miércoles, 26 de abril de 2017

Miriam Labrador

lunes, 24 de abril de 2017

Tomás González Blázquez

Las Esclavas del Santísimo, en capilla de la Vera Cruz durante la novena de la Dolorosa

Octava estación. Jesús se encuentra con las hijas de Jerusalén. Te adoramos Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo…

Y entonces, certeramente, la oración brotó de la clausura. Llegó del coro la plegaria en el vía crucis franciscano, el primero que rezaron juntos la pasada Cuaresma los cofrades del Cristo de la Humildad. Al escuchar a la comunidad del monasterio de la Purísima Concepción pensé en ellas, en todas las contemplativas mujeres de Jerusalén que se nos han ido acercando desde sus estancias conventuales y han sabido ser, en tantas ocasiones, verónicas de las hermandades salmantinas.

Me pareció oler las violetas con que las Claras cubrían a la Virgen de la Soledad cuando iba de regreso hacia San Román, allá por la última década del siglo XIX. Añoré a las Bernardas, que despidieron en pleno al Lignum Crucis cuando fuimos a recogerlo tras pasar una noche en su casa, en el verano de 2006. Agradecí otra vez a las Clarisas del Corpus y a las Isabeles su entusiasmo con los altares eucarísticos que se propuso recuperar la Coordinadora, y a las Carmelitas su generosidad con la procesión extraordinaria de Santa Teresa, y a las Dueñas su hospitalidad cuando les pedimos que el vía lucis diocesano de los jóvenes cofrades discurriera por su claustro. Reconocí admirado el mimo con que las Úrsulas reciben al Santísimo en el día grande de la Sacramental. Y, sobre todo, pensé en las mías, en "las monjas de la Vera Cruz".

Una congregación de los años cuarenta, nada que ver con la trayectoria histórica de las anteriores, que en 1952 recala en la casa del capellán, sin capellán que la habite, de una cofradía en apuros. El inicio de la relación fue convulso, pero se supo reconducir. Las serias dificultades de la hermandad decana, que no se demorarían, determinaron que durante varios años el concurso de las religiosas en los preparativos de la Semana Santa resultara vital. Más adelante, con la recuperación de la Vera Cruz, las Esclavas del Santísimo y de la Inmaculada fueron colaborando en la progresiva ampliación de los cultos internos y en la confección de insignias, vestiduras para las imágenes y tantas túnicas, capas, esclavinas y capuchones de hermanos. Cómo no aludir a esas mediciones artesanales, reja de por medio, en los locutorios de la calle Abajo, con el trasiego del metro y los alfileres a través del torno, o a las rosquillas de cada laborioso y eterno Sábado Santo.

Distinguido el instituto con el título de hermano honorífico de la cofradía, cada esclava nueva en la comunidad recibe su medalla de cofrade el Domingo de Ramos, por lo que la Vera Cruz puede decir, sin temor a equivocarse, que siempre uno de sus miembros está en adoración ante Jesús-Eucaristía. Y así la puerta está abierta, aguardando la visita del que pasa junto al Campo de San Francisco. Quizá permanecerá unos minutos ante la custodia. O irá directo a la capilla de los Dolores. O apenas musitará una jaculatoria a los pies del Doctrinos. Pero entrará, y saldrá renovado. Dentro, en clausura, "las madres", las hijas de Jerusalén; las nuestras, las que cuidan de la casa que las acogió hace sesenta y cinco años, las que han unido el azul del testimonio procesional en las calles a su blanco hábito de adoración íntima en el templo, las que un jueves al mes, cuando es momento de recogernos en la Oración Cofrade, entonan el himno de completas:

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
Tú me darás una mañana viva. Amén.


viernes, 21 de abril de 2017

F. Javier Blázquez

Francisco Rodríguez Pascual, en una fotografía de 1989, sobre un dibujo de Antonio Pedrero

El 22 de abril se cumplen los diez años del fallecimiento de Francisco Rodríguez Pascual, nuestro querido y recordado don Paco, sacerdote claretiano, profesor de antropología cultural y filosófica en la Universidad Pontificia de Salamanca, etnógrafo, investigador, columnista… y socio, hasta el final de sus días, de la entidad editora de esta publicación. Por ello, la Tertulia Cofrade Pasión, durante estas semanas, le está recordando con una serie de sencillas iniciativas, como el especial de cuatro páginas que en su memoria le dedicó el último número de la revista Pasión en Salamanca, la oración comunitaria ante su sepultura en el día de su aniversario y alguna otra que se presentará en fechas venideras. 

Francisco Rodríguez Pascual sigue siendo, por su relevancia, una persona imprescindible para el estudio de la cultura tradicional en las provincias de Zamora y Salamanca y la raya portuguesa. Y dentro de la amplitud en la que se desenvuelve esta disciplina, con tantas ramificaciones, nosotros siempre le recordaremos por la defensa a ultranza que, como intelectual, realizó de la religiosidad popular. 

Estaba firmemente convencido de la necesidad de estudiar el fenómeno a fondo y de darle una dimensión académica acorde con su importancia. Para él no había lugar a la duda: el hecho religioso es la realidad fundamental y fundamentante sobre la que se asienta toda cultura de nuestra área cultural. Nuestra sociedad está determinada por la manera en que se ha ido articulando la relación del hombre con Dios, pero en el análisis intrahistórico, al abordar la cuestión cultural como causa y efecto de las relaciones socioeconómicas entre los pueblos y sus gentes, la teología, desde su punto de vista, quedaba relegada a un plano casi marginal. De ahí su interés en potenciar los estudios antropológicos y dar entidad propia a la religiosidad popular en el currículum académico de los futuros sacerdotes. "¡Cuántos conflictos se evitarían en ejercicio la pastoral si quienes toman las decisiones escuchasen un poco más a los antropólogos y no se quedasen únicamente con lo que dice el teólogo!". Así de contundente lo afirmó él, que era sacerdote, en el encuentro de cofradías penitenciales que se organizó en Salamanca en 1989. 

Su convicción sobre la necesidad de potenciar estos estudios le llevó a fundar, con el respaldo de los claretianos, la Cátedra Padre Claret en la Universidad Pontificia, que mientras funcionó fue un punto de encuentro entre teólogos y antropólogos para impulsar la religiosidad popular en el ámbito universitario. Y hubo frutos muy afortunados, entre los que, como es obvio, no podemos dejar de señalar, por su cercanía, el congreso realizado junto a la Cofradía de la Vera Cruz para conmemorar su quinto centenario en 2006. Lamentablemente, a los cinco años del fallecimiento de su fundador, la cátedra pasó a un estado de hibernación del que sería muy bueno saliese con motivo de este aniversario. 

Su trabajo fue ingente, de hecho, murió dejando un montón de material inédito que otra de sus creaciones, la Biblioteca de Cultura Tradicional Zamorana (que sigue gozando de buena salud), ha seguido publicando de manera póstuma. Pero aunque abrume su obra, quienes le conocimos y gozamos de su cercanía, valoramos ante todo la persona, su sentido de la lealtad, su capacidad para enseñar en cualquier momento y situación, su hombría de bien, en definitiva. Fue un hombre que, pese a su apariencia sencilla, marcaba indeleblemente a los que frecuentábamos su presencia y amistad. Por eso sigue tan presente en nuestras vidas, por eso no le podemos olvidar, porque si en lo bueno algo somos, en buena medida a él se lo debemos.


miércoles, 19 de abril de 2017

Pedro Martín

Las Tres María junto al Sepulcro vacío, al salir de la Vera Cruz el pasado Domingo de Resurrección | Fotografía: TCP

Cuando aún humean calientes los pábilos de las últimas velas de la semana, y todavía estamos disfrutando en nuestra memoria los momentos más emotivos vividos en todas y cada una de nuestras procesiones; cuando apenas ha comenzado la Pascua con la Resurrección del Señor (por cierto celiz Pascua, hermanos), algunos ya ponen de nuevo el contador a cero para la próxima Semana Santa que, por mor del calendario lunar, será en menos de un año.

No son pocos los que en redes sociales y mensajes hablan ya de la Semana Santa de 2018 para la cual quedan trescientos y pico días. No corramos, hermanos, disfrutemos de la Pascua que nos regala el Señor y que es tiempo de alegría y de encuentro con él. Parece que estamos deseando llegar de nuevo a la Cuaresma y la vida del cofrade debe serlo todo el año, no solo en este tiempo litúrgico.

Dice san Pablo en su I Carta a los Corintios: "Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe". Y parece que los cofrades, con una insistencia machacona, año tras año nos empeñamos en matarlo, pero no en resucitarlo; y si me apuráis, matarlo durante todo el año, cuanto más dure mejor, de ahí el deseo ansioso del correr del tiempo lo más fugazmente posible camino de la próxima Cuaresma y Semana Santa.

En el evangelio de ayer María la de Magdala se acerca al Sepulcro en la mañana de la Resurrección, y allí es sorprendida por el mismo Jesús que le sale al encuentro y la llama por su nombre. Le pide que les cuente a los demás que ha resucitado. Es el mismo Jesús Resucitado el que sale a nuestro encuentro y nos llama por nuestro nombre, a todos y cada uno de nosotros, y nos invita a seguirle, a creer en él, a predicar el evangelio, a atender a los pobres. Él sale a nuestro encuentro y nos va a pedir algo como le pidió a María. ¿Estamos dispuestos a ello? Él, que ha muerto por nosotros y resucita para darnos la vida de nuevo, la Salvación con mayúsculas quiere que gritemos a los cuatro vientos: "Jesús ha resucitado".

A la luz de la Resurrección, tiene sentido que celebremos la Pasión y la Muerte de Jesús, no podría ser de otra manera. No podemos estar ya pensando en la próxima Semana Santa. Un cofrade que se queda en la muerte del Viernes Santo, que no se acerca al Sepulcro en la mañana de Pascua, se queda vacío, triste, sin esperanza, derrotado. Y esto no es así: Jesucristo ha resucitado, ha vencido a la muerte. Celebremos la Resurrección del Señor con alegría y júbilo.

Tenemos que ir al Sepulcro a comprobar que Jesucristo ya no está allí; escuchar de boca del ángel la buena noticia y esperar la presencia del Señor en nuestras vidas con alegría.

¡Gracias, Señor, porque has resucitado!


lunes, 17 de abril de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Numeroso público en la salida de la Hermandad del Silencio el pasado Sábado Santo | Foto: JMFC

Tener un espacio como este para escribir en los días posteriores a la Semana Santa procesional que hemos vivido debería ser un auténtico lujo, si no fuera porque la mula se ha puesto modorra, avisando de que no me va a permitir hincar con soltura el arado en la tierra. Más cuando me entero de que se analizará la Semana Santa que hemos vivido, en la próxima reunión de los máximos responsables de las cofradías y hermandades salmantinas.

Y como ese debe ser el lugar donde ha de lavarse el paño antes de sacudirlo en los mentideros del mercadillo donde suelen departir los capillitas sus entretenidas alocuciones, pues es mejor esperar bebiendo un poco de paciencia. Claro que, por otro lado, habrá que poner sumo cuidado con el anónimo soplagaitas, que por tener flojo el muelle soplón que le dibuja, goza como un verraco cuando logra revolcarse en el barrizal cofradiero mientras unta alguna oreja informativa.

El caso es que mientras nos fijamos en esos errores de bulto que cometemos como si fueran propios de nuestra idiosincrasia, solemos olvidar que el sentido más profundo del acento cristiano y semanasantero sigue fluyendo como identidad digna de ser tenida en cuenta, en el corazón de muchos, muchísimos cofrades. En este aspecto tan importante, seguramente podríamos encontrar el sendero definitivo que nos puede conducir hacia la Semana Santa que se merece, por todo lo que pone, esta ciudad de los oros viejos que parió en Villamayor la tierra.

Cuando me invade en algún momento esa sensación de amargura, al comprobar cómo cuatro cofrades de poca monta se cargan el esfuerzo de quienes lo dan todo por sus cofradías, suelo fugarme del calvario callejero, que me provoca el más amargo de los rechazos, para buscar el sólido y medicinal ungüento que en Pizarrales se sirve, en el atardecer del sábado, con una dignidad que cada vez me atrapa con más potencia.

Una vez más la Hermandad del Silencio ha exhibido el valor de su verdad ante un gentío que, como cada año, se reúne en los aledaños de la iglesia para exhibir, sin dejarse mediatizar por nadie, el primaveral atardecer de un sentimiento que emana con naturalidad desde el corazón sencillo de aquella importante barriada.

La progresión admirable que ha ido acogiendo la Hermandad del Silencio viene de largo. Sus dirigentes han sabido mantener con rigor la importancia del carisma cofrade, mientras miraban con ilusión hacia el futuro aglutinador de un sueño que, desde mi punto de vista, empiezan a tocar en estos momentos con los dedos del alma.

Incluso ese terco posicionamiento que me provoca un claro rechazo hacia los pasos llevados por niños se amaina cuando veo en los hombros de la chavalería pizarraleña cierto sabor a esperanza. Ese grupo de chavales ha crecido en el hogar que rezuma olores a cofradía y, seguramente, han ido aprendiendo de sus mayores que ellos son parte fundamental de esa procesión que debe suplir carencias económicas con grandes dosis de dignidad y esfuerzo.

La salida de la iglesia de Jesús Obrero del Cristo de la Vela rememora aquellos años en los que las buenas gentes del barrio del Arrabal regresaban a su iglesia para aplaudir con fuerza al gran Señor de los Arrabales. Qué diferente es el aplauso que surge como una oración espontanea de las manos del alma, de ese otro que suele provocarse conscientemente a través del mediocre aspaviento de un instante teatral.

Muchas veces escuché en voces muy sabias aquello de que la Hermandad del Silencio debería quedarse dando vueltas alrededor del barrio y otras tantas me oyeron decir que Pizarrales expone con todo derecho, en estas calles del calvario salmantino, una procesión que ya quisieran tener otras cofradías de más tronío. El sentido penitencial y el recogimiento cofrade van más allá de las tallas que, por mucho prestigio que tengan, no salvan en ningún caso esos comportamientos impropios del espíritu cofrade y penitencial que debe mostrarse como un claro compromiso con quien dio la vida por nosotros…

Lo mejor fue ver emocionada a la distinguida pregonera de la Semana Santa salmantina de este año del Señor. Asunción Escribano aseguraba que de la Virgen de Pizarrales, Nuestra Señora del Silencio, emana una atracción especial que, unida a lo que había vivido en aquel entorno, entre tanta gente, era digno de ser colocado con sumo cariño en la memoria del tiempo...


viernes, 14 de abril de 2017

Tomás Gil Rodrigo



Hoy es Viernes Santo, el centro de nuestra contemplación en este día sagrado es la cruz y el Crucificado. Esta imagen que nos parece cotidiana, sobre todo estos días de Semana Santa, al principio fue un obstáculo para los primeros cristianos en el anuncio del Evangelio. Una vez aceptada la imagen, hasta que llegó a representarse el Crucificado, tuvieron que pasar varios siglos. Espero que esta reflexión sobre la cruz en la Historia del Arte, en los diez primeros siglos del cristianismo, os sirva para poner más los ojos y el corazón en la cruz gloriosa de Cristo. Si os parece, dejamos para otros años la continuación de cómo se fue representando después.

Siglos I-III:
"Predicamos a Cristo crucificado: escándalo y locura" (1 Cor 1, 23) 

La persecución hizo que durante los tres primeros siglos para los cristianos fuera imposible representar al Crucificado, tuvieron que conformarse con utilizar la cruz como símbolo.



Las primeras imágenes de cruces cristianas aparecen encubiertas y disfrazadas con los más diversos símbolos y envolturas, el áncora, el mástil de la nave, el ave extendiendo sus alas, el pico de los fosores; pero entre ellos el más frecuente es la ji (X), la inicial del nombre de Cristo en griego; es la cruz en aspa. La imagen de la X cumplía la función de abreviatura del nombre de Cristo y de cruz simbólica. Era una hábil forma de esconder la cruz y a la vez se ensalzaba el nombre de Cristo.



Desde comienzos del siglo II hasta el siglo IV no existe más que la cruz simbólica y entre todas ellas la más frecuente es la de forma de X. Cuando la X aparece junto a la P, la segunda inicial del nombre de Cristo, tenemos el crismón, cuna de las cruces cristianas en el arte. Mientras los no iniciados solo veían una áncora o una nave, el cristiano veía el símbolo de la redención. Y la ventaja del anagrama sobre el resto de los símbolos también era clara. Era más disimulado y más expresivo, más fácil de ser realizado y más glorioso. El peligro de mofa que ocasionaba la cruz, imagen del patíbulo para ellos, se camuflaba con las iniciales del Rey de reyes.



En el anagrama vinieron a darse la mano las dos ideas más esenciales del cristianismo: el misterio de la cruz y la autoridad regia de Cristo. Era la representación del hombre-Dios. En el nombre de Cristo encontraron los primeros cristianos encerrada toda su doctrina, toda su fe, todas sus esperanzas de felicidad y de redención.

Siglos IV-VII:
"Digno es el cordero degollado de recibir el poder" (Ap 5, 12)

El edicto de Milán (313) supuso el fin de la persecución cristiana. Constantino interpreta su victoria como una intervención del Dios de los cristianos. Por ello toma el signo del crismón y lo incorpora  al estandarte imperial, llamado lábaro. San Juan Crisóstomo (+ 407 dC) escribía: "La cruz que antes había sido objeto de horror es ahora tan buscada por todos que la encontramos en todos los sitios, en los príncipes y en los súbditos, en las mujeres y en los varones, en las vírgenes y en las casadas, en los siervos y en los libres, porque la cruz es impresa en la parte más noble del hombre y allí ostenta como si estuviera en una columna. Se le puede ver triunfante en cualquier lado, en las casas, en el foro, en los desiertos, en los caminos, en los montes, en los bosques, en los collados, en el mar, en las naves, en las islas, en los lechos, en los vestidos, en las armas, en los tálamos, en los convites, en los vasos de plata, en los de oro, en las margaritas, en las pinturas murales, en los enfermos, en los cuerpos de los posesos, en la guerra, en la paz, durante el día y durante la noche, en la vida y en la muerte, en los coros de los que bailan, en medio de los que se disciplinan. De tal suerte andan buscando todos a porfía su gracia inefable. Nadie se avergüenza o se pone colorado por más que se piense que fue símbolo de muerte maldita, antes bien, nos sentimos adornados con ella, más que si fuera con coronas, diademas o aderezos de miles de margaritas. Así que, no solo no nos retraemos de la cruz, sino que se nos hace amable y deseable. En todas partes la encontramos refulgiendo en los libros, en las ciudades, en los pueblos donde existe cultura y donde no existe. Con gusto preguntaríamos a los gentiles por qué causa el símbolo de condenación y de muerte maldita es ya para todos tan amable y deseable".



La extensión del cristianismo, la veneración hacia las reliquias de la cruz  halladas, según cuenta la tradición por Santa Elena en el monte Gólgota, hizo que el signo de la cruz perdiera su carácter escandaloso y pudiera ser pacíficamente poseído y presentado, incluso como signo de victoria y salvación.



Entre los siglos VI y VII se desarrollan las cruces que tienen en el vértice superior la letra rho, la segunda inicial del nombre de Cristo en griego. La cruz era trono de su regia persona, será signo de su victoria y de su estandarte real. Esa P en el árbol superior de la cruz, significaba el nombre de Cristo y de su persona presente en la cruz, decorada por su imperio sobrehumano, victorioso y sempiterno. "En el nombre de Cristo" contestaban los fieles entusiasmados alrededor de aquellas cruces, expresión no simplemente metafórica aplicada sino propia y literal.

En los brazos de esta cruz se colocó en algunas ocasiones las letras alfa y omega como afirmación de la divinidad del Verbo en contra de la doctrina arriana, que negaba la divinidad de Jesucristo. Este carácter afirmativo de la divinidad fue sustancial en el crismón, que llegó a oscurecer su verdadera significación y hasta ver en él una afirmación de la Trinidad. Prueba de ello es el notable caso del tímpano de la puerta principal de la Catedral de Jaca.

Siglos X-XII:
"Así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre" (Jn 3, 14)

La cruz, que después del siglo IV pasó a ser el centro de la vida de la Iglesia, evolucionó hacia el crucifijo en torno al siglo X u XI. Aparecen los llamados "Cristos en Majestad". En ellos el Señor, a pesar de estar crucificado, figura con aire de Majestad y a veces hasta de triunfo, en actitud de Rey eterno, insensible al dolor y más que en el tormento de la cruz en su trono real. No sufre, sino que reina; no busca la compasión, sino el reconocimiento y la obediencia. En él predomina la idea y el símbolo sobre la realidad y el pazos. Es lo contrario al crucifijo realista o pasional, como veremos.



La cruz se muestra como trono, similar a la sede en la que era colocado el Maestro Enseñante. Es el nuevo Pantocrátor. Su actitud hierática con los brazos abiertos muestra el poder de su Señorío; los clavos no pretenden atormentarle sino sostenerle en su dignidad suprema. En muchas ocasiones será colocado coronado con corona real o imperial. Aunque no es exclusivo de este tipo de crucifijos, en numerosas ocasiones se le presenta con vestiduras reales o sacerdotales.



Esta representación del crucifijo recogió la herencia de la cruz como signo de la fe. Dios reina desde la cruz (regnabit a ligno Deo). En un momento en el que van surgiendo los poderes feudales y reales, que subsanan el desorden social, y, por otra, se enfrentan entre ellos, haciendo víctimas entre sus vasallos, la fe expresa el ansia de un Rey sobre todo Rey. Y este brota desde la cruz. Es el Cristo vencedor de la muerte y de la misma cruz, convirtiéndola por él en el más excelso trono. Es el Sacerdote eterno inmolado, libre y soberanamente,  por la humanidad. Así vino a producirse el crucifijo Majestad por desenvolvimiento interno del propio significado de la cruz y con la cooperación de las circunstancias sociales en que se desenvolvían aquellos pueblos entre los que tuvo origen. El Pantocrátor en el ábside, como Maestro que enseña de la Ley Nueva y el crucifijo Majestad en el altar entregándose en generosidad a la humanidad mostrando su poder de salvación para todos. Este es el espectáculo que contempló gran parte de la cristiandad en la baja Edad Media. La cruz y el crucifijo tienen en este momento un profundo carácter simbólico; no pretende tanto reproducir la figura, sino expresar la fe, dar visibilidad a lo invisible; no reproducían los rasgos, sino la dignidad; no lo que se ve, sino lo que se cree. Es la riqueza simbólica del románico inicial marcado por la influencia oriental o bizantina.




miércoles, 12 de abril de 2017

Tomás González Blázquez

Nazareno de Descargarmaría (Cáceres) que pudo inspirarse en el primitivo Nazareno de la Vera Cruz de Salamanca

"Una figura de Cristo con la Cruz a cuestas, correspondiente al Cristo de la Cruz a cuestas que tiene la cofradía de la Cruz de esta ciudad, la cual figura a de ser fecha al natural, toda ella de madera seca y bien acondicionada vestidura".

Cuando el Sábado Santo de 2015 me llamó el sacerdote Tomás Gil para ver si podría acercarse a conocer de primera mano las imágenes que Pedro Hernández había tallado para la Cofradía de la Vera Cruz, como haría el Lunes de Pascua, aprovechó para comentarme el dato del encargo de un Nazareno que recogían los profesores Ceballos y Casaseca en su trabajo sobre el escultor salmantino. Era una imagen para Descargamaría contratada el 30 de enero de 1629 por los cofrades de la Cruz de esa localidad, como corroboré en el Archivo Provincial, con la mencionada condición de que tomase como modelo una talla de Jesús con la Cruz a cuestas que Hernández habría entregado a la homónima de Salamanca. Si bien en los documentos de la cofradía existentes en el Archivo Diocesano no se constata el hecho, no resulta descabellado intuir que se trataría de la imagen que el inventario de 1621 nombra como "Nuestro Señor de los Nazarenos". Así lo sugiero junto a Javier Riesco en el artículo que firmamos este año en la revista Lignum Crucis, acerca del cuarto centenario de la Procesión de los Nazarenos, establecida en 1617.

Ya no es posible aproximarse a un camarín, o a una peana, ni siquiera a un discreto rincón donde rezar ante aquel Nazareno. Perdido, vendido, rehecho, quién sabe. Su rastro se difumina como el de otras figuras que fueron sustituidas, en el natural proceso de evolución de gustos y tradiciones. Pero me quedaba, nos queda, Descargamaría. ¿Cómo no coger el coche y otra vez ponerlo rumbo a la entrañable Extremadura, para rememorar recientes pero ya viejos tiempos? Allí al Nazareno de Pedro Hernández lo llaman "el Manso Cordero" y lo veneran en una ermita que bien pudo ser sinagoga. Es una capilla de esas que tienen una pequeña abertura en la puerta para agacharse, acercar un ojo, cerrar el otro, forzar la vista y descubrir un interior oscuro pero, de pronto, no tan secreto. Como tenía llaves Jesús Blanco, un gran tipo que preside la cofradía, no hubo inconveniente en acceder a la amplia estancia, surcar su pavimento tapizado de cantos y llegar hasta la barroca hornacina donde el Cristo aguarda sus procesiones de Jueves y Viernes Santo. Lo llevan hasta la ermita del Humilladero, en la linde con Puñoenrostro, pueblo deshabitado hace décadas. Como hicimos con la iglesia parroquial (imprescindible su retablo de Lucas Mitata), también visitamos el Humilladero y los restos de la aldea desaparecida. No existe pero existió, luego es y siempre será mientras alguien la recuerde, o recorra su solar, o sueñe con ella. Sus vestigios, que podrían considerarse poco más que la nada, abren la puerta a un todo. 

Como la niebla al disiparse en las últimas rampas del puerto que conduce a Descargamaría. Como el delicioso ventanuco al que asomarse para reconocer una ermita en penumbra. Como la mansa mirada de un Jesús con la Cruz a cuestas que hace cuatro siglos llegó desde Salamanca hasta un hermoso pueblo de la Sierra de Gata, y que ahora permite imaginar cómo pudo ser aquel paso de Nuestro Señor de los Nazarenos en la tarde de los miércoles santos, rodeado de morados penitentes que vestían nuestro hábito más genuino y cargaban ligeras pero larguísimas cruces al hombro. Su mano derecha extendida, aplacando y bendiciendo. Su pie izquierdo adelantado, caminando y redimiendo. Su mirada de Manso Cordero, paciente y profunda, bien fija en quien quiera detenerse en su abrazo a la Cruz para respirar aire de Pascua.


lunes, 10 de abril de 2017

Montserrat González

A la izquierda, la Virgen de las Angustias al salir de San Pablo. A la derecha, su reintepretación por Florecio Maíllo

La representación de María con el cuerpo muerto de Jesús en su regazo es uno de los motivos iconográficos predilectos durante el barroco español.  El tema, sin embargo, es anterior apareciendo ya en manuscritos miniados en torno al año 1380. Sería uno de los motivos recurrentes durante el gótico como consecuencia de la humanización de las formas y los contenidos religiosos. María se convirtió en Madre de la misma manera que Jesús se convierte en su Hijo. No es un mero trono de la figura de Cristo y se admite el dolor por la muerte de su Hijo. Así nos no recordaba Santiago de la Vorágine en la Leyenda Dorada, cap. 244.

 En las primeras representaciones de la Piedad se hace evidente la dificultad para encajar el cuerpo adulto de Jesús en el regazo de María, como lo demuestra por ejemplo la Piedad de Perugino, de la Galería de los Uffizi en Florencia, donde María representada como una matrona romana, en una atmósfera de intensa espiritualidad, necesita la ayuda de Juan Bautista y María Magdalena para sujetar el cuerpo entumecido y lívido de Cristo.

Comienzan así las "Piedades" a representar a Jesús en un tamaño más reducido, siguiendo las observaciones de los místicos del siglo XV. Así San Bernardino de Siena escribe: "La Virgen creyó que habían retornado los días de Belén; se imaginó que Jesús estaba adormecido y lo acunó en su regazo; y el sudario en que le envolvió le recordó los pañales".

Pero no sería hasta la famosísima Piedad esculpida por el joven Miguel Ángel  cuando se fija el tipo iconográfico más recurrente desde entonces. En esta versión el artista alteró las proporciones haciendo a la Virgen sensiblemente más alta, por lo que puede sostener, tumbado en su regazo, el cuerpo inerme de Cristo. María se presenta con una enorme delicadeza, totalmente idealizada, joven y bella, en una composición triangular en perfecto equilibrio. Es como si la Virgen, sumamente serena domina su dolor para triunfar así ante el drama de la muerte. El tema llegó a obsesionar al artista realizando diferentes versiones en torno a este esquema triangular tan difícil de mantener: añadiendo más protagonistas, retorciendo las figuras en una amalgama de angustia y aflicción y, en definitiva, acomodando la representación del dolor a los principios estéticos que iban marcando su evolución como artista. La muerte le sorprende trabajando en su última versión: la Piedad Rondanini en la que el cuerpo sin vida de Jesús aparece casi en vertical, apenas sujeto con las manos de María.

Sería Aníbal Carracci el que, posteriormente, dispone a la Virgen recostada sobre su brazo recogiendo con sus piernas el torso de Jesús, cuyo cuerpo se proyecta en diagonal. Llegamos así al esplendor Barroco, que con su gusto por el movimiento hizo del Descendimiento del cuerpo de Cristo de la Cruz  y de la Piedad uno de sus asuntos favoritos.  La figura de Gregorio Fernández acentuó aún más estas diagonales en unas composiciones tremendamente expresivas, con un perfecto tratamiento de la anatomía y un dinamismo que reposa en la posición abierta de las manos de María y la suave caída del cuerpo de Cristo.

A menudo la imagen de María presenta uno o varios cuchillos para lacerar aún más su corazón y que obedecen a la plasmación de la profecía que el anciano Simeón le hizo cuando el Niño Jesús fue presentado en el tempo, diciéndole que …"Una espada atravesará tu alma"… (Luc. 2, 35). Otro modelo frecuente en el Barroco presenta a Jesús de frente con los brazos abiertos y apoyados en las rodillas de maría como la  magnífica Piedad de Ribera del convento de las Agustinas de Monterrey.

Como vemos, no es ajena Salamanca a la iconografía de la Piedad. Baste recordar la dulzura y serenidad de la Piedad de Carmona, cercana siempre al dolor humano, llena de elegancia y clasicismo, acogiendo tiernamente en su mano derecha el rostro de Jesús mientras que con la izquierda acaricia el brazo de Hijo. Hay calma y sosiego en esta representación que marca una nueva estética, mucho más suave y en consonancia con los dictados de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Las representaciones plásticas de María en el trance del dolor se completan con muchas otras versiones de bellísimas vírgenes Dolorosas, de todas ellas quisiera resaltar a la imagen de Nuestra Señora de las Angustias por el inusitado protagonismo que adquiere esta Semana Santa de 2017. Al brillante estudio que de esta talla realizara el profesor Eduardo Azofra en el segundo volumen del estudio de la Semana Santa en Salamanca dedicado al Arte y la Cultura, se suma el anuncio realizado por el también profesor Francisco Javier Casaseca en la versión en papel de Pasión en Salamanca de la posible autoría de esta Virgen de las Angustias de San Pablo. Para el profesor F. J. Casaseca es más que probable que esta imagen se deba a la mano de José de Larra Domínguez, cuñado de los Churriguera. Analizados los rasgos formales de obras suyas documentadas así como los posibles modelos estilísticos de los que deriva, Casaseca no duda en situar esta obra como una de sus obras más importantes de su etapa de madurez. El próximo Viernes Santo tendremos la ocasión de fijarnos detenidamente en su dinámica composición que ofrece múltiples puntos de vista al espectador y la suavidad y elegancia del rostro de María, siempre callada, en un segundo plano frente a la solemne figura de Jesús Divino Redentor Rescatado con la que comparte templo y devociones.

En una vuelta de tuerca más, como si de una novela de Henry James se tratara, el artista salmantino Florencio Maíllo nos sorprende con una soberbia reinterpretación del tema Piedad, casi un nuevo rethinking en el cartel anunciador de la Semana Santa  2017 promovido por la Tertulia Cofrade Pasión. Tomando como punto de partida a Nuestra Señora de las Angustias, Maíllo nos introduce en el misterio de una Piedad que habla al hombre contemporáneo de dolor y rabia, de muerte y esperanza. En un vibrante torbellino de movimiento y color, el cuerpo  de Cristo se nos ofrece como la imagen del dolor callado, de la terrible violencia que azota a la humanidad. La Virgen madre se vuelca en el cuerpo de su Hijo, ocultándonos su rostro. Solo la naturaleza parece ser testigo de su dolor.  Intensos toques verdes, notas de rojo dolor nos hablan de angustia y aflicción, sutiles pinceladas azules nos ofrecen un hálito de esperanza a una humanidad doliente consolada por el acogedor manto de la Virgen-Madre.

Atrás queda el ejemplo de Oteiza por aplicar el lenguaje de la abstracción a la Piedad que corona el templo de Arantzazu en Oñate, o la grandiosidad de la Piedad de Juan de Ávalos en el Valle de los Caídos. O el dramatismo y la tragedia que acogen las formas rotundas y descarnadas del artista zamorano Ricardo Flecha. O las controvertidas fotos de Olaf Martens con sus desnudos intentado subvertir el icono de la piedad. O las travesuras de Alaska y Mario Vaquerizo jugando a ser una piedad moderna. O las instalaciones de Jan Fabre que sustituye la belleza del rostro de la Virgen por una calavera.

La versión de Maíllo entronca con los testimonios que de toda forma de dolor nos ofrecen los fotoperiodistas desplazados en las zonas de conflicto. Esa denuncia social de miles de fotografías que testimonian el horror y el espanto. Si en su momento el Guernica de Picasso se convierte en un icono del siglo XX, en una auténtica piedad del terror y la guerra, hoy en día la fotografía se convierte en el medio más potente de la expresión dolorosa. Ahí lo recoge Maíllo en una novedosa iconografía de la realidad del dolor y el sufrimiento humano.

Que en esta Semana Santa nos acerquemos con otros ojos a estas "piedades" cercanas a nuestra realidad salmantina y que este 2017 nos ofrezca la posibilidad de contemplar juntas a estas dos Vírgenes de las Angustias, estas dos piedades para seguir ahondando en los misterios de su iconografía.


sábado, 8 de abril de 2017

Eva Cañas

El público contempla el discurrir de la procesión de Jesús Flagelado en Libreros | Foto: ssantasalamanca.com

Hace unos días, en la red social de Valladolid Cofrade, veía un mensaje que considero apropiado para estos días santos que llegan: "El silencio es tu mejor aplauso". En él aparecía un pequeño cofrade vestido con su hábito pidiendo silencio con un simple gesto: llevándose uno de sus dedos a la boca.

De nuevo en este espacio hablo de los aplausos, ya que me mantengo en la idea de que en Semana Santa sobran. Con el anterior artículo se me juzgó más allá del mensaje que quería transmitir, e incluso se afirmó que ser de otra ciudad no te permite opinar de una Semana Santa que considero mía, como si la hubiese vivido desde la cuna, aunque no haya sido así. Vuelvo al tema con respeto y educación, pero insisto en que el aplauso sobra. Como dice el mensaje, el silencio es tu mejor aplauso. Y así es. Los cofrades viven su penitencia, bien cargando una imagen o un cirio. Algunos deciden salir descalzos, otros con rosario en mano para rezar y vivir su estación de penitencia en silencio, sí, en silencio, no esperan el aplauso de nadie.

No tiene sentido que el Lunes Santo, en una procesión de silencio, el público rompa en aplauso en la salida de la capilla de la Vera Cruz. De hecho, uno de sus hermanos toca a silencio. Con ese silencio se puede sentir más el momento y la intención. Abre tus ojos, observa. El silencio apacigua el alma, haz la prueba. Y más en algo tan representativo como una procesión donde de alguna forma se revive la Pasión de Jesús. Tenemos ante nuestros ojos a Cristo flagelado o crucificado. El silencio es señal de respeto y de duelo. Y va más allá del aplauso, porque a veces se escuchan los corrillos en pleno paso frente a algunas de estas imágenes. Al menos, en ese momento, o no se debería hablar o hacerlo en otro tono.

Lo mismo ocurre cuando la gente se cruza en mitad de la procesión de un lado a otro de la calle. Y no importa si lo hacen delante de la cruz de guía o de una banda. No es el momento, salvo en caso de urgencia, no que no suele ser el caso. Entre todos se puede conseguir una Semana Santa donde se respire un mayor recogimiento. Escucha y siente. Disfruta del silencio y, sobre todo, respeta.


miércoles, 5 de abril de 2017

Abraham Coco

Tres de los cuatro pasos de la Hermandad Dominicana, en el interior de San Esteban | Foto: ssantasalamanca.com

Quizá convendría callarse hoy y que el eco nos trajera, con la misma melodía luminosa con que ayer fueron pregonadas, las Morfologías de Asunción Escribano en las que cada día de la Semana Santa es Domingo de Resurrección. Que en este eco nos dejáramos preguntar durante este rato "quién soy yo" junto a Isabel Bernardo, con el mismo traje infantil que ella vistió el domingo para rezar el Jesusito de mi vida ante el Cristo que no muere. En la intimidad de sus escritorios ambas vivieron "un tiempo en clave de Pasión evangélica", como reseña la primera en la cita 134 de su texto. "Lo mejor estuvo en la soledad de mi casa escribiendo el poemario", me revela la segunda en un correo electrónico que traigo aquí sin miedo a estar desvelando nada. Sí, en la intimidad.

Cuando hace casi una década Alberto López me propuso la cobertura de la Semana Santa de Salamanca en El Adelanto –regalo que nunca le agradeceré lo suficiente– uno de los reportajes que publicamos en aquellos cuatro años intentó relatar el backstage de las procesiones. El objetivo era poner en valor parte del trabajo que decenas de cofrades llevan a cabo en las semanas previas a esta celebración popular. Repetí una fórmula similar en Galicia, ya en ABC, con el proceso de creación de una imagen devocional, la Esperanza de Ferrol, una advocación tan necesaria en la comarca. Nada nuevo que otros colegas no hubieran hecho. Entre lo más original estuvo aquel "Casadas con la Semana Santa" donde  cinco mujeres de hermanos mayores intercambiaban pareceres. Suerte que nadie tachara el reportaje de micromachismo, pienso ahora. Entre aquellos artículos no faltaba tampoco alguno para insistir en la idea de que la actividad no terminaba con la Pascua, sino que las hermandades, por lo general, se mantenían vivas todo el año. Aquellos entresijos resultaban interesantes por desconocidos. Por eso eran noticia.

La vocación periodística, unida a la curiosidad, nos inclina a esta predisposición por mostrar, es decir, por comunicar. Pocas situaciones peores en el oficio que disponer de una información que se quiere compartir, pero alguna situación (la negativa de la fuente, algún interés más o menos claro...) lo impide. Esa actitud lleva aparejada, de forma irremediable, una predisposición a la ocultación. Cuando se decide qué se expone, se está decidiendo a la vez qué no. Eso rige para la profesión informativa y para cualquier trivialidad del día a día. También para la Semana Santa, donde tantos rituales quedan en la intimidad de sus cofrades, con frecuencia incluso de un círculo muy reducido.

Existen instantes especialmente sensibles porque afectan a lo más íntimo de nuestras devociones: la delicada preparación de una imagen de vestir, un cambio de peluca en una talla sin cabello, la retirada de las manos o los brazos en una articulada… Los hay de muchos tipos. Algunos son, o eran, íntimos porque no son sino ensayos, preparativos encaminados a construir la procesión, donde me parece imprescindible la concurrencia de los que miran. Los límites son hoy más difusos. Las plataformas de vídeo online –YouTube, especialmente– y, en general, las redes sociales y las apps de mensajería instantánea diluyen algunas fronteras sobre las que no deberíamos dejar de reflexionar en busca del equilibrio. No se interpreten las siguientes preguntas con un tono apocalíptico, pero ¿qué sentido tiene la difusión de determinados instantes? ¿No se pierde el encanto con algunas exteriorizaciones? ¿Cómo éramos en la penumbra?


¿Qué buscas?

Temas y autores

cofradías procesiones arte religiosidad popular cultura tallas F. J. Blázquez diócesis imaginería A. Coco Pedro Martín idiosincrasia pastoral J. M. Ferreira Cunquero Félix Torres Tomás González Blázquez Junta de Cofradías comunicación tradición Tertulia Cofrade Pasión pasos aniversarios política José Fernando Santos Barrueco estética Eva Cañas liturgia Cuaresma Daniel Cuesta SJ Montserrat González cartelería Andrés Alén periodismo Asamblea Diocesana cargos literatura publicaciones ritos turismo Catedral Navidad Tomás Gil Rodrigo exposición formación fotógrafos Antonio Santos Fructuoso Mangas Javier Prieto hermanos de carga pintura poesía revistas sacerdotes Miriam Labrador cultos estatutos muerte pregón provincia secularización Asunción Escribano Francisco Gómez Bueno Jubileo de la Misericordia Peñaranda Roberto Haro Zamora Ayuntamiento Carlos Ferrero Corpus Christi Fernando Mayoral Florencio Maíllo Francisco Rodríguez Pascual Isabel Bernardo José Adrián Cornejo José Anido Paloma Pájaro Pascua Tomás Martín Xuasús González aplausos caridad editorial educación música niños restauración subvenciones Ángel Benito Ana Ontiyuelo Arturo García Ruiz Carlos García Rioja Conrado Vicente David Rodrigo Enrique Mora González Guzmán Gombau José Frank Rosario José Javier Rodríguez José Luis Puerto Madrid María José Lanzagorta Núñez Solé Raúl Román Rosana Hernández Universidad discapacidad encuentros historia justicia jóvenes obituario religiosas vocaciones Ávila