viernes, 30 de octubre de 2020

miércoles, 28 de octubre de 2020

Raúl Román

                 

lunes, 26 de octubre de 2020

Ramiro Merino

                                   

viernes, 23 de octubre de 2020

miércoles, 21 de octubre de 2020

domingo, 18 de octubre de 2020

 Álex J. García Montero


                               

jueves, 15 de octubre de 2020

F. Javier Blázquez 


                                                              

miércoles, 14 de octubre de 2020

Andrés Alén
                           

 

lunes, 12 de octubre de 2020

 Pedro Martín

 

             

viernes, 9 de octubre de 2020

Tomás González Blázquez 

 

Mascarilla y calendario cofrade. Foto: T. González Blázquez

miércoles, 7 de octubre de 2020


 J. M. Ferreira Cunquero

Farol y antorchas, Hermandad Franciscana. Foto: M. López Martín
  

La pandemia que acecha con virulencia a todos los estamentos sociales, no deja ajenas a las cofradías. La suspensión de las procesiones y los actos cofradieros podrían considerarse como el gran y único problema si hacemos un análisis de la situación que no vaya más allá de lo aparente.

No hay que ser un portentoso adivino para vaticinar que es más que posible que las marchas penitenciales sean prohibidas en la próxima Semana Santa. Y si las procesiones son, en esencia, el único vínculo que ata con cierta consistencia a muchos nazarenos a este tipo de organizaciones de la religiosidad popular, ¿no serán estos tiempos proclives a un alejamiento de las cofradías que nos haga regresar a épocas pretéritas que, por desastrosas, son inolvidables?

Este puede ser ese momento histórico en el que, a través del nuevo Presidente de la Junta de Semana Santa de Salamanca, aunemos esfuerzos para poder atajar con diligencia las invisibles tempestades que pueden estar llegando.

La unión del mundo cofrade debería ser el claro y primordial objetivo de esta nueva época, que lentamente y en silencio podría llevarnos al precipicio de una más que posible y despiadada crisis cofrade.

Las parafernalias turísticas y todo el entramado que las fecunda, deben regresar a las parcelas políticas del gremio, para que nuestro ímpetu se ajuste exclusivamente a esa búsqueda de sugerencias imaginativas que nos puedan salvar del fuego.

 

 


miércoles, 15 de julio de 2020

jueves, 9 de julio de 2020

Félix Torres

Los hermanos de Amor y Paz que portan la antigua campana de la iglesia realizan un descanso | Foto: Pablo de la Peña

09 de julio de 2020

Tengo miedo.

Desde hace ya más días de los que quisiera, tengo el miedo metido en el cuerpo y no, no es por contagios, ni mascarillas, ni distancias, ni virus, ni pandemias. Me da miedo la "nueva normalidad". Me aterroriza que nos hayamos instalado sin apenas rechistar donde ellos querían y, sobre todo, sin ver ni un atisbo de luz, siquiera, al final de este túnel cargado de síntomas asintomáticos, muertos no contabilizados, gobernantes dictando y pueblo asintiendo –no sé si espasmódicamente o con inmunidad de rebaño–.

Me da miedo que cierta cultura que no alcanza siquiera la categoría underground haya tomado las riendas del carro del que todos tiramos y, aprovechando coyunturas epidémicas, nos meta las manos hasta donde cualquiera de nosotros guarda lo más íntimo y sagrado.

Me asusta ver un futuro cada vez menos incierto en el que los escenarios, todos los escenarios hayan cambiado.

Escenarios de la mundana cotidianidad de nuestra cultura, como los teatros o las plazas de toros, han visto modificado casi sine die su estado de normalidad y todos, calladamente, lo hemos asumido como algo inevitablemente bueno para todos. Llenemos los bares, las terrazas, los paseos o las playas, pero no los teatros, ni los cosos taurinos,… ¡Ni las iglesias!

Y me sorprende que ahora, con pasmosa normalidad asumida casi inconscientemente, nos sentemos alejados en los bancos de la iglesia, no haya contacto entre fieles ni para desearse una paz necesaria o que la comunión pase de ser el acto fundamental y solemne de la eucaristía a una situación en la que participar del sacramento es casi una temeridad.

¿Es porque el Gran Hermano se preocupa de nuestro bienestar a costa de sus desvelos o son movimientos sibilinamente descarados de quienes nos manejan y que aceptamos sin apenas oposición? Contemos la fiesta según nos vaya en ella. Pero, ¡contémosla!

¿Y nuestra Semana Santa? ¿Nos lo hemos planteado?

Me asusta que en esta corriente de normalización social en la que la religión es un grano en el culo de la masa dominante, en la que la Iglesia es ninguneada por cualquier interlocutor, en la que se radicalizan los discursos sesgándolos hacia donde ellos quieren que miremos –…la labor social de la Iglesia no existe, Cáritas no es sino una ONG, el concierto educativo es un lastre que nos estamos quitando poco a poco…– estoy seguro de que la Semana Santa popular, la participativa, la de la calle, no va a ser nunca más como la conocíamos. Normas restrictivas, sanciones, ordenanzas y regulaciones, emitidas desde un gobierno protector que solo mira por el bienestar de sus gobernados, incluso a costa de incomodidades, contratiempos y sufrimiento, nos convencerán de que lo que no puede ser es hacer lo que hacíamos y, sobre todo, nos aleccionarán para que entendamos que lo hacen por nuestro bien. Siempre por el bien de los gobernados.

Si nos han tenido recluidos a su antojo durante meses, con la contradicción como norma y el control policial como seguro… qué no harán con algo como nuestras procesiones, nuestra Pasión, para las que tienen claro el acoso y derribo desde que mamaron sus primeras leches políticas.

Sí. Me da miedo y quisiera equivocarme, pero tengo la impresión de que una normalidad diferente, su "nueva normalidad", ha venido para instalarse entre nosotros sin visos de que en algún momento recuperemos al menos parte de lo que hemos perdido y, sobre todo, de lo que, si seguimos con esta actitud pascualmente ovina (otra vez la inmunidad de rebaño), vamos a perder sin remedio.

Intentemos adelantarnos a lo que se nos podría venir encima. Luchemos por no perder nuestra identidad. Porque, sea del sur o del norte, barroca o austera, esta es y será siempre nuestra identidad. Peleémosla.

Tengo miedo, aunque ojalá me equivoque.


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Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión