viernes, 18 de enero de 2019

martes, 15 de enero de 2019

José Fernando Santos Barrueco

Fray Romualdo en su última misa en España, en la capilla del convento de los franciscanos en Salamanca, en 2012 | Foto: JMFC

16 de enero de 2019

Con este calificativo titulaba fray Emilio Bárcena OFM, un artículo aparecido en la revista Tierra Santa, en el número de Enero-Febrero del 2016, con motivo del fallecimiento de fray Romualdo Fernández Ferreira OFM, responsable de la Custodia franciscana en Siria, hace hoy tres años y un mes. Pequeño de estatura, era, como inicia el artículo "un gran hombre de fe, de corazón e inteligencia…, lo primero que llamaba la atención era su sonrisa, su capacidad de acogida y su deseo de servir a la Custodia y a aquellos que le habían sido confiados". Acababa el artículo diciendo que "siempre cumplía sus objetivos y sobre todo, se hacía amar".

Las noticias que se vienen difundiendo sobre la necesidad de ayudas de todo tipo ante el movimiento de regreso a sus casas de familias cristianas  que se vieron obligadas a abandonar la desolada ciudad siria de Alepo, y la lectura del libro San Francisco de Asís. Historia y leyenda, escrito por el cardenal arzobispo emérito de Sevilla Carlos Amigo Vallejo, me han llevado a escribir estas líneas. Monseñor Amigo, franciscano y perteneciente a la misma provincia de fray Romualdo, sostiene que la práctica de la caridad cristiana no excluye la necesidad y exigencia de la justicia y el reconocimiento del destino universal de los bienes de este mundo, en aras de la dignidad de las personas más necesitadas, a las que asisten derechos y leyes justas, que deben ser el cimiento en el que se apoye dicha caridad. Apunta que en la impartición de la justicia no hay juez alguno que pueda obligar a querer a nadie, lo que solo puede venir desde esa caridad que nace del mandamiento nuevo de amor fraterno que nos dejó el Señor, una caridad sin ruidos ni alharacas y sin alfombras rojas. Solo así pueden hermanarse justicia y caridad en el acercamiento y acogida a los hermanos necesitados.

Esa es la fraternidad de san Francisco, y así actuaba nuestro fraile. Antes de la enfermedad que acabó con su vida, sufrió intensamente ante la persecución que padecieron los cristianos en aquéllas tierras con una fe irreductible, y la destrucción de un patrimonio al que dedicó buena parte de su trabajo en estudios y publicaciones. En sus escritos y charlas siempre buscó y exigió justicia clamando por la dignidad de las personas, al tiempo que practicaba la caridad, sin hacerse notar, en el contacto con los suyos. Por eso "se hacía amar" como apuntaba fray Emilio Bárcena en el mencionado artículo. Con esa discreción actuó en su última visita a España, muy afectado por el dolor que le producía la situación insostenible en  Siria. De una manera sencilla, sin alzar la voz ni imponer nada, nos dejó una semilla que acabó germinando y dando su fruto en la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad. Bastó un simple "no os olvidéis de aquella gente", al que siguió un "ya te llegará la inspiración", como respuesta a un gesto de ¿qué podemos hacer? Como un pequeño grano de mostaza, acorde con el tamaño de la naturaleza humana de fray Romualdo, ese mensaje lleno de amor, fe y esperanza, fue el germen de una obra de mayor envergadura, como correspondía a la dimensión de su corazón y capacidad de darse y amar a los demás.

La hermandad, de acuerdo con sus principios fundacionales, tiene que configurarse como un proyecto que denuncie la persecución de nuestros hermanos en la fe, particularmente en Tierra Santa y promueva iniciativas y oraciones en su favor. Actos como la Proclama por la Paz y el Espíritu de Asís deben ser el eje de actuación, que oriente otras iniciativas iluminadas por el carisma franciscano. Por otra parte y ante la proximidad de la Semana Santa, nuestra segunda salida por las calles salmantinas debe consolidar el silencio, como un grito de Oración por la Paz en el mundo, al que se vayan uniendo mayor número de conventos y fieles con motivo de la marcha penitencial, y la austeridad, a fin de maximizar el porcentaje de las cuotas que pueda destinarse a la labor de la Custodia franciscana en los Santos Lugares.


domingo, 13 de enero de 2019

Paco Gómez

Cartel de la Semana Santa de Sevilla de  2019, obra de Fernando Vaquero.

14 de enero de 2019

"Hay ojos que miran, hay ojos que sueñan"
(Miguel de Unamuno)

Pasado ya el tiempo de Navidad en lo litúrgico y con la inminente presencia del maremágnum de Fitur en lo social, se aceleran ya de forma irremediable los preparativos de la Semana Santa. Para muchas de las más importantes pasiones de fuera de Castilla y León (donde Intur marca otras premuras) esto significa también la hora de presentar el cartel anunciador.

Sevilla ha hecho lo propio estos días, descubriendo una obra espectacular de Fernando Vaquero Valero, llena de simbolismos y de licencias que solo permite la pintura. Entre los aspectos más ponderados, el hecho de unir en una sola escena de connotaciones cinematográficas imaginería de tres cofradías distintas: el Cristo de la Caridad, la Quinta Angustia  y el San Juan de la Amargura.

Dice su autor que, por encima del perfecto encaje logrado entre las tres imágenes en una composición básicamente murillesca, lo que ha buscado con esta particular estrategia es difundir visualmente el clima de concordia entre las hermandades sevillanas. Y como además podía jugar con la escena a su antojo y capacidad de pintor, ha recogido el momento en un formato perfecto para las pantallas de los teléfonos móviles, esos que usted y yo hemos pasado a convertir en una de nuestras principales fuentes de acceso a la información en los últimos años.

Hasta aquí Sevilla y volvemos Vía de la Plata arriba. En Salamanca hemos vivido una vez más el polémico estallido que acompaña en los últimos años de forma recurrente el concurso y proclamación del cartel de la Semana Santa. Un cartel que esta vez se conforma sobre la fotografía El regreso de la Agonía de Iván Marcos.

Una fotografía que aprovecho el momento para señalar que a mí me parece excelente. Cuidada, pensada y llena de sentido. Trabajada y original. Si hay algún conflicto, sin duda surge de la reflexión sobre si una buena fotografía lleva necesariamente a un buen cartel.

Carteles de la Semana Santa los ha habido y habrá para todos los gustos y cada año el catálogo se amplía con aciertos indudables y –aunque esta es siempre una cuestión personal– con patinazos sonados (el de Cuenca de 2018 o el que acaba de presentar la Semana Santa de Málaga, sin ir más lejos) y en Salamanca ya parece imposible desterrar la polémica de este acto.

Tanto es así, que yo vengo defendiendo en los últimos tiempos la necesidad de reflexionar sobre un cambio completo de procedimiento y formato en la elaboración del cartel. Y es que, a mi juicio, el momento de la fotografía para anunciar la Semana Santa ha pasado (o por lo menos por ahora y durante una temporada) y sería mucho mejor recurrir a los pinceles y creatividad de los muchos talentos salmantinos para alumbrar carteles con muchas más posibilidades en el horizonte y menor espacio para la polémica.

Como decía Unamuno, hay ojos que miran y hay ojos que sueñan y los pintores suelen ser de estos últimos. Sin necesidad de rebuscar demasiado, ahí tenemos la buena muestra de carteles pictóricos de los últimos años de la Tertulia Cofrade, mucho más abiertos, cargados de connotaciones y evocadores de lo que pueda ser una fotografía necesariamente constreñida a un momento puntual de las procesiones. O los que viene confeccionando la Hermandad del Despojado, por citar dos ejemplos.

Conste que este cambio no tendría que suponer poner fin al concurso de fotografía de la Junta de Semana Santa. Pero sería para, efectivamente, premiar la mejor instantánea de cada edición, sin necesidad de ajustar luego una imagen, que puede ser excelente, al lenguaje del cartel, que es un paso donde a veces una foto puede perderse.

El cambio, creo, sería una magnífica forma de actualizar la creatividad artística en torno a la Semana Santa de Salamanca y comenzar a generar un patrimonio que sin duda sería de gran valor a la vuelta de unos pocos años. Supongo que es predicar en el desierto pero, ¿qué quieren? Hay ojos que sueñan.


jueves, 10 de enero de 2019

Eva Cañas

El vía crucis con el Cristo de la Buena Muerte abre la Cuaresma en Salamanca | Fotografía: Alejandro López

11 de enero de 2019

Si buscas la palabra "capillita" en el diccionario de la Real Academia Española, no encontrarás respuesta. No, no está, los académicos todavía no han tenido a bien de aceptarla. Tiempo al tiempo. Lo mismo ocurrió con la palabra "procesionar", que hasta hace no mucho tampoco se recogía en el diccionario, y ahora ya es oficial: "Dicho de una imagen religiosa o de quienes la acompañan: salir en procesión". ¿Y cómo se podría definir a un capillita? El cofrade lo sabe bien, porque en mayor o menor medida lo es. Hay muchos tipos, y los más persistentes son aquellos que tienen la Semana Santa en su día a día, y sí, en Navidad también, aunque en esas fechas se celebre otra historia muy diferente.

Al capillita de pura cepa con cada llamada le suena Saeta o Al tercer día, porque es su melodía, o lo utilizan para despertarse cada mañana, porque no hay como una buena corneta para ponerse en pie.

Sus imágenes titulares también están muy presentes, ya sea en la funda del móvil, en su corcho de la habitación, en el salvapantallas, en su cartera en forma de estampita…o en el coche, sobre el salpicadero. Entre sus búsquedas favoritas de YouTube están los vídeos de las procesiones de la última Semana Santa, o de la anterior, o de hace una década…ni que decir los pregones, que escuchan una y otra vez. Y no en Cuaresma, que se intensifica, sino que cualquier estación es propicio para ello. O los que escuchan marchas de Semana Santa como su banda sonora, o a los Cantores de Híspalis y Pascual González, con Cristo, Pasión y Esperanza… Quizás son algo cansinos, pero no lo pueden evitar.

Un capillita de los buenos piensa en Semana Santa cuando escucha palabras como "Puerta de Ramos", "campana", "Tentenecio", "cíngulo", "incienso", "costero", "llamador" o "levantada". Porque los jueves siempre son un poco "santos", y los domingos, de Resurrección. Porque cuando el capillitas salmantino pasa por delante de la Clerecía cualquier época del año escucha el Gaudemus Igitur del Martes Santo o Tu manto de oración de Jesús Flagelado. Porque hay calles cofrades, como la de Compañía o la Rúa, donde el rastro del incienso no cesa. Un capillita no se pierde una extraordinaria, ni un triduo o novena, ni la misa de hermandad. Y además, siempre tiene a mano la medalla de la hermandad, para cualquier acto que se precie. Valora su hermandad y las de otras advocaciones también. El capillita reza y defiende su fe ante los ateos o incrédulos.

Y sí, el capillita cuenta los días que quedan para el Domingo de Ramos… 92 días, no lo puede evitar. Porque el momento más especial del año arranca un Viernes de Dolores  y termina en el Encuentro entre una Madre y su Hijo en la plaza de Anaya.

Guste o no, son así.

Y lo siento, yo soy capillita.

¿Y tú? #soycapillita


martes, 8 de enero de 2019

Álex J. García Montero

La imagen de un centurión romano acompaña a Jesús Despojado en su paso de misterio el Domingo de Ramos

09 de enero de 2019

Una de las expresiones más comunes de la terminología taurina es la de "romanear". Aunque podemos encontrarla en infinitivo, lo normal es expresarla en gerundio, como acción continuada en su desarrollo. Es decir, es habitual que hablemos de "romaneando" cuando un toro está cabeceando el estribo del picador levantándolo con violencia. Parece que la expresión viene de la balanza romana, que cuando se suelta su contrapesa, el platillo de esta deviene en una brusca levantada si carece de peso.

En la Castilla imperial y tridentina, cuando se pone realmente en valor la Semana Santa, los soldados o sayones que acompañaban a los grandes pasos de misterio (denominados en algunos lugares como "pasos grandes" para diferenciarlos de los pequeños o votivos), casi nunca aludieron a los militares romanos. Para su hechura, los insignes imagineros y los escultores salidos de sus escuelas tomaron como modelos los mílites castellanos de la época. Así sucede por ejemplo en los pasos de la Santa Veracruz de Valladolid (cabeza de esa Castilla imperial) o de Salamanca (preboste de la intelectualidad).

De un tiempo a esta parte, debido a las modas establecidas en los lares de Trajano, se están elaborando sayones que tratan de emular a los hijos de Escipión. Y tal como aludimos al comienzo, se está levantando la esencia de nuestra Semana Santa a favor de un romaneo harto peligroso que puede terminar en una mortal cornada de imprevisibles consecuencias. Se están imponiendo, con democracias capitulares y parabienes eclesiásticos, yelmos del Tíber en cabezas huecas.

Cualquier día, a alguno, con eso de "romanear" en estado puro, se le ocurrirá encargar una catapulta romana para realizar su estación de penitencia. Eso sí, bien dorada y con las rocallas propias del barroco meridional, pagada en denarios; porque los maravedíes habrán desaparecido del mercado gracias a las dádivas de saquillos de treinta monedas de las diversas juntas de gobierno de nuestras corporaciones penitenciales.

De momento son ya varias las hermandades y cofradías que han romaneado tratando de cambiar el nombre al Tormes por cauces sureños. En algunas han ganado los romanos, pero en otras parece que a estos les han sucedido los godos de Alarico. Veremos pues en que deviene este final del Imperio Romano.

Nuestra Semana Santa acude impasible al final de un antiguo imperio. Podía haber seguido los vericuetos de los Austrias y sus verdugos de jubones y alabardas por rúas viejas empedradas; pero ha elegido centuriones de sandalias, yelmos, corazas, lanzas, brazaletes de metal… que tan solo muestran el fin de este gigante con pies de barro sobre oropeles, canastos, guardabrisas y trabajaderas, que surten de fastos a unos juegos circenses en chicotás de anfiteatro de calles convertidas a la fuerza en calzadas, prolegómeno del desastre que se avecina. Siempre que veo en el albero un equino con su peto romaneado por un cornúpeta exclamo: ¡A esta es!

Lo dicho, "romaneando".


lunes, 7 de enero de 2019

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

El Cristo de la Humildad enfila Libreros tras recorrer a oscuras la calle Traviesa | Fotografía: Alejandro López

07 de enero de 2019

Tema espinoso es el de la formación en nuestras hermandades: charlas vacías, conferencias que solo interesan si tratan de algo artístico o histórico, ausencia de una planificación anual, vocales de formación con proyectos ilusionantes que acaban siendo voces que claman en el desierto... Todo esto, y más, dibuja un panorama desolador que puede hacer cundir el desánimo en nuestras cofradías. Un panorama que hace arreciar las críticas en determinados ambientes eclesiales. Y, a pesar de esto, en nuestros estatutos y constituciones, normas y reglamentos, la formación tiene siempre un espacio reservado. Esto es así porque es una exigencia irrenunciable que nuestros institutos sean ámbito de maduración en la fe. El crecimiento como cristianos es un proceso que dura toda la vida, al que nunca daremos término hasta que contemplemos cara a cara a aquel que nos llamó a la existencia. Pero para ir realizando este desarrollo, en la Iglesia, existen múltiples vías y comunidades. El camino de los cofrades pasa a través de la religiosidad popular, y este constituye un ámbito legítimo para crecer en nuestra fe. Eso sí, para que esto sea efectivo es preciso tener en cuenta la especificidad del carisma cofrade. Este es el principal problema. Hay que ser realistas, salvo un reducido número, la mayor parte de los hermanos está poco dispuesta a acudir a interminables charlas. Si a esto se le añade que, en muchos casos, las reuniones de formación sobre fe ignoran esta particularidad cofrade como modo de acercamiento válido a dichas verdades, el resultado es que la aportación para el crecimiento como creyente de nuestras hermandades se ve reducida a su mínima expresión.

Ante este panorama, antes de seguir adelante, podríamos hacer una breve clasificación de contenidos, para aclarar, más aún, de qué estoy hablando. Sin ánimo de ser exhaustivo, podríamos clasificar en tres grandes grupos las opciones disponibles en un plan formativo:

  1. Unos contenidos prácticos. En las hermandades hay una multitud de funciones que pueden necesitar unas competencias determinadas y es bueno que se ofrezca la preparación necesaria: desde cursos de administración de cofradías para secretarios o juntas de gobierno, hasta sesiones para los encargados de la acción social de la hermandad, pasando por la formación litúrgica práctica de los acólitos o la técnica de portadores y costaleros.

  2. Unos contenidos culturales. Hay multiformes aspectos artísticos o históricos que suscitan gran interés en nuestras corporaciones: desde la iconografía de nuestro paso de misterio, hasta el valor de la música cofrade, pasando por los avatares históricos de nuestras hermandades.

  3. Unos contenidos creyentes. Una presentación de los contenidos de la fe, ya sea para favorecer la maduración de los hermanos, ya sea, en colaboración con una parroquia, para preparar a la recepción de un sacramento determinado (la confirmación suele ser el ejemplo clásico, pero por qué no pensar en la preparación al matrimonio o, incluso, en la catequesis de comunión).

Como es natural, estas distinciones no son radicales: en muchas charlas o reuniones se pueden dar y tocar los distintos aspectos mencionados. Pero lo interesante, desde el punto de vista eclesial, es el tercer bloque. Dado el carisma particular de las hermandades, esta formación en la fe debería ser enfocada desde esa religiosidad popular encarnada en las cofradías. Esto, ya me parece escuchar las voces airadas de los de siempre, no supone –no debe suponer– ni una merma en los contenidos, ni en las exigencias como cristianos. Lo que sí supone es la exigencia para el formador, sacerdote o laico, de conocer el pueblo que tiene delante, el camino que han recorrido para llegar, o mantenerse unidos, al Señor. En definitiva, abandonar cierto clericalismo para escuchar y caminar en medio del pueblo, como nos pide el Papa Francisco. En nuestra diócesis de Salamanca, hace unos años, se realizó una experiencia muy interesante: durante un año se ofreció una formación cofrade a partir del libro Paso a paso. Este es un camino que debe profundizarse: deben buscarse medios para ayudar a los hermanos desde su vivencia real de la fe a crecer en la misma. Nadie discute la especificidad de la formación cristiana que reciben los integrantes de otros movimientos laicales, nadie debería, tampoco, discutir la necesidad de esa misma especificidad en nuestras corporaciones.

Este artículo se titula con dos preguntas. Creo que a lo largo del mismo he ido dando las pistas que yo creo que nos deben dirigir hacia una respuesta que integre a todos. La formación es una exigencia irrenunciable: de las diócesis a las hermandades, acompañándolas y ofreciendo distintas alternativas; de las juntas de gobierno a la hora de planificar el curso cofrade; y, también, de los propios hermanos a sus juntas, como camino de vida cristiano al que se sienten llamados. Una formación cristiana que se plantee desde coordenadas cofrades como vía legítima de aproximación al conocimiento de nuestro Señor podrá llegar mucho mejor al corazón de los hermanos. Objetivo este en el que todos deberíamos estar unidos.


jueves, 3 de enero de 2019

Tomás González Blázquez

Niño Jesús dormido con san Juanito (1772), obra de Nicolás Enríquez, que sigue el modelo de los niños pasionarios de Martínez Montañés. Musée de la Crèche, en Chaumont. Francia

04 de enero de 2019

"El Barroco relacionó iconográficamente la niñez de Cristo con su muerte y muerte de cruz. Niños Jesús que lloran amargamente, que portan los clavos en un cestito o unidos a la corona de espinas, que cargan ya con la cruz o anuncian la Pasión, durmiendo en una camita muy bien almidonada por las monjas y reposando en una almohada que no lo es tal, sino una calavera. En todos ellos, los símbolos de la Pasión se convierten en elementos de juego, de premonición del martirio y de la salvación futura e incluso, de triunfo y victoria sobre la muerte, integrándose los elementos dramáticos en juegos infantiles".
Javier Burrieza Sánchez. Varón de Dolores. Valladolid, 2005. 


Si el Barroco subrayó la humanidad de Cristo, además de reflejar la agonía que sufrió para la salvación de los hombres también puso el acento sobre la ternura que inspiran su nacimiento y su vida oculta en la Sagrada Familia de Nazaret. Los misterios de la Pasión y los de la Infancia convergen en algún modo, pero no sólo en celdas conventuales o en capillas para la devoción particular, sino que nos encontramos la imagen del Niño Jesús en cortejos penitenciales de la Semana Santa.

Se explican estas presencias gracias a algunas cofradías dedicadas a dar culto al Santo Nombre de Jesús, del que la liturgia de la Iglesia hace memoria el 3 de enero. Varias de estas hermandades, orientadas a recordar el misterio de la circuncisión del Señor ocho días después del nacimiento, han terminado por integrarse en la Semana Santa. Un ejemplo de ellas es la que, en la localidad sevillana de Estepa, procesiona un paso dedicado al encuentro de Jesús con los doctores en el templo de Jerusalén, que por significar la pérdida del Niño es el tercer dolor de la Virgen y por seguirse de su hallazgo es quinto misterio gozoso del Rosario. Dolor y gozo, gozo y dolor, aunados y unidos como la figura infantil de Cristo es presentada en el Miércoles Santo estepeño.

Más frecuentes en las procesiones son las iconografías a las que alude Burrieza, de Niño Jesús portando la cruz cual Nazareno o incluso extendiendo los brazos como el Crucificado. En Daimiel es el Divino Niño de la Pasión el que, recién nacido, dormita plácidamente en pleno Calvario como si estuviera en el establo de Belén, mientras que en otro pueblo de la provincia de Ciudad Real, Villarrubia de los Ojos, la hermandad de la Esperanza ha integrado un paso infantil en el que el Niño Jesús Carpintero, ya más crecido, moldea su propia cruz. En algunos lugares donde no hay talla de Cristo Resucitado, ni costumbre de procesionar el Santísimo Sacramento para el acto del encuentro en la mañana de Pascua, se recurre a imágenes del Niño Jesús, de modo que se vincula la Resurrección al renacimiento de la vida, representado en la infancia.

Precisamente esa vertiente bautismal de la Pascua justifica que un momento de la vida de Jesús que la Iglesia ha ubicado litúrgicamente en el tiempo de Navidad, culminándolo, tenga cabida en una procesión de Semana Santa. Es el paso del Bautismo del Señor que desfila por las calles de Cuenca el Martes Santo. La cofradía de San Juan Bautista, fundada en torno a una hermosa imagen de Luis Salvador Carmona, sufrió su destrucción ignorante por odio a la fe durante la Guerra Civil. Después se hizo con una talla de Luis Marco Pérez, que quedó incluida en la procesión del Perdón, de modo que el Precursor que había preparado el camino al "Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" se mostraba en un paso procesional días antes de celebrar esa salvación por él anunciada. En sintonía con el Bautista, varios conquenses fundaron en 1987 una nueva cofradía dedicada al Bautismo del Señor, y desde el año 2000 acompañan un grupo escultórico de Antonio Dubé de Luque. La representación en un paso del Hijo señalado por el Padre en la orilla del Jordán mientras Juan lo bautiza con agua, propia del ciclo de Navidad, se armoniza bien con la antesala de la Pascua, en la que el Resucitado bautizará ya con el fuego del Espíritu Santo.


martes, 1 de enero de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

Detalle del Nacimiento napolitano de las Franciscas Descalzas de Salamanca | Fotografía: JMFC

02 de enero de 2019

Como cada año por estas fechas, la ilusión nos incita a percibir las sombras de los monarcas de la noche más sorprendente y maravillosa, en la que despabilados sueños infantiles poblarán, con temblor de fantasía y magia, instantes nacidos para que existan con verdad los cuentos.

Pero frente a esta costumbre tan nuestra, un año más, el gordinflón cocacolo ha intentado colarse en casa. No conozco a nadie como este viejo rojeras que esgrime con molesta tozudez una meticulosa insistencia en mostrarse cual sugerente oferta de regalos y sonrisas espumosas pasajeras.

El cajonzuelo más atontado de la casa nos vendió con suma terquedad que acogiéramos a tan popular abuelete porque, según cuenta en veinte mil anuncios, trae la felicidad envasada en botellines tres instantes o en alientos de insinuación con enganche consumista. Pero como le declaramos la guerra hace años, conseguimos que los renos desboquen cada año su anual andanza hacia otros hogares conquistados.

En Nochebuena solo entra en casa un Niño capaz de habitarnos los espacios hogareños; un Niño especial que consigue exhalarnos una mirada de familia tradicional, hacia las heladas lontananzas donde tantos hombres sufren la violencia mísera del hambre, la guerra o cualquier otro tipo de vejación mundana; un Niño que sabe tocarnos el corazón cuando intenta nacer dentro de nosotros en cada minuto de cada día, insinuándose como fuente de vida inagotable.

Pero estamos en vísperas del festejo tradicional festivo más hermoso y el recuerdo nos aviva en la memoria lo que fuimos: chavales melocotón atados a las brumas de los años, para renacer ahora entre estos niños que conviven con informáticos juguetes, mientras ansían tocar, como antaño lo hiciéramos nosotros, con dedos infantiles la huella invisible de los Magos.

¿Cómo es posible que esta tradición española tan conseguida esté siendo eclipsada por una figura con diseño mercantil importada hace medio día? El abuelo carcamal esgrime su estrategia como parásito de índole comercial que se ha colado con alevosía y nocturnidad en el corazón de nuestras raíces.

Viene a cuento esta breve reflexión, salvando obstáculos y distancias, en un medio como este, al recordar cómo la Semana Santa procesional va injertando en el tronco de la desmemoria la importación, que bajo el prisma del populismo yutubista, muerde con lentitud, pero con firmeza, el ramaje del encinar cofrade. Todo porque falta una reflexión seria y atinada que nos aglutine en el gran revulsivo religioso y cultural que avive el compromiso cofrade más allá de los gestos simbólicos que, por vacíos, solo sirven para exprimir media lágrima teatrera. Falta, por ejemplo, una eucaristía donde todos vivamos con intensa predisposición la Navidad; una eucaristía que delate la verdad sobre lo que somos y tenemos. Y por supuesto se echa de menos esa fiesta de la Resurrección que debería unirnos a todos en el anochecer más importante del calendario cristiano. La Pascua (si somos 10.000 cofrades, como se cuenta) debería abarrotar la seo y las calles colindantes para dar muestra de lo que es o debe ser una religiosidad popular seria y contundente.

No hemos de olvidar que hay narizotas husmeando por donde nos sale el humo que va apagando la hoguera, para meter la antorcha y foguear el corazón cofrade arraigado a esta tierra desde hace más de cinco siglos. El rumor anticlerical se extiende como una plaga y no basta para defender lo que somos y tenemos hablando de procesiones. El asunto es de más calado y como consecuencia precisa otras pócimas más acordes contra la bacteria anticristiana…


lunes, 31 de diciembre de 2018

Félix Torres

Fotografía: Pablo de la Peña

31 de diciembre de 2018

Pues no. Aunque la tradición mande, hoy no se cierra un ciclo ni mañana comienza una nueva etapa. Por más que lo intentemos, la sucesión de los días es la que es y no hay salto ni barrera que separe esta Nochevieja del que será primer día de 2019. Y, aún así, como siempre se ha hecho, celebramos el cambio de etapa, hacemos propósitos y repasamos aquello que del año viejo queremos guardar en una memoria que, en su fragilidad, tardará poco en rellenar esos huecos con nuevos recuerdos que almacenaremos rutinariamente en el próximo cambio de año.

Y, como es hábito y a nosotros, los nazarenos, es oír esa palabra y se nos van las mientes a sayales y capirotes, intento ahora cumplir con ambos mandados y, mezclando deseos con recuerdos, escuchar esas doce campanadas que marcan el alegre momento como si fueran tañidas por el mismísimo muñidor que nos llama a silencio y recogimiento.

¡Dong! Primer golpe de un badajo que sin preámbulo me lleva al primero y quizá más sentido de esos recuerdos que quiero atesorar. Porque siempre se rompe un poco de cada cofrade cuando a quienes hemos querido o con quienes hemos compartido nos dejan. Da igual que sea aquel quien dedicó su vida a mantener el espíritu de la cinco veces centenaria que, y aquí la congoja me vence, ese nazarenito que vi nacer a nuestra Salamanca y a nuestra Semana Santa y que apenas alcanzaba a tocar la vida cuando nos dejó. Son solo dos que han de servir como muestra, desgraciada muestra, de cuantos hermanos en esta pasión que nos une dejaron su impronta en muchos de nosotros antes de abandonar esta vida terrena. Porque les quisimos y admiramos, sea para ellos esta triste campanada.

¡Dong! Suena la segunda y, no sé si el recuerdo o el futuro, me lleva a esa sala de estar que todos los salmantinos disfrutamos casi todos los días del año. Una Plaza que empequeñece a cualquiera que admire su barroca grandeza y que ha sido espectadora año tras año de nuestro paso, de nuestra cera y de nuestra oración callada. Y no sé si para bien o no, pues aun sabiendo que su protagonismo en nuestras procesiones es cosa que me halaga y también entendiendo que haya quienes han optado por no hacerla partícipe de su penitencia, creo que disfrutaré cuando Despojado y Caridad y Consuelo rasguen el velo de sus arcos para recorrerla en el ocaso del domingo como gozo con los niños y sus palmas en esa misma mañana.

¡Dong! La tercera suena y sigo empeñado en hacer de ello deseo. Porque no es sino deseo ver cómo la Hermandad del Señor del Vía Crucis, siempre querida en su humildad, deja de aferrarse a ese hilo del que lleva años pendiendo, saca a todo el barrio a las calles y hace que sus estaciones penitentes sean solo eso, sin más sufrimiento. Que no quede la cosa en galgos o podencos, en carpas o sanblases, y que la ilusión de unos pocos ahora, sea la de todos aquellos que sienten esa medalla y "olvidan" sacar el hábito del armario para acompañar y ser acompañados.

¡Dong! Cuarto tañido y un nuevo recuerdo con futuro. Que han sido muchos los que han dejado parte de sus vidas para que esa Seráfica que hace tiempo dejó de ser de los comerciantes para ser un poco de todos los salmantinos, y se han ganado el cariñoso recuerdo de mis palabras y el que quienes ahora les toman el relevo sepan no solo mantener el timón, sino recuperar para esta hermandad, igual digo Perdón que Agonía, el brillo que nunca debió perderse. Más que deseo, impulsado por el cariño que tengo a cofrades y cofradía, quisiera que fuera realidad desde el mismo momento en que suena su campanada.

¡Dong! Y van cinco. Quinto repique que resuena fuerte entre los muros de la Casa de la Iglesia y rebusca en los cajones esas "normas diocesanas para cofradías" que no acaban de ver una luz que muchos deseamos con esperanza puesta en sus palabras, en sus párrafos y en sus páginas. Seguro que ninguno quedará defraudado cuando las normas nos aten un poco más a esta Iglesia diocesana a la que damos la espalda con más frecuencia de la que debiéramos.

¡Dong! ¿Otra vez cinco? No, pero como si de un requinto se tratase, pues la campana no quiere salir de Calatrava para celebrar con inmediatez el nombramiento del esperado delegado diocesano que sea puente entre cofrades y diócesis. O, mejor aún, sea tan cofrade como el que más y, siendo uno de los nuestros, uno de nosotros, rompa los hielos y se funda entre los cofrades como azucarillo, que siempre quisimos más pastor que nos conociera por nuestros nombres que no perro guardián, dicho sea con el mayor de los respetos.

¡Dong! Ya son siete y aún no me atraganto. Con esta vaya mi deseo, mi personal deseo, de que esa Hermandad Dominicana a la que dediqué tiempo y esfuerzo (mayores o menores según quien me evalúe) recupere cuanto no debió haber perdido. Así. Sin más. Porque esa es la esperanza de muchos y el anhelo de todos.

¡Dong! Ocho. Un recuerdo.

¡Dong! Nueve. Una ambición.

Se me mezclan los golpes de badajo, pero sirvan estos dos para dejar en el recuerdo ese anhelo que muchos pusieron en que la Franciscana saliera adelante y para que sea más que ilusión, renovada cada año con cada golpe de campana, la emoción de verla –y verme– recorriendo las callejas renacentistas de esta ciudad dorada, con el silencio comprometido como única escolta. Porque han sido muchos los desvelos, los esfuerzos, los arrestos que se echaron para alcanzar esa meta y ahora, cuando suena la novena campanada, no es sino el deseo alegre de que siga adelante manteniendo el espíritu y la hermandad con los que ha abierto sus ojos desde la puerta de San Martín para que el futuro sea ya presente.

¡Dong! Décimo repique que va unido a la esperanza de ver nuevas procesiones en nuestras calles. Que cuando los empeños se encauzan y siguen el curso sin hacer remolinos, se alcanzan las aguas mansas y el puerto se avista más pronto que tarde.

Se van agotando las campanadas pero, no por ello, las que quedan van a sonar más débiles. Porque quiero que las que restan resuenen fuerte en lo más íntimo. Porque ahí van, en lo íntimo, mis últimos deseos.

¡Dong! Undécima campanada que suena para desear a quien hará que vibren las butacas del Liceo, cosa que no dudo, el mayor de los éxitos, que no es sino el cariñoso aplauso y el asentimiento reconocido de cuantos escuchen sus palabras. Y es deseo que lleva atado a lazo el abrazo que nace de ese intangible que solo notan quienes comparten. ¡Mucho éxito, pregonero!

¡Dong! Es la última. El badajo sigue oscilante, pero ya no alcanzará más el bronce que ha hecho sonar doce veces. Y aquí termina mi año, acaba el ciclo al que me negaba en la partida y solo me queda desear, con el mejor de los recuerdos, un excelente año cofrade a la Tertulia bajo cuyas alas se amparan estas páginas virtuales. Lo demás, lo pondremos nosotros.

¡Feliz año 2019!


viernes, 28 de diciembre de 2018

Roberto Haro

Detalle de la tabla de Dello Delli La Matanza de Herodes del retablo de la Catedral Vieja de Salamanca

28 de diciembre de 2018

En un día como hoy, leyendo el Evangelio de San Mateo se nos recuerda cómo Herodes el Grande, obsesionado con el poder y por el temor a perderlo, al enterarse de que había nacido un nuevo rey ordenó que le dieran muerte inmediatamente. En ese mismo relato detalla que se reunió con los magos fingiendo un interés por el Niño y los despidió diciendo: "Vayan y se informan bien acerca de ese niño, y cuando lo encuentren, vienen y me informan, para ir yo también a adorarlo".

Una lectura reposada de dicho relato nos muestra cómo el reyezuelo quería engañar a los tres sabios, que, sin infundir sospechas por su buena fe, le servirían para descubrir el lugar del niño. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrió su propio engaño y, lleno de ira, decretó que murieran todos los niños de esa comarca nacidos en fechas recientes.

Según la tradición cristiana, hoy se celebra el día de los Santos Inocentes, día de esos pequeños mártires sin culpa. Un día en el que la dualidad poder y miseria se conjuran en un mismo acto. No importaba la sangría realizada sobre esos niños que no hablaban y ya estaban hablando con Dios. No importaba qué habrían hecho aquellas familias para perder a sus hijos. Lo que importaba en aquella mente era durar en el trono, no ser depuesto del cargo al que se aferraba con sus ansias de poder.

La edad trae, entre otros efectos, que la memoria vaya flojeando. Sin embargo, me vienen recuerdos de situaciones leídas y comentadas hace poco que ocurrieron ya hace más de setenta años. Sí, más de seis lustros, o lo que es lo mismo, más de siete décadas para el que lo entienda mejor. Ha transcurrido un tiempo suficiente para que las cosas hubieran cambiado, evolucionado y transformado hacia un nuevo espíritu de reconciliación a lo largo de estos años. Pero como la Historia se repite a ciclos, pues volvemos a tropezar con la misma piedra, con la única diferencia notable de que ahora está exacerbada dentro del contexto social actual.

Y como entonces, resulta que hoy en día el enfermo está en un estado agonizante y catatónico, en el que no se sabe si va a pasar a mejor vida o si tras un periodo de convalecencia se recuperará con todo su esplendor cual ave fénix.

Con razón, muchos sabios ya afirmaban hace años que las cofradías (inclúyase en este término las hermandades, congregaciones o denominación que tenga sin sentirse excluidas de la acepción) han pasado de "vivencia de la piedad a vivencia de espectáculo". Además, si lo prefiere, puede añadir un prefijo, identificar el propósito de Herodes y convertir la vivencia en, simplemente, supervivencia.

Ahora que llega el invierno, solo hay que coincidir con un tal capillita, sentarse en una mesa al abrigo de un buen braseo de pueblo, café de puchero y comenzar la tertulia. En tan solo unos minutos saldrá a la luz el enorme deterioro que sufre uno de los resortes más importantes para los cristianos en la piedad popular. Un simple y pequeño análisis de conciencia y salen cual vómito múltiples factores que muestran por qué se ha llevado al enfermo al borde del abismo.

No hace falta ser muy avispado para darse cuenta de la falsedad y la doblez que abunda y que se somete todo aquel que se interesa un poco en estos temas. Y no hablamos si alguien, en su afán de crecer se involucra un poco más y ofrece su tiempo y ayuda, desde la uña del pie hasta el último pelo de la cabeza. Entonces lo complicado no es vivir en ese ambiente; ¡lo complicado es salir vivo! Las falsas verdades, el ocultamiento, las envidias, el afán de protagonismo y las ansias de poder son el pan nuestro de cada día.

La pérdida de la sustancia esencial en las cofradías ha tenido como elementos de fagocitosis el reduccionismo social, la mediocridad cultural y el continuo asociacionismo folklórico que padecemos donde se aglutina todo el sector ¿fanático? de capilla, en pie casi de guerra con un sinfín de sinsentidos hoy en día.

Y lo mejor de todo es que ni siquiera se preocupan por esconder sus armas, pues aprovechan cualquier medio para ver la paja en el ojo ajeno emulando a Herodes para "matar inocentes", que en su intento de hacer desaparecer de la vida cofrade a los que son incómodos para sus propósitos lo único que consiguen es que la propia cofradía se derrumbe con un soplo de aire. De la misma forma tampoco se preocupan por mantener las formas, puesto que, aunque no se vea la podredumbre el olor aún persiste.

El problema de esta situación es de concepto, ya que no interesa conocer lo que la Semana Santa –en general– y la cofradía –en particular– significan realmente, lo que implica para ella misma y la dimensión y proyección social que tiene para la Iglesia. Sí, para la Iglesia como institución, puesto que, no se confunda usted, no es una asociación civil.

El enfermo está en coma, y está a punto de perderse para siempre, haciendo bueno el refrán que afirma que para morirse solo hace falta estar vivo, ¿acaso no está muerto ya?


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Tomás Gil Rodrigo

Virgen de la Rosa. Fernando Gallego. Ca. 1470-1475. Catedral de Salamanca. Salas Capitulares

26 de diciembre de 2018

Ayer comenzábamos el tiempo de Navidad, las distintas celebraciones de esto días nos ayudarán a contemplar y vivir el misterio del Hijo de Dios, que estando en lo más alto, en la gloria del Padre, ha bajado y descendido hasta tomar nuestra carne débil y acampar entre nosotros. El 1 de enero terminará la octava de Navidad con la solemnidad de Santa María Madre de Dios. El tríptico de la Virgen de la Rosa, pintado por Fernando Gallego hacia 1475, que se encuentra en las salas capitulares de la Catedral Vieja de Salamanca, nos puede ayudar a acercarnos a lo que celebramos estos días. Espero que este artículo nos anime a ir hasta la Catedral y ponernos delante de esta obra, para valorar y contemplar su belleza.

La Virgen de la Rosa fue concebida para uno de los enterramientos del claustro, su forma encaja perfectamente en los arcos sepulcrales de medio punto que aún se conservan en las paredes interiores. Los dos santos representados en las tablas laterales, San Cristóbal y San Andrés, el primero defensor contra la muerte súbita y el segundo probablemente el santo patrón de la persona que lo encargó a Gallego, confirman el origen de su uso y disposición. Al llevar la firma de su autor, esta tabla ha sido muy valorada y ha servido también para describir la trayectoria artística del pintor salmantino. La manera de vestir de la Virgen, conforme a la moda de la época, apareciendo con el cuello cuadrado de la túnica y las mangas por las que asoma los puños de su camisa, nos ha permitido situar esta tabla en torno a 1470 y 1475.

Como en otras representaciones de Fernando Gallego, nos introduce a través del arco diafragma en el interior de una estancia con tres habitaciones, la central es ocupada por un trono gótico que llena toda la habitación, donde están sentados María y el Niño, y las laterales son visibles por dos puertas laterales; todas las habitaciones comunican al exterior por medio de ventanas abiertas al fondo. El artista se encuentra una vez más con la dificultad de lograr la sensación de profundidad, ayudado por el enlosado del suelo y las paredes. Sin embargo, su logro está en dar solemnidad a las imágenes de María y el Niño, resaltándolas por medio del paño de brocado negro y amarillo; el movimiento que transmiten los pliegues quebrados de sus vestidos es un contraste buscado por Gallego para realzar aún más la belleza de las figuras.

La clave para comprender el significado iconográfico de esta escena está en los dos personajes bíblicos, casi inapreciables, que se asoman a través de unas ventanas triangulares en la parte superior de las tablas laterales. Se trata del profeta Isaías y el rey David, ambos señalan hacia abajo con sus manos, donde están la Virgen y el Niño. Dos filacterias con inscripciones en latín aparecen enrolladas a su cuerpo, referidas a la Madre y al Hijo. Isaías en actitud contemplativa, con la mirada perdida hacia el cielo, dice: "He aquí una virgen que concebirá y dará a luz un hijo…" (Is 7, 14). Y el rey David mira pensativo hacia abajo, su texto está entresacado del libro de los salmos: "Desciende la lluvia sobre el césped" (Sal 72, 6).

Cada uno remite a un misterio que debemos descubrir en la pintura de la Virgen de la Rosa, para acabar aceptándolo desde la fe. En primer lugar, Isaías nos pone delante del misterio de la Virgen Madre. Como leemos, según dice el profeta en la filacteria, María concibe y da a luz a su hijo Jesús sin dejar de ser virgen, gracias a una promesa y un don especial de Dios para que aquella tenga a su Hijo. De esta manera en torno a María aparecen varios símbolos que proclaman su virginidad. Por ejemplo, María aparece sin cubrir su cabeza, dejando intencionadamente visible su cabello suelto, rasgo distintivo en la Edad Media de las mujeres que no se habían casado y normalmente eran vírgenes. La rosa de color blanco, que sostiene en su mano derecha, es también señal de su pureza; Jesús acepta la rosa, o sea la virginidad de su madre, extendiendo su brazo derecho hacia ella. En el asiento de la habitación lateral izquierda hay una botella de vidrio, que es más que un objeto de adorno, porque se trata de un nuevo del símbolo de la virginidad de María: la luz entra por la ventana hasta llegar a la botella, pasando a través de ella sin alterarla; esta comparación fue usada en la Iglesia desde los santos padres para explicar y defender cómo pudo suceder la virginidad de María. Finalmente a los pies del trono hay un escaño ricamente decorado con esmaltes, perlas y camafeos, contrastando con la sobriedad de las baldosas del suelo, en un camafeo aparece la figura del unicornio. Es un caballo blanco con un cuerno en la frente. Se trata del animal más puro, aunque se trate de un ser mitológico. Como sirve para mostrar la pureza de María es utilizado sin reparos en diálogo con el mundo clásico.

Sin embargo, al otro lado, el rey David manifiesta otro misterio íntimamente relacionado con el anterior, que nos centra en la persona del Niño Jesús. Como escribe en el Salmo, igual que la lluvia desciende sobre el césped, Dios desciende del cielo para hacerse hombre. Ahora pasamos a contemplar el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, por eso el cuerpo de Jesús aparece desnudo, aunque vaya cubierto con una túnica, la seda transparente nos invita a mirar su carne; del mismo modo la túnica advierte que Jesús se hace en todo semejante a la humanidad menos en el pecado, por eso no se tapa como hicieron Adán y Eva después de pecar en el Paraíso. La ventana de la habitación que está del lado de Cristo se abre, sugiriendo que Dios ha entrado en la historia humana por medio de su Hijo. Tres de los dedos de la mano izquierda del Niño se unen para indicar que estamos ante una de las tres personas de la Trinidad. Se da una tensión entre María, que sujeta al Niño hacia atrás por la axila, y el brazo de Cristo saliendo de la túnica queriendo tocar la rosa. La Encarnación es solo el primer paso de la bajada de Dios para salvar a la humanidad, ya que la vida de Jesús tiene que encaminarse hacia el anuncio del Evangelio y la entrega de la Pascua, simbolizada por esa rosa que además de ser blanca, símbolo de la pureza de María, contiene espinas, símbolo de la Pasión de  Cristo, por eso María la coge con mucho cuidado. Para significar aún más la Pasión de Jesús, el collar de perlas que cuelga del cuello de María se remata con la joya en forma de cruz.

En resumen, el que contempla la tabla de la Virgen de la Rosa se acerca al misterio de la Virgen Madre y el Hijo hecho hombre. Estos dos misterios fueron expuestos sobre uno de los sepulcros del claustro de la catedral, como signo de esperanza, bajo la confianza de recibir el regalo de la salvación de Jesús, razón por la que el Hijo se hizo hombre y Dios regaló a María el don de la virginidad.


lunes, 24 de diciembre de 2018

Andrés Alén

Natividad con San Francisco y San Lorenzo. Caravaggio, 1609. Lienzo robado por la mafia y perdido, (no se sabe su estado de conservación), y recreación inacabada del mismo, obra de Santiago Idáñez (flagrante premio BMW 2018), que estuvo expuesto recientemente en el mismo Oratorio de San Lorenzo en Palermo.

24 de diciembre de 2018

Me toca en Nochebuena escribir mi artículo (La Nochebuena, entonces) para esta revista en la nube  apasionada y salmantina. Es este un tiempo alejado de la Semana Santa, de su clima de penitencias y cruces en las vías, donde no caben, eso creo, esta fiebre de cabalgatas pasionales tan frecuentes en Sevilla, Jerez, Huelva o  Zamora, que tanto sirven para congestionar el tráfico, enfadar a ateos y airear los pasos. Descansen en posición los pies descalzos, capirotes y antifaces en este tiempo final de adviento y esperanza.

Hoy es el día para empezar a contar, contar de nuevo, ya que el fruto que nació de la semilla que engendró el viento, la sombra fértil del Espíritu, el hielo del silencio, nos ha devuelto la palabra apabullante y eterna que formará el árbol que colma el universo. Parto de luz y cruz. Luz que traspasa la virginal materia del cristal como lo hará más tarde en el parto final de la resurrección. La misma forma para que la materia o el cuerpo no se interpongan en el camino del espíritu.

Se ha interrumpido la continuidad de la historia que contábamos desde Adán, que entroncaba con Abraham o David, para llegar a José en las intrincadas  genealogías que se detallan al comienzo de dos evangelios. ¿Y después de José, qué? No enlaza la continuidad de genes. Dice el expapa Benedicto XVI, emérito, antes cardenal Ratzinger-martillo de herejes o no tanto, en su La infancia de Jesús, que esto es así, porque el que nace es un nuevo Adán sin más ligazón con lo anterior que el testamento de los anuncios proféticos y sus salmos de alabanza; un nuevo principio para empezar a contar otra historia, la Buena Nueva. Una nueva oportunidad para todos. Creo que eso es parte de lo que conmemoramos, nada menos, como dicen ciertos contrarios, o contrariados con la cristiana navidad, el Solsticio, nada menos también, el nacimiento del Sol, nuestra energía y nuestra luz.

Sea este tiempo propicio para albergar el anhelo de renovación en cada adentro, si esperamos rebrotar, si supimos en pleno invierno "oír el clavicordio crepitante de su césped bajo el hielo cuando el sol lo acuchilla en su refugio" (Asunción Escribano. Salmos de la lluvia). Sea para la verdad y la belleza como tiempo nuevo, para la pasión desbordada por  la vida.


viernes, 21 de diciembre de 2018

F. Javier Blázquez



21 de diciembre de 2018

Siempre se ha dicho que la pluralidad enriquece y, por ello, si en un proceso electoral se plantean varias opciones, con ideas y programas diferentes, son más las posibilidades de elegir el modelo que se prefiere para la institución. Así lo entendemos y así debería ser, pero si nos atenemos a la experiencia de los últimos tiempos y analizamos cómo quedan las instituciones tras un proceso electoral al que concurren varias candidaturas, lo cierto es que en nuestras cofradías no hay mucha diferencia con los partidos políticos.

En Salamanca, de la tradicional dejadez y la casi imposibilidad de formar alternativas a la directiva en ejercicio, hemos pasado en los últimos años a constatar como habitual que se presenten dos candidaturas. En el plazo de dos años, la Seráfica Hermandad del Cristo de la Agonía, la Congregación de Jesús Rescatado, la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, la Hermandad Dominicana y la Congregación de Jesús Nazareno han pasado por procesos electorales en los que se han presentado dos candidaturas. Esto, sobre el papel, es muy positivo. Hay interés por la cofradía y se ofertan distintos modos de gestión para que los hermanos elijan el que consideren mejor.

Sin embargo, una lectura detenida de los pormenores que promovieron la presentación de más de una candidatura, nos lleva a concluir que la formación de las segundas propuestas tiene siempre un componente anti. Antioficialismo, antigrupo-radical del friquismo cofrade, antiacaparadores de la hermandad, antienterradores tras la destrucción, anticorruptos… esto, y más, es lo que se dice. No se puede dejar que la hermandad quede en manos de quien no va a saber gestionarla. Y aquí entra en juego el poco edificante proceso de erosionar al contrincante. Al modo político, donde todo vale. Pero claro, resulta que estamos hablando de hermandades, de comunidades cristianas donde prima la caridad, así debería ser, y sus miembros se tratan como hermanos. Pero esto se olvida y no se duda en erosionar la buena fama del contrincante, en airear sus flaquezas o en utilizar los medios y cauces de la propia hermandad para causas particulares cuando el candidato es el oficial. Hay de todo. Todo vale. El fin justifica los medios.

Cuando esto sucede, la cofradía queda resentida y los que pierden casi siempre pasan a la oposición o al abandono, llegando en ocasiones a cursar su baja. Triste, pero es el percal que desgraciadamente tenemos. Y con ello debemos convivir mientras contemplamos cómo nuestras hermandades se alejan del mensaje evangélico en medio de la maraña de las pugnas intestinas y el debilitamiento progresivo. Porque cada meneo electoral con vencedores y vencidos, aquí pasa factura. Hay que tomar nota para prevenir y anticiparse, poniendo los medios a tiempo, antes de que se produzca la fractura. En la acción preventiva estamos fallando todos, desde el obispado a los cofrades. Y esto no puede seguir así.

Lo mejor, para las instituciones, es la estabilidad. Y por ella abogamos por una renovación tranquila de los cargos cuando llegue el momento, en la vía continuista cuando las cosas están bien, con alternativas fieles al espíritu del Evangelio cuando no quede más remedio que promoverlas, pero siempre dentro de la comunión eclesial, porque cualquier opción es buena cuando se tiene claro lo fundamental.

¿Qué buscas?

Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión