miércoles, 23 de mayo de 2018

lunes, 21 de mayo de 2018

Abraham Coco

Un cofrade de la Oración en el Huerto camina en solitario por Arroyo de Santo Domingo | Fotografía: Pablo de la Peña

21 de mayo de 2018

No tienen grupo propio ni jornadas de convivencia ad hoc. Tampoco cuentan con vocales específicos dentro de las juntas de gobierno. Ni siquiera son tema de debate y reflexión en los encuentros y congresos cofrades. Cada vez tienen más peso en la sociedad y son los que llenan los bancos de las iglesias a diario. Y, sin embargo, no parece que abunden en las hermandades. "¿Qué hacemos con los jóvenes?", se preguntaba Tomás González Blázquez en su artículo del mes de marzo. Se refería, claro, a los jóvenes cofrades. "¿Y con los mayores, qué hacemos?", me pregunté yo en la tarde del Sábado Santo, mientras la Pascua se hacía esperar en una residencia de ancianos por donde la Semana Santa había pasado de largo. Con los mayores cofrades. ¿Sexagenarios?, septuagenarios, octogenarios, nonagenarios… ¿Estáis? ¿Dónde os fuisteis? ¿Por qué os quedasteis por el camino? ¿Existe la tercera edad cofrade?

Que las cofradías bullan de jóvenes es, sin duda, una buena noticia. Como lo es que el Domingo de Ramos centenares de niños batan sus palmas a mediodía. Y es lógica cierta preocupación por todos ellos, necesitados de una especial protección y orientación en las etapas iniciales de la vida. Qué decir si hablamos de la adolescencia. Son, además, desde un prisma egoísta, la generación que garantizaría la pervivencia de la celebración.

Pero que las cofradías tengan entre sus filas veteranísimos miembros es una riqueza, si se quiere, aún mayor. Desconozco qué sucede en otras ciudades. Sí es evidente, como narraba Lira Félix en su evocador artículo-relato, que en el rural la realidad es otra. Pero en Salamanca la percepción es que apenas están. Si figuran en lista, después no se les ve. ¿Es una decisión propia, un apartarse voluntario por todo un abanico de razones, o una marginación propiciada por causas que deberíamos detenernos a analizar en serio?

Parecen un espejismo en hermandades a punto del cincuentenario y cuesta encontrarlos entre las fotografías de reconocimientos por bodas de diferente quilate. La estructura de la pirámide de población no parece reflejarse en el censo cofrade. No hablamos de procesiones, cuya duración en algunos casos les impide participar, sino del día a día en el que muchos de ellos, aún con ganas, tienen, con permiso de los nietos, más tiempo libre que la media. Tanto como experiencia. Para estar… y para liderar. Los relevos en los cargos no tienen por qué ser una sucesión lineal entre personas de mayor a menor edad. Las circunstancias personales y grupales son más caprichosas que esa fórmula.

La Semana Santa, como fiesta anual, y sus hermandades, que le dan continuidad y cotidianidad de Pascua a Ramos, son intergeneracionales. Cada miembro, de muchachos a ancianos, tienen un lugar que ocupar. Y así como los primeros encontraron en ellas el germen de su fe y de otras inquietudes, de sus amistades, incluso de sus familias, así los segundos disponen en ellas de una casa donde también vivir la última etapa de su vida.


viernes, 18 de mayo de 2018

Daniel Cuesta SJ

Romería del Rocío que tiene su meta en Almonte (Huelva) el Domingo de Pentecostés | Fotografía: ABC de Sevilla

18 de mayo de 2018

Pasada la Semana Santa, en el calendario cofrade se abre una época marcada por las fiestas y las romerías. De nuevo en ellas se vuelve a poner de manifiesto una de las contradicciones de nuestra sociedad en vías de secularización. Y es que, aunque los templos y comunidades se encuentren en muchas ocasiones vacíos, lo cierto es que las multitudes suelen arropar y desbordar a las imágenes del Señor, la Virgen y los santos en sus fiestas, romerías y procesiones.

Ante esta realidad, de un modo semejante al que pasa con la de la Semana Santa, existen diferentes tipos de reacciones y explicaciones. Por un lado, están aquellos que, desde dentro y fuera de la Iglesia, quieren explicar estas fiestas únicamente desde su aspecto externo, festivo y folclórico. Así, dirán que en las romerías ya no hay fe, sino solo cultura, tradición, alcohol, fiesta, etc. Siempre me ha resultado curioso ver cómo en este bloque se pueden aunar perfiles tan diferentes como el del ateo o agnóstico que mira con recelo a estas realidades de la religiosidad popular, como al de aquellos creyentes que, viendo la poca profundidad de muchos de los romeros y cofrades, tienden a despreciar y ridiculizar toda la vaciedad e impureza que rodea a estas fiestas.

En la otra cara de la moneda, nos encontrarnos con la gente que son objeto de las críticas lanzadas por el bloque anterior. Aquellos que viven las romerías y fiestas desde lo puramente externo y vacío. Para ellos, estas celebraciones no son sino un pretexto más para hacer fiestas, realizar excesos, eso sí, siempre desde un barniz de tradición familiar o local.

Por último, estarían aquellos fieles que se acercan a las imágenes que se veneran en las romerías con un auténtico espíritu de fe. Los que caminan durante una o varias jornadas, rosario en mano, deseosos de encontrarse con el Cristo, la Virgen o el santo de su devoción. Para ellos, las imágenes, así como sus cultos y las fiestas son un verdadero camino para llegar hasta el Dios verdadero. Es cierto que no son muchos, quizá muchos menos de los que esperaríamos, pero ¡haberlos haylos!

Pues bien, una vez dibujado este esquema y división, con el que muchos se enfrentan, miden y tamizan a las romerías y a la religiosidad popular en general, me gustaría decir que, en mi opinión, es pobre, superficial e incompleto. Y lo afirmo con conocimiento de causa, dado que me he criado en un ambiente cofrade y romero y, además, después, como jesuita, he tenido la suerte de poder escuchar y acompañar a mucha gente de todo tipo que participa en manifestaciones tradicionales de piedad. Por todo ello, puedo decir que, siendo una realidad que el ambiente de la religiosidad popular es ambiguo, no lo es menos el hecho de que detrás de esa ambigüedad se esconden en muchos casos anhelos y búsquedas de Dios. En este sentido, creo que todas estas manifestaciones deben tratarse con mucho más cuidado del que en la mayoría de los casos se afrontan por parte de muchos cristianos. Y, sobre todo, se debe de tener en cuenta que, ante su ambigüedad se hace más que evidente el hecho de que no podemos medirlas todas con el mismo rasero, ni pensar que lo que se ve en una gran mayoría de sus integrantes es lo único que hay y, por supuesto, no dar por sentado que debajo de una aparente vaciedad no puede haber un anhelo de Dios que necesita de purificación.

Para centrar un poco todo esto a lo que me estoy refiriendo, voy a poner dos ejemplos de dos grandes romerías que se miden con raseros totalmente diferentes: el Rocío en Huelva y Quyllurit'i en Perú. Las dos se celebran más o menos en la misma fecha: la primera en Pentecostés y la segunda en la Ascensión. En ambas, los romeros caminan durante días hasta llegar al santuario en el que se venera la imagen de su devoción. Al llegar a ellos, celebran en común con peregrinos venidos de otras tierras y, pasada la fiesta, marchan a sus casas. La base religiosa de ambas festividades es clara, pero en ellas se entremezclan también aspectos culturales, festivos y folclóricos, así como algún que otro exceso que poco tiene que ver con el cristianismo. Sin embargo, pese a sus semejanzas, la manera que tenemos de analizarlas es radicalmente distinta en muchas ocasiones. Así, frente al Rocío, solemos encontrarnos con juicios duros, que afirman sin demasiado conocimiento que se trata de una fiesta vacía y poco cristiana. Pero, por el contrario, muchas de las personas que califican así la romería almonteña ven en la fiesta de Quyllurit'i una manifestación de fe pura y sincera, llevada a cabo por la gente sencilla (sin darse cuenta de la cantidad de elementos de sincretismo religioso, fiestas y folclore que envuelven también a la misma). En el fondo, lo que nos pasa ante estos fenómenos es algo muy humano: y es que, siempre lo de fuera, lo desconocido, nos envuelve con su halo de exotismo para hacer que nos obnubilemos con ello mientras despreciamos lo nuestro.

Con todo ello, lo que quisiera decir es que, principalmente desde dentro de la Iglesia, tenemos que tener mucho cuidado con los juicios de valor que hacemos sobre las romerías, fiestas y manifestaciones de religiosidad popular en general. No debemos caer en la trampa de aquellos que, basándose en una parte de su realidad, pretenden hacernos ver solo un aspecto de esta. Sino que, más bien, deberíamos ser cautos y contemplarlas como una de aquellas puertas de la fe que se abren en este mundo secularizado en el que vivimos, o también como un signo de los tiempos con el que el Espíritu guía a la Iglesia. Por ello, creo que debemos cuidar y acompañar estas manifestaciones, sin perder el realismo. Puesto que en ellas probablemente no consigamos convertir a grandes masas, ni borrar la ambigüedad consustancial que las envuelve, pero estoy convencido que sí que podremos sembrar algo de fe entre sus participantes, que germinará cómo y cuando Dios quiera.


miércoles, 16 de mayo de 2018

Pedro Martín

Fieles salen de la parroquia de San Pablo, con la imagen de Jesús Rescatado, al fondo, en el retablo | Foto: Alejandro López

15 de mayo de 2018

Me preguntaba a mí mismo, haciendo un repaso mental a estas ocho Semanas de Pasión vividas en primera persona desde un cargo de responsabilidad, si algo había cambiado en este tiempo para bien o para mal. Ocho años, casi una década, suficiente tiempo para apreciar cambios, tendencias, consolidaciones, decadencias o quizá no. Veremos.

En 2011 yo era uno de los hermanos mayores más jóvenes. Una nueva generación se incorporaba a la dirección de las hermandades. Hoy, afortunadamente, la siguiente generación ya está al frente de algunas hermandades, sin duda un cambio positivo. Nos queda el reto de la incorporación más numerosa, decidida y efectiva de la mujer a los mayores cargos de responsabilidad. Ya se está produciendo. Ánimo, hermanas.

Dos hermandades más en la calle –una ya existía pero no desfilaba– y con tres imágenes que son y serán referentes en nuestra Semana Santa por calidad artística y por devoción, que ya la tienen.

Procesiones que desaparecieron como la General del Santo Entierro y que provocaron la aparición de cuatro en la tarde del Viernes Santo. El tiempo dirá si fue un acierto, aunque parece que vamos por buen camino. Esto nos lleva a una nueva decisión que sigue encima de la mesa: la tan traída y llevada reestructuración de la Semana Santa. Necesitamos pensarlo bien y plantear, desde la generosidad más absoluta, un plan integral que piense en el futuro y en posibles nuevas incorporaciones que antes o después se van a producir. Aquí tenemos mucho que mejorar.

Un presidente de la Junta de Semana Santa, con reforma estatutaria de por medio, que costó parir, y que espero ayude a seguir creciendo en los próximos años. Destaco en su labor el cambio sustancial del acto del pregón y la excelente elección de los pregoneros. Además, recibimos la Medalla de Oro  de nuestra ciudad. Muchas gracias, Salamanca. Evolución positiva, pero no hay que dormirse en los laureles, hay muchos aspectos por mejorar.

Una Asamblea Diocesana en la que participamos en menor número del que hubiera deseado y que poco a poco va dando sus frutos. Seguimos viendo la Iglesia diocesana muy lejos y buena parte de la misma también nos ve lejos. Es imprescindible olvidar viejos prejuicios y trabajar por nuestra diócesis, que nos necesita.

Un Año de la Fe, un Año de la Misericordia. Ambos pasaron con más pena que gloria por la vida de nuestras hermandades; un voto Inmaculista que podía haber sido más fastuoso, pero que se celebró con mucha dignidad y solemnidad.

Una procesión del Corpus que no termina de despertar,  pero que  algunos seguimos empeñados en no tirar la toalla. Ánimo, hermanos.

Cierta convulsión en algunas hermandades, dimisiones, ceses, procesos electorales complicados o paralizados. No es más que el reflejo de nuestra sociedad, pero no debería serlo de nuestras asociaciones públicas de fieles. Pensemos en los hermanos y no en nosotros mismos. Dentro de otros ocho años, acordaos, casi ninguno estará aquí. Y eso es bueno.

Tantas y tantas reuniones para esto o aquello... y las que nos quedan. Como decía mi párroco Luis Barbero, "cuando vuelva Jesús, no sé si nos encontrará unidos, pero reunidos seguro". Espero que también lo primero.


lunes, 14 de mayo de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fiesta Sacramental de la Cofradía de la Vera Cruz en la octava del Corpus Christi | Fotografía: Heliodoro Ordás

14 de mayo de 2018

Con la mirada puesta en la celebración grande del Corpus Christi, quiero rematar este tour de force sobre hermandades y Eucaristía con una mirada a la procesión central de nuestra vida litúrgica. La existencia de las hermandades, como he defendido, surge y se alimenta de la Eucaristía. De esta fuente inagotable, que es la vida misma de Cristo entregada por nosotros, nace la fraternidad y todas las actividades en las que se plasma (la preocupación por los más desfavorecidos, la formación o la evangelización a través de una estación de penitencia). En el Corpus y en su procesión la Iglesia, y las hermandades dentro de ella, muestran la adoración pública a aquel que es su cabeza y piedra angular. En palabras del Directorio de piedad popular y liturgia, los fieles nos sentimos "'pueblo de Dios' que camina con su Señor, proclamando la fe en él, que se ha hecho verdaderamente el 'Dios con nosotros'" (n. 162). Esto no es del todo nuevo en la historia de la salvación.

Tras la salida de Egipto y el encuentro con Dios en el monte Sinaí, Israel caminaba unido, organizado como pueblo, portando el Arca de la Alianza, con Moisés actuando como su capataz (gracias a Daniel Cuesta SJ por su certera apreciación). Con el Arca los acompañaba la presencia de Dios. El Señor caminaba en medio del pueblo elegido. Este es un anhelo presente en toda su historia. Por eso, el profeta Isaías anuncia que el nombre del Mesías será Emmanuel, Dios-con-nosotros. En Jesús se cumple esta promesa: el Hijo camina sobre la tierra como un hombre, llamando a sus discípulos, iniciando el Reino con la llamada a la conversión, afrontando su pasión y muerte, redimiendo al mundo con su resurrección. Las cofradías, en sus procesiones, representan ese caminar: las imágenes del Señor lo muestran humano, sufriente, en medio de su pueblo que camina penitente asociado a los misterios finales de su vida terrenal.

La devoción a las imágenes de los titulares es muestra del ansia de todo creyente, de todo hermano, por contemplar el rostro mismo de Jesucristo. Pero el Señor no nos ha dejado librados a nuestra suerte hasta su regreso glorioso al final de los tiempos. Cristo nos acompaña en nuestro caminar, para esto nos ha dejado la Eucaristía, en ella está presente real y substancialmente. Comulgando con su cuerpo y su sangre nos unimos del modo más estrecho con él. En la procesión de Corpus mostramos en público nuestra fe en ese misterio de la presencia sacramental de Dios Hijo, caminamos con él en medio de nosotros. Aquello que en las otras procesiones realizamos de modo simbólico, a través de imágenes, en la de Corpus lo realizamos de modo real. De aquí la importancia capital de la participación de las hermandades en su celebración.

En la procesión de Corpus no participan solo las hermandades, sino toda la diócesis. Toda la Iglesia local acompaña la presencia real de su Señor. Las cofradías se integran en esta proclamación pública de la fe, en este acto público de adoración. Llevan a plenitud aquello que manifiestan en sus cultos externos. Ahora bien, aquí debe haber un diálogo abierto para la correcta inserción de las cofradías en esta procesión. Ellas tienen sus características propias que deben ser respetadas e integradas en este culto público de la diócesis. He sostenido y defiendo que las hermandades tienen como peculiaridad la evangelización a través de la belleza, de la belleza en los cultos tanto externos, como internos. La procesión de Corpus es un momento ideal para este apostolado. La organización concreta del cortejo, el adorno del trayecto con alfombras florales o de sales, la ubicación y decoración de distintos altares en los que el Santísimo pueda realizar una estación y desde los que realizar la bendición..., todo esto son elementos de los que las cofradías pueden responsabilizarse realizando su misma vocación. Esto exige generosidad por parte de las autoridades eclesiales: la procesión del Corpus "pertenece" a todo el pueblo de Dios al margen de que tenga que existir alguna instancia coordinando su realización, por esto todos los grupos de la diócesis, desde sus carismas, deberían aportar a su desarrollo. Es toda la Iglesia local en la multiplicidad de sus manifestaciones la que acompaña a su Señor por las calles de la ciudad.

La participación en el Corpus no es la única forma que tienen las hermandades de fomentar el culto a la Eucaristía. Las adoraciones al Santísimo de cada cofradía por separado o la celebración de minervas refuerzan en cada una su vinculación con el Señor sacramentado. Además de la acción de hermandades penitenciales o de gloria, han surgido corporaciones –o ramas dentro de las anteriores– dedicadas de modo especial al culto eucarístico. La responsabilidad de estas hermandades es triple: hacia los hermanos, debe formarlos para que tengan una especial sensibilidad hacia la Eucaristía, la colaboración con la Adoración Nocturna puede ser muy provechosa; hacia el resto de cofradías, recordando cuál es la fuente de nuestra fraternidad y cómo debemos valorarla; y hacia la Iglesia en general, siendo apóstoles de la Eucaristía en medio de los bautizados. Su presencia es testimonio permanente de la actitud de todo cristiano hacia la cumbre de los sacramentos.

La celebración de Corpus no puede ser algo aislado, una flor de un día. La adoración pública al Santísimo Sacramento surge y conduce a la participación en la misa y en ella culmina con la comunión eucarística. De este modo volvemos al inicio de esta serie de cuatro artículos. Mucho –o quizás no tanto– he escrito y, sin embargo, todo puede resumirse de este modo: la importancia fundamental de la Eucaristía en la edificación de una hermandad sana. Solo participando como comunidad de la vida ofrecida por el Señor en la Eucaristía, podremos reafirmar nuestros lazos fraternos y, así, desempeñar nuestra labor evangelizadora en medio de la sociedad, con nuestras procesiones y estaciones de penitencia llevando a Dios a través de la belleza, con todas nuestras actividades formativas que nos permiten crecer en la comprensión de nuestra fe, con nuestra preocupación activa por el bienestar de nuestros hermanos más desfavorecidos. Sirvan pues estas líneas para ayudarnos a construir una vida cofrade arraigada con firmeza en Cristo. Vale.


viernes, 11 de mayo de 2018

José Fernando Santos Barrueco

Músicos y fieles acceden a la iglesia de San Pablo tras suspender su procesión el pasado Viernes Santo |  Foto: P. de la Peña

11 de mayo de 2018

El desarrollo tecnológico ha traído cambios en casi todas las facetas de nuestra vida. En el caso que nos aplica, el campo de las predicciones meteorológicas ha evolucionado de manera muy significativa con los avances de la técnica. Lejos quedan los tiempos del "fallas más que el hombre del tiempo". La evolución se ha presentado no solamente en el campo de la predicción, con simulaciones locales que pueden ofrecer una información fiable y muy detallada de las inclemencias que se pueden presentar en una determinada zona y en unos momentos muy definidos dentro del plazo de unas pocas horas. Además, esas simulaciones aparecen en un buen número de aplicaciones al alcance de los dispositivos móviles que hoy maneja "todo el mundo".

Estas circunstancias requieren de una toma de posturas a la hora de adoptar las decisiones relativas a la salida de una procesión en condiciones climatológicas adversas. La decisión de suspenderla siempre supone algo traumático, por lo que tiene de romper unas ilusiones que en ese mundo cofrade se unen a sentimientos muy íntimos de promesas, tradiciones familiares y devociones a unas imágenes que se han preparado con esmero, mucho esfuerzo y un considerable gasto económico. Junto a los "pasos" todo está a punto, los cofrades con sus hábitos, la banda o bandas de música y los distintos enseres y elementos procesionales. Ante la posibilidad de no salir, las lágrimas de pena y desencanto afloran con facilidad a los ojos de los hermanos que miran al cielo, comentan las predicciones y susurran peticiones a sus sagradas imágenes para que se lleven o detengan las nubes. La decisión se hace difícil y habitualmente compete al hermano mayor y su junta directiva. Y salvo que la situación meteorológica aparezca muy clara, una posición conservadora no va a ser bien entendida, máxime con las distintas aplicaciones que unos y otros manejan en sus móviles y la cantidad de predicciones y "sabios pronósticos" que circulan en el interior del templo. Si se suspende, siempre mal, se acierte o no se acierte. Hace unos años, con un desconocimiento en las previsiones, se apelaba a la valentía y a sacar los plásticos por si acaso, opción siempre jaleada aunque pocos arrimarían el hombro a la hora de cargar con las responsabilidades si "la mala suerte" hacia acto de presencia.

Actualmente, con unas predicciones conocidas y fiables, deberían esclarecerse las responsabilidades asociadas a la toma de decisiones y, en función de las mismas, a los daños que pudieran ocasionarse ante unas inclemencias meteorológicas previstas. Si las imágenes son propiedad de la hermandad, esta es muy libre de tomar las decisiones que estime oportunas, siempre que se asuma la responsabilidad a la hora de acometer la reparación de los posibles daños. Más complejo es el caso en el que las imágenes no pertenecen a la hermandad, teniendo esta solamente el derecho de uso. Este derecho no debería conferir la capacidad de tomar una decisión que pueda suponer un riesgo "probable" para aquellas si fueran afectadas por el agua o fuertes vientos. Debería disponerse del correspondiente acuerdo con el propietario de las imágenes, en el que se establecieran unas pautas para la toma de decisiones en caso de predicciones meteorológicas desfavorables, contemplando aspectos tales como las fuentes de referencia (por ejemplo, las predicciones de la Aemet), condiciones de salida y medios de protección o precauciones durante el recorrido, suspensión, etc., así como las responsabilidades en la reparación de los posibles daños en función de su naturaleza y del grado de cumplimiento del acuerdo. Igualmente, cuando los gastos de restauración de imágenes (o de sustitución por daños de determinados enseres) pudieran contemplarse en partidas generales gestionadas a través de la Junta de Semana Santa, debería también incluirse dicha institución en los citados acuerdos a la hora de evaluar riesgos y actuaciones en las situaciones que se presentasen.


martes, 8 de mayo de 2018

Paco Gómez

El cartel de la Paloma Pájaro para la TCP junto a dos escenas de la obra teatral La Pasión de Cristo (una cosa pirandelliana) interpretada en la Muestra de Artes Escénicas de la Universidad. A la izquierda, poética forma de explicar lo que separaba a Jesús y Magdalena. A la derecha, momento en el que el autor (personaje) decide cambiar el relato y bajar de la cruz a Jesús

09 de mayo de 2018

"¿Tu vida acaso fue, como la nuestra, sueño?"
(El Cristo de Velázquez, Miguel de Unamuno)

Aunque en los últimos tiempos se ha ido extendiendo la celebración –recuperada en algunos casos y en otros de nueva introducción– de pasiones vivientes a lo largo y ancho de nuestro entorno, lo cierto es que estas escenificaciones, ceñidas al texto evangélico y con el referente iconográfico de algunas versiones cinematográficas, quedan absolutamente reservadas para la Semana Santa. Por eso, encontrarse recientemente con una propuesta teatral basada en la pasión de Jesús en un marco cultural como la Muestra de Artes Escénicas de la Universidad de Salamanca supuso una sorprendente rareza que no me resisto a reflejar abusando, una vez más, de la generosidad de esta tribuna.

Bien pensado, el asunto tiene mucho trasfondo. Encontrar, casi tres semanas después de la Semana Santa, un patio de butacas lleno, en su mayoría de jóvenes universitarios, para asistir a una representación en torno a la muerte de Jesús, no deja de demostrar el carácter cautivador que, fuera de tópicos y prejuicios, sigue teniendo esta figura única para personas de todas las edades y formación.

Pero es que, además, no se trataba de una escenificación sin más de los relatos canónicos de la pasión y muerte, sino una absoluta vuelta de tuerca metafísica y metaliteraria del asunto, conducida con audacia por el profesor Mattia Bianchi, de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca, al frente del grupo Piccoli Borghesi, integrado mayoritariamente por alumnos de este centro.

La Pasión de Cristo (una cosa pirandelliana) es el título de una obra, escrita por el propio Bianchi, que remueve en varios momentos al espectador de la butaca. Del estupor al (premeditado) escándalo en torno a un asunto efectivamente tan pirandelliano como la relación entre el autor y sus personajes.

Una obra que, sin enjuiciar aspectos técnicos de la puesta en escena, tiene como gran virtud dejar sobrevolando sobre la platea un sinfín de preguntas y reflexiones ante un drama que, pensamos, conocemos de sobra y sobre el que quizá no hayamos reflexionado del todo. O no desde todas sus perspectivas.

El argumento nos cuenta precisamente la relación entre un autor teatral que debe crear una obra sobre la pasión de Cristo para un exigente director que echa por tierra su primer libreto y le da una única noche de plazo para presentar el nuevo. Este autor-personaje se embarca en una frenética creación en la que se van enumerando los episodios ya conocidos del Evangelio, con alguna ruptura interesante, hasta llegar a dos situaciones críticas: la perturbadora presencia del Diablo y la irrupción de María Magdalena.

Vemos a Jesús ser tentado repetidamente por el Diablo y salir indemne, pero lo vemos en cambio zozobrar ante esa figura femenina cuya relación con el Maestro resulta inevitablemente abierta a interpretaciones y fabulaciones sobre las que, entre otras cosas, se ha basado gran parte del best-seller system reciente y que siempre genera controversia. Recuerdo en este sentido los ríos de tinta corridos cuando la Tertulia Cofrade Pasión presentó hace unos años el sensacional cartel de Paloma Pájaro centrado en la figura de María de Magdala.

Aunque no sabemos exactamente qué es "real" en la escena y qué fruto del sueño del atormentado autor-personaje, se nos acumulan preguntas de todo tiempo: ¿tenía realmente Jesús libertad para decir no a su destino escrito de pasión redentora por la humanidad? ¿Dudó? Si era hombre a todos los efectos, ¿sintió de alguna forma todos los sentimientos propios del ser humano? ¿Incluye esa posibilidad el amor romántico? ¿Lo suficiente para sentir en la cruz el humano miedo, la absoluta soledad y derrota y hasta llegar a gritar: Magdalena, por qué me has abandonado?

Aunque Jesús fue "engendrado y no creado", ¿puede considerarse en cierta medida también un personaje de Dios? Y aunque sea "de la misma naturaleza del Padre", ¿nunca sintió compasión, duda, por la feroz forma de expiar los pecados de la humanidad reservada para el Hijo?

Preguntas que pese a que se envuelven en la obra como una "cosa pirandelliana" nos recuerdan ese conmovedor capítulo XXI de Niebla en el que Augusto Pérez va a pedir cuentas a Miguel de Unamuno, quien sentencia: "No hay Dios que valga. ¡Te morirás!". A lo que el pobre personaje responde: "... ahora que usted quiere matarme quiero yo vivir, vivir, vivir...".

En fin, interrogantes con las que el autor-autor (Bianchi) nos apuñala en las tripas abordando la compleja cuestión de la muerte de Dios que ha marcado el pensamiento posmoderno, en este caso para llevar a su autor-personaje a intentar como sea parar el drama inhumano de la muerte en la cruz.

A partir de ahí, las respuestas son de cada uno. Me permito solo llamar la atención con esta reseña sobre el error de arrinconar ciertas reflexiones únicamente para unas fechas marcadas en el calendario y, sobre todo, la conveniencia de vivir haciéndose preguntas para comprender mejor la inmensidad del sacrificio de Jesús que alienta la Semana Santa y el mundo cofrade. Lo otro, quedarse en la madera, el incienso o el esparto es, al fin y al cabo, tanto como quedarse en el latín ignoto de las divinas palabras.


lunes, 7 de mayo de 2018

Roberto Haro

Maiestas Domini. Del libro Beato de Gerona

07 de mayo de 2018

¡Aleluya, aleluya!

Este es el grito que, desde hace veinte siglos, decimos en momentos de Pascua los cristianos. Un grito milenario que cruza continentes y fronteras volviendo con fuerza tras su ausencia durante la Cuaresma y posterior Semana Santa.

Cantad aleluya 
en respetuosa alabanza; 
ciudadanos del cielo, 
entonad unánimemente 
un aleluya sin fin. 
Himno visigótico - s. VII 

Ya en tiempos mozárabes, como decía en mi último escrito, la aclamación del Aleluya cesaba el primer domingo de Cuaresma y no volvía hasta la Pascua, "tiempo de la resurrección de Cristo, en el cual conviene cantar alegremente el aleluya y trocar el dolor en gozo".

Un mismo concepto que ha tenido diferentes nombres según las culturas que analicemos. "Anástasis" la llamaban los griegos; por el contrario, "Resurrectio" era el nombre dado por los romanos. Si ya tienen dos nombres diferentes según la cultura, en la Pascua se enfrentan dos conceptos antagónicos también según las diferentes tradiciones religiosas;

- Para los judíos, la Pascua es el inicio del proceso de liberación del pueblo de Israel, celebrada con los fastos de la comida del cordero pascual y el pan ácimo.

- Para el cristianismo se celebra la resurrección de Cristo, un cordero inmolado que es alimento de los cristianos para comenzar a caminar en una nueva vida. Es la resurrección de la Humanidad.

Mirando profundamente en ambas interpretaciones llegan en esencia al mismo significado. La Pascua de Resurrección es la síntesis de ambas religiones con la inmolación y el camino de vida nueva. En la Resurrección cobran pleno sentido los tres días del Triduo Pascual y completa la identidad del ser humano: la propuesta de tomar cada uno su cruz y aceptar su condición de resignarse al sufrimiento hasta el final de sus días.

Si la Pascua de Navidad es el paso de un Dios que se hace presente desde la Palabra, en la Pascua de Resurrección se nos hace presente un Dios resucitado y vuelto a la vida nuevamente desde el sufrimiento y el escarnio a través de la muerte.

Y según lo concibamos, hay diferentes modos de vivir la Pascua:

- Pasar de Pascua. Aquellos a los que no les interesa nada todo este camino.

- Ver pasar la Pascua, refiriéndome a los que ven pasar las procesiones, aquellos que disfrutan con los cirios encendidos, el perfume del incienso e incluso llegan a conmoverse de tanta cruz y tanto "sufrimiento" en procesiones y jolgorio con el corazón compungido.

- Celebrar la Pascua. Aquellos que tratan de abrirse al acontecimiento pascual, celebrando en definitiva el paso a incorporarse al sentido de ese cambio.

Y es que Pascua es, siempre, dar el paso. Es momento en el que cada uno de nosotros debemos examinar nuestras mochilas y con espíritu pascual decidir caminar firmemente hacia esa nueva vida cristiana.


jueves, 3 de mayo de 2018

martes, 1 de mayo de 2018

Tomás González Blázquez

Casa de la Iglesia, en el antiguo Colegio de Calatrava, que alberga los servicios diocesanos a disposición de las cofradías 

02 de mayo de 2018

No son los organigramas ni las reorganizaciones estructurales un fin para la Iglesia. No deben serlo. En cambio, estos medios de los que se dota para la evangelización cobran su sentido si en ella se gastan y se desgastan. Tras la reciente Asamblea Diocesana salmantina se ha alumbrado un nuevo esquema, que aspira a ser más fiel a las necesidades actuales de todas las comunidades eclesiales, y poco a poco se van nombrando nuevos responsables y equipos de laicos, sacerdotes y religiosos para que trabajen en las delegaciones y servicios diocesanos. ¿Grandes cambios? Quizá no resulten muy vistosos, tampoco es momento de descubrir América a estas alturas, pero sí sería considerable la novedad de que las cofradías nos animásemos a utilizar, en el buen sentido de la palabra, estos instrumentos que la Diócesis ofrece.

Evidentemente, en la delegación de Apostolado Laical, traducción más fiel al magisterio conciliar que la de Apostolado Seglar extendida en España, hallan su hábitat natural las cofradías y hermandades, la realidad de laicado asociado más numerosa en la Iglesia salmantina. La delegación de Liturgia, con su sección de Religiosidad Popular, también está llamada a una relación estrecha con el mundo cofradiero. Los proyectos asistenciales y caritativos de nuestras hermandades bien podrían tener conexión con el área de la Pastoral Social, la pastoral juvenil cofrade con su correspondiente delegación diocesana, y surgen más ámbitos en los que encontrar un apoyo: Peregrinaciones, Obras, la Vicaría Judicial, la Administración económica…

No obstante, me detengo en un término que no se empleaba y se ha incorporado: "servicios diocesanos". No hace falta explicar mucho. Servir es verbo bien apegado al Evangelio de Jesús. Cuasi sinónimo. Pienso en dos delegaciones del antiguo esquema que se han transformado en servicios, y no se trata de una degradación sino de una más exacta definición. Me refiero a Medios de Comunicación y a Patrimonio Artístico y Cultural, porque las cofradías podemos tener en estos servicios diocesanos buenos compañeros de fatigas apostólicas.

La comunicación lo es todo… o lo parece. Perfiles en redes sociales, listas de difusión y grupos de Whatsapp, correos electrónicos informativos a los hermanos, las cartas de toda la vida, los boletines y publicaciones, los carteles de cultos… La cofradía se desnuda en lo que dice y en cómo lo dice, y a menudo coge frío y se constipa en la maniobra. No por mala intención, desde luego. Pero trucos hay para prevenirlo. Servirse de este servicio diocesano alguno que otro aportaría al bagaje de secretarios, redactores de revistas y gestores de la comunicación social.

Patrimonio, por su parte, puede acompañar a las cofradías si se animan a conocer mejor su materia prima y a volcarse en el diálogo de la fe con la cultura, que en las hermandades debiera tener uno de sus foros más privilegiados. Quizá para encargar una nueva imagen y pensar en su advocación, para elaborar unas andas o para adjudicar una restauración, para definir bien la recuperación de un elemento antiguo o de un paso perdido (hace un año recobramos el de las Tres Marías ante el Sepulcro vacío, y hay otras imágenes que dejaron de salir), no vendría mal solicitar un informe a este servicio diocesano. No tanto con carácter vinculante sino con el deseo de ser orientados bajo un criterio valioso, y así decidir con mayores elementos de juicio.


domingo, 29 de abril de 2018

Asunción Escribano

Celia Camarero, poeta ante la Cruz de este 2018 designada por la Cofradía de Cristo Yacente | Fotografía: Pablo de la Peña

30 de abril de 2018

El inicio es el descanso o el final, "por fin cesó", y luego se sigue el rastro de los ojos hacia arriba. Después se escuchan los aullidos del viento sobre el cabello, ese que define tanto al Cristo de los poetas. La piel es acariciada por la tarde, y el quebrarse de la luz y la muerte hacen del horizonte simetría… Así se inicia el poemario "Oscilación armónica y penumbra", de la poeta ante la Cruz de este 2018, Celia Camarero.

En toda la obra el lector asiste a un profundo desplegarse de la ternura conjuntada con un intenso ritmo y, de igual manera, a la lucha desgarrada entre la pregunta herida y la certeza que cura, entre la oscuridad que se impone y la luz. El llanto que oprime y cuestiona la vida, y la interpelación hondamente sinestésica: "¿No veis que ya no suena/ su voz en la montaña?". También está presente como una saeta el deseo de salvar del duelo a quien nos salvó. Y la culpa, siempre la culpa: "por qué no soy capaz/-ante esta injusticia-/ de pensar su promesa,/ de tener esperanza?".

Todo es música en estos versos engarzados en la penumbra, y a esta melodía que cruza la historia dirige la poeta sus ojos, y también en esa dirección alienta a los oyentes: "Escuchad la armonía". Por eso J. S. Bach se cuela en la fe como un disparo, como un faro que siempre destella e ilumina: "fue su música la que acunó mi oído", reza Celia Camarero.

Tras la muerte del inocente, la poesía se instala en la memoria: "recuerdo…recuerdo…" entona la poeta, tomando prestada la vida ajena, y también su mirada y su palabra: "No todos sois los míos". Es esa promesa que viaja hacia el pasado haciendo del tiempo un nudo. Finalmente fe entona la batalla con la duda: "creer, desarraigarse/ de la razón, del pálpito/ indecente que oscurece la sed", y también con el duelo: "en esa soledad insoportable".

La poeta no deja en ningún momento de compartir su temor con los oyentes, que estremecidos se dejan llevar por la melodía rítmica de los versos: "miro tu cuerpo presto para la podredumbre/ y, la duda, se encona,/ se acomoda en la mente/ por más que el corazón se resista". Poeta y mujer, corazón y mente, certeza y duda….Celia se pregunta "¿Cómo puedo creer en este Dios?"

Al final del poemario, el lector no puede dejar de asistir al sometimiento voluntario del razonar a la sequía blanca del desierto, y también  a su capacidad de transformación de la sed en canto. Siempre en soledad, consciente del desatino que supone creer. La cesión última del ego se impone y, pendiente siempre de su limitación, escucha, se conforma y se perdona, siguiendo así la estela luminosa de las palabras de quien lo hizo ya antes con los hombre, conciliando de este modo, la "pura armonía/ oscilando en la entraña del silencio/ para invadir la noche de penumbra".


jueves, 26 de abril de 2018

Ángel Benito

La hoy hermana mayor del Vía Crucis, aún un bebé en brazos de sus padres, junto a su hermano, ataviada con su hábito 

27 de abril de 2018

Alicia García toma las riendas de la Hermandad del Vía Crucis en la apuesta más joven de los últimos años en la Semana Santa. Solo tiene 20 años

Cuando tan solo tenía seis meses entró a formar parte de la Hermandad del Vía Crucis. La de su padre, Goyo, su madre, Charo, y su hermano, Alberto. Su familia. También, en parte, la mía. Los tres que salen en la fotografía junto a ella. Una familia cofrade. De las de toda la vida. Alicia no es nueva en la Semana Santa. Gateaba entre las palmas el Domingo de Ramos; jugaba entre las antiguas trompetas la madrugada del Jueves Santo cuando Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis abría el día del amor fraterno, mientras que su padre portaba sobre los hombros a un Cristo que por aquel entonces no llevaba la firma de ningún autor, pero que aprendió a querer con el amor de niña. El que le enseñaron sus padres. Creció y comenzó a corretear. A portar el cirio. A ser anónima. A coger el relevo de su padre bajo los banzos delanteros. Y ahora como la hermana mayor más joven de la Semana Santa.

Si no me equivoco, es el antecedente más joven que recuerdo en la Semana Santa de Salamanca. Se me viene a la cabeza Álvaro Gómez, que accedió al cargo en Jesús Despojado con 24 años en vísperas de su primera salida procesional, o Jesús López, que con 26 años tomó las riendas de la Cofradía de la Vera Cruz en 2004 con la difícil tarea de celebrar los actos por el V Centenario, que aún a día de hoy deberían ser un modelo a seguir por parte de las cofradías por su impacto y trascendencia. También Alejandro Martín Encinas asumió el relevo generacional en la Hermandad del Amor y la Paz con 28 años en los ejemplos más cercanos que recuerdo. Nada que se acerque a los 20 años de Alicia, salvo si nos remontamos a la vecina ciudad de Zamora donde el fundador de la Hermandad del Espíritu Santo encaró este reto con tan solo 15 años. No me atrevo a decir que sea el ejemplo más joven de las hermandades españolas, pero al menos sí que lo sitúa como una excepción. Al igual que su condición de mujer. En la Semana Santa salmantina hay contados casos. Ana Torrecilla, como hermana mayor de la Congregación de Jesús Rescatado, y Mabel Martín y Ana Iglesias, en el caso de la Hermandad del Silencio, siguen siendo aún hoy en día contadas excepciones. El peso de las mujeres en la Semana Santa debe ser cada vez más valiente. No conozco ningún estatuto de Salamanca que lo impida, por lo tanto espero que la decisión de Alicia también anime a más a dar el paso.

Alicia García accede al cargo de hermana mayor tras dos años como vicehermana mayor donde ha podido aprender de la gestión de Raúl Alejo, que finalmente tuvo que abandonar la dirección de la cofradía por motivos personales y dejando detrás un muy buen trabajo. Tras su dimisión no he escuchado ninguna crítica, algo que reconozco que es impensable en este mundo nuestro de la Semana Santa. Por delante, Alicia tiene varios retos inmediatos que afrontar que es necesario intentar no dilatar. Mi consejo es que preste atención a los que intenten ayudarla sin ser dependiente de los asesores externos. Que se apoye en su junta de gobierno para cada decisión. Que olvide los cotilleos de salón y preste especial importancia a lo esencial. Que mantenga la actividad recuperada durante estos dos años. Que recupere a los hermanos que perdimos. La calle Peña de Francia estaba llena de medallas que no estaban en el interior del cortejo procesional. Si hace falta, vayamos puerta por puerta a preguntarles por qué la tarde del Jueves Santo se murieron sus nervios por ponerse el hábito. Llamemos a la puerta de los Trinitarios y pidámosles más implicación. Es fundamental recuperar hermanos de cirio en la cofradía. Sin luz, no hay procesión. Fortalezcamos los puntos fuertes y minimicemos los débiles. Busquemos apoyos en todos lados. Hagamos que el espíritu de confraternización de los hermanos de carga sea el de toda la cofradía. Aprovecha tu juventud y olvida los chismes. Aunque suene paradójico, redescubre la esencia sin romper y rompiendo a la vez. Y que la madurez del cargo no le haga olvidar aquella niña que gateaba entre las palmas un soleado Domingo de Ramos, la misma que con seis meses entró a formar parte del Vía Crucis.


miércoles, 25 de abril de 2018

Antonio Santos

El paso del Nazareno de San Julián, en la Plaza Mayor | Fotografía: Congregación de Jesús Nazareno

25 de abril de 2018

Voy a romper una lanza a favor del turismo, una de las dianas favoritas de los análisis pascuales de la Semana Santa. Hay que ver lo que le gusta a algunos atizarle con ganas a este fenómeno contemporáneo que es el del visitante que se acerca a nuestras procesiones, o a las que sean, con más curiosidad que devoción, atraído por las excelencias artísticas, culturales y culinarias de la región.

Ya comentaba algo acerca del asunto en mi artículo El laberinto "noventayochista". La generación del fenómeno del turismo religioso salvó y potenció una Semana Santa decaída por lo general, la sacó del Antiguo Régimen y la situó en la modernidad en tiempos de la Restauración. También facilitó la importación de elementos de unas regiones a otras, cuando los que viajaban fuera eran directivos de hermandad en busca de nuevos y más llamativos elementos. Salamanca no ha sido excepción en este asunto del turismo. Sin turismo no tendríamos Semana Santa, o no tendríamos la Semana Santa que tenemos, ni remotamente.

Este año, varias procesiones han decidido suprimir su paso por la Plaza Mayor, y ya son una decena. Está claro que a los desfiles más íntimos de noche o de madrugada, la Plaza Mayor no les aporta el espacio apropiado. Pero los cofrades estamos empezando a ver con malos ojos el ambiente siempre vívido y festivo de la Plaza y nos estamos equivocando. La proliferación y alta ocupación de las terrazas que en ella se han instalado (las de la Plaza no se retiran como las de las calles adyacentes cuando viene la procesión) hace que contemplar las imágenes en dicho entorno monumental, deje mucho que desear. En este punto entiendo los argumentos de las cofradías, pero conviene matizarlos. En realidad lo que está cambiando es la ciudad, pues la Plaza Mayor, antes copada con negocios locales y vida local, ha dado paso a otra realidad, que nos podrá gustar más o menos, pero que garantiza su pervivencia y que pasa necesariamente por la hostelería para locales y turistas. Quizá habría que buscar un arbitrio en estos temas antes de que hayan retirado el impresionante ágora de sus itinerarios todas las cofradías. En ningún caso creo que deban retirarse de ellas más cofradías de tarde ni la Semana Santa renunciar a un espacio natural para sus desfiles.

No debemos olvidarnos que también ha cambiado la forma de salir de las cofradías. Entrar en la Plaza Mayor con la cofradía era y es un momento de lucimiento, del más alto salmanticismo. Recuerdo como anécdota una ocasión en que escaseaba la carga debajo de un paso, pero al entrar en la Plaza, el peso se aliviaba y todos los que cargaban tiraban hacia arriba: "¡Es que vamos a entrar en la Plaza!".  En tiempos más recientes y en general, vamos buscando una Semana Santa más seria de calle estrecha y efecto lumínico y la Plaza Mayor mal sirve a estos propósitos.

En esta constate búsqueda de un equilibrio identitario entre fenómeno religioso y festival cultural urbano, no debemos caer en el error de pensar que somos solo uno de ellos, sino la combinación de ambos. Las cofradías son entidades religiosas, no me cabe duda, pero la suma de todas ellas agrupadas en la Junta de Semana Santa es más bien lo segundo. Termino recordando con cariño una antigua estampa de la Congregación de San Julián con su paso titular desfilando por la Plaza Mayor que rezaba: "Las dos joyas de la familia Churriguera". Nada puede describir mejor ese deseable equilibrio.


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