viernes, 20 de octubre de 2017

Pedro Martín


miércoles, 18 de octubre de 2017

Tomás Gil Rodrigo

Representación de Santa Teresa escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo

El pasado domingo 15 de octubre de 2017, gracias a la concesión del Papa Francisco, comenzaba el Año Jubilar Teresiano en Ávila y Alba de Tormes, lugares del nacimiento y de la muerte (sepulcro) de Teresa de Jesús. Me parece oportuno aprender las enseñanzas de esta mujer, que siguió a Cristo por caminos nuevos en un cambio de época que ella denominaba "tiempos recios". Durante este curso voy a intentar explicar por qué y qué imágenes ayudaron a Teresa a encontrarse con Jesús. Espero, del mismo modo, en este cambio de época en el que se nos pide también la renovación, que tomemos la "determinada determinación" (CP 21, 2) de acercarnos a las imágenes de nuestras cofradías con el deseo contemplativo de "tratar de amistad con aquel que sabemos que nos ama" (Vida 8, 5).

Para comprender por qué Teresa de Jesús gustaba de las imágenes, especialmente las de las representaciones de Cristo, debemos partir de las circunstancias que envolvieron su vida y su tiempo. Estamos en pleno siglo XVI, momento en el que se produce un cambio de época. Surgen distintos y contrapuestos caminos políticos, religiosos, espirituales y culturales por los que se enfrenta la sociedad. Fue un tiempo de emprender caminos de reformas en la Iglesia, el Concilio de Trento (1563) fue la expresión de la reforma de la Iglesia Católica, donde se legisla el uso correcto de las imágenes. El rey Felipe II (1556-1598) pretende ser el garante de la ortodoxia católica, eso influye en el arte cristiano. El arte se había convertido en los tiempos de Teresa, los de la Reforma Católica, además de en un medio para adoctrinar a los fieles, también en un camino para la oración.

Teresa ya desde niña participaba de un ambiente de religiosidad popular, en el que la devoción a las imágenes sagradas es algo importante: "Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre…" (Vida, 1,7). Con el uso de las imágenes Teresa demuestra su comunión con la fe de la Iglesia, en contra de los alumbrados y protestantes, que las rechazaban. En 1559 la Inquisición prohíbe la lectura de muchos libros de piedad, que se encontraban en los conventos, y hasta de la Biblia en castellano, lo cual llevará a Teresa y a sus monjas a las imágenes como un medio para su vida de oración: "Me dijo el Señor, no temas yo te daré libro vivo… ¿quién ve al Señor cubierto de llagas y afligido con persecuciones que no las abrace y las ame y las desee?" (Vida 26, 5).

Pero, más allá de su ambiente familiar y de los enfrentamientos religiosos, Teresa opta por las imágenes por razones más profundas. Sigue los consejos de los maestros espirituales, como Pedro de Alcántara, Francisco de Borja o Juan de Ávila, entre otros, que aconsejaban el uso de las imágenes para la oración: "Para cuando está ausente la misma persona, o quiere darnos a entender lo está con muchas sequedades, es gran regalo ver su imagen de quien con tanta razón amamos. A cada cabo que volviésemos los ojos, la querría ver" (Camino de Perfección 34, 11). El apoyo que encontró Teresa en las imágenes para mantener trato con Jesucristo fue, en cierta manera, un contraste y una novedad, en unos tiempos en los que estaba de moda el recogimiento y las "nadas" para la oración. Frente a algunos espiritualistas, que proponían como método de oración prescindir de la humanidad de Cristo, para alcanzar la divina contemplación, método en el que, como dice Teresa, estuvo perdida muchos años (cf. Vida 22, 1), ella prefiere poner sus ojos ante la imagen de Cristo, pues la ayudaba a tener presente su sagrada humanidad y expresar su amor por Él: "Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con Él" (Vida 12, 2).

Teresa reconoce que ha visto muchas obras de arte buenas, las cuales relaciona con su visión de Cristo: "Me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por muy perfectos que sean, que hartos los he visto buenos" (Vida 28, 7). Tanto el Concilio de Trento como la experiencia de los místicos contribuyeron al desarrollo de la creatividad artística en la pintura y escultura de su tiempo, en la que irrumpe la corriente italiana del Renacimiento. Pero, por las normativas del Concilio de Trento, los artistas se concentran en lo esencial, del mismo modo Teresa busca un estilo reformador donde prefiere lo pobre, lo austero y lo esencial. Lo que debe emocionar ya no es la belleza idealizada de la naturaleza sino la grandeza del Evangelio. El arte religioso que ahora busca la Iglesia es serio, concentrado, en el que nada es inútil, en el que nada distraiga la atención del cristiano para meditar los misterios de la salvación. Muchas de las visiones de Cristo, escritas en los libros de Teresa de Jesús, son las mismas que están realizando los artistas de su tiempo. En la España de mediados del siglo XVI los místicos, con sus experiencias y escritos, y los artistas, con su inspiración y obras de arte, expresan los mismos temas y sentimientos religiosos. Los pintores del siglo XVI nos confirman esta devoción ambiental, destacando el arte de Luis de Morales, llamado El Divino (1510-1586), cuya obra, por medio de la ternura y compasión, transmite los momentos más intensos de la vida de Cristo. También aparece El Greco, coincidiendo con la fundación de la Santa en Toledo en 1577, el cual recibe el encargo de El Expolio para la sacristía de la Catedral. Y no es menos importante la escultura religiosa de Alonso Berruguete (1489-1561), con su imaginería expresiva como la del Ecce Homo; o la imagen del Crucificado y el Entierro de Cristo de Juan de Juni (1507-1577); y los inconfundibles Cristos de Diego de Siloé (1517-1563). Todos estos artistas, que eran creyentes y piadosos, procuraron unir el interés religioso de la época con sus creaciones artísticas propias. Es fácil imaginar a Santa Teresa contemplando estas imágenes, "harto buenas", que tanto la influenciaron en su manera de mirar a Cristo.

La popularidad de Santa Teresa se debe en parte a saber utilizar pedagógicamente las imágenes, donde se utilizan los sentidos para enseñar a orar. De este modo renovó los modos de relacionarse con Dios, frente a otros modos más desnudos, sin apoyos materiales, que proponían algunos maestros iluminados de su tiempo. Aún así, ella se da cuenta del peligro y abuso de aquellos que se quedan solo con las imágenes: "Bobería me parece dejar la misma persona por mirar el dibujo" (Camino de Perfección 34, 11). La sensibilidad de Teresa por la belleza, que transmiten las obras de arte, no es un entretenimiento, ni una evasión, sino un compromiso con Cristo: "Una gran ganancia saca el alma… cuando piensa en Él o en su vida y Pasión, acordarse de su mansísimo y hermoso rostro, que es grandísimo consuelo" (Moradas VI, 9, 14).

En el próximo artículo veremos con detenimiento cada una de esas imágenes, que se conservan en las fundaciones de Teresa de Jesús, muchas de las cuales fueron adquiridas por ella.


lunes, 16 de octubre de 2017

Félix Torres

viernes, 13 de octubre de 2017

Abraham Coco

Entrevistas a personalidades salmantinas y hermanos mayores publicadas en la revista Christus de 1947

A Virginia Carrera, con el deseo de que un día supere su sectarismo


Fue un artículo de Félix Torres publicado en el último número de Christus lo que me llevó hasta una serie de breves entrevistas, escuetos pero enjundiosos cuestionarios, publicadas en esta misma revista en sus ediciones de 1947 y 1948 que, por cierto, entonces tenía un precio de 2 pesetas. Fue inevitable la media sonrisa al leer algunas de sus respuestas y comprobar que, pese a haber transcurrido 70 años desde sus contestaciones, en algunos aspectos pareciera que hubieran sido respondidas ayer.

Los responsables de Christus no dudaban en presumir de lo que consideraban un "éxito periodístico" que hoy debemos agradecer, por lo oportuno del testimonio y el seguro esfuerzo que la empresa les debió de suponer en aquellos años de zozobra y hambre de la posguerra. Sacerdotes, literatos, artistas, periodistas y directivos de la mayor parte de las cofradías de la época desfilan por las ocho páginas de dos secciones tituladas Tres preguntas y diez contestaciones y Proyectos y aspiraciones.

En ellas, de manera sucesiva, comentaban aquello que más les gustaba de la Semana Santa salmantina, lo que menos y la imagen que mayor emoción artística y religiosa les producía. Las respuestas, en opinión de los editores, reflejaban "un acendrado salmantinismo" de quienes expresaban "ese buen deseo de señalar el defecto para buscar remedio", lo que debía ser interpretado como "exaltado índice de amor a Salamanca". De entre todos, el más alto nivel fue el mostrado por Antonio García Boiza, quien no tuvo reparos en señalar que, de entre las cuestiones que menos agrado le provocaban en la Pasión tormesina, la Junta Pro Semana Santa impulsora de dicha revista era la primera.

Resulta curioso comprobar cómo la Dolorosa de la Vera Cruz y, en menor medida el Nazareno de San Julián, centraban gran parte de las devociones de los entrevistados, quienes reclamaban la incorporación definitiva de la Piedad a la imaginería procesional después de los "murmullos de admiración" que su primera salida procesional había causado. "¿No podría conseguirse que volviera a ser admirada por los salmantinos en la procesión de la madrugada del viernes?", se preguntaba Luciano Sánchez Fraile.

Debates que hoy algunos creen impostados o recientes ya pululaban por los corrillos cofradieros de la época. Así lo atestigua, por ejemplo, Fernando Íscar Peyra, disgustado al ver cómo a la Semana Santa de la ciudad "se la va despojando de su hondo y seco sentido castellano para vestirla de andaluza". "Y luego –añadía–, ¡esa representación a lo Rambal, alborotando y destrozando la grave armonía del penitencial cortejo! En eso, ya que no en el fútbol, podríamos aprender algo de Valladolid y de Zamora, en vez de mirar hacia el Puente de Triana". En similar línea se expresaba Juan Domínguez Berrueta, pesaroso al contemplar "que se intente cambiar su tono, su estilo, su sabor tradicional, por imitar (con el mejor deseo, sin duda), a la de otras poblaciones". Y aún añadía Fernando García Sánchez: "Es preciso que solamente el deseo de fomentar la devoción presida siempre la organización y desfiles de nuestras clásicas procesiones, clasicismo salmantino que hay que conservar sin adulteraciones ni simulacros de los clasicismos de otras regiones". 

Hoy, como ayer, la "disgregación" de la procesión del Santo Entierro o las "reverencias o saludos que se hacen los pasos" eran motivos de comentario en boca del imaginero Francisco González Macías. Precisamente una de sus aportaciones a la Semana Santa local no terminaba de encajar en la Congregación de Jesús Nazareno. Así lo reconocía a mediados del pasado siglo su entonces hermano mayor, Carlos Romo, al afirmar: "Mi ilusión ha sido conseguir hacer una hermandad filial haciéndose cargo de este nuevo paso, pues hoy me da pena verlo en la procesión como algo postizo, sin que apenas nadie le acompañe".  Respondía así a otras dos cuestiones planteadas: "¿Qué aspiraciones o deseos son los de su congregación o hermandad en relación con la Semana Santa salmantina?" y "¿Qué mejora estima usted adecuada para la mayor solemnidad y brillantez de la procesión de esas congregación o hermandad?". 

En otra muestra de sinceridad, José Cordón Blas, al frente de Jesús Rescatado, indicaba: "Mi deseo es que todos los hermanos pertenecientes a esta congregación llevaran la túnica en un color morado, pero perfectamente igual en tono de color, y que la túnica la llevasen todos del largo necesario para que solamente se viera el zapato negro". Coincidía en este aspecto con Sánchez Fraile, para quien "si desaparecen totalmente esas túnicas raídas que tanto deslucen la procesión del Santo Entierro, mucho mejor". Y por insistir en este viaje en el tiempo de "acendrado salmantinismo", no lo olviden, Íscar Peyra sostenía que "tampoco se perdería mucho si el flamante paso de la Borriquilla, de cartón-piedra, con el que se inició la renovación de nuestras procesiones, se le regalase como premio a la más fervorosa catequesis infantil de algún pueblo de la provincia". "Si han de sacarse imágenes nuevas, que sean de buena talla", remachaba. "Procuraremos que nadie nos supere en devoción y entusiasmo, por motivos más altos, pero también porque al radicar y salir de la Catedral parece que nos obliga a edificar con el ejemplo a todos los demás", declaraba Jaime de Aramburu y Olarán, hermano mayor de... la Soledad.  

Vicente Pérez-Moneo, apellido ya entonces vinculado a las hermandades de la Agonía y el Perdón, lamentaba "la apatía de los salmantinos, que no tienen interés en mejorar nada de lo que hoy tienen, al contrario de otras poblaciones, que mejoran constantemente sus cultos y procesiones". Por eso Cordón Blas (Rescatado) y Tomás Salas Villagómez, que estaba a punto de debutar con la recién fundada Hermandad Universitaria, proponían aglutinar voluntades en el principio de un camino que hoy cumple 75 años merecedores de la Medalla de Oro de Salamanca. Si el primero ambicionaba "unir esfuerzos con las demás cofradías para así poder, en unión de la Junta Permanente, dar un mayor esplendor de fervor a nuestras procesiones", el segundo proponía "conseguir, en unión de las demás hermandades, que en los días de la Semana Santa se convierta la ciudad toda en un gigantesco clamor de penitencia que suba hasta Aquel cuya pasión y muerte conmemoramos".

Los mimbres estaban, pues confesaba Guzmán Gombau Guerra: "Lo que más me agrada es que nuestras procesiones –y todas ellas– sean lo único que consigue llenar de público la Plaza Mayor y todas las calles de sus itinerarios", pese a lamentar que "lo mucho hecho lo haya sido tan pobremente y por el solo esfuerzo de unos pocos". Pero lo mismo sucedía, sostenía, incluso con la Unión Deportiva. 

De aquellos nombres partió esta historia común, cuyo mantenimiento exige hoy el compromiso de todos.  ¡Enhorabuena, cofrades! 


miércoles, 11 de octubre de 2017

Tomás González Blázquez



Cada vez que el 15 de octubre caiga en domingo, hasta el siguiente 15 de octubre la puerta de la iglesia del monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, "la iglesia de las Madres", será puerta santa de plenarias indulgencias. El templo en el que las Carmelitas Descalzas custodian el sepulcro de su fundadora, Santa Teresa de Jesús, se constituirá periódicamente en templo jubilar, lo que incorpora la villa ducal al reducido grupo de los santos lugares de peregrinación que gozan de esta especial gracia por concesión pontificia. Tras el Vº centenario del nacimiento de la reformadora del Carmelo, celebrado en 2015, tanto Ávila como Alba, cuna y sepulcro, gozarán ahora de un jubileo en los ciclos de seis-cinco-seis-once años, ya conocidos porque el criterio de la coincidencia dominical de la fiesta litúrgica, en su caso el 25 de julio, arroja la misma secuencia que se da en los años jacobeos. El Papa Francisco finalmente no las visitó pero obsequia a Ávila y Alba con un legado a conservar y agradecer. Que la Iglesia de Salamanca cuente con este nuevo patrimonio espiritual la dota de un recurso más que, hacia fuera, debe potenciar la recepción de peregrinaciones, tanto en Alba como en la capital, que también se halla en la lista de fundaciones teresianas, y hacia dentro, ha de subrayar el modelo de Teresa como patrona de la diócesis.

En vísperas de la apertura de la puerta santa albense, desde la perspectiva cofradiera puede pensarse en el papel que va a desempeñar la Hermandad de Santa Teresa, y sirve mirar a otras puertas jubilares en las que las cofradías tienen llave y vela encendida. 2017 está siendo Año Santo de la Vera Cruz por partida doble. Desde Pascua y hasta la Pascua siguiente, en un jubileo de varios siglos de historia, también ligado a que el 16 de abril caiga en domingo, el Año Lebaniego, el del Lignum Crucis cobijado en Santo Toribio de Liébana, escondido en un valle cántabro pero venerado por peregrinos procedentes de todo el mundo. Durante todo el año natural, de concesión recentísima pero trayectoria dilatada, el de Caravaca de la Cruz, Vera Cruz de tradiciones y leyendas que cada siete años es Vera Cruz Jubilar allá arriba en su castillo-santuario. Ambos jubileos, alejados entre sí por cientos de kilómetros, comparten raigambre medieval y galones de tiempos de Reconquista, ubicación en comunidades autónomas uniprovinciales que los han enarbolado como reclamo turístico y signo de identidad, rutas de peregrinaje más cortas que las jacobeas pero inspiradas en ellas, y cofradías de la Vera Cruz inmersas en el culto al Santo Leño.

La de Santo Toribio de Liébana se remonta a 1181 y cuida una entrañable costumbre, "La Vez", según la cual entre el 16 de abril y el primer domingo de octubre, cada viernes, dos personas se van turnando en la adoración de la cruz en la iglesia atendida por los franciscanos. Los numerosos pueblos y aldeas del valle lebaniego tienen asignado un viernes para cumplir con el rito, que en 2017 ha arrancado una semana más tarde ya que el día del santo era Domingo de Resurrección. Por su parte, la cofradía de la Vera Cruz de Caravaca ha luchado arduamente hasta lograr el reconocimiento del Año Jubilar a perpetuidad, que tras los extraordinarios de 1981 y 1996 fue aprobado por Juan Pablo II y dio comienzo en 2003, y por la distinción de su santuario con el título de basílica menor en 2007. Mucho tuvo que ver en ello el que fuera su rector-capellán, don Pedro Ballester, fallecido hace pocas semanas. Cuando comienza mayo y a la mitad de septiembre, en Liébana y en Caravaca es fiesta grande de la Cruz, como ocurre en Alba a finales de agosto y mediados de octubre con Teresa. El tiempo se hace santo en los santos lugares. Y así, como un eco de Jerusalén y Roma, a imagen de Compostela, el perdón al que Dios invita permanentemente y en todo lugar, toma la figura de una puerta que atravesar jubilosos. Eterna es su misericordia.


lunes, 9 de octubre de 2017

José Fernando Santos Barrueco

Detalle del llamador del paso del Cristo de la Buena Muerte, de la Hermandad Dominicana | Fotografía: Roberto Haro

Hace más de medio siglo, hacia finales de los años 50 o primeros de los 60, recuerdo que los vecinos del entonces barrio de Salas Pombo nos enterábamos de la llegada de la Semana Santa cuando, pocas semanas antes, escuchábamos los toques de la Banda de cornetas y tambores de la Cruz Roja que dirigía, con mucha dignidad y espíritu marcial, el brigada don Teófilo Rodríguez. Aquellos ensayos tenían lugar junto al desaparecido campo de fútbol del Calvario, de la Unión Deportiva Salamanca. Aquellos sonidos me llegaban como el anuncio o el trompetazo ("nunca mejor dicho") que marcaba el inicio de la Semana Santa, que entonces, para mí, se reducía a las procesiones. Al margen de obras de caridad que las distintas cofradías pudiesen llevar a cabo, desconozco si existían actividades más allá de la salida procesional y de alguna celebración eucarística o del piadoso ejercicio del viacrucis, todo ello dentro del periodo cuaresmal. La bibliografía tampoco ofrece muchas luces sobre las posibles actividades de las cofradías.

Hoy las cosas han cambiado y podríamos hablar de un calendario cofrade que, haciendo un símil y salvando las distancias, ha ido ajustándose al calendario escolar o académico, que, en buena parte, marca el ritmo de muchas de nuestras actividades.

La apertura el pasado 4 de Octubre de la muestra del XXXIII Concurso de Fotografía de la Semana Santa Salmantina podría marcar la inauguración o el banderazo de salida de nuestro particular curso. Una muestra de 41 fotografías de entre las que saldrá el cartel anunciador de la misma. Una buena señal de arranque para poner los motores en marcha, recordando momentos de la pasada Semana Santa y ofreciendo a cada cofrade el poder imaginar o visualizar "su cartel". Aunque, como suele ocurrir, nunca lloverá a gusto de todos cuando se conozca la decisión del jurado calificador, me pareció una buena muestra con una serie de fotografías (del orden de un 20%) que a buen seguro no harán fácil aquella decisión.

Si ese concurso podría suponer la señal de salida, el programa de la pastoral cofrade, preparado por la Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades, ofrece una buena muestra de actividades a lo largo de este curso 2017/18. La Oración Cofrade cada primer sábado de mes en la Catedral Nueva (desde el 7 de octubre al 7 de abril), los Lunes Cofrade (desde el 16 de octubre al 18 de junio), con una serie de temas de interés impartidos en distintas sedes (este año con especial atención al IV centenario del voto de la ciudad de Salamanca y su Universidad al Misterio de la Inmaculada Concepción), y el Aula Cofrade con distintos cursos formativos. Un esfuerzo de la Coordinadora que merece también nuestro esfuerzo y atención para asistir, cuando sea posible, a las actividades programadas.

Por parte de algunas cofradías también se contempla este amplio periodo para la programación de acciones formativas, jornadas de oración y actividades culturales, que se inician a mediados de septiembre con la Salve Poética a Nuestra Señora de las Lágrimas (Hdad. de Nuestro Padre Jesús Flagelado), a la que siguen la Proclama por la Paz y el Espíritu de Asís durante el mes de octubre (Hdad. Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad), para continuar con otros diversos actos que alcanzan un nivel importante durante el periodo navideño, antes de entrar de lleno en los preparativos de la actividades cuaresmales y de la Semana de Pasión.

En este curso cofrade, los exámenes finales serían las procesiones, que suponen la manifestación pública de nuestra fe y buscan una sensibilización de quienes las contemplan, hacia los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor, así como hacia las intenciones y objetivos que orientan el carisma de cada hermandad. Aunque no suspenderemos los exámenes como para repetir en septiembre, sí es bueno que nos preparemos durante el curso, tanto a nivel general (a través del programa de la Coordinadora) como de cada cofradía, para profundizar en el sentido de la pertenencia a las mismas y en el conocimiento de sus fines, así como lo que supone y exige hacer una manifestación pública de fe en la calle. Solo así sacaríamos el sobresaliente, que en nuestro caso no es otro que provocar con nuestra actitud la fe y piedad de cuantos presencian nuestras procesiones y su entendimiento y acercamiento a los objetivos de las cofradías y hermandades.


viernes, 6 de octubre de 2017

Francisco Gómez Bueno

Viaje a las fundaciones. Grabado de Antonio Veredas

Medio oculto por otras circunstancias acuciantes de la actualidad y algo apartado de los oropeles propios de las grandes "apuestas" políticas, lo cierto es que la próxima semana da inicio uno de los acontecimientos más importantes de los que se nos presentan en un futuro inmediato. Este 15 de octubre arranca el Año Jubilar Teresiano, según el Decreto de Penitencia Apostólica que ha incluido como templo jubilar el Convento de la Anunciación de Alba de Tormes.

Atrás queda el brillo de las celebraciones del V Centenario de Santa Teresa de Jesús, donde se llevó a cabo un importante trabajo de reivindicación de una figura universal de la espiritualidad y donde se pudo apreciar el enorme impacto de esta mujer única en la creación artística.

Pasadas las multitudes y la efeméride, ahora nos encontramos ante una conmemoración que busca otro tipo de "público". Una peregrinación sin duda más solitaria, si acaso más honda y en definitiva más "descalza" en el sentido teresiano de la palabra.

Así que se nos presenta una nueva oportunidad para la reflexión, la espiritualidad y la búsqueda de sentido a todo esto que nos rodea. Además, también es una magnífica ocasión para resaltar esas huellas teresianas que pasados los programas especiales de promoción –orientadas fundamentalmente a la captación de visitantes– a veces van quedando atrapadas por el olvido o la indiferencia.

Y es que la historia de las fundaciones teresianas nos enseña mucho. "Nunca dejé fundación por miedo del trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción", escribe de su puño y letra esa mujer única en una época de hombres, monja de cuerpo débil, atacado por mil enfermedades y dolores, que supo, sin embargo, poner en pie el mayor proyecto de reforma espiritual de su tiempo.

Teresa ha fundado San José de Ávila y tras cinco años de intensa vida según la regla primitiva, obtiene licencia para fundar más conventos según su nuevo estilo de vida. Ha pasado por Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo y Pastrana antes de llegar a Salamanca.

Ha tardado en venir porque alberga muchas dudas sobre la conveniencia de fundar aquí. Hay que tener en cuenta que los monasterios reformados solo viven de las limosnas que reciben y Teresa reconoce que "por ser muy pobre el lugar, me había detenido hacer allí fundación". Fíjense: año 1570. La ciudad en la época dorada de su Universidad; con más de 20.000 habitantes, de los que 7.000 eran estudiantes; con conventos de todas las grandes órdenes, con iglesias y casas blasonadas por doquier y, sin embargo, con una buena parte de los salmantinos pobres de solemnidad. Casi nunca es oro todo lo que reluce.

El caso es que empujada por sus confesores pide licencia y la obtiene del obispo González de Mendoza y se presenta en la ciudad con la compañía de dos frailes y una monja, María del Sacramento. Como cuando llega la casa que había apalabrado para su convento "no se había podido desembarazar" de los estudiantes que la habían alquilado para el curso, se dirige al colegio carmelita de San Andrés.  En sus primeras horas en la ciudad localiza en una de las tiendas de la Ribera dos lienzos algo toscos pero muy devocionales –un Ecce Homo y un Descendimiento– que compra como primer patrimonio del nuevo convento y en los que invierte los 14 reales que traía como único capital a la ciudad (cuadros que se conservan todavía hoy en poder de la comunidad de carmelitas de Cabrerizos).

Cuando ya es de noche, le comunican que la casa de Gonzaliáñez (hoy Casa de los Ovalle) ya está libre y Teresa de Jesús decide ocuparla sin más dilación. Contrata al carpintero Pedro Hernández para que acometa los trabajos prioritarios para dar uso conventual al caserón, lo que empleará al artesano hasta las cuatro de la mañana. A esa hora se marcha de una casa que habían abandonado ya los dos frailes, en busca de las monjas que habrían de formar parte de la primera comunidad. Se acaba octubre, es plena noche de Ánimas y Teresa de Jesús y María del Sacramento se quedan completamente solas en la casa en la madrugada: "Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el miedo de mi compañera, que me da gana de reír".

Y es que María del Sacramento teme que los estudiantes, enfadados por haber tenido que salir a toda prisa de la casa, se hayan quedado en alguno de los desvanes y puedan gastar alguna broma. Así que, mientras esperan el día tendidas ambas sobre un poco de paja, pregunta María a Teresa: "Madre, estoy pensando, si ahora me muriese yo aquí, ¿qué haríais vos sola?".

Mientras suenan las campanas de toda la ciudad por los difuntos, Teresa responde: "Hermana, de que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir".

No valían supersticiones con esta mujer singular que lamentaba, mientras escribía algunos años después de aquel episodio el capítulo correspondiente en el Libro de las Fundaciones, todavía no haber acabado de "allanar" la casa de Salamanca.

Ciertamente, muchas vueltas darían las madres hasta acabar en su actual comunidad junto al Tormes en Cabrerizos. En una historia que no es sino el reflejo de que en Salamanca, por motivos que quizá se nos escapan, cuesta mucho más lo que en otros lugares es fácil. Ahora aplíquenlo a cualquier faceta de la vida, cofrade o no, y verán que las cosas no han cambiado tanto.

Eso sí, dejó escrito Teresa de Jesús que "importa mucho una muy grande y determinada determinación de no parar hasta llegar al fin, venga lo que viniere, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera se hunda el mundo".

Sí, son tiempos recios. Feliz año jubilar teresiano.


miércoles, 4 de octubre de 2017

Eva Cañas

Cruz de guía de la Hermandad del Amor y de la Paz; al fondo, la Catedral Nueva | Foto: Heliodoro Ordás

172 días. 5 meses y 19 días para el Viernes de Dolores. 5 meses y 21 días para el Domingo de Ramos. Y 5 meses y 28 días para volver a iniciar la cuenta atrás el Domingo de Resurrección. Así es la vida. En ocasiones consiste en esperar y contar los días que pasan, uno tras otro. Y en Semana Santa a veces se comete ese error: esperar a la Semana de Pasión sin pensar en todo lo que supone ser cristiano y pertenecer a una hermandad.

Bajo mi punto de vista, ser cofrade tendría que ir mucho más allá, pero no sucede siempre. En ocasiones, es pérdida de ilusión. Todavía queda mucho por arreglar en el seno de muchas hermandades y que llega a la sociedad: rencillas, luchas de poder, postureo… Sí, el postureo es un mal que afecta no solo a Salamanca, sino a otras zonas donde la Pasión corre por las venas. Y no gustará que lo diga, pero en ocasiones hay mucho postureo. El postureo debería invertirse, y que los cofrades estén también en los momentos malos, o del lado del que necesita una mano.

Más humildad sería un punto a favor de todas ellas. Mirar en el bien común. Somos cofrades, no números que se definan por su antigüedad. Un cargo tiene que ser sumar, quizás el que más, sin esperar nada a cambio, y siempre desde la humildad. Otro requisito es tener la mente abierta a escuchar opiniones contrarias, respetarlas y tratar de llegar a un entendimiento.

En la Semana Santa echo de menos más unión entre las distintas cofradías. Al fin y al cabo, nuestra devoción es una única imagen, reciba el nombre que reciba como advocación. Echo de menos fomentar más encuentros entre hermanos alrededor de sus imágenes. Para rezarlas y venerarlas más allá de los días Santos. Más diálogo para descubrir los entresijos de tu hermandad, sus orígenes, su evolución... En definitiva, más formación cofrade que no existe en la actualidad en las cofradías. Eres nuevo, te das de alta, pagas la cuota, te pones el hábito, cargas una imagen o un enser y luego, ¿qué pasa?

Hay que aprender y enseñar a rezar, a vivir la fe en el día a día, a respetar a los demás, a ser ejemplo en la vida cristiana. En definitiva, a ser buena persona ante todo. Y a día de hoy, quizás echo de menos esos valores en la Semana Santa. Estamos a tiempo de arreglarlo. Quizás nuestra Semana Santa se merece una segunda oportunidad, para enmendar los errores. ¿Se la doy? ¿O me rindo?


lunes, 2 de octubre de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

La sombra de la cruz entre palabras, poemario con oraciones a todas las imágenes de la Semana Santa de Salamanca

Dentro del amplio marco de celebraciones del 75 aniversario que la Junta de Semana Santa de Salamanca está llevando a cabo durante este 2017, no podía faltar de ningún modo la poesía. Resulta sorprendente, para quienes no conocen la idiosincrasia cultural de nuestra ciudad, que los poetas tengan tanto y tan buen espacio dentro de la actividad cofradiera de la Semana Santa de Salamanca.

Esta realidad que muestra la vinculación de varias cofradías con el fascinante mundo del verso comienza hace años con ese acto señero, que es ya reconocido como una de las citas que más interés despiertan, dentro del panorama cultural salmantino. El Poeta ante la Cruz ha pasado, de ser un hecho cofrade, a un encuentro abierto con el poeta, a través de un poemario, que leído en ese escalofriante espacio del coro catedralicio, ante el Cristo de la Agonía Redentora, pone los pelos de punta.

Si a este acto sumamos los de Luz y Palabra, organizado por la Hermandad del Silencio, la Oración Poética que organiza la Hermandad de Jesús Despojado, la Salve Poética que por segundo año ha impulsado la Hermandad del Flagelado o la Proclama por la Paz que, organizada por la Hermandad Franciscana, abarrotaba la iglesia de las Franciscas el pasado domingo, nos daremos cuenta de que la poesía ciertamente tiene un espacio afianzado dentro del panorama cultural de las cofradías y hermandades de nuestra ciudad.

Por esta razón nace la idea de editar un poemario con oraciones a todas las imágenes de la Semana Santa, acompañadas por fotografías y los poemas manuscritos por sus autores.

Así va configurándose La sombra de la cruz entre palabras, durante meses, en la actividad creativa de un grupo de poetas cristianos salmantinos, mientras por otro lado el fotógrafo José Fernando Santos Barrueco escoge las fotografías que deben acompañar los poemas y esa portada espléndida que Carmen Cardona ha conseguido para envolver la que ha sido calificada como una joya literaria de nuestro tiempo.

Isabel Bernardo, Celia Camarero, Luis Felipe Delgado de Castro, Elena Díaz Santana, Asunción Escribano, J. M. Ferreira Cunquero, Quintín García, Mª Carmen Leonís Lozano, Fructuoso Mangas, Julio de Manueles, Mercedes Marcos, José Luis Puerto, José Fran Rosario y Soledad Sánchez Mulas, dentro de las casi doscientas páginas, dejan su sello con entrega y desnudez, en un libro que quizás sea muy valorado cuando medien las añadas, como caudal de reposo que mide sin reservas el valor de los posos poéticos, que sobrepasan por si mismos las fronteras del tiempo.

El libro fue presentado el pasado 18 de septiembre en el Casino de Salamanca  por fray Xabier Etxenike, guardián de los Capuchinos, y fray Ricardo de Luis Carballeda, prior de los Dominicos. Su lectura se llevó a cabo con la intervención de los poetas en el impresionante marco de las ruinas del convento de San Francisco el Real.

En un gesto altruista, los poetas donan las oraciones a las cofradías y hermandades de Salamanca, para que puedan ser utilizadas en revistas, estampas o en cualquier otro tipo de publicación, con la única premisa de que debe ser mencionado el autor del poema.

Sin duda estamos ante un libro que merece la pena por sus contenidos, que traspasan, más allá de las propias imágenes, los trasfondos de la inspiración, para acercarnos a los momentos claves de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Una publicación que ha sido posible gracias a la Junta de Semana Santa y a la figura de de su presidente que, desde la presentación del proyecto, lo apoyó hasta ver la luz hace unas fechas, en esta docta e inigualable Salamanca.


jueves, 28 de septiembre de 2017

Félix Torres

Hermanos de carga del Cristo de los Doctrinos, de la Cofradía de la Vera Cruz | Fotografía: Daniel de Arriba

Comienza el curso, estrenamos otoño y todos recordamos, como si fuera ahora, esos días de septiembre en los que la televisión nos bombardeaba con multitud de diversos, casi inimaginables, coleccionables de los que muchos se quedaban en el primer fascículo y la mayoría, una vez relajada la fiebre del coleccionismo, no pasaban de los tres o cuatro primeros. Ahora, no sé si se han dado cuenta, los anunciantes han sustituido el sutil estímulo para llenar nuestras estanterías por otro quizá mucho más saludable por el que no dejan de anunciarnos gafas y más gafas. Cientos de gafas de cuantas marcas y modelos posibles haya en el mercado.

Pues entonces, con gafas relucientes y propósitos por estrenar, comencemos el nuevo curso con la ilusión de escolares con la cartera repleta de cuadernos y lapiceros a los que dar un primer uso y pongámonos manos a la obra para retomar aquello que el calor veraniego dejó arrumbado a la fresca sombra vacacional.

Podría comenzar por escribir sobre las normas diocesanas para las cofradías, aún en formato borrador, recién presentadas a los cofrades. Pero hay voces mucho más autorizadas que la mía para hablar de ellas, por lo que abandono la opción, no sin agradecer a esos cofrades comprometidos en su redacción la inversión de tiempo que han realizado en bien del resto.

También hubiera podido dedicar estas líneas, dado que está próximo el acto de entrega, a esa Medalla de Oro de la Ciudad a nuestra Junta de Semana Santa y a lo que debiera representar de cara al futuro. Pero, aparte de mi felicitación a cuantos cofrades se sienten –nos sentimos– parte de esa Junta, sé que también hay quienes loarían mucho mejor que yo el acto y su parafernalia, por lo que mejor lo dejo en sus manos.

Así que, seguramente dictado por mi subconsciente en el regreso a la mesa del despacho y la tiza en el encerado, retomo el otrora candente tema de las vacaciones escolares primaverales (que ha dejado de ser correcto denominarlas de Semana Santa), para dejar mi opinión por si fuera de utilidad en el momento de volver a tratar el tema, si así se hiciera, en las instancias correspondientes.

Y tengo la sensación de que, a veces, más de las que quisiera, nosotros, los cofrades, nos vemos como centro de casi todo, ombligos del mundo que nos rodea, sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta de que desgraciadamente somos minoría se mire por donde se mire. Cada vez más minoría.

Que si las vacaciones deben ir según nuestras normas, que si cortamos las calles por procesiones y todos deben aceptarlo, que si los hermanos de carga somos el soporte de nuestra Semana Santa, que si los nazarenos somos lo único salvable de esta pasión, que si…

En definitiva (y seguro que como en cualquier círculo dedicado a las temáticas más diversas), no vemos la viga en ojo propio ni el bosque que nos rodea. Estamos tan inmersos en lo nuestro, tan seguros de que nos gusta/apasiona esta devoción, que somos inconscientemente incapaces de dar opciones a quienes no opinan como nosotros.

Pienso en vacaciones (aunque podría ser igual para cualquiera de los muchos temas que nos ocupan frecuentemente) y me pongo en el lugar de quienes no ven la Semana Santa como eje vertebrador de su segundo trimestre. Para ellos, lo de menos es cuándo celebrarlas sino que permitan una conciliación familiar, en caso de ser necesaria, o que se alarguen en el tiempo lo más posible para que el descanso sea efectivo, que en esto todos quisiéramos ser funcionarios de la educación. No se plantean ni el momento ni el lugar salvo para programar una visita a aquella ciudad con procesiones tan populares. Para eso sí recuerdan que es Semana Santa, si acaso. No se preocupan de si sus hijos deben ser educados en esta fe-cultura-tradición si ellos jamás pisaron una calle sujetando un cirio y bajo un hábito nazareno.

Así, en este caso, los cofrades, más que sentirnos protagonistas imprescindibles, tendríamos que sabernos minoría y aprovechar la coyuntura. Ser respetados como minoría y exigir nuestro derecho a celebrar, cual si de Ramadán, WorldPride o independentismo provinciano se tratase. Así, no habría alarma si nuestros reposteros cuelgan de las balconadas municipales, si nosotros cofrades, manifestamos nuestra fe abiertamente cortando las calles para ello o si exigimos unos derechos "excesivos" de los que, como minoría, nos sabríamos acreedores.

Sintámonos y seamos orgullosa minoría, porque ello nos abrirá puertas hasta ahora cerradas a cal y canto. Basta de complejos, ni de superioridad ni de inferioridad, que por ser grupo minoritario (y casi en peligro de exclusión) hemos de sobrenadar como espuma de cerveza.

Lástima que además de minoritarios seamos también cristianos. Eso ya no está visto con la corrección política (de la politesse francesa) con que se mira a otros grupos menores y hace que mis propuestas no queden sino en mera ilusión. Pero por intentarlo…


lunes, 25 de septiembre de 2017

Pedro Martín

Presentación del borrador de las normas diocesanas para cofradías el pasado sábado en San Julián | Foto: Óscar García

El pasado sábado, con la presentación del borrador de las normas diocesanas, dábamos un nuevo paso en la pretendida renovación cofrade iniciada en la Asamblea Diocesana que concluyó hace un año con un mandato claro para las cofradías: "Dotarlas de un marco normativo diocesano que ayude y oriente en su renovación espiritual y acción pastoral y contribuya a su inserción eclesial".

Durante este año, se formó una comisión para elaborar estas normas, comisión que estuvo integrada por cinco laicos cofrades y el vicario general de la diócesis y que, con un esquema inicial de trabajo, lanzó este reto en noviembre de 2016 a todas las cofradías mediante una carta para animarles a hacer todo tipo de aportaciones desde la reflexión y el diálogo. Desgraciadamente no recibimos ninguna aportación, tan solo una súplica de una pequeña cofradía rural que pedía ayuda, pero es lo que hay.

Tras varias reuniones, se confeccionó un primer borrador que quiere dar respuesta al mandato de nuestro obispo al terminar la Asamblea: "Haced un traje a medida". Y se ha intentado, a medida de nuestra realidad eclesial y sin perder de vista toda la realidad cofrade, que no acaba en la Semana Santa y mucho menos en los límites de nuestra ciudad.

Las normas deben entenderse en una verdadera clave pastoral con varios pilares fundamentales que son el núcleo de la misma y que con la ayuda de todos –cofradías y diócesis– debemos perseguir como objetivo.

Eclesialidad, instrumento de santidad, responsabilidad en el anuncio de la fe, evangelización, presencia en el mundo de hoy y Doctrina Social de la Iglesia son términos que marcan el texto ya desde su preámbulo y que debe ser un verdadero plan pastoral cofrade para que sirva a la causa del Reino de Dios.

A través del documento se busca fomentar y alentar el papel de las cofradías, dado su singular potencial, en el cuidado pastoral de la piedad popular, en los sacramentos de la iniciación cristiana de sus miembros, en la pastoral juvenil y familiar y en el diálogo fe-cultura y, además, se les confiarán determinadas tareas apostólicas en aras a la progresiva asunción de responsabilidades eclesiales por parte de los laicos.

Casi nada…

Evidentemente, el texto reglamenta algunos aspectos de la vida de las cofradías empezando por la inserción eclesial y la Coordinadora de Cofradías como elemento integrador y representador de la realidad cofrade en la diócesis. Contemplan desde el proceso de creación de las mismas, a la necesaria administración de los bienes, pasando por los estatutos, juntas de gobierno o miembros de las cofradías. Me gustaría resaltar que en este último apartado se pone un gran énfasis en la formación de los cofrades, como oportunidad de evangelización, ofrecerla, motivar a ello, insistir en la práctica sacramental.

Por último hay un capítulo donde se regula el culto externo de las cofradías: procesiones, viacrucis, rosarios, extraordinarias… siempre desde el prisma pastoral, para que de verdad sean un instrumento evangelizador y una verdadera catequesis en la calle.

¿Y ahora qué? Pues ahora entramos de nuevo en un periodo de reflexión y diálogo, donde las cofradías podrán de nuevo aportar sus sugerencias a la luz del texto completo para después integrarlo y presentarlo a los consejos diocesanos y a la aprobación de nuestro obispo.

Nos queda camino por delante para una verdadera renovación pastoral cofrade. Paso a paso entre todos lo conseguiremos.


miércoles, 20 de septiembre de 2017

F. Javier Blázquez

Fragmento de la pintura mural de Genaro de Nó para la capilla del Hospital Clínico Universitario | Foto: JMFC

La sensibilidad por el patrimonio artístico no es algo que cotice precisamente al alza. La relación anual de las agresiones es más amplia de lo que en general se cree y en ella, como no podía ser de otra manera, el arte religioso ocupa alguno de los puestos destacados. La falta de información, la dejadez administrativa, la omisión de la vigilancia o la relegación del asunto por otro tipo de consideraciones son factores que explican muchas de las barbaridades que habitualmente se perpetran en nuestro entorno, municipal o diocesano.

Oteando el horizonte intuyo que próximamente, si Dios no lo remedia, podemos despedirnos de una de las pinturas más impactantes y originales que sobre el viacrucis de Cristo se han realizado por estos pagos del antiguo reino. Pocos autores de nuestra época han logrado plasmar con tanta hondura el dramatismo del camino hacia el Gólgota como Genaro de Nó. Este destacado pintor salmantino, congregante durante toda su vida de Jesús Nazareno, llevaba en las entrañas el misterio de la cruz a cuestas. ¡Cuántos viernes santos haciendo el recorrido hasta la ermita de la Cruz con su encuentro en la calle de la Amargura! ¡Cuántos atardeceres acompañando al Nazareno por Compañía, Libreros y catedral, para regresar en la noche ya cerrada hasta la iglesia de San Julián! ¡Cuántas veces cargando junto al maestro la cruz de todos los pecados! No en vano, Genaro de Nó pertenecía a la familia más cofrade de Salamanca, porque está probado que desde el siglo XVIII todos sus antepasados fueron congregantes nazarenos. El camino hacia la cruz formaba parte de su vida y, cuando en 1975 le encargaron la pintura mural de la capilla del Hospital Clínico Universitario, el tema elegido fue el viacrucis. ¿Acaso podía ser otra en un centro hospitalario? ¡Y qué viacrucis! Allí quedó lo mejor que llevaba dentro.

La genialidad de abarcar todo el itinerario con una sola cruz, enorme, y disponer a lo largo del madero los símbolos o personajes de todas las estaciones, merecería por sí sola el reconocimiento que la historiografía local del Arte hasta ahora le ha negado, igual que a otros muchos. El expresionismo que se adueña de los personajes sugiere tanto que no hace falta ya que nos muestren el rostro. Los ademanes y gestos, los pliegues de los ropajes, la más que austera gama de colores, resultan elementos más que suficientes para transmitir el drama de la Pasión que se concentra en ese recorrido. A pesar de todo, el fondo teológico que encierra la composición no puede soslayar el verdadero significado del dolor y la muerte, abiertos siempre a la esperanza, mostrando aquí al Cristo redivivo que ahora ya sí permite la contemplación del rostro.

Conscientes de la importancia de esta obra, en la edición de 2008, la revista Pasión en Salamanca incluía un extraordinario artículo de Montserrat González, titulado El camino de la Cruz de Genaro de Nó. Con él pretendimos revindicar su valía y darlo a conocer al gran público, puesto que para muchos había pasado desapercibido.

¿Por qué, entonces, tras anunciar los gestores sanitarios de la Junta de Castilla y León el derribo del Hospital Clínico, una vez termine de construirse el nuevo hospital, nadie ha denunciado que se perderá esta obra de arte tan notable? Resulta que la diócesis, en este caso, nada puede hacer, porque aunque designe capellanes, la capilla no le pertenece. Pero hay comisiones de patrimonio que parecen no enterarse de que en los hospitales, además de los cuadros de Vaquero Turcios que un gerente chorizo se llevó a Valladolid, existe también una valiosa pintura mural, que por eso no se la pudo llevar, pero que por eso, precisamente, si no se hace nada, se perderá con la demolición del edificio. De los tocapelotas podemitas que tanto chillan cuando se trata de construir un puente o edificio nuevo, autoproclamados en algún caso defensores del patrimonio, mejor no hablar, que cuando de arte religioso se trata ni están ni se les espera. Pero alguien tendrá que hacer algo, porque medios hay para preservar la pintura sin tener que paralizar ningún derribo. El Museo Nacional de Cataluña, por ejemplo, incluye entre sus fondos la mejor colección de pinturas románicas del mundo. Y mucho más difícil resultó en su día separar los frescos de la pared que retirar ahora este tipo de pintura superficial. Los medios técnicos existen desde hace décadas y no son excesivamente caros cuando lo que está en juego es preservar el patrimonio artístico de la ciudad. De no hacerse así, con la pintura de Genaro de Nó sucederá lo mismo que con otras obras de arte destruidas en estos tiempos en los que ya nos considerábamos civilizados. Sucederá que tendremos que estudiarlas a través de las fotografías y descripciones que alguno, gracias a Dios tuvo, el acierto de realizar.


lunes, 18 de septiembre de 2017

Abraham Coco

Patio Chico de Salamanca, donde tiene su sede la Tertulia Cofrade Pasión | Fotografía: Pablo de la Peña

Ahora que el verano claudica para que todo vuelva a comenzar, también regresamos a esta casa común de la reflexión, el debate y el pensamiento cofrade que estrena su cuarta temporada. El otoño entrará esta semana en nuestras rutinas, también en las de las hermandades, que recuperan sus ciclos de cultos y actividades interrumpidos para facilitar el descanso estival siempre reparador.

Vimos en los periódicos y en los telediarios cómo hubo quién, en nombre de sus derechos y libertades, pasó por encima de los del prójimo para sembrar su odio entre el forastero, al grito anglosajón de turists, go home! que quiere decir turistas, aquí sobráis, puerta, volveos a vuestras casas. Para algunos, aquellos que rehuyen el dialogo sosegado y lo sustituyen por la coacción y la pintada en muro ajeno, el viajero pasa a engrosar la lista negra de quienes son diferentes a ellos.

No desearía que una normal evolución de esas actitudes de intolerancia y rechazo derivaran, quién sabe, en algún tipo de cofrades, go home! que, en nombre de esos mismos derechos y libertades que se propusieran pisotear, instaran a las hermandades a dejar a la calle y recluirse en sus templos como ya se ha escuchado pedir, con mayor o menor disimulo y educación, en otros ámbitos de la vida eclesial. Claro que podría darse el caso de que la petición fuera hasta pertinente y que quien estas líneas firma incluso se sumara a ella, pues tampoco están nuestras plazas para ser procesiódromo de las cuatro estaciones, de ensayos injustificados, traslados evitables y desfiles suprimibles. Como en casi todo, la mesura es ingrediente apreciado para evitar el estallido de una burbuja capillita.

Frente al tono amenazante del turists, go home! este cofrades, go home! sería como de madre en noche de invierno. Esta misma semana se presentará el borrador del marco normativo diocesano para las cofradías que, sumado a los nuevos estatutos estrenados el año pasado por la Junta de Semana Santa, habrán de ser nuestra brújula en este y otros asuntos de interés para la pastoral y la vida cofrade. Por delante se abre un curso para, con otro anglicismo excluyente, desterrar el tan trumpuniano lema Mi cofradía, first! por un saludable y conciliador Nuestra Semana Santa, first!.


jueves, 13 de julio de 2017


Fotografía: Pablo de la Peña

La edición digital de Pasión en Salamanca cierra el curso. Después de tres temporadas en funcionamiento puede afirmarse que la iniciativa surgida con motivo del 25 aniversario de la entidad editora, la Tertulia Cofrade Pasión, está ya consolidada. Pasión en Salamanca on line nacía con la finalidad de mantener durante todo el año, con carácter estable, un medio de difusión para la opinión y el pensamiento vinculado a la celebración popular de la Semana Santa. Y tras esos primeros balbuceos, un poco improvisados como suele suceder siempre en los albores de cualquier empresa, clausuramos ahora la tercera temporada con la satisfacción del deber cumplido.

El curso se iniciaba con el reto de ampliar a tres las colaboraciones semanales entre octubre y junio. Para ello había que incrementar el número de colaboradores, procurando mantener los equilibrios estilísticos y temáticos que requiere una publicación de este tipo. Y se ha conseguido. Además, efectivamente, han estado presentes las distintas sensibilidades, pareceres, gustos y criterios que se dan en torno al fenómeno semanasantero. La prueba es que los lectores habituales u ocasionales han mostrado su entusiasmo con algunas de las columnas, pero también su desacuerdo o incluso enfado. Y eso es muy bueno. Es lo que se pretendía, que a veces todos acaben identificándose con las consideraciones expuestas, para ratificar sus ideas, pero que también lean aquello con lo que no coinciden, porque esta es la forma de generar nuevas expectativas. Desde el respeto se pueden y deben verter opiniones contrapuestas, porque la Semana Santa, igual que la vida, no es monocolor.

Evidentemente, la entidad editora tiene su criterio sobre el cómo debe entenderse y organizarse todo lo concerniente sobre esta expresión de la religiosidad popular en la que centramos nuestra actividad. Y así lo ha expresado en reiteradas ocasiones, cuando ha sido necesario. Pero también es cierto que entre los principios editoriales de esta institución están el respeto a la pluralidad y la escucha del discrepante, con la única condición de evitar las descalificaciones directas, amén, evidentemente, de mantener los mínimos exigibles en la corrección formal que se presuponen a cualquier aficionado al género de la columna. Por eso y solo por eso es tan sano que a lo largo del curso haya habido también columnas que para nada encajan en la línea editorial de Pasión en Salamanca. El autor siempre será el responsable de sus palabras, que son opinión y la opinión es libre.

Los resultados han sido muy satisfactorios porque, en líneas generales, los objetivos se han cumplido con creces. Y esto se debe por encima de todo al extraordinario grupo de colaboradores, columnistas y fotógrafos, con el que cuenta Pasión en Salamanca, en la publicación tradicional y en la edición digital. La entidad promotora pone el espacio y ordena un poco, pero la calidad y el éxito final está en la cualificación de quienes altruistamente ponen su tiempo y capacidades al servicio de mejorar nuestra Semana Santa, que es en definitiva de lo que se trata. Para eso se puso en funcionamiento esta iniciativa. A todos ellos, columnistas y fotógrafos, nuestro reconocimiento y gratitud.

Ahora descansamos dos meses, que estamos en verano. A mediados de septiembre, cuando por la Exaltación de la Santa Cruz y los Dolores de Nuestra Señora se reinicie la actividad de nuestras cofradías, regresaremos con las energías renovadas, dispuestos a continuar en esta misma línea. A todos los lectores, buen verano.


domingo, 9 de julio de 2017

Conrado Vicente

La Virgen de la Esperanza, acompañada por sus cofrades, cruza el Puente de Piedra de Zamora | Foto: Alberto García Soto

Deshace uno las montañas de papeles, estío purgativo, que se han acumulado durante los últimos meses en las esquinas de la mesa: semanales de prensa, programas de los Van Dyck, el borrador de la renta, y a la altura como de tres meses varias revistas semanasanteras, boletines de hermandad, algunos pregones y un rosario de itinerarios, o sea, los que hacían peligrar, por su reducido tamaño, y desequilibraban la estabilidad de la pila.

Vuelvo con ellos, quizá por última vez antes del abandono estival y porque con este despeje general dejarán de estar a la vista, a las calles zamoranas forradas de devotos carteles de procesión, al olor de la madera recién patinada en el Museo, al acelerado paseo para recoger las velas el jueves de Pasión con fugaz visita a Nuestra Madre presta para la Novena, a los cielos de Zamora en abril cuando el Nazareno se funde con las nubes del ocaso. Regreso a la luz de la mañana de Ramos, chaqueta blanca, pregón y ladrones de ternera, todo al lado del río Duradero de Claudio Rodriguez, cuyas aguas aguardan los vaivenes del trono de La Esperanza y los pies desnudos de sus hermanas. Vuelvo al gentío del lunes, anhelante de marchas, esquilas y caperuz, al balcón de Paco Gus, y a los amigos de aceitada y Buena Muerte y a sus lágrimas de fe.

Y llego al jueves de procesión. En un rincón de frescura y ciprés, me abandono a la levedad de su discurrir, aleteos de capa y color, el Puente, la Saeta de Balborraz; evoco las miradas emocionadas de la acera hurtadas desde el caperuz, colección de sentimientos, la vida sin más. Voy y vengo al ayer y del ayer, al tiempo de la candidez, recuerdos incompletos, difuminados, de otras Semanas Santas de viejas fotografías y rostros conocidos, de encuentros y de ausencias. Me vienen los cánticos en latín, el crepitar de las teas, los contraluces de la Vera Cruz, las cruces de la madrugada, y el pan con ajo, agua y pimentón como si ahora mismo lo estuviera degustando. Acudo a la fila del Santo Entierro, a la acera en Nuestra Madre, a la barra del Aureto para el último gin-tonic y nos dan las tantas por Viriato cantando la marcha de Thalberg.

Los cohetes de Resurrección y el aleteo de las despavoridas palomas me despiertan de mi hipnótica placidez, ¡uno, dos, tres, ya!, semanasantera y zamorana. Archivo itinerarios, entradas de conciertos, el menú del almuerzo-homenaje al pregonero, las pipeleras con la impresión del vetusto cimborrio de la Catedral, todo aquello que me evoque olor a pana, incienso y alcanfor. Para tener donde acudir, en tarde de estío y recuerdo, cuando la memoria titubee y le cueste encontrar, como a las viejas radios, la sintonía. Todos llevamos una ciudad dentro (1), y un tiempo y unas imágenes que nos ligan a ella y nos reconfortan ante las agitaciones de cada jornada. Estas limpiezas bien merecen el esfuerzo. ¡Qué lejos nos queda el mar!


 (1) Claudio Rodríguez. Poema La Ciudad del Alma


lunes, 3 de julio de 2017

Tomás González Blázquez

Promesa del silencio de la Hermandad Universitaria en el Patio de Escuelas | Fotografía: ssantasalamanca.com

"Se buscarán caminos para que todas las prácticas de piedad popular contribuyan a la renovación espiritual de las muchas personas que en ellas participan, aspirando a profundizar en el sentido de vivencia personal y del testimonio de nuestras manifestaciones espirituales en espacios públicos; que sean bellas, dignas, que generen preguntas y susciten búsquedas".

La Asamblea Diocesana en vías de aplicación no trató con detenimiento ni la religiosidad popular ni las procesiones u otras manifestaciones públicas de fe, pero sí abrió la puerta a hacerlo, reconoció su relevancia como no lo había hecho la Iglesia salmantina en anteriores ocasiones, y en definitiva acordó unas breves y aprovechables orientaciones como las que encabezan este texto.

Conviene recordar que las prácticas de piedad popular se suceden en la vida de fe de personas y familias, y que en el caminar de la comunidad parroquial, sin cofradías de por medio si es que no las hay, lo popular aparece con la naturalidad con que debe ser acogido. Allí donde se ha cuidado ha dado frutos. Señalo también que existen posibles manifestaciones públicas de fe que no son procesiones, o que no enmarcaríamos en el ámbito de lo popular o tradicional, aunque debe admitirse que no son demasiadas, que algunas resultan escasamente explícitas y que ese campo ha de ser más y mejor explorado.

Dedico ahora mi reflexión a las procesiones que acontecen en Salamanca, las anuales y las extraordinarias, las de cofradías y las de parroquias, movimientos o institutos religiosos así como las diocesanas. La Asamblea quiere que resulten sugerentes, que interpelen, y que lo hagan a partir de un mínimo exigible de belleza y dignidad, es decir, que su calidad sea aceptable y, aún más, complazcan y apunten a la excelencia. Que la perfección formal sea un medio adecuado para alcanzar el fin propuesto. Hace unos meses en este mismo espacio, Tomás Gil decía, entonces acerca de las obras de arte, que "la belleza no depende del gusto que nos proporciona, sino de su capacidad para comunicar una fuerza creadora y transformante". Y es cierto que, para disfrutar en profundidad y plenitud de una obra de arte, también es necesario educar el gusto, formarse, saber contemplar además de mirar. La procesión, que a menudo incluye meritorias obras de arte, transita ante público diverso, que sabrá contemplar, alguno, o no, casi todos. La procesión pasa y esgrime una pretendida belleza como argumento para atraer y transmitir, para comunicar esa fuerza que transforma. ¿Es la procesión una efímera obra de arte?

Yo respondería con un rotundo sí. Una obra de arte cristiano. En figura de Nacho Pérez de la Sota compartida el pasado mayo en una tertulia a la que acudí, verdadero "teatro sacro". Entiendo que solo desde esa concepción es factible que la procesión sea bella y cumpla sus objetivos. Y será bella cuando sus actores sean artistas que aspiren a comunicar a través de su obra conjunta, donde el genio personal de cada uno se ordena a criterios definidos, aceptados y queridos, pensados y asumidos tras invocar al Espíritu. Será bella si a ellos les parece bella, si ellos la hacen bella, si han educado su gusto predispuesto para ser complacidos y complacer  mediante la procesión. La espontaneidad en el anuncio de la fe, que el Espíritu también puede suscitar, tiene su lugar ordinario en otros contextos. La procesión-función, sin embargo, resultará bella si es uniforme porque nos hablará de comunión y unidad; si es repetida y hasta previsible, porque nos revelará constancia y firmeza; si es versátil sin perder su sello, porque sabrá pronunciarse sin malinterpretar. Así, respetaría el libreto con fidelidad al autor del texto, la tradición de la Iglesia en un sitio concreto, del que la cofradía-directora ha hecho su adaptación al tiempo y los cofrades-actores tienen la responsabilidad de llevar al escenario-atrio callejero. En el patio de butacas y las plateas conviven fervorosos, curiosos, indiferentes y algún hostil que se asomó al ver la puerta, abierta siempre. Todos, sin excepción, público al que complacer la vista, el oído… y el espíritu.

En el lento proceso hacia la belleza de una procesión se parte de una dignidad que se da por supuesta pero que, a veces, no conseguimos. No es digno, es decir, no alcanza una calidad aceptable, que se salga con zapatillas de deporte en lugar de zapatos como hacen decenas de cofrades salmantinos, ni tampoco es digno que en las procesiones extraordinarias participe un porcentaje tan escaso de hermanos y se alarguen los cortejos con representaciones, ni que se convoquen desfiles a sabiendas de que la respuesta será tan limitada que realmente no obedecen a un criterio pastoral sólido, ni que se procesione con imágenes de categoría insuficiente y hasta ínfima o con elementos superfluos. Es cierto que en Salamanca salen procesiones bellas, pero no lo es menos que salen procesiones indignas. La aplicación efectiva de la Asamblea Diocesana demanda como objetivo a medio plazo la belleza de las procesiones, pero exige a corto la dignidad de todas ellas.


viernes, 30 de junio de 2017

F. Javier Blázquez

Carlos López, obispo de Salamanca, en la promesa de silencio de la Cofradía de Cristo Yacente | Foto: Pablo de la Peña

Andamos ya por esas fechas que al mediar el año natural señalan el final del curso. Andamos con los dimes y diretes que, a modo de avanzadilla, anuncian cómo va a quedar estructurada nuestra diócesis tras la Asamblea diocesana. Y como así andamos, lo suyo sería, por ende, esperar para opinar hasta que se hayan aprobado las propuestas enviadas y las resoluciones sean comunicadas de manera oficial. Pero claro, como parece que los crecientes runrunes entre quienes beben de las fuentes más directas de la curia afirman que todo va ya bien atado, nos vamos a arriesgar a esbozar unas impresiones generales que, mucho me temo, no van a ir muy desencaminadas.

Pues por lo que a las cofradías se refiere, que en este espacio es lo que interesa, parece que van a quedar más o menos como estaban, es decir, en el limbo diocesano, sin una consideración específica y perdidas entre la maraña de la nomenclatura eclesiástica que incrementa la ineficacia de manera exponencial a su grandilocuencia. Hablan, los que saben, de delegaciones, secciones, secretariados y no sé cuántos organismos más, creados ad hoc para tal o cual cura, porque todos los que pintan siguen siendo curas. Para qué cambiar aquello que funciona. Unos dicen que las cofradías pasarán a depender de liturgia, y chiste nos parece, ¿verdad que sí? Otros creen que esta vez, aunque sea desde la liturgia, sí saldrá un rinconcito para la religiosidad popular, aunque sin embargo no piensan incluir ahí a las cofradías, porque la piedad popular es algo difuso y estas instituciones tienen que ser homologables a los movimientos (ya saben, Opus Dei, Comunidades neocatecumenales, Legión de María, Comunión y Liberación…), con la diferencia que dependen directamente de la diócesis. ¿No lo ven razonable? Yo pienso lo mismo. Hay quien por contra manifiesta, en una línea más conservadora y enlazando con lo anterior, que deberían quedarse en apostolado seglar, pero añaden a continuación que puede que no sea así porque desde la liturgia se controlan mejor, aunque ya me explicarán cómo. Total, que en medio de este marasmo nada hay claro salvo dos cuestiones: la certeza de que no habrá ni delegación, ni sección, ni secretariado, por un lado, ni se considerarán tampoco en el ámbito de la religiosidad popular.

¡Ah!, y por cierto… ¿de qué cura dependerán? Porque esa es otra y no menos importante. Los rumores apuntan a que cómo para ellas no ha nacido aún al clero la persona idónea, pues el cajón de sastre del vicariato parece lo más oportuno. Supongo que será por eso de buscar ante todo la eficacia, que la experiencia es siempre un grado.

Y así andamos por estas fechas de final de curso, con buen tiempo, elucubrando sobre algo que aún no sabemos. Aunque vete tú a saber, que lo mismo nos llevamos la sorpresa y no sale como pensamos. Pero esta posibilidad, la contraria al runrún de los mentideros, en las casas de apuestas se cotiza mucho, mucho-mucho.

No lo sé, pero a veces tiene uno la impresión de que andamos con exceso de palabrería, construyendo castillos en el aire e interpretando el Cerca de ti, Señor mientras el barco se hunde de manera inexorable… En definitiva, que lo que haya de ser será, que aprueben y decidan bien quienes tienen la potestad y la responsabilidad de hacerlo y, al final, que sea lo que Dios quiera. Feliz verano.


miércoles, 28 de junio de 2017

Javier Prieto

Altar instalado por las cofradías del Cristo de la Agonía y del Perdón en el Corpus Christi | Foto: agoniayperdon.com

El pasado domingo 17 de junio celebrábamos la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, el Corpus, y en estas semanas posteriores, parroquias, conventos y cofradías amplían la piedad eucarística con procesiones sacramentales. No cabe duda de que, en los últimos años ha crecido la implicación en esta tradicional manifestación pública de fe, en torno a la presencia real de Jesucristo en la eucaristía; mayor cuidado en las procesiones, aumento de la representación de las cofradías, erección de altares, adorno de edificios… en definitiva una mayor participación en el hecho puntual de la procesión. Esto es a todas luces loable y positivo, pero ¿es suficiente?

El incremento del compromiso con la fiesta del Corpus se ve en muchos lugares de España y en su mayoría las cofradías o el entorno de las mismas están teniendo mucho que ver. En ocasiones esta participación activa puede contrastar con el proceso de secularización que viven nuestras ciudades y especialmente la disminución de la participación en los cultos eucarísticos. Este contraste reclama de las cofradías la mayor implicación posible a lo largo del año, para que la participación en las celebraciones del Corpus se vea como la respuesta coherente a la fe vivida durante al año.

La eucaristía es el centro de la vida cristiana, en la que Cristo se hace verdaderamente presente para ser nuestro alimento diario, desde ahí nace nuestra devoción a Jesús-Eucaristía; desde esta experiencia se entiende la exaltación pública de la procesión del Corpus Christi. Por ello, los cofrades tenemos un reto permanente, sintiéndonos llamados a ser parte activa de la celebración del Corpus hemos de ser coherentes en el curso cofrade con nuestra vida de fe, y la participación en la misa durante el año, siendo miembros de la Iglesia que acercan al hombre de nuestro tiempo al misterio de amor que es la eucaristía.

Y en este campo, Salamanca –a través de Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades– es ejemplo con la celebración de la vigilia mensual de Oración Cofrade. Un tiempo en el que reunirse en torno al Señor Sacramentado para rezar, contemplar y "alimentarse". Desde esa vivencia de fe, diaria, real, íntima se entiende la participación externa en el Corpus. Que las cofradías seamos en el día a día caminos que acerquen a Dios, para dar luego testimonio público de nuestra fe.


lunes, 26 de junio de 2017

Pedro Martín

María Nuestra Madre, a hombros del turno de carga femenino de Amor y de la Paz | Foto: ssantasalamanca.com

Despedimos el curso hablando de un tema que cada día tiene más trascendencia, y no es otro que dirimir dónde acaba lo público y empieza lo privado. Esta discusión, que no es nueva y que podríamos pensar que es algo en lo que difícilmente podemos ponernos de acuerdo, toma dimensiones hasta ahora desconocidas por la irrupción de las redes sociales en los últimos años, y con la generalización de las mismas en todos los ámbitos de la vida, tanto personal como profesional o social.

La delgada línea roja que separa la privacidad de la exposición pública cada vez es más difusa, y asistimos con asombro a la total exhibición de determinados individuos en las citadas redes, incluso haciendo de ello un modo de vida. Lo que no está en las redes no existe, afirman.

No dudo de la bondad de las redes para comunicarnos y para informarnos, como ocurre con esta revista digital, pero me cuestiono si debemos utilizar las mismas para dar toda la información y, además, a todos, sin ningún tipo de filtros.

Mi reflexión incluye a los medios de comunicación que se nutren de las mismas y a veces se limitan a regurgitar los contenidos bebidos en las redes sin mayor confirmación, análisis o investigación para contrastar la noticia. Lo más, citan la fuente. ¿Todas las cuentas de las redes sociales son fiables? Por supuesto que no, estas están llenas de bulos y de falsedades y hay que separar la paja del grano.

Y dirán los lectores que si esto tiene que ver con la Semana Santa, y la respuesta es clara: lo tiene que ver todo. Las cofradías usamos las redes sociales cada día más y la utilización quizá no es la más adecuada, pues entiendo que debería quedar para el ámbito de lo público, para informar de actos y celebraciones que se consideren de este carácter y abiertos a todos –hermanos y fieles en general evitando exponer en los medios la vida privada de la hermandad o cofradía, que poco importa al resto si no es por cotilleo o para realizar críticas dudosamente constructivas.

A raíz de los acontecimientos vividos recientemente en las elecciones de la Hermandad de Amor y Paz, por todos conocidos a través de los medios de comunicación y de las redes sociales de la propia hermandad, me pregunto si un proceso como este debe estar bajo la atenta mirada de todos los cofrades e incluso de la ciudad, o si más bien pertenece a la intimidad de la vida de la misma y los hermanos, y solo ellos, son los que deberían de conocer los pormenores del mismo, los candidatos, las propuestas, los equipos y hasta los posibles problemas que se puedan producir en el desarrollo de la elección. Quizá son demasiadas las explicaciones que damos públicamente de algo que debe ser de la esfera de lo privado, un reflejo de nuestra sociedad. Una reflexión que nos corresponde hacer para no caer en la vorágine de exponer y exhibir toda nuestra vida cofrade, que también tiene su parte íntima y que debemos de vivir con nuestros hermanos.

Feliz verano a todos. Que disfrutéis del merecido descanso sin necesidad de contar en todo momento dónde o qué estáis haciendo. Descansad también de las redes sociales.


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