lunes, 18 de noviembre de 2019

viernes, 15 de noviembre de 2019

Álex J. García Montero

Acto central de la procesión de la Hermandad Franciscana en el Patio Chico | Fotografía: Manuel López Martín

15 de noviembre de 2019

Cuando llegan las lunas del frío, donde la escarcha corona la tierra húmeda del otoño, en su tránsito al invierno, suele debutarse de forma anónima bajo la luz del reflejo nocturno del sol.

Recientemente se nos marchó Conrado, el "eterno maletilla" nacido en Puebla de Sanabria, y crecido entre los cercados de las dehesas ibéricas. Igual que la maquinaria (agrícola o de obras) se mide su trabajo en horas, no en kilómetros, si tuviéramos que medir la vida de Conrado, su cuadro de mandos indicaría dos círculos: las lunas y la ilusión. Incluso, también tendríamos alguna tarde de gloria entre las arboladuras de los astados caurienses en el solsticio de san Juan.

Con algunas penitenciales, pasa lo mismo. Debutan durante años, con labor callada, para asomar a las navajas del astado público, en tarde noche de luna llena de primavera.

En los últimos años tenemos diversos maletillas que se han ido consagrando (o no) en el mundo del toro cofrade.

Por un lado, debutó la Hermandad Dominicana con Nuestro Padre Jesús de la Promesa. Aunque la intención podría haber sido la de realizar una estación penitencial el Lunes Santo, al modo venteño, la cosa quedó en el recuerdo de unos humildes pero bien fundamentados cultos que, aun siendo una especie de jornadas taurinas vespertinas, supusieron, piano, piano, la recuperación de la devoción, nunca olvidada, a dicho crucificado de la sacristía de San Esteban. Sé que la anterior junta de gobierno, bueno, para ser exactos, la anterior de la anterior destituida, recibió críticas por no hacer al menos una novillada sin picadores, o una capea; pero es de justicia relatar que mejor unas jornadas taurinas bien llevadas y sin gastos, con buena participación, que capeas o paelladas populares de tres al cuarto.

También debutó el Despojado tras un sinfín de plazas (y plácet) eclesiásticas denegadas. Su debut se sostenía en dos zancos: el costal (ya usado por el Rosario dominicano) y la caridad. La caridad se presentó como Victorino y casi acabó siendo vaca frisona de establo (y de correspondiente anuncio de marca confitera suiza en albi-violeta). El costal ha supuesto una gran puesta en escena, una extraordinaria coreografía que recuerda mucho a los efectistas (más que efectivos) pases del Cordobés en los últimos tramos de faena, cuando el toro está a punto de ser estoqueado. Quizás la morcilla, en la Semana Santa salmantina, sea un sinfín de adornos muy vistosos (ensayados y ordenados) que anticipan, cual sonido de campanillas de mulillas, la muerte del cornúpeta.

Bajo la luna llena de la frialdad y la austeridad, también debutó la Franciscana Hermandad. Quizás la tercera en Salamanca, pues será por intentos franciscanos de vincular hermandades a dicha orden bermeja (Vera Cruz, Seráfica y Franciscana). Su debut fue serio, sin grandes alamares, pues recibió críticas de los que están más acostumbrados a las corralejas caribeñas del costal que a una novillada sin picadores en cualquier pueblo de la Sierra, donde el terror, el amor y el gusto por lo añejo maridan las tardes de sus fiestas. No querían puertas grandes (salvo la de San Martín), y con orden, disciplina, respeto, silencio, seriedad y buen hacer, supieron poner la cordura penitencial a su tarde noche con una imagen, a mi juicio, de mejorables hechuras, de Mayoral, que supone innovar con lo de antaño. Porque la auténtica innovación en el toreo actual es cuando alguien mata corridas duras. La cornada de la verdad siempre anda más cerca de la femoral del clasicismo que del estribo metálico del martillo.

El próximo año, debutarán penitenciales que siempre aspiraron a glorias, con nombres que rememoran a las esquelas de marquesados y títulos varios de hidalgos venidos segundones, y que en su origen estuvieron vinculadas a hermandades moribundas, donde el negro del luto está, cada vez más, ennegreciendo el blanco de la esperanza, sin piedad, con mala muerte y escasa pasión. El zaíno que se ha impuesto sobre una penitencial, con futuro más negro que el escroto de un grillo, podría ser un virus trinitario que se extienda sobre, a falta de una, dos hermandades y cuarto, de faja y costal. Ya veremos si sobra costal y falta cabeza, si falta costal y sobra cabeza o si, como mucho me temo, falta cabeza, costal y solideo y, sobre todo, tonsura.

Mientras, seguiremos firmando contratos y rompiendo con apoderados, con la gran mentira del toreo: "de mutuo acuerdo" o aquello tan manido de "manera amistosa". Porque como decía Aristóteles, "nihil est in intelecto quin prius fuerit in sensu" (nada hay en el entendimiento, que antes no haya pasado por los sentidos). Pues aquí, de entendimiento, cada vez menos; de sentidos, mucho (costal, faja, bandas, agrupaciones, inciensos, antorchas, hábitos…). Finalmente, de fe, nada. Nada hay en las cofradías que antes no haya pasado por la fe. Y si solo queremos corralejas y capeas, pues las tendremos. Porque sin tentaderos, solo habrá mataderos. Y los puntilleros, seremos los propios cofrades. Al tiempo, tiempo. Tranquilos, siempre hay algo peor para el uro salvaje ibérico que el desolladero: el establo. Alguno estará contento con seguir ordeñando ubres.


martes, 12 de noviembre de 2019

Paco Gómez

Un grupo de charros precede a la Esperanza a su paso por la Plaza Mayor el Viernes Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

13 de noviembre de 2019

"A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas"
(Antonio Machado) 

Desde que el 29 de abril de 1755 se conseguía al fin cerrar la conflictiva fachada, que aún habría que andar rematándose casi un siglo después, la Plaza Mayor pasó a cumplir perfectamente con su cometido de ser el gran cuarto de estar de los salmantinos. El salón recibidor. La habitación para las visitas. La ventana por la que, a falta de tele y móvil con internet, echar un vistazo al mundo y sus novedades. 

La Plaza Mayor también se iba a incorporar decididamente a la Semana Santa de la ciudad. Pronto los itinerarios fueron convergiendo hacia ella en recorridos que al fin y al cabo garabateaban con su andar la callejas de lo que hoy llamamos centro histórico. Aunque sería a partir de la eclosión de mediados del siglo XX cuando la Plaza Mayor pasó a convertirse en un elemento esencial de la Semana Santa. De hecho, se puede considerar que devino en cierta medida en paso obligatorio. 

Y todavía un poco más, porque también fue acaparando la realización de algunos de los actos litúrgicos asociados a la Semana, como el propio Descendimiento, por no hablar del Encuentro, que aprovechó durante décadas sus condiciones de gran proscenio para celebrar el misterio de la Resurrección.

Eran, en fin, todos aquellos, otros tiempos. Tiempos en los que las celebraciones de Semana Santa se vivían de otra forma y, en gran medida, por otro tipo de público. Fue la Hermandad Universitaria, como es sabido, una de las primeras en tomar la decisión de obviar el paso por la Plaza Mayor, al constatar que la convivencia de otros usos del espacio y el recogimiento propio de sus cofrades era poco menos que imposible.

Se abrió así un interesante debate más o menos explícito en el seno de la Semana Santa. Las procesiones que consideran el ágora barroca ya un recorrido de otras épocas y las que entienden que sigue teniendo su porqué el paso por este bello salón porticado.

La última en decantarse en un sentido u otro ha sido la Seráfica Hermandad de Nazarenos del Cristo de la Agonía que, en pleno proceso de reestructuración tras su mudanza de sede con el nuevo tiempo del convento de las Úrsulas, ha aprobado un cambio de recorrido que por primera vez dejará fuera a la Plaza Mayor.

Otras hermandades, como el Despojado analizan las opciones después de la primera experiencia de tránsito junto al pabellón de los Descubridores en la Semana Santa de 2019. Y es cierto que otras procesiones, al menos hoy, nos parecen impensables sin la Plaza Mayor: Jesús Amigo de los Niños, Nuestra Señora de la Soledad o el Resucitado.

En todo caso, es un debate cada vez más recurrente ante la coexistencia en la ciudad de muchas sensibilidades en torno al patrimonio, el turismo y la propia Semana Santa. Parece lógico que ante las nuevas circunstancias sociales y con unas pocas excepciones, cada vez más hermandades decidan prescindir de una plaza hermosa a más no poder pero también ruidosamente transitada. Una plaza imposible de callar frente a la que se dibujan otras alternativas más recoletas y simbólicas.

Pero al fin y al cabo cada procesión tiene su sentido y su público. Y Salamanca puede presumir tanto de un laberinto de callejas incomparables como de contar con una plaza que, con Semana Santa o sin ella, raramente quedará desierta. 


lunes, 11 de noviembre de 2019

Pedro Martín

Jesús Nazareno en la plaza Nicomedes Martín de Béjar | Fotografía: i.bejar.com

11 de noviembre de 2019

El tan manido eslogan en estos tiempos electorales que nos toca vivir, sin descanso y sin solución de continuidad, perderá vigencia esta mañana de resaca electoral y será incluso olvidado por nuestros dirigentes políticos hasta la próxima vez (quizá de nuevo más pronto que tarde).

El lector de esta tribuna digital se preguntará si se ha equivocado de enlace o dirección de internet. No, seguimos en pasionensalamanca.com, nuestra revista digital, y me permito una reflexión de la realidad en los pueblos de nuestra provincia y entorno (que no diócesis) a la luz de dos hechos: la reciente tertulia en torno a la Semana Santa de Béjar y mi presencia ayer, como presidente de mesa, en un pequeño pueblecito de las Arribes, lejos de todo y de todos.

Curioso el caso de la localidad bejarana, triste diría yo. La otrora ciudad textil vive ahora una decadencia en todos los sentidos: económico, laboral, social, demográfico, turístico… Y esto se refleja también en su Semana Santa que, aunque ha vivido en los últimos años la fundación de una cofradía, vive horas bajas, como casi todas. Con la peculiaridad de pertenecer a una provincia, la nuestra, pero a otra diócesis, la de Plasencia. Para los que no lo sepan, esta diócesis se extiende desde el sur de nuestra provincia hasta la localidad de Don Benito, en Badajoz. En una diócesis tan inmensa y disgregada, Béjar es una pequeña gotita de agua en el balde extremeño. Y por ende, las cofradías bejaranas no tienen ningún peso en la vida y organigrama de la diócesis placentina, aunque nos consta que la relación con el clero diocesano es buena, muy buena. Tampoco parece que la diócesis mire mucho al norte, en ninguno de los sentidos, el "apéndice salmantino" es eso, un "apéndice".

Miro ahora al oeste salmantino que nos separa de Portugal, lindando con el Duero. Las "incomunicaciones" hacen que la relación con los vecinos portugueses, en aquella zona, sea casi imposible.

Primer dato. De los censados, más de la mitad ya no vive en el pueblo. La España vacía lo está mucho más de lo que dicen los números. Pero vamos a lo que nos interesa, que no me quiero meter en política, y veamos la situación que se vive en los pueblos desde el punto de vista religioso, con escasez de sacerdotes y de feligreses.

Y no es la mejor, la verdad, nadie llegó a votar después de misa como era costumbre, ya que ayer no había. La última eucaristía dominical fue hace tres semanas, pues se celebra cada quince días, alternando sábado y domingo, sin saber en muchas ocasiones si se cambia el día o no. Y lo más preocupante, es el único servicio que se da. Veinte minutos cada quince días. Pobre, muy pobre. Aun entendiendo que se tenga que dar servicio a siete pueblos, no parece mucho, la verdad.

Pensaba yo, ayer, qué poco nos interesa a toda la sociedad actual, civil, política o religiosa, la situación de los pueblos, grandes o pequeños,. las pequeñas parroquias o las cofradías y "semanas santas" de "no interés"…

No interesa. No podemos asumir su cuidado pastoral adecuado, no es cómodo, no es rentable.

No sé la respuesta, la verdad Lo que sí sé es que son fieles cristianos que necesitan sentirse Iglesia, sentirse parte de la comunidad diocesana a la que pertenecen, aunque estén a cien kilómetros de su obispo y este resida en otra provincia y comunidad.

Quizá habría que acuñar un nuevo término y empezar a utilizarlo, pero no para hacer campaña como nuestros políticos, sino para atender y dar solución a los problemas que plantea la "Iglesia vaciada" del mundo rural.


viernes, 8 de noviembre de 2019

Tomás González Blázquez

El Cristo de la Liberación, a través del ventanuco de la capilla del cementerio de San Carlos | Foto: TGB

08 de noviembre de 2019

¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!

Cristo es la puerta (Jn 10,7) pero se sirve de ventanas para encontrarse con nosotros. Pienso en esos ventanales de algunas capillas y humilladeros, como la frecuentada del Cristo de los Milagros, la menos conocida Virgen de los Toreros en el paseo de las Úrsulas, o la Vera Cruz carrionesa a la que me sentía convocado tantas veces en mi infancia, para descubrir, casi a tientas, la secuencia de andas aletargadas a lo largo del templo, aguardando una nueva Pascua en la que ser iluminadas e iluminar. Pienso también en esos otros huecos mínimos, poco más grandes que el agujero de la cerradura, que ofrecen muchas ermitas para que, como en los versos de Lope, el alma se asome a través del ojo curioso y sea capaz de oír (¡y escuchar!) la silenciosa llamada de Cristo a través de un Cristo, o de recibir el consuelo de la Virgen por medio de una Virgen.

La ventana del arca abrió Noé y fue así como la rama de olivo, en el pico de la paloma, dio la señal de paz. La ventana en el muro abrieron los amigos de Pablo y de este modo obtuvo la libertad, cuando sus enemigos habían sellado las puertas de Damasco ansiando su prendimiento. Una ventana abierta a los pies de la capilla en nuestro casi bicentenario cementerio de San Carlos brinda también paz y libertad. Es el ventanuco por el que el visitante, quizá orante, quizá errante, quizá paseante, puede sumergirse en la realidad sobrecogedora de que Dios dispuso que su Hijo muriera como uno de tantos, como cada uno de los hombres. Rodeado de yacentes, en medio de todos los cuerpos corrompidos por el sepulcro, el Cristo de la Liberación mira en su sueño hacia el altar vestido con blanco mantel y escoltado por las luces potentes del otoño que alumbran la estancia, tantas horas cerrada y vacía como parece el sino de nuestras iglesias. 

Al asomarse uno por la ventana de San Carlos, casi acariciando tras las rejas la mano izquierda de Jesús, se consigue que el Cristo, además de mirar al altar, mire hacia fuera. Es un Cristo en salida, en misión, en trance de Resurrección. Atrae hacia la Cruz que preside al fondo la capilla, recoge la atención en el sagrario donde se conserva el alimento para el camino, y finalmente se refleja en el espejo, para enviarnos: "Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve" (Salmo 79). Se sirve del alma que mira para mirar, y para que al volver al contexto de las tumbas las miremos con ojos nuevos, como Él las mira. La añoranza se habrá revestido de esperanza. El dolor, a veces tierno y húmedo, otras sordo o excavado en la roca del tiempo, nos resultará más llevadero, porque sabremos que Él mismo lo comparte en su cuerpo herido y muerto. Mirar a través de esa ventana, mirarle, habrá sido una liberación. No esperemos a mañana para abrirle la puerta. 


miércoles, 6 de noviembre de 2019

F. Javier Blázquez

Actualizar el significado de las antiguas cofradías sí puede tener sentido en nuestros días

06 de noviembre de 2019

Vaya título que ha quedado, eh. Ideal para que cualquier capillita que se precie comience a leer con voracidad el artículo, o el post, que es como le dice ahora la gente cool. Pero es verdad de la buena, palabra. Y no porque hayan surgido grupos de devotos que añoren reverdecer antañonas instituciones cofrades enredadas y olvidadas entre las sinuosidades del tortuoso itinerario postconciliar. No, nada de eso, y es aquí donde estriba lo novedoso. ¡Es el cura quien lo quiere! Cosas veredes, amigos.

Resulta que sí, que es así y, como dispongo de la anuencia presbiteral para escribir al respecto, lo comparto esperanzado por si alguien se animare a reiniciar la senda allá donde quedó abandonada, hace ya casi medio siglo, una de nuestras más potentes cofradías durante los años del hambre y la posguerra.

Fue el jueves pasado, en el pomposo acto de reapertura del monasterio de la Anunciación, nuestras Úrsulas queridas. Podríamos hablar del gozo que supuso regresar al cenobio franciscano y la decepción consecuente al descubrir que, tras año y medio chapado, la novedad principal es que han abierto la puerta del claustro. Porque lo de esa especie de palés que interrumpe la visión diáfana del coro bajo y molesta la contemplación de algunas de sus piezas más señeras, mejor no meneallo. Lo mismo que las esculturas, "tan en sintonía" con el edificio, que nos han plantado en medio de la iglesia. Menos mal que ahí siguen, en los arcosolios del presbiterio, las figuras secundarias de los misterios de la Seráfica Hermandad, aunque uno no entienda muy bien que se lleven las titulares y dejen expuestas las de relleno. Bernardo el de la Agonía, presente también en el festejo, no me lo supo explicar. Pero no, no es momento para hablar del nuevo museo.

El caso es que allí estuvimos y, tras las intervenciones oficiales y el garbeo de rigor, breve, porque lo que hay que ver ya lo hemos visto muchas veces, nos dimos a la cháchara. Estábamos a escasos metros del nuevo mostrador para el cobro de los tiques, muy profesional, eso sí, las cosas como son. Sin embargo, qué lejos está del encuentro amable con las dos monjitas que hasta el año pasado flanqueaban la reja de acceso al coro. ¡Cuánto se las añora! Uno nunca tenía la sensación de que estaba pagando por entrar, sino la de hacer una buena obra. Pues ahí al laíto estuvimos, con Bernardo llevando siempre la conversación al asunto de las cofradías. Y el cura con el que departíamos va entonces y nos sorprende con una de esas afirmaciones que tienes que pedirle el bis para asegurarte de que has entendido bien. ¡Quiere una cofradía en su parroquia! Acaba de llegar y entiende que con la presencia de una cofradía la parroquia podría tener más vida.

Resulta que en esa céntrica iglesia, consagrada a nuestro patrón diocesano, hubo en tiempos una cofradía con mucha vitalidad, aunque fuera efímera, porque apenas estuvo tres décadas funcionando. Y por eso, decía, si hubiera un grupo de personas dispuestas a integrarse en la parroquia como grupo, teniendo como como referente a Cristo que consuela y a su Madre Dolorosa en su mayor desgarro, Rafa, el párroco, los acogería. ¡Ay, Señor, si don Santos reviviere! Él, que fundó la cofradía y no vivió para ver su final, saltos daría de alegría. Otros curas hubo luego que le dieron el rejonazo, pero los tiempos eran los que eran y, reconozcámoslo, argumentos tuvieron para ello.

Cada época es distinta y evidentemente eso de los excombatientes ya no tiene sentido. Pero sí la batalla contra el laicismo y la indiferencia y hasta la persecución de cristianos, porque con la que está cayendo parados no deberíamos estar. Dice el tópico, tomado del libro de Job, vita hominis super terram militia est. Y es cierto, nuestra vida sobre la tierra es un luchar contra muchas situaciones que por lo injusto claman al cielo como el grito doloroso de viudas e infantes ultrajados. Por eso, una actualización del significado de la antigua Cofradía del Cristo de las Batallas sí podría tener vigencia. Solo hace falta que alguien recoja el guante del reto, porque el camino eclesial, siempre el más complejo y accidentado, en este caso parece bastante allanado.


lunes, 4 de noviembre de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

Tercera edición del Espíritu de Asís celebrada por la Hermandad Franciscana en la iglesia  de los Capuchinos | Foto: JFSB

04 de noviembre de 2019

Aquel acto inaugural en Asís, que promovió junto a los franciscanos san Juan Pablo II hace 33 años, sigue abonando desde la raíz el fruto interreligioso, que mira con celo, lleno de amor al hombre. Un acto que se celebra en todo el mundo con la esencia cristiana que abre sus puertas al resto de religiones, desde el reconocimiento del libre derecho a pertenecer a cualquier comitiva humana que busque por este mundo el rastro enamorador del único Padre.

Hace varios años nos reuníamos en Madrid con quien había sustituido en Siria a fray Romualdo Fernández Ferreira en las tareas franciscanas de aquel país y del Líbano. Venía a darnos cuenta de los últimos momentos de la gravísima e irreversible enfermedad que sufría el fraile español en Damasco.

Aquella misma tarde en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, el fraile sirio participaba en un acto oracional sobrecogedor, junto a los máximos representantes de las religiones musulmana y judía, así como los de las diversas confesiones cristianas.

El Espíritu de Asís, creado por el papa Juan Pablo II, me introdujo aquel día en el espectacular horizonte donde reconocemos en Dios el susurro de quien más nos ama sobre la tierra.

Pasados los años fueron los hermanos menores capuchinos de Salamanca quienes ofrecieron organizar el Espíritu de Asís en Salamanca a la Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad. De esta forma, la nueva hermandad conseguía realizar otro acto público religioso, que contribuía a configurar ese compromiso cofrade-franciscano que ha de fortalecer, más allá de las intenciones, el propósito fundacional de la cofradía.

Así, el pasado día 28 de octubre, se celebraba por tercera vez consecutiva, en Salamanca, el Espíritu de Asís, bajo el eslogan Diferentes pero hermanos.

Es emocionante, muy emocionante, confluir en Salamanca con multitud de ciudades y pueblos del mundo, a través de ese mensaje de amor e igualdad que unifica el sentimiento que nos acerca, desde la diversidad, al reconocimiento de que todo lo que debe unirnos, por ser hermanos, puede contribuir al logro de la paz en el mundo.

Los textos leídos por varios miembros de la Hermandad Franciscana y por el máximo representante de la Iglesia Necesitada en Salamanca, junto al padre capuchino que presidia el acto, confluían en esa reflexión cristiana del amor fraterno que nos obliga a amar si queremos seguir las huellas de Cristo.

Entre otros apartados del acto se leyó un mensaje del papa Francisco, dirigido a los Emiratos Árabes: "Me siento feliz por esta ocasión que me ofrece el Señor para escribir, en vuestra querida tierra, una nueva página de la historia de las relaciones entre las religiones, que confirma que somos hermanos, aunque seamos diferentes. La cultura del encuentro sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria. La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad".

El gran acierto de san Juan Pablo II en Asís fue tomar la referencia franciscana, que estimula desde siempre el acercamiento a los demás sin tener en cuenta lo que nos hace diferentes. Aquel primer mensaje universal del acercamiento entre todas las religiones sigue tendiendo puentes en tanto desencuentro, en tanto interés por seguir considerando al hombre diferente, material de desecho o producto estrella de la explotación que genera la esclavitud de este tiempo.


viernes, 1 de noviembre de 2019

Daniel Cuesta SJ

Un penitente arrastra pesadas cadenas durante una procesión de Semana Santa en Salamanca | Foto: Pablo de la Peña

01 de noviembre de 2019

La realidad de la penitencia constituye un tema muy delicado. Algunos estarían dispuestos a eliminarla completamente del cristianismo, argumentando que la religión de Jesucristo es la religión de la alegría. Otros defienden que una de las causas de que nuestra Iglesia haya perdido el vigor que tenía antaño es por la relajación de sus costumbres y el olvido de la penitencia que nos recuerda todo lo que sufrió Jesucristo por nosotros durante su Pasión. Ambos pensamientos tienen parte de verdad. El cristianismo es, por una parte, la religión de la alegría, ya que sabe que Cristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y nos ha enviado el Espíritu Santo para que habite en nosotros. Pero el cristianismo también nos recuerda que el pecado existe en este mundo (no hay más que ver el telediario), porque los hombres tendemos a inclinarnos hacia el egoísmo, olvidando a Dios, a los demás y a la creación. Y el pecado fue lo que llevó al Hijo de Dios a la muerte de cruz, por lo tanto, no es ninguna broma, ni algo que debamos olvidar en nuestra vida. Por ello, la penitencia es una realidad que no se puede ni suprimir de un plumazo, ni tampoco dejarla a su aire, puesto que puede dar lugar a desviaciones que no llevan a ninguna parte.

Por poner algunos ejemplos de lo que no debe ser la penitencia, y del peligro que esta encarna cuando no se acompaña con la oración o conversación con un acompañante o director espiritual, voy a contar dos anécdotas que creo son bastante iluminadoras.

La primera de ellas tiene como protagonista a un cofrade que, teniendo una fe sincera, pero muy sencilla, decidió que aquel año iba a salir haciendo penitencia durante las procesiones de Semana Santa de su ciudad. Su motivación principal era que se sentía pecador y que veía que su vida se alejaba de las propuestas que Cristo hace en el Evangelio. Así que, compró dos maderos muy pesados y fabricó una cruz con el objetivo de cargarla en el tramo de penitencia de su hermandad. Hasta aquí todo iba muy bien, sin embargo, este joven comenzó a sentirse orgulloso de su cruz y del esfuerzo que iba a hacer y así publicó unas cuantas fotos de la misma y de su peso en las redes sociales. Con ello eliminó una parte muy importante de la penitencia, que es la de que esta quede en lo escondido: entre Dios y la persona. Además, unas semanas antes de la procesión comenzó a salir de fiesta y a cometer excesos de una forma más desaforada de lo normal. Y cuando la gente le preguntaba qué le pasaba, él respondía que, dado que iba a hacer penitencia durante la Semana Santa, necesitaba tener más pecados que expiar, y por tanto estaba aprovechando la ocasión para ello. Esta segunda manera de entender la penitencia daba a entender que su modo de ver la expiación y satisfacción de los pecados carecía de una parte muy importante: el deseo de conversión y cambio. Lo cierto es que, finalmente, este chico participó en la procesión como penitente y solo Dios y él saben si aquello le ayudó a entender mejor la llamada que Jesucristo nos hace a todos a la conversión.

La segunda historia está protagonizada por un padre de tres hijos que quedó viudo después de que su mujer luchara durante años con el cáncer. Tras la muerte de su mujer, quedó sumido en una depresión que le hizo pasar muchas horas fuera de su hogar, principalmente en los bares y paseando sin rumbo por las calles. Durante este tiempo, sus hijos estaban en casa, cuidados por su suegra y por su hermana. Cuando se acercaba la Semana Santa, dado que era cofrade, decidió participar en la procesión como penitente. Para ello hizo una cruz enorme con dos tablones enormes de los que se utilizan en los andamios de las obras y se dispuso a cargarla en la procesión llevando los pies descalzos. El peso del madero era tan grande que a la mitad del recorrido comenzó a marearse y cayó redondo en el suelo. Lógicamente tuvo que abandonar la procesión y ser atendido por un médico, con la ayuda de algún cofrade y de alguna señora de las que acompañaban el cortejo con su mantilla y su peineta. Precisamente una de estas señoras fue la que me contó la historia y me decía que en esos momentos le había preguntado que por qué se había puesto a cargar una cruz que superaba sus fuerzas. Él le había respondido que sentía la necesidad de hacerlo porque su mujer había muerto y tenía desatendidos a sus hijos. Ante esta respuesta, esta mujer le preguntó si no había pensado que quizá su mejor penitencia sería pasar más tiempo en casa y ocuparse de sus hijos. En este caso, la penitencia de este hombre (aunque no terminó como él había planeado) tuvo su fruto, que fue el que esta persona cambiara su ritmo de vida y dedicara más tiempo a sus hijos.

La penitencia es una realidad que, bien entendida, puede ayudarnos a cambiar de vida, a convertirnos y así ponernos en el camino de Jesucristo. Sin embargo, si centramos la penitencia en nosotros mismos, puede convertirse en algo desviado y peligroso que, lejos de abrirnos a Dios y a nuestros hermanos, nos centre en una imagen narcisista y pecaminosa de nosotros mismos. Por ello, en mi próxima entrada daré algunas claves para la vivencia cristiana de la penitencia cofrade.


miércoles, 30 de octubre de 2019

Roberto Haro

Cruz con sudario del paso Camino al Calvario perteneciente a la Hermandad del Cristo del Perdón | Foto: Roberto Haro

30 de octubre de 2019

En estas fechas que se acercan a los pies de los primeros días de noviembre, me vienen a la memoria años de recuerdos y vivencias alrededor de esa fe que profesamos los cristianos cuando al sufrir ciertas enfermedades nos acordamos de lo frágiles y vulnerables que somos ante situaciones de debilidad y flaqueza. Seguro que en las diferentes misas de difuntos que celebrarán estos días las cofradías, hermandades o congregaciones podemos encontrar ejemplos de familias que se reúnen alrededor de esas imágenes veneradas para profesar dicha fe, esperando el consuelo y auxilio necesario.

La enfermedad y la muerte siempre han sido temas muy difíciles de compaginar y convivir en nuestra sociedad, debido al concepto que tenemos de ambas dentro de nuestra cultura. Y más aún cuando de la noche a la mañana, sin darse uno cuenta, ambas pueden estar ligadas a un destino incierto y desconocido que provocan tener un cierto miedo y desasosiego a morir, especialmente si se presenta una situación de delicada enfermedad que no se puede controlar.

La muerte es algo que siempre ha inquietado y preocupado al hombre desde la antigüedad. Existen multitud de creencias al respecto, a través de a las cuales se ha pretendido dar sentido tanto a nuestra existencia como al mismo hecho del propio fallecimiento.

Y es aquí donde históricamente fue desarrollada una faceta importante en la labor benéfico-social de las cofradías al asistir a su hermano en el momento crucial de la muerte. Una acción social convertida en tradición con el paso de los años en la que los mayores aprendieron ya desde niños a complementar el culto a las imágenes titulares de la cofradía, con las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestido al desnudo, visitar al enfermo y enterrar a los muertos. Una tradición repetida y conservada de generación en generación.

Quizá es una reminiscencia del pasado que, habiendo nacido en la Edad Media cuando los fieles se agrupaban para cubrir a la vez sus necesidades materiales y espirituales, hoy está prácticamente en desuso.

Además de esa asociación incluso gremial donde se ejercían trabajos en ayuda de la sociedad, se aprovechó esta vía para hacernos conscientes de esa debilidad humana a través de las innumerables obras escultóricas o pictóricas que las cofradías fueron introduciendo en sus procesiones con mayor o menor acierto. Muy característico fue, por ejemplo, la presencia de elementos figurativos que aparecen como fruto de la teatralidad del Barroco y de su intencionalidad de sorprender incluyendo figuras como el demonio o la muerte, aunque a veces en menoscabo del decoro.

Con la evolución social del último siglo, hoy en día esa forma de ayuda al necesitado que las cofradías realizaban en auxilio del finado queda relegada prácticamente al ámbito privado con el ofrecimiento de misas por el alma de los difuntos y son escasas ocasiones en las que las asociaciones se acercan veladamente a aquella primitiva tradición. Eso sí, actualizada a la época actual.

Por mera coincidencia del destino –quizá sea bendito destino– me topé recientemente con una de ellas, cuya labor es acompañar a niños enfermos de cáncer en hospitales para ayudar a sobrellevar mejor su enfermedad. En dicho contexto he tenido la ocasión de conocer a través del arte cinematográfico la labor que se llega a realizar: Camino y Maktub son dos películas "con alma de niño", reflejando la misma cruda y triste realidad con dos miradas diferentes.

En la primera de las obras se muestra el caso de cómo una niña pequeña y su familia, que son profundamente católicos practicantes, afrontan la enfermedad de esta donde se reflejan de forma muy clara los roles que cada uno de los miembros de su entorno desempeña a lo largo del proceso de debilidad. Siempre acompañados en su fe, que ayuda a reponer esa fuerza que parece desvanecerse día a día.

En la segunda película mencionada, un adolescente se enfrenta a la misma enfermedad con una enorme vitalidad, lleno de energía que, acompañado de su inseparable y alocada enfermera, va contagiando a todo su entorno con su forma de afrontar la vida cambiando la visión de sus familiares y amigos para afrontar el día después.

El conocimiento interno de esta acción social, cuando se tiene una situación similar cercana, dejó en mi espíritu un sentimiento de fragilidad en mi cuerpo: somos tremendamente vulnerables en cualquier momento.

Nunca había pensado en el cambio que puede dar la vida en un suspiro hasta que lo ves tan de cerca. Y, sin embargo, siempre ha estado ahí entre nosotros, en una constante presencia silenciosa a través de toda la historia en la que lo único que nos fortalece es la forma de afrontar la vida.

Esa forma de afrontar la vida en momentos crudos y difíciles que enseñan y actualizan la obra de caridad de las cofradías es la que hará que no tengamos miradas indiferentes y de indiferencia, concupiscentes, irrespetuosas.

Cuando se ve en la mirada de esos niños que en su juventud aprende a vivir, con la edad llegamos a comprenderla. La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero solo puede ser vivida mirando hacia adelante con alma de niño.

Bendita caridad.


lunes, 28 de octubre de 2019

Alberto Alén

El paso de palio de Nuestra Señora de la Esperanza pasa frente a la fachada de la Universidad | Foto: Pablo de la Peña

28 de octubre de 2019

Conviene que de vez en cuando nos preguntemos por qué se producen los problemas en las cofradías, aquí y en tantas otras ciudades. Las respuestas pueden ser diversas, pero si nos paramos a pensar, la razón es siempre la misma: nos olvidamos de lo que es una hermandad. ¿Cómo se van a olvidar de lo que es una hermandad los que llevan tantos años en ellas dedicando tiempo y esfuerzos? Pues sí, no pocas veces ocurre. No nos olvidamos de quiénes son nuestros titulares ni tampoco del color de nuestro hábito, ni siquiera de la altura de nuestro capirote. Quizá sí nos olvidamos a veces de que una hermandad es un grupo de cristianos. ¿Sólo eso? Pues sí, un grupo de cristianos que, unidos por el "acento" que ponen a un momento del año, la Semana Santa; compartiendo devoción por algún Cristo o Virgen y sintiéndose atraídos por ciertos tipos de cultos y por la estética que rodea al mundo de las cofradías, pretenden acercarse más a Cristo. No es poco.

En la situación ideal en la que esto estuviera presente no habría lugar para las disputas, las rencillas, los dimes y diretes, los malentendidos, las malas artes y tampoco para la falsa piedad o la idolatría que a veces vivimos.

Tras un año de periplo de una comisión gestora de la Hermandad Dominicana, el señor obispo decidió el pasado mes de agosto nombrar una nueva, constituida por seis miembros de dicha hermandad. Algunos jóvenes, otros no tanto, con muchas vivencias en la cofradía, con distintas visiones y opiniones pero con un afán común: el de hacer una hermandad mejor.

A los miembros de esta comisión muchos nos preguntan cuáles serán los primeros pasos, que hay que dar "para llevar a la hermandad a lo que fue hace años", como dicen algunos. Lo primero, conocer y analizar con detalle la raíz de los problemas. Sólo con un buen diagnóstico se indicará un tratamiento adecuado.

Quizá hablando con muchos, intercambiando posturas y escuchando; quizá opinando y decidiendo; quizá reformando las reglas. Lo que está claro es que cuando se eviten al máximo divisiones, despilfarros, triquiñuelas, ansias de poder, posturas inamovibles…, cuando se consiga una hermandad más unida, más verdadera y más cristiana, sólo entonces, se habrá conseguido todo.


viernes, 25 de octubre de 2019

Andrés Alén

Fotografía de H. S. Tomé, publicada en el nº 26 de Pasión en Salamanca, que muestra al Cristo de la Fraternidad Franciscana

25 de octubre de 2019

Descendió por el camino de silencio hacia esa niebla otoñal y precoz, siempre tan fotográfica, y nos quedamos para siempre sin esa mirada suya que era su forma de sentir, que contagiaba serenidad, delicadeza y maestría mientras con la voz de su palabra se iniciaba una conversación que siempre, siempre, nos hacía mejores.

Hay personas que incitan al paseo gozoso de la reflexión, como otras soliviantan al ímpetu del alboroto. Debe ser la eterna dicotomía entre lo clásico y lo barroco. H. S. Tomé era un clásico, en obra y vida, que es como decir que una y otra están hechas para perdurar en nuestra memoria. Además, su clasicismo buscaba siempre la depuración de lo superfluo, un ferviente militante del "menos es más", que suele ser un arduo proceso contrario al "todo vale", que requiere de sabiduría, oficio y olfato para evitar quedarse en la nadería y sí llegar, como él, a la esencia y su perfume.

Me llamaba la atención que hoy, entre el numeroso batallón de fotógrafos, casi uno de cada uno, acribillando a disparos a todo lo que se mueve o permanece quieto, hubiera uno que disparara tan poco, pensando antes, como para evitar daños colaterales. Parecía que su fotografía se iba apartando de la instantánea, del documentalismo, como buscando otra calma, otra comunicación. Debo decir que H. S. Tomé fue un profundo estudioso y conocedor de la fotografía, de su historia y de su actualidad, de los pocos que se desplazaba a visitar cualquier exposición de interés, que además valoraba calidades por muy distantes que estuvieran de su canon, y gozaba de ellas. No es muy frecuente. Así que hablar de fotografía, en general de arte, con él, era siempre enriquecedor y un deleite.

Miro alguna de sus fotos y no puedo evitar pasarme desde mi ignorancia al análisis del crítico (caigo en que "crítico" e "ignorancia" se acompañan muy bien). Las fotografías de H. S.Tomé parecen contener la quietud del tiempo cuando no el tiempo mismo, lo que en él permanece. Debe de estar relacionado con la frecuencia y la velocidad de obturación; me recuerdan a los daguerrotipos que al requerir una larga exposición captaban una imagen libre de accidentes y de anécdotas, de moscas que se posan en la cara, y captaban lo que los poetas y yo solemos percibir como cierta eternidad.

La otra cualidad que sobresale en su obra es el equilibrio, nunca nada se descompensa, nada confunde, tono se aúna hacia una misma luz de continuidad que no distorsiona el claroscuro, sino que subraya texturas, limpia colores y busca la pureza de esos blancos tan característicos.

Equilibrio de obra y equilibrio de vida. Todo era sensible en su mirada. Y seguiría escribiendo sobre Tomé con mi admiración y mi torpeza, pero la archivo en mi recuerdo.

Lo que me toca en esta virtual revista de Pasión es relacionarlo con nuestra Semana Santa. Más allá de sus fotos, no era un fotosemanasantero a pie de paso, ni militó en esa legión; formó parte de del jurado anual del cartel de la Junta de Cofradías, y creo que sobre todo a él le debemos que estos años nuestra Semana Santa se haya anunciado con unos carteles peculiares, muy discutidos como todo arte no trillado por convencional, de gran calidad fotográfica, exentos de efectos añadidos, claros, que se desmarcan de una frondosa muestra de carteles semanasanteros, salvo raras excepciones, indistinguibles.

Cuando nuestra Semana Santa amenaza apuntar a un rebrote de barroquismo que a veces deriva en algarabía; cuando lo superfluo empieza a desalojar a lo esencial, como la trompetería al silencio, y el disfraz al hábito, la teatralidad a la religiosidad. Prescindir de sensibilidades y miradas como la de H. S. Tomé supone tal pérdida, que si no la queremos hacer irreparable, deberíamos tomarla como ejemplo. Una Semana Santa con estilo y verdad, equilibrada, remitiendo impurezas, ordenada, eso con lo que soñaban sus ojos antes de disparar a todo lo que se mueve o permanece quieto.


miércoles, 23 de octubre de 2019

Raúl Román

Cofrades del Silencio y Vía Crucis aguardan el inicio de la procesión en la parroquia de Jesús Obrero | Foto: P. de la Peña

23 de octubre de 2019

Realidad

La catalogación de la cofradías y hermandades como asociaciones públicas de fieles suele ser un hecho que a veces se percibe con dudas, de modo poco claro, como entendiendo intromisión en lo que es propiamente laical, lo que da lugar a una seria y grave deficiencia conceptual que, por su importancia central para la vida de las cofradías, conviene que sea expuesta, y siempre refrescada.

Las normas canónicas que regulan las cofradías y hermandades se derivan de su propia naturaleza, pues son asociaciones eclesiales de fieles cristianos laicos, instituciones de Iglesia, que están dentro y forman parte de ella. No son en modo alguno un mero hecho cultural, ni un elemento solamente social y popular o una "peña de amigos".

Eclesialidad

Las cofradías participan de las características generales del derecho de asociación en la Iglesia, si bien con algunas características propias pues son eclesiales.

La legislación canónica señala que los fieles cristianos pueden asociarse para conseguir fines de caridad, de piedad, de fomento de la vocación cristiana en el mundo y de una vida más perfecta, de promoción del culto público y de la doctrina cristiana, de realización de iniciativas para la evangelización, de animación con espíritu cristiano del orden temporal, de realización de cualquier otra actividad de apostolado, etc.

Público y privado

Por otra parte, se debe saber que las asociaciones canónicas de fieles pueden tener personalidad jurídica canónica pública o privada. Con la terminología pública-privada se quiere expresar la diversa relevancia de los roles y de las actividades realizadas en la Iglesia y su implicación en tales actividades.

Conviene advertir que las categorías "público" y "privado" no se contraponen entre ellas como si se expresara diferente importancia, pues responden a exigencias diferentes, constituyen dos figuras legales diferentes.

La personalidad jurídica pública o privada es un instrumento técnico delicado que se debe utilizar con atención, pues la obtención de la personalidad jurídica pública o privada depende de los fines pretendidos y de las circunstancias de cada caso, y es el resultado de la misma iniciativa de los fieles en diálogo entre ellos y con los pastores, nunca fruto de otros motivos. Y en concreto las personas jurídicas públicas son las que, habiendo sido erigidas por el mismo derecho o por la autoridad competente, cumplen en nombre de la Iglesia la misión que se les confía mirando al bien público.

Las características más específicas de la persona jurídica pública son los fines propios, la actuación en nombre de la Iglesia y el bien público. En relación con los fines de las personas jurídicas públicas, supuestas su eclesialidad, utilidad y generalidad, actúan para el bien público.

La legislación canónica señala que las asociaciones de fieles que se constituyen para transmitir la doctrina cristiana en nombre de la Iglesia o promover el culto público o perseguir otros fines reservados por su misma naturaleza a la autoridad eclesiástica deben ser erigidas con personalidad jurídica pública.

Las personas jurídicas públicas, además, actúan en nombre de la Iglesia: fórmula que significa que su actividad se realiza, de modo oficial, por cuenta de la Iglesia, superándose el ámbito personal –pero no la responsabilidad‒ de quien concretamente desarrolla tal actividad.

Y algo muy importante para las cofradías: que las personas jurídicas públicas no actúan en nombre de la autoridad competente o jerarquía, ni la representan, puesto que gozan de autonomía de gobierno o régimen en la Iglesia. Por tanto, no representan a la jerarquía, sino que participan de forma oficial en la misión de la Iglesia.

Un ejemplo: la respuesta a la Hermandad del Gran Poder de Sevilla

No esta de más que recordemos de dónde proviene la consideración eclesial de las cofradías como asociaciones públicas de fieles. Más allá del Código de derecho canónico de 1983, de donde provienen las ideas anteriormente expuestas (cánones 298 y siguientes), es habitual traer a colación un decreto del Consejo Pontificio para los Laicos, de fecha 15 de septiembre de 2000, que desestimó el recurso jerárquico presentado por la Hermandad del Gran Poder de Sevilla contra un decreto dado por el arzobispo de Sevilla.

El decreto del Consejo indicó que la citada hermandad es una asociación pública de fieles, de derecho diocesano, por razón del fin que persiguen las hermandades y cofradías ya que estas pretenden alcanzar uno de los fines, la promoción del culto público, reservados a las asociaciones públicas (c.301,§1); por razón de su origen, ya que las asociaciones privadas solamente han encontrado carta de naturaleza en el derecho de la Iglesia con la promulgación del Código de 1983.

Y que "queda fuera de toda duda que la hermandad tiene entre sus fines fundamentales la promoción del culto público. Estos fines de culto son calificados jurídicamente como un bien público y, en consecuencia, la persona jurídica que lo lleva a cumplimiento debe poseer ipso iure naturaleza jurídica pública".

Puertas y ventanas abiertas

Lo dicho quiere decir que se fomenta de un modo muy notable la legítima autonomía, responsabilidad e independencia de cada cofradía y hermandad, que le corresponde de acuerdo con sus propios estatutos legítimamente aprobados, puesto que como ya hemos indicado "actuar en nombre de la Iglesia" no quiere decir "actuar en nombre de la jerarquía eclesiástica".

Las cofradías y hermandades tienen autonomía para cumplir con sus fines, de acuerdo con sus propios estatutos, y esto abre un ámbito inmenso y muy rico de iniciativas que no solo no se ve mermado por la condición de asociación pública de fieles, sino que por ello mismo potencia la participación de los fieles en las actividades de cada cofradía.


lunes, 21 de octubre de 2019

José Fernando Santos Barrueco

H. S. Tomé, en la que seguramente fue la última foto que le hicieron, mientras baja por Tentenecio (Ramón Rodríguez Calleja)

21 de octubre de 2019

El pasado día 5 del presente mes de octubre se nos fue H. S. Tomé, coincidiendo prácticamente con la inauguración del XXXIV Concurso de Fotografía Semana Santa Salmantina.

Debido a mi estancia fuera de la ciudad desde los años 70 hasta hace unos cinco años, no tuve la ocasión de conocerle a fondo, como para atreverme a escribir estas líneas, que, además, van en la dirección contraria al deseo de partir de la manera más silenciosa y discreta hacia su encuentro definitivo con el Padre, con el que seguramente se habría encontrado en varias ocasiones, cuando trataba de plasmar con su cámara la belleza y expresividad de las imágenes que de él se tienen en nuestra Semana Santa.

La primera vez que le conocí personalmente estaba mostrando y comentando unas fotografías tomadas en una excursión fotográfica a unas vías férreas ya abandonadas. Pude apreciar su dominio de la técnica y su gusto por las tomas sencillas ("menos es más", solía decir), sujetas a los parámetros básicos de la fotografía, el encuadre, los volúmenes y líneas de geometría, la profundidad de campo, el tratamiento de los blancos y las luces, y la nitidez y resalte del objeto principal. Esta impresión volví a tenerla no hace mucho tiempo con ocasión de mostrarme en la cafetería del Casino las fotografías que iban a ser expuestas en la misma, exposiciones de las que fue impulsor y animador. Allí volví a experimentar su pasión y conocimiento del arte fotográfico, en el disfrute y análisis de las distintas imágenes, como también pude comprobarlo recorriendo las exposiciones del concurso de la Semana Santa salmantina, donde resultaba un placer escuchar sus opiniones, sin que en ningún momento su exquisita discreción le llevara a realizar comentarios alusivos a su calidad como miembro del jurado, labor que venía ejerciendo en los últimos años.

Me parece apropiado recordarle en estas páginas. Buena persona, de trato agradable y conversación interesante y amena, fue un excelente fotógrafo, muy apreciado y premiado fuera de nuestra ciudad. Buen amigo de la Tertulia Cofrade Pasión, editora de esta revista digital, que hace unos diez años y con mucha insistencia acabó consiguiendo que llevara su técnica y conocimiento al ámbito de la Semana Santa, a la que no se había acercado con su cámara. Desde entonces, se venía incluyendo una página en la revista Pasión en Salamanca, que anualmente edita en papel la citada Tertulia, en la que se comentaba una fotografía de Tomé. ¡Te vamos a echar de menos! Su mayor legado fotográfico en  nuestro mundillo semanasantero hay que buscarlo en la obra Semana Santa en Salamanca, dirigida por Francisco Javier Blázquez Vicente, en la que intervino como coordinador fotográfico y en la que dejó una buena muestra de su esmerado quehacer en la captación de un gran número de imágenes, tanto en las sedes de las distintas cofradías y hermandades, como en las procesiones.

Descansa en paz, amigo.


¿Qué buscas?

Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión