jueves, 14 de febrero de 2019

F. Javier Blázquez

La cruz de guía de la Hermandad Dominicana, instantes antes del inicio de la procesión en San Esteban | Foto: Alfonso Barco

13 de febrero de 2019

Llevamos nada del nuevo año y resulta que ya medió febrero, pero como la Pascua llega tardía andamos todos muy tranquilones para esto de la parafernalia cofrade. De momento, y a la espera de que lleguen los tiempos de la histeria, quienes estamos en la retaguardia del mundillo mantenemos la tensión entre mentideros, tertulias y esas otras actividades de las que se ofertan para los interesados.

Es una cuestión particular, pero me llama la atención que en el mes trascurrido desde la vuelta a la normalidad tras el paréntesis navideño, en estos coloquios-tertulias-encuentros de carácter semiformal han salido a colación tres temas de manera reiterada. Tres tópicos muy desgastados ya por el uso, pero que están en el ambiente porque afloran en contextos y entre personas que nada tienen que ver entre sí.

Primero: "Hasta el próximo año, hermano". Lo dijeron con un lamento, porque sucede y no puede ser así. ¿Por qué, entonces, se repite un año tras otro? La respuesta es evidente. Hay muchos procesioneros y pocos cofrades. Entonces, ¿es malo ser procesionero? No, para nada. Y el deseo de volver a estar al año siguiente es siempre loable, que la fidelidad es una virtud que no pasa hoy en día por su mejor momento. Es bueno seguir un año más y hay que saber valorarlo, pero no podemos resignarnos a mantener en nuestras cofradías hermanos por un día. La despedida debe ser hasta dentro de muy poco, el tiempo que transcurra hasta el primero culto o actividad.

Segundo: "Los hermanos de carga son los que dirigen". ¿Y acaso no es verdad? Aprendamos de ellos quienes no cargamos. Se ven más, están comunicados, son un grupo constituido y organizado en torno a la cofradía. Por eso se han convertido auténticos lobbies y quien consigue su favor controla la institución. Si las filas no se despidieran mayoritariamente hasta el próximo año posiblemente esto no sería así, al menos tan así. El problema, por tanto, no está en la carga, sino en las filas, con demasiada apatía entre la mayoría de sus integrantes.

Tercero: "La Iglesia quiere controlarnos". Este tópico hace siglos que se viene repitiendo, pero en las últimas semanas, desde la presentación del proyecto de las normas diocesanas, el dichoso documento ha pasado a ser el instrumento dispuesto por la diócesis para el control. Lo hemos dicho ya muchas veces, pero como sigue sin calar no importa repetir. No, no es cierto lo del control, puesto que la autonomía está garantizada. Pero autonomía, siempre autonomía, nunca segregación. Porque en tanto que se forma parte de la Iglesia, es a ella a quien compete velar por el cumplimiento de los objetivos. A fin de cuentas, si la Iglesia no vela, ¿quién lo hará? Tal vez se hablase menos del control si hubiera menos despedidas hasta el próximo año entre los hermanos. O tal vez no, porque quien no quiere entender, nunca entenderá "ni aunque resucite un muerto". Abraham dixit.


domingo, 10 de febrero de 2019

Montserrat González

Rostro de Cristo, obra de Luciano Díaz-Castilla, que puede verse en la exposición Contrapunto 2.0 en la Catedral Nueva

11 de febrero de 2019

En un mundo tan secularizado como el actual, en pleno siglo XXI, ¿cómo nos imaginamos el rostro de Cristo? ¿Cómo lo reflejan los artistas contemporáneos? ¿Ha cambiado la imagen de Cristo? En el año 2000 la National Gallery de Londres conmemoraba la llegada del nuevo milenio con cerca de ochenta obras que componían Seeing Salvation, una gran muestra que trataba de responder a tres preguntas claves: ¿cómo se ha representado visualmente a Cristo a lo largo de los últimos 2000 años?, ¿cómo los artistas se han enfrentado al desafío de atraer a los fieles hacia la vida de Cristo? y ¿qué relevancia tienen estas imágenes para el público contemporáneo? La exposición iniciaba su recorrido recordando los inicios del arte cristiano, que partía de una tradición anicónica y que no conoce imágenes hasta el año 200, cuando Cristo comienza a ser representado a través de las metáforas de los evangelios, como el Buen Pastor, el cordero, la cruz o el pez.

Pasados estos momentos de titubeo e incertidumbre, los artistas tuvieron que enfrentarse al desafío que suponía representar la naturaleza dual de Cristo: humana y divina. De ahí la abundancia de representaciones de la Sagrada Familia, la Adoración de los Magos y la Santísima Trinidad. Hacia 1500, La Virgen de la pradera, del veneciano Giovanni Bellini, recoge muy bien esta dualidad. Cristo niño duerme apaciblemente en el regazo de su madre en una composición típicamente piramidal donde podemos intuir la venidera representación de la Piedad y la transformación futura de ese niño que prepara ya su muerte para salvar a la humanidad. El sueño se convierte así en una metáfora de la muerte. En el fondo del cuadro, un cuervo lucha con una serpiente, una alusión intencionada a la Resurrección de Cristo y su victoriosa batalla contra el demonio, simbolizado por la serpiente.

Sin embargo, a pesar de estas representaciones no estaba clara aún cuál era la imagen verdadera de Cristo. ¿Sería la representación más alejandrina de un Cristo joven y luminoso cual Apolo o más bien la de un Cristo siriaco, de aspecto más maduro, largos cabellos y generosa barba? Probablemente esta última sea la imagen más extendida de Jesús que tenemos, al menos para los jóvenes alumnos de Historia del Arte de 2º de Bachillerato del IES Mateo Hernández es la más evidente. Y ciertamente esta "imagen verdadera" se populariza con la aparición de imágenes milagrosas como la de la Verónica, que significó un cambio radical en la representación de Cristo. Las imágenes que producían los artistas se basaban en estas reliquias y así se va fijando el semblante que hoy en día todos reconocemos como la imagen de Jesucristo: la del hombre barbado y de largos cabellos. Gabriele Finaldi en The image of Christ, estudio que acompañó a esta exposición, comenta que en estas imágenes del velo de la Verónica es como si Jesucristo se hubiese hecho "su propio autorretrato", legándonos sus rasgos.

Otro aspecto que interesó a los artistas, una vez fijada su fisonomía, y tras los escritos de san Bernardo de Claraval y, sobre todo, de la llegada de la espiritualidad franciscana, fue la representación de la humanidad doliente de Cristo. La imagen de Cristo en la cruz se convertirá en la imagen de la Pasión de Cristo y también en la de la compasión de los fieles ante su dolor. Baste recordar las obras de Francisco Ribalta y su impresionante San Francisco abrazando al Cristo Crucificado para comprender que las representaciones de la Pasión de Cristo, con sus heridas y suplicios, ofrecen también la ocasión perfecta para rezar y atraer el alma de los creyentes, para aproximar al hombre a Cristo.

Todas estas representaciones sirvieron para aquellos que nos precedieron pero, y en la actualidad, ¿cómo representamos a Cristo? ¿Nos sirven estas imágenes heredadas de la tradición cristiana? O, por el contrario, ¿ya no nos dicen nada? Muy probablemente el hombre contemporáneo esté perdiendo las referencias iconográficas para comprender este tipo de pintura y poder establecer un nuevo diálogo con Cristo. En un mundo de guerras y atrocidades necesitamos la presencia duradera del rostro de Cristo; necesitamos hacer visible su figura, sus rasgos, en un lenguaje cercano al hombre contemporáneo. Pero, ¿cómo conseguirlo? Nuestras percepciones espirituales y preocupaciones han cambiado y los artistas deben estar atentos para redefinir los nuevos diálogos y las nuevas imágenes. También la Iglesia necesita aprender de los artistas el lenguaje de su tiempo y usar imágenes inteligibles y no arqueológicas, sin dejar de ser fiel a Jesús "que es y era y viene" (Apocalipsis 1, 8). Los artistas nos descubren las inquietudes y esperanzas del hombre de hoy y atisban el misterio indecible del que cada ser es portador. De ahí la importancia de muestras como Contrapunto 2.0 en la Catedral Nueva de Salamanca, organizada por la fundación Las Edades del Hombre, exposición conmemorativa del 25º aniversario de la edición El Contrapunto y su Morada (1993-94) celebrada en las dos catedrales de Salamanca, que supone un claro ejemplo de diálogo entre fe y cultura a través del arte, demostrando el empeño de la Iglesia por actualizar el mensaje evangélico.

De entre los magníficos "contrapuntos" que conforman la exposición llama poderosamente la atención del visitante la versión de la imagen de Jesucristo que nos ofrece el pintor abulense Luciano Díaz-Castilla (El Soto de Piedrahita, 1940). Su Rostro de Cristo resulta inmensamente poderoso frente a las tradicionales representaciones de Jesucristo a menudo relamidas y sin fuerza. La obra de Díaz-Castilla actualiza las diluidas versiones de la imagen de Cristo gracias a una pincelada llena de desgarro y dolor. Sus gruesos empastes, la abundancia del color y su enorme carga matérica confieren a la imagen un hondo dramatismo, una gran fuerza capaz de interpelar al hombre contemporáneo que se siente identificado ante el dolor que transmite la imagen. El artista centra toda la composición en torno al rostro de Cristo, prescindiendo de cualquier referencia a la pasión. No hay cruz, no hay clavos, no vemos sus llagas, solo intuimos la corona de espinas a través del enérgico trazo negro que ciñe su frente junto a una ráfaga de rojizos pigmentos. La cruz es invisible pero el visitante la nota, agobiado tal vez por el peso de su propia cruz. Amplios brochazos negros definen su cabello largo, la negra barba parece aprisionar la boca cerrada, hermética, del que nada tiene que decir pues lo ha hablado todo con sus actos. La expresión se centra en los ojos, en esa mirada perdida, llena de gran dolor y soledad, la que experimenta el hombre que ha superado todas las pruebas y llega al final de la Pasión exhausto, rendido, sin fuerzas, desfigurado por todo lo sufrido. Los tonos negros dejan paso a ligeros toques de amarillo Nápoles, a notas rojizas y ocres que iluminan brevemente sus mejillas y nos ayudan a fijarnos en sus elocuentes ojos. Frente a la vigorosa pincelada que conforma el rostro de Cristo, unos leves apuntes en la esquina superior derecha sitúan al espectador ante la llegada del crepúsculo. Ligeros toques grisáceos nos hablan del cataclismo que se producirá, del inminente desgarro que todo lo romperá para después dar paso a una cierta paz y tranquilidad.

Podemos fechar esta composición en torno a 1991-92, poco después de que Díaz-Castilla se enfrentara a la figura de san Juan de la Cruz en la exposición Amor y luz (Ávila, 1991). San Juan de la Cruz, Teresa de Ávila y Jesús de Nazaret son los grandes amigos de Luciano Díaz-Castilla, aquellos que le arrebatan su corazón y cuya cercanía quiere mostrarnos a todos los que nos adentramos en sus composiciones. Composiciones donde queda patente su amor por la materia que en sus pinceles y espátulas se transforma dócilmente gracias a su portentosa técnica. La verdad de su proceso creativo le llevará, como él mismo comenta, de "su vivencia a la evidencia", de la materia a la pintura, al aire, al espíritu. Y en esta ocasión nos acerca el rostro de Cristo, que en sus manos se convierte en la imagen del hombre contemporáneo perdido y angustiado por la soledad y el dolor.

El hombre del siglo XXI necesita composiciones potentes como la de Díaz-Castilla, grandes interpretaciones que vuelvan a poner de moda el rostro de Cristo y nos ayuden a comprender el profundo misterio de la vida humana.


viernes, 8 de febrero de 2019

Pedro Martín

Vista de Ciudad Rodrigo desde el río Agueda, con el Puente Mayor en primer plano | Fotografía: Pablo de la Peña

08 de febrero de 2019

Acostumbrados en esta tierra y en este medio a mirar a realidades semanasanteras más lejanas, con no pocas referencias al sur, en especial a la capital hispalense y en otras ocasiones al norte dentro de nuestra tierra castellana (Zamora, León, Valladolid), prestamos poca atención a lo que se cuece más cerca, mucho más cerca, en nuestra propia provincia.

Hete aquí que el pasado sábado nos visitó en nuestra sesión de la tertulia una representación de la Semana Santa mirobrigense, con su presidenta al frente.

Quizá tengamos que mirar también al oeste, a la diócesis hermana civitatense, a sus cofradías, para comparar y valorar, y por qué no, aprender de ellos.

En los últimos tiempos en el ámbito cofrade tenemos un monotema, "las normas". Pues bien, quizá el asunto más mediático de las mismas en la prensa local, y que habrán leído con asombro los mirobrigenses, es la contribución de las cofradías al fondo común diocesano, ya que allí es algo asumido, que se pide por parte del obispado a las cofradías y al que estas contribuyen en la medida de sus posibilidades. Primera lección.

Nos comentan que la rendición de cuentas es también habitual, siendo presentadas para su conocimiento y, además, se recuerda por escrito para que no se olvide. Segunda obligación y segunda lección.

El tercer aspecto que nos interesó fue la composición de los cortejos procesionales, donde no tienen problemas en las filas, aunque sí en algunos casos en las cargas, por lo que no tienen inconveniente en sacar imágenes en sus pasos a ruedas. Cuánto hemos escrito y hablado en este sentido: una procesión sin filas no es procesión; sin hermanos de carga sí que lo puede ser. Bendito problema. Tercera lección.

Pero como no todo puede ser color de rosa, echan de menos el apoyo de los sacerdotes, en la figura de los capellanes o consiliarios, que además en ocasiones no existen, no están nombrados o no ejercen su función adecuadamente. También adolecen de una clara falta de sintonía en las parroquias donde radican, sin participar de la vida de la misma de forma activa, así como de una verdadera presencia en la vida de la diócesis, aunque siempre que se lo requieren su presencia está garantizada.

Quizá esta última parte nos suena de tiempos no tan pretéritos. Aquí hemos andado camino y aún nos queda un buen trecho por delante. Por eso, como hice en la tertulia, animo a nuestros hermanos mirobrigenses a que trabajen por y para la Iglesia de esa querida diócesis, estrechando las distancias que pueda haber. Son necesarios para la nueva evangelización, las cofradías son movimientos con un potencial no siempre bien valorado, pero llevamos siglos ahí. Y por si me lee algún sacerdote o incluso el obispo de la diócesis (el administrador o el que esté por venir), no den la espalda a las cofradías y a los cofrades. Ayúdenlas con la espiritualidad de la mirada del Buen Pastor y verán como dan fruto en abundancia.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Paco Gómez

Detalle del cartel de la Hermandad del Cristo del Perdón por su 75 aniversario fundacional | Foto: Alejandro López

06 de febrero de 2019

"Entonces se le acercó Pedro y le dijo:
-Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?
- Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete"
(San Mateo 18, 21-22)

Aunque la Cuaresma, y la propia Semana Santa, parecen los momentos más apropiados para la reflexión penitencial, no es menos cierto que el mundo nunca para y que no hay nada tan consustancial a la acción del hombre como equivocarse, pongamos el apellido moral que queramos. La misa dominical nos recuerda en todo tiempo la conveniencia de reconocer humildemente nuestros pecados, pero sobre todo nos orienta a sentirnos reconfortados en el perdón.

Perdón que, basta con mirar un informativo cualquiera, no sabemos muy bien si merecemos, pero que en todo caso –en el sentido trascendente y en el de la más cercana convivencia ("como nosotros perdonamos a los que nos ofenden")–, está instaurado en la base misma del ideario cristiano.

Necesitamos, por tanto, el perdón. El que viene, digamos, de arriba y el que viene de quien está al lado. Porque en el rencor no se puede vivir o, en todo caso, se vive de forma más ácida, angustiosa y estrecha.

Baste esta reflexión general para introducir otra necesidad más específica de la Semana Santa salmantina. También aquí necesitamos el Perdón, pero esta vez con mayúscula. La del Santísimo Cristo del Perdón, tras la que se encuentra también la hermandad que le da vida cada tarde de Domingo de Ramos.

Ciertamente, pocas cofradías salmantinas han sufrido tan severamente los impactos de las distintas crisis espirituales pero también sociales y urbanísticas que han ido modelando Salamanca desde el siglo XX.

Movida a cambiar de punto de inicio para sus procesiones en tres oportunidades. Abocada a sentirse algo desorientada con el traslado de la prisión provincial al centro penitenciario de Topas.  Condenada a vivir hasta el último momento la incertidumbre de saber si llegará o no el indulto. Son luces y sombras con las que un grupo de personas ha luchado, y lucha, admirablemente por seguir manteniendo una salida penitencial que, no olvidemos, ya se vio obligada a suspenderse entre 1973 y 1986.

De aquella intensa crisis, por cierto, surgió la oportunidad magnífica de incorporar a la Semana Santa de la ciudad el crucificado de Bernardo Pérez de Robles. Una de nuestras grandes obras, que quizá no tenga, es cierto, el itinerario más bello, pero que vale por si sola una procesión. Un crucificado de más que perfecta anatomía, que pese a lo sangrante de sus heridas no tiene en la cruz un tormento, sino un trono. Un crucificado con ojos abiertos que perdonan.

Acaba de comenzar el 75 aniversario de esta hermandad. La nueva junta directiva y la anterior han trabajado con el entusiasmo que la caracteriza en un programa que llamará la atención sobre muchos aspectos necesarios. Aunque, quizá por pudor, puede que se omita el más relevante, Salamanca no puede darse el lujo de quedarse sin el Perdón. Y ese es un llamamiento que nos concita a todos.


domingo, 3 de febrero de 2019

Tomás González Blázquez

Estación de la Hermandad del Vía Crucis en el Hospital de la Santísima Trinidad | Fotografía cedida por la cofradía

04 de febrero de 2019

La presencia de Jesús, una de las más entrañables y nítidas, en el dolor de los enfermos y en su necesidad de esperanza ha sido reconocida desde siempre por las cofradías. Se han sentido llamadas a su cuidado, a través de hospitales en sus primeros siglos de historia o de proyectos de asistencia y acompañamiento en la época actual, e incluso les ha parecido oportuno acercarse a ellos en las mismas procesiones de la Semana Santa. El dolor de Cristo, manifestado en tantas imágenes sagradas, o el de María, fiel reflejo de quien está junto al que padece, ha encontrado destino junto a los centros sanitarios. Una estación al lado de un hospital, una oración compartida en la puerta de una residencia de mayores o el simple transcurrir de los pasos bajo las ventanas de los enfermos, asomados quizá desde una silla de ruedas o arrastrando un palo de gotero, invitan a contemplar la Pasión desde el contacto con la enfermedad, la ancianidad, la soledad…

Existen casos paradigmáticos, como el traslado del Cautivo malagueño en la víspera del Domingo de Ramos a su paso por el Hospital Civil o la procesión de Penitencia y Caridad en el Jueves Santo de Valladolid. En Salamanca se conserva la visita de Jesús del Vía Crucis al Hospital de la Santísima Trinidad, en cuya capilla se venera la anterior imagen del titular de la hermandad. Quizá pudiera reconsiderarse la hora en que se produce este momento, sin duda valioso, de nuestra Semana Santa, de manera que responda mejor a su deseable carácter integrador de los enfermos. De los allí ingresados o residentes y de otros que pudieran unirse, como se unen las personas con movilidad reducida más fácilmente al besapiés de Jesús Rescatado, tras su descenso anual a la nave del templo, o se sienten parte del Domingo de Ramos, gracias a la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños, los más pequeños ingresados en el Hospital Clínico: les visitan para que no les falte su palma pese a no poder lucirla ese año en las calles. Esta tradición de proximidad de nuestras cofradías con los enfermos tiene su icono en el Cristo del Amparo, con hermandad propia de corta trayectoria fundada por sanitarios y puntual regreso a las andas con motivo del 75º aniversario de la Junta de Semana Santa. También ha tenido actividad recientemente un grupo constituido por jóvenes cofrades en el ámbito parroquial, creado en torno al hermoso crucificado de la iglesia del Carmen de Arriba.

El amparo que en Jesús, en su fe puesta a prueba por el dolor, han de hallar los enfermos, precisa de testigos de esa fe y de esa esperanza, expresadas en la obra de misericordia de visitar a los enfermos. A punto de celebrar un año más la Jornada Mundial del Enfermo, cada 11 de febrero en coincidencia con la memoria de Nuestra Señora de Lourdes, ayudan las palabras del mensaje del Papa Francisco para este día: "La gratuidad humana es la levadura de la acción de los voluntarios, que son tan importantes en el sector socio-sanitario y que viven de manera elocuente la espiritualidad del Buen Samaritano. Vuestros servicios de voluntariado en las estructuras sanitarias y a domicilio, que van desde la asistencia sanitaria hasta el apoyo espiritual, son muy importantes. De ellos se benefician muchas personas enfermas, solas, ancianas, con fragilidades psíquicas y de movilidad. Os exhorto a seguir siendo un signo de la presencia de la Iglesia en el mundo secularizado. El voluntario es un amigo desinteresado con quien se puede compartir pensamientos y emociones; a través de la escucha, es capaz de crear las condiciones para que el enfermo, de objeto pasivo de cuidados, se convierta en un sujeto activo y protagonista de una relación de reciprocidad, que recupere la esperanza, y mejor dispuesto para aceptar las terapias. El voluntariado comunica valores, comportamientos y estilos de vida que tienen en su centro el fermento de la donación. Así es como se realiza también la humanización de los cuidados". ¿No sentirán esta llamada a cooperar como voluntarios en hospitales, en residencias, en los propios domicilios de los enfermos, muchos de ellos ancianos o en situaciones de soledad, bastantes cofrades salmantinos? Posiblemente no la han sentido nunca porque nadie se la ha propuesto o no la han llegado a responder porque nadie les ha dicho cómo. A buen seguro, muchos podrían ser estupendos voluntarios en este sector socio-sanitario (algunos ya lo son), y nada mejor que comenzar por esa costumbre tan propia y quizá tan perdida de visitar a nuestros hermanos cofrades enfermos y ancianos. Siempre con el respeto, la medida y la naturalidad que esto requiere.

Por último, y cuando es un clamor en la ciudad el anhelo de contar con un nuevo complejo hospitalario a la altura que Salamanca merece, después de tan largas obras, además de la conservación del viacrucis de Genaro de Nó, ya suplicada en este espacio, me atrevo a proponer la participación de las cofradías en la capilla del nuevo hospital. Sí, quizá sea un espacio multiconfesional, pero eso no debería impedir la presencia de la simbología cristiana, que tanto consuelo ofrecerá a muchos de los que allí reciban quizá una mala noticia, un diagnóstico adverso, la muerte de un ser querido… y tanta alegría inspirará a los que quieran dar gracias por la salud recobrada o por el nacimiento de un nuevo miembro de la familia. Alguna de nuestras imágenes procesionales bien podría ser de apoyo para la oración en esas horas de hospital tan largas y a menudo tan inciertas. Pienso ahora en la de Nuestra Señora de la Alegría, depositaria de la noticia de la Resurrección y gozosa portadora de la vida plena de Cristo, que abraza en su propio lecho a cada uno de nuestros enfermos.


jueves, 31 de enero de 2019

Ángel Benito

Jesús Terradillos, deán de la Catedral de Salamanca entre 2014 y 2019, concluyó su mandato la semana pasada

01 de febrero de 2019

Al igual que Fernando de Rojas se convertía en un pesquisidor en la obra de Jambrina El Manuscrito de Piedra, Jesús Terradillos se ha afanado en sus 16 años de canónigo y sus cinco de deán en esclarecer la historia del conjunto catedralicio y revitalizar su patrimonio.

Nunca tiene cobertura. Sumergido en una burbuja de nueve siglos de historia, se enfrenta a los planos de cada piedra como hicieran los primeros canteros que se enfrentaban al reto de levantar la Catedral Nueva desde aquel mes de mayo de 1513. Se me viene a la cabeza el pesquisidor Fernando de Rojas que imaginó Luis García Jambrina cuando recorría cada capilla de la Catedral para descubrir las pistas. No hay que atreverse a imaginar toda la expectación que sentiría un recién llegado canónigo enfrentándose a la magnitud de la Catedral. Religiosamente, en la sede del obispo, en la madre de las iglesias de Salamanca. Para un amante del arte, vivir desde dentro un legado de piedra y hacerlo crecer.

Para ello, optó por formarse en patrimonio e hincar los codos para conocer las mejores técnicas para revitalizar primero la diócesis como delegado de Obras, conocimientos que posteriormente aplicaría a la Catedral. Suyas fueron las principales aportaciones del V Centenario de la Catedral para cristalizar con el apoyo económico de las administraciones: la restauración de las salas capitulares y la Torre de las Campanas. Suyas fueron las llamadas durante el mandato de Ángel Rodríguez para abrir las puertas que se cerraban una y otra vez y que finalmente cristalizaron en el Ayuntamiento y la Consejería de Cultura.

Tras recibir el apoyo del Cabildo, cogió la presidencia del órgano colegiado y puso en marcha la modernización de la Catedral, en la que ha tenido durante gran parte de su mandato el apoyo del historiador Mariano Casas. Llegaron los códigos QR y un museo donde las nuevas tecnologías hicieron aparición por primera vez. Se sucedieron los nuevos proyectos consumados y las alianzas. Las capillas históricas de Santa Catalina y Santa Bárbara recuperaban el valor que le dieron sus estudiantes cuando se examinaban a los pies del obispo Lucero y se llevaba a cabo el proyecto de iluminación de la Catedral Nueva. Ya en 2007, en las primeras conversaciones que mantenía con Jesús Terradillos como canónigo, ya hablaba de este anhelo.

Cada mes de mayo recorría y recorrerá las cubiertas para tratar de frenar el efecto dañino de las aves. Gracias a él pude ver de cerca los relieves en la cúpula de Juan de Sagarbinaga, un elemento arquitectónico en el que durante este mandato se ha realizado una labor ingente y poco vistosa: eliminar todos los rastros de goteras. Seguirá como canónigo y recordando a los viejos canteros de piedra que con el cincel repasaban cada piedra siendo conscientes que cada grano se convertiría en la piedra angular de la Catedral. Dejará el primer plano que obliga todo cargo de deán, para volver a reencarnarse en el Fernando de Rojas que camina entre las gárgolas imaginando como resolver los enigmas que aún quedan pendientes en la Catedral.


miércoles, 30 de enero de 2019

Félix Torres

Sesión dedicada a los jóvenes este mes dentro del ciclo Lunes Cofrade de la Coordinadora Diocesana de Cofradías

30 de enero de 2019

Recién terminadas las fiestas navideñas, la Coordinadora de Cofradías nos convocaba a continuar con esas jornadas de reunión y reflexión que, como dice el programa de promoción, constituyen una cita ya consolidada en las tardes de los lunes. Un lunes por mes, que podría parecer poco pero es suficiente, y son ya más de tres los años que llevamos asistiendo a estas convocatorias mensuales de la Coordinadora.

Hace ya más de tres años, cuando estas jornadas comenzaban a ver la luz decía en este mismo foro que "gracias a esta espléndida iniciativa, todos los cofrades salmantinos hemos sido convocados a participar con nuestras opiniones sobre distintos temas directamente relacionados con lo que se supone es nuestro interés directo: cofradías y cofrades. Momentos en los que podemos opinar con nuestras propias palabras, con la misma confianza que podría darnos la barra del bar de nuestra casa de hermandad, sobre cuestiones que nos rondan las conversaciones con más frecuencia de la que creemos". Pues bien. Sigo creyendo en lo que dije y así, mantengo el interés por asistir a cada una de las citas siempre que otras actividades con más peso me lo permitan.

En la primera sesión del año, hace apenas una semana, se nos convocaba con el atractivo motivo de Los jóvenes cofrades: el futuro... ¡y el presente!. Sugerente tema sobre el que muchos hemos hablado, insistido, escrito y hasta polemizado. Así, ya se preocupaba Tomás González Blázquez, en su artículo del 9 de marzo pasado, por la situación de nuestra juventud. Y comentaba cómo aun existiendo una oferta de actividades de distinto tipo, tanto desde las propias cofradías como desde otras entidades con las que se pretende estimular a los jóvenes a moverse y participar en el camino de cada cofradía, lo que falta es profundizar en lo esencial.

Ilusionado por ese empuje del que hacen gala nuestros jóvenes cofrades a la menor oportunidad, acudí a esta sesión de Lunes Cofrade confiando en ver a muchos de nuestros jóvenes alzando la voz y dialogando, entre ellos y con los asistentes menos jóvenes, para hacer una reivindicación de su sitio con la fuerza no solo de las ideas, sino de su presencia en una actividad que, sin ser litúrgica (siempre menos atractiva), tampoco giraba en torno a una imagen, una banda, una procesión o cualquier otra cosa típicamente cofrade.

Sin embargo, a pesar de la insistencia –verbal siempre– de muchos por esa cuota correspondiente a los jóvenes en juntas y consejos en los que la toma de decisiones afectan a nuestras hermandades; a pesar de ese runrún por el que, como zumbido de fondo que parece acúfeno en el oído de directivos –casualmente siempre adultos–, se pide machaconamente dar paso a la juventud para agarrar riendas de futuro; a pesar de la omnipresente necesidad de presencia… No fue eso lo que vi. No hubo asistentes jóvenes, más allá de una escasa mitad de media docena, que trajeran aires frescos de los que impregnarse. No hubo cofrades jóvenes, aparte de los ponentes, que se nos mostrasen como ese "presente" del título de la jornada y no sé por qué.

¿Falta de difusión? La carta convocatoria de la Coordinadora, es cierto que va dirigida a las juntas de gobierno y… puede que estas no canalicen adecuadamente la información hasta sus cofrades. Pero, si yo me he enterado por distintas vías, dudo de que esta información no haya llegado a sus destinatarios finales, que las redes se nos meten por cualquier sitio.

¿Mal horario? Posiblemente, un lunes a las ocho y media de la tarde no sea ni el mejor día ni la mejor hora para una actividad de este tipo, pero el mismo argumento se utilizaría si se convocase cualquier otro día a cualquier otra hora. En definitiva… según esto, no hay día bueno.

¿Desidia? ¿Desinterés? Quizá sea esto. Quizá los jóvenes cofrades han heredado antes de tiempo la pasividad de los cofrades adultos y, siguiendo sus pasos, hayan perdido el interés por todo aquello que no sea paso y carga, cirio e incienso, cruz y vara. Si este fuera el caso, es complicado recuperar ilusiones y participación. Pero, también, si es este el caso, la juventud pierde la razón de su pujanza, sus exigencias dejan de tener sentido y estarán dando los primeros pasos, quizá prematuros, para incorporarse al círculo de los acomodados adultos cofrades de temporada.

Lástima que esos tres cofrades, esos jóvenes ponentes que estuvieron frente a nosotros, no pudieran difundir su "experiencia joven" a quienes, como ellos, debieran compartir. Porque, hay que decirlo, esos chavales del otro lado de la mesa dijeron y dijeron bien; Alberto Alén, Luis Romo y Víctor Sánchez dejaron, para reflexión de quienes estuvimos, frases cargadas de contenido, experiencias ejemplificadoras para sus coetáneos y sugerencias con el hondo criterio de quienes viven la experiencia de ser cofrades y jóvenes con sentido y responsabilidad. Mostraron su compromiso y dejaron la sensación en los asistentes de que, a pesar de todo, hay manos jóvenes en las que se pueden dejar las riendas de nuestras cofradías.


domingo, 27 de enero de 2019

Conrado Vicente

Uno de los encuentros quincenales de la Tertulia Cofrade Pasión, celebrados desde 1990 | Fotografía: Pablo de la Peña

28 de enero de 2019

Hasta hace diez años yo era un cofrade de la variedad procesional. O sea, de esos, la mayoría (dicho sea sin afán de exculpación), que solo después del miércoles de ceniza, con la llegada del boletín, retoma la relación, apagada durante el resto del año, con sus cofradías, pero cuya actividad se reduce a pagar la cuota, anotar las novedades (de recorrido, uniformidad o cualquier otra), asistir a alguna devoción cuaresmal (optativa) y esperar: esperar, como buen cofrade, el día de la procesión. ¿Había oído hablar del compromiso cofrade, la promoción de la vida cristiana, el crecimiento en la fe, la vida de hermandad y otros conceptos por el estilo? ¡Claro! ¿Y de caridad, testimonio, fraternidad, coherencia espiritual…? ¡Sí, sí, por supuesto!, es la cantinela que repiten todos los años los presidentes de hermandad en el discurso de imposición de medallas a los nuevos hermanos y el señor obispo en el saluda de las revistas cofrades. Pero, la verdad, eso no viene incluido, al menos de serie, en el ideario del genuino cofrade de procesión. Eso requiere un esfuerzo extra que debería comenzar, como casi todo, con una primera formación o una motivación especial. Y ya digo, entonces yo era un típico y feliz cofrade procesional.

Mis primeras procesiones, en los años setenta, entre imágenes de Juan de Juni y Gregorio Fernández, fueron de tanteo infantil, y sin caperuz que era lo peor. Duraron pocos años y escapé, supongo que por cuestión de edad, de cualquier formación cofrade aunque en mi favor debo decir que ya llevaba lo mío, al menos en temas de fe y algo de caridad, gracias a catequesis varias y retiros de cristiandad, la Legión de María después, algún escarceo con el Verbum Dei y lo mejor y más divertido, los veranos sanabreses con el Movimiento Junior, esto último ya en tierras de Zamora. Y fue precisamente ahí, en esa ciudad, en la que el cofrade aprende su oficio en torno a una camilla más que en el salón parroquial y en las aceras durante la Semana de Pasión más que en la casas de hermandad, donde bien entrados mis treinta volví a la procesión.

Pasaron algunos años más hasta que, por esos caminos inescrutables de la existencia, llegó mi formación cofrade. Durante los últimos diez años, he compartido tertulias y tardes de sábado y café con artistas e intelectuales de todas las calañas: de la luz y de la pluma, de la gubia y del pincel, de la palabra y la frase, de la partitura; he escuchado a médicos, profesores, abogados, políticos, a más de un teólogo, algún obispo travieso y curas de pueblo; abades y hermanos de toda condición: mayores, de fila, de carga, oficiantes de las mil labores de hermandad, en masculino y femenino, y cada uno de ellos y todos a la vez me han hecho reflexionar sobre, no creo que falte ninguna, todas las dimensiones que integran la Semana Santa y su representación cofrade en la calle: devoción, arte, cultura, rito, tradición, historia… Pero también me han enseñado los fundamentos de la espiritualidad y entrega cofrade, el compromiso social, la vida de hermandad… Sin lugar a ninguna duda, el mejor (y más entretenido) curso cofrade que he podido recibir.

Esta historia debería concluir con un final feliz, algo así como un cambio de actitud o la adopción de una nueva perspectiva personal en cuestiones cofrades. Esa es la finalidad de cualquier proceso formativo. Un capillita o casi, vamos. Pero no ha sido así. Seguiré, en espera de la segunda llamada del cartero, siendo el cofrade procesional de siempre al que despierta de su letargo anual los ensayos del Merlú nazareno, el empalagoso aroma de los hornos zamoranos y la luz crepuscular de los últimos días de invierno reflejándose en las piedras de la catedral. Y sin embargo no tengo la mínima sensación de fracaso. Al contrario. Gracias a esas tertulias, este cofrade empieza a comprender el significado profundo de esta celebración y la necesidad de dedicar un tiempo anual a meditar sobre los jalones que limitan nuestra existencia: vida y muerte, dolor y gozo, en modo de expresión popular, con todas las miserias que acompañan a cualquier organización humana pero también con todas sus virtudes. Parece una frase socorrida para acabar estas líneas, pero encierra, piénsese, todos los contenidos de un auténtico curso cofrade. Mi personal curso cofrade.


viernes, 25 de enero de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

Conferencia de José Manuel Hernández organizada por la Hermandad Franciscana | Fotografía: Pablo de la Peña

25 de enero de 2019

¿Cuántos cofrades de los que vestimos hábito vamos a misa de forma habitual?

Esta pregunta incendiaria nos obliga a meter la cocorota como el avestruz debajo del alamaben para ocultar la respuesta que en cierto modo produce urticaria. Todos sabemos la realidad paupérrima que sufre el mundo cofrade respecto a ese compromiso cristiano que debería ser consciente y de obligado cumplimiento.

Pero esta temática tan controvertida tiene más historia cuando nos preguntamos por la participación de los cofrades en los actos organizados por las propias hermandades. De sobra conocemos ese gran vacío que viene a corroborar la indiferencia que sufren la mayoría de las cofradías por parte de sus componentes.

Este desaguisado religioso que vivimos va más allá de esta Semana Santa que necesitamos y queremos. Si miramos con ojo crítico, podremos observar cómo en Salamanca conseguimos un buen nivel respecto a los actos que se realizan, con una participación digna de asistentes, aunque entre ellos, por desgracia, no se encuentren los propios cofrades. En provincias cercanas a la nuestra, con semanas santas de un gran postín reconocido, la mayoría de las hermandades solo tienen como referencia la procesión que, en síntesis, es la única justificación de su existencia.

Este escenario pasional tan extraño encierra contradicciones palpables de fondo, que se aprecian con cierta relevancia cuando escuchamos, en bocas dirigentes, que su entrega, dentro de la cofradía de turno, tiene como cometido principal defender y luchar por las imágenes (palabras textuales) como si estas necesitasen algún tipo de aliento o amparo. Pero lo grave es oír estas desafortunadas palabras delante de algún sacerdote incapaz de corregir delante de una asamblea este tipo de alocuciones que poco ayudan a buscar el camino.

Cuando las imágenes se convierten en epicentro religioso y la emoción desbordante nos acapara los sentidos, todo lo demás sobra. Tener hilo directo con una talla de madera que se trasforma en el mismísimo Cristo asienta, en el corazón sentimentalista y poco formado, la falsa creencia de estar tocados por una especial gracia cofrade hechicera.

Entonces, ¿de qué va todo esto?

Simplemente de que se ha desperdiciado el tiempo en una pelea silenciosamente absurda entre las cofradías y un clero que, por formación y poder moral, debería haber caído en la cuenta de que los surcos cofrades reunían miles de espigas jóvenes que necesitaban el abono necesario para crecer dando fruto. Un fruto que pertenece a una Iglesia que es de todos, porque cada uno de nosotros somos parte imprescindible de ella.

Por otro lado, las cofradías, alentadas por ese abandono sufrido, asumieron la mala costumbre de creer y divulgar que por encima de ellas nada ni nadie podía exigir rendimientos.

Cuando compruebas que destacados cofrades tienen, en las redes sociales, el desliz de arremeter furias incalificabales contra el ordinario de la diócesis, sin que nadie pida cuentas, es para pensar que tenemos un problema serio carcomiéndonos la raíz.

Da la impresión de que lo verdaderamente importante es que la procesión tenga gente porque para eso se trabaja todo el año.

¿Todo el año? ¿En qué? Otra pregunta de examen final, que esperemos que el año que acabamos de inaugurar responda contradiciendo a este pobre escribidor de letras…

Paz y bien para todos.


miércoles, 23 de enero de 2019

Abraham Coco

23 de enero de 2019

¿Cómo se escribe un pregón? La designación como pregonero cofrade va acompañada de un aluvión de parabienes y mensajes de ánimo, pero no de un libro de instrucciones. No existe un manual sobre cómo escribir un pregón de Semana Santa que, como se sabe, se presupone distinto de otros textos de su género. Es diferente de un pregón de fiestas patronales, pues no se vocifera desde el balcón de la casa consistorial sobre una masa encervezada. Y tampoco se asemeja, aunque algo tengan en común, con la exaltación del vino de Toro o del galo piñeiro, pues aquí se trata de alimentar el alma más que el estómago, aunque los sentidos han de andar igualmente despiertos en ambos casos.

En esas estamos, en el ecuador del periodo que va desde la fecha del nombramiento oficial (¡hace ya dos meses!) hasta el momento en que el texto habrá de entrar en imprenta, penúltimo trámite de un proceso que en las próximas semanas irá acelerándose, por lo que sería conveniente terminar los deberes a tiempo, mientras los más capillitas no dejan pasar un día sin avanzar en su cuenta atrás.

Se me ha indicado la duración aconsejada, lo que sería conveniente. También es conocido el escenario en el que habrá de pronunciarse, así como el contexto y su parafernalia, término que en esencia no conlleva ningún tipo de significado peyorativo. A partir de ahí habrá que ir cerrando flecos. Pero flecos son. Por eso al pregonero lo que le inquieta es, mejor o peor, tejer la tela. Sin tela no hay flecos.

Al apóstol Santiago, que desde hace casi cuatro siglos atiende diligentemente a monarcas y delegados regios que le imploran en la Ofrenda Nacional, le he encomendado el acompañamiento que en este feliz brete se requiere. Qué duda cabe que es una satisfacción y un inmenso orgullo ser pregonero de la Semana Santa de tu ciudad. Pero ay de esos momentos de zozobra que emboscan en el camino...

El pregón, en cualquier caso, se escribe a ordenador, preferiblemente con música de fondo y una vela encendida junto al pequeño crucifijo que me regalaron el día que, rematada la educación obligatoria, dejé el colegio San José después de trece años. A sus pies, sobre la piedra blanca, una pequeña medalla de Madre Matilde, la cuasibejarana beatificada por Juan Pablo II en 2004, donde leo la inscripción "Jesús, tus miradas curan mi alma". Hace unos días, Francisco Mena Cantero, que este año será el Poeta ante la Cruz, me comentaba en el transcurso de una entrevista que se publicará en el boletín cuaresmal Cruz de Guía, que los textos, en concreto se refería a los sonetos, cuando están bien ejecutados, no es mérito del autor por haber sabido escribirlos, sino por haber logrado encontrarlos.

Así que pongo la brújula y busco, a ratos en la cabeza y a ratos en el corazón. Busco también en la mesa de un bar entre conversaciones amigas y sorbos de café; en confidencias a la puerta de la iglesia o tras las cañas que estas mismas propician; en charlas –cara a cara o a distancia– de las que surgen ideas que modelar; en las notas que a lo largo de todo este tiempo fui recopilando... Busco, busco, busco...


lunes, 21 de enero de 2019

F. Javier Blázquez

El obispo presidió el pasado sábado la presentación del proyecto de las normas diocesanas para cofradías

21 de enero de 2019

Había expectación y no era para menos. El sábado pasado se presentó, por fin, el texto íntegro del proyecto de las normas diocesanas para cofradías. No estaban todos los que debían estar y el peso de la Semana Santa era casi absoluto frente a las otras cofradías, las comúnmente denominadas de gloria. Pero fue bonito ver a los representantes de las cofradías (agrupaciones parroquiales en algún caso, por eso de ir utilizando ya la terminología propuesta) de toda la diócesis, atentos a lo que la comisión redactora, presidida por el propio obispo, iba a comunicarles.

Ya había habido otras presentaciones. La del avance del borrador en 2017 o la que canalizó la Junta de Semana Santa de Salamanca, la única asociación de cofradías constituida canónicamente en la diócesis. A mayores, en otros foros privados, como el de la Tertulia cofrade Pasión o el encuentro de hermandades de Nuestra Señora de la Soledad, también se había hablado de ellas, explicando sus partes y espíritu.

La novedad es que ahora ya se pudo leer el texto, que al final se entregó a las cofradías, lo mismo que a los presbíteros. No es definitivo, cierto, pues falta aún la ratificación de los consejos Presbiteral y de Pastoral y el texto, por tanto, es susceptible de mejoras. Pero, seamos realistas, una vez que el obispo ha dado ya el visto bueno a un documento que en última instancia él ha maqueado y tuneado, como gusta decir ahora, hay que ser muy osado para plantear enmiendas cuando ya se tuvo tiempo para enviar iniciativas y sugerencias. Evidentemente, si la mejora propuesta es objetivamente buena, y conveniente, el Consejo de Pastoral la va a hacer suya y la incluirá. Sin embargo, correcciones estilísticas al margen, la realidad es que las normas van a variar muy poco de las avanzadas el día 19. Por lo tanto, ya sabemos a qué atenernos.

Este documento, que ha brotado directamente de la Asamblea diocesana a modo de mandato, va a suponer un cambio importante en nuestra trayectoria como cofrades. Será una ayuda, una oportunidad, un medio que clarifique para hacer bien las cosas y las cofradías, sin renunciar a su idiosincrasia y autonomía, funcionen como lo que deben ser, una parte integrante de la Iglesia. Con estas normas quedará claro dónde hay cofradía y dónde no. Y con ello se darán por terminados los dimes y diretes que venimos arrastrando desde hace décadas en nuestra diócesis. Si se es cofradía, se es con todas las consecuencias, y si no, pues se funciona como agrupación parroquial.

Lo mismo sucede con la clarificación de cuestiones tipo fundación, acceso y permanencia en los cargos y rendición de cuentas. Es bueno que esté bien definido, para que todos lo sepamos y nos sintamos ante todo Iglesia, que es de lo que se trata. Son cosas muy normales que deben tenerse en cuenta, empero, porque la autonomía es un derecho que nunca puede degenerar en la creación de espacios privativos. Esta normalización, muy demandada por las cofradías, insuflará nuevas fuerzas y permitirá una renovación del fenómeno cofrade en la diócesis. Salamanca lo necesitaba de verdad y así se reconoció mayoritariamente por los cofrades asistentes a la presentación.

El texto es amplio; son 70 artículos. Y contiene muchas más recomendaciones que prescripciones. Realmente obliga a muy poco, a aquello que no queda más remedio. La lectura pormenorizada y detenida nos permitirá descubrir la riqueza que encierra y la defensa que se hace de la piedad popular que promueven las cofradías. Esperamos con ansias su entrada en vigor, que si se cumplen plazos llegará al final de la cuaresma. Y confiamos en su cumplimiento y aplicación para que nuestras cofradías lleven a cabo con eficacia el principal cometido para el que fueron fundadas.


viernes, 18 de enero de 2019

Pedro Martín




18 de enero de 2019

Comenzaba el año en mi tierra de adopción, por mor de mis obligaciones laborales, y en la eucaristía de ese día el sacerdote –mi amigo Fernando Valverde– nos invitaba a hacer un juego de palabras con el abecedario a modo de propósitos para el nuevo año. Copiándole la idea, aquí va el mío en clave cofradiera salmantina. Allá vamos.

A de amor. Qué mejor palabra para comenzar, y mucho mejor si al final del año hemos amado a nuestros hermanos cofrades.

B de biblia, palabra de Dios, palabra viva, donde encontraremos todas las respuestas.

C de cofradía, que no es ni más ni menos que una comunidad de cristianos en torno a una devoción y que quieren vivir su fe de esta manera tan particular.

D de domingo, día del Señor, al menos que ese día celebremos la eucaristía, da igual donde. Llenémonos de la gracia de Dios, su palabra y su alimento, imprescindibles para todo cristiano.

E de esperanza, esa que nunca nos tiene que faltar ni le tiene que faltar a ninguno de nuestros hermanos. Démosle esperanza.

F de fraternidad, la que se necesita no sólo dentro de cada cofradía, sino también entre ellas, que todos seamos hermanos de todos.

G de gratitud. Qué bonito es oír la palabra "gracias", con mayúsculas y de corazón, que sea una palabra gastada de tanto usarla, como se gastan las zapatillas al caminar.

H de hijos de Dios. No olvidemos este regalo del Padre que por la encarnación de su Hijo nos hace a su vez hijos suyos, de un mismo padre.

I de Iglesia, la nuestra, la diocesana, pero también la universal, la iglesia de Jesucristo. Cuidémosla. Amémosla.

J de justicia (social), la que hacemos y la que estamos obligados a hacer las cofradías, desde nuestro pequeño mundo, desde nuestras posibilidades, al servicio del más necesitado.

K de kilómetros, los que desearía ver en las filas de nazarenos de cirio alumbrando a nuestras imágenes para hacer una verdadera procesión.

L de liturgia, tan necesaria, tan desconocida, a veces tan poco cuidada. Hagamos de nuestras celebraciones encuentros con Dios cuidados con mimo y esmero. Él lo merece.

M de Madre (poned cada uno vuestra advocación), esa que está siempre ahí, escuchando, atenta a las necesidades de sus hijos. Cuídala. Vete a verla. Rézale.

N de Normas Diocesanas, necesarias, esperadas, trabajadas, rezadas, explicadas, comprendidas, asumidas, queridas, aplicadas, resolutivas…

Ñ de niÑo (permitidme la licencia), niños que debemos cuidar en esta tradición para que sea bastante más que eso, pero también eso, ojalá una nueva manera de evangelizar.

O de oración. Que nunca falte ese ratito de oración, a solas, en grupo, frente a nuestras imágenes de devoción, cara a cara con Jesús sacramentado. Reza. Dios te escucha. Pero sobre todo te habla, algo tiene que decirte.

P de pregón, el que espero oír y disfrutar el próximo mes de abril en el Liceo para anunciar nuestra Semana Santa. Amigo Abraham, estamos expectantes.

Q de querer, a Dios, a los hermanos, con entrega, generosidad, sin pedir nada a cambio, de darnos.

R de Rescatado, al que tanto le debo por estos ocho años de servicio. Sólo él sabe por qué.

S de silencio. El que me gustaría paladear en las calles de mi ciudad al paso de las procesiones.

T de tertulia. La que promueve publicaciones como esta entre tantas otras actividades y la que nunca debe faltar, porque hablando se entiende la gente.

U de unción, ungidos y llenos del Espíritu Santo, como los apóstoles en Pentecostés, evangelizando con alegría.

V de vida. La que deberíamos de defender como cristianos, desde la concepción hasta la muerte.

X de incógnita a despejar. Los interrogantes son necesarios, aunque a veces no los resolvamos por nosotros mismos.

Y de Yahvé, Dios, "yo soy el que soy". ¿Es nuestro dios el Dios de Jesús? ¿El Dios del Evangelio y de la Iglesia? Si no fuera así, busquémoslo.

Z de Zaqueo, que si me subo al árbol ya veo venir a Jesús, montado en la Borriquilla. Qué ganas…


¿Qué buscas?

Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión