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jueves, 19 de diciembre de 2019

Félix Torres

En primer plano, José Luis García Moyano, nuevo consiliario general para las cofradías | Foto: Pablo de la Peña

18 de diciembre de 2019

Aún no hace un par de días que hizo su presentación en sociedad el nuevo –flamante diría yo–consiliario general para las cofradías, el Muy Ilustre Señor canónigo don José Luis Sánchez Moyano.

Tras un periodo, largo periodo, en el que ha estado desempeñando su cargo por designación in pectore o por relajación diocesana, finalmente pudo salir a la palestra con su nombramiento formalizado, signado y rubricado. Y lo ha hecho aprovechando la también presentación en sociedad de esas Normas Diocesanas para las Cofradías que tras larga preñez, y concebidas durante aquella Asamblea de renovación misionera de la Diócesis de Salamanca convocada mediado el año 2015, han visto la luz con la confianza de casi todos en que no sea el parto de los montes.

Así pues, vienen de la mano las Normas y quien va a tener que velar, al menos de forma visible, por su aplicación. Se nos presentan al tiempo y confiamos en su perdurabilidad. De ambos dos.

De las Normas poco más que decir que no haya sido dicho. Aunque no está de más insistir en que su aplicación, sin cortapisas ni variados raseros, sea para el bien de cuantos formamos parte de esta pequeña aldea diocesana que son las cofradías y su tantas veces denostada piedad popular. Que todos somos conscientes de que hay situaciones que están necesitando la regulación inmediata por aplicación de este texto legal para ver si con ello se encuentran soluciones, se arreglan las cosas y se demuestra que el trabajo de quienes fueron comisionados para la redacción de capítulos y artículos no fue vano. Que hay cofradías y hermandades que están pidiendo a gritos la aplicación de estas Normas como posible vía de solución de problemas de variable calado pero todos ellos más o menos enquistados y sin visos de solución sencilla.

Ha servido también esta presentación de Normas y consiliario para, enmarcado en el programa de pastoral cofrade para este curso, abrir el plazo de inscripción en el "curso formativo para dirigentes de cofradías" abierto a cuantos cofrades manifiesten su interés y requisito impuesto por las Normas para acceder a determinados puestos directivos en las cofradías. Sé de comentarios escépticos hacia esta novedad para nuestros dirigentes –presentes y futuros–, pero sé también que nada nuevo se asienta con completa anuencia en el momento de su implantación y que necesita un recorrido, azaroso en sus inicios, para que el escepticismo se vaya tornando consenso y consentimiento, sobre todo si se demuestra la validez de la propuesta. Y el curso nace apremiando, pues será mediado el mes de enero cuando tenga lugar. Seguro que no somos muchos los interesados (no sé si algunos que ya han ostentado cargo estarían obligados de cara al futuro o si la experiencia adquirida se reconoce en el currículo), pero por pocos que sean los alumnos no debe renunciarse a su impartición y así, poco a poco, y con un programa adecuado, borrar del recuerdo otros cursos cofrades de trayectoria descendente según avanzaron las ediciones.

Pero, y vuelvo a mi entradilla o primer párrafo, el motivo de este texto es la confirmación social de José Luis, ese que no deja de ser párroco de San Pedro en Tejares por muchos cargos que le lluevan, como el interlocutor necesario entre la diócesis y sus cofradías. Una confirmación esperada por muchos y que, por poco que haga (y sé que lo hará porque así lo demuestra), superará a quienes le precedieron en tiempos cercanos o más remotos. Porque José Luis es un cura comprometido para estos compromisos, en los que, aunque sólo sea por su afabilidad, será un interlocutor apreciado.

Eso sí, no nos quedemos en lisonjas y parabienes, que lo que hay por delante es un camino árido y con los tojos apuntando a cualquiera que se adentre a recorrerlo. Que hay cofradías y hermandades e incluso congregaciones que están pidiendo, unas a gritos y otras con un poco más de calma, que alguien –la diócesis– les eche una mano en unos problemas que se les vienen encima, que provocarán casi seguros roces entre cofrades y cofradías y que se les escapan de las manos por motivos que no soy quien para juzgar. Seguro que las Normas, correctamente aplicadas por José Luis como cabeza visible de un equipo, que seguro pronto conoceremos, pueden servir para ayudar a quienes ahora se ven con el agua al cuello. Seguro que las Normas pueden servir para que nuestras cofradías puedan vivir tiempos mejores.

Sea pues bienvenido nuestro consiliario general y sean bienvenidas las Normas que nos rijan, para bien, por supuesto.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

F. Javier Blázquez

Actualizar el significado de las antiguas cofradías sí puede tener sentido en nuestros días

06 de noviembre de 2019

Vaya título que ha quedado, eh. Ideal para que cualquier capillita que se precie comience a leer con voracidad el artículo, o el post, que es como le dice ahora la gente cool. Pero es verdad de la buena, palabra. Y no porque hayan surgido grupos de devotos que añoren reverdecer antañonas instituciones cofrades enredadas y olvidadas entre las sinuosidades del tortuoso itinerario postconciliar. No, nada de eso, y es aquí donde estriba lo novedoso. ¡Es el cura quien lo quiere! Cosas veredes, amigos.

Resulta que sí, que es así y, como dispongo de la anuencia presbiteral para escribir al respecto, lo comparto esperanzado por si alguien se animare a reiniciar la senda allá donde quedó abandonada, hace ya casi medio siglo, una de nuestras más potentes cofradías durante los años del hambre y la posguerra.

Fue el jueves pasado, en el pomposo acto de reapertura del monasterio de la Anunciación, nuestras Úrsulas queridas. Podríamos hablar del gozo que supuso regresar al cenobio franciscano y la decepción consecuente al descubrir que, tras año y medio chapado, la novedad principal es que han abierto la puerta del claustro. Porque lo de esa especie de palés que interrumpe la visión diáfana del coro bajo y molesta la contemplación de algunas de sus piezas más señeras, mejor no meneallo. Lo mismo que las esculturas, "tan en sintonía" con el edificio, que nos han plantado en medio de la iglesia. Menos mal que ahí siguen, en los arcosolios del presbiterio, las figuras secundarias de los misterios de la Seráfica Hermandad, aunque uno no entienda muy bien que se lleven las titulares y dejen expuestas las de relleno. Bernardo el de la Agonía, presente también en el festejo, no me lo supo explicar. Pero no, no es momento para hablar del nuevo museo.

El caso es que allí estuvimos y, tras las intervenciones oficiales y el garbeo de rigor, breve, porque lo que hay que ver ya lo hemos visto muchas veces, nos dimos a la cháchara. Estábamos a escasos metros del nuevo mostrador para el cobro de los tiques, muy profesional, eso sí, las cosas como son. Sin embargo, qué lejos está del encuentro amable con las dos monjitas que hasta el año pasado flanqueaban la reja de acceso al coro. ¡Cuánto se las añora! Uno nunca tenía la sensación de que estaba pagando por entrar, sino la de hacer una buena obra. Pues ahí al laíto estuvimos, con Bernardo llevando siempre la conversación al asunto de las cofradías. Y el cura con el que departíamos va entonces y nos sorprende con una de esas afirmaciones que tienes que pedirle el bis para asegurarte de que has entendido bien. ¡Quiere una cofradía en su parroquia! Acaba de llegar y entiende que con la presencia de una cofradía la parroquia podría tener más vida.

Resulta que en esa céntrica iglesia, consagrada a nuestro patrón diocesano, hubo en tiempos una cofradía con mucha vitalidad, aunque fuera efímera, porque apenas estuvo tres décadas funcionando. Y por eso, decía, si hubiera un grupo de personas dispuestas a integrarse en la parroquia como grupo, teniendo como como referente a Cristo que consuela y a su Madre Dolorosa en su mayor desgarro, Rafa, el párroco, los acogería. ¡Ay, Señor, si don Santos reviviere! Él, que fundó la cofradía y no vivió para ver su final, saltos daría de alegría. Otros curas hubo luego que le dieron el rejonazo, pero los tiempos eran los que eran y, reconozcámoslo, argumentos tuvieron para ello.

Cada época es distinta y evidentemente eso de los excombatientes ya no tiene sentido. Pero sí la batalla contra el laicismo y la indiferencia y hasta la persecución de cristianos, porque con la que está cayendo parados no deberíamos estar. Dice el tópico, tomado del libro de Job, vita hominis super terram militia est. Y es cierto, nuestra vida sobre la tierra es un luchar contra muchas situaciones que por lo injusto claman al cielo como el grito doloroso de viudas e infantes ultrajados. Por eso, una actualización del significado de la antigua Cofradía del Cristo de las Batallas sí podría tener vigencia. Solo hace falta que alguien recoja el guante del reto, porque el camino eclesial, siempre el más complejo y accidentado, en este caso parece bastante allanado.


viernes, 13 de abril de 2018

Andrés Alén


13 de abril de 2018

Comentaba el director de cine Wim Wenders en reciente entrevista que "no se puede soltar sermones desde la pantalla". Entiendo que supone ajeno al lenguaje cinematográfico, a su ritmo e intensidad una perorata interesada, que aterriza cuan ovni en un espacio tan singular como caracterizado por su visualidad, su narrativa o su estructura artística y técnica.

Uno piensa, y da la bienvenida, a todo lo que contribuye a una mayor concentración, concienciación y asimilación de un hecho que algunos creemos importante porque supone una vivencia personal al tiempo que una manifestación pública, arraigada en la cultura tradicional y popular, que muchos deseamos mantener.

Un cofrade ha vivido muchas veces ese nerviosismo que antecede a una salida procesional, esa ansiedad que bombea la sangre con más fuerza, que llena la mente de recuerdos y vivencias, esos instantes en que parece que todo se colorea buscando una intensidad y ese fin de que todo salga bien y, sobre todo, que sirva y que nos sirva cuando ese laberinto intrincado de callejuelas que vamos a recorrer se interiorice en búsqueda y anhelo de verdad.

La preparación de una salida penitencial es muy importante. Hay hermandades que lo hacen después de misa, triduos pascuales, promesas, lecturas, oraciones (recuerdo vivamente la Iglesia nueva del Arrabal repleta de hábitos blancos en la celebración de la cena del Señor todos los Jueves Santos). Todo ello da sentido e intensifica lo que va a suceder. Y, después, cuando el ruido cesa, una buena meditación también es digno epilogo para todo lo que acaba de acontecer. Creo que si una procesión no la sienten los cofrades desde dentro, es imposible comunicar algo más que bulla al exterior.

Noto que todo lo anteriormente expuesto pertenece al ámbito íntimo de las hermandades. Ahora salimos, hacia otro público mucho más heterogéneo, curiosos, turistas, creyentes, incrédulos, portadores de móviles incansables, público, mucho con buen tiempo, que la verdad suelen ser bastante respetuosos, en algunos lugares mucho más que en otros. (En Salamanca, concretamente, pueden estar a la par el respeto del público hacia los desfiles que el de los desfiles, con sus interminables e incomprensibles parones, hacia el público). Salimos digo, con nuestra parafernalia, esa que mantuvieron los siglos. Nuestras músicas, nuestros adornos, nuestros silencios, pies descalzos, cruces, velas, capirotes, una teatralidad, claro, teatralidad barroca, que es propiamente nuestro lenguaje, y que va buscando atinar en la emoción, en la emoción de la belleza, se consiga o no. Marcha acompasada de los pasos, hileras de luz, sones reconocibles de Amargura o Mater Mea (ahora se pone de moda estrenar marchas para cada Cristo, Virgen o misterio y ya no reconocemos nada), incienso como santa niebla y esta ciudad radiantemente hermosa que a veces dudo si nos la merecemos. En fin, momento álgido…

Pero, perdonen, alguien se acerca con un cartapacio que se dispone a leer. Interrumpimos la programación, diacono, hermano, cura coadjutor, vicario u obispo, y leen, no se oye apenas, nadie ha venido a escucharlos, pero leen, y se alargan, ya lo creo que se alargan, que nos dejan baldaos, no dicen siquiera "volvemos en tantos minutos después de la publicidad". Y parece que no les importa, como si estas peroratas fueran un impuesto que las cofradías tienen que asumir como pago por cierto reciente apoyo a la Semana Santa por parte de la jerarquía. Claro, que la gente se va, como se fue del Arrabal, después de suspendida la procesión, cuando en medio de un frío de patente salmantina se empeñaron en no rebajar ni una coma de su discurso inaudible.

Dicho con toda solemnidad: que una procesión no es lugar para sermones. Que si sueltan estos que sueltan aquí, en Sevilla, en cada procesión, el año que viene no va nadie a La Campana. Que si quieren meditación general para público ambiguo lo anuncien en otro lugar. Que están muy bien las siete palabras de Cristo en la cruz de San Juan de Sahagún (a las que desgraciadamente no asisten los cofrades), el pregón de la Semana Santa (al que sí), viacrucis, poemarios (regular). Pero no en medio de la procesión, como si no se pararan aquí suficientemente.

Mañana, en la santa iglesia no sé si basílica de san tal, el Sr. Cura del almas de allí se dispone a largar un sermón de no te menees. Que aquí al menos se oye y el que quiera puede ir a escucharlo haciendo uso legítimo de su libertad, y esperemos que sea edificante. Pero el pobre turista, que llamado por una declaración de interés internacional se acercó a vernos y le han largado una arenga que le están dando friegas, qué ha hecho él para merecer esto.

Reitero convencido, ya que a nadie beneficia y ya se han ido las ovejas: una procesión no es lugar para sermones.


lunes, 29 de enero de 2018

Leo Ramos

Paso de la Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, La Borriquilla, en la mañana del Domingo de Ramos | Foto: P. de la Peña

29 de enero 2018

En muchas ocasiones en los círculos de curas se comenta que el mundo de la religiosidad popular, las cofradías, la Semana Santa… es un mundo pastoralmente perdido, o que, al menos, no merece la pena tomárselo muy en serio.

¿Razones? Porque parece que el mundo de la religiosidad popular se centra solo en lo exterior, en lo aparente... Porque parece que la religiosidad popular tiene un fuerte contenido sentimental, el cual muy a menudo es desechado porque parece que no sirve para nada… Porque parece que los cofrades no tienen fe, o tienen una fe muy débil, o no están comprometidos en parroquias... Y así podría continuar con otras muchas razones que son bien conocidas por los sacerdotes y por todos aquellos que se mueven en el mundo de la religiosidad popular.

Pues bien, yo también era uno de esos curas de los que pensaba que la religiosidad popular no tenía mucha enjundia. Pero hete aquí que con el paso del tiempo las personas cambiamos. Estamos buscando métodos para acercarnos a la gente, métodos para la nueva evangelización, puntos en común con nuestros fieles y con la sociedad en la que vivimos, y a veces nos olvidamos de aquellas plataformas que ya están creadas y que durante muchos siglos han tenido su función. Creamos unas tuberías muy buenas pensando que por ahí va a pasar el agua (y muchas veces no es así) y nos olvidamos de todos los charcos, ríos y viejas tuberías por donde sigue corriendo el agua, quizá no el tipo de agua que nosotros quisiéramos, quizá no de la manera que a nosotros nos gustaría... pero sigue siendo agua.

A menudo nos lamentamos y criticamos que el mundo cofrade y la religiosidad popular hace esto y lo otro. Pero ahora –sin ser cofrade ni gran conocedor de la religiosidad popular, sino teniendo simplemente nociones generales y básicas–, me parece de todo punto injusto hacerlo, ya que como pastores nosotros, en muchas ocasiones, no hemos tenido la dedicación, ni el tiempo, ni las energías… que esta realidad merece.

Y la merece porque es de nuestros fieles. Y la merece porque el centro de la religiosidad popular, con muchas sombras como pasa en otros sectores de nuestra pastoral (padres, novios, niños...), intenta ser el Señor. Y la merece porque en nuestra Asamblea, que está aún por estrenar, se ha apostado por acompañar esa religiosidad popular que tan importante es para tantos y tantos de nuestros fieles.

Entiendo que es un gran desafío pastoral, pero por eso mismo merece la pena. Ignoro los frutos que puede dar, como asimismo las dificultades que se puede uno encontrar en el camino. Pero esto nunca ha sido obstáculo para la Iglesia –al menos para intentarlo–, empeñada siempre en buscar lo mejor para sus hijos (otra cosa es que a veces no se haya acertado en las maneras y las personas).

Como pastores no podemos permitirnos tirar la toalla. Estamos llamados a ver más allá de las apariencias, como hizo Jesús con la hemorroísa. Para esta, el manto de Jesús era su última oportunidad. Aunque quizá nunca lo hubiera escuchado en su predicación, aunque quizá nunca le hubiera seguido por los caminos, se aferró a él, al manto, como extensión de Jesús mismo, porque intuía que tocando el manto, podía acceder a la fuente no solo de la salud, sino de la salvación.


lunes, 27 de junio de 2016

Félix Torres

Fray Tomás de la Cámara, tras recoger el galardón, con miembros de la Cofradía de la Oración en el Huerto | Foto: JFS

27 de junio de 2016

En estas épocas casi veraniegas, en las que las graduaciones de los más diversos modelos de estudiantes nos van mostrando el final de cada curso, quienes formamos este grupo de interesados por nuestra semana de Pasión nos reunimos para hacer fiesta de hermandad aun no siendo cofradía.

Ahora, cuando las marchas procesionales hace tiempo que dejaron de resonar en nuestro oído profundo y desde hace ya veintiséis años, la Tertulia Cofrade Pasión celebra el fin de su curso con la entrega del galardón que designa a quien lo recibe como una persona o institución que cuenta con el aprecio de la asociación por haberse destacado en valores relacionados con la Semana Santa, con nuestra Semana Santa.

A lo largo de estos años han sido ya muchos los galardonados, de forma más o menos acertada pero siempre con el cariño de los contertulios y el rigor de sus consideraciones, que han pasado a formar parte de nuestra pequeña historia cofrade celebrando o, mejor, concelebrando, nuestra "noche cofrade".

Este sábado, hace apenas un par de días, hemos vuelto a compartir con amigos y cofrades esta fiesta de clausura y el reconocimiento a nuestro homenajeado, disfrutando de cena y compañía con esa cálida sencillez que se impregna en el ambiente cuando uno se encuentra a gusto. Y a gusto estuvimos todos, amigos todos, mientras compartíamos el pan con fray Tomás de la Cámara, nuestro galardonado para este año, y nos deleitábamos con sus palabras cargadas de sentido y sentimiento. Una homilía de las buenas, aunque no estuviera escrita.

Después, llegado a casa tras la disfrutada velada, tecleo en internet "Tomás de la Cámara". Y, como la red no entiende de tildes, me aparece en la pantalla multitud de referencias a cine y sus planos, movimientos de cámara y lenguaje cinematográfico. Sigo buscando y más allá, en referencias casi perdidas, encuentro al padre Cámara, quien fuese obispo salmantino "por suscripción popular" si tomásemos al pie de la letra la dedicatoria de esa imagen que el pueblo salmantino dedicó a tan insigne personaje. Continúo la búsqueda y allá, escondido en su modestia, perdido entre unos y otro, encuentro a fray Tomás. Poca cosa. Apenas un par de fotografías y su página de Facebook.

Está claro. Este hombre de Dios no es un semanasantero al uso. Sin embargo, tiene algo que me hace asociarlo a nuestra Semana Santa como si fuera de los de toda la vida. Y es que, aun de recién llegado, cuando uno se implica y actúa, es como si estuviera en "esto" desde siempre. Eso es lo que ocurre con fray Tomás, quien abrió "desde fuera", un día de hace algunos años, las puertas del convento de san Andrés, el Escorial salmantino, para que una de nuestras cofradías pudiera asentarse entre sus paredes. A partir de ese instante, Tomás pasó a ser un convencido de la Semana Santa y desde entonces no ha dejado de sentirse uno más en la Cofradía de la Oración en el Huerto. Un cofrade de excepción que cedió su casa sin condiciones para que aquellos cofrades pudieran dignificar las figuras de su devoción y ofreció su consejo para quienes de esa cofradía quisieran gustar.

Tomás es, desde que abrió aquellas puertas, un pilar fundamental en la vida de los cofrades y de la cofradía, necesario y siempre presente, incluso a pesar de la inconveniente distancia. Porque él está ahí, sin que cuenten los kilómetros, para atender a quienes le busquen y ejercer su ministerio sin alharacas, sencillamente.

Ciertamente, fray Tomás de la Cámara no puede presumir de antiguo en nuestra Semana Santa, pero la intensidad que ha puesto desde que comienza el vínculo entre cofradía y comunidad carmelita, hace que esté entre nosotros como si hubiera estado siempre y, por supuesto, por derecho propio.

Por todo esto, y por lo que no soy capaz de expresar en mi torpeza, Tomás de la Cámara, quien fuese prior de la comunidad carmelita de san Andrés y hoy dedicado párroco de la iglesia del vallisoletano barrio de Girón, es merecedor no solo del galardón Francisco Rodríguez Pascual, sino del cariño, la consideración y, sobre todo, la admiración de la Tertulia Cofrade Pasión.


jueves, 2 de julio de 2015

F. Javier Blázquez

Cristo del Humilladero de Peñaranda de Bracamonte | Fotografía: F. Javier Casaseca

02 de julio de 2015 

Decía san Ambrosio, ya en el siglo IV, que la Iglesia es santa al tiempo que meretriz. Así ha sido siempre y por siempre lo ha de ser; la santidad y el pecado son indisociables de la condición humana y la Iglesia, constituida por hombres, no puede dejar de ser rehén de esta ambivalencia antropológica. Sin embargo, la realidad no debe llevarnos a aceptar resignadamente aquello que está mal. Al contrario, si se quiere aspirar a la consecución de una Iglesia más perfecta es preciso tomar conciencia de ello y denunciarlo, cuando sea preciso, ante las instancias adecuadas, como recomienda abiertamente el papa Francisco. Ocultar o eludir el problema, a la espera de su olvido o resolución per se, a la larga resulta nefasto.

Y en relación con la religiosidad popular y el fenómeno cofrade, una de las cuestiones más dañinas es la falta de unidad en los criterios. No resulta muy edificante que usos o costumbres de discutible relevancia sean consentidos y contemplados con naturalidad en unas diócesis mientras que en otras se prohíben de manera expeditiva. Pero, claro, si en asuntos fundamentales como la administración de los sacramentos existen discrepancias de fondo entre parroquias limítrofes, los distintos procederes ante las expresiones populares de la piedad cristiana parecen quedar en anecdótico recetario de respuestas variopintas y curiosas. Es la tónica habitual. Lo malo, por el escándalo que puede acarrear, es que ante problemas que afectan a la normativa, dentro de una misma diócesis, se apliquen distintos raseros. Llamó la atención, por ejemplo, el celo empleado con los dirigentes cofrades de pequeños municipios, como Vitigudino, para asegurar el cumplimiento de los cánones referidos a la vida personal en coherencia con el magisterio, mientras se miraba de perfil ante casos similares bien conocidos, quizás por conveniencia, quizás por temor a un revuelo mediático de imprevisibles consecuencias.

Sorprende más, todavía, el ahínco con el que se obliga a ciertas cofradías a disponer de unos estatutos en concordancia con las nuevas directrices canónicas, y casos recientes hay, frente a la desidia permanente que se da en algunos lugares, como Peñaranda de Bracamonte. A veces uno se pregunta si realmente la ciudad bracamontina forma parte de la diócesis salmanticense, porque a ella no parecen llegar nunca algunas disposiciones. ¿Es de recibo que sus cofradías penitenciales sigan sin disponer de unos estatutos en regla? ¿Se puede entender que nadie haya podido leer los estatutos del organismo aglutinador? El derecho canónico, sencillamente, no rige las cofradías de Peñaranda. Esto no es de ahora, viene de muy atrás pero nadie hace nada por resolverlo. Y por mucho que admitamos el carácter espontáneo de la religiosidad popular y critiquemos lo inadecuado que puede llegar a ser el exceso de normativa, siempre hay unos mínimos que cumplir. Y la existencia de facto de las instituciones cofrades no parece ser, ni ahora ni antes, lo más adecuado.

Tenemos un obispo canonista, ¿no lo sabe? Y su vicario, que pisa más la tierra de la diócesis, ¿qué dice? Y a los curas párrocos, los que han pasado y los que están de paso… ¿les da igual? Pues parece que sí, que no les importa y mejor no menearlo. Dirán que el origen del problema está en las propias cofradías y en la redundante institución que las hermana, sobre todo en sus dirigentes. Y razón no les falta, ahí radica el principio del mal, pero si por la inercia inmovilista estos no hacen nada, para eso está la jerarquía, para orientar primero y para imponer, si llega el caso, aquello que es obligatorio y que a otros se les ha exigido con tanto tesón y denuedo.

La credibilidad se consigue así, aplicando el mismo criterio en lo preceptivo y no tolerando a unos aquello que a otros no se les consiente. La Iglesia, como institución humana, no es perfecta, ya lo sabemos. Pero debe aspirar a serlo y esforzarse por solucionar estos desajustes, porque en la medida que lo consiga hará fructificar mejor su mensaje de esperanza.


jueves, 14 de mayo de 2015

Enrique Mora González OdM

La religiosidad popular, con su mística, es un lugar teológico  | Fotografía: Pablo de la Peña

14 de mayo de 2015

Desfiles de fascinante estampa con endiosadas imágenes portadas con dolor y sacrificio, vestimentas transfigurantes, silencios desgarradores, hachones de luces exotéricas, músicas emotivas, embriagadores aromas de inciensos... toda una serie de elementos, tan antiguos como el ser humano, que pueden recordar tanto el antiguo Egipto como la lejana India, caracterizan la puesta en escena y la mística de los cofrades en la calle. Una estética de dramática composición –salvando cuando es cutre y vulgar– que pretende transportar al hombre al otro nivel de realidad: Dios, Nirvana, Absoluto, Misterio… llamémoslo como lo queramos llamar.

Las cofradías o hermandades –tampoco voy a entrar en esta disquisición– nacen (y también nacieron) más desde el sentimiento que desde la razón. Surgen de algo que me atrevería a llamar primitivo, en tanto en cuanto que parten de la esencia del hombre, esto es, del hambre sin pulir, en su estado más básico, de divinidad que es patrimonio de cualquier ser humano, con excepción, claro está, de la raza peculiar de los fundamentados intelectuales ateos o agnósticos, o de los cuadrúpedos de dos patas que afirman no sentir ni padecer esta elevación del espíritu.

Quitando esta casta –por utilizar la palabra tonta puesta en moda– de pretendidos espíritus fuertes que dicen conformarse con la finitud desnuda, y la raza de orejudos antedicha –con perdón de mis amigos los asnos–, el resto de los mortales vivimos en esa añoranza de la plenitud, abiertos al mundo religioso, por ser seres, a diferencia de la vida meramente animal, de deseo y no sólo de necesidad o necesidades.

De la insatisfacción existencial, vivida con mayor o menor dramatismo e intensidad, y del deseo o hambre de divinidad que subyace en el corazón del ser humano nacen todas las religiones, esto es, la necesidad del hombre, respondiendo a su propia naturaleza, de un enraizamiento en el Absoluto.

Hasta aquí nada de heterodoxo. El problema viene cuando el pueblo católico, de escasas teologías y alérgico o no identificado, ya sea por moda, por historia o por otras mil razones, con la institución eclesiástica (curas, frailes, monjas, obispos, cardenales y otras hierbas) y con su oferta oficial (liturgia y moral) emprende un camino propio, intensamente sensorial, paralitúrgico, emotivo y dramatizante para tener un experiencia vivencial de la divinidad, esto es, del otro nivel transcendente de realidad.

En el fondo y en la forma la historia de la relación entre la Iglesia oficial y las hermandades (o la religiosidad popular en general) ha sido y es una historia de amor y odio, y esto mismo también ha sucedido con la misma mística. Tanto la mística más elevada, con un camino existencial de introspección meditativa, como la religiosidad popular cofradiera, que se desarrolla en una vivencia sensorial emotiva, han puesto y ponen nerviosa a la Iglesia, pues fácilmente pueden ambos caminos poner en cuestionamiento las mediaciones salvíficas, esto es, el cauce sacramental y la mediación eclesial y sacerdotal. La herejía consiste, tanto para la mística elevada de procesos de introspección, como para la mística popular cofradiera, en que la persona considere que puede hacer hilo directo con la divinidad a través de estas experiencias, dejando a un lado los cauces oficiales religiosos (dogmáticos por revelados) y que sientan que con esto basta, es decir, que esta vivencia justifica, salva, lleva al cielo.

La mística, sin embargo, sea de un tipo o de otro, es hoy, a todas luces, una necesidad imperiosa, puesto que parece –y habrá que ver las razones– que las instituciones religiosas no satisfacen del todo la demanda espiritual del ser humano. Pues bien, detrás del mundo cofradiero o semanasantero, si se mira con profundidad, se esconde la necesidad del hombre de la búsqueda última, la búsqueda eterna, es decir, la necesidad transcendente del ser humano de tener una experiencia directa de la divinidad con toda su problematicidad, que lo pone al borde de la herejía. Esto es algo, a mi modo de ver, que muchos eclesiásticos, en sus cortas entendederas, no han comprendido adoptando una posición rígida –antes se llamaría inquisitorial– de oficialidad ortodoxa e institucional y no entreviendo la ventana de conexión con el espíritu y, si se me apura, hasta de catequización que se les presenta. Se trata, y así de paso citamos al popular actual pontífice, el papa Francisco, de que la religiosidad popular, con su mística, es un lugar teológico (EG 126).

Ante esto, según yo olfateo, aunque quizá esté equivocado, el mundo eclesiástico ha caído en lo que para mí es un error garrafal: reducir las expresiones semanasanteras, para evitar la herejía, a mera pedagogía de la historia de los acontecimientos de Jerusalén, cortando de raíz la mística emotiva. Esto es como quitarle a la fiesta taurina la emoción del riesgo. En Salamanca, donde la influencia clerical ha tenido y aún tiene un peso muy fuerte y en otras épocas ha sido determinante, esto ha incidido en un cortar los vuelos a esta peligrosa mística, que podíamos llamar de anarquía a lo divino, de la Semana Santa.

Pero, por otra parte, en nuestra Castilla, considerada a sí misma recia y austera, se plantea –para mí absurdo– el debate de qué formas y maneras son ortodoxas, en una búsqueda y defensa de su quintaesencia, para que se produzca y vivencie hoy esta emoción transcendental de la mística popular con respecto a la Semana Santa. La historia, o mejor dicho, el arqueologísmo histórico, aquí no ayuda. ¿Por qué? Porque muy atrás ha quedado la Castilla teresiana confesional a carta cabal, orgullosa de su esencia de cristiana vieja, en la que la confesión y la práctica ortodoxa de la fe bastaba y sostenía la liturgia popular y catequética de la Semana Santa. Muy lejos y distantes han quedado los tiempos en los que las hermandades penitenciales tenían como objetivo principal asegurar los sufragios para la salvación del alma de los hermanos. El cambio socio-religioso ha sido brutal. La estética y las formas de antaño respondían a un mundo religioso católico hoy desaparecido. Hoy hace falta, le pese a quien le pese, más fuegos de artificio, ya sean importados, o creados, o transformados, para despertar la emotividad popular mística del hambre de Dios en nuestra sociedad laica, desacralizada, poco cultivada en lo espiritual, pero insatisfecha.

Así pues, nos encontramos hoy la Semana Santa de Salamanca al borde de la herejía de la extenuación. Por una parte, bajo el acoso de la ortodoxia siempre vigilante que no anima a los de misa y comunión diaria. Por otro lado, se encuentra desamparada de la tradicional unión con una sociedad sacralizada y confesional que la sostenía por sí sola. Para más inri, además, está empantanada en discusiones sobre los decibelios emotivos y sus formas más correctas para su desarrollo en estas tierras charras. Y al final, todos la mataron y ella sola se murió.

Salamanca en la Semana Santa, como otro capítulo más de esta noble ciudad, no vibra ni se emociona, delega el sentimiento y se limita a un mirar –si es que hace buen tiempo– y aquí paz y después gloria. La gran herejía, según yo entiendo, es que esta amalgama de condicionamientos son de difícil superación y hacen que se cierre una de las ventanas, hoy a la mano, para propiciar la experiencia religiosa preconfesional y popular en el contexto de la cultura postcristiana en la que nos encontramos. Y éste sí que es un peligro por no decir una herejía. Creo yo. Aunque no sé si el hecho de tomar conciencia de ello ayudará en algo.


lunes, 27 de abril de 2015

F. Javier Blázquez

Jorge, Pedro, Tomás, Poli o Tomás, algunos de los curas más cercanos a las hermandades salmantinas

27 de abril de 2015

Hoy, igual que ayer y siempre, la credibilidad de la Iglesia acaba siendo sostenida por sus santos. Unos santos que mayoritariamente no están en los altares y, por regla general, los encontramos más cerca de la base que de la jerarquía. Con los curas, que por su ministerio deberían estar especialmente llamados a engrosar el santoral, parece suceder lo mismo. Al menos es la impresión que uno tiene, que su santidad, o al menos su humanidad, se incrementa hacia la base. Ahí está el ejemplo de hace unos días. Todos nos hemos alegrado y reconocido la justicia que se ha hecho con un cura de a pie, Antonio Romo, al concederle el premio a los Valores Humanos de la Junta de Castilla y León.

Pero la naturaleza humana es como es y tiende a fijarse en lo negativo más que en lo bueno. Al ser lo que nos incomoda, a veces indigna, deja en el ánimo una resonancia más prolongada y lo recordamos con mayor facilidad. Y, ciertamente, no debería ser así. Mi querido y admirado Fructuoso Mangas, hombre íntegro y cabal además de pastor querido por su grey, me lo ha recordado en varias ocasiones al abordar la cuestión de las cofradías. Y tiene toda la razón. Porque al mundo cofrade también han llegado muy buenos curas. De hecho, en Salamanca, durante los últimos tiempos son los más. Está claro que al tratarse del nivel básico, el de la religiosidad popular, y causar cierto repelús esta tarea entre quienes acostumbran a pasear sobre la moqueta, los que se comprometen lo hacen con cariño y dedicación. Y a pesar de ello, deben soportar desidias, incomprensiones y hasta desaires por parte de los cofrades. Tenemos que reconocerlo, porque es así. Este mundo es harto complicado y los cofrades nunca hemos sido la élite de la militancia cristiana y damos mucho que padecer.

Por ello es necesario hacer autocrítica. Todos, comenzando por quien escribe, denunciamos el desinterés, los malos modos y la cara de vinagre que a pesar de la andanada papal muchos presbíteros son incapaces de evitar cuando aparece el cofrade. Nos quejamos y con razón, porque sucede, nos molesta y, como hijos de la Iglesia, aunque no seamos los mejores, tenemos derecho a otro trato. Es cierto. Pero hay que saber ponerse del otro lado y admitir que entre nosotros predominan los buenos consiliarios, pastores conscientes de su misión, entregados a ella y pacientes en la espera de una cosecha que tarda en madurar. Esa es la realidad.

Por fortuna, en nuestras cofradías encontramos curas de muy buena pasta. A modo de ejemplo, y sin entrar en clasificaciones, ahí van algunos nombres e impresiones, un poco a vuela pluma, sobre quienes me son más cercanos. Por supuesto que hay otros, pero este texto no es un estudio, tampoco un reportaje, sino un artículo de opinión permeado por la subjetividad inherente al género.

Cabe el río nos encontramos al padre Tomás, carmelita. Un hombre de los que rompen y dice las cosas a la cara con claridad, sin los circunloquios clericales de cuando comienza el olor a chamusquina, y que se parte el pecho por defender a su cofradía de La oración en el huerto. Mal visto por algunos, quizás porque lleva los zapatos sucios al haber pisado en exceso el barro de los arrabales de Buenos Aires, quizás porque con él encuentras un tipo íntegro con el que puedes hablar de tú a tú, qué sé yo, el caso es que los suyos le quieren y cuando habla del amor al prójimo tiene credibilidad.

Jorge es otro cura de una pieza y se mueve por los Pizarrales. Pasó por Cáritas y conoció de primera mano las necesidades perentorias del hombre. Y esto sí que imprime carácter. No falla nunca, porque la calle marca de verdad y en Pizarrales sigue habiendo mal asfalto. Su actitud en la procesión es un acto de servicio, lo mismo que el gobierno de la parroquia. Va en la procesión sin capa pluvial y no ocupa la presidencia, porque se queda a cerrar la puerta. Luego sigue el cortejo hasta que puede, por si tiene que echar una mano. ¿Quién decía que el Silencio sale sin cura? Posiblemente esto no sea lo ortodoxo y no seré yo quien se lo discuta a los canonistas. Pero signos de este tipo son los que convencen a muchos al descubrir que el lavatorio de los pies va más allá de la celebración del jueves santo.

En Ledesma sigue Emilio, aun es joven, para demostrar que la bondad también puede ser posible detrás del alzacuellos. Hace las cosas como Dios manda, y nunca mejor dicho, porque no es de los que escurren el bulto. Seguramente que esta es la razón por la que allana los obstáculos, simplifica los problemas, ahonda en el sentido de la religiosidad popular y la sabe unir en armonía a la vida parroquial. Con él todo parece ser más sencillo, como el texto del evangelio, que todo el mundo entiende hasta que teólogos y jerarcas se empeñan en interpretar.  Ay, si hubiera más así.

Por el Campo de San Francisco se dejó caer un salesiano. A él le llaman don Pedro, porque los de la Vera Cruz guardan mucho las formas, que para eso son los más antiguos. Uno se pregunta qué hace un cura químico, lo mismo que el papa, complicándose la vida para asistir a una cofradía. Es la vocación. El aula se le queda chica y sale a los otros areópagos, porque sabe que le necesitan y no le espantan las adversidades. Y ahí sigue, fiel a los suyos, con gusto. Hay más. Como el otro padre Tomás, reparador, todo simpatía y disponibilidad para atender a los cofrades del Yacente. O Poli con la Universitaria, solo ante el peligro, hace lo que puede y más. Solo se puede añadir: Dios, qué buen vasallo si hubiese buen señor.

Ahí están estos curas, junto a otros, para demostrar que el sacerdocio es ante todo una actitud de servicio a Dios y a los hombres. Curas que apestan a oveja, que entregan el zurrón y la sangre porque han leído la Palabra y creen de verdad en Jesús de Nazaret. Curas muy distintos entre sí, aunque sabedores todos de que el rebaño también se pastorea en la periferia. Con ellos es más fácil descubrir a Dios y retenerlo cuando ya se hizo su experiencia. Con ellos es posible descubrir el rostro de Cristo en el del hermano que sufre. En ellos son creíbles y alcanzan sentido pleno el evangelio y la propia Iglesia. No es nuevo, es la historia de siempre, que sigue y sigue con esos hombres abnegados que sin esperar nada a cambio entierran años y energías en tareas cuyo fruto solo Dios sabe cuándo se recogerá. Pero siembran, sin que lo demás pueda importar. Por eso su testimonio es veraz y el edificio de la Iglesia, con demasiadas grietas en las plantas altas, conserva todavía la solidez de los cimientos.


jueves, 9 de abril de 2015

F. Javier Blázquez

Un hermano de Nuestra Señora de la Esperanza, el pasado Viernes Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

09 de abril de 2015

Por regla general, las homilías del clero secular en Salamanca dejan bastante que desear. Simplemente no se preparan. Ni se cuida la prédica durante la etapa de formación del sacerdote ni se insiste lo suficiente en la necesidad de reflexionar sobre aquello que se expondrá ante el auditorio dominical. Da la impresión, demasiadas veces, de que el papa Francisco predica en el desierto, en esto y en otras muchas cosas. Y es una pena desaprovechar el momento idóneo para instruir al menguante pueblo de Dios. Pero es lo que hay y con ello debemos aprender a convivir resignadamente. Repetir para destrozar la Palabra que se acaba de proclamar es una práctica tan fácil como inútil. Salvando honrosas y destacadas excepciones, que las hay, y alguna muy notable, la homilía, por lo que se ve y escucha, no interesa a la mayoría de los presbíteros diocesanos. No se prepara, simplemente.

Y precisamente por ello, por esa renuncia generalizada a preparar la predicación, se incurre de vez en cuando en el disparate. Afortunadamente, la feligresía, de vida cada vez más ascendente, suele ser acrítica y conformista. Aguanta con todo sin percatarse, igual que los pocos críticos que continuamos cumpliendo por convicción con el precepto dominical lo hacemos por caridad. Pero hay momentos en que la ausencia de reflexión previa lleva a perpetrar tales disparates que, por mucha buena voluntad que uno tenga, por dentro se retuercen unas cuantas vísceras. Y, en relación con la Semana Santa popular podríamos espigar un buen ramillete de incomprensiones, invectivas y hasta desprecios.

A modo de ejemplo, por ser de esas que hieren especialmente, está la de un presbítero de nombre y actuar precristiano, que tras la extensa lectura de la Pasión de san Marcos, en la celebración matinal del Domingo de Ramos, regala el bis a la feligresía y le anima a seguir yendo a la iglesia. A fin de cuentas es donde hay que estar, decía al ir rematando la perorata con un atemporal exordio, porque aunque ir a las procesiones no sea malo, estas no dejan de ser solo un espectáculo.

Está bien. La sinceridad ante todo, que otros también lo piensan y callan. Es lo bueno que tiene no preparar las homilías, que el discurso sale sin prever consecuencias y uno se retrata. Y que conste que no le quito la razón, porque la procesión es un espectáculo. Hermoso y a veces hasta bien organizado. E incentivado por la propia Iglesia cuando estas prácticas se valoraban como algo conveniente para el buen practicar cristiano. Está bien. A fin de cuentas, la liturgia, con sus ritos, música y procedimientos es también un espectáculo. Bellísimo y enriquecedor cuando se prepara bien, homilías incluidas. Para el creyente la liturgia es algo más, lo mismo que la procesión para el cofrade, que también suele ser creyente. Y de la misma manera que hay mala, malísima praxis en la liturgia, también la hay en la paraliturgia.

Son ámbitos distintos y nadie, con dos dedos de frente, discute la centralidad de la liturgia en la Semana Santa. Y de la misma manera que el cofrade que antepone la procesión y con ella sustituye la liturgia incurre en grave error, el cura que desprecia las procesiones porque sólo sabe ver en ellas la teatralidad demuestra tener muy poco de pastor y menos aún de sentido práctico. Las enmiendas a la totalidad, por los excesos de unos pocos, no son justas, mucho menos cristianas. Mal andamos cuando repele el olor a rebaño. Poca caridad, poco escuchar al Santo Padre, poco saber descubrir los nuevos areópagos de los que hablaba Juan Pablo II. Poco, muy poco.


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