domingo, 17 de marzo de 2019

jueves, 14 de marzo de 2019

Daniel Cuesta SJ

Imagen de portada del libro Los Evangelios Apócrifos en la Semana Santa de Sevilla, de Daniel Cuesta en Ediciones Alfar

15 de marzo de 2019

¿Se convirtió Pilato al cristianismo después de la Resurrección de Cristo? ¿Por qué defendió Claudia Prócula a Jesús delante de su marido durante la Pasión? ¿Era realmente una seguidora de Jesucristo como nos cuenta la Carta de Pilato a Herodes o simplemente sintió pena por aquel reo inocente contra el que el pueblo gritaba? ¿Fue Bernice, la hemorroísa, aquella mujer valiente que enjugó el rostro sudoroso y cubierto de sangre del Salvador, obteniendo como premio su retrato en su velo? ¿Fue Nicodemo el autor de algún evangelio? ¿Cuáles fueron los motivos de la condena a muerte de los dos ladrones? ¿Se llamarían realmente Dimas y Gestas? ¿Se convirtió realmente Longinos al atravesar con su lanza el costado de Cristo o aquello fue solo un acto rutinario más de su vida como soldado romano? ¿Por qué José de Arimatea decidió dar la cara por Jesús delante de los judíos y enterrarle en su propia tumba? ¿Fue el guardián y custodio del Santo Grial? ¿Llegó a ser consciente Herodes Antipas de que aquel al que había despreciado y del que se había reído era el Hijo de Dios?

Estas preguntas, así como algunas de sus respuestas, tienen su origen en los llamados Evangelios Apócrifos. Son estos una serie de escritos con origen fundamentalmente en los primeros siglos del cristianismo que, por una razón o por otra (normalmente por su exageración, fantasía o falta de historicidad) no entraron en el canon oficial de la Iglesia. La mayoría de nuestros contemporáneos piensan que se trata de una serie de escritos oscuros, que contienen secretos peligrosos que el Vaticano ha querido siempre ocultar por miedo a que constituyan un peligro para la fe católica. Sin embargo, la realidad es bastante diferente, puesto que las historias de los Apócrifos son conocidas desde antiguo y accesibles a todos aquellos que tengan interés en estudiarlas.

El objetivo de los Evangelios Apócrifos no es el de desvelar los supuestos amores de Jesús y María Magdalena (eso es cosa de las novelas históricas), sino el de rellenar y ampliar la parquedad de detalles con la que san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan nos relatan la vida de Jesús en esta tierra, así como su pasión, muerte y resurrección. Así, el Protoevangelio de Santiago se centra en la infancia y juventud de la Virgen María, constituyendo la primera referencia de su Inmaculada Concepción; el Evangelio Árabe de la Infancia habla de la vida oculta de Jesús; el conocido como Evangelio de María (Magdalena) cuenta de modo imaginativo como, tras la Resurrección los apóstoles tuvieron problemas en aceptar que Jesucristo se hubiera revelado a María (sin especificar si esta era su madre o la Magdalena), etc. En estos y otros escritos se inspiraron los mentores intelectuales y espirituales de las obras de arte cristianas y así se los transmitieron a los artistas, dando lugar a una serie de iconografías como pueden ser la del abrazo de san Joaquín y santa Ana ante la Puerta Dorada, el descanso en la Huída a Egipto, la Asunción de la Virgen, etc., que se encuentran en muchas de nuestras iglesias.

En esta línea existen una serie de Evangelios Apócrifos que se centran en la pasión, muerte y resurrección de Cristo y que han sido importantísimos en la configuración de las iconografías que hoy contemplamos en las pinturas y retablos dedicados a los ciclos pasionales y, por supuesto en los pasos de Semana Santa. Entre ellos destacan el Evangelio de Pedro, el Evangelio de Bartolomé y, sobre todo, el Evangelio de Nicodemo, que además se complementa con otra serie de escritos menores. Esta última obra pretende, entre otras cosas, narrar en primera persona el testimonio del juicio que sufrió Jesucristo, así como algunos de los detalles de su pasión, relatados por Nicodemo. Por ello, las páginas de este evangelio apócrifo han sido origen de las leyendas en torno a Pilato, su mujer Claudia Prócula, la Verónica, Dimas y Gestas, Longinos, José de Arimatea, Nicodemo y Herodes. En ellos y en su reflejo en los pasos de la Semana Santa sevillana se centran precisamente las páginas del libro Los Evangelios Apócrifos en la Semana Santa de Sevilla, publicado recientemente por Ediciones Alfar.

A través de los textos del Evangelio de Nicodemo y de otros complementarios, en las páginas de este libro se tratan de reconstruir los orígenes de la historia y la leyenda que se encuentran detrás de cada uno de estos personajes, así como su iconografía artística y por último su reflejo e inclusión en los grandiosos pasos de misterio de la Semana Santa hispalense. No se trata de una obra cerrada, sino más bien de una puerta abierta a futuras investigaciones, un intento de diálogo con las raíces cristianas de nuestra cultura, con intención de divulgar tradiciones y herencias que, tristemente tienden a perderse.


miércoles, 13 de marzo de 2019

Andrés Alén

"Solo el penitente pasará", obra de Aída Rubio para el cartel "Pasión en Salamanca 2019" de la Tertulia Cofrade Pasión

13 de marzo de 2019

En la búsqueda del Grial, ya en Petra, en el templo secreto del cañón de la media luna, Henry Jones (Connery), padre de Indy (Ford), herido de muerte, lee a su hijo las notas del diario que contienen las claves para pasar las pruebas, el desafío final, sacadas de las supuestas crónicas de san Anselmo, (el guión real es de Jeffrey Boam, Lucas, Meyes). Primera prueba (ya habían rodado varias cabezas de nazis altivos que pujaban por el sagrado cáliz). El sabio profesor pronuncia esta frase: "Solo el hombre penitente pasará".

Parece que no es este tiempo secular proclive a penitencias, ni cuaresmales. Se lleva eso de la autoestima como potencial fuente vigorosa de la autoafirmación, el no arrepentirse de nada, asumir el pasado de cada cual tal cual. En otros tiempos, los míos, a esa gente autoafirmada se la denominaba engreída, creídos, soberbios, cuando no chulos, pero la sicología moderna apuesta por otras interpretaciones, seguramente, políticamente más correctas.

Vaya usted ahora a restaurar el más mínimo concepto de pecado. Aquello del examen de conciencia, dolor por las faltas, revelar y cumplir. Ahora, en esta sociedad occidental sumida en el merengue de autoestima, la del cambalache que profetizó Discépolo, en el dos mil también, poblada de frikis, gilis, chorros, tertulianos que le han robado la infalibilidad al Papa y la omnipresencia a Dios, vaya Vd. a pedir humildad, sinceridad, arrepentimiento…, ni soñarlo. Pero si ya se nos han vaciado los confesionarios en la iglesias, será que ya no hay curas, y comulgamos todos sanados por una sola palabra suya, que basta, pero que no sé si esperamos a escucharla.

Reconozco que a medida que pasan mis años cada vez me caen peor los ombligos parlantes, los que constantemente se autocitan, se autorreferencian, se hacen selfies mentales, tanto que ya, también con mi poca o mucha inmodestia, apenas me paro a escucharlos. Es que no vamos a darnos un minuto de silencio, un minuto de oración. Que hasta en las marchas penitenciales en vez de estar solo en ello, se hacen virguerías con los pasos esperando el pago del aplauso en vez de sublimar el dolor de contrición. (Que sí, que es más por enervar el sentimiento, que por personal lucimiento, que no todos aparcan en los bares ni donde más los vean). En fin; bien venido sea el recordatorio que Aída Rubio ha incorporado a su magnífico cartel, que con su diseño en forma de cita, vale por si sola como una obra maestra del arte conceptual.

Creo que no atañe solo a los semanasanteros, sino a los que buscan, a los que son capaces de parar para ver y verse y comprender y comprenderse, que parte de no estar del todo satisfecho, paenitere, arrepentirse, que busca el perdón de quien solo nos puede perdonar.

"Solo el penitente pasará...  el hombre  penitente se postra ante Dios... el penitente se arrodilla ante Dios. ¡De rodillas!", oye, que lo dice Spielberg.


domingo, 10 de marzo de 2019

Leo Ramos

Participantes en la reunión en torno a la pastoral juvenil cofrade celebrada el pasado mes de febrero

11 de marzo de 2019

Una comida para dialogar sobre la pastoral juvenil cofrade en Salamanca. Pues sí, miembros del equipo de Pastoral Juvenil de la diócesis y jóvenes de diferentes cofradías y hermandades tuvimos una comida donde estuvimos compartiendo en torno a esta cuestión. Álvaro Gómez Gómez está en el equipo representando al mundo cofrade; él fue quien hizo de intermediario. Esto sucedió el pasado 13 de febrero y corresponde a una iniciativa de la Pastoral Juvenil de Salamanca para conocer las diferentes realidades de jóvenes que tenemos en nuestra diócesis.

¿Es posible una pastoral juvenil cofrade? Esta es la pregunta de fondo. Después de dicho encuentro, estoy más convencido que nunca de que no solo no es una misión imposible, sino muy posible y deseable. Hay pequeñas iniciativas, pero hay que seguir caminando y poner más carne en el asador. ¿Qué caminos podemos recorrer juntos la Pastoral Juvenil y los jóvenes cofrades de Salamanca en esta dirección? ¿Cuáles son las claves para el éxito de la misma?

Es momento de aunar fuerzas entre la Pastoral Juvenil y los jóvenes cofrades. Aunque en el pasado, e incluso en el presente, haya habido sus diferencias e incluso separaciones entre nuestra diócesis y las diversas cofradías, no podemos seguir mirando cada cual en direcciones diferentes. Todos somos Iglesia. Aquí os dejo algunas de las intuiciones que salieron en el diálogo:
  • Los jóvenes cofrades necesitan adultos cofrades referentes en la fe. Al final, se trata de la fuerza de la comunidad, de sentirse identificados con una realidad y un proyecto que nos precede y que va más allá de nosotros, esto es, la Iglesia. Como sucede en la mayoría de las parroquias y en nuestra Iglesia de Salamanca en general, se han perdido eslabones jóvenes o relativamente jóvenes que sirvan de unión entre las personas mayores y las nuevas generaciones. Y en ocasiones, los cristianos de mediana edad no son referentes reales para los más jóvenes, ya sea por la manera de vivir la fe o por la falta de empatía con estos últimos.

  • Los hermanos mayores y las juntas directivas constituyen un pilar fundamental en la pastoral juvenil cofrade. Para bien y para mal, son faros en los que la gente posa su mirada. Si apuestan por trabajar con los jóvenes desde la fe, con fe y para la fe se obtendrán frutos. Como siempre, surge un cuestionamiento que hemos de hacernos los agentes de pastoral con jóvenes de nuestra diócesis. ¿Hasta dónde queremos implicarnos? ¿Cuáles son las apuestas reales en tiempo, personas, dinero, oración, estructuras… que estamos dispuestos a hacer cuando trabajamos con jóvenes.

  • El acompañamiento personal de los jóvenes cofrades es lo único que puede garantizar hacer un proceso con ellos. Por supuesto, cada cual desde donde esté y atendiendo a la diversidad de situaciones que corresponda. En este sentido, es necesaria la implicación pastoral de los capellanes de las diferentes cofradías y hermandades. Desde las diferentes instancias diocesanas se ha de apostar decididamente por la religiosidad popular, para que los jóvenes cofrades logren alcanzar el objetivo central como cristianos, esto es, el encuentro con Jesús.



viernes, 8 de marzo de 2019

Paulino Fernández

La Cuaresma es tiempo de reencuentro con la interioridad espiritual... y también con tantos otros cofrades

08 de marzo de 2019

Implacable. El paso del tiempo es implacable e imposible de detener. Corre, sin que nadie pueda sorprenderse o alegar desconocimiento. Este año la Cuaresma ha llegado más tarde que otros años, lo que ha provocado que todos aquellos actos, tan arraigados en nuestro cofrade sentir, se hayan retrasado. Aunque, claro está, también durarán hasta fechas más tardías que otras ocasiones.

La Cuaresma, desde el punto de vista de la fe, tiene una finalidad de reconversión y penitencia que, en demasiadas ocasiones, no se refleja en el modus vivendi del cofrade. Vivimos la Cuaresma, en muchas situaciones, alejada de ese espíritu de preparación para centrarnos en un mero periodo temporal de espera; una concatenación de actos que algunos podrían llegar a banalizar al desposeerlos de su teológico trasfondo para ser un vacuo rito rutinario.

La Cuaresma es tiempo de reencuentro, reencuentro con la interioridad espiritual. Sí, y también de reencuentro con tantos otros cofrades, hermanos nuestros, que comparten aquella íntima devoción personal que te lleva a estar en ese lugar año tras año. Y en esta ocasión esos reencuentros son, sin lugar a dudas, más especiales en muchos casos. Porque este año dos de nuestras corporaciones más señeras y arraigadas están de celebración: recordamos este año el 75 aniversario de la Hermandad Dominicana y el de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Perdón.

La primera de ellas, hasta el momento, solo ha manifestado externamente esta celebración mediante la salida en el Vía Crucis de la Junta de Semana Santa de la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Promesa, talla titular de la homónima filial. No termina de comprender muy bien el que suscribe estas palabras el motivo de esta salida, ya que se cumplirán 75 años de esta corporación filial en poco tiempo, pero no deja de ser un orgullo ver cómo su devoción va creciendo poco a poco, máxime tras haber colaborado, junto a otros hermanos de la Hermandad Dominicana, en su recuperación cultual. Por su parte, la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Perdón ha organizado una eucaristía, besapié y ágape de confraternidad, en una clara muestra de que no es necesario salir a la calle para cumplir con los fines estatutarios o para celebrar una fecha especial.

Sin embargo, en mi opinión, este 75 aniversario no deja de ser una efeméride señalada. Una ocasión especial e irrepetible que podría demostrar, nuevamente, el valor humano y caritativo de nuestras cofradías. Podría aprovecharse esta fecha para que la Hermandad Dominicana aumentase su colaboración con Proyecto Hombre, aquella asociación que a tantas personas con problemas de adicción ha tratado. Y, a la luz del reciente anuncio realizado por esta de abrir un nuevo centro en el Monasterio de las Bernardas, ¿qué mejor manera de rememorar esos 75 años de Perdón que trabajar junto a esta asociación en la reinserción de personas con problemas de adicción, llevando así un paso más allá la voluntad de dar una "segunda oportunidad" en la que participa la hermandad de la Prosperidad?

No dejan de ser ambiciosos sueños, sí. Pero el potencial humano de nuestras hermandades es incalculable: en nuestras manos está aplicarlo para que la ciudad de Salamanca comprenda que nuestra labor es colaborar en el anuncio del Evangelio y el ejercicio de la caridad hacia nuestros prójimos.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Pedro Martín

Los cofrades comienzan este Miércoles de Ceniza el camino de la Pascua | Fotografía: Manuel López Martín

06 de marzo de 2019

Otro año más comenzamos el camino de la Pascua. Cambiamos de color las vestiduras litúrgicas, que tornan a morado, no como presagio de los hábitos, que alguno lo pensará.

Volveremos a escuchar al acercarnos a recibir la ceniza "conviértete y cree en el Evangelio" (alguno seguirá anclado en el "polvo eres…"), precioso signo de conversión que nos prepara desde ya para vivir intensamente estos días.

Yo propongo para esta Cuaresma un calendario alternativo al de ensayos, besamanos, conciertos y demás actos propios de estos días.

Os lanzo una pregunta para la reflexión que puede resultar quizá un tanto escandalosa: ¿es tu dios el Dios de Jesucristo, el Dios del Evangelio?

Vamos a ver qué claves nos da el Papa Francisco en su Mensaje de Cuaresma de este año.

El título es muy sugerente, pues toma de Romanos La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios. Un año más celebraremos la Pascua tras la purificación de la Cuaresma, pues tan solo así participamos de la salvación del misterio pascual.

Nos indica tres puntos para la reflexión que tan solo apuntaré, pues merece la pena que disfrutéis de ellos y los recéis.
  1. La redención de la creación.Vivir como hijo de Dios plenamente también supone cuidar y disfrutar plenamente de los frutos de la naturaleza.

  2. La fuerza destructiva del pecado. El pecado rompe nuestra relación con Dios, con los demás y con la creación. Todas nuestras actitudes o acciones que lo impiden son objeto de revisión de vida especialmente en Cuaresma y sería bueno que prescindiéramos de ellas en este tiempo, "fantástico ayuno y abstinencia".

  3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón. De esta tercera parte os pongo una frase literal que resume muy bien el mensaje del Papa Francisco: "La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna".
Ayuno como ejercicio de aprendizaje, de un cambio necesario de nuestra actitud para con los demás, pasar de la tentación de devorarlo todo a "sufrir por amor". Orar (ante nuestras imágenes) necesitados de Dios y su misericordia. Dar limosna para entender que nada nos pertenece, que no podemos acumular sin más para nosotros y así pensar en las necesidades de los hermanos.

Todo este plan cuaresmal que nos propone el Santo Padre hará que nos dirijamos a la Pascua de Jesús pensando en el plan de Dios, el Dios del Evangelio y no el nuestro, que tengamos presentes a nuestros hermanos con necesidades espirituales y materiales y se manifiesten los hijos de Dios llevando su fuerza transformadora a toda la creación.

Buena y purificadora cuaresma hermanos.


lunes, 4 de marzo de 2019

Paco Gómez

Nuestra Señora de la Esperanza, rodeada de fieles durante una parada en la Plaza Mayor | Fotografía: Alfonso Barco

04 de marzo de 2019

"Que así habrá más gozo en el cielo de un pecador que se arrepiente, que de noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento"
(San Lucas 15, 7)

A pocos kilómetros de Salamanca, en la carretera de Alba, un grupo de gente, variada, de procedencia, formación y estrato social, luchan con un objetivo común: salir de las adicciones y otros compañeros de viaje indeseables que se van adhiriendo, porque ya habrán oído aquello de que las desgracias casi nunca quieren venir solas. El caso es que este grupo, amplio, comparte el hecho de haber podido entender, en un atisbo de lucidez que uno imagina doloroso, la importancia de dar un paso al frente. Empezar a escalar y poco a poco ir sacando la cabeza.

Estamos en uno de los centros de Proyecto Hombre. Quince años después, han sido más de 250 personas las que han roto su adicción gracias al trabajo de profesionales y voluntarios de la Fundación Alcándara y, muy particularmente, del liderazgo de uno de esos personajes singulares que viniendo de fuera acaba por ser más salmantino que nadie (asumamos que tal carta la confiere querer a esta tierra y, sobre todo, a su gente).

Manuel Muíños, como corresponde a su condición, anda estos días pregonando esperanza. El año pasado a estas alturas retocaba su pregón de la Semana Santa salmantina, con una media sonrisa, imagino, pensando el efecto en el Liceo de algunas de sus atrevidas innovaciones estéticas.

Pero antes y después de aquello la vida sigue. Y la vida de Proyecto Hombre es una vida de lucha y de ir poniendo pequeños granitos de arena. El otro día, en la última visita institucional al centro, Muíños aprovechaba algunos micrófonos para lanzar un mensaje conmovedor de puro sencillo: "Apelo a la sociedad para que sea lo más comprensiva, lo más tolerante, lo más entrañable y lo más acogedora posible con estas personas. O damos una oportunidad de reinserción o esto no sirve".

Y mientras hablaba con las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, en la ropa de faena de quien tiene cada primero de mes que cuadrar muchas y muchas cuentas para que todo siga funcionando, las palabras de Muíños volvían a explicar una historia vieja como la vida: por qué hay que ir a buscar al cordero extraviado, por qué hay que alegrarse por el regreso del hijo perdido.

"Llevamos quince años de trabajo y agradecemos la comprensión y apoyo de Salamanca, porque yo sé que no es fácil, hay dificultades que nadie mejor que nosotros que estamos aquí todos los días podemos entender, pero también sé lo gratificante que es; porque el cambio de una sola persona hace mejor a toda la sociedad".

Ni más ni menos. Tender la mano y dar una oportunidad a quien la necesita. A quien se equivocó (¿pero quién no se ha equivocado?) pero lucha por volver al camino. Acuérdense cuando la madrugada del próximo Viernes Santo ese grupo de personas camine detrás de un manto verde. Irán tras la esperanza de una vida mejor, que es cosa de los del cielo pero también de los de la tierra.

jueves, 28 de febrero de 2019

Isabel Bernardo

El Cristo de los Doctrinos proyecta su sombra en la portada principal de la Vera Cruz | Fotografía: Alfonso Barco

01 de marzo de 2019

La reflexión llegó días después de leer el artículo ¿De homínidos a post-humanos? Algunos desafíos del transhumanismo, que hace unas semanas me envió don Raúl Berzosa Martínez, el que fue obispo de Ciudad Rodrigo, firmado por él en la revista Razón y Fe Nº 1437, y que planteaba lo siguiente: ¿Se puede ser humano en un mundo que ya no quiere ser humano?

La pregunta sin duda era un desafío. Mayormente cuando mi novela recientemente publicada, más allá de ser un viaje a la historia de la gastronomía a través de los siglos, coloca el mundo de la inteligencia artificial frente al mundo de la inteligencia humana, con la intención de poner de manifiesto, de forma subyacente, asuntos que los seres humanos a medio plazo deberemos resolver:

¿Hasta dónde vamos a dejar que llegue la inteligencia artificial? ¿Cuánto de sí misma es lo que la inteligencia humana va a ceder a sus descendientes tecnológicos? 
¿Seremos capaces de entregar por completo el alma, lo más íntimo de nosotros, a una fórmula sintética de laboratorio que nos prive de ser naturaleza humana con sentimientos tan vulnerables como paradójicos? 
Si vamos a llegar a ser vida sin fin, ¿qué papel se supone que tendrá Dios si a su Reino no llegará nadie más que los que ya están?

Y, créanme, no he escrito esto último con ironía alguna. Estremece pensar cómo será el mundo más menos inmediato de las próximas generaciones, cuando todo parece ya confiado a la Biotecnología y los principios de una Declaración Transhumanista que pretende hacer de los hombres seres sin tiempo, sin fragilidad, sin dolor y sin lágrimas… ¡Qué espanto! –me digo mientras me pregunto qué sentido va entonces a tener la vida.

Pero los padres del transhumanismo lo han tenido muy fácil. Conocían bien el material (humano) con el que habían de trabajar. Sabían que el hombre había comenzado a perder sus referencias, las de su forma de relacionarse con sus semejantes, con su medio natural, con los animales… y con Dios. Y ahí estaba el hombre-masa, el hombre-muchedumbre, el hombre sumiso y snob que necesitaban, y del que sorprendentemente parecía ya hablar Ortega y Gasset en 1929 en su libro La rebelión de las masas: "un hombre que previamente está vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas 'internacionales'. […] que, más que un hombre, es solo un caparazón de hombre […] que carece de un 'dentro', de una interioridad...".

A pocas semanas de adentrarnos en el tiempo de Pasión, tiempo que vendrá a renovarnos la esperanza de una redención más allá de estos cielos que abrazan nuestra fe e incertidumbre, la pregunta, cuando menos, sacude los adentros. ¿Se puede ser humano en un mundo que ya no quiere ser humano?

Espero que para cuando este transhumanismo gobierne en su totalidad la Tierra, yo haya de verlo ya desde lejos. No me gustaría estar aquí cuando no sea capaz de reconocerme en mi condición humana. Tampoco cuando ya no haya Crucificados cruzando la noche de los hombres para interpelar su existencia. Quiero vivir pensando que soy algo más que un clon sin fin; soñar las dulces lejanías del más allá del sol, donde sé que algunos me esperan.


miércoles, 27 de febrero de 2019

Tomás González Blázquez

San Gabriel de la Dolorosa junto al icono de la Madonna del Duomo de la ciudad italiana de Spoleto

27 de febrero de 2019

Se llamaba Francisco y era de Asís, pero no me refiero al Poverello. Es venerado como protector de la juventud, pero no estoy hablando de Juan Bosco o Luis Gonzaga. Profesó como religioso pasionista, pero no son los mártires de Daimiel de quienes escribo. Como cada 27 de febrero, el santoral recuerda a un apuesto joven italiano que murió dos días antes de cumplir los veinticuatro años y que bien podría reivindicarse como patrono de las procesiones, de los que en ellas participan y de quienes las contemplan, porque fue en ese contexto procesional donde sintió la llamada más insistente y definitiva de Dios y donde supo encontrar la forma de responder con libertad y decisión.

El santo de hoy es san Gabriel de la Dolorosa, que todavía era Francesco Possenti cuando el 22 de agosto de 1855, octava de la Asunción, buscó sitio en la acera de una calle de Spoleto, en la región de Umbría, para contemplar el desfile de la Madonna del Duomo. Se trataba de un icono de estilo bizantino que había donado en 1185 a la ciudad el emperador Federico Barbarroja después de haberla asolado tres décadas atrás, como un signo de reconciliación. Al paso de la sagrada imagen, sintió en su corazón las palabras "Francisco, el mundo no es para ti, la vida religiosa te espera", y esta vez ya no pudo aparcar la respuesta que otras veces había esquivado, ni incumplir la promesa que antes había ignorado. Decidió entrar en una congregación austera, la de la Pasión fundada por san Pablo de la Cruz en 1720, y eligió para su nombre religioso el de Gabriel, anunciador a María y, en este caso, receptor del anuncio a través de la Madre. Gran devoto de la Virgen de los Dolores desde siempre, no podía faltar tampoco en su nueva etapa, que fue muy breve, poco más de un lustro, sin llegar a ser ordenado sacerdote. Fue canonizado en 1920 por Benedicto XV.

La historia de san Gabriel de la Dolorosa, cuyo punto de inflexión podría situarse en esa procesión mariana veraniega (como la del Socorro, la del Carmen, las de tantos pueblos en la Virgen de Agosto, la brevísima de la patrona por el atrio catedralicio en la víspera de su fiesta…), nos remite al valor potencial que aún atesora el mero hecho de llevar los signos religiosos a las calles, como una forma de anuncio explícito, libre, y ojalá siempre muy respetuoso y cuidado, de la fe de la Iglesia. Es un derecho civil que tenemos y un deber cristiano que no podemos desatender.

Cabe reflexionar de qué manera las procesiones han de conservar hoy su vigencia como instrumento para que Dios llame a través de ellas. El que lo puede todo, porque para Él nada hay imposible, sabrá servirse de nosotros si nos mostramos disponibles y convencidos de que unas procesiones bellas y dignas le ayudarán en sus llamadas. Un icono bizantino del siglo XII fue medio válido para un joven italiano del XIX; ¿pueden serlo los pasos barrocos del XVII o del XVIII para los salmantinos del XXI que los buscan o se los encuentran por la Compañía, o por la Rúa, o por la Plaza? Si Juan y Andrés tuvieron su hora décima, ¿por qué no pueden ser las procesiones un primer "venid y lo veréis" para tantos espectadores deliberados o casuales? Y aún más: ¿lo son para los cofrades que, bajo el capuchón y cirio en mano, o soportando el peso de las andas, acompañan una Sacra Icone como la de Spoleto en nuestra Salamanca? ¿Dejamos que cada procesión en la que participamos sea una oportunidad para hacer silencio dentro de nosotros y abrirnos a lo que Dios nos intenta decir?


domingo, 24 de febrero de 2019

Luis Cañón

La Virgen de las Lágrimas pasa frente a la placa con la conocida alusión de Cervantes a Salamanca | Foto: Heliodoro Ordás

25 de febrero de 2019

Hace un año, cuando me nombraron director de Onda Cero Salamanca, tenía claro que me esperaba una grandísima tierra. Una ciudad cosmopolita, moderna y acogedora. Un referente mundial del saber, con sus dos magníficas universidades.

Los que amamos la Semana Santa, vemos en ella la semana más importante del año, e intentamos, de una u otra manera, buscarla allá donde estemos, porque es nuestro salvavidas, nuestro balón de oxígeno.

Para los que vivimos la Semana Santa intensamente, todo gira en torno a ella. No importa si estás en León, en Granada o en Salamanca, el sentimiento y la manera de vivirla es la misma. Y da igual el lugar donde residas y desfiles, porque la Pasión, por mucho que nos hagan creer en falsos provincianismos, es universal, y todos los que la llevamos dentro estamos compartimos un mismo patrón. Ese molde es el que hace que nos reunamos en tertulia todo el año, que pongamos marchas de cornetas y tambores en verano, y que elijamos trabajar en Nochebuena o Nochevieja, para tener libre  el Domingo de Ramos o el Viernes Santo.

Esa misma premisa es la que hace que cada año aparezcan de nuevo los nervios como si fuera el primer año, que vuelvan los recuerdos de la niñez y de los que tristemente ya no están.

Por eso, cuando me nombraron director de la emisora en Salamanca estaba tranquilo, fundamentalmente porque en Salamanca hay Semana Santa y muy buena, así que rápidamente me moví en busca de contactos, como medida proteccionista, como antídoto.

En menos dos meses llegará el tiempo feliz y entrañable. Diez días y diez noches en los que la Gloria bajará a la ciudad. El tiempo justo para que de nuevo se abran las puertas que llevan un año cerradas. Muchas serán las maneras de vivirla: austeridad frente a grandes bordados, tradición frente a modernidad, silencio frente a aplausos… todas tan distintas, pero igual de auténticas (a su manera), y todas tan necesarias. Un reflejo de lo que somos.


Félix Torres

Penitentes de la sección de Nuestra Señora de la Esperanza aguardan la reanudación de la marcha | Foto: Alfonso Barco

22 de febrero de 2019

Aunque no sepa el por qué, me parece evidente que la piedad popular, las cofradías y "esas cosas" siguen descuidadas en nuestra diócesis aun habiendo mejorado más que sustancialmente las vías de comunicación entre ellos y nosotros, que parece que no se acaba de conjuntar esa dualidad.

Se ve con claridad cómo en los últimos tiempos, no sé si impulsado por el espíritu renovador de la Asamblea Diocesana que aún sigue coleando para bien, en Calatrava comenzó un periodo de renovación y actualización que afectó y sigue afectando a cuanto se organiza bajo la sombra del obispo.

Se han renovado cargos en la curia, delegaciones y servicios diocesanos, desde cambios en vicarías hasta creación de servicios para una mejor atención de los administrados; se han reformado parroquias y arciprestazgos con el consiguiente movimiento de presbíteros y diáconos; se han nombrado nuevos canónigos y deán... Se han pensado, discutido, elaborado y redactado normas y reglamentos para mejorar el funcionamiento de cuantos grupos funcionales estén adscritos de una u otra manera al régimen de nuestra diócesis. Aquí, es cierto, he de agradecer (no sé si muchos estarán conmigo) la redacción de esa Normativa Diocesana de Hermandades y Cofradías de la Diócesis de Salamanca, que constituyen un marco referencial, que muchos echábamos de menos, más que necesario para cofradías y cofrades. En definitiva, se han abierto muchas ventanas en el Colegio de Calatrava y aires renovadores están metiéndose en salas y despachos.

También están cambiando las cosas en la Delegación Diocesana de Apostolado Laical (¡hasta su nombre!) y es algo que muchos agradecemos por verla necesaria desde hace tiempo. Pero las cosas no deben quedarse ahí, en papeles que, apenas sientan una bruma, queden mojados e inservibles. Por eso, a través de la Coordinadora Diocesana de Cofradías, los cofrades pensamos que, incluso sin haberse aprobado estas normas que habrán de regirnos, necesitamos un enlace visible, una cara cercana y conocida por todos, mediante el cual sentirnos aún más parte de la Iglesia diocesana.

Son ya bastantes los años que, si no de forma sí de facto, no tenemos ese responsable diocesano, llámese delegado de cofradías o sacerdote consiliario general de las cofradías (que así es nombrado en las nuevas normas), que forma parte imprescindible del nudo que nos ata a nuestra diócesis en su forma más oficial. Alguien que cuente con el respeto y cariño de ambas partes y sirva para cumplir esa misión que todos sabemos es imprescindible, aunque hayamos prescindido de ella mucho más tiempo del conveniente. Todos necesitamos de ese canal que haga fluidas las relaciones de los cofrades con la administración diocesana y, al mismo tiempo y mucho más importante a mi parecer, sea la pieza del engranaje que haga moverse con precisión y sencillez a las cofradías en cuanto de verdad interesa, más allá de procesiones y cultos externos, en el camino evangélico de nuestra Iglesia. Alguien que vea a las cofradías con la mirada limpia de unos prejuicios más viejos que las propias cofradías y a quien las cofradías y cofrades sepan acercarse sin pudor, con cariño y confianza, sabiendo que ese hombre de Dios es uno más de nosotros, uno de los nuestros.

Aprovechemos, uso el plural mayestático suplantando al ordinario, esta vorágine renovadora diocesana para, más allá de normativas y reglamentos, estructurar esa parte que afecta a la religiosidad popular, a veces tan descuidada o denostada, y darles a los cofrades ese consiliario diocesano que tanto necesitan –quizá sin saberlo–, en el que muchos piensan –y pensamos–, sabedores de que seguro estará iluminado por la mano del Señor en su misión y dejemos que las cofradías se integren completamente en la vida diocesana sin recelos ni desconfianzas, que, por pocos que sean los que pisen este camino, seguro que alegrarán a más de uno y, sobre todo, alegrarán a la Iglesia.

Cubramos las necesidades de nuestras cofradías sin tener que esperar a la aprobación de unas normas que, ciertamente, ayudarán a quien sea nuestro consiliario, pero que carecerían de sentido si este no estuviese ya designado. Solo hay que dar el paso.


miércoles, 20 de febrero de 2019

Xuasús González

Prolegómenos de la procesión del Cristo del Amor y la Paz en la iglesia nueva del Arrabal | Foto: Alfonso Barco

20 de febrero de 2019

Aunque, afortunadamente, siempre hay excepciones –y seguro que a cada uno de nosotros se nos ocurren algunas–, no hay duda de que lo más habitual es que un cofrade –digamos el cofrade tipo–, el día de la procesión, llegue a la hora que le han citado, salude a sus conocidos, ocupe el lugar que le corresponde en el cortejo, participe en dicha procesión, se despida y se vaya. Y el año que viene, más… O, con suerte, puede que se deje ver también en algún que otro acto de cuantos se celebran a lo largo del año.

Sin contar a los miembros de las juntas de gobierno –solo faltaría–, tanto da que ese cofrade tipo sea hermano de carga, que vaya en la fila o que lleve un incensario, el estandarte o la cruz de guía… Y ni siquiera importa si esta va a ser su primera Semana Santa, o si forma parte de la cofradía desde hace décadas. Pero el caso es que probablemente no se dé cuenta siquiera de que, aunque él llegue a mesa puesta, hay una importantísima labor que se ha tenido que llevar a cabo que le permita realizar esa rutina anual a la que nos referíamos antes.

Y es que, de vez en cuando, no está de más recordar que una procesión no se prepara sola… Si los pasos están listos, si las imágenes se colocan en ellos, si la cruz de guía o el estandarte están en su sitio, si todo está limpio y, así, un largo etcétera, es porque alguien se ha ocupado de ello, aunque muchas veces sea una labor que pase desapercibida. Y lo mismo que en la procesión –aunque es aquí donde resulta más evidente– ocurre también en cualquiera de los actos que se organizan e, incluso, en el día a día.

Justo es poner en valor ese trabajo tan importante e invisible del grupo de gente que se encarga del montaje –y desmontaje, claro–, de los que están siempre al pie del cañón y de los que echan una mano de vez en cuando; una labor que resulta imprescindible para que la Semana Santa –y, en general, la vida de las cofradías– sea una realidad año tras año.

Su dedicación es innegable. E impagable. Y, desde luego, ni que decir tiene que es tan solo su implicación en las cofradías –que, con toda seguridad, está íntimamente relacionada con su personal devoción– lo que les lleva a encargarse de estas tareas que realizan de forma totalmente voluntaria y altruista. Y con gran entusiasmo, dicho sea de paso.

Su trabajo empieza tiempo antes de Semana Santa –si es que se puede decir que termina en algún momento– e invierten en él muchas –muchas– horas de su vida que bien podrían estar dedicando a otros asuntos, robándoles tiempo, sin ir más lejos, a su familia y a sus amigos.

El montaje conlleva muy buenos momentos, pero también acarrea disgustos y malos ratos porque, además, es de esos quehaceres que si se lleva a cabo como es debido, generalmente no se nota y nadie suele decir nada; pero que, ante el más mínimo error, lo fácil es cuestionarlo y criticarlo a las primeras de cambio.

La labor de toda esa gente que se dedica al montaje y desmontaje bien merece un reconocimiento. Y no se trata de hacerles una escultura en mármol; con un simple “gracias” es más que suficiente. Gracias, en definitiva, por hacer que todo esté listo… cuando lo tiene que estar.


lunes, 18 de febrero de 2019

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