viernes, 23 de junio de 2017

Isabel Bernardo


jueves, 22 de junio de 2017

Asunción Escribano

Isabel Bernardo, ante el Cristo de la Agonía Redentora, en el Poeta ante la Cruz 2017 | Fotografía: Roberto García Luis

Como diálogo silencioso, con intimidad de creyente con su Cristo, el poemario Donde se quiebra la luz de Isabel Bernardo, leído este año en el precioso acto del Poeta ante la Cruz ante el Cristo de la Agonía Redentora, plasma la fe de una escritora que llega cargada de paisajes vertidos sobre sus heridas y sus palabras. La luz puede mostrarse quebrada y así la nombra rota la poeta, con el fresco de la naturaleza como fondo (tardes y ríos, pastores y caballos, cárabos y encinas…), cuando el Cristo busca a la poeta y engarza Su noche con la de ella, tras asistir a la Crucifixión del sol.

Retirada en el campo y en el frío, el Cristo al que canta Isabel Bernardo la rescata de su soledad, pero también le habla en los paisajes que la rodean. Y la poeta le devuelve el escalofrío sobre el folio, con insistencia de fe, en su modalidad oracional retóricamente  anafórica, al inicio de los versos, a la manera de devoción suplicante: "fue en esas horas, fue en esas horas…", repite, como en una plegaria de insistencia, enlazando con el pasado. También con este recurso lírico plasma sus dudas: "Acaso… Acaso…".

Isabel Bernardo rechaza el encuentro con el Cristo muerto, y acude a los objetos cercanos, a la llama, al sol o a la vela para que le alumbren en la noche física o espiritual que, a pesar de la certeza de la Vida, le rodea en ciertos momentos: "mientras van cayendo lentas las sombras, lentas,/ sobre este silencio de velas/ que arde/ bajo tus pies desnudos". La poeta busca también la voz del hijo de Dios vivo en su entorno, mientras los paisajes van apagándose a su alrededor y se hacen uno con la creyente, que traslada fuera lo que lleva dentro.

Ese es el gran logro de este poemario de Isabel Bernardo, la conjunción del espacio íntimo y el horizonte externo. De aquí que toda la obra esté cargada de simbología: "traigo agua, pan y aire de los campos que habito;/ una flor y una paloma; enseñas blancas para pisar sin miedo/ la pena/ sagrada del destierro", porque en ella, nada se limita a nombrarse a sí mismo, sino que apunta más alto y habla de otra verdad más profunda, y todo es señal de lo que lo constituye dentro, con una luz que supera los límites de su propia forma.

Esa unidad de experiencia y paisaje sacral se vuelve conciencia y alimenta, así, la palabra. Ante la muerte de Cristo, la historia y sus habitantes siguen combatiendo contra esa cesación, en cada mirada sobre ellos de la poeta: "Cuánta naturaleza, Padre/ sin dolor/ para salir a buscarte". Porque en la naturaleza la sucesión de vida y muerte se integra en paz, sin más dolor que el de quien la contempla: "Cuánta hermosura de luz, cuanta tierra/ de rodillas/ ante la soledad sagrada de tu paso". Y, por ello, la poeta persigue en el signo la compasión que le alienta a escribir: "Libres cual gacelas anhelan ir mis palabras/ tras esta muerte", por todo lo que muere, por todo lo que vive, por el anhelo, por "la esclavitud de la sed", como la llama Isabel Bernardo.

Junto al Cristo y al paisaje que lo invoca, también conviven en esa realidad presente la familia y la infancia. Esos espacios de siembra firme de la fe. El abuelo que enlaza tiempos, afectos, vivencias, y señales de certidumbre: "Desde entonces todas las noches viene a guardar/ la Cruz de mi cama/ y mi sueño", escribe la poeta, consciente del lazo religioso que la memoria usa para atar relámpagos de vida intensa.

Con la intimidad que todo cristiano tiene con su Cristo, Isabel Bernardo le habla en un poema/silencio que nos permite dar cuenta tanto de la fe, como de la belleza evocadora del momento, y de su intimidad orante y lírica: "Hacía frío aquella tarde"…, nos sitúa en un tiempo físico o emocional de ensueño: "Aquella tarde yo estaba sola Tú también/ estabas solo", y rememora el encuentro que finaliza en la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy yo?", como siempre se ha hecho en cada encuentro de fe personal… Y, después, la respuesta que se clava en los ojos y en la vida: "porque yo diré de ti que eres el Redentor, el Cristo/ que espera/ al otro lado de la noche".

Eso es todo. Eso es el poema, la fe, el canto, el asombro o el duelo, a partir de los que uno vuelve renovado al mundo, sin olvidar nunca más la misión de la palabra creyente: "Nada estará perdido/ si aun soy capaz de abrir un solo surco con Su nombre/ en este hermoso valle de luz y lágrimas".


lunes, 19 de junio de 2017

Tomás Gil Rodrigo



Por medio de la imagen del Cristo de San Damián, Francisco dialogaba con Jesús, es decir, hacía oración. Sus primeros biógrafos nos cuentan que desde esta imagen escuchó del Señor esas palabras, que le cambiaron la vida: "Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala" (TC 13c; cf, 2 Cel 10ª; LM2, 1ª; Lm 1, 5). También a nosotros nos va a ayudar a orar, vamos a aprender a orar con esta imagen, y sin teorías, de una manera práctica y sencilla, porque a orar se aprende orando. Estad atentos a sus figuras, gestos, formas y colores. El pintor de este icono, un artista influenciado por monjes sirios que huyeron hasta Italia, perseguidos por los árabes y los emperadores iconoclastas de Bizancio, quiso que contempláramos mucho más que una obra de arte. Esta obra pertenece a un artista de la zona de umbría, de mediados siglo XII, fue encargada para que pudiéramos hablar con Dios (oración). Hay otras imágenes parecidas como el de la Catedral de Espoleto de Alberto Sozio, de 1187, o el de Sarzana, pintado por Gulielmo en 1138.

1º Aprender a mirar con el Cristo de San Damián. "Nos ha iluminado en el rostro del Hijo" (2 Cor. 4, 6)
  • La grandeza de la figura luminosa de Jesús, que destaca sobre los demás personajes, hace que que nos fijemos en Él, es la figura principal y el centro. Jesús invita a ponernos bajo sus brazos extendidos, nos sentimos recogidos: "Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré (recogeré) a todos hacia mí" (Jn, 12, 32). Para estar recogidos por Jesús debemos hacer silencio exterior e interior. No se puede orar si estamos pendientes de nuestros ruidos y prisas. Para orar nos tiene que gustar el silencio y la soledad. En un corazón lleno de ruidos (rencor, enfado, venganza, envidia, odio...) difícilmente puede haber silencio. Para escuchar y ver a Dios necesitamos estar limpios de corazón (cf. Mt. 5, 8).
  • Después le miramos a Él, buscamos su rostro, que refleja vida (ojos abiertos), ternura (serenidad en sus facciones) y alegría (ligera sonrisa). Su rostro está vuelto hacia nosotros para darnos su luz: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12). El mirar en la oración es, más bien, admirar, porque descubrimos que Él nos miraba antes. La imagen sagrada cumple su tarea de verdad si llegamos a admirarnos, es decir, si reconocemos que el Señor Jesús está presente y nos mira por medio de su representación (momento de fe). 


  • Contrasta el cuerpo luminoso del Cristo de San Damián con la sangre roja, que brota abundantemente de sus manos, su costado y su pies. Ahora pasamos de la admiración al asombro de amor. Tenemos que limpiar la oscuridad de nuestros ojos para ver, venimos del camino y la vida, sentimos que su sangre derramada, su entrega por amor, nos limpia y perdona, así que para entrar en la oración hay que estar dispuestos a la conversión, el siguiente paso es arrepentimos de nuestros pecados y pedirle perdón.
  • Finalmente suplicamos la ayuda del Espíritu Santo para poder dialogar como se debe con Dios. Ese Espíritu está representado en el Cristo de San Damián de muchas maneras: en la mano derecha del Padre que nos bendice desde arriba; en la frente de Jesús, cuyas arrugas nos recuerdan la paloma del Espíritu; en su boca pequeña, con la forma que toma al soplar; y en cuello y el pecho ensanchado, porque toma aire para darnos su último aliento. 

2º Aprender a contar con el Cristo de San Damián. "Al ver a la muchedumbre, se compadecía de ellas, porque estaban despojadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor" (Mt. 9, 36)
  • Ahora nos toca contarle lo que llevamos en el corazón y lo que nos pasa en el camino. ¿Cómo lo hacemos? Vemos el rostro y la mirada de Cristo perdidos hacia lo alto, abandonado al Padre, pero nos damos cuenta que está también vuelto a nosotros. Cuanto más mira al Padre, más pisa el oscuro estrado de la cruz, más extiende sus brazos y la corona de la cabeza se inclina hacia nosotros. Jesús no busca aislarse y estar en paz consigo mismo, sino que su oración consiste en contar al Padre los nombres y los rostros del camino, aquellos hombres y mujeres que se encontraba, a los que amaba profundamente y por los que le dolían las entrañas.
  • Los que están bajo su brazo izquierdo son los que le han seguido desde Galilea, los pobres que han acogido su Evangelio. Dos mujeres marginadas cuyos nombres aparecen inscritos a sus pies, María la Magdalena y María la de Cleofás (cf. Lc. 8, 1-3).

  • Bajo el brazo derecho están María, su madre, y el discípulo amado, Juan. Le señalan con sus manos, ya que ha sido Él el que les ha unido para que comiencen a ser su Iglesia (cf. Jn. 19, 25ss.). Están junto a su costado traspasado, del que mana agua y sangre, símbolo del Bautismo y la Eucaristía, sacramentos por medio de los cuales su Iglesia nace y se alimenta. Bajo sus pies aparecen unas imágenes de santos, de los cuales solo se conservan solo dos.

  • También bajo sus brazos abiertos hay más personajes. En las esquinas, de menor tamaño, aparece Longinos, el soldado que le traspasó el costado, y, al otro lado, otro personaje, vestido con una túnica azul, puede que sostuviera la esponja empapada de vinagre, la cual se ha debido borrar por el deterioro del tiempo. Y junto a las mujeres, bajo el brazo izquierdo, está el centurión romano de Cafarnaum (cf. Jn. 4, 46-54), según aparece escrito a lo pies, detrás de él aparecen unas cabezas que representan a la humanidad de todos los lugares y tiempos.




Estos personajes que rodean al Cristo de San Damián representan a los pobres, a los hermanos y a la humanidad, y nos llevan al segundo paso de la oración que es "contar".

3º Aprender a escuchar con el Cristo de San Damián

Estamos ante el momento más importante de la oración. Los demás pasos son tan solo una preparación. Vamos a escuchar a Jesús, vamos a escuchar su Palabra de amor, que es la que inspira al Cristo de San Damián. Detrás de esta imagen del Crucificado está el Evangelio según San Juan, desde aquí vamos a escuchar y contemplar lo que está representado. Desde su influencia siria hereda la riqueza del cuarto evangelista.

La figura central: Cristo

Su cuerpo destaca por dos cosas: sus grandes dimensiones, superior a los demás personajes, y su luminosidad, destacando sobre un fondo negro con franjas rojas. El negro es símbolo del pecado, la muerte y el sepulcro; y el rojo es símbolo de su entrega y del amor divino. Las palabras del Evangelio que inspiran esta imagen tan llena de luz pueden ser: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 9, 5); "La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre… y la luz brilla en las tinieblas" (Jn. 1, 9. 5); quienes reciben esa luz, "le dio poder de ser hijos de Dios" (Jn. 1, 12). Francisco cuando oraba decía así: "Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón". Y tras su gran tamaño están estas otras palabras: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy" (Jn. 8, 28). Jesús resplandece en la cruz en la grandeza de todo su ser, verdadero Dios y verdadero hombre.


La cabeza de Cristo, en un tono más oscuro que el cuerpo blanquecino, la ausencia de sangre y, sobre todo, sus grandes ojos abiertos muestran a alguien que está vivo, a pesar de su llaga del costado que significa la muerte. Sus ojos serenos son unos ojos contemplativos, que miran con confianza al más allá, donde está el Padre, aquel que le ha resucitado por el Espíritu: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo" (Jn. 17, 1). Del mismo modo su cabeza se inclina hacia nosotros para conducirnos al Padre: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14, 9). Estamos ante Cristo resucitado, lleno de gloria, abandonado al Padre y vuelto a la humanidad.

La parte superior de la cruz: la Ascensión de Cristo

De abajo a arriba, en primer lugar, hay una inscripción sobre dos líneas en color rojo y negro, con las palabras tomadas literalmente del evangelio de Juan: "Jesús Nazareno, el Rey de los judíos" (Jn. 19, 19). El rótulo puesto por Pilato resume muy bien todo el Evangelio de Juan, en el que contrasta el origen pobre y humilde de Jesús con su exaltación como rey en la cruz.

Sobre el rótulo hay un círculo dentro del cual está Cristo ascendiendo al cielo. Notamos como se impulsa, parece subir una escalera. Abandona el sepulcro y va hacia el lugar donde vive su Padre, el cielo, ¿con que intención?: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas;… me voy a prepararos un lugar" (Jn. 14, 2). Porta en la mano izquierda la cruz dorada como si fuera su estandarte, el signo de su victoria sobre el pecado y la muerte. Alarga la mano derecha hacia su Padre, le ofrece el mundo salvado. Arriba del todo se ve otro círculo del que sólo se ve la parte inferior, la otra es invisible. Simboliza al Padre, al que Cristo ha revelado, pero sigue siendo misterio, de ahí que sólo veamos un semicírculo, la otra parte queda oculta. En el semicírculo vemos la mano extendida del Padre que envía al Hijo al mundo y, a la vez, lo recibe en la gloria, una vez terminada su misión salvadora.



Diez ángeles rodean a Cristo en su ascensión. Le dan la bienvenida alegres. Se cumplen las palabras que Jesús dijo a Natanael: "En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre" (Jn. 1, 51).

Los personajes reunidos por el amor del Crucificado

A la derecha de Cristo están María y Juan, inseparables como en todos los crucifijos de tipo sirio, plasmando el texto del evangelio de Juan: "Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre" (Jn. 19, 26-27). Juan está al lado del pecho de Cristo como en la Última Cena, él fue testigo y vio atravesar su costado y salir sangre y agua al pie de la cruz (Jn. 19, 35). María no expresa dolor sino que refleja la serenidad de la creyente que espera confiada en la resurrección. Es verdad que acerca su mano a la cara, en un gesto que significa dolor, asombro y reflexión. Tanto Juan como María señalan a Cristo, el vencedor del pecado y la muerte, glorificado por el Padre.

En el lado izquierdo de Cristo hay otros tres personajes: dos mujeres, María Magdalena y María, mujer de Cleofás, y un hombre, el Centurión, sus nombres aparecen escritos bajo sus pies. Las dos mujeres son descritas en el cuarto evangelio al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), y son las dos mujeres que llegaron primero al sepulcro en la mañana de Pascua. Con la mano derecha en el mentón, María Magdalena manifiesta su dolor por la pérdida d Cristo, pero la otra María le señala con la mano a Jesús glorificado, invitándola a salir de su sufrimiento. Junto a las mujeres hay un hombre, el centurión romano que, al ver morir a Cristo de esa manera, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc. 14, 39). Es el modelo para todo los creyentes, con su mano derecha y sus tres dedos levantados, proclama su fe en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por encima del hombro izquierdo del centurión asoma una cabeza pequeña y otras por detrás. Se trata de una muchedumbre simbólica que se asocia a la fe del centurión, en Jesús vencedor convergen todas las miradas de la humanidad: "Mirarán al que traspasaron" (Jn. 19, 27).

Bajo cada mano y antebrazo de Cristo hay dos ángeles que señalan hacia dónde cae la sangre y cuál es su gran valor. En los extremos de los brazos de la cruz otros dos ángeles señalan del sepulcro vacío.

A la altura de las rodillas de Cristo, a su derecha, está Longinos sosteniendo la lanza con la que traspasó el costado, como indica la inscripción, y a su izquierda, el soldado con la esponja de vinagre, que según la tradición se llamaba Esteban. Aunque sean más pequeños que los demás personajes, es una manera de decirnos que ellos, a pesar de ajusticiar a Cristo, también participan de su obra salvadora. Cristo ha muerto y ha sido glorificado para salvar a toda la humanidad.

En la parte inferior de la cruz, no tan conservada como el resto, se aprecia, al lado de la pierna de Jesús, el gallo que cantó después de la negaciones de Pedro, suceso que está recogido por los cuatro evangelistas, pero Juan le da más importancia, porque lo relaciona con la aparición del Resucitado en el lago de Galilea, ya que Pedro tiene que responder tres veces que ama a Jesús frente a sus tres negaciones (cf. Jn. 21, 15ss.). Igualmente el gallo es símbolo del amanecer. Su canto saluda los primeros rayos de la luz, en este caso no ya del sol sino de la que no tiene ocaso, invitando a todos a salir del sueño entrar en la luz de Cristo resucitado.

4º Aprender a darse con el Cristo de San Damián

Volvemos al camino renovados por nuestro encuentro con el Crucificado. Estas preguntas nos pueden ayudar para que cada uno adquiera un compromiso derivado de su oración.

Este Cristo luminoso y glorificado, ¿no nos recuerda que todas nuestras oscuridades y sufrimientos, fruto del pecado de la injusticia, la mentira y la opresión, pueden ser transformados en gloria?

Cristo aparece entregándose al Padre y a nosotros, ¿no nos invita a seguir sus huellas y a entregarnos también nosotros como El, dando la propia vida?

Jesús nos sopla su Espíritu, ¿cómo nos dejamos guiar por el Espíritu para entrar en el misterio de Dios?

Los brazos extendidos, bajo los que se derrama la sangre, nos invitan a la fraternidad y al servicio a los más pobres.

Cristo está en medio de su pueblo, simbolizado en los personajes que lo rodean y atestiguan su resurrección. Hoy sigue vivo en su Iglesia y en la humanidad. ¿Oímos su llamada de ser sus testigos en el mundo?


viernes, 16 de junio de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Cartel en la ciudad de Belén | Foto: JMFC

Tierra Santa acoge la historia que sobre su piel nos espera para rozarnos el alma con la voz del interior que crece en sus surcos. La vivencia allí fortalece el fruto del interior que sostiene en lo más dentro del espíritu cristiano lo que somos.

Pero aquella bendita tierra expande con sus labios sagrados, más allá de las huellas santas, el grito desolador de los hermanos que comparten con nosotros el ADN de la salvación que bautiza al hombre, bajo la sombra de la cruz, con la bendita sangre de Cristo.

No escuchar ese sobresalto que taladra el mundo pidiendo auxilio es obviar lo que ocurre en estos momentos en la Tierra de Jesús el Nazareno. Quedarse solo con la experiencia interior, que allí nutre con suma facilidad cualquier expectativa, es no entender el grito desgarrador que brota reivindicando nuestra ayuda.

El experto mensaje franciscano, con diáfana claridad, nos ha hecho ver que debemos mirar con los ojos del corazón hacia aquellos lugares que custodian, en la tierra del Señor, con tanto celo desde hace siglos. Porque allí el pueblo de Cristo está a punto de desaparecer del paisaje santo, mientras nosotros no caemos en la cuenta de que somos desorientados cómplices de tan demencial desastre.

¿Podemos permitirnos el lujo de este desamparo que deja en soledad a quienes allí viven dando testimonio de nuestra fe?

En estos momentos las cifras de la población cristiana se sitúan en torno a un paupérrimo 1,8%, cuando no hace tanto tiempo superaban el 20%. Este porcentaje desolador nos lo facilitaba fray Artemio, un fraile palentino que lleva toda la vida vinculado a la misión de Tierra Santa. No hay trampa, ni es una mera anécdota la durísima afirmación de que los cristianos pueden desaparecer de Tierra Santa no tardando mucho.

Solo el desconocimiento de lo que allí ocurre posibilita este desencuentro con la obligación que tenemos de mantener nuestra heredad en aquella tierra, con algo más que esos sentimientos que nos tocan con desbordante emoción las alcobas del alma. Hacen falta medios económicos que solo pueden salir de la caridad cristiana de otras partes del mundo.

En nuestro corazón cofrade y franciscano siguen resonando las palabras del Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, cuando ratificaba sus muestras de cariño hacia nosotros, pidiéndonos que sigamos firmes en nuestro empeño de cercanía con los cristianos de Tierra Santa, a través de la Hermandad Franciscana, que nació en Salamanca para llevar a cabo tan importante fin. El padre Francesco, conmovido, nos habló de la catástrofe que sufre Siria, donde la Custodia Franciscana sigue, de forma ejemplar, dando cuanto tiene por medio de sus misioneros.

Fray Romualdo volvía a aparecer en el recuerdo con sus inolvidables palabras: "Los franciscanos nunca abandonaremos Siria, porque Siria es nuestra tierra".

En este contacto tan próximo con los franciscanos, hemos podido dar con una de las claves que puede paliar el abandono masivo de los cristianos de aquella zona tan conflictiva del mundo. Es imprescindible peregrinar a Tierra Santa, para que la presencia continua sobre aquellas históricas poblaciones regenere, por medio de nuestra aportación económica, la esperanza en los hermanos de fe que allí nos esperan con los brazos abiertos.

No debemos olvidar que la artesanía cristiana sostiene a muchas familias. Sin ese medio de subsistencia nuestra gente puede quedar atrapada en los cercos ignominiosos de los muros que como una cuerda ahogan cualquier proyecto ilusionante de vida.

Pero mientras preparamos esa peregrinación que puede cambiarnos la vida en el terreno personal, suscribámonos a la revista Tierra Santa. Una revista que, en manos de expertos colaboradores,  se configura como una de las publicaciones religiosas más importantes que se distribuyen por todo el mundo. El donativo como esencia de caridad cristiana, que sea por otro lado el abrazo de proximidad que nos introduzca en las frecuencias del amor, al que estamos comprometidos, simplemente por ser cristianos.

***

La barcaza en el medio del Mar de Galilea recibía los chasquidos del agua como susurros, que dentro del corazón nos hacían presumir que Jesús el Nazareno nos decía: "Deja cuanto tienes y ven"...


miércoles, 14 de junio de 2017

Nacho Pérez de la Sota

Hermanos de la Vera Cruz cargan  con Jesús Resucitado el Domingo de Pascua | Fotografía: ssantasalamanca.com

No vamos a descubrir el fuego ni a inventar la rueda. No vamos a decir nada que no se haya dicho ya –de sobra– por activa o por pasiva. Quizá, lo que convendría sería meditarlo de verdad e interiorizarlo muy, muy en serio, para no tener que volver a repetirlo y, sobre todo, para vivirlo en la cotidianeidad, sin necesidad de sentirnos obligados a recordarlo con frecuencia.

No. No es ninguna maravillosa revelación ni invención, pero afirmémoslo en voz alta una vez más: la devoción del cofrade es un hecho religioso, una verdad de fe, una vivencia espiritual que trasciende la Semana de Pasión, que no se limita a nuestro desfile procesional o marcha penitencial. Y no es que pensemos que debe de ser así: es que es así.

Cierto es que la pertenencia a esta hermandad o a aquella cofradía es un hecho sentimental, una emoción íntima, una "pasión" personal, una vivencia entrañable. Nació, sí, de la devoción a una imagen, de una usanza familiar, de la inclinación a una túnica, de un flechazo inexplicable racionalmente, del seguimiento a unos amigos, del amor a una tradición...

Pero la única justificación verdadera, la simple razón de ser de nuestra "pasión" es…. la Pasión. Sacar las imágenes a la calle es una mera forma de catequesis, un medio de visibilizar el mensaje de Jesucristo, de hacer patente la verdad (aunque solo sea una parte concreta y culminante) del Evangelio: que Dios se hizo hombre con el único fin de sufrir tormento y muerte –horribles– como sacrificio, como ofrenda expiatoria por nuestra salvación, por nuestra redención, por satisfacción de nuestras propias faltas y pecados. No cabe muestra de un amor más grande.

Manifestar gozosos esa verdad no se limita a nuestro lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado o domingo de desfile procesional. La coherencia con esa fe nos invita, nos obliga, a llevar por bandera la verdad del Evangelio los 365 días del año. A testimoniar en nuestra vida diaria el orgullo de ser seguidores y propagadores de ese mensaje, con nuestras palabras y obras. En su totalidad. En la totalidad del mensaje, pero también en la totalidad del tiempo: no solo en Semana Santa, sino en verano, en Navidad, en septiembre o en Resurrección, sin esperar a que llegue el Triduo Pascual para demostrar externamente (¿farisaicamente?) lo devoto que soy de Cristo o de la Virgen.

Esto no es nada reciente, inédito o flamante, y todos lo sabemos. La posible novedad consiste en que, tal vez, deberíamos ir asumiendo que estamos obligados –como cofrades– a dar un ejemplo cada vez más necesario en el mundo que nos toca vivir hoy en día. Un testimonio diario y cotidiano, que no es el de la procesión en la que la Policía (un día al año) nos abre paso y el público nos espera para ver un despliegue visual, estético y espectacular. Eso es fácil.

Profesar a diario (y practicar con coherencia) la verdad de Evangelio y catecismo en un ambiente secularizado, testimoniar en nuestro ámbito de trabajo, pandilla o vecindario la verdad intensa y completa del Evangelio, reconocerse sin complejos devoto y practicante y creyente ante la realidad laicizante y anticatólica, defender a la Iglesia de las calumnias y asechanzas del pensamiento dominante….. ya es algo más difícil y que exige bastante más esfuerzo.

Pero si de verdad nos confesamos sus seguidores, quizá baste con mirarle a Él. Flagelado, cargando su cruz, crucificado. O a Ella, con el sufrimiento y el dolor más lacerantes que puede sufrir una madre. A lo mejor, así, lo nuestro se nos antoja infinitamente más sencillo...


lunes, 12 de junio de 2017

Tomás González Blázquez

Celebración en honor a la Virgen de la Vega en la Catedral Nueva de Salamanca

- ¿Recuerdas cuando se propuso la fundación de una nueva hermandad dedicada a la Virgen de la Vega y San Juan de Sahagún? Por lo que relatan los viejos del lugar, algunos pensaban que no venía a cuento mientras otros se entusiasmaron con la idea…

- No caigo ahora en la fecha exacta. Imagino que en algún momento alguien ya lo habría pensado, pero lo cierto es que entonces cuajó y, haciendo balance, algo ha aportado esta cofradía a la ardua tarea de crear conciencia e identidad diocesanas.

- Yo he leído que, por 2018, cuando el cuarto centenario del voto inmaculista, por fin se coronó a la patrona, y hasta el Cabildo se animó a encargar una buena talla del patrono para que luciera en la Catedral que acoge su sepulcro.

- Es verdad, aquel año debió haber movimiento, con aquello de las normas diocesanas que sirvieron de acicate para la pastoral de cofradías… o eso nos han contado…

Vega y Juan atajaron la conversación, apuraron sus tempraneros cafés de aquel 12 de junio en un popular establecimiento de la calle Toro y se apresuraron hacia la parroquia desde donde partiría, madrugadora, la procesión del santo fraile agustino. Su meta, la iglesia mayor, escenario de la misa pontifical al mediodía. Culminada la concurrida novena en el templo puesto bajo su título, el patrono regresaba a la Catedral. Los jóvenes cofrades se pusieron su medalla de cinta carmesí y ocuparon su sitio en el extenso cortejo que precedía al paso de San Juan de Sahagún y cerraba el obispo.

El transitar por la plaza de Los Bandos a Vega le evocaba la firme apuesta por la concordia y el diálogo que intentaban llevar a hechos concretos desde la cofradía. Mediar, tender puentes, emplearse a fondo en la resolución de conflictos. Era un carisma peculiar y, casi siempre, de complicada puesta en práctica, pero para esto se formaban y eso imploraban en su oración, con fray Juan como privilegiado intercesor. Le había costado algún disgusto, pero le proporcionaba tanta paz… Las pobrezas de la desunión, del enfrentamiento, de los rencores enquistados y las dañinas envidias, de las peleas de gallos y gallitos (a menudo, de meros polluelos), minaban tantas fuerzas y creaban tantos problemas que sufrir un poco más para luchar contra ellas era precio pagado con gusto. Hasta en el proceloso océano de las cofradías soplaban serenas las brisas desde que aquellos voluntarios "facundinos" habían tomado, a su manera, el timón y reconducido errados rumbos.

Por su parte Juan, al enfilar la Rúa, ya ansiaba escaparse unos minutos, al concluir la eucaristía, y dar gracias por todo el curso a su querida María de la Vega. Lo inauguró en septiembre, acudiendo a su novenario, tan especial aquel año porque presentó a la Virgen a su ahijado, bautizado meses antes. Luego, cada sábado que pudo, participó en las celebraciones marianas. También en la memoria del Nombre de Jesús, dedicada el 3 de enero al Niño que sostiene la Vega en su trono de Madre, en el vía crucis con el Cristo de las Batallas durante la Cuaresma, o en la fiesta de la Dedicación de la Catedral el 13 de mayo, o en el Corpus al que no faltaba nadie en la diócesis. Aquel templo tan inmenso, tan monumental, que le parecía en su momento inabarcable e inaccesible, se había convertido en un refugio íntimo y orante, de puertas abiertas, de espiritualidad ardiente. Ensimismado en sus gratitudes, se descubrió en Anaya cuando la Banda Municipal interpretaba una marcha, ya popular, titulada Santos Patronos de Salamanca.


viernes, 2 de junio de 2017

F. Javier Blázquez

Cristo de las Batallas

Así le invocaba el que fuera insigne catedrático de Historia del Arte en la época más gloriosa de nuestra Facultad de Filosofía y Letras. Rafael Laínez Alcalá, poeta en sus ratos libres, dejó una de sus inolvidables composiciones al Cristo de las Batallas, Imperio de la Cruz para el dictado / que el mundo en lucha su verdad reparte, / un torrente de Historia deslumbrado.

Y es que este crucificado de la segunda mitad del siglo XI, por su significado, es uno de los baluartes sobre los que se asienta el devenir de nuestra diócesis. Su valor va bastante más allá del mérito artístico que pueda atesorar que, sin desdeñarlo, no es ni por asomo el crucificado románico de referencia por estas tierras de la charrería. Cabrera, La Zarza o el de Los Carboneros, aunque quepa siempre la justificación de su posterioridad temporal, son imágenes con una mayor prestancia.

La experiencia de lo simbólico es inherente al desarrollo evolutivo del ser humano, puesto que la cultura, las relaciones sociales y las creencias siempre acaban remitiéndose a los símbolos. En torno a ellos se cohesionan los grupos y se emprenden las empresas colectivas. Y en este contexto hemos de entender cuánto significa para nuestra diócesis la mencionada imagen. Hasta tal punto es así que, en el reducido espacio de acceso libre que han dispuesto en la catedral para la oración, aparece, junto a la patrona de Salamanca, una réplica del Cristo de las Batallas. La diócesis se restablece en 1102 tomando esta referencia iconográfica como uno de sus fundamentos simbólicos. Jerónimo, el obispo trasladado a Salamanca, acude a la ciudad con la imagen que acompañó en las campañas militares al Cid Campeador. Podríamos casi decir que al levantar la catedral, en ella se muestra por primera vez al crucificado a través de esta imagen. Tan venerada era por todos que al construir la nueva catedral se reservó para ella la capilla principal de la cabecera. Allí, presidiendo su retablo barroco, junto a las cenizas del primer obispo de la diócesis restablecida, estuvo la imagen hasta la controvertida restauración de 2009, cuando la redujeron a pieza arqueológica, despojándola de su historia y primera finalidad, que es el culto. Privada de esta función, en la hornacina se colocó la copia que actualmente se puede contemplar.

En la Catedral Vieja, su emplazamiento primitivo, quedaron las pinturas y leyendas que demuestran hasta qué punto fue objeto de veneración en Salamanca por los milagros portentosos que realizó. Desde el principio, el Cristo de las Batallas había estado muy presente en las devociones populares. Con el tiempo compusieron motetes en su honor, le dedicaron poesías, como la referida de Laínez, y hasta tuvo su propia cofradía de penitencia, la de los excombatientes. Oh, Cristo en Majestad, glorificado / en la cumbre de hispánico baluarte, / recio blasón de alígero estandarte / con fiebre de romance reforzado.

Los símbolos son fundamentales, necesarios siempre en la forja de las ideas e ideales. De ahí que hayamos de considerar un acierto la elección de este símbolo, el del Cristo de las Batallas, por parte de la Hermandad Franciscana para abrir su desfile procesional a partir del año próximo. Una copia, naturalmente, no tiene cabida cuando se aspira a aportar una obra de nuestro tiempo al patrimonio cofrade de Salamanca. Por eso su autor, el escultor Ricardo Flecha, ha recibido el encargo con total libertad para interprertarlo. Será un Cristo de las Batallas desde la concepción artística de Flecha, con los rasgos que le definen como escultor. Sumar esta firma implica revalorizar la Semana Santa de la ciudad; incluir esta imagen enraizará el desfile al sustrato religioso y cultural sobre el que se asienta; acudir a esta advocación, supone vincular la tradición a la idiosincrasia de la hermandad. Ayer eran el Cid y sus mesnadas quienes defendían a la cristiandad cuando los almorávides sembraban el terror por el centro y sur del territorio peninsular. Hoy, los hermanos de la Franciscana nos recuerdan el sufrimiento de los cristianos en las tierras que hollaron los pies de Cristo. En uno y otro contexto aparece la misma advocación, la de este Cristo Martillo tan nuestro, que decía Unamuno en 1922, la del Poderoso Señor de las Batallas, / que al soberbio confundes y avasallas / en púrpura encendido de rigores, según Laínez.


jueves, 1 de junio de 2017

Abraham Coco

María Santísima de la Caridad y el Consuelo, esta semana en la capilla del colegio San José

Termina el mes de mayo con destacado protagonismo de las dos cofradías penitenciales más jóvenes. La Hermandad de Jesús Despojado ha comenzado en un colegio el camino que conducirá a la incorporación de María Santísima de la Caridad y el Consuelo a su procesión en la tarde del Domingo de Ramos. La Hermandad del Cristo de la Humildad acaba de regresar de su primer viaje a Tierra Santa, que visualiza su compromiso con los cristianos perseguidos y su vinculación a la familia franciscana, su seña de identidad.

Conozco y aprecio a los hermanos mayores de ambas instituciones y me alegro de que ambos las encabecen. Con Álvaro Gómez compartí toda la infancia como compañeros de ese colegio, San José, cuya capilla acoge ahora a la imagen mariana de Romero Zafra. Me consta que ha sido recibida con sincera veneración. Allí aprendimos, de la mano de la Madre Matilde, fundadora de las Hijas de María Madre de la Iglesia, que toda nuestra vida debe ser "un acto de amor". Sin duda algunos de esos mensajes que escuchamos de niños orientan su labor al frente del Despojado. Convendremos en que su presencia en los comienzos de la hermandad ha sido definitoria. Más allá de la disrupción del costal y sus implicaciones, ha logrado insertar a su cofradía en la vida de una iglesia salmantina que aspira a renovarse.

De Manolo Ferreira afirmó Javier Blázquez, en uno de los varios pregones en que se ha encargado de presentarlo, que su itinerario de encuentros y desencuentros con la Semana Santa siempre termina en lo primero. Y de qué manera. Porque entonces desconocíamos, también él mismo, que concluida su etapa laboral se entregaría a la construcción de un interesantísimo proyecto cofrade para la ciudad, donde más allá de lo estético, que nos irá sorprendiendo en los próximos meses, sobresale una preocupación por los millones de personas que, cada día más, son acosadas por su credo. El gran poeta de las procesiones salmantinas se convierte así en entusiasta heredero de su primo Romualdo Fernández, el último misionero español en Siria cuyo aliento inspira la construcción de la Franciscana.

Entre las iglesias de San Benito y de San Martín, templos donde son o serán veneradas sus respectivas imágenes titulares, apenas hay 200 metros. De una a otra, solo tenemos que recorrer Meléndez y bordear el café Corrillo o tomar la calle Prado sin despegarnos del convento de las Madres de Dios. En este eje se mueven las dos únicas hermandades que, hasta el momento, se han fundado en el siglo XXI. Ambas tratan de ser "una presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas", como pidió el Papa Francisco en su homilía durante el encuentro con las cofradías en la plaza de San Pedro en 2013.

Ojalá esta misión en siete etapas fomente la Caridad y el Consuelo en corazones donde la Semana Santa todavía suena a hueco. Ojalá el Cristo de la Humildad siga convocando a su alrededor, como así me consta, a personas alejadas de las cofradías hasta ahora. Y así se sigan abriendo puertas, como otros lo hicieron con colectivos tan variados como Proyecto Hombre, la comunidad universitaria, la vida contemplativa, los presos, los enfermos y otros tantos.


lunes, 29 de mayo de 2017

Félix Torres

viernes, 26 de mayo de 2017

José Fernando Santos Barrueco

El Cristo de los Doctrinos, junto al convento de los Padres Capuchinos en la noche del Lunes Santo | Foto: Daniel de Arriba

Como lector y colaborador de esta revista de opinión, no quisiera dejar en el olvido la expresión que recientemente apareció de manera literal en un artículo publicado en este mismo medio y que he tomado como título. Opino con la misma libertad de expresión con la que se escribió el citado artículo, libertad que la revista ofrece a quienes colaboran en ella, como señal de enriquecimiento y debate, sin que por ello se tenga que compartir la opinión de sus editores.

El "misterio" del asunto me obliga a escribir con cautela y consideración. El artículo al que me refiero también pide, aunque por otras razones, cautela y consideración a la hora de opinar. Atendiendo a estas últimas prefiero no identificar a quién lo escribe. Y lo hago por respeto a las ideas y no, como allí se dice, "porque alguna vez puedo estar en el otro lugar". Ignoro a qué lugar se refiere y me niego a querer entender esa frase que me suena a posibles enfrentamientos muy lejos de mis ideales e intenciones.

Eso de "pasear al Hijo de Dios" debiera de pensarse un poco antes de escribirlo. Es posible que al leerlo, se entienda lo que se quiere decir, pero no por ello deja de ser una expresión que chirría y habría que evitar si entendemos adecuadamente las cosas. Las procesiones son manifestaciones públicas de fe de unos fieles, en las que, además de un ejercicio de penitencia, se pretende a través de unas imágenes (que es lo que "paseamos") incitar a la devoción de quienes las contemplan hacia los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, que conmemoramos en la Semana Santa.

Tras la Pascua de la Resurrección, el Hijo de Dios, que es Dios, abandona su naturaleza humana y adquiere una nueva vida, gloriosa. En Pentecostés nos envía su Espíritu y deja de estar localizable de manera física y concreta en el tiempo y en el espacio. Dios no está en ningún sitio como algo estático. Dios es en todo momento y en todo lugar, en toda su creación y en todas y cada una de sus criaturas. No es alguien privativo de las cofradías, a quien cada una pueda tener en sus templos y en la Semana Santa permitirse el lujo de "pasear" a su antojo. En lunes, martes, etc., por la tarde, por la mañana o la noche, aquí en nuestra Salamanca o en otras localidades.

Las distintas imágenes son objetos materiales. Por lo que representan tienen la consideración de sagradas y se les rinde veneración (no adoración) y culto, debiendo ser tratadas con suma reverencia y respeto. Pero como objetos físicos no son lo que representan. Sí están en los templos y pueden sacarse en las procesiones con fines muy nobles y elevados, como pedir una intercesión o estimular la devoción al sugerir la presencia de quien representan, que puede hacerse patente en sentimientos que observamos en muchos de los que las contemplan (miradas, leves movimientos de labios que balbucean oraciones o santiguarse a su paso).

Alguien podrá opinar que quiero "rizar el rizo" y que "ya lo sabemos", pero me parece muy importante no confundir los términos. No tenerlo claro nos puede llevar al absurdo (la naturaleza frágil y destruible de una imagen nada tiene que ver con lo que representa), al fanatismo ("mi Cristo es el más milagrero") y en el extremo, hasta la idolatría, aunque suene muy duro decirlo. Para evitarlo, llamemos a las cosas por su nombre. Y si "ya lo sabemos", con más razón.


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