miércoles, 20 de septiembre de 2017

F. Javier Blázquez


lunes, 18 de septiembre de 2017

Abraham Coco

Patio Chico de Salamanca, donde tiene su sede la Tertulia Cofrade Pasión | Fotografía: Pablo de la Peña

Ahora que el verano claudica para que todo vuelva a comenzar, también regresamos a esta casa común de la reflexión, el debate y el pensamiento cofrade que estrena su cuarta temporada. El otoño entrará esta semana en nuestras rutinas, también en las de las hermandades, que recuperan sus ciclos de cultos y actividades interrumpidos para facilitar el descanso estival siempre reparador.

Vimos en los periódicos y en los telediarios cómo hubo quién, en nombre de sus derechos y libertades, pasó por encima de los del prójimo para sembrar su odio entre el forastero, al grito anglosajón de turists, go home! que quiere decir turistas, aquí sobráis, puerta, volveos a vuestras casas. Para algunos, aquellos que rehuyen el dialogo sosegado y lo sustituyen por la coacción y la pintada en muro ajeno, el viajero pasa a engrosar la lista negra de quienes son diferentes a ellos.

No desearía que una normal evolución de esas actitudes de intolerancia y rechazo derivaran, quién sabe, en algún tipo de cofrades, go home! que, en nombre de esos mismos derechos y libertades que se propusieran pisotear, instaran a las hermandades a dejar a la calle y recluirse en sus templos como ya se ha escuchado pedir, con mayor o menor disimulo y educación, en otros ámbitos de la vida eclesial. Claro que podría darse el caso de que la petición fuera hasta pertinente y que quien estas líneas firma incluso se sumara a ella, pues tampoco están nuestras plazas para ser procesiódromo de las cuatro estaciones, de ensayos injustificados, traslados evitables y desfiles suprimibles. Como en casi todo, la mesura es ingrediente apreciado para evitar el estallido de una burbuja capillita.

Frente al tono amenazante del turists, go home! este cofrades, go home! sería como de madre en noche de invierno. Esta misma semana se presentará el borrador del marco normativo diocesano para las cofradías que, sumado a los nuevos estatutos estrenados el año pasado por la Junta de Semana Santa, habrán de ser nuestra brújula en este y otros asuntos de interés para la pastoral y la vida cofrade. Por delante se abre un curso para, con otro anglicismo excluyente, desterrar el tan trumpuniano lema Mi cofradía, first! por un saludable y conciliador Nuestra Semana Santa, first!.


jueves, 13 de julio de 2017


Fotografía: Pablo de la Peña

La edición digital de Pasión en Salamanca cierra el curso. Después de tres temporadas en funcionamiento puede afirmarse que la iniciativa surgida con motivo del 25 aniversario de la entidad editora, la Tertulia Cofrade Pasión, está ya consolidada. Pasión en Salamanca on line nacía con la finalidad de mantener durante todo el año, con carácter estable, un medio de difusión para la opinión y el pensamiento vinculado a la celebración popular de la Semana Santa. Y tras esos primeros balbuceos, un poco improvisados como suele suceder siempre en los albores de cualquier empresa, clausuramos ahora la tercera temporada con la satisfacción del deber cumplido.

El curso se iniciaba con el reto de ampliar a tres las colaboraciones semanales entre octubre y junio. Para ello había que incrementar el número de colaboradores, procurando mantener los equilibrios estilísticos y temáticos que requiere una publicación de este tipo. Y se ha conseguido. Además, efectivamente, han estado presentes las distintas sensibilidades, pareceres, gustos y criterios que se dan en torno al fenómeno semanasantero. La prueba es que los lectores habituales u ocasionales han mostrado su entusiasmo con algunas de las columnas, pero también su desacuerdo o incluso enfado. Y eso es muy bueno. Es lo que se pretendía, que a veces todos acaben identificándose con las consideraciones expuestas, para ratificar sus ideas, pero que también lean aquello con lo que no coinciden, porque esta es la forma de generar nuevas expectativas. Desde el respeto se pueden y deben verter opiniones contrapuestas, porque la Semana Santa, igual que la vida, no es monocolor.

Evidentemente, la entidad editora tiene su criterio sobre el cómo debe entenderse y organizarse todo lo concerniente sobre esta expresión de la religiosidad popular en la que centramos nuestra actividad. Y así lo ha expresado en reiteradas ocasiones, cuando ha sido necesario. Pero también es cierto que entre los principios editoriales de esta institución están el respeto a la pluralidad y la escucha del discrepante, con la única condición de evitar las descalificaciones directas, amén, evidentemente, de mantener los mínimos exigibles en la corrección formal que se presuponen a cualquier aficionado al género de la columna. Por eso y solo por eso es tan sano que a lo largo del curso haya habido también columnas que para nada encajan en la línea editorial de Pasión en Salamanca. El autor siempre será el responsable de sus palabras, que son opinión y la opinión es libre.

Los resultados han sido muy satisfactorios porque, en líneas generales, los objetivos se han cumplido con creces. Y esto se debe por encima de todo al extraordinario grupo de colaboradores, columnistas y fotógrafos, con el que cuenta Pasión en Salamanca, en la publicación tradicional y en la edición digital. La entidad promotora pone el espacio y ordena un poco, pero la calidad y el éxito final está en la cualificación de quienes altruistamente ponen su tiempo y capacidades al servicio de mejorar nuestra Semana Santa, que es en definitiva de lo que se trata. Para eso se puso en funcionamiento esta iniciativa. A todos ellos, columnistas y fotógrafos, nuestro reconocimiento y gratitud.

Ahora descansamos dos meses, que estamos en verano. A mediados de septiembre, cuando por la Exaltación de la Santa Cruz y los Dolores de Nuestra Señora se reinicie la actividad de nuestras cofradías, regresaremos con las energías renovadas, dispuestos a continuar en esta misma línea. A todos los lectores, buen verano.


domingo, 9 de julio de 2017

Conrado Vicente

La Virgen de la Esperanza, acompañada por sus cofrades, cruza el Puente de Piedra de Zamora | Foto: Alberto García Soto

Deshace uno las montañas de papeles, estío purgativo, que se han acumulado durante los últimos meses en las esquinas de la mesa: semanales de prensa, programas de los Van Dyck, el borrador de la renta, y a la altura como de tres meses varias revistas semanasanteras, boletines de hermandad, algunos pregones y un rosario de itinerarios, o sea, los que hacían peligrar, por su reducido tamaño, y desequilibraban la estabilidad de la pila.

Vuelvo con ellos, quizá por última vez antes del abandono estival y porque con este despeje general dejarán de estar a la vista, a las calles zamoranas forradas de devotos carteles de procesión, al olor de la madera recién patinada en el Museo, al acelerado paseo para recoger las velas el jueves de Pasión con fugaz visita a Nuestra Madre presta para la Novena, a los cielos de Zamora en abril cuando el Nazareno se funde con las nubes del ocaso. Regreso a la luz de la mañana de Ramos, chaqueta blanca, pregón y ladrones de ternera, todo al lado del río Duradero de Claudio Rodriguez, cuyas aguas aguardan los vaivenes del trono de La Esperanza y los pies desnudos de sus hermanas. Vuelvo al gentío del lunes, anhelante de marchas, esquilas y caperuz, al balcón de Paco Gus, y a los amigos de aceitada y Buena Muerte y a sus lágrimas de fe.

Y llego al jueves de procesión. En un rincón de frescura y ciprés, me abandono a la levedad de su discurrir, aleteos de capa y color, el Puente, la Saeta de Balborraz; evoco las miradas emocionadas de la acera hurtadas desde el caperuz, colección de sentimientos, la vida sin más. Voy y vengo al ayer y del ayer, al tiempo de la candidez, recuerdos incompletos, difuminados, de otras Semanas Santas de viejas fotografías y rostros conocidos, de encuentros y de ausencias. Me vienen los cánticos en latín, el crepitar de las teas, los contraluces de la Vera Cruz, las cruces de la madrugada, y el pan con ajo, agua y pimentón como si ahora mismo lo estuviera degustando. Acudo a la fila del Santo Entierro, a la acera en Nuestra Madre, a la barra del Aureto para el último gin-tonic y nos dan las tantas por Viriato cantando la marcha de Thalberg.

Los cohetes de Resurrección y el aleteo de las despavoridas palomas me despiertan de mi hipnótica placidez, ¡uno, dos, tres, ya!, semanasantera y zamorana. Archivo itinerarios, entradas de conciertos, el menú del almuerzo-homenaje al pregonero, las pipeleras con la impresión del vetusto cimborrio de la Catedral, todo aquello que me evoque olor a pana, incienso y alcanfor. Para tener donde acudir, en tarde de estío y recuerdo, cuando la memoria titubee y le cueste encontrar, como a las viejas radios, la sintonía. Todos llevamos una ciudad dentro (1), y un tiempo y unas imágenes que nos ligan a ella y nos reconfortan ante las agitaciones de cada jornada. Estas limpiezas bien merecen el esfuerzo. ¡Qué lejos nos queda el mar!


 (1) Claudio Rodríguez. Poema La Ciudad del Alma


lunes, 3 de julio de 2017

Tomás González Blázquez

Promesa del silencio de la Hermandad Universitaria en el Patio de Escuelas | Fotografía: ssantasalamanca.com

"Se buscarán caminos para que todas las prácticas de piedad popular contribuyan a la renovación espiritual de las muchas personas que en ellas participan, aspirando a profundizar en el sentido de vivencia personal y del testimonio de nuestras manifestaciones espirituales en espacios públicos; que sean bellas, dignas, que generen preguntas y susciten búsquedas".

La Asamblea Diocesana en vías de aplicación no trató con detenimiento ni la religiosidad popular ni las procesiones u otras manifestaciones públicas de fe, pero sí abrió la puerta a hacerlo, reconoció su relevancia como no lo había hecho la Iglesia salmantina en anteriores ocasiones, y en definitiva acordó unas breves y aprovechables orientaciones como las que encabezan este texto.

Conviene recordar que las prácticas de piedad popular se suceden en la vida de fe de personas y familias, y que en el caminar de la comunidad parroquial, sin cofradías de por medio si es que no las hay, lo popular aparece con la naturalidad con que debe ser acogido. Allí donde se ha cuidado ha dado frutos. Señalo también que existen posibles manifestaciones públicas de fe que no son procesiones, o que no enmarcaríamos en el ámbito de lo popular o tradicional, aunque debe admitirse que no son demasiadas, que algunas resultan escasamente explícitas y que ese campo ha de ser más y mejor explorado.

Dedico ahora mi reflexión a las procesiones que acontecen en Salamanca, las anuales y las extraordinarias, las de cofradías y las de parroquias, movimientos o institutos religiosos así como las diocesanas. La Asamblea quiere que resulten sugerentes, que interpelen, y que lo hagan a partir de un mínimo exigible de belleza y dignidad, es decir, que su calidad sea aceptable y, aún más, complazcan y apunten a la excelencia. Que la perfección formal sea un medio adecuado para alcanzar el fin propuesto. Hace unos meses en este mismo espacio, Tomás Gil decía, entonces acerca de las obras de arte, que "la belleza no depende del gusto que nos proporciona, sino de su capacidad para comunicar una fuerza creadora y transformante". Y es cierto que, para disfrutar en profundidad y plenitud de una obra de arte, también es necesario educar el gusto, formarse, saber contemplar además de mirar. La procesión, que a menudo incluye meritorias obras de arte, transita ante público diverso, que sabrá contemplar, alguno, o no, casi todos. La procesión pasa y esgrime una pretendida belleza como argumento para atraer y transmitir, para comunicar esa fuerza que transforma. ¿Es la procesión una efímera obra de arte?

Yo respondería con un rotundo sí. Una obra de arte cristiano. En figura de Nacho Pérez de la Sota compartida el pasado mayo en una tertulia a la que acudí, verdadero "teatro sacro". Entiendo que solo desde esa concepción es factible que la procesión sea bella y cumpla sus objetivos. Y será bella cuando sus actores sean artistas que aspiren a comunicar a través de su obra conjunta, donde el genio personal de cada uno se ordena a criterios definidos, aceptados y queridos, pensados y asumidos tras invocar al Espíritu. Será bella si a ellos les parece bella, si ellos la hacen bella, si han educado su gusto predispuesto para ser complacidos y complacer  mediante la procesión. La espontaneidad en el anuncio de la fe, que el Espíritu también puede suscitar, tiene su lugar ordinario en otros contextos. La procesión-función, sin embargo, resultará bella si es uniforme porque nos hablará de comunión y unidad; si es repetida y hasta previsible, porque nos revelará constancia y firmeza; si es versátil sin perder su sello, porque sabrá pronunciarse sin malinterpretar. Así, respetaría el libreto con fidelidad al autor del texto, la tradición de la Iglesia en un sitio concreto, del que la cofradía-directora ha hecho su adaptación al tiempo y los cofrades-actores tienen la responsabilidad de llevar al escenario-atrio callejero. En el patio de butacas y las plateas conviven fervorosos, curiosos, indiferentes y algún hostil que se asomó al ver la puerta, abierta siempre. Todos, sin excepción, público al que complacer la vista, el oído… y el espíritu.

En el lento proceso hacia la belleza de una procesión se parte de una dignidad que se da por supuesta pero que, a veces, no conseguimos. No es digno, es decir, no alcanza una calidad aceptable, que se salga con zapatillas de deporte en lugar de zapatos como hacen decenas de cofrades salmantinos, ni tampoco es digno que en las procesiones extraordinarias participe un porcentaje tan escaso de hermanos y se alarguen los cortejos con representaciones, ni que se convoquen desfiles a sabiendas de que la respuesta será tan limitada que realmente no obedecen a un criterio pastoral sólido, ni que se procesione con imágenes de categoría insuficiente y hasta ínfima o con elementos superfluos. Es cierto que en Salamanca salen procesiones bellas, pero no lo es menos que salen procesiones indignas. La aplicación efectiva de la Asamblea Diocesana demanda como objetivo a medio plazo la belleza de las procesiones, pero exige a corto la dignidad de todas ellas.


viernes, 30 de junio de 2017

F. Javier Blázquez

Carlos López, obispo de Salamanca, en la promesa de silencio de la Cofradía de Cristo Yacente | Foto: Pablo de la Peña

Andamos ya por esas fechas que al mediar el año natural señalan el final del curso. Andamos con los dimes y diretes que, a modo de avanzadilla, anuncian cómo va a quedar estructurada nuestra diócesis tras la Asamblea diocesana. Y como así andamos, lo suyo sería, por ende, esperar para opinar hasta que se hayan aprobado las propuestas enviadas y las resoluciones sean comunicadas de manera oficial. Pero claro, como parece que los crecientes runrunes entre quienes beben de las fuentes más directas de la curia afirman que todo va ya bien atado, nos vamos a arriesgar a esbozar unas impresiones generales que, mucho me temo, no van a ir muy desencaminadas.

Pues por lo que a las cofradías se refiere, que en este espacio es lo que interesa, parece que van a quedar más o menos como estaban, es decir, en el limbo diocesano, sin una consideración específica y perdidas entre la maraña de la nomenclatura eclesiástica que incrementa la ineficacia de manera exponencial a su grandilocuencia. Hablan, los que saben, de delegaciones, secciones, secretariados y no sé cuántos organismos más, creados ad hoc para tal o cual cura, porque todos los que pintan siguen siendo curas. Para qué cambiar aquello que funciona. Unos dicen que las cofradías pasarán a depender de liturgia, y chiste nos parece, ¿verdad que sí? Otros creen que esta vez, aunque sea desde la liturgia, sí saldrá un rinconcito para la religiosidad popular, aunque sin embargo no piensan incluir ahí a las cofradías, porque la piedad popular es algo difuso y estas instituciones tienen que ser homologables a los movimientos (ya saben, Opus Dei, Comunidades neocatecumenales, Legión de María, Comunión y Liberación…), con la diferencia que dependen directamente de la diócesis. ¿No lo ven razonable? Yo pienso lo mismo. Hay quien por contra manifiesta, en una línea más conservadora y enlazando con lo anterior, que deberían quedarse en apostolado seglar, pero añaden a continuación que puede que no sea así porque desde la liturgia se controlan mejor, aunque ya me explicarán cómo. Total, que en medio de este marasmo nada hay claro salvo dos cuestiones: la certeza de que no habrá ni delegación, ni sección, ni secretariado, por un lado, ni se considerarán tampoco en el ámbito de la religiosidad popular.

¡Ah!, y por cierto… ¿de qué cura dependerán? Porque esa es otra y no menos importante. Los rumores apuntan a que cómo para ellas no ha nacido aún al clero la persona idónea, pues el cajón de sastre del vicariato parece lo más oportuno. Supongo que será por eso de buscar ante todo la eficacia, que la experiencia es siempre un grado.

Y así andamos por estas fechas de final de curso, con buen tiempo, elucubrando sobre algo que aún no sabemos. Aunque vete tú a saber, que lo mismo nos llevamos la sorpresa y no sale como pensamos. Pero esta posibilidad, la contraria al runrún de los mentideros, en las casas de apuestas se cotiza mucho, mucho-mucho.

No lo sé, pero a veces tiene uno la impresión de que andamos con exceso de palabrería, construyendo castillos en el aire e interpretando el Cerca de ti, Señor mientras el barco se hunde de manera inexorable… En definitiva, que lo que haya de ser será, que aprueben y decidan bien quienes tienen la potestad y la responsabilidad de hacerlo y, al final, que sea lo que Dios quiera. Feliz verano.


miércoles, 28 de junio de 2017

Javier Prieto

Altar instalado por las cofradías del Cristo de la Agonía y del Perdón en el Corpus Christi | Foto: agoniayperdon.com

El pasado domingo 17 de junio celebrábamos la solemnidad del cuerpo y la sangre de Cristo, el Corpus, y en estas semanas posteriores, parroquias, conventos y cofradías amplían la piedad eucarística con procesiones sacramentales. No cabe duda de que, en los últimos años ha crecido la implicación en esta tradicional manifestación pública de fe, en torno a la presencia real de Jesucristo en la eucaristía; mayor cuidado en las procesiones, aumento de la representación de las cofradías, erección de altares, adorno de edificios… en definitiva una mayor participación en el hecho puntual de la procesión. Esto es a todas luces loable y positivo, pero ¿es suficiente?

El incremento del compromiso con la fiesta del Corpus se ve en muchos lugares de España y en su mayoría las cofradías o el entorno de las mismas están teniendo mucho que ver. En ocasiones esta participación activa puede contrastar con el proceso de secularización que viven nuestras ciudades y especialmente la disminución de la participación en los cultos eucarísticos. Este contraste reclama de las cofradías la mayor implicación posible a lo largo del año, para que la participación en las celebraciones del Corpus se vea como la respuesta coherente a la fe vivida durante al año.

La eucaristía es el centro de la vida cristiana, en la que Cristo se hace verdaderamente presente para ser nuestro alimento diario, desde ahí nace nuestra devoción a Jesús-Eucaristía; desde esta experiencia se entiende la exaltación pública de la procesión del Corpus Christi. Por ello, los cofrades tenemos un reto permanente, sintiéndonos llamados a ser parte activa de la celebración del Corpus hemos de ser coherentes en el curso cofrade con nuestra vida de fe, y la participación en la misa durante el año, siendo miembros de la Iglesia que acercan al hombre de nuestro tiempo al misterio de amor que es la eucaristía.

Y en este campo, Salamanca –a través de Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades– es ejemplo con la celebración de la vigilia mensual de Oración Cofrade. Un tiempo en el que reunirse en torno al Señor Sacramentado para rezar, contemplar y "alimentarse". Desde esa vivencia de fe, diaria, real, íntima se entiende la participación externa en el Corpus. Que las cofradías seamos en el día a día caminos que acerquen a Dios, para dar luego testimonio público de nuestra fe.


lunes, 26 de junio de 2017

Pedro Martín

María Nuestra Madre, a hombros del turno de carga femenino de Amor y de la Paz | Foto: ssantasalamanca.com

Despedimos el curso hablando de un tema que cada día tiene más trascendencia, y no es otro que dirimir dónde acaba lo público y empieza lo privado. Esta discusión, que no es nueva y que podríamos pensar que es algo en lo que difícilmente podemos ponernos de acuerdo, toma dimensiones hasta ahora desconocidas por la irrupción de las redes sociales en los últimos años, y con la generalización de las mismas en todos los ámbitos de la vida, tanto personal como profesional o social.

La delgada línea roja que separa la privacidad de la exposición pública cada vez es más difusa, y asistimos con asombro a la total exhibición de determinados individuos en las citadas redes, incluso haciendo de ello un modo de vida. Lo que no está en las redes no existe, afirman.

No dudo de la bondad de las redes para comunicarnos y para informarnos, como ocurre con esta revista digital, pero me cuestiono si debemos utilizar las mismas para dar toda la información y, además, a todos, sin ningún tipo de filtros.

Mi reflexión incluye a los medios de comunicación que se nutren de las mismas y a veces se limitan a regurgitar los contenidos bebidos en las redes sin mayor confirmación, análisis o investigación para contrastar la noticia. Lo más, citan la fuente. ¿Todas las cuentas de las redes sociales son fiables? Por supuesto que no, estas están llenas de bulos y de falsedades y hay que separar la paja del grano.

Y dirán los lectores que si esto tiene que ver con la Semana Santa, y la respuesta es clara: lo tiene que ver todo. Las cofradías usamos las redes sociales cada día más y la utilización quizá no es la más adecuada, pues entiendo que debería quedar para el ámbito de lo público, para informar de actos y celebraciones que se consideren de este carácter y abiertos a todos –hermanos y fieles en general evitando exponer en los medios la vida privada de la hermandad o cofradía, que poco importa al resto si no es por cotilleo o para realizar críticas dudosamente constructivas.

A raíz de los acontecimientos vividos recientemente en las elecciones de la Hermandad de Amor y Paz, por todos conocidos a través de los medios de comunicación y de las redes sociales de la propia hermandad, me pregunto si un proceso como este debe estar bajo la atenta mirada de todos los cofrades e incluso de la ciudad, o si más bien pertenece a la intimidad de la vida de la misma y los hermanos, y solo ellos, son los que deberían de conocer los pormenores del mismo, los candidatos, las propuestas, los equipos y hasta los posibles problemas que se puedan producir en el desarrollo de la elección. Quizá son demasiadas las explicaciones que damos públicamente de algo que debe ser de la esfera de lo privado, un reflejo de nuestra sociedad. Una reflexión que nos corresponde hacer para no caer en la vorágine de exponer y exhibir toda nuestra vida cofrade, que también tiene su parte íntima y que debemos de vivir con nuestros hermanos.

Feliz verano a todos. Que disfrutéis del merecido descanso sin necesidad de contar en todo momento dónde o qué estáis haciendo. Descansad también de las redes sociales.


viernes, 23 de junio de 2017

Isabel Bernardo

Cristo en el mar de Galilea, de Tintoretto

Aquel encuentro de Jesús con los pescadores lo dibujó en el siglo XVI el italiano Tintoretto: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". Ciento cincuenta y tres peces del mar dulce de Galilea llenaron las redes de los discípulos en aquel amanecer de la que sería tercera vez que se les apareciera el Resucitado entre los muertos.

Muchos han sido los artistas que han puesto su talento e inspiración en aquella escena bíblica de la pesca milagrosa. Muchos los que han llenado de azul sagrado las aguas del lago Genesaret o Tiberiades. Aguas, a 210 metros bajo el nivel del mar, que hablarán siempre de aquel Pescador de Hombres al que los cristianos decimos que confiamos nuestro último destino.

Tiene el Tiberiades un silencio que estremece y exorciza los adentros. Un silencio que te arranca de cuajo la entraña y la deja a la intemperie, en carne viva. Hace poco menos de un mes yo tuve la mía entre mis manos. La barca había parado sus motores y las brisas del monte Hermón se quedaron quietas para que todos mis entresijos se presentaran ante mí con toda su crudeza. Nada de mí misma debería huir en el aire. Nada ir tras los pájaros. No. No estaba sola pero todo mi alrededor se llenó de soledad. Hoy en día a los cristianos y a los no cristianos no nos gustan esas cosas. Quedarse solo frente a sí mismo es casi considerado una temeridad, una práctica llena de riesgos innecesarios. Porque sí, hablamos de derechos sociales y económicos, de libertades, pero la fe no entra a formar parte del discurso de la dignidad humana. Arrastrados por las nuevas corrientes del progreso, hemos renunciado a la espiritualidad. El cristianismo es una identidad sin identidad y sin compromiso.

Eché la vista un poco más allá de mis pensamientos tristes, avergonzada. No traía el horizonte del Golán caravana alguna de Damasco para hablarme de la otra orilla. Solo el silencio de nuestra fe. Un silencio sin redes que surcaba con desprecio las aguas donde Jesús vino a invitarnos a pescar. Ciento cincuenta y tres peces son pocos peces para estos tiempos de cifras millonarias. De ahí que hoy la barca de Tintoretto se haya vaciado de pescadores. A pesar de que Jesús siga en la orilla. Siempre esperando.


jueves, 22 de junio de 2017

Asunción Escribano

Isabel Bernardo, ante el Cristo de la Agonía Redentora, en el Poeta ante la Cruz 2017 | Fotografía: Roberto García Luis

Como diálogo silencioso, con intimidad de creyente con su Cristo, el poemario Donde se quiebra la luz de Isabel Bernardo, leído este año en el precioso acto del Poeta ante la Cruz ante el Cristo de la Agonía Redentora, plasma la fe de una escritora que llega cargada de paisajes vertidos sobre sus heridas y sus palabras. La luz puede mostrarse quebrada y así la nombra rota la poeta, con el fresco de la naturaleza como fondo (tardes y ríos, pastores y caballos, cárabos y encinas…), cuando el Cristo busca a la poeta y engarza Su noche con la de ella, tras asistir a la Crucifixión del sol.

Retirada en el campo y en el frío, el Cristo al que canta Isabel Bernardo la rescata de su soledad, pero también le habla en los paisajes que la rodean. Y la poeta le devuelve el escalofrío sobre el folio, con insistencia de fe, en su modalidad oracional retóricamente  anafórica, al inicio de los versos, a la manera de devoción suplicante: "fue en esas horas, fue en esas horas…", repite, como en una plegaria de insistencia, enlazando con el pasado. También con este recurso lírico plasma sus dudas: "Acaso… Acaso…".

Isabel Bernardo rechaza el encuentro con el Cristo muerto, y acude a los objetos cercanos, a la llama, al sol o a la vela para que le alumbren en la noche física o espiritual que, a pesar de la certeza de la Vida, le rodea en ciertos momentos: "mientras van cayendo lentas las sombras, lentas,/ sobre este silencio de velas/ que arde/ bajo tus pies desnudos". La poeta busca también la voz del hijo de Dios vivo en su entorno, mientras los paisajes van apagándose a su alrededor y se hacen uno con la creyente, que traslada fuera lo que lleva dentro.

Ese es el gran logro de este poemario de Isabel Bernardo, la conjunción del espacio íntimo y el horizonte externo. De aquí que toda la obra esté cargada de simbología: "traigo agua, pan y aire de los campos que habito;/ una flor y una paloma; enseñas blancas para pisar sin miedo/ la pena/ sagrada del destierro", porque en ella, nada se limita a nombrarse a sí mismo, sino que apunta más alto y habla de otra verdad más profunda, y todo es señal de lo que lo constituye dentro, con una luz que supera los límites de su propia forma.

Esa unidad de experiencia y paisaje sacral se vuelve conciencia y alimenta, así, la palabra. Ante la muerte de Cristo, la historia y sus habitantes siguen combatiendo contra esa cesación, en cada mirada sobre ellos de la poeta: "Cuánta naturaleza, Padre/ sin dolor/ para salir a buscarte". Porque en la naturaleza la sucesión de vida y muerte se integra en paz, sin más dolor que el de quien la contempla: "Cuánta hermosura de luz, cuanta tierra/ de rodillas/ ante la soledad sagrada de tu paso". Y, por ello, la poeta persigue en el signo la compasión que le alienta a escribir: "Libres cual gacelas anhelan ir mis palabras/ tras esta muerte", por todo lo que muere, por todo lo que vive, por el anhelo, por "la esclavitud de la sed", como la llama Isabel Bernardo.

Junto al Cristo y al paisaje que lo invoca, también conviven en esa realidad presente la familia y la infancia. Esos espacios de siembra firme de la fe. El abuelo que enlaza tiempos, afectos, vivencias, y señales de certidumbre: "Desde entonces todas las noches viene a guardar/ la Cruz de mi cama/ y mi sueño", escribe la poeta, consciente del lazo religioso que la memoria usa para atar relámpagos de vida intensa.

Con la intimidad que todo cristiano tiene con su Cristo, Isabel Bernardo le habla en un poema/silencio que nos permite dar cuenta tanto de la fe, como de la belleza evocadora del momento, y de su intimidad orante y lírica: "Hacía frío aquella tarde"…, nos sitúa en un tiempo físico o emocional de ensueño: "Aquella tarde yo estaba sola Tú también/ estabas solo", y rememora el encuentro que finaliza en la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy yo?", como siempre se ha hecho en cada encuentro de fe personal… Y, después, la respuesta que se clava en los ojos y en la vida: "porque yo diré de ti que eres el Redentor, el Cristo/ que espera/ al otro lado de la noche".

Eso es todo. Eso es el poema, la fe, el canto, el asombro o el duelo, a partir de los que uno vuelve renovado al mundo, sin olvidar nunca más la misión de la palabra creyente: "Nada estará perdido/ si aun soy capaz de abrir un solo surco con Su nombre/ en este hermoso valle de luz y lágrimas".


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