martes, 10 de diciembre de 2019

lunes, 9 de diciembre de 2019

Tomás González Blázquez

La Capilla de los Dolores, en la Vera Cruz, acoge en el sagrario la reserva del Santísimo Sacramento | Foto: TGB

09 de diciembre de 2019

En poco espacio cabe todo. Lo reservado, lo guardado, lo discretamente presente, se muestra como lo esencial. Consecuencia de lo celebrado en el altar, el sagrario custodia el pan eucarístico, con la finalidad de que más adelante alimente a otros, en especial a los enfermos y agonizantes, y de que en torno a Él, al mismo Jesús, se ore y se comparta, se le adore y se le acompañe. Desde hace un par de meses, con acierto dada la nueva orientación cultual y cultural de la Capilla de la Vera Cruz, el Santísimo Sacramento está reservado en la estancia anexa, la Capilla de los Dolores, no obstante más integrada en el conjunto desde la supresión de la reja que la delimitaba. Aquel lugar, siempre privilegiado para rezar, queda enriquecido con el sagrario. En los últimos dos años también ha sido el elegido para el monumento tras la Misa de la Cena del Señor en el Jueves Santo.

Esta presencia, la presencia real y verdadera de Cristo, dialoga en la Vera Cruz y en cada iglesia con las representaciones de Jesús, de María y de los santos. Los sagrarios y las imágenes sagradas. Con gradación pero sin contradicción siempre que se cuide la manera de preparar los espacios y adecuar los momentos para orar con ellos. Junto a la idea de presencia, este adviento me resuena mucho otro concepto, el de permanencia, y reconozco en la Madre, la Virgen fiel, su mejor explicación. Ella estaba. Está. Como la Dolorosa que, en segundo plano, se pone tras el fruto bendito de su vientre que sigue fructificando en el sagrario. Su permanencia, su estar al pie del pesebre, al pie de la cruz, al pie del sagrario, nos enseña a esperar, lección pendiente de cada adviento.

Presencia y permanencia son una constante necesidad en un tiempo hecho a la medida de las frases impactantes y los proyectos fugaces. Estar y permanecer no suele ser noticia, y no pocas veces se confunde con sumarse cómodamente a la mayoría, o con ejercer sin más de anónimo miembro de un informe rebaño, porque su vínculo auténtico lo mantiene con las razones primeras, con lo que de verdad pesa. Por ejemplo, en lo personal, los motivos por los que un día me apunté a una cofradía no puedo olvidarlos el día en que se me pase por la cabeza desapuntarme para dejar de estar presente y permanecer. Los necesitaré para decidir. O en lo institucional, los motivos por los que nació esa procesión o se fundó aquella hermandad no deben ignorarse si se van a modificar determinados aspectos del desfile o de los estatutos, porque se corre el riesgo de que la presencia se diluya y la permanencia se resienta. No se trata de inmovilismo, sino de coherencia y fidelidad.

Presente, como no podría ser de otra manera, Jesús en el sagrario de la Vera Cruz, su presencia requiere una permanencia junto a Él. Perdida la inmensa gracia de contar con un templo abierto nueve horas al día y con la exposición permanente del Santísimo, corresponde ahora aprovechar la gran oportunidad de la apertura del templo, con el apoyo del Ayuntamiento de Salamanca, para que no sea un lugar para ser visitado donde además se puede rezar, sino un lugar donde se reza que además puede visitarse. Junto al innegable potencial evangelizador de una visita guiada y orientada hacia la persona de Jesús, la oración de una cofradía en su sede, más allá de los cultos estrictamente reglamentarios, ensancharía el horario de apertura del templo y, sobre todo, los frutos de esa presencia en los que permanecen.

Otro reto, no alejado, las presencias que van dejando de serlo: las Bernardas, las Úrsulas, las Claras, las Esclavas del Santísimo… ¿Cómo lograr que permanezca la vida contemplativa en el corazón de la ciudad y de la diócesis? Dejando que sople el Espíritu, que lo hace como quiere y donde quiere. ¿No coincidieron las desapariciones de las cofradías del Carmen y de San Juan de Sahagún, hace cinco décadas, con la aparición de una nueva hermandad en el Arrabal? ¿No podría llegar a Salamanca una nueva comunidad de religiosas cuando otras están terminando su admirable camino, de varios siglos en algunos casos? No es imposible que permanezca la vida contemplativa con nuevas formas de presencia. Mientras muchos monasterios se cierran, algunos se fundan.

Finalmente, a modo de apunte, me interroga la presencia de "la Semana Santa", ese término que engloba a las cofradías, a sus actos pasionales, a las devociones que promueven, a la cultura que las envuelve y al entorno más o menos próximo al fenómeno semanasantero local. Se trata de una presencia significativa en Salamanca, cada vez menos estacional y cada vez más ligada al producto turístico que ofrece nuestra ciudad. Los de dentro vemos luces y sombras. Los de fuera, también. Pero no las mismas. Como el adviento tiene tres horizontes, la venida histórica de Jesús en la Navidad, la venida actual a cada uno de nosotros y la venida futura y final en su Gloria, también esta presencia nos permite intuir varios itinerarios: el de una Semana Santa mejor organizada, cuidada, vistosa y estética, decididamente bella; el de una Semana Santa más unida, moderada, sencilla, familiar, decididamente auténtica; el de una Semana Santa con la que se identifique la comunidad de los creyentes salmantinos no cofrades porque la sientan suya, y con la que también se identifiquen los salmantinos no creyentes y los turistas que nos visitan porque se dejen interpelar por su belleza y por su autenticidad. Es posible que haya que recorrerlos todos para permanecer. Porque ningún camino es ajeno a la misión de anunciar al siempre presente.


viernes, 6 de diciembre de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

Pregón de la Semana Santa del año 2015 | Foto: Manuel López Martín

06 de diciembre de 2019

Cuando escribo estas letras acabo de enterarme de que Paco Gómez, periodista de TV 8 Salamanca, será quien pregone la próxima Semana Santa. Un gran acierto por parte de quien tiene esa gracia de elegir al protagonista de uno de los actos más relevantes de la vida social salmantina. Por supuesto que personalmente celebro esta elección por apropiada y justa.

Pensando precisamente en este asunto, caigo en la cuenta de que hemos asistido a la última designación de un pregonero por parte del actual presidente de la Junta de Semana Santa, ya que, como todos sabemos, dejará el cargo dentro de unos meses.

Mi relación personal con J. A. Cornejo podría servir para un ensayo sobre las relaciones humanas y ver cómo estas fluctúan cuando se logra abrir la mente desde esa actitud cristiana que puede derribar barreras y todo tipo de obstáculos.

En plena Semana Santa coincidí en la Cope, hace años, con un tipo que, sin ser santo de mi devoción, acababa de ser nombrado máximo dirigente del mundo cofrade de nuestra ciudad. Un artículo demoledor escrito con la tinta de mi verdad, publicado en Tribuna de Salamanca, creí que había levantado barricadas insalvables para siempre entre nosotros.

Años más tarde, cuando la distancia seguía alimentando muros y alambradas, Cornejo me ofrece ser pregonero de la Semana Santa del año 2015. Fue chocante que, sin tener en cuenta desencuentros ni enemistades, José Adrián me ofreciese el más alto honor que puede tener un cofrade: anunciar en tu tierra la Semana Santa que nos habita el corazón desde siempre.

Recordando estas cosas, releo una de mis columnas publicadas en El Adelanto, en la que criticaba con cierta crudeza aquellos pregones insufriblemente tediosos que reunían a todo el peloteo político de la ciudad en torno al preboste de turno. Recordaba cómo un pregón, por causas que desconozco, fue leído en dos ocasiones ante un escaso público en el Teatro de la Caja de Ahorros de Salamanca. 

Y metidos en estas harinas, es más que curioso recordar aquel acto que por durar escasos minutos, cuando se entregaba el ramo de flores a la pregonera, llegamos a pensar que estábamos siendo víctimas de una cámara oculta. 

Pero lo más indignante fue saber que hubo algún literato pregonero que untó sus pobres letras con el sebo del plagio o cómo otro u otra pronunciaron pregones escritos por terceras personas. Lo chocante del tema es que, pasado el tiempo, uno de los pregoneros con relevancia política para tener a su servicio algún escribiente se jacte (vaya morro) de lo que le costó reunir aquellas letras. Es gracioso que quien escribió alguno de aquellos pregones lo hizo mejor que años atrás cuando tuvo que escribir el propio. 

Para rematar esta gavilla de recuerdos no puedo dejar en olvido a aquel anunciador ilustre de nuestra Universidad que, teniendo a su lado al Flagelado de Carmona en la Clerecía, no fue capaz de decir una sola palabra sobre la escultura que, por su belleza, traspasa las fronteras de la devoción cristiana. De aquel acontecimiento pregonil bochornoso, Abraham Coco, pregonero de la pasada Semana Santa, fue el único periodista que publicó en El Adelanto la verdad de lo ocurrido en aquel lamentable acto. 

Pero sería injusto no reconocer que hubo grandes pregoneros que hicieron historia en todas las épocas y bajo el mandato de todos y cada uno de los dirigentes que tuvo nuestra Semana Santa. Ilustres personajes de las letras y del clero dejaron su impronta en pregones inolvidables que hoy podemos releer y valorar, para ser conscientes de que nuestra Semana Santa siempre tuvo a su lado a las figuras más representativas de la sociedad charra.

Hemos de reconocer que el acierto de haber elegido el Liceo para el pregón, y que las imágenes de la Semana Santa formen parte del mismo, han hecho posible que el teatro, repleto de gente, huela a cofrade y cercanía.

No hay mejor testimonio de lo que afirmo que leer los libretos publicados de los pregones de esta etapa, para asegurar que J. A. Cornejo inscribirá su nombre con letras de oro en la historia de nuestra Semana Santa.

Y como mis próximas letras tornarán principiando el 2020, aprovecho éstas para desear a todos los lectores de Pasión en Salamanca un feliz encuentro con el Niño esperado que dentro de nuestro corazón todo lo puede.


jueves, 5 de diciembre de 2019

F. Javier Blázquez

El Cristo de los Doctrinos, tras salir de la capilla de la Vera Cruz el Lunes Santo | Fotografía: Javier Barco

04 de diciembre de 2019

Hubo un tiempo en el que las cofradías no interesaban a los curas. Con loables excepciones, que siempre existieron. Pero para la mayoría eran un problema con el que debían convivir y sortear de la mejor manera posible. Luego llegó el aprecio, a medio camino entre la necesidad de llenar bancos vacíos y la impostura auspiciada por el cambio de ciclo finisecular. Cariño por momentos empalagoso, acorde con las directrices procedentes de la curia. Excepciones las hubo, como siempre, porque entre el clero también palpitan los corazones inmensos, sinceros y convencidos, faltaría más.

Estoy confuso. Lo confieso. Escucho el discurso, leo consignas, analizo programas e impresiones y la esperanza me reconforta. Contemplo el entorno, constato realidades. Y sufro. Sufro porque creo firmemente en la validez de estas instituciones en el seno de la Iglesia, pero no tengo la seguridad de que quienes continúan ocupando los niveles superiores, los de siempre y donde siempre, tengan de verdad esa misma convicción.

Dudo. Y la duda es razonable y junto a mí dudan muchos que están comprometidos de verdad en este empeño. Hay ya demasiadas cosas que no se pueden entender. Nuestras cofradías de Semana Santa, con la siempre injusta generalización que deja al margen la excepcionalidad, están hechas unos zorros. Aquí, en esta diócesis que tanto amamos, hace cada uno lo que le viene en gana y nunca pasa nada. La política de hechos consumados da buenos resultados. Nunca pasa nada. Salvo que veladamente se insinúe o amenace con remover aquello que mejor está tapado. Así sucedió, verbigracia, con la posible elección a cargo cofrade de una persona a cuya situación canónica, regular, se le pudiera sacar punta retorciendo interpretaciones. Es el celo por colar el mosquito, justificable de no tragar con el camello. Y qué camellos, Dios, qué camellos. Porque no una, ni dos, ni tres situaciones irregulares con público conocimiento nos estamos tragando y digiriendo sin empacho alguno. Pero no hay escándalo, porque nos hemos puesto la venda sobre los ojos y no lo vemos.

Dudo. Y en la duda me acompañan muchos de los buenos que abandonan y se van, despedidos con la más inhumana y gélida indiferencia tras incontables años de servicio y dedicación. Qué actitud tan obscena y repugnante para una institución que se dice decana en el ejercicio de la caridad. Se van, abatidos y convencidos de que aquí nadie pone orden ante la incoherencia y el cuasi delito. Porque sí, en nuestra pitagórica diócesis las cuentas cofrades son muy oscuras. Que me conste, solo cinco cofradías las presentan ordinariamente ante el obispado. Pero poner el cascabel al gato y exigir que se cumpla lo establecido resulta incómodo. Es más sencillo mirar hacia otro lado mientras se pulsa la tecla que pone en marcha la centrifugadora de la opacidad. Así todo se blanquea, como los calzoncillos de lino que al parecer prescribe la Escritura y tanto nos ocupan estos días. Esas son las devociones que se aprueban. Ay, Señor, tanto blanquear, tanto, tanto… que las sepulturas de mármol blanco, blanquísimo y destellante, solo encierran podredumbre y corrupción.

Dudo, pero por qué dudo si debiera haber razones para la esperanza. Dudo porque quiero demasiado a estas cofradías tan llenas de contradicciones. Y eso no me importa, porque ellas también son signo de contradicción. Va en su esencia. Dudo porque me he implicado y creído que el cambio bien pudiera ser posible. Pero no termina de llegar y, al contrario, los signos de descristianización son terriblemente alarmantes. Ahora el fanatismo trasciende lo pagano y es lo que triunfa. Y en el piso superior callan y callan y el que calla termina por otorgar.

Solo tengo la palabra. Es lo que me queda. Y con la palabra lo vuelvo a denunciar, una vez más, con tristeza, sin ánimo de ofender ni de herir a nadie. Pero es lo que me queda, intentar seguir a Vitoria y hacer mías sus palabras y clamar, no tan bien como él, que se me seque la lengua y las manos si hubiera de decir contra mi conciencia y el humanismo que me inculcaron a la luz del Evangelio.


domingo, 1 de diciembre de 2019

Roberto Haro

Jesús Resucitado, de la Cofradía de la Vera Cruz | Foto: Roberto Haro

02 de diciembre de 2019

Con la llegada del fin de año natural en el calendario gregoriano se van acabando prácticamente las vacaciones cofradieras de las distintas hermandades, periodo que comenzaron hace ya muchos meses, pasado el lunes de Pascua. Y es que con el comienzo del año se vislumbra, en dos suspiros, la llegada de la cuaresma y Semana Santa, cuando por cualquier iglesia, capilla, auditorio o teatro proliferarán diferentes actos, cultos y, finalmente, procesiones con fines, a veces, más que dudosos desde la fe en el mensaje de Jesús de Nazaret.

Si vuelvo el recuerdo al pasado me vienen a la memoria historias lejanas, leídas en escritos de nuestros antepasados, que nos transmitían sentimientos de una Semana Santa anterior, practicada como auténtica "manifestación de la piedad popular". Y haciendo similitud de aquellos textos con los tiempos de hoy en día, la comparación parece que sale malparada. Cada año que pasa parece que va quedando, simplemente, en una manifestación singular para restregar entre los propios hermanos y cofrades, además de ser fotografiada, retratada y, a veces, sin querer, vilipendiada de forma pública.

Si abrimos la Biblia en el libro del Éxodo, capítulo 20, en el decálogo de los mandamientos con los que Dios habló al pueblo podemos leer: "No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra... No te postrarás ante ellas ni les darás culto".

Hay que tener en cuenta que las imágenes sagradas –sí, esas que vemos referidas con el grandilocuente adjetivo de "Amantísimas Imágenes" en rimbombantes anuncios y cartas a los hermanos– no son veneradas por ellas mismas, sino por representar a Cristo, la Virgen María y los santos.

Las imágenes son precisamente eso, imágenes. No son necesarias ni siquiera en las procesiones. Son creaciones histórico-culturales como medio de enseñanza o transmisión propia de la religión, pero no son el fin de la cofradía ni el mensaje inicial que nos dejó Jesucristo. Unas imágenes que pudiendo ser elemento vehicular para la enseñanza se convierten en elementos fundamentales de los jóvenes que aspiran a no sé qué dentro en las cofradías.

Me pregunto cuál es el motivo por el que esos jóvenes, y no tan jóvenes, de nuestro entorno tienen como único y exclusivo nexo de conexión con las cofradías y la Iglesia el agruparse alrededor de una imagen. ¿Nos quedamos solo en eso? ¿Qué hay en el fondo de esta expresión cultural o modal tan nuestra?

Debemos tener en cuenta que las hermandades, romerías, peregrinaciones o devociones populares, todo ofrecido y reconocido por la Iglesia, nos invitan a cada uno de nosotros a vivir nuestra fe partiendo del hecho de que Cristo está presente en ellas por sí mismo.

Para evitar caer en superficialidades y entender el verdadero significado de las cofradías y las imágenes hay que tomar en serio la educación y formación cristiana de nuestros jóvenes, evitando las luchas de ego, mirando al otro por encima del hombro por ostentar cualquier cargo, participar y dejar participar en la cofradía a pesar de tener ideas contrapuestas. Esa educación y formación consiste en tomar en serio y reconocer la tradición, la historia, la cultura, el carisma de donde nacemos, vivimos y compartimos nuestra vida cultural y cultual, porque de ella derivará nuestro compromiso con la sociedad con valores cristianos. Con esta formación se tratará de no tener solo veneración particular hacia una imagen y evitar incluso los casos de rozar la idolatría.

Los cofrades participamos en las cofradías dando testimonio de nuestra fe. Son una forma de evangelizar y mostrar al mundo el calvario por el que pasó Nuestro Señor hasta llegar a su resurrección. Cada persona muestra en la procesión su propia forma de realizar la penitencia en la cofradía; el nazareno con su vela o su insignia, el hermano de paso lleva el peso sobre sus hombros, el músico a través de sus notas. Sin embargo se nos está olvidando el fin último de pertenecer a una hermandad durante el resto del año: vivir cerca de las enseñanzas de Jesús, trabajar por ser lo que él querría que fuésemos.

Y eso obliga a los cofrades a no dar la espalda, a estar convenientemente formados para dejar de sobrevivir en las cofradías y sacarlas del espectáculo y farándula públicos, permitiendo a su vez dotar de pleno sentido su pertenencia a la cofradía con su formación y testimonio cristiano.


jueves, 28 de noviembre de 2019

Tomás Gil Rodrigo

Detalle del belén de la Cofradía de Cristo Yacente de la Misericordia | Foto: AMHC

29 de noviembre de 2019

Ya sé que tratar este tema sin haber comenzado el Adviento es un poco precipitado. No pretendo quitar la importancia a este "tiempo fuerte", que vamos a comenzar de inmediato, en el que somos invitados a profundizar en el don de la esperanza cristiana, que nos prepara para acoger y celebrar el misterio admirable de la encarnación del Hijo de Dios. Una esperanza activa que nace de nuestra fe en Jesús, que vino, viene y vendrá. Sin embargo, quizás por lo que cuesta, o porque no tenemos tiempo en la víspera de la Navidad, compruebo que muchas parroquias, cofradías, conventos, hogares…, empiezan a montar su belén en el puente de la Inmaculada o Constitución.

Lo que ahora os voy a sugerir a los cofrades salmantinos nació de mi viaje a Nápoles en septiembre de este año. Me pareció una ciudad viva, maravillosa y fascinante por su historia, cultura, arte y gentes. Ya sabéis que tenemos muchas cosas en común, incluidas hasta algunas palabras, debido a nuestra relación política durante siglos; una de las más destacadas son los belenes, que vinieron desde allí en los siglos XVII y XVIII, prueba de ello son los que se conservan en nuestra diócesis: los de las Franciscas Descalzas, las Agustinas de Monterrey o las Carmelitas Descalzas de Peñaranda. No obstante, lo que más me sorprendió es que la relación con Nápoles pervive hoy a través de las cofradías de Semana Santa. Hablando personalmente con algunos artesanos de la Via San Gregorio Armeno, situada en el centro histórico, donde tienen sus talleres y tiendas de belenes, me comentaban que muchas cofradías de Semana Santa de nuestro país les encargaban bastantes figuras para montar sus belenes.

Hasta ese día no había caído en la cuenta de que no solo os implicáis en la Semana Santa con vuestros pasos procesionales, sino también en la Navidad montando el belén, sea o no napolitano. Así que, si me permitís y respetando vuestra preciosa tradición, os propongo, antes de desarrollar vuestra creatividad en el belén de este año, unas ideas que nos pueden ayudar para propiciar un diálogo fecundo entre la fe y la cultura. Antes de imaginar el montaje de colocar los edificios y el paisaje, convirtiendo muchas veces el belén en un parque temático del Imperio Romano o de los oficios perdidos, pensad y orar primero el mensaje que queréis contar, que se encuentra escrito en los primeros capítulos de los evangelios de Lucas y Mateo. Estaría bien que el equipo de los cofrades que van a montar el belén lean juntos estos textos, sin darlos por sabidos, para encontrar en ellos la luz que necesitan para ser fieles a la verdad de la fe y al mensaje de la Navidad.

De esta manera, nos centraremos en lo más importante, que es la imagen de Jesucristo, acompañada de María y José. Vamos a representar, ni más ni menos, que el momento en el que Dios cumple con creces sus promesas de salvación, Dios se abaja para dejarse ver y tocar por medio de su Hijo, ha desvelado por completo su misterio de amor, entrando por el último lugar de la humanidad, por eso, tendría que ser el Niño la imagen central, el primero en ser contemplado al aproximarnos al belén, sin que nos perdamos entre tanta figurita, como si el belén fuera un "encontrar a Wally" entre romanos, castañeras, panaderos, pastores, herreros, etc. Al igual que nos preocupamos en poner las luces del belén, no se nos debe olvidar la mejor luz, la Palabra de Dios, elegir algún texto o palabra significativa del Evangelio junto al portal o pesebre podría servir para que la gente contemplara el belén desde la Buena Noticia.

Del mismo modo, para que el belén no se quede solo en una evocación de tiempos pasados, debemos traer al hoy el mensaje del belén. No estoy diciendo que las figuras estén vestidas como vamos nosotros, esa idea no es nada original, ya lo hicieron los artistas y belenistas napolitanos del siglo XVIII, sino plasmar que Jesús nació rechazado en el último lugar junto a los pobres. Los rostros de los que más sufren la injusticia en nuestro mundo deberían aparecer junto a Él de verdad, no como decoración estética o marketing de Benetton u otra empresa, sus gritos deben interpelarnos a cambiar el mundo y nuestra vida desde la persona de Jesús junto a ellos.

Para terminar, mi última sugerencia para el belén de este año, el camino que recorren los pastores, magos o gentes de belén, bajando hasta el pesebre, realizado con la sencilla arena, serrín o corcho blanco, no tiene su fin en el portal, debe proseguir hasta la cruz y el sepulcro vacío, es decir, nos encamina hasta la Semana Santa. Es un camino de bajada, despojo y vaciamiento, y se podría representar en el belén la continuidad de este camino de Jesús y del Evangelio hasta al cruz. Ahí confío en vuestra creatividad, que tenéis mucha con respecto a la Pasión del Señor.


miércoles, 27 de noviembre de 2019

Eva Cañas

Hermanas de carga de la Cofradía de la Vera Cruz | Fotografía: Manuel López Martín

26 de noviembre de 2019

La mujer cofrade sigue en la sombra. Esa es mi sensación. Quizás sea un gesto de discreción, de trabajo callado, pero en ocasiones roza la nulidad. No nos podemos engañar, pero el mundo semanasantero de hace décadas era un territorio más bien de hombres. Las mujeres estaban en un segundo plano, con quehaceres laboriosos de mantenimiento de hábitos o enseres... En los inicios de algunas hermandades ni siquiera estaba permitida la entrada de mujeres a su nómina de hermanos.

Esta ciudad castellana fue pionera en dar el papel que se merece a la mujer. En la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, tenían pleno derecho, como cualquier hermano, desde el año 1972, unos meses después de su fundación. Otro ejemplo claro del avance fue permitir a la mujer cofrade cargar un paso, que en un mismo año se estrenaron las de Amor y Paz y la Cofradía de la Vera Cruz. Luego llegaron las cargas mixtas, otro avance, pero no todo el mundo se muestra a favor de ello.

Las devociones no entienden de sexo, y no por ser mujer una tiene que verse llamada a cargar una Virgen y viceversa. Y mujeres costaleras existen en otros puntos del país, en Salamanca, no. ¿Motivos? Son muy discutibles.

Hay ciertos territorios donde es inviable entrar. En cuanto a las directivas, se ha ido incrementado el número de féminas, pero no en demasía en puestos de hermana mayor/presidenta, salvo excepciones como la Congregación de Jesús Rescatado en alguna época o en la Hermandad del Silencio, en Pizarrales.

Otro ejemplo claro está en los pregoneros de la Semana Santa de Salamanca, con tan solo seis mujeres en los 54 años que lleva realizándose. No fue hasta el año 1978 cuando una mujer fue pregonera, la poeta Josefina Verde. Dos tuvieron lugar en la década de los 80, y no fue hasta el año 2006 cuando una fémina volvió a pregonar, de la mano de Isabel Jiménez, como presidenta de la Diputación de Salamanca. Sí es cierto que en los últimos cinco años hemos tenido dos pregoneras: Isabel Bernardo y Asunción Escribano. Pero las cifras dejan ver una importante sequía.

Lo mismo ocurre con el pregonero joven, que ha sido en este 2019 cuando se ha designado a la primera mujer cofrade, Lorena Mateos, y la convocatoria se lleva realizando desde 2006. Quizás todo esté bien así y nadie opina lo contrario. No es la primera vez que se saca este tema y siempre hay lluvia de críticas por ello. Pero, lo siento, soy mujer, cofrade y periodista.


lunes, 25 de noviembre de 2019

Ángel Benito

Las clarisas de las Úrsulas, en el claustro antes de su salida | Fotografía: Almeida

25 de noviembre de 2019

El anuncio de la salida de las Claras de un convento histórico se suma a los de las Úrsulas con cinco cierres en apenas dos años. El exobispo de Salamanca, Braulio Rodríguez, planteaba la iniciativa en que toda la comunidad parroquial se volcara en ayudar a las religiosas

En un goteo ininterrumpido, los conventos de clausura van echando el cierre en Salamanca. El primero en hacerlo fue el monasterio de las Bernardas; le siguieron las Esclavas del Santísimo Sacramento, las carmelitas de Ledesma, las clarisas de Ciudad Rodrigo y las Úrsulas y el último en anunciar que hace las maletas es el histórico convento de las Claras. El patrimonio material está asegurado gracias a un convenio pionero de la Fundación Edades del Hombre que garantiza la conservación del arte y sobre todo su puesta en valor. Buena noticia, sin duda.

Sin embargo, ¿qué hay del patrimonio humano? Ante la falta de vocaciones, la mayoría de conventos salmantinos se enfrentan a una media de edad elevada con unos gastos superiores a los que pueden asumir con las pensiones mínimas y los escasos ingresos que reciben por pastas y dulces, bordados, elaboración de formas, etcétera. Hay que recordar que al menos una decena de monasterios de clausura salmantinos requieren de la ayuda del Banco de Alimentos para comer. Resulta grave que una parte tan importante de la Iglesia, que mantiene perenne la oración en la clausura, tenga que hacerlo en una situación que requiera la ayuda de organizaciones externas fuera del ámbito católico para sobrevivir.

Por ello, quizás la propuesta que realizó el que fuera obispo de Salamanca, Braulio Rodríguez, pudiera también servir para nuestra diócesis. El ya prelado "en funciones", si se me permite al haber presentado la renuncia al Papa Francisco, planteó a la comunidad diocesana de Toledo la necesidad de que las comunidades parroquiales se volcaran con los monasterios de vida contemplativa ayudando a sus necesidades e implicando a los feligreses en la supervivencia con el proyecto de hermanamiento titulado En un solo corazón. En una carta enviada a la comunidad diocesana lamentaba que "hemos dejado los católicos de Toledo muy solas a las hermanas contemplativas, sin caer en la cuenta del valor que tiene en la Iglesia esa hermosa vocación eclesial". Tras la crítica llegaba la propuesta y pedía a las 273 parroquias "adoptar" a uno de los 37 monasterios de Toledo. Así, mostraba también su denuncia hacia los católicos que solo se preocupan del futuro de los bienes históricos sin pensar en el patrimonio humano que se pierde.

Quizás sería una buena oportunidad para abrir los ojos y tratar de implicar a las comunidades parroquiales también en Salamanca, e incluso a las cofradías, ligadas muchas de ellas a la ya antigua actividad monástica como se ha visto en Vera Cruz, Seráfica y Perdón, las Isabeles con el Cristo Yacente o la relación tan estrecha que unía a Jesús Flagelado con las Claras que ahora se trasladarán al monasterio del Corpus, o la reciente Hermandad Franciscana con las Franciscanas Descalzas. La diócesis debe buscar un medio de implicar a la comunidad católica en la protección de sus bienes más sagrados: el patrimonio humano. Incluso "adoptando" una monja.


viernes, 22 de noviembre de 2019

Abraham Coco

Ilustración de la Virgen de la Angustias realizada por Andrés Alén para el libreto del pregón

22 de noviembre de 2019

Ya tiene cartel. Ahora le falta pregonero. La Semana Santa de 2020 comienza a dibujarse en el ritual propio del otoño y en los proyectos que las cofradías encaran a varios meses vista. En esos ritos y en esos proyectos andaba yo hace un año, con tanta ilusión como inquietud, en vísperas de aquella designación que me desbordó de afectos. El inicio de un relato del que este dietario ha sido testigo. Un dietario escrito en parte en fechas posteriores a las que figuran como día de publicación y que culmino con este artículo. Cuando sea el turno de mi próxima columna en esta revista, en el mes de enero, el presidente de la Junta de Semana Santa –espero suponer bien– ya habrá nombrado a la persona que el 31 de marzo nos anunciará, a su modo, la noticia que todos estaremos esperando.

En las últimas líneas de este dietario de bambalinas, la cara b del pregón, me encuentro de pie ante la Virgen, mientras Jesús se prepara en la sacristía para el traslado al Liceo. Allí, a solas como pocas veces, confieso lo que en el fondo ambos intuíamos y una Madre no necesita disculpar. Porque fue en las Angustias en quien tantas veces pensé para estar a mi lado ese día. Con razón así lo sospechaban varios de mis amigos. Pero la historia se repetía. Desde que era un renacuajo, y aunque nunca he sido muy dado a las pancartas, cultivé una devoción reivindicativa hacia las Angustias. Como una rabieta pueril con la que me resistía a que, en San Pablo, el protagonismo se concentrara en el altar mayor. Pero, una vez más, llegado el momento, era Nuestro Padre Jesús quien esa tarde –cómo no– esperaría detrás del telón para ser presentado con la marcha homónima. Y yo, temprana la mañana, estaba frente a las Angustias con mi oración de crío treintañero buscando en sus ojos serenidad para el pregón.

Y como las Angustias, el Jesús de la Pasión que llenó de emoción la entrevista con Eva para la revista diocesana. O el Yacente que, con tanta generosidad y sin ningún reproche, mis hermanos supieron que tampoco sería. O esa Dolorosona que tan feliz habría hecho a Bernardo y a la que cada día profeso una espontánea devoción que crece y crece. O el Cristo de la Tabla… o cualquiera de las imágenes veracruceñas. ¿Y qué más da? ¿Es que acaso no estaban todos? Pero no daba igual, no. Hasta el Cristo de la Agonía Redentora se había borrado de la lista gracias a su colosal presencia en 2012.

Tenía que ser Jesús Rescatado, ese Cristo "enigmático" –escribió Javi en sus palabras de presentación para el pregón– que desde la infancia ha estado, y sigue estando, tan presente en mi vida. Porque a su lado cualquier recuerdo, por lejano que sea, se me hace cercano. Junto a él se disipan los pájaros y se regresa al redil. Se empequeñecen los grandes tratados y se redescubre lo esencial. Se cura la miopía y se robustece la fe. Porque a su lado soy el "capillita de siempre". Ay, Jesús, lo que daría por buscarte en cualquier capilla compostelana a cualquier hora. Que aun estando, a veces cuesta encontrarte.


miércoles, 20 de noviembre de 2019

Félix Torres




20 de noviembre de 2019

¡Magnífica!

Es la expresión que me salió de lo más hondo, cuando vi la fotografía seleccionada para ser cartel de nuestra Semana Santa este próximo año 2020 en el concurso que, como todos los años desde hace treinta y cinco, organiza nuestra Junta de Semana Santa. Lo hice salvando, incluso, ese escepticismo que tantas veces he hecho público en lo concerniente a concursos fotográficos y resultados previsibles por encorsetados.

Lo hice porque la fotografía ganadora, más allá de carteles y composición tipográfica –también interesante–, destaca por sí misma, llegando a cautivar al espectador que se deja llevar y entra en el ambiente que se abre en la misma. Una imagen que quien la mira se ve como parte de esa fantasmagoría en la que hombres velados arropan a un Cristo de nítida figura que se afianza seguro sobre sus andas.

También es cierto que, una vez conocido el autor de la imagen –cosa relativamente sencilla para los iniciados–, no cabía mejor expresión que aquella. ¡Magnífica! Y por ello, entre otras muchas cosas, este texto de hoy quería venir también a mencionar al menos a Manolo. Reconocer admiradamente a Manuel López Martín, flamante ganador de este concurso en la presente edición. Fotógrafo de reconocida trayectoria, con una particular visión de la escena que hace de sus encuadres y resultados finales una captura etérea de una realidad que casi flota. Una interpretación onírica de la realidad inalterada o modificada únicamente por su composición y manejo de la técnica. Todo esto y algo más que no sé expresar en palabras quiere ser mi homenaje cariñoso a quien plasmó Cristo y cofrades en la instantánea protagonista.

Pero, seguro que, como todos, el cartel de este año, la fotografía de este año, no se va a librar de críticas cofrades más o menos exacerbadas, lanzadas desde un concepto tradicional de lo que la propaganda de estos actos de religiosidad popular debe ser siguiendo unos cánones que, por clásicos, son los que limitan cuanto se puede hacer en este campo artístico. Unos criterios que se anclan en un quizá erróneo sentido estético, pueril y decimonónico en sus trazas, que acota los horizontes y ata de manos a quien ve más allá de dulces rostros enmarcados por fondos tradicionales y pretende romper, aunque sea un poco, para llegar a otros puertos estéticos sin salirse de lo que en definitiva debe ser representado.

La eliminación de aquellas premisas (imagen, monumento y público) que gobernaban el concurso desde sus comienzos supuso un gran avance en el enfoque, nunca mejor dicho, que se podía dar a las imágenes concursantes. La posibilidad de actuar sobre las fotografías, algo prohibido hasta hace no mucho, ha sido un gran paso adelante en estas convocatorias aunque aún falte algo más. Porque aun así, se necesita, en mi opinión, una mayor libertad en cuanto afecta a fotografías y sus técnicas, revolucionadas y revolucionarias con la aparición de tecnologías digitales que permiten ir mucho más allá de los límites que impone la tradición analógica.

Por ello, antes de convocar el concurso en siguientes ediciones, quizá sería conveniente que una comisión de expertos en distintos campos artísticos y cofrades, se reuniese, evaluase cuanto de novedoso se pudiera incorporar al concurso y redactase unas normas acorde con los tiempos actuales. No romper sino ampliar para permitir nuevos enfoques y el uso de tecnologías desconocidas hace no tanto tiempo. Con ello se seguiría incrementando el patrimonio de la Junta de Semana Santa, ampliando un fondo de originales con un valor artístico añadido que fuese más allá de la imagen tradicional.

No quisiera terminar estos párrafos sin mi admirado y cariñoso recuerdo para H. S. Tomé. Y aunque ya lo hayan hecho estas "páginas" y por duplicado, quiero dejar constancia de mi homenaje a Tomé, artista para el que la fotografía fue la forma de darnos a conocer esa sensibilidad que, de otra forma, quizá hubiera quedado escondida entre las arrugas de su modesta timidez, por ser parte protagonista de esos cambios producidos en este concurso, por ser crítico juez selector y por, sobre todo, ser amigo, consejero y maestro de cuantos participantes en este concurso en los últimos años se prestaron a escuchar todo lo que Tomé podía transmitirles en forma de consejo. Discretamente, en voz baja. Así lo hacía y así se lo reconoceremos cuantos gustamos de su trato afable.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Paulino Fernández

Las cofradías acentúan su labor caritativa en Navidad con iniciativas como chocolatadas solidarias | Foto: semanasantasa.com


18 de noviembre de 2019

Quienes me conocen saben que este artículo no era el que debería presentar a la revista en esta ocasión. Caprichoso y azaroso es el destino, que trastoca nuestros planes cuando menos lo esperamos. Cuando menos lo queremos. Quién sabe si el artículo original verá la luz alguna vez.

Por circunstancias para nada deseadas, ni deseables a nadie, estos días he tenido que salir de mi ámbito de desarrollo de fe primario, mi querida parroquia de toda la vida, para moverme por los mundos de la pastoral sanitaria. Grandísimos profesionales en el ámbito sanitario, y excepcional equipo de acompañamiento religioso en los centros hospitalarios de nuestra ciudad.

Conocer estos aspectos, sobre todo mediante las conversaciones que buscan evadirte un poco de los sucesos y trajines que se desenvuelven en un hospital, da lugar a descubrir una realidad a menudo abandonada, pero de capital importancia. Labor que, de forma magistral, los capellanes de tales lugares sacan adelante mediante la fuerza de la fe cuando las fuerzas físicas, la vis physica, parecen flaquear.

Y es que, como en tantos y tantos otros escenarios de nuestra diócesis, a menudo se necesitarían más manos; más obreros en aquellos lugares donde la mies es abundante en número o inquietudes.

El frío que entra por la ventana me devuelve, por un instante, a la realidad cotidiana del tiempo que transcurre fuera. Este frío, y las impostadas luces que jalonan las calles de nuestra ciudad, nos indican que, a marchas forzadas, nos acercamos –a más de un mes todavía– a la Navidad. Ese periodo que, de modo coloquial, me gusta llamar "la Semana Santa chica". Y no por cuestiones teológicas o metafísicas, qué va, sino por lo atareado de la vida cofrade. Ese momento por antonomasia en el que las hermandades "echan el resto" en cuanto a colaboración se refiere. Recogidas de alimentos, juguetes o dinero en actos de diversa índole pero que siempre buscan consolar al necesitado. Gesto loable donde lo haya.

Pero, sin embargo, las necesidades son infinitas en cuanto a tipos y especificaciones. Hay veces que esa carencia no se puede sentir colmada con un chocolate caliente, sino con el calor que da la conversación que se mantiene en torno a él. En otras ocasiones, se requiere un hombro amigo que se coloque a su lado en sus penurias y no uno que cargue grandes cajas de juguetes.

En estos tiempos en los que ser católico está tan mal visto en nuestro mundo, todos quienes así nos consideremos hemos de llevar nuestra creencia por bandera. Hemos de aumentar, o tratar de aumentar, nuestro compromiso de vida más allá de ciertas estaciones del año. En nuestra diócesis existen innumerables servicios y delegaciones, como la pastoral de la salud, que, a buen seguro, desean contar con los "talentos" que cada uno hemos recibido. Aprovechemos esta época de reestructuración normativa cofrade para lograr cambios más profundos en nuestras corporaciones y en nuestra vida de fe.


viernes, 15 de noviembre de 2019

Álex J. García Montero

Acto central de la procesión de la Hermandad Franciscana en el Patio Chico | Fotografía: Manuel López Martín

15 de noviembre de 2019

Cuando llegan las lunas del frío, donde la escarcha corona la tierra húmeda del otoño, en su tránsito al invierno, suele debutarse de forma anónima bajo la luz del reflejo nocturno del sol.

Recientemente se nos marchó Conrado, el "eterno maletilla" nacido en Puebla de Sanabria, y crecido entre los cercados de las dehesas ibéricas. Igual que la maquinaria (agrícola o de obras) se mide su trabajo en horas, no en kilómetros, si tuviéramos que medir la vida de Conrado, su cuadro de mandos indicaría dos círculos: las lunas y la ilusión. Incluso, también tendríamos alguna tarde de gloria entre las arboladuras de los astados caurienses en el solsticio de san Juan.

Con algunas penitenciales, pasa lo mismo. Debutan durante años, con labor callada, para asomar a las navajas del astado público, en tarde noche de luna llena de primavera.

En los últimos años tenemos diversos maletillas que se han ido consagrando (o no) en el mundo del toro cofrade.

Por un lado, debutó la Hermandad Dominicana con Nuestro Padre Jesús de la Promesa. Aunque la intención podría haber sido la de realizar una estación penitencial el Lunes Santo, al modo venteño, la cosa quedó en el recuerdo de unos humildes pero bien fundamentados cultos que, aun siendo una especie de jornadas taurinas vespertinas, supusieron, piano, piano, la recuperación de la devoción, nunca olvidada, a dicho crucificado de la sacristía de San Esteban. Sé que la anterior junta de gobierno, bueno, para ser exactos, la anterior de la anterior destituida, recibió críticas por no hacer al menos una novillada sin picadores, o una capea; pero es de justicia relatar que mejor unas jornadas taurinas bien llevadas y sin gastos, con buena participación, que capeas o paelladas populares de tres al cuarto.

También debutó el Despojado tras un sinfín de plazas (y plácet) eclesiásticas denegadas. Su debut se sostenía en dos zancos: el costal (ya usado por el Rosario dominicano) y la caridad. La caridad se presentó como Victorino y casi acabó siendo vaca frisona de establo (y de correspondiente anuncio de marca confitera suiza en albi-violeta). El costal ha supuesto una gran puesta en escena, una extraordinaria coreografía que recuerda mucho a los efectistas (más que efectivos) pases del Cordobés en los últimos tramos de faena, cuando el toro está a punto de ser estoqueado. Quizás la morcilla, en la Semana Santa salmantina, sea un sinfín de adornos muy vistosos (ensayados y ordenados) que anticipan, cual sonido de campanillas de mulillas, la muerte del cornúpeta.

Bajo la luna llena de la frialdad y la austeridad, también debutó la Franciscana Hermandad. Quizás la tercera en Salamanca, pues será por intentos franciscanos de vincular hermandades a dicha orden bermeja (Vera Cruz, Seráfica y Franciscana). Su debut fue serio, sin grandes alamares, pues recibió críticas de los que están más acostumbrados a las corralejas caribeñas del costal que a una novillada sin picadores en cualquier pueblo de la Sierra, donde el terror, el amor y el gusto por lo añejo maridan las tardes de sus fiestas. No querían puertas grandes (salvo la de San Martín), y con orden, disciplina, respeto, silencio, seriedad y buen hacer, supieron poner la cordura penitencial a su tarde noche con una imagen, a mi juicio, de mejorables hechuras, de Mayoral, que supone innovar con lo de antaño. Porque la auténtica innovación en el toreo actual es cuando alguien mata corridas duras. La cornada de la verdad siempre anda más cerca de la femoral del clasicismo que del estribo metálico del martillo.

El próximo año, debutarán penitenciales que siempre aspiraron a glorias, con nombres que rememoran a las esquelas de marquesados y títulos varios de hidalgos venidos segundones, y que en su origen estuvieron vinculadas a hermandades moribundas, donde el negro del luto está, cada vez más, ennegreciendo el blanco de la esperanza, sin piedad, con mala muerte y escasa pasión. El zaíno que se ha impuesto sobre una penitencial, con futuro más negro que el escroto de un grillo, podría ser un virus trinitario que se extienda sobre, a falta de una, dos hermandades y cuarto, de faja y costal. Ya veremos si sobra costal y falta cabeza, si falta costal y sobra cabeza o si, como mucho me temo, falta cabeza, costal y solideo y, sobre todo, tonsura.

Mientras, seguiremos firmando contratos y rompiendo con apoderados, con la gran mentira del toreo: "de mutuo acuerdo" o aquello tan manido de "manera amistosa". Porque como decía Aristóteles, "nihil est in intelecto quin prius fuerit in sensu" (nada hay en el entendimiento, que antes no haya pasado por los sentidos). Pues aquí, de entendimiento, cada vez menos; de sentidos, mucho (costal, faja, bandas, agrupaciones, inciensos, antorchas, hábitos…). Finalmente, de fe, nada. Nada hay en las cofradías que antes no haya pasado por la fe. Y si solo queremos corralejas y capeas, pues las tendremos. Porque sin tentaderos, solo habrá mataderos. Y los puntilleros, seremos los propios cofrades. Al tiempo, tiempo. Tranquilos, siempre hay algo peor para el uro salvaje ibérico que el desolladero: el establo. Alguno estará contento con seguir ordeñando ubres.


martes, 12 de noviembre de 2019

Paco Gómez

Un grupo de charros precede a la Esperanza a su paso por la Plaza Mayor el Viernes Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

13 de noviembre de 2019

"A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas"
(Antonio Machado) 

Desde que el 29 de abril de 1755 se conseguía al fin cerrar la conflictiva fachada, que aún habría que andar rematándose casi un siglo después, la Plaza Mayor pasó a cumplir perfectamente con su cometido de ser el gran cuarto de estar de los salmantinos. El salón recibidor. La habitación para las visitas. La ventana por la que, a falta de tele y móvil con internet, echar un vistazo al mundo y sus novedades. 

La Plaza Mayor también se iba a incorporar decididamente a la Semana Santa de la ciudad. Pronto los itinerarios fueron convergiendo hacia ella en recorridos que al fin y al cabo garabateaban con su andar la callejas de lo que hoy llamamos centro histórico. Aunque sería a partir de la eclosión de mediados del siglo XX cuando la Plaza Mayor pasó a convertirse en un elemento esencial de la Semana Santa. De hecho, se puede considerar que devino en cierta medida en paso obligatorio. 

Y todavía un poco más, porque también fue acaparando la realización de algunos de los actos litúrgicos asociados a la Semana, como el propio Descendimiento, por no hablar del Encuentro, que aprovechó durante décadas sus condiciones de gran proscenio para celebrar el misterio de la Resurrección.

Eran, en fin, todos aquellos, otros tiempos. Tiempos en los que las celebraciones de Semana Santa se vivían de otra forma y, en gran medida, por otro tipo de público. Fue la Hermandad Universitaria, como es sabido, una de las primeras en tomar la decisión de obviar el paso por la Plaza Mayor, al constatar que la convivencia de otros usos del espacio y el recogimiento propio de sus cofrades era poco menos que imposible.

Se abrió así un interesante debate más o menos explícito en el seno de la Semana Santa. Las procesiones que consideran el ágora barroca ya un recorrido de otras épocas y las que entienden que sigue teniendo su porqué el paso por este bello salón porticado.

La última en decantarse en un sentido u otro ha sido la Seráfica Hermandad de Nazarenos del Cristo de la Agonía que, en pleno proceso de reestructuración tras su mudanza de sede con el nuevo tiempo del convento de las Úrsulas, ha aprobado un cambio de recorrido que por primera vez dejará fuera a la Plaza Mayor.

Otras hermandades, como el Despojado analizan las opciones después de la primera experiencia de tránsito junto al pabellón de los Descubridores en la Semana Santa de 2019. Y es cierto que otras procesiones, al menos hoy, nos parecen impensables sin la Plaza Mayor: Jesús Amigo de los Niños, Nuestra Señora de la Soledad o el Resucitado.

En todo caso, es un debate cada vez más recurrente ante la coexistencia en la ciudad de muchas sensibilidades en torno al patrimonio, el turismo y la propia Semana Santa. Parece lógico que ante las nuevas circunstancias sociales y con unas pocas excepciones, cada vez más hermandades decidan prescindir de una plaza hermosa a más no poder pero también ruidosamente transitada. Una plaza imposible de callar frente a la que se dibujan otras alternativas más recoletas y simbólicas.

Pero al fin y al cabo cada procesión tiene su sentido y su público. Y Salamanca puede presumir tanto de un laberinto de callejas incomparables como de contar con una plaza que, con Semana Santa o sin ella, raramente quedará desierta. 


¿Qué buscas?

Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión