martes, 11 de diciembre de 2018

domingo, 9 de diciembre de 2018

Paco Gómez

La Piedad, a su paso por la Plaza Mayor, engalanada con los pendones de las cofradías | Foto: Pablo de la Peña


10 de diciembre de 2018

"Había mucha animación. Sobre todo muchachas. Salían en bandadas de la sombra de los soportales a mezclarse con la gente que andaba por el sol. Se canteaban por entre las mesas del café y llamaban a otras, moviendo los brazos; se detenían a formar tertulias en las bocacalles. Venía la musiquilla insistente de un hombre que soplaba por el pito de los donnicanores con su cajón colgando donde los alineaba. Otro vendía globos. Los desplazaban con los empujones"
(Entre visillos, Carmen Martín Gaite)


Dice Jesús Málaga en sus memorias que Salamanca "es una ciudad ombliguera y su ombligo es la Plaza Mayor". Si algo hace de esa plaza algo realmente especial no es simplemente su belleza, sino que desde su culminación en el año 1755 ha sido verdaderamente el corazón cívico. Corazón, músculo, gran teatro, cuarto de estar… los símiles son largos de enumerar, pero todos ahondan en la misma idea. Tanto, que los salmantinos hemos acabado por abusar un poco de este recinto monumental, dando a entender que si algo importante ocurre en la ciudad tiene que pasar por fuerza por la Plaza Mayor.

Un fenómeno al que la Semana Santa no ha sido ni mucho menos ajeno y de manera particular tras el auge experimentado por las cofradías a mediados del siglo pasado. La Plaza Mayor, sin llegar a serlo oficialmente nunca, se convirtió en una suerte de "paso por Campana" de las procesiones salmantinas, desplazando abiertamente a la Catedral de ese cometido.

Tres grandes cruces anunciaron en la fachada consistorial durante décadas el tiempo de Semana Santa en una costumbre hoy perdida, aunque emparentada con el mantenimiento de los reposteros de las cofradías y hermandades. También alguna vez se colocaron graderíos como se hace en otras ciudades con un recorrido oficial. Y es que el paso por la Plaza Mayor era consustancial a la inmensa mayoría de las procesiones, dando sentido, entre otras, a la desaparecida general del Santo Entierro. El Descendimiento y sobre todo El Encuentro el Domingo de Resurrección también la visitaron a menudo.

Así estaban las cosas hasta que la Semana Santa fue tomando cuenta de forma paulatina de un cambio en los usos y costumbres de la ciudad, en la conversión de la Semana Santa en una época de afluencia masiva de visitantes y de una modificación en la forma de ser y de estar en la Plaza Mayor.

El bullicio, que en varias ocasiones describe Carmen Martín Gaite en su sensacional Entre visillos para referirse a la vida en la Plaza Mayor, no cesa ya al paso de las procesiones. Bares, terrazas, vendedores, multitud de gente de intereses y actitudes heterodoxas que convergen en un espacio muy amplio en el que, a menudo, una procesión se asume como otra pincelada más, más o menos pintoresca, del paisaje dorado.

Una situación que ha llevado a que se haya ido cancelando o acortando el paso de hermandades y cofradías por la Plaza Mayor o, en todo caso, desplazando la mayor carga simbólica de sus salidas hacia la Catedral.

En este contexto, la reciente decisión de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras y María Santísima de la Caridad y del Consuelo de incluir en su próxima estación de penitencia el paso por la Plaza Mayor reabre en cierta medida un debate recurrente en el mundillo cofrade.

La Plaza Mayor como gran y vivo espacio ciudadano ha perdido esa capacidad de concentración espiritual que quizá tuviera en el pasado y eso va a ser difícil que cambie ya. Sin embargo, desde la Hermandad del Despojado se señala que –si bien este no ha sido el motivo fundamental en su decisión– también toda salida procesional tiene un componente de protesta pública de fe que en cierta medida obliga a no "escurrir el bulto" ante las dificultades. Ir donde está la gente y tratar de acercar, pese a todos los peros expuestos, esa suma de fe, devoción, arte y sacrificio que conforma una procesión.

Personalmente, creo que la experiencia de los últimos años nos llevará, salvo en unas pocas excepciones, a ir descartando progresivamente el paso por la Plaza Mayor en busca de espacios que favorezcan un mayor recogimiento. Pero no es menos cierto que cada procesión tiene su público y sus características y que casi nunca se sabe cuál es la palanca que hace cambiar los ciclos.

Ya se ve que además de todo, la Plaza Mayor también es un dilema.


viernes, 7 de diciembre de 2018

Tomás González Blázquez

Cofrades de la Vera Cruz a la salida de misa el 6 de noviembre de 2011. En el centro, Gaspar Escudero | Foto: Heliodoro Ordás

07 de diciembre de 2018

Uno de los nuestros. Y no uno cualquiera. Como decía el entonces presidente de la Vera Cruz, Jesús López, en su carta del año 2006, publicada en la revista Lignum Crucis, no se imaginaba la cofradía sin ninguno de sus miembros, pero imaginarla sin el señor Escudero, sin el irrepetible y azulísimo Gaspar, "eso ya sería mucho imaginar"… En la noche del pasado 4 de diciembre, próximos a celebrar la fiesta de nuestra titular, la Purísima Concepción, de la que tanto presumía en su plasmación por Gregorio Fernández para nuestra capilla, descansaba uno de los nuestros.

Era nuestro Escudero en todos los sentidos. Siempre lo contemplé y lo reconocí como ese garante de la continuidad junto a unos pocos cofrades más que habían asegurado la persistencia histórica de la Vera Cruz, con todas sus precariedades, en la travesía oscura de los setenta y los primeros ochenta. Escudero y los otros, ciertamente escasos en número pero grandes en fidelidad, permanecieron, estuvieron, se quedaron. Ante las dificultades, esperaron. Ante las incomprensiones, supieron aguantar. No podía ser de otra manera. No podía ser otro sino Gaspar Escudero Sánchez quien ocupara aquella mesa de edad en la que tuve el honor de estar con él cuando en diciembre de 2000 la cofradía fue constituida en asociación pública de fieles y celebró elecciones.

Escudero no tenía reparo en ponerse la capa azul, de ese tono azul inconfundible, desgastado, tan personal, "azul Escudero", cuando algún periodista le pedía una entrevista en la que relatar su visión de la Semana Santa desde la perspectiva de quien ha llegado a sumar sesenta y nueve años años, ocho meses y seis días siendo cofrade de la Vera Cruz. Fue admitido en la Junta General del 28 de marzo de 1949, apadrinado por los cofrades Fernando García Sánchez y Gaspar Escudero Álvarez, su propio padre, que había entrado en la cofradía en 1921. Gaspar guardaba con celo la transcripción de ese momento de su admisión, recogido en el folio 327 del correspondiente libro de actos. Ay, los papeles del señor Escudero… En 2001 fue distinguido junto a otros cuatro cofrades veteranos como hermano de honor.

Escudero no se avergonzaba de reivindicar lo que, en justicia, correspondía (y corresponde) a la Vera Cruz, y a menudo recordaba cómo logró recuperar la imagen de Santa Elena que durante casi tres décadas permaneció en depósito en La Purísima. No consiguió dar con los ciriales de plata que siempre dijo haber conocido, extraviados también, ni ver de nuevo al Resucitado con el manto rojo, una de sus eternas causas. Porque Gaspar vivía la Vera Cruz como el que más aunque últimamente ya no pudiera acercarse a la misa mensual, salvo alguna vez que le recogía en su casa un cofrade siempre dispuesto a hacer los traslados extra-procesionales. Las otras dos propuestas que planteó en estos postreros años sí se consumaron: editar la novena de la Virgen de los Dolores, para propagar su devoción, y volver a salir con cruces encarnadas en la procesión de Pascua.

Enumerar lo aprendido con él, recordar lo que le escuché y hacer semblanza de su trayectoria sería muy extenso, por lo que sirve ahora resumirlo en una fecha: 26 de noviembre de 2006. Penúltima estación de la peregrinación del Lignum Crucis con motivo del quinto centenario de la Vera Cruz. En la parroquia-santuario de María Auxiliadora, la parroquia de Gaspar, se celebra la solemnidad de Cristo Rey, aquel que reina como lo hace el Cristo de La Caña que tantas veces acompañó Escudero el Viernes Santo. Después de cada eucaristía se venera la reliquia. Cientos de personas besan el signo de la salvación, y con cada beso Gaspar siente orgullo y gratitud. Ha sido un empeño personal suyo, como otros que acumuló en beneficio de la cofradía, que ese domingo el Lignum Crucis estuviera allí. No oculta su dicha. Sus tesoros, vivir la fe a la manera cofrade y mostrar a todos la sabiduría divina de la cruz, estaban siendo compartidos. Doce años después damos gracias por su vida y lo confiamos al que confesó siempre como su Dios y Señor, al que recibía cuando desde esa parroquia por él tan querida le llevaban la sagrada eucaristía. Para recibirla, Gaspar se preparaba a conciencia, se confesaba con la frecuencia necesaria, pero le parecía que debía hacer algo más: antes de comulgar, se ponía la medalla de la Cruz y de la Purísima, la de plata, la de la cinta azul, como buen cofrade de la Vera Cruz. Uno de los nuestros. Uno de los grandes. Descanse en Paz.


jueves, 6 de diciembre de 2018

Abraham Coco


Fotografía: Pablo de la Peña

05 de diciembre de 2018

"Delante de mí hay un camino que no sé a dónde va,
por lo mismo que no lo sé, quisiera poderlo andar"
Rosalía de Castro

He sido designado pregonero de la Semana Santa de Salamanca de 2019. Es una frase que todavía balbuceo. Aprendo aún a pronunciarla mientras recuerdo una entrevista al insigne periodista y poeta de raíz charra Ángel María de Pablos. "El grueso del pregón lo tengo escrito desde hace quince años…", declaraba. Dos décadas atrás le comunicaron que sería el próximo pregonero de la Semana Santa de Valladolid… pero eso no ocurrió hasta este 2018, a punto de sus bodas de brillantes, cuando desempolvó y actualizó las viejas ideas guardadas desde entonces. Yo, con mis 31, apenas podría fantasear con ello.

La noticia se hizo pública por San Andrés quien, como narra el Evangelio, dejó al instante las redes para seguir a Jesús y ser uno de los suyos. Anunciarle a él, en nombre de todos los cofrades de la ciudad, en la antesala de la Pascua, al anochecer el 9 de abril en el teatro Liceo, es la encomienda. Se pregona, primera acepción, porque conviene que todos los sepan. Se pregona, segunda, con elogio para incitar a participar en ella.

Así que en este inicio del Adviento, echo las redes desde mi barquita de bajura para buscar las palabras que nos predispongan. El nombramiento ha coincidido, casualidad absoluta, con el inicio del año litúrgico. Espera y preparación. La primera vela de mi corona ya alumbra el camino, que se abre también con este dietario mensual.

La incertidumbre de las semanas previas, de los días previos, de las horas previas, de los minutos previos se disipó por la ola de afectos que recibí después de que José Adrián Cornejo, presidente de la Junta de Semana Santa, vocalizara mi nombre. Él decidió concederme un privilegio que ojalá sepa corresponder, pues agradecerlo lo suficiente será imposible. A todos les he dicho que con todos cuento. Y no es un cumplido, sino una necesidad. La de sentirse cerca de todos para entre ellos poder buscar la noticia.

Desde ese viernes, 30 de noviembre, se han sucedido las expectativas, mayores cuanto mayor es la amistad de quien las expresa; los buenos deseos, los generosos augurios, los prudentes consejos... Incluso los ofrecimientos de imágenes. Pregonado de afectos, uno tiene la tentación constante de reservar la siguiente línea que iba a escribir. ¿Y si…?

Así que vuelvo a Ángel María de Pablos, en Hacia la luz, el poemario que pronunció en 2007 ante el Cristo de la Agonía Redentora, que en esto los salmantinos tuvimos el tino de anticiparnos a sus paisanos: "Tenía sed y, al presentirte muerto, / vi que se hacía fuente tu escultura / para darme a beber el agua pura / del pozo milagroso de tu huerto".


lunes, 3 de diciembre de 2018

J. M. Ferreira Cunquero

Mosaico Ain Karen (Tierra Santa)  | Foto: JMFC

03 de diciembre de 2018

"Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia".

¿Qué podemos pensar ante este artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando los seguidores de Cristo sienten persecución, clamando justicia por toda la tierra?

Más de 200 millones de cristianos están siendo perseguidos como ratas en diferentes lugares del mundo. ¿Qué podemos hacer ante estas cifras demoledoras que acaban de ser publicadas?

Datos escalofriantes que deberían hacernos sentir, en el ADN de la fe que nos une, el vínculo familiar que firmó desde la cruz con su sangre, en las escrituras del tiempo y de la historia, el Señor de la vida.

3.066 cristianos han sido arrojados a las alimañas del fanatismo en el circo de este tiempo, durante el último periodo analizado. 793 iglesias fueron atacadas, mientras que 1.922 cristianos fueron detenidos por expresar de algún modo su pertenencia a esta Iglesia universal, que lleva como sello en el mismo corazón de sus tesoros la verdad de la Palabra.

A cuenta de este miserable genocidio, se celebran, cada dos años, en todos los países del mundo, manifestaciones oracionales para dejar constancia del compromiso de hermandad que debemos tener con quienes sufren este acoso salvaje en tantos y tan diversos lugares del mundo.

Esta fue la razón por la que la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad y los Hermanos Menores Capuchinos de Salamanca promovieron una eucaristía oracional en la iglesia de San Francisco hace quince días. Con sencillez y sin grandes pretensiones, se acometió ese nexo de unión de millones de cristianos que, por todo el mundo, en esa fecha, reflexionaron sobre ese grito de auxilio que está surgiendo en torrente del corazón herido de nuestra Iglesia.

Quienes vocean con facilidad ante cualquier ataque sufrido por la tontuna pitiminí de la charanga mundial callan, como viles cobardes, ante esta masacre que padecen  millones de seres humanos. Pero la bilis anticristiana expande el rencor ante esa verdad evangélica, que abre caminos hacia la libertad, ajena a amos o reyes terrenales de este o cualquier tiempo.

¿Dónde se esconden los gobiernos y los políticos del mundo ante esta aniquilación mundial que sufren los seguidores de Cristo?

Tendríamos que preguntarnos con seriedad si no habrá llegado la hora de que las cofradías despierten de ese letargo procesionero que no deja ver el posible camino que deberíamos estar recorriendo desde hace años todos juntos…

Pero la sociedad está inmersa en un anticlericalismo que sigue montando con afán desbordante los antros populistas, donde se regala el chocolate mentiroso de este tiempo.

Sí, estos son días para defender el derecho de cualquier estupidez mental, mientras se cierran las orejas a ese exterminio que sufren millones de seres humanos por defender sus creencias religiosas.

Mientras tanto, millones de cristianos sentirán el cuchillo del desasosiego en la garganta y, como héroes anónimos de nuestro tiempo, entregarán la vida por seguir a quien eternamente los sentará a su lado…


jueves, 29 de noviembre de 2018

martes, 27 de noviembre de 2018

Tomás González Blázquez
Fachada lateral de la parroquia de San Juan de Mata, sede canónica de la Hermandad del Vía Crucis | Foto: Pablo de la Peña

28 de noviembre de 2018

Ni el programa de procesiones se puede reorganizar "para seguir el orden litúrgico" (aunque sí podría revisarse), ni es deseable pretender que las rúbricas litúrgicas se apliquen sin más en los actos de piedad (algo inviable), ni la liturgia como tal sirve de manual de instrucciones para las manifestaciones populares de religiosidad (que son otra cosa). Conviene distinguir para unir, saber qué es la liturgia, saber qué es la piedad popular y obrar en consecuencia. Fue un tema recurrente en los albores del siglo, cuando la diócesis salmantina invitó a formarse a los cofrades, a través de cursos regulados y encuentros más esporádicos, y lo ha seguido siendo en el camino de una invitación diocesana muy repetida, insistente, prolongada y vigente.

Liturgia y piedad popular, dos ejes fundamentales en la vida de nuestras hermandades, que, sin embargo, aún no son conocidas ni diferenciadas. La realidad de los cofrades demuestra que muchos hacen girar únicamente su compromiso en torno al "eje piadoso", mientras que unos pocos, no menos fieles a él, procuran que a su vez tenga como referencia el "eje litúrgico", del que es complemento, como una expresión personal y comunitaria de la fe, testimonio valioso de la misma, anuncio explícito y externo de lo celebrado en la liturgia. Si la piedad popular se reconoce en un plano subordinado a la liturgia es como en verdad adquiere sentido y coherencia. Por el contrario, si giramos en torno a ella por costumbre, por afición, sin hacernos preguntas, sin profundizar, no es que nos perdamos la oportunidad de adentrarnos en el misterio de la liturgia, que también; es que ni siquiera habremos comprendido enteramente todo lo bueno que a la vida de fe proporciona la devoción a las imágenes sagradas o la llamada que sentimos a acompañarlas por las calles.

Yendo a lo práctico, me resultaba llamativa hace unas semanas la noticia de que la Hermandad del Vía Crucis volverá a emprender su procesión desde el auditorio municipal habilitado en la desacralizada iglesia de San Blas. No por la mera noticia, sino por el hecho de que las tres procesiones vespertinas del Jueves Santo en Salamanca saldrán desde lugares donde previsiblemente no se habrá celebrado la misa de la Cena del Señor. En San Blas y en la iglesia nueva del Arrabal, desacralizadas ambas, no se oficia la liturgia; en las Úrsulas, sin comunidad religiosa desde el pasado abril, imagino que tampoco, pues la propia Seráfica Hermandad convoca desde siempre a sus cofrades para que participen en los oficios de Jueves Santo en la iglesia de los Capuchinos. Igualmente, la del Cristo del Amor y de la Paz lo hace en la iglesia vieja del Arrabal y la del Vía Crucis lo seguirá haciendo en su sede, la parroquia de San Juan de Mata, pero esta separación espacial entre la liturgia del día y sus procesiones puede valer como signo de una realidad que existe y que se puede acentuar: la de los templos sin culto o con muy escaso culto; y de otra que contemplo como riesgo: perpetuar la distancia entre liturgia y piedad popular si el cofrade poco inclinado a participar en la primera la percibe ajena en horario, en lugar o en enfoque al acto piadoso al que sí se siente muy convocado. ¿Se sacrificará para no perderse ninguna de las dos convocatorias? ¿Le haremos elegir? ¿Le facilitaremos estar y sentirte parte de ambas? ¿Cuánta será la duración total y se tendrá esto en cuenta?

El caso concreto del Jueves Santo solo es uno de ellos. Señalando apenas las citas litúrgicas principales de la Semana Santa pienso en la dudosa participación de las decenas de niños cofrades en una misa de Domingo de Ramos cuyo preámbulo, la bendición de las palmas y el evangelio de la Entrada en Jerusalén, es precisamente la razón de ser de la posterior procesión con el paso de Jesús Amigo de los Niños. En la tarde del Viernes Santo, de la misma forma, cuatro cofradías se echan a la calle tras la celebración de la Pasión y Muerte del Señor, a la que habrán faltado decenas de cofrades. Por último, a la misa de Pascua tampoco deberían renunciar los participantes en la procesión del Resucitado.

Hemos de concluir que el vínculo que une a liturgia y piedad popular no parece todo lo robusto que debiera en las cofradías, que los largos años en que se han dado la espalda son pasado pero aún se sienten sus efectos. La propia diócesis acaba de incluir la piedad popular como una sección en la delegación de liturgia, de manera que se reconoce su peso pastoral y se intuyen avances en su consideración. Por su parte, las cofradías podrían reflexionar acerca de su apostolado litúrgico, si es prioritario y eficaz entre sus miembros, si resulta factible y atractivo para ellos celebrar la liturgia y procesionar, si los programas de actos no están desproporcionados… Ese hilo todavía tímido y fino que une a liturgia y piedad popular hay que tejerlo a conciencia, sumarle fibras, fortalecerlo. No será fácil, ni los frutos llegarán pronto, pero si acaso dejamos que se rompa nos habremos quedado sin saber muy bien qué estamos celebrando un Jueves Santo por la tarde o un Domingo de Resurrección por la mañana.


lunes, 26 de noviembre de 2018

Xuasús González

Los cofrades pueden beneficiarse fiscalmente de sus aportaciones a las penitenciales | Foto: saletazamora.com

26 de noviembre de 2018

La llegada de la primavera supone para los cofrades algo así como ver la luz al final del túnel o la llegada a puerto tras una larga travesía. A medida que se va aproximando el equinoccio, nuestro ritmo –aun sin querer– se acelera ante la inminente llegada de una nueva Semana Santa, esos diez días en torno a los que, de alguna manera, gira nuestra vida.

Pero con la primavera llega también cada año una nueva campaña de la Renta, y esa probablemente ya no se espere con tantas ganas… Aunque, en cualquier caso, a la hora de poner al día nuestra situación tributaria, todos queremos –digo yo– que la declaración nos resulte lo más beneficiosa posible; pero quizá no siempre hagamos cuanto está en nuestra mano para ello, en muchos casos por simple desconocimiento.

Sin ir más lejos, probablemente sean muchos los cofrades que no hayan caído en la cuenta de que, simplemente por satisfacer la cuota anual en su cofradía, tienen derecho, en general, a deducciones fiscales: se puede "recuperar" el 75% del importe de la cuota; vamos, que si se han pagado 20 euros, te descuentan 15, que no es poco…

Sin entrar en cuestiones jurídicas, la Ley 49/2002, que regula el régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y los incentivos fiscales al mecenazgo, considera a las cofradías como entidades beneficiarias del mecenazgo, y establece a su vez que los donativos –incluidas las cuotas anuales– son susceptibles de incentivos fiscales.

Las cofradías tienen que cumplir una serie de requisitos –entre otras cosas, estar inscritas en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia–, y también los cofrades, pero en la gran mayoría de los casos, no debería suponer mayor problema.

El cofrade ha de manifestar expresamente su voluntad de ser incluido en la relación que la penitencial ha de comunicar a Hacienda, y solicitar una certificación acreditativa de la aportación realizada; pero debería bastar con enviar un correo electrónico con sus datos personales y su DNI escaneado. Y, de esta forma, en el borrador de su declaración de la renta lo verá ya incluido, pues la cofradía habrá comunicado los datos –tienen obligación legal– a la Agencia Tributaria.

Hasta sumar 150 euros en donativos –y eso incluye también las cuotas–, Hacienda descuenta el 75% en la declaración del IRPF. Y si la cantidad fuera aún mayor, de todo lo que sobrepase ese importe se deducirá también el 30%; incluso el 35% si el donativo es recurrente por un importe igual o superior durante más de dos años.

Además, ese dinero que se "recupera", no sale de las siempre maltrechas arcas de las cofradías, sino que lo aporta directamente el Estado, por lo que tampoco se causa ningún trastorno económico a las penitenciales.

Todavía estamos a tiempo de acogernos a estos incentivos fiscales para la próxima campaña, así que es este buen momento –y no conviene dejarlo más, pues las cofradías lo han de comunicar a Hacienda en el mes de enero– para comprobar si se cumplen los requisitos y solicitarlo a las cofradías. Si se puede, ¿por qué no ‘recuperar’ ese dinero?


jueves, 22 de noviembre de 2018

Alberto Alén

Jóvenes de la Hermandad de Jesús Despojado en su procesión del Domingo de Ramos | Fotografía: Pablo de la Peña

23 de noviembre de 2018

De todos es conocido el inquietante futuro de la Iglesia tal como hoy la conocemos desde la visión de un ciudadano cualquiera: elevada media de edad, escasez de vocaciones, escándalos, poca modernización,… y pocos jóvenes implicados. Sin embargo, hay un ámbito de la vida religiosa en que los jóvenes abundan y pocas veces se tiene en cuenta. En la Semana Santa son bastantes los que en esta pequeña Salamanca sienten de cerca lo que se celebra, ya sea una vez al año o como ocurre con frecuencia siguiendo con atención todo lo que a ella se refiere, participando activamente y ofreciendo el testimonio de su "amor por la Semana Santa" en todos sus círculos.

Por el contrario, queda patente una "disonancia" generalizada al unir los términos "juventud" e "Iglesia", entendida esta última como jerarquía, parroquias, sacerdotes, etc. Basta con observar lo que ocurre en el día a día. A la hora de acudir a la eucaristía, a una oración, a un rosario o a un vía crucis que cualquier parroquia convoque, la afluencia será como la que avanzábamos al principio: escasa y con elevada media de edad. Ahora bien, mucho cambia la cosa si en la esquina del cartel anunciador aparece: "Organiza: Hermandad X". Es entonces cuando la opinión con respecto al mismo cambia de raíz. Qué decir si en el mismo participa alguno de los titulares, si es amenizado por alguna banda o si "se sale a la calle". En ese caso confirmar fecha y hora será el siguiente paso para no perdérselo.

Por "ambas partes" hay que avanzar. De una parte considerar al importante grupo de jóvenes ligados a la Semana Santa como futuro vivo de la fe y, de otra, darse cuenta de que Semana Santa e Iglesia no son dos realidades opuestas, como por las redes a veces se parece entender desde opiniones de jóvenes y no tan jóvenes acerca de decisiones que haya podido tomar el obispo en los últimos tiempos. Ni siquiera son realidades complementarias, sino que son lo mismo, misma razón de ser.

El día de mañana contaremos con los más labrados pasos, los desfiles más organizados, las imágenes engalanadas con exquisito gusto, las mejores tallas o el mayor de los artes para llevar los pasos; pero sin lo otro, lo importante, lo que nos une, lo que le da sentido; todo esfuerzo será vano.


miércoles, 21 de noviembre de 2018

F. Javier Blázquez

Nuestra Señora de la Soledad, titular de la hermandad homónima de Salamanca | Fotografía: Roberto Haro

21 de noviembre de 2018

La reflexión surgió, el pasado 27 de octubre, a partir de las palabras de Rafael Ruibérriz de Torres en el marco del encuentro de hermandades y cofradías de Nuestra Señora de la Soledad, que este año tuvo lugar en Salamanca. Ruibérriz es ahora el presidente de la Fraternidad Nacional de Hermandades de la Soledad; años atrás dirigió, como hermano mayor, la Soledad de San Lorenzo de Sevilla.

Lo de menos fue qué dijo; ante todo llamó la atención el bagaje implícito al trasfondo de esta intervención, breve y directa, sustanciosa en todos los aspectos. Ateniéndose escrupulosamente a lo establecido para un mero saludo protocolario y poco más, quedó claro el sentido de pertenencia a la Iglesia, la finalidad que justifica la existencia de las hermandades de Semana Santa y qué se espera, en el mundo actual, de los cofrades. El aplomo y la autoridad con los que se expresó pusieron el resto. ¡Chapeau!

Intervenciones análogas hemos tenido la oportunidad de escucharlas, gracias a Dios, en más ocasiones, casi siempre en boca de dirigentes de las hermandades sevillanas y, en menor medida, en casos aislados de otras ciudades. La respuesta al porqué de esta coincidencia no es complicada: en Sevilla, en una hermandad no llega cualquiera a ocupar el cargo de máxima responsabilidad. Luego, la persona elegida podrá salir buena o mala, gestionar mejor o peor, pero en principio posee las cualidades que el común de los hermanos cofrades entiende como mínimamente exigibles: clase, categoría, formación… Porque el dirigente, además de gestionar, también representa, y para representar se requiere prestancia. Y esto no es elitismo, Dios nos libre siquiera de insinuarlo, que las cualidades mencionadas nada tienen que ver con el dinero o los títulos universitarios.

No da lo mismo, no. No todos valen. Y por estas tierras nuestras qué poco se cuida este aspecto. A veces hasta tiene uno la sensación de que vamos a peor. Y no solo en Salamanca, que basta echar un vistazo a la mítica y vecina Semana Santa zamorana para descubrir también que la degradación del dirigente cofrade cotiza al alza. Naturalmente hay excepciones, cómo no, pero la realidad es que el dirigente tipo de las hermandades, por estos y otros pagos, deja mucho que desear en los aspectos referidos. Y no podemos olvidar que el presidente, hermano mayor, abad o como quiera denominarse al preboste de una cofradía, no solo representa a su corporación, es también imagen de la Iglesia. Y esto es lo más importante, porque el cargo le habilita para actuar en su nombre. 

Cuando se actúa en nombre de la Iglesia, representando a una hermandad, se requieren unas cualidades mínimas. No es pedir mucho. Y si no las hay, que mayoritariamente no las hay, necesariamente hay que promoverlas, porque si para todo en la vida hace falta preparación, faltaría más que para dirigir una cofradía se pasara por alto este aspecto. No nos dejemos arrastrar por la demagógica universalización a la baja de los derechos que, en sectores como el de la política, está trayendo consecuencias perniciosas para la sociedad. Si queremos mejorar nuestras cofradías este aspecto es prioritario.


lunes, 19 de noviembre de 2018

Pedro Martín

Detalle de las manos de Nuestro Padre Jesús Divino Redentor Rescatado | Fotografía: Óscar García

19 de noviembre de 2018

Todo tiene un principio y un fin. Todo empieza en un determinado momento, incluso de manera insospechada e inesperada, concluyendo cuando toca o cuando Dios quiere. Termina este año litúrgico como los anteriores, con la fiesta de Cristo Rey del Universo, dando comienzo en una semana el nuevo año con el Adviento que de nuevo nos prepara para la venida del Señor. No es un ritual, no es un pasar la hoja del calendario mes tras mes, año tras año. No es, no debe ser, no debería ser, pero quizá sí lo sea.

Curiosamente coincide este fin de ciclo litúrgico con un punto y aparte en mi vida cofrade: desde ayer, ya no soy el hermano mayor de mi congregación. El tiempo pasa volando y son ya ocho años; de nuevo comienza "mi adviento" particular como cofrade raso –qué bien suena eso–, pero sin olvidar que quien ha ejercido una responsabilidad y ha representado a una institución, la que sea, bajo mi punto de vista tiene siempre el deber de contribuir a su buen funcionamiento, ejerciendo responsablemente aquellas tareas que se le encomienden o estando siempre dispuesto para aquello que se precise, y sabiendo respetar las decisiones de aquellos que ahora deben tomarlas, sin menoscabo de la corrección fraterna que nos enseñó San Pablo. Con cariño siempre será constructiva.

Me llevo de estos años muchas cosas buenas y algún sinsabor. Doy gracias a Dios por la tarea encomendada que he intentado hacer con humildad y doy sobre todo las gracias a todos los que han colaborado conmigo. Esto es cosa de todos los hermanos, aunque haya una junta que lleve las riendas en el día a día.

Pido perdón por los errores, de algunos soy consciente, de muchos otros seguro que no. Aun así, errores son y pido perdón. No aspiro a pasar a la historia, que para eso ya está la figura de mi padre, al que perdí como sabéis durante mi mandato. Yo solo he aportado algún que otro granito de arena; él era toda una columna.

¿Qué me pedirá ahora el Señor? Solo él lo sabe. Desde luego seguiré siendo lo que soy: cofrade con mayúsculas. Es mi forma de vivir la fe, no es la única pero también es válida. Desde aquí, desde las cofradías, con cargo o sin él, trabajando para construir el Reino de Cristo Rey.


jueves, 15 de noviembre de 2018

Paco Gómez

El Santísimo Cristo de la Humildad, de Fernando Mayoral, en su ubicación en la iglesia de San Martín | Foto: JMFC

16 de noviembre de 2018

"mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,
mi mirada anegada en Ti, Señor!"
(Miguel de Unamuno, El Cristo de Velázquez)

Fue a finales del mes de mayo. Uno de esos días en los que no dejaba de llover, y este detalle tiene su importancia, y la ciudad había viajado por esas cosas del cine hasta 1936. Fue uno de esos detalles llamados a perderse entre el paso apresurado de la vida, a quedar olvidado entre las piedras, a no durar; a no ser que haya alguien dispuesto a recogerlo y dejarle al menos un rincón de papel en blanco.

Resulta que en Salamanca había desembarcado todo el equipo de rodaje de Mientras dure la guerra, la que será próxima propuesta de Alejandro Amenábar centrada en el sangriento estallido bélico del siglo pasado. Varios edificios del centro de la ciudad y la propia Plaza mayor cambiaban su fisonomía para rebobinar en el tiempo y llegar sin grandes desafines al futuro espectador.

En la iglesia de San Martín había que rodar una pequeña secuencia de despacho. El auténtico sabor añejo de su sacristía convenció a los localizadores de que era el lugar ideal para recoger un cierto trasiego del que fuera cuartel general de los golpistas.

Ahí iban y venían los técnicos, las luces, los cables, los micrófonos. Los carpinteros, los pintores que, ya de paso, daban una manita de blanco a las bóvedas de yesería. También el equipo de catering, que ocupó otro de los rincones de la iglesia, ideal refugio para rodajes que siempre acaban alargándose.

Y en los bancos del final de la iglesia, en la parte más oscurecida, un hombre murmura entre la penumbra. Es bastante alto, robusto, viste de riguroso luto. A su lado tiene una lata de refresco y un bocadillo envuelto que no ha probado. Y lleva así un rato largo.

Pelo cano, barba tupida. Nariz algo aguileña. Solo rebota una pincelada de luz a la cara el blanco de una camisa que desciende en dos pronunciados picos sobre el jersey negro. En el bolsillo de la chaqueta, sobresalen unas gafas de montura redonda. Miguel de Unamuno. No hay duda.

En realidad, ya se figuran, es Karra Elejalde. El actor vasco lleva un rato paladeando su soledad, ante una imagen que, repite en varias ocasiones, no es un crucificado cualquiera. Ha observado de lejos y de cerca al Cristo de la Humildad que permanece al pie del altar, crucificado y a la vez alzando el vuelo. Ha preguntado por Fernando Mayoral y ha encontrado, entre compromisos, saludos de admiradores, visitas de amigos, el hueco para rezar ante ese ajusticiado. Sobrecogido por su humanidad.

Unamuno fue capaz de escribir ante el Cristo de Velázquez el que pasa por ser uno de los poemas más importantes de la lengua española, en su interminable sucesión de versos blancos. No sabemos qué diría este otro Unamuno ante un Cristo de la Humildad del que se lleva varias imágenes como recuerdo de una honda conmoción. Pero quizá contemplar ese labrado nervioso permita a Karra, más allá del maquillaje y su magia, redondear a su Miguel, a la fuerza angustiado, algo ya derrotado ante el resentimiento trágico de sus vecinos, al que en unos minutos tendrá que seguir dando voz y alma.

No falta alguna imagen de aquellos momentos, que quedan para la intimidad de los protagonistas. Ni tampoco alguna anécdota más. El propio Amenábar no tuvo impedimento en reconocer desde su ateísmo la especial fuerza de la talla de Mayoral, aunque eludió tomarse ninguna fotografía ante él. Eso sí, mientras afuera de la iglesia el cielo se volcaba, prometió volver si al día siguiente, en el que estaba previsto rodaje de exteriores, dejaba de llover. Y aquella mañana, dicen, lució el sol ya de verano en Salamanca…


miércoles, 14 de noviembre de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fotografía: Pablo de la Peña

14 de noviembre de 2018

"Muchos no creen en nada". "Un gran número, si no la mayoría, están solo por folclore, por cultura, por tradición familiar". "¿Fe en esos lugares? Poca". Estas son frases y opiniones comunes en el ámbito eclesial sobre las hermandades. Manifiestan una actitud apenas tolerante: las cofradías son una herencia del pasado, cristianas de modo superficial, llenas de personas que, si bien están bautizadas, este es su único contacto con la Iglesia, y ya no es que tengan una fe escasa o dubitativa, es que algunos se declaran agnósticos o ateos sin complejos. Unas instituciones, en definitiva, llenas de hipocresía, a evitar o a disolver. Un debate en el que no voy a entrar ahora es en el de preguntarme qué sucedería si el mismo test de pureza que se exige a las hermandades se aplicase a otros grupos eclesiales. Lo que pretendo es realizar un par de reflexiones acerca de esta realidad bajo una luz positiva.

Partimos de un hecho innegable: en toda cofradía, en mayor o menor medida, hay un número significativo de hermanos que, aunque estén bautizados como condición necesaria para poder formar parte de ellas, viven en una increencia declarada. No me refiero a aquellos que tienen dudas de fe, o que la expresan de modo sencillo mediante la cercanía a las imágenes de los titulares, sino a quienes encuentran imposible la fe en Dios y en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. A pesar de esta imposibilidad, ellos encuentran gratificante y significativa la pertenencia a una hermandad por un amplio abanico de razones que solo una soberbia desmesurada puede despreciar o tachar de incoherentes. Los motivos pueden abarcar desde la tradición familiar en la que se ha crecido, hasta el sentimiento conmovedor ante la belleza de un arte en movimiento, pasando por la amistad enriquecida por la fraternidad vivida en el seno de la cofradía. Todas estas –yo, al menos, lo tengo claro–, son causas válidas para continuar siendo miembro de una cofradía. Es cierto que, como no nos cansamos de recordar, las hermandades son instituciones eclesiales que tienen como principales funciones la formación de sus miembros, el fomento de la caridad ad intra y ad extra y la profesión pública de la fe. Los hermanos ateos conocen esta realidad, saben que esta es el alma que anima la pervivencia de unas tradiciones de las que participan. Ellos entran en esa dinámica aunque, en lo personal, no puedan dar su asentimiento a las verdades de la fe.

Ante esta realidad no cabe ni ignorarla y mirar hacia otro lado, ni, siendo consciente de ella, utilizarla para atacar a las hermandades y a sus miembros como cristianos de segunda, poco maduros. Para mí, al contrario, nos encontramos ante una oportunidad única: el establecer en nuestras hermandades un verdadero espacio de diálogo entre creyentes y no creyentes que se sienten y saben hermanos. Una hermandad se puede constituir así en un verdadero atrio de los gentiles: es decir, en un ámbito donde escuchar las diversas posiciones sobre la fe y la trascendencia en el ámbito del ejercicio de la caridad y en la contemplación del camino de la belleza como vía de acceso a Dios. Es absurdo ignorar que estas son las instituciones eclesiales, explícitas en su confesión de fe, que atraen y conservan a un mayor número de no creyentes. Darles la palabra a estos y escucharlos con el corazón abierto es un desafío para todos. Sí, las hermandades son un cuerpo mixto en el que se dan la mano creyentes y no creyentes. Esto no es un defecto, es una oportunidad que nos da el Señor para, en un ámbito eclesial, poder establecer un diálogo sincero sobre el anhelo espiritual de todo hombre, sobre los motivos del alejamiento de la fe o sobre la imposibilidad personal para creer. La belleza del arte y la liturgia, la fuerza de la tradición, de la amistad o de la familia son razones válidas para permanecer en una hermandad a pesar de haber perdido la fe, porque también a través de ellas habla el Señor y difunde su Evangelio, aunque esto sea a largo plazo, aunque esto sea difícil de ver o de aceptar por aquellos que están más preocupados por prístinas purezas inexistentes que por discernir los multiformes medios que Dios utiliza para no perder a ninguno de sus hijos.

Esta apertura no es fácil y puede resultar hasta polémica, sin embargo, es necesario recorrerla. La labor evangelizadora de cofradías y hermandades la exige de modo perentorio. Aceptemos la variopinta realidad de nuestras cofradías, aprovechemos que estamos en un ámbito eclesial, creemos espacios de diálogo y debate, de acogida y escucha. Que el Señor nos ayude a no juzgar a nuestros hermanos y a presentar siempre un rostro acogedor del Evangelio.


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