viernes, 27 de marzo de 2020

miércoles, 25 de marzo de 2020

Daniel Cuesta SJ

Hermanos de carga portan la imagen de Jesús Rescatado sobre sus andas doradas | Foto: Pablo de la Peña

25 de marzo de 2020

Muchas veces se habla de que las hermandades y cofradías poseen entre su patrimonio grandes riquezas y tesoros: coronas, potencias y varas en metales preciosos, mantos, palios y enseres bordados en oro y plata, ornamentos litúrgicos y paralitúrgicos de un valor enorme. Sin embargo, creo que, pese a su valor económico, estos elementos no son las mayores riquezas de las cofradías. A mi modo de ver, los tesoros de las hermandades son dos: sus imágenes titulares y los hermanos cofrades. Puesto que, por un lado, las imágenes (independientemente de su valor artístico), son mediaciones que nos llevan a Dios y a la Virgen María. Y, por otro, los hermanos cofrades pueden ser también presencia de Dios en nuestra vida, pueden llevarnos hacia él y, en su compañía, podemos experimentar que "donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).

Por ello, y dado que ya he tratado el tema de las imágenes en alguna otra ocasión, me gustaría dedicar esta pequeña reflexión a uno de los más grandes tesoros que tienen las hermandades: sus hermanos más comprometidos, aquellos que buscan a Dios en las cofradías y que tratan de transmitírselo al resto de hermanos y también al resto de la sociedad. Puede ser que este grupo de hermanos cofrades no sea tan numeroso como deseásemos, pero creo que no es cierto que sean tan pocos. Es verdad que a veces su entrega, su esfuerzo y su trabajo no se ven, o quedan ensordecidos por el ruido de aquellos que, en lugar de ir al centro, ponen su foco en los aspectos secundarios de las hermandades, o por el barullo de los que pretenden despojar a las cofradías de su esencia religiosa para convertirlas en algo cultural o folclórico. Pero creo que quien haya vivido de cerca y en profundidad las hermandades y cofradías, conoce a muchos hermanos que han encontrado el núcleo de su entrega a Cristo en ellas y desde ellas viven su fe.

Pienso en todos aquellos cofrades que trabajan, sin descanso y sin esperar nada a cambio, para que Jesucristo sea cada vez más conocido en nuestra sociedad y para que aquellos que sufren puedan encontrar, en las hermandades, un lugar en el que aliviar sus enfermedades. Son los hermanos que acuden a las formaciones y actos que organiza la cofradía, pese a que siempre sean los mismos. Y no lo hacen por "postureo", por quedar bien o por llenar las sillas, sino porque están convencidos de la necesidad que todos tenemos de formarnos y profundizar en nuestra fe. Son los cofrades que trabajan intensamente en las acciones sociales y caritativas de la hermandad, y animan a otros a sumarse a ellas porque saben que un día Cristo les dirá "venid hermanos, porque tuve hambre y vuestra cofradía me dio de comer" (vid. Mt 25,35). Son los que oran ante las imágenes solos o de manera comunitaria, porque han experimentado que una fe sin oración se convierte en humo, y un trabajo sin contemplación acaba quemando. Son los hermanos que acuden a la Eucaristía y a todos los cultos, con independencia de quien celebre o de si se ha montado un altar o no. Son los cofrades que trabajan por su hermandad a pesar del cansancio o de las críticas y acusaciones de los demás, ya que con ello no esperan la recompensa y el aplauso de otros, sino porque se saben "siervos inútiles que han hecho lo que tenían que hacer" (Lc 17,10).

El testimonio de entrega de todas estas personas es un verdadero tesoro para las cofradías. Su vida merece todo nuestro respeto y admiración. Y, por esta razón debemos, en primer lugar, agradecerle a Dios haberlas puesto en nuestra hermandad. En segundo lugar, orar por ellas, para que su entrega sea cada vez más como la levadura que hace que la masa fermente (Mt 13,33). Y, en tercer lugar, debemos tomar ejemplo de ellos y así ofrecer nuestra persona a nuestra hermandad para que cada vez sean más los que vivan cristianamente en ella. Así viviremos con mayor intensidad las palabras en las que san Pablo dice: "Pues, cuando venga el Señor nuestro, Jesús, ¿quién sino vosotros será nuestra esperanza y gozo y la corona de la que estemos orgullosos ante él? Vosotros sois mi gloria y mi gozo" (1 Tes 2,19-20).


lunes, 23 de marzo de 2020

Paulino Fernández

Un religioso porta una vela durante una procesión de Semana Santa en Salamanca | Foto: Pablo de la Peña

23 de marzo de 2020

He dudado mucho de si mantener el escrito que tenía previsto o cambiarlo. Una parte muy importante de mí me pedía no cambiarlo. No modificar mi mensaje porque, por muchos estados de alarma que se nos impongan, confinamientos sociales y estancias domiciliarias que solo podemos abandonar para acudir al trabajo o a la compra ‒o a otros menesteres que, a ojo de este que suscribe, carecen de importancia, pero que deben serlo si así se recogen en la normativa‒, todavía estamos en cuaresma. Sí, por muy extraño que nos parezca, todavía es cuaresma. Todavía estamos en esos cuarenta días de desierto que hemos de atravesar para alcanzar el oasis de la Pascua: donde la fuente de agua viva calmará nuestra sed terrena al mostrarnos que la vida es seguida por una Vida en mayúsculas.

Estos pensamientos rondaban mi mente y, precisamente, eran los que me invitaban a permanecer inamovible en mi primer artículo. Pero al final, la fuerza irremediable de las circunstancias me conmina amablemente a darle una nueva vuelta de tuerca.

El coronavirus, el CO-VID19, el SARS COV-2, o como queramos identificar a esta pandemia, ha trastocado nuestra vivencia cuaresmal de un modo inimaginable. Hoy los templos están poco concurridos, los actos cofrades han quedado aplazados y nuestros desfiles procesionales son hoy un mero recuerdo que, en la pantalla de YouTube, distraen nuestra mente en medio de ese encierro físico que, quizás, podría ayudarnos a volver a encontrarnos con nuestra propia interioridad, esa parte de nosotros mismos tan abandonada en los últimos años.

Y es que esta situación es, sin lugar a duda, muy dura de mantener en el tiempo. Por ello, desde la prensa y los medios de comunicación nos han animado a ocupar nuestro tiempo en múltiples entretenimientos: desde salir a mirar por el balcón hasta salir al mismo a aplaudir a nuestro personal sanitario, a nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a los trabajadores de todos los puntos de la cadena de distribución de bienes de primera necesidad y alimentos, a nuestro país en general...

Sin embargo, en esta vorágine en la que actualmente nos encontramos inmersos, echo de menos aplausos o, mejor dicho, agradecimientos a nuestra Santa Madre Iglesia.

Porque sí, aunque no se reconozca y muchas veces se ningunee la aportación de este estamento a nuestro bienestar social, hemos de tener en cuenta que su trabajo desinteresado por los demás y, particularmente, por los más desfavorecidos ayuda a mantener la paz y la justicia en nuestro entorno.

Así pues, desde estas líneas que tengo la oportunidad de escribir, quiero hacer público mi agradecimiento más sincero y de corazón.

Gracias, Cáritas, Comedor de los Pobres y tantas otras ONGs que os desvivís por los más pobres y desvalidos. Por no olvidar en estos tiempos de crisis social a los abandonados, a quienes no tienen casa en la que quedarse. Por proporcionar alimento a quien no lo puede comprar. Por trabajar junto a las administraciones para que los pobres de entre los pobres tengan un lugar en el que ser acogidos. Por no perder ocasión para humanizar y dar calor en esta situación tan fría y deshumanizadora.

Gracias, párrocos y demás sacerdotes, por no desatender a vuestra grey en estos momentos tan delicados. Gracias por no abandonar a los fieles cuya atención os han encomendado. Gracias por continuar administrando la gracia sacramental a quienes lo necesitan y donde lo necesitan. Gracias por continuar con la celebración eucarística. Gracias, en definitiva, porque es vuestra medicina del alma la que nos hace sentir aún más cerca la gracia del Señor y su abrazo sincero.

Gracias al equipo de la Pastoral de la Salud. Por estar en primera línea: residencias, hospitales, clínicas... y no abandonar su puesto. Gracias por recordarnos que la salud necesita de un cuidado integral que va más allá de lo físico y de la psique. Gracias por hacer presente la Iglesia en el meollo de la cuestión, sin buscar protagonismos, pero sin huir de sus obligaciones.

Y, por supuesto, gracias a todos los católicos, con independencia de su estado o su modo de vida, por unirse en la separación orando por las necesidades del mundo. Por entender que hay casi más motivos que nunca por los que rezar. Por tener presentes tantas y tantas necesidades ‒por la curación de los enfermos, por el consuelo de los familiares, por los sanitarios y demás trabajadores, por los sacerdotes y voluntarios...‒ y tantas cosas que agradecer.

En estos tiempos tan difíciles, tan duros y, en ocasiones, tan incomprensibles, no hemos de olvidar nunca la fuerza de la fe. Ahora que nos vemos obligados a estar con nosotros mismos más tiempo, aprovechemos a acercarnos más a los otros y al Señor. Recuperemos nuestra espiritualidad, reforcemos nuestra relación con Dios y acudamos a él tantas veces como sea necesario. Y, sobre todo, ahora que el ruido del mundo calla, aprovechemos a vivir una cuaresma sobria y auténtica que nos prepare firmemente para la Pascua.


viernes, 20 de marzo de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

El custodio de Tierra Santa en su visita a las franciscas descalzas de Salamanca | Foto:  JFSB

20 de marzo de 2020

Parece mentira que un bicho invisible y del que, al principio de esta historia de terror, se sospechaba que era producto de una fábula siniestra, pueda estar modificándonos la vida de esta forma.

Lo bueno que tiene este encierro privilegiado es que te facilita momentos exclusivos para reflexionar y tomar drásticas decisiones, que pueden ayudar a nutrir ciertos propósitos que aspiren a transformar la realidad que nos abraza.

Hace unos días, alguien a quien he ido cogiendo cariño desde la admiración que le profeso, por su entrega admirable hacia los demás, en uno de los conventos de Salamanca, me decía algo que me dejó impresionado: "Lo que para vosotros ahora es un grave problema, en nosotras no es más que la normalidad de todos los días".

Estas palabras, de la superiora de las franciscas descalzas de Salamanca, han hecho reaparecer con fuerza aquellas palabras de fray Romualdo (superior franciscano del Líbano y Siria, fallecido en Damasco en al año 2015), que me causaron cierto desasosiego cuando discutía con él, hace años, sobre la existencia de las monjas de clausura. El padre Romualdo aseguraba con cierta energía: "…ellas son las verdaderas palomas de san Francisco". Después, sus vivencias, argumentos y sobre todo la fuerza de una fe carismática hizo tambalear para siempre mis atolondradas dudas y cuestionamientos lamentables.

Desde entonces, cada vez que escucho en boca de las hermanas pedir por quienes persiguen a los cristianos o por quienes no conocen la luz de amor que brota del Evangelio, siento un temblor que me azuza el alma y cuanto tengo.

Esa es la clave de amor que nace con sinceridad en quienes, entregadas al Padre, aman con verdad a todos los hombres, incluidos aquellos que no pueden entender esa metáfora tan hermosa del padre franciscano Manuel Pombo, cuando compara a las monjas de clausura con miles de flores que crecen en los campos del amor, regadas por la lluvia redentora del Padre durante la primavera del tiempo.

La madre Sonia logró, con esa conversación breve pero rica en su contenido, que las letras que estaba escribiendo para este espacio fuesen a la basura de las incongruencias. Aquellas palabras enarbolaban seguramente un látigo de desamor, atizado con el mundano propósito de rendir cuentas cofrades y rumbos procesioneros mal capitaneados, por quienes tienen la obligación de que las normas que se aprueban sirvan para algo más que depositarlas en la estantería de los utensilios ineficaces. Lo reconozco, aquella conversación me hizo recapacitar, cayendo en la cuenta de que solo debe interesarle a mi camino, la brújula que vaya llevándome hacia Tierra Santa y los altavoces que aireen la denuncia del sufrimiento que padecen los cristianos en el mundo. En este cometido, las clarisas, franciscas descalzas de Salamanca, así como las monjas de clausura de todas las órdenes cristianas del mundo, con su oración permanente, son parte fundamental de la Iglesia que extiende por toda la tierra el mensaje de amor que deja cada día entre nosotros el Cristo Resucitado.

No puedo terminar estas letras sin desearos a todos, una feliz Pascua de Resurrección y enviaros el abrazo fraternal más profundo que pueda darse a quienes sufrís estos días la pandemia que nos azota.


miércoles, 18 de marzo de 2020

Andrés Alén



18 de marzo de 2020

Ya antes de empezar debo de pedir disculpas por traer a estas páginas virtuales, y puede que virtuosas, un asunto que tiene apariencia de indagación personal, que tanto me atañe y del que apenas sé ni su causa, su significado y menos si entraña alguna futura certeza en un horizonte, que como todo horizonte rehuye ser alcanzado por la llegada.

Sabéis que dedico gran parte de mi tiempo intentando acercarme a esto que para entendernos llamamos arte y que, a veces, suele distinguirse claramente de un melón. Supongamos que allí estoy yo, haciendo lo que se puede o no se puede, se deba o no se deba hacer. Como autor, tiendo a no dar explicaciones sobre mi arte, aunque guste, cómo no, de comunicarme a través de él, sino que milito precisamente en lo contrario: en tratar que sea el arte el que me explique a mí.

Son muchas las obras que se empiezan como una aventura, con alguna intención, un tema vislumbrado, un camino precario, pero sin el soporte de apuntes, estudios definitivos, guías para turistas creativos o localizaciones del GPS. Estoy adscrito a la frase de san de Juan de la Cruz que tanto me gusta repetir: "Para ir a donde no se sabe, hay que ir por donde no se sabe". Si es que vamos a encontrarnos con el misterio, con lo sublime, o con cierta intensa belleza que nos dé sentido o nos haga vibrar.

No sabemos la distancia, ni tenemos como segura una dirección que fiamos, redundando, a nuestra fe. Solo nos enseñaron a caminar, pero ni eso garantiza que la andadura no derive en salto, en escalada, que el camino sea aprisco, desierto o peñascal. Y es esa incertidumbre la que nos depara en el viaje unos momentos inesperados que recibimos como regalos y que no suelen ser dones que contemplan otra suerte de viajes más cómodos, zona vip con azafata y tentempié, tan propios de esa anhelada sociedad del bienestar. "Mañana visitaremos la magnífica catedral, pueden adelantar sensaciones leyendo el folleto que le facilitamos por un módico precio".

No es lo mismo andar perdido que andar buscando. Aunque no se sepa exactamente qué, y solo se intuya su importancia y su necesidad.

Aparcando de momento este preámbulo, y volviendo a mi libro, al asunto personal de mis disculpas, debo decir que en mi concreta trayectoria he comenzado dilatadas series de obras sin saber por qué ni cómo: caras, ciudades, acantilados, mosaicos de vinilo, abstracciones… Largo tiempo recreándome en el hacer y en el quehacer, sin un motivo claro de su finalidad, solo confiando que todo en el arte, si lo es, al final se devela, creo que de forma más alejada de la comprensión racional, y más próxima al sentimiento, a la plácida contemplación.

Las caras, cientos, las disfrutaba cuando manchas informes diferentes se iban modificando hasta aparecer como alguien que me miraba desde otro lado. Los acantilados y ciudades de entonces, miles, al final resultaron lo mismo: barreras. Los grandes mosaicos de vinilo, vitrales buscando el color y la luz. Las abstracciones, música. A término. "El principio era el final".

De un tiempo, propicio es la cuaresma, hasta hoy, cierta obsesión me lleva a centrar mi labor en el crucificado, su cruz ‒su calvario‒ su rostro. Varios modos, uno lo protagoniza la pintura, es muy cofrade. Parte de la imagen real del algún Cristo que me llama; esa obra que alguien talló y que tantos veneran, siempre en fotografía de otro o mía, y mi labor consiste en hacer de esa obra una obra propia. Se ajustan sus formas o se desdibuja, se pinta a pinceladas que cubren o veladuras suaves que transparentan. Es algo parecido a una unción. La libertad acaba, como en cualquier retrato, en que las distorsiones no estropeen el parecido. Propicia el acercamiento a esa imagen sagrada que representa a alguien mucho más sagrado. Sí, me hace mirarla con otros ojos. Me dijeron que qué mejor oración, no sé, dejémoslo en rezo.

La otra forma, de la que muestro aquí un parcial mosaico, es más dibujística. Parte de un papel en blanco y casi nada en la cabeza. Los trazos van insinuando un rostro del que no me siento dueño. Ahora no está afuera, no lo llevan a hombros, no es uno en concreto. No sé si se dibuja o se escribe porque siento que algo tiene de grafología. Quizás sea eso, que va en busca de un nombre. Me gusta creer que sale de dentro o que alguien me lleva la mano. No se parecen el uno y el otro, casi siempre corona espinas y ojos que miran aunque estén cerrados.

Es deambular por un laberinto hasta la incierta salida. Una sensación que tuve como cofrade en esos itinerarios penitenciales, bellos en esta ciudad mágica, llenos de música y silencios, de perfumes de flores, inciensos ceras, juncales del arrabal que cruza el río, ajeno a la gente pero sintiendo su aliento, bajo capucha o capuchón que te viste de anonimato, cargando con él o llevándolo al lado, y subiendo siempre a la emoción.

Es íntimo el peregrinar .Como su meta es el mismo camino, su cansancio, su alto en la fatiga, su reposo Todo viaje es un viaje interior. Esos rostros de hombres dolientes están ahí afuera y se hacen Cristo cuando los clavas dentro.

No sé lo que busco, pero empiezo a creer que es alguien el que me busca a mí.


lunes, 16 de marzo de 2020

Álex J. García Montero

Las cuadrillas de hermanos de carga son uno de los grupos que componen la Semana Santa | Fotografía: Alfonso Barco

16 de marzo de 2020

De todos es conocido que habitualmente acompañan al torero en su cometido los hombres de plata, también llamados subalternos.

Si bien todos son toreros, incluso algunos matadores de alternativa (¡y de confirmación!), normalmente hay una distinción en sus trajes: unos son de plata (los de los subalternos) y otros son de oro (los del matador). Pero esta distinción se rompe con el picador, pues el del castoreño puede vestir de oro, según el respeto figurado (hoy en día más bien denostado por dizques aficionados que son "afliccionados").

Además, tenemos que, a más a más, la cuadrilla del albero formada por cinco subalternos (tres banderilleros y dos picadores), está la cuadrilla del callejón, formada por los hombres de traje (antiguamente con corbata, hoy sin ella), camisa desabrochada con torsos debidamente depilados, gafas de sol y pulseras varias (muy al gusto charro hispalense): mozo de espadas, ayuda, apoderado…. Con lo cual, al final, la cuadrilla es una familia extensa en la que es uno, el as de oros, el que ha de llevar el mando. No por ello, y numerosas pruebas hay de ello, implica que el matador (sea novillero o matador), sea el que más sabe (por nacencia, experiencia o temporadas acumuladas) de aquello de la lidia; pero si queremos que la cosa funcione, es éste y no otro quien debe llevar el mando en plaza, nunca mejor dicho.

Resumo las funciones de los tres toreros que participan en la lidia del morlaco: hay un primero, un segundo y un tercero. Primero y segundo alternan sus funciones en el primer y segundo toro con brega y banderillas respectivamente, mientras que el tercero ha de clavar un par de banderillas (el segundo en el orden) y apuntillar, tarea nada baladí y merecedora de todo el respeto y consideración (cuántos trofeos se han perdido por resucitar toros debidamente doblados). Si algo tienen en común todos es que arrastran al toro hacia atrás, nunca toreándolo de frente. Y cuantos menos capotazos, mejor. No hay imagen más desastrosa en la Fiesta que una mala brega y muchos capotazos. La anarquía no tiene cabida aquí (a pesar de la gran cantidad de subalternos taurómacos en nómina que la CNT tuvo en tiempos pretéritos).

Pues bien, tenemos que el término Cuadrilla puede ser invocado de diferentes formas. En mi Euskal Herria natal, se refiere a un grupo de amigos con quien compartes una segunda familia en muchas cosas. Mayoritariamente son hombres y la cocina iguala a todos. También las aficiones y aflicciones. También, desde el punto de vista geográfico, en Álava / Araba es la división tradicional, incluida la Cuadrilla de Treviño / Trebiñu del territorio histórico vasco más castellano (como los sexmeros en la Salamanca del Reino de León). En el sur esta acepción se aplicó al trabajo, de ahí que los portadores de pasos, en un origen profesionales, fueran denominados todos como cuadrilla (la terminación en "a" indica una pluralidad por el neutro plural latino). En esos y otros lugares, la acepción cuadrilla también conlleva un significado peyorativo, pues se aplica a gentes de mal vivir o en tono claramente despectivo. Famosas han sido las cuadrillas de bandoleros y malhechores de Sierra Morena.

Pues bien, hoy en día en nuestra Semana Santa son famosas las cuadrillas de hermanos de carga, costaleros, ruederos… entre ellas han logrado que las hermandades, democráticas éstas, aprueben un sinfín de estupideces, con la cosa de "hacer hermandad". Yo que fui un firme defensor de las casas de hermandad, ahora mismo las empiezo a denostar, pues han sido plazas vetadas a una gran parte de los hermanos, con el único fin de dominar una hermandad sin las juntas de gobierno (los de oro), porque los matadores de vara, estaquillador y estoque han declinado sus responsabilidades por puras conveniencias, dejándolas en manos de banderilleros y puntilleros de tres al cuarto, que cuando han podido, han jodido hermandades con encargos de pasos imposibles de asumir económicamente, de parihuelas fantasma (como el Holandés errante versión esparto, morcilla y zapatilla), han organizado paellas, guisos, calderetas y calderos con nalgadas incluidas. Y cuando las cosas se han desmandado, pues vivimos tiempos de mansos más traidores que un Judas de plástico, han realizado juicios sumarísimos (cualquier consejo de guerra parecería un mojiganga de Hello Kitty y Pocoyó) contra los pocos, escasos (como el lince, y el encaste y la bravura del toro de lidia) hermanos y toreros ya retirados, incluso contra el palco de la autoridad (sobre todo episcopal y vicarial, que saca más bufandas y sonrisas, que pañuelos), quedándose solos para reforzar onanísmicamente su buen juicio y criterio de reventar la fiesta o la Semana Santa. ¡Ojo!, que esas cuadrillas han obtenido ingentes emolumentos a puerta cerrada y sin cotizar.

Que no se pueden poner imágenes de Semana Santa de otros lugares, pero ponemos que nos hemos ido de copas por las veredas del Guadalquivir. Que el capataz, guiñapo de turno, amenaza mil quinientas veces con dimitir, pues lo dejamos para que siga el circo, que el criterio es contratar pasos de doscientos mil euros y hacemos unas huchas que no dan ni para bruñir llamadores, pues que continúe la fiesta. Que faltamos el respeto a la autoridad (el toreo y la Iglesia, siguen siendo, a Dios gracias, jerárquicas), pues allá carlistas bufandas y liberales pancartas. Que la fiesta termina en orgía rítmica de los de oro y plata compartiendo iniquidad, pues alcohol a raudales y fundamos otra hermandad. Que el costal es la única base de una penitencial, pues a dar capotazos sin sentido para distraer al público con avesales esfuerzos y jodentinas prebendas.

Hay una cosa que mucho personal desconoce. En los toreros que empiezan o que, por mor de circunstancias tienen pocas o nulas fechas, las cuadrillas se repiten (no son fijas y van al mejor postor). Y así sucede en las cofradías. En Salamanca, hay una casi desaparecida, la que vestía de perla y azabache; pero la gran pregunta es: ¿hay para dos? Pronto veremos cómo, parafraseando la Parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón, o hay cena o hay despojos; porque ambos a la vez, se me antoja difícil elección. Y sobre todo con la abundancia de tanto boato, imagen, renombre, apellidos, hierros, pelajes y cornamentas. Pues la Semana Santa (y no digamos las cuadrillas) tienen muchos doctores "Polvoris Causa" en esto último.

Feliz Semana Santa. Aunque, seamos sinceros. Hay y habrá matadores, guiñapos, incluso autoridades, que después de ver los morlacos bien armados en puntas de navajas de los corrales, deseen que el coronavirus, al igual que la lluvia antaño, haga hogaño su aparición estelar, con el fin de que no suenen clarines y timbales para no abrir la puerta de la verdad, la del esportón de chiqueros. Porque a lo mejor (y "mejor" cobra aquí todo su significado de extraordinaria y excelente nueva de inusitado alborozo) no es posible sacar la procesión a la calle. Y lo saben. Y callan (y callarán) como putas.


viernes, 13 de marzo de 2020

Paco Gómez

Decenas de personas presencian el discurrir del Amor y la Paz por el Puente Romano | Foto: Manuel López Martín

13 de marzo de 2020

"Queda prohibido llorar sin aprender"
(Alfredo Cuervo)

Hemos visto de todo a estas alturas. Unos con más trayectoria vital que otros, pero de todo. Duras posguerras, falta de manos o de hombros para acompañar las procesiones, lluvia –muchas veces–, pero jamás nos pareció que un ser microbiótico fuera a ser capaz de paralizar las históricas procesiones de nuestra ciudad.

La medida, que hoy no es oficial aún pero que lo será en muy poco tiempo, es una prueba de resistencia de un sector que, por unas cosas o por otras, está acostumbrado a sufrir como pocos.

Una prueba que también a quien les habla golpea de lleno. Imaginen: meses de trabajo ilusionado preparando el pregón de la Semana Santa y su revista oficial y ahora posiblemente todo eso se vaya con el aire.

Pero, queramos o no, la Semana Santa es una parte más de la sociedad y como tal debe asumir con responsabilidad lo que ahora toca, que no es otra cosa que garantizar la salud de su valioso componente humano. Objetivo imposible, asumámoslo, si las procesiones tienen un desarrollo medianamente normal.

Viviremos, pues, pura historia. El año 2020, quién lo diría, será el año sin procesiones y, muy seguramente, sin actos litúrgicos ni otro tipo de reuniones cofrades incompatibles con las medidas excepcionales que ya han comenzado a aplicarse y las que se vislumbran en el horizonte.

No habrá nada de eso pero habrá Semana Santa. Y eso es lo único que quizá a estas alturas importe. No se puede suspender la Semana Santa de la misma manera que no se puede suspender el verano, aunque no pare de nevar en agosto o aunque al final no puedas irte de vacaciones.

Semana Santa hay y habrá siempre porque va más allá de una manifestación cultural y antropológica como es llevar a cabo las procesiones. Vivir la Semana Santa es mucho más que la participación activa como cofrade. Es recordar lo efímero de las glorias del mundo el Domingo de Ramos, reflexionar íntimamente, recordar y conmoverse con la pasión y acoger con el corazón renovado la Pascua.

Contra eso no hay alerta sanitaria que valga, porque no hace falta ni siquiera salir a la calle. Basta con oír latir el corazón.

Habrá más procesiones, se lo garantizo. Viviremos seguramente con la alegría de recuperar lo que se ha perdido las celebraciones de 2021. Pero de momento preparemos con intensidad la Semana Santa que está a punto de comenzar.


miércoles, 11 de marzo de 2020

Tomás González Blázquez

Cofrades de la Vera Cruz junto a su capilla en los últimos instantes de la procesión del Lunes Santo | Foto: M. López Martín

11 de marzo de 2020

Un buen amigo cita a menudo, y siempre viene a cuento, el capítulo 3 del libro del Eclesiastés, ese que dice que hay un tiempo para todo. La Cuaresma se nos presenta como "un tiempo favorable", así se escuchaba en la celebración del Miércoles de Ceniza a través de las palabras de Pablo a los Corintios, pero ocurre que, a veces, cuesta sacar esa oportunidad del esquema humano y enmarcarla en la voluntad de Dios. La impaciencia nos consume y se hace difícil aceptar que "todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo". Confundimos el tiempo favorable con el tiempo misterioso de quien está por encima de las horas, las cuaresmas y los siglos. A mí me pasa mucho, y por eso agradezco a mi amigo que me remita al Eclesiastés.

Tiempo de nacer, para esos pequeños y no tan pequeños nuevos cofrades que estas semanas se han tomado medidas para su primer hábito procesional y recibirán con orgullo una medalla que, ojalá, luzcan con más satisfacción cada vez, si cabe, hasta que les llegue el tiempo de morir, como a los hermanos que nos acaban de dejar y que justificarán crespones negros, oraciones sentidas, flores de los pasos sobre sus tumbas y memoria agradecida de los que seguimos su estela cofrade.

Tiempo de plantar la semilla ya brotada en tallo de una nueva procesión de Jueves Santo, porque nos regalará un anuncio hermoso de la Institución de la Eucaristía, y desde San Esteban, porque lo hace como Cofradía del Rosario, y esa es su casa, aunque muchos estamos sorprendidos porque se vaya a estrenar en Sábado de Pasión y desde la Catedral; y tiempo de arrancar las ramas secas de las rencillas y recelos que lastran el crecimiento del árbol semanasantero, porque una poda de claridad y franqueza garantiza buenos frutos en el futuro.

Tiempo de matar las malas costumbres, como los rumores, bulos y difamaciones que castigan a las personas y resquebrajan las instituciones, y aquí hablamos de cofrades y cofradías, y tiempo de sanar esos asuntos enquistados que se han dejado infectar, como las malas relaciones entre cofrades que un día fueron amigos y que, si no pueden volver a serlo, que al menos por su desencuentro no dejen de ser cofrades.

Tiempo de destruir la endeble fortaleza de algunas juntas directivas endogámicas, de grupos cerrados de hermanos de carga, o de música, o de canto, o de cultos, o de montar altares, o de vestir imágenes, o de cualquier tipo, o de corrillos de cofrades sin ninguna intención de abrirse ni de salir de su rutina ajena al sentido de una hermandad, para que llegue un tiempo de construir en las cofradías verdaderas comunidades cristianas, con sus luchas y sus debilidades humanas pero la vocación de ser fieles al mandamiento nuevo.

Tiempo de llorar por algo más que la emoción, muy respetable, y más admirable cuanto más íntima y cuanto más sobria, y tiempo de reír en esos montajes de pasos, cenas de convivencia y tantas ocasiones en las que se hace hermandad, porque aquello no es un trámite ni un trabajo sino un querer estar juntos.

Tiempo de hacer duelo porque el Señor ha muerto, se le ha bajado de la cruz y marcha yacente en su Santo Sepulcro, y tiempo de bailar con sones charros porque es mañana de Pascua y no se entiende otra cosa diferente a que todas las cofradías de Salamanca, sin excepción, ni excusa parroquial, ni alegación subsanable, acompañen la danza alegre en torno a Jesús Resucitado.

Tiempo de arrojar piedras que a menudo caen en el propio tejado de la Semana Santa o de la hermandad de turno y, sin dilación, tiempo de recogerlas para que dejen de abollar la techumbre de un mundo, el nuestro, que no está tan sobrado como para soportar el peso triste y dañino del fuego amigo lanzado con catapulta desde nuestra misma retaguardia.

Tiempo de abrazar, sí, por fin, a ese cofrade con el que últimamente he dejado de compartir una breve conversación, o incluso de saludarme, o hasta he hablado mal de él a otros, mientras llego a la conclusión de que es tiempo de desprenderse de lo que nos separa y nos quita la condición de hermanos.

Tiempo de buscar argumentos y razones objetivas para llegar a acuerdos con aprovechamiento de los recursos a nuestro alcance, léase el Servicio Diocesano de Patrimonio Artístico para decidir los cofrades de la Vera Cruz la incorporación al paso del Ángel Anunciador de la Resurrección, por poner un ejemplo reciente en el que no se ha hecho esa búsqueda formalmente, y tiempo de perder la vieja inclinación al efecto sorpresa, los hechos consumados y la resignación conducente a aceptar el mal menor.

Tiempo de guardar la tradición heredada, sea mucha o poca, más pura o más enriquecida o desviada con influencias posteriores, sin despreciarla porque se aleje del gusto estético imperante, y tiempo de arrojar, con respeto a los sentimientos y delicadeza en las formas, aquello que se puede sustituir por algo mejor y aquello que, por superfluo o innecesario, simplemente debe apartarse, como algunas insignias, hábitos impropios y actos procesionales vacíos o confusos.

Tiempo de rasgar el corazón, no las vestiduras (vuelvo a la Palabra de Ceniza), para que en el tiempo de coser se restañen los grandes jirones que laceran el lienzo de varias hermandades y, en esta y otras tareas, pueda ser útil, porque es un traje de trabajo más que de fiesta, el que, a la medida de las cofradías, encargó la Asamblea Diocesana y diseñó el obispo Carlos para las cofradías: esas Normas Diocesanas aprobadas ya hace más de ocho meses y que, dentro de unos pocos años, no quisiera tomar en mis manos y experimentar ese tacto tan desagradable del papel mojado.

Tiempo de callar, lo que no hacemos aquí en este espacio de incontinentes opinadores, aunque hay otros que opinan tanto o más en otros foros y con la misma pretensión de ser escuchados, y tiempo de hablar porque alguien tendrá que decir que no es muy aceptable que, con esas Normas aprobadas, de las salidas extraordinarias se entere la Coordinadora Diocesana de Cofradías por la prensa, y detalles de este calibre.

Tiempo de amar la Semana Santa de Salamanca como si todos nos lleváramos estupendamente y como si no sufriéramos nada con ella, porque si hay un tiempo de odiar debemos dedicarlo a todo aquello que pone trabas al amor, y cada cual sabrá empezar por uno mismo a revisarlo.

Tiempo de guerra, porque eso parece tantas veces cuando discrepamos, una guerra con gobierno y oposición, con parámetros mundanos, con estilos ajenos a los que nos deberían definir, y tiempo de paz que ha de llegar, y que cada Cuaresma y cada Pascua llega aunque prefiramos mirar hacia otro tiempo menos favorable.


domingo, 8 de marzo de 2020

José Fernando Santos Barrueco

Sesión del Lunes Cofrade celebrada en la Tertulia bajo el título "Las cofradías en la evangelización de la cultura"

09 de marzo de 2020

El pasado 17 de marzo, tuvo lugar en la sede de la Tertulia Cofrade Pasión, editora de esta revista digital, una jornada del Lunes Cofrade, organizado por la Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades. Se abordó el tema de "Las cofradías en la evangelización de la cultura". No pretendo hacer una crónica de lo tratado, sino una reflexión sobre uno de los aspectos que allí se expusieron, relativo al patrimonio de carácter artístico y cultural que atesoran las cofradías, cuya finalidad ha de orientarse a esa evangelización, y al recientemente creado Servicio Diocesano de Patrimonio Artístico y Cultural y de Evangelización de la Cultura.

Estamos ya en fechas próximas a la Semana Santa y el que más y el que menos empieza a sentir el gusanillo que supone vivir las procesiones. Unos (la mayoría) pensando en preparar el hábito, y otros (la minoría de siempre) yendo de aquí para allá para tener todo dispuesto y evitar que la improvisación pueda dar al traste con las ilusiones puestas en la procesión. Aunque esta no es ni debería ser el fin fundacional de las cofradías, que desde su muy remoto origen busca finalidades de carácter caritativo y social, supone para muchos el único objetivo y resulta indudable que es el acto más relevante, el de mayor impacto y el que justifica la riqueza patrimonial de aquellas.

La virtud de la caridad tiene su complemento en la procesión, que se manifiesta como la expresión pública de la fe y esperanza del pueblo cristiano (ya tenemos las tres virtudes teologales), que sale a la calle a rememorar los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, fundamento de aquellas. Como manifestación cultural emanada de la religiosidad popular, contiene las más diversas riquezas de la cultura y artesanía de los pueblos. La imaginería resulta la más significativa (en los pasos que muestran las escenas de aquellos "misterios"), pero no faltan muestras de pintura, talla en madera, orfebrería, forja, bordados, vestuario, música y otras menos extendidas y conocidas.

Como una continuidad de los autos o misterios medievales (piezas teatrales de contenido religioso), la procesión debe tener una cuidada puesta en escena para conseguir su objetivo principal, que no es otro que el de tener un efecto evangelizador en la calle, despertando la compasión y piedad de los que las contemplan, como refleja de manera bellísima e inocente el poema La pedrada, de José María Gabriel y Galán (del que ahora se cumplen 150 años de su nacimiento). A esa puesta en escena se orienta el patrimonio cultural de las cofradías. La disposición de los pasos, el vestuario, las carrozas, los estandartes y guiones, los elementos auxiliares, el acompañamiento musical y hasta el cuidado y decoro del hábito (sin olvidar el calzado), todo debe tener un simbolismo y una liturgia orientada a dicho objetivo.

En un afán muy loable y cargado de buenas intenciones por mejorar y embellecer las procesiones y buscar el mayor lucimiento de las imágenes titulares, las cofradías suelen incorporar nuevos elementos y proceder a restauraciones o sustituciones de antiguas piezas, algunas veces con origen en acciones piadosas y no siempre acertadas (cuando no de mal gusto), que pueden llevar a un efecto contrario al fin evangelizador. En este sentido, no estaría de más, sin menoscabo de la libertad que tiene cada cofradía en la toma de decisiones, buscar la orientación y asesoramiento en todo lo que a patrimonio concierne (incluido el aspecto documental) del Servicio diocesano, nunca con la "política de hechos consumados", que en su corta andadura viene dando muchas y buenas muestras de saber hacer en su programa EvangelizARTE.


viernes, 6 de marzo de 2020

Pedro Martín

Jesús Rescatado es venerado por los salmantinos en el tradicional besapiés del primer viernes de marzo | Foto: CJR

06 de marzo de 2020

Ya viene la cofradía, ya viene. Ya se ve la fila, larga, a veces larguísima, serpentea, tarda en pasar horas y horas, no termina. Qué bonita la cofradía, donde los hermanos no se conocen, pero hacen hermandad por unos minutos. Niños, desde su más tierna infancia, jóvenes, adultos, mayores, muy mayores, con muletas, con sillas de ruedas, todos participan.

Cada uno lleva en la procesión lo más íntimo de su ser, sus preocupaciones, sus peticiones, sus deseos, sus tristezas, sus alegrías, sus acciones de gracias.

Va en la procesión una madre que pide trabajo para sus hijos, en paro desde hace años; una hija que pide salud para su madre, enferma; una joven que va a ofrecer sus estudios, y pide ayuda; un anciano en silla de ruedas que no sabe si este será el último año, que sea lo que Dios quiera; un bebe en brazos de su madre que lo mira todo con ojos de asombro, está descubriendo la vida; un señor que este año acude solo, le falta su compañía de tantos años que ya inició la procesión definitiva al Padre; un grupo de religiosas, que acuden en comunidad; un par de turistas curiosos, que se han sumado sin saber muy bien a qué; otra mujer que va a dar gracias porque la operación salió bien, y lo había ofrecido; y tantas y tantas personas que componen esta procesión anónima, auténtica, espontanea, viva, emotiva, preciosa y sincera.

Avanza la procesión y se introduce por el largo pasillo, ya queda menos, ya llegamos, la meta está cerca. Y al traspasar la puerta de la iglesia ahí está él, esperando, maniatado y coronado de espinas, manso, sereno, entregado, como cordero llevado al matadero, con mirada de ternura, de misericordia y la boca entreabierta que parece decirnos: "acércate, no tengas miedo".

Toda su divinidad y majestad hecha humanidad, humildad y servicio, bajo a ti, me ofrezco a ti, para llevar tus pecados por ti, para morir por ti.

La mirada, fija en él, mirada compartida que nos hace ya a todos uno con él. Unos lo miran, una y otra vez, otros no son capaces de aguantarle la mirada, mirada que nos interroga, pero mirada siempre de amor. Quizá alguno lo mire por última vez en este mundo y otros por primera vez en brazos de sus padres o abuelos. Se acercan, la proximidad da esa confianza en esos escasos segundos para contarle nuestras cosas, esas que hemos ido rumiando en la procesión, y la intimidad del momento se cristaliza en ese beso de amor que ponemos a sus pies, nos fundimos en él y con él. Hay quién lo acaricia con la ternura de una madre, la Madre observa todo esto en la distancia del crucero y lo guarda en su corazón.

Cada mirada, cada gesto, cada beso, cada caricia, cada ofrenda es una oración del pueblo a su Señor en esta preciosa cofradía anónima.

¡Jesús Rescatado, me postro a tus pies!


miércoles, 4 de marzo de 2020

F. Javier Blázquez

Silueta del Cristo del Amor y de la Paz en el atardecer del Jueves Santo | Fotografía: Manuel López Martín

04 de marzo de 2020

La imagen del crucificado aparece bien representada en las procesiones de Salamanca. Hubo quien dijo que hasta en exceso. No lo creo. Más bien sucede lo contrario, que faltan grupos representativos de la Pasión. El crucificado es, no en vano, el motivo principal de la iconografía cristiana.

En Salamanca, esto se debe fundamentalmente a la apuesta de Guzmán Gombau, en los años cuarenta, por convertir las siete últimas palabras de Cristo en la cruz en hilo conductor de las procesiones salmantinas. Para ello fue cerrando la Semana Santa, desde el Domingo de Ramos a la madrugada del Viernes Santo, con siete crucificados vinculados de manera correlativa a la devoción a las Siete Palabras. Y ninguno de ellos era de nueva factura. Todos habían sido concebidos para el culto en el interior de las iglesias y eran, en su mayoría, auténticas joyas de la imaginería local. Alguno de ellos ya no sale, otros se incorporaron en el futuro, pero, en general, podríamos decir que en las procesiones de Salamanca nos permitirían realizar un itinerario artístico a través de la imagen de Cristo crucificado.

Si tomamos como referencia los grandes momentos de la Historia del Arte, el Románico quedaría bien representado por el Cristo de las Batallas que utilizaron los excombatientes para abrir su desfile procesional. Es el primer crucificado de nuestra diócesis y por ello recientemente la Hermandad Franciscana lo ha tomado como referencia para que Ricardo Flecha realizara su cruz de guía. Esta imagen, renombrada bajo la advocación de la Fraternidad Franciscana, preside actualmente el presbiterio de la parroquia de San Francisco y Santa Clara. También la hermandad de Pizarrales optó por esta estética, en la línea neorrománica, cuando encarga a Gerardo Sánchez Cruz su cruz de guía, que ordinariamente expone en una capilla de la parroquia de Jesús Obrero.

El periodo gótico pudo haber contado con un extraordinario crucificado de haber cristalizado el intento de transformar en penitencial la Cofradía del Cristo de los Milagros. No pudo ser y para verlo en procesión hay que esperar hasta el domingo que sigue al Jueves de la Ascensión. En cambio, el Cristo de la Agonía Redentora ante el que rezan los poetas el Domingo de Pasión y sale en procesión diez días después es cronológicamente renacentista, aunque las pervivencias góticas se perciben a simple vista porque los imagineros de Castilla se resistieron a asumir los ideales de la nueva época. Hay que esperar bastantes años para encontrar crucificados en los que podamos percibir, sin perder la espiritualidad profunda que esta tierra siempre conservó, las formas renacentistas. El Cristo del Amor y de la Paz, en la línea Montejo, y el de la Buena Muerte, más romanista, son buenos ejemplos de la escultura del último XVI.

Como es lógico, el periodo barroco es el más prolijo en este tipo de imágenes. Esteban de Rueda representa a la perfección la serenidad y el virtuosismo de la etapa inicial con su Cristo de la Luz. Sin llegar a tanto, ahí estaría también Pedro Hernández, que realiza una imagen articulada para el acto del Descendimiento. La plenitud del Barroco queda ocupada con los tres crucificados de Pérez de Robles, de los que solo uno, el Perdón, se mantiene en las procesiones. El portentoso Cristo capuchino de la Agonía y el del Amparo, alumbrado otrora por los sanitarios, lamentablemente dejaron de salir. El Barroco, sin embargo, no se agota en el historial de nuestras procesiones con estas imágenes. Dos buenos ejemplos de esa escultura más agitada, que acusa la influencia berninesca, ya no salen en procesión. Nos referimos al Cristo del Consuelo que salió con los excombatientes en su procesión del miércoles, y a Nuestro Padre Jesús de la Promesa, de los dominicos. Después, en la transición hacia el siglo XVIII, tendríamos el Cristo de los Doctrinos de la Vera Cruz, con su réplica a tamaño reducido, y acusando ya la serenidad de los nuevos tiempos, el Cristo de la Paz de San Sebastián, al que acudieron los excombatientes en sus estertores y recientemente Jesús Amigo de los Niños para un viacrucis.

Las artes industriales, denostadas quizás algo injustamente, han dejado en las procesiones salmantinas varios crucificados seriados, entre los que destaca, como no podía ser de otra manera, el Cristo de la Vela. El pequeño de la sacristía de la Clerecía, que saca Jesús Flagelado, también entra en esta clasificación. Pero por lo que al gran arte se refiere, el siglo XX está muy bien representado con el Cristo de la Agonía que en 1960 realiza Damián Villar para sustituir primero al Perdón y después al de los capuchinos. Neobarroco, clasicismo y expresionismo se fusionan magistralmente en una imagen menos valorada de lo que debiera. Más clásico, aunque imprime su sello junto algún toque de modernidad, es el crucificado pequeño que Vicente Cid realiza para la marcha del Cristo de la Liberación.

Y terminamos el itinerario con la gran obra escultórica de nuestro tiempo al abordar el tema del crucificado en las procesiones locales. Es el Cristo de la Humildad, realizado en 2017 por Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana. En la línea del realismo modernista, Mayoral deja una escultura extraordinaria que, como sucedió en estas ocasiones, hay que dejar asentar para que ocupe en la historia del arte local el lugar que por justicia le corresponde.


lunes, 2 de marzo de 2020

Ángel Benito

Presentación de la revista "Christus" del pasado año a cargo del periodista y pregonero Paco Gómez | Foto: Almeida

02 de marzo de 2020

La llegada de la Cuaresma no solo es el descuento para la Semana Santa, sino la oportunidad de restar días para escuchar el interior de una voz a la que estamos acostumbrados todos los cofrades

La noticia de la elección del pregonero me pilló de descanso. Una semana antes había estado con él tomando un café para hablar sobre un tema que estaba desarrollando para la revista Christus. Era mediados de noviembre y ya tenía maquetados los temas. Hablando de Semana Santa sobre el futuro pregonero, me dejó hablar a mí solo, esquivando de forma perfecta la conversación para no mentir, pero tampoco dejar la puerta abierta a la intriga. Siete días después llegó la alegría de conocer su designación de Francisco Gómez como pregonero de la Semana Santa. Salamanca podría escuchar el interior de una voz a la que estamos acostumbrados los cofrades desde hace años en sus retransmisiones en La 8 de Salamanca. Las dos últimas elecciones del presidente de la Junta de Semana Santa, José Cornejo, han sido un verdadero acierto.

Hay quien piensa que el tratamiento que se da en la televisión es fruto de la normalidad. Por ser Semana Santa de Interés Turístico Internacional, deben retransmitirse en directo o diferido todas las procesiones de Salamanca por decreto. Nada más lejos de la realidad. Me consta que ha tenido que dar batalla para que cada procesión sea apreciada y para que la Pasión salmantina tenga el hueco que se merece en Salamanca y en la televisión autonómica. Cada Semana Santa, Paco Gómez vuelve a reinventarse. Con nuevos planos, colaboraciones, formas diferentes de contar una historia que se repite desde 1506 en la ciudad. Quizás busque eso en el pregón. Una forma de reinventar el discurso cuando pise las tablas del Teatro Liceo donde seguro que habrá un apartado audiovisual, donde es un maestro de acompañar con la voz las imágenes de devoción para miles de salmantinos. Reconozco que me provoca intriga la manera en la que tendrá de abordar este reto. Seguro que no le faltará arte. Recomiendo una charla de infinita conversación en la que se paren las horas sobre su verdadera pasión: el patrimonio. Logra condensar en piezas de apenas dos minutos mensajes divulgativos que logran que los salmantinos nos contagiemos de su entusiasmo para seguir descubriendo una ciudad que no para de descubrir nuevos secretos.

Por eso, la Semana Santa salmantina está de enhorabuena. Escuchará a una voz comprometida con la Pasión desde fuera de las calles. Lograr que la Pasión llegue a los creyentes, pero también a los amantes de la cultura y el arte bajo su propio formato. Paco te esperamos en el Teatro Liceo. Yo ya he activado el tiempo de descuento. Queda un mes para tu día. Estamos de enhorabuena.


viernes, 28 de febrero de 2020

Eva Cañas

Un momento del I Encuentro de Jóvenes Cofrades de la Región celebrado este mes en Salamanca 

28 de febrero de 2020

Tan solo cuatro hermandades de Salamanca acudieron al I Encuentro de Jóvenes Cofrades de la Región, organizado por la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños en el marco de la celebración de su 75 aniversario. Invitadas estaban las 18 que están en nómina en la Semana Santa de la ciudad, pero la respuesta da para pocos porcentajes. El llamamiento se hizo, pero la representación de la ciudad anfitriona fue escasa.

De un hecho así se pueden hacer varias lecturas. Por un lado, nulo compromiso entre hermandades, que no se apoyan entre sí en las iniciativas que convocan, como esta cita. Pero lo más grave, bajo mi punto de vista, es la falta de interés de acudir a un foro donde se daba voz a los jóvenes, para expresar sus inquietudes en el mundo cofrade que les rodea.

Porque a estos encuentros no se van solo para representar a tu hermandad, sino que se tiene que acudir con el deseo de aportar, cada uno con la idiosincrasia de su hermandad, para contar y escuchar las experiencias de los demás. No se puede vivir encerrado en tu propia burbuja, porque ni lo tuyo es lo mejor, ni lo demás, lo peor.

En este encuentro participaron jóvenes de Ávila, Zamora, Segovia y Ponferrada, cuyos testimonios aportaron muchas luces para el camino que tienen de futuro, con la posibilidad de sortear aquellos obstáculos que a veces se encuentran en sus hermandades (comunes), frente a aquellos que llevan toda una vida en la hermandad y les cuesta delegar.

En este encuentro se apalabraron algunos compromisos importantes para los jóvenes cofrades, como la posibilidad de crear para ellos una sección, dentro de la Junta de Semana Santa de Salamanca, para representar a los de todas las hermandades, así como plantear también su creación a nivel regional. Porque sumando fuerzas se llega más lejos. En más de una ocasión he escuchado aquello de que si quieres llegar rápido, camina solo, pero si quieres llegar lejos, vete acompañado. De momento, no lo veo, ni a nivel de jóvenes cofrades, ni entre hermandades. ¿Cómo lo solucionamos?


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Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión