viernes, 22 de junio de 2018

jueves, 21 de junio de 2018

F. Javier Blázquez

Procesión del Cristo de los Milagros por Canalejas en su festividad el Domingo de la Ascensión | Foto: Heliodoro Ordás

20 de junio de 2018

Las devociones a Cristo crucificado se multiplican mucho más allá de la cuaresma y Semana Santa. Al cumplir la octava de la Pascua Alaraz ya festeja al Cristo del Monte y, sin terminar el tiempo de la Pascua, en la capital salmantina miles de devotos imploran ante el Cristo de los Milagros su intercesión. Son los anticipos del montón de festejos y romerías que machaconamente salpican el paisaje de la charrería durante lo que queda de primavera, todo el verano e incluso hasta el otoño antes del adviento. El Cristo de la Luz en el Zarzoso, Cabrera en las Veguillas, el Humilladero peñarandino u Hornillos de Arabayona, son los ejemplos más conocidos.

El carácter de estas celebraciones, como no podía ser de otra manera, huye de lo trágico. El drama de la muerte y su sentido expiatorio quedan para el tiempo de la penitencia. Después, el Cristo crucificado se torna glorioso. El análisis racional, exclusivamente racional, nos llevaría a denunciar la incongruencia de las fiestas populares centradas en cualquiera de estas advocaciones, las de Salamanca y las de toda España y buena parte del orbe católico. Exhibir la imagen de un hombre muerto, cosido con clavos al madero de la cruz, lacerado y humillado, con toda la repulsión que ello causa, no es plato de gusto. Pero esa fue la realidad del Calvario, la que ganó la redención. Y es bueno recordarla, y sentir esa com-pasión que lleva a la penitencia, siempre bien entendida, que permite unir el dolor del Hombre al de cada hombre, según aseguraba Felipe, el poeta de Tábara.

El contexto de la cuaresma, como tiempo preparatorio, y el de la Semana Santa, sirve para enmarcar con cierta lógica la celebración de la muerte del Cristo. Pero una vez que nos salimos de él, la Teología, la razón y hasta la Pastoral lo tienen complicado para dar explicaciones convincentes. Mucho más cuando se celebra en medio de fiestas que trascienden más bien poco. Solo el diálogo con la Antropología, que también es una disciplina racional aunque sirva en ocasiones para explicar lo irracional, nos permite dar sentido a estas aparentes incongruencias. Y es que el misterio de la cruz no puede estar relegado exclusivamente al tiempo específico que viste liturgias y paraliturgias de morado. Puede y debe prolongarse durante la Pascua y el tiempo ordinario, para festejar al Cristo redivivo que venció la muerte y abrió las puertas de la gloria. Y esta prolongación de la Pascua, que celebra a medio camino entre lo sagrado y lo profano, no tiene por qué ser mala siempre y cuando no degenere en excesos o aberraciones. Son momentos, también oportunos, para la alegría compartida en presencia, por qué no, de la imagen y presencia de Cristo crucificado y glorioso.

lunes, 18 de junio de 2018

Tomás Gil Rodrigo

Detalle de Los desposorios místicos, obra de Francisco Ricci  para el Monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes

18 de junio de 2018

Terminamos la contemplación de la imagen de Cristo en Teresa de Jesús con las imágenes de su encuentro personal en la contemplación. Después de la beatificación (1614) y canonización (1622) de Santa Teresa, los artistas del siglo XVII encontraron en sus visiones místicas de Cristo una fuente de inspiración. Estamos ante el estilo barroco, al que le interesaba representar, más que los aspectos humanos de los santos, su aventura de contemplar cara a cara a Dios. Si antes las imágenes exteriores de Cristo influyeron en la oración de Teresa, ahora las imágenes interiores, que ella veía con los ojos del alma, contados en sus escritos, serán las que afecten a las obras del barroco. Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Santa Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, serán el modelo a seguir por los artistas.

De entre las muchas visiones contemplativas que tuvo Teresa de Cristo, se eligieron y representaron aquellas que servían mejor a la doctrina de la Iglesia Católica. En el Monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, lugar donde murió y se conservan sus restos, tras la ampliación de la iglesia a mediados del siglo XVII, se encarga al pintor real Francisco Ricci, en 1674, realizar cuatro medallones para decorar las pechinas de la nueva cúpula. Apreciamos el modo peculiar de pintar de Ricci: imaginativo y con pinceladas sueltas. La imagen de Teresa es un fiel retrato a cómo era, basado sin duda en la que pintó Juan de la Miseria. Cada lienzo recoge cuatro visiones de Teresa de Jesús, que son las más destacadas y representadas en el arte, aparte de la transverberación: La Visión de la Santísima Trinidad, Los Desposorios místicos, La coronación de Teresa y La imposición del collar y la capa por la Virgen y San José. Las dos primeras pinturas, que están colocadas de frente, con la intención de ser vistas mejor, sobre el altar y el sepulcro, son las que tienen que ver directamente con la persona de Cristo, y son con las que vamos a terminar nuestra mirada al Jesús de Teresa.

Empezamos por aquel en el que vemos a Cristo resucitado entregando un clavo a Teresa. Es el momento en el que, como cuenta Teresa, se mereció ser esposa de Cristo: "Entonces.. dióme su mano derecha y dijóme: Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy" (Relaciones 35). Francisco Ricci se atreve a más que otras representaciones artísticas, donde solo Cristo entrega el clavo a Teresa, como aparece  en la pintura que se encuentra en el camarín del sepulcro, porque pinta a Cristo traspasando la mano derecha de Santa Teresa. El artista representa a Cristo como el Esposo que invita a su mujer, Teresa, a consumar su matrimonio, compartiendo  sus mismos padecimientos: "Padecer quiero, Señor, pues Vos padecisteis" (Vida 11, 2).

El culmen de la experiencia mística de Teresa es que Cristo se le ha aparecido también en el seno de la Trinidad: "… y como yo estaba mostrada a traer solo a Jesucristo siempre, parece me hacía algún impedimento ver tres Personas, aunque entiendo es un solo Dios" (Relaciones 18). Pero, Teresa queda sorprendida porque no es lo mismo lo que ella ve y lo que se pinta de la Trinidad en su tiempo: "A las personas ignorantes parécenos  que las Personas de la Santísima Trinidad todas están, como lo vemos pintado, en una Persona, a manera de cuando se pinta en un cuerpo tres rostros" (Relaciones 32, 2). La visión de la Santísima Trinidad, como tres personas distintas y unidas, garantiza la verdad de lo que contempla Teresa y su  comunión con la Iglesia. En 1628 fueron prohibidas por Urbano VIII las representaciones artísticas de la Trinidad tricéfala, porque inducían a la herejía. De esta manera, Francisco Ricci pinta en el medallón de Alba, siendo fiel a lo que dice Teresa y a lo que la Iglesia establece, a la Trinidad como tres personas  distintas que están en comunión de amor en la gloria del cielo. Pero, Teresa aparece dirigiéndose solo a la persona del Hijo, el cual muestra las heridas de la pasión, ya que solo por medio de su sagrada humanidad, en contra de lo que creían algunos espirituales de la época, se puede entrar en la experiencia altísima de contemplar a Dios Trinidad: "veo que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene, esa sacratísima Humanidad junto con la divinidad" (Vida 28, 9). En el lienzo de Ricci el Padre es la persona que mira al espectador, nos invita a dar respuesta a la pregunta que hizo a Teresa: "parecíame que la persona del Padre me llegaba a sí y decía: … Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?" (Relaciones 25, 2).


viernes, 15 de junio de 2018

Abraham Coco

Un costalero de la Hermandad de Jesús Despojado en un momento de descanso de la marcha | Fotografía: Alfonso Barco

15 de junio de 2018

Como si fuera un trampantojo matinal con el que desperezarse, sacudirse la alergia de los párpados y esbozar una sonrisa socarrona, a las ocho en punto, tras recordar que era jueves, 14 de junio, y avanzar la previsión meteorológica del día, Carlos Herrera daba la noticia a nivel nacional. Nosotros que creíamos estar al tanto de cada detalle en este centrifugado de información diaria… Y quedaba una noticia más:

"Efectivamente, todo el mundo hablaba de la dimisión. Eso estaba en la calle. Le diría más: estaba en los ambientes. Es verdad que en términos comparativos ha estado poco tiempo, pero era una dimisión esperada. ¿Obligada por qué? Tantas circunstancias... A veces, incluso, por un impulso personal. Pero es muy difícil librarse de determinadas presiones en determinados momentos. Habló con su superior, con su referencia, con quien tiene que bendecir su trabajo. Y entendió que no podía seguir más tiempo. Quién lo iba a decir hacía tan poco. Pues, ciertamente, no se habla de otra cosa. Finalmente, dimitió… el presidente del Consejo de Cofradías de Sevilla, Sainz de la Maza".

Hay que descubrirse con esta treta de perro viejo del periodismo. Pero más allá de eso, el símil nos hace recordar que algunas dinámicas no deberían valer para todo. Porque, claro está, en una junta mayor de cofrades o en una junta directiva, y más en las mesetarías, poco espacio cabe para la fontanería, las mociones, las campañas de desprestigio o las toscas sutilezas. Es mejor reservarlas para curas y trankimazines de celuloide...  Ya lo escribimos en noviembre de 2015 y conviene repetirlo ahora que tocan a urnas en una de nuestras hermandades más queridas, bajo una advocación que entiende de todo menos de disensiones, bajo una devoción que repele el odio y ambiciona la concordia.

Pocas horas después del eficaz artilugio radiofónico de Herrera, la Conferencia Episcopal presentaba la Memoria Anual de Actividades de la Iglesia correspondiente al año 2016. Así lo transcribían los teletipos: "Según los datos de esta Memoria, que han sido auditados por la consultora PwC, la Iglesia mantiene 3.168 bienes inmuebles declarados de interés cultural (catedrales, iglesias, conventos, etc.), se encarga de su conservación y los pone a disposición de la sociedad. Junto a ese patrimonio están fiestas como la Semana Santa, el Camino de Santiago y todo el patrimonio inmaterial que representa una enorme riqueza para la sociedad, también desde el punto de vista económico ya que supone una aportación a la riqueza de España de más del 3% del PIB y 287.000 empleos".

Con 352 celebraciones y fiestas religiosas declaradas de diferentes intereses turísticos y 21 consideradas, además, Patrimonio Cultural Inmaterial; con 3.577 cofradías inscritas en el Registro de Entidades Religiosas, "sin contar muchas más que existen y cuya actividad se circunscribe a un ámbito más reducido o parroquial", me pareció que ese era el verdadero poder que las cofradías debemos hacer valer. Que ahí dormita un potencial que solo desde la unidad podremos aprovechar para cualquiera de los muchos fines legítimos a nuestro alcance. Aunque para eso se necesitan también buenos líderes.


miércoles, 13 de junio de 2018

Pedro Martín

Momento del paso del Santísimo Sacramento junto al altar instalado en San Sebastián | Foto: Hdad. de Jesús Despojado

13 de junio de 2018

Perdón por ser cofrade. Pido pública y humildemente perdón por ser cofrade. Pido perdón por vivir mi fe en el seno de una cofradía. No sabía que fuera pecado, aun así pido perdón. Pido perdón en nombre de mi padre, de mi abuelo y de mi bisabuelo, que también eran cofrades y me trasmitieron la fe con esta peculiaridad, quizá estaban equivocados y yo también. Por todo ello pido perdón.

Pido perdón por trasmitir esta tradición a mis hijos,  que pensé que era buena, o al menos no mala.

Pido perdón por salir a la calle cada Semana Santa a dar público testimonio de fe. Quizá es mejor quedarse en las iglesias. Pido perdón por dedicar parte de mi tiempo a las cofradías, como cofrade de a pie, como responsable, como representante, como miembro de la Iglesia diocesana, como cristiano comprometido.

Pido perdón por haber planteado ahora hace seis años una serie de iniciativas en  relación a las cofradías entre las que se incluía mejorar y dignificar la celebración del Corpus Christi. Siento de verdad haberos molestado, quizá es mejor que todo se quede como está: en el más absoluto desierto.

Pido perdón en nombre de todos y cada uno de los cofrades, y de todos y cada uno de sus defectos o pecados, que sin duda los tenemos, como todas las estructuras de nuestra querida diócesis. Deberíamos mirar más lo positivo que lo negativo y apostar por la unidad que falta nos hace en esta ciudad de "bandos" que nunca descansa.

Pido perdón por nuestra intromisión en la Asamblea Diocesana, no deberíamos haber alzado la voz, pero somos muchos, y nos merecemos ser tenidos en cuenta.

Pido perdón por pedir, pero pido y pido insistentemente una verdadera "pastoral cofrade" que tanta falta nos hace. Nosotros solos no podemos ponerla en marcha; otros no sé muy bien si no quieren, no saben, no se atreven o desconocen tanto este mundo que prefieren obviar todo lo que venga de él.

Pido perdón por trabajar por las cofradías y por la diócesis, estando a disposición de lo que me pida mi obispo, y lo seguiré haciendo aunque tenga que seguir pidiendo perdón.

Pido perdón por ser cofrade, y seguiré pidiendo perdón, porque nunca dejaré de serlo.


lunes, 11 de junio de 2018

Paulino Fernández

El Custodio de Tierra Santa, junto a fray Enrique Bermejo y a fray Teodoro López, conversa con la Madre Sonia, abadesa del Monasterio de la Purísima Concepción –Clarisas (franciscas descalzas) de Salamanca | Foto: José Fernando Santos
11 de junio de 2018

En los últimos meses, dos noticias han sacudido, para mal, las conciencias de los cofrades y católicos salmantinos.

Al poco de empezar este año, 2018, despedíamos a las Esclavas del Santísimo Sacramento, el inmaculado sacrificio de oración que, postrado ante Jesús Eucaristía, recibía a los visitantes y devotos que acudían a la Capilla de la Vera Cruz.

Finalizada la Semana Santa, en los primeros momentos de la Pascua, eran las Hermanas Clarisas quienes se despedían de la que fue su morada durante cinco siglos cerrando el Monasterio de la Anunciación.

A ello se suma la marcha de la cisterciense comunidad que residía en el Monasterio de Santa María de Jesús, más conocido como "Convento de las Bernardas", en el año 2015.

En pocos años, tres comunidades religiosas femeninas abandonaron sus hogares, en algunos casos con siglos de historia. Tres comunidades religiosas de clausura que marchan dejando una importante huella en la ciudad. Tres comunidades religiosas que decían adiós a las hermandades y cofradías que acogían.

Poco o nada podían hacer las asociaciones públicas de fieles para alargar la presencia de estas religiosas en la ciudad. Se marchan porque no había relevo generacional. Porque las vocaciones nuevas no seguían los carismas que le son propios a estas órdenes o congregaciones. Una conjunción de factores –baja natalidad y secularización de una sociedad que olvida sus valores– provocaron su partida.

No es la primera vez que diversas casas religiosas cierran en nuestra ciudad –y aún más, en nuestro país–. En ocasiones se debieron a factores políticos, en otras, sociales. Y en otras muchas fue el transcurso natural de las propias comunidades religiosas, y su labor evangélica, lo que justificaron su cierre.

Muchas incógnitas se abren ante la marcha de estas comunidades: ¿qué pasará con los bienes que atesoraban las órdenes? ¿Y con las hermandades que acogían? ¿Vendrán nuevas comunidades? ¿Qué será de los templos que, con tanto esmero, mimaban y atendían? ¿Se destinarán los mismos a alguna labor caritativa capitaneada por las corporaciones que presentan allí su sede canónica?

Sin embargo, no hemos de recordar solo a las comunidades que nos acogen cuando hacen las maletas y recogen sus bártulos. Aún quedan diversas hermandades cuya sede radica en templos conventuales.

Estas corporaciones aún tienen la oportunidad de deleitarse con el, muchas veces callado y poco reconocido, trabajo que las comunidades realizan. Aún tienen la oportunidad de conocer y disfrutar de la calidad humana de muchos de estos hermanos que son muestra viviente del amor de Dios. Y es hora de aprovechar esa ocasión; de reforzar la colaboración entre ambas instituciones, enriqueciéndose ambas de las fortalezas que mutuamente se pueden aportar. De conocer el carisma de las comunidades de su sede, comprendiendo y conociendo así nuevas formas de emprender el camino a la santidad al que estamos llamados. Incluso de presentar a los diferentes cofrades los testimonios de todos aquellos religiosos que los acompañan paso a paso en este camino de fe que recorremos.

Tenemos la oportunidad de reconocer el valor de estos centinelas de la oración en nuestra vida cofrade, ¿por qué recordarlos solo cuando sus rezos callaron?


jueves, 7 de junio de 2018

Paco Gómez

Jesús Rescatado, en su salida de la parroquia de San Pablo, bajo los sones del himno nacional | Foto: Pablo de la Peña

08 de junio de 2018

"Mi reino no es de este mundo" (Juan 18, 36)

Decir que el mundo está en permanente evolución es, por obvio, bastante superfluo. Pero también es cierto que hay momentos en los que los cambios son más evidentes. Hay épocas en las que las transformaciones son casi inapreciables por lo lento y otras en las que todo sucede a ritmo de vértigo. Creo que estamos metidos de lleno en la segunda de las opciones: un momento en el que todo lo que valía ayer ya no vale tanto y en el que hay que empezar a reformularse determinadas convenciones.

La toma de posesión del nuevo presidente del Gobierno ha estado marcada por el inevitable revuelo que acompaña a lo nuevo. Circunstancias inéditas, éxito inédito de esa herramienta parlamentaria que más parecía hecha para reforzar al Gobierno que para tumbarlo, en fin: la toma de posesión sin crucifijo. Ahí quería yo llegar.

No sé la intención con la que se decidió obviar este elemento que históricamente había acompañado a los presidentes del Gobierno, pero me parece sin duda un acierto. Tanto es así que me atrevo a vaticinar que será raro que la toma de posesión de cualquier futuro presidente recupere este símbolo.

Son pasos, creo que necesarios, en pos de una separación que debe empezar a subrayarse entre la Iglesia y el Estado. Entre la esfera que libremente manifestamos y compartimos las personas que tenemos una determinada fe religiosa, y las cuestiones propias del gobierno de lo que es de todos y debe ser para todos.

Es decir, aunque Dios esté en todas partes, hay determinadas cosas en las que es mejor no meter a Dios. Yo no espero de ningún dirigente que acuda a los actos religiosos que le marque la tradición, que sea devoto o que vaya todos los domingos a misa o que realice puntualmente las cinco oraciones diarias del Islam. No lo espero porque eso, al fin y al cabo siempre sospecha de mera fachada, no lo va a hacer mejor o peor representante público. Mejor espero que actúe honradamente, que piense en el bien común y que crea en lo que crea, si es posible, aplique los criterios de justicia social que, esa es nuestra suerte, nos marca el Evangelio pero también el más mínimo sentido de humanidad universal.

¿Digo que un cargo público no pueda hacer manifestación de su fe religiosa? No. Digo que lo haga como persona, como usted o como yo, a pie de calle. Que, mejor, se deje la medalla, la corona o el fajín en casa. Porque lo otro, por muy sincero que pueda ser, tiene un riesgo de tramoya de cartón-piedra que despierta mis suspicacias.

Y ya que llegamos al asunto militar, hay un aspecto de la Semana Santa que me viene inquietando desde hace mucho: el recibimiento con el himno nacional a las sagradas imágenes cuando salen en procesión de los templos.

Yo sé que es una tradición muy arraigada en determinadas procesiones (no solo penitenciales, sino glorias, romerías…), pero me parece también que es hora de empezar a dejar el himno para las cuestiones que marca el Real Decreto que lo regula y centrarse en otros acompañamientos, tan solemnes o más, para nuestras salidas procesionales.

Al fin y al cabo, si Jesús y María en sus infinitas advocaciones son reyes (este es el argumento que se suele mantener para hacer sonar el himno y rendir honores con el arma), lo son de nuestros corazones, no de la tierra que torpemente hollamos. Y, ya se sabe, su Reino nunca fue de este mundo, aunque en él transcurran nuestras humanas acciones.

A lo mejor estoy muy solo en esto, es posible. Quiero dejar claro que no es ni que no quiera a mi país, ni que no respete sus símbolos o sus fuerzas armadas. No es nada de eso. Solo es que no quiero pensar en un Jesús capitán general de nada, sino en un carpintero cuyo mensaje, de paz, no entiende de fronteras ni de símbolos interesadamente manoseados.

Aunque cada uno puede vivir la fe y manifestaciones como la Semana Santa desde la perspectiva en la que se sienta más cómo –y he defendido muchas veces que esta es precisamente su gran fuerza y grandeza– , yo me niego a encerrar el ámbito de mayor trascendencia y espiritualidad en los límites mundanos de un himno y una bandera. Lo siento.


miércoles, 6 de junio de 2018

Tomás González Blázquez

"Como cofrade raso, desfilante, ex-directivo y más entusiasta que decepcionado, me atrevo a levantar la mano y tomar la palabra para consumir mi minuto de gloria… o un poco más" | Fotografía: Alejandro López

06 de junio de 2018

Me ha llegado el rumor de que un día de estos, cuando el curso ya divisa la consoladora orilla de julio, se va a celebrar una junta general, o cabildo, o asamblea, de todos los cofrades salmantinos, y que como no se llegaba a un acuerdo en la denominación de la masiva convocatoria han aceptado la grandilocuente propuesta de llamarlo Sínodo. Al que tuvo la ocurrencia, sin embargo, le han explicado que no hará falta reservar ni La Glorieta ni el Multiusos Sánchez-Paraíso, que aunque se cuiden de no fijarlo a la misma hora de un partido mundialista de la Selección con el Auditorio Calatrava parece que podría resultar suficiente.

No me importa tanto la veracidad o verosimilitud del rumor que acabo de "crear" (¡es tan fácil!, como difícil desmontarlos a veces). Sí me preocupa, y mucho, que las juntas generales, los cabildos, las asambleas de nuestras cofradías, con frecuencia tienen poco de sínodo, de camino compartido en comunión, o al menos aspirando a construirla y conservarla. Claro, describir la cofradía como una comunidad cristiana y no como una organizadora de procesión, cristiana también, se topa con la fuerza de la costumbre de muchos de sus miembros, ya sean desfilantes, ex-desfilantes, espectadores, entusiastas, decepcionados, directivos, ex-directivos o indefinibles. A partir de ese presupuesto, que el realismo cuadra con el ingreso de las cuotas y los gastos ordinarios, tampoco podemos esperar de una junta general, un cabildo o una asamblea lo que hoy no nos pueden ofrecer. Pero existe el día de mañana, y la responsabilidad de todos, y una senda de esperanza, y un futuro por edificar no sobre la arena de lo efímero sino sobre la roca de Cristo, que permanece.

En ese rumoreado Sínodo, que no va a celebrarse, habría un punto final de "Ruegos y preguntas" en su orden del día. Mi ruego de "aspirar a la comunidad" ya lo he formulado en el anterior párrafo, y a mi pregunta he dado la respuesta, "siempre Él", pero como cofrade raso, desfilante, ex-directivo y más entusiasta que decepcionado, me atrevo a levantar la mano y tomar la palabra para consumir mi minuto de gloria… o un poco más. Pregunta a don Carlos y a Cornejo: ¿cuándo se va a nombrar el sacerdote que sirva en el necesario y largamente vacante cargo (y carga) de asesor religioso de la Junta de Semana Santa? Ruego a quien corresponda: concrétese la situación de la nueva procesión penitencial propuesta por la Archicofradía del Rosario y, ya que se trata de un paso de la Santa Cena, véase la forma de integrarla en la tarde del Jueves Santo. Preguntas a diferentes hermanos mayores o presidentes, en general o en particular a quien proceda: ¿qué han pensado para reflotar las filas y completar los banzos de nuestras mermadas procesiones?; ¿cómo no se animan a participar un poco más en las actividades de la Coordinadora, aunque sea de vez en cuando?; ¿han aparcado definitivamente la idea de reorganizar el programa procesional?... Y ruego a todos ellos: aprovechen el verano, que hasta toparnos con la inevitable orilla de septiembre aún tardaremos, para darle vueltas a lo de la comunidad y la comunión, pues se rumorea que cofradía, hermandad y congregación vienen a significar eso mismo. Yo a este último rumor sí le doy más crédito, que recuerdo haberlo leído, aproximadamente, en los Hechos de los Apóstoles…


lunes, 4 de junio de 2018

Eva Cañas

Jesús de la Redención en el altar instalado con motivo del Corpus en el atrio catedralicio | Foto: Miriam Labrador

04 de junio de 2018

Tan solo unas horas después de que la Custodia recorriera las calles de la ciudad como cada domingo de Corpus Christi, me siento en la obligación de hablar de una de las imágenes que presidía uno de los dos altares que para la ocasión se montaron. El del atrio de la Catedral, con Jesús de la Redención (símbolo de la institución de la eucaristía, de Jesús Sacramentado), majestuoso, con el cáliz en su mano, y todo lo que transmite con ello.

Que forme parte de las procesiones de la Semana Santa de Salamanca es un clamor popular, por cofrades y no. Fueron muchos los que ayer al ver el altar lo comentaron, ¿para cuándo? Por todo lo que representa, como un momento clave en la vida de Jesús. Y ese clamor también tuvo eco durante el pregón del Corpus, a cargo de Tomás González Blázquez, una persona con criterio y muy activo en la Coordinadora Diocesana de Cofradías. En su intervención recordó que los integrantes de la Archicofradía del Rosario "aspiran con justicia y esperan con paciencia a que la mirada de Jesús de la Redención, de la institución de la Eucaristía, sea acogida en la Semana Santa procesional". Bajo el punto de vista del pregonero, "la necesitamos, así lo creo modestamente, en el Jueves Santo de Salamanca".

Yo también apuesto por ello y lo defiendo. Como ya he comentado más veces, se trata de sumar, y un paso de la Sagrada Cena es necesario y engrandecería nuestra Semana de Pasión, si se trata de evangelizar en la calle y de dar sentido a la fe que profesamos. Tengo ganas de ver a Jesús de la Redención un día Santo, y como yo, muchos más. Lo merecen, han luchado y trabajado para ello, con criterio, con humildad.

En el altar de ayer se leía una frase que resume su razón de ser: "Ego sum panis vitae".

Que así sea.


jueves, 31 de mayo de 2018

J. M. Ferreira Cunquero

Hermanas de carga de Nuestra Señora del Silencio, de la hermandad de Pizarrales | Fotografía: JMFC

01 de junio de 2018

Si las mujeres no disfrutasen de los mismos derechos que cualquier otro cofrade dentro de la Semana Santa de esta ciudad, me habría metido en faena para dar la varila, como ya lo hiciera en años más complicados que estos del moñigón analfabeto que nos llueve.

Que sepa yo, en las cofradías salmantinas, cualquier hermano que reúna los requisitos que son comunes para todos puede optar a cualquier puesto de responsabilidad, sin problema alguno, por muy alto y pomposo que sea. Faltaría más.

Pero el asunto es destapar todo tipo de memeces, mientras meneamos con la badila ignorante el brasero de la mediocridad, por si se nos tuesta el cacho hogaza. Hay que montar la barraca como sea para que el luminoso nos delate en la verbena.

Es bueno recordar que fue precisamente en esta Salamanca de las grandezas y las contradicciones donde una hermandad hizo historia a principios de los setenta, a nivel nacional, permitiendo que las mujeres compartiesen (como no podía ser de otra manera) derechos en igualdad de condiciones con el resto de hermanos, sin otro requisito que unirse a la gran movida que surgió por aquellos años junto al Tormes. Amor y Paz ciertamente abrió el melón de las igualdades en tiempos convulsos para tales fines. Pero no ha de olvidarse que fuimos los chavales de entonces los que, con las ideas muy claras, entendimos que había que apoyar las aspiraciones lógicas y justas de nuestras hermanas. A Dios gracias, desde entonces, las mujeres han engrandecido la hermandad arrabaleña, como lo han hecho en el resto de cofradías.

Es verdad, por otro lado, que no soy capaz de entender por qué, habiendo tantas hermanas nutriendo las cofradías, no acaban de situarse de una vez en los puestos más relevantes de la Semana Santa. Pero de ahí a argumentar sin consistencia que el machismo no permite la igualdad de la mujer dentro de las cofradías salmantinas, me parece un insulto a todos los cofrades que tenemos claro que aquí todo hijo de vecino se bautiza en idénticas condiciones con la misma agua.

No puedo dejar en olvido, tocando este tema, a mis admiradas hermanas del Silencio, que ejemplarmente administraron los destinos de la hermandad de Pizarrales, como lo hiciera otra hermana cofrade en la Congregación de Jesús Rescatado. Por otro lado, debemos recordar que una joven y entusiasta cofrade acaba de asumir la máxima responsabilidad para dirigir los destinos de la Hermandad del Vía Crucis.

Es verdad que en muchos casos la mujer sufre las consecuencias desfavorables de una desigualdad palpable en otros campos de la sociedad. Y ha de admitirse que lo mismo ocurre en algunas cofradías de otras ciudades, incluso en aquellas donde la Semana Santa es más que de primera categoría. Pero aquí, en la nuestra, podemos sentirnos muy orgullosos de lo que hemos ido consiguiendo.

Claro que, si alguien me demuestra que vivo en la más ridícula de las ignorancias porque tiene claro que los machitos de la caverna sesgan los derechos de la mujer en estas cofradías de nuestras querencias, me lío la manta a la cabeza y me uno a su causa guerrillera para dar la matraca.


martes, 29 de mayo de 2018

Félix Torres

"Los 'talentos' de cada uno, siguiendo la conocida parábola, deben ser usados para el bien común" | Foto: Alfonso Barco

28 de mayo de 2018

Hace ya un par de meses Tomás González se preguntaba en su colaboración en estas páginas virtuales qué hacer con los jóvenes. Poco después, era Abraham Coco quien, a modo de réplica, volteaba la cuestión para hacer hincapié en los cofrades mayores al plantear su interrogante enfocándolo en los de más edad.

Pues ahora, sin intención ninguna de respetar cuotas ni preferencias, doy una vuelta más a esta tuerca y me pregunto… ¿qué hacemos con esos cofrades que podrían aportar más a nuestra Semana Santa y no lo hacen?

No digo nada nuevo si planteo que todos conocemos a bastantes hermanos cuya valía, demostrada y demostrable, no es aprovechada para beneficio de nuestras cofradías, generalmente por decisión de esos propios hermanos. Gentes que por condiciones personales o circunstanciales serían elementos de inmenso valor para la buena marcha de nuestra Semana Santa y que, sin embargo, siempre quedan en un segundo, si no tercer plano, amparados en el anonimato voluntario de un capuz invisible del que no se desprenden en casi ningún momento.

Cierto es que en la mayoría de casos, por no decir en todos, la falta de implicación de estos cofrades es voluntaria y consciente, aunque son los motivos que llevan a ausencia de compromiso los que deberían preocuparnos. ¿Es la comodidad o son otros los argumentos que pueden esgrimir en su favor?

Si fuese por decisión voluntaria, aun sabiéndose necesarios, nada que objetar aunque debiéramos hacerles saber, o recordarles en su caso, que ser cofrade exige más que el simple pago de una cuota y que los "talentos" de cada uno, siguiendo la conocida parábola, deben ser usados para el bien común. Pero si su falta de compromiso, más allá de agarrar su cirio o ponerse bajo el paso en su salida penitencial, fuese por otro tipo de criterios que hicieran inclinar la balanza hacia ese lado indeseado de la falta de compromiso, tendríamos que analizar los porqués de ello e intentar corregir cuanto de inconveniente suponga obstáculo para que esos que todos sabemos podrían engrandecer nuestras cofradías vean cuánto son de necesarios y cómo de agradecidos les estaríamos quienes queremos que nuestra Semana Santa vaya mucho más allá y sea mucho mejor. ¿Cómo? Pues haciendo un examen de conciencia cofrade, personal y colectivo, para analizar y reconocer que nuestras posturas, muchas veces soberbias y egoístas y en otras ocasiones simplemente ignorantes, pueden ser la causa de rechazo por parte de esos hermanos anónimos y poner cuantos medios tengamos a nuestro alcance para corregir y corregirnos hasta conseguir su participación responsable en el camino hacia un futuro mejor. Si lográsemos que los mejores, sin condicionantes de sexo, edad o cualquier otro sesgo y, por supuesto, sin menosprecio a quienes día a día están al pie del cañón y sujetan las riendas de nuestras hermandades con cariño y dedicación, asumieran que son necesarios para cofrades y cofradías, cuánto mejor sería para todos. Cuánto mejor sería para nuestra Semana Santa.

Porque no es cuestión de dejar paso a los jóvenes por jóvenes, ni a las mujeres por mujeres, ni dejar que los mayores se perpetúen por el simple hecho de su edad; la cuestión es que deberíamos poner nuestro destino en manos de los mejores, sean jóvenes o viejos, mujeres u hombres, aunque haya que insistir para hacerlos salir de su cómodo anonimato.


domingo, 27 de mayo de 2018

Nacho Pérez de la Sota

El dulce rostro de Jesús Nazareno en su hornacina de la iglesia de San Julián | Fotografía: Congregación de Jesús Nazareno

28 de mayo de 2018

Cuando hace algún tiempo tuve el inmenso honor de ser invitado a colaborar en esta revista, se me indicó como es obvio que la temática de los escritos se refería a la Semana Santa o la religiosidad popular. Sin dudarlo, lo primero que se me vino a la cabeza fue esta poesía. Y me propuse que fuera ella la que iniciara las colaboraciones para esta página. Diversos avatares lo impidieron, pero no me resisto a seguir adelante sin compartirla con todos los lectores de estos billetillos. Aun a riesgo de ser repetitivo, pues no me extrañaría que alguien lo hubiese ya hecho antes. Pero es una especie de compromiso moral que tengo conmigo mismo.

Esta poesía siempre me rememora de forma ineluctable e invencible a mi abuelo y a mi padre. A ambos les cautivaba fuertemente, pero fue a mi abuelo a quien se la escuché por primera vez, siendo yo muy, muy niño. Cuando le comuniqué, a mis casi 18 años, que había ingresado en la congregación de San Julián como uno más de los nazarenos, me contó –por enésima vez– una anécdota (que quizá haya ocasión de referir aquí más adelante) y me recitó –por millonésima vez–, exultante y emocionado por mi decisión, esta poesía de memoria. No menos veces se la escuché a mi padre, a quien también conseguía suscitarle una afectividad especial.

Mi abuelo, que como menestral artesano apenas tenía los conocimientos básicos de la escuela de pueblo, pero que atesoraba una inteligencia natural y una cierta cultura, sobre todo literaria (forjada en las lecturas que devoraba inmisericorde aprovechando los préstamos del cura, el maestro o, después, las bibliotecas públicas), era un devoto de Gabriel y Galán. Y este, como muchos otros gustos, logró transmitírselos a su hijo, mi padre. Y ellos a mí.

Cuando en 2005 se celebró el centenario de la muerte del poeta, además de una obra de teatro que con Garufa representamos por escenarios de Castilla y León y Extremadura (y en la que me cupo el emocionante honor de encarnar a don José María), gracias a la Diputación y a Juanjo Diego Domínguez y Bernardo García Bernalt, llevamos por los pueblos un espectáculo en el que se mezclaba música y declamación, parte esta última que me correspondía a mí. Me dejaron vía libre para elegir los poemas que iba a recitar. Ni que decir tiene que la primera opción fue esta composición. Confieso –hoy y aquí– que un par de veces me emocioné en su recitado, fiasco (todo sea dicho) que un actor que se precie no puede permitirse cometer…

No es la mera remembranza sentimental personal lo que me hace (y me hizo fallidamente en su momento) traer hasta aquí estos versos. Simplemente se trata de que… para mí es la encarnación más perfecta que existe de la religiosidad popular.

Porque la definición que hace del sentimiento religioso del pueblo llano es, sin ninguna duda, la descripción más tierna, más palpitante, más evocadora, más sensible, más apasionada, más certera, más entusiasta, más veraz que pueda uno encontrarse de eso que damos en llamar piedad popular. Igualmente, porque muestra cómo un poeta que es popular, elige un tema religioso para expresar sus emociones más íntimas. Quizá eso hoy en día no estaría demasiado bien visto. Después, porque para el público del común (alguien como mi abuelo), la lectura de tal hecho piadoso producía un afecto sentimental indudable. Y también (aunque no por último, desde luego), porque la anécdota narrada es el paradigma irrevocable del sentimiento religioso nacido del pecho más sencillo.

Pero, ea, no sé qué diantres hago aquí aburriendo con vanas palabrerías, cuando se puede disfrutar con verdadero placer de:

"LA PEDRADA"

José María Gabriel y Galán 

Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar;
y como amar es sufrir,
también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,

los clamores escuchando
de dolientes Misereres, 
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando...

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo...
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los Judíos,
«que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno».

II

¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban! 
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras las verdes vidrïeras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin haber ningún motivo!»

III

Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?


viernes, 25 de mayo de 2018

Xuasús González

La carta de un banco o una factura de un taller son "papeles" cuya conservación puede permitir documentar obras como Arte y cultura en la Semana Santa de Salamanca, la investigación más exhaustiva sobre las cofradías de la ciudad editada hasta ahora

25 de mayo de 2018

No son pocas las ocasiones en las que pasan por nuestras manos documentos de lo más variopinto a los que no les damos la mayor importancia: una carta del banco, un recibo de la luz, un informe de vida laboral, una factura del taller… Y pensamos, probablemente, que para nada pueden servir, más allá –claro está– de aquello para lo que fueron creados.

Y, en muchas ocasiones –ni que decir tiene–, es así; pero, en otras, la cosa cambia. Y mucho. Porque, sin querer, con el paso del tiempo, esos "papeles" pueden acabar teniendo una importancia capital para conocer, por ejemplo, distintas cuestiones acerca de nuestro pasado. De nuestra historia.

En el mundo cofrade pasa exactamente lo mismo. No hay más que pararse a pensar por un momento en la cantidad de "papeles" –y de fotografías, y de grabaciones…– que, relacionados de alguna manera con la Semana Santa, se han generado a lo largo de la historia y que, por diversas causas, se han perdido; y, con ellos, buena parte de nuestra historia.

No cabe duda de que, si los conserváramos, conoceríamos mucho mejor nuestro pasado, con sus tradiciones y sus innovaciones, sin vacíos en los que no sabemos qué es lo que ha ocurrido; un vacío que, salvo que aparezcan "nuevos" papeles, nunca podremos ya llenar.

Y no hay que remontarse a siglos atrás, sino tan solo a hace unas décadas que, si cabe, es aún más preocupante… Porque mucho ha cambiado la Semana Santa que hoy conocemos con respecto a la de, pongamos por caso, mediados del pasado siglo, con numerosos cambios a todos los niveles, muchos de los cuales no sabemos ya quizá con exactitud por qué se han producido… Y todo porque ha desaparecido un buen número de "papeles" –sin mala intención, sí, pero con fatales consecuencias–, quizás tirándolos a la basura…

Contra eso, ya no podemos hacer nada. Pero sí para evitar que eso mismo suceda de ahora en adelante, poniendo en valor esos "papeles" del día a día que, aparentemente, no sirven para nada… En caso contrario, las generaciones venideras tendrán el mismo problema porque, hoy, sobre nuestra historia más reciente, aún contamos con las vivencias de los protagonistas, al menos en su mayoría. Pero la memoria también empieza a fallar, y tanto más cuanto más atrás nos vayamos en el tiempo; y eso sin olvidar que algunos de los que nos la pueden contar en primera persona ya no están entre nosotros y que, poco a poco, se irán yendo más…

Así, es necesario hacer un esfuerzo por conservar esos "papeles" –inclúyanse también los que se encuentran en soporte digital– que nos parecen hoy poco menos que irrelevantes: convocatorias, cartas, facturas…; y, ya puestos, apuéstese también por recuperar cuanto sea posible, quizá a través de particulares más cuidadosos que, por los motivos que sean, los puedan aún conservar en su poder y los quieran prestar para su digitalización, pues el objetivo último ha de ser disponer de la mayor información posible sobre nuestro pasado, para poder utilizarla tanto ahora como en el futuro.

De hecho, toda esa información debe ser puesta a disposición –si se considera necesario, en especial la más antigua, digitalizada para evitar su deterioro– de quien la quiera consultar. Nada hay que ocultar –o, al menos, no debería– y puede ayudar a conocer mejor nuestra historia.

Más que agradecidos deberíamos estar a todos los que, en muchos casos de forma desinteresada, dedican su tiempo y esfuerzo a estudiar distintos aspectos de nuestra celebración pasional. Y así, quizá, su labor resulte un poco más sencilla. En definitiva, es la Semana Santa la que resulta beneficiada, y eso es lo más importante.


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