miércoles, 14 de noviembre de 2018

domingo, 11 de noviembre de 2018

Francisco Pérez Polo

El paso del Cristo de la Luz y Nuestra Señora de la Sabiduría corona la calle Compañía | Fotografía: Heliodoro Ordás

12 de noviembre de 2018

Leía hace unos meses en uno de los foros semanasanteros que pueblan las redes sociales un debate sobre el estilo más conveniente para nuestra Semana Santa. Sin entrar en polémicas, transcribo una de las intervenciones finales: "Se ha perdido nuestra esencia pero ojalá la Hermandad Universitaria del Cristo de la Luz vuelva a sus orígenes. Vuelva a desfilar en silencio total, sin música, de madrugada y por las zonas de sus comienzos. Así volverá a tener los hermanos que tuvo". Al hilo de que este año nuestra querida hermandad, a cuya junta directiva pertenezco, ha cumplido setenta años, me pregunté si esa era la auténtica realidad en "nuestros orígenes". Y  esta es la respuesta.

Si volviéramos al 23 de marzo de 1948, y quisiéramos ver la salida de la primera procesión, deberíamos estar a las ocho y media de la tarde frente a la puerta lateral de la Clerecía. La hermandad siempre ha procesionado en la tarde noche pero nunca de madrugada. En sus primeros años salía a las ocho y media y regresaba sobre las once. Por cierto, no hubiéramos podido asistir a la Promesa de Silencio. Esta se realizaba privadamente dentro de la Clerecía. A finales de los años 70, y con motivo de las obras de la iglesia, se unió a la oración universitaria que desde el primer año se leía en el Patio de Escuelas y desde entonces ambos actos forman uno.

Sobre el tema del silencio total, en su primera salida el paso iba acompañado por una banda de cornetas y tambores. Esto se repitió hasta los años 60, en que por mediación de don Julio Gutiérrez Rubio, alcalde de Salamanca y hermano honorario de la hermandad, la banda municipal acompañaba al paso, siendo la única procesión en la que lo hacía aparte de la General del Santo Entierro. Como acompañamiento musical además, abrían la marcha dos tambores destemplados, hoy sustituidos por un trío de viento. En esa ocasión no salieron la cruz de guía ni el estandarte actual, que se incorporarían al año siguiente.

Respecto al recorrido, la hermandad ha mantenido siempre el mismo salvo alguna ocasión, en los años noventa, en los que se salió por la zona del Botánico y la calle Cervantes, donde se habían construido nuevas facultades. Pero la idea fue abandonada por resultar alguna de las calles demasiado estrechas para el paso de la procesión.

Y sobre el tema de "volver a tener los mismos hermanos que en aquella época",  nunca en su historia la hermandad ha tenido tantos como ahora, que supera los 200. El inventario de material de 1950 dice que se habían preparado 40 cruces de penitencia para los hermanos. En la actualidad sale el doble, lo cual obliga a procesionar en dos filas. En sus primeros años se desfilaba en una sola por el centro de la calzada.

Y, desmontados esos tópicos que circulan por la red, la siguiente pregunta es cómo fueron realmente nuestros orígenes. La Hermandad Universitaria nació por iniciativa de los miembros de las Congregaciones Marianas con sede en la iglesia de la Clerecía. Sus principios básicos fueron (y son) la austeridad, reflejada en la sencillez del hábito y en la ausencia de enseres habituales en otras cofradías, la penitencia, exteriorizada en la cruz que portan los hermanos y en la organización de un único turno de carga durante toda la procesión, y la ejemplaridad, que se plasma en la promesa de silencio para entregarse a la meditación y oración durante el recorrido. Esos fueron nuestros verdaderos orígenes, y así los hemos mantenido y así los hemos ido adaptando a los cambios sociales y religiosos. Lo demás es romper el huevo y quedarse sólo con la cáscara.


viernes, 9 de noviembre de 2018

José Fernando Santos Barrueco

Cofrades de la Hermandad de Jesús Despojado en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Pablo de la Peña

09 de noviembre de 2018

Opinar sobre los motivos por los que se entra a formar parte de una cofradía sería un vano y pretencioso intento, con el riesgo de hacer juicios de valor sobre aspectos que afectan a sentimientos, en los que no caben comentarios porque se refieren a lo más íntimo de cada persona. Nadie puede valorar, y mucho menos juzgar, los actos piadosos ni las sensaciones que experimenta quien carga con una imagen o realiza determinada penitencia en una procesión. No obstante, en las cofradías que tienen una relativa antigüedad y han visto el transcurrir de dos, tres o más generaciones, podríamos afirmar que la mayor parte de los motivos suelen ser de índole familiar y se mueven en torno a sus sagradas imágenes, cuyo culto se ha ido consolidando, y a las procesiones que con ellas se realizan. Las tradiciones de pertenencia, las devociones y los sentimientos que se han cultivado en ese entorno familiar llevan a relaciones, compromisos y promesas, que impulsan una buena parte de las razones de entrar a formar parte de aquellas. Razones, todas ellas, loables y muy respetables, aunque el objetivo pueda estar muy focalizado y no se tengan miras más amplias.

Podemos asumir que las procesiones y, con ellas, el fervor hacia las imágenes, pueden constituir el aspecto más carismático de las cofradías y, desde luego, el acto más emblemático y de mayor relevancia en la calle. En muchas, prácticamente el único que congrega a la práctica totalidad de los hermanos (incluyo aquí aquellos otros que se hace preciso realizar con vistas a la procesión, tales como ensayos o trabajos de preparación de pasos y enseres procesionales).

Dicho esto, me parece que mal harían las cofradías en centrarse solamente en este aspecto. Las cofradías penitenciales nacieron como asociaciones o congregaciones de laicos bajo una determinada advocación, como una manera de estar presentes y participar en la Iglesia y en la sociedad, practicar la penitencia, especialmente en la semana de la Pasión de Cristo, y desarrollar marcados fines piadosos y benéficos. Algunas nacieron en torno a una imagen muy venerada, por razones de tradición o leyenda, y otras incorporaron posteriormente imágenes existentes o encargaron su realización. El culto a las mismas potenciaba la penitencia y la caridad en sus múltiples aspectos. Más tarde, con el apogeo del barroco y la imaginería religiosa, se desarrollaron y popularizaron las procesiones semanasanteras.

Sería bueno que las cofradías mirasen a sus orígenes buscando su razón de ser. Es cierto que hoy no tendrían sentido las causas que originaron la mayoría de ellas, pero sí ser conscientes de que nacieron con un fin eclesial y social potenciado con el culto a unas imágenes y el ejercicio de la penitencia. De la misma forma que en la mayor parte de las actividades de la vida (industria, comercio, etc.) las cosas han cambiado tanto que solo cabe reinventarse para poder seguir adelante, pienso que las cofradías también tendrían que reinventarse de alguna manera y plantearse las razones de su actual existencia, buscando nuevos caminos en esa acción o reivindicación social tan necesaria hoy día en favor de los más necesitados. Preguntarse el dónde, por qué y para qué estamos. Cuál es el carisma de la cofradía, su aspecto más atractivo en beneficio de la comunidad.

Para empezar, me parece "de cajón" asumir una pertenencia a la hoy tan denostada Iglesia católica, aspecto que no parece estar claro en muchos, incluso en juntas directivas, en las que se cuestiona el papel de la Iglesia poniendo normas (que, dicho sea de paso, pasamos olímpicamente a la hora de colaborar en su realización o de hacer comentarios a las mismas), aprobando o autorizando determinados aspectos. Mal vamos si no tenemos muy claros los conceptos más elementales. Si creemos que sacar imágenes de Cristo a la calle, podemos hacerlo fuera del marco eclesial, ¡apaga y vámonos! Ese Cristo edificó la Iglesia sobre la piedra de Pedro y en Pentecostés, encargó a todos sus seguidores (que eso son los discípulos) anunciar la Buena Nueva. Y si no entendemos que las procesiones nacieron como una catequesis en la calle para anunciar esa Buena Nueva, mal andamos si queremos correr fuera de la Iglesia. El mensaje evangélico nos incumbe a todos como miembros (Iglesia somos todos), aunque la institución tenga su organización y jerarquía y, obviamente, en ella se presenten diferencias en las funciones y responsabilidades y, en consecuencia, en la imagen que cada uno transmite. Pero tengamos claro el concepto y que los árboles no nos impidan ver el bosque. Si debajo de un paso nos decimos "los pies de Dios", tengamos "los pies en el suelo" y entendamos que ese Dios a quien representan las imágenes que paseamos fue el fundador de la Iglesia y nos involucró a todos en su función principal. Otra cosa, que por desgracia sucede a veces, es que algunos miembros con responsabilidad en la organización eclesial vean a las cofradías como un estorbo (¡pobres pescadores de hombres!), pero sería "harina de otro costal".

Una vez tengamos claro dónde estamos, habría que profundizar en el por qué y para qué. La penitencia y la veneración a las imágenes titulares no deben ser un fin en sí mismo, sino el medio que nos lleve a ser esa Iglesia en salida que tanto viene clamando el Papa Francisco, apoyando acciones o reivindicaciones sociales en favor de los más necesitados y desfavorecidos, no solo de una manera pasiva (en forma de aportación económica), sino más  participativa y comprometida. No se trata de convertirse en ongs, sino de apoyar iniciativas que existen y requieren "manos". Estas acciones darían el verdadero sentido a las procesiones, como manifestaciones públicas de la fe que profesamos, con las imágenes que nos llevan a la esperanza en la promesa que nos hizo aquel a quien las imágenes representan. Solo así serían nuestras procesiones (cuidando también su desembolso económico) la guinda de un magnífico pastel. Un extraordinario broche de oro a la actividad co-frade (confraternidad), con resonancia en la calle.


martes, 6 de noviembre de 2018

Raúl Román

Dos cofrades de la Hermandad del Cristo del Perdón esperan en la tarde del Domingo de Ramos | Foto: Pablo de la Peña

07 de noviembre de 2018

Las dinámicas de las cofradías están siendo muy diferentes en estos últimos años. Ha habido momentos en los que las cofradías eran "de Semana Santa" y era bastante habitual que centraran sus actividades en la semana mayor, para volver después a una especie de letargo que les conducía a una presencia a veces testimonial.

Pero esto esta cambiando y es imprescindible que todos los cofrades sean conscientes de ello y de las exigencias que comporta. La religiosidad popular como fenómeno religioso actualmente impregna todo el año. Esto exige un fuerte componente de socialidad religiosa que no todos en las cofradías están dispuestos o son capaces de asumir.

Debemos reiterar que el carácter de las cofradías con ser social es en sí mismo y muy destacadamente religioso. Es su identidad y así se debe asumir por todos. No como algo impuesto, sino como un rasgo gozosamente identificador del ser y del hacer de las cofradías. Descubrir y hacer descubrir este tesoro es una labor que urge. Es la tarea esencial de las cofradías para con sus miembros.

Todo apoyo será poco, porque en ello va una parte importante de la presencia del testimonio cristiano. Es en este punto en el que debe centrarse en estos años la atención de los cofrades para enriquecer del modo debido la labor de los cofrades. Culto, formación, caridad: son las expresiones de lo que es la cofradía. Así quedarán atrás protagonismos, duelos estériles y afrentas incomprensibles, y las cofradías cumplirán sus fines con la participación de todos sus miembros.

Esta es una raíz importante de las normas que se nos anuncian desde la diócesis; normas que deberán ser contempladas en el marco general de la comunión eclesial y como un instrumento al servicio de las personas y de las cofradías. Son ayuda, de modo que la asunción de las mismas de un modo generoso, integrador y constructivo sitúe a los cofrades como agentes evangelizados y evangelizadores que den fruto.


domingo, 4 de noviembre de 2018

J. M. Ferreira Cunquero

Fotografía: JMFC

05 de noviembre de 2018

Qué gran fortuna es esta de leer a un menda que tocado por el alucine de los tontos, en un medio digital, quiso ser escritor durante un rato, para que los cuatro palmeros que militan en el analfabetismo funcional puedan sentirse en la gloria unos segundos.

Transcribo letra por letra, sin tocar espacio ni eludir la armonía de tan interesante viruela gramatical, para que nuestros sucesores, en los siglos venideros, puedan deleitarse con lo que tan iletrada figura compartió con la plebe:

#41 - HIPOCRESIA  los mas ca... y todo lo peor que eude haber estan ahi metido eta semana todos santos y coiendoselos con patatas pero luego se acaba la semana santa y son los mas hp lo perdor de la sociedad metidos en habitos dandose de buenos y claro dios los perdona. que asco de semana santa.

No haría falta ni añadir una sola letra para desentrañar qué tipo de personaje puede escribir tal sarta de gilipolleces. Por otro lado no tenemos interés alguno en descubrir quién puede estar parapetado detrás de esas letras tan mal reunidas, aunque por mera caridad podríamos recomendar a tan insignificante autor que se matricule (como decíamos en nuestros lejanos tiempos infantiles) en una escuela de cagones.

Lo grave de estos anónimos, secuaces de la cobardía, es la ignorancia crónica que padecen. Y digo ignorancia, porque desconocen con toda seguridad que, ante una denuncia en el juzgado por difamación en un medio de comunicación digital, estarían localizados con nombre y apellidos en menos de media hora. Son tan mentecatos que llegan a creerse que forman parte de un tinglado secreto intocable cuando, en soledad, consiguen con un teclado poner el mundo a sus pies.

Pero lo realmente peligroso e intolerable es que la Semana Santa cofradiera pueda cobijar a estos bandoleros del insulto y de la injuria por miedo o por aquello de mantener como sea la militancia cofrade. Y es que, como norma general, las cofradías miran hacia otro lado cuando la ofensa la reciben los del otro lado de la calle, dando la impresión de que estos delincuentes del insulto, cuando rebuznan, encuentran en nuestro cobarde silencio el apoyo que necesitan para seguir balando como las cabras…

Y viene a cuento recordar cómo no hace tanto tiempo se empapeló la ciudad con panfletos estilo nazi, para dañar la honorabilidad de un hermano cofrade, mientras se zarandeaba de una forma vil la tranquilidad de su familia.

No puede entenderse de ningún modo que, bajo la gran carpa semanasantera, estas actitudes anti cristianas encuentren cobijo y mucho menos que se ría la gracia, sin valorar el gran daño que se le está haciendo a miles de cristianos, que ven en la religiosidad popular un válido complemento para reactivar su compromiso con la fe.

No puede comprenderse que alguien que escribe una mamarrachada como la transcrita pueda vestir un hábito o soportar sobre sus hombros cualquier imagen. Solo la falta de formación cristiana y la escasez de conciencia humanista puede justificar una tropelía tan repugnante.

Algo debería hacerse para poner coto a ese excremento de opiniones que, gracias a la libertad digital, pueden expandir con tanta alegría los tontoletras de este tiempo. Mientras tanto, solo nos cabe acoger y perdonar…


miércoles, 31 de octubre de 2018

Ángel Benito

Imagen de la última misa de las Esclavas del Santísimo Sacramento en la capilla de la Vera Cruz

31 de octubre de 2018

La Vera Cruz vuelve a abrir sus puertas de forma provisional dentro del programa de Las Llaves de la Ciudad con un horizonte cada vez más lejano a conseguir un culto prolongado.

La noticia de que salmantinos y turistas puedan volver a disfrutar de las joyas de la Vera Cruz siempre es una alegría. Las Llaves de la Ciudad, programa turístico del Ayuntamiento de Salamanca, permite por segunda vez (la primera fue en 2013) que cualquier ciudadano pueda visitar espacios reservados hasta ahora a los cofrades como pueden ser las instalaciones donde se custodian los grupos escultóricos más reconocidos. Al igual que para el resto de salmantinos, la junta directiva de la cofradía cinco veces centenaria también lo ha vendido a bombo y platillo entre los hermanos destacando que, además de las visitas guiadas, dispondrán de una hora y 15 minutos más para que puedan acudir a venerar sus imágenes los viernes y los sábados. La programación se completa con conciertos y otros actos culturales que se mantendrán hasta bien entrado el mes de diciembre.

Desde la salida de las Esclavas en el mes de diciembre en un acto íntimo del que no se avisó, ya sea por el deseo de las religiosas o de la junta directiva, la capilla se ha abierto en contadas ocasiones. Para resumir, evitando hacer una enumeración que seguro me indujera a error: las fiestas propias de la cofradía, triduo pascual de Semana Santa, fiestas sacramentales y la misa mensual. Me consta por diversas fuentes que la intención de que una congregación religiosa ocupe las instalaciones se encuentra lejana, o cuanto menos no es una prioridad. Hasta ahora los intentos para que se ocuparan sí ha estado ligado a movimientos católicos, pero nada cercano a las congregaciones religiosas que velaron el convento y que devolverían una apertura prolongada a la Vera Cruz. Entre otros, rechazaron el ofrecimiento de ocupar el edificio diferentes proyectos del Comedor de los Pobres y Baraka de Cáritas.

Los visitantes que hayan acudido por primera vez a la Vera Cruz estos días no se habrán percatado de que ya no existen rejas. Ni miradas orantes tras ellas. En mi Exaltación de la Cruz, dirigí mi relato hacia una madre superiora que acompañaba el transcurrir de la cofradía. Hay un grupo importante de cofrades dentro de la Vera Cruz que aún ansían que el Santísimo Sacramento sea velado de forma continua. Que la capilla siga viva más allá del arte y las guías patrimoniales. Que no sean paredes desnudas donde mirar hacia un pasado demasiado cercano. El futuro ya es hoy. Y la oración debe hacerse un hueco entre Felipe del Corral y Alejandro Carnicero.

lunes, 29 de octubre de 2018

Tomás González Blázquez

El marco normativo-pastoral para cofradías fruto de la Asamblea Diocesana aguarda su aprobación | Foto: Pablo de la Peña

29 de octubre de 2018

Cuando estas líneas vean la luz intuyo que aún no habrá sido aprobado el marco normativo-pastoral que la Asamblea Diocesana acordó dar a las cofradías salmantinas, pero estará muy cerca la rúbrica del obispo una vez sea presentado el texto ante el consejo diocesano de pastoral y el consejo presbiteral. Esas ya célebres "normas", aguardadas en general con esperanza por los más involucrados en el día a día, aunque en algún caso suscitarán recelo y en el cofrade medio despertarán indiferencia, pues ni sabe que la diócesis va a proponer una orientación para la pastoral de las hermandades, determinarán lo que esta ha de dar de sí en los próximos años. Sin embargo, el curso pastoral ya ha comenzado en las parroquias, las unidades y arciprestazgos, mientras que la Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades, en la encrucijada del marco normativo y de una nueva configuración del Apostolado Laical de la diócesis, se prepara para un tiempo nuevo sin sujetarse a un programa anunciado en septiembre como ha ocurrido en cursos pasados. Resulta lógico que no inicie la nueva etapa hasta la aprobación de un texto al que dar vida y contenido, aunque sea unas semanas o meses más adelante. No obstante, como todos los grupos y comunidades, la Coordinadora, pero también cada cofradía y hermandad, están invitadas a acoger en este curso 2018-2019 las cuatro prioridades pastorales para la aplicación de la Asamblea Diocesana.

  1. El domingo, día del Señor. Y en su centro, la Eucaristía. ¡Qué valiosa la tetralogía sugerida por fray José Anido en este mismo espacio! Serviría de mucho repasarla para lograr fomentar una pastoral eucarística y del domingo en nuestras hermandades, que no puede perder de vista ni la deseable integración en la vida parroquial y diocesana ni la particularidad de cada cofradía, de sus templos, de sus imágenes y tradiciones… que siguen siendo un argumento para que el cofrade que no vive habitualmente el domingo ni frecuenta la Eucaristía se acerque a ellos convocado por su hermandad.
  2. La iniciación cristiana. En la misma línea, abundan las familias jóvenes en las cofradías: niños que pronto se visten con el hábito penitencial pero les cuesta más seguir con fidelidad la catequesis de la primera comunión, o adolescentes que quizá no se plantean confirmar su fe aunque no dudan a la hora de procesionar. Es mucha la importancia de las hermandades en este aspecto. Deben motivar, presentar con nitidez los sacramentos de la iniciación e incluso alentar proyectos dentro de la pastoral parroquial. ¿Acaso no se pueden nutrir los grupos de comunión y confirmación con niños y adolescentes cofrades, y también exhortar a los más adultos no confirmados a completar su proceso de iniciación? Ya ha habido y hay experiencias.
  3. La evangelización de los jóvenes. Esta prioridad insiste en la anterior, y demanda una mayor cercanía entre la pastoral juvenil diocesana y las cofradías. Convendrá reflexionar sobre lo que el Sínodo dedicado a "Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional" pueda aportar a esta necesaria aproximación, que tampoco es extraña a la vida reciente de la diócesis pero no se ha terminado de impulsar. Y quizá haga falta pensar algo sobre los no pocos cofrades que viven en pareja pero rehúsan formar un matrimonio cristiano: es una vocación que debiera sugerirse abiertamente desde cada cofradía a sus miembros.
  4. El acompañamiento. Parece propio de unas instituciones que se definen en su nombre como expresión de la fraternidad. Si no se está acompañado en una cofradía, ¿dónde se va a estar acompañado? Pero no, a menudo apenas conocemos al cofrade que carga delante de nosotros o que nos cae en suerte como compañero de fila. Ni siquiera cuando se quita el capuchón. Los hermanos enfermos, los que están viviendo separaciones matrimoniales, los que no ocultan sus enfrentamientos personales… Esas debilidades merecen un acompañamiento para el que hay que formarse y, sobre todo, animarse. 

Poner en negrita durante este curso esos cuatro asuntos, siempre vigentes, y recurrir a los materiales y convocatorias que la diócesis  ha elaborado para apoyar la acción de cada uno, es una manera de aplicar la Asamblea Diocesana en el ámbito concreto de las cofradías. No sea que luego nos dé por decir: "¿Lo de la Asamblea…? Es que la diócesis no lo puso en práctica…".


viernes, 26 de octubre de 2018

Félix Torres

Capilla de la Vera Cruz, que participa este año en la iniciativa turítica Las llaves de la ciudad | Foto: Turismo de Salamanca

26 de octubre de 2018

Con frecuencia, recuerdo aquella noche en Verona cuando en una pizzería —Ristorante Pizzeria San Matteo, si no falla mi memoria— comprobé, sorprendido, cómo aquellos comedores no eran sino las naves de una iglesia adaptadas para albergar mesas, vajillas, hornos y bodega. La comida fue excelente, pero no estuve a gusto en ningún momento, envuelto en una sensación extraña, como si estuviera cometiendo sacrilegio, que me impidió disfrutar la cena y me obligó a disimular ante mis anfitriones, quienes quisieron mostrarme la curiosidad de algo que aún sorprendía pues acababa de inaugurarse. Eran los años noventa y estoy seguro de que era la primera vez en que fui consciente del cambio de uso en un edificio sagrado.

El paso del tiempo, las modas y corrientes populares han hecho y siguen haciendo que cambien los usos y costumbres. Ya pocos se sorprenden de que haya iglesias reconvertidas en discotecas o bibliotecas. No hace falta ir lejos de nuestros límites ciudadanos para comprobar cómo el teatro del Liceo y la tienda de ropa Zara fueron en su día el convento de San Antonio el Real; o cómo no hace tanto tiempo, la capilla del convento de San Millán pasaba a ser Monumenta Salmanticae, el centro de información y bienvenida a turistas, y la iglesia de San Blas, tras su uso como carbonería y posterior abandono, se reincorporaba a la ciudad como auditorio municipal; otras, quizá más olvidadas, sobreviven (no sé hasta cuándo) como imprenta –Nuestra Señora de la Misericordia– o incluso como "almacén" de pasos y enseres cofrades aquella que pudo ser "centro de interpretación de Semana Santa" –iglesia Nueva del Arrabal–. Hay otras que un día echaron el cerrojo a sus portones y ahí quedaron, mostrándonos únicamente su fachada, como San Boal.

Mejor esto que no la piqueta, como ocurrió en aquellos tiempos, aún cercanos, en los que la modernidad y la necesidad de espacios arrasaban con todo aquello que oliese a húmedo o cerrado. Así, nos quedamos sin iglesias, monasterios o conventos para dar paso a plazas, avenidas o casas de vecinos, dejándonos sin importantes partes de nuestro patrimonio que apenas quedan ya en el recuerdo. San Adrián, Santa Eulalia, San Mateo, San Román, Santo Tomé, la capilla del Cristo de los Milagros, el convento de San Francisco el Grande, Conventos de Jerónimos, Benitos, Basilios, Bernardos o Premostratenses… todos ya en el recuerdo de solo unos cuantos.

En estos momentos de crisis de creyentes, carencia de pastores y abandono de conventos, Salamanca vuelve a verse en la necesidad de dejar sin vida, incluso sin culto, esas naves que hasta ayer tenían la vida de quienes se dedican a contemplarla en oración para culto divino y salvación de almas.

La capilla de la Vera Cruz, el convento de la Anunciación y el convento de las Bernardas son, por ahora, los últimos abandonos sufridos por los salmantinos. Abandonos que llevan al cierre de puertas y pérdida de actividad entre sus paredes. Ya no hay cultos, ni oración… al menos de forma habitual o continuada, con verdadera desazón para quienes acostumbraban a hacer de esos templos lugar de recogimiento y diálogo con Jesucristo.

Ciertamente, no estamos en aquellos tiempos de derribo inmediato y nos preocupamos por conceder un uso alternativo a los espacios que merecen ser conservados. Por ello, es de agradecer, por ejemplo, el interés de nuestro Ayuntamiento por incluir la capilla de la Vera Cruz en su programa Las Llaves de la Ciudad, lo que permitirá que esas puertas vuelvan a abrirse para contemplación no solo del desbordante barroco de sus retablos, sino del patrimonio sacro de la cofradía propietaria aunque sea solo por un tiempo limitado. Me parece bien la transformación en lo que cada vez con mayor frecuencia se da en llamar "espacio expositivo", siendo además, la muestra de nuestra cultura religiosa-cofrade de cinco siglos. Con esto, nuestro Consistorio muestra, al menos, interés preocupado por el futuro más inmediato de esta capilla.

Pero, ¿qué ocurre con la recuperación del fin fundamental, como lugar de oración, de esa capilla? Todos, o casi todos, tenemos más o menos claro que no debe perderse el uso diario que muchos han hecho de la capilla; que sus muros deben contemplar algo más que una muestra de arte o cultura y permitir que siga siendo lo que fue: lugar de "exposición permanente" al que poder acceder sin cortapisas en beneficio de nuestras almas. Digna de loa es la preocupación por mantener la actividad sagrada que muestra la cofradía, aunque sea de manera poco más que esporádica, pero eso no es o no debería ser suficiente. La diócesis, igual que ha hecho el consistorio, debería tomar en cuenta esta situación (que ya dije es solo muestra de otras varias que necesitarían semejante atención) y aportar una solución que calmase ánimos y permitiese seguir con la cotidianidad ahora desaparecida.

Seguro estoy de que es tema que preocupa en Calatrava. Seguro estoy de que se está buscando solución. Pero mientras no lo veamos, mientras no digan qué se pretende, mientras nos mantengan en la ignorancia… seguiremos creyendo que nada se está haciendo; que los humanos somos así.

Muestras de interés preocupado desde la Casa de la Iglesia, como esas Llaves de la Ciudad municipales, harían que algunos dejásemos de "marear la perdiz" con aciagos futuros y temidas reconversiones de espacios sagrados.


jueves, 25 de octubre de 2018

Paulino Fernández

Jesús Despojado sale de la iglesia de La Purísima en su primitivo paso procesional | Fotografía: Pablo de la Peña

24 de octubre de 2018

En su acertado artículo publicado el día 10 de octubre de 2018, Paco Gómez analizaba, desde una óptica periodística católica, las diversas situaciones por las que pasamos los creyentes en esta sociedad secularizada en la que nos encontramos.

Incidía, de manera idónea, en que el mundo en el que nos desenvolvemos ha ido tornándose cada vez más agresivo contra nuestras creencias. Desde ataques verbales hasta acciones físicas, pasando por muy diversos hechos y actos que ponen de relieve que la sociedad española actual, o al menos una parte concreta de ella, muestran de manera airada su profundo desprecio, cuando no odio, a nuestra fe católica.

Como periodista, ciudadano concienciado y creyente, expresaba su preocupación en relación con la situación en la que podría llegar a encontrarse la libertad de expresión  si prosperan determinadas acciones judiciales; recordando que la palabra debe ser "por definición, libre", máxime por tratarse de un pilar básico en nuestra democracia. Como ciudadano, como creyente y como jurista no puedo sino reconocer la realidad, en ocasiones tristemente omitida por quienes detentan poder, de que la democracia no se entiende sin libertad de expresión; ni la libertad de expresión puede desarrollarse sin democracia.

Sin embargo, no hemos de olvidar tampoco que junto a la libertad de expresión conviven otros derechos, que por su sistemática constitucional denominaremos "fundamentales", que construyen la identidad democrática de un pueblo al tiempo que moldean y ahondan las más profundas entrañas del individuo. Uno de estos derechos es el referido a la libertad religiosa.

Esta se trata de una de las básicas libertades que vienen a determinar la calidad democrática de una determinada sociedad, tal y como apunta el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, recogiendo lo estipulado por Freedom House. Un derecho que, como predica Su Santidad, el Papa Francisco, no afecta únicamente a la esfera interna individual, sino que es parte de la cultura de cualquier nación o pueblo. Tal es la consideración que históricamente ha presentado este derecho, que en España fue el primer derecho fundamental desarrollado por ley orgánica, cuando nuestra Carta Magna aún no había cumplido los dos años.

Vivir en una sociedad democrática, como muy bien indica Paco Gómez, es aprender a convivir. Y uno de los "peajes" que gustosamente pagamos por disfrutar el Estado democrático que tenemos es el conflicto, entendido este como la contraposición de intereses en el ejercicio de derechos opuestos por posturas en principio enfrentadas. Cuando yo quiero ejercer mi libertad religiosa, he de entender que este hecho puede afectar a las libertades de mi vecino. De igual forma, cuando mi vecino quiera ejercer su libertad de expresión, podrá afectar mis libertades. Y este hecho ha provocado, y provocará en un futuro, la necesidad de un ente suprapersonal que decida, que pondere, cómo pueden convivir múltiples libertades ejercidas por personas con personalidades e intereses diversos.

Ambos entendemos, nuevamente, que la tutela penal debe reservarse para ocasiones muy contadas y determinadas, principio recogido por el propio derecho penal y que se denomina como "ultima ratio". Pero, he de decir, disiento en la consideración que realiza de la libertad de expresión y su relación con el acceso a un posible procedimiento penal.

La libertad de expresión no lo ampara todo, ni mucho menos debe hacerlo. Si, por ejemplo, cambiamos los insultos a los sentimientos religiosos por insultos a un colectivo por su orientación sexual o su origen étnico-racial, entenderíamos que no estarían amparados por ningún derecho. Así, como podemos ver, la libertad de expresión no puede usarse como escudo ni armadura de discursos que no buscan más que insultar, menospreciar o incluso degradar a otros por determinadas circunstancias personales, sean estas sus creencias, su ideología o su orientación sexual. Ya lo recoge el Tribunal Constitucional, y múltiples sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, refiriendo que las limitaciones estatales a esta libertad son válidas cuando el discurso emitido no busca informar u opinar sino insultar y llamar al odio, conectándose así con el espíritu de tolerancia que debe ser propio de una sociedad democrática.

Siguiendo la doctrina actual del Tribunal Europeo, para tener en cuenta si estas limitaciones son válidas o no, es necesario acudir al contexto. Al entorno en el que se producen estas afirmaciones. Y, sobre todo, a la voluntad y objetivo con la que se dirigen. Así las cosas, no es lo mismo afirmar en un ámbito antropológico que los ritos de un determinado credo responden a una repetición de tradiciones de culturas previas que vociferar en un templo expresiones injuriosas sobre los allí reunidos. No es igual informar en una noticia que determinados ministros de culto han cometido delitos graves contra la libertad sexual de menores que dar un discurso público generalizando este hecho a toda la colectividad mientras se acusa a sus creyentes de encubrir o apoyar estas circunstancias. Ni es lo mismo referir en privado la opinión sobre las creencias de una religión que airear en redes sociales expresiones con ánimo de menospreciar las mismas.

Y precisamente, son estas circunstancias las que nos ayudan a comprender cuál es el contenido y ámbito de ejercicio de cada derecho. Las que nos permiten ir delimitando, día a día, en qué ocasiones se transgrede el ejercicio legítimo de un determinado derecho y cuándo se está llevando a cabo de una manera escrupulosa. Las que nos ayudarán a determinar cuándo existe discurso del odio y cuándo sana crítica, por mucho que sus frases puedan parecer excesivamente rotundas. Por ello, si no se hubiese acudido a la tutela judicial no concebiríamos nuestro entorno legal como ahora lo hacemos. Porque, efectivamente, la labor jurisprudencial de interpretación de la norma arroja luz en muchas ocasiones, máxime en situaciones tan oscuras y complejas como las que aquí se tratan. Así las cosas, la jurisprudencia ha determinado, por ejemplo, que llamar "hijo de puta" no es motivo de despido atendiendo a la degradación del mensaje y lo extendida que está esa expresión (1). O que atacar a la figura del Papa, acusándolo de provocar o favorecer en cierta manera el antisemitismo y el Holocausto, es admisible por su carácter de interés social y favorecedor del debate (2).

Coincidiendo con lo que se expone en su texto, que "la palabra es poderosa y en ocasiones hiriente como un puñetazo", he de manifestar que yo, como creyente, me siento más ofendido cuando una persona con relevancia pública e influencia sobre sectores poblaciones vierte mensajes injuriosos o que pueden incitar al odio contra mis creencias, y no me refiero al caso del tal Guillermo en concreto ya que no conozco las circunstancias que lo rodean y aún debe ser clarificado judicialmente, que cuando un personaje desconocido comparte con sus contactos una imagen ofensiva hacia las mismas. Porque el primero de los hechos puede alentar una acción agresiva contra un credo o sus creyentes,  mientras que el segundo, en muchas ocasiones, no presenta una voluntad lesiva de tal calibre.

Como católicos hemos de aprender a perdonar, indudablemente, pero ello no nos impide de modo alguno defender nuestros derechos cuando creemos que son lesionados. Y, por supuesto, acudir a estos mecanismos judiciales no cercena ni mucho menos determinadas libertades. Antes bien, fortalece estos derechos al clarificar su ejercicio válido y establecer qué queda fuera del mismo.

(1) STSJE 187/2017.
(2) STJUE Giniewski vs. Francia.


lunes, 22 de octubre de 2018

J. M. Ferreira Cunquero

Un momento del Poeta ante la Cruz, ante el Cristo de la Agonía Redentora, en la cuaresma de 1989 | Fotografía: JMFC

22 de octubre de 2018

Es verdad que en el pasado siglo hubo varios poetas que estuvieron vinculados de forma esporádica a la Semana Santa procesional salmantina. Entre ellos algunos de los mejores…

Como uno de aquellos vates dejó para la posteridad una joya poética digna de ser recordada, no iba a permitir el plagiador de turno que se quedase en el cajón del indiferente olvido. Faltaría más.

Y como era fácil dar el camelo en aquel tiempo, en el que la informática se ceñía al papel de calco y poco más, pues el poeta pillo, por fin escribió, publicó y difundió un espléndido poema, al que hasta un servidor, por ignorancia, le dio buena cancha. El referido juntalíneas supo ponerse luces de neón en la chepa, para exponer con cierto éxito su imagen, mientras firmaba con su nombre un soneto que tuvo en otro tiempo autor.

Quien descubre el pillaje literario del susodicho me da muestras, en su día, del atraco, poniendo ante mis ojos una revista de los años cuarenta que delataba la fechoría. Pero el caso es que, por no hacer daño a algún familiar del cuatrero de versos, decidimos contar, por ahora, el relato sin el dibujo del menda… pues puede traer cola a nivel local, en el mundo de la culturilla (como decía nuestro recordado amigo Willy) si nos da el punto y le damos libertad a la lengua.

Nada que ver esta historia con lo que ocurre en este tiempo increíble, donde la poesía se ha introducido como en ningún otro lugar en los actos cofrades. La cita con el Poeta ante la Cruz, que con tanto acierto organiza la Cofradía del Yacente de la Misericordia, ha sido la gran causante de que en este momento histórico los poetas se presten a colaborar con las distintas cofradías en todo tipo de actos o publicaciones.

Cuando relatas esta movida poética cristiana que disfrutamos desde hace años, te llevas la grata sorpresa de que poetas de primer nivel nacional se ofrecen para venir y participar en esas convocatorias, que, por relevantes, hemos de admirar y difundir. De ahí que el año que viene, por ejemplo, el acto del Poeta ante la Cruz se engrandezca en grado sumo con la intervención del poeta sevillano Francisco Mena, que tiene una obra impresionante con todo tipo de reconocimientos.

Pero este buen rumbo que ha tomado la poesía no debe dejarnos caer en el atolondramiento que nos lleve a manosearla de tal modo que caigamos en la tentación de maquillar nuevos actos que nos acerquen a plagios y copiajes de los ya existentes. Meter la poesía y mantenerla ligada al mundo cofrade está bien y tiene su mérito, pero esparcirla en un café para todos puede ser carcoma que se inyecte en la madera que hemos conseguido fortalecer entre todos.

Es más, ya va siendo hora de que entre todos seamos capaces de manejar un calendario cofrade único, que pusiera cota a tanto acto coincidente. Muy importante sería que tuviésemos todos el criterio de meter convocatorias en el pórtico de la Semana Santa novedosas y sobre todo de calidad. Lo de inaugurar cosas ya existentes debe ser abolido por la propia salud de esa cultura religiosa que con tanto ahincó pregonamos.


viernes, 19 de octubre de 2018

Andrés Alén

Fotografía de Misha Gordin (Tomas #3, 2002.)

19 de octubre de 2018

Sabemos del auge de este oficio semanasantero, en muchas de tantas ciudades donde permanece esta longeva tradición. Cargadores, banceros, hombres de trono, portapasos, horquilleros, hermanacos, braceros, cuadrilleros, hermanos de paso, son nombres que se van disolviendo en el sevillanismo de costaleros, que es otra modalidad de carga con vocación hegemónica, que en Salamanca está pitando como luminosos Sánchez.

Mi tema de hoy no defiende "purezas" idiosincrasias, estilos formales ni otros bailes; simplemente me refiero al colectivo en sí, a su peso creciente en la mayoría de hermandades, a su aparente o cierta presión en los cabildos, que pudieran llegar a ser imposiciones al resto de la comunidad, para derivar su gusto especifico, que incluye el propio lucimiento, al diseño de desfile procesional, calendario de cultos, salidas extraordinarias (tan ordinarias ahora), todo eso que podríamos denominar como aparato.

Yo sé, después de tantos años, que cargar un paso estrecha una unión entre los hermanos; que ese contacto es más difícil encontrar en el anonimato y soledad encapuchada del que ilumina con su farol o vela la marcha penitencial. Es como si al ritmo de un solo latido caminaran juntos, si es que el oficio se toma con un máximo de seriedad. Siempre recordaré a Genaro de No, nazareno de San Julián, cómo saludaba a sus compañeros de cuadrilla (turno de altos) a la voz de  "A la paz de Dios, hermano", casi como coletilla de exclusividad. Es bello y es bueno. Como saber qué simboliza lo que se lleva encima.

Claro que a veces la cosa se desmadra, y estos fornidos atlantes se lo toman tan a pecho que llegan a creerse que encarnan literalmente al titán al que Zeus condenó a cargar sobre sus hombros los pilares de la tierra, aquí pues, de la Iglesia, del mismo Dios y de su desconsolada Madre. Vamos que si no fuera por nosotros… que somos los que soportamos el peso. Y claro contra esto, ni consiliarios, ni obispos ni concilios que no estén de acuerdo con lo que yo digo.

Si es solo por peso se le pueden añadir 50 kilos de más a cada uno, o sustituir los banzos por esas vigas que muestra la magnífica fotografía de Misha Gordin, hasta comprobar el alcance real de la proeza. Si es por llevar el peso real de la Iglesia, y eso sí, añadiría más de mil kilos de solidaridad sobre cada hombro, de humildad, de hermandad.

A ver si alguna vez nos vamos deshaciendo del colesterol malo, que obstruye la circulación sanguínea hasta el infarto, superficiales folclores tomados como esencias de religiosidad, protagonismos innecesarios, vestimentas de "fardar"*, y empezamos a hacer Iglesia como Dios manda.

*Fardar: antiguo verbo, y desusado, que solo manifiesta la longevidad del escribiente.


miércoles, 17 de octubre de 2018

Daniel Cuesta SJ

Con la excusa del encuentro entre su protagonista y el zorro, Antoine de Saint-Exupery explica en El Principito qué es un rito

17 de octubre de 2018

Hace un tiempo, en alguna clase o formación, alguien nos recordaba a los jóvenes jesuitas que, pese a lo interesante, trascendental y atrayente que encierra todo acto extraordinario, la mayoría de nuestra vida nos la jugamos en la vida ordinaria. Y así, algunas personas viven poniendo el acento en la vida cotidiana (que les ayuda a diferenciar y llenar de plenitud los eventos extraordinarios), mientras que otros somos mas de vivir nuestra vida ordinaria como antesala, intermedio o preparación de los actos extraordinarios.

Sin embargo, nuestro mundo y nuestra sociedad han cambiado mucho en este sentido en las últimas décadas. Hace años, hacía falta esperar a que una orquesta o al menos un músico visitara una ciudad para poder escuchar una determinada canción o composición musical. Después, era necesario estar atentos a la radio, para coincidir con el momento en que sonaba nuestra música favorita. Hoy, simplemente hace falta teclear su nombre en Youtube y tendremos delante todas las versiones posibles de nuestras canciones. Por poner un ejemplo más cercano a nosotros, creo que muchos recordaremos que hace no muchos años, para ver una procesión de Semana Santa había que esperar o a que esta saliera a la calle, o bien tener una grabación en VHS de su emisión por la televisión. Después, fueron los vídeos y reportajes los que nos permitieron recrear nuestras procesiones durante el año, con sus imágenes que veíamos una y otra vez en nuestras casas. Hoy, sin embargo, esta realidad ha dado un giro radical, y así podemos escuchar nuestras marchas procesionales favoritas, sin tener que esperar como antes a que se diera la casualidad de que una banda las tocase al pasar por delante de nosotros. Y, del mismo modo, podemos vivir y revivir todas y cada una de las procesiones que estén teniendo lugar en ese mismo instante, o se hayan celebrado en cualquier rincón de nuestro país o de nuestro mundo.

Teniendo todo ello una parte positiva innegable (de las que todos los capillitas disfrutamos y nos beneficiamos), yo a veces me pregunto si con ello no habremos perdido el sentido o la entraña de lo que significa un rito. Si el tener acceso instantáneo a todas las procesiones existentes no nos ha hecho perder el encanto de la vivencia en primera persona y del relato apasionado de aquel que nos relata en primera persona aquello que nosotros todavía no conocemos. Si el conocer las grandezas de otras tierras nos impide valorar lo peculiar y escondido la sencillez de las nuestras. Si, en definitiva, hemos perdido la capacidad de esperar con ansiada paciencia a que acontezca aquello que cada año tiene lugar como siempre y como nunca.

Creo que el conocido texto de El Principito en el que Antoine de Saint-Exupery, con la excusa del encuentro entre su protagonista y el zorro, nos explica lo que es un rito, puede iluminar el temor al que estoy tratando de referirme en estas líneas:

Hubiese sido mejor regresar a la misma hora –dijo el zorro.– Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos.

- ¿Qué es un rito? – dijo el Principito.

- Es algo también demasiado olvidado –dijo el zorro.– Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Entonces el jueves es un día maravilloso. Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Como se intuye, en el fondo me pregunto si la multiplicación de procesiones y eventos extraordinarios (a veces con fundamento y lógica, y otras rozando el sinsentido), no será consecuencia de toda esta realidad social que estamos viviendo. Si todas las procesiones extraordinarias que se celebran en nuestro país no serán más bien fruto de una sociedad que ha perdido su capacidad de saber esperar y vivir la vida cotidiana que en el fondo es la única con la capacidad de hacer especiales a los acontecimientos extraordinarios.


lunes, 15 de octubre de 2018

Pedro Martín

Madre de Dios del Rosario pasa frente a la Universidad en su procesión del pasado sábado | Fotografía: Alejandro López

15 de octubre de 2018

Aunque las comparaciones se dice que son odiosas y en esto de la Semana Santa somos proclives a comparar hasta lo incomparable, me aventuro en este artículo a mirarnos en el espejo que todo el mundo imagina, comentando algunas circunstancias particulares y otras simplemente anecdóticas.

Leo en los digitales que los desfiles procesionales ordinarios y extraordinarios están a la orden del día en este mes de octubre en la ribera del Guadalquivir, y que se extenderán al mes de los difuntos que pronto comienza.

En la ciudad del Tormes no vamos a ser menos, pues de ambos tipos de desfiles hemos disfrutado y podremos disfrutar en las próximas semanas.

Tanto en un lugar como en otro, unas con mayor acierto que otras; y parece que en algún caso por aquellos lares con problemas de cortes de tráfico no realizados por falta de coordinación o por hartazgo de los policías ante retrasos injustificados y recorridos alterados. (Cuando las barbas de tu vecino…).

Leo también que por primera vez una mujer será pregonera. Aquí sacamos pecho, que ya les llevamos ventaja de años y con doble representación no ha mucho. Amigos del sur, de vez en cuando también se puede mirar al norte, que por aquí también hay ideas más que interesantes.

Reconozco que me chocó que el Papa Francisco concediera una medalla a varios hermanos mayores (Pro Ecclesia et Pontifice), incluso indagué en cómo obtenerla, y aunque es cierto que el mayor reconocimiento no lo obtendremos en esta vida por nuestros méritos, sino que deberemos esperar a la vida eterna que se nos concede por los méritos de Jesucristo, me resulta reconfortante que un obispo –es él el peticionario– reconozca los trabajos, los desvelos y la contribución a la vida diocesana y cofrade de unos hombres y mujeres que sin pedir nada y poniéndolo todo, construyen el Reino en la tierra.

Aquí salimos mal parados en la comparación, y a mi entender llegamos tarde para algunos que se fueron y sin duda merecían una distinción como esta. A quien corresponda que tome nota para tiempos futuros y no solo en el campo cofrade.


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