar la muerte del niño o cualquier otra calamidad, al igual que los labradores intuían que las rogativas no alejarían al pedrisco si los meteoros estaban para ello. Pero esas acciones rituales, individuales o colectivas, practicadas en la mayoría de los hogares de forma cíclica proporcionaban un sentimiento de seguridad, favorecían la integración social, como las procesiones en días festivos, y procuraban variadas dosis de sosiego y esperanza frente a los acontecimientos adversos de la vida diaria, desde una leve enfermedad hasta la aparición de una epidemia. Dice el antropólogo sevillano Rodríguez Becerra que los rituales religiosos (frente a la doctrina) son el principal medio de comunicación con lo sobrenatural, tienen gran capacidad de transformación, reducen la ansiedad y el temor, refuerzan la solidaridad del grupo y confirman los estatus. ¿Acaso no han sido esos los objetivos de los aplausos de las ocho o los mismos objetivos de las oraciones petitorias que ha propuesto la Conferencia Episcopal al recuperar el toque del Ángelus en las iglesias después de muchos años de silencio?

Los aplausos han dejado de sonar en cuanto abrieron los comercios y las terrazas de los bares con el virus rendido, pero aún no vencido, y con el stress todavía en el cuerpo del personal sanitario. Los teléfonos de emergencia psicológica se van desactivando porque de nuevo la confianza se impone a la incertidumbre. Ya solo quedan las campanas, que siguen tocando al Ángelus de las doce (y que no deberían dejar de hacerlo) para recordarnos con su tañido limpio y cadencioso, entre tanto ruido y confusión, la fragilidad del ser humano frente a cualquier adversidad y procurarnos la seguridad y el coraje necesario para afrontarlas. Como el primitivo teléfono de la esperanza que han sido durante siglos.


miércoles, 17 de octubre de 2018

Daniel Cuesta SJ


17 de octubre de 2018

Hace un tiempo, en alguna clase o formación, alguien nos recordaba a los jóvenes jesuitas que, pese a lo interesante, trascendental y atrayente que encierra todo acto extraordinario, la mayoría de nuestra vida nos la jugamos en la vida ordinaria. Y así, algunas personas viven poniendo el acento en la vida cotidiana (que les ayuda a diferenciar y llenar de plenitud los eventos extraordinarios), mientras que otros somos mas de vivir nuestra vida ordinaria como antesala, intermedio o preparación de los actos extraordinarios.

Sin embargo, nuestro mundo y nuestra sociedad han cambiado mucho en este sentido en las últimas décadas. Hace años, hacía falta esperar a que una orquesta o al menos un músico visitara una ciudad para poder escuchar una determinada canción o composición musical. Después, era necesario estar atentos a la radio, para coincidir con el momento en que sonaba nuestra música favorita. Hoy, simplemente hace falta teclear su nombre en Youtube y tendremos delante todas las versiones posibles de nuestras canciones. Por poner un ejemplo más cercano a nosotros, creo que muchos recordaremos que hace no muchos años, para ver una procesión de Semana Santa había que esperar o a que esta saliera a la calle, o bien tener una grabación en VHS de su emisión por la televisión. Después, fueron los vídeos y reportajes los que nos permitieron recrear nuestras procesiones durante el año, con sus imágenes que veíamos una y otra vez en nuestras casas. Hoy, sin embargo, esta realidad ha dado un giro radical, y así podemos escuchar nuestras marchas procesionales favoritas, sin tener que esperar como antes a que se diera la casualidad de que una banda las tocase al pasar por delante de nosotros. Y, del mismo modo, podemos vivir y revivir todas y cada una de las procesiones que estén teniendo lugar en ese mismo instante, o se hayan celebrado en cualquier rincón de nuestro país o de nuestro mundo.

Teniendo todo ello una parte positiva innegable (de las que todos los capillitas disfrutamos y nos beneficiamos), yo a veces me pregunto si con ello no habremos perdido el sentido o la entraña de lo que significa un rito. Si el tener acceso instantáneo a todas las procesiones existentes no nos ha hecho perder el encanto de la vivencia en primera persona y del relato apasionado de aquel que nos relata en primera persona aquello que nosotros todavía no conocemos. Si el conocer las grandezas de otras tierras nos impide valorar lo peculiar y escondido la sencillez de las nuestras. Si, en definitiva, hemos perdido la capacidad de esperar con ansiada paciencia a que acontezca aquello que cada año tiene lugar como siempre y como nunca.

Creo que el conocido texto de El Principito en el que Antoine de Saint-Exupery, con la excusa del encuentro entre su protagonista y el zorro, nos explica lo que es un rito, puede iluminar el temor al que estoy tratando de referirme en estas líneas:

Hubiese sido mejor regresar a la misma hora –dijo el zorro.– Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos.

- ¿Qué es un rito? – dijo el Principito.

- Es algo también demasiado olvidado –dijo el zorro.– Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Entonces el jueves es un día maravilloso. Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Como se intuye, en el fondo me pregunto si la multiplicación de procesiones y eventos extraordinarios (a veces con fundamento y lógica, y otras rozando el sinsentido), no será consecuencia de toda esta realidad social que estamos viviendo. Si todas las procesiones extraordinarias que se celebran en nuestro país no serán más bien fruto de una sociedad que ha perdido su capacidad de saber esperar y vivir la vida cotidiana que en el fondo es la única con la capacidad de hacer especiales a los acontecimientos extraordinarios.


viernes, 8 de junio de 2018

Paco Gómez

Jesús Rescatado, en su salida de la parroquia de San Pablo, bajo los sones del himno nacional | Foto: Pablo de la Peña

08 de junio de 2018

"Mi reino no es de este mundo" (Juan 18, 36)

Decir que el mundo está en permanente evolución es, por obvio, bastante superfluo. Pero también es cierto que hay momentos en los que los cambios son más evidentes. Hay épocas en las que las transformaciones son casi inapreciables por lo lento y otras en las que todo sucede a ritmo de vértigo. Creo que estamos metidos de lleno en la segunda de las opciones: un momento en el que todo lo que valía ayer ya no vale tanto y en el que hay que empezar a reformularse determinadas convenciones.

La toma de posesión del nuevo presidente del Gobierno ha estado marcada por el inevitable revuelo que acompaña a lo nuevo. Circunstancias inéditas, éxito inédito de esa herramienta parlamentaria que más parecía hecha para reforzar al Gobierno que para tumbarlo, en fin: la toma de posesión sin crucifijo. Ahí quería yo llegar.

No sé la intención con la que se decidió obviar este elemento que históricamente había acompañado a los presidentes del Gobierno, pero me parece sin duda un acierto. Tanto es así que me atrevo a vaticinar que será raro que la toma de posesión de cualquier futuro presidente recupere este símbolo.

Son pasos, creo que necesarios, en pos de una separación que debe empezar a subrayarse entre la Iglesia y el Estado. Entre la esfera que libremente manifestamos y compartimos las personas que tenemos una determinada fe religiosa, y las cuestiones propias del gobierno de lo que es de todos y debe ser para todos.

Es decir, aunque Dios esté en todas partes, hay determinadas cosas en las que es mejor no meter a Dios. Yo no espero de ningún dirigente que acuda a los actos religiosos que le marque la tradición, que sea devoto o que vaya todos los domingos a misa o que realice puntualmente las cinco oraciones diarias del Islam. No lo espero porque eso, al fin y al cabo siempre sospecha de mera fachada, no lo va a hacer mejor o peor representante público. Mejor espero que actúe honradamente, que piense en el bien común y que crea en lo que crea, si es posible, aplique los criterios de justicia social que, esa es nuestra suerte, nos marca el Evangelio pero también el más mínimo sentido de humanidad universal.

¿Digo que un cargo público no pueda hacer manifestación de su fe religiosa? No. Digo que lo haga como persona, como usted o como yo, a pie de calle. Que, mejor, se deje la medalla, la corona o el fajín en casa. Porque lo otro, por muy sincero que pueda ser, tiene un riesgo de tramoya de cartón-piedra que despierta mis suspicacias.

Y ya que llegamos al asunto militar, hay un aspecto de la Semana Santa que me viene inquietando desde hace mucho: el recibimiento con el himno nacional a las sagradas imágenes cuando salen en procesión de los templos.

Yo sé que es una tradición muy arraigada en determinadas procesiones (no solo penitenciales, sino glorias, romerías…), pero me parece también que es hora de empezar a dejar el himno para las cuestiones que marca el Real Decreto que lo regula y centrarse en otros acompañamientos, tan solemnes o más, para nuestras salidas procesionales.

Al fin y al cabo, si Jesús y María en sus infinitas advocaciones son reyes (este es el argumento que se suele mantener para hacer sonar el himno y rendir honores con el arma), lo son de nuestros corazones, no de la tierra que torpemente hollamos. Y, ya se sabe, su Reino nunca fue de este mundo, aunque en él transcurran nuestras humanas acciones.

A lo mejor estoy muy solo en esto, es posible. Quiero dejar claro que no es ni que no quiera a mi país, ni que no respete sus símbolos o sus fuerzas armadas. No es nada de eso. Solo es que no quiero pensar en un Jesús capitán general de nada, sino en un carpintero cuyo mensaje, de paz, no entiende de fronteras ni de símbolos interesadamente manoseados.

Aunque cada uno puede vivir la fe y manifestaciones como la Semana Santa desde la perspectiva en la que se sienta más cómo –y he defendido muchas veces que esta es precisamente su gran fuerza y grandeza– , yo me niego a encerrar el ámbito de mayor trascendencia y espiritualidad en los límites mundanos de un himno y una bandera. Lo siento.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Roberto Haro

Manuscrito de la Biblia leonesa de 1162

07 de febrero de 2018

La fe cristiana, celebrada en sus respectivas regiones y con sus vicisitudes históricas, dio origen en Occidente a diferentes expresiones rituales diferenciadas: Romana, Ambrosiana, galicanas o célticas. Sin embargo, la forma propia y peculiar de celebrar los misterios cristianos en las Iglesias de la Península Ibérica se conoce como Rito Hispano: fue el propio de los católicos hispanoromanos.

Más tarde, en la época de los visigodos germanos, los Padres de la Iglesia Gotho-hispana la enriquecieron notablemente; y tras el año 711 fue la fe celebrada tanto en la España asturleonesa como la que sostuvo a los cristianos que vivieron durante siglos en la España árabe. Es uno de los ritos europeos que estuvo plenamente en vigencia hasta la recepción del Rito de Roma en el siglo XII.

De todas ellas, esta liturgia es la única de las latinas que pervive fundamentalmente en su estado original, debido a la situación de aislamiento que conoció en el largo periodo de resistencia mozárabe. En ella se manifiesta una espiritualidad bíblica, centrada en Cristo, trinitaria y martirial con gran expresividad realista y poética.

La liturgia hispano-mozárabe es particularmente rica en oraciones. Prácticamente cada celebración tiene su formulario propio, lo que fuerza el valor catequético que se daba a la liturgia en la Iglesia hispánica. Este era el medio empleado para infundir la doctrina católica y promover una espiritualidad verdaderamente cristiana en los fieles.

Y dentro de las diferentes y ricas celebraciones del Rito, en el albur de la Cuaresma a punto de iniciarse, destaco hoy un aspecto particular y distinguido de tradiciones gestadas a la sombra de los monasterios y de las escuelas catedralicias en época medieval.

Entre ellos destaca uno de los símbolos más emblemáticos y singulares en la noche del I domingo de Cuaresma: La despedida del Aleluya.

Para comprender el origen de dicha despedida hay que interpretar el significado del Aleluya y de lo que suponía para nuestros antepasados en la fe el cese de su canto en la Cuaresma y otras épocas del año.

La palabra aleluya viene de dos palabras hebreas: Hallelu-Jah, que quiere decir "alabad a Dios". El canto de estas dos palabras acompañaba toda la vida de los cristianos de su tiempo. La proclamación del alleluia de los primitivos cristianos está enfocado por lo tanto en la esperanza futura y con ello quiere dar a entender la Iglesia que nuestras acciones cotidianas carecen de todo valor de salvación si no se hacen en alabanza de Dios.

Este canto de alegría se convierte en la acción de gracias por el anuncio salvador que se escucha continuamente en la liturgia. Por tanto, el Aleluya no es la aclamación al Evangelio, como sucede en el Rito romano, sino la respuesta a la Palabra de Dios.

Pero la liturgia de las horas del Oficio Divino de ese primer Domingo de Cuaresma nos prepara para despedir al Aleluya hasta la Pascua, recordándonos así a los que aún caminamos en esta vida que no hemos llegado a la meta y no podemos gozar todavía del premio de la victoria, de la alabanza y la alegría sin fin.

Aleluya, quédate con nosotros hoy
y ya mañana partirás de viaje, Aleluya …
Te marcharás y tendrás un buen viaje, Aleluya
y volverás de nuevo a nosotros, Aleluya…
Así dice el Señor:
Ha quedado encerrado en mi tesoro el Aleluya
y en Aquél día os lo devolveré Aleluya, Aleluya
Antifonario de León n154 – Oficio Vespertino

Esta celebración de la despedida solemne y festiva de la aclamación Aleluya en la tarde del domingo In Carnes Tollendas da paso al salmo Miserere y poco después termina el Oficio.

El lunes siguiente da paso ya al ayuno, la abstinencia de carnes y al resto de las prácticas penitenciales en ausencia del Aleluya, que únicamente volverá a resonar con estruendo y gozo en la noche santa de la Pascua.

La liturgia hispano-mozárabe nos muestra, en la despedida del Aleluya del primer Domingo de Cuaresma, todo el profundo sentido que esta exclamación tenía para los antiguos cristianos.


lunes, 23 de enero de 2017

Pedro Martín

Quince cofrades recibirán el sacramento de la confirmación en febrero | Foto: Coordinadora Diocesana de Cofradías

23 de enero de 2017

Dentro de un mes, un grupo de quince cristianos recibirá el sacramento de la confirmación. Esto no debería ser noticia, o al menos no debería ser algo excepcional, pero en este caso sí que lo es y por diferentes motivos. En primer lugar, porque siempre es una alegría que un grupo de hermanos nuestros completen el proceso de iniciación cristiana con este sacramento, que les fortalecerá con los dones del Espíritu Santo para vivir su fe en plenitud. Pero en este caso la excepcionalidad viene dada porque este grupo de hermanos son adultos y, además, cofrades. Adultos que viven su fe en el seno de una cofradía, cada uno de la suya, y que por diferentes motivos no recibieron este sacramento en su momento y ahora sentían la necesidad de dar un paso más en su compromiso como cristianos.

Aunque la parroquia es el lugar donde todo cristiano debe vivir su fe y celebrar los sacramentos con los hermanos formando una comunidad, la realidad actual diluye las fronteras de las parroquias y nos deja otras formas de vivirla. Una de ellas son, sin duda, las cofradías y puede que para muchos de nuestros cofrades sea la única referencia, su lugar para vivir la fe con los hermanos y celebrar los sacramentos. Y esto es una alegría y una bendición de Dios, un auténtico tesoro de la Iglesia en palabras del Papa Francisco.

De esta realidad nació la idea, hace ya más de dos años, de facilitar a aquellos cofrades adultos que lo desearan una preparación adecuada en el seno de un grupo cofrade donde se sintieran todos acogidos. El pasado curso se concretó este grupo dispuesto a realizar un camino de formación con José Francisco, párroco de San Pablo, al frente y que culminará el próximo día 25 de febrero, cuando nuestro obispo administre el sacramento a estos hermanos nuestros.

Esperemos que esta experiencia sea la primera de muchos grupos cofrades de formación, de liturgia, de vida cristiana, de caridad, que desde las cofradías y en colaboración con las parroquias se pongan al servicio de nuestra Iglesia diocesana.

Dios quiera que el Espíritu que depositará sus dones en estos hermanos nuestros les infunda la fortaleza y el valor para dar testimonio del amor de Jesucristo en sus vidas y sean verdadero instrumento evangelizador en nuestras cofradías.

Rezo por ello y por ellos, y os pido que os unáis a mi oración.


miércoles, 11 de enero de 2017

Tomás González Blázquez

Detalle de las manos de Nuestra Señora de la Soledad, vestida en tonos blancos | Foto: ssantasalamanca.com

11 de enero de 2017

Líbreme Dios de poner en entredicho ancestrales costumbres o más recientes prácticas debidamente fundamentadas. Soy consciente de que en los modos y las modas de ataviar a Cristo, María y los santos tiene cabida la variedad, ahí donde dicen que está el gusto (a veces). A la Virgen del Pilar le cambian el manto cada noche, al Cristo de los Milagros le van rotando sus faldones que frisan el centenar y a diferentes imágenes de nuestras hermandades también se las viste de manera diferente según tiempos litúrgicos o épocas que en la piedad popular tienen rasgos definidos. El cambio de color, una mayor sobriedad, una acentuación de los signos de realeza y triunfo o el uso de determinados aditamentos, aunque sean discretos, contribuye a mostrar los misterios sagrados, con el apoyo no esencial de las imágenes pero sí enriquecedor, de una forma más pedagógica.

Ese es el planteamiento de partida y viene avalado por ejemplos de larga trayectoria, que en el ámbito de las cofradías vinculadas a la Semana Santa salmantina no es tan dilatada. Seguramente se nos vienen a la mente algunas dolorosas vestidas de blanco en Pascua, como la Soledad o las Lágrimas, o "de hebreas" en Cuaresma, como la Esperanza o Caridad y Consuelo. El negro se viene usando en noviembre para imágenes marianas que habitualmente no lo utilizan, en el contexto de un mes dedicado a la oración por los difuntos; por ejemplo, la del Rosario es vestida de dominica. Se recurre al azul en torno a la Inmaculada y Adviento, y existen otras fechas, señaladas o no tanto, que conllevan cambios de vestuarios. Ocurre igualmente con algunas imágenes de Cristo cuya túnica suele variar, como Pasión o Despojado. Redención, aunque tallado para representar la institución de la Eucaristía, fue caracterizado el pasado noviembre como Pescador, iconografía propia de los primeros tiempos del cristianismo pero poco habitual en nuestros días.

Sin duda, todas estas modificaciones en la apariencia externa de las imágenes, fruto de la donación de diferentes ropajes y de la intención de acompasarlas de algún modo a la sucesión de los tiempos litúrgicos y al ciclo de las fiestas, pueden ser aprovechadas para que, a través de ellas, algunos fieles profundicen en la riqueza de la liturgia. Igual que pueden hacerlo si se prepara en condiciones el altar con su cruz y sus cirios, si se ponen flores o no se ponen según corresponda, si los ministros lucen las vestiduras litúrgicas apropiadas o si se cuidan tantos detalles externos, a menudo ignorados o incluso menospreciados, que ayudarían a acceder al interno misterio de la liturgia. Por esto, de entrada, cuando haya costumbre y pueda hacerse con dignidad y contención, no recelo de los cambios de vestuario.

Pero de salida, un par de apuntes. Conviene no perder de vista la moderación necesaria, que la colocación de una determinada saya o de un manto en concreto no coopere a desviar la atención sino a centrarla en lo fundamental, que el medio no eclipse el fin y que no se encrespen los ánimos por minucias como el color de una túnica cuando es posible que dos opiniones enfrentadas tengan cada una la mitad de la razón. Porque, entro en el segundo apunte, la piedad popular es piedad popular y la liturgia es liturgia. Que la primera se armonice con la segunda, no la contradiga y se mantenga en su lugar secundario no significa que no tenga una función propia. En el contexto de lo popular surgen devociones y se configuran iconografías que no pueden someterse a toda costa al canon estético de la liturgia, porque su propio cometido es valioso cada día del año. En Pascua también nos ayuda contemplar en ocasiones el Dolor de María o su Soledad en nuestra oración, aunque la liturgia de la Iglesia lo subraye el 15 de septiembre y nos remita a las silenciosas horas del Sábado Santo. En Cuaresma podemos requerir el verde de la Esperanza de la Virgen, o en Adviento sus Lágrimas envueltas en luto. Son advocaciones que enmarcan una dimensión concreta, apoyos desde su hornacina sea Miércoles de Ceniza, el día de los Difuntos o Domingo de Pentecostés, y por esto, complementos siempre válidos, sin necesidad de periódicas adaptaciones.


jueves, 23 de junio de 2016

Fructuoso Mangas

Un cofrade la Vera Cruz, junto a la sombra del Nazareno Chico | Fotografía: Pablo de la Peña

23 de junio de 2016

A Odiseo, viejo caminante
salvando las distancias

Odiseo, el Ulises de los romanos, que en el nombre lleva lo que es y lo que hace: "caminante" significa, literalmente, hizo un largo camino, entre dioses y hombres, por todo el Mediterráneo, símbolo de la vida y del mundo, de vuelta a Ítaca, utopía de todas las utopías posibles. No me extraña que me parezca el libro más cargado de humanidad que he conocido… Es quizás el más alto caminante de la historia, real o ficticia, y cargado de significados. Hubo otros nobles caminantes: Jasón, con los suyos y con la nave Argos, recorrió el Danubio desde el delta en el Mar Negro hasta sus fuentes en la Selva Negra en un viaje imposible de dos mil kilómetros buscando el vellocino de oro. Ay, las falsas utopías; Abraham, salió de Ur, junto al Éufrates, y río arriba llega con su tribu y sus rebaños hasta Armenia y baja de nuevo hasta llegar al sur de Palestina donde se instala. Increíble era, pero cierto; Israel sale de Egipto y camina por el desierto años y años hasta que arriba a la vieja tierra de sus antepasados ocupadas ahora por otros pueblos. ¡Aquella procesión con las andas a cuestas de los cofrades israelitas hasta que caen las murallas de Jericó! Qué escena para el final de una procesión. Y ya entre nosotros, Don Quijote, andante y caminante donde los haya, paso a paso y de aventura en aventura.

Romero es el que camina hacia Roma; palmero el que va a Jerusalén, y peregrino el que hace el camino hasta Santiago o Finisterre. Y cofrade, añado yo, el que se une a otros en procesión de varios pasos y estaciones en honor de algo y en búsqueda de alguien.

Y así, como romeros, palmeros, peregrinos o cofrades, en camino andamos todos los humanos, porque nuestra vida es como los ríos que van a dar a la mar casi corriendo más que andando en su corriente; porque camino se llama a los pasos de la fe que es senda hacia el Reino al que vamos; porque cada día vamos y venimos y volvemos y rodeamos y acortamos y atrochamos; y eso es estar vivo; porque caminando se va haciendo la vida y el cofrade se hace al andar. Amén.

Y hay que citar a la Peregrinación de Eteria y conocida también como Itinerarium Egeriae (El Camino de Egeria). Léase (en 31, 2-4) la emocionada y rigurosa descripción que hace esta monja gallega del siglo IV de la procesión del Domingo de Ramos desde el Monte de los Olivos hasta la Anástasis. Merecería ser declarada patrona de los cronistas semanasanteros.

Es muy larga la noble prehistoria que precede al cofrade, ese caminante que hace su itinerario acompañado y acompañando, con un punto de llegada bien determinado, aunque nunca cumplido del todo, que por eso tiene que volver cada año a los mismos pasos y a la misma experiencia del camino.

Y como contrapunto hay que citar a don Antonio Machado en su conocido poema:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar…
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…

Y digo contrapunto, porque lo que dice el poeta es contrario y negación de todo lo anterior; Machado aquí propone un camino a ninguna parte sin rastro y sin sentido; a lo más algo pasajero hecho a la medida de cada uno. Lo contrario de aquellos caminantes citados y de cualquier cofrade que se precie como creyente. Y está demostrado que se nos puede pegar esta mediocre y negativa intrascendencia de don Antonio; y más si la canta Serrat. Habrá que vigilarse y si llega el caso nos lo hacemos mirar.

Como resumen, no sea que nos perdamos entre tantos nombres y referencias:

Procesión es una actividad por la que se realiza un itinerario en varios pasos o estaciones con un significado especial en honor de algo o alguien.

Y definida así, el camino de la procesión es:

- Imagen de la fe: un camino entre fidelidades y dificultades, en pasos sucesivos…
- Imagen de la vida: paso a paso, verso a verso, día a día cada uno va junto a otros creciendo, viviendo…
- Consigo mismo: en el silencio, en en-simisma-miento, hasta con cierto aislamiento (físico y sicológico) buscado
- Junto a otros: en comunión, como co-frade, en acom-pañamiento solidario, como parte de un todo del que recibe sentido y en el que los pasos se acom-pasan; incluso podrá haber diferentes funciones pero la misma procesión.
- En medio de la ciudad: es un testimonio, una manifestación en alto y a la vista.

Volviendo al principio, todo el camino de Ulises, siempre con sus cofrades y compañeros, es ejemplo para la vida y para el cofrade desde el navegar contra viento y marea hasta resistir el canto de las sirenas o dejar a un lado la oferta de boda del rey de los feacios.

Y quiero terminar con una referencia llena para mí de emoción y de lucidez: ya al final de su viaje, con Ítaca casi a la vista, rodeado de festejos y de promesas de amor y de poder para así retenerlo en aquella isla de los feacios, Ulises, el caminante, se sale de la fiesta de su despedida y se sienta impaciente junto al mar y, dice el texto, "mira impaciente hacia el sol brillante deseando que antes se ponga para antes embarcar…" y así poder llegar antes a Ítaca donde esperan, supone, su mujer y su hijo.

Así me imagino yo el camino de la vida del cristiano y el camino de la procesión de un cofrade: lleno de ansia y de pasión. Ah, y felizmente repetido una y otra vez y mantenido felizmente todos los días hasta el año siguiente. Se merece una felicitación…


lunes, 14 de septiembre de 2015

F. Javier Blázquez

El Lignum Crucis, en la Puerta de Ramos de la Catedral Nueva el Domingo de Resurrección | Foto: Pablo de la Peña

14 de septiembre de 2015

Hemos vuelto. Se acabó el descansito, como dice El Barrio en su conocida canción, tan socorrida para estos días preotoñales de regreso a la cotidianidad. Y la fecha no podía resultar más afortunada. Volvemos por la fiesta de la Santa Cruz. Ni menos ni más.

Al margen de las implicaciones teológicas y simbólicas  que entraña el recuerdo de la invención, triunfo y exaltación de la Santa Cruz, pues estas tres celebraciones unificadas conmemoramos  hoy, la fiesta nos lleva en Salamanca, en sus derivaciones populares,  hasta el Campo de San Francisco. Allí, en la capilla de la Vera Cruz, la cofradía titular mantiene, desde hace más de quinientos años, el culto a la santa cruz del Redentor. Esta institución ha sido para Salamanca la depositaria de una de las devociones más arraigadas en el calendario cristiano y en los ciclos festivos populares. Una labor meritoria, por su continuidad en el tiempo, que no ha sido suficientemente reconocida, más si tenemos en cuenta la importancia de lo que se celebra y su repercusión en los tiempos actuales.

La relegación por parte de la Iglesia de esta fiesta, otrora tresdoblada en los días de mayo, julio y septiembre, al concentrar las tres en una sola e incidir en la preminencia del Viernes Santo como día por excelencia de la adoración de la cruz, han derivado en un casi olvido de esta celebración. Sobre todo en nuestra diócesis, que abortó en 2006 el intento de recuperar la procesión tradicional de mayo por parte de su cofradía titular. Santo Tomás, una y no más. Y eso porque no quedaba más remedio. Las razones esgrimidas, fundamentadas en el calendario litúrgico, hubieran sido creíbles de no haber autorizado poco después, no se sabe bien a quién, la perpetración de un simulacro de procesión en fechas para nada pertinentes. Afortunadamente, tamaño despropósito no cuajó.

En todo caso, la Cofradía de la Santa Cruz, en su quinto centenario, volvió a poner en la primera plana de la actualidad informativa que la Iglesia continúa manteniendo en este signo, su signo por antonomasia, una de sus más importantes devociones. La procesión del quinto centenario, excepcional y pasada por agua, no repitió por lo ya expresado, "estaba fuera de lugar". Sí quedó, al menos, uno de los actos más destacados, hoy en día, de la vida anual de nuestras cofradías penitenciales. Fue todo un acierto, al ser procedente, tener sentido y dejar cimentada su continuidad. Acostumbrados como estamos a infinidad de actos, de dudoso gusto y escasa oportunidad, jalonando el calendario cofrade, La exaltación de la Cruz se ha convertido, de facto, en el inicio del curso cofrade en Salamanca. Al cierre del triduo, un orador invitado realiza la exaltación de la cruz, en un acto sencillo, sincero e íntimo. No es necesario nada más. Todo un acierto de quien lo diseñó, la comisión del quinto centenario presidida por Jesús López, y de quienes lo continuaron y mejoraron, Francisco Gómez y Antonio Santos, siempre con la presencia de don Pedro López, el capellán.

Para esta décima edición, el exaltador es de la casa, Tomás González, uno de los cofrades más activos de la diócesis, hombre íntegro y médico de vocación humanista, como los de antes. Lo hará muy bien, porque tiene cualidades y en él todo será muy sentido y auténtico. Y su nombre quedará para siempre en esa relación de honor que se va haciendo y en la que cada uno, resulta inevitable, tiene sus preferencias. Para quien escribe, y sin desmerecer a los demás, destacaron Ana Pedrero, Félix Torres y José Manuel Ferreira. A partir de mañana también se sumará Tomás; él es un valor seguro.

La Vera Cruz, que por algo es la primera, da el aldabonazo para que todos se enteren del día que es hoy. Se reinicia el curso cofrade y nosotros también hemos vuelto por la Santa Cruz.


lunes, 13 de julio de 2015

Javier Prieto



13 de julio de 2015

Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano.
Benedicto XVI

Me propone Abraham, al que agradezco la confianza que siempre deposita en mí, que plantee una reflexión en torno a belleza en la liturgia, sobre los gustos y matices en torno a los ornamentos que envuelven el Misterio y no es algo  fácil. Sin embargo, hay una premisa que resulta clave cuando ahondamos en estos conceptos, la belleza es camino a Dios.

La búsqueda de la belleza que acerca a Dios debe ser el espíritu que impulse todas las acciones encaminadas al adorno de nuestros cultos, pues el ornamento en la liturgia católica no es un afeite, una suerte de coquetería vanidosa que solo busca el halago y la repercusión de lo meramente estético, cada detalle en una celebración tiene un sentido y un significado que debe llevar al fiel a sentirse anhelante de Dios, de quien proceden todas las cosas hermosas.

Siendo este el punto de partida, ¿qué papel juegan las cofradías y cómo conciliarlo con los tiempos actuales? Las cofradías han tenido en lo estético –aspecto muchas veces denostado y otras tantas convertido en fin y no en medio- un aliado fundamental para la consecución de sus fines. El ornamento de una función religiosa, la elección del ajuar de una imagen o el montaje de un altar de cultos debe responder a un estudio profundo de las normas litúrgicas, al conocimiento de la simbología de cada elemento y a la aspiración de servir de vehículo a la transmisión de la fe católica.

Por ello, etiquetar el ornamento de las hermandades como sencillo u ostentoso, austero o barroco, en una pretendida lucha entre lo tradicional y lo contemporáneo (que en nuestro ámbito también se viste muchas veces de norte contra sur) no deja de ser una traslación de ideas y posturas, que pueden resumirse en casi la totalidad de los casos en meras apreciaciones subjetivas. Sirviendo a la liturgia, el ornato no será nunca ostentoso ni escueto, no podrá ser estridente ni paupérrimo, pues ninguna de estas apreciaciones puede desprenderse del debido culto a Dios.

En el fondo, cuando preparamos un adorno en nuestra cofradía tratamos de ofrecer a Dios lo mejor de lo que disponemos y este criterio no responde a tiempos ni gustos personales. El reto es saber hacer actual el tesoro que nos han legado los siglos y en el que tantas personas han puesto su talento para dar gloria a Dios a través de las cosas hermosas. Al fin y al cabo, quiénes somos nosotros para juzgar impropias las formas que santificaron a nuestros mayores.


lunes, 29 de junio de 2015

Fructuoso Mangas

Un hermano de Jesús Despojado, en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Pablo de la Peña

29 de junio de 2015

El sentido de esta vieja frase hecha es negativo y señala la existencia de algún peso o dificultad que se soporta en silencio. Pero aquí la tomo en lo que literalmente significa: que lo más importante de una procesión y de cualquier acción humana es lo que va dentro de la persona. En resumen, que el sentido vale más que la acción y la persona más que lo que hace…

Y es que en ese sentido la frase explica muy bien lo que querría decir en estas líneas. El año pasado a punto de salir a la calle la procesión del Despojado por la puerta grande de La Purísima, estaban todos los cofrades en silencio sentados en los bancos de la iglesia escuchando la palabra de don Alfredo, el capellán de la cofradía. Era una invitación a que vivieran por dentro y con verdad lo que iban a hacer en la calle como signo cristiano. Quedé impresionado, y lo he comentado varias veces, por el silencio y la actitud de más de cien personas en su mayoría jóvenes, en silencio, atentos, mirando hacia dentro, sin prisa… No sé si después la peripecia que siempre supone una procesión en Semana Santa, tan llena de incidencias y distracciones, haría imposible o cuando menos muy difícil la experiencia personal y solidaria a la que el capellán invitaba, pero estoy seguro que a muchos les sirvió de ayuda para aclarar y vivir el sentido de lo que estaba a punto de comenzar.

Creo que en muchos casos se descuida este protocolo de calidad en las cofradías y más bien sucede lo contrario; en el tiempo de espera que precede a la salida de la procesión suele haber su dosis de alboroto, de nerviosismo y hasta de discusiones. Recuerdo una experiencia personal en la catedral antes de la procesión de una numerosísima cofradía en medio de tal desorden, con voces y corrillos, disputas en voz alta y confuso reparto de cruces o de lo que fuera que el pobre predicador, allá en el presbiterio, se afanaba inútilmente en ser escuchado. Y cuando vio que era misión imposible en medio de aquel disparate a media noche, acabó bruscamente su sermón y se fue. Mal comienzo para la experiencia de silencio, de oración y de fe en el corazón que venía a continuación por la soledad de las calles de Salamanca.

Por eso creo que sería necesario no dejar para ese momentos previos cuestiones ajenas a lo esencial, como órdenes y precipitaciones, repartos pendientes, voces en alto y saludos estentóreos, distribución de oficios y enseñas; debiera haber al menos una media hora de tranquila espera, con alguna palabra de quien corresponda para destacar el sentido de la procesión y las condiciones para poder vivirlo entre todos; incluso parece necesario hacer juntos alguna oración que acompañe eficazmente en esos momentos de intensidad espiritual y de hondura cristiana, invitando finalmente a vivir todo eso en el silencio de la procesión por encima del ruido de las calles y pese a las incidencias normales de la organización y del recorrido.

Con esto se ganaría mucho en orden y en concierto, en tranquilidad colectiva, en sentido de fraternidad y en la calidad de la experiencia humana y cristiana de cada cofrade. Y esa mirada a lo que está más allá de la urgencia inmediata evitaría otros problemas no suficientemente solucionados, como la normalidad y compostura de los cofrades de calle (para mi planteamiento de una procesión cristiana los verdaderamente importantes y significativos), la exquisita sobriedad de los encargados del orden y del ritmo, la gravedad y la profesionalidad de los portadores (aquí se podría poner la variante de que la profesión va por dentro), la contención y armonía de cada gesto, de cada oficio en cada punto y en cada puesto del camino… Se abrazarían en la misma procesión la ética y la estética, que buena falta les hace a las dos. Ah, algo de este espíritu de rigor, calidad y hasta eficacia técnica les vendría bien a otras procesiones, sobre todo si son de rango mayor.

Y eso sucederá con determinadas condiciones y cautelas, pero la más importante es que la procesión vaya por dentro de cada uno, en su alma, en su pensamiento, en sus pasos y en su corazón. Si es así, la procesión cristiana está servida. Y muy bienvenida sea...


jueves, 2 de abril de 2015

Félix Torres

Un miembro de la Hermandad Universitaria de Valladolid y doctores revestidos el Martes Santo | Foto: Pablo de la Peña

02 de abril de 2015

Desde siempre, pues jamás se vieron interrumpidos estos cultos, los doctores de la Universidad de Salamanca fueron protagonistas necesarios en unos actos litúrgicos de Jueves y Viernes Santos que, con peculiaridades mantenidas a través de los tiempos en un ritual único entre las universidades españolas, han sido fuerte ligazón entre la institución y las celebraciones de la Semana Santa.

En aquellos años, y van ya para cuatrocientos, en que los jóvenes se quedaban con "los azotes" mientras los viejos eran mandados "al sepulcro", la Universidad de Salamanca, representada por sus doctores, acompañaba el tránsito de los pasos procesionales de Viernes Santo con toda su parafernalia de varas, ornamentos y categorías protocolarias.

Cuando muchos años después, la Hermandad Universitaria comenzó a celebrar su acto penitencial a los pies de la fachada plateresca de nuestra Alma Mater, otra vez los doctores universitarios acompañaban, junto al preste, a los negros penitentes en su promesa de fidelidad a un silencio que iba mucho más allá de mantenerse callados mientras la procesión durase, dando al acto ese respaldo que, como actividad paralela, siempre fue de la mano de la docencia en sus aulas.

Fueron aquellos "otros tiempos", que hoy en día apenas perduran en el recuerdo, en los que el esplendor de los actos era motivo de orgullo para todos, universitarios o no. Ahora, cuando se aboga por que todo debe ser secularizado, aquellos ritos y protocolos universitarios para con la Semana Santa no han llegado a desaparecer gracias al empeño de unos cuantos por mantener unas tradiciones religiosas a las que se asocian de forma indisoluble aspectos culturales y antropológicos. Tradiciones que, aún solo por estos últimos aspectos, deberían estar guardadas entre los mejores algodones de nuestro rectorado. Porque mientras muchos degustan sin más preocupación los azucarillos y el chocolate con el que son agasajados por la Universidad para recordar el fin de una larga cuaresma plena de ayunos y abstinencias, la Real Capilla de San Jerónimo mantiene a duras penas esas liturgias propias de la Semana Santa en la Universidad, como son las celebraciones de la Cena del Señor en la tarde del Jueves y la Liturgia de Su muerte en la del Viernes.

Desde hace ya algún tiempo, afortunadamente, se ha visto cómo el acompañamiento de doctores salmantinos a la Hermandad Universitaria, aunque a título personal y sin ostentar representación alguna, ha contribuido a reafirmar el carácter fundacional de ésta, recuperándose una tradición que siempre estuvo ahí.

Ahora, también, el empeño de algunos pocos, con la Cofradía de la Vera Cruz como certero protagonista, ha traído para este año la recuperación del paso procesional de la tarde de Viernes bajo las arcadas claustrales de la que es cuna del saber. El Santo Sepulcro atravesará las puertas de la Academia y los cofrades de la más antigua cofradía salmantina, orarán en la capilla junto a Jesús Nuestro Bien. Se rescata una tradición hace tiempo caída en el olvido que podría desempolvarse para volver a la periodicidad de estos días santos. Pero no parece que sea algo con visos de perpetuarse sino más bien una concesión puntual a una solicitud bienintencionada.

La Universidad no asume compromisos y sus doctores prefieren la comodidad de unas vacaciones bien merecidas a la ingrata tarea de revestirse un traje académico que muchos no vistieron jamás, para implicarse en actos en los que el mayor beneficio obtenible sería la crítica por parte de sectores inconformes con estas actividades, desconocedores de que son éstas, junto a otras muchas, las que han mantenido viva la institución y la han revestido de un prestigio y una historia que, de no haberse mantenido, sería ahora mucho más irrelevante de lo que es.

Ojalá me equivoque y lo que hoy pasa por un consentimiento extraordinario a la solicitud extraordinaria de celebración de un aniversario, se convierta en el hábito de cada Viernes Santo para que el claustro de nuestra Alma Mater se impregne del azul de cofrades y del antañó incienso de devociones históricas.


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