lunes, 22 de mayo de 2017

Xuasús González


viernes, 19 de mayo de 2017

Antonio Santos

Varias personas entran y salen de la Catedral Nueva de Salamanca | Fotografía: Pablo de la Peña

El mes de mayo es siempre el mes, cofradieramente hablando, de los análisis estéticos de la Semana Santa recién concluida. Es también el mes de los proyectos, unos pocos, y las quimeras, bastantes más, que se proponen para la siguiente edición en unas pocas reuniones de evaluación y bastantes más reuniones de taberna. Alentados por el dulce recuerdo de los días santos, da siempre la impresión de que esa Salamanca cofrade tan mínima y tan acomplejada para sus cosas, por fin ha despertado del letargo y este año ya por fin, empezamos a tener semanasanta todo el año, y que casi todo es posible. Pero los años nos van enseñando con su cadencia que los ímpetus de este mayo se van a enfriar en cuanto haya entrado el Cristo de los Milagros y tengamos el Corpus preparado. Las ganas de la mayoría se quedarán aparcadas ahora y en las cofradías se quedarán dando el callo los pocos de siempre. Esos pocos, cuando llegue febrero tendrán la ingente tarea de recordarle a los salmantinos, y sobre todo a los hermanos que forman parte de las cofradías, que pretendemos salir a la calle a llenar las aceras, que nos hemos gastado todo lo que tenemos en bandas y flores, que hemos programado actos y cultos para multitudes que al final no son tan multitudinarias. De nuevo lo lograremos aunque pueda parecer que no, y al final, quemada la paciencia, el cuerpo y casi el espíritu, saldrán todas las hermandades otra vez, más o menos, con ese regusto amargo tan de nuestra pasión que nos impide olvidar que en Salamanca se podría hacer esto de las procesiones mucho mejor.

Tenemos que conectar con nuestra ciudad, tenemos que explicar mejor que es lo que hacemos y sobre todo, borrar determinadas ideas que se alejan de la realidad, pero que están firmemente arraigadas. Aunque a los que estamos metidos en el ajo nos cueste creerlo, muchas personas piensan que entrar en una cofradía es imposible si no es por tradición familiar o que son círculos cerrados. Incluso hay quien piensa que hay cupos. Tan solo hay que escuchar lo que se dice en la acera al paso de las procesiones, tanto viéndolas, como de nazareno, para darse cuenta del abismo que media entre lo que intentan las cofradías y lo que entiende el público.

Un posible remedio sería que la Junta de Semana Santa contara con un punto de información al público, no solo de los desfiles y actos, sino de las propias hermandades y de cómo acceder a ellas. El este lugar se podría contar con información detallada, con sus particularidades, explicado de forma clara y diáfana, en los meses previos. Se podría complementar con jornadas de puertas abiertas en las hermandades con facilidad para organizarlas, siguiendo la línea de las visitas escolares, que están dando tan buen resultado. Y por qué no, poner a la venta publicaciones y recuerdos que a veces no resultan fáciles de conseguir si no conoces a alguien de la hermandad que lo edita. Evidentemente, motivar a quienes forman parte de las censos de hermanos es tarea importante, pero ya se realiza desde cada cofradía. Si a todo ello nos ayuda la prensa, que tanta atención y dedicación emplea en nosotros, podríamos asombrarnos del resultado.

Siempre me ha parecido un reto del máximo nivel lograr que Salamanca y los salmantinos participen en la Semana Santa no solo como espectadores, sino como hermanos cofrades. Quien haya visto una procesión en Cuenca, Málaga, Zamora o León me entenderá rápidamente. Seguro que muchos no saben que los esperamos con las puertas abiertas: a los que ya están en el censo y a los que nos miran desde las aceras. Intentémoslo.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Daniel Cuesta SJ

El Nazareno de Cuéllar (Segovia), que fue atacado con huevos la pasada Semana Santa | Foto: JMA

La pasada Semana Santa ha quedado machada por los desagradables incidentes que tuvieron lugar en diversos puntos de nuestro país. Sin duda los más sangrantes fueron los que acontecieron durante las estaciones de penitencia de las hermandades de la Madrugada sevillana. Pero también cerca de nosotros pudimos ver cómo algunas personas protagonizaron ciertos actos deplorables al paso de las procesiones. Baste citar el caso del Nazareno de la villa de Cuéllar, que padeció el ataque de una lluvia de huevos que mancharon su cabeza y su túnica, o el "recibimiento" que obtuvo el paso de la Borriquilla de Salamanca por parte de tres personas semidesnudas en un balcón de la calle Meléndez.

Ante estos actos, en concreto, y algunos otros que se produjeron en diferentes puntos de la geografía española, las voces de alarma se han levantado. No son pocos los que afirman que nos encontramos en una época de crisis para la Semana Santa, proporcionada por la falta de respeto de algunos. Otros comparan dichos actos vandálicos con tristes épocas pasadas, y hay quien prácticamente predice el final de las procesiones.

Sin embargo, creo que no debemos dejarnos llevar por una serie de actos que, si bien gravísimos, condenables y continuados (puesto que son ya varios los años en los que escuchamos estas noticias), no dejan de ser puntuales. Quiero decir que no debemos dar más importancia de la que tiene al árbol que cae en el bosque, que a todos los demás que se mantienen en pie. O si queremos hacer más cofrades estas palabras: no centrarnos en los cirios que se apagaron o rompieron, sino mirar la larga teoría de nazarenos que, con una seriedad y templanza dignas de encomiar, ofrecieron su otra mejilla manteniendo los suyos derechos y encendidos. Debemos, por tanto, intentar poner los medios para que este tipo de acciones no se repitan ni proliferen, sin darles un protagonismo tal que ponga en peligro la continuación de una tradición tan nuestra como es la de la Semana Santa.

Pero al hilo de estas consideraciones y con el dolor que me producía el enterarme de la mayoría de estas noticias, me venía a la mente la idea de que Jesús molesta. Molestó en vida, molesta hoy y molestará en un futuro, simplemente porque nos pone delante de nosotros una manera de vivir que no queremos aceptar, además de que, con su vida intachable, deja manifiestas todas nuestras incongruencias y contradicciones.

Jesús molestó en vida. Quizá hubiera sido mejor que se hubiese contentado con ser simplemente el humilde carpintero de Nazaret. Pero no, él quiso cumplir con radicalidad la voluntad de Dios. Y por ello, por poner a Dios y al prójimo siempre en el centro, se granjeó la enemistad de las autoridades civiles y religiosas de su época, y en no pocas ocasiones también del propio pueblo. Todo ello le llevó a una muerte ignominiosa que fue celebrada por muchos que al eliminarlo creyeron haberse quitado de encima un gran problema. Su manera de ser le condujo a esa cruz en la que le veneramos en lo alto de nuestros pasos procesionales.

Jesús molesta hoy. Es cierto, su imagen, su Evangelio, su doctrina, sus seguidores… molestan a muchos que exigen un respeto que no practican. Su cruz en las calles o en los espacios públicos resulta hiriente para aquellos que no la ven como un símbolo del amor de Dios para con los hombres, sino como un instrumento de conquista y opresión en épocas pasadas. Su rostro ensangrentado y su cuerpo lacerado hieren curiosamente la sensibilidad de aquellos que se encuentran inmunizados ante la violencia que presentan diariamente los medios de comunicación. Y por ello algunos deciden hacer con él lo que otros ya hicieron en la primera madrugada de Viernes Santo de la historia: insultarlo, faltarle al respeto, asustar y dispersar a sus discípulos y tratar de borrar de la sociedad todo lo que tenga que ver con él. Los que actúan así, realmente conocen poco de Jesús y su mensaje de amor que ha sido capaz de soportar y sobrevivir a las situaciones más adversas y complicadas.

Pero Jesús también molesta a los creyentes y a los cofrades. Sus palabras y su ejemplo nos incomodan a nosotros, cristianos y cofrades del siglo XXI, cuando nos ponen de manifiesto que no vivimos lo que predicamos. Que no dejamos que Dios sea el centro de nuestra vida, que no luchamos porque nuestros prójimos puedan vivir dignamente y que convertimos de nuevo la casa de su Padre en una cueva de ladrones. Jesús molesta cuando vivimos un cristianismo vacío y descafeinado de Ramos a Pascua, y también cuando nos creemos superiores, o mejores cristianos convirtiendo nuestra fe y nuestras obras en armas arrojadizas contra los demás.

Y por último, Jesús molestará en el futuro, puesto que su vida y su mensaje seguirán siendo contraculturales en todos los tiempos y en todas las circunstancias. Porque su apuesta radical por Dios y el prójimo seguirá haciendo heridas a nuestros planes y cálculos humanos. Y también porque seguirá poniendo la otra mejilla y dando una oportunidad tras otra a todos los que le ofenden, rechazan o traicionan.

Jesús molesta, sí, pero a la vez atrae. Puesto que nos muestra un camino de felicidad tan plena y tan inabarcable, que preferimos contentarnos con pequeñas dosis y porciones que podamos controlar. Ojalá Jesús no deje de molestar nunca nuestra vida y nuestros planes y así podamos parecernos cada día un poco más a él.


lunes, 15 de mayo de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

JMFC

Que el presidente de la Junta de Cofradías venda por esos mundos turísticos y culturales del suelo patrio que nuestra Semana Santa podría obtener con todo derecho el nombramiento de "interplanetaria" es de pura lógica como obligación que va pegada al cargo.

El problema es cuando todos los demás hacemos esos alardes propagandísticos sin un mero análisis que, cuando menos, roce con cierta seriedad la autocrítica que pueda hacernos ver que seguimos dando vueltas a la noria mientras vendemos algunas litronas de humo.

Sin un prudente análisis, puede que sigamos torpemente en ese camino de la reiteración autocomplaciente que nos sigue llevando de forma vertiginosa hacia el oasis de las palmaditas y los abrazos, donde solo los ajenos se percatan de lo que realmente sucede en la calle.

Claro que si nos creemos que el montaje de nuestra película tiene un gran nivel para ser proyectada en la mejor sala de las ilusiones, de poco sirve proponer que posiblemente no vendría mal repasar de vez en cuando alguna escena.

No se trata de señalar, a estas alturas, en qué circunstancias damos el cante, ni meter dedos en la llaga hasta que vocalice algún disparate el loro. Mucho menos que, de malas maneras, nos pongamos a romper barajas para que rebroten con suma presteza ciertos recuerdos hacia los familiares cercanos.

Se trata simplemente de mostrar la enorme decepción que supone percatarse de que seguimos protegidos por una niebla autocomplaciente, que no nos permite la visión más allá de medio metro. Claro que hay maravillosas excepciones y marchas penitenciales muy dignas, pero si valoramos detenidamente la puesta en escena sobre el tablao, nos daríamos cuenta de que, en algunos casos, deberíamos tener más ensayos antes de subir de forma tan alegre el telón.

Lo que da cierto coraje es que, teniendo todos los elementos para llevar a cabo una Semana Santa impresionante, no somos capaces de ensamblar, en el abrazo de estas piedras, las imágenes (de suma categoría) y la seriedad exigible a una Semana Santa, que con tanta complacencia vendemos.

Por otro lado, sube como la espuma la falta de respeto en quienes, por faltarles dos centímetros de educación, atraviesan las procesiones como si estuvieran pastando en el campo. Seguro que este comportamiento puede tener una clara relación con la decadencia social y educativa que padece como un mal endémico este país. Pero puede que, en algunos casos, las procesiones lentas, cansinas y paradas contribuyan a alimentar esa falta de consideración en quienes tienen tan poca fruta en la cocotera.

Y como el curso va finalizando, no estaría mal que valorásemos con rigor esa total escasez de cofrades en los actos que, para celebrar la hermosa efeméride de las 75 añadas, está organizando la Junta de Semana Santa durante este 2017.

Claro que si no asisten por norma los dirigentes, por mucho que movamos el árbol, las aceitunas seguirán cachondeándose mientras las blandimos en las tercas ramas…


viernes, 12 de mayo de 2017

Ángel Benito

Varios cofrades fotografían con sus teléfonos móviles la trasera del palio de la Soledad a su paso por la Plaza Mayor

Desconozco si en el pleno de valoración de la Semana Santa salmantina será uno de los temas de conversación. Soy consciente de que la excesiva duración de las procesiones y cuestiones de organización centrarán el debate lógicamente, pero cabría dedicar al menos un minuto para analizar de qué forma las nuevas tecnologías están afectando al desarrollo de los desfiles más allá de la acera, dentro de la propia procesión.

La noticia de una imagen de varios cofrades sacando una instantánea de Nuestra Señora de la Soledad al paso por la Plaza Mayor sin salirse del cortejo fue la más comentada, pero no la única. Soy más partidario de la pedagogía que del castigo ejemplar, ya que ha habido ejemplos similares en el 80 por ciento de las cofradías que, aunque no han trascendido, se han viralizado entre cualquier grupo de WhatsApp que tenga relación con la Semana Santa. Sin ser un tema de gravedad, traslada una imagen de falta de respeto que pocas veces tiene que ver con la voluntariedad, sino con el desconocimiento. Tira por tierra la imagen del 90 por ciento del resto de los hermanos.

Aunque la ignorancia no exime de la pena, quizá fuera necesario que todas las hermandades trasladaran tanto a viejos como nuevos hermanos las normas necesarias de una procesión. Es difícil pedir respeto, que no se cruce en medio de los hermanos de fila, que no se aplauda cuando no hay que hacerlo, cuando se observa a un hermano sacando una imagen de su paso en la procesión con el móvil. La Seráfica Hermandad del Cristo de la Agonía y la Hermandad del Perdón han dado un buen paso editando una guía sobre los derechos y obligaciones del cofrade que van mucho más allá del pago de una cuota anual. La Real Cofradía del Cristo Yacente lo realizó de una forma más moderna a través de las redes sociales indicando lo que sí y no se debía hacer. Es necesaria la pedagogía sobre todo para unas nuevas generaciones nacidas en un contexto de las redes sociales en las que si la imagen no aparece en Facebook o Instagram, es como si directamente no hubiese existido.

El hermano mayor de La Soledad, Miguel Hernández, me confesaba que junto a la portada de San Esteban había reprendido a una joven cofrade que sacaba el móvil para poder fotografiar a su Virgen. La respuesta de la chica no fue prepotencia, ni descaro juvenil, ni falta de respeto. Simplemente, no sabía que lo que estaba haciendo no estaba permitido.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Abraham Coco

Viñeta de JM Nieto publicada en el diario "ABC" el Domingo de Resurrección de 2017

La Pascua es tiempo de lecturas atrasadas. El trajín cuaresmal y el suspiro cofrade dan paso a los días donde detenerse en revistas, boletines, especiales y otros papeles amontonados en las semanas anteriores. Iba a titular esta selección "Recortes (tal vez uno)", pero un repaso por los artículos que Ignacio Camacho escribió de Jueves Santo a Domingo de Resurrección me animan a centrar la atención en ellos. Uno de los columnistas más sosegados de la prensa española, que no falta ninguna mañana a su cita diaria con "Una raya en el agua", dedicó este 2017 un jugoso triduo pascual periodístico a la Semana Santa, atípico entre la prensa generalista. El resto de recortes quedan para otra entrega.


En ese escenario memorial te gusta perderte al anochecer, cuando los contornos urbanos cobran con el reflejo de los cirios la pátina de una luz nueva. Cuando los capirotes son sombras de misterio que discurren entre el esplendor imaginero del barroco y la sobriedad geométrica, enladrillada, del mudéjar; cuando la liturgia de los cortejos procesionales cose la geografía de la ciudad entre un dédalo de iglesias. Cuando tus pasos recorren el territorio de tu pasado siguiendo el rastro sentimental de antiguas huellas. Cuando el sonido de la música te orienta en un trayecto que sabes anclado sobre raíces de piedra.
"El paisaje de la conciencia". Jueves Santo de 2017

Proclamada por «L`Osservatore Romano» como una cima del cine cristológico, la de Pasolini es una absoluta obra maestra. El cineasta boloñés se distancia de la iconografía bíblica convencional para componer su relato con una narrativa sincopada, fulgurante, fresca. Su fidelidad a Mateo es literal, incluida la Resurrección expresada en una elipsis visual de impactante eficacia estética. La imagen del dolor de María durante la crucifixión, un plano directo del rostro desesperado y contraído, es una cumbre de conmoción emotiva, desgarradora, directa. Toda la película transpira autenticidad; su propia imperfección, artesanal a veces, contiene la legitimidad de un esfuerzo de diálogo intelectual y moral propio de una mente honesta. El relato surge a borbotones, con el ritmo áspero y desigual de una conversación espontánea, sencilla, fresca.
"Pasiones". Viernes Santo de 2017

Por alegre que sea una celebración hay siempre en ella un fondo de nostalgia, un pellizco amargo: que nos causa el recuerdo de quienes ya no pueden compartirla. La ausencia es una puñalada intercostal que se clava en el alma con su filo de melancolía. En Navidad, que es la fiesta de la familia, asoma a menudo una punta de tristeza en forma de sillas vacías; la Semana Santa, fiesta de la memoria, contiene la extensa simbología del luto en las cofradías: lazos, crespones, levantás dedicadas, oraciones en voz baja, detalles colocados cerca de las imágenes por manos amigas. Cada hermandad es un universo de afectos donde el dolor de la pérdida se vive con intensa solidaridad corporativa. Quizá la evocación de los difuntos sea la fórmula de inmortalidad más a nuestro alcance; detrás de toda fe hay una sombra de duda y en la angustiosa incertidumbre del más allá evocamos a los que ya la han disipado como un modo de anclarlos a nuestra propia vida.
"Inventario de ausencias". Sábado Santo de 2017

Se trata de una crisis de éxito. En la mayoría de las ciudades españolas, la multitudinaria asistencia a las procesiones obliga a una logística funcional muy delicada. La saturación de público y el aumento de penitentes tensan la capacidad de acogida del escenario urbano y dejan la fiesta al albur de la precisión de las cofradías y la autocontención de los espectadores. Mucha gente moviéndose en muy poco espacio plantea un reto de organización endiablado que hasta ahora ha sido posible resolver gracias a una mezcla de respeto litúrgico, de tolerancia natural y de acatamiento colectivo de las reglas no escritas del rito. Pero todo está cogido con los alfileres de la educación y de la convivencia; de un consenso social, en definitiva. Si ese consenso se rompe por cualquier razón, el minucioso mecanismo de encaje queda expuesto al zarandeo, con el cartón al aire. Contingente, precario, vulnerable.
"La fiesta frágil". Domingo de Resurrección de 2017


lunes, 8 de mayo de 2017

Roberto Haro

Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras, en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Roberto Haro

Y ya caía la noche cuando, volviendo a casa una tarde de la semana pasada, mi cabeza no dejaba de dar vueltas sobre qué tema iba a tratar este artículo que tenía que escribir para la revista.

Varias ideas rondaban en la cabeza después de los múltiples acontecimientos observados y vividos en la Semana Santa pasada y a los que, relacionándolos directamente con el momento social en el que vivimos, podía sacarles bastante jugo para poder escribir más de un artículo.

Y, de repente, una llamada telefónica cambió mi mente. Un pensamiento hizo que me quedara pensativo mirando a los diferentes transeúntes que caminaban a mi alrededor con tanta tecnología en sus manos: que si móviles, ordenadores, tablets, ipads y todo tipo de elemento electrónico cual autómatas andando por la calle… Todo parecía carecer de sentido, donde los sentimientos y valores humanos se hacían presentes por su ausencia, cada uno absorto en su dispositivo. Y recordaba que, entonces, solo nos queda la sencillez e inocencia de los niños y las ganas de ser felices con pequeñas cosas, porque aún ellos no se dan cuenta de tan triste situación que puede llevarnos el egoísmo de cada uno de nosotros a tener esa falta de solidaridad con el resto que nos rodea.

Esos niños que en la inocencia de su infancia aprenden lo que sus "mayores" les enseñan cual modelo a seguir. Y que, como mantra, aprenderán a reproducir en el futuro cercano.

Recordaba en mi mente cuando se hablaba (y se sigue hablando) en ciertos "ambientes" de la forma de hablar de los jefes de paso, de las disputas sobre la conveniencia o no de la forma de andar de cierto paso, de la organización de la procesión tal o cual, de si los hermanos de tal cofradía han salido mejor o peor, de los líos internos de una y otra hermandad... En todos esos comentarios muchas veces se emplean expresiones que muestran una soberbia suprema haciendo que el movimiento cofrade se menosprecie entre ellos, hablando con un cierto aire de superioridad moral. ¿Eso es lo que aprenderán nuestros niños cofrades del mañana?

Y es que en no pocos casos se habla (y por supuesto por extensión se actúa) utilizando expresiones o hábitos que muestran una soberbia suprema: "¡O conmigo o contra mí!", "¡tú no sabes con quién estás hablando!", "¡yo soy el presidente de...!", como si ser miembros de una organización religiosa con algún tipo de cargo o responsabilidad le otorgara privilegios o elevara en un estado social diferente al que se le supone. Desde el trabajo silencioso y callado de la institución, haciendo hermandad, cofradía o como quiera llamarlo –"…que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha..."– el yoísmo no tiene cabida en la misma. La exagerada exaltación de la propia personalidad muestra una falta de respeto hacia sus compañeros de hermandad, ya que sin los hermanos de cirio, fila, paso, banda o grupo joven no sería nadie. ¿Eso es lo que enseñan los dirigentes a sus grupos jóvenes?

No seamos fariseos ni juguemos a ser místicos. Ni tan santos ni tan pecadores, pues cuando todo va bien y se camina en loor de multitudes, la clave del éxito se fundamenta en el "nosotros", en el equipo de trabajo y todos los que rodean y trabajan por y para la hermandad. Todo los que tienen un cargo son responsables de los aciertos y errores de forma colectiva.  Pero cuando las cosas van mal, todos mirarán al que dice "yo", y quedará relegado al olvido antes que el gallo cante tres veces. Y nadie se acordará de él pasado el amanecer.

Esa falta humildad, humanidad, solidaridad, dignidad y empatía hacia el trabajo de todos los que hacen hermandad debieran hacérselo mirar. Un comportamiento que sí tiene y muestra cada día, de forma tan silenciosa y callada, la tan criticada y renegada Iglesia durante todo el año, en la que tanto tienen que reflejarse las cofradías. Iglesia son, y como Iglesia deben comportarse.


sábado, 6 de mayo de 2017

Eva Cañas

Hermanos de la Vera Cruz alumbran con sus velas en la noche del Lunes Santo | Foto: Daniel de Arriba

Como decía la canción, ya han pasado 19 días y 500 noches desde que Jesús Resucitado se encontrase con su Madre en el atrio catedralicio. La semana de Pasión llegaba a su fin, una más que pasa a ser historia. Y diréis, ¿500 noches? Pues sí, porque el que vive los días santos sueña con ellos, y las noches se multiplican. Soy de esas que cuando pasa por delante de la Clerecía visualiza la salida de los hermanos con cruz de madera al hombro de la Hermandad Universitaria, o la salida del paso de Jesús Flagelado, al que reza tanto. O cuando cruzo el Puente Romano, a mi mente viene la espalda del Cristo del Amor y de la Paz de camino a la Catedral con sus hermanos de hábito monacal.

Pero dejando atrás la nostalgia, cuya huella se siente todo el año, la razón de ser de este artículo está, como dice el título, en el respeto o, mejor dicho, en la falta del mismo en las procesiones que se celebran en Salamanca. Sí, la falta de respeto de aquellos que están en la acera y que no dudan en cruzarse por el desfile en cualquier momento. Son las prisas de la vida. Nada se respeta, ni siquiera un paso donde el Señor aguarda a su Madre, que camina bajo los hombros de unos hermanos unos metros más allá. El buen tiempo durante esa semana provocó que la presencia de gente en la calle fuera mayor. Muchos acudían a ver discurrir las marchas penitenciales; otros, ajenos a todo ello, simplemente se topaban con ellas. Y aunque algo no te guste, al menos respeta. Si ves que se guarda silencio, por unos minutos, mientras estés por allí, intenta bajar la voz. No cuesta nada, simplemente hasta que puedas sortear al cortejo y salir por otra calle ya lejos de ese olor a incienso.

Este año es la primera vez que veo, en plena calle Libreros, cómo un grupo de quince personas se metían en mitad de la procesión para adelantar unos metros en la parte más estrecha de la vía. Les faltaba el hábito y la medalla para ser unos hermanos más.

Tampoco les importa cruzarse delante de la banda, con el riesgo para el músico que a la vez que toca mira la partitura. Y como decía, delante del paso o de lo que haga falta. ¿No pueden esperar cinco minutos a que todo pase? ¿Tendrían alguna urgencia grave? No se sabe. Pero esa falta de respeto molesta. Ya sea que se crucen o, incluso, que se queden en mitad de la procesión. No todos creen en ello, pero al menos, si te das de bruces con una procesión, respeta.


jueves, 4 de mayo de 2017

Félix Torres

Veleta de la Torre del Gallo de la Catedral Vieja de Salamanca | Foto: TCP

Hay veces, más de las que quisiéramos, que la suma no nos cuadra por más que demos vueltas a los sumandos. Veces en que vemos cómo algunos, escudados tras espurios argumentos victimistas y de democracia medida según el rasero de quien opina, acaban en el "todo vale", se ciegan con el continente dejando de ver el contenido y dejan aflorar su yo verdadero. No deja de ser una manera de enfocar vida y vivencias que, cuando se ejerce desde la integridad –si es que estos comportamientos pueden decirse íntegros–, al menos muestra la cara de quien así ejerce.

Pero hay quienes, a esta forma de entender la vida, y en ello incluyo nuestra Semana Santa pues es parte importante de nuestras vidas, le sobreponen una máscara que impide a los demás reconocer el detalle de fondo. Quienes, estando al plato y a la tajada, sacan provecho de cualquier situación, ponen buena cara en cualquier circunstancia y siempre flotan en cualquier balsa. Esos que se comportan como veletas girando a favor del viento dominante, que siempre será el más favorable, asomando su cabeza cuando se ven seguros y, quizá inconscientemente, intentando cantar siendo gallina, que no gallo. Así, es difícil navegar en un mismo sentido a pesar de los intentos. Eso sí, quienes agarran el remo por la pala, dificultando la boga, serán siempre otros no ellos, aunque quien mire desde la orilla vea con claridad que son estos, los de sonrisa permanentemente impostada, quienes lo mismo dicen digo que Diego o so que arre, los responsables de la deriva al tiempo que "víctimas" de la misma.

Nuestra Semana Santa, representada en cuantos nos sentimos cofrades, es orgullosa y le cuesta reconocer sus propios errores. Por eso no es sencillo pedir respeto. No es fácil pedir ser respetado mientras actuamos de manera ofensiva, incluso desde el desconocimiento, y somos capaces de ser reos y verdugos a un tiempo. Porque el respeto exige correspondencia y la fidelidad, a personas e ideales, va de la mano con el respeto demandado.

Nuestra Semana Santa puede ser pobre y austera o cargada de dorada voluptuosidad, pero siempre debe ser fiel y digna. Porque manteniendo fidelidad y dignidad como valores entre los más preciados, podremos alcanzar el respeto exigido. Quienes, en su lugar, alcanzan a morder la mano que los acaricia, nunca llegarán a ver satisfecha esta demanda. Quid pro quo.

En todos está aprender a separar grano de paja y distinguir dignidad de indignidad, cobardía de valentía o liderazgo de dictadura para respetar, siempre respetar, a quienes se hacen acreedores de ello, no a quienes nos lo exijan sin más argumento que sentirse mayoría.


lunes, 1 de mayo de 2017

Andrés Alén

Escaparate de una tienda con imágenes religiosas

Mi descuido ha precipitado este artículo a una clara improvisación y cierta urgencia, ante la inminente fecha de su publicación que es "ya".

Empiezo a escribirlo (debe tratar sobre Semana Santa) en territorio de ventisca y día desapacible, dicen que necesario, de esos en los que, no cabe duda, hay que suspender la procesión.

También es cierto que el éxito de esta Semana, de sus desfiles y parafernalia, a más de su acertada planificación y esmero, depende, como la maduración de la uva, mayormente, del sol. Así que esta última, aquí y en los demás lugares, ha sido rutilante.

Pero el sol se ha ido, como el eco sórdido de tambores y agudo de trompetas, y tengo que bosquejar algo legible sobre un tema que en Pascua de resurrección y ya dado cuenta del hornazo, da pereza volver. En estos días lo suyo es hablar de Barceló, de su Arca de Noé, su elefante pedorro, de sus estupendas performances donde el agua pinta, el aire seca y todo, con la música y el silencio, acaba por desvanecerse. Eso es lo que debería hacer con este artículo: una performance… y luego desaparecer.

Con Mayoral, que está ultimando el modelado del Cristo de la Humildad: te está quedando soberbio.

Me cuentan, no estuve aquí, que hubo bronca catedralicia sin piedad, cosas antiguas, casi identitarias, que se arregló como se pudo, o no.

Que parece que hay apuestas por saber qué procesión recorre menos itinerario en más tiempo y va en cabeza la tendencia andalucí, aunque hay más: la culpa está entre el parón y la interminable revirá (Nota 1)

Recuerdo con placer los prólogos: Poeta ante la Cruz de Isabel, el formidable pregón- ensayo-tesina Morfologías de la Resurrección a la luz de la agonía redentora (a esta es, ahí es ná) de Asunción Escribano. Los 75 de la Permanente sin despeinarse, algún concierto y desconcierto, presentación, recital o conferencia. Como son actos bajo techo no dependen del tiempo, suelen ser largos.

Sé que faltaron hermanos de paso en algunos desfiles, hombres de hombro, que no de séptima vértebra cervical y por igual valientes. Que la Semana Santa salmantina no levanta de igual modo, ni a tirón, a pulso, (ni aliviao), ni a la música, en todas las hermandades; que en las más decae. Y uno piensa que en esta ciudad, universidades y teologías no acaban de casar con la celebración popular y ya de antaño los ilustres ilustrados como Araujo en su Reina del Tormes, nos calificaban como movidos "en su holgazanería, à engullir la sopa conventual, à darse en repugnante espectáculo en las procesiones de disciplinantes y à desgañitarse pidiendo toros por cualquier motivo".

Creo que esta secular celebración otrora barroca con su curvilínea seriedad, tiende decididamente hacia lo kitsch, este arte tan actual, tan simple, repetitivo, adornado, colorido, impostado, imitativo, consumible y, por desgracia, tremendamente popular.

Kitsch es Jeff Kons, Disney, Almodóvar, Lladró, un bazar chino, una Barbie vestidera (como ciertas vírgenes vestideras también), un capillita vestido de Jueves Santo, un espectáculo drag queen o el festival de Eurovisión, los uniformes zarzueleros de ciertas bandas, sus músicas también, cristíferos quinarios con exceso de oros y de velas, un paso de palio, por precioso que sea, su movimiento acompasado y rococó… Hacia allá vamos más allá de acentos y ceceos, cruzando el Guadalquivir o el Misisipi, hacia ese arte Kitsch que Adorno clamaba como "parodia de la conciencia estética".

En fin, la otra tendencia parece ser más rústica, igual de teatralizada, con sicofonía medieval, menos cara y sin embargo perfecta en su puesta en escena; lejos de lo gótico, plateresco, barroco o churrigueresco que es como decir exenta de filigrana, busca como todo arte hacerse creíble, apariencia de autenticidad, pero tiene evidente patente zamorana, románica ciudad donde se la cuida, no se la discute y a pies juntillas se la cree.

Sigue sin salir el sol, el viento arrecia, es hora de acabar el articulo performance… y desaparecer.
                                                                                                                 

  • Nota 1 Revirá: "Sinónimo de vuelta, es la acción por la cual el paso gira noventa grados para cambiar de dirección. Es una de las maniobras más técnicas, por la que se puede valorar la mayor o menor maestría de un capataz al ejecutarla. Siguiendo los tiempos que según mandan los cánones, el paso una vez cuadrado por la embocadura de la calle, aminorará la marcha, comenzando a girar sobre su eje virtual llamándose poco a poco, el patero de la primera trabajadera en el sentido de la vuelta a derecha o izquierda, según el itinerario por el que deba pasar la cofradía en cuestión. Por el contrario el patero que vaya en la última se llamará en sentido contrario a la vuelta para que la rotación a noventa grados sea perfecta. Cuando se haya embocado con la calle a la que se vaya a entrar, a la orden de venga de frente, se alargará el paso un poco más según se pueda, hasta que suene el martillo para arriar el paso, dando por concluida la chicotá". (Publicado por Paqui)

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