domingo, 28 de junio de 2020

sábado, 27 de junio de 2020

Xuasús González

Un hermano del Cristo del Amor y de la Paz alumbra con su farol | Foto: Pablo de la Peña

26 de junio de 2020

Hemos dejado atrás más de tres largos meses –exactamente han sido 99 días– de estado de alarma: desde un ya lejano 14 de marzo hasta que, por fin, el pasado domingo, 21 de junio, estrenábamos esta nueva etapa que se empeñan en llamar "nueva normalidad" –contradictio in terminis en toda regla, dicho sea de paso– que, de normalidad, desde luego, tiene bien poco… Mascarillas, geles hidroalcohólicos y otras medidas preventivas nos van a acompañar sabe Dios hasta cuándo… y nos deben servir, además, para tener bien claro que esto todavía no se ha acabado; que tenemos que seguir teniendo mucho cuidado…

La verdad es que le entran a uno sudores fríos solo echar la vista atrás y pensar en los miles de fallecidos y de infectados que ha causado la pandemia. Y también en el enorme trastorno económico que ha supuesto a todos los niveles… y lo que aún está por venir, que las expectativas de esta "nueva normalidad" no son para nada halagüeñas. Dicho en román paladino: mucha gente, no tardando, lo va a pasar francamente mal.

Y el mundo cofrade, ni que decir tiene, no se puede quedar de brazos cruzados. De hecho, hace ya tiempo que se ha puesto manos a la obra con distintas iniciativas llevadas a cabo para contribuir a paliar los efectos de la pandemia y echar una mano a quienes más lo necesitan; una llamada a la solidaridad que ha obtenido respuesta entre los cofrades: y, lo más importante, una ayuda –que, por pequeña que sea, es siempre bienvenida y nunca sobra– que ha llegado ya a sus destinatarios. Pero es necesario seguir insistiendo…

Y es que, también en lo cofrade, toca adaptarse a esa "nueva normalidad", aunque ni tan siquiera sepamos muy bien cómo va a evolucionar. Pero, desde luego, lo que sí parece fuera de toda duda es que la caridad va a ser fundamental. En realidad, lo es desde siempre: es uno de los tres grandes pilares, junto con cultos y formación, sobre los que se asientan las cofradías; y estas son conscientes y obran en consecuencia con distintas actuaciones a lo largo de todo el año, unas veces más visibles –como, por ejemplo, en Navidad– y otras más discretas. Y empezando por aquellos a los que tienen más cerca, sus propios hermanos que, con toda probabilidad, ahora lo van a necesitar más.

La covid-19 ha puesto todo patas arriba, trastocando por completo nuestra forma de entender la vida. Y la realidad que conocíamos ha cambiado –está cambiando– por completo. Y si la situación es diferente, huelga decir que también distinta ha de ser nuestra manera de proceder… que, por otra parte, antes de todo esto iba ya necesitando repensarse…


miércoles, 24 de junio de 2020

Roberto Haro

Detalle del bautismo de Cristo por san Juan Bautista en el retablo de la Catedral Vieja de Salamanca

24 de junio de 2020

Llegados ya al ecuador del año, nos presentamos en el día de san Juan Bautista. Un día que pasaría desapercibido para muchos si no fuera por las hogueras que este año no se han podido celebrar, o quizá por ser el día con más horas de luz –allá donde las nubes permitan ver esa luz– o por los motivos que cada uno quiera tener.

Pero muy pocos recordarán que hoy los cristianos celebramos una fiesta en la que se recuerda al santo por el día de su nacimiento. Y creo que, si la memoria no me falla, es algo único en el santoral.

Y es que hay que tener en cuenta que san Juan Bautista nació seis meses antes que Jesucristo, de manera que en medio año, el 25 de diciembre, celebraremos el nacimiento de nuestro Señor Jesús, muy cerca del solsticio de invierno cuando llega el día más corto del año. El nacimiento de san Juan, en cambio, se produce en el lado opuesto del calendario, cerca del solsticio de verano y el día más largo. Así, según el dicho, después de Jesús los días van a más y después de Juan, los días van a menos hasta que vuelve “a nacer el sol”.

Cuando me propuse escribir estas líneas para la revista, en este día, caí en la cuenta de que este santo, predestinado por Dios para que cumpliera el papel de anunciador y presentador del Hijo de Dios, está poco presente en la iconografía o en la vida de las diferentes cofradías y congregaciones de nuestra ciudad. Y entonces cambié el hilo argumental del escrito, pensando precisamente en este día y su relación con las cofradías.

Si nos ceñimos a los templos que perviven en la ciudad con dicha advocación, solo recuerdo la iglesia de San Juan Bautista de Barbalos, en la plaza de su mismo nombre. Un templo donde se pueden contemplar además otras obras de arte, como el conocido Cristo de la Zarza, contemporáneo a la construcción del tempo en el siglo XII.

Igualmente, la iconografía del último profeta se conserva con cierta presencia en los templos donde moran las cofradías. Se puede ver en retablos u hornacinas de la Iglesia de la Vera-Cruz o la Clerecía, por poner dos ejemplos de sedes de nuestras cofradías.

Hay que remontarse a la época de los Reyes Católicos para ver cómo la devoción a san Juan Bautista se hace patente en la sociedad. En esa época, esta imagen comienza a rivalizar con el otro Juan, el Evangelista, y ambas corrientes sanjuanistas se complementaron para tener una amplia representación en los espacios sacros.

Pero todo cambia si nos fijamos ya en la imagen procesional de esa corriente sanjuanista. El Evangelista cuenta con una presencia importante entre las cofradías y se puede ver a la Virgen acompañada por el discípulo amado. Es una imagen secundaria muy utilizada, sobre todo, en el sur de España, donde su presencia en el Calvario hace que sea el santo más destacado de los dos.

La imagen de san Juan Bautista no aparece en la nomenclatura de nuestras cofradías ni en la imaginería procesional. Sin embargo, no es raro descubrirla en otras ciudades castellanas ‒y no hace falta irse muy lejos ni mirar otra vez al sur‒ donde la devoción al Bautista, a lo largo de la historia, ha permanecido vinculada a las obras de caridad vinculadas a la atención de los condenados a muerte en sus últimos momentos y la preocupación por asegurarles un entierro cristiano.

Por ello hay una presencia abundante del Bautista en templos y conventos, como representación pictórica o escultórica de altar. La del Evangelista es más frecuente en el arte escultórico procesional.
¿Por qué quedó en el olvido devocional o incluso procesional este gran profeta entre nuestras cofradías?


lunes, 22 de junio de 2020

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Cada cofrade de la Vera Cruz toma del hombro al hermano que le precede en la carga del Doctrinos | Foto: Alfonso Barco

22 de junio de 2020

Tengo hambre. Con una lentitud que, en ocasiones, nos resulta exasperante, poco a poco vamos saliendo de nuestro encierro. El aislamiento va terminando y hay que retomar la vida. Afrontamos una normalidad que nos resistimos a que sea nueva, pero que tampoco puede ser la misma de antes. Tras más de tres meses (tengo grabada la fecha, 13 de marzo, en la que celebré por última vez en la iglesia, con pueblo, antes del encierro), volvemos a encontrarnos los unos con los otros, y tenemos hambre. Cuando pase el tiempo será interesante comparar las intenciones y deseos que manifestamos al inicio del encierro con las actitudes y resoluciones con las que salimos. Pero lo cierto es que, haciendo una breve evaluación, puedo decir que salgo con hambre. Con hambre de hermandad.

Si simplificamos mucho, demasiado quizás, en nuestras cofradías existen dos grandes grupos de hermanos: aquellos para los que la participación en la misma reviste un carácter más externo, cultural, y aquellos para los que ser cofrade es una manifestación profunda de su fe, de su ser. Y aquí está el problema con el que nos hemos encontrado: la fe no puede ser virtual. Durante estos meses hemos hecho un esfuerzo grande para evitar que nuestros lazos se disolviesen, para estar unidos en la distancia. Todos conocemos y hemos seguido las eucaristías por medios de comunicación y redes sociales, hemos recordado nuestras procesiones de otros años y hemos visto entrevistas y testimonios varios de distintos hermanos. Aislados como estábamos, nos hemos emocionado y hemos llorado... ante la pantalla del ordenador o del móvil. Pero esto no es suficiente, es solo un pálido reflejo de la experiencia real que supone encontrarnos juntos. De igual modo que la eucaristía en la distancia es solo un parche hasta poder encontrarnos con el Señor resucitado en persona, en la comunión, las actividades fraternas en las redes sociales solo pueden ser un anticipo del encuentro real, fraterno de todos nosotros.

La ausencia obligada a la que hemos estado sometidos ha aumentado –o debería haberlo hecho– nuestra necesidad, nuestra hambre, de encontrarnos, de vivir la fe como comunidad viva. Dábamos por supuesto muchas cosas: la hermandad, las celebraciones, el camino compartido. Y, de repente, de modo trágico, nos hemos visto privados de ellas sin fecha de retorno. Lo que no valorábamos por común, casi por vulgar, al perderlo, hemos visto que nos crea un vacío en el corazón, en nuestro interior. Un vacío que solo podrá ser llenado cuando restauremos la fraternidad compartida. Ni quiero, ni puedo caer en el discurso fácil de que de la pandemia vamos a salir mejores. No es cierto por más que lo deseemos. Si queremos cambiar, si queremos recuperar lo perdido, debemos, animados por el Espíritu Santo sin el que nada podemos hacer, ponernos en camino. Hay que hacer análisis y discernimiento. No se trata de que la pandemia nos haya hecho mejores o nos haya transformado, sino que el parón obligado, el curso casi en blanco, es una oportunidad para reemprender proyectos, para coger aliento, para renovar la fraternidad en nuestras hermandades y cofradías. Tenemos un tiempo nuevo para un nuevo comienzo.

Poco a poco tenemos que ir dando pasos. En primer lugar, sanar heridas. La fraternidad nunca será perfecta, pero debemos darnos cuenta de que los enfrentamientos no merecen la pena. Ante la pandemia y las medidas que tenemos que tomar y padecer, todo palidece. En segundo lugar, recuperar espacios y tiempos. La rutina anterior pudo hacer que nos hayamos alejado de los espacios comunes que todos los hermanos debemos compartir, de los tiempos y encuentros que ayudaban a forjar hermandad entre nosotros. Hay que volver a valorarlos. En tercer lugar, redescubrir la Eucaristía como el corazón palpitante de nuestras cofradías. Ante el Señor reencontraremos la fuerza y la gracia necesaria para evangelizar nuestras calles acompañando las imágenes de nuestros sagrados titulares. Sanar, reencontrar, adorar. Tres pasos necesarios para recuperar una normalidad que, nueva o no, debe ser más fraterna.


viernes, 19 de junio de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

El Cristo del Amor y de la Paz, en el Liceo durante el pregón de la Semana Santa de 2015 | Foto: Manuel López Martín

19 de junio de 2020

Cuando el presidente de la Junta de Semana Santa me preguntó qué imagen quería llevar al Liceo el día de mi pregón, sentí un gran placer al pronunciar su nombre.

El Cristo de los Arrabales, como dejé dicho y escrito en aquel inolvidable atardecer del año 2015, es la imagen que acompañó mi recorrido por los territorios cristianos que fui cruzando a lo largo de la vida.

Pero sobre todo emanan de su figura, con cierta angustia emocional, aquellos acontecimientos infantiles que, imborrables, aparecen cada vez con más nitidez en los archivos más selectos de la memoria.

La chavalería de aquel curso, del colegio desaparecido del Teso de la Feria, cantamos muchas tardes, rebosando ternura y complaciente inocencia, ante la imagen del Cristo en la Iglesia recientemente inaugurada del Arrabal del Puente: "Vamos, niños, al Sagrario, /que Jesús llorando está...".

Don Ricardo Blázquez (culpable de la fiebre inicial de mi escritura) fue capaz de hacerme ver cómo la cruz de la injusticia cae sobre los hombros de los desheredados de la tierra. Nos hablaba como hablan los maestros cuando tienen en el lenguaje del corazón el amor a la enseñanza. Nos hizo ver en el hombre que sufre al crucificado del Arrabal, dejándonos en el corazón esa puntada que siembra, en la niñez, la simiente que hace surgir el fruto de la solidaridad sobre el breve y vertiginoso carrusel de la vida.

En mis labios sigue vivo (lo he contado muchas veces) el sabor frío del mármol verdoso de aquel altar. Mi madre contaba que, dando mis primeros pasos, corría para ver y charlar con el fiel amigo que me esperaba en la cruz.

No habían pasado muchos años cuando, dirigidos por ese gran actor que es Vicente Hernández, todos los cofrades cantábamos, por el Puente Romano al Cristo, mientras vestíamos el hábito monacal que, por sencillo, resplandece como pocos en las negras entrañas de la noche: "Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónalo Señor...".

Cuando estaba diseñando la estructura del pregón, entre versos y recordaciones, esas vivencias me daban cierto pánico, al suponer que podría perder la compostura preso de una emoción incontrolable al ver a mi lado al Cristo del Amor y de la Paz.

El momento más impactante, que sobrepasó aquella puesta en escena tan espectacular que lograron los técnicos del Liceo, fue por la mañana, cuando lo vi entre ensayos de luces y sombras sobre el escenario. La imagen más importante que contemplaron mis ojos había recorrido el mayor trayecto de su larga estancia de siglos en Salamanca, para presidir el pregón que iba a pronunciar aquel niño que, prendado de su belleza, lo hizo suyo para sentir a su lado la soledad de la cruz.

En los primeros años de la floreciente etapa de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, aquel sacerdote inolvidable que fue don Rafael Sánchez Pascual, puso su empeño en hacernos comprender a los jóvenes cofrades, que aquella talla pequeña, pero impresionante por su valor artístico, no debería suplantar nunca al Cristo auténtico que nos espera en la eucaristía y en el alma de cualquier hombre que mirándonos a los ojos nos ruegue auxilio.


martes, 16 de junio de 2020

Félix Torres

José Adrián Cornejo, presidente de la Junta de Semana Santa, departe con el obispo de la diócesis | Foto: Pablo de la Peña

17 de junio de 2020

Hace unos días, los salmantinos nos encontrábamos "celebrando" la festividad del santo de Sahagún, el Juan que paraba necios y enamoraba damas, el Apóstol Salmantino, patrón de la ciudad y cuidador de sus habitantes. Celebrando, digo, por no decir esperando a un concierto en la Plaza o unos fuegos de artificio en la ribera del Tormes que no fueron ni en la virtualidad. Una fiesta más que descafeinada a pesar de los intentos del consistorio por dar aires virtuales de normalidad a la misma para nosotros que, quien más quien menos, llevamos meses de teletrabajo, de conexiones remotas, de videoconferencias y de charlas monitorizadas que ahora llamamos chats. Estábamos nosotros como para hacer algo de caso al programa festivo municipal desde nuestros ordenadores y conexiones wifi.

Pues, no sé si aprovechando, pero sí que coincidiendo con estos fastos municipales, salta la noticia de la convocatoria de elecciones a la Junta de Semana Santa de Salamanca.

José Cornejo, presidente cesante, convoca a los medios y anuncia que la elección del futuro nuevo presidente de nuestra Junta de Semana Santa será el próximo 28 de julio.

Serán diez años justos, ni día más ni día menos, los que Cornejo habrá manejado el timón de una Junta de Cofradías que, ya en su mandato, pasó a ser Junta de Semana Santa, un nombre mucho más "amplio" e inclusivo. Porque el 28 de julio de 2010 tuvieron lugar aquellas elecciones en las que Cornejo obtuvo el respaldo de nuestras cofradías mediante los votos de nuestros hermanos mayores y presidentes.

Diez años en los que hubo luces y sombras, que en tanto tiempo da para mucho. Luces en un Liceo que desde el primer momento fue el baluarte en el que se ha hecho fuerte y grande nuestro pregón en estos años. Luces también en lo que ha sido la mejor época para la difusión de nuestra Semana Santa de cara al exterior en cuantos círculos ha tenido a su alcance. O luces, por cerrar este interruptor halagüeño, en esa medalla de oro de la Ciudad de Salamanca que, en 2018, estrechaba aún más los lazos entre la ciudad y quienes llevamos más de quinientos años recorriendo sus calles para mostrar más orgullosa que catequéticamente la Pasión a los demás.

Y sombras, claro. Que algunas cosas, en tanto tiempo, se le han escapado de las manos o se le han venido encima sin él quererlo. Unos estatutos que, siendo su principal objetivo en aquel 2010, fueron una china en el zapato, que dolió a cada paso hasta su aprobación seis años después; algún "sapo" que hubo de tragar cuando le venía de… no sé si arriba o abajo mientras se le escurría de entre las manos a la vista de todos o, por terminar también con estas oscuridades, este cielo pandémico que se le ha venido encima en su despedida, sin comerlo ni beberlo, impidiendo una marcha a los sones de Pasión en Salamanca, nuestra marcha "oficial" en los últimos tiempos.

Y el 28 de julio, si no hay crisis que lo impida, con mascarillas y geles desinfectantes –que así se ha anunciado– y manteniendo las distancias, tendrá lugar la votación para elegir a quien será el relevo de Cornejo. Un relevo que muchos ya dan por sabido que será "natural" pero que, si hacemos caso de las crónicas antañonas en las que hasta un servidor era mencionado como presidenciable junto a otros nombres, mucho más conocidos que el mío, de la Semana Santa salmantina, tendrá algún que otro nombre en el candelero. Así que, a partir de ahora, y aun sabiéndose de un único candidato que haya dado "paso alante", seguro que se abren las casetas de apuestas y habrá nombres que saldrán a relucir con mejores o peores intenciones por parte de quienes hagan correr los rumores.

Sean quienes y cuántos sean, si es que hay más alternativas, esperemos que estos meses de presentaciones y búsqueda de votos sean tan tranquilos como meses de verano que serán. Y que, por supuesto y adelantándome a todo, se llame como se llame el presidente que salga de esa votación del próximo 28 de julio, cuente con el respaldo de nuestros dirigentes, la comprensión de los cofrades y la ayuda de todos. La mía la ofrezco desde aquí y desde ya.


domingo, 14 de junio de 2020

Álex J. García Montero

La Virgen de la Esperanza pasa frente al Edificio Histórico de la Universidad | Foto: Pablo de la Peña

15 de junio de 2020

Mano a mano, es como se anuncian los grandes duelos entre figuras. Normalmente, es curioso que a veces estos carteles susciten gran interés por parte de los aficionados.

Pero no nos engañemos. Muchas veces ese interés viene motivado por unos piques inexistentes, ampliados por intereses espurios, legítimos tal vez, por todo lo que rodea al mundo del matador, sin que los matadores mismos tengan la mayor constancia de esa rivalidad ("sana") entre ellos, aunque sus emolumentos dependan de esa confrontación.

Así, medios de comunicación, redes sociales, canales taurinos, opinadores varios, y de un tiempo a esta parte, la propia prensa rosa, avivan rencillas no explícitas entre ternos y capas.

Al final, el mano a mano, como todo lo que genera grandes expectativas en la vida, suele defraudar, por la propia aptitud de los taurómacos más que la de los propios matadores, pues entre estos últimos siempre hay una cordialidad que, en general, salvo luctuosas excepciones, en el mundo taurino rige una cordialidad bastante extraterrestre respecto a otros mundos, espectáculos y variedades (y vaciedades).

En el mundo cofrade, el mano a mano, lleva tiempo gestándose de manera artificial. En cualquier sitio de nuestra tierra, es costumbre en bastantes hermanos pertenecer a varias hermandades y cofradías. Bien es cierto que todos tenemos una devoción por encima de nuestras pertenencias, y es en la corporación de esa devoción, donde ponemos nuestras espigas como Abel ante Dios. Incluso, a veces, es una devoción tan desmedida que la mantenemos en lo más profundo de nuestro ser, a cuenta de no pertenecer a la hermandad que rige los destinos corporativos e institucionales de dicha devoción. Pues hay devociones tan amplias que incluso puede que no estén canalizadas a través de una hermandad o cofradía, aun teniendo intentos (la mayor parte fracasados) para ello.

Pero seamos sinceros, desde las viejas pugnas entre Veracruces y Nazarenos, hasta las actuales pugnas entre corrientes de hermanos dentro de una misma hermandad, el fenómeno más común que se ha producido es el de la fundación de nuevas hermandades sin haberse despertado aún las devociones entre el pueblo. Son cofradías surgidas de encontronazos y derrotes en burladeros imaginarios.

Voy a explicarme. Decía un amigo presbítero que las denominadas "Guerras de Religión", que tuvieron lugar en la Europa del Renacimiento, con la Reforma Evangélica o Protestante y la Reforma Católica (no me gusta el término Contrarreforma por ser intrínsecamente peyorativo), la gente se mataba por cuestiones de fe como por ejemplo la presencia real de Cristo en la Eucaristía (la famosa "transubstanciación") o la defensa a ultranza de la sucesión apostólica desde los tiempos de la Iglesia naciente hasta el Santo Padre de Roma. Hoy en día, los opinadores varios llaman "Guerras de Religión" a algo que no lo es, por norma general, pues son mayoritariamente ideológicas para incitar odio entre cabezas manipuladas por extremistas, que poco o nada tienen que ver con el auténtico espíritu de una religión.

Con las cofradías pasa algo parecido. En épocas pretéritas, había enfrentamientos cerriles entre cofrades de una corporación y otra, con lucha entre devociones, incluso maneras exageradas de mostrar esas devociones (hay constancia de cofradías penitenciales surgidas de grupos de cristianos de origen hebraico en los estertores de la Edad Media que fueron prohibidas, por ejemplo, en la vecina ciudad de Zamora, por realizar una escenificación exagerada de la fastiginia como penitencia de sangre).

Sin embargo, en la actualidad los enfrentamientos han surgido de la estulticia entre modos absurdos de gestar las cofradías gracias a grupos de poder gestados en torno a costaleros, hermanos de carga, priostías y demás gandalla que pulula por las casas de hermandad, convertidas en todo lo contrario para lo que fueron concebidas. Estas casas de hermandad son guetos que poco a poco habrá que cerrar si queremos recuperar el auténtico sentido de las cofradías como grupos de hermanos reunidos por unos fines (religiosos, sociales, caritativos y votivos) en torno a una devoción o devociones sinceras.

Porque, si no, estaremos cayendo en el mano a mano de opinadores interesados más en gestar odio entre controlar hermandades de capa (negra) caída que en revitalizar la devoción auténtica hacia sus titulares. Y lo mismo es aplicable a otras muchas hermandades y cofradías.

Por eso, cerremos guetos, y hagamos de la Fiesta, y muy especialmente de nuestra Semana Santa, un retorno a la devoción gestada durante siglos o décadas, pero nunca forzada por mor de circunstancias erróneas.

Los quites están muy bien en el ruedo para provocar la competencia, pero el matador de ese toro es el que realmente lidia el cornúpeta, no cualquiera de la terna o del mano a mano. El público puede aplaudir un quite realizado por otro interviniente, incluso en un momento de apuro, por un subalterno. Pero los trofeos o los pitos, o el ignominioso silencio se verterán sobre el actuante en la lidia.

Nuestra Semana Santa no necesita de expectativas, sino de compromiso en estos tiempos difíciles, donde el ruedo será el pan nuestro de cada día. Y sin burladeros, como muchas de las plazas de nuestros pueblos. Habrá que sustituir el "tomar el olivo" por bucles en el aire. Y esto es muy aplicable a la Semana Santa. Por muchos bucles en el aire, la fuerza de la gravedad, y más en estos tiempos, nos hará caer de bruces en el albero. Mejor eso. Porque si no el toro de la vida y de la realidad "hará hilo". Y no tardando.

¿Mano a mano? Mejor, hombro con hombro, y en estos tiempos de covid-19, codo con codo.


viernes, 12 de junio de 2020

Paco Gómez

Las hermanas de carga de María Nuestra Madre culminan la subida de Tentenecio | Foto: Manuel López Martín

12 de junio de 2020

Le puso la mano en la testuz y dijo: "tente, necio". 
El morlaco se amansó y no hubo más problema.

(Juan Manuel Sánchez Gómez, 
Retazos de la vida de San Juan de Sahagún)

Salamanca celebra en las circunstancias que de momento marcan nuestra vida la festividad de san Juan de Sahagún, su santo patrón. Lo hace con una misa de aforo reducido y casi íntima y con un vago eco en el mundo telemático. Coordenadas inevitables en el hito que suele marcar la llegada definitiva del verano a la ciudad y que ahora nos recuerdan, qué le vamos a hacer, las históricas cancelaciones que no hace tanto vivió el mundo de la Semana Santa.

Así que hoy, pandemia y desescalada aparte, parece un buen momento para reflexionar sobre algunos de los vínculos entre nuestro mundo cofrade y el fraile de agudo ingenio y gran bondad que pasó a la historia como artífice nada menos que de la pacificación de los bandos enfrentados que durante décadas desangraron la ciudad en la Edad Media.

Si debemos empezar por algún lugar, ninguno mejor que la iglesia erigida en honor al santo a finales del siglo XIX en un marcado gusto historicista propio de la época. Un bello edificio surgido en un momento de desaparición de muchos de los antiguos templos de la ciudad, caso de Santo Tomé o San Mateo, y que lleva la firma del arquitecto de la Casa Lis, Joaquín de Vargas.

En su interior, fruto de variados procesos históricos, se encuentran dos de las tallas que conformaron hasta 1972 las salidas procesionales de la desaparecida Cofradía del Cristo de las Batallas, más conocida como de los Excombatientes. Se trata del imponente crucificado Nuestro Padre Jesús del Consuelo y de María Santísima del Gran Dolor. Como conocerán muchos amantes del patrimonio religioso, esta última es una de las piezas más peculiares de nuestra iconografía semanasantera. Se trata de una Piedad de vestir en la que se encuentra también un sagrario dorado en el interior del pecho de Jesús descendido de la cruz.

Imágenes de expresividad barroca en un templo decimonónico pero coetáneas, esto sí, de otro espacio ahora básico para nuestra Semana Santa, la iglesia de San Sebastián. Gracias a una restauración todavía reciente, la sede canónica de la Hermandad del Despojado luce con esplendor la imagen de San Juan de Sahagún en una de las puertas laterales, durante décadas cegada y víctima de una degradación felizmente dejada atrás.

Se trata, por cierto, de una imagen muy curiosa que nos presenta el patrón con la tradicional alusión a la eucaristía pero vestido de una forma particular: con el hábito de colegial de San Bartolomé.

No hay que olvidar que el Colegio de Anaya, de cuyo complejo forma parte la iglesia de San Sebastián, fue uno de los focos de poder más relevantes en todo el país durante más de dos siglos. Los bartolomicos, que llegaron a copar los mejores puestos en la administración regia durante décadas, pensaron en el momento de erigir la nueva iglesia que qué mejor ocasión para recordar que todo un patrón de la ciudad había sido colegial de la institución, en la que ejerció como capellán tras ganarse el puesto con un brillante discurso.

Es llamativo comparar esta iconografía de san Juan de Sahagún con la que acompaña otros momentos de nuestra Semana Santa: el relieve situado justo en la esquina de la calle Traviesa con Libreros en el que, esta vez sí, vemos al patrón con el hábito de fraile agustino y sus características mangas.

El mismo, aunque algo más barroco, que se nos presenta también en la puerta de la Catedral Nueva en el Patio Chico, en la que el santo ocupa un lugar de honor en una hornacina situada a la izquierda.

Y no lejos de allí, claro, Tentenecio. La calle que recuerda uno de sus milagros más populares (aunque curiosamente no recogido en su proceso de canonización) y que hoy se ha convertido en una arteria imprescindible de la Semana Santa.

Allí por donde el santo paró con la fuerza de su palabra al toro, transitan varias de las cofradías en diferentes itinerarios. Humildad, Rescatado, Oración en el Huerto. Aunque yo, por muchos motivos, siempre asocio esa calle con la subida impactante de la imagen de María Nuestra Madre cada Jueves Santo. Una imagen que me emociona desde niño y que, si finalmente tengo la ocasión, me encantará compartir con ustedes desde las tablas del Liceo en un futuro pregón. De momento, una cosa es segura: volveremos a Tentenecio, a recordar la humildad de nuestro patrón, el que nos trajo la paz; volveremos la próxima Semana Santa a contener el aliento esas noches que nos recuerdan la importancia de no rendirse, incluso la vida es una cuesta demasiado empinada.


miércoles, 10 de junio de 2020

Pedro Martín

Procesión del Corpus, a su salida de la Catedral Nueva, el pasado año | Fotografía: Pablo de la Peña

10 de junio de 2020

Ya han pasado casi tres meses desde que todo se paralizó, también en nuestra Iglesia diocesana y cofradías, y salvo contadas excepciones especialmente en Semana Santa, parece que esa parálisis se ha adueñado de nosotros, incluso hasta el punto de tener miedo a reanudar nuestra vida de Iglesia en la medida que nuestras posibilidades y las que nos ofrece la fase de desescalada en la que estamos nos lo permitan sin poner en riesgo la salud individual y/o colectiva.

No sabemos nada de la mayoría de las cofradías, bien es verdad que habitualmente resucitan en cuaresma y mueren en pascua, por lo que alguna este año no llegó ni a resucitar.

No sabemos nada de la Junta de Semana Santa, más allá de alguna declaración de su presidente, en año de elecciones, o no, habrá que aclararlo. O se hace la convocatoria o se pide, dadas las circunstancias excepcionales, continuar un año más para terminar el ciclo como a mi juicio merece José Adrián Cornejo. Esta es una opinión personal, que además pasa por la petición del presidente al Obispo, o que por iniciativa del mismo al no ver conveniente la convocatoria en este momento. De una forma o de otra, debemos salir de la incertidumbre.

No tenemos iniciativas que suplan la falta de fieles en nuestras iglesias, que unos por miedo, especialmente los mayores, y otros por vete a saber tú, el caso es que no se cubre ni el aforo reducido a un tercio y desde esta semana a la mitad. Sin duda, hay que atender a los que se quedan en casa.

No podemos celebrar culto externo, tan propio de nuestro sentir cofrade. Sin duda debe imperar la responsabilidad, que parece se olvida en otras "manifestaciones" permitidas o toleradas.

Y esto último viene a cuento de la semana en la que estamos, con la celebración de la festividad del Corpus. Este año será sin duda muy diferente, pero Corpus habrá. Lo que no me parece ni medio normal, es que nuestro Cabildo Catedralicio, organizador por delegación de nuestro obispo, mutile este año hasta límites insospechados dicha festividad, prescindiendo no ya de un programa como el de años anteriores que con mucho esfuerzo se consiguió sacar adelante y que parecía, aún con defectos y muchas dificultades, casi consolidado. Pero optar por lo mínimo, qué digo mínimo, por debajo de lo exigido en la liturgia… Porque la procesión del Corpus, ya sabemos, es una de las pocas procesiones litúrgicas, por lo que debe realizarse. Y este año, en nuestra ciudad, a mi juicio prescindiendo de lo imprescindible, no habrá procesión del Corpus, ni por el exterior, que no está permitido, ni por las naves de la catedral o el claustro, que si se podría organizándola bien y respetando las normas, tal como se hará en la mayoría de las diócesis.

Fuimos de los últimos en cerrar las Iglesias al culto, seremos de los últimos en volver a la "nueva normalidad", pero eso no justifica que no hagamos nada, ¿desescalada o parálisis?


domingo, 7 de junio de 2020

Andrés Alén

Aceptemos este Ecce Homo como hermosa tragedia del fracaso humano

08 de junio de 2020

"El arte malo es trágicamente hermoso, pues documenta el fracaso humano". Esta frase la pronunciaba el personaje Tristan Réveuer en la película Stay, (antes de suicidarse, dicho sea de paso).

Trágico, hermoso, añadiría: sincero y hasta popular, pues suele empatizar con buena parte de una población que rehúye el arte académico y la perfección por inalcanzable o por inhumana. Sincero como las torpes cartas de amor de un quinto que no esconde su primigenio instinto en el florilegio literario que suele distanciarse de su quemazón casi como una traición.

No traigo la frase buscando adhesiones o repulsas, no me interesa, pero sí porque coincide con la idea de fracaso que yo siento ante ese "arte malo", un concepto que he tardado toda mi vida en consolidar o me lo han ido dibujado historiadores, artistas, poetas y que yo he ido aceptando con placer de muy buen grado. El caso es que me he ido convirtiendo en una especie de esteta y me es muy difícil salir de ahí. Esto me ha impedido las más de las veces acercarme a esas deconstrucciones fatales con un mínimo fervor: Ni a la música excesivamente disonante, repetitiva o ruidosa, la poesía cacofónica o ampulosa, la prosa sin síntesis ni sintaxis, y aunque creo que como todos alguna vez haya engullido bodrios en las peligrosas turbulencias  de la moda, creo que siempre respeté el mandato sagrado del arte que es la originalidad, que es muy distinto.

Hoy después de tantos días de confinamiento por este bicho estético de las Bellas Artes y de ese otro monárquico que ha encerrado mi libertad hasta paralizarme con dosis y sobredosis de lecturas, películas y series-todas, queriendo huir de los telediarios de propaganda y ficción, (total que no la he hincado), he decidido empezar a salir de mi cueva con mucha precaución y mascarilla a ver si soy capaz de cambiar de chip e irme acercando a esa trágica hermosura del fracaso que siempre se me resistió.

Si hablamos de imágenes religiosas que tanto paseábamos, empezaré acercándome a la tallas de Vírgenes bizcas, para mí tan difíciles de rezar porque me descentran; casi siempre vestideras, un tanto populares y otro tanto pueblerinas (descarto las románicas y góticas por respeto a su edad). Si esto funciona, el rezo, digo, habré dado un paso determinante para acercarme a lo esencial.

Porque este es el punto de confesar que el sentido del arte de lo bello lleva definitivamente a su formalidad, no al qué sino al cómo, donde una manzana de Cézanne adquiere más importancia que la épica batalla de Balduino enfrentado a Saladino, ino, ino: Y no.

En nuestros sagrados titulares semanasanteros la importancia debiera residir en lo que simbolizan y no solo en la forma de su representación que hasta suena a impostada teatralidad. Que por mucha sangre no hay mal Cristo porque Cristo es bueno....Pues ni por esas, algo dentro de mí sigue diciendo: Sí… pero feo un rato.

Toda calificación  moral de lo bueno y lo malo, precisamente por moralista no debiera afectar al arte, que nunca optó por ser un tratado de la verdad. Además, todas estas elucubraciones, posiblemente debidas al improductivo encierro, afectan, decididamente, a mis problemas de identidad. Me explico de otra manera: que no me ubico o no me sé ubicar. Que tiro más a Mozart que a Doyagüe, a una malagueña del Mellizo que al Bolero de Algodre, y no te digo nada con esta nueva urgencia identitaria en la Semana Santa que pudiera correr el riesgo de convertirse en una suerte de monserga que haga cambiar hasta la forma de hacer santos por aquí.

Aun sabiendo que la mejor imaginería tradicional castellana se debe a un francés, de Juni, y a un gallego, Fernández, aunque haya otro más genuino, Berruguete, que no suele procesionar, y que todo lo demás es campo.

Evidentemente la identidad corresponde al pueblo que es el que se identifica cuando quiere y no al que impone cierto diseño de identificación.

Últimamente se quiere señalar casi como enemigas las tallas foráneas generalmente andaluzas reconocibles por su forma, supongo, aunque yo prefiero identificarlas porque denotan un oficio que por aquí lleva muchos años perdido No hay imagineros y los que se hacen pasar por ellos hacen, con pocas excepciones, unos bodrios solemnes. No tenemos un Ruiz Montes, ni se le espera, aunque haya destacados escultores que se dedican a otra cosa porque la escultura es ya otra cosa.

Pero vuelvo al asunto y a mi intento.

Si traigo como encabezamiento precisamente una cabeza de Santo Cristo Injuriado, popularizado sobremanera por redes y merchandising y denostado por quienes no saben reconocer ni su inocencia ni la sinceridad en una obra tan peculiar que se adentra en el misterio ancestral de nuestros antepasados recolectores. Ni tan siquiera la mano ejecutora de Cecilia, temblorosa ante una divinidad que la sobrepasa, y que convirtió una copia anodina en un icono que si lo firma Bacon ya estaría en la Tate.

Pero aceptemos este Ecce Homo como hermosa tragedia del fracaso humano, como entendieron los Doce la Pasión y la Cruz de su Maestro, que solo iluminó su resurrección. Me acercaré a rezar ante él (y a ver qué pasa), para intentar atravesar el muro estético que tanto nos separa. Y hasta propondré que unas manos igual de diestras tallen esta imagen para que pueda desfilar en la Semana Santa, a hombros o a costal, en algún lugar de España.

Y que cada cual la ubique como representativa de la imaginería castellana, andaluza o Borgiana.
Yo la veo más de aquí.


viernes, 5 de junio de 2020

F. Javier Blázquez

La Saeta, Colección Caja Sur, y retrato de Raquel Meller, colección particular, obras de Julio Romero fechadas en 1918 y 1910

05 de junio de 2020

No conocía la obra. Tampoco tenía por qué conocerla, pero fue una sorpresa. En una búsqueda sobre otros autores de la España novecentista, más orientados hacia el realismo expresionista que hacia el simbolismo, me encuentro con un retrato de Raquel Meller con la mantilla de la Semana Santa. El autor, Julio Romero de Torres, un pintor más valorado entre el pueblo que por la Historia del Arte. Y no es del todo justo, porque su pintura va más allá de la representación de la mujer andaluza en su plenitud, los retratos de toreros y gentes de la alta sociedad. Romero de Torres supo dar un sentido profundo a sus cuadros, mezclando magistralmente los valores noventayochistas con ese simbolismo del que se empapó en Francia y terminó por diluirse en el modernismo. Por eso, al contemplar su obra, siempre hay que preguntarse muchas cosas. No es solo el retrato de la mujer morena en cualquiera de sus actividades. Las cosas nunca son lo que aparentan.

En relación con las devociones populares, Julio Romero de Torres dejó unas cuantas obras extraordinarias. Destaca, por encima de todas ellas, La saeta, con la cantaora en un lujoso reclinatorio, rodeada de tullidos, sin mirar siquiera a los pasos de Cristo y la Virgen que en procesión desfilan al fondo de la plaza. A partir de ahí comienzan los interrogantes, con múltiples respuestas que siempre nos llevarán bastante más allá del acto piadoso de cantar una saeta ante la imagen de devoción. Años después, el autor recurre al arquetipo de las devociones cordobesas, el Cristo de los Faroles, para colocarlo en la escena de La buenaventura. Ahí aparece, a una vez más, la constante de la dualidad, el conflicto permanente que sacude la vida del autor, en este caso para entremezclar la tradición religiosa con la superstición. Y en ese hibridar lo sagrado con lo profano y hasta lo erótico, estaría La Gracia, un cuadro asociado a Las dos sendas, otra vez la dualidad entre el pecado y la virtud, con el recuerdo a Tiziano en su Venus y Cupido, y El pecado, ahora de claras evocaciones velazqueñas en la Venus del espejo. En La Gracia, cuando ya el mal está hecho, las religiosas trasladan a la joven que perdió la virtud en una trasposición evidente del Cristo muerto en su traslado al sepulcro. Otra vez la obra interpela, va más allá, no es lo que aparenta.

Con el retrato de la Meller también sucede lo mismo. Esta cupletera que tanto alegró hace un siglo el pasatiempo de los españoles con El relicario y La violetera, temas inolvidables que mantuvieron después en el tiempo las grandes de copla, no era andaluza, aunque sí participó de la identificación que entonces comenzaba a producirse entre lo andaluz y lo hispano. Y se retrata, igual que hicieron otras divas del cante, como la Niña de los Peines, por el maestro cordobés. Posó tocada con la mantilla, ante la reja del balcón, esperando esa procesión que nunca va a pasar, porque no hay calle, solo el paisaje yermo y difuso que deslocaliza la composición. Hay en esta obra un contraste claro con La Saeta. En ella ha desaparecido el recato en el vestido. La cantante muestra lozana el esplendor de su juventud, con los brazos descubiertos, el escote indecoroso para aquellos días sagrados, las piernas intuidas entre los tules de la falda, y los tacones, la prenda fetiche de Romero, también en La saeta, presentes hasta en su última gran obra, la archiconocida Chiquita Piconera. Las preguntas siguen y cuestionan nuevamente, en la pintura de Romero de Torres, el trasfondo de estas prácticas tan arraigadas en lo más profundo de las creencias y devociones populares.


miércoles, 3 de junio de 2020

Tomás González Blázquez

Medalla recuerdo de la Asamblea Eucarística de Salamanca celebrada en 1920

03 de junio de 2020

Y hallándose ya todo preparado y dispuesto con el favor divino, desde este momento declaramos solemnemente inaugurada la Asamblea a honor y suprema adoración de Nuestro Señor Jesucristo en el Augusto Sacramento de la Eucaristía. Salamanca, festividad del Santísimo Corpus Christi, a 3 de junio de 1920.

Con estas palabras del obispo de la diócesis, monseñor Julián de Diego y García Alcolea, se abría la Asamblea Eucarística de Salamanca, celebrada del 3 al 10 de junio de 1920, por lo que se cumple ahora su centenario. Fueron pronunciadas desde el púlpito catedralicio por el secretario de la junta organizadora, el sacerdote macoterano Antonio Blázquez Durán, después de que el prelado hubiera presidido la Misa de la solemnidad y se hubiese celebrado la procesión claustral con el Santísimo. Para la tarde de ese Jueves de Corpus quedaría la otra procesión eucarística por las calles de la ciudad.

La lectura del amplio reportaje dedicado al evento en la revista La Basílica Teresiana nos permite adentrarnos en lo que debió suponer para la sociedad salmantina de la época y considerar las esperanzas que pudieron depositarse en él por parte de los responsables de la pastoral diocesana del momento. La Asamblea Eucarística de Salamanca se comprende en el contexto posterior al XXIIº Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Madrid en 1911, cuyo himno fue el famoso Cantemos al Amor de los amores. Hasta cuatro asambleas eucarísticas interparroquiales había acogido ya la diócesis, en Alba de Tormes, Vitigudino, Peñaranda de Bracamonte y Ledesma, y tras la convocatoria capitalina se anunciaba la del arciprestazgo serrano de La Peña de Francia. Era la nuestra una iglesia local que sentía aún reciente el azote de una mortífera pandemia, la de gripe de 1918.

Además de la ordinaria procesión de Corpus Christi, en la apertura, hubo otra de clausura en su octava, el jueves 10 de junio, en la que marcaba el camino la rica cruz parroquial de Los Villares de la Reina. El cortejo no renunció a todo el boato propio de las circunstancias, si bien ya se observa, a estas alturas de la Historia, el desplazamiento de las cofradías a lugares más secundarios de la secuencia procesional. Los cultos incluyeron triduos del 4 al 6 de junio en todas las parroquias y del 7 al 9 en la Catedral, con la predicación del magistral de la catedral madrileña (hacía las veces la colegiata de San Isidro), Enrique Vázquez Camarasa, sobre el que invito a indagar. Otro enclave destacado fue la iglesia de San Esteban, sede de la comunión general de unos cuatro mil niños el sábado 5 y de una vigilia de la Adoración Nocturna del 9 al 10 de junio durante la que, por privilegio pontificio, se celebraron más de ciento veinte misas en sus numerosos altares. Ahondando en las cifras, se estiman en doce mil las personas que comulgaron en la Catedral en el pontifical del día 10, que presidió el cardenal-arzobispo de Sevilla, Enrique Almaraz, salmantino de La Vellés que ese año sería promovido a la sede primada, y en catorce mil las que, arrodilladas en la Plaza Mayor, recibieron la bendición con el Santísimo impartida desde el balcón consistorial por el obispo De Diego y cantaron el popular himno del congreso madrileño: Dios está aquí, venid adoradores, adoremos… Obviamente, tampoco faltaron una celebración en rito hispano-mozárabe y la fiesta sacramental de la Universidad de Salamanca.

Particular relevancia tuvieron los actos culturales, como el concierto sacro y la fiesta literaria en el Seminario (patio barroco de la actual Pontificia), con el académico Ricardo León como mantenedor y la dramatización del auto sacramental La oveja perdida, de Juan de Timoneda. En el aspecto benéfico, las Marías de los Sagrarios organizaron en la capilla catedralicia de Santa Catalina una exposición de ornamentos litúrgicos para las iglesias pobres de la diócesis. Por último, y quizá lo más interesante para calibrar el tono de la Asamblea, se desarrolló un ciclo de conferencias en las que se abordaron temas como el Evangelio en el orden social, la acción católica, el papel de la mujer, el mundo del trabajo y el sindicalismo cristiano, la realidad de los obreros, la educación… Entre los ponentes estuvo el obispo auxiliar de Valladolid, monseñor Pedro Segura, personaje luego (y entonces ya) tan controvertido, a punto de trasladarse a la sede de Coria. También acompañaron la asamblea salmantina los obispos de Zamora y Plasencia y el administrador apostólico de Ciudad Rodrigo.

Recordado aquello, en su centenario, sirve mirarlo como un hito, un intento y una oportunidad que pudo serlo, y lo sería, para muchas personas. Profundizarían, a la manera de su tiempo, en la vivencia espiritual y social del misterio eucarístico, presencia real y entrega sin medida de Jesús de la que la Iglesia hace memoria. La honda e inaplazable propuesta del encuentro personal con Cristo sigue siendo lo esencial. En algunas ocasiones se subraya, como en los congresos eucarísticos diocesanos que han convocado las iglesias locales (León 2005, Valladolid 2016), los de ámbito nacional (Toledo 2010 fue el último) o los internacionales (Madrid 1911, Barcelona 1952, Sevilla 1993; Budapest era la sede este verano, pero se traslada a 2021). Lo extraordinario, como los congresos e iniciativas similares (entre las que debe mencionarse el programa de actos del Corpus que el Cabildo Catedralicio viene convocando en los últimos años), ayuda cuando nos orienta hacia lo ordinario de cada domingo, que es a su vez tan excepcional y sin lo que no podemos vivir. El confinamiento y las medidas sanitarias nos han exigido y nos exigen una fidelidad especial al misterio eucarístico, a veces desde la distancia pero siempre con el anhelo de "acercarnos al altar de Dios, alegría de nuestra juventud" (cf. Salmo 43). De ese altar todo brota, porque es así como Cristo, la cabeza, por la Eucaristía da vida a su cuerpo, la Iglesia-Asamblea.


lunes, 1 de junio de 2020

Conrado Vicente

Los toques de campana han vuelto a sonar a la hora del Ángelus en muchas iglesias de España durante el Covid-19
Los toques de campana han vuelto a sonar a la hora del Ángelus en muchas iglesias de España durante el Covid-19

01 de junio de 2020

Cuando dentro de unos años se rememore el período de confinamiento por la epidemia del virus Covid-19, uno de los sucesos más recordados serán los aplausos diarios en apoyo a los trabajadores sanitarios y a otros colectivos que a las ocho de la tarde ha convocado a millones de ciudadanos en las ventanas de sus casas. Los aplausos de las ocho, más allá del gesto solidario, se han convertido para muchas personas (la mayoría sin saberlo) en un ritual propiciatorio y en un signo palpable de que los demás, conocidos y desconocidos, estaban ahí, con el mismo desasosiego, y que la vida continuaba de puertas adentro más allá de las pantallas de los móviles y el televisor. Tan es así que en los protocolos de los teléfonos de apoyo psicológico se ha incluido la recomendación (y así se ha aconsejado a muchos usuarios) de unirse religiosamente (el adjetivo no es casual) y a diario a esa convocatoria para rebajar la angustia por el aislamiento, el miedo a la enfermedad y la incertidumbre por el futuro. A muchos le ha servido también, como efecto colateral, para saber que sus cercanos tienen nombre y apellidos, y cualidades (solidaridad, civismo…) que nunca les habrían atribuido. 

Prácticamente desapercibidos, por el contrario, han sido los toques de campana que a la hora del Ángelus han vuelto a sonar en muchas iglesias de España con la misma finalidad: mostrar agradecimiento a los servicios de salud y emergencias, rezar por los afectados y, aunque no figure como objetivo oficial, conjurar simbólicamente el mal que ha sido tradicional y popularmente uno de los significados del tañido de las campanas. No por casualidad algunas lo llevan grabado en su cintura ("hago huir a la peste", en latín, figura en una de la Catedral de Oviedo). Sin embargo, pocas personas recordarán esos toques con el paso del tiempo. Hemos olvidado el sonido de las campanas y lo que es más importante su significado social y ritual. Los medios de comunicación, salvo alguna excepción, no han hablado de ellos, y los psicólogos han evitado aconsejar el rezo y la oración para personas creyentes como estrategia para canalizar emociones y reconducir pensamientos nocivos hacia la ilusión y la esperanza. Hubiera sido poco profesional para muchos. Y sin embargo el efecto saludable y benéfico de la oración no es muy distinto al de otras ayudas aconsejadas teniendo en cuenta las restricciones comunicativas de la intervención.

Hoy día sabemos que los aplausos no van a eliminar el virus ni curar a ninguno de los enfermos como tampoco unas cuantas campanadas a las doce del mediodía. Incluso cuando la práctica religiosa imperaba en la mayoría de los hogares y junto a los rezos litúrgicos convivían las creencias mágicas (capillas, amuletos, estampas, reliquias…) los fieles ya sabían en lo más profundo de su ser que esas acciones difícilmente iban a evitar la muerte del niño o cualquier otra calamidad, al igual que los labradores intuían que las rogativas no alejarían al pedrisco si los meteoros estaban para ello. Pero esas acciones rituales, individuales o colectivas, practicadas en la mayoría de los hogares de forma cíclica proporcionaban un sentimiento de seguridad, favorecían la integración social, como las procesiones en días festivos, y procuraban variadas dosis de sosiego y esperanza frente a los acontecimientos adversos de la vida diaria, desde una leve enfermedad hasta la aparición de una epidemia. Dice el antropólogo sevillano Rodríguez Becerra que los rituales religiosos (frente a la doctrina) son el principal medio de comunicación con lo sobrenatural, tienen gran capacidad de transformación, reducen la ansiedad y el temor, refuerzan la solidaridad del grupo y confirman los estatus. ¿Acaso no han sido esos los objetivos de los aplausos de las ocho o los mismos objetivos de las oraciones petitorias que ha propuesto la Conferencia Episcopal al recuperar el toque del Ángelus en las iglesias después de muchos años de silencio?

Los aplausos han dejado de sonar en cuanto abrieron los comercios y las terrazas de los bares con el virus rendido, pero aún no vencido, y con el stress todavía en el cuerpo del personal sanitario. Los teléfonos de emergencia psicológica se van desactivando porque de nuevo la confianza se impone a la incertidumbre. Ya solo quedan las campanas, que siguen tocando al Ángelus de las doce (y que no deberían dejar de hacerlo) para recordarnos con su tañido limpio y cadencioso, entre tanto ruido y confusión, la fragilidad del ser humano frente a cualquier adversidad y procurarnos la seguridad y el coraje necesario para afrontarlas. Como el primitivo teléfono de la esperanza que han sido durante siglos.


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