viernes, 17 de noviembre de 2017

Daniel Cuesta SJ


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Abraham Coco

La Cofradía del Cristo de la Agonía Redentora, ante el convento de Santa Isabel

Somos la gente quienes construimos la Semana Santa procesional. Diferentes generaciones de cofrades preservamos esta fiesta durante el puñado de años que pasamos vivos y en los que, de manera circunstancial, coincidimos en ella. La mejoramos, la mantenemos, la empeoramos, la inventamos, la reinventamos, la cuidamos, la maltratamos, la encasillamos, la arriesgamos, la matamos, la resucitamos, la disfrutamos, la aborrecemos. Así la vamos celebrando, año a año, amoldada a gustos, inercias y circunstancias que pasarán. Algunas pasaron hace tanto que ni las recordamos. Lo que hoy nos parece esencial, mañana será accesorio.

Pero es inevitable que la tristeza nos invada cuando en ella perdemos simbólicos instantes, gestos fugaces que la hacen tan hermosa. Uno de los de mayor belleza en la Semana Santa de Salamanca de las tres últimas décadas se producía en la madrugada del Jueves Santo, cuando el Cristo de la Agonía Redentora volvía por unos minutos a su casa en el reencuentro anual con las Madres Isabeles.

La hermandad, que desde 1988 incluyó en su itinerario está emotiva parada, realizaba un esfuerzo al rebasar los límites del callejero cofrade más recurrente para hollar el monasterio en cuya sacristía un día pendió el Crucificado. Esa voluntad compensaba incluso el incómodo recorrido de regreso a la Catedral Nueva por calles donde el alcohol se despacha mejor que el incienso, aunque también quizá eso sea periferia.

Del muestrario de aspectos que singularizaban la procesión de la Cofradía del Cristo de la Agonía Redentora, ese santiamén ante el convento de Santa Isabel, cuando la devoción rompía la clausura, era uno de los más sobresalientes. Contábamos con que el paso del tiempo nos terminaría por privar de ese momento, pues la sequía vocacional también se manifiesta de esta forma. Pero no pensábamos que fuera a suceder tan pronto, sin ni siquiera tiempo para la despedida. Al inventario de ausencias se incorpora ahora la emotiva relación que edificó una procesión.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Tomás González Blázquez

La Congregación de Jesús Rescatado, al iniciar su procesión desde la iglesia de San Pablo | Fotografía: Pablo de la Peña

La Iglesia, acusada de inmovilismo y anacronismo, tachada de lenta y atrasada, maneja tan bien el tiempo que es la institución más longeva de la Historia, e incluso desde la fe afirmamos que prevalecerá hasta la venida gloriosa de Cristo, y no es la verdad que más se atrevan a cuestionarnos. Más abarcable es el asunto del espacio, y tampoco se le ha dado mal, con muchos mártires y frustraciones de por medio, obedecer el mandato de ir hasta los confines de la Tierra anunciando a su Señor. A menudo lo ha hecho de prestado, entrando en las casas que se le abrían, como aquellos setenta y dos enviados directamente por Jesús, y siguiendo camino después. Pero, claro está, terminó el tiempo primero de la clandestinidad, de las reuniones en las casas, de las catacumbas, y hubo templos, basílicas, colegios, hospitales, prioratos, abadengos, y hasta Estados Pontificios, reducidos hoy a una Ciudad-Estado que tan buen servicio puede prestar en el ámbito diplomático a la construcción del Reino. La propiedad de la Iglesia despierta y despertará recelos, tanto en hostiles como en fieles, e incluso se le pretende negar ese derecho, como demuestra la polémica de las inmatriculaciones o la redundante amenaza de privarla de la exención fiscal que reconoce su utilidad para el bien común. Más allá de ese prejuicio acerca de que la Iglesia posea bienes y del ansia voraz por sustraérselos, surge hoy, en nuestros contextos nacional y diocesano, el problema del mantenimiento de un patrimonio que excede las necesidades actuales para el culto y las demás actividades secundarias.

Basta hacer un ejercicio sencillo con el plano de la capital y el mapa de la provincia. El centro histórico de Salamanca está plagado de edificios religiosos, propiedad de la Diócesis, de congregaciones religiosas, e incluso la capilla de la Vera Cruz como ejemplo de nuestra realidad cofrade. Cada pueblo, aldea y hasta finca tiene su templo, y son más las parroquias que los municipios. No es preciso calcularlo en metros cuadrados ni hacer tasaciones aproximadas. ¿Necesitamos tanto? ¿Lo podemos mantener? ¿Cómo armonizar interés histórico-artístico, potencial turístico, viabilidad económica y función pastoral? La Asamblea Diocesana adelanta en sus orientaciones que muchos templos irán paulatinamente perdiendo el uso para el culto y apunta a una renovada planificación de las misas dominicales. En el medio rural se plantea el establecimiento de "templos centrales" donde potenciar la eucaristía del domingo, en los que reunir a varias comunidades parroquiales, como alternativa a las celebraciones en ausencia de presbítero en cada parroquia. En la capital, donde las unidades pastorales funcionan de manera desigual o están por arrancar y las iglesias de religiosos son muy numerosas, la oferta de cada domingo es amplísima: contando la tarde del sábado, ciento sesenta y seis oportunidades de cumplir el precepto, bendita y necesaria obligación. De vez en cuando, fuera de programa, "misas de cofradía" que no contempla el horario semanal diocesano. Tampoco los cofrades pueden vivir sin el domingo aunque muchos crean que sí.

Ante el reto de los templos centrales hace falta revisar el estado de la relación entre las hermandades y sus sedes. Si calles y plazas son su campo genuino pero esporádico, el templo es su espacio natural y ordinario. El asentamiento es bien diverso. Abundan las cofradías en la Catedral, la Clerecía y San Esteban, templos hoy innegablemente orientados al turismo. También las hay en iglesias conventuales y en parroquiales, además del mencionado caso de la Vera Cruz. E incluso el Cristo del Perdón se venera en las Bernardas sin que haya religiosas cistercienses. Se da la circunstancia de que a veces no coincide la sede canónica con el templo de salida, e incluso se observa la tendencia a diversificar las sedes para la celebración de ciertos cultos durante el año. Es posible afirmar que, salvo algunas excepciones, las cofradías de la ciudad no mantienen una relación estrecha, integrada y perfectamente identificable con sus sedes. No es que existan conflictos. Simplemente, faltan conexión, integración y una línea pastoral nítida que potencie y aproveche la riqueza espiritual de las cofradías y sus imágenes devocionales. En todo caso, a medio plazo muchas iglesias urbanas, quizá en menor medida que las rurales, van a verse afectadas por la escasez de fieles, y a corto, por la aún mayor carencia de sacerdotes que puedan presidir la misa en ellas. Se impondrá una reducción en el número de celebraciones eucarísticas en la ciudad de Salamanca, y si no lo remedia una comunidad que los arrope, de religiosos o de laicos, los templos que apenas abren ya para la misa verán cerradas sus puertas.

Ante esta situación, cabe esperar que las cofradías reflexionen sobre la relación con sus sedes y las redescubran como el pilar sobre el que construir su vida de hermandad por encima de la procesión. Es cierto que el cimiento básico es la eucaristía y el domingo, y que para esto pueden unirse a la celebración parroquial, pero se antoja pastoralmente necesario vincularlos a la presencia de las imágenes. ¿No ayuda a los hermanos del Flagelado reunirse en torno a su titular en la Clerecía? ¿No sería natural que los cofrades del Cristo de la Agonía se congregasen en los Capuchinos? ¿No parece lógico que los de la Soledad defiendan la misa dominical en su capilla catedralicia, sin negar el sentido de la celebración capitular en la capilla mayor? Para que el culto se conserve en varios templos, para que haya una comunidad que sostenga el domingo, las cofradías han de dar un paso adelante. Sus imágenes devocionales no deben degradarse a la categoría de piezas artísticas, pese al mucho potencial evangelizador que aún conservarían. Así, sería posible que la nómina de iglesias netamente cofradieras aumentase. A la Vera Cruz, donde se produce un simbiosis peculiar y enriquecedora entre los carismas de la piedad popular y la vida contemplativa, cristalizados además en la permanente exposición eucarística gracias a las Esclavas del Santísimo, quizá se terminen  sumando otros templos: un San Pablo gestionado por la congregación de Jesús Rescatado, un San Julián por la del Nazareno, un San Benito por la Hermandad de Jesús Despojado, y así más templos donde hay imágenes devocionales o a los que pudieran trasladarse.

Siempre desde el realismo y la viabilidad, que esto ni se improvisa ni es el plan original, sino una adaptación a las circunstancias. Seguramente las hermandades no podrían abrirlos diez horas diarias como abre la Vera Cruz (inmensa gracia la presencia de las religiosas), ni sus pluriempleados capellanes podrán limitarse a ese altar y ese confesionario, pero si logran comprometerse en la tarea de mantener una iglesia abierta, en la que se celebre la eucaristía, se brinde el perdón de Dios y se pueda orar con la ayuda de esas imágenes que durante unas horas al año procesionan por las calles, ganarán en madurez y en responsabilidad. En definitiva, estarán creciendo en su proceso de ser comunidad cristiana. Esto no las segregaría de la vida parroquial o diocesana, sino que las otorgaría verdadera relevancia en la difícil coyuntura de conservar y acrecentar la presencia de Dios en el mundo de hoy, que también se refleja en las puertas abiertas de las iglesias. Abiertas para acoger, para compartir y para rezar. Para organizar los desfiles procesionales bastaría un simple almacén o museo: ¿no está ese reto ya superado? Se trata ahora de un esfuerzo menos vistoso pero más decisivo.


jueves, 9 de noviembre de 2017

Andrés Alén



Empezaré yo mismo por declararme: Personalmente, de muy relativo interés, excepto turístico; Internacionalmente: seudo-desconocido, salvo en internet donde tengo, por la face, algún que otro amigo japonés. No muy dado a creencias, pocas ya, insólidas y desgastadas, que las más de las veces arrastro, como penitencias, por no cambiar. Comprendo cierto afán clasificatorio de la gente, que en un desordenado irredento como yo se admira con envidia; eso de ordenar listados de Universidades desde Shanghái, fortunas Forbes, cotizaciones de arte en Sotheby's, Christie's o Artprice, o lo que se va a votar en Cataluña en pleno lio, proyectan  un organigrama de constelación equilibrada, un mandala perfecto cuyo simétrico urbanismo apetece de vez en cuando colorear.

De todo el índice que se abre ante mis ojos, generalmente desconfió de las listas que se hacen a los puntos, como los saltos de trampolín, y suelo aceptar mejor las que se cronometran, se apuntan,  o se pesan, total, que son de alguna forma medibles por encima de la intención sabia o espiritual o instintiva de quien las elabora.

Aunque estamos en un otoño donde mi mente debiera centrarse más  en la  escasez de lluvia, o en contrarios chaparrones como la meditación benedictina sobre soberanismo y evangelio, El pacifico afilado de hoces d’els segadors, entre sonrisas, o en recontar votos con autodeterminación, y tan alejados en tiempo de otras grandes pasiones, es a estas, las semanales anuales a las que seguidamente de refiero.

Declaraciones de interés turístico internacional de las Semanas Santas. Aparte del concienzudo análisis y brillantes puntuaciones académicas, del éxito que atestiguan la muchedumbre de paisanos en sus desfiles: ¿Se mide? Por ejemplo, el número de guiris, el incremento del tráfico aéreo internacional en Villanubla  en esas fechas, para asistir a la múltiple oferta castellanoleonesa que declara ese cosmopolita interés. Más Sevilla, supongo, Málaga, claro que allí hay playa, ¿Cuenca?: más montañosa para aterrizar. Distinto es el interés cultural o mediático que despiertan, que supongo se debe medir por shares y audiencias, del tipo, la transmisión del desenclavo superó en 5 puntos al Sálvame de luxe, treding topic que alcanzas, pinchazos en youtube del paso por Campana, del barandales de vuelta por San Torcuato, como las ediciones de prensa que se agotan, revistas, folletos, guías para que no te las pierdas, o por si quieres perderte, analógicas o virtuales, papel o nube. Pero, insisto, el turismo implica desplazamiento, si internacional, ingreso de divisas y eso directamente se cuenta.

La mejor Semana Santa o la más Guay. 

Anda, que no hay listas, votadas o no votadas, por lo general cada uno a la suya, ranking perfectamente numerado aunque con resultados dispares como en todas las encuestas.

La intensidad del sentimiento aún no es medible con precisión, menos mal, sí que hay lágrimas lloros, desmayos, extemporáneas exclamaciones, silencios que acongojan. Gentíos, bullas, tapones, paciencia y desesperaciones, más si vas con niños. Que sí son pistas. Pero puestos a precisar se puede contabilizar la onda expansiva que generan. Número de publicaciones de interés que editan. Oficios tradicionales que mantienen. Músicas que inspiran, su paso de misterio, su nazareno o su dolorosa. Las fronteras que sobrepasan cuando salen de su exclusivo territorio semanantero. Como también  a veces es medible la cotización que alcanzan sus imágenes, más allá de las devociones debidas que suscitan, la última subasta en internet de una Virgen, Stma., de la Merced, del XVIII-XIX,  que fue descartada en la Hermandad de la Pasión sevillana  en 1959, por no congeniar bien con San Juan, 4.800 € a las tres, adjudicada. Solo.

Para catalogar la riqueza de su imaginería basta con ir a los más fiables tratados de arte, para darse cuenta que, aunque salgan poco, no es lo mismo Sevilla que Málaga, a mí la legión, ni Valladolid que Zamora, D. Gregorio. Y ya que estamos, aprovechando que el Pisuerga pasa por Pucela,  aunque supongo que el sentido común tampoco lo pretende, no juegan en la misma liga su museo Nacional de Escultura (Casi toda religiosa, barroca  y policromada) que los diferentes museos de Semana Santa que se reparten por el país, Cuenca, Zamora, Crevillent…, como tampoco el más fallero con sus ninots indultats.

No es que pretenda a toda costa que las listas siempre las hagan los listos, ni que se elijan solamente, mediante, cito a Borges: "esa superstición de la democracia", "ese abuso de la estadística", que a veces se ejerce como un medieval juicio de Dios. Yo solo pretendo contar.


martes, 7 de noviembre de 2017

Francisco Gómez Bueno

Cofrades del Cristo Yacente con capirote y con el rostro descubierto. Genéricamente, gente | Fotografía: Pablo de la Peña

"Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo por causa del Hijo del hombre" (Lc 6,20-23)

Ni la crisis y su efecto sobre las economías familiares. Ni la subida del IVA. Ni, mucho menos, plantearse algún posible problema de calidad para conectar con el público. Por favor, hasta ahí podíamos llegar. La culpa de que las butacas no estén llenas sesión tras sesión la tiene ni más ni menos una práctica que dura apenas una de las cincuenta y dos semanas del año y que además tiene pinta de ser muy perniciosa. Justo: la Semana Santa. Ya lo ha dicho José Luis García Sánchez: "¡Vayan más al cine y menos a las procesiones!". Y asunto arreglado.

El ya famoso y polémico consejo del cineasta salmantino en su discurso de agradecimiento al recibir en Valladolid la Espiga de Oro de la Seminci al conjunto de su trayectoria no deja de ser una anécdota que hay que encajar, por supuesto, en el marco de la libertad de expresión y en el derecho de cada uno a pensar y opinar lo que le venga en gana.

Dicha con la habitual socarronería de nuestro ilustre paisano (Lázaro de Tormes, Tirano Banderas, Tranvía  a la Malvarrosa, El vuelo de la paloma…), la frase me parece, no obstante, susceptible de comentario por ser representativa de un fenómeno que vengo percibiendo con creciente resignación.

Todo colectivo –y cuando digo todo, es todo–, merece el mayor de los respetos en el mundo de lo políticamente correcto. No hay práctica, pasatiempo, postura ante la vida, pseudofilosofía, neopsicología, convicción alimentaria o entregada afición que no merezca una foto, un apretón de manos y una respetuosa toma en consideración desde las instancias públicas. ¿Todas? No. Todas, con la única excepción del de los creyentes.

Podríamos ser capaces, incluso, de acotar un poco más y no sería errado hablar de los creyentes cristianos, porque quizá los de otras confesiones gocen, desde distintos espectros ideológicos, de un grado de tolerancia que para sí quisiera el seguidor de Jesús.

Hace unas semanas, con motivo de la concesión de la Medalla de Oro de Salamanca a la Junta de Semana Santa, por una vez no reprimí mi habitual tendencia a no comentar en público los asuntos de la actualidad más cercana y a través de las redes sociales en las que estoy presente mostré mi malestar con la decisión de la agrupación de electores Ganemos Salamanca de no apoyar esta concesión defendiendo, como argumento principal, la deseable laicidad del Estado.

Pero no, no se trata de eso. Para qué engañarnos a estas alturas. Les aseguro que no hay nadie más convencido de la conveniente separación radical entre los poderes públicos y el poder espiritual de la Iglesia (cuya confusión ha generado a lo largo de los siglos daños incuantificables y lamentablemente ha hecho correr la sangre y silenciado conciencias y voces críticas), sin que eso tenga que significar que lo religioso quede relegado o marginado a lo personal, privado y casi clandestino.

Pero no, no se trata de eso. Fórmulas existían para haber apoyado la solicitud si hubiera un mínimo de buena voluntad en este sentido. Lo expuse y lo repito, la Semana Santa de Salamanca no es solo una manifestación religiosa. Es un vestigio antropológico de más de cinco siglos. Es cultura viva que hace mejor la sociedad que tiene al lado a través de infinidad de iniciativas. Es sentimiento que peleó y pelea por la igualdad de la mujer y en el que, al fin y al cabo, debajo de un paso o con un cirio en la mano, no importan mucho ni clases ni linajes.

Cualquier enfoque hubiera servido. Pero más bien y por el contrario, sirvan como ejemplo estos dos momentos recogidos en el artículo, se sigue buscando la manera de ignorar que en los bancos de las iglesias, en las filas de los besapiés, en las romerías, al otro lado de los respiraderos –hombro con hombro–, en la paciente espera de la acera lo que hay ante todo y sobre todo es gente. Gente que por llevar una cruz colgada al cuello o tatuada en el corazón no ha dejado de valer tanto como cualquiera.


lunes, 6 de noviembre de 2017

Roberto Haro

Figuras de Cristo y Judas del paso de El Prendimiento de la Cofradía del Crísto de la Agonía | Fotografía: Roberto Haro

De todos es conocida, o espero que conozcan por lo menos, la historia relatada en los Evangelios sobre aquel apóstol que por treinta monedas traicionó a Jesús y lo entregó para que lo ajusticiaran.

Es difícil de interpretar la filosofía de Judas y, de los textos que nos han quedado, no tenemos muchas pistas para indagar en sus vericuetos mentales. Sin embargo, para todos nosotros coincide un hecho determinante: fue el apóstol que traicionó a Jesús y desertó de la unidad del grupo.

Pero, ¿cuál sería la causa de susodicha traición? No queda bien descrito en la Historia, pero las diferentes corrientes se adentran en la teoría de la avaricia; es muy probable que incluso fuera un ladrón. Sin embargo, la exigua cantidad pactada no era suficiente como para vender a un amigo al que había estado acompañando durante la etapa pública de su amigo.

Se infiere de los diferentes textos que era impulsivo, violento y fuertemente marcado por las dudas al no entender el mensaje de Cristo, terminando por consumar la traición. En los mismos textos nos lo representan también como un avaro, buscaba en el grupo de discípulos un reino en este mundo y cuando vio que el camino se terminaba para él, al no encontrar ese Reino, abandonó. Y se suicidó.

No hay que mirar muy lejos en las diferentes representaciones que se han producido a lo largo de la historia en las diferentes artes, pues en la iconografía de la Semana Santa de cualquier ciudad queda bien claro que la figura de Judas está también presente en ellas.

Y mirando un poquito más con el corazón y no con la vista, podemos entender que no solo se refieren a esas tallas de madera que se incorpora en los grupos escultóricos representando "el beso de Judas" o "el prendimiento", que esconde tras la espalda la bolsa con las treinta monedas de la traición. No, no es ese el símil que debemos ver en nuestra religiosidad. La figura de Judas también se hace presente en forma de carne y hueso.

¡Qué tristeza y qué desilusión producen ver estas situaciones en las cofradías!

En una sociedad relativa y relativizada parece que da todo igual. Da lo mismo asistir a cultos, que irse de fanfarria a la Conchinchina. Lo mismo es una misa de un triduo o fiesta que una reunión de amigos en torno a una convocatoria general de cabildos o hermanos.

Resulta que dicen algunos entendidos en el gremio que "cada hermandad es muy libre de hacer lo que quiera, que para eso están los cabildos". Pues resulta que ese da igual, eso que se hace desde la voluntad y buena fe, solo parece que lleva consigo la otra careta de importarse verse y regodearse en el protagonismo y el figureo. En ese pavoneo y grandilocuencia que es el ver escrito su nombre una y otra vez en los diferentes panfletos, hablar de sí mismos como doctores de la Semana Santa y colocar sus fotos bien visibles allá donde puedan para quedar bien por encima de los demás. Ea, que aquí está él.

Por el bien de la Semana Santa, y de las cofradías en particular, ya está bien. Basta ya de mentiras, de falsedades y zancadillas. Basta ya de poner una cara por delante y otra por detrás.

Muy bien, sigan así y terminen de una vez primero con sus hermandades y cofradías, y después con la Semana Santa, aun con esa seña de identidad propia que ha pervivido durante siglos.

Miremos a nuestro interior, y preguntémonos cuántas veces nos hemos equivocado de camino, lo hemos abandonado, pero a diferencia de Judas hemos hecho lo más importante, levantarnos, reemprender el camino de Cristo.

La Semana Santa de forma particular, y la religiosidad popular por norma general, es esencialmente caridad, generosidad. Es la historia del amor más grande jamás contada.

Es preciso, sí, implementarla, aplicarla, vivirla y fomentarla desde ese prisma. Todo lo demás, sobra. Incluidas las vivencias de Judas.


viernes, 3 de noviembre de 2017

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

La capilla de Jesús Flagelado, en la Clerecía, acoge las eucaristías de la hermandad de la que es titular | Foto: Alberto Ramos

Todas las cofradías son asociaciones públicas de fieles que tienen entre sus fines la promoción del culto divino. A menudo esta promoción es identificada de forma unívoca con la celebración de la estación de penitencia o de distintas procesiones de gloria, rosarios... y, sin embargo, por esto, a veces se oscurece el principal culto al que está llamado a participar todo cristiano, situado en el corazón mismo de la Iglesia, la celebración de la eucaristía. Todas las hermandades, no solo las sacramentales, deben poner especial cuidado en la promoción de la devoción eucarística. Para analizar esta realidad me propongo, a lo largo de este curso, presentar la necesaria relación entre eucaristía y hermandades: primero, en el plano teórico, intentaré mostrar cómo la fraternidad se enraiza en la eucaristía; segundo, a lo largo de los siguientes artículos, me detendré en tres aspectos de dicha relación (la organización de los cultos y oraciones en la hermandad, la relación entre eucaristía de hermandad y eucaristía parroquial, y, por último, la celebración y participación en el Corpus Christi).

La vida cristiana tiene como culmen la celebración de la eucaristía. En ella Cristo mismo nos ofrece su vida resucitada a través de su cuerpo y su sangre. A su vez, esta entrega se convierte en fuente de gracia que inunda nuestra existencia y nos alienta en nuestra actividad cotidiana. De este modo, somos sostenidos y animados en el camino hacia el encuentro definitivo con el Señor. Estamos unidos a Cristo por el bautismo, y esa unidad por el Espíritu se edifica y refuerza por la participación en la eucaristía. No es esta una unidad individualista, intimista, pensada para la salvación personal aislada de la del resto de los hermanos. La unión con Cristo conlleva la unión con el prójimo: todos estamos llamados a constituir una única familia, una fraternidad que se manifiesta en la comunidad de la Iglesia. Una comunidad que se desborda para intentar abarcar la humanidad entera, en palabras de san Juan Pablo II, "la eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres" (Ecclesia de Eucharistia, n. 24). Esto no son solo bellas palabras con las que consolarnos en medio de la soledad. Es necesario tenerlo claro: más allá de la familia de carne y sangre que todos tenemos, la persona que está a nuestro lado en el banco de la iglesia, con la que nos cruzamos en la calle, son, en verdad, nuestros hermanos. Y como tales tienen que ser vistos y considerados.

Las cofradías son una concreción local de esa fraternidad universal que constituye la Iglesia. Formar parte de una corporación supone entrar en una familia, y esto tenemos que tenerlo presente siempre. Cuando surgen dentro de ella las dificultades y enfrentamientos, las rivalidades y celos que, por experiencia, sabemos que están siempre presentes en toda organización, debemos afirmar todavía con más fuerza esta realidad. Con un hermano se puede debatir, disentir, discutir, pero sigue siendo familia, a pesar de todo. Podemos preguntarnos dónde reside el fundamento último de esta fraternidad, aquello que la edifica día tras día: algunos dirían que una cofradía se cimenta en la común devoción a unas advocaciones del Señor y de su Madre, otros que en el gusto por la camaradería que encontramos en su seno, unos más en la formas populares que ofrece para vivir la propia fe. Sin embargo, siendo estos factores importantes, que contribuyen a la edificación de la fraternidad, no son la piedra angular sobre la que se levanta.

Afirma el Concilio Vaticano II que "no se construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía" (Presbyerorum Ordinis, n. 6). Y las hermandades no son una excepción, pretenden ser una comunidad cristiana en la que vivir la fe. Por eso duele ver cómo, en ocasiones, la capilla o la iglesia está semivacía, con ausencias incluso de quienes deberían desempeñar su función con compromiso ejemplar, la Junta de Gobierno. Tampoco debemos escandalizarnos: en una cofradía no todos tienen la misma implicación o presencia en las distintas actividades. Algunos solo aparecen el día de la estación de penitencia, otros acuden a las actividades sociales, son menos los que asisten a todas las eucaristías y cultos. Sabemos que esta es una realidad con la que habremos de lidiar siempre, el deber ser de las hermandades siempre estará lejos de su ser. Sin embargo, es una obligación de todas las Juntas de Gobierno, así como de los capellanes y directores espirituales, promover la formación de todos los cofrades para que valoren en su medida la importancia de la eucaristía.

La propia liturgia de la celebración nos lleva a fortalecer esa unidad de diferentes formas y en diversos niveles: en primer lugar, es un momento de encuentro y oración, de fe compartida, de reconocernos hermanos en el Señor reunidos en torno a su altar. Además, en segundo lugar, la hermandad se presenta, no como un grupo amorfo, sino como un cuerpo organizado. Si fijamos la mirada en las llamadas "funciones principales", la hermandad se dirige al encuentro del Señor en la eucaristía como un todo articulado: la presencia en pleno de la Junta de Gobierno, la protestación de fe... todo esto son signos que apuntan a la estrecha unión de quienes están celebrando el misterio central de su fe. En tercer lugar, las voces de todos los hermanos se alzan en común oración, los unos por los otros y por la Iglesia entera: en la oración de los fieles en la que respondemos a la palabra de Dios elevando nuestras súplicas al Padre; o en el Padrenuestro, verdadera oración de los hijos de Dios unidos en fraternidad. En cuarto lugar, en la misma plegaria eucarística, el momento más sagrado de toda la celebración, en el que el Señor resucitado se hace presente entre nosotros bajo las especies del pan y del vino, pedimos al Padre que la participación en ese cuerpo y sangre de Cristo nos congregue en la unidad. Por último, la comunión misma es la ocasión de mayor unidad entre los cofrades: la unión eucarística con Cristo, a través de Él, une del modo más estrecho a todos los hermanos.

Si fallamos en esto, ya podremos tener un desempeño en la calle ejemplar, que en poco nos diferenciaremos de una asociación cultural. Sin embargo, si el cimiento de nuestra fraternidad está asentado con firmeza en la eucaristía, todo lo demás se nos irá dando por añadidura como el río que mana de la fuente. Por esto, es responsabilidad de las Juntas de Gobierno planificar una formación atractiva que incida en este aspecto, una organización de los cultos que alimente la unión deseada, y una participación en las actividades de caridad que haga operativa esa fraternidad nacida del altar.

En los artículos siguientes, como he comentado, intentaré analizar algunos desafíos a los que la vivencia de la eucaristía se enfrenta en las hermandades.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Jesús Resucitado pasa junto a la Casa de las Conchas en el Domingo de Pascua | Fotografía: JMFC

Día de todos los Santos. De todos. Incluso de aquellos seres tan ruines que lograron hervirnos  demasiadas veces, en vida, la mala leche. Y es que en el fondo no somos más que pobres seres humanos, incapaces de comprender que el Padre misericordioso acoge a todos los hombres, sin excepción, con la misma intensidad en su abrazo.

¿Qué culpa pueden tener quienes, por mala suerte, no conocieron la esperanza que brota del Salvador del hombre? ¿Acaso tal desconocimiento puede menoscabar la atención hacia ellos en el que todo lo puede?

Tales preguntas solo pueden tener la respuesta cristiana de la universalidad del amor divino que surge de quien puso la vida sobre todo lo conocido y sobre aquellos rincones del cosmos donde, vete a saber tú, si no existen análogos mundos al nuestro.

Esta conmemoración, que tiene perfumes de dolor con adorno de flores y recuerdos ambientados en querencias que tocan el corazón en lo más dentro, es buena para reflexionar sobre ese aspecto de la muerte que tanta pasión suscita cuando, dentro del mundo cofrade, se valora desmedidamente el culto al Cristo de la cruz o al que es representado de forma yacente.

A veces como cofrades, con cierta confusión, nos dejamos envolver por ese abrazo visceral que promueve la pena y la tragedia como parte de un sainete, en el que parecemos protagonistas tocados por la gracia personal del sentimiento. Vivir lagrimeando y rotos de pena porque llevamos sobre los hombros una imagen no basta para cumplir con nuestra condición cristiana. Quedarse vistiendo musarañas, con esa percepción tan superficial de la obligación contraída con quien dio la vida por nosotros, es avalar la derrota del Cristo que fracasa como hombre, cuando sufre el martirio de la cruz abandonado a su suerte. Ese Cristo de la muerte tétrico y derrotado, si hubiese permanecido entre los ropajes del silencio total para siempre,  ¿de qué nos serviría?

De esta confusión sale ese dicho que delata una posible escasez formativa en muchos de los que formamos parte del mundo cofrade: "Mi Cristo es más milagroso que el tuyo" o "mi Virgen es más poderosa que las otras...".

La labor formativa bien estructurada para todos los cofrades, sin excepción, debe ser la vía que nos pueda aclarar el horizonte, hasta que seamos capaces de vislumbrar como meta la única luz que brota del Redentor. El Cristo resucitado, que llena de esperanza el porvenir del ser humano más allá de la muerte, solo puede justificar toda esa parafernalia cofrade que nos identifica dentro del enraizamiento costumbrista, que mantenemos vivo como pueblo. Como pueblo cristiano y a mucha honra.

Pero si no reconocemos esa figura salvadora en el camino cofradiero emprendido, algo no funciona o algún interruptor, por estar desajustado, no nos deja encender esa parte de la verdad que debe colmar de pura savia los entresijos cofrades, hasta hacer perceptible (con la seriedad que merece) la vitalidad de la movida semanasantera.


lunes, 30 de octubre de 2017

F. Javier Blázquez

El Cristo de San Damián de Paloma Pájaro para la Hermandad Franciscana de Salamanca

La historia comenzó allí, en la asisiana ermita de San Damián, ante una imagen ítalo románica de Cristo crucificado. Allí Francesco, en 1206, siente la llamada a reedificar una casa, la Iglesia, que se resquebrajaba. Desde allí inicia el camino en el seguimiento de ese Cristo pobre y humilde que entonces parecía haber quedado en el olvido. Allí se inició el movimiento franciscano para renovar la espiritualidad medieval y contribuir decisivamente a la purificación de la Iglesia. Por eso esta imagen de finales del siglo XII, pintada sobre burda tela y pegada a una madera recortada, se ha convertido en el icono del franciscanismo. En todos los lugares donde hay presencia franciscana encontramos siempre una copia del Cristo de San Damián.

La Hermandad Franciscana de Salamanca, que hunde sus raíces en esta espiritualidad, asociada a la Custodia de Tierra Santa, no podía ser ajena a ello y desde el primer momento mostró interés por contar en su patrimonio con un Cristo de San Damián. Acorde con la manera de entender el arte existente en el grupo promotor, la copia explícita del original quedó descartada. Por ello había que buscar la persona idónea que pudiera realizar una interpretación de la obra original, sin perder su esencia ni desvirtuarla, pero sin renunciar a la propia personalidad y estilo como artista. El equilibrio entre estas dos premisas era fundamental, para mantener la devoción a un icono cristiano demasiado conocido en la Iglesia y para aportar, a la vez, una obra de arte de nuestro tiempo. La verdad es que apenas hubo propuestas ni se barajaron posibilidades. Paloma Pájaro era la persona idónea y afortunadamente captó la idea al momento, la hizo suya, se entusiasmó con el proyecto y asumió el reto. Cuando declinaba el verano maduraron las reflexiones que, en la contemplación y estudio de la imagen original, habían ido cuajando durante el medio año anterior y, a mediados de septiembre, Paloma terminó la pintura que fue presentada al público el pasado 25 de octubre. Es el Cristo de San Damián, indudablemente. Se ve a la primera. Es una pintura de Paloma Pájaro, también. El ojo experto lo capta enseguida al constatar, en cuanto inicia el análisis, que en la pintura están presentes los rasgos genuinos que definen a la artista.

En la trayectoria de Paloma Pájaro hay un apartado dedicado a la pintura religiosa. No es prolijo, pero sí destacado, con obras significadas en su itinerario creativo, como las cuatro del tanatorio de Paradinas de San Juan, una deliciosa evocación naif de las tablas flamencas del XV. En 2015, con su María Magdalena (o preludio de la maravilla) para el cartel Pasión en Salamanca, Paloma daba lo mejor de sí misma como creadora, con una obra que entusiasmó y soliviantó, al igual que sucedió con el personaje real. Con una técnica minuciosa y detallista, con unos colores vivos para interpelar, con todo el sentimiento y la pasión sobrepuestos sobre quien había amado mucho, esta Magdalena hace entrar a Paloma, ahora sí, en la nómina de autores que desbordan los rígidos moldes del arte religioso convencional, que son capaces de ser clásicos y actuales a la par, tradicionales en la forma y vanguardistas en lo conceptual –bordeando si cabe la ruptura, pero conociendo el terreno sobre el que pisa y los equilibrios que debe mantener–. Poco más hay en su obra religiosa, salvo esa Santa Teresa preparada exprofeso para la exposición Vuestra soy, realizada con motivo del quinto centenario del nacimiento de la Santa andariega. Nada hacía pensar, conociendo los orígenes de Paloma como pintora, que tuviera esa sensibilidad y tanta capacidad para la interpretación y ejecución del arte religioso, pero esas pocas obras, amén de su experiencia en la pintura sobre tabla, la avalaban para que la apuesta fuera sobre seguro.

Y vaya que si lo fue. El Cristo de San Damián de Paloma Pájaro es una obra extraordinaria. Con unas dimensiones acorde con su funcionalidad (77x58 cm), Paloma es fiel a su técnica de base acrílica y lapiceros, la que le permite alcanzar el detallismo sublime de los primitivos flamencos por los que siente devoción. Ella, así lo expresó en el acto de presentación, sintió la pequeñez del artista ante la grandeza de la obra original y el personaje en ella representado. Tomó la referencia del Cristo, vivo, lleno de energía y vitalidad. Y la respetó. Solo lo dulcificó, porque Dios es amor y alegría y esperanza. Así lo entiende ella, así lo demanda el hombre de nuestros días. En cambio, sí que introduce su estilo en las otras figuras, con guiños inequívocos a su concepción del arte, dándole ese toque ingenuo que tanto le gusta, asentando los personajes sobre ese césped con florecillas, las suyas y también, por qué no, las que sirvieron de metáfora a san Francisco. Así Paloma hace salir a su Cristo del tiempo, porque Cristo es el alfa y la omega, su mensaje de ayer es para hoy y siempre, porque ella es clásica y moderna, proyecta el pasado en el futuro y tiene ansias de eternidad.

Con este Cristo de San Damián ganamos todos. Primero la Hermandad Franciscana, que inicia la adquisición de su patrimonio artístico con una obra excepcional. Después la Semana Santa en general, que suma a las procesiones una pieza de primer nivel en ese campo tan propio de Salamanca, el de la inserción de obras pictóricas en sus desfiles procesionales. También lo hace la ciudad, el templo donde se muestre a lo largo del año y la propia artista, que da un paso más en esa parcela de su obra, la de la pintura religiosa, en la que por méritos propios comienza a ocupar un lugar señero.


jueves, 26 de octubre de 2017

Fructuoso Mangas

El evangelista san Marcos, en el paso de Jesús amigo de los Niños. Al fondo, los Dominicos | Foto: Pablo de la Peña

A finales de septiembre se celebró en Jumilla el XXX Encuentro Nacional de Cofradías  en el que se abordaron sobre todo tres temas: la formación del cofrade, la dimensión social de las cofradías y la profesión de la fe. No sé si entre los 350 cofrades asistentes habría alguno de Salamanca que pudiera ampliarnos la información sobre el Encuentro. De todas formas me atrevo a subrayar los tres temas elegidos, porque los tres me parecen de especial actualidad.

La formación es hoy absolutamente necesaria para un cofrade consciente y motivado; en estos tiempos no es suficiente una pertenencia espontánea y casi instintiva; es necesaria una base de conocimientos y condiciones, sin especial complejidad por supuesto, que dé razón si hiciera falta de la condición cofrade. Y esto tanto ante sí mismo, especialmente en momentos de baja motivación o de tentación de abandono, como ante los demás que puedan poner en duda el valor humano o cristiano de la pertenencia a una cofradía en el siglo XXI.

Hace años esto no era tan importante, se actuaba con ideas más prestadas y más simples que las que ahora se necesitan, por eso es más importante la formación en contenidos, motivaciones, objetivos, compromisos y sentido. Don Florentino Gutiérrez lleva años y años, soy testigo directo de ello, en este intento, con resultados más bien escasos, muy escasos añadiría yo. Es una lástima, porque la necesidad es grande, hay oportunidades a la medida y sin embargo apenas si se aprovechan.

No pocos de los problemas que hoy padecen las cofradías salmantinas, que son las que conozco, vienen provocados o consentidos o sin solución año tras año, por falta de un perfil de cofrade más reflexivo, mejor equipado ideológicamente y más motivado desde instancias cristianas. Y creo sinceramente que esto será mucho más necesario en cuanto pasen unos años y se asienten los cambios sociales que ya están ahí y se confirmen los nuevos hábitos religiosos y las nuevas pertenencias grupales.

Y esto no es labor de cada cofradía, aunque en pequeña parte, pero importante, también lo es; es responsabilidad y labor de la Diócesis y de la Junta. No estoy al tanto de todas las circunstancias y no sé qué habría que hacer para cambiar actitudes y prioridades de cofradías y cofrades, pero está meridianamente claro que hay que cambiar y buscar los modos y medios adecuados para ello. Y mejor hoy que mañana.

La dimensión social en sus cien formas posibles ha estado siempre presente en las cofradías y de hecho fue una de las causas primeras de su nacimiento, cuando algunas necesidades elementales no estaban cubiertas, como el entierro en lugar sagrado, la supervivencia en caso de necesidad o de pobreza, la asistencia en la enfermedad, la acogida en la soledad de la vejez, etc. Grupos de cristianos se unieron, muchas veces por propia iniciativa, para responder a esos problemas comunes con soluciones aportadas por todos y a ese acuerdo de hermanos se le llamó con toda razón cofradía, es decir una cooperación fraterna para solucionar entre todos los problemas de cada uno. En este caso desde el campo de la práctica religiosa; por eso se acogieron a iglesias y ermitas y se convocaron alrededor de una imagen que les daba lugar e identidad.

Hoy día esos antiguos fines sociales están cubiertos, aunque alguna que otra vez también se den hoy en alguna cofradía; por eso las cofradías, para ser fieles a sus orígenes y mantener sus prioridades auténticas deben buscar también caminos actuales de fraternidad y de solidaridad, normalmente hacia fuera, tanto cerca como lejos.

En esto me atrevo a opinar, pidiendo mil perdones si soy injusto, que los caminos que hoy siguen las cofradías son un poco pobres y a veces hasta discutibles, por elegir unos modos de ayuda y de socorro que en buena labor social parece que deberían estar superados. Parecen, en muchos casos, más de antigua beneficiencia, que de verdadera intervención social, hasta el punto de que algunas de esas actividades producen a veces sonrojo en no pocos de los que las ven o las reciben. En esto habría que hilar fino con especial sensibilidad y con los asesoramientos adecuados, sin olvidar la extraña distancia que a veces se da entre gastos de ostentación en imágenes, mantos y carrozas y lo que luego se comparte con el mundo de la pobreza de cerca o del hambre de lejos.

Y finalmente, según el programa del Encuentro de Jumilla, la profesión de fe. Estamos todos de acuerdo que este elemento es esencial en la vida y en la razón de toda cofradía religiosa, casi más si cabe si se trata de una cofradía de Semana Santa, por estar dedicada a los Misterios más grandes y vivos de nuestra fe cristiana. En esto, como en casi todo por cierto, sólo Dios puede juzgar el interior y la vida de cada cofrade. Por supuesto, cada persona tiene una dignidad y una dimensión interior que son sagradas. Esto lo damos por supuesto y con todo el respeto del mundo en toda esta reflexión, pero más todavía en este apartado.

Y hay que decir de entrada que las cofradías, me atrevo a decir que en su totalidad, son expresión de fe, tanto individual como colectiva, con las virtudes y rebajas que caben en cada una de las dos modalidades de experiencia cristiana, la particular y la comunitaria. Basta una mirada de respeto y de objetividad para comprobarlo. Y hay que afirmar bien en alto que esa confesión pública de fe, desde la conciencia y desde la cofradía, es el mayor tesoro y la justificación real de una cofradía de Semana Santa. Sin ella debería disolverse y con ella adquiere una prestancia y una dignidad muy alta dentro de la Iglesia, con la humildad y la riqueza que cada una en cada caso lleva.

Pero también hay que decir que, a poco que se mire y se juzgue aunque sea con mucha benevolencia como debe ser, el déficit cristiano, tanto personal como eclesial, es demasiado alto; y tanto a nivel de cada cofrade –convicciones, adhesiones, modos de vida, prácticas cristianas, etc.– como de cada cofradía en sus preocupaciones y dedicaciones para acompañar, iluminar, facilitar y exigir unos niveles de experiencia cristiana y de pertenencia eclesial que justifiquen la condición de cofrade cristiano.

En estos tres campos tienen las cofradías parte del camino andado, aunque con notables diferencias entre ellas, pero en todo caso ahí, en las tres direcciones, queda mucho camino que andar. Y es responsabilidad de la diócesis, de la Junta de los presidentes y de cada cofrade.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Raúl Román

Parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en el barrio Garrido de Salamanca

A finales del año 1985 se planteó por un grupo de jóvenes del barrio Garrido, en Salamanca, la posibilidad de fundar una cofradía que colmara las inquietudes de numerosos jóvenes y adultos de las parroquias del barrio (principalmente las de San Mateo y Ntra. Sra. de Fátima), jóvenes y adultos que también estaban participando en diferentes cofradías de la ciudad. Delataban que podían aportar esta iniciativa a un barrio entonces en plena efervescencia juvenil con centenares de niños y jóvenes participando en las parroquias del barrio.

Con estas inquietudes se planteó a los sacerdotes de la parroquia de San Mateo (entonces D. Santos y D. Segundo) tal proyecto, muy embrionario y necesitado de mucha maduración y de apoyos personales y materiales. Para ello se contó con ideas de los entonces responsables de otras cofradías y de la Semana Santa de Salamanca, algunos vinculados al mismo barrio, con especial ayuda y apoyo del entonces presidente de la Junta Permanente de Semana Santa, Daniel Herrero, o de Miguel Hernández Rubio o Félix González junto con otras personas del ámbito de la Semana Santa, personas que individual e institucionalmente alentaron y animaron este proyecto. La iniciativa implicaría fundar una cofradía y establecer un desfile procesional en o desde ese popular barrio. Acabada la Semana Santa de 1986 se produjeron varias reuniones para lograr plasmar esta iniciativa. A la vez se animó a dar cauce a este proyecto por medio de un programa de compromiso caritativo.

De otra parte, pequeños apoyos económicos fueron llegando igualmente, pues se organizaron algunas actividades como la representación de la obra Jesucristo Superstar (representada por algunos de los propios animadores de esta iniciativa) o también alguna rifa o sorteo, destinándose los fondos finalmente a Cáritas parroquial.

El contexto del barrio en esa época era de mucha dinámica de actividades, apenas había instituciones o grupos organizados que pudieran dar cauce a iniciativas de diversos tipos. En el ámbito religioso se percibía la ausencia de la religiosidad popular como elemento integrado e integrador en las parroquias del barrio, lo cual se mostró como una losa a este tipo de iniciativas, y muchos de quienes mostraban su ilusión ante esta posibilidad continuaron participando en las cofradías de Semana Santa de Salamanca, que se nutrieron y se nutren del aprendizaje y la dedicación en experiencias como la que ahora recordamos. Pero esta iniciativa que hemos relatado no fue una más, sino que tuvo entidad y relevancia propias, con apoyos decididos y que resultó un proyecto de Semana Santa que estuvo en marcha como tal.

En el fondo estos recuerdos, vividos según cada persona y cada grupo, están reclamando una recapitulación que haga que formen parte también de la historia de la Semana Santa, pues no en vano, como decimos, son la raíz de la que salieron numerosos cofrades.


domingo, 22 de octubre de 2017

Antonio Santos

Documento de la concesión de la Medalla de Oro de Salamanca a la Junta de Semana Santa | Fotografía: Óscar García

Para que la celebración de una semana santa en una determinada localidad alcance el brillo y el relieve adecuados, deben concurrir muchos y variados factores. Algunos son irrenunciables y vienen rápidamente a la mente de todos: imaginería artística de primer orden y entorno urbano o rural apropiado, cofradías nutridas, bien organizadas y público arropando las procesiones: es decir, lo que nuestra divisa recoge con sumo acierto, Pasión y piedra.

Para seguir sumando es necesario un respaldo institucional local y regional que aglutine, en distintos puntos de encuentro, tanto la esfera esencialmente religiosa que define esta celebración con la vertiente cultural que provoca, pero que también recibe en forma de manifestaciones artísticas.

Llegados a ese punto tenemos que reconocer que hay ciudades donde los nombres ilustres de cofrades y artistas brillan por sí mismos asociados a las cofradías y a su entorno cultural. Personalidades de los ámbitos artísticos más diversos aportan al fenómeno cultural popular, que por definición es la Semana Santa, esa luz indiscutible del humanismo y el conocimiento. Otros muchos han dirigido cofradías cayendo su nombre en el olvido, pero sin ellos, que fueron la fuerza motriz de sus corporaciones, no hubiera existido tradición centenaria alguna. Y es de esa unión tan hispana de lo culto y lo popular, de la que nace ese sabor contrastante y atractivo que destila la pasión practicada en las calles. Lo sensorial y lo intelectual, el humanismo y la humanidad de una sede de cofradía, el día a día sencillo y complejo de cada cofradía, de cada paso.

La Junta de Semana Santa cumple 75 años. A las celebraciones programadas, que contienen grandes aciertos culturales, se ha sumado recientemente la entrega de la Medalla de Oro de la Ciudad. Un punto y aparte definitivo en cuanto a reconocimiento y también en cuanto a exigencia de los propios cofrades para con su ciudad y sus cofradías. Fueron justamente mencionados los nombres de los presidentes que han dirigido la Junta, y también los de algunos cofrades que con su trabajo callado hicieron posible el milagro de nuestras procesiones. Cada vez resulta más difícil no darse cuenta de lo importantes que son nuestras instituciones, tanto cívicas como cofradieras y lo que representan. Sería deseable que dejáramos definitivamente atrás ese cariz improvisatorio tan descuidado que imperaba hace años y que poco a poco ha ido disminuyendo gracias al trabajo en común.

El premio fue para todos los que formamos parte de la Semana Santa, pero lo fue para toda la ciudad. Sin el apoyo y el respaldo de los salmantinos, no sería posible. Impresiona pensar en ello tanto como cuando uno pasa una temporada fuera de la patria chica y vuelve a maravillarse ante la belleza de las piedras de las viejas rúas charras, normalmente inadvertidas para el viandante local y cotidiano.

Ojalá este punto y aparte sirva para que todos y cada uno reflexionemos acerca de lo que aportamos, de dónde vienen nuestras cofradías, dónde estamos y a dónde vamos.

Felicidades a todos los cofrades y salmantinos.


viernes, 20 de octubre de 2017

Pedro Martín

Representantes presentes y pasados de las cofradías de la ciudad posan con las autoridades municipales y religiosas de Salamanca en el teatro Liceo después del acto de entrega de la Medalla de Oro de Salamanca el pasado lunes | Fotografía: Óscar García

Bueno, pues ya tenemos la Medalla de Oro de la Ciudad y, como de bien nacidos es ser agradecidos, yo quiero serlo. Primero con la ciudad, que nos concede el máximo galardón que institución o persona puede recibir, y que siento que viene de todos y cada uno de los salmantinos. No puede ser de otra manera, a pesar de ciertas protestas y algaradas municipales sin importancia que no pasan del intento de tener un protagonismo que de otra manera, y por sus propios méritos, no tendrían. Es el signo de los tiempos que vivimos. Gracias, Salamanca.

También quiero mostrar mi agradecimiento al actual presidente de la Junta de Semana Santa, por acordarse de aquellos que nos precedieron y que en momentos mucho más difíciles que los actuales lucharon por la misma para dejarnos esta preciosa herencia que estamos obligados a trasmitir a las futuras generaciones. Se lo debemos.

Los avatares y casualidades de la vida han querido que sea esta humilde persona la que represente a mi congregación en este momento, es decir, a todos y cada uno de mis hermanos, pero no solo a los actuales, también a los que lo han sido y pusieron su granito de arena para que llegáramos hasta aquí. Gracias a todos ellos, en especial a mis predecesores: Ana, que me acompañó el pasado lunes; Tomás, mi padre; Santiago, Bernardo. Y hasta ahí llega mi memoria infantil de hermanos mayores, en los albores de los 70, con grandes dificultades, pero con mucha ilusión y trabajo por parte de todos.

Esos años 70 donde con total normalidad, y de forma anónima, se incorpora la mujer de pleno derecho desfilando de nazareno en nuestra congregación, hecho que quizá muchos desconocen, pero que yo recuerdo muy bien, por coincidir con mi primer año procesional. Cuánto ha llovido desde entonces. Ha llovido tanto que nos ha dado tiempo en 40 años a tener la primera mujer hermana mayor de la ciudad, a la que han seguido algunas más, con total normalidad. Creo que es un debate no solo superado, sino que nunca ha existido. Aquí no se han dado situaciones como en Zamora o Sevilla, por poner dos espejos donde nos gusta mirarnos, ni existen que yo sepa estatutos restrictivos que impidan el protagonismo que la mujer merece y puede ejercer en nuestra Semana Santa. No hagamos un problema donde no lo hay. Construyamos; pongamos nuestro granito de arena sin pedir nada a cambio; Dios nos lo premiará si lo tiene a bien. Que cada uno se comprometa en la medida que pueda y quiera. Solo tendrá que rendir cuentas al final de los tiempos, y solo así seremos merecedores de la Medalla que acabamos de recibir.

Y sí, yo estaba allí, en el Liceo, acompañando a mi presidente y junto a mis hermanos del resto de hermandades, cofradías y congregaciones. Y no, no estábamos allí a título particular. Representamos a todos y cada uno de los hermanos y hermanas que forman y han formado parte de la Semana Santa de nuestra ciudad a los que les digo también: ¡Gracias y felicidades, hermanos!


miércoles, 18 de octubre de 2017

Tomás Gil Rodrigo

Representación de Santa Teresa escribiendo bajo la inspiración del Espíritu Santo

El pasado domingo 15 de octubre de 2017, gracias a la concesión del Papa Francisco, comenzaba el Año Jubilar Teresiano en Ávila y Alba de Tormes, lugares del nacimiento y de la muerte (sepulcro) de Teresa de Jesús. Me parece oportuno aprender las enseñanzas de esta mujer, que siguió a Cristo por caminos nuevos en un cambio de época que ella denominaba "tiempos recios". Durante este curso voy a intentar explicar por qué y qué imágenes ayudaron a Teresa a encontrarse con Jesús. Espero, del mismo modo, en este cambio de época en el que se nos pide también la renovación, que tomemos la "determinada determinación" (CP 21, 2) de acercarnos a las imágenes de nuestras cofradías con el deseo contemplativo de "tratar de amistad con aquel que sabemos que nos ama" (Vida 8, 5).

Para comprender por qué Teresa de Jesús gustaba de las imágenes, especialmente las de las representaciones de Cristo, debemos partir de las circunstancias que envolvieron su vida y su tiempo. Estamos en pleno siglo XVI, momento en el que se produce un cambio de época. Surgen distintos y contrapuestos caminos políticos, religiosos, espirituales y culturales por los que se enfrenta la sociedad. Fue un tiempo de emprender caminos de reformas en la Iglesia, el Concilio de Trento (1563) fue la expresión de la reforma de la Iglesia Católica, donde se legisla el uso correcto de las imágenes. El rey Felipe II (1556-1598) pretende ser el garante de la ortodoxia católica, eso influye en el arte cristiano. El arte se había convertido en los tiempos de Teresa, los de la Reforma Católica, además de en un medio para adoctrinar a los fieles, también en un camino para la oración.

Teresa ya desde niña participaba de un ambiente de religiosidad popular, en el que la devoción a las imágenes sagradas es algo importante: "Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre…" (Vida, 1,7). Con el uso de las imágenes Teresa demuestra su comunión con la fe de la Iglesia, en contra de los alumbrados y protestantes, que las rechazaban. En 1559 la Inquisición prohíbe la lectura de muchos libros de piedad, que se encontraban en los conventos, y hasta de la Biblia en castellano, lo cual llevará a Teresa y a sus monjas a las imágenes como un medio para su vida de oración: "Me dijo el Señor, no temas yo te daré libro vivo… ¿quién ve al Señor cubierto de llagas y afligido con persecuciones que no las abrace y las ame y las desee?" (Vida 26, 5).

Pero, más allá de su ambiente familiar y de los enfrentamientos religiosos, Teresa opta por las imágenes por razones más profundas. Sigue los consejos de los maestros espirituales, como Pedro de Alcántara, Francisco de Borja o Juan de Ávila, entre otros, que aconsejaban el uso de las imágenes para la oración: "Para cuando está ausente la misma persona, o quiere darnos a entender lo está con muchas sequedades, es gran regalo ver su imagen de quien con tanta razón amamos. A cada cabo que volviésemos los ojos, la querría ver" (Camino de Perfección 34, 11). El apoyo que encontró Teresa en las imágenes para mantener trato con Jesucristo fue, en cierta manera, un contraste y una novedad, en unos tiempos en los que estaba de moda el recogimiento y las "nadas" para la oración. Frente a algunos espiritualistas, que proponían como método de oración prescindir de la humanidad de Cristo, para alcanzar la divina contemplación, método en el que, como dice Teresa, estuvo perdida muchos años (cf. Vida 22, 1), ella prefiere poner sus ojos ante la imagen de Cristo, pues la ayudaba a tener presente su sagrada humanidad y expresar su amor por Él: "Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con Él" (Vida 12, 2).

Teresa reconoce que ha visto muchas obras de arte buenas, las cuales relaciona con su visión de Cristo: "Me parecía imagen, no como los dibujos de acá, por muy perfectos que sean, que hartos los he visto buenos" (Vida 28, 7). Tanto el Concilio de Trento como la experiencia de los místicos contribuyeron al desarrollo de la creatividad artística en la pintura y escultura de su tiempo, en la que irrumpe la corriente italiana del Renacimiento. Pero, por las normativas del Concilio de Trento, los artistas se concentran en lo esencial, del mismo modo Teresa busca un estilo reformador donde prefiere lo pobre, lo austero y lo esencial. Lo que debe emocionar ya no es la belleza idealizada de la naturaleza sino la grandeza del Evangelio. El arte religioso que ahora busca la Iglesia es serio, concentrado, en el que nada es inútil, en el que nada distraiga la atención del cristiano para meditar los misterios de la salvación. Muchas de las visiones de Cristo, escritas en los libros de Teresa de Jesús, son las mismas que están realizando los artistas de su tiempo. En la España de mediados del siglo XVI los místicos, con sus experiencias y escritos, y los artistas, con su inspiración y obras de arte, expresan los mismos temas y sentimientos religiosos. Los pintores del siglo XVI nos confirman esta devoción ambiental, destacando el arte de Luis de Morales, llamado El Divino (1510-1586), cuya obra, por medio de la ternura y compasión, transmite los momentos más intensos de la vida de Cristo. También aparece El Greco, coincidiendo con la fundación de la Santa en Toledo en 1577, el cual recibe el encargo de El Expolio para la sacristía de la Catedral. Y no es menos importante la escultura religiosa de Alonso Berruguete (1489-1561), con su imaginería expresiva como la del Ecce Homo; o la imagen del Crucificado y el Entierro de Cristo de Juan de Juni (1507-1577); y los inconfundibles Cristos de Diego de Siloé (1517-1563). Todos estos artistas, que eran creyentes y piadosos, procuraron unir el interés religioso de la época con sus creaciones artísticas propias. Es fácil imaginar a Santa Teresa contemplando estas imágenes, "harto buenas", que tanto la influenciaron en su manera de mirar a Cristo.

La popularidad de Santa Teresa se debe en parte a saber utilizar pedagógicamente las imágenes, donde se utilizan los sentidos para enseñar a orar. De este modo renovó los modos de relacionarse con Dios, frente a otros modos más desnudos, sin apoyos materiales, que proponían algunos maestros iluminados de su tiempo. Aún así, ella se da cuenta del peligro y abuso de aquellos que se quedan solo con las imágenes: "Bobería me parece dejar la misma persona por mirar el dibujo" (Camino de Perfección 34, 11). La sensibilidad de Teresa por la belleza, que transmiten las obras de arte, no es un entretenimiento, ni una evasión, sino un compromiso con Cristo: "Una gran ganancia saca el alma… cuando piensa en Él o en su vida y Pasión, acordarse de su mansísimo y hermoso rostro, que es grandísimo consuelo" (Moradas VI, 9, 14).

En el próximo artículo veremos con detenimiento cada una de esas imágenes, que se conservan en las fundaciones de Teresa de Jesús, muchas de las cuales fueron adquiridas por ella.


lunes, 16 de octubre de 2017

Félix Torres

viernes, 13 de octubre de 2017

Abraham Coco

Entrevistas a personalidades salmantinas y hermanos mayores publicadas en la revista Christus de 1947

A Virginia Carrera, con el deseo de que un día supere su sectarismo


Fue un artículo de Félix Torres publicado en el último número de Christus lo que me llevó hasta una serie de breves entrevistas, escuetos pero enjundiosos cuestionarios, publicadas en esta misma revista en sus ediciones de 1947 y 1948 que, por cierto, entonces tenía un precio de 2 pesetas. Fue inevitable la media sonrisa al leer algunas de sus respuestas y comprobar que, pese a haber transcurrido 70 años desde sus contestaciones, en algunos aspectos pareciera que hubieran sido respondidas ayer.

Los responsables de Christus no dudaban en presumir de lo que consideraban un "éxito periodístico" que hoy debemos agradecer, por lo oportuno del testimonio y el seguro esfuerzo que la empresa les debió de suponer en aquellos años de zozobra y hambre de la posguerra. Sacerdotes, literatos, artistas, periodistas y directivos de la mayor parte de las cofradías de la época desfilan por las ocho páginas de dos secciones tituladas Tres preguntas y diez contestaciones y Proyectos y aspiraciones.

En ellas, de manera sucesiva, comentaban aquello que más les gustaba de la Semana Santa salmantina, lo que menos y la imagen que mayor emoción artística y religiosa les producía. Las respuestas, en opinión de los editores, reflejaban "un acendrado salmantinismo" de quienes expresaban "ese buen deseo de señalar el defecto para buscar remedio", lo que debía ser interpretado como "exaltado índice de amor a Salamanca". De entre todos, el más alto nivel fue el mostrado por Antonio García Boiza, quien no tuvo reparos en señalar que, de entre las cuestiones que menos agrado le provocaban en la Pasión tormesina, la Junta Pro Semana Santa impulsora de dicha revista era la primera.

Resulta curioso comprobar cómo la Dolorosa de la Vera Cruz y, en menor medida el Nazareno de San Julián, centraban gran parte de las devociones de los entrevistados, quienes reclamaban la incorporación definitiva de la Piedad a la imaginería procesional después de los "murmullos de admiración" que su primera salida procesional había causado. "¿No podría conseguirse que volviera a ser admirada por los salmantinos en la procesión de la madrugada del viernes?", se preguntaba Luciano Sánchez Fraile.

Debates que hoy algunos creen impostados o recientes ya pululaban por los corrillos cofradieros de la época. Así lo atestigua, por ejemplo, Fernando Íscar Peyra, disgustado al ver cómo a la Semana Santa de la ciudad "se la va despojando de su hondo y seco sentido castellano para vestirla de andaluza". "Y luego –añadía–, ¡esa representación a lo Rambal, alborotando y destrozando la grave armonía del penitencial cortejo! En eso, ya que no en el fútbol, podríamos aprender algo de Valladolid y de Zamora, en vez de mirar hacia el Puente de Triana". En similar línea se expresaba Juan Domínguez Berrueta, pesaroso al contemplar "que se intente cambiar su tono, su estilo, su sabor tradicional, por imitar (con el mejor deseo, sin duda), a la de otras poblaciones". Y aún añadía Fernando García Sánchez: "Es preciso que solamente el deseo de fomentar la devoción presida siempre la organización y desfiles de nuestras clásicas procesiones, clasicismo salmantino que hay que conservar sin adulteraciones ni simulacros de los clasicismos de otras regiones". 

Hoy, como ayer, la "disgregación" de la procesión del Santo Entierro o las "reverencias o saludos que se hacen los pasos" eran motivos de comentario en boca del imaginero Francisco González Macías. Precisamente una de sus aportaciones a la Semana Santa local no terminaba de encajar en la Congregación de Jesús Nazareno. Así lo reconocía a mediados del pasado siglo su entonces hermano mayor, Carlos Romo, al afirmar: "Mi ilusión ha sido conseguir hacer una hermandad filial haciéndose cargo de este nuevo paso, pues hoy me da pena verlo en la procesión como algo postizo, sin que apenas nadie le acompañe".  Respondía así a otras dos cuestiones planteadas: "¿Qué aspiraciones o deseos son los de su congregación o hermandad en relación con la Semana Santa salmantina?" y "¿Qué mejora estima usted adecuada para la mayor solemnidad y brillantez de la procesión de esas congregación o hermandad?". 

En otra muestra de sinceridad, José Cordón Blas, al frente de Jesús Rescatado, indicaba: "Mi deseo es que todos los hermanos pertenecientes a esta congregación llevaran la túnica en un color morado, pero perfectamente igual en tono de color, y que la túnica la llevasen todos del largo necesario para que solamente se viera el zapato negro". Coincidía en este aspecto con Sánchez Fraile, para quien "si desaparecen totalmente esas túnicas raídas que tanto deslucen la procesión del Santo Entierro, mucho mejor". Y por insistir en este viaje en el tiempo de "acendrado salmantinismo", no lo olviden, Íscar Peyra sostenía que "tampoco se perdería mucho si el flamante paso de la Borriquilla, de cartón-piedra, con el que se inició la renovación de nuestras procesiones, se le regalase como premio a la más fervorosa catequesis infantil de algún pueblo de la provincia". "Si han de sacarse imágenes nuevas, que sean de buena talla", remachaba. "Procuraremos que nadie nos supere en devoción y entusiasmo, por motivos más altos, pero también porque al radicar y salir de la Catedral parece que nos obliga a edificar con el ejemplo a todos los demás", declaraba Jaime de Aramburu y Olarán, hermano mayor de... la Soledad.  

Vicente Pérez-Moneo, apellido ya entonces vinculado a las hermandades de la Agonía y el Perdón, lamentaba "la apatía de los salmantinos, que no tienen interés en mejorar nada de lo que hoy tienen, al contrario de otras poblaciones, que mejoran constantemente sus cultos y procesiones". Por eso Cordón Blas (Rescatado) y Tomás Salas Villagómez, que estaba a punto de debutar con la recién fundada Hermandad Universitaria, proponían aglutinar voluntades en el principio de un camino que hoy cumple 75 años merecedores de la Medalla de Oro de Salamanca. Si el primero ambicionaba "unir esfuerzos con las demás cofradías para así poder, en unión de la Junta Permanente, dar un mayor esplendor de fervor a nuestras procesiones", el segundo proponía "conseguir, en unión de las demás hermandades, que en los días de la Semana Santa se convierta la ciudad toda en un gigantesco clamor de penitencia que suba hasta Aquel cuya pasión y muerte conmemoramos".

Los mimbres estaban, pues confesaba Guzmán Gombau Guerra: "Lo que más me agrada es que nuestras procesiones –y todas ellas– sean lo único que consigue llenar de público la Plaza Mayor y todas las calles de sus itinerarios", pese a lamentar que "lo mucho hecho lo haya sido tan pobremente y por el solo esfuerzo de unos pocos". Pero lo mismo sucedía, sostenía, incluso con la Unión Deportiva. 

De aquellos nombres partió esta historia común, cuyo mantenimiento exige hoy el compromiso de todos.  ¡Enhorabuena, cofrades! 


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