jueves, 13 de julio de 2017


domingo, 9 de julio de 2017

Conrado Vicente

La Virgen de la Esperanza, acompañada por sus cofrades, cruza el Puente de Piedra de Zamora | Foto: Alberto García Soto

Deshace uno las montañas de papeles, estío purgativo, que se han acumulado durante los últimos meses en las esquinas de la mesa: semanales de prensa, programas de los Van Dyck, el borrador de la renta, y a la altura como de tres meses varias revistas semanasanteras, boletines de hermandad, algunos pregones y un rosario de itinerarios, o sea, los que hacían peligrar, por su reducido tamaño, y desequilibraban la estabilidad de la pila.

Vuelvo con ellos, quizá por última vez antes del abandono estival y porque con este despeje general dejarán de estar a la vista, a las calles zamoranas forradas de devotos carteles de procesión, al olor de la madera recién patinada en el Museo, al acelerado paseo para recoger las velas el jueves de Pasión con fugaz visita a Nuestra Madre presta para la Novena, a los cielos de Zamora en abril cuando el Nazareno se funde con las nubes del ocaso. Regreso a la luz de la mañana de Ramos, chaqueta blanca, pregón y ladrones de ternera, todo al lado del río Duradero de Claudio Rodriguez, cuyas aguas aguardan los vaivenes del trono de La Esperanza y los pies desnudos de sus hermanas. Vuelvo al gentío del lunes, anhelante de marchas, esquilas y caperuz, al balcón de Paco Gus, y a los amigos de aceitada y Buena Muerte y a sus lágrimas de fe.

Y llego al jueves de procesión. En un rincón de frescura y ciprés, me abandono a la levedad de su discurrir, aleteos de capa y color, el Puente, la Saeta de Balborraz; evoco las miradas emocionadas de la acera hurtadas desde el caperuz, colección de sentimientos, la vida sin más. Voy y vengo al ayer y del ayer, al tiempo de la candidez, recuerdos incompletos, difuminados, de otras Semanas Santas de viejas fotografías y rostros conocidos, de encuentros y de ausencias. Me vienen los cánticos en latín, el crepitar de las teas, los contraluces de la Vera Cruz, las cruces de la madrugada, y el pan con ajo, agua y pimentón como si ahora mismo lo estuviera degustando. Acudo a la fila del Santo Entierro, a la acera en Nuestra Madre, a la barra del Aureto para el último gin-tonic y nos dan las tantas por Viriato cantando la marcha de Thalberg.

Los cohetes de Resurrección y el aleteo de las despavoridas palomas me despiertan de mi hipnótica placidez, ¡uno, dos, tres, ya!, semanasantera y zamorana. Archivo itinerarios, entradas de conciertos, el menú del almuerzo-homenaje al pregonero, las pipeleras con la impresión del vetusto cimborrio de la Catedral, todo aquello que me evoque olor a pana, incienso y alcanfor. Para tener donde acudir, en tarde de estío y recuerdo, cuando la memoria titubee y le cueste encontrar, como a las viejas radios, la sintonía. Todos llevamos una ciudad dentro (1), y un tiempo y unas imágenes que nos ligan a ella y nos reconfortan ante las agitaciones de cada jornada. Estas limpiezas bien merecen el esfuerzo. ¡Qué lejos nos queda el mar!


 (1) Claudio Rodríguez. Poema La Ciudad del Alma


lunes, 3 de julio de 2017

Tomás González Blázquez

Promesa del silencio de la Hermandad Universitaria en el Patio de Escuelas | Fotografía: ssantasalamanca.com

"Se buscarán caminos para que todas las prácticas de piedad popular contribuyan a la renovación espiritual de las muchas personas que en ellas participan, aspirando a profundizar en el sentido de vivencia personal y del testimonio de nuestras manifestaciones espirituales en espacios públicos; que sean bellas, dignas, que generen preguntas y susciten búsquedas".

La Asamblea Diocesana en vías de aplicación no trató con detenimiento ni la religiosidad popular ni las procesiones u otras manifestaciones públicas de fe, pero sí abrió la puerta a hacerlo, reconoció su relevancia como no lo había hecho la Iglesia salmantina en anteriores ocasiones, y en definitiva acordó unas breves y aprovechables orientaciones como las que encabezan este texto.

Conviene recordar que las prácticas de piedad popular se suceden en la vida de fe de personas y familias, y que en el caminar de la comunidad parroquial, sin cofradías de por medio si es que no las hay, lo popular aparece con la naturalidad con que debe ser acogido. Allí donde se ha cuidado ha dado frutos. Señalo también que existen posibles manifestaciones públicas de fe que no son procesiones, o que no enmarcaríamos en el ámbito de lo popular o tradicional, aunque debe admitirse que no son demasiadas, que algunas resultan escasamente explícitas y que ese campo ha de ser más y mejor explorado.

Dedico ahora mi reflexión a las procesiones que acontecen en Salamanca, las anuales y las extraordinarias, las de cofradías y las de parroquias, movimientos o institutos religiosos así como las diocesanas. La Asamblea quiere que resulten sugerentes, que interpelen, y que lo hagan a partir de un mínimo exigible de belleza y dignidad, es decir, que su calidad sea aceptable y, aún más, complazcan y apunten a la excelencia. Que la perfección formal sea un medio adecuado para alcanzar el fin propuesto. Hace unos meses en este mismo espacio, Tomás Gil decía, entonces acerca de las obras de arte, que "la belleza no depende del gusto que nos proporciona, sino de su capacidad para comunicar una fuerza creadora y transformante". Y es cierto que, para disfrutar en profundidad y plenitud de una obra de arte, también es necesario educar el gusto, formarse, saber contemplar además de mirar. La procesión, que a menudo incluye meritorias obras de arte, transita ante público diverso, que sabrá contemplar, alguno, o no, casi todos. La procesión pasa y esgrime una pretendida belleza como argumento para atraer y transmitir, para comunicar esa fuerza que transforma. ¿Es la procesión una efímera obra de arte?

Yo respondería con un rotundo sí. Una obra de arte cristiano. En figura de Nacho Pérez de la Sota compartida el pasado mayo en una tertulia a la que acudí, verdadero "teatro sacro". Entiendo que solo desde esa concepción es factible que la procesión sea bella y cumpla sus objetivos. Y será bella cuando sus actores sean artistas que aspiren a comunicar a través de su obra conjunta, donde el genio personal de cada uno se ordena a criterios definidos, aceptados y queridos, pensados y asumidos tras invocar al Espíritu. Será bella si a ellos les parece bella, si ellos la hacen bella, si han educado su gusto predispuesto para ser complacidos y complacer  mediante la procesión. La espontaneidad en el anuncio de la fe, que el Espíritu también puede suscitar, tiene su lugar ordinario en otros contextos. La procesión-función, sin embargo, resultará bella si es uniforme porque nos hablará de comunión y unidad; si es repetida y hasta previsible, porque nos revelará constancia y firmeza; si es versátil sin perder su sello, porque sabrá pronunciarse sin malinterpretar. Así, respetaría el libreto con fidelidad al autor del texto, la tradición de la Iglesia en un sitio concreto, del que la cofradía-directora ha hecho su adaptación al tiempo y los cofrades-actores tienen la responsabilidad de llevar al escenario-atrio callejero. En el patio de butacas y las plateas conviven fervorosos, curiosos, indiferentes y algún hostil que se asomó al ver la puerta, abierta siempre. Todos, sin excepción, público al que complacer la vista, el oído… y el espíritu.

En el lento proceso hacia la belleza de una procesión se parte de una dignidad que se da por supuesta pero que, a veces, no conseguimos. No es digno, es decir, no alcanza una calidad aceptable, que se salga con zapatillas de deporte en lugar de zapatos como hacen decenas de cofrades salmantinos, ni tampoco es digno que en las procesiones extraordinarias participe un porcentaje tan escaso de hermanos y se alarguen los cortejos con representaciones, ni que se convoquen desfiles a sabiendas de que la respuesta será tan limitada que realmente no obedecen a un criterio pastoral sólido, ni que se procesione con imágenes de categoría insuficiente y hasta ínfima o con elementos superfluos. Es cierto que en Salamanca salen procesiones bellas, pero no lo es menos que salen procesiones indignas. La aplicación efectiva de la Asamblea Diocesana demanda como objetivo a medio plazo la belleza de las procesiones, pero exige a corto la dignidad de todas ellas.


viernes, 30 de junio de 2017

F. Javier Blázquez

Carlos López, obispo de Salamanca, en la promesa de silencio de la Cofradía de Cristo Yacente | Foto: Pablo de la Peña

Andamos ya por esas fechas que al mediar el año natural señalan el final del curso. Andamos con los dimes y diretes que, a modo de avanzadilla, anuncian cómo va a quedar estructurada nuestra diócesis tras la Asamblea diocesana. Y como así andamos, lo suyo sería, por ende, esperar para opinar hasta que se hayan aprobado las propuestas enviadas y las resoluciones sean comunicadas de manera oficial. Pero claro, como parece que los crecientes runrunes entre quienes beben de las fuentes más directas de la curia afirman que todo va ya bien atado, nos vamos a arriesgar a esbozar unas impresiones generales que, mucho me temo, no van a ir muy desencaminadas.

Pues por lo que a las cofradías se refiere, que en este espacio es lo que interesa, parece que van a quedar más o menos como estaban, es decir, en el limbo diocesano, sin una consideración específica y perdidas entre la maraña de la nomenclatura eclesiástica que incrementa la ineficacia de manera exponencial a su grandilocuencia. Hablan, los que saben, de delegaciones, secciones, secretariados y no sé cuántos organismos más, creados ad hoc para tal o cual cura, porque todos los que pintan siguen siendo curas. Para qué cambiar aquello que funciona. Unos dicen que las cofradías pasarán a depender de liturgia, y chiste nos parece, ¿verdad que sí? Otros creen que esta vez, aunque sea desde la liturgia, sí saldrá un rinconcito para la religiosidad popular, aunque sin embargo no piensan incluir ahí a las cofradías, porque la piedad popular es algo difuso y estas instituciones tienen que ser homologables a los movimientos (ya saben, Opus Dei, Comunidades neocatecumenales, Legión de María, Comunión y Liberación…), con la diferencia que dependen directamente de la diócesis. ¿No lo ven razonable? Yo pienso lo mismo. Hay quien por contra manifiesta, en una línea más conservadora y enlazando con lo anterior, que deberían quedarse en apostolado seglar, pero añaden a continuación que puede que no sea así porque desde la liturgia se controlan mejor, aunque ya me explicarán cómo. Total, que en medio de este marasmo nada hay claro salvo dos cuestiones: la certeza de que no habrá ni delegación, ni sección, ni secretariado, por un lado, ni se considerarán tampoco en el ámbito de la religiosidad popular.

¡Ah!, y por cierto… ¿de qué cura dependerán? Porque esa es otra y no menos importante. Los rumores apuntan a que cómo para ellas no ha nacido aún al clero la persona idónea, pues el cajón de sastre del vicariato parece lo más oportuno. Supongo que será por eso de buscar ante todo la eficacia, que la experiencia es siempre un grado.

Y así andamos por estas fechas de final de curso, con buen tiempo, elucubrando sobre algo que aún no sabemos. Aunque vete tú a saber, que lo mismo nos llevamos la sorpresa y no sale como pensamos. Pero esta posibilidad, la contraria al runrún de los mentideros, en las casas de apuestas se cotiza mucho, mucho-mucho.

No lo sé, pero a veces tiene uno la impresión de que andamos con exceso de palabrería, construyendo castillos en el aire e interpretando el Cerca de ti, Señor mientras el barco se hunde de manera inexorable… En definitiva, que lo que haya de ser será, que aprueben y decidan bien quienes tienen la potestad y la responsabilidad de hacerlo y, al final, que sea lo que Dios quiera. Feliz verano.


miércoles, 28 de junio de 2017

Javier Prieto

Altar instalado por las cofradías del Cristo de la Agonía y del Perdón en el Corpus Christi | Foto: agoniayperdon.com

El pasado domingo 17 de junio celebrábamos la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, el Corpus, y en estas semanas posteriores, parroquias, conventos y cofradías amplían la piedad eucarística con procesiones sacramentales. No cabe duda de que, en los últimos años ha crecido la implicación en esta tradicional manifestación pública de fe, en torno a la presencia real de Jesucristo en la eucaristía; mayor cuidado en las procesiones, aumento de la representación de las cofradías, erección de altares, adorno de edificios… en definitiva una mayor participación en el hecho puntual de la procesión. Esto es a todas luces loable y positivo, pero ¿es suficiente?

El incremento del compromiso con la fiesta del Corpus se ve en muchos lugares de España y en su mayoría las cofradías o el entorno de las mismas están teniendo mucho que ver. En ocasiones esta participación activa puede contrastar con el proceso de secularización que viven nuestras ciudades y especialmente la disminución de la participación en los cultos eucarísticos. Este contraste reclama de las cofradías la mayor implicación posible a lo largo del año, para que la participación en las celebraciones del Corpus se vea como la respuesta coherente a la fe vivida durante al año.

La eucaristía es el centro de la vida cristiana, en la que Cristo se hace verdaderamente presente para ser nuestro alimento diario, desde ahí nace nuestra devoción a Jesús-Eucaristía; desde esta experiencia se entiende la exaltación pública de la procesión del Corpus Christi. Por ello, los cofrades tenemos un reto permanente, sintiéndonos llamados a ser parte activa de la celebración del Corpus hemos de ser coherentes en el curso cofrade con nuestra vida de fe, y la participación en la misa durante el año, siendo miembros de la Iglesia que acercan al hombre de nuestro tiempo al misterio de amor que es la eucaristía.

Y en este campo, Salamanca –a través de Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades– es ejemplo con la celebración de la vigilia mensual de Oración Cofrade. Un tiempo en el que reunirse en torno al Señor Sacramentado para rezar, contemplar y "alimentarse". Desde esa vivencia de fe, diaria, real, íntima se entiende la participación externa en el Corpus. Que las cofradías seamos en el día a día caminos que acerquen a Dios, para dar luego testimonio público de nuestra fe.


lunes, 26 de junio de 2017

Pedro Martín

María Nuestra Madre, a hombros del turno de carga femenino de Amor y de la Paz | Foto: ssantasalamanca.com

Despedimos el curso hablando de un tema que cada día tiene más trascendencia, y no es otro que dirimir dónde acaba lo público y empieza lo privado. Esta discusión, que no es nueva y que podríamos pensar que es algo en lo que difícilmente podemos ponernos de acuerdo, toma dimensiones hasta ahora desconocidas por la irrupción de las redes sociales en los últimos años, y con la generalización de las mismas en todos los ámbitos de la vida, tanto personal como profesional o social.

La delgada línea roja que separa la privacidad de la exposición pública cada vez es más difusa, y asistimos con asombro a la total exhibición de determinados individuos en las citadas redes, incluso haciendo de ello un modo de vida. Lo que no está en las redes no existe, afirman.

No dudo de la bondad de las redes para comunicarnos y para informarnos, como ocurre con esta revista digital, pero me cuestiono si debemos utilizar las mismas para dar toda la información y, además, a todos, sin ningún tipo de filtros.

Mi reflexión incluye a los medios de comunicación que se nutren de las mismas y a veces se limitan a regurgitar los contenidos bebidos en las redes sin mayor confirmación, análisis o investigación para contrastar la noticia. Lo más, citan la fuente. ¿Todas las cuentas de las redes sociales son fiables? Por supuesto que no, estas están llenas de bulos y de falsedades y hay que separar la paja del grano.

Y dirán los lectores que si esto tiene que ver con la Semana Santa, y la respuesta es clara: lo tiene que ver todo. Las cofradías usamos las redes sociales cada día más y la utilización quizá no es la más adecuada, pues entiendo que debería quedar para el ámbito de lo público, para informar de actos y celebraciones que se consideren de este carácter y abiertos a todos –hermanos y fieles en general evitando exponer en los medios la vida privada de la hermandad o cofradía, que poco importa al resto si no es por cotilleo o para realizar críticas dudosamente constructivas.

A raíz de los acontecimientos vividos recientemente en las elecciones de la Hermandad de Amor y Paz, por todos conocidos a través de los medios de comunicación y de las redes sociales de la propia hermandad, me pregunto si un proceso como este debe estar bajo la atenta mirada de todos los cofrades e incluso de la ciudad, o si más bien pertenece a la intimidad de la vida de la misma y los hermanos, y solo ellos, son los que deberían de conocer los pormenores del mismo, los candidatos, las propuestas, los equipos y hasta los posibles problemas que se puedan producir en el desarrollo de la elección. Quizá son demasiadas las explicaciones que damos públicamente de algo que debe ser de la esfera de lo privado, un reflejo de nuestra sociedad. Una reflexión que nos corresponde hacer para no caer en la vorágine de exponer y exhibir toda nuestra vida cofrade, que también tiene su parte íntima y que debemos de vivir con nuestros hermanos.

Feliz verano a todos. Que disfrutéis del merecido descanso sin necesidad de contar en todo momento dónde o qué estáis haciendo. Descansad también de las redes sociales.


viernes, 23 de junio de 2017

Isabel Bernardo

Cristo en el mar de Galilea, de Tintoretto

Aquel encuentro de Jesús con los pescadores lo dibujó en el siglo XVI el italiano Tintoretto: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". Ciento cincuenta y tres peces del mar dulce de Galilea llenaron las redes de los discípulos en aquel amanecer de la que sería tercera vez que se les apareciera el Resucitado entre los muertos.

Muchos han sido los artistas que han puesto su talento e inspiración en aquella escena bíblica de la pesca milagrosa. Muchos los que han llenado de azul sagrado las aguas del lago Genesaret o Tiberiades. Aguas, a 210 metros bajo el nivel del mar, que hablarán siempre de aquel Pescador de Hombres al que los cristianos decimos que confiamos nuestro último destino.

Tiene el Tiberiades un silencio que estremece y exorciza los adentros. Un silencio que te arranca de cuajo la entraña y la deja a la intemperie, en carne viva. Hace poco menos de un mes yo tuve la mía entre mis manos. La barca había parado sus motores y las brisas del monte Hermón se quedaron quietas para que todos mis entresijos se presentaran ante mí con toda su crudeza. Nada de mí misma debería huir en el aire. Nada ir tras los pájaros. No. No estaba sola pero todo mi alrededor se llenó de soledad. Hoy en día a los cristianos y a los no cristianos no nos gustan esas cosas. Quedarse solo frente a sí mismo es casi considerado una temeridad, una práctica llena de riesgos innecesarios. Porque sí, hablamos de derechos sociales y económicos, de libertades, pero la fe no entra a formar parte del discurso de la dignidad humana. Arrastrados por las nuevas corrientes del progreso, hemos renunciado a la espiritualidad. El cristianismo es una identidad sin identidad y sin compromiso.

Eché la vista un poco más allá de mis pensamientos tristes, avergonzada. No traía el horizonte del Golán caravana alguna de Damasco para hablarme de la otra orilla. Solo el silencio de nuestra fe. Un silencio sin redes que surcaba con desprecio las aguas donde Jesús vino a invitarnos a pescar. Ciento cincuenta y tres peces son pocos peces para estos tiempos de cifras millonarias. De ahí que hoy la barca de Tintoretto se haya vaciado de pescadores. A pesar de que Jesús siga en la orilla. Siempre esperando.


jueves, 22 de junio de 2017

Asunción Escribano

Isabel Bernardo, ante el Cristo de la Agonía Redentora, en el Poeta ante la Cruz 2017 | Fotografía: Roberto García Luis

Como diálogo silencioso, con intimidad de creyente con su Cristo, el poemario Donde se quiebra la luz de Isabel Bernardo, leído este año en el precioso acto del Poeta ante la Cruz ante el Cristo de la Agonía Redentora, plasma la fe de una escritora que llega cargada de paisajes vertidos sobre sus heridas y sus palabras. La luz puede mostrarse quebrada y así la nombra rota la poeta, con el fresco de la naturaleza como fondo (tardes y ríos, pastores y caballos, cárabos y encinas…), cuando el Cristo busca a la poeta y engarza Su noche con la de ella, tras asistir a la Crucifixión del sol.

Retirada en el campo y en el frío, el Cristo al que canta Isabel Bernardo la rescata de su soledad, pero también le habla en los paisajes que la rodean. Y la poeta le devuelve el escalofrío sobre el folio, con insistencia de fe, en su modalidad oracional retóricamente  anafórica, al inicio de los versos, a la manera de devoción suplicante: "fue en esas horas, fue en esas horas…", repite, como en una plegaria de insistencia, enlazando con el pasado. También con este recurso lírico plasma sus dudas: "Acaso… Acaso…".

Isabel Bernardo rechaza el encuentro con el Cristo muerto, y acude a los objetos cercanos, a la llama, al sol o a la vela para que le alumbren en la noche física o espiritual que, a pesar de la certeza de la Vida, le rodea en ciertos momentos: "mientras van cayendo lentas las sombras, lentas,/ sobre este silencio de velas/ que arde/ bajo tus pies desnudos". La poeta busca también la voz del hijo de Dios vivo en su entorno, mientras los paisajes van apagándose a su alrededor y se hacen uno con la creyente, que traslada fuera lo que lleva dentro.

Ese es el gran logro de este poemario de Isabel Bernardo, la conjunción del espacio íntimo y el horizonte externo. De aquí que toda la obra esté cargada de simbología: "traigo agua, pan y aire de los campos que habito;/ una flor y una paloma; enseñas blancas para pisar sin miedo/ la pena/ sagrada del destierro", porque en ella, nada se limita a nombrarse a sí mismo, sino que apunta más alto y habla de otra verdad más profunda, y todo es señal de lo que lo constituye dentro, con una luz que supera los límites de su propia forma.

Esa unidad de experiencia y paisaje sacral se vuelve conciencia y alimenta, así, la palabra. Ante la muerte de Cristo, la historia y sus habitantes siguen combatiendo contra esa cesación, en cada mirada sobre ellos de la poeta: "Cuánta naturaleza, Padre/ sin dolor/ para salir a buscarte". Porque en la naturaleza la sucesión de vida y muerte se integra en paz, sin más dolor que el de quien la contempla: "Cuánta hermosura de luz, cuanta tierra/ de rodillas/ ante la soledad sagrada de tu paso". Y, por ello, la poeta persigue en el signo la compasión que le alienta a escribir: "Libres cual gacelas anhelan ir mis palabras/ tras esta muerte", por todo lo que muere, por todo lo que vive, por el anhelo, por "la esclavitud de la sed", como la llama Isabel Bernardo.

Junto al Cristo y al paisaje que lo invoca, también conviven en esa realidad presente la familia y la infancia. Esos espacios de siembra firme de la fe. El abuelo que enlaza tiempos, afectos, vivencias, y señales de certidumbre: "Desde entonces todas las noches viene a guardar/ la Cruz de mi cama/ y mi sueño", escribe la poeta, consciente del lazo religioso que la memoria usa para atar relámpagos de vida intensa.

Con la intimidad que todo cristiano tiene con su Cristo, Isabel Bernardo le habla en un poema/silencio que nos permite dar cuenta tanto de la fe, como de la belleza evocadora del momento, y de su intimidad orante y lírica: "Hacía frío aquella tarde"…, nos sitúa en un tiempo físico o emocional de ensueño: "Aquella tarde yo estaba sola Tú también/ estabas solo", y rememora el encuentro que finaliza en la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy yo?", como siempre se ha hecho en cada encuentro de fe personal… Y, después, la respuesta que se clava en los ojos y en la vida: "porque yo diré de ti que eres el Redentor, el Cristo/ que espera/ al otro lado de la noche".

Eso es todo. Eso es el poema, la fe, el canto, el asombro o el duelo, a partir de los que uno vuelve renovado al mundo, sin olvidar nunca más la misión de la palabra creyente: "Nada estará perdido/ si aun soy capaz de abrir un solo surco con Su nombre/ en este hermoso valle de luz y lágrimas".


lunes, 19 de junio de 2017

Tomás Gil Rodrigo



Por medio de la imagen del Cristo de San Damián, Francisco dialogaba con Jesús, es decir, hacía oración. Sus primeros biógrafos nos cuentan que desde esta imagen escuchó del Señor esas palabras, que le cambiaron la vida: "Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala" (TC 13c; cf, 2 Cel 10ª; LM2, 1ª; Lm 1, 5). También a nosotros nos va a ayudar a orar, vamos a aprender a orar con esta imagen, y sin teorías, de una manera práctica y sencilla, porque a orar se aprende orando. Estad atentos a sus figuras, gestos, formas y colores. El pintor de este icono, un artista influenciado por monjes sirios que huyeron hasta Italia, perseguidos por los árabes y los emperadores iconoclastas de Bizancio, quiso que contempláramos mucho más que una obra de arte. Esta obra pertenece a un artista de la zona de umbría, de mediados siglo XII, fue encargada para que pudiéramos hablar con Dios (oración). Hay otras imágenes parecidas como el de la Catedral de Espoleto de Alberto Sozio, de 1187, o el de Sarzana, pintado por Gulielmo en 1138.

1º Aprender a mirar con el Cristo de San Damián. "Nos ha iluminado en el rostro del Hijo" (2 Cor. 4, 6)
  • La grandeza de la figura luminosa de Jesús, que destaca sobre los demás personajes, hace que que nos fijemos en Él, es la figura principal y el centro. Jesús invita a ponernos bajo sus brazos extendidos, nos sentimos recogidos: "Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré (recogeré) a todos hacia mí" (Jn, 12, 32). Para estar recogidos por Jesús debemos hacer silencio exterior e interior. No se puede orar si estamos pendientes de nuestros ruidos y prisas. Para orar nos tiene que gustar el silencio y la soledad. En un corazón lleno de ruidos (rencor, enfado, venganza, envidia, odio...) difícilmente puede haber silencio. Para escuchar y ver a Dios necesitamos estar limpios de corazón (cf. Mt. 5, 8).
  • Después le miramos a Él, buscamos su rostro, que refleja vida (ojos abiertos), ternura (serenidad en sus facciones) y alegría (ligera sonrisa). Su rostro está vuelto hacia nosotros para darnos su luz: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12). El mirar en la oración es, más bien, admirar, porque descubrimos que Él nos miraba antes. La imagen sagrada cumple su tarea de verdad si llegamos a admirarnos, es decir, si reconocemos que el Señor Jesús está presente y nos mira por medio de su representación (momento de fe). 


  • Contrasta el cuerpo luminoso del Cristo de San Damián con la sangre roja, que brota abundantemente de sus manos, su costado y su pies. Ahora pasamos de la admiración al asombro de amor. Tenemos que limpiar la oscuridad de nuestros ojos para ver, venimos del camino y la vida, sentimos que su sangre derramada, su entrega por amor, nos limpia y perdona, así que para entrar en la oración hay que estar dispuestos a la conversión, el siguiente paso es arrepentimos de nuestros pecados y pedirle perdón.
  • Finalmente suplicamos la ayuda del Espíritu Santo para poder dialogar como se debe con Dios. Ese Espíritu está representado en el Cristo de San Damián de muchas maneras: en la mano derecha del Padre que nos bendice desde arriba; en la frente de Jesús, cuyas arrugas nos recuerdan la paloma del Espíritu; en su boca pequeña, con la forma que toma al soplar; y en cuello y el pecho ensanchado, porque toma aire para darnos su último aliento. 

2º Aprender a contar con el Cristo de San Damián. "Al ver a la muchedumbre, se compadecía de ellas, porque estaban despojadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor" (Mt. 9, 36)
  • Ahora nos toca contarle lo que llevamos en el corazón y lo que nos pasa en el camino. ¿Cómo lo hacemos? Vemos el rostro y la mirada de Cristo perdidos hacia lo alto, abandonado al Padre, pero nos damos cuenta que está también vuelto a nosotros. Cuanto más mira al Padre, más pisa el oscuro estrado de la cruz, más extiende sus brazos y la corona de la cabeza se inclina hacia nosotros. Jesús no busca aislarse y estar en paz consigo mismo, sino que su oración consiste en contar al Padre los nombres y los rostros del camino, aquellos hombres y mujeres que se encontraba, a los que amaba profundamente y por los que le dolían las entrañas.
  • Los que están bajo su brazo izquierdo son los que le han seguido desde Galilea, los pobres que han acogido su Evangelio. Dos mujeres marginadas cuyos nombres aparecen inscritos a sus pies, María la Magdalena y María la de Cleofás (cf. Lc. 8, 1-3).

  • Bajo el brazo derecho están María, su madre, y el discípulo amado, Juan. Le señalan con sus manos, ya que ha sido Él el que les ha unido para que comiencen a ser su Iglesia (cf. Jn. 19, 25ss.). Están junto a su costado traspasado, del que mana agua y sangre, símbolo del Bautismo y la Eucaristía, sacramentos por medio de los cuales su Iglesia nace y se alimenta. Bajo sus pies aparecen unas imágenes de santos, de los cuales solo se conservan solo dos.

  • También bajo sus brazos abiertos hay más personajes. En las esquinas, de menor tamaño, aparece Longinos, el soldado que le traspasó el costado, y, al otro lado, otro personaje, vestido con una túnica azul, puede que sostuviera la esponja empapada de vinagre, la cual se ha debido borrar por el deterioro del tiempo. Y junto a las mujeres, bajo el brazo izquierdo, está el centurión romano de Cafarnaum (cf. Jn. 4, 46-54), según aparece escrito a lo pies, detrás de él aparecen unas cabezas que representan a la humanidad de todos los lugares y tiempos.




Estos personajes que rodean al Cristo de San Damián representan a los pobres, a los hermanos y a la humanidad, y nos llevan al segundo paso de la oración que es "contar".

3º Aprender a escuchar con el Cristo de San Damián

Estamos ante el momento más importante de la oración. Los demás pasos son tan solo una preparación. Vamos a escuchar a Jesús, vamos a escuchar su Palabra de amor, que es la que inspira al Cristo de San Damián. Detrás de esta imagen del Crucificado está el Evangelio según San Juan, desde aquí vamos a escuchar y contemplar lo que está representado. Desde su influencia siria hereda la riqueza del cuarto evangelista.

La figura central: Cristo

Su cuerpo destaca por dos cosas: sus grandes dimensiones, superior a los demás personajes, y su luminosidad, destacando sobre un fondo negro con franjas rojas. El negro es símbolo del pecado, la muerte y el sepulcro; y el rojo es símbolo de su entrega y del amor divino. Las palabras del Evangelio que inspiran esta imagen tan llena de luz pueden ser: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 9, 5); "La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre… y la luz brilla en las tinieblas" (Jn. 1, 9. 5); quienes reciben esa luz, "le dio poder de ser hijos de Dios" (Jn. 1, 12). Francisco cuando oraba decía así: "Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón". Y tras su gran tamaño están estas otras palabras: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy" (Jn. 8, 28). Jesús resplandece en la cruz en la grandeza de todo su ser, verdadero Dios y verdadero hombre.


La cabeza de Cristo, en un tono más oscuro que el cuerpo blanquecino, la ausencia de sangre y, sobre todo, sus grandes ojos abiertos muestran a alguien que está vivo, a pesar de su llaga del costado que significa la muerte. Sus ojos serenos son unos ojos contemplativos, que miran con confianza al más allá, donde está el Padre, aquel que le ha resucitado por el Espíritu: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo" (Jn. 17, 1). Del mismo modo su cabeza se inclina hacia nosotros para conducirnos al Padre: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14, 9). Estamos ante Cristo resucitado, lleno de gloria, abandonado al Padre y vuelto a la humanidad.

La parte superior de la cruz: la Ascensión de Cristo

De abajo a arriba, en primer lugar, hay una inscripción sobre dos líneas en color rojo y negro, con las palabras tomadas literalmente del evangelio de Juan: "Jesús Nazareno, el Rey de los judíos" (Jn. 19, 19). El rótulo puesto por Pilato resume muy bien todo el Evangelio de Juan, en el que contrasta el origen pobre y humilde de Jesús con su exaltación como rey en la cruz.

Sobre el rótulo hay un círculo dentro del cual está Cristo ascendiendo al cielo. Notamos como se impulsa, parece subir una escalera. Abandona el sepulcro y va hacia el lugar donde vive su Padre, el cielo, ¿con que intención?: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas;… me voy a prepararos un lugar" (Jn. 14, 2). Porta en la mano izquierda la cruz dorada como si fuera su estandarte, el signo de su victoria sobre el pecado y la muerte. Alarga la mano derecha hacia su Padre, le ofrece el mundo salvado. Arriba del todo se ve otro círculo del que sólo se ve la parte inferior, la otra es invisible. Simboliza al Padre, al que Cristo ha revelado, pero sigue siendo misterio, de ahí que sólo veamos un semicírculo, la otra parte queda oculta. En el semicírculo vemos la mano extendida del Padre que envía al Hijo al mundo y, a la vez, lo recibe en la gloria, una vez terminada su misión salvadora.



Diez ángeles rodean a Cristo en su ascensión. Le dan la bienvenida alegres. Se cumplen las palabras que Jesús dijo a Natanael: "En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre" (Jn. 1, 51).

Los personajes reunidos por el amor del Crucificado

A la derecha de Cristo están María y Juan, inseparables como en todos los crucifijos de tipo sirio, plasmando el texto del evangelio de Juan: "Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre" (Jn. 19, 26-27). Juan está al lado del pecho de Cristo como en la Última Cena, él fue testigo y vio atravesar su costado y salir sangre y agua al pie de la cruz (Jn. 19, 35). María no expresa dolor sino que refleja la serenidad de la creyente que espera confiada en la resurrección. Es verdad que acerca su mano a la cara, en un gesto que significa dolor, asombro y reflexión. Tanto Juan como María señalan a Cristo, el vencedor del pecado y la muerte, glorificado por el Padre.

En el lado izquierdo de Cristo hay otros tres personajes: dos mujeres, María Magdalena y María, mujer de Cleofás, y un hombre, el Centurión, sus nombres aparecen escritos bajo sus pies. Las dos mujeres son descritas en el cuarto evangelio al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), y son las dos mujeres que llegaron primero al sepulcro en la mañana de Pascua. Con la mano derecha en el mentón, María Magdalena manifiesta su dolor por la pérdida d Cristo, pero la otra María le señala con la mano a Jesús glorificado, invitándola a salir de su sufrimiento. Junto a las mujeres hay un hombre, el centurión romano que, al ver morir a Cristo de esa manera, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc. 14, 39). Es el modelo para todo los creyentes, con su mano derecha y sus tres dedos levantados, proclama su fe en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por encima del hombro izquierdo del centurión asoma una cabeza pequeña y otras por detrás. Se trata de una muchedumbre simbólica que se asocia a la fe del centurión, en Jesús vencedor convergen todas las miradas de la humanidad: "Mirarán al que traspasaron" (Jn. 19, 27).

Bajo cada mano y antebrazo de Cristo hay dos ángeles que señalan hacia dónde cae la sangre y cuál es su gran valor. En los extremos de los brazos de la cruz otros dos ángeles señalan del sepulcro vacío.

A la altura de las rodillas de Cristo, a su derecha, está Longinos sosteniendo la lanza con la que traspasó el costado, como indica la inscripción, y a su izquierda, el soldado con la esponja de vinagre, que según la tradición se llamaba Esteban. Aunque sean más pequeños que los demás personajes, es una manera de decirnos que ellos, a pesar de ajusticiar a Cristo, también participan de su obra salvadora. Cristo ha muerto y ha sido glorificado para salvar a toda la humanidad.

En la parte inferior de la cruz, no tan conservada como el resto, se aprecia, al lado de la pierna de Jesús, el gallo que cantó después de la negaciones de Pedro, suceso que está recogido por los cuatro evangelistas, pero Juan le da más importancia, porque lo relaciona con la aparición del Resucitado en el lago de Galilea, ya que Pedro tiene que responder tres veces que ama a Jesús frente a sus tres negaciones (cf. Jn. 21, 15ss.). Igualmente el gallo es símbolo del amanecer. Su canto saluda los primeros rayos de la luz, en este caso no ya del sol sino de la que no tiene ocaso, invitando a todos a salir del sueño entrar en la luz de Cristo resucitado.

4º Aprender a darse con el Cristo de San Damián

Volvemos al camino renovados por nuestro encuentro con el Crucificado. Estas preguntas nos pueden ayudar para que cada uno adquiera un compromiso derivado de su oración.

Este Cristo luminoso y glorificado, ¿no nos recuerda que todas nuestras oscuridades y sufrimientos, fruto del pecado de la injusticia, la mentira y la opresión, pueden ser transformados en gloria?

Cristo aparece entregándose al Padre y a nosotros, ¿no nos invita a seguir sus huellas y a entregarnos también nosotros como El, dando la propia vida?

Jesús nos sopla su Espíritu, ¿cómo nos dejamos guiar por el Espíritu para entrar en el misterio de Dios?

Los brazos extendidos, bajo los que se derrama la sangre, nos invitan a la fraternidad y al servicio a los más pobres.

Cristo está en medio de su pueblo, simbolizado en los personajes que lo rodean y atestiguan su resurrección. Hoy sigue vivo en su Iglesia y en la humanidad. ¿Oímos su llamada de ser sus testigos en el mundo?


viernes, 16 de junio de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Cartel en la ciudad de Belén | Foto: JMFC

Tierra Santa acoge la historia que sobre su piel nos espera para rozarnos el alma con la voz del interior que crece en sus surcos. La vivencia allí fortalece el fruto del interior que sostiene en lo más dentro del espíritu cristiano lo que somos.

Pero aquella bendita tierra expande con sus labios sagrados, más allá de las huellas santas, el grito desolador de los hermanos que comparten con nosotros el ADN de la salvación que bautiza al hombre, bajo la sombra de la cruz, con la bendita sangre de Cristo.

No escuchar ese sobresalto que taladra el mundo pidiendo auxilio es obviar lo que ocurre en estos momentos en la Tierra de Jesús el Nazareno. Quedarse solo con la experiencia interior, que allí nutre con suma facilidad cualquier expectativa, es no entender el grito desgarrador que brota reivindicando nuestra ayuda.

El experto mensaje franciscano, con diáfana claridad, nos ha hecho ver que debemos mirar con los ojos del corazón hacia aquellos lugares que custodian, en la tierra del Señor, con tanto celo desde hace siglos. Porque allí el pueblo de Cristo está a punto de desaparecer del paisaje santo, mientras nosotros no caemos en la cuenta de que somos desorientados cómplices de tan demencial desastre.

¿Podemos permitirnos el lujo de este desamparo que deja en soledad a quienes allí viven dando testimonio de nuestra fe?

En estos momentos las cifras de la población cristiana se sitúan en torno a un paupérrimo 1,8%, cuando no hace tanto tiempo superaban el 20%. Este porcentaje desolador nos lo facilitaba fray Artemio, un fraile palentino que lleva toda la vida vinculado a la misión de Tierra Santa. No hay trampa, ni es una mera anécdota la durísima afirmación de que los cristianos pueden desaparecer de Tierra Santa no tardando mucho.

Solo el desconocimiento de lo que allí ocurre posibilita este desencuentro con la obligación que tenemos de mantener nuestra heredad en aquella tierra, con algo más que esos sentimientos que nos tocan con desbordante emoción las alcobas del alma. Hacen falta medios económicos que solo pueden salir de la caridad cristiana de otras partes del mundo.

En nuestro corazón cofrade y franciscano siguen resonando las palabras del Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, cuando ratificaba sus muestras de cariño hacia nosotros, pidiéndonos que sigamos firmes en nuestro empeño de cercanía con los cristianos de Tierra Santa, a través de la Hermandad Franciscana, que nació en Salamanca para llevar a cabo tan importante fin. El padre Francesco, conmovido, nos habló de la catástrofe que sufre Siria, donde la Custodia Franciscana sigue, de forma ejemplar, dando cuanto tiene por medio de sus misioneros.

Fray Romualdo volvía a aparecer en el recuerdo con sus inolvidables palabras: "Los franciscanos nunca abandonaremos Siria, porque Siria es nuestra tierra".

En este contacto tan próximo con los franciscanos, hemos podido dar con una de las claves que puede paliar el abandono masivo de los cristianos de aquella zona tan conflictiva del mundo. Es imprescindible peregrinar a Tierra Santa, para que la presencia continua sobre aquellas históricas poblaciones regenere, por medio de nuestra aportación económica, la esperanza en los hermanos de fe que allí nos esperan con los brazos abiertos.

No debemos olvidar que la artesanía cristiana sostiene a muchas familias. Sin ese medio de subsistencia nuestra gente puede quedar atrapada en los cercos ignominiosos de los muros que como una cuerda ahogan cualquier proyecto ilusionante de vida.

Pero mientras preparamos esa peregrinación que puede cambiarnos la vida en el terreno personal, suscribámonos a la revista Tierra Santa. Una revista que, en manos de expertos colaboradores,  se configura como una de las publicaciones religiosas más importantes que se distribuyen por todo el mundo. El donativo como esencia de caridad cristiana, que sea por otro lado el abrazo de proximidad que nos introduzca en las frecuencias del amor, al que estamos comprometidos, simplemente por ser cristianos.

***

La barcaza en el medio del Mar de Galilea recibía los chasquidos del agua como susurros, que dentro del corazón nos hacían presumir que Jesús el Nazareno nos decía: "Deja cuanto tienes y ven"...


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