sábado, 29 de junio de 2019

F. Javier Blázquez

Don Pedro, capellán de la Cofradía de la Vera Cruz, muestra el galardón Francisco Rodríguez Pascual 2019 | Foto: JFSB

24 de junio de 2019

Lo dijo muy bien Félix, el presidente de la Tertulia Cofrade Pasión, en la noche ya inolvidable del pasado 22 de junio. En torno a la mesa habíamos sido convocados para reconocer, en un acto emotivo y sencillo, muy familiar, la ingente labor desarrollada por este químico que se hizo profesor para enseñar a los adolescentes y jóvenes que la vida es algo maravilloso y hay que aprovecharla para hacer el bien. Su propuesta la don Bosco, ese apasionado de llevar el evangelio a la juventud, dignificándola por medio de la educación. Su modelo el de María, la Auxiliadora, la que nunca abandona a sus hijos. Años, décadas; décadas y años que pasaban… Esa era su vida hasta que recibió "la llamada". Otra llamada más. Llamado al sacerdocio desde el carisma salesiano, llamado a la enseñanza, llamado al trabajo con los adolescentes… Años y décadas así para que cuando ya creía que todo lo tenía hecho le llame el obispo y le pida que acompañe a una cofradía como capellán. ¡Una cofradía! Pero si él desconocía este mundo y pensaba, poco menos, que para organizar una procesión no hacía falta mucho más. Aceptó no obstante. Se lo pedía el obispo, que no era su superior, y aceptó con humildad. Una constante en su vida.

Por eso Félix estuvo atinado cuando inició el exordio de su discurso protocolario al acto de entrega del galardón que lleva el nombre de Francisco Rodríguez Pascual, otro religioso sencillo y afable que desgastó su vida en la defensa de los valores de la religiosidad popular. A lo largo de la historia de este galardón, que inicia en 1990 su recorrido con el único objetivo de reconocer una labor bien hecha en favor de la Semana Santa o de aquello que la rodea, puede haber habido aciertos y desaciertos. Como en toda decisión humana. El tiempo a veces nos lleva a ver las cosas de distinta manera, resulta inevitable, por eso lo importante es la trayectoria. Y en la relación de los galardonados la mayoría de aciertos es abrumadora. En todo caso, las palabras de Félix fueron certeras: "Este año, con don Pedro, nadie ha podido estar en desacuerdo". Es más, con el tiempo su figura, la de don Pedro, irá creciendo, porque su acompañamiento a la antigua cofradía de la Cruz ha sido de todo menos aburrido. Ha tenido que sortear retos y problemas de envergadura, pero ahí estuvo siempre, en los buenos y en los malos momentos; ahí estuvo para sosegar, para unir, para construir. Y se ganó el respeto de todos, porque todos valoran que siempre le movió el bien de la cofradía. No ha sido fácil, y sin embargo, por difícil que pueda parecer, los hermanos de la cruz, que son de no sé cuántos pelajes, coinciden en ello. Don Pedro es el capellán de todos y está disponible para todos.

La lección del profesor metido a capellán no fue empero la del testimonio de su vida, ni su entrega, que reconocimos y aplaudimos con entusiasmo quienes le arropamos en la Noche cofrade. La última lección que nos dio, de momento, que seguirán llegando muchas más, estuvo en el remate de su improvisada intervención. Después de lo que se había dicho, cierto y con seguridad insuficiente, don Pedro, fiel a sus principios, agradeció la deferencia y remató con las palabras de Cristo en el evangelio de Lucas (17, 7-10), restando importancia a estas cosillas tan del mundo. Él, sacerdote que día a día renueva el compromiso de la vocación, solo había aceptado cumplir con la voluntad de Dios para su vida, atento a la llamada, más bien a las llamadas, de manera que solo cabía decir, como los siervos de la parábola, que "solo era un siervo inútil que nada había hecho salvo aquello que debía hacer".


lunes, 24 de junio de 2019

Tomás Gil Rodrigo

Tres hermanos de la Cofradía de la Oración en el Huerto portan las cruces eucarísticas de Andrés Alén | Foto: P. de la Peña

21 de junio de 2019

El aprecio y el reconocimiento de nuestra Iglesia en Salamanca por las hermandades y cofradías, como lugares donde se puede vivir la fe en Jesucristo, ha quedado patente en el trabajo que se ha desarrollado, después de vuestra participación en la Asamblea Diocesana, para elaborar una normativa diocesana que nos ayude a la comunión y a la misión compartida. Y me ha sorprendido gratamente, debido a mi responsabilidad al frente del Servicio de Patrimonio Artístico, encontrar hasta tres artículos en los que habéis dejado constancia de la necesidad de nuestra ayuda y apoyo. Me gustaría poder resaltar y comentar con vosotros estos artículos.

En el artículo 20, que forma parte del capítulo 4, dedicado a la administración de los bienes, nos pedís ayuda para hacer un inventario actualizado de vuestras obras de arte, que tienen valor principalmente no solo por lo material, sino porque son las huellas del paso del Señor con su Iglesia en la historia. El inventario es mucho más que un recuento, un control o una catalogación, también es la manera de cuidar y agradecer lo que generaciones cofrades anteriores a vosotros nos han legado y transmitido desde su fe y su seguimiento de Jesús.

Más adelante, dentro del capítulo sobre la administración de bienes, en el artículo 28, solicitáis que os acompañemos en la conservación y restauración de los bienes muebles e inmuebles que tengan un valor histórico, artístico o cultural. Del mismo modo en el artículo 63, dentro del capítulo de las imágenes sagradas, volvéis a insistir sobre lo mismo. Está claro que todos en la Iglesia necesitamos una mayor formación y sensibilización acerca de nuestros bienes artísticos. Ya sabemos que no debemos confiar su restauración y conservación en manos de gente sin preparación titulada y sin experiencia, por muy buena voluntad que tengan en querer "arreglar" las imágenes. Todos conocemos casos de los que nos avergonzamos porque los daños son irreparables. Además de incurrir contra la ley del patrimonio, estamos privando a las generaciones venideras, que son nuestros hijos y nietos, a disfrutar las obras de arte que hemos recibido, rompiendo así la transmisión de nuestra fe contenida en la belleza. Es de una gran responsabilidad cómo conservar y restaurar el patrimonio heredado, ya que es un regalo que no nos pertenece solo al hoy sino al futuro. Desde el Servicio de Patrimonio Artístico disponemos de gente preparada que os ayudará a afrontar, seguir y resolver la conservación y restauración de vuestros bienes artísticos.

Para terminar me gustaría ofreceros, aunque eso no aparece explícitamente en la normativa, nuestro Servicio de Patrimonio para otras ayudas y apoyos que también necesitáis. El primero corresponde a la evangelización, porque vuestras imágenes fueron concebidas y encargadas para salir y contar a la humanidad la Buena Noticia de Jesús. Por eso, vemos las calles y las plazas de nuestra ciudad y nuestros pueblos inundadas de la presencia y el mensaje de Jesús, cumpliendo, en cierto modo, su envío misionero: "Id al todo el mundo y proclamad el Evangelio" (Mc. 16, 15). Sin embargo, dentro de las iglesias en las que son guardadas vuestras imágenes durante todo el año, deben ser tenidas más en cuenta para ayudarnos al encuentro con el misterio de Dios por medio de la oración y la contemplación. No tengáis reparo en contar con nosotros para ayudaros en estas dos tareas de evangelizar y contemplar, de hecho con algunas hermandades y cofradías hemos comenzado muy positivamente este camino, la última fue en la Capilla de la Vera Cruz en el mes de febrero. Y el otro servicio que os podemos ofrecer tiene que ver con las nuevas imágenes que estáis encargando. Eso es un signo muy bueno, ya que demuestra que no habéis quedado anclados en el pasado, sino que seguís avanzando y expresando vuestra fe en diálogo con los artistas actuales. Quisiéramos compartir con vosotros los nuevos caminos de la belleza para decir juntos lo que el Papa Pablo VI dijo en pleno Vaticano II a los artistas en la Capilla Sixtina: "La Iglesia os necesita".

Gracias por el don y tarea de las hermandades y cofradías de la diócesis de Salamanca. Estamos abiertos a vuestras sugerencias, el Servicio de Patrimonio Artístico queda a vuestra disposición.


miércoles, 19 de junio de 2019

Álex J. García Montero

La procesión del Cristo de los Doctrinos accede al interior de la Catedral por la Puerta de Ramos | Foto: M. López Martín

19 de junio de 2019

Estamos en plena ebullición taurina. Y hasta una capea de pueblo se anuncia con todos los honores de obras pictóricas de las plazas más importantes del ruedo ibérico. Si atisbamos los carteles de las ferias españolas, trascurrido el serial isidril, podremos observar que en general, el protagonista de los carteles es el toro. Pero no un toro cualquiera, sino el toro soñado. Aún recuerdo esas viejas acuarelas de trincherazos y pases de pecho ayudados por todo lo alto, en las que se clonaba una y mil veces a Manolete. Pues bien, de un tiempo a esta parte, surgieron los carteles "kitsch". Digo "kitsch" porque no sé muy bien cómo definirlos. Son eclécticas obras de geometría donde es imposible encontrar un toro como superviviente del uro salvaje. Ya sabemos que la fiesta, denostada, debía esconderse de sí misma. Pasamos de auténticas obras de arte a ficciones debidamente elaboradas para terminar en carteles que bien podían anunciar la celebración de toros o un concurso gastronómico donde maridan al alimón el embuste y la mentira.

Algo así ha pasado con la cartelería cofrade. Hagamos un somero repaso. Hemos pasado de ensalzar a las imágenes titulares en blanco y negro a mostrar instantáneas de procesiones, para terminar con carteles ficticios que, salvo por aquel pequeño detalle tipográfico de "Semana Santa", son altamente lesivos.

La Semana Santa es en y para la calle, luego sobran las imágenes de los templos, recodos y muros. La Semana Santa es una realidad de devociones, entonces sean desahuciadas las gráficas de atavíos y trastos sin sentido (un llamador, un incensario, un farol, un zapato…). La Semana Santa es la Pasión y Muerte del Señor (a veces Resurrección, igual que en los toros, indulto), por ello desterremos lo fiestero. En la luna llena hay patíbulo; la romería vendrá con la menguante. Pañuelo rojo, banderillas negras sean dadas, ante cualquier atisbo de retoque, de chanza, de burla, de mentira, de engaño.

La Semana Santa y el toreo son teatro de cadalso en albero y piedra. Esconder eso es negar nuestra verdad. La verdad antes que la paz, en palabras de nuestro genial vasco salmantino. Siempre que sintamos verdad, pañuelo blanco agitar.

Un cartel no agota una procesión, pero la puede ahogar. El toro soñado de los carteles de antaño, de amplia arboladura, nobleza y bravura, devino en mansazo afeitado de festival cantado. Está pasando lo mismo con nuestra semana mayor. Deberemos elegir entre el pañuelo verde y el amarillo. Entre lo cómico y lo trágico. Porque toro y Calvario son tragedia y sangre revestidas de alamares. ¡Atémonos los machos! Pues tiempo tendremos para tentaderos fotográficos.


domingo, 16 de junio de 2019

Paco Gómez

Jesús Resucitado, a hombros de los cofrades de la Vera Cruz, en la mañana del Domingo de Pascua | Foto: Pablo de la Peña

17 de junio de 2019

"We´ll always have Paris"
(Casablanca)

Dice el genial cantautor Lichis en una de sus irreverentes canciones que "es la falta de amor la que llena los bares", metáfora de una sociedad posmoderna de carencias y búsquedas. El caso es que, por este u otros motivos, los bares se llenan y otras instituciones se vacían.

Como siempre es atrevido identificar una sola causa para fenómenos ciertamente complejos, lo más prudente suele ser quedarse en la mera descripción. Esa que dice que, a punto de celebrar el Corpus y cuando los ecos de los tambores y cornetas ya se van apagando irremisiblemente, la Semana Santa y todo su mundo empieza a quedar, otra vez, demasiado lejos. ¿Tiempo de buscar la salida y hasta el año que viene?

Aunque no he tenido hasta ahora ocasión de ponerlo por escrito, si tuviera que quedarme con algo de la pasada Semana Santa, vivida como viene siendo habitual en los últimos años más en el plató que en la calle, sería sin duda con una frase que llegó en los últimos instantes de nuestra programación especial. Sobre la bocina.

Estábamos ya despidiendo el cortejo del Resucitado camino del corazón jolgorioso de la ciudad en una mañana de primavera sin complejos, cuando como siempre hace, aunque los telespectadores no lo vean, uno de mis comentaristas de cabecera, el bueno de Fructuoso Mangas, levantó el dedo –el más mayor y a la vez el más disciplinado escolar de mi cuadrilla televisiva– para pedirme la palabra.

Recuerdo que se aclaró un poco la voz y justificando el cambio de tema de aquello en lo que anduviéramos –por si acaso se nos acaba el tiempo–, nos regaló, tras llevarnos un momento junto a Ilsa y Rick a modo de introducción, una de las reflexiones más intensas de todas las horas y horas de sentir el latido cofrade de la ciudad: "Pese a todo y a todos, a mí siempre me quedará la Pascua".

Una verdad que nunca conviene perder de vista. Porque es la Pascua lo que nos quedará siempre, a don Fructuoso y a todos. Aunque se nos tuerzan los caminos, aunque la vida nos zarandee como maderas en un mar caprichoso. Aunque arda París, o su catedral milenaria. Aunque no haya capuchón, incienso ni ningún peso que llevar sobre el castigado hombro.

Siempre nos quedará la Pascua y no es una manera de hablar. Si no fuera así, ya me dirán. A qué perdona a tu pueblo, señor; marchas en silencio; antorchas y trompetas. A qué conmoverse con dolor y expiraciones sin pensar lo que ocurrió tres días después.

Nunca conviene olvidarlo para llenar cualquier bar allí donde nos llamen. Y la implicación cada vez más decidida de la coordinadora de cofradías en celebraciones como la del Corpus de estos días es una muy buena noticia en este sentido. Tenemos la Pascua y eso es mucho como para solo celebrarlo de año en año.


viernes, 14 de junio de 2019

Pedro Martín

El Cristo de los Milagros desfila arropado por los salmantinos en el Domingo de la Ascensión | Foto: Heliodoro Ordás

14 de junio de 2019

No solo de Semana Santa vive el cofrade, y aunque pasión es la cabecera que nos acoge, no deja de ser pasión-devoción lo que se vive en nuestras calles durante las fiestas pascuales y más allá de ellas.

Y no solo en la cuidad, también en la provincia, que las manifestaciones de religiosidad popular son abundantes por todos los rincones de nuestra diócesis, y más puras, más genuinas, cuanto más sencillas y primigenias.

Cientos de devotos en torno a San José el primero de mayo, otros cientos acompañando a María Auxiliadora, más cientos rezando con-tras el Cristo de los Milagros, algo más de mil romeros (dicen las crónicas) honrando a la Virgen de Valdejimena, cientos en el Cueto. Este fin de semana acérquense a Tejares, otrora localidad independiente y ahora barrio de la ciudad que mantiene el sabor de fiesta rural (afortunadamente).

En medio de toda esta expresión de religiosidad popular, algo distinto, diferente, más solemne, o debería serlo, la Festividad de Corpus. Tanto por mejorar. Tiempo. No nos rindamos, cuesta cambiar inercias de muchos años en las que se desnaturalizó en nuestra ciudad la procesión de Corpus, y también en parte la celebración en su conjunto. Hay que actualizarla a los tiempos que corren sin perder sus orígenes, y contando cada vez más con las cofradías, es necesario y conveniente. Claro que se puede evangelizar con la procesión del Corpus, con los altares bien preparados y bien pensados, que interpelen, a los que se acerca la gente con curiosidad y, por qué no, también con necesidad de Dios al que sacamos a la calle en su día más grande, para que se dé a todos, en especial a los más pobres en el día de la Caridad.

Luego ya vendrán las fiestas patronales durante todo el verano, de cada pueblo, grande o pequeño que en torno a la fiesta sempiterna pasean orgullosas las gentes sencillas sus cristos, sus santos, sus vírgenes, cada uno a su manera, pero todos con el cariño inmenso de aquellos que llevan en el corazón la devoción de sus mayores, la costumbre no perdida de rezar, aunque sea solo una vez al año, la religiosidad popular en estado puro.

Tiempo de glorias, tiempo de procesiones.


martes, 11 de junio de 2019

Isabel Bernardo

Una mujer y una niña observan desde un balcón el paso de Jesús Despojado | Fotografía: Manuel López Martín

12 de junio de 2019

Declararse públicamente cristiano, sin miedo, es la mejor opción que tenemos para luchar contra la persecución a los cristianos. Sorprende el silencio en el que este mundo de los hombres ha caído respecto a los asuntos de la Iglesia y de Dios. Sorprende también el olvido de la oración, del amor cristiano, de los sacramentos… en la rutina diaria. Todo lo que se piensa y se siente parece estar ya solo aquí abajo. En este valle lleno de mercantilismo, falsas ambigüedades, hostilidad y avaricia que ha puesto en modo "off" el corazón y los sentimientos de sus hombres y mujeres.

Confieso que no puedo mirar a mi alrededor sin dejar de estremecerme. Los medios de comunicación se han hecho eco de la barbarie humana con una normalidad y naturalidad que sobrecogen. Esto es lo que tiene haberse dejado llevar por el hombre-masa, el hombre-muchedumbre del que Ortega y Gasset habló en su obra más reconocida. La rebelión de las masas, aun habiendo sido escrita por el filósofo en 1929, parece ser un diario fiel de estos tiempos que llaman de la posverdad. Somos –tal y como decía Ortega– hombre-masa, hombre-muchedumbre; más que hombres, caparazones de hombres sin interioridad, sin adentros, tremendamente dóciles y manejables, y que se dejan llevar con extrema comodidad por los idola fori (ídolos del foro) y toda suerte de disparates y esnobismos. De ahí que sacar a Dios de esta sociedad haya sido muy fácil. Y todo esto lo saben quienes están dispuestos a acabar con nosotros.

Nos atacan porque nos saben "no vulnerables". Aunque haya de escribir esto con sobresaltado cargo de conciencia y con crudeza. Y digo "no vulnerables" porque nuestra reacción ante una matanza de cristianos no va más allá de un ¡qué pena!, un ¡vaya por Dios!, o la irritante coletilla de ¡cómo andan, los pobres! Mayormente cuando todos ellos están a muchos kilómetros de esta Europa flemática, indiferente, que ha levantado muros emocionales e (in)humanos para, cómodamente, sobrevivir.

No, yo no tengo soluciones para acabar con este problema. Pero tengo voz para buscar la ayuda de Dios, porque sin oración, Dios no viene. La fe necesita además de sentimiento, palabras. Si es cierto que los cristianos queremos hacer algo, el primer paso está en ir en contra de esta tiránica modernidad que nos está imponiendo, con artificios capciosos y bastardos, el silencio del nombre de Dios en nuestros labios. Las libertades que nos procuran los estados democráticos han de respetar escrupulosamente la libertad de fe de los cristianos. No se puede estar siempre tolerando abusos e insultos. Por ejemplo aquel "me cago en D…" que, como si fuera una gracieta sin mayor importancia, una concejala del Ayuntamiento de Salamanca escupió en un pleno municipal. Ya ven qué cerca tenemos al enemigo. Da igual que unos tengan el cuchillo en la lengua y otros en la mano, tenemos que defendernos hablando, sin miedo, de Dios.

domingo, 9 de junio de 2019

Alberto López Herrero

Tumba de fray Romualdo Fernández, germen de la Hermandad Franciscana, en el Memorial de San Pablo en Damasco

10 de junio de 2019

Era uno de los encargos de mi viaje a Siria que quería cumplir con gusto: visitar el Memorial de San Pablo en Damasco y rezar ante la tumba de fray Romualdo, germen de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Humildad. Años antes había leído artículos suyos y, sobre todo, atendí la llamada de preocupación de su primo, José Manuel, en 2015, ante los rumores de que estaba ingresado en un hospital de Damasco.

Como la providencia no da puntadas sin hilo, en aquella ocasión puse en contacto a José Manuel con un joven misionero salesiano de origen venezolano, director entonces de la obra de Damasco, situada enfrente del hospital italiano que atienden las Hijas de María Auxiliadora (Salesianas), y donde se encontraba fray Romualdo. Él pudo informarle de su estado de primera mano. Hoy, el joven salesiano es el superior de la Congregación que fundó Don Bosco en la región de Medio Oriente (Siria, Líbano, Egipto, Israel, Palestina).

Viajar a Siria no es sinónimo de comodidad. El país lleva ocho años en guerra y, si bien es verdad que apenas quedan unos focos de conflicto en el país, hay zonas donde el sonido de los aviones se entremezcla de vez en cuando con alguna explosión lejana. Además, como la paz no significa ausencia de guerra, los edificios en ruina, los cortes de luz y las balas que te encuentras a cada paso hablan por sí solos de la barbarie y el sufrimiento.

En la guerra los bandos nunca son solo buenos o malos, así que la guerra que nos cuentan en esta parte de Europa dista mucho de la que viven allí. Aquí, quienes se arrogan el papel de salvadores resulta que no lo son tanto, y que a quien acusan de ser peor que el demonio es, sin ser tampoco un santo, a quien en realidad quiere la población como su dirigente. Es decir, que una vez más, los intereses económicos y estratégicos –el petróleo– han destrozado la vida de 20 millones de personas, la única verdad irrefutable de la guerra, ya que hace tiempo que hasta dejaron de contar a los muertos, heridos, desaparecidos y huidos del país.

Fui a Siria para conocer una realidad fascinante y a la vez inquietante: todas las fotos que vi durante la guerra hechas en los ambientes salesianos de Alepo, Damasco y Kafroun podían haber sido tomadas en cualquier país europeo porque allí no había guerra y los menores y los jóvenes siempre sonreían, jugaban… así que viajé para conocer ese "oasis de paz" en medio del dolor de la guerra del que tantas noticias he escrito en los últimos años.

Todos los sirios lloran a algún muerto cercano, la mayoría han perdido lo que tenían y muchos han tenido que cambiar su residencia ante el peligro de los bombardeos, pero todos los que he conocido han acrecentado su fe con la guerra y dan gracias a Dios por seguir vivos, reconociendo que siempre hay alguien que lo está pasando peor. En este escenario, el objetivo es poder regresar el próximo año para grabar un documental de Misiones Salesianas sobre todo lo que han vivido miles de jóvenes durante la guerra y en clave de esperanza.

Nada más llegar a Damasco, días después de haber viajado en coche desde Beirut a Kafroun y de allí a Alepo atravesando incontables controles militares, visité el Memorial de San Pablo y la tumba de fray Romualdo. Los Salesianos trabajan codo con codo con los franciscanos, hasta el punto de que una de las presencias de los franciscanos en Damasco es la parroquia a la que pertenece la obra salesiana. Los salesianos los ayudan con las misas de los domingos y los franciscanos van a confesar a los niños y jóvenes en las celebraciones.

Al llegar al Memorial de San Pablo, una decena de personas esperaba en la puerta. Estaba anocheciendo y un salesiano entró para pedir la llave y poder aparcar dentro. En un lateral del templo mandado construir por Pablo VI, y con forma de tienda de campaña porque san Pablo se dedicaba a coserlas, de camino a la Gruta de San Pablo donde se conserva un trozo de calzada romana se encuentra la tumba de fray Romualdo.

Pequeña y sencilla como era él, pasa casi inadvertida. Las personas que entraron con nosotros, al ver que me detenía ante la tumba hablaron en árabe y sólo entendí "abuna (padre) Romualdo", acompañado de un gesto que interpreté como para decir que qué bueno era y qué pena que ya no esté.

Los salesianos que me acompañaban le explicaron al resto de visitantes, la mayoría mujeres, de dónde venía (del país del abuna Romualdo) y por qué quería ver su tumba, y al saberlo asintieron con un gesto agradecido mientras decían "shukraan (gracias)". Fue poco tiempo ante la tumba, apenas medio minuto para hacer unas fotos, pero muy intenso por querer recordar todo el sentido de su intensa vida en Siria como el único misionero español, su gran legado académico sobre la historia y el arte y su gran valía humana y espiritual.

En días posteriores visité una de las tres obras franciscanas en Damasco y hablé con el superior, fray Joseph, de fray Romualdo y de la Hermandad Franciscana constituida para cumplir las intenciones del fraile franciscano y en solidaridad con los cristianos perseguidos en el mundo. Estuve en la casa de San Ananías, donde San Pablo recobró la vista y fue acogido por este obispo en su comunidad, y donde comprobé que los libros escritos por fray Romualdo continúan en las estanterías de la tienda.

El legado de fray Romualdo sigue vigente en Siria, así que me propongo el objetivo de tener más tiempo en el viaje del próximo año para hablar de la hermandad a los superiores franciscanos en Siria y mostrarles fotos y algún vídeo de la austera y llena de recogimiento procesión con el Cristo de la Humildad por las calles de Salamanca.


viernes, 7 de junio de 2019

martes, 4 de junio de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

Participación de la Hermandad Franciscana en la eucaristía del encuentro de peregrinos de Tierra Santa | Foto: JMFC

05 de junio de 2019

Los cristianos, como si fueran roedores de alcantarilla, son perseguidos con saña por quienes ven, en la cruz y en su significado, el azote de la verdad que puede demoler el fraude de un fanatismo destructor del hombre.

Lo terrible es que las víctimas no tienen a nadie que pueda defender su fragilidad en tierras hostiles a una fe que sostiene sus pilares en el cemento del amor.

Entre los perseguidos, que no son más que invisibles fantasmas que recorren las rúas del terror, se encuentran unos seres tan especiales que viven para llevar a cabo la gran misión de la fe en tierras extrañas. Los misioneros han encontrado, en esas cofradías del dolor, las procesiones de la verdad, que llevan, en hombros de la miseria, al Cristo de nuestros días.

Quedémonos en silencio. Un silencio total que haga ruido en los adentros, hasta que oigamos nuestro nombre en quienes buscan refugio en cualquier parte del mundo, en cualquier alambrada que coarte el hambre de libertad de quienes sufren persecución por sus creencias.

¿Y todo esto tiene que ver algo con el mundo cofrade? ¿Va con nuestra esencia recordar permanentemente a quienes sufren por Cristo el acoso brutal de la sin razón de este tiempo?

Las respuestas a estas preguntas deben brotar del corazón cristiano, que nos obliga, cuando menos, a merodear por los entornos de la pasión de nuestro tiempo, hasta que irradiemos en el alma la verdadera razón de nuestra existencia.

En el compromiso de las cofradías que representan cada año la Pasión del Señor en las calles, debe caber la mirada hacia el escenario donde se llevó a cabo la salvación del hombre; debe caber cierta obligación con quienes viven la tragedia de ser cristianos en las tierras de Jesús.

Por supuesto que muchas cofradías, por las distintas provincias de España, recogen donativos para Tierra Santa, como se hace en todas las iglesias del mundo, pero son muchas, muchísimas, las que todavía no han caído en la cuenta (lo dice el Papa) de que el problema de los cristianos de Tierra Santa debe ser el problema de todos los cristianos del mundo.

Cuando recordamos la Vía Dolorosa en nuestros recorridos callejeros, es posible abrir en la memoria la geografía que mantiene vivas las huellas de Cristo y ver a nuestros hermanos sufriendo las consecuencias de seguir sus huellas, mientras mantienen vivas las entrañas de los Santos Lugares.

Hace unos días se llevaba a cabo un encuentro de peregrinos de Tierra Santa en Madrid, organizado por la Comisaría Franciscana. Una convivencia impresionante que, más allá del intercambio emotivo de las vivencias personales durante las peregrinaciones, sirvió para abrir itinerarios hacia el compromiso cristiano con quienes precisan algo más que un simple recuerdo.

En el interesantísimo intercambio de experiencias por parte de las distintas organizaciones que colaboran con Tierra Santa, la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad de Salamanca, que había sido invitada a participar en el intercambio de experiencias y comunicaciones, dio a conocer su humilde e irrenunciable vínculo a la Custodia Franciscana de Tierra Santa, como justificación de su existencia.

Otras asociaciones y ONGs, que se reparten por todo el territorio nacional, fueron desgranando su impresionante actividad, de tal modo que en aquel ambiente franciscano flotaba la necesidad de promover con más fuerza el activismo fraternal con Tierra Santa, desde una responsabilidad cristiana, seria y permanente.

Pero más allá de estas organizaciones, el mundo de las cofradías podría ser vital en el rebrote organizativo que aportaría unos resultados sorprendentes, por el importante número de cofrades que, durante los días santos, recorren el calvario de las tierras y pueblos de España.

No podemos quedarnos impasibles ante el sufrimiento de quienes mantienen en pie los lugares que físicamente nos permiten situar los pies descalzos del Hombre más trascendental que pisó la tierra en toda su historia.


domingo, 2 de junio de 2019

Tomás González Blázquez

La aparición de Jesús resucitado a santo Tomás, de Hernández Navarro en 1984 para la Cofradía del Rollo de Jumilla

03 de junio de 2019

El pasado 30 de mayo se han cumplido cien años de la consagración de España al Corazón de Jesús, hecho histórico que, con la conveniente adaptación al momento social y religioso que hoy vivimos, será recordado y renovado en este mes de junio por la Iglesia española, respaldando la brillante iniciativa de la diócesis de Getafe. No existía en 1919 pero es ahora la anfitriona, porque en su territorio custodia con gran celo apostólico el monumento al Sagrado Corazón de Jesús. Concretamente en el Cerro de los Ángeles, centro geográfico de la Península y uno de sus referentes espirituales.

Del Corazón de Jesús como devoción tradicional de los cristianos puede decirse que, pese a todo, es todavía un gran desconocido. Que ha sido entronizado con sentido espiritual pero también impuesto y manipulado políticamente. Que ha sido respetado y querido pero también fusilado por odio a la fe (¡y a la razón!). Que ha sido bien presentado en toda su riqueza teológica y pastoral pero también endulzado, desviado y despreciado. Traigo aquí, sencillamente, tres de sus latidos que me parece escuchar, sin necesidad siquiera de fonendoscopio, en nuestros pasos de Semana Santa. Son latidos rítmicos y potentes de un Dios con corazón de hombre.

Latido del Hosanna. Que aclamen como rey al que se muestra como "manso y humilde de corazón" (Mateo 11, 29) ha de acelerarle necesariamente el pulso, consciente de que esta victoria efímera es la antesala de un triunfo a precio de muerte. El Jesús de la Entrada en Jerusalén siempre me ha parecido un Cristo Rey al que la corona de espinas ya le aflige el corazón. No es todavía la hora del poder y de la gloria. El cáliz aún está lleno. La multitud guarda el "Crucifícale" para después. Por eso me encaja ese estandarte de Domingo de Ramos que refleja a Jesús como Sagrado Corazón acogiendo a los niños, recibiendo de ellos la aclamación más sincera que no reserva rencores porque conservan pura la inocencia de su corazón.

Latido del Gólgota. "Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. En cuanto a aquél a quien traspasaron, harán lamentación por él como lamentación por hijo único, y le llorarán amargamente como se llora amargamente a un primogénito" (Zacarías 12, 10). Se cumplió la profecía en la Ciudad Santa. Mirando al que traspasaron contemplaron el rostro de Dios, manifestado a borbotones en el costado abierto de su Hijo. Muerto ya, la última herida la provoca una lanza, la del paso de Longinos, como si tuviera que abrirse aún más su corazón entregado, de par en par para mejor amarnos. Todos nuestros cristos muertos, en la cruz o yacentes, recogidos acaso por la Madre, son el Corazón de Jesús, que convierte y da pie a confesiones de fe: "Verdaderamente este hombre era justo" (Lucas 23, 47). Es un Corazón que, en la hora de la muerte, da vida en el agua del bautismo y en la sangre de la Eucaristía.

Latido del Cenáculo. Porque es posible reconocerlo como "Señor mío y Dios mío" después de haber dudado del testimonio de los otros: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré" (Juan 20, 25). Entonces el Resucitado vuelve para Tomás, como vuelve para cada uno de nosotros, en exclusiva, como si fueras tú esa única oveja perdida que le agita su corazón de Pastor bueno. Siento que es el Sagrado Corazón el Jesús que se aparece a Tomás en pasos procesionales como el tallado por Hernández Navarro para Murcia, pasos de gozo y de primavera, pasos en los que late su humildad y su mansedumbre ya resucitada para siempre en la mañana de Pascua.

Y un cuarto, el latido de María. Porque es un eco nítido y necesario el latido de la Mujer Fiel. Como a la Cruz de Jesús le siguen los Dolores de María por septiembre, al Sagrado Corazón del Hijo le sucede en la liturgia el Inmaculado Corazón de la Madre, su compañera, su ejemplar discípula. Sin duda, una fecha más que aprovechable por nuestras cofradías para dedicarla a alguna de las imágenes de la Virgen, porque en su Corazón traspasado podemos apreciar que aquellas heridas, las sufridas por el Corazón de Jesús, grabadas en la amorosa e infinita memoria del suyo, nos han curado (cf. Isaías 53, 5).


viernes, 31 de mayo de 2019

Félix Torres

Un penitente arrastra pesadas cadenas en la subida del Camino de las Aguas | Fotografía: Manuel López Martín

31 de mayo de 2019

En esta época en la que se nos va llegando el verano, a trompicones y casi sin querer, suelo tener la sensación de que los tiempos se relajan, de que las cosas van más al ralentí y que miro a lo que me rodea con ojos más amables. Será la primavera.

Pues bien, es en estos tiempos, en los que la Semana Santa activa, esa que se acaba de recoger de las calles aunque aún ande lavando túnicas y capirotes antes de meterlos en el arcón, comienza un periodo de hibernación en el que, como las osas preñadas, se esconderá en su gruta hasta el momento de salir de nuevo a las calles y dar testimonio de cofradía. Es como si las alergias primaverales tapasen al cofrade que todos llevamos dentro –aunque en nuestro fuero interno sigamos creyendo y sintiéndonos como si los días santos fuesen todo el año– y dedicamos nuestra atención a actividades que poco tienen que ver con todo esto. El fin de la liga, la Feria de Abril, las corridas de San Isidro o el Festival de las Artes de Castilla y León (este es FÀCYL), ocupan espacios que hasta hace nada estaban dedicados a salidas, pasos, hermandades, procesiones, imágenes y ensayos. Y así,… todo va. Bien. ¡Bien!

Seguro que llevados por esta corriente, en Prosperidad (barrio salmantino en el que hay de todo, que no quiero caer en tópicos) hace tiempo que arrinconaron el Domingo de Ramos y esa procesión de un Perdón que todos adjudicamos al barrio, aunque no sé qué piensa –sinceramente– el barrio de ella, ha sido reemplazada por un ponerse algunos en la calle a protestar, por un salir en defensa de argumentos poco solidarios (si no sectarios), por oponerse a la labor social de quienes dejan su vida en esta labor, por criticar lo que apenas tiene crítica, por señalar a los que se saben señalados desde el mismo momento en que equivocaron su decisión y decidieron (o les hicimos decidir) que siempre es más cómodo bajar al infierno aunque sean conscientes de que, como al Pinocchio de Collodi, les estén saliendo orejas de burro y los rebuznos salgan por su boca mientras disfrutan de la feria que ponemos para ellos.

Algunos en Prosperidad, solidarios setenteros, siguen prefiriendo que Pinocchio y sus colegas continúen en aquella Isla de los Juegos en la que todos vicios están al alcance de la mano, mientras ven cómo a esos chavales, que podrían ser uno de nosotros, les siguen creciendo rabo y orejas. Pero, eso sí, sin molestar a los del continente. Sin que los rebuznos lleguen a oírse fuera del vallado.

Algunos en Prosperidad, cofrades incluso, olvidándose de ese Perdón al que todos miramos en la tarde de los Ramos, ven en sus puertas, en sus jardines, en los juegos de sus niños… lo que nadie más ve. El peligro de las jeringas quedó en las miserias de otros tiempos, cuando nos abrían el coche para quitarnos el radiocassette. Ahora son otros los "juegos" y otros los jugadores, aunque compartan tanto con aquellos que se abrieron las puertas del infierno a base de cocear contra el aguijón (¡maldito jaco!). Ahora son otros pinochos los que llegan a la Isla de los Juegos, pero son las mismas miserias. Porque siempre son las mismas miserias.

Pues bien. Hay un Gepetto que quiere que todos los pinochos dejen de ser de madera. Que sientan cómo sus cuerpos muertos se van transformando en carne viva, no sin el compromiso de "no volver a mentir jamás" y con la ayuda, siempre bienvenida, de hadas madrinas y concienciosos Pepitos Grillo. Un Gepetto que quiere que su carpintería de hombres pinochos esté ahí, en el centro de la vida, para que el primer paso de sus hombres de madera para convertirse en gentes de carne sea mirarse en los que comparten barrio, duelos, lunes y domingos, para sentirse como ellos. Para saberse como ellos. Que es buena la soledad del campo, pero somo muchos los que vemos en el bullicio de las gentes, en los olores de las calles o en las miradas de los vecinos, la verdadera vida y, sobre todo, la sensación de sentirse uno más. Saberse uno más.

Por qué no dejar a Muiños y sus Hombres pinochos intentar, al menos intentar, ser uno más de nosotros, de todos. Dejar que se hagan anónimas personas de carne y hueso. Dejar que algún hada madrina les vuelva a infundir ese alma que perdieron en la Isla de la Fortuna. Y… sí, por qué no, que el barrio haga de Pepito Grillo, que siempre será bueno para las conciencias de todos.

Sí. Es primavera y los cofrades cambiamos la cera por el bronceador, pero jamás deberíamos olvidar por completo que ser cofrade es algo que debiera hacernos diferentes y que, incluso fuera de los días pasionales, nuestra defensa de lo que es justo y de los que son justos, tiene que prevalecer sobre tiempos y climas. Que si el Perdón está en Prosperidad, toda la Semana Santa cofrade está ahí, con los suyos.

Y nuestro es este "Proyecto Hombre".


martes, 28 de mayo de 2019

Luis Romo

Un cofrade de la Soledad ayuda a otro a encender su cirio ante la presencia de un tercero | Foto: Manuel López Martín

29 de mayo de 2019

"Acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos" es como la Real Academia Española define la palabra consenso. Ocho letras que recogen esfuerzo y sacrificio en convicciones, ideales y objetivos de las personas que en ella se citan, y que en la actualidad, en un mundo donde las libertades, los derechos y la integración son las banderas sociales en nuestro día a día, ha conseguido su máxima expresión. Es por ello, que debemos presumir en sociedad de una bendita capacidad desarrollada en conjunto, más que de un simple término lingüístico común.

¿Pero es verdad que se encuentra vigente en todos los ámbitos de la sociedad?
¿Se puede percibir?
¿Lo vivo yo en todas mis esferas sociales?
 Sincera y tristemente, no.

El mundo de la Semana Santa, y en concreto el de sus hermandades, muchas veces parece aislarse de esta realidad social, que se instauró en España por el proceso de la Transición, y que desde aquel resultado constitucional, ha servido de ejemplo de vida para una sociedad española, que rota en dos, años atrás, aprendió a convivir, a entenderse y a compartir en la diversidad y en la pluralidad de sus gentes.

Y es entonces, cuando uno puede darse cuenta de que en la religión y en la fe popular, forma de vida para unos y auxilio de momentos para otros, debe encontrar también su máxima realidad y expresión. Resulta de vital importancia que los cristianos practicantes, por medio de sus "asociaciones religiosas", como son las diferentes hermandades, congregaciones y cofradías, den únicamente testimonio de sus creencias en forma de manifestación continua durante todo el año. Hermandades que se alejen de espectáculos públicos, de noticias vergonzosas, de "bocas a bocas" humillantes, de rivalidades "sinsentido", de objetivos egoístas, de convivencias fracturadas y/o de incesantes manipulaciones, que manchan sus finalidades originales.

Por ello, desde la humilde opinión personal que puedo exponer como cofrade, quiero manifestar mi envidia hacia el clima de consenso que en demasiadas ocasiones falta en ciertas experiencias "semanasanteras". Hermandades (cofradías, congregaciones, asociaciones…) en las que existen ciertos aires de rivalidades continuas –propias de parlamentos políticos donde se tratan de imponer ideales por medio de la convicción y en muchos casos, de la oratoria, como medios de ejecución– erróneas, que deben de alejarse de un mundo, en donde debe primar el simple trabajo para que lleguen tiempos de consenso.

Equipos directivos, juntas de gobierno, núcleos o comisiones, comités, diputaciones o simples grupos de trabajo, en donde se den cita, simplemente, a hermanos que presenten unión en su hermandad, respeto en sus diferencias y comunión en sus titulares, como signo de confraternización en las diferencias que todos, como humanos, tenemos. Simples medios para conseguir los fines de caridad, manifestación pública de fe y crecimiento personal, que el culto popular siempre tuvo, tiene y tendrá en sus singulares premisas.


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