viernes, 6 de diciembre de 2019

jueves, 5 de diciembre de 2019

F. Javier Blázquez

El Cristo de los Doctrinos, tras salir de la capilla de la Vera Cruz el Lunes Santo | Fotografía: Javier Barco

04 de diciembre de 2019

Hubo un tiempo en el que las cofradías no interesaban a los curas. Con loables excepciones, que siempre existieron. Pero para la mayoría eran un problema con el que debían convivir y sortear de la mejor manera posible. Luego llegó el aprecio, a medio camino entre la necesidad de llenar bancos vacíos y la impostura auspiciada por el cambio de ciclo finisecular. Cariño por momentos empalagoso, acorde con las directrices procedentes de la curia. Excepciones las hubo, como siempre, porque entre el clero también palpitan los corazones inmensos, sinceros y convencidos, faltaría más.

Estoy confuso. Lo confieso. Escucho el discurso, leo consignas, analizo programas e impresiones y la esperanza me reconforta. Contemplo el entorno, constato realidades. Y sufro. Sufro porque creo firmemente en la validez de estas instituciones en el seno de la Iglesia, pero no tengo la seguridad de que quienes continúan ocupando los niveles superiores, los de siempre y donde siempre, tengan de verdad esa misma convicción.

Dudo. Y la duda es razonable y junto a mí dudan muchos que están comprometidos de verdad en este empeño. Hay ya demasiadas cosas que no se pueden entender. Nuestras cofradías de Semana Santa, con la siempre injusta generalización que deja al margen la excepcionalidad, están hechas unos zorros. Aquí, en esta diócesis que tanto amamos, hace cada uno lo que le viene en gana y nunca pasa nada. La política de hechos consumados da buenos resultados. Nunca pasa nada. Salvo que veladamente se insinúe o amenace con remover aquello que mejor está tapado. Así sucedió, verbigracia, con la posible elección a cargo cofrade de una persona a cuya situación canónica, regular, se le pudiera sacar punta retorciendo interpretaciones. Es el celo por colar el mosquito, justificable de no tragar con el camello. Y qué camellos, Dios, qué camellos. Porque no una, ni dos, ni tres situaciones irregulares con público conocimiento nos estamos tragando y digiriendo sin empacho alguno. Pero no hay escándalo, porque nos hemos puesto la venda sobre los ojos y no lo vemos.

Dudo. Y en la duda me acompañan muchos de los buenos que abandonan y se van, despedidos con la más inhumana y gélida indiferencia tras incontables años de servicio y dedicación. Qué actitud tan obscena y repugnante para una institución que se dice decana en el ejercicio de la caridad. Se van, abatidos y convencidos de que aquí nadie pone orden ante la incoherencia y el cuasi delito. Porque sí, en nuestra pitagórica diócesis las cuentas cofrades son muy oscuras. Que me conste, solo cinco cofradías las presentan ordinariamente ante el obispado. Pero poner el cascabel al gato y exigir que se cumpla lo establecido resulta incómodo. Es más sencillo mirar hacia otro lado mientras se pulsa la tecla que pone en marcha la centrifugadora de la opacidad. Así todo se blanquea, como los calzoncillos de lino que al parecer prescribe la Escritura y tanto nos ocupan estos días. Esas son las devociones que se aprueban. Ay, Señor, tanto blanquear, tanto, tanto… que las sepulturas de mármol blanco, blanquísimo y destellante, solo encierran podredumbre y corrupción.

Dudo, pero por qué dudo si debiera haber razones para la esperanza. Dudo porque quiero demasiado a estas cofradías tan llenas de contradicciones. Y eso no me importa, porque ellas también son signo de contradicción. Va en su esencia. Dudo porque me he implicado y creído que el cambio bien pudiera ser posible. Pero no termina de llegar y, al contrario, los signos de descristianización son terriblemente alarmantes. Ahora el fanatismo trasciende lo pagano y es lo que triunfa. Y en el piso superior callan y callan y el que calla termina por otorgar.

Solo tengo la palabra. Es lo que me queda. Y con la palabra lo vuelvo a denunciar, una vez más, con tristeza, sin ánimo de ofender ni de herir a nadie. Pero es lo que me queda, intentar seguir a Vitoria y hacer mías sus palabras y clamar, no tan bien como él, que se me seque la lengua y las manos si hubiera de decir contra mi conciencia y el humanismo que me inculcaron a la luz del Evangelio.


domingo, 1 de diciembre de 2019

Roberto Haro

Jesús Resucitado, de la Cofradía de la Vera Cruz | Foto: Roberto Haro

02 de diciembre de 2019

Con la llegada del fin de año natural en el calendario gregoriano se van acabando prácticamente las vacaciones cofradieras de las distintas hermandades, periodo que comenzaron hace ya muchos meses, pasado el lunes de Pascua. Y es que con el comienzo del año se vislumbra, en dos suspiros, la llegada de la cuaresma y Semana Santa, cuando por cualquier iglesia, capilla, auditorio o teatro proliferarán diferentes actos, cultos y, finalmente, procesiones con fines, a veces, más que dudosos desde la fe en el mensaje de Jesús de Nazaret.

Si vuelvo el recuerdo al pasado me vienen a la memoria historias lejanas, leídas en escritos de nuestros antepasados, que nos transmitían sentimientos de una Semana Santa anterior, practicada como auténtica "manifestación de la piedad popular". Y haciendo similitud de aquellos textos con los tiempos de hoy en día, la comparación parece que sale malparada. Cada año que pasa parece que va quedando, simplemente, en una manifestación singular para restregar entre los propios hermanos y cofrades, además de ser fotografiada, retratada y, a veces, sin querer, vilipendiada de forma pública.

Si abrimos la Biblia en el libro del Éxodo, capítulo 20, en el decálogo de los mandamientos con los que Dios habló al pueblo podemos leer: "No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra... No te postrarás ante ellas ni les darás culto".

Hay que tener en cuenta que las imágenes sagradas –sí, esas que vemos referidas con el grandilocuente adjetivo de "Amantísimas Imágenes" en rimbombantes anuncios y cartas a los hermanos– no son veneradas por ellas mismas, sino por representar a Cristo, la Virgen María y los santos.

Las imágenes son precisamente eso, imágenes. No son necesarias ni siquiera en las procesiones. Son creaciones histórico-culturales como medio de enseñanza o transmisión propia de la religión, pero no son el fin de la cofradía ni el mensaje inicial que nos dejó Jesucristo. Unas imágenes que pudiendo ser elemento vehicular para la enseñanza se convierten en elementos fundamentales de los jóvenes que aspiran a no sé qué dentro en las cofradías.

Me pregunto cuál es el motivo por el que esos jóvenes, y no tan jóvenes, de nuestro entorno tienen como único y exclusivo nexo de conexión con las cofradías y la Iglesia el agruparse alrededor de una imagen. ¿Nos quedamos solo en eso? ¿Qué hay en el fondo de esta expresión cultural o modal tan nuestra?

Debemos tener en cuenta que las hermandades, romerías, peregrinaciones o devociones populares, todo ofrecido y reconocido por la Iglesia, nos invitan a cada uno de nosotros a vivir nuestra fe partiendo del hecho de que Cristo está presente en ellas por sí mismo.

Para evitar caer en superficialidades y entender el verdadero significado de las cofradías y las imágenes hay que tomar en serio la educación y formación cristiana de nuestros jóvenes, evitando las luchas de ego, mirando al otro por encima del hombro por ostentar cualquier cargo, participar y dejar participar en la cofradía a pesar de tener ideas contrapuestas. Esa educación y formación consiste en tomar en serio y reconocer la tradición, la historia, la cultura, el carisma de donde nacemos, vivimos y compartimos nuestra vida cultural y cultual, porque de ella derivará nuestro compromiso con la sociedad con valores cristianos. Con esta formación se tratará de no tener solo veneración particular hacia una imagen y evitar incluso los casos de rozar la idolatría.

Los cofrades participamos en las cofradías dando testimonio de nuestra fe. Son una forma de evangelizar y mostrar al mundo el calvario por el que pasó Nuestro Señor hasta llegar a su resurrección. Cada persona muestra en la procesión su propia forma de realizar la penitencia en la cofradía; el nazareno con su vela o su insignia, el hermano de paso lleva el peso sobre sus hombros, el músico a través de sus notas. Sin embargo se nos está olvidando el fin último de pertenecer a una hermandad durante el resto del año: vivir cerca de las enseñanzas de Jesús, trabajar por ser lo que él querría que fuésemos.

Y eso obliga a los cofrades a no dar la espalda, a estar convenientemente formados para dejar de sobrevivir en las cofradías y sacarlas del espectáculo y farándula públicos, permitiendo a su vez dotar de pleno sentido su pertenencia a la cofradía con su formación y testimonio cristiano.


jueves, 28 de noviembre de 2019

Tomás Gil Rodrigo

Detalle del belén de la Cofradía de Cristo Yacente de la Misericordia | Foto: AMHC

29 de noviembre de 2019

Ya sé que tratar este tema sin haber comenzado el Adviento es un poco precipitado. No pretendo quitar la importancia a este "tiempo fuerte", que vamos a comenzar de inmediato, en el que somos invitados a profundizar en el don de la esperanza cristiana, que nos prepara para acoger y celebrar el misterio admirable de la encarnación del Hijo de Dios. Una esperanza activa que nace de nuestra fe en Jesús, que vino, viene y vendrá. Sin embargo, quizás por lo que cuesta, o porque no tenemos tiempo en la víspera de la Navidad, compruebo que muchas parroquias, cofradías, conventos, hogares…, empiezan a montar su belén en el puente de la Inmaculada o Constitución.

Lo que ahora os voy a sugerir a los cofrades salmantinos nació de mi viaje a Nápoles en septiembre de este año. Me pareció una ciudad viva, maravillosa y fascinante por su historia, cultura, arte y gentes. Ya sabéis que tenemos muchas cosas en común, incluidas hasta algunas palabras, debido a nuestra relación política durante siglos; una de las más destacadas son los belenes, que vinieron desde allí en los siglos XVII y XVIII, prueba de ello son los que se conservan en nuestra diócesis: los de las Franciscas Descalzas, las Agustinas de Monterrey o las Carmelitas Descalzas de Peñaranda. No obstante, lo que más me sorprendió es que la relación con Nápoles pervive hoy a través de las cofradías de Semana Santa. Hablando personalmente con algunos artesanos de la Via San Gregorio Armeno, situada en el centro histórico, donde tienen sus talleres y tiendas de belenes, me comentaban que muchas cofradías de Semana Santa de nuestro país les encargaban bastantes figuras para montar sus belenes.

Hasta ese día no había caído en la cuenta de que no solo os implicáis en la Semana Santa con vuestros pasos procesionales, sino también en la Navidad montando el belén, sea o no napolitano. Así que, si me permitís y respetando vuestra preciosa tradición, os propongo, antes de desarrollar vuestra creatividad en el belén de este año, unas ideas que nos pueden ayudar para propiciar un diálogo fecundo entre la fe y la cultura. Antes de imaginar el montaje de colocar los edificios y el paisaje, convirtiendo muchas veces el belén en un parque temático del Imperio Romano o de los oficios perdidos, pensad y orar primero el mensaje que queréis contar, que se encuentra escrito en los primeros capítulos de los evangelios de Lucas y Mateo. Estaría bien que el equipo de los cofrades que van a montar el belén lean juntos estos textos, sin darlos por sabidos, para encontrar en ellos la luz que necesitan para ser fieles a la verdad de la fe y al mensaje de la Navidad.

De esta manera, nos centraremos en lo más importante, que es la imagen de Jesucristo, acompañada de María y José. Vamos a representar, ni más ni menos, que el momento en el que Dios cumple con creces sus promesas de salvación, Dios se abaja para dejarse ver y tocar por medio de su Hijo, ha desvelado por completo su misterio de amor, entrando por el último lugar de la humanidad, por eso, tendría que ser el Niño la imagen central, el primero en ser contemplado al aproximarnos al belén, sin que nos perdamos entre tanta figurita, como si el belén fuera un "encontrar a Wally" entre romanos, castañeras, panaderos, pastores, herreros, etc. Al igual que nos preocupamos en poner las luces del belén, no se nos debe olvidar la mejor luz, la Palabra de Dios, elegir algún texto o palabra significativa del Evangelio junto al portal o pesebre podría servir para que la gente contemplara el belén desde la Buena Noticia.

Del mismo modo, para que el belén no se quede solo en una evocación de tiempos pasados, debemos traer al hoy el mensaje del belén. No estoy diciendo que las figuras estén vestidas como vamos nosotros, esa idea no es nada original, ya lo hicieron los artistas y belenistas napolitanos del siglo XVIII, sino plasmar que Jesús nació rechazado en el último lugar junto a los pobres. Los rostros de los que más sufren la injusticia en nuestro mundo deberían aparecer junto a Él de verdad, no como decoración estética o marketing de Benetton u otra empresa, sus gritos deben interpelarnos a cambiar el mundo y nuestra vida desde la persona de Jesús junto a ellos.

Para terminar, mi última sugerencia para el belén de este año, el camino que recorren los pastores, magos o gentes de belén, bajando hasta el pesebre, realizado con la sencilla arena, serrín o corcho blanco, no tiene su fin en el portal, debe proseguir hasta la cruz y el sepulcro vacío, es decir, nos encamina hasta la Semana Santa. Es un camino de bajada, despojo y vaciamiento, y se podría representar en el belén la continuidad de este camino de Jesús y del Evangelio hasta al cruz. Ahí confío en vuestra creatividad, que tenéis mucha con respecto a la Pasión del Señor.


miércoles, 27 de noviembre de 2019

Eva Cañas

Hermanas de carga de la Cofradía de la Vera Cruz | Fotografía: Manuel López Martín

26 de noviembre de 2019

La mujer cofrade sigue en la sombra. Esa es mi sensación. Quizás sea un gesto de discreción, de trabajo callado, pero en ocasiones roza la nulidad. No nos podemos engañar, pero el mundo semanasantero de hace décadas era un territorio más bien de hombres. Las mujeres estaban en un segundo plano, con quehaceres laboriosos de mantenimiento de hábitos o enseres... En los inicios de algunas hermandades ni siquiera estaba permitida la entrada de mujeres a su nómina de hermanos.

Esta ciudad castellana fue pionera en dar el papel que se merece a la mujer. En la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, tenían pleno derecho, como cualquier hermano, desde el año 1972, unos meses después de su fundación. Otro ejemplo claro del avance fue permitir a la mujer cofrade cargar un paso, que en un mismo año se estrenaron las de Amor y Paz y la Cofradía de la Vera Cruz. Luego llegaron las cargas mixtas, otro avance, pero no todo el mundo se muestra a favor de ello.

Las devociones no entienden de sexo, y no por ser mujer una tiene que verse llamada a cargar una Virgen y viceversa. Y mujeres costaleras existen en otros puntos del país, en Salamanca, no. ¿Motivos? Son muy discutibles.

Hay ciertos territorios donde es inviable entrar. En cuanto a las directivas, se ha ido incrementado el número de féminas, pero no en demasía en puestos de hermana mayor/presidenta, salvo excepciones como la Congregación de Jesús Rescatado en alguna época o en la Hermandad del Silencio, en Pizarrales.

Otro ejemplo claro está en los pregoneros de la Semana Santa de Salamanca, con tan solo seis mujeres en los 54 años que lleva realizándose. No fue hasta el año 1978 cuando una mujer fue pregonera, la poeta Josefina Verde. Dos tuvieron lugar en la década de los 80, y no fue hasta el año 2006 cuando una fémina volvió a pregonar, de la mano de Isabel Jiménez, como presidenta de la Diputación de Salamanca. Sí es cierto que en los últimos cinco años hemos tenido dos pregoneras: Isabel Bernardo y Asunción Escribano. Pero las cifras dejan ver una importante sequía.

Lo mismo ocurre con el pregonero joven, que ha sido en este 2019 cuando se ha designado a la primera mujer cofrade, Lorena Mateos, y la convocatoria se lleva realizando desde 2006. Quizás todo esté bien así y nadie opina lo contrario. No es la primera vez que se saca este tema y siempre hay lluvia de críticas por ello. Pero, lo siento, soy mujer, cofrade y periodista.


lunes, 25 de noviembre de 2019

Ángel Benito

Las clarisas de las Úrsulas, en el claustro antes de su salida | Fotografía: Almeida

25 de noviembre de 2019

El anuncio de la salida de las Claras de un convento histórico se suma a los de las Úrsulas con cinco cierres en apenas dos años. El exobispo de Salamanca, Braulio Rodríguez, planteaba la iniciativa en que toda la comunidad parroquial se volcara en ayudar a las religiosas

En un goteo ininterrumpido, los conventos de clausura van echando el cierre en Salamanca. El primero en hacerlo fue el monasterio de las Bernardas; le siguieron las Esclavas del Santísimo Sacramento, las carmelitas de Ledesma, las clarisas de Ciudad Rodrigo y las Úrsulas y el último en anunciar que hace las maletas es el histórico convento de las Claras. El patrimonio material está asegurado gracias a un convenio pionero de la Fundación Edades del Hombre que garantiza la conservación del arte y sobre todo su puesta en valor. Buena noticia, sin duda.

Sin embargo, ¿qué hay del patrimonio humano? Ante la falta de vocaciones, la mayoría de conventos salmantinos se enfrentan a una media de edad elevada con unos gastos superiores a los que pueden asumir con las pensiones mínimas y los escasos ingresos que reciben por pastas y dulces, bordados, elaboración de formas, etcétera. Hay que recordar que al menos una decena de monasterios de clausura salmantinos requieren de la ayuda del Banco de Alimentos para comer. Resulta grave que una parte tan importante de la Iglesia, que mantiene perenne la oración en la clausura, tenga que hacerlo en una situación que requiera la ayuda de organizaciones externas fuera del ámbito católico para sobrevivir.

Por ello, quizás la propuesta que realizó el que fuera obispo de Salamanca, Braulio Rodríguez, pudiera también servir para nuestra diócesis. El ya prelado "en funciones", si se me permite al haber presentado la renuncia al Papa Francisco, planteó a la comunidad diocesana de Toledo la necesidad de que las comunidades parroquiales se volcaran con los monasterios de vida contemplativa ayudando a sus necesidades e implicando a los feligreses en la supervivencia con el proyecto de hermanamiento titulado En un solo corazón. En una carta enviada a la comunidad diocesana lamentaba que "hemos dejado los católicos de Toledo muy solas a las hermanas contemplativas, sin caer en la cuenta del valor que tiene en la Iglesia esa hermosa vocación eclesial". Tras la crítica llegaba la propuesta y pedía a las 273 parroquias "adoptar" a uno de los 37 monasterios de Toledo. Así, mostraba también su denuncia hacia los católicos que solo se preocupan del futuro de los bienes históricos sin pensar en el patrimonio humano que se pierde.

Quizás sería una buena oportunidad para abrir los ojos y tratar de implicar a las comunidades parroquiales también en Salamanca, e incluso a las cofradías, ligadas muchas de ellas a la ya antigua actividad monástica como se ha visto en Vera Cruz, Seráfica y Perdón, las Isabeles con el Cristo Yacente o la relación tan estrecha que unía a Jesús Flagelado con las Claras que ahora se trasladarán al monasterio del Corpus, o la reciente Hermandad Franciscana con las Franciscanas Descalzas. La diócesis debe buscar un medio de implicar a la comunidad católica en la protección de sus bienes más sagrados: el patrimonio humano. Incluso "adoptando" una monja.


viernes, 22 de noviembre de 2019

Abraham Coco

Ilustración de la Virgen de la Angustias realizada por Andrés Alén para el libreto del pregón

22 de noviembre de 2019

Ya tiene cartel. Ahora le falta pregonero. La Semana Santa de 2020 comienza a dibujarse en el ritual propio del otoño y en los proyectos que las cofradías encaran a varios meses vista. En esos ritos y en esos proyectos andaba yo hace un año, con tanta ilusión como inquietud, en vísperas de aquella designación que me desbordó de afectos. El inicio de un relato del que este dietario ha sido testigo. Un dietario escrito en parte en fechas posteriores a las que figuran como día de publicación y que culmino con este artículo. Cuando sea el turno de mi próxima columna en esta revista, en el mes de enero, el presidente de la Junta de Semana Santa –espero suponer bien– ya habrá nombrado a la persona que el 31 de marzo nos anunciará, a su modo, la noticia que todos estaremos esperando.

En las últimas líneas de este dietario de bambalinas, la cara b del pregón, me encuentro de pie ante la Virgen, mientras Jesús se prepara en la sacristía para el traslado al Liceo. Allí, a solas como pocas veces, confieso lo que en el fondo ambos intuíamos y una Madre no necesita disculpar. Porque fue en las Angustias en quien tantas veces pensé para estar a mi lado ese día. Con razón así lo sospechaban varios de mis amigos. Pero la historia se repetía. Desde que era un renacuajo, y aunque nunca he sido muy dado a las pancartas, cultivé una devoción reivindicativa hacia las Angustias. Como una rabieta pueril con la que me resistía a que, en San Pablo, el protagonismo se concentrara en el altar mayor. Pero, una vez más, llegado el momento, era Nuestro Padre Jesús quien esa tarde –cómo no– esperaría detrás del telón para ser presentado con la marcha homónima. Y yo, temprana la mañana, estaba frente a las Angustias con mi oración de crío treintañero buscando en sus ojos serenidad para el pregón.

Y como las Angustias, el Jesús de la Pasión que llenó de emoción la entrevista con Eva para la revista diocesana. O el Yacente que, con tanta generosidad y sin ningún reproche, mis hermanos supieron que tampoco sería. O esa Dolorosona que tan feliz habría hecho a Bernardo y a la que cada día profeso una espontánea devoción que crece y crece. O el Cristo de la Tabla… o cualquiera de las imágenes veracruceñas. ¿Y qué más da? ¿Es que acaso no estaban todos? Pero no daba igual, no. Hasta el Cristo de la Agonía Redentora se había borrado de la lista gracias a su colosal presencia en 2012.

Tenía que ser Jesús Rescatado, ese Cristo "enigmático" –escribió Javi en sus palabras de presentación para el pregón– que desde la infancia ha estado, y sigue estando, tan presente en mi vida. Porque a su lado cualquier recuerdo, por lejano que sea, se me hace cercano. Junto a él se disipan los pájaros y se regresa al redil. Se empequeñecen los grandes tratados y se redescubre lo esencial. Se cura la miopía y se robustece la fe. Porque a su lado soy el "capillita de siempre". Ay, Jesús, lo que daría por buscarte en cualquier capilla compostelana a cualquier hora. Que aun estando, a veces cuesta encontrarte.


miércoles, 20 de noviembre de 2019

Félix Torres




20 de noviembre de 2019

¡Magnífica!

Es la expresión que me salió de lo más hondo, cuando vi la fotografía seleccionada para ser cartel de nuestra Semana Santa este próximo año 2020 en el concurso que, como todos los años desde hace treinta y cinco, organiza nuestra Junta de Semana Santa. Lo hice salvando, incluso, ese escepticismo que tantas veces he hecho público en lo concerniente a concursos fotográficos y resultados previsibles por encorsetados.

Lo hice porque la fotografía ganadora, más allá de carteles y composición tipográfica –también interesante–, destaca por sí misma, llegando a cautivar al espectador que se deja llevar y entra en el ambiente que se abre en la misma. Una imagen que quien la mira se ve como parte de esa fantasmagoría en la que hombres velados arropan a un Cristo de nítida figura que se afianza seguro sobre sus andas.

También es cierto que, una vez conocido el autor de la imagen –cosa relativamente sencilla para los iniciados–, no cabía mejor expresión que aquella. ¡Magnífica! Y por ello, entre otras muchas cosas, este texto de hoy quería venir también a mencionar al menos a Manolo. Reconocer admiradamente a Manuel López Martín, flamante ganador de este concurso en la presente edición. Fotógrafo de reconocida trayectoria, con una particular visión de la escena que hace de sus encuadres y resultados finales una captura etérea de una realidad que casi flota. Una interpretación onírica de la realidad inalterada o modificada únicamente por su composición y manejo de la técnica. Todo esto y algo más que no sé expresar en palabras quiere ser mi homenaje cariñoso a quien plasmó Cristo y cofrades en la instantánea protagonista.

Pero, seguro que, como todos, el cartel de este año, la fotografía de este año, no se va a librar de críticas cofrades más o menos exacerbadas, lanzadas desde un concepto tradicional de lo que la propaganda de estos actos de religiosidad popular debe ser siguiendo unos cánones que, por clásicos, son los que limitan cuanto se puede hacer en este campo artístico. Unos criterios que se anclan en un quizá erróneo sentido estético, pueril y decimonónico en sus trazas, que acota los horizontes y ata de manos a quien ve más allá de dulces rostros enmarcados por fondos tradicionales y pretende romper, aunque sea un poco, para llegar a otros puertos estéticos sin salirse de lo que en definitiva debe ser representado.

La eliminación de aquellas premisas (imagen, monumento y público) que gobernaban el concurso desde sus comienzos supuso un gran avance en el enfoque, nunca mejor dicho, que se podía dar a las imágenes concursantes. La posibilidad de actuar sobre las fotografías, algo prohibido hasta hace no mucho, ha sido un gran paso adelante en estas convocatorias aunque aún falte algo más. Porque aun así, se necesita, en mi opinión, una mayor libertad en cuanto afecta a fotografías y sus técnicas, revolucionadas y revolucionarias con la aparición de tecnologías digitales que permiten ir mucho más allá de los límites que impone la tradición analógica.

Por ello, antes de convocar el concurso en siguientes ediciones, quizá sería conveniente que una comisión de expertos en distintos campos artísticos y cofrades, se reuniese, evaluase cuanto de novedoso se pudiera incorporar al concurso y redactase unas normas acorde con los tiempos actuales. No romper sino ampliar para permitir nuevos enfoques y el uso de tecnologías desconocidas hace no tanto tiempo. Con ello se seguiría incrementando el patrimonio de la Junta de Semana Santa, ampliando un fondo de originales con un valor artístico añadido que fuese más allá de la imagen tradicional.

No quisiera terminar estos párrafos sin mi admirado y cariñoso recuerdo para H. S. Tomé. Y aunque ya lo hayan hecho estas "páginas" y por duplicado, quiero dejar constancia de mi homenaje a Tomé, artista para el que la fotografía fue la forma de darnos a conocer esa sensibilidad que, de otra forma, quizá hubiera quedado escondida entre las arrugas de su modesta timidez, por ser parte protagonista de esos cambios producidos en este concurso, por ser crítico juez selector y por, sobre todo, ser amigo, consejero y maestro de cuantos participantes en este concurso en los últimos años se prestaron a escuchar todo lo que Tomé podía transmitirles en forma de consejo. Discretamente, en voz baja. Así lo hacía y así se lo reconoceremos cuantos gustamos de su trato afable.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Paulino Fernández

Las cofradías acentúan su labor caritativa en Navidad con iniciativas como chocolatadas solidarias | Foto: semanasantasa.com


18 de noviembre de 2019

Quienes me conocen saben que este artículo no era el que debería presentar a la revista en esta ocasión. Caprichoso y azaroso es el destino, que trastoca nuestros planes cuando menos lo esperamos. Cuando menos lo queremos. Quién sabe si el artículo original verá la luz alguna vez.

Por circunstancias para nada deseadas, ni deseables a nadie, estos días he tenido que salir de mi ámbito de desarrollo de fe primario, mi querida parroquia de toda la vida, para moverme por los mundos de la pastoral sanitaria. Grandísimos profesionales en el ámbito sanitario, y excepcional equipo de acompañamiento religioso en los centros hospitalarios de nuestra ciudad.

Conocer estos aspectos, sobre todo mediante las conversaciones que buscan evadirte un poco de los sucesos y trajines que se desenvuelven en un hospital, da lugar a descubrir una realidad a menudo abandonada, pero de capital importancia. Labor que, de forma magistral, los capellanes de tales lugares sacan adelante mediante la fuerza de la fe cuando las fuerzas físicas, la vis physica, parecen flaquear.

Y es que, como en tantos y tantos otros escenarios de nuestra diócesis, a menudo se necesitarían más manos; más obreros en aquellos lugares donde la mies es abundante en número o inquietudes.

El frío que entra por la ventana me devuelve, por un instante, a la realidad cotidiana del tiempo que transcurre fuera. Este frío, y las impostadas luces que jalonan las calles de nuestra ciudad, nos indican que, a marchas forzadas, nos acercamos –a más de un mes todavía– a la Navidad. Ese periodo que, de modo coloquial, me gusta llamar "la Semana Santa chica". Y no por cuestiones teológicas o metafísicas, qué va, sino por lo atareado de la vida cofrade. Ese momento por antonomasia en el que las hermandades "echan el resto" en cuanto a colaboración se refiere. Recogidas de alimentos, juguetes o dinero en actos de diversa índole pero que siempre buscan consolar al necesitado. Gesto loable donde lo haya.

Pero, sin embargo, las necesidades son infinitas en cuanto a tipos y especificaciones. Hay veces que esa carencia no se puede sentir colmada con un chocolate caliente, sino con el calor que da la conversación que se mantiene en torno a él. En otras ocasiones, se requiere un hombro amigo que se coloque a su lado en sus penurias y no uno que cargue grandes cajas de juguetes.

En estos tiempos en los que ser católico está tan mal visto en nuestro mundo, todos quienes así nos consideremos hemos de llevar nuestra creencia por bandera. Hemos de aumentar, o tratar de aumentar, nuestro compromiso de vida más allá de ciertas estaciones del año. En nuestra diócesis existen innumerables servicios y delegaciones, como la pastoral de la salud, que, a buen seguro, desean contar con los "talentos" que cada uno hemos recibido. Aprovechemos esta época de reestructuración normativa cofrade para lograr cambios más profundos en nuestras corporaciones y en nuestra vida de fe.


viernes, 15 de noviembre de 2019

Álex J. García Montero

Acto central de la procesión de la Hermandad Franciscana en el Patio Chico | Fotografía: Manuel López Martín

15 de noviembre de 2019

Cuando llegan las lunas del frío, donde la escarcha corona la tierra húmeda del otoño, en su tránsito al invierno, suele debutarse de forma anónima bajo la luz del reflejo nocturno del sol.

Recientemente se nos marchó Conrado, el "eterno maletilla" nacido en Puebla de Sanabria, y crecido entre los cercados de las dehesas ibéricas. Igual que la maquinaria (agrícola o de obras) se mide su trabajo en horas, no en kilómetros, si tuviéramos que medir la vida de Conrado, su cuadro de mandos indicaría dos círculos: las lunas y la ilusión. Incluso, también tendríamos alguna tarde de gloria entre las arboladuras de los astados caurienses en el solsticio de san Juan.

Con algunas penitenciales, pasa lo mismo. Debutan durante años, con labor callada, para asomar a las navajas del astado público, en tarde noche de luna llena de primavera.

En los últimos años tenemos diversos maletillas que se han ido consagrando (o no) en el mundo del toro cofrade.

Por un lado, debutó la Hermandad Dominicana con Nuestro Padre Jesús de la Promesa. Aunque la intención podría haber sido la de realizar una estación penitencial el Lunes Santo, al modo venteño, la cosa quedó en el recuerdo de unos humildes pero bien fundamentados cultos que, aun siendo una especie de jornadas taurinas vespertinas, supusieron, piano, piano, la recuperación de la devoción, nunca olvidada, a dicho crucificado de la sacristía de San Esteban. Sé que la anterior junta de gobierno, bueno, para ser exactos, la anterior de la anterior destituida, recibió críticas por no hacer al menos una novillada sin picadores, o una capea; pero es de justicia relatar que mejor unas jornadas taurinas bien llevadas y sin gastos, con buena participación, que capeas o paelladas populares de tres al cuarto.

También debutó el Despojado tras un sinfín de plazas (y plácet) eclesiásticas denegadas. Su debut se sostenía en dos zancos: el costal (ya usado por el Rosario dominicano) y la caridad. La caridad se presentó como Victorino y casi acabó siendo vaca frisona de establo (y de correspondiente anuncio de marca confitera suiza en albi-violeta). El costal ha supuesto una gran puesta en escena, una extraordinaria coreografía que recuerda mucho a los efectistas (más que efectivos) pases del Cordobés en los últimos tramos de faena, cuando el toro está a punto de ser estoqueado. Quizás la morcilla, en la Semana Santa salmantina, sea un sinfín de adornos muy vistosos (ensayados y ordenados) que anticipan, cual sonido de campanillas de mulillas, la muerte del cornúpeta.

Bajo la luna llena de la frialdad y la austeridad, también debutó la Franciscana Hermandad. Quizás la tercera en Salamanca, pues será por intentos franciscanos de vincular hermandades a dicha orden bermeja (Vera Cruz, Seráfica y Franciscana). Su debut fue serio, sin grandes alamares, pues recibió críticas de los que están más acostumbrados a las corralejas caribeñas del costal que a una novillada sin picadores en cualquier pueblo de la Sierra, donde el terror, el amor y el gusto por lo añejo maridan las tardes de sus fiestas. No querían puertas grandes (salvo la de San Martín), y con orden, disciplina, respeto, silencio, seriedad y buen hacer, supieron poner la cordura penitencial a su tarde noche con una imagen, a mi juicio, de mejorables hechuras, de Mayoral, que supone innovar con lo de antaño. Porque la auténtica innovación en el toreo actual es cuando alguien mata corridas duras. La cornada de la verdad siempre anda más cerca de la femoral del clasicismo que del estribo metálico del martillo.

El próximo año, debutarán penitenciales que siempre aspiraron a glorias, con nombres que rememoran a las esquelas de marquesados y títulos varios de hidalgos venidos segundones, y que en su origen estuvieron vinculadas a hermandades moribundas, donde el negro del luto está, cada vez más, ennegreciendo el blanco de la esperanza, sin piedad, con mala muerte y escasa pasión. El zaíno que se ha impuesto sobre una penitencial, con futuro más negro que el escroto de un grillo, podría ser un virus trinitario que se extienda sobre, a falta de una, dos hermandades y cuarto, de faja y costal. Ya veremos si sobra costal y falta cabeza, si falta costal y sobra cabeza o si, como mucho me temo, falta cabeza, costal y solideo y, sobre todo, tonsura.

Mientras, seguiremos firmando contratos y rompiendo con apoderados, con la gran mentira del toreo: "de mutuo acuerdo" o aquello tan manido de "manera amistosa". Porque como decía Aristóteles, "nihil est in intelecto quin prius fuerit in sensu" (nada hay en el entendimiento, que antes no haya pasado por los sentidos). Pues aquí, de entendimiento, cada vez menos; de sentidos, mucho (costal, faja, bandas, agrupaciones, inciensos, antorchas, hábitos…). Finalmente, de fe, nada. Nada hay en las cofradías que antes no haya pasado por la fe. Y si solo queremos corralejas y capeas, pues las tendremos. Porque sin tentaderos, solo habrá mataderos. Y los puntilleros, seremos los propios cofrades. Al tiempo, tiempo. Tranquilos, siempre hay algo peor para el uro salvaje ibérico que el desolladero: el establo. Alguno estará contento con seguir ordeñando ubres.


martes, 12 de noviembre de 2019

Paco Gómez

Un grupo de charros precede a la Esperanza a su paso por la Plaza Mayor el Viernes Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

13 de noviembre de 2019

"A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas"
(Antonio Machado) 

Desde que el 29 de abril de 1755 se conseguía al fin cerrar la conflictiva fachada, que aún habría que andar rematándose casi un siglo después, la Plaza Mayor pasó a cumplir perfectamente con su cometido de ser el gran cuarto de estar de los salmantinos. El salón recibidor. La habitación para las visitas. La ventana por la que, a falta de tele y móvil con internet, echar un vistazo al mundo y sus novedades. 

La Plaza Mayor también se iba a incorporar decididamente a la Semana Santa de la ciudad. Pronto los itinerarios fueron convergiendo hacia ella en recorridos que al fin y al cabo garabateaban con su andar la callejas de lo que hoy llamamos centro histórico. Aunque sería a partir de la eclosión de mediados del siglo XX cuando la Plaza Mayor pasó a convertirse en un elemento esencial de la Semana Santa. De hecho, se puede considerar que devino en cierta medida en paso obligatorio. 

Y todavía un poco más, porque también fue acaparando la realización de algunos de los actos litúrgicos asociados a la Semana, como el propio Descendimiento, por no hablar del Encuentro, que aprovechó durante décadas sus condiciones de gran proscenio para celebrar el misterio de la Resurrección.

Eran, en fin, todos aquellos, otros tiempos. Tiempos en los que las celebraciones de Semana Santa se vivían de otra forma y, en gran medida, por otro tipo de público. Fue la Hermandad Universitaria, como es sabido, una de las primeras en tomar la decisión de obviar el paso por la Plaza Mayor, al constatar que la convivencia de otros usos del espacio y el recogimiento propio de sus cofrades era poco menos que imposible.

Se abrió así un interesante debate más o menos explícito en el seno de la Semana Santa. Las procesiones que consideran el ágora barroca ya un recorrido de otras épocas y las que entienden que sigue teniendo su porqué el paso por este bello salón porticado.

La última en decantarse en un sentido u otro ha sido la Seráfica Hermandad de Nazarenos del Cristo de la Agonía que, en pleno proceso de reestructuración tras su mudanza de sede con el nuevo tiempo del convento de las Úrsulas, ha aprobado un cambio de recorrido que por primera vez dejará fuera a la Plaza Mayor.

Otras hermandades, como el Despojado analizan las opciones después de la primera experiencia de tránsito junto al pabellón de los Descubridores en la Semana Santa de 2019. Y es cierto que otras procesiones, al menos hoy, nos parecen impensables sin la Plaza Mayor: Jesús Amigo de los Niños, Nuestra Señora de la Soledad o el Resucitado.

En todo caso, es un debate cada vez más recurrente ante la coexistencia en la ciudad de muchas sensibilidades en torno al patrimonio, el turismo y la propia Semana Santa. Parece lógico que ante las nuevas circunstancias sociales y con unas pocas excepciones, cada vez más hermandades decidan prescindir de una plaza hermosa a más no poder pero también ruidosamente transitada. Una plaza imposible de callar frente a la que se dibujan otras alternativas más recoletas y simbólicas.

Pero al fin y al cabo cada procesión tiene su sentido y su público. Y Salamanca puede presumir tanto de un laberinto de callejas incomparables como de contar con una plaza que, con Semana Santa o sin ella, raramente quedará desierta. 


lunes, 11 de noviembre de 2019

Pedro Martín

Jesús Nazareno en la plaza Nicomedes Martín de Béjar | Fotografía: i.bejar.com

11 de noviembre de 2019

El tan manido eslogan en estos tiempos electorales que nos toca vivir, sin descanso y sin solución de continuidad, perderá vigencia esta mañana de resaca electoral y será incluso olvidado por nuestros dirigentes políticos hasta la próxima vez (quizá de nuevo más pronto que tarde).

El lector de esta tribuna digital se preguntará si se ha equivocado de enlace o dirección de internet. No, seguimos en pasionensalamanca.com, nuestra revista digital, y me permito una reflexión de la realidad en los pueblos de nuestra provincia y entorno (que no diócesis) a la luz de dos hechos: la reciente tertulia en torno a la Semana Santa de Béjar y mi presencia ayer, como presidente de mesa, en un pequeño pueblecito de las Arribes, lejos de todo y de todos.

Curioso el caso de la localidad bejarana, triste diría yo. La otrora ciudad textil vive ahora una decadencia en todos los sentidos: económico, laboral, social, demográfico, turístico… Y esto se refleja también en su Semana Santa que, aunque ha vivido en los últimos años la fundación de una cofradía, vive horas bajas, como casi todas. Con la peculiaridad de pertenecer a una provincia, la nuestra, pero a otra diócesis, la de Plasencia. Para los que no lo sepan, esta diócesis se extiende desde el sur de nuestra provincia hasta la localidad de Don Benito, en Badajoz. En una diócesis tan inmensa y disgregada, Béjar es una pequeña gotita de agua en el balde extremeño. Y por ende, las cofradías bejaranas no tienen ningún peso en la vida y organigrama de la diócesis placentina, aunque nos consta que la relación con el clero diocesano es buena, muy buena. Tampoco parece que la diócesis mire mucho al norte, en ninguno de los sentidos, el "apéndice salmantino" es eso, un "apéndice".

Miro ahora al oeste salmantino que nos separa de Portugal, lindando con el Duero. Las "incomunicaciones" hacen que la relación con los vecinos portugueses, en aquella zona, sea casi imposible.

Primer dato. De los censados, más de la mitad ya no vive en el pueblo. La España vacía lo está mucho más de lo que dicen los números. Pero vamos a lo que nos interesa, que no me quiero meter en política, y veamos la situación que se vive en los pueblos desde el punto de vista religioso, con escasez de sacerdotes y de feligreses.

Y no es la mejor, la verdad, nadie llegó a votar después de misa como era costumbre, ya que ayer no había. La última eucaristía dominical fue hace tres semanas, pues se celebra cada quince días, alternando sábado y domingo, sin saber en muchas ocasiones si se cambia el día o no. Y lo más preocupante, es el único servicio que se da. Veinte minutos cada quince días. Pobre, muy pobre. Aun entendiendo que se tenga que dar servicio a siete pueblos, no parece mucho, la verdad.

Pensaba yo, ayer, qué poco nos interesa a toda la sociedad actual, civil, política o religiosa, la situación de los pueblos, grandes o pequeños,. las pequeñas parroquias o las cofradías y "semanas santas" de "no interés"…

No interesa. No podemos asumir su cuidado pastoral adecuado, no es cómodo, no es rentable.

No sé la respuesta, la verdad Lo que sí sé es que son fieles cristianos que necesitan sentirse Iglesia, sentirse parte de la comunidad diocesana a la que pertenecen, aunque estén a cien kilómetros de su obispo y este resida en otra provincia y comunidad.

Quizá habría que acuñar un nuevo término y empezar a utilizarlo, pero no para hacer campaña como nuestros políticos, sino para atender y dar solución a los problemas que plantea la "Iglesia vaciada" del mundo rural.


viernes, 8 de noviembre de 2019

Tomás González Blázquez

El Cristo de la Liberación, a través del ventanuco de la capilla del cementerio de San Carlos | Foto: TGB

08 de noviembre de 2019

¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!

Cristo es la puerta (Jn 10,7) pero se sirve de ventanas para encontrarse con nosotros. Pienso en esos ventanales de algunas capillas y humilladeros, como la frecuentada del Cristo de los Milagros, la menos conocida Virgen de los Toreros en el paseo de las Úrsulas, o la Vera Cruz carrionesa a la que me sentía convocado tantas veces en mi infancia, para descubrir, casi a tientas, la secuencia de andas aletargadas a lo largo del templo, aguardando una nueva Pascua en la que ser iluminadas e iluminar. Pienso también en esos otros huecos mínimos, poco más grandes que el agujero de la cerradura, que ofrecen muchas ermitas para que, como en los versos de Lope, el alma se asome a través del ojo curioso y sea capaz de oír (¡y escuchar!) la silenciosa llamada de Cristo a través de un Cristo, o de recibir el consuelo de la Virgen por medio de una Virgen.

La ventana del arca abrió Noé y fue así como la rama de olivo, en el pico de la paloma, dio la señal de paz. La ventana en el muro abrieron los amigos de Pablo y de este modo obtuvo la libertad, cuando sus enemigos habían sellado las puertas de Damasco ansiando su prendimiento. Una ventana abierta a los pies de la capilla en nuestro casi bicentenario cementerio de San Carlos brinda también paz y libertad. Es el ventanuco por el que el visitante, quizá orante, quizá errante, quizá paseante, puede sumergirse en la realidad sobrecogedora de que Dios dispuso que su Hijo muriera como uno de tantos, como cada uno de los hombres. Rodeado de yacentes, en medio de todos los cuerpos corrompidos por el sepulcro, el Cristo de la Liberación mira en su sueño hacia el altar vestido con blanco mantel y escoltado por las luces potentes del otoño que alumbran la estancia, tantas horas cerrada y vacía como parece el sino de nuestras iglesias. 

Al asomarse uno por la ventana de San Carlos, casi acariciando tras las rejas la mano izquierda de Jesús, se consigue que el Cristo, además de mirar al altar, mire hacia fuera. Es un Cristo en salida, en misión, en trance de Resurrección. Atrae hacia la Cruz que preside al fondo la capilla, recoge la atención en el sagrario donde se conserva el alimento para el camino, y finalmente se refleja en el espejo, para enviarnos: "Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve" (Salmo 79). Se sirve del alma que mira para mirar, y para que al volver al contexto de las tumbas las miremos con ojos nuevos, como Él las mira. La añoranza se habrá revestido de esperanza. El dolor, a veces tierno y húmedo, otras sordo o excavado en la roca del tiempo, nos resultará más llevadero, porque sabremos que Él mismo lo comparte en su cuerpo herido y muerto. Mirar a través de esa ventana, mirarle, habrá sido una liberación. No esperemos a mañana para abrirle la puerta. 


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