lunes, 15 de enero de 2018

Daniel Cuesta SJ


viernes, 12 de enero de 2018

Antonio Santos

José Gutiérrez Solana

12 de enero de 2018

Salamanca asistirá en la Semana Santa de 2018, Deo volente, a la primera salida penitencial de dos nuevas imágenes procesionales: el Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral, y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, de Francisco Romero Zafra. Resulta llamativa la feliz coincidencia en el calendario, pues podremos ver en el intervalo de unas pocas horas las dos formas de representar la Pasión que levantan debates tan acalorados como estériles en nuestra ciudad porque contrastan en lo plástico. El irresoluble falso dilema de lo castellano y lo andaluz.

Paradójicamente, estas dos estéticas procesionales se originan a la vez durante el periodo conocido como la Restauración (1874-1931). Las seis décadas del periodo fueron testigos de movimientos intelectuales y artísticos modestos tales como el historicismo y el regionalismo nacionalista, pero, sin duda alguna, el movimiento intelectual clave de la época fue la obra de la Generación del 98. En su meritorio afán por redefinir y renovar España para superar aquella crisis, acuñaron varios tópicos, unos certeros, otros no tanto, que han pervivido y se han desarrollado al compás del último siglo y cuarto. Es entonces cuando se asienta la idea tópica de que lo castellano es austero aunque las obras de arte del plateresco y barroco lo nieguen tozudamente y también que todo lo andaluz es folclórico, alegre y hasta frívolo cuando durante siglos se ha mantenido viva la llama de la fe a través de la penitencia.

Durante la Restauración, la inmensa mayoría de las cofradías y hermandades en España estaban buscando salir de su propia crisis, una crisis sufrida a lo largo del siglo XIX y que las había reducido a la mínima expresión tras el fin del Antiguo Régimen, la imposición de medidas liberales como las exclaustraciones, desamortizaciones, el abandono de los gremios y el nacimiento de la sociedad industrial. Como todos sabemos, muchas de ellas ya no desfilaban, y si lo hacían, era sin hábito y en traje de calle y de sus pasos antiguos sacaban solo las efigies principales. La Vera Cruz de Salamanca o Valladolid vivieron esta situación. Muchas otras desaparecieron y otras intentaron sobrevivir mediante fusiones con cofradías más potentes y con las entonces pujantes cofradías sacramentales. Entonces no había discusiones estéticas sobre las cofradías. Se seguía lo que marcaba la Iglesia, con reverencia, y con formas similares, dentro de las posibilidades de cada lugar, en todo el país.

De aquella crisis se salió gracias al turismo. Un turismo que viajaba en los entonces nuevos ferrocarriles de vapor y que permitía unas novedosas peregrinaciones de los pueblos a las ciudades y de las ciudades pequeñas a las ciudades grandes a ver las procesiones. Así fueron fotografiados en Zamora por Quintas o Gullón. Esta afluencia de público que revigorizó las procesiones españolas, movió a las autoridades civiles a tomar cartas en el asunto. Se crearon entonces las primeras juntas de Semana Santa, se financiaron nuevos pasos, se incorporaron túnicas con capirote y capa, trompeteros y caballos enjaezados, sonaron las primeras saetas (el flamenco también se crea en este periodo), se contrataron bandas de música que hasta entonces nunca habían participado, se decoran los pasos con flores… y renació la fiesta con los elementos hoy reconocibles por todos. Aquí es donde empieza el laberinto noventayochista, del que aún no hemos salido. Con el mencionado concurso de las autoridades políticas, se politiza la Semana Santa a través no de la filiación partidista, sino de la exaltación del localismo y del regionalismo historicista: una suerte de recuperación del pasado, vistosa y atractiva, con tintes locales que buscan diferenciarse del vecino, pero de escasa veracidad histórica.

La periferia del país, más poblada, urbana e industrializada miró a los modelos urbanos barrocos tanto de Levante como de Andalucía, fueran autóctonos o no, perpetuando el merecidísimo esplendor de la Semana Santa hispalense y generando semana santas de un lujo desconocido en Tarragona, Murcia, Cartagena, Málaga o Bilbao. Mientras, en el centro, las dos Castillas, Aragón, norte de Extremadura y Madrid las cofradías prefirieron beber del renovador espíritu austero que promovían precisamente los pensadores y escritores noventayochistas (casi todos de la periferia), que redescubrían y se enamoraban de una Castilla rural y empobrecida, pero que había sido durante el periodo renacentista y barroco tanto o más rica y urbana que el resto de la Península. Si en Málaga o Cartagena se reinventa un barroco que dormía olvidado y se llega a tener los tronos más grandes que existen, en Valladolid, Palencia o Medina del Campo se impuso una Semana Santa ruralizante contradiciendo abiertamente el esplendor apoteósico de sus grandes grupos escultóricos urbanos y sus barrocas iglesias penitenciales.

Salamanca siempre fue tibia en esta dualidad y sus cofradías, congregaciones y hermandades no miran en un primer momento a la invitación ruralizante. Si observamos la Semana Santa fotografiada por los Gombau desde 1898, vemos unas procesiones, si bien modestas, totalmente urbanas, con imágenes de mucha devoción portadas en andas doradas y plateadas de inspiración barroca o plateresca, alumbradas por cofrades vistiendo vistosas túnicas de terciopelo y mujeres con velo y con mantilla. Todo muy acorde a la ciudad culta y orgullosa de su historia que era Salamanca.

Durante el auge del periodo del Nacionalcatolicismo (1939-1975) se ahonda en estos principios cultivados desde la Restauración y se potencian con toda la energía del estado. El Concilio Vaticano II y sus recomendaciones tienen especial eco en las hermandades del centro, y se producen fundaciones de estética no solo rural, sino medieval, prescindiendo del sustrato barroco. Es entonces cuando la dualidad entre lo castellano y lo andaluz se acentúa a ojos de cofrades y espectadores, y al mismo tiempo, toma la delantera la cultura de lo andaluz como estandarte de lo español. Valga como muestra la devoción a la Virgen de la Esperanza, extendida por todo el país. De este modo las formas del neobarroco de inspiración sevillana alcanzaron poco a poco a la práctica totalidad de las hermandades, de un modo más o menos intenso. Un ejemplo perfecto es Zamora: en 1950 bendice la imagen de la Virgen de la Esperanza, con sus elementos urbanos y sureños, mientras que en 1955 sale por primera vez la procesión de las Capas Pardas, canon de la Semana Santa austera.

En un largo devenir en el siglo XX, cuya explicación excede con mucho el propósito de estas líneas, se fue resquebrajando el modelo acuñado durante la Restauración. Aún no hemos superado este modelo, que sigue aferrado al turismo. Actualmente estamos ante una celebración supuestamente definida por unas líneas estéticas locales e identitarias, pero que en realidad contiene siempre y en todo lugar elementos que identificamos como ajenos: una paradoja apasionante.

Vuelvo mis ojos al Cristo de Mayoral y a la Virgen de Zafra. Casi diría que no podrían ser más distintos. Y en realidad son las imágenes que mejor nos muestran la evolución de las formas de nuestra fe popular, la de la calle. Reconforta saber que aunque todos estamos dentro del mismo laberinto, no hay buenos ni malos, acertados ni errados. Estas imágenes van a mover a la devoción de los cofrades de sus jovencísimas hermandades y, ojalá, a quienes las puedan contemplar. Y eso es lo que verdaderamente importa.


miércoles, 10 de enero de 2018

Andrés Alén



10 de enero de 2018

Hay una teoría, o quizás sea un invento de algún yo que me antecedió, de esos que se diluyen en el tiempo, que proclama que cuando la última monja de clausura desaparezca, el cosmos se volatilizará, que es como decir: se irá por donde ha venido y no podremos ni cerrar la puerta ni poner el letrero de vuelvo en cinco minutos, porque todo habrá concluido.

No es como para considerarla muy científica, pero si fuera dogma, estaríamos allí en la frontera entre el misterio y lo irracional, parafraseando al apologeta Tertuliano (del siglo II, ahora hay otros tertulianos, apologetas o getas sin prefijo mitológico-divino, que son otra cosa…o no) cuando fundamenta su fe: "prorsus est credibile, quia ineptum est", se cree precisamente porque es absurdo.

En fin, que volviendo a la dulce teoría o el invento de las monjas que en su claustro sostienen el universo, me parece suficientemente respetable como para acabar con materialistas o socializadoras teorías modernas que dudan de la utilidad de la contemplativa vida rezadora y adoratriz de estas mujeres preciosas.

Y prologado el tema, quiero ahora hablar de una gran pérdida para el patrimonio inmaterial de esta ciudad universal, la joya de su guía espiritual. Desde 1952, cubren toda mi vida, las Reverendas Madres Esclavas del Santísimo y de la Inmaculada, postradas ante ellos en el cofre-capilla de la Vera Cruz, que adorando al Corpus Christi, pan nuestro de cada día, ha sido su blanco y cotidiano sol, convertido en el imprescindible alimento de sus vidas.

Para mí, en medio del ajetreo del día, su velocidad, su ruido, cruzar la puerta de la Vera Cruz, siempre fue como atravesar una puerta del tiempo que ineludiblemente me trasportaba a otro lugar, siempre anterior como el claustro primero, siempre silencioso y quieto, y siempre era Él y eran ellas, toda esa quietud que emanaba su inmaculada blancura, el aire sereno de su oficio Y cuando el zumbido del silencio en mis oídos se confundía con mis pobres rezos, aparecía la música callada, la soledad sonora del Cántico, como el sencillo y místico milagro del anhelo, allí, a mi alcance.

Es fácil ver a esa monja quieta como al alma contemplando al Amado, la sonrisa y el gozo, y recrease en la cadencia sigilosa que arrastra el verso de San Juan, otra Vera-Cruz y la verdad del poema. No encontraré lugar más idóneo donde se pare el tiempo, donde se limpie el aire, donde encontrar sentido al sentimiento. Temo que con esta gran pérdida de hermosura, la ciudad seguirá la pendiente del patrimonio material y turisteo, que traspasaré, me da miedo ese vacío, la puerta de esa ermita como quien penetra en un joyero sin la joya principal de su tesoro, que cambiaré el profundo pozo de agua viva, (que hace revivir), por un bello y recargado museo, repleto me meritorias obras que la gubia arrancó al ciprés, al peral, al pino, y recubrió con sofisticadas policromías, estofados, pan de oro, con filigranas imposibles de platería, camafeos, marfiles, carey, bordados al realce, y me refugiaré en los vidrios retinas que asemejan miradas de la dolorosa, de la inmaculada por tratar de compensar otro modo de contemplación inabarcable. Temo que algún día el fuego torne en cenizas todo ese exceso, cuando ya no hay fuego, que el tiempo deteriore todas esas superficies del arte y aún sus cicatrices, cuando desaparezcan esos instantes de eternidad que allí vivimos. Que el silencio se haga ruido, bullicio de desfiles, chirrido de artefactos, que todo al fin sea la imagen imperfecta de lo que fue latido, horas pulsadas de blanco escalofrío, cuando por alguna rendija de esa puerta se nos escape el alma.


lunes, 8 de enero de 2018

Francisco Gómez Bueno

Rostro de la copia del Yacente que Venancio Blanco realizó por encargo de la Real Cofradía | Fotografía: Alejandro López

08 de enero de 2018

"¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado"
(Lucas 24, 5-6)

Venancio Blanco es un genio que no celebramos todo lo que deberíamos. Un talento descomunal nacido en Matilla de los Caños y que no solo ha situado su obra en algunas de las principales instituciones culturales mundiales, sino que ha sido uno de los grandes revolucionarios de la escultura y muy particularmente de la escultura religiosa. Por eso, aunque cualquier exposición sobre su obra debe ser asumida casi como un compromiso de visita segura, la que desde los últimos días de diciembre permanece abierta en Santo Domingo de la Cruz aglutina un importante número de alicientes para llamar la atención del mundo cofrade salmantino.

Y es que por tercera vez el tristemente célebre por otros motivos Yacente de Venancio vuelve a la ciudad para la que en un principio fue creado y de la que una laberíntica sucesión de enredos la acabaron privando.

Y la verdad es que fue y es una pena. La imagen de su Cristo que vuelve a la vida, nombre oficial de la pieza, supuso toda una conmoción en las Edades del Hombre salmantinas, siendo capaz de arrebatar en el itinerario por la Catedral Vieja el protagonismo ni más ni menos que al retablo pictórico de los Delli que por una vez podía disfrutarse de cerca.

Hoy es fácil entender por qué. La obra de Venancio Blanco aglutina una fuerza singular, una explosión contenida de vida y una mirada que cautiva y conmueve. Todo ello, en fin, formando una imagen que estaba llamada a revolucionar desde la Semana Santa de Salamanca la iconografía procesional de los yacentes.

Vayamos por partes. Nuestra Semana Santa cuenta desde el Jueves Santo de 1987 con la solemne presencia en sus calles de la Real Cofradía Penitencial del Cristo Yacente de la Misericordia y la Agonía Redentora. Fue fundada tres años antes precisamente con el objetivo de incorporar al ciclo de Pasión salmantina la figura de un yacente, momento del que entonces carecía. Para ello, se piensa en Venancio Blanco y se le encarga una obra en la que el escultor se vuelca desde un principio, sin que estuviera en ningún momento claro cómo podría pagarse el encargo.

Ese es el momento que la exposición de Santo Domingo recoge y documenta ampliamente con una serie de bocetos en barro. Primero Venancio aborda la representación de Cristo yacente desde un enfoque cercano al canon barroco impuesto fundamentalmente por Gregorio Fernández, pero en ese estudio aparece un conmovedor motivo inspirador: fallece de manera repentina el hermano del escultor, Juan, confidente, amigo y compañero de taller. Venancio empieza a reflexionar sobre la muerte y en una lectura ejemplarmente cristiana decide leer el fallecimiento como el nacimiento a la nueva vida, lo que modifica de repente la manera de entender también el problema artístico de un yacente.

Por eso, de los once bocetos que realiza funde en bronce el número cinco. El que no presenta a un yacente descendido y muerto, sino a un Cristo que recibe en ese preciso momento el aliento de vida de la resurrección.

Boceto en escayola de la imagen Cristo vuelve a la vida de Venancio Blanco | Fotografía: Alejandro López

Del bronce del boceto a la escayola con la que Venancio empieza a dar forma a un yacente de grandes dimensiones y estilizada anatomía. Mientras, la joven cofradía empieza a tener serios problemas internos que desembocan en un cambio de junta directiva.

Ahí empiezan a separarse los caminos de esa obra que va naciendo y la Semana Santa salmantina. En la exposición de Santo Domingo, el visitante comprobará el intenso proceso de modelado de la escayola, verá resolver los problemas de horizontalidad que presenta la pieza y el contrapeso de fuerzas para mantener el equilibrio de la obra. Verá llevar el boceto ya a tamaño natural al pantógrafo del que saldrá una obra fastuosa en madera de Pino de Valsaín.

Mientras Venancio da la forma definitiva con la gubia a la que ya va a ser una de sus obras maestras, el escultor parece sufrir un cambio de idea y decide que la pieza no va a ser para la Real Cofradía, sino que se quedará en su colección particular.

En primer plano, Cristo vuelve a la vida, presente en la muestra que puede verse estos días en Salamanca | Foto: A. López

"El escultor, aprovechando una serie de circunstancias, simplemente nos dejó sin nuestro yacente", explica Julián Alcántara, protagonista en primera persona de los hechos y hoy hermano mayor de la Real Cofradía. "No hubo nunca ningún documento por escrito, sí mucho material fotográfico y de vídeo, pero nada firmado; le habíamos dado un anticipo de 80.000 pesetas y el día que fuimos a firmar el contrato ya no nos abrió la puerta", recuerda.

También vivió los acontecimientos en primera persona Félix Torres, entonces hermano mayor de la cofradía: "Venancio emitió un comunicado diciendo que no quería que la obra fuera objeto de ningún conflicto y que solo la entregaría si había un acuerdo entre la junta de gobierno entrante y la saliente y como ese acuerdo con la junta saliente no fue posible, decidió quedárselo".

Tras ese rechazo, la Real Cofradía encargó después de un concurso público su imagen titular a Enrique Orejudo, realizada en talla directa en madera de abedul y con otra inspiración iconográfica y hoy completamente asentado en su salida procesional, sin que merezca desmerecimiento alguno.

Por su parte, el Cristo de Venancio sí llegaría a Salamanca, temporalmente, con motivo de las Edades del Hombre. En la guía oficial de la exposición se señalaba que el escultor había recogido la pieza en su colección al haber sido "rechazada" por la cofradía, añadiendo así confusión al episodio.

Después, el Yacente regresó al conjunto expositivo de la Capilla del Monte del Pilar, de donde ha regresado ahora con su "hermano gemelo", una obra que el entorno de Venancio conoce como el Cristo de a ratitos, porque al escultor le gusta emplear los ratos perdidos en el taller en distintos retoques.

Además, hay una tercera pieza, en bronce, Cristo vuelve al Padre, que da un paso más en la idea del yacente-resucitado y que, esta vez sí, se quedará para siempre en Salamanca en los jardines de Santo Domingo cuando finalice la exposición. Al menos nos quedará este Cristo de Venancio.

Cristo vuelve al Padre, obra en bronce que quedará expuesta en Salamanca de forma permanente | Foto: Alejandro López

viernes, 5 de enero de 2018

Montserrat González

Cortejo de Gaspar en la capilla de los Reyes Magos en el palacio Medici-Ricardi de Florencia 

05 de enero de 2018

A mediados del siglo XV, Benozzo Gozzoli desplegó en la capilla del palacio de los Medici, en Florencia, las escenas más maravillosas jamás pintadas sobre los Reyes Magos. Entrar en esta capilla es adentrarse en una sinfonía de lujo y color, que deja al espectador totalmente absorto ante el fabuloso cortejo de los Reyes Magos. Confieso que siempre he querido formar parte de esta exquisita comitiva como una integrante más del apartado de nobles y ciudadanos florentinos que acuden a recibir a Sus Majestades los Reyes Magos. Suelo, techo y paredes fueron decorados para convertir este espacio en un verdadero joyero de la fe profesada  por esta notable familia. Probablemente Gozzoli integró en estas pinturas su experiencia como orfebre adquirida cuando trabajó con Ghiberti en las segundas puertas del baptisterio de la catedral florentina. Su técnica es prodigiosa, tremendamente valorada por una clientela que apreciaba por encima de todo su mágica destreza para recrear ambientes. Carísimos lapislázulis, malaquitas e incluso estaño y oro para las coronas de los ángeles se combinan magistralmente para hacer de esta capilla el orgullo de los Medici. Melchor vestido de rojo, color de la caridad, se aproxima por Occidente. Su mirada denota sabiduría y experiencia. El joven rey Gaspar, quizá el rostro más conocido de todo este conjunto, venido de Asia, ocupa la pared oriental. Sus acompañantes van en caballos blancos, como blanco es el atuendo del rey que lleva el incienso. El cortejo más exótico, sin duda alguna, viene de la mano de Baltasar, vestido de verde, el color de la esperanza que resalta su madurez y sofisticación. Se acerca desde el mediodía de la capilla portando la mirra, utilizada para embalsamar los cuerpos y, por tanto, recuerdo de lo mortal.

Pero por más que la cabalgata de los Reyes Magos sea la protagonista de todo el conjunto, no hay que olvidar que es una capilla, y el lugar preferente lo ocupa el altar presidido por la espléndida obra de Filippo Lippi: La Adoración del Niño. La pintura ocupa el centro de atención de todo el recinto sagrado dando sentido a las escenas de los magos. A ambos lados del altar, Gozzoli pintó grupos de ángeles que cantan lo que aparece escrito en sus auras Gloria in excelsis Deo, Adoramus te, glorificamus te mientras rojos serafines de amor y azules querubines de sabiduría sobrevuelan toda la composición.

Resulta fascinante observar la ternura y delicadeza con la que el artista italiano sitúa al Niño Jesús junto a su madre la Virgen María, san Juanito y la figura de un santo monje, probablemente san Romualdo, que presencia la escena desde el fondo. Ajeno a este cortejo de oros y colores brillantes utilizados en la pintura y la elegante sofisticación de todo el conjunto, el Niño Jesús reposa tierna y humildemente en un claro del bosque sobre un delicado lecho de flores. Ni siquiera hay un pesebre para acogerlo. Tampoco pañales que lo envuelvan. Solo la mirada de María atenta a sus gestos le protege. La oscuridad de la noche se quiebra por los rayos dorados que desprenden la figura de Dios Padre y el Espíritu Santo que contemplan la escena en lo alto. Y así, a través de esta humilde aparición del Niño Jesús en medio del bosque recreado en la capilla de los Medici, nos llega el conocimiento de Dios. Ahí, junto a las ingenuas florecillas y un inocente pajarillo, en la pobreza de su nacimiento, recibe la visita del portentoso cortejo.

Sin duda alguna, esta Epifanía nos enseña a todos lo que verdaderamente hay que ver: la humildad de Jesucristo nacido niño. Así lo pregonaba san Buenaventura en el siglo XIII y así lo recordaba Francesco Patton, custodio de Tierra Santa, en su reciente visita a Salamanca con motivo de la bendición del Cristo de la Humildad realizado por el escultor Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad.

Esa humildad del Niño que nace de la pobreza más absoluta continuará en la humildad del hombre desposeído de todo bien y degradado por el sufrimiento y la muerte infame. Las suaves florecillas serán ahora hirientes clavos; los árboles del bosque, maderos del patíbulo. Y es ahí, en el dolorosísimo instante de la muerte, en la postrera exhalación, donde Mayoral se encuentra con el rostro de Cristo, con el rostro de un hombre vejado, golpeado hasta la extenuación, denigrado y vilipendiado y lo transforma en el rostro de la humildad auténtica.

Tiempo habrá de analizar con detenimiento los valores estéticos de este portentoso crucificado de Mayoral llamado a perdurar en los tiempos. De reflexionar sobre su atrevida iconografía, de examinar su fantástica policromía que aparece y desaparece poniendo fin a esa estética neobarroca de relamido colorido. Tiempo para reflexionar sobre la fuerza y plasticidad de este Cristo que interpela al hombre contemporáneo con fuerza y vigor.

Sirvan estas líneas para animar a los lectores a la contemplación del verdadero rostro de Cristo hecho hombre, despojado de oropeles, privado de la divinidad. Que cuando con nuestras mejores galas acudamos a saludar a Sus Majestades de Oriente e integremos su cortejo como los florentinos del Quattocento, no nos olvidemos de concluir el ciclo litúrgico con la contemplación de la imagen de la humildad más absoluta: el Cristo de la Humildad del gran Fernando Mayoral que acoge la iglesia de San Martín.


miércoles, 3 de enero de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Eucaristía organizada por la Hermandad del Silencio en su parroquia de Jesús Obrero | Fotografía: Hdad. del Silencio

03 de enero de 2018

En el primer artículo centraba la reflexión en la Eucaristía como culmen de la vida cristiana, de toda comunidad y, por lo tanto, de toda hermandad. En los artículos siguientes, empezando por este, quiero centrarme en cómo plasmar ese principio a lo largo de todo el año en la actividad de las cofradías. Entro ahora en el campo de lo prudencial, de lo discutible, no pretendo tener la última palabra acerca de los distintos aspectos que voy a tratar, sino ofrecer apuntes, y mi posición personal, para establecer, si se quiere, un debate que clarifique y ayude a acrecentar la unión con Cristo y con los hermanos a través del fundamento de la Eucaristía.

Las cofradías no somos islas, no somos las únicas comunidades cristianas de una diócesis, y por esto no podemos desempeñar nuestra labor de espaldas a la realidad eclesial. En el momento en el que una junta directiva, el vocal de cultos, el director espiritual formulan el plan pastoral de la hermandad deben tener en cuenta esto. Claro que no siempre es fácil. Sería ingenuo obviar las dificultades que históricamente han surgido entre párrocos, rectores, comunidades religiosas, y las distintas corporaciones. Incluso en el caso de las hermandades que tienen en propiedad su sede canónica, su pastoral ni es, ni puede ser, autónoma. Del mismo modo, tampoco es justa la actitud que contempla en las actividades de las cofradías algo al margen de la vida parroquial, un residuo de otros tiempos que hay que sufrir hasta que desaparezca (algo que, para sorpresa de teólogos y pastoralistas bien sesudos, no tiene pinta de que vaya a suceder en el breve plazo). En muchas ocasiones la voluntad de hacer cultos por parte de las hermandades choca con la planificación de la parroquia. Enfrentamientos que pueden llegar al extremo de plantear quién tiene derecho a la Eucaristía, o quién puede imponer su celebración a otras comunidades o instancias eclesiales.

Estas cuestiones, así planteadas, no son correctas. La Eucaristía pertenece a Cristo, es Cristo mismo quien se dona a sí mismo para nuestra salvación. Ninguno de nosotros "tenemos derecho a la Eucaristía". Tampoco una cofradía o, ni siquiera, una parroquia. La clave para superar este problema nos la da el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium: la parroquia "es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero..." (EG 28) y, por lo tanto, reclama que los demás grupos existentes, también las hermandades,

"no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces" (EG 29). 

El camino que marcan estas palabras es muy sugerente: el de una pastoral de conjunto en la que se integran las cofradías. Si la hermandad vive de la Eucaristía, esta celebración debe estar ubicada dentro de la actividad pastoral de la parroquia o comunidad religiosa. El modelo ideal sería en el que una de las eucaristías dominicales esté al cuidado litúrgico de la cofradía, abierta, por supuesto, a la participación de toda la comunidad cristiana. Una celebración en la que la espiritualidad de la corporación pueda enriquecer la vida parroquial y viceversa. Es un modo de ser, como dice también el Papa Francisco en su homilía a las cofradías, "un verdadero pulmón de fe y de vida cristiana, aire fresco" (homilía del 5 de mayo de 2013). La hermandad necesita esta celebración semanal. No podemos existir sin celebrar la Eucaristía. Todos nosotros necesitamos para vivir celebrar el día del Señor acercándonos a recibir su Cuerpo y su Sangre. Y muchos hermanos viven su fe a través de la hermandad. Una parroquia en salida, como nos pide el Papa, debe ir al encuentro de todos y la cofradía realiza esta misión de modo muy eficaz. Limitar las misas a una vez al mes o a los cultos principales del año supone cerrar puertas a quien se acerca al Señor a través de las celebraciones de la hermandad.

La imbricación de la hermandad con la realidad parroquial –o conventual, en el caso de órdenes religiosas– supondría superar los antagonismos del pasado. Eso sí, siempre que esa colaboración se realice desde el respeto mutuo, y se tenga en cuenta las particularidades propias de la pastoral cofrade. Una vía a explorar, por ejemplo, es confiar en las hermandades para un apostolado litúrgico: una de las características de las cofradías es explorar el camino de la belleza como vía del descubrimiento de Dios, contar con ellas para la preparación de las celebraciones y los tiempos litúrgicos en la iglesia sería un modo creativo de contar con ellas en la vida cotidiana. Se convertirían así, como dice el papa Francisco, en "una presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas" (homilía del 5 de mayo de 2013).

Se me puede objetar, con razón, que las hermandades hoy en día trascienden los límites estrictos de una parroquia o barrio, o el alcance de una determinada orden religiosa a la que están vinculadas. Es cierto. Las cofradías, aunque nacidas en un contexto determinado, han ampliado su rango de influencia más allá de unas calles concretas de nuestras ciudades. Además, en algunos casos, la implicación eclesial de los hermanos no se reduce a la vida de hermandad: todos conocemos a alguno que desempeña una labor pastoral en su parroquias de origen, en el colegio en el que trabaja, o en otros grupos cristianos a los que se siente vinculado. Esto, lejos de constituir un obstáculo, es una oportunidad muy valiosa para que esos cofrades puedan aportar su experiencia, su carisma, a la propia corporación enriqueciendo su vida. Por lo tanto, no se trataría tanto de que todos los hermanos acudan a todas las eucaristías preparadas por la hermandad (objetivo utópico, sin duda), sino de que a través del tiempo la Eucaristía compartida vaya construyendo la unidad de la cofradía entrelazando los distintos carismas y vivencias de sus integrantes. Una unidad interna y una unidad con las otras comunidades que conforman la realidad eclesial.

En conclusión, creo que lo ideal es celebrar, al menos, una misa dominical en la sede canónica como parte de una planificación pastoral de la parroquia, unidad pastoral, o convento, en la que se sitúe. Una planificación en la que la hermandad juegue un papel significativo en las labores de evangelización. Esto permitirá cultivar la vida eucarística necesaria para la existencia de la hermandad, al tiempo que se produce un enriquecimiento entre las distintas realidades eclesiales.


lunes, 1 de enero de 2018

J. M. Ferreira Cunquero



01 de enero de 2018


Como nota de calendario o matiz temporal que transita, acabamos de estrenar otra añada. Pero es bueno recordar que, en este primer suspiro del 18, millones de seres humanos estarán temblando de pánico ante los sanguinarios propósitos de algún tipo de exterminio trazado por las perversas mentes del odio.

Miles de mujeres sufren todo tipo de violaciones por parte de los soldados que nutren las guerras más deplorables que hoy se extienden como una plaga por diversas zonas del tercer mundo. Violaciones que, utilizadas como arma de guerra, siguen asolando los pueblos más olvidados de la tierra. Y a su lado los niños como instrumentos válidos para entrar en las tratas siniestras que sirven en platos de postre carne reciente…

Qué extraño que esa comunicación, que se conceptúa a sí misma como fruto de la  globalizada situación social que vivimos, no tenga apartados predilectos en la prensa mundial para poner el dedo en la llaga. Qué contradicción más demencial que periódicos, que se conceptúan como progresistas, dediquen páginas enteras a promocionar el mercadeo sexual, que en manos de las mafias, huele a puro esclavismo humano.

Y lo peor es comprobar cómo siguen llegando todo tipo de cenutrios a los sillones del poder, para sembrar la discordia desde una formación iletrada que da asco. Y es que el mundo inaugura esta nueva añada en manos de cuatro tracaleros que viven para montarse su propia feria…

Y mientras va naciendo este 2018, millones de refugiados arrastran su indignidad por los antros siniestros del mundo. Es tanto y tan diverso el infortunio que seguimos almacenando en los muladares del universo, que se me hace difícil levantar una copa para brindar por la inauguración de un año que comienza oliendo a mierda.

Solamente el contexto religioso de la Navidad disculpa el festejo, si dejamos que ese Niño que acaba de nacer nos obligue a mirar a quienes viven a nuestro lado. Nuestro lado es el rincón geográfico de cualquier lugar del mundo donde un hombre nos llame pidiendo auxilio.

Menos mal que una gran noticia nos hace saber que miles de cristianos en Irak ya han regresado a sus casas y que otros tantos están en camino. Este hecho estará llenando de gozo a una parte de esos hermanos nuestros que, por defender al Niño que acaba de nacer en sus corazones, pusieron en máximo riesgo sus vidas.

Esta tortuosa pasión existencial puede nutrir nuevos propósitos y compromisos en todas y cada una de las cofradías existentes en esta zona geográfica del mundo, donde la Semana Santa mueve y promueve la fe de una forma tan espectacular, que incluso quienes no pisan una iglesia se convierten en espectadores de esos museos que callejean en hombros cofrades.

Las vías dolorosas de este tiempo pueden y deben atraer nuestra atención hacia esos calvarios sufrientes, donde el hombre lleva la mirada del Cristo que espera algo más de todos nosotros…


viernes, 29 de diciembre de 2017

Tomás González Blázquez

Un momento de la Oración Cofrade por las naves de la Catedral de Salamanca | Fotografía: Óscar García

"Incúlquese en el ánimo de los fieles, por los medios más oportunos, el amor y la veneración hacia la iglesia catedral, que ha de ser considerada con razón el centro litúrgico de la diócesis. Debe ser manifestación de la imagen expresa y visible de la Iglesia de Cristo que predica, canta y adora en toda la extensión de la tierra". (cf. núm. 43-44-45 del Ceremonial de los Obispos).

Precisamente cantar por las naves de una catedral, la nuestra, la de Salamanca, es motivo de sorpresa los primeros sábados de mes (en enero será el segundo) cuando una pequeña comitiva de fieles, cofrades y no cofrades, se agrupa en cortejo procesional al salir de la capilla de San Clemente. En ese hermoso espacio de oración, ciertamente reducido si lo comparamos con el total de la superficie catedralicia, acaban de rezar la felicitación sabatina a la Virgen y el Rosario, antes de compartir la celebración de la Eucaristía. Ahora marchan entonando Santa María del Camino hacia una de las capillas marianas del templo, donde harán estación ante una imagen diferente cada mes y contemplarán una dimensión concreta de la Madre de Dios. Se trata de un septenario que, de octubre a abril, aspira a preparar espiritualmente los actos conmemorativos del IVº centenario del voto concepcionista de Salamanca, formalizado el 6 de mayo de 1618 ante Santa María de la Vega. Es precisamente junto a ella, con el canto de la Salve, como concluye la Oración Cofrade que a lo largo del presente curso viene desarrollando la Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades.

Pero vuelvo a la escena anterior. "Mientras recorres la vida tú nunca sólo estás…". Y los turistas sacan sus móviles para captar tan pintoresco momento. Mientras tanto, avanzan hacia la capilla del Pilar para orar ante la que es Madre de la Iglesia, o se acercan hasta la de la Soledad para invocarla como Puerta del Cielo, o se reúnen junto a la Virgen de la Palma aclamándola Reina de la Familia: "… contigo por el camino Santa María va". El próximo mes de enero, la Virgen de la Verdad como Trono de la Sabiduría. Luego, la de Lourdes que es Salud de los Enfermos, ya en Cuaresma la de la Piedad abierta en Refugio de los Pecadores y, cuando llegue la Pascua, la Virgen del Desagravio porque no es admisible el agravio de negarla Sin Pecado Concebida. "Ven con nosotros a caminar", parecen invitar los cofrades a quienes graban su canto procesional, pero esa invitación realmente la están haciendo a cuantos nunca se han planteado que nada hay más necesario, prioritario y natural para una comunidad diocesana que reunirse para rezar en la iglesia catedral.

"Aunque te digan algunos que nada puede cambiar…". Porque, no podemos negarlo, la tentación de no hacer nada, de no luchar "por un mundo nuevo", a menudo nos atenaza y nos doblega. Es más fácil gestionar la frustración que revertirla. Más sencillo ganar la orilla que remar contra corriente. Y más cómodo dejar que todo se siga haciendo como se ha hecho siempre. Amor y veneración hacia la iglesia catedral no hay entre los católicos salmantinos, pero se supone que no constituyen un terreno pedregoso donde no puedan crecer esas semillas si son sembradas con un poco de ardor apostólico. Cobra aquí especial sentido la pastoral de las cofradías. La diocesana que ha señalado la Catedral como sede de la Oración Cofrade. La de las cuatro hermandades asentadas en la iglesia mayor, que en comunión con el Cabildo deben emprender planteamientos serios y ambiciosos. Y la de las otras cinco cofradías que han optado por poner la Catedral en la entraña de sus procesiones, decisión que merece el respaldo de la institución capitular y supone todo un reto en preparación y desarrollo. Que se rece en la Catedral, cada vez más y mejor, acrecentará su condición de "centro luminoso" para toda la diócesis. Son las cofradías quienes hoy llevan más semillas para ello en sus zurrones. Ojalá no esquiven la tarea. A sembrar.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Nacho Pérez de la Sota

La Virgen del Rosario, en el Patio Chico durante su procesión | Fotografía: Heliodoro Ordás

Es mi intención en este artículo reivindicar, no ya el beneficio, o la conveniencia o hasta la necesidad, sino inclusive, la obligación del rezo habitual del Rosario como proyecto vital de personas que se dicen católicas, y devotas de una forma de piedad popular.

En nuestras cofradías y hermandades no es nada extraña la presencia de una figura o una advocación mariana. No es necesaria no obstante esta presencia para reconocer a nuestra Santísima Madre como parte fundamental de nuestra fe, y de nuestra piedad popular, ya sea en tiempos de Pasión o fuera de ellos.

Por ello, si de verdad la amamos, lo mínimo que podemos hacer es cumplir con el mandato que constantemente ha dado desde el primer momento (ya tan antiguo como casi cinco siglos) en que se presentó bajo la advocación de Virgen del Rosario; un mandato muy simple y muy sencillo: "Hijos: rezad el Rosario".

Dulcísima orden, suavísimo encargo. Hijos, rezad el Rosario. Pero no una vez de tanto en tanto, o cuando me apetezca, o necesite pedirle algo y quiera así tenerla más propicia a mí. No. Rezad el Rosario… siempre, todos los días, constantemente, como forma y rutina de oración, por costumbre. ¿Es que no vamos a darle ese gusto a quien consideramos nuestra verdadera Madre y a quien deseamos satisfacer en los mínimos detalles? ¿No vamos a ser capaces de complacer la única petición que nos ha hecho y nos hará?

Supongo que no hace falta explicar aquí el amor que uno siente por una madre. No es necesario, por tanto, hacerle entender a nadie que lo primero que deseamos con una madre es darle gusto a sus ruegos.

Pero es que además (aunque solo sea por puro egoísmo) el rezo del Rosario supone una serie de beneficios y bendiciones tal y como ha hecho ver la propia Virgen María cuando ha recomendado practicar esta costumbre:

  1. A todos los que recen devotamente mi Rosario, prometo mi protección especial y muy grandes gracias.
  2. El Rosario será una defensa muy poderosa contra el infierno; destruirá los vicios, librará del pecado, disipará las herejías.
  3. El Rosario hará florecer las virtudes y las buenas obras y obtendrá a las almas las más abundantes misericordias divinas. Sustituirá en los corazones el amor del mundo con el amor de Dios y los elevará al deseo de los bienes celestiales y eternos. ¡Cuántas almas se santificarán por este medio!
  4. El que rece devotamente mi Rosario, meditando sus misterios, no se verá oprimido por la desgracia. Si es pecador, se convertirá. Si es justo, crecerá en gracia y tendrá la recompensa de la vida eterna.
  5. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los sacramentos de la Iglesia.
  6. Los que recen mi Rosario encontrarán durante su vida y en la hora de la muerte la luz de Dios, la plenitud de sus gracias y participarán de los méritos de los bienaventurados.
  7. Libraré muy prontamente del purgatorio a las almas devotas de mi Rosario.
  8. Lo que pidáis mediante mi Rosario, lo obtendréis.
  9. Los que propaguen mi Rosario serán socorridos por mí en todas sus necesidades.
  10. He obtenido de mi Hijo que todos los miembros de la Cofradía del Rosario tengan por hermanos durante la vida y en la hora de la muerte a los santos del cielo.

Son de verdad innumerables los santos, santas y beatos que han recomendado vivamente el rezo del santo Rosario. Podemos poner cientos de ejemplos, aunque conformémonos con algunos menos…

San Pío de Pietrelcina
"¡Amen a la Virgen y háganla amar. Reciten siempre el Rosario!" 

Santa Teresa de Calcuta
"Aférrate al Rosario como las hojas de la hiedra se aferran al árbol; porque sin nuestra Señora no podemos permanecer"

San Juan Bosco
"Sobre la devoción de la Virgen y el rezo del Rosario se basa toda mi obra educativa. Preferiría renunciar a cualquier otra cosa, antes que al Rosario"

San Juan Pablo II
"El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad" 

San Juan XXIII
"El Rosario es una muy excelente forma de oración meditada, compuesta a modo de mística corona" 

En efecto, en vez de seguir enumerando cientos de citas de este tipo, que no hacen sino ponderar la grandeza de nuestro Rosario, fijémonos brevemente en estas últimas escuetas, breves, simples sentencias de dos papas muy cercanos a nosotros.

El Rosario (no son los únicos que lo han señalado) probablemente sea la oración más perfecta que existe, por cuanto que es la más sencilla, y todo por varias razones:

  • Reúne repetidas las tres oraciones básicas de la doctrina cristiana: Padrenuestro, Avemaría y Gloria
  • El Rosario nos pone en contacto con la Virgen, que es sin duda la más poderosa intercesora y mediadora que existe
  • En cada misterio nos recuerda todos y cada uno de los principales momentos de la vida y Pasión de Jesús y nos acerca a su ejemplo y sus enseñanzas, con lo que reafirmamos nuestra fe y nuestra doctrina y la repensamos

Como han enseñado multitud de teólogos y santos, el Rosario nos permite ver a Jesús a través de los ojos de María, porque en cada misterio está Ella como participante o como espectadora directa o indirecta. Así san Juan Pablo II en su carta apostólica de 2002 Rosarium Virginis Mariae, afirmaba: "Aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y la profundidad de su amor".

Como aseguró el papa Francisco en su tuiter en la festividad del Rosario el 7 de octubre del año pasado, "el Rosario es la oración que acompaña siempre mi vida; también es la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón".

En otras intervenciones, ha ponderado igualmente la conveniencia de esta devoción: "El Rosario es una oración contemplativa simple, accesible a todos, grandes y pequeños. En la oración del Rosario nos dirigimos a la Virgen María para que nos lleve siempre más cerca de su Hijo Jesús, para conocerlo y amarlo cada vez más. Mientras repetimos Ave María, meditamos los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de la vida de Cristo, pero también de nuestra vida, porque nosotros caminamos con el Señor".

Claro que el rezo del Rosario puede resultarnos al principio (especialmente si no tenemos el hábito o costumbre) algo un poco pesado, un poco cansino y darnos miedo. Pero no olvidemos que cada Avemaría es un Te quiero que le decimos a nuestra Madre del cielo. El hábito de rezar el Rosario todos los días es un modo de asegurar un contacto diario con la Virgen María, de expresarle todo nuestro afecto, veneración y gratitud. Podemos hacerlo progresivamente y aprovechando esos momentos "vacíos" de nuestra vida: el trayecto hasta el trabajo o el estudio, al hacer deporte, una espera en una cola o el hospital…

No quiero cansaros más. Ha sido mi intención en esta intervención que adquiramos conciencia de la importancia del rezo cotidiano del Santo Rosario, por nuestro propio provecho espiritual, por testimonio de amor a la Madre y como colaboración en la obra redentora de Cristo usándolo como oración de intercesión, pidiendo por los demás. Y, claro, que nos hagamos el propósito de incluirlo a partir de ahora en nuestra actividad diaria. Sin temores, sin vértigos,  sin miedos, pero sin auto engaños. Con la seguridad de los beneficios que se derivarán de ello.

Y, sobre todo, como homenaje y tributo de amor y veneración a nuestra Madre, por cumplir lo que tantas veces nos ha pedido: "Hijos, rezad el Rosario"

Así sea.


lunes, 25 de diciembre de 2017

F. Javier Blázquez


Niño Jesús dormido sobre la cruz, obra de Murillo

Dedicado a Fructuoso Mangas,
porque han sido sus palabras las que lo inspiraron

Si la Semana Santa nos pone ante los ojos con toda su crudeza el drama de la Pasión, con la muerte inmisericorde de un hombre justo, la Navidad, empero, nos lleva al lado más hermoso y amable de la historia de la redención. Sin embargo no debiera ser así. El paso de Fructuoso Mangas por foro abierto de la Tertulia Cofrade Pasión nos llevó a reconsiderar la contemplación de la Navidad, hurgando en sus heridas, incertidumbres y dolores. Y no puede ser de otra manera, porque la salvación se consigue pagando el tributo de la sangre, sangre encarnada en Nazaret, sangre presentemente sacramentada desde el Cenáculo, sangre derramada en el Calvario. Solo la tragedia cabe en este relato que se inicia con el hombre, Adán, y culmina con el Hombre, el nuevo Adán. ¡Cuánto misterio! ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto amor! ¡Cuánta esperanza!

"Un niño nos ha nacido" y eso siempre es motivo de alegría. "Un hijo se nos ha dado" (Is 9,6), y hay que celebrarlo. Con villancicos y alharacas, porque es Nochebuena, porque es Navidad, porque los tiempos han llegado a su plenitud con el advenimiento al mundo de Cristo Redentor. Eso es lo que nosotros sentimos, mediatizados por siglos y siglos de tradiciones populares impulsando el lado alegre del triunfo de la vida. Pero en verdad no fue así, porque la vida que nace se inicia con el dolor. Lo mismo que a la vida renacida solo se llega tras el dolor. El sentido de la supervivencia suele llevarnos a eliminar de los recuerdos los momentos de sufrimiento, a buscar equilibrios emocionales, a quedarnos con lo bueno, que en la natividad fue mucho. Y si la Semana Santa suscita empatías con el hombre que sufre, aquel con el que todos nos identificamos, la encarnación desborda los sentimientos y celebra el principio del capítulo que cierra la historia de la redención.  Y se omite el dolor de la Navidad. Porque impera el triunfo de la vida. Igual que algunos teólogos quieren omitir el sacrificio de la cruz, porque impera la vida que triunfa definitivamente. Y rechazan el crucificado mientras proponen el resucitado, como si fuera posible entender el uno sin el otro. ¿Acaso no se postularon en la iconografía de los setenta los resucitados sobre la cruz? Como símbolo es interesantísimo, aunque pueda tener sus peligros si no se maneja adecuadamente. Es lo mismo que los niños pasionistas, un auténtico regalo interpretativo de la mentalidad barroca. Fabulosos, aunque también susceptibles de una interpretación equivocada.

Los niños pasionistas dan sentido a la encarnación, porque anticipan la redención al precio de la sangre, que es lo que sucedió. Y también recuerdan que el dolor marcó desde el principio la vida de Jesús el Cristo y los suyos. Para nada fue fácil entender el anuncio, ni la encarnación, ni los viajes a Ain Karem, Belén o Egipto. Los relatos de la infancia pueden desmenuzarse y mostrar así, con toda su crudeza, los dolores de José, María y el niño. Las espadas de la Virgen dolorosa no son solo las de la Pasión, no podemos olvidarlo. Los dolores recorren al completo el itinerario de María junto a Jesús. Y no son solo siete, sino muchos más. ¿Acaso no deberían sumarse la incomprensión de José, el viaje desdichado por mor del censo, el rechazo que las posadas acabaron festejando con regalos, la sensación de exclusión y marginalidad durante el nacimiento…? La Navidad encierra demasiados dolores, sobre los que conviene también reflexionar para descubrir que, al final, con el triunfo de la vida verdadera todo alcanza pleno sentido y la alegría, ahora sí, deja de ser vacua, consumista, socializada.

Por todo ello, queridos amigos, hemos de sentirnos muy dichosos. Feliz Navidad.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Félix Torres

Fotografía: Pablo de la Peña

Desde aquel momento anduve perdido por las calles, con las manos en los bolsillos intentando mitigar el frío de la persistente helada heredada de la noche. Sonaban melodías navideñas saliendo de incongruentes altavoces repartidos a trechos. Villancicos de voces infantiles que atravesaban mis oídos sin apenas hacer mella en ellos. Distraído, veía escaparates sin mirar mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido.

Acababa de ocurrir, pero no parecía la primera vez y era como si fuese solo una rememoración de un pasado lejano. Delante de mí, tanto que casi no pude apartarme, un hombre cargado con una pesada mochila, andrajos y suciedad, se había desplomado golpeando secamente contra el húmedo adoquinado. Apenas hizo ruido. Apenas era una mancha, casi invisible, en la mugrienta acera. Por su aspecto, delatado por las marcas sanguinolentas de su rostro, se veía que no era la primera de sus caídas.

Ahí estaba. El dolor marcaba su semblante. Un dolor sordo al que parecía haberse acostumbrado, que se reflejaba en lo que aún era una sonrisa en sus labios. Un dolor que iba mucho más adentro de lo que su cuerpo mostraba y que parecía saliéndole del alma.

La gente comenzó a arremolinarse a su alrededor. Comentaban y criticaban al unísono.

- ¡Qué vergüenza! ¡Menuda imagen para nuestros niños! ¡A esta gente habría que recluirla en estas fechas! ¡La culpa es de la droga, que los convierte en peleles! ¡Le está bien empleado; seguro que no tramaba nada bueno!-

Así, unos y otros con tono cada vez más elevado, juzgando y sentenciando, mientras él permanecía caído, intentando incorporarse sin conseguirlo. Se veía mermado de fuerzas, el bulto de su espalda le empujaba contra los adoquines y, aun así, se esforzaba por incorporarse con una dignidad que hacía tiempo parecía haberle abandonado. Nadie, ninguno de los que estábamos allí, hacíamos intención por ayudarle en su vano intento por levantarse. Unos miraban, otros se reían y los más criticaban en corrillo, pero nadie hacía ademán de echar una mano.

El grupo iba en aumento y los murmullos se hacían voluminosos. Una pareja de guardias urbanos que cumplía con su ronda protectora se acercó al tumulto con intención de poner orden. El hombre aún seguía en su empeño y, al ver que apenas conseguía moverse, uno de los guardias me señaló con autoridad y me pidió, casi ordenándomelo, que ayudase al vagabundo a incorporarse, que tomase su mochila para que él estuviese más holgado y que le acompañase mientras esperábamos la llegada de atención sanitaria.

Cargado de escrúpulos y bajo la mirada imperativa del agente, hice lo que me ordenaba. Le quité el pesado bulto de la espalda y agarré al hombre por la mugre de sus axilas para que pudiera sentarse. Su rostro que, a pesar de la mezcla de suciedad y cuajarones sanguinolentos, se veía doloridamente sereno, me miró agradecido. -¡Qué asco!- pensé mientras apoyaba su espalda contra una pared y sujetaba su bolsón repleto seguramente de morralla. Yo tenía que estar ahora comprando esa bolsa llena de productos básicos no perecederos con los que aliviaría a los pobres de la parroquia y, sin embargo, ahí estaba, perdiendo el tiempo con un sucio indigente al que, así me decía, el alcohol había llevado a este extremo. Yo tenía que estar ahora visitando el belén que montamos cada año en el hospicio local para ver la cara sonriente de los niños pobres y, sin embargo, ahí estaba, deseando que la situación se solucionase con diligencia para no tener que soportar un momento más a ese desahuciado que sabe dios qué podría contagiarme. Yo tenía que estar llegando a casa, al calor hogareño, para sentirme satisfecho por haberme puesto el mandil para servir la comida navideña de los marginados y, sin embargo, ahí estaba, despotricando para mis adentros por haber sido seleccionado para hacer del de Cirene con ese despojo humano…  Simón de Cirene. ¡El cirineo!

Se me revolvieron las entrañas. Blanco como el papel, exangüe y afligido como nunca me había sentido, me alejé de allí en cuanto pude sin oír ruido ni sentir presencias.

Desde aquel momento anduve perdido por las calles mientras esa imagen, solo una imagen, solo esa imagen, martilleaba mi cabeza golpeando con fuerza mis sienes, provocando un dolor persistente y agudo al que inconscientemente me negaba a renunciar.

¿Cómo es posible?, me repetía en silencio, indignado y sorprendido. ¿¡Cómo he llegado a hacer esto posible!?


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Pedro Martín

Un viandante atraviesa la Plaza Mayor entre terrazas vacías | Fotografía: Pablo de la Peña

El título del artículo evoca una despedida, pero yo desearía que fuera un "hasta luego". Hasta hace no demasiados años, pongamos unos quince, la Plaza Mayor, nuestra plaza, era el centro no solo de nuestra vida civil, sino también de la Semana Santa, que es lo que nos ocupa en este medio. Pero poco a poco se fue desdibujando como lugar predilecto para ver nuestros desfiles procesionales y pasamos del "en la Plaza no que hay demasiada gente" al "en la Plaza no que no hay nadie y queda muy desangelado".

En la próxima Semana Santa de 2018, tres hermandades más se sumarán a la nómina de las que en los años anteriores abandonaron el ágora o redujeron sensiblemente su paso por la misma. Podríamos preguntarnos por qué, y supongo que cada una tendrá sus razones particulares y de peso, aunque yo buscaría más bien las razones generales que nos llevan a prescindir de la Plaza para ver nuestros desfiles procesionales o para que tomemos la decisión como hermanos de eliminarla de nuestro recorrido.

El pasado domingo  19 de noviembre, caminaba por la también muy semanasantera calle de la Rúa con otro hermano mayor, Julián Alcántara, que había anunciado en días precedentes el cambio de recorrido de la Real Cofradía prescindiendo del paso por la Plaza. Y comentando que también la Hermandad del Vía Crucis había hecho lo mismo en fechas muy cercanas, le confesé que nosotros también lo íbamos a someter a la aprobación de los hermanos, y su respuesta fue certera: no te engañes, nosotros no abandonamos la Plaza, es la Plaza la que hace mucho que nos abandonó a nosotros.

Y sin duda tiene razón, pues aquella Plaza que nos acogía con toda la ciudad rebosante de fervor, devoción, respeto y a la que nosotros entregábamos nuestras imágenes para representar en el centro mismo de la ciudad la Pasión de Cristo e invitar al recogimiento y a la oración, se ha convertido en el lugar turístico por excelencia, ha desaparecido el comercio, han proliferado las terrazas llenas de turistas que ocupan ya la totalidad de la Plaza y que observan las procesiones desde sus localidades de pago al calor de la estufa de turno como un espectáculo más de los que puede ofrecerles la ciudad, en su corazón mismo.

Quizá no quede otro remedio que vivir del turismo en esta ciudad nuestra, es el peaje que probablemente tenemos que pagar, pero desde luego este ambiente no invita ni a contemplar una procesión ni mucho menos a participar en ella en ambiente de recogimiento y oración.

Decía al principio que ojalá que sea un "hasta luego" y no una despedida y recuperemos la Plaza Mayor para los desfiles procesionales y para la ciudad.


lunes, 18 de diciembre de 2017

Abraham Coco

Varios vecinos del barrio de la Prosperidad contemplan la procesión del Cristo del Perdón | Fotografía: Javier Barco

Están los andenes cofrades repletos de pasajeros. En la capilla del campo San Francisco preparan su equipaje las Esclavas del Santísimo Sacramento tras más de medio siglo de hermandad con la vieja cofradía con la que han compartido casa. Su marcha, una más que la ciudad parece asumir indolora y sobre la que ya lo escribieron todo Tomás González y Alberto Estella, abre otro horizonte de incertidumbre en la Santa y Vera Cruz, tronco del que colgamos con orgullo, acostumbrada al desasosiego al que, de nuevo, volverá a sobreponerse con el aguerrido gen azul de sus miembros.

Si en la cinco veces centenaria se preparan para subir al tren, en el Camino de las Aguas –según nos cuenta Celia Sánchez en otro trabajado reportaje en El Día de Salamanca– el clausurado convento de las Bernardas, sin monjas desde hace dos años, podría reabrir como centro de Proyecto Hombre. Bajo un mismo techo, compartiendo hogar, con un mismo capellán y pregonero, se encontrarían frente a frente el Cristo del Perdón y aquellos ciudadanos que buscan una segunda oportunidad. Del indulto en Domingo de Ramos a la reinserción todo el año. Del gesto de una tarde al quehacer diario.

Desconozco si son solo intenciones o si el plan ya ha fructificado, pero pienso que a la propia hermandad se le abre una hermosa ventana para compartir mucho más que una advocación. Nuestras cofradías se enriquecen cuando comparten proyectos (a los que estamos llamados con una papeleta de sitio infinita) con otros colectivos sociales, con muchos, con cuantos nos sea posible dialogar. Pues encerrados en nosotros mismos, en la deseada fugacidad de una bendita semana, corremos el riesgo de ser solo un precioso fósil. Por eso debemos explorar cada posibilidad que se nos presente en este ir y venir de pasajeros, ya lleven capirote o prefieran solo una visera.

Nuestras cofradías se han afianzado, a lo largo del último cuarto de siglo, como un valor cultural y turístico tan protegido que incluso a los más reacios les cuesta levantar la voz para cuestionarlas. En la propia jerarquía eclesiástica generan más interés que en momentos pasados como instrumento de evangelización y participación en la vida de la Iglesia, lógico si atendemos al potencial que las hermandades son capaces de mantener en medio de una secularización que empezamos a palpar.

Con esos mimbres debería resultar sencillo el reto de abrirnos a la sociedad, sin zozobra, y reivindicar con hechos que, en común, somos capaces de lo mejor con toda la actualidad. Se acerca el próximo tren. No nos conformemos con apearnos en la cuaresma. Vayamos bien lejos.


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