viernes, 28 de febrero de 2020

martes, 25 de febrero de 2020

Tomás González Blázquez

Últimas estaciones del viacrucis de Bercianos de Aliste, en la provincia de Zamora | Foto: TGB

26 de febrero de 2020

Como un mapa sobre el que orientarte en la soledad, en el frío del alma, en el páramo de las sensaciones huecas. Acogedora, bellísima, transparente, verdadera. Más que un rito, más que una costumbre, más que una fiesta: una cita indeclinable con tu propia conciencia. 

Dibujaba Ignacio Camacho la Semana Santa como auténtico paisaje de la conciencia en su columna de ABC el 13 de abril de 2017, Jueves Santo. De sus palabras arranco hoy un brote verde de morada Cuaresma que me parece ver asomar por entre las grises losas, junto a la carretera, a la vera del cementerio, allí donde se acaba el Calvario de Bercianos de Aliste para que empiece un nuevo ciclo pascual marcado en las frentes humildes y en las altivas con el mismo y justo signo de la gris ceniza. La sincera confesión de Camacho, agarrado a un escenario memorial y fiado al paréntesis de esperanza de las horas culminantes de la Pasión, la hago propia al sentir, como cada año cuando faltan cuarenta días para el Domingo de Ramos, que se pone a mi lado un hombre, Jesús de Nazaret, y con él su destino, la ciudad de Jerusalén, a la que sube con una cruz al hombro en la que carga la mía, siete palabras de amor por decirme y setenta veces siete ocasiones para perdonarme.

En el paisaje de la conciencia, tierra santa de cada hombre, inviolable pero tantas veces violentada, la Cuaresma logra germinar semillas que únicamente percibe quien es capaz de ver en lo escondido. Basta su premio. Sobra cualquier otro laurel humano, cualquiera otra medalla con cordón dorado, cualquier otro elogio. Sobran también estas palabras, que nada añaden, pero si las firmo con temblor es porque sueño, y propongo, y reclamo una Cuaresma nueva y capaz de comprometer a cada cofrade al lado de ese hombre, Jesús, y orientarlo hacia ese destino, Jerusalén, y con ellos las cruces superpuestas, y las palabras pendientes que sí son imprescindibles, y los perdones necesarios que sí son inaplazables.

No faltará un desierto en el que mirar al mal a los ojos, sin bajarle la mirada, sin ignorarlo, sin minusvalorarlo, sin dudar de su existencia. Si tuvo que haber cruz, si fue tan alto el precio, la sangre del mismo Hijo de Dios, que haya desierto y hambre, que haya tentación y libertad, que sintamos como una hora de Getsemaní donde nos parezca que todos duermen a nuestro lado sin olvidar que Él nunca duerme, que ve en lo escondido del sueño, y en lo secreto de la noche, y en lo indescriptible de la soledad…

No faltará un Tabor en el que creernos a salvo, completos, inmejorables, felices… para que volvamos a mirar luego a la cruz con otros ojos más sabios, más llenos, más limpios, más santos. Nos confunden las ansias y perdemos el rumbo hacia la estación de destino, pero es mejor así. Ha tenido que ser así. Ha querido Dios que así sea. Llegar al Gólgota transfigurada nuestra voluntad y con vestidura blanca, abierta la mente a comprender lo incomprensible pero sólo si la cruz nos lo explica y nos lo adentra en el alma con razones de amor extremo.

No faltarán una samaritana que siempre imaginé bellísima pero aún más hermosa al estar sedienta de verdad, ni un ciego de nacimiento ávido de desconocida luz, ni un amigo muy llorado deseoso de vida. Aunque abunden los maridos y sean excusa para murmurar, proliferen los fariseos chismorreando sobre los pecados ajenos, y ya huela el sepulcro porque es el cuarto día, todavía habrá diálogo franco y agua infinita que calma toda sed como la revelada en Siquem, y aún romperá la sombra del viejo sábado una luz como la alumbrada cerca de la piscina de Siloé, a partir del barro siempre creador y recreador. Entonces, precisamente entonces, latirá con fuerza la vida resucitada en el cuerpo, ya libre de vendas, de Lázaro en Betania, donde las lágrimas de Jesús fueron la penúltima parada de su camino. Entonces, ahora, es otra vez Cuaresma, la cita indeclinable con tu propia conciencia, la subida hasta Jerusalén en pos de un hombre que no se cansa de esperarnos.


lunes, 24 de febrero de 2020

Luis Romo

El Cristo de la Buena Muerte recorre el claustro de los Dominicos en el inicio de la Cuaresma | Foto: Alejandro López

24 de febrero de 2020

"Conviértete y cree en el evangelio", resuena por toda mi cabeza.

El miércoles, en todas las eucaristías que se celebren en cada pueblo y en cada ciudad, el sacerdote pronunciará estas mismas palabras sobre cada uno de los fieles que reciban la ceniza sobre su frente.

Durante estos cuarenta días recurriremos a la conversión, a la limosna y al ayuno para redimirnos ante Nuestro Señor de todos nuestros pecados, cometidos ante las imperfecciones y los vicios que nos caracterizan como seres humanos. Esa conversión se producirá bajo el amparo del evangelio, guía de vida para los cristianos, tanto en los sentimientos como en la razón.

Y es aquí donde recae toda mi reflexión ante este día y sobre las palabras que siguen merodeando por mi cabeza. Comienza un nuevo camino con la mirada puesta en el próximo Domingo de Ramos. Cuarenta días en los que mostrarnos tal y como somos, convirtiendo nuestra mirada hacia el resto, pero sobre todo hacia nosotros mismos. Hacia esos con los que convivimos cada día y con los que compartimos inquietudes, vivencias y compañías. Dicen que no hay mejor manera de equivocarse que equivocándose haciendo caso a los sentimientos, de ahí mi titular sobre este artículo.

Viendo nuestra Semana Santa desde lejos, a unos cuatrocientos sesenta kilómetros de distancia, te das cuenta de la importancia y relevancia que llega a tener sobre nosotros. Personas que marcan ensayos en sus calendarios como motivo de vuelta a su ciudad, o que retiran hojas del calendario con la vista puesta en cultos y desfiles penitenciales, o familias que viajan de vuelta para rezar, llorando en cada calle de Salamanca, con el corazón envuelto en cada representación de la Pasión de Nuestro Señor. Hijos de nuestra tierra que, al verla lejana, recurren a ella con motivo de su anhelo y nostalgia, de lo que tuvieron al lado y necesitan recuperar cada año, para seguir siendo ellos mismos.

Y por ello estamos obligados a enamorarnos de nosotros mismos. A enamorarnos de cada hermano y de cada hermandad, a enamorarnos de cada sombra y de cada desfile, de cada culto y de cada imagen, de cada monumento y de cada hábito. A enamorarnos de nuestra fe, de nuestras creencias. A enamorarnos de nuestra tradición. Y será entonces, cuando enamorados de lo que somos, luchemos unidos en el amor, para después así presumir sin complejos de lo que seremos, de lo que fueron nuestros antepasados y de lo que, ojalá, sean las generaciones que están por venir.

Porque si no nos enamoramos nosotros de lo que es verdaderamente nuestro… ¿quién lo hará en nuestra ausencia? Enamorémonos de lo que nos acompaña durante trescientos días al año, y enamorémonos de verdad, de esa verdad que nos impida dejar a un lado a nuestro amor en estos cuarenta días, por el amor hacia lo impropio, que llena el corazón de otros.

Un amor que sea nuestro y luego del resto, y no que sea ajeno, y lo hagamos propio.


viernes, 21 de febrero de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

Exposición Semana Santa de Castilla y León en Madrid | Foto: J.A.C.

21 de febrero de 2020

Hace unos días observaba el cartel de nuestra Semana Santa con esa foto impresionante de Manuel López Martín, el cual es muy posible que, por su técnica depurada, siga uniendo su nombre en años venideros a ese pódium de los elegidos.

A lo que iba. Comparando ese cartel con el de Zamora, rápidamente caí en la cuenta de que entre ambos hay un matiz que marca cierto contraste. No se trata de si es mejor el de la ciudad del Duero o el que va a empapelar los escaparates de Salamanca. Lo que sobresale entre ambos es que mientras en el nuestro la marca de Interés Turístico Internacional sobresale en letra de gran tamaño, el de Zamora minimiza tal referencia, tratando seguramente de alejarse de un galardón devaluado, al asignarse a ciudades que no lo habrían conseguido nunca, si la susodicha designación se concediese de forma aséptica y rigurosa. Y es que tal asunto huele a casquería política de la de andar por casa.

Esta observación valdría para un debate serio si en el mismo fuésemos capaces de analizar la importancia que tiene ese calificativo, más allá del hecho religioso, y comprobar cómo tal denominación es un pasaporte ficticio para creer lo que a lo mejor no se tiene.

Pero metidos en fotografías, es bueno recordar que otra vez un cartelón, que anunciaba en la calle la muestra fotográfica de la Semana Santa de Castilla y León en Madrid, recogía en gran tamaño una instantánea de una cofradía salmantina. La Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz ha vuelto a dar la nota, no solo con ese cartel, sino con las magníficas fotos de Manuel López Martín, (mencionado al principio de estas letras) que se exponían en el interior de la muestra. Una de ellas por cierto premiada con todo merecimiento.

Escuché, varias veces, cómo gente de otras cofradías, en voz alta y sin ruborizarse, decían aquello de que la hermandad blanquecina del otro lado del Tormes tenía clarísimas prebendas con los jurados que eligen la foto del cartel de Salamanca. Estas cosas se suelen soltar sin tener en cuenta que la estética de esa hermandad atrae a los fotógrafos más reconocidos. Algunos de ellos han manifestado que encuentran en ese recorrido, único, una luz especial, que enfarolada condiciona el blanquecino andar de los cofrades arrabaleños.

El caso es que la citada hermandad, la vemos una y otra vez en esas selecciones de fotografías para carteles que llevan a cabo gente ajena a Salamanca, cuando eligen el cartel que ha de representar a toda Semana Santa de Castilla y León. La hermosura artística que brota de la procesión trastormesina condiciona una estética incomparable, que en algunos casos es más apreciada fuera de nuestras fronteras provinciales que en el propio terruño. Pero como decía Lucas Verdú, los salmantinos somos muy propios en eso de andar metidos en bandos y bandurrias…


miércoles, 19 de febrero de 2020

Félix Torres

Faroles de mano de la Hermandad del Amor y de la Paz dispuestos para la procesión | Fotografía: Alfonso Barco

19 de febrero de 2020

Recuerdo esa anécdota (posiblemente apócrifa en alguno de sus aspectos) en la que aquél catedrático de Botánica que tuve le comentaba airado a otro compañero en el descanso de unas pruebas de oposición, cómo había preguntado a un alumno sobre las flacourtiáceas en el examen oral, y cómo el alumno contestó insolente que no tenía ni idea de qué era aquello. Al darse la vuelta mi catedrático para atender otros asuntos, el compañero de conversación dijo, dirigiéndose a un tercero: –¿y quién puñetas sabe qué son las flacourtiáceas?–.

Ciertamente, mi catedrático sabía de qué hablaba, por lo que poco se le puede achacar más allá de la soberbia de sentirse superior por saber algo desconocido para los otros.

Pero también recuerdo a aquél primo lejano por parte de madre, quien tuvo su época de gloria en tertulias televisivas y radiofónicas, en las que habló de todo, divino y humano, con la osadía del ignorante que se ve por encima de la media. Es decir, de quien desprecia a los demás, no sé si inconscientemente, por creerlos más ignorantes que él. Este modelo de comportamiento, en el que el protagonista se cree más inteligente de lo que en realidad es pero que carece de las herramientas que le permiten reconocer su propia incompetencia (otros lo llaman soberbia), es muy común en nuestra sociedad, lo vemos con frecuencia en gentes cercanas y recibe el nombre de "efecto Dunning-Kruger" para quienes hacen ostentación del mismo.

Ciertamente, la mayoría nos consideramos gentes normales. Hay temas que dominamos y otros, la mayoría, de los que apenas tenemos idea y, en estos casos, procuramos mantener la boca cerrada y los oídos abiertos, poner toda la atención e intentar ampliar información y cultura. Pero hay quienes, incapaces de mantenerse al margen, se atreven a pontificar de los temas que dominamos delante de nuestras narices. Y es entonces, cuando hablan de lo que conocemos, cuando no podemos evitar el retorcimiento de las vísceras, desesperándonos al escuchar tantas barbaridades en comentarios hechos plenos de seguridad.

Son más frecuentes de lo que pudiera parecer a primera vista, quienes con ánimo de sentirse válidos –o más válidos– se hacen pasar por tuertos en el país de los ignorantes ciegos. Y, en su osadía, son capaces de hablar de lo que desconocen con la seguridad del experto, incluso en presencia de auténticos especialistas, sin dar su brazo a torcer si se les enmienda la plana… razonadamente. Quienes, en su afán de destacar, avanzan imprudentemente dejando muestra de su osadía a cada paso, pavoneándose de inteligentes.

Los peores son, sin duda, quienes conscientes de su ignorancia, aprovechan su capacidad de engaño para vender su producto, convertirse en santones y lucrarse a costa de sus seguidores, felizmente estafados. Sectas, vendedores de humo, sanadores o gurúes espirituales nos rodean y acechan. Esos que lo mismo te hablan de la epíclesis que de la encarnación del Verbo, sabedores de tu desconocimiento en el tema que interesa.

Y en la Semana Santa, nacional y salmantina, de esos que saben de liturgia más que un presbítero, de reglas más que un canonista, de ornamentos más que un diácono, de historia más que un docto o de tradición más que un anciano, de tanto y tanto como se puede saber, de esos los hay y además, les dejamos vía expedita para que "iluminen" nuestro ignorante camino.

Menos mal que también hay quienes se preocupan de cultivarse, sea de manera reglada o autodidacta, para poder ascender en aquella escala que les preocupa, laboral, cultural o social, y se hacen merecedores de la alabanza y la admiración de quienes no nos preocupamos de ir más allá que de leer los titulares de la poca prensa digna de tal nombre que nos va quedando.

Por eso, se hace imprescindible que esos cursos de formación, pastoral y cofrade, que diseñan las diferentes diócesis –también la nuestra–, sean completos en cuantos apartados sea necesario para formar convenientemente a quienes quieran dejar a un lado la ignorancia, entrar en la esfera del conocimiento y, finalmente, poder desenmascarar a esos santones de inmaculada sotana.

Y así, sabedores de que tras la epíclesis viene la anamnesis, sepan estar prontos para recordar cuanto aprendieron y que no se la den con queso.


Álex J. García Montero

La Piedad, a su paso por la Plaza Mayor en la mañana del Viernes Santo | Foto: Pablo de la Peña

17 de febrero de 2020

Cuando este artículo atisbe el portón digital de chiqueros, la campana gorda de la catedral de Ciudad Rodrigo habrá convocado a los encierros del frío, a la celebración de las carnestolendas más taurinas del universo mundo.

Serán días de encuentros, fríos, almuerzos de farinato y huevos, ágora empalizada y cuernos, muchos cuernos.

Porque a ningún mirobrigense se le ocurriría trocar el Carnaval del Toro por algo que no fuera dicha celebración. En ella, hasta podríamos quitar las calles, las talanqueras, la propia plaza, por supuesto el disfraz (no hay mejor atavío que un pantalón viejo, marianos bien subidos, sudadera roída y pañuelo o braga polar), pero el toro no. El toro, nunca. La sombra de las navajas acunadas en los dinteles de la Puerta del Sol han de ser goznes del terror y esencia de la fiesta.

Hace tiempo que, en un pueblo de la Sierra de Madrid, de nombre Mataelpino, decidieron, por mor de circunstancias, terminar con los encierros de toros y travestirlos en despeñe de una bola grande sintética. De este modo, lograron, además de agilizar los permisos pertinentes, abaratar seguros y contrataciones, realizar un encierro a su manera. Una especie de pin ball con sus munícipes y síndicos al frente. Visto en lo que se han convertido algunas ferias taurinas, he de reconocer mayor peligro a una bola calva que a cualquier cornúpeta afeitado, pues son cencierros, encierros de cencerros.

Hete aquí que tras las últimas nuevas (cada vez más viejas) de nuestra Semana Santa, hemos logrado realizar encierros de bolas de billar (por eso de quienes los pensaron, y más quienes los promovieron y autorizaron, o autorizaron y promovieron no sé en qué orden) con el infame fin de quitar al rey de la fiesta. Que hay que realizar una hermandad a costal, se hace. Que hay que eliminar a la hermandad que había maridado perfectamente (como Ciudad Rodrigo hace del antruejo y el toro) centro, sur y norte, con un inconfundible sello charro, se hace. Que hay que ofrecer el Banco de España, digo, perdón la Catedral, como sede a todo quisque, pues se hace; que para eso ya se vacían los templos o se convierten en museos del ateísmo. Que hay que hacer coincidir chicotás con silencios en las vísperas del Domingo de Ramos, se hace. Puestos a imitar a mi paisano (de nacencia) Urkullu, podían haber realizado elecciones a Prior, Cabildo Catedralicio o a Consejo Diocesano de algo, el Domingo de Palmas. También por mor de la "galleguidad feijooiana" son muchos los que han amagado y no dado para seguir igual.

Y oye, cualquiera se queja de que la bola no tiene cuernos. Porque le dirán que para qué se mete en camisas de once varas. Que lo del encierro de bola ha sido un éxito turístico. Que además reporta ingentes beneficios a la localidad. Que es pintoresco. Que ahora todo es mucho más sencillo. Que se han comprometido a estar en casa a las diez (veremos si son niños buenos de papá, o adolescentes rebeldes que arañan tiempos y fugas). Que, además, aunque el Jueves Santo es el día de la Sagrada Cena y primera Eucaristía, ya se sabe que litúrgicamente los católicos vamos a misa los domingos o las vísperas de estos, y por ello, podría la Santa Veracruz, sacar su nuevo ángel con el Doctrinos en Pascua y realizar su estación de penitencia pascual el Lunes Santo. Total, el sentido común está para pasárselo por las entrañas concupiscientes, pues en San Martín no se paga y en la seo, sí. Que es mejor llenar las andorbas que alimentar las almas.

Pero, travistiendo que es gerundio, lo que la gente de la urbe no sabe, es que una vez que el toro agoniza, no vuelve. Las dehesas desaparecen, y la encina y el alcornoque retuercen los últimos escorzos de sus leños antes de emitir sus gemidos mortales, esperando puntilla. Y que, aunque pensemos que las bolas son inocuas, cuando desde palacio se mira a otro lado, o se permite su alumbramiento, cuando menos te lo esperas, tienes sustos y heridos. Pues en ese pueblo (no recuerdo si Mataelpino o "Jodeltoro"), ha habido numerosos percances con el encierro del bolón de los escrotos sin crotales; alguno de ellos grave.

Estamos quitando la seriedad de nuestras procesiones por coreografías cómicas que devengarán en tragedias. La tauromaquia, si no quiere devenir en tragedia, debiera mantener su esencia trágica.

¿Alguien se imagina que en Miróbriga cambiaran el toro por cencierros de bolas y chirigotas? ¿Que el farinato con huevos trocara en puntillas rebozadas y manzanilla? ¿Que el Toro del Aguardiente fuera el Astado del Fino la Ina?

Porque, como dijo el poeta, en la fiesta de los toros se muere de verdad. El albero es patíbulo cada tarde y, aunque sea de vez en cuando, de cuando en vez el diestro la palma. En la Semana Santa, también muere Dios. Nosotros estamos, como "Próculas" del siglo XXI, tratando de que Pilato indulte un buey bien acencerrado y debidamente castrado para cargarnos esta celebración cristiana sin parangón. ¿Habrá bolas bajo los birretes, solideos o hábitos para no hacerlo?


jueves, 13 de febrero de 2020

Paco Gómez


14 de febrero de 2020

—Me pregunto –dijo Guillermo–, por qué rechazáis tanto la idea de que Jesús pudiera haber reído. Creo que, como los baños, la risa es una buena medicina para curar los humores y otras afecciones del cuerpo, sobre todo la melancolía. 
(El nombre de la rosa: Segundo día, tercia. Umberto Eco)

La Semana Santa es, por definición, periodo introspectivo, tiempo de reflexionar: momento de gravedad como pocos. Nos sobrecoge el silencio y la austeridad de algunas de las tradiciones, nos sobrecoge la expansión penitencial de otras formas de vivir intensamente la pasión de Jesús antes de celebrar su resurrección. Sí pero, ¿y la risa? ¿Cabe el humor entre la comunidad más estrechamente vinculada a las celebraciones semanasanteras?

Ya que hemos comenzado este artículo recordando ese crucial pasaje de la más famosa novela de Umberto Eco, convendría decir que, mal que le pese al venerable Jorge de la novela, con Aristóteles o sin él, sobre la risa se han escrito multitud de tratados a lo largo de los siglos que han coincidido en que esta risa, lo que hoy llamaríamos humor, es sin duda una de las cualidades más específicamente humanas.

Así que si reír nos hace personas, el conjunto de vivencias que encierra una de las experiencias más sobrecogedoras de la historia, la del Dios que se hace hombre, a la fuerza ha de poder incluir la risa.

Una aseveración en la que, por supuesto, desempeña un papel fundamental el contexto, ya que no es lo mismo pretender tomarse con humor una celebración solemne o "sacar punta" en otro momento y circunstancia a algunas de las muchas realidades que conforman el mundo cofrade.

Podría destacarse, no obstante, que aunque hoy nos pueda resultar un poco extraño, el humor, cuando no abiertamente lo irreverente, lo malvado, la mala baba, ha estado presente en las realizaciones arquitectónicas y artísticas de carácter sacro a lo largo de los siglos. Sirva pensar en esos canecillos que nos sacan la lengua, que nos enseñan grotescamente partes de su anatomía; en la decoración de algunas armaduras medievales llenas de sátira hacia el propio clero (¿han visto la techumbre mudéjar de Las Claras?); o, por supuesto, en las sillerías de los coros catedralicios (insuperable en su retorcida imaginación la de Rodrigo Alemán en Ciudad Rodrigo).

Incluso hay quien se ha tomado su martirio a risa. "Manduca, iam coctum est" (come, ya está cocinado) recoge el propio Eco que dijo san Lorenzo a sus verdugos en la propia parrilla (en España la tradición le da una vuelta más al humor, ya abiertamente negro, añadiendo el "versa et manduca", algo así como dale la vuelta que de este lado ya estoy hecho y cómeme).

Sin llegar a esos extremos, no hay que ocultar que el rico mundo cofrade se presta, exactamente igual que cualquier otro hecho humano, al prisma humorístico. Sin duda, uno de los grandes éxitos hasta el momento ha sido El Palermasso, la serie de sketchs protagonizada por Antonio Garrido que desde la cuaresma de 2016 ofrece situaciones ciertamente desternillantes abordando la idiosincrasia de la Semana Santa sevillana.

Curiosamente, desde Salamanca han surgido también algunas iniciativas que sin perder la mirada de aquí, hacen humor sobre lo que ocurre allí. Es el caso de la serie de cómics Manolín, el niño costalero, un tierno chaval dibujado por Vicen Martín que en vez de años cumple cuaresmas y que sueña con ser un día un costalero con todas las de la ley.

También ha surgido recientemente Capataces, una serie en Youtube con Jes Martin’s y Toni Rivero como protagonistas sobre las vicisitudes de una pareja de capataces de paso. Unos ejemplos entre otros muchos posibles que es posible la risa cofrade con buen gusto y que el humor no desconoce de ninguna realidad. Eso sí, sin olvidar que hay un tiempo para todo.


miércoles, 12 de febrero de 2020

Pedro Martín

Representantes de diversas cofradías participan en el vía crucis de la Junta de Semana Santa del pasado año 

12 de febrero de 2020

A un par de semanas tan solo de dar el pistoletazo de salida a la cuaresma y con ella la vorágine de actos, cultos, conciertos, encuentros y demás eventos cofrades de todo tipo, me pregunto de nuevo, y ya van unos cuantos años, si sería posible un poquito más de organización, una cierta planificación conjunta que no sé muy bien a quién puede o podría corresponder liderarla en nuestro mundo cofrade.

Tenemos actos y cultos propios de cada cofradía, otros de la Junta de Semana Santa, y algunos diocesanos que también se deberían de tener en cuenta. ¿Cuál es más importante? Evidentemente depende de para quién, para gustos los colores, pero sin duda deberíamos de darle la máxima importancia a los actos cultuales, en detrimento de otro tipo de actos o manifestaciones artísticas (ay, Dios mío, lo que nos gusta un concierto).

Pero si nos centramos en los cultos, aunque no sean los actos con más afluencia, ni siquiera de hermanos, lanzo la pregunta que tantas veces ha formulado nuestro presidente semanasantero José Adrián Cornejo: ¿sería posible ver en un acto –de culto– a todos los hermanos mayores juntos? Y digo esto desde mi experiencia de ocho años en esas responsabilidades. Las invitaciones para asistir a las fiestas principales, y no tan principales, de todas las cofradías son numerosas y muchas coincidentes en día y hasta en hora. Además, casi todas se concentran en la cuaresma. Como se comprende, resulta de todo punto imposible acudir a todos los eventos y si tenemos en cuenta que muchas cofradías multiplican los cultos con cada una de sus imágenes titulares, imagínense el calendario.

Siempre propuse, y en ocasiones se habló en el pleno, organizar un calendario de fiestas principales, una por cofradía, de tal modo que adecuadamente repartidas en el año, nos permitiera acudir a todos los hermanos mayores, en representación de nuestros hermanos, a los cultos de las cofradías hermanas y hacer la "foto" que, creo, que todavía no ha podido conseguir Cornejo, con toda la nómina de mandamases (o al menos la mayoría).

Queridos hermanos mayores y presidentes que ostentáis el cargo actualmente, atentos a los correos electrónicos e incluso todavía al buzón tradicional, pues llegarán un buen número de invitaciones a todo tipo de actos, que no podréis atender con total seguridad en su inmensa mayoría, así como tampoco podrán corresponderos a la casi segura invitación por vuestra parte.

Y cómo podríamos solucionarlo, pues con algo más de organización, sin pisarnos en actos y sobre todo en cultos, respetando, al menos, la fiesta principal que cada uno marque en consonancia con sus estatutos y en buena sintonía con los demás para poder acudir, si no todos la mayor parte, a celebrar que somos cofrades cristianos y que damos testimonio juntos, ante Jesús y/o María, da igual su advocación.

Organización, hermanos, organización.


lunes, 10 de febrero de 2020

Andrés Alén



10 de febrero de 2020

Este es el tiempo pre-cuaresmal de empezar a afinar tambores y trompetería, parches y claves, igualar costaleros sin más examen que la estatura de sus vertebras, repasar listados de cofrades y cofradas, precipitar todo lo que se dejó pendiente en las últimas asambleas… Sí: toda esa agitación que producen los nervios de un ensayo general…, y es que dentro de "ná", actuamos. Es sano este desquicio, natural y periódico; llega lo que tanto se desea, ese tiempo en el que yo también voy a ser protagonista, discreto y anónimo porque voy tapado, pero importante pues despertaré un inusitado interés internacional, turístico al menos... Por todo ello es claro que en este tiempo postrimero de gestación puedan aparecer fenómenos inauditos, como el crecimiento del cráneo en forma de cono y hacia arriba para no tener que usar relleno ni macho en el capuchón. O que se empiece a hablar en esa jerga, casi siempre importada que nos distingue a los que somos de los que no lo son: priostes, acólitos, bacalao, insignia, llamador, marcha, candelaria, túnica de cola, guardabrisas, exorno floral, hasta turiferario con toda la fumarada que levanta el latinajo, por no seguir con el real diccionario capillita para la ocasión.

O antes se hablaba menos y con escaso glosario, o era nuestro bajo acervo cultural semanasantero el que ni siquiera nos permitía conocer los días de salida de las cofradías sevillanas, ni distinguir con claridad sus vírgenes, sus palios y advocaciones. El caso es que yo no creo haber oído nunca, en aquel entonces de Maricastaña, nombrar, a los Cristos o Dolorosas de mi cofradía como nuestros Sagrados Titulares. ¡Dios mío!, ¿a quién habrán dejado en el banquillo? Claro que por aquellos históricos inmemoriales, casi nadie disponía de casas de hermandad seglares donde tan bien se ejercen cátedras y se inventa y se copia y se ven vídeos por la tele. Nos veíamos en la sede, que era la iglesia, pocas veces, en el cabildo si acaso y en procesión los que no faltaban. Precario, que esto de aquí nunca fue lo más. El caso es que no tener casa y solo iglesia te da cierta sensación de pertenencia, que a más de las imágenes (de imago, imitación, copia, émulo y que siguiendo a Platón se puede extender a todo lo que vemos, que no sería más que una imitación de lo que no podemos ver), para un creyente allí dentro hay una encarnación del Cristo en pan al que llamamos Santísimo y que posterga a otro plano de lo sagrado a todo lo demás. (Ya se anuncia a propósito, la próxima entrega en esta sala de "La epíclesis" por el Dr. D. Félix Torres González, siempre motivo de inspiración del Espíritu o de las musas).

Creo necesaria la oferta diocesana de preparación y acercamiento a la religiosidad, quizá no tan popular pero sí más cristiana, y ahondar en el misterio de la Pasión y la celebración de la penitencia, ya no como castigo, sino como arrepentimiento o constatación de eso que nos falta, que nos ayudará a salir de esta renovados. No es mal camino.

Luego se pueden añadir todos los demás usos, tradiciones, revestimientos coloridos, blanco y negro, o luto riguroso, hasta la parafernalia comedida dentro siempre de los cánones de la estética, que aquí tantas veces se sobrepasan, o de la ética, que aquí ya no entro, que se sobreentienden.

Aparte podemos seguir jugando a procesiones. Encabezo precisamente con un juego de relativo, o menos, éxito, posiblemente antecesor de los Play-móviles, pero con más enjundia y más cañí, con el que ensayar revirás, levantás, agrupamientos de cofradía y hasta paso de mudá por si empieza a llover. Se pasa bien.


viernes, 7 de febrero de 2020

Roberto Haro

Hermanos de fila del Cristo de la Liberación discurren por la calle Libreros | Foto: Roberto Haro

07 de febrero de 2020

Se dice que una sociedad madura con el transcurrir de los años, al mismo tiempo que va avanzando y progresando junto al inevitable paso del tiempo. Y con ello podemos ver cómo nuestra Semana Santa se ha ido amoldando a una situación acorde con el momento social que vivimos.

Si echamos la vista diez años atrás y vemos a través de la bola del tiempo cómo eran las cofradías, sus procesiones, la forma de vestir, los acompañamientos musicales, adornos florales, etc., parecería que ha pasado mucho más de ese tiempo. En algunos casos es incluso loable el esfuerzo realizado por varias de nuestras hermandades para conservar y madurar las tradiciones frente al auge de las copias baratas de estilos que no son propios de este lugar.

Sí, han cambiado las cosas. Pero, ¿en todos los casos ese cambio ha sido para mejor? Hace apenas unos días comentaba en una tertulia cafetera con unos cofrades de la capital que, salvo contadas ocasiones, en las cofradías nos hemos metido en lo que ya parece denominarse la implosión de la involución cofrade, que desgraciadamente es la realidad que vivimos.

Algunas de nuestras hermandades han crecido en todos los sentidos que podamos imaginar dentro del ámbito de la Iglesia y del sentirse dentro de la misma. En ellas se puede comprobar que lo estético nada tiene que ver con lo que veíamos hace algunos años, siendo muy interesante comprobar cómo se van cuidando y corrigiendo los diferentes aspectos relacionados con la vida externa de la cofradía. Pero no solo eso, también han evolucionado en la vida interna, en lo espiritual; desde lo estético en el aspecto cultual, pasando por sus celebraciones hasta llegar a las preparaciones pastorales. Siempre teniendo como referencia a Cristo y a María, a los que veneramos por medio de las imágenes de nuestra hermandad como vehículo para comunicarnos con ellos. Nuestra razón de ser y la razón por la que entramos a formar parte de una hermandad. O mejor dicho, la razón que deberíamos tener para ello, porque en la mayoría de los casos… es mejor no comentar. Y si no, solo hay que oír los comentarios sobre el tan comentado curso cofrade que deben realizar ahora aquellos que quieran mandar más en una cofradía.

Por ello, es muy triste ver cómo en las hermandades hay cofrades que tienen a Cristo y María para lo que los conviene y cuando los conviene, como un adorno más, sin tenerlos presentes en cada momento y sin importar lo que significan para el cofrade y el cristiano. A ellos les importa mucho más cómo caminan sus imágenes, quién va de capataz, la agrupación que lleva, la marcha que va a petarlo… Y todo ello aderezado con el sectarismo que se impone al encerrarse en las casas de hermandad, peor que en una peña. Y si se ve entrar a alguien que no es del círculo cerrado se le mira de arriba abajo, se le hace una radiografía y, finalmente, se le rechaza porque para eso "ahora mandamos nosotros, no hace falta ayuda".

Luego nos extraña que estas cofradías lamenten que, en los cultos, actos o incluso procesiones, la asistencia de hermanos sea mínima, por no decir nula. Pero posteriormente sueltan lo de "Mi Cristo ni tocarlo". Y para aumentar el ego lo comentan casi de inmediato, cual postureo de famosillos con la moda de publicar las imágenes y vivencias con el dicho de "esta para el Instagram", para aparentar lo que no se es. Si se pararan a pensar solo un poquito se darían cuenta de que la realidad es totalmente distinta. ¿A qué vamos a los actos, cultos o procesiones?, ¿a realizar un momento de meditación, en rotundo anonimato, o a participar en las cabalgatas? A día de hoy no encuentro respuesta para ello.

Solo puedo llegar a entenderlo como una enfermedad que se vislumbra con la fiebre que entra los días que preceden a la Semana Santa en la que estamos a punto de entrar. Una enfermedad que brota por febrero y se marcha por abril, con un periodo de tratamiento de casi cuarenta días tras los cuales se deja el uniforme de medalla colgada al cuello sobre el chaleco o sudadera de tu hermandad y hasta el año que viene.


miércoles, 5 de febrero de 2020

F. Javier Blázquez



05 de febrero de 2020

Porque somos dueños del silencio y esclavos de nuestras palabras, prefiero quemar incienso en el pebetero de la columna febrerina. Así que en esta ocasión paso de los diretes y escribo sobre algo tan tópico y prosaico como el incienso, que salvo a los alérgicos no molestará a nadie.

Huele ya a incienso en nuestra diócesis. Será por lo poquito que falta para la cuaresma. Huele mucho a incienso y eso que todavía no se ha organizado una cata para juntas de gobierno y cuerpos de acólitos, aunque todo se andará, que en esto del friquismo cofrade la realidad supera a la imaginación. Lo mismo se tunean los costales que se invita a una copa a los participantes en eventos para diferenciar el aroma turífero. Lo de la copa queda muy bien, sobre todo porque da un toque mucho más refinado que la antigua bota de vino de los cargadores. Antaño era algo socializado y nadie le daba mayor importancia, hasta que los mandas que comenzaron a quitarse la sotana lo consideraron irrespetuoso. No sé si lo era, sinceramente. Lo castizo a veces resulta ordinario, pero si el aquinate para referirse a la gracia decía que "lo que se recibe se hace en la medida de quien lo recibe", con el respeto bien podría pasar algo parecido, que se falta en la medida del que quiere faltar. Todo depende del punto de vista. Por eso lo de la copa y la cata está bien como ensayo cuaresmero, que luego mola mucho discutir desde la acera, gintonic en mano, sobre las propiedades del Asunción de Cantillana o el Alma de Trinidad, que aunque a muchos se la refanfinfle y parezca lo contrario, no es lo mismo, palabra de Sanz.

Huele a incienso y no a azufre, pese a que las malas lenguas digan por ahí. Porque aunque un poquito sí que haya, se carga la cucharilla con palabras melifluas y un poco de Catedral (tipo de incienso, eh, que nadie saque punta donde la hay, que es verídico y se vende a 3,60 la bolsita de 40 gr) y el ambiente queda perfumado al paso del Señor, tapando efluvios insanos que una ciudad como la nuestra, tan culta y clerical y hasta pontificia, no se puede permitir. Los cabroncillos del incensario lo queman todo, bueno y malo. Algunos, como el monaguillo del Accidente de Benlliure, se chamuscan los dedos, o la mano que metieron donde no debían. O por quien no debían, que esto de manejar el incensario no es tan fácil como a primera vista parece. Sobre todo ahora, que con las catas de incienso hay tantas posibilidades para la naveta que uno acaba haciéndose la tonsura un lío.

El incienso lo tapa todo, bien sabían los peregrinos que arribaban a la tumba del apóstol. Ahora solo vemos en el botafumeiro un espectáculo, o una vaharada súper digna de arzobispo, o al menos de vicario, pero en sus orígenes tenía una función cuasi sanitaria, disimular el hedor del aire contaminado por el esfuerzo del camino. Los tiraboleiros, cada diócesis tiene los suyos, le dan un paquipallá y aquí no ha pasado nada. A respirar el aire bienoliente por el incienso, aunque nos traguemos las miasmas. Mientras no huela a podrido, como en Dinamarca, qué más da.

Por eso, como el estagirita, es mejor callar. El silencio resulta más elocuente que las palabras. Para qué hablar o escribir cuando no sirve ya de nada. Lo importante es que huela a incienso y tengamos catas para distinguir su extensa tipología. Mayormente por la copa con la que obsequian a los catadores, que ahí todos coincidimos.


domingo, 2 de febrero de 2020

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Procesión de las candelas ya en el interior de la iglesia de Fátima | Foto: Óscar García

03 de febrero de 2020

Este domingo pasado, dos de febrero, celebraba la Iglesia la fiesta de la Presentación de Nuestro Señor Jesucristo o, según su nombre tradicional, de la Purificación de la Santísima Virgen María, la Virgen de la Candelaria. Esta celebración, de gran devoción, cuenta con una particularidad litúrgica: la procesión con velas encendidas al comienzo de la Eucaristía. No son muchas las procesiones que aparecen recogidas en el texto del misal actual (en la forma extraordinaria hay alguna más y otras aparecen descritas en el Ritual Romano): Domingo de Ramos, Corpus Christi y esta de la Presentación (dejamos fuera las que pertenecen propiamente al desarrollo de la misa o de los oficios litúrgicos del Triduo Pascual). Por esta característica, las cofradías y hermandades deberíamos cuidarlas con especial cariño.

El origen de esta celebración no está claro. Desde antiguo hay una línea que sostiene que la procesión de luz es la cristianización de unos antiguos ritos paganos por parte de los sumos pontífices en Roma. No sería de extrañar que ante una procesión con antorchas para honrar las antiguas creencias, los papas hubieran optado por integrarla en una celebración cristiana y darle un nuevo sentido. Otros, por el contrario, recogen un origen jerosolimitano de la procesión de las velas, desde donde habría llegado a la ciudad eterna y a nuestra liturgia.

En cualquier caso, este rito recuerda la entrada de la Sagrada Familia en el templo de Jerusalén para cumplir los ritos que prescribía la ley de Moisés. Por una parte, los primogénitos judíos debían ser rescatados con una ofrenda en el templo, por otra, las mujeres debían realizar también la purificación tras haber dado a luz. El hecho aparece narrado en el Evangelio de Lucas (2,22-39). Al entrar en el recinto sagrado se encuentran con dos ancianos que estaban esperando la llegada del Mesías: la profetisa Ana y el anciano Simeón. Es este el que tomando en sus brazos al niño proclama el Nunc dimittis, un himno que da cuenta de cómo Dios ha cumplido la promesa que le había hecho. Este canto proclama a Jesús, luz para alumbrar a las naciones. Ese niño es la luz verdadera, la luz que vence nuestras tinieblas de pecado y de muerte. Por eso es tan hermoso el gesto de la procesión de las candelas: en medio del invierno, la luz de la salvación, que todos hemos recibido en el bautismo, ilumina nuestro caminar y el templo donde nos vamos a encontrar con el Señor mismo, como Ana y Simeón.

La procesión debería comenzar no en la misma iglesia a la que se vuelve, como estamos acostumbrados a hacer, sino que, en la medida de lo posible, se debería intentar realizar los ritos de la bendición de las candelas fuera de la iglesia en la que se va a celebrar la Eucaristía. El tránsito de un templo a otro tiene un sentido de peregrinación que es bueno mantener. Antes de comenzar la procesión, tiene lugar la bendición y distribución de las velas. Es muy interesante un cambio que ha tenido lugar al pasar de los siglos: en origen el color litúrgico de la bendición y procesión era el negro; después el morado. Tenía un sentido penitencial. Desde la reforma litúrgica de 1962 –y ya en la actual forma ordinaria–, el color litúrgico pasa a ser el blanco, como en la misa subsiguiente, marcando el tono festivo de la celebración del día. Comenzada la procesión, el misal nos propone cantar dos antífonas de acuerdo con el sentido de la fiesta: las propias palabras del anciano Simeón con el pueblo respondiendo Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel; y un texto de san Juan Damasceno, uno de los pocos textos que la liturgia romana ha tomado de oriente. Con estos cantos, el pueblo y el sacerdote entran en la iglesia iluminándola con las candelas, del mismo modo en que Cristo, Hijo eterno del eterno Padre, Luz de Luz, iluminó el templo de Jerusalén al entrar en él. Para marcar más este significado, con anterioridad al siglo XVI, en algunas zonas, el sacerdote tomaba en sus manos una imagen del Niño Jesús en el momento de entrar en la iglesia. Terminada la procesión, la liturgia continúa con la celebración acostumbrada de la eucaristía. Antiguamente las rúbricas indicaban que las velas debían permanecer encendidas hasta la comunión.

Vemos cómo esta procesión tiene un sentido profundo ligado a la liturgia de ese día, la pone en valor y nos prepara para celebrar en ella. Y siendo así, cabría preguntarse, ¿en cuántas iglesias hemos celebrado la procesión de las candelas como es debido? Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es la tendencia que tenemos a sacarnos "signos" o "elementos" de la chistera e ignorar las propuestas que la liturgia y la tradición nos hacen. No estaría de más estudiar más a fondo los textos del misal y de los rituales para celebrar con la riqueza que la Iglesia a través de ellos nos ofrece, sin estar descubriendo la pólvora a cada paso, costumbre está muy de moda entre cierto clero formado en el postconcilio. Esperemos que la recuperación de la tradición por nuestras hermandades y cofradías nos lleve a valorar adecuadamente el patrimonio de fe y liturgia que hemos heredado.


viernes, 31 de enero de 2020

Ángel Benito

El Cristo de la Buena Muerte ante la Piedad frente a la Catedral | Manuel Barroso

31 de enero de 2020

La basílica será la protagonista indiscutible de la Semana Santa al sumar dos nuevas salidas desde el conjunto catedralicio

La Catedral de Salamanca será el corazón de la Semana Santa de este año. Lo que debía ser una obviedad, tendrá aún más sentido con las salidas de dos nuevas hermandades. La Cofradía de la Oración en el Huerto de los Olivos, debido a las obras en la iglesia del Carmen de Abajo, abrirá las puertas de la Catedral Vieja, excepcionalmente. Será la única hermandad que salga desde la parte antigua. La otra novedad la traerá la Archicofradía del Rosario con la sorprendente salida el Sábado de Pasión desde la Catedral Nueva. Ambas harán girar la mirada de nuevo a la Catedral como punto de reunión de las cofradías.

La basílica está restando protagonismo a la Plaza Mayor con las últimas decisiones de las cofradías. La decisión de muchas hermandades de realizar estación de penitencia en el interior (Vera Cruz, Hermandad de Amor y Paz y Jesús Rescatado) o tenerla de punto de salida para las cofradías que tienen como sede la Catedral  (Jesús Amigo de los Niños, Soledad, Yacente y Hermandad Dominicana) hace que sea el punto indiscutible de la Semana Santa para la mayor parte de las hermandades. Desde el Sábado de Pasión hasta el Domingo de Resurrección todas las cofradías de Salamanca pasarán junto al conjunto catedralicio, a excepción del Sábado Santo con la Hermandad del Silencio. El crecimiento de la basílica como punto de origen, destino o paso de las cofradías contrasta con la huida de la Plaza Mayor. El crecimiento de las terrazas en torno al monumento, los murmullos, los cruces hace que el paso por el ágora se haya convertido en un engorro más que en un disfrute. Tan solo la Hermandad de Jesús Despojado decidió el pasado año incorporar el ágora en su recorrido, mientras que las cofradías que optaban por evitarlo crecían. Ahí están el caso de la Real Cofradía del Cristo Yacente que tras retirar el paso por Las Isabeles ya no vio necesario el paso por el cuadrilátero imperfecto, o la Congregación de Jesús Rescatado, una de las más beligerantes contra la falta de silencio en la Plaza Mayor, y que lo sustituyó para garantizar mayor sobriedad en su desfile. También la Hermandad de Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis optó por retirarse del espacio.

El deán de la Catedral, Florentino Gutiérrez, ha realizado como piedra angular de su mandato que la basílica vuelva a ser un centro de referencia pastoral para todos los católicos salmantinos. Creo que se desaprovechó una oportunidad preciosa en el año 2013 con motivo del V Centenario de la Catedral Nueva de que todas las cofradías salmantinas entraran en la basílica para realizar estación de penitencia y recordar a la Catedral como madre y cuna de la Iglesia diocesana como sede del obispo. Con el paso del tiempo, las imágenes van girando la mirada hacia la Catedral. Quizás algún día el objetivo final sea clavar la rodilla ante el Santísimo como final de una peregrinación de penitencia y no la mejor sombra para ilustrar el cartel de la Semana Santa.


¿Qué buscas?

Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión