miércoles, 15 de julio de 2020

jueves, 9 de julio de 2020

Félix Torres

Los hermanos de Amor y Paz que portan la antigua campana de la iglesia realizan un descanso | Foto: Pablo de la Peña

09 de julio de 2020

Tengo miedo.

Desde hace ya más días de los que quisiera, tengo el miedo metido en el cuerpo y no, no es por contagios, ni mascarillas, ni distancias, ni virus, ni pandemias. Me da miedo la "nueva normalidad". Me aterroriza que nos hayamos instalado sin apenas rechistar donde ellos querían y, sobre todo, sin ver ni un atisbo de luz, siquiera, al final de este túnel cargado de síntomas asintomáticos, muertos no contabilizados, gobernantes dictando y pueblo asintiendo –no sé si espasmódicamente o con inmunidad de rebaño–.

Me da miedo que cierta cultura que no alcanza siquiera la categoría underground haya tomado las riendas del carro del que todos tiramos y, aprovechando coyunturas epidémicas, nos meta las manos hasta donde cualquiera de nosotros guarda lo más íntimo y sagrado.

Me asusta ver un futuro cada vez menos incierto en el que los escenarios, todos los escenarios hayan cambiado.

Escenarios de la mundana cotidianidad de nuestra cultura, como los teatros o las plazas de toros, han visto modificado casi sine die su estado de normalidad y todos, calladamente, lo hemos asumido como algo inevitablemente bueno para todos. Llenemos los bares, las terrazas, los paseos o las playas, pero no los teatros, ni los cosos taurinos,… ¡Ni las iglesias!

Y me sorprende que ahora, con pasmosa normalidad asumida casi inconscientemente, nos sentemos alejados en los bancos de la iglesia, no haya contacto entre fieles ni para desearse una paz necesaria o que la comunión pase de ser el acto fundamental y solemne de la eucaristía a una situación en la que participar del sacramento es casi una temeridad.

¿Es porque el Gran Hermano se preocupa de nuestro bienestar a costa de sus desvelos o son movimientos sibilinamente descarados de quienes nos manejan y que aceptamos sin apenas oposición? Contemos la fiesta según nos vaya en ella. Pero, ¡contémosla!

¿Y nuestra Semana Santa? ¿Nos lo hemos planteado?

Me asusta que en esta corriente de normalización social en la que la religión es un grano en el culo de la masa dominante, en la que la Iglesia es ninguneada por cualquier interlocutor, en la que se radicalizan los discursos sesgándolos hacia donde ellos quieren que miremos –…la labor social de la Iglesia no existe, Cáritas no es sino una ONG, el concierto educativo es un lastre que nos estamos quitando poco a poco…– estoy seguro de que la Semana Santa popular, la participativa, la de la calle, no va a ser nunca más como la conocíamos. Normas restrictivas, sanciones, ordenanzas y regulaciones, emitidas desde un gobierno protector que solo mira por el bienestar de sus gobernados, incluso a costa de incomodidades, contratiempos y sufrimiento, nos convencerán de que lo que no puede ser es hacer lo que hacíamos y, sobre todo, nos aleccionarán para que entendamos que lo hacen por nuestro bien. Siempre por el bien de los gobernados.

Si nos han tenido recluidos a su antojo durante meses, con la contradicción como norma y el control policial como seguro… qué no harán con algo como nuestras procesiones, nuestra Pasión, para las que tienen claro el acoso y derribo desde que mamaron sus primeras leches políticas.

Sí. Me da miedo y quisiera equivocarme, pero tengo la impresión de que una normalidad diferente, su "nueva normalidad", ha venido para instalarse entre nosotros sin visos de que en algún momento recuperemos al menos parte de lo que hemos perdido y, sobre todo, de lo que, si seguimos con esta actitud pascualmente ovina (otra vez la inmunidad de rebaño), vamos a perder sin remedio.

Intentemos adelantarnos a lo que se nos podría venir encima. Luchemos por no perder nuestra identidad. Porque, sea del sur o del norte, barroca o austera, esta es y será siempre nuestra identidad. Peleémosla.

Tengo miedo, aunque ojalá me equivoque.


lunes, 6 de julio de 2020

F. Javier Blázquez

Un mismo cofrade sostiene dos hachones en la procesión de la Cofradía de Cristo Yacente | Fotografía: Pablo de la Peña

06 de julio de 2020

El mundo se nos vino abajo cuando asumimos que este año las calles no se convertían en templos durante los días santos del comienzo de la primavera. Los pasos quedaron sin montar, la mayor parte de los actos cuaresmales sin ejecutar, los triduos sin rezar y el pregón oficial sin pronunciar. El tiempo se detuvo y en el anhelo quedó nuestra Semana Santa del 2020, la que ni siquiera pudimos celebrar en las iglesias. Cada uno lo hizo a su manera, como Dios y los tutoriales diocesanos le dieron a entender, encerrado a cal y canto durante los peores momentos de la pandemia.

Ahora, cuando tradicionalmente entramos en la época de parálisis casi absoluta en la actividad cofrade, da la impresión de que el mundo cofrade intenta recuperar algo de lo que quedó sin hacer. La revista Pasión en Salamanca, en su formato clásico, al ralentí, ha comenzado su distribución. Después de todo es una revista cultural cuya lectura tiene cabida en cualquier momento del año. Había quedado empaquetada en las vísperas de su presentación. Christhus, que aún no estaba impresa, se rehace y aligera y en breve sacará una edición reducida para los coleccionistas. Algunas cofradías estudian llevar al otoño los actos que, por no tener vinculación con el calendario litúrgico, bien pudieran verificarse en otro momento y poder darles así continuidad en el tiempo. El poeta ante la cruz, uno de ellos, podría servir como ejemplo representativo.

Poco a poco la vida cofrade parece ir resurgiendo, a ritmo lento, pesadamente lento, sin certezas de cara al futuro, porque nadie puede asegurar que para 2021 habremos recuperado la normalidad. Pero no queda más remedio que mantener la esperanza en este tiempo de inquietante espera. De momento, si se confirman los rumores y hay más de una candidatura a la presidencia de la Junta de Semana Santa, tendremos un mes de julio entretenido en los mentideros cofrades. Un aliciente más para este mortecino y atípico principio del estío. Ojalá que en estas semanas de campaña sin campaña todo quede en runrunes de lo que uno u otro pudiera aportar en caso de salir elegido. El problema es, y la experiencia así lo demuestra, que solo hay un ganador y cuando uno gana es porque el otro pierde. Y no están los tiempos para divisiones, que en todos los sentidos pinta el palo verde de la baraja. La Semana Santa no es como la política, no debiera serlo aunque sus procedimientos son y deben ser democráticos, faltaría más, pero las pugnas nunca fueron buenas ni terminaron bien.

Comienza el verano, con muchas incertidumbres. Demasiadas. Es tiempo de espera, con inseguridades, con temores, pero también con esperanza. Pese al desánimo no podemos renunciar a ella. Tenemos la certeza, porque es una constante, de que tras las crisis siempre surge algo nuevo, mejor o peor, en todo caso diferente. A nosotros compete disponer los medios para que la nueva etapa que ineluctablemente está abriéndose camino sea mejor. Y todo pasa por la unidad, virtud que escasea en la tierra hispánica y apenas si se conoce por la Charrería. Pero hay que clamar por ella, reivindicarla desde todos los ámbitos, comenzando por el diocesano, siguiendo por las hermandades, llegando al corazón cada cofrade, dejando a un lado los protagonismos y las ansias de medrar. Ahora más que nunca se hace necesario aunar esfuerzos y trabajar todos en la misma dirección, porque lo que viene para nada va a ser fácil.


jueves, 2 de julio de 2020

Tomás González Blázquez

Romería de La Salud en Alcañices | Foto: Alberto García Soto

02 de julio de 2020

El 2 de julio es fecha marcada en el calendario para todos los alistanos: la cita anual en el santuario de la villa de Alcañices, establecido en la antigua iglesia conventual de San Francisco, al que acuden para rendir visita a la Virgen de la Salud, patrona de la comarca. El día en que se celebraba antiguamente la fiesta de la Visitación acoge esta jornada mariana de peregrinación, que atrae también a devotos portugueses, y sin duda muchos de ellos aprovecharán la apertura ayer de la frontera hispano-lusa para rezar ante la sagrada imagen de túnica azul y blanco manto, con el Niño Jesús sostenido en su brazo izquierdo. Tristemente perdida la antigua talla románica, que pereció en un incendio accidental en el verano de 1917, la actual fue realizada en los talleres Tena, valencianos, justamente hace un siglo. No podrá festejarse el centenario acompañando en procesión a la Virgen por las calles de Alcañices, pero tiempo habrá de retomar algunas actividades conmemorativas que la emergencia sanitaria ha postergado. Sirve este 2 de julio diferente, en todo caso, para reivindicar la belleza de la advocación mariana de la Salud. La Madre de Dios es invocada como "salud de los enfermos", así se hace en Tejares o en San Sebastián, y así se rezaba también, con título tan hermoso, a la Virgen de la Alegría, que la Cofradía de la Vera Cruz muestra como el icono de la salud definitiva, el gozo de ver al Resucitado.

No se limita la Salud a ser una advocación para Nuestra Señora, sino que Cristo mismo es asociado a este don ansiado y pedido, implorado cuando se pierde y agradecido cuando se recobra. Un vistazo rápido a los programas de Semana Santa nos descubre la existencia de numerosos ejemplos de Cristo de la Salud representando algún momento de la Pasión. Vinculado en muchos casos a favores proporcionados a algún pueblo o ciudad en situaciones de epidemia, el Cristo de la Salud se nos presenta como "el médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos" que ha encomendado a la Iglesia, auxiliada por el Espíritu, proseguir esta misión de curación y de salvación a través de los sacramentos (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1421). Confiados a su poder sanador lo veneran cada primer viernes de marzo en Alba de Tormes, encarnado en un crucificado gótico que guarda la parroquia de San Pedro, procedente del monasterio de los jerónimos desamortizado en el XIX. Contemplar el rostro de este Cristo de la Salud, paciente y humilde, desgarrado, exhausto, nos traduce con fidelidad lo anunciado en los Cánticos del Siervo, concretado en curaciones (Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos…; Mt 8,16) y llevado a plenitud en la cruz (…para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: "Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades"; Mt 8,17).

La salud de las personas rogada a Jesús y María se estima también necesaria para las instituciones, las comunidades, la sociedad en su conjunto. En tiempos en los que la divergencia se expresa muchas veces de forma abrupta y sectaria, y la crítica se interpreta a menudo como ofensa, sanear aquello que lo precise resulta más urgente que nunca. ¿Gozan de buena salud nuestras cofradías salmantinas, nuestra Coordinadora Diocesana todavía pendiente de despegue, nuestra Semana Santa con su Junta inmersa en inquieto período electoral, su presencia o ausencia en la Iglesia local y en la ciudad, sus fortalezas y sus debilidades? Identificar las enfermedades será lo primero, para plantear remedios con posibilidades de éxito. Tampoco es cuestión de ser ingenuos, que la salud como estado perfecto, completo y continuado no existe, mucho menos cuando este concepto subjetivo se pretende aplicar a una realidad tan amplia como la Semana Santa salmantina. Pero algunos parámetros sí podemos medir: la convocatoria del culto de las cofradías y la participación de sus miembros, el alcance y eficacia de la obra social y caritativa, la organización de actividades formativas, el cuidado del patrimonio o la comunicación, la asistencia a las asambleas y reuniones, el grado de compromiso de directivos y capellanes, la fidelidad a las normas diocesanas que ya han cumplido un año, la capacidad de resolver los conflictos con honestidad y serenidad… Las queremos saludables. Las necesitamos sanas. Aunque tengamos que ponernos la mascarilla e imaginar solamente un beso al Cristo de la Salud. Aunque haya que mantener la distancia y no pueda salir la Virgen de la Salud sobre su carro triunfante como cada 2 de julio, cuando Aliste peregrina para esperarla a la puerta de su santuario.


domingo, 28 de junio de 2020

Isabel Bernardo

Imagen del Cristo manco de Isabel Bernardo, que la acompañó en el pregón de la Semana Santa de Salamanca de 2015

29 de junio de 2020

La pandemia, emocionalmente, me puso al límite. Y utilizo el singular, aun sabiendo que muchos otros, muchísimos, se sintieron como yo. Sin embargo no me atrevo a pluralizar cuando se trata de ponerle palabras a un sentimiento, tan íntimo y doloroso, que probablemente mi alma lo haya enquistado en sus adentros ya para siempre. En pocos días nuestro alrededor se llenó de enfermedad, de miedo y de muerte. La soledad se hizo terriblemente esférica y el silencio, inalcanzable. Solo la oración me ofrecía un tiempo de bálsamo. Eran oraciones lentas, muy lentas; oraciones que se iban deteniendo en cada palabra multiplicando las súplicas. Pero mis plegarias continuamente se veían interrumpidas por las noticias de nuevos fallecimientos. La muerte sobre la muerte, haciéndose una cifra dramática y mentalmente inasumible. La muerte dentro de una soledad devastadora a la que no estábamos acostumbrados.

La imagen en el pensamiento de estas agonías, tan solitarias y sin abrazo, me llevó a la imagen del Cristo manco que tengo en mi casa. Una pequeña talla que mi suegra tenía en su mesilla de noche y a la que siempre le faltó un brazo. Cuando mi suegra falleció la advertí en el acopio de esas "cosas para tirar" que se dan cuando "se levantan" para siempre las casas. Yo lo rescaté de entre aquellos trastos como un precioso bien, y ante Él escribí mi pregón de la Semana Santa de Salamanca del año 2016. Ante Él también lo pronuncié en el Teatro Liceo. Ante Él he ido dejando lágrimas, sueños y esperanzas.

El pasado 26 de febrero, miércoles de ceniza y comienzo del tiempo de Cuaresma, trasladé mi Cristo manco del estante de la biblioteca a una mesa en la entrada de mi casa. Allí, junto a la cruz de olivo de mi hermandad, la Franciscana de Salamanca, un año más, me ayudaría a buscarme en la oración y en la fe cristiana. La expansión rápida de la enfermedad de la Covid-19 ya hacía sospechar que todas las celebraciones religiosas iban a ser suspendidas. Pero lejos estábamos de imaginar que la pandemia iba a obligarnos a enfrentar una tragedia que sobrepasaba el dramatismo de los símbolos de la Cruz. Confieso que no ha sido fácil encontrar el equilibrio para poder comprender, más que la muerte, la soledad. Siento ahora incluso un temblor frío al intentar transcribir los soliloquios de tales desamparos. Nunca la soledad y el silencio se me habían hecho tan apocalípticos y devastadores. Una tarde, en un arrebato, tomé a mi Cristo manco muy enfadada y lo puse boca abajo sobre la mesa. La relación hombre-Dios no está exenta de dificultades. Hoy hemos vuelto a mirarnos frente a frente. Él me busca desde su perdón y yo, erre que erre, sigo preguntándole por la esperanza.

sábado, 27 de junio de 2020

Xuasús González

Un hermano del Cristo del Amor y de la Paz alumbra con su farol | Foto: Pablo de la Peña

26 de junio de 2020

Hemos dejado atrás más de tres largos meses –exactamente han sido 99 días– de estado de alarma: desde un ya lejano 14 de marzo hasta que, por fin, el pasado domingo, 21 de junio, estrenábamos esta nueva etapa que se empeñan en llamar "nueva normalidad" –contradictio in terminis en toda regla, dicho sea de paso– que, de normalidad, desde luego, tiene bien poco… Mascarillas, geles hidroalcohólicos y otras medidas preventivas nos van a acompañar sabe Dios hasta cuándo… y nos deben servir, además, para tener bien claro que esto todavía no se ha acabado; que tenemos que seguir teniendo mucho cuidado…

La verdad es que le entran a uno sudores fríos solo echar la vista atrás y pensar en los miles de fallecidos y de infectados que ha causado la pandemia. Y también en el enorme trastorno económico que ha supuesto a todos los niveles… y lo que aún está por venir, que las expectativas de esta "nueva normalidad" no son para nada halagüeñas. Dicho en román paladino: mucha gente, no tardando, lo va a pasar francamente mal.

Y el mundo cofrade, ni que decir tiene, no se puede quedar de brazos cruzados. De hecho, hace ya tiempo que se ha puesto manos a la obra con distintas iniciativas llevadas a cabo para contribuir a paliar los efectos de la pandemia y echar una mano a quienes más lo necesitan; una llamada a la solidaridad que ha obtenido respuesta entre los cofrades: y, lo más importante, una ayuda –que, por pequeña que sea, es siempre bienvenida y nunca sobra– que ha llegado ya a sus destinatarios. Pero es necesario seguir insistiendo…

Y es que, también en lo cofrade, toca adaptarse a esa "nueva normalidad", aunque ni tan siquiera sepamos muy bien cómo va a evolucionar. Pero, desde luego, lo que sí parece fuera de toda duda es que la caridad va a ser fundamental. En realidad, lo es desde siempre: es uno de los tres grandes pilares, junto con cultos y formación, sobre los que se asientan las cofradías; y estas son conscientes y obran en consecuencia con distintas actuaciones a lo largo de todo el año, unas veces más visibles –como, por ejemplo, en Navidad– y otras más discretas. Y empezando por aquellos a los que tienen más cerca, sus propios hermanos que, con toda probabilidad, ahora lo van a necesitar más.

La covid-19 ha puesto todo patas arriba, trastocando por completo nuestra forma de entender la vida. Y la realidad que conocíamos ha cambiado –está cambiando– por completo. Y si la situación es diferente, huelga decir que también distinta ha de ser nuestra manera de proceder… que, por otra parte, antes de todo esto iba ya necesitando repensarse…


miércoles, 24 de junio de 2020

Roberto Haro

Detalle del bautismo de Cristo por san Juan Bautista en el retablo de la Catedral Vieja de Salamanca

24 de junio de 2020

Llegados ya al ecuador del año, nos presentamos en el día de san Juan Bautista. Un día que pasaría desapercibido para muchos si no fuera por las hogueras que este año no se han podido celebrar, o quizá por ser el día con más horas de luz –allá donde las nubes permitan ver esa luz– o por los motivos que cada uno quiera tener.

Pero muy pocos recordarán que hoy los cristianos celebramos una fiesta en la que se recuerda al santo por el día de su nacimiento. Y creo que, si la memoria no me falla, es algo único en el santoral.

Y es que hay que tener en cuenta que san Juan Bautista nació seis meses antes que Jesucristo, de manera que en medio año, el 25 de diciembre, celebraremos el nacimiento de nuestro Señor Jesús, muy cerca del solsticio de invierno cuando llega el día más corto del año. El nacimiento de san Juan, en cambio, se produce en el lado opuesto del calendario, cerca del solsticio de verano y el día más largo. Así, según el dicho, después de Jesús los días van a más y después de Juan, los días van a menos hasta que vuelve “a nacer el sol”.

Cuando me propuse escribir estas líneas para la revista, en este día, caí en la cuenta de que este santo, predestinado por Dios para que cumpliera el papel de anunciador y presentador del Hijo de Dios, está poco presente en la iconografía o en la vida de las diferentes cofradías y congregaciones de nuestra ciudad. Y entonces cambié el hilo argumental del escrito, pensando precisamente en este día y su relación con las cofradías.

Si nos ceñimos a los templos que perviven en la ciudad con dicha advocación, solo recuerdo la iglesia de San Juan Bautista de Barbalos, en la plaza de su mismo nombre. Un templo donde se pueden contemplar además otras obras de arte, como el conocido Cristo de la Zarza, contemporáneo a la construcción del tempo en el siglo XII.

Igualmente, la iconografía del último profeta se conserva con cierta presencia en los templos donde moran las cofradías. Se puede ver en retablos u hornacinas de la Iglesia de la Vera-Cruz o la Clerecía, por poner dos ejemplos de sedes de nuestras cofradías.

Hay que remontarse a la época de los Reyes Católicos para ver cómo la devoción a san Juan Bautista se hace patente en la sociedad. En esa época, esta imagen comienza a rivalizar con el otro Juan, el Evangelista, y ambas corrientes sanjuanistas se complementaron para tener una amplia representación en los espacios sacros.

Pero todo cambia si nos fijamos ya en la imagen procesional de esa corriente sanjuanista. El Evangelista cuenta con una presencia importante entre las cofradías y se puede ver a la Virgen acompañada por el discípulo amado. Es una imagen secundaria muy utilizada, sobre todo, en el sur de España, donde su presencia en el Calvario hace que sea el santo más destacado de los dos.

La imagen de san Juan Bautista no aparece en la nomenclatura de nuestras cofradías ni en la imaginería procesional. Sin embargo, no es raro descubrirla en otras ciudades castellanas ‒y no hace falta irse muy lejos ni mirar otra vez al sur‒ donde la devoción al Bautista, a lo largo de la historia, ha permanecido vinculada a las obras de caridad vinculadas a la atención de los condenados a muerte en sus últimos momentos y la preocupación por asegurarles un entierro cristiano.

Por ello hay una presencia abundante del Bautista en templos y conventos, como representación pictórica o escultórica de altar. La del Evangelista es más frecuente en el arte escultórico procesional.
¿Por qué quedó en el olvido devocional o incluso procesional este gran profeta entre nuestras cofradías?


lunes, 22 de junio de 2020

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Cada cofrade de la Vera Cruz toma del hombro al hermano que le precede en la carga del Doctrinos | Foto: Alfonso Barco

22 de junio de 2020

Tengo hambre. Con una lentitud que, en ocasiones, nos resulta exasperante, poco a poco vamos saliendo de nuestro encierro. El aislamiento va terminando y hay que retomar la vida. Afrontamos una normalidad que nos resistimos a que sea nueva, pero que tampoco puede ser la misma de antes. Tras más de tres meses (tengo grabada la fecha, 13 de marzo, en la que celebré por última vez en la iglesia, con pueblo, antes del encierro), volvemos a encontrarnos los unos con los otros, y tenemos hambre. Cuando pase el tiempo será interesante comparar las intenciones y deseos que manifestamos al inicio del encierro con las actitudes y resoluciones con las que salimos. Pero lo cierto es que, haciendo una breve evaluación, puedo decir que salgo con hambre. Con hambre de hermandad.

Si simplificamos mucho, demasiado quizás, en nuestras cofradías existen dos grandes grupos de hermanos: aquellos para los que la participación en la misma reviste un carácter más externo, cultural, y aquellos para los que ser cofrade es una manifestación profunda de su fe, de su ser. Y aquí está el problema con el que nos hemos encontrado: la fe no puede ser virtual. Durante estos meses hemos hecho un esfuerzo grande para evitar que nuestros lazos se disolviesen, para estar unidos en la distancia. Todos conocemos y hemos seguido las eucaristías por medios de comunicación y redes sociales, hemos recordado nuestras procesiones de otros años y hemos visto entrevistas y testimonios varios de distintos hermanos. Aislados como estábamos, nos hemos emocionado y hemos llorado... ante la pantalla del ordenador o del móvil. Pero esto no es suficiente, es solo un pálido reflejo de la experiencia real que supone encontrarnos juntos. De igual modo que la eucaristía en la distancia es solo un parche hasta poder encontrarnos con el Señor resucitado en persona, en la comunión, las actividades fraternas en las redes sociales solo pueden ser un anticipo del encuentro real, fraterno de todos nosotros.

La ausencia obligada a la que hemos estado sometidos ha aumentado –o debería haberlo hecho– nuestra necesidad, nuestra hambre, de encontrarnos, de vivir la fe como comunidad viva. Dábamos por supuesto muchas cosas: la hermandad, las celebraciones, el camino compartido. Y, de repente, de modo trágico, nos hemos visto privados de ellas sin fecha de retorno. Lo que no valorábamos por común, casi por vulgar, al perderlo, hemos visto que nos crea un vacío en el corazón, en nuestro interior. Un vacío que solo podrá ser llenado cuando restauremos la fraternidad compartida. Ni quiero, ni puedo caer en el discurso fácil de que de la pandemia vamos a salir mejores. No es cierto por más que lo deseemos. Si queremos cambiar, si queremos recuperar lo perdido, debemos, animados por el Espíritu Santo sin el que nada podemos hacer, ponernos en camino. Hay que hacer análisis y discernimiento. No se trata de que la pandemia nos haya hecho mejores o nos haya transformado, sino que el parón obligado, el curso casi en blanco, es una oportunidad para reemprender proyectos, para coger aliento, para renovar la fraternidad en nuestras hermandades y cofradías. Tenemos un tiempo nuevo para un nuevo comienzo.

Poco a poco tenemos que ir dando pasos. En primer lugar, sanar heridas. La fraternidad nunca será perfecta, pero debemos darnos cuenta de que los enfrentamientos no merecen la pena. Ante la pandemia y las medidas que tenemos que tomar y padecer, todo palidece. En segundo lugar, recuperar espacios y tiempos. La rutina anterior pudo hacer que nos hayamos alejado de los espacios comunes que todos los hermanos debemos compartir, de los tiempos y encuentros que ayudaban a forjar hermandad entre nosotros. Hay que volver a valorarlos. En tercer lugar, redescubrir la Eucaristía como el corazón palpitante de nuestras cofradías. Ante el Señor reencontraremos la fuerza y la gracia necesaria para evangelizar nuestras calles acompañando las imágenes de nuestros sagrados titulares. Sanar, reencontrar, adorar. Tres pasos necesarios para recuperar una normalidad que, nueva o no, debe ser más fraterna.


viernes, 19 de junio de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

El Cristo del Amor y de la Paz, en el Liceo durante el pregón de la Semana Santa de 2015 | Foto: Manuel López Martín

19 de junio de 2020

Cuando el presidente de la Junta de Semana Santa me preguntó qué imagen quería llevar al Liceo el día de mi pregón, sentí un gran placer al pronunciar su nombre.

El Cristo de los Arrabales, como dejé dicho y escrito en aquel inolvidable atardecer del año 2015, es la imagen que acompañó mi recorrido por los territorios cristianos que fui cruzando a lo largo de la vida.

Pero sobre todo emanan de su figura, con cierta angustia emocional, aquellos acontecimientos infantiles que, imborrables, aparecen cada vez con más nitidez en los archivos más selectos de la memoria.

La chavalería de aquel curso, del colegio desaparecido del Teso de la Feria, cantamos muchas tardes, rebosando ternura y complaciente inocencia, ante la imagen del Cristo en la Iglesia recientemente inaugurada del Arrabal del Puente: "Vamos, niños, al Sagrario, /que Jesús llorando está...".

Don Ricardo Blázquez (culpable de la fiebre inicial de mi escritura) fue capaz de hacerme ver cómo la cruz de la injusticia cae sobre los hombros de los desheredados de la tierra. Nos hablaba como hablan los maestros cuando tienen en el lenguaje del corazón el amor a la enseñanza. Nos hizo ver en el hombre que sufre al crucificado del Arrabal, dejándonos en el corazón esa puntada que siembra, en la niñez, la simiente que hace surgir el fruto de la solidaridad sobre el breve y vertiginoso carrusel de la vida.

En mis labios sigue vivo (lo he contado muchas veces) el sabor frío del mármol verdoso de aquel altar. Mi madre contaba que, dando mis primeros pasos, corría para ver y charlar con el fiel amigo que me esperaba en la cruz.

No habían pasado muchos años cuando, dirigidos por ese gran actor que es Vicente Hernández, todos los cofrades cantábamos, por el Puente Romano al Cristo, mientras vestíamos el hábito monacal que, por sencillo, resplandece como pocos en las negras entrañas de la noche: "Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor...".

Cuando estaba diseñando la estructura del pregón, entre versos y recordaciones, esas vivencias me daban cierto pánico, al suponer que podría perder la compostura preso de una emoción incontrolable al ver a mi lado al Cristo del Amor y de la Paz.

El momento más impactante, que sobrepasó aquella puesta en escena tan espectacular que lograron los técnicos del Liceo, fue por la mañana, cuando lo vi entre ensayos de luces y sombras sobre el escenario. La imagen más importante que contemplaron mis ojos había recorrido el mayor trayecto de su larga estancia de siglos en Salamanca, para presidir el pregón que iba a pronunciar aquel niño que, prendado de su belleza, lo hizo suyo para sentir a su lado la soledad de la cruz.

En los primeros años de la floreciente etapa de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, aquel sacerdote inolvidable que fue don Rafael Sánchez Pascual, puso su empeño en hacernos comprender a los jóvenes cofrades, que aquella talla pequeña, pero impresionante por su valor artístico, no debería suplantar nunca al Cristo auténtico que nos espera en la eucaristía y en el alma de cualquier hombre que mirándonos a los ojos nos ruegue auxilio.


martes, 16 de junio de 2020

Félix Torres

José Adrián Cornejo, presidente de la Junta de Semana Santa, departe con el obispo de la diócesis | Foto: Pablo de la Peña

17 de junio de 2020

Hace unos días, los salmantinos nos encontrábamos "celebrando" la festividad del santo de Sahagún, el Juan que paraba necios y enamoraba damas, el Apóstol Salmantino, patrón de la ciudad y cuidador de sus habitantes. Celebrando, digo, por no decir esperando a un concierto en la Plaza o unos fuegos de artificio en la ribera del Tormes que no fueron ni en la virtualidad. Una fiesta más que descafeinada a pesar de los intentos del consistorio por dar aires virtuales de normalidad a la misma para nosotros que, quien más quien menos, llevamos meses de teletrabajo, de conexiones remotas, de videoconferencias y de charlas monitorizadas que ahora llamamos chats. Estábamos nosotros como para hacer algo de caso al programa festivo municipal desde nuestros ordenadores y conexiones wifi.

Pues, no sé si aprovechando, pero sí que coincidiendo con estos fastos municipales, salta la noticia de la convocatoria de elecciones a la Junta de Semana Santa de Salamanca.

José Cornejo, presidente cesante, convoca a los medios y anuncia que la elección del futuro nuevo presidente de nuestra Junta de Semana Santa será el próximo 28 de julio.

Serán diez años justos, ni día más ni día menos, los que Cornejo habrá manejado el timón de una Junta de Cofradías que, ya en su mandato, pasó a ser Junta de Semana Santa, un nombre mucho más "amplio" e inclusivo. Porque el 28 de julio de 2010 tuvieron lugar aquellas elecciones en las que Cornejo obtuvo el respaldo de nuestras cofradías mediante los votos de nuestros hermanos mayores y presidentes.

Diez años en los que hubo luces y sombras, que en tanto tiempo da para mucho. Luces en un Liceo que desde el primer momento fue el baluarte en el que se ha hecho fuerte y grande nuestro pregón en estos años. Luces también en lo que ha sido la mejor época para la difusión de nuestra Semana Santa de cara al exterior en cuantos círculos ha tenido a su alcance. O luces, por cerrar este interruptor halagüeño, en esa medalla de oro de la Ciudad de Salamanca que, en 2018, estrechaba aún más los lazos entre la ciudad y quienes llevamos más de quinientos años recorriendo sus calles para mostrar más orgullosa que catequéticamente la Pasión a los demás.

Y sombras, claro. Que algunas cosas, en tanto tiempo, se le han escapado de las manos o se le han venido encima sin él quererlo. Unos estatutos que, siendo su principal objetivo en aquel 2010, fueron una china en el zapato, que dolió a cada paso hasta su aprobación seis años después; algún "sapo" que hubo de tragar cuando le venía de… no sé si arriba o abajo mientras se le escurría de entre las manos a la vista de todos o, por terminar también con estas oscuridades, este cielo pandémico que se le ha venido encima en su despedida, sin comerlo ni beberlo, impidiendo una marcha a los sones de Pasión en Salamanca, nuestra marcha "oficial" en los últimos tiempos.

Y el 28 de julio, si no hay crisis que lo impida, con mascarillas y geles desinfectantes –que así se ha anunciado– y manteniendo las distancias, tendrá lugar la votación para elegir a quien será el relevo de Cornejo. Un relevo que muchos ya dan por sabido que será "natural" pero que, si hacemos caso de las crónicas antañonas en las que hasta un servidor era mencionado como presidenciable junto a otros nombres, mucho más conocidos que el mío, de la Semana Santa salmantina, tendrá algún que otro nombre en el candelero. Así que, a partir de ahora, y aun sabiéndose de un único candidato que haya dado "paso alante", seguro que se abren las casetas de apuestas y habrá nombres que saldrán a relucir con mejores o peores intenciones por parte de quienes hagan correr los rumores.

Sean quienes y cuántos sean, si es que hay más alternativas, esperemos que estos meses de presentaciones y búsqueda de votos sean tan tranquilos como meses de verano que serán. Y que, por supuesto y adelantándome a todo, se llame como se llame el presidente que salga de esa votación del próximo 28 de julio, cuente con el respaldo de nuestros dirigentes, la comprensión de los cofrades y la ayuda de todos. La mía la ofrezco desde aquí y desde ya.


domingo, 14 de junio de 2020

Álex J. García Montero

La Virgen de la Esperanza pasa frente al Edificio Histórico de la Universidad | Foto: Pablo de la Peña

15 de junio de 2020

Mano a mano, es como se anuncian los grandes duelos entre figuras. Normalmente, es curioso que a veces estos carteles susciten gran interés por parte de los aficionados.

Pero no nos engañemos. Muchas veces ese interés viene motivado por unos piques inexistentes, ampliados por intereses espurios, legítimos tal vez, por todo lo que rodea al mundo del matador, sin que los matadores mismos tengan la mayor constancia de esa rivalidad ("sana") entre ellos, aunque sus emolumentos dependan de esa confrontación.

Así, medios de comunicación, redes sociales, canales taurinos, opinadores varios, y de un tiempo a esta parte, la propia prensa rosa, avivan rencillas no explícitas entre ternos y capas.

Al final, el mano a mano, como todo lo que genera grandes expectativas en la vida, suele defraudar, por la propia aptitud de los taurómacos más que la de los propios matadores, pues entre estos últimos siempre hay una cordialidad que, en general, salvo luctuosas excepciones, en el mundo taurino rige una cordialidad bastante extraterrestre respecto a otros mundos, espectáculos y variedades (y vaciedades).

En el mundo cofrade, el mano a mano, lleva tiempo gestándose de manera artificial. En cualquier sitio de nuestra tierra, es costumbre en bastantes hermanos pertenecer a varias hermandades y cofradías. Bien es cierto que todos tenemos una devoción por encima de nuestras pertenencias, y es en la corporación de esa devoción, donde ponemos nuestras espigas como Abel ante Dios. Incluso, a veces, es una devoción tan desmedida que la mantenemos en lo más profundo de nuestro ser, a cuenta de no pertenecer a la hermandad que rige los destinos corporativos e institucionales de dicha devoción. Pues hay devociones tan amplias que incluso puede que no estén canalizadas a través de una hermandad o cofradía, aun teniendo intentos (la mayor parte fracasados) para ello.

Pero seamos sinceros, desde las viejas pugnas entre Veracruces y Nazarenos, hasta las actuales pugnas entre corrientes de hermanos dentro de una misma hermandad, el fenómeno más común que se ha producido es el de la fundación de nuevas hermandades sin haberse despertado aún las devociones entre el pueblo. Son cofradías surgidas de encontronazos y derrotes en burladeros imaginarios.

Voy a explicarme. Decía un amigo presbítero que las denominadas "Guerras de Religión", que tuvieron lugar en la Europa del Renacimiento, con la Reforma Evangélica o Protestante y la Reforma Católica (no me gusta el término Contrarreforma por ser intrínsecamente peyorativo), la gente se mataba por cuestiones de fe como por ejemplo la presencia real de Cristo en la Eucaristía (la famosa "transubstanciación") o la defensa a ultranza de la sucesión apostólica desde los tiempos de la Iglesia naciente hasta el Santo Padre de Roma. Hoy en día, los opinadores varios llaman "Guerras de Religión" a algo que no lo es, por norma general, pues son mayoritariamente ideológicas para incitar odio entre cabezas manipuladas por extremistas, que poco o nada tienen que ver con el auténtico espíritu de una religión.

Con las cofradías pasa algo parecido. En épocas pretéritas, había enfrentamientos cerriles entre cofrades de una corporación y otra, con lucha entre devociones, incluso maneras exageradas de mostrar esas devociones (hay constancia de cofradías penitenciales surgidas de grupos de cristianos de origen hebraico en los estertores de la Edad Media que fueron prohibidas, por ejemplo, en la vecina ciudad de Zamora, por realizar una escenificación exagerada de la fastiginia como penitencia de sangre).

Sin embargo, en la actualidad los enfrentamientos han surgido de la estulticia entre modos absurdos de gestar las cofradías gracias a grupos de poder gestados en torno a costaleros, hermanos de carga, priostías y demás gandalla que pulula por las casas de hermandad, convertidas en todo lo contrario para lo que fueron concebidas. Estas casas de hermandad son guetos que poco a poco habrá que cerrar si queremos recuperar el auténtico sentido de las cofradías como grupos de hermanos reunidos por unos fines (religiosos, sociales, caritativos y votivos) en torno a una devoción o devociones sinceras.

Porque, si no, estaremos cayendo en el mano a mano de opinadores interesados más en gestar odio entre controlar hermandades de capa (negra) caída que en revitalizar la devoción auténtica hacia sus titulares. Y lo mismo es aplicable a otras muchas hermandades y cofradías.

Por eso, cerremos guetos, y hagamos de la Fiesta, y muy especialmente de nuestra Semana Santa, un retorno a la devoción gestada durante siglos o décadas, pero nunca forzada por mor de circunstancias erróneas.

Los quites están muy bien en el ruedo para provocar la competencia, pero el matador de ese toro es el que realmente lidia el cornúpeta, no cualquiera de la terna o del mano a mano. El público puede aplaudir un quite realizado por otro interviniente, incluso en un momento de apuro, por un subalterno. Pero los trofeos o los pitos, o el ignominioso silencio se verterán sobre el actuante en la lidia.

Nuestra Semana Santa no necesita de expectativas, sino de compromiso en estos tiempos difíciles, donde el ruedo será el pan nuestro de cada día. Y sin burladeros, como muchas de las plazas de nuestros pueblos. Habrá que sustituir el "tomar el olivo" por bucles en el aire. Y esto es muy aplicable a la Semana Santa. Por muchos bucles en el aire, la fuerza de la gravedad, y más en estos tiempos, nos hará caer de bruces en el albero. Mejor eso. Porque si no el toro de la vida y de la realidad "hará hilo". Y no tardando.

¿Mano a mano? Mejor, hombro con hombro, y en estos tiempos de covid-19, codo con codo.


viernes, 12 de junio de 2020

Paco Gómez

Las hermanas de carga de María Nuestra Madre culminan la subida de Tentenecio | Foto: Manuel López Martín

12 de junio de 2020

Le puso la mano en la testuz y dijo: "tente, necio". 
El morlaco se amansó y no hubo más problema.

(Juan Manuel Sánchez Gómez, 
Retazos de la vida de San Juan de Sahagún)

Salamanca celebra en las circunstancias que de momento marcan nuestra vida la festividad de san Juan de Sahagún, su santo patrón. Lo hace con una misa de aforo reducido y casi íntima y con un vago eco en el mundo telemático. Coordenadas inevitables en el hito que suele marcar la llegada definitiva del verano a la ciudad y que ahora nos recuerdan, qué le vamos a hacer, las históricas cancelaciones que no hace tanto vivió el mundo de la Semana Santa.

Así que hoy, pandemia y desescalada aparte, parece un buen momento para reflexionar sobre algunos de los vínculos entre nuestro mundo cofrade y el fraile de agudo ingenio y gran bondad que pasó a la historia como artífice nada menos que de la pacificación de los bandos enfrentados que durante décadas desangraron la ciudad en la Edad Media.

Si debemos empezar por algún lugar, ninguno mejor que la iglesia erigida en honor al santo a finales del siglo XIX en un marcado gusto historicista propio de la época. Un bello edificio surgido en un momento de desaparición de muchos de los antiguos templos de la ciudad, caso de Santo Tomé o San Mateo, y que lleva la firma del arquitecto de la Casa Lis, Joaquín de Vargas.

En su interior, fruto de variados procesos históricos, se encuentran dos de las tallas que conformaron hasta 1972 las salidas procesionales de la desaparecida Cofradía del Cristo de las Batallas, más conocida como de los Excombatientes. Se trata del imponente crucificado Nuestro Padre Jesús del Consuelo y de María Santísima del Gran Dolor. Como conocerán muchos amantes del patrimonio religioso, esta última es una de las piezas más peculiares de nuestra iconografía semanasantera. Se trata de una Piedad de vestir en la que se encuentra también un sagrario dorado en el interior del pecho de Jesús descendido de la cruz.

Imágenes de expresividad barroca en un templo decimonónico pero coetáneas, esto sí, de otro espacio ahora básico para nuestra Semana Santa, la iglesia de San Sebastián. Gracias a una restauración todavía reciente, la sede canónica de la Hermandad del Despojado luce con esplendor la imagen de San Juan de Sahagún en una de las puertas laterales, durante décadas cegada y víctima de una degradación felizmente dejada atrás.

Se trata, por cierto, de una imagen muy curiosa que nos presenta el patrón con la tradicional alusión a la eucaristía pero vestido de una forma particular: con el hábito de colegial de San Bartolomé.

No hay que olvidar que el Colegio de Anaya, de cuyo complejo forma parte la iglesia de San Sebastián, fue uno de los focos de poder más relevantes en todo el país durante más de dos siglos. Los bartolomicos, que llegaron a copar los mejores puestos en la administración regia durante décadas, pensaron en el momento de erigir la nueva iglesia que qué mejor ocasión para recordar que todo un patrón de la ciudad había sido colegial de la institución, en la que ejerció como capellán tras ganarse el puesto con un brillante discurso.

Es llamativo comparar esta iconografía de san Juan de Sahagún con la que acompaña otros momentos de nuestra Semana Santa: el relieve situado justo en la esquina de la calle Traviesa con Libreros en el que, esta vez sí, vemos al patrón con el hábito de fraile agustino y sus características mangas.

El mismo, aunque algo más barroco, que se nos presenta también en la puerta de la Catedral Nueva en el Patio Chico, en la que el santo ocupa un lugar de honor en una hornacina situada a la izquierda.

Y no lejos de allí, claro, Tentenecio. La calle que recuerda uno de sus milagros más populares (aunque curiosamente no recogido en su proceso de canonización) y que hoy se ha convertido en una arteria imprescindible de la Semana Santa.

Allí por donde el santo paró con la fuerza de su palabra al toro, transitan varias de las cofradías en diferentes itinerarios. Humildad, Rescatado, Oración en el Huerto. Aunque yo, por muchos motivos, siempre asocio esa calle con la subida impactante de la imagen de María Nuestra Madre cada Jueves Santo. Una imagen que me emociona desde niño y que, si finalmente tengo la ocasión, me encantará compartir con ustedes desde las tablas del Liceo en un futuro pregón. De momento, una cosa es segura: volveremos a Tentenecio, a recordar la humildad de nuestro patrón, el que nos trajo la paz; volveremos la próxima Semana Santa a contener el aliento esas noches que nos recuerdan la importancia de no rendirse, incluso la vida es una cuesta demasiado empinada.


miércoles, 10 de junio de 2020

Pedro Martín

Procesión del Corpus, a su salida de la Catedral Nueva, el pasado año | Fotografía: Pablo de la Peña

10 de junio de 2020

Ya han pasado casi tres meses desde que todo se paralizó, también en nuestra Iglesia diocesana y cofradías, y salvo contadas excepciones especialmente en Semana Santa, parece que esa parálisis se ha adueñado de nosotros, incluso hasta el punto de tener miedo a reanudar nuestra vida de Iglesia en la medida que nuestras posibilidades y las que nos ofrece la fase de desescalada en la que estamos nos lo permitan sin poner en riesgo la salud individual y/o colectiva.

No sabemos nada de la mayoría de las cofradías, bien es verdad que habitualmente resucitan en cuaresma y mueren en pascua, por lo que alguna este año no llegó ni a resucitar.

No sabemos nada de la Junta de Semana Santa, más allá de alguna declaración de su presidente, en año de elecciones, o no, habrá que aclararlo. O se hace la convocatoria o se pide, dadas las circunstancias excepcionales, continuar un año más para terminar el ciclo como a mi juicio merece José Adrián Cornejo. Esta es una opinión personal, que además pasa por la petición del presidente al Obispo, o que por iniciativa del mismo al no ver conveniente la convocatoria en este momento. De una forma o de otra, debemos salir de la incertidumbre.

No tenemos iniciativas que suplan la falta de fieles en nuestras iglesias, que unos por miedo, especialmente los mayores, y otros por vete a saber tú, el caso es que no se cubre ni el aforo reducido a un tercio y desde esta semana a la mitad. Sin duda, hay que atender a los que se quedan en casa.

No podemos celebrar culto externo, tan propio de nuestro sentir cofrade. Sin duda debe imperar la responsabilidad, que parece se olvida en otras "manifestaciones" permitidas o toleradas.

Y esto último viene a cuento de la semana en la que estamos, con la celebración de la festividad del Corpus. Este año será sin duda muy diferente, pero Corpus habrá. Lo que no me parece ni medio normal, es que nuestro Cabildo Catedralicio, organizador por delegación de nuestro obispo, mutile este año hasta límites insospechados dicha festividad, prescindiendo no ya de un programa como el de años anteriores que con mucho esfuerzo se consiguió sacar adelante y que parecía, aún con defectos y muchas dificultades, casi consolidado. Pero optar por lo mínimo, qué digo mínimo, por debajo de lo exigido en la liturgia… Porque la procesión del Corpus, ya sabemos, es una de las pocas procesiones litúrgicas, por lo que debe realizarse. Y este año, en nuestra ciudad, a mi juicio prescindiendo de lo imprescindible, no habrá procesión del Corpus, ni por el exterior, que no está permitido, ni por las naves de la catedral o el claustro, que si se podría organizándola bien y respetando las normas, tal como se hará en la mayoría de las diócesis.

Fuimos de los últimos en cerrar las Iglesias al culto, seremos de los últimos en volver a la "nueva normalidad", pero eso no justifica que no hagamos nada, ¿desescalada o parálisis?


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