viernes, 15 de diciembre de 2017

Tomás Gil Rodrigo


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Javier Prieto

Santísimo Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral para la Hermandad Franciscana | Foto: Ángel Benito Sánchez

La pasada semana se presentaba la nueva obra de Fernando Mayoral para la Semana Santa de Salamanca, y ante esto de los estrenos a los cofrades nos suele salir un carisma de tertuliano de corazón que nos lleva a diseccionar las obras o enseres con un cierto aire de superioridad (como si las obras de nuestras cofradías fuesen cesiones del Museo del Prado).

Y he de reconocer que algo así me ocurrió al ver las primeras fotografías del Cristo de la Humildad, con cierta frialdad fui localizando aquellos elementos que plásticamente no me convencían hasta alcanzar un veredicto negativo sobre la imagen. Por suerte, dos buenos amigos de Salamanca, que estuvieron presentes en la bendición, me dieron la clave que le faltaba a mi análisis de laboratorio: "Hay que rezar delante de él".

En ocasiones se nos olvida la finalidad de las imágenes, y en cierto modo de todo lo que hacemos en las cofradías, mover a la oración y llevar a Dios. Las imágenes no valen más por una estética u otra, ni tan poco por el estilo en el que se realizan, el valor de nuestras imágenes está en su capacidad de conmover. Pero esta conmoción no es mera sensibilidad, ni un emotivismo superfluo, las imágenes han de conmovernos hacia la actitud de oración, situarnos en un plano diferente al de nuestro día a día, un plano de comunicación con Dios.

Y es que las imágenes no son un fin en sí mismas, la belleza o el valor de las mismas son secundarios, pues nuestras tallas han de ser medios, vías que nos facilitan el acceso a un ámbito de cercanía con Dios, para el que son una ayuda, pero no son necesarias. En esta época en que la imagen, lo externo, vale tanto, y adquiere en ocasiones más valor que el auténtico ser de las cosas, los cristianos no podemos caer en los riesgos de una cultura de la apariencia, algo que desgraciadamente ocurre a menudo en las cofradías. Por ello hay que huir de los juicios banales, de los criterios subjetivos y preocuparnos de la integridad de lo que hacemos, de la misión que la Iglesia confía a las cofradías: anunciar el mensaje de Jesucristo.

Por eso ante la realidad uniformada y los modelos únicos, hay que saber valorar la riqueza de una Semana Santa que sigue mirando hacia el futuro, con nuevas aportaciones y nuevos proyectos. Habrá cosas que nos gusten y cosas que no, pero hemos de valorarlas no desde nuestra subjetividad sino desde la objetividad de lo que son. Puede que el Cristo de la Humildad, a quien le debo aún una visita, nunca llegue a "gustarme" pero no podré negar su valor si logra que ante él muchos contemplen al Siervo de Dios.


lunes, 11 de diciembre de 2017

José Fernando Santos Barrueco

El sacerdote Manuel Muíños, pregonero de la Semana Santa de Salamanca de 2018

El pasado 15 de noviembre, el presidente de la Junta de Semana Santa dio a conocer públicamente el nombre de quién pronunciará el pregón que marcará el inicio de nuestra próxima celebración, el sacerdote Manuel Muiños Amoedo. Será el pregón número 48 desde que en 1965 el entonces alcalde de la ciudad, Julio Gutiérrez Rubio, pronunciara el primer pregón anunciador de nuestra Semana de Pasión. Un acto que dejó de celebrarse durante el periodo 1979-83 por la crisis que afectó a la misma, y en 1988, por fallecimiento del pregonero anunciado.

Nunca "llueve a gusto de todos" cuando alguien tiene que tomar una decisión sobre elecciones de esta naturaleza o de otras muchas facetas que nos rodean; sin ir más lejos, y sin salir del anuncio de nuestra Semana Santa, la elección del correspondiente cartel.

Nuestro pregón ha conocido sacerdotes, entre ellos dos obispos, y personalidades del mundo de la política, la universidad y las letras. En contadas ocasiones, los pregoneros tenían vinculación directa con las cofradías y hermandades, aspecto que para una gran parte de ese "mundo cofrade" debería ser una condición a cumplir. En mi opinión, el hecho de pertenecer a ese entorno o tener una relevancia o responsabilidad en la política o en las áreas religiosa o socio-cultural no deben ser las cualidades a buscar en su elección. Para anunciar de viva voz una celebración como la que nos aplica, yo destacaría tres condiciones: capacidad de preparar un texto con el esquema y la calidad narrativa que lo haga entendible y mantenga la atención y el interés del público al que se dirige. Además, y tratándose del anuncio de los Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor y de unas celebraciones con hondas raíces en la religiosidad popular, darle a ese texto un marcado sentimiento religioso y unas referencias a las tradiciones del pueblo, que busquen conmover o emocionar. Y por último, la capacidad para interpretar (más que leer) su narración con soltura, sin "dormir a la concurrencia". En función de las características y conocimientos del pregonero, su pregón podrá tener tintes más o menos bíblicos, históricos, costumbristas o literarios (líricos o no), sin que por ello se dejasen de cumplir aquellos aspectos. Reunidos los mismos, es obvio que la mayor popularidad o relevancia social del pregonero suscitará mayor o menor interés por su pregón, sin que ello pueda suponer que sea ni mejor ni peor que otros. Lo que sí debe exigirse es que el pregonero tenga un suficiente conocimiento semanasantero, no siendo de recibo que alguien elegido por su estatus social leyera un pregón preparado por otros.

No conozco mucho a Manuel Muiños, pero lo poco que sé me lleva a pensar que reúne todas las cualidades (en este caso, me atrevería a decir "alicientes") para pronunciar un magnífico pregón: desparpajo, verbo fácil y experiencia como colaborador de artículos periodísticos. Una buena voz y una acrisolada práctica para dirigirse al público. Si a esto unimos su conocimiento de "la materia" como sacerdote con amplia actividad pastoral en el mundo rural, en contacto con la religiosidad popular, tendremos todos los ingredientes para elaborar un magnífico pregón.

Pero en Manuel Muiños se dan otras connotaciones. Comprometido con los más necesitados ejerce una intensa y reconocida labor social (galardonado hace tan solo unos días con el "Premio Valores Constitucionales", que concede la Delegación del Gobierno en Castilla y León, por esa labor social en pro de la libertad, justicia e igualdad). Patrono fundador y presidente de Proyecto Hombre en Salamanca, es el responsable de medios de comunicación de esta Fundación a nivel nacional. Desde la misma ha participado en diversas actividades junto al mundo cofrade. Conocedor en vivo y en directo de los calvarios de la droga, donde más puede humillarse la dignidad humana, alienta y anima la redención de esa Vía Dolorosa para resucitar a una vida nueva. Sin haber tenido trato con él, su compromiso con el Evangelio de esa "Iglesia en salida" que nos pide el Papa Francisco y su experiencia en la comunicación social me llevan a esperar un pregón que no va a dejar indiferente a nadie y va a poner la carne de gallina a muchos de los que harán profesión pública de su fe por nuestras calles, durante la celebración que el pregonero anunciará.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Francisco Gómez Bueno

Inmaculada de Ricardo Plaza para los carmelitas descalzos de Salamanca

Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.
(Apocalipsis 12, 1-2)


La celebración este 8 de diciembre de la festividad de la Inmaculada Concepción de María, fijada definitivamente por Pío IX en su bula Ineffabilis Deus, supone siempre un día de especial emoción para los creyentes en una de las grandes celebraciones del Adviento. Estamos, además, ante una ocasión para reflexionar desde la perspectiva artística sobre uno de los dogmas con mayor impacto en nuestro patrimonio. Sin duda, una de los misterios que más ha estimulado la creatividad de los autores y que en nuestra ciudad ha dejado en concreto notables realizaciones.

Si hablamos del mundo cofrade, es imposible dejar de lado la condición inmaculista de nuestra cofradía más antigua, la de la Vera Cruz. Desde 1525 unió su veneración por la Santa Cruz a la de la Purísima Concepción. Esta razón explica por qué en el altar mayor de su capilla se reparten el protagonismo la Cruz, que domina la parte alta del retablo, y la Inmaculada, cuya presencia se plasma en la parte central, abierta a la luz del día para iluminar una delicada talla de Gregorio Fernández, realizada en la década de los veinte del siglo XVII.

Aunque quizá nunca suficientemente ponderada en su calidad, la obra de la Vera Cruz es sobradamente conocida por el mundo cofrade. Ocurre lo mismo con otras de las grandes Inmaculadas de las que podemos disfrutar en Salamanca, desde luego con la pintada por Ribera para la iglesia de las Agustinas al frente.

Poco nuevo se puede aportar sobre este sensacional lienzo firmado en 1635. Solo remarcar su valor citando las palabras del prestigioso historiador napolitano Nicola Spinosa, quien considera a la Inmaculada de Salamanca "punto de referencia para toda la pintura española posterior: desde Murillo y Claudio Coello, hasta Luca Giordano".

También conocida y admirada es la escena del juramento de los doctores presidido por la Inmaculada, que ocupa el retablo de la capilla universitaria. Es una pintura realizada en 1763 por el milanés Francesco Caccianiga para conmemorar la asunción del  juramento inmaculista por la Universidad de Salamanca el 2 de mayo de 1618 (aunque ya desde los siglos anteriores la institución fue una ferviente defensora de las tesis inmaculistas).

La enumeración artística podría incrementarse de manera considerable con otras representaciones merecidamente reconocidas, aunque esta ventana, un día como hoy, también puede servir para llamar la atención sobre algunas obras vinculadas a la Inmaculada bastante más alejadas del gran público.

Si hay que hablar de una obra de iconografía muy poco habitual, debemos destacar la Inmaculada que veneran los padres carmelitas descalzos en su comunidad de Santa María Magdalena de Salamanca. Se trata de una talla moderna, realizada en los últimos años del siglo pasado por Ricardo Plaza Hurtado, que presenta en avanzado estado de gestación a María Inmaculada y que estos días puede contemplarse en la iglesia de la calle Zamora.

Aunque la iconografía tradicional de la Inmaculada toma los atributos con los que se representa a María de la narración del Apocalipsis donde se dice expresamente "y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento", lo cierto es que este hecho fue durante siglos totalmente obviado en las representaciones artísticas.

Muy culpable de ello fue el pintor sevillano Francisco de Pacheco, conocido por ser maestro y suegro de Velázquez, quien fijó en gran medida la iconografía inmaculista en su libro Arte de la pintura, publicado en 1649. El autor, que subraya que la imagen de la Purísima procede de la descripción de San Juan en el Apocalipsis, recomienda, por lo tanto, prescindir de la presencia del niño en la representación del misterio (como era bastante habitual en la época) ya que "allí, no solo se halla sin el Niño en los brazos, más aún sin haberle parido", considerando que no está a punto de nacer, sino "acabado de concebir".

Pacheco, defensor de una Inmaculada niña ("de doce a trece años"), sentará las bases iconográficas que serían repetidas constantemente a lo largo de los siglos y que harán que hoy nos resulte muy extraño unir el misterio de la Inmaculada a la condición de gestante de María. Sin embargo, algún ejemplo hay. Entre los más famosos, la Inmaculada del siglo XVIII de la iglesia de San Juan Bautista de la villa cubana de San Juan de los Remedios, considerado el único ejemplo histórico de Inmaculada Concepción embarazada en toda América Latina.

En Salamanca, el oratorio carmelita dispone de esta obra de pequeñas dimensiones que manteniendo los atributos inmaculistas, como la luna a los pies, la corona de estrellas y el color azul del manto (también salpicado de estrellas), presenta a María en actitud humilde y recogida y en un claro gesto de avanzado embarazo. Una representación con la que su autor quiso subrayar el carácter de buena esperanza del tiempo de Adviento.

Nada que ver con las apoteosis barrocas de las que, por cierto, Salamanca también guarda un ejemplo bastante desconocido pese a su elevada calidad. Se trata de la Inmaculada pintada por Andrea Vaccaro para el Colegio de Oviedo y que actualmente se encuentra en el Museo de Salamanca, ciertamente pasando muy desapercibido.

Un lienzo de grandes dimensiones, deudor de la Inmaculada de Ribera, que subraya sin embargo la gloria mariana rodeando por completo de ángeles su figura.

Un buen motivo para visitar el museo situado en el patio de Escuelas Mayores. Lo que no podrá hacer en ningún caso el lector es visitar el último ejemplo de Inmaculada que vamos a citar y que une el nombre de Salamanca nada menos que con el de Francisco de Goya.

Y es que entre las muchas pérdidas ocasionadas a la ciudad por la Guerra de la Independencia hay que sumar los que sin duda hubieran sido unos de sus cuadros más importantes de todos los tiempos, los tres lienzos que al parecer, y por mediación de Jovellanos, Goya realizó para el altar mayor del Colegio de Calatrava.

El cuadro central sería el de la Inmaculada y de él queda testimonio en el Museo del Prado de un boceto que el propio Goya entregó a Jovellanos, quizá en 1784.

Una imagen bastante sobria, con una María orante que mira hacia abajo y a la que la bola del mundo le hace de pedestal. El boceto también incluye la presencia de Dios Padre subrayando la milagrosa concepción de la Virgen.

Lo más probable es que estos lienzos partieran con el botín napoleónico hacia Francia y se perdieran en algún avatar de la contienda. Pero también hay quien piensa que quizá sobrevivieran y hoy formen parte de alguna colección privada y tampoco faltan opiniones que confían en una ocultación de las obras para evitar su robo, pensando en algún recoveco de la actual Casa de la Iglesia como escondrijo de este auténtico tesoro.

Quién sabe, quizá el azar en el futuro nos dé una sorpresa. Un 8 de diciembre no sería un mal día.

Boceto de Goya para el desaparecido cuadro del altar mayor del Colegio de Calatrava | Museo del Prado

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Tomás González Blázquez

Primer domingo de Adviento en la Catedral Vieja de Salamanca | Fotografía: Óscar García

Conversaba con cierto acaloramiento, hace más de un año, durante la comida de clausura de la Asamblea Diocesana. Mi interlocutora no comprendía por qué la Misa de la Virgen de la Vega aparecía en el programa de fiestas de la ciudad ni por qué el alcalde hacía la ofrenda a la patrona. Ni comprendía ni lo aceptaba. Por el contrario, yo lamentaba el escaso espacio destinado a la eucaristía catedralicia en el folleto, consignada como un acto festivo más, y el poco aprovechamiento pastoral de las oportunidades que brindan las fiestas patronales, las de la ciudad y las de cada pueblo. No nos pusimos de acuerdo. En muchos cristianos pesa como una losa el prejuicio ideológico, y su recelo incluye cualquier vínculo con lo institucional o lo político… siempre que esté relacionado con algo que les suene a anticuado, como puede ser la devoción por una imagen, el patrocinio de una población o de una corporación profesional, un culto solemne en la Catedral con incienso y casullas bordadas, un alcalde sentado en el primer banco de la iglesia, o una banda militar interpretando el himno nacional a la salida de una procesión. Las cofradías, durante años, han ido en el lote, y en muchos casos siguen yendo.

Lo institucional y lo político, lo civil para entendernos, ha querido ser separado de lo social. Es como su versión oficialista y apegada al poder temporal, del que la Iglesia, sostienen, debe huir como de un nublado. Lo popular y lo tradicional, tan social también, tan imperfecto pero tan auténtico, tan temporal y a la vez tan espiritual, no se ha librado de un aspecto de nubarrón amenazante a los ojos de muchos hermanos y de no pocos sacerdotes y obispos. Deseos como el de "purificarlo", aspiraciones como la de "encauzarlo", propósitos como el de "controlarlo" y estrategias para "desterrarlo" no han faltado. Quizá hoy ya imperan perspectivas más pastorales: la acogida, la integración, la formación, la profundización. Ante esto, no se olvide que lo popular y lo tradicional se ha ido entrelazando en la vida social y ha abarcado a las instituciones temporales. ¿Se ha mundanizado? Seguro que algo sí. Pero también ha inculturado el Evangelio, ha logrado que la fe fluyera y siga fluyendo por las venas de los asuntos cotidianos y algo los habrá irrigado y los sigue impregnando. Con todas las contradicciones y debilidades que no se pueden ignorar.

Un caso concreto se vive cada diciembre. “Felices fiestas”, cumplimentan algunos por la vía laica. “Feliz y Santa Navidad”, especifican los más confesionales. Del Niño Jesús en el balcón, si las rojigualdas le hacen hueco este año, a los escaparates nórdicos a base de renos y trineos. De la bendición de la mesa a la discusión familiar. De la Misa del Gallo y para casa a las copas en todas las discotecas. Y del “resuenen con alegría los cánticos de mi tierra” a una balada en inglés que comprometa mucho menos con el hecho transformador y ya prácticamente contracultural sucedido en Belén de Judá. ¿Acaso podría salir algo bueno de allí? Las navidades conviven en la Navidad y la navidad cristiana no puede permitirse abandonar las otras navidades a su suerte. ¿Por qué no partir de ellas para acompañarlas en el camino del reencuentro consigo mismas? ¿O acaso es deseable perpetuar la contraculturalidad del Evangelio? No puede ser nunca nuestro objetivo. Será contracultural en la medida en que vivirlo con la mayor fidelidad lo sea, pero no a causa de aparcar “el esfuerzo por llenar de espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que uno vive”, y sin olvidar que esta tarea “hasta tal punto es deber de los seglares que nunca la pueden ejercer convenientemente otros” (cf. Apostolicam actuositatem n. 13).

Partamos pues de la Navidad civil y de la popular. De los nacimientos admirables, que aún resisten a la laicidad estacional de los copos de nieve, para poner rostro al misterio que todavía asombra. Y de los villancicos capaces de poner a Dios en los labios de los que nunca pronuncian su Nombre. Y de la cabalgata de Reyes a la que le falta una carroza con el Niño Jesús, y ya estamos tardando en remediar esa insólita ausencia. Partamos del formalismo de la postal para lanzar el mensaje. De la inclinación a ser dizque "solidarios" para hablar directamente de la denostada Caridad, Amor de Dios, y obrar en consecuencia, aunque a menudo nos parezca que no estemos siendo más que un Plácido conduciendo un motocarro con su estrella a cuestas camino de otro calvario. Seamos capaces de saltar de los telemaratones que duran una tarde a las carreras de fondo que se alargan toda la vida. Vayamos de esta Navidad puntual, instantánea y pasajera, repetitiva pero fugaz, a la Navidad perdurable, siempre novedosa y nunca suficiente. El camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió con tantas navidades superpuestas. Sepamos ver en ellas el punto de partida también en este Adviento de 2017, cuando la Humildad de Jesús nos señala la ruta hacia su pesebre-cruz-altar.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Eva Cañas

Dos jóvenes componentes de la Agrupación Musical Virgen de la Vega de Salamanca | Fotografía: Heliodoro Ordás

Si eres cofrade y estás leyendo esto, puede que pienses lo mismo que yo. Una marcha procesional es la banda sonora de tu vida. La que te pone la carne de gallina, la que acelera los latidos del corazón, la que no puedes dejar de tararear sea invierno, primavera o verano… La que… Lo que digas bien dicho estará.

Propongo otro juego. Cierra los ojos y viaja un poco en el espacio-tiempo. Es la madrugada del Jueves Santo. Tras las campanadas de medianoche, se abre la Puerta de Ramos de la Catedral. La ciudad ha prometido guardar silencio ante el obispo de nuestra diócesis, don Carlos. Unos minutos después, un Cristo que agoniza avanza por la plaza de Anaya y antes de tomar la primera curva, ¿qué suena? Llorando a mares, que toca como nadie la agrupación musical de la Real Cofradía del Cristo Yacente y de la Agonía Redentora. Si eres cofrade de los buenos, esa marcha resuena ahora mismo en tu cabeza.

Sigamos. No nos iremos muy lejos de día. Seguimos en el Jueves Santo, por la tarde, junto al río Tormes. Sí, has acertado, en la iglesia del Arrabal, hace tiempo vacía de culto pero no de alma cofrade. La esencia siempre permanece. Cuando ya han avanzado hacia el Puente Romano, los primeros hermanos de hábito monacal con su farol, en el interior comienza a tocar la banda de cornetas y tambores de la hermandad cuando los hermanos de carga acaban de cargar sobre sus hombros al Cristo del Amor y de la Paz. ¿La tienes en tu mente? Yo sí. Suena Ave María, y al cruzar el dintel de la puerta, Bendición.

Y si hablamos de salidas, tampoco me puedo dejar el Gaudeamus Igitur ante las puertas de la Clerecía antes de ver el paso del Cristo de la Luz y de Nuestra Señora de la Sabiduría, de la Hermandad Universitaria. Y aunque de reciente estreno, en 2014, Nuestro Padre Jesús Flagelado tiene dedicada Tu manto de oración. Y en mi cabeza siempre presentes en San Pablo Al Señor del Rescate o Saeta. Pero Saeta suena bien en cualquier calle y ante cualquier imagen, interpretada por una agrupación, una banda de cornetas y tambores o una banda de música.

Y para acompañar a la Madre, vuelve a cerrar los ojos. No sé tú, pero yo, veo a Nuestra Señora de la Soledad con La Madrugá. Y Reina y Señora de San Esteban, para la Virgen de la Esperanza, de la Hermandad Dominicana.

Y no os quiero aburrir más, pero puedo estar horas enumerando marchas de Semana Santa que, como he dicho antes, forman parte de la banda sonora de mi vida. ¿Cuál es la tuya?


viernes, 1 de diciembre de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Fernando Mayoral, con el boceto del Cristo de la Humildad de la Hermandad Franciscana | Foto: Pablo de la Peña

El barro, en manos predilectas que el dios del arte bendice, toma forma, mientras se abre en canal el gozo de una de las vivencias más interesantes que se puedan disfrutar. El volumen se expande acaparando espacios y ritmos artísticos que solo el escultor puede mutar, mientras surge un latido de experiencia trascendente; una abstracción única para tocar de nuevo el cosmos del arte, donde solo unas manos privilegiadas, como las de Fernando Mayoral, pueden abrir el don creativo que modela alientos nuevos de vida…

Cuando nos situamos ante la obra artística, que sin trampa alguna te deja ver ese lenguaje universal y único que nos atrapa en la emoción cercana y profunda, queda en evidencia la cualidad inconfundible del artista, que nació para erigir como fuente de existencia la creatividad única e irrepetible.

Huyendo del apego personal que lentamente me ha ido uniendo a esa imagen del Cristo de la Humildad,  he de reseñar que ha sido un privilegio vivir, durante estos interminables meses, esa trasformación lenta, pausada, con ceremonias de silencio y diálogos entre Mayoral y la incipiente imagen que ya desde el principio marcaba la idea, un sueño que ya podemos tocar con las manos del corazón y abrazarnos a él hasta sentir en lo más profundo del alma la suavidad de su pulso.

Es verdad que se nos ha hecho interminable la minuciosa indagación que Fernando Mayoral ha llevado a cabo durante meses, cual si fuera un estudiante que todavía a sus ochenta y tantas primaveras quisiera encontrar el descubrimiento del rasgo anatómico único y perfecto para dar el golpe exacto. Su mirada, puesta quizás en Miguel Ángel y la esperanza abierta al futuro que lo sobrevivirá en la materia, por los siglos de los siglos, entre esos olores a ceras, que en las calles salmantinas besarán a su paso los pies cansados de tanto camino.

Fernando Mayoral, con cuatro medallones en nuestra Plaza Mayor, una decena de las más importantes esculturas que el pasado siglo dejó en nuestras calles y un buen número de imágenes distribuidas por esos mundos de Dios, estaba sometido en esta ciudad a una gran injusticia. Mientras en nuestra Semana Santa no tenía ni una sola imagen, en la querida y cercana Zamora varias de sus tallas han contribuido sin duda al engrandecimiento de la Pasión que, junto al Duero, sabe cuidar a los suyos mejor, mucho mejor que lo hacemos nosotros por estos pagos.

Pero lo importante es que Mayoral ha renacido de tal forma en su ilusión, que el Cristo de la Humildad va a ser una de las grandes referencias de su dilatada carrera como escultor. Ha sido sorprendente comprobar a su lado la fuerza que de forma misteriosa lo ha ido abrazando mientras acometía esta obra que lleva el ADN del artista de gran formato, al que se une como valor añadido toda la experiencia acumulada durante muchos años de imparable desasosiego, en pos de una obra que lo perpetuará en el Olimpo del arte.

No podíamos suponer hace un año que por expreso deseo suyo vendría desde Jerusalén fray Francesco Patton, Custodio de Tierra Santa, para bendecir la imagen que será cedida a esta ciudad que la acogerá en el imparable besar de los tiempos.

El Cristo llevará en su cruz las reliquias del Calvario y del Santo Sepulcro, que fueron entregadas por el Custodio de Tierra Santa hace unos meses a la Hermandad Franciscana en Jerusalén, para sellar simbólicamente con los lacres franciscanos el abrazo de cercanía con esos parientes nuestros en la fe que sufren por aquellas tierras, en estos momentos, nuestra apatía.

Un Cristo que, en la ilusión de estos pretéritos tiempos de la Hermandad Franciscana, imaginamos viajando, no sabemos en qué añada, a Tierra Santa, para que allí en cualquiera de los museos franciscanos pueda contemplarse…


martes, 28 de noviembre de 2017

Félix Torres



Todavía no se han marchitado las flores con las que recordamos a nuestros difuntos y, sin solución de continuidad, se nos abren las puertas más solidarias del corazón cofrade. El olor a navidad comienza cada vez antes y aparece en nuestras cofradías, como cada año, la tradicional Operación Kilo.

A lo largo de los días más inmediatos a las fiestas navideñas –en una inmediatez que se dilata hasta los primeros días otoñales–, no creo que exista cofradía o hermandad en la que por estas fechas no se programe una acción solidaria para con los más necesitados. Recogidas de alimentos, de juguetes, de ropa, chocolatadas y comidas, conciertos solidarios,... cada cual aportando según sus habilidades por la mejor de las causas: ayudar a nuestros semejantes. Loabilísimas acciones que contribuyen a paliar escaseces, aunque sea de modo puntual y transitorio, y que sirven también para rellenar ese hueco, a veces problemático, de ejercer la caridad cumpliendo con los mandatos de la mayoría de nuestros estatutos y reglamentos cofrades.

Salimos a la calle y damos la cara por nuestros semejantes. Recaudamos cuanto podemos y lo dejamos en manos de quienes sabrán qué hacer con ello de manera adecuada. ¿Qué mejor forma de celebrar la Natividad que compartiendo con quienes carecen de lo imprescindible? Magnífica labor de cofrades comprometidos. Pero,... ¿es esto todo? ¿Aliviamos con este detalle de humanidad las necesidades de todas esas personas desconocidas? ¿Se podría hacer más y mejor? Seguro que sí.

Cierto es que un plato caliente sobre la mesa (en cualquier día del año, no solo en estas fechas) debería ser algo habitual para todos y que nuestra colaboración contribuye a que sea posible. Pero, hay otras muchas necesidades en otros muchos días del año que no se ven cubiertas porque desgraciadamente nuestra caridad es temporal y, además, muchos no sabríamos siquiera cómo intentar paliarlas. Porque, además, tras las festividades navideñas nuestro pensamiento pasa a centrarse en lo que para todos nosotros es fundamental y arrinconamos esas acciones caritativas para mejores momentos (que en la mayoría de los casos serán las siguientes navidades). Olvidamos que esos kilos de legumbre y arroz, litros de leche y aceite, galletas o bolsas de pañales infantiles se agotan mucho antes de lo que marca su fecha de caducidad y que la necesidad continúa mucho más allá. Olvidamos que quienes están solos en Navidad, necesitados de compañía tanto como de alimento, van a seguir, aún más solos si cabe, necesitando esa caricia amiga todos los días del año. Olvidamos que quienes padecen sufrimiento agradecerán las palabras de aliento en cualquier momento. Pero, sin embargo, centramos nuestra caridad en estos días prenavideños y dejamos al descubierto el resto.

¿No sería posible coordinar acciones y esfuerzos para proyectar esta solidaridad a lo largo de todo el año? ¿No podría la Junta de Semana Santa servir de vehículo para canalizar estos esfuerzos organizadamente y así obtener mejores frutos?

Somos suficientes cofradías y cofrades como para, hermanados en todo momento, mantener el ejercicio de la caridad a lo largo de todo el año, de todos los años, añadiendo a todos esos kilos solidarios tan necesarios que recogemos con las mejores de nuestras intenciones, otros gestos de los que también están necesitados quienes nos rodean. Así como en su día nuestra Semana Santa pudo presumir de contar con un hospital en el que se atendió a cientos de desheredados, hoy podríamos retomar aquel espíritu y hacer de nuestras cofradías y hermandades elementos de caridad con los que cumplir objetivos que harían, además, que la sociedad nos reconociese y valorase más allá de nuestras procesiones y actos penitenciales.

Invertir tiempo, esfuerzos y, por supuesto, dinero en dar a quienes lo demanden aquello que necesitan con auténtico espíritu cofrade. Escuela de adultos, centro de atención infantil, acompañamiento organizado de necesitados, asesoramiento en diversidad de temas y cuestiones, asistencia a ancianos, compañía a personas en soledad o cuidado de enfermos, todo con organización y "profesionalidad", y... por supuesto, operaciones kilo; cuantas operaciones kilo sean necesarias.

Somos muchos y muchos excelentemente preparados para sacar adelante esas tareas que cubrirían aquellas necesidades. Solo es necesario ceder parte de nuestro tiempo y conocimientos, alguien que coordine y canalice adecuadamente los recursos y, sobre todo, hacer de nuestras cofradías y hermandades un solo cuerpo para actuar solidariamente.

¿Parece difícil? Yo creo que no. Solo habría que intentarlo.


domingo, 26 de noviembre de 2017

Ángel Benito

Nuestro Padres Jesús del Vía Crucis, a su paso por la Plaza Mayor el Jueves Santo | Fotografía: Hermandad del Vía Crucis

La Hermandad del Vía Crucis ha realizado un cambio histórico para acortar el recorrido prescindiendo de la Plaza, un elemento simbólico durante toda la historia de la cofradía


Miento si no digo que aún se me ponen los pelos como escarpias cuando recuerdo cómo el banzo se despegaba del hombro para alzar a Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis en la Plaza Mayor. Reconozco sentir aún los nervios cuando el paso se paraba en el arco de Poeta Iglesias para iniciar con La Saeta la entrada en el ágora y los acordes se fundían con Caminando va por tientos. Cuando la mano del hermano se apoya sobre la tuya viviendo ese momento. Cuando entras en la Plaza Mayor. Como hermano de la Hermandad del Vía Crucis, reconozco que la decisión de salir del ágora no tiene que haber sido sencilla si cada uno ha vivido ese sentimiento como hermano de carga o de fila.

Sin embargo, la decisión tomada por la hermandad que preside Raúl Alejo de prescindir de la Plaza Mayor tiene, a mi juicio, un doble objetivo. El primero: recortar dos horas el recorrido en uno de los itinerarios más largos de la Semana Santa salmantina. La entrada en San Juan de Mata este año ha sido más allá de la una de la madrugada, después de siete horas en la calle. El horario previsto con el cambio y teniendo en cuenta que la cofradía aún tendrá que esperar a que se inaugure el nuevo hospital (2019-2020), siendo optimistas, para pasar por Filiberto Villalobos pasaría a ser en torno a las 23:00 horas.

El segundo objetivo  tiene que ver con la madurez de la cofradía. Para una cofradía naciente y de barrio llegar a la Plaza Mayor suponía conectar a San Bernardo con la Plaza Mayor. Extender el vía crucis al centro de la ciudad. En la actualidad, ha perdido sentido. El ágora supone el lugar de mayor bullicio en la tarde del Jueves Santo donde rara vez se escuchaban los rezos cuando se pronunciaba la estación correspondiente y las oraciones. Los hermanos más veteranos recordarán la soledad en la mañana del Jueves Santo cuando la entrada puntual a las 09:00 horas tan solo era aplaudida por una decena de extranjeros que había madrugado para hacer la ruta turística. En el ámbito de la madurez y el sentido común también se enmarca la concentración de las estaciones en el Hospital de la Santísima Trinidad y el adelanto de la entrada al ámbito sanitario. Poco sentido tenía entrar cerca de las once de la noche a la Santísima Trinidad cuando rara vez alguien que está hospitalizado está despierto a esas horas. El adelanto horario recupera el sentido y hace que el mensaje y las oraciones sean un apoyo real para las personas que están pasando un momento complicado. Una mano tendida real.

Prescindir de la Plaza Mayor debe haber sido una solución difícil, pero ha contado con el respaldo de los hermanos en la asamblea y verá por primera vez la calle Cervantes en su recorrido procesional sin perder el ascenso por la calle más procesional de Salamanca. Compañía. Bendita Compañía.


viernes, 24 de noviembre de 2017

F. Javier Blázquez

El Nazareno de San Julián

Los setenta y cinco años de la Junta de Semana Santa bien merecían una celebración a la altura de las circunstancias, adornada con la concesión de la medalla de oro de la ciudad y clausurada con el ágape, primero el eucarístico, después el secular.

Celebrar es consustancial a la actividad humana. Los acontecimientos destacados, los encuentros dichosos, los aniversarios que rememoramos, nos unen siempre en torno a la celebración. Celebrar es también un recuperar en parte aquello que fuimos o vivimos o nos contaron; es aprehender en algún grado aquello que sin vivirlo o conocerlo ha servido, en alguna medida, para hacernos como somos.

El ritual celebrativo conlleva asimismo los encuentros y reencuentros, los que nos señalan la fugacidad de la vida, los que dejan aflorar aquellas remembranzas sedimentadas hace ya demasiado tiempo. Y así sucedió, en los prolegómenos de la confraternización en torno a la mesa, con los nazarenos. Allí estaba su historia viva, encarnada ahora en su hermano mayor, José María Guervós, y en las directivas Marifé de Nó y Vega Villar. Allí estaban, representando a su congregación, tres de las familias que modelaron el devenir de esta ilustre y venerable congregación. Los de Nó, los Guervós, los Rodríguez de Ceballos. Radiantes, optimistas, ansiosos por seguir recuperando las glorias que otrora les distinguieron. Porque ellos son, es cierto, la esencia de la Semana Santa salmantina y en ellos, en los nazarenos, confluyeron los episodios más sonados de la historia de nuestras cofradías.

Junto a la Vera Cruz, los nazarenos configuraron esa idiosincrasia que aparentemente se diluyó con la proliferación cofradiera. Junto a la Santa Cruz, ellos, los nazarenos, son indispensables en el afianzamiento de esa Semana Santa procesional genuinamente salmantina que todos anhelamos. Porque en ellos, junto a la Vera Cruz, están las raíces de las que brotaron las otras cofradías que reforzaron la personalidad de nuestra Semana Santa. Allí estaban los tres, cargando sobre sus hombros con los siglos de su historia, sabedores de lo mucho que les necesitamos, conscientes de que sus decisiones nos afectan a todos, deseosos de asentar esta nueva etapa de su historia sobre el legado de sus antepasados que, junto a otras familias nazarenas, como los Estella y Calderón, tanta reputación dieron a las procesiones salmantinas.

Fue un tiempo de encuentro, con los buenos amigos nazarenos, fue un tiempo de reencuentro, con una celebración lígrima infinitas veces evocada, querida y anhelada. Fueron momentos de alegría y esperanza, porque reconforta saber que asumen el clamor de los suyos desde la historia y aceptan con orgullo el legado que les dejaron. Un legado que debe ser necesariamente recuperado y potenciado desde la tradición, porque ellos, los nazarenos, son la tradición más visible de nuestra Semana Santa.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

Xuasús González

Niños de la Hermandad de Jesús Despojado, en su procesión vespertina del Domingo de Ramos | Foto: Pablo de la Peña

A mediados del pasado mes de mayo dábamos cuenta en este mismo rincón cofrade virtual del malestar que se palpaba entre los cofrades de esta comunidad autónoma tras la aprobación del, entonces, borrador del calendario escolar para el curso 2017/2018. La cuestión es que en él se establecía que Lunes, Martes y Miércoles Santo serían días lectivos, y que el periodo vacacional tendría lugar en la semana de Pascua.

Apenas unos días más tarde era aprobado definitivamente el calendario manteniendo las previsiones iniciales, desoyendo las voces en contra –quizá tampoco demasiado vehementes, dicho sea de paso– de las juntas de Semana Santa de Castilla y León. Y, mal que bien, del mundo cofrade en general, al menos en las barras de los bares…

Y, ahora, en pleno curso, seguimos enredando con el mismo asunto…Y es que, a pesar de la decisión de la Junta de Castilla y León, se dejaba abierta la posibilidad para que los centros escolares que así lo decidieran pudieran cambiar el periodo vacacional y hacerlo coincidir con la Semana Santa.

Tan solo nueve –¡nueve!– centros de toda Castilla y León –siete de Zamora y dos de León– solicitaron el cambio de fechas, aunque a dos de ellos les fuera denegado por compartir servicios con otros que no pidieron modificar sus vacaciones.

En esta comunidad se cuentan ocho Semanas Santas declaradas de Interés Turístico Internacional (Zamora, Valladolid, León, Salamanca, Palencia, Ávila, Medina de Rioseco y Medina del Campo), tres de Interés Turístico Nacional (Burgos, Astorga y Ponferrada) y ocho de Interés Turístico Regional (Segovia, Soria, Sahagún, Aranda de Duero, Ágreda, El Burgo de Osma, Peñafiel y Tordesillas). Es decir, diecinueve localidades de Castilla y León tienen algún tipo de distinción turística para su Semana Santa; y eso, si no se nos ha quedado alguna en el tintero, que la concesión de este tipo de declaraciones se ha desmadrado en los últimos años y ya pierde uno hasta la cuenta…

Pero, más allá del número, lo que es innegable es la importancia que, en general, tiene la celebración pasional –con declaración o sin ella– en la comunidad autónoma. Y no solo a nivel turístico, sino también religioso, cultural, económico, social…; que resulta evidente no por un título, sino por la implicación de los ciudadanos –cofrades, y no cofrades– y de las instituciones.

También es evidente que, si se quiere potenciar la Semana Santa, los estudiantes han de poder "vivirla" plenamente, sin preocuparse por sus obligaciones del día a día. Pues, aunque las procesiones no coincidan con las clases, sí que pueden solaparse con actividades extraescolares; e, incluso, aunque no fuera así, la "vida cofrade" se vería sin duda mermada.

Y si eso no lo ha querido ver la Junta de Castilla y León –o, cuando menos, no le ha parecido lo suficientemente importante para conjugarlo con los criterios educativos, cosa que no parece tan difícil–, sí que parecía lógico que lo hubieran considerado las comunidades educativas. Al fin y al cabo, de ellas forman parte a través de sus diferentes estamentos –padres, profesores, alumnos…– personas de lo más heterogéneo. Y ha quedado claro que tampoco ha sido el caso.

Por tanto, se mire como se mire, algo falla… El arraigo de la Semana Santa y la amenaza de no poder vivirla al cien por cien, que tanto parecía preocupar, ha quedado en un más que discreto segundo plano.

Y eso que, para muchos, sigue siendo prioritario para la buena marcha de la Semana Santa –compatibilizar el calendario escolar con el cofrade– es lo que tenemos que hacer ver a la sociedad. Cueste lo que cueste. Y, en eso, tenemos mucho trabajo por delante...


lunes, 20 de noviembre de 2017

Pedro Martín

Cartel anunciador de la Semana Santa de Salamanca 2018, en su presentación | Fotografía: Ayuntamiento de Salamanca

Podría parecer un contrasentido, incluso una provocación, o quizá fruto de las modas laicistas (que no laicas) que imperan en nuestra sociedad de un tiempo a esta parte, pero el hecho es que si repasamos los últimos carteles de nuestra Semana de Pasión resulta que en los últimos seis años, contando el actual recién presentado, tan solo en uno, y no de forma protagonista, vemos una imagen procesional.

Estaremos de acuerdo en que una Semana Santa sin procesiones no es tal, y una procesión sin una imagen que la presida no tiene sentido, pues esto es y no otra cosa lo que persigue la misma: hacer pública profesión de fe con nuestras imágenes de devoción por las calles de nuestra ciudad.

Con estas premisas entenderá el lector avispado que no me gustan los mencionados carteles de los últimos años, y nada más lejos de la realidad. Como fotografías tienen todo su valor artístico realizado por su autor, y no seré yo, que desconozco los vericuetos de ese mundo, quien dude de su calidad o su técnica, que sin duda la tienen. Pero sí me pregunto qué ha llevado al jurado de los diferentes años a decantarse por trabajos que no presentan, ni por asomo, la centralidad de nuestras procesiones: las imágenes. Y de igual modo, por qué los fotógrafos no buscan instantes de nuestra Pasión con las imágenes como protagonistas. Será por no molestar, quizá por ser políticamente correctos y evitar una imagen religiosa en un cartel promocional, no siendo que nos afeen la conducta.

¿Hemos renunciado definitivamente a las imágenes para decantarnos por una semana santa cartelística iconoclasta? Si a las pruebas nos remitimos, parece que sí, aunque espero que sea una moda como otras tantas que sea pasajera.

El objeto del cartel es promocionar nuestra Semana Santa y, entiendo, atraer a viajeros de todo tipo (culturales, religiosos, artísticos, antropológicos…) atraídos por nuestra Semana de Pasión para que acudan a nuestra ciudad. ¿De verdad pensamos que el ciudadano medio de cualquier feria nacional o internacional donde se promociona, viendo el cartel de este año o los de años anteriores, se siente atraído, emocionado, interpelado, conmovido o fascinado por lo que en ellos se transmite? Sinceramente pienso que no, y que si le quitáramos la palabra "Salamanca" a dicho cartel, pocos, muy pocos de los que lo vieran serían capaces de distinguirlo de los de otros lugares con carteles de semejante corte. Yo no quiero que seamos iconoclastas.


viernes, 17 de noviembre de 2017

Daniel Cuesta SJ

Procesiones extraordinarias en octubre de la Virgen de San Lorenzo, en Valladolid, y de la Virgen de San Gonzalo, en Sevilla

El mes pasado tuvieron lugar dos acontecimientos de primer orden en el mundo cofrade. El 14 de octubre, en la ciudad de Sevilla, tuvo lugar la coronación canónica de Nuestra Señora de la Salud, de la popular Hermandad de San Gonzalo. Para dicho fin, la imagen fue trasladada hasta la Catedral, donde se celebró un solemne triduo que concluyó con el acto de la coronación y una  procesión extraordinaria. Unos días más tarde, el día 22 de octubre, la ciudad de Valladolid celebró el primer centenario de la coronación canónica de la que es su patrona y alcaldesa perpetua: Nuestra Señora de San Lorenzo. Y para ello realizó un gran despliegue de actos que concluyeron con una solemne procesión extraordinaria que llevó a la imagen de la Virgen por las calles de la ciudad, donde las diversas cofradías habían levantado riquísimos altares.

Como he enunciado en el anterior párrafo, ambas efemérides fueron sumamente solemnes y lo que es más importante: devotas. Sin embargo, me llamaba la atención que entre los cofrades salmantinos los dos actos no fueron seguidos con el mismo interés. Sino que, paradójicamente, la celebración más lejana a nuestra tierra, la sevillana, tuvo muchos ecos en las redes sociales y, por supuesto, en las conversaciones del mundo cofrade. Mientras que los fastos de nuestra vecina ciudad del Pisuerga, solamente fueron seguidos por un reducido número de cofrades, pasando inadvertidos para la gran mayoría.

Ante esta realidad muchos se echarán las manos a la cabeza e invocarán la esencia castellana de la Semana Santa de Salamanca, recordando que nuestras raíces están en Valladolid y Zamora y no en Sevilla. Sin embargo, ante esta afirmación cabría preguntarse ¿dónde radica esa esencia castellana o andaluza que tanto invocamos? Podríamos pensar que esta se encuentra en la tan mencionada seriedad de nuestras procesiones. Sin embargo, a poco conocimiento de la Semana Santa que se tenga, esta afirmación choca frontalmente con el rigor y formalidad de muchas hermandades andaluzas y también (no hay que negarlo) con los excesos que desde hace décadas, e incluso siglos, han rodeado la salida procesional de muchas cofradías castellanas. ¿Quizá esta esencia se encuentre en la pretendida austeridad de nuestros pasos? Podría ser, pero si se estudia la historia de nuestra Semana Santa, uno se encuentra con la sorpresa de que, durante el barroco, los pasos que procesionaban sobre tableros eran los que podríamos llamar de "misterio". Mientras que las imágenes titulares de las cofradías, lo hacían normalmente sobre ricas andas, semejantes a los retablos en los que se las rendía culto durante el año, con profusos exhornos florales y, además, las principales imágenes marianas, en Castilla, procesionaban bajo palio. ¿Se encuentra esta esencia en nuestros característicos y austeros capirotes negros, morados y blancos? Siento tener que decir que tampoco, puesto que, como muchos saben, si hubiera que buscar un secular caperuz castellano, este sería el que se conserva en localidades como Medina de Rioseco o Bercianos de Aliste, ya que el afilado capirote no es otra cosa que una influencia tomada de Andalucía en épocas relativamente frecuentes.

Llegados a este punto, quizá algunos piensen que he perdido el hilo conductor de estas líneas y estoy mezclando temas. No es así, puesto que lo que pretendo poner de relieve es que la Semana Santa es algo vivo, desarrollado a lo largo de los siglos y que, por tanto, sigue conformándose también hoy. La idea de la diferencia y del fijismo en la Semana Santa fue introducida durante su reinvención en el Romanticismo y desarrollada con la reinterpretación turística de la fiesta, después de sus crisis del siglo XX.

En este sentido, creo que lo más importante es mantener el sentido común. Es decir, a día de hoy creo que no es planteable volver a sacar los pasos de Los azotes o La caña sobre unas pequeñas parihuelas, portadas por un escasísimo número de cofrades. Pero, a su vez, también sería un absurdo proponer que estos dos pasos (o cualquiera de los que procesiona la Cofradía de la Vera Cruz), salieran a la calle a costal. Por ello creo que es vital que cada cofradía, y por supuesto las instancias que tienen el deber de coordinarlas a todas, sepan "hacia dónde mirar", para ser fieles a su historia y tradición, con suficiente mano izquierda para reinterpretarla o reinventarla para no caer en un fijismo que las lleve a su propia muerte.

Personalmente, creo que nos hacemos un flaco favor cuando en esta sociedad de la comunicación en la que vivimos damos la espalda a una u otra realidad, sea castellana o andaluza. Puesto que tenemos la posibilidad de conocer, disfrutar y vivir nuestra tradición más local, y a la vez poder enriquecernos con las de otros lugares. Por todo ello, opino que nunca debemos olvidar que somos castellanos, puesto que, sabiendo de dónde venimos, nos será mucho más fácil planear hacia dónde queremos ir. Pero tampoco conviene que nos cerremos en ello ya que, si se trata de crecer, las otras tradiciones también pueden ayudarnos a hacerlo (y nosotros podemos hacer lo propio con ellos). En definitiva, ya que sabemos que la Semana Santa está viva, ¡dejémosla vivir! Y no la convirtamos en una congelada pieza de museo, pero tampoco en una vividora que no sabe adónde va.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Abraham Coco

El Cristo de la Agonía Redentora, ante las religiosas del convento de Santa Isabel | Fotografía: Óscar García

Somos la gente quienes construimos la Semana Santa procesional. Diferentes generaciones de cofrades preservamos esta fiesta durante el puñado de años que pasamos vivos y en los que, de manera circunstancial, coincidimos en ella. La mejoramos, la mantenemos, la empeoramos, la inventamos, la reinventamos, la cuidamos, la maltratamos, la encasillamos, la arriesgamos, la matamos, la resucitamos, la disfrutamos, la aborrecemos. Así la vamos celebrando, año a año, amoldada a gustos, inercias y circunstancias que pasarán. Algunas pasaron hace tanto que ni las recordamos. Lo que hoy nos parece esencial, mañana será accesorio.

Pero es inevitable que la tristeza nos invada cuando en ella perdemos simbólicos instantes, gestos fugaces que la hacen tan hermosa. Uno de los de mayor belleza en la Semana Santa de Salamanca de las tres últimas décadas se producía en la madrugada del Jueves Santo, cuando el Cristo de la Agonía Redentora volvía por unos minutos a su casa en el reencuentro anual con las Madres Isabeles.

La hermandad, que desde 1988 incluyó en su itinerario está emotiva parada, realizaba un esfuerzo al rebasar los límites del callejero cofrade más recurrente para hollar el monasterio en cuya sacristía un día pendió el Crucificado. Esa voluntad compensaba incluso el incómodo recorrido de regreso a la Catedral Nueva por calles donde el alcohol se despacha mejor que el incienso, aunque también quizá eso sea periferia.

Del muestrario de aspectos que singularizaban la procesión de la Cofradía del Cristo de la Agonía Redentora, ese santiamén ante el convento de Santa Isabel, cuando la devoción rompía la clausura, era uno de los más sobresalientes. Contábamos con que el paso del tiempo nos terminaría por privar de ese momento, pues la sequía vocacional también se manifiesta de esta forma. Pero no pensábamos que fuera a suceder tan pronto, sin ni siquiera tiempo para la despedida. Al inventario de ausencias se incorpora ahora la emotiva relación que edificó una procesión.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Tomás González Blázquez

La Congregación de Jesús Rescatado, al iniciar su procesión desde la iglesia de San Pablo | Fotografía: Pablo de la Peña

La Iglesia, acusada de inmovilismo y anacronismo, tachada de lenta y atrasada, maneja tan bien el tiempo que es la institución más longeva de la Historia, e incluso desde la fe afirmamos que prevalecerá hasta la venida gloriosa de Cristo, y no es la verdad que más se atrevan a cuestionarnos. Más abarcable es el asunto del espacio, y tampoco se le ha dado mal, con muchos mártires y frustraciones de por medio, obedecer el mandato de ir hasta los confines de la Tierra anunciando a su Señor. A menudo lo ha hecho de prestado, entrando en las casas que se le abrían, como aquellos setenta y dos enviados directamente por Jesús, y siguiendo camino después. Pero, claro está, terminó el tiempo primero de la clandestinidad, de las reuniones en las casas, de las catacumbas, y hubo templos, basílicas, colegios, hospitales, prioratos, abadengos, y hasta Estados Pontificios, reducidos hoy a una Ciudad-Estado que tan buen servicio puede prestar en el ámbito diplomático a la construcción del Reino. La propiedad de la Iglesia despierta y despertará recelos, tanto en hostiles como en fieles, e incluso se le pretende negar ese derecho, como demuestra la polémica de las inmatriculaciones o la redundante amenaza de privarla de la exención fiscal que reconoce su utilidad para el bien común. Más allá de ese prejuicio acerca de que la Iglesia posea bienes y del ansia voraz por sustraérselos, surge hoy, en nuestros contextos nacional y diocesano, el problema del mantenimiento de un patrimonio que excede las necesidades actuales para el culto y las demás actividades secundarias.

Basta hacer un ejercicio sencillo con el plano de la capital y el mapa de la provincia. El centro histórico de Salamanca está plagado de edificios religiosos, propiedad de la Diócesis, de congregaciones religiosas, e incluso la capilla de la Vera Cruz como ejemplo de nuestra realidad cofrade. Cada pueblo, aldea y hasta finca tiene su templo, y son más las parroquias que los municipios. No es preciso calcularlo en metros cuadrados ni hacer tasaciones aproximadas. ¿Necesitamos tanto? ¿Lo podemos mantener? ¿Cómo armonizar interés histórico-artístico, potencial turístico, viabilidad económica y función pastoral? La Asamblea Diocesana adelanta en sus orientaciones que muchos templos irán paulatinamente perdiendo el uso para el culto y apunta a una renovada planificación de las misas dominicales. En el medio rural se plantea el establecimiento de "templos centrales" donde potenciar la eucaristía del domingo, en los que reunir a varias comunidades parroquiales, como alternativa a las celebraciones en ausencia de presbítero en cada parroquia. En la capital, donde las unidades pastorales funcionan de manera desigual o están por arrancar y las iglesias de religiosos son muy numerosas, la oferta de cada domingo es amplísima: contando la tarde del sábado, ciento sesenta y seis oportunidades de cumplir el precepto, bendita y necesaria obligación. De vez en cuando, fuera de programa, "misas de cofradía" que no contempla el horario semanal diocesano. Tampoco los cofrades pueden vivir sin el domingo aunque muchos crean que sí.

Ante el reto de los templos centrales hace falta revisar el estado de la relación entre las hermandades y sus sedes. Si calles y plazas son su campo genuino pero esporádico, el templo es su espacio natural y ordinario. El asentamiento es bien diverso. Abundan las cofradías en la Catedral, la Clerecía y San Esteban, templos hoy innegablemente orientados al turismo. También las hay en iglesias conventuales y en parroquiales, además del mencionado caso de la Vera Cruz. E incluso el Cristo del Perdón se venera en las Bernardas sin que haya religiosas cistercienses. Se da la circunstancia de que a veces no coincide la sede canónica con el templo de salida, e incluso se observa la tendencia a diversificar las sedes para la celebración de ciertos cultos durante el año. Es posible afirmar que, salvo algunas excepciones, las cofradías de la ciudad no mantienen una relación estrecha, integrada y perfectamente identificable con sus sedes. No es que existan conflictos. Simplemente, faltan conexión, integración y una línea pastoral nítida que potencie y aproveche la riqueza espiritual de las cofradías y sus imágenes devocionales. En todo caso, a medio plazo muchas iglesias urbanas, quizá en menor medida que las rurales, van a verse afectadas por la escasez de fieles, y a corto, por la aún mayor carencia de sacerdotes que puedan presidir la misa en ellas. Se impondrá una reducción en el número de celebraciones eucarísticas en la ciudad de Salamanca, y si no lo remedia una comunidad que los arrope, de religiosos o de laicos, los templos que apenas abren ya para la misa verán cerradas sus puertas.

Ante esta situación, cabe esperar que las cofradías reflexionen sobre la relación con sus sedes y las redescubran como el pilar sobre el que construir su vida de hermandad por encima de la procesión. Es cierto que el cimiento básico es la eucaristía y el domingo, y que para esto pueden unirse a la celebración parroquial, pero se antoja pastoralmente necesario vincularlos a la presencia de las imágenes. ¿No ayuda a los hermanos del Flagelado reunirse en torno a su titular en la Clerecía? ¿No sería natural que los cofrades del Cristo de la Agonía se congregasen en los Capuchinos? ¿No parece lógico que los de la Soledad defiendan la misa dominical en su capilla catedralicia, sin negar el sentido de la celebración capitular en la capilla mayor? Para que el culto se conserve en varios templos, para que haya una comunidad que sostenga el domingo, las cofradías han de dar un paso adelante. Sus imágenes devocionales no deben degradarse a la categoría de piezas artísticas, pese al mucho potencial evangelizador que aún conservarían. Así, sería posible que la nómina de iglesias netamente cofradieras aumentase. A la Vera Cruz, donde se produce un simbiosis peculiar y enriquecedora entre los carismas de la piedad popular y la vida contemplativa, cristalizados además en la permanente exposición eucarística gracias a las Esclavas del Santísimo, quizá se terminen  sumando otros templos: un San Pablo gestionado por la congregación de Jesús Rescatado, un San Julián por la del Nazareno, un San Benito por la Hermandad de Jesús Despojado, y así más templos donde hay imágenes devocionales o a los que pudieran trasladarse.

Siempre desde el realismo y la viabilidad, que esto ni se improvisa ni es el plan original, sino una adaptación a las circunstancias. Seguramente las hermandades no podrían abrirlos diez horas diarias como abre la Vera Cruz (inmensa gracia la presencia de las religiosas), ni sus pluriempleados capellanes podrán limitarse a ese altar y ese confesionario, pero si logran comprometerse en la tarea de mantener una iglesia abierta, en la que se celebre la eucaristía, se brinde el perdón de Dios y se pueda orar con la ayuda de esas imágenes que durante unas horas al año procesionan por las calles, ganarán en madurez y en responsabilidad. En definitiva, estarán creciendo en su proceso de ser comunidad cristiana. Esto no las segregaría de la vida parroquial o diocesana, sino que las otorgaría verdadera relevancia en la difícil coyuntura de conservar y acrecentar la presencia de Dios en el mundo de hoy, que también se refleja en las puertas abiertas de las iglesias. Abiertas para acoger, para compartir y para rezar. Para organizar los desfiles procesionales bastaría un simple almacén o museo: ¿no está ese reto ya superado? Se trata ahora de un esfuerzo menos vistoso pero más decisivo.


jueves, 9 de noviembre de 2017

Andrés Alén



Empezaré yo mismo por declararme: Personalmente, de muy relativo interés, excepto turístico; Internacionalmente: seudo-desconocido, salvo en internet donde tengo, por la face, algún que otro amigo japonés. No muy dado a creencias, pocas ya, insólidas y desgastadas, que las más de las veces arrastro, como penitencias, por no cambiar. Comprendo cierto afán clasificatorio de la gente, que en un desordenado irredento como yo se admira con envidia; eso de ordenar listados de Universidades desde Shanghái, fortunas Forbes, cotizaciones de arte en Sotheby's, Christie's o Artprice, o lo que se va a votar en Cataluña en pleno lio, proyectan  un organigrama de constelación equilibrada, un mandala perfecto cuyo simétrico urbanismo apetece de vez en cuando colorear.

De todo el índice que se abre ante mis ojos, generalmente desconfió de las listas que se hacen a los puntos, como los saltos de trampolín, y suelo aceptar mejor las que se cronometran, se apuntan,  o se pesan, total, que son de alguna forma medibles por encima de la intención sabia o espiritual o instintiva de quien las elabora.

Aunque estamos en un otoño donde mi mente debiera centrarse más  en la  escasez de lluvia, o en contrarios chaparrones como la meditación benedictina sobre soberanismo y evangelio, El pacifico afilado de hoces d’els segadors, entre sonrisas, o en recontar votos con autodeterminación, y tan alejados en tiempo de otras grandes pasiones, es a estas, las semanales anuales a las que seguidamente de refiero.

Declaraciones de interés turístico internacional de las Semanas Santas. Aparte del concienzudo análisis y brillantes puntuaciones académicas, del éxito que atestiguan la muchedumbre de paisanos en sus desfiles: ¿Se mide? Por ejemplo, el número de guiris, el incremento del tráfico aéreo internacional en Villanubla  en esas fechas, para asistir a la múltiple oferta castellanoleonesa que declara ese cosmopolita interés. Más Sevilla, supongo, Málaga, claro que allí hay playa, ¿Cuenca?: más montañosa para aterrizar. Distinto es el interés cultural o mediático que despiertan, que supongo se debe medir por shares y audiencias, del tipo, la transmisión del desenclavo superó en 5 puntos al Sálvame de luxe, treding topic que alcanzas, pinchazos en youtube del paso por Campana, del barandales de vuelta por San Torcuato, como las ediciones de prensa que se agotan, revistas, folletos, guías para que no te las pierdas, o por si quieres perderte, analógicas o virtuales, papel o nube. Pero, insisto, el turismo implica desplazamiento, si internacional, ingreso de divisas y eso directamente se cuenta.

La mejor Semana Santa o la más Guay. 

Anda, que no hay listas, votadas o no votadas, por lo general cada uno a la suya, ranking perfectamente numerado aunque con resultados dispares como en todas las encuestas.

La intensidad del sentimiento aún no es medible con precisión, menos mal, sí que hay lágrimas lloros, desmayos, extemporáneas exclamaciones, silencios que acongojan. Gentíos, bullas, tapones, paciencia y desesperaciones, más si vas con niños. Que sí son pistas. Pero puestos a precisar se puede contabilizar la onda expansiva que generan. Número de publicaciones de interés que editan. Oficios tradicionales que mantienen. Músicas que inspiran, su paso de misterio, su nazareno o su dolorosa. Las fronteras que sobrepasan cuando salen de su exclusivo territorio semanantero. Como también  a veces es medible la cotización que alcanzan sus imágenes, más allá de las devociones debidas que suscitan, la última subasta en internet de una Virgen, Stma., de la Merced, del XVIII-XIX,  que fue descartada en la Hermandad de la Pasión sevillana  en 1959, por no congeniar bien con San Juan, 4.800 € a las tres, adjudicada. Solo.

Para catalogar la riqueza de su imaginería basta con ir a los más fiables tratados de arte, para darse cuenta que, aunque salgan poco, no es lo mismo Sevilla que Málaga, a mí la legión, ni Valladolid que Zamora, D. Gregorio. Y ya que estamos, aprovechando que el Pisuerga pasa por Pucela,  aunque supongo que el sentido común tampoco lo pretende, no juegan en la misma liga su museo Nacional de Escultura (Casi toda religiosa, barroca  y policromada) que los diferentes museos de Semana Santa que se reparten por el país, Cuenca, Zamora, Crevillent…, como tampoco el más fallero con sus ninots indultats.

No es que pretenda a toda costa que las listas siempre las hagan los listos, ni que se elijan solamente, mediante, cito a Borges: "esa superstición de la democracia", "ese abuso de la estadística", que a veces se ejerce como un medieval juicio de Dios. Yo solo pretendo contar.


martes, 7 de noviembre de 2017

Francisco Gómez Bueno

Cofrades del Cristo Yacente con capirote y con el rostro descubierto. Genéricamente, gente | Fotografía: Pablo de la Peña

"Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre" (Lc 6,20-23)

Ni la crisis y su efecto sobre las economías familiares. Ni la subida del IVA. Ni, mucho menos, plantearse algún posible problema de calidad para conectar con el público. Por favor, hasta ahí podíamos llegar. La culpa de que las butacas no estén llenas sesión tras sesión la tiene ni más ni menos una práctica que dura apenas una de las cincuenta y dos semanas del año y que además tiene pinta de ser muy perniciosa. Justo: la Semana Santa. Ya lo ha dicho José Luis García Sánchez: "¡Vayan más al cine y menos a las procesiones!". Y asunto arreglado.

El ya famoso y polémico consejo del cineasta salmantino en su discurso de agradecimiento al recibir en Valladolid la Espiga de Oro de la Seminci al conjunto de su trayectoria no deja de ser una anécdota que hay que encajar, por supuesto, en el marco de la libertad de expresión y en el derecho de cada uno a pensar y opinar lo que le venga en gana.

Dicha con la habitual socarronería de nuestro ilustre paisano (Lázaro de Tormes, Tirano Banderas, Tranvía  a la Malvarrosa, El vuelo de la paloma…), la frase me parece, no obstante, susceptible de comentario por ser representativa de un fenómeno que vengo percibiendo con creciente resignación.

Todo colectivo –y cuando digo todo, es todo–, merece el mayor de los respetos en el mundo de lo políticamente correcto. No hay práctica, pasatiempo, postura ante la vida, pseudofilosofía, neopsicología, convicción alimentaria o entregada afición que no merezca una foto, un apretón de manos y una respetuosa toma en consideración desde las instancias públicas. ¿Todas? No. Todas, con la única excepción del de los creyentes.

Podríamos ser capaces, incluso, de acotar un poco más y no sería errado hablar de los creyentes cristianos, porque quizá los de otras confesiones gocen, desde distintos espectros ideológicos, de un grado de tolerancia que para sí quisiera el seguidor de Jesús.

Hace unas semanas, con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de Salamanca a la Junta de Semana Santa, por una vez no reprimí mi habitual tendencia a no comentar en público los asuntos de la actualidad más cercana y a través de las redes sociales en las que estoy presente mostré mi malestar con la decisión de la agrupación de electores Ganemos Salamanca de no apoyar esta concesión defendiendo, como argumento principal, la deseable laicidad del Estado.

Pero no, no se trata de eso. Para qué engañarnos a estas alturas. Les aseguro que no hay nadie más convencido de la conveniente separación radical entre los poderes públicos y el poder espiritual de la Iglesia (cuya confusión ha generado a lo largo de los siglos daños incuantificables y lamentablemente ha hecho correr la sangre y silenciado conciencias y voces críticas), sin que eso tenga que significar que lo religioso quede relegado o marginado a lo personal, privado y casi clandestino.

Pero no, no se trata de eso. Fórmulas existían para haber apoyado la solicitud si hubiera un mínimo de buena voluntad en este sentido. Lo expuse y lo repito, la Semana Santa de Salamanca no es solo una manifestación religiosa. Es un vestigio antropológico de más de cinco siglos. Es cultura viva que hace mejor la sociedad que tiene al lado a través de infinidad de iniciativas. Es sentimiento que peleó y pelea por la igualdad de la mujer y en el que, al fin y al cabo, debajo de un paso o con un cirio en la mano, no importan mucho ni clases ni linajes.

Cualquier enfoque hubiera servido. Pero más bien y por el contrario, sirvan como ejemplo estos dos momentos recogidos en el artículo, se sigue buscando la manera de ignorar que en los bancos de las iglesias, en las filas de los besapiés, en las romerías, al otro lado de los respiraderos –hombro con hombro–, en la paciente espera de la acera lo que hay ante todo y sobre todo es gente. Gente que por llevar una cruz colgada al cuello o tatuada en el corazón no ha dejado de valer tanto como cualquiera.


lunes, 6 de noviembre de 2017

Roberto Haro

Figuras de Cristo y Judas del paso de El Prendimiento de la Cofradía del Crísto de la Agonía | Fotografía: Roberto Haro

De todos es conocida, o espero que conozcan por lo menos, la historia relatada en los Evangelios sobre aquel apóstol que por treinta monedas traicionó a Jesús y lo entregó para que lo ajusticiaran.

Es difícil de interpretar la filosofía de Judas y, de los textos que nos han quedado, no tenemos muchas pistas para indagar en sus vericuetos mentales. Sin embargo, para todos nosotros coincide un hecho determinante: fue el apóstol que traicionó a Jesús y desertó de la unidad del grupo.

Pero, ¿cuál sería la causa de susodicha traición? No queda bien descrito en la Historia, pero las diferentes corrientes se adentran en la teoría de la avaricia; es muy probable que incluso fuera un ladrón. Sin embargo, la exigua cantidad pactada no era suficiente como para vender a un amigo al que había estado acompañando durante la etapa pública de su amigo.

Se infiere de los diferentes textos que era impulsivo, violento y fuertemente marcado por las dudas al no entender el mensaje de Cristo, terminando por consumar la traición. En los mismos textos nos lo representan también como un avaro, buscaba en el grupo de discípulos un reino en este mundo y cuando vio que el camino se terminaba para él, al no encontrar ese Reino, abandonó. Y se suicidó.

No hay que mirar muy lejos en las diferentes representaciones que se han producido a lo largo de la historia en las diferentes artes, pues en la iconografía de la Semana Santa de cualquier ciudad queda bien claro que la figura de Judas está también presente en ellas.

Y mirando un poquito más con el corazón y no con la vista, podemos entender que no solo se refieren a esas tallas de madera que se incorpora en los grupos escultóricos representando "el beso de Judas" o "el prendimiento", que esconde tras la espalda la bolsa con las treinta monedas de la traición. No, no es ese el símil que debemos ver en nuestra religiosidad. La figura de Judas también se hace presente en forma de carne y hueso.

¡Qué tristeza y qué desilusión producen ver estas situaciones en las cofradías!

En una sociedad relativa y relativizada parece que da todo igual. Da lo mismo asistir a cultos, que irse de fanfarria a la Conchinchina. Lo mismo es una misa de un triduo o fiesta que una reunión de amigos en torno a una convocatoria general de cabildos o hermanos.

Resulta que dicen algunos entendidos en el gremio que "cada hermandad es muy libre de hacer lo que quiera, que para eso están los cabildos". Pues resulta que ese da igual, eso que se hace desde la voluntad y buena fe, solo parece que lleva consigo la otra careta de importarse verse y regodearse en el protagonismo y el figureo. En ese pavoneo y grandilocuencia que es el ver escrito su nombre una y otra vez en los diferentes panfletos, hablar de sí mismos como doctores de la Semana Santa y colocar sus fotos bien visibles allá donde puedan para quedar bien por encima de los demás. Ea, que aquí está él.

Por el bien de la Semana Santa, y de las cofradías en particular, ya está bien. Basta ya de mentiras, de falsedades y zancadillas. Basta ya de poner una cara por delante y otra por detrás.

Muy bien, sigan así y terminen de una vez primero con sus hermandades y cofradías, y después con la Semana Santa, aun con esa seña de identidad propia que ha pervivido durante siglos.

Miremos a nuestro interior, y preguntémonos cuántas veces nos hemos equivocado de camino, lo hemos abandonado, pero a diferencia de Judas hemos hecho lo más importante, levantarnos, reemprender el camino de Cristo.

La Semana Santa de forma particular, y la religiosidad popular por norma general, es esencialmente caridad, generosidad. Es la historia del amor más grande jamás contada.

Es preciso, sí, implementarla, aplicarla, vivirla y fomentarla desde ese prisma. Todo lo demás, sobra. Incluidas las vivencias de Judas.


viernes, 3 de noviembre de 2017

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

La capilla de Jesús Flagelado, en la Clerecía, acoge las eucaristías de la hermandad de la que es titular | Foto: Alberto Ramos

Todas las cofradías son asociaciones públicas de fieles que tienen entre sus fines la promoción del culto divino. A menudo esta promoción es identificada de forma unívoca con la celebración de la estación de penitencia o de distintas procesiones de gloria, rosarios... y, sin embargo, por esto, a veces se oscurece el principal culto al que está llamado a participar todo cristiano, situado en el corazón mismo de la Iglesia, la celebración de la eucaristía. Todas las hermandades, no solo las sacramentales, deben poner especial cuidado en la promoción de la devoción eucarística. Para analizar esta realidad me propongo, a lo largo de este curso, presentar la necesaria relación entre eucaristía y hermandades: primero, en el plano teórico, intentaré mostrar cómo la fraternidad se enraiza en la eucaristía; segundo, a lo largo de los siguientes artículos, me detendré en tres aspectos de dicha relación (la organización de los cultos y oraciones en la hermandad, la relación entre eucaristía de hermandad y eucaristía parroquial, y, por último, la celebración y participación en el Corpus Christi).

La vida cristiana tiene como culmen la celebración de la eucaristía. En ella Cristo mismo nos ofrece su vida resucitada a través de su cuerpo y su sangre. A su vez, esta entrega se convierte en fuente de gracia que inunda nuestra existencia y nos alienta en nuestra actividad cotidiana. De este modo, somos sostenidos y animados en el camino hacia el encuentro definitivo con el Señor. Estamos unidos a Cristo por el bautismo, y esa unidad por el Espíritu se edifica y refuerza por la participación en la eucaristía. No es esta una unidad individualista, intimista, pensada para la salvación personal aislada de la del resto de los hermanos. La unión con Cristo conlleva la unión con el prójimo: todos estamos llamados a constituir una única familia, una fraternidad que se manifiesta en la comunidad de la Iglesia. Una comunidad que se desborda para intentar abarcar la humanidad entera, en palabras de san Juan Pablo II, "la eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres" (Ecclesia de Eucharistia, n. 24). Esto no son solo bellas palabras con las que consolarnos en medio de la soledad. Es necesario tenerlo claro: más allá de la familia de carne y sangre que todos tenemos, la persona que está a nuestro lado en el banco de la iglesia, con la que nos cruzamos en la calle, son, en verdad, nuestros hermanos. Y como tales tienen que ser vistos y considerados.

Las cofradías son una concreción local de esa fraternidad universal que constituye la Iglesia. Formar parte de una corporación supone entrar en una familia, y esto tenemos que tenerlo presente siempre. Cuando surgen dentro de ella las dificultades y enfrentamientos, las rivalidades y celos que, por experiencia, sabemos que están siempre presentes en toda organización, debemos afirmar todavía con más fuerza esta realidad. Con un hermano se puede debatir, disentir, discutir, pero sigue siendo familia, a pesar de todo. Podemos preguntarnos dónde reside el fundamento último de esta fraternidad, aquello que la edifica día tras día: algunos dirían que una cofradía se cimenta en la común devoción a unas advocaciones del Señor y de su Madre, otros que en el gusto por la camaradería que encontramos en su seno, unos más en la formas populares que ofrece para vivir la propia fe. Sin embargo, siendo estos factores importantes, que contribuyen a la edificación de la fraternidad, no son la piedra angular sobre la que se levanta.

Afirma el Concilio Vaticano II que "no se construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía" (Presbyerorum Ordinis, n. 6). Y las hermandades no son una excepción, pretenden ser una comunidad cristiana en la que vivir la fe. Por eso duele ver cómo, en ocasiones, la capilla o la iglesia está semivacía, con ausencias incluso de quienes deberían desempeñar su función con compromiso ejemplar, la Junta de Gobierno. Tampoco debemos escandalizarnos: en una cofradía no todos tienen la misma implicación o presencia en las distintas actividades. Algunos solo aparecen el día de la estación de penitencia, otros acuden a las actividades sociales, son menos los que asisten a todas las eucaristías y cultos. Sabemos que esta es una realidad con la que habremos de lidiar siempre, el deber ser de las hermandades siempre estará lejos de su ser. Sin embargo, es una obligación de todas las Juntas de Gobierno, así como de los capellanes y directores espirituales, promover la formación de todos los cofrades para que valoren en su medida la importancia de la eucaristía.

La propia liturgia de la celebración nos lleva a fortalecer esa unidad de diferentes formas y en diversos niveles: en primer lugar, es un momento de encuentro y oración, de fe compartida, de reconocernos hermanos en el Señor reunidos en torno a su altar. Además, en segundo lugar, la hermandad se presenta, no como un grupo amorfo, sino como un cuerpo organizado. Si fijamos la mirada en las llamadas "funciones principales", la hermandad se dirige al encuentro del Señor en la eucaristía como un todo articulado: la presencia en pleno de la Junta de Gobierno, la protestación de fe... todo esto son signos que apuntan a la estrecha unión de quienes están celebrando el misterio central de su fe. En tercer lugar, las voces de todos los hermanos se alzan en común oración, los unos por los otros y por la Iglesia entera: en la oración de los fieles en la que respondemos a la palabra de Dios elevando nuestras súplicas al Padre; o en el Padrenuestro, verdadera oración de los hijos de Dios unidos en fraternidad. En cuarto lugar, en la misma plegaria eucarística, el momento más sagrado de toda la celebración, en el que el Señor resucitado se hace presente entre nosotros bajo las especies del pan y del vino, pedimos al Padre que la participación en ese cuerpo y sangre de Cristo nos congregue en la unidad. Por último, la comunión misma es la ocasión de mayor unidad entre los cofrades: la unión eucarística con Cristo, a través de Él, une del modo más estrecho a todos los hermanos.

Si fallamos en esto, ya podremos tener un desempeño en la calle ejemplar, que en poco nos diferenciaremos de una asociación cultural. Sin embargo, si el cimiento de nuestra fraternidad está asentado con firmeza en la eucaristía, todo lo demás se nos irá dando por añadidura como el río que mana de la fuente. Por esto, es responsabilidad de las Juntas de Gobierno planificar una formación atractiva que incida en este aspecto, una organización de los cultos que alimente la unión deseada, y una participación en las actividades de caridad que haga operativa esa fraternidad nacida del altar.

En los artículos siguientes, como he comentado, intentaré analizar algunos desafíos a los que la vivencia de la eucaristía se enfrenta en las hermandades.


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