martes, 21 de mayo de 2019

lunes, 20 de mayo de 2019

José Fernando Santos Barrueco

"Yo calificaría Proyecto Hombre como un túnel del tiempo que, si se atraviesa y se llega al final, uno encuentra la luz que le permita reinsertarse en la sociedad con toda su dignidad", reflexiona el articulista | Fotografía: Manuel López Martín

20 de mayo de 2019

El pasado 13 de mayo y bajo el título En la orilla del Perdón se publicó en esta página un valiente y acertado artículo en relación con la polémica que rodea a la ubicación de Proyecto Hombre en las Bernardas. Se hace eco de algunas alusiones vertidas en una asamblea ¿informativa?, tales como la consiguiente aparición de atracos y jeringuillas en las calles del barrio. Este tipo de "perlas", como se apunta en el artículo, han aparecido también en prensa local aludiendo a manifestaciones de vecinos que hablan de acogida a adictos a las drogas, al sexo e, incluso, a presos en tercer grado que no han finalizado su condena, que traerían problemas de seguridad en la zona, con traficantes merodeando la misma esperando hacer negocio con los usuarios del proyecto. Algunas opiniones en la red van incluso más allá, aludiendo a violadores que entren y salgan de las instalaciones al tener su pena computable en un taller rehabilitador.

Es evidente que cada vecino puede tener sus opiniones y sus miedos y manifestarse en libertad. Pero es necesario que esas opiniones estén basadas en una información veraz y contrastada, de manera que cada uno pueda actuar en conciencia, con conocimiento de causa y sin miedos infundados, basados en la rumorología y en un vocerío asambleario, en el que no parece posible argumentación alguna y, como se apunta en el citado artículo, reina ese drama de nuestro tiempo, de no querer escuchar. Por eso me parece importante que en dicho artículo se desmonten las falsedades y se argumente acerca de la labor de Proyecto Hombre.

En esta línea, me gustaría aportar mi experiencia como voluntario en el centro de Proyecto Hombre. Me apunté con una idea un tanto caduca del mundo de la droga y sin conocimiento de la labor que se realiza en el centro. Mis dudas se desvanecieron con las primeras charlas que nos dieron y desaparecieron en el primer momento que pisé las instalaciones y tuve contacto con las personas residentes.

Lo primero que se aprende es que nadie que se acerque a Proyecto Hombre puede estar "consumiendo" (por lo tanto, mala zona para encontrar jeringuillas ni para que los traficantes "puedan hacer negocio"). En Proyecto Hombre no verás ni droga, ni alcohol (solo se bebe agua y refrescos, incluso en las fiestas) y tampoco móviles, "tablets" o cualquier tipo de dispositivo que permita el acceso a internet (posiblemente la mayor adicción que hoy nos rodea, por muy blanda que nos parezca). El contacto con el exterior está dirigido y controlado por el equipo de terapeutas y médicos que diariamente realizan allí su labor. Los residentes tampoco pueden salir libremente de las instalaciones. Las salidas, tanto en su objetivo, duración y acompañamiento, están también controladas. Aquellos que puedan tener penas pendientes están como residentes y no en un taller rehabilitador, de donde puedan salir y entrar a su antojo.

Pero lo que me resulta más significativo es la actitud de las personas. Cuando uno se encuentra en una situación insostenible y se da cuenta de que ha tirado una parte de su vida "por la borda" (y, posiblemente, la de su familia), se necesita mucho valor y mucha decisión para entrar en Proyecto Hombre buscando una ayuda que permita encontrar una luz al final del túnel. Y es que yo calificaría esa comunidad terapéutica como un túnel del tiempo que, si se atraviesa y se llega al final, uno encuentra la luz que le permita reinsertarse en la sociedad con toda su dignidad. Un auténtico túnel del tiempo, de unos dos años de duración, en el que hay que poner muchas ganas y una visión de futuro muy clara para poder atravesarlo. Allí se trata de  inculcar valores, conductas y normas de convivencia que no se han respetado en el periodo de adicción y que lamentablemente también van desapareciendo en nuestra sociedad independientemente de la adicción, tales como el compromiso y la responsabilidad en las labores que cada uno tiene que realizar hasta en los más ínfimos detalles, el respeto y la ausencia de gritos y discusiones, confrontando las diferencias por escrito y en presencia de los terapeutas, la reflexión para racionalizar las actuaciones, el pedir perdón y la amistad y el afecto en las relaciones.

Cuando se tiene la suerte de vivir la experiencia de un alta terapéutica (la salida del túnel a la luz) se da uno cuenta del testimonio y la humanización que se da entre los residentes.

Es mi experiencia personal. La labor de Proyecto Hombre me parece extraordinaria y la sociedad debería hacerse sensible hacia las instituciones que realizan labores humanitarias y hacia las personas que ponen toda su vida en salir de una situación desgarradora. Por eso no deberían sentirse alejados de la colectividad, como si fueran unos "apestados", sino integrados en la misma, como ya ocurre en otros Centros de Proyecto Hombre en los que no se presenta ninguno de los problemas "que se anuncian". Cada uno debería informarse y actuar en consecuencia.


viernes, 17 de mayo de 2019

F. Javier Blázquez

Un paso de plastilina, bajo la advocación de El Cristo de los Perdones, en un aula del antiguo convento de las Bernardas

17 de mayo de 2019

Permanecen todavía en esa Salamanca que llaman oculta, integrados en edificios o espacios que cambiaron su función, recuerdos ya casi borrados de intensas vivencias cofrades. En los conventos de San Francisco el Real, San Carlos Borromeo y el Santo Nombre de Jesús, de las monjas bernardas, en la parroquia de San Román o la misma Prisión Provincial, por citar los relevantes, se escribieron páginas gloriosas para el devenir de nuestra Semana Santa.

Por eso la mirada nostálgica se ilumina cuando, por ejemplo, reverdecen por cuaresma añejas evocaciones y se llenan los pasillos del Colegio Calasanz con pasos de plastilina, expuestos bajo las más increíbles advocaciones. Los grupos de la ESO prepararon una original y refrescante reflexión sobre la Semana Santa. El antiguo convento cisterciense fue otrora sede del Perdón. Hoy lo es de la esperanza, igual que muchos otros colegios que no tuvieron un pasado similar, pero sus alumnos construyen igualmente un futuro cristiano que acoge con cariño esta expresión tan propia y genuina de celebrar la pasión del Hombre que sometió a la muerte.

Atrás parecen quedar, afortunadamente, aquellos años del aggiornamento en los que más de un pastor llamado a la cura animarum preconizó con regocijo el final de la Semana Santa procesional. En plena crisis del antiguo régimen eclesial, en plena efervescencia postconciliar, se abrieron las ventanas del vetusto edificio para que el aire fresco arrastrase miasmas e hiciera posible la renovación. Era inevitable que todo cuanto ataba al pasado y distraía la nueva pastoral cayese como la fruta madura. Y alguno se aprestó a zarandear el árbol, ansioso por anticipar la caída. Era cabal que cofradías y procesiones, con fecha de caducidad, quedasen sentenciadas. Tenía que ser así y así parecía ser. Las filas decrecieron, los pasos dejaron de salir, las hermandades se perdían… Era el signo de los tiempos.

Pero no fue así, ya sabemos. Las circunstancias cambiaron y una nueva generación se alista a las hermandades mortecinas, funda otras nuevas, recupera mucho de lo que se perdió. Porque la vida de fe no puede fundamentarse solo en lo racional, ni la liturgia ser pura, ni la adecuación a los tiempos nuevos quedar únicamente en símbolo que no toca el corazón. Hace falta algo más, cuidar el aspecto emotivo. Y en la religiosidad popular, precisamente, esto abunda hasta el exceso, con todos los peligros que conlleva y por eso mismo se quisieron extirpar. Sin embargo, una cosa era prevenir el vicio y otra, bien distinta, llevarse todo por delante, incluido lo mucho de bueno que tienen las expresiones de la piedad popular. 

Aquellos que pasaron por la juventud en los setenta dieron el paso y cargaron sobre sus hombros con el peso de la recuperación. Ahora están de retirada porque la generación finisecular asumió ya el relevo, dispuesta a mantener la tradición. Lo había vivido y sentido como propio y aceptó con naturalidad las responsabilidades que llegaron. Así es como tiene que ser y por ello gratifica comprobar que la cantera no se agota y sigue habiendo adolescentes y jóvenes que viven de manera apasionada este acontecimiento tan profundamente humano. Dios muere y resucita y nos da la vida que no acaba. El pueblo celebra al comienzo de la primavera y muestra sin complejos al mundo secularizado el misterio de la redención. Ahí andan estos muchachos, ilusionados, esperanzados, dando testimonio de sus certezas, sabedores de que el futuro lo tienen ahí, tocándolo con las yemas de los dedos.

Por esas mismas estancias de la esperanza colegial transita María, sonriendo aún porque este viernes santo había abierto con un farol el desfile de la Congregación de Jesús Nazareno. En otros pasillos, los de la planta inferior, están los mayores y abundan entre ellos los cofrades de acera. Marina, Carlos y Guillermo afianzan sus criterios y comparten impresiones bajo la supervisión de Luis, que con su Rincón de los pasos sienta cátedra como capillita mientras sueña con llevar en procesión la Virgen de su pueblo. Pilar, más activa, reparte su ocio entre el fútbol y la Semana Santa. Su Virgen es la Soledad y nunca falla en su desfile, pero este año fue con Juan a cargar en la Agonía. ¡Qué pronto empiezan con esta locura tan apasionante! Lo mismo que Miguel con la música. Vive para ella y tiene en la trompa su mejor amiga, lo saben bien en la banda Ciudad del Tormes.

A veces retornan los veteranos a la querencia. No pueden evitarlo, porque Calasanz imprime carácter y su memoria permanece para siempre. Y por allí te los encuentras, en el tránsito de la esperanza, comentando cómo les va la vida y cómo ejercen de cofrades. Alejandro carga con el Cristo de la Agonía Redentora, que cuerpo tiene para ello. Diego, que viste el mismo hábito, participa en la agrupación musical, mientras María Victoria se reparte entre la Dominicana y la agrupación Virgen de la Vega, donde toca el tambor. Y por supuesto están las ilustres. ¡Cuántos recuerdos del curso pasado!, porque vaya antepasados tuvieron en la Semana Santa. Marta es de estirpe nazarena, Eva de la Vera Cruz y Fátima de la Soledad, donde ya asume alguna responsabilidad. Ellas lo asumieron todo antes, porque lo llevan en los genes, aunque si se habla genética soleana, Javier y Marta, cofrades y fotógrafos de futuro, también podrían presumir un rato.

Podríamos seguir, con este y otros colegios, que hay muchos más ejemplos. Es solo una muestra para reflejar que, gracias a Dios, la tradición sigue viva y se renueva. Y una tradición tan viva no se puede extinguir, aunque haya a quien le pese. Al menos, nos queda la tranquilidad de que nosotros no conoceremos el final, porque el relevo está asegurado. Son tiempos para la esperanza de la Semana Santa, son tiempos para la esperanza de la Iglesia. Este torrente de vitalidad no se puede desperdiciar. La ilusión de tantos adolescentes y jóvenes es un tesoro guardado en vasija, ignoro si de barro, pero sí afirmo que estamos obligados a cuidarlo con mimo y mantenerlo para entregarlo, como ofrenda, a la Iglesia y sociedad del mañana. Esa sí es nuestra responsabilidad.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Daniel Cuesta SJ

Nuestra Señora de los Dolores, más conocida como La Piedad, de la Hermandad Dominicana | Foto: Alfonso Barco

15 de mayo de 2019

El mes de mayo está dedicado tradicionalmente a la Virgen María. En él, la Iglesia anima a los fieles a acercarse a la Madre de Dios por medio de oraciones, prácticas piadosas, ofrendas florales, cánticos y otras devociones. En muchas parroquias, iglesias, ermitas, colegios y hogares, en este mes se cuida con cariño el que a la Virgen no le falten flores, o incluso se decora especialmente algún retablo mariano, cuando no se levanta uno de carácter efímero. Todo parece poco para honrar a aquella que con su sencillo "hágase en mi según tu palabra" abrió a Dios la puerta para encarnarse en este mundo.

Y es que, María, para los cristianos es mucho, es ejemplo, es madre, es intercesora, es amiga, es reina, es refugio, es consuelo, es salud, es puerta que nos lleva a Jesús… Así lo entendió desde prácticamente sus inicios la Iglesia y por ello los bizantinos comenzaron a rogar o, si se prefiere a piropear a la Virgen con tres populares invocaciones: "Santa", "Madre de Dios" y "Virgen de las Vírgenes". Estas aclamaciones serían el germen de las actuales "letanías lauretanas" que deben su nombre al Santuario de Loreto en el que fueron compuestas y desde donde su rezo se expandió por toda la Iglesia Católica. Impresiona pensar que, con ellas, miles de cristianos coronan diariamente el rezo del Santo Rosario a lo largo y ancho del mundo.

Es por ello que, desde estas líneas me gustaría proponer a los cofrades de la ciudad del Tormes una breve pero intensa "letanía cofrade salmantina" con la que honrar a la Madre de Dios durante el mes de mayo. Ella puede ayudarnos a unirnos más a la Virgen, y también a descubrir que, pese a que tenga un rostro u otro, se adorne más o menos, sea de vestir o de talla, nos parezca más o menos bella o despierte enormemente nuestra devoción, María, la mujer de Nazaret que acompañó a Cristo hasta el pie de la Cruz, es una sola. Esta letanía podría ser rezada personalmente o de modo familiar en la intimidad de cada hogar, en las visitas a la sede canónica de nuestra cofradía, o quizá en un pequeño recorrido por las iglesias en las que se encuentran nuestras vírgenes. Cada cual sabrá como y cuándo, pero, personalmente creo que es bueno que los cofrades dediquemos un tiempo intenso y profundo a honrar a María en este mes de Pascua en el que la Semana Santa ya se nos ha esfumado.

Santa María, Virgen de los Dolores de la Vera Cruz. Ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, Virgen de la Palma. Ruega por nosotros.
Madre Purísima, María Santísima de la Caridad y del Consuelo. Ruega por nosotros.
Virgen fiel, Nuestra Señora de la Amargura. Ruega por nosotros.
Trono y Madre de la Sabiduría. Ruega por nosotros.
Rosa mística, Nuestra Señora de las Lágrimas Ruega por nosotros.
Torre de David, Virgen Dolorosa de Montagut. Ruega por nosotros.
Puerta del Cielo, María Nuestra Madre. Ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores, Nuestra Señora de los Dolores. Ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, Nuestra Señora de la Esperanza. Ruega por nosotros.
Consuelo de los afligidos, Virgen Dolorosa en la Calle de la Amargura Nazarena. Ruega por nosotros.
Auxilio de los cristianos, Nuestra Señora de las Angustias. Ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, Nuestra Señora de la Soledad. Ruega por nosotros.
Salud de los enfermos, Nuestra Señora del Silencio. Ruega por nosotros.
Estrella de la mañana de Resurrección, Virgen de la Alegría. Ruega por nosotros.
Reina de Salamanca, Nuestra Señora de la Vega. Ruega por nosotros.

lunes, 13 de mayo de 2019

Ángel Benito

Dos mujeres contemplan desde un balcón de la Prosperidad el paso del Cristo del Perdón | Foto: Manuel López Martín

13 de mayo de 2019

En un mundo donde la demagogia y la simplificación de la realidad cobra cada vez más protagonismo, los mensajes virales también pueden volverse añejos. En las puertas de un colegio, una amable mujer, abuela de alguno de los niños que va a recoger, sujeta en la mano un taco de folletos que va repartiendo con extrema diligencia entre los padres que lo recogen sin prestar atención a lo que contiene. Muestra una sonrisa al entregarlo. Él lo abre y asiente. Ellos lo comentan como un rumor. Y finalmente, una madre se indigna cuando lee la invitación. "Reunión. Motivo: RECHAZO A LA UBICACIÓN DEL PROYECTO HOMBRE EN LAS BERNARDAS". Así, en mayúsculas. Sin disimular. Solo un argumento: "Creemos que es importante que nuestro barrio se movilice en contra de dicha ubicación porque solo nos puede traer problemas dado que es un barrio con mucha gente joven". Y punto. Las jeringuillas en los parques lo dejaron para la reunión que era más comercial.

El encuentro es un nuevo despropósito. No es una reunión informativa. Solo vale el pensamiento dominante: ¿Cuando nos atraquen, quién nos va a defender? Se van a llenar de jeringuillas las calles, van a poner un centro de MENAS, se van a depreciar los pisos. Y así una larga hilera de perlas que, por difícil que parezca de procesar, calaron entre las cerca de 200 personas que asistieron, a excepción de una minoría a favor de la ubicación que fue acallada con insultos y a punto de ser expulsada de un centro municipal. No de la comunidad de propietarios. No del brasero del convocante. De un espacio que es de todos.

En el siglo XXI y en plena era de la información, parece mentira que cale una visión de la droga de los años 80 y un desconocimiento absoluto de la labor que realiza Proyecto Hombre en Salamanca. Ha cumplido quince años tras atender a cerca de 5.000 personas. PERSONAS. También yo utilizo las mayúsculas. Hay que recordar, y creo importante incidir, que en ninguno de los espacios donde está Proyecto Hombre ha habido incidentes con los vecinos, algunos de ellos céntricos como puede ser Capuchinos o el mismo Parque Fluvial. La movilización responde al desconocimiento y a otro drama de nuestro tiempo: no querer escuchar. De las 200 personas que había presentes en el aquelarre, nadie invitó a Proyecto Hombre. Primaba la idea preconcebida y los prejuicios. La doble visión: "Proyecto Hombre hace muy buena labor, pero mejor que esté lejos de mi casa y no lo vean mis hijos". No me estoy inventando nada. Los mismos hijos que son tratados por la heroína del siglo XXI a través del juego, la dependencia de los móviles, el hachís, la cocaína. ¿Quién estamos libres de caer en ello o que cualquiera de nuestro entorno cercano lo haga? ¿Quién piensa hoy en día que la persona con problemas de drogodependencias procede de una familia desestructurada? ¿Saben que habrá terapeutas, psicólogos, médicos, enfermeras en su interior? ¿Saben que no se puede acceder a Proyecto Hombre si se sigue consumiendo? ¿Saben que miran con escepticismo a Proyecto Hombre donde sus residentes no pueden pisar la calle pero pasan de largo de los "kioskos de la droga" que tienen de vecinos? Se mira con miedo a la persona que se quiere reinsertar en la sociedad. A esas alturas hemos llegado.

Quiero destacar en estas líneas el trabajo de la Hermandad Dominicana por ser el primero en la Semana Santa en visibilizar la labor de Proyecto Hombre. Primero, en el Vía Crucis de la Pasión. Posteriormente, en la procesión penitencial. Me consta que la Hermandad del Perdón ya ha mostrado su predisposición para extender esta colaboración. Echo de menos la movilización social contraria al grito desgarrador que nos pide volver a la Edad Media. Echo de más el silencio público cuando se amenaza con una manifestación el viernes previo a las elecciones bajo el lema de "En mi barrio no". Quiero pensar que la Teoría de la Espiral del Silencio que aprendimos en la facultad, a veces tiene aristas para mostrar que los lados más débiles resurgen para reivindicar una labor de recuperación mental, física y espiritual.

Confío. Y lo digo con sinceridad que no se imponga el pensamiento único. Si no miramos por ellos. Por nosotros. Habremos fracasado como sociedad. Y yo. Aún hoy, confío en El Perdón.


viernes, 10 de mayo de 2019

Montserrat González

María Stma. de la Caridad y el Consuelo ataviada de tres originales y diferentes modos que buscan potenciar su devoción

10 de mayo de 2019

Desde el punto de vista artístico, la pasada Semana Santa nos ha brindado momentos llenos de arte y pasión en las calles salmantinas. Sutiles detalles que unido al rico patrimonio artístico engrandecen nuestra semana de Pasión, comenzando por el emocionante y sentido pregón de Abraham Coco bellamente ilustrado en su edición impresa por la genialidad de Andrés Alén, pasando por la espiritualidad que desprende la Hermandad Franciscana acompañando a su magnífico Cristo de la Humildad de Mayoral honrado en el Patio Chico por voces gregorianas, o la austeridad del cortejo que acompaña al Cristo de la Liberación precedido por las impresionantes tavolettas de Jerónimo Prieto. Ciertamente, las inclemencias meteorológicas han impedido la contemplación de excelentes tallas y el disfrute de hermosos momentos, pero sí que tuvimos la oportunidad de contemplar en todo su esplendor la talla de María Santísima de la Caridad y del Consuelo magníficamente ataviada para realizar su estación de penitencia acompañando a Nuestro Padre Jesús Despojado de sus vestiduras. Un atavío que potenciaba la devoción de la imagen gracias a la disposición de prendas y aderezos y al magistral uso de tejidos y bordados que hacen de esta talla la mejor vestida de la Semana Santa Salmantina.

María Santísima de la Caridad y del Consuelo es una talla de vestir realizada por el imaginero cordobés Francisco Romero Zafra en madera de cedro real. Se concibe con una Virgen Dolorosa de suave modelado y fina policromía, siguiendo los cánones andaluces. Su rostro ovalado, de ojos castaños, se contrae delicadamente por el dolor que siente, seis lágrimas de cristal corren por sus mejillas mientras sus manos se abren a la altura del pecho para mostrar los atributos que la acompañan: rosario y pañuelo. Llama la atención su mirada casi al frente, de expresión dulce, calmada pese al sufrimiento experimentado ante la Pasión de Jesucristo. Su actitud es de acogimiento y consuelo. Sus dulces rasgos conjuntan a la perfección con el maravilloso rostrillo que la imagen estrenaba el pasado Domingo de Ramos. Configurado en un tejido del siglo XIX al que se aplica un bordado al estilo charro, la pieza enmarca perfectamente el rostro en un delicado equilibrio que denota el laborioso proceso utilizado por el vestidor y su equipo para dotar de personalidad a una imagen inerte que cobra vida bajo su característico manto azul. La saya de terciopelo blanco roto, las delicadas puntillas de sus mangas, el fajín que adorna la cintura, los originales bordados, sedas antiguas en la pechera y delicados brocados se aplican con suavidad y elegancia otorgando a la imagen una gran prestancia contribuyendo así a potenciar la labor realizada por el imaginero.

Verdaderamente los vestidores de las imágenes tienen un don que no es fácil de conseguir: convertir a la imagen en devoción, gracias a la disposición de las prendas y del ajuar. Tarea que tiene algo de rito y mucho de arte. Un laborioso proceso que debe guardar el equilibrio más delicado para forjar la personalidad que una imagen necesita. Se trata de dar vida a la madera haciendo arte con las telas, los encajes y las joyas, siempre buscando la idiosincrasia de la imagen, siendo fiel a la tradición pero con algún guiño a la modernidad de los tiempos.

Atrás quedan las épocas en las que las Dolorosas se vestían siguiendo los ornatos implantados por la realeza, como cuando la reina Isabel de Valois le encarga a Gaspar Becerra una imagen de candelero que siguiera el modelo de una Virgen de la Soledad que ella tenía en su cuarto a la que finalmente se coloca el vestido de la Condesa viuda de Urueña, lejos la severa austeridad implantada durante la República o las estrecheces de la Guerra Civil y sus años posteriores, atrás también la influencia que ejerció el mundo del cine con la imitación de los drapeados utilizados por las actrices de Hollywood como Rita Hayworth que tanta importancia tuvieron en ciudades como Sevilla, o el uso de tocados de tul plenos de soltura como si de pinturas de Murillo se trataran. Modas que se extendían a través de los devocionarios. Algo impensable en nuestros días donde la inmediatez de internet nos permite tener las imágenes de las tallas vestidas aun antes de su salida penitencial. De ahí la importancia del estilo de vestir una talla, de su idiosincrasia. El atavío, pues, define a la imagen que fijará con el tiempo un modelo icónico, un sello. Las Vírgenes se diferencian no solo por su advocación sino también por su estilo. Hacer que una imagen luzca perfectamente ataviada es algo más que ponerla bonita, es acercarla a sus fieles a través de la vista. Todo un arte para el que muy pocos están capacitados.

Desde hace un tiempo la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado y María Santísima de la Caridad y del Consuelo viene respaldado la labor realizada por su vestidor, el joven Óscar Rodríguez San Dionisio, sus ayudantes y camareras que se esfuerzan por singularizar la imagen de la Virgen explorando al máximo las posibilidades estéticas de los ornamentos pero sin alterar la obra del escultor, intentando fijar en el devocionario salmantino esta nueva advocación de la Caridad y el Consuelo. Para ello no dudan en acoplar tejidos antiguos, vetustas sedas e incluso aplicaciones de bordado charro en el ajuar de la Virgen, como por ejemplo los que lució la imagen con motivo de la festividad del Rosario: una saya al estilo de nuestro traje charro, a la que se añadían un dengue, una cinta y finos aderezos de oro en filigrana. Vestimenta  que ha marcado un antes y un después en la historia de esta hermandad. Así lo reconocía Álvaro Gómez, Hermano Mayor, en el último número de la revista Christus. Desde la incorporación de la Virgen al desfile procesional se busca dar un sello personal a esta imagen. Sin duda alguna, la sensibilidad y gusto estético de Óscar Rodríguez San Dionisio, que se está formando junto al escultor e imaginero sevillano Darío Fernández, sabrá dar la prestancia necesaria a su atuendo y dignificar aún más el dulce rostro tallado por la gubia de Romero Zafra sin caer en imitaciones innecesarias y teniendo en cuenta el contexto y la personalidad salmantina. Magnífica también la gloria central del palio que acompaña a la Virgen con una versión de la Misericordia de María realizada también por Óscar Rodríguez sobre tabla, de ese modo las advocaciones de la Misericordia, la Caridad y el Consuelo acompañan la imagen de la Virgen en su estación de penitencia.

Que estos detalles sirvan para engalanar y engrandecer nuestra Semana Santa haciendo del vestir de las imágenes todo un arte, confrontando las imágenes con todo aquello que pueda potenciarlas en aras de la devoción y el misterio.


miércoles, 8 de mayo de 2019

Pedro Martín

Un momento de pausa en la procesión de la Congregación de Nuestro Padre Jesús Nazareno | Foto: Manuel López Martín

08 de mayo de 2019

¿Qué se considera deprisa en una procesión? ¿Y despacio? ¿Van nuestras procesiones demasiado lentas? O incluso, ¿alguna va demasiado rápidas?

Probablemente el dilema no sea nuevo, pero de unos años a esta parte, nuestras procesiones van, a mi juicio, demasiado lentas. Y no escurro el bulto, no, que hablo en primera persona y de la mía, la que organizo y coordino y que para un recorrido de escasos mil seiscientos metros, invierte más de cuatro horas en realizarlo, incluyendo la estancia en la Catedral.

Otros ejemplos que podemos poner son la procesión de la Borriquilla, con el agravante en este caso del gran número de participantes de corta edad y que, para un recorrido de unos mil cuatrocientos metros, viene tardando tres horas y media aproximadamente.

Tenemos el polo opuesto: la Hermandad Franciscana se ha convertido por derecho propio en una de las más puntuales en las dos salidas penitenciales que ha realizado, rozando las dos horas de procesión para un recorrido de algo más de mil ochocientos metros y con acto en el Patio Chico.

Tampoco podemos olvidar el esfuerzo de la Hermandad del Silencio que, doblando en recorrido a muchas de las cofradías del centro, lo realiza en el mismo tiempo, es decir, al doble de velocidad, por lo que si se quiere se puede ir más deprisa sin duda.

Estos ejemplos son muy ilustrativos de lo deprisa o despacio que puede andar una procesión. Si bien es verdad que la Hermandad Franciscana como ejemplo es muy particular por la ausencia de música, imagen llevada sin andas, menor número de hermanos, no es menos cierto que yo ya echaba de menos esa sensación de niño cuando se podían disfrutar las procesiones una y otra vez sin cansarte, y no solo por la menor afluencia de espectadores, sino por la agilidad de las mismas a la hora de desfilar. Esto ahora es casi imposible.

¿Pensamos en el espectador y lo que ponemos en la calle? ¿Pensamos en los hermanos que sufren parones, a veces imposibles, a pie firme? ¿No será este uno de los motivos por los que nuestras filas están desnutridas? ¿Algún día dejaremos de tener pasocentrismo y entenderemos la procesión como lo que es, un todo?

Si tuviéramos miles de hermanos de fila, ojalá, no quiero ni pensar lo que ocurriría. No imagino al Cristo de las Injurias de Zamora a paso de tortuga como vamos nosotros, o recorridos de Sevilla que superan los diez kilómetros a nuestro paso. Háganse las cuentas, estarían varios días en la calle.

Quizá es momento de ir "un poquito más deprisa".


lunes, 6 de mayo de 2019

Paulino Fernández

Congregantes de Jesús Nazareno desfilan por el centro de la calzada en la Plaza del Mercado | Foto: Pablo de la Peña

06 de mayo de 2019

Finalizada la Semana Santa, los sentimientos y las emociones afloran. Y no solo por la alegría de la Pascua, que también, sino por los recuerdos y sensaciones que reverberan en nuestra mente y nuestro sentir.

Para mí, como para otros muchos cofrades, la importancia de la Semana Santa, hablando en su vertiente "cofrade", no radica en la definición secular que se le atribuye. En efecto, no comparto para nada el apellido que nos han dado, y que ahora hemos de exponer una y otra vez como si alguna puerta abriese, que nos intitula de "Fiesta de interés turístico internacional". Y, para que quede claro, el presente no va a ser un artículo "turismófobo" que venga a culpar al de fuera de los fallos propios que podemos encontrar en nuestra Pasión.

La Semana Santa, en su vertiente "cofrade", no es una fiesta. Ni debe ser una celebración que se vista única y exclusivamente para quien desde las aceras nos acompaña, ya sea con la intención de compartir esta forma de anunciar y expresar nuestra fe o con la de observar con interés antropológico, casi morboso, nuestros ritos. La Semana Santa no puede limitarse a vivir de puertas para afuera. No podemos congratularnos mutuamente en que el tiempo nos ha respetado y que, por consiguiente, esto ha sido la catarsis procesional. No hemos de quedarnos en el anecdótico dato de que las aceras estaban llenas de propios y extraños.

La Semana Santa es fe. Sin esta no se puede entender aquella, ni puede celebrarse. Pero, a mayores, presenta una serie de rasgos particulares que nos permiten vivir nuestra creencia también desde el ámbito procesional. Y si no cuidamos estos, si los dejamos de lado, corremos el riesgo de perder este modo de expresar y sentir la piedad popular.

Y uno de estos elementos propios es, sin lugar a dudas, nuestros sentimientos. Porque esta Semana de Pasión, a menudo, está ligada con una serie de componentes que nos pueden parecer periféricos y que, sin embargo, presentan un rol más central del que somos capaces de imaginar. Así, la Semana Santa es capaz de evocarnos la infancia, la niñez, esa fe que empieza a dar sus primeros pasos en la procesión de la Borriquilla, simplemente con el siempre antiguo y siempre nuevo olor de las palmas. Nos hace emocionar cuando, recordando a quienes nos precedieron en el camino al Padre, vemos a una nueva generación de cofrades que, con orgullo, portan en su primer desfile procesional la medalla que vistió su bisabuelo. Nos transporta a momentos felices, o incluso tristes, en los que acudimos a dar gracias o a buscar consuelo rezando al Señor o a su Santísima Madre, usando cualquiera de sus advocaciones como apoyo. Son todos estos sentimientos los que nos acompañan cada vez que, en la introspección penitente de nuestro capirote, salimos a la calle acompañando a nuestros amantísimos titulares.

Cuando sepamos conjugar, desde las hermandades, toda esta mezcla de emociones y les sepamos dar cabida en nuestro seno, recuperaremos ese sentimiento de unidad, que no de uniformidad, que debe reinar en nuestras corporaciones. Antes de vivir de puertas para fuera, cuidemos la vida interna nuestras asociaciones públicas de fieles. Y ello solo se consigue atendiendo a nuestros hermanos.


jueves, 2 de mayo de 2019

Tomás González Blázquez

Cruz de guía y mazas de la Cofradía de la Vera Cruz al inicio de la procesión el Domingo de Pascua | Foto: Pablo de la Peña

03 de mayo de 2019

"Fiesta Fundacional". Creo que no me equivoco al afirmar que la Vera Cruz es la única cofradía de la ciudad que contempla entre sus festividades, como uno de los cultos principales del calendario anual, la memoria de su propio nacimiento en clave de acción de gracias. En el tercer día del quinto mes del año no celebra ya la Cruz de Mayo, suprimida de la liturgia de la Iglesia aunque se conserve todavía ese poso en la piedad popular, pero en torno a esta fecha, siempre en plena Pascua, sí recuerda que un 3 de mayo, el del año de gracia de 1506, la cofradía fue formalmente instituida.

Cayó en jueves aquel año el día de la Cruz, y la predicación de un franciscano, fray Diego de Bobadilla, en el mismo monasterio de San Francisco el Real, convocó a ciento cincuenta salmantinos que se unieron en hermandad bajo el título y patrocinio del signo de la Salvación. Cinco centurias y trece años más tarde no viene mal fijarnos en esa jornada fundacional, que en cierto modo lo es de toda nuestra Semana Santa, para que la fiesta sea provechosa y fiel a su sentido.

La Cruz. ¡Qué misterio! Por muchos siglos que pasen no se agota y cada vida de cada cristiano no deja de ser un camino hacia la comprensión de la Cruz, que se vive de tantas maneras, pero solo entenderemos al llegar al destino, en la presencia de Dios. La Cruz, advocación a la que está dedicada la capilla propiedad de la cofradía, puede ser nuevamente la identidad que el templo necesita. Una iglesia de la Cruz, como tantas deliciosas ermitas que no faltan en nuestros pueblos, llamada a atraer como atrae hacia sí el Crucificado. Si la adoración eucarística ha sido el sello inconfundible de la Vera Cruz en estas últimas décadas, bendito reclamo gracias a las Esclavas del Santísimo, la oración confiada ante la Cruz podría ser la propuesta que enriquezca la actividad litúrgica y pastoral de un templo tan querido, hoy ciertamente muy limitada a los cultos estatutarios de la cofradía.

El franciscanismo. Presente en la historia de la cofradía, en su origen y en su devenir, nunca puede dejar de ser referente y estimulante. Ojalá la cruz de guía del Lunes Santo, noche de silencios elocuentes, vuelva a saludar con su "Paz y Bien", como saluda la cofradía a los de dentro y a los de fuera en sus comunicaciones. Como los escudos de las Cinco Llagas que flanquean la puerta de la Vera Cruz. Como el san Francisco que acompaña al Lignum Crucis en su caminar de la mañana de Pascua. Como esos santos varones, Pedro de Alcántara y Benito de Palermo, que se cuelan en las hornacinas de la capilla dorada y muestran ejemplo de seguimiento de Jesús a la manera pobre y sencilla de los frailes menores.

La predicación. Adaptada al 3 de mayo de 2019. Sermones del siglo XXI que han de ser testimonio creíble y coherente. Como las palabras de cercanía y acompañamiento que comparte el capellán de la cofradía, nuestro imprescindible Don Pedro, salesiano de Don Bosco y de la Vera Cruz con todos los honores azules (y tertulianos). Como las cinco procesiones, cada uno con su matiz y mensaje, que son en la calle un eco de la voz del Evangelio: el cuidado de la riqueza de los símbolos y una mayor participación de los cofrades contribuirán a que esta predicación procesional resulte más atractiva y fructífera, porque las procesiones siguen siendo hoy un medio válido, con poder de convocatoria y capacidad de reflejo de la belleza de Dios. Por último, y lo más importante, el testimonio de los miembros de la cofradía en sus ambientes familiares, profesionales, ciudadanos… Esta pregunta vale para los azules y los de todos los colores, para los que cumplen quinientos trece años y los recién fundados: ¿dicen de nosotros, los cofrades, "mirad cómo se aman"?


miércoles, 1 de mayo de 2019


El apóstol san Juan fue el testigo privilegiado de los principales momentos de la vida de Cristo, como vemos en esta Crucifixión pintada en 1873 por el ruso Evgraf Semenovich Sorokin
01 de mayo de 2019


Diego Ramírez Pagán y su Historia de la sagrada Passion de Nuestro Redemptor (III) 

Hemos señalado con anterioridad que la Historia de la sagrada Pasión que escribió Diego Ramírez Pagán, va de la mano, como ya anuncia su título y casi literalmente, del texto joánico. Al parecer, la duquesa de Segorbe, a quien está dedicada la obra, quiso –según hace constar el propio autor en la epístola que antecede a la obra– que "escriuiesse en estilo humilde y deuoto, la passion de nuestro Redemptor Iesu christo, sacada de la que escriuio sant Ioan como testigo de vista".

Testigo de vista, escribe el autor, y no solo mero testigo, pues pobre del testigo ciego. En esta preciosa expresión tautológica se habla de la ferocidad con la que uno ha vuelto de contemplar un suceso que le marcó de por vida. Y también se sugiere en ella el destino de profecía a la que obliga tal contemplación. Sin duda alguna, Juan es entonces el evangelista del Renacimiento, pues la contemplación –que es el acto de "mirar et pēsar dētro de si", según lo define, con el acierto que marcaría la literatura cristiana de todo un siglo, Alonso de Palencia en su Vocabulario– va a ser una característica esencial de la nueva espiritualidad instalada en la Europa del siglo XV en adelante.

En cualquier caso, la idea de san Juan "como testigo de vista" (idea extraída del propio evangelio, Jn 19,35), se trata de una repetición semántica de una fuerza y rotundidad sorprendente. Potente como un martillo que golpea dos veces: como la genealogía de Jesús que abre el evangelio de Mateo; como la apelación a las Escrituras que se ondea al inicio de Marcos; como la justificación redonda que abre el evangelio de Lucas. En los cuatro casos la autoridad para hablar –para narrar con derecho, en definitiva, lo que va a relatarse– y la identidad, entendida como el compromiso del evangelista, se funden por completo.

Es decir, frente a los cristianos que vinieron después, empezando por los tres que, como él, escribieron un evangelio, Juan creyó porque vio. Él mismo reconocería el valor de quienes creyeron sin ver: "Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20,29). Pero que conste que él lo vio. "El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis". ¿Cómo no iba él a creer, por tanto, en aquello que había visto?

Siendo consciente Ramírez Pagán de este pilar fundamental del evangelio joánico, un modo concreto de confirmar su testimonio es, por parte del autor, el de incluir al evangelista como personaje en la narración de los hechos que se relatan. De este modo, exonerado de la necesidad de modestia del evangelista, son varias las ocasiones en las que Ramírez Pagán menciona por su nombre al evangelista como personaje de la Pasión: junto a Pedro, primero al ir tras Jesús arrestado y, en un segundo momento, cuando dejan pasar a Juan al atrio del Sumo Sacerdote pero Pedro se queda fuera (Jn 18,15-16).

No obstante Ramírez Pagán, a quien no duelen prendas por echar mano de los otros evangelios, como también ya ha sido señalado, cuando considera que la fuente joánica muestra algún vacío, ofrece al lector, con una delicadeza y sensibilidad extremas, una explicación de alguno de dichos huecos. Esta explicación, sin embargo, habría que decir que delata, al tiempo, una debilidad por el evangelista digna de señalar y, siquiera brevemente, comentar. En un primer momento, en la primera de tres estrofas, ya se extraña inteligentemente el autor por cómo Juan, habiendo recordado tantos detalles hasta entonces, efectivamente elude el camino hasta el Calvario y enmudece hasta llegar al Monte de la Calavera: "Llegaron a Golgotha/ donde fue crucificado,/ el como, quien lo dira,/ pues que lo calla el amado/ que a todo presente esta?".

Mas será en un segundo momento cuando, en las dos estrofas siguientes, hermeneuta pero lírico a la vez, Ramírez Pagán ofrezca al lector de un modo extraordinario su versión de esa ausencia de datos que interrumpe la narración. Décadas más tarde todavía el dolor en la memoria impedirá escribir al evangelista. La agonía del crucificado pasa al evangelista al recordar y, como si con evitarlo narrar a Cristo aliviase el dolor, prefiere ahorrar los detalles: "Dolor de agonía immensa/ vee que los clauos le dan,/ y quando escriuir lo piensa/ de pena enmudesce Ioan,/ y esta la pluma suspensa./ Y por abreuiar razones, dize como lo lleuaron/ los tribunos y sayones,/ y al fin lo crucificaron/ en medio de dos ladrones". Sin duda alguna es un buen ejemplo de la literalidad con que el autor narra la Pasión según Juan, al tiempo que vierte sobre el relato sus reflexiones o las de quienes le comentaran, siendo estudiante en Alcalá, las Escrituras.

En algunas ocasiones, entre esas estrofas en las que el autor alude y con las que resalta o confirma lo dicho por el evangelista, se suman pasajes distintos, ajenos propiamente a lo acontecido (según la narración evangélica) durante la semana de la Pasión, de la mano de excusas que parecen recoger lo que no se ha dicho antes: "Digan vno y otro Ioan/ lo que saben del Señor,/ y a su padre oydo an/ el vno sobre Tabor,/ y el otro encima el Iordan". No debe olvidarse nunca que, más allá de la forma, no es un mero narrador, sino un teólogo, quien habla en este poema.

A través de su atención al personaje de Juan como discípulo amado y, por tanto, protagonista de la Pasión, Ramírez Pagán nos permite atisbar nuevos detalles en un evangelio maravilloso que a cada nueva lectura nos sorprende con alguna certeza nueva. Su evangelio, comentado desde hace dos mil años, sigue siendo un consuelo en tanto no podamos disfrutar de esos diarios (ficticios) que, como Fructuoso, una también querría –por creyente y por amante del verbo– algún día conocer.


lunes, 29 de abril de 2019

J. M. Ferreira Cunquero

La sombra de un penitente de la Hermandad del Silencio se proyecta sobre el asfalto | Foto: JMFC

29 de abril de 2019

A mí, esto de que los políticos aparezcan y desaparezcan de la Semana Santa como el Guadiana, me pone de los nervios. Más cuando en plena campaña electoral, surgen los fantasmas del tinglado que cocinan los garbanzos del terruño. Y es que suele ponerme a cocer la mala leche, ese tipo de político postizo, pastoso y plomizo que, sin dejarse ver jamás en un pregón, de repente, porque hay que sacar votamen estira el cuello como una jirafa huyendo del traje.

Que no auspicie san Baltasar de las Bellotas el mal pensamiento que alguien pueda albergar, creyendo que mis letras tratan de poner en la diana al nuevo alcalde. Para nada me metería con el primer edil, que hereda lo que ya es costumbre desde hace años en los alcaldes que visitan templos y suelen saludar cofrades. Apoyos que no vienen mal ante el culebril desmadre anticlerical que sufrimos, y menos cuando estos alcaldes que vamos teniendo sueltan generosamente el pastamen necesario para esa mesa común que ha de disponer para todos la Junta de Semana Santa.

Quien se dé por aludido, pues eso, que se aluda, sabiendo que fue comentario general, antes y después del gran pregón de nuestro Abraham Coco.

Otra cosa es la lluvia que aparece a capricho del soplo natural que la vierte, para tocar a destiempo las narices cofrades.

Dándole la vuelta a esta contrariedad que han sufrido algunas cofradías, podemos argumentar rescatando de los gloriosos tiempos del pasado, el milagreo, para argumentar que las imágenes que no pisaron en hombros la calle hicieron posible que llegase el agua como una bendición celeste. Un agua que, por ser tan necesaria para el campo y la vida, llegó gracias a las figuras de la Pasión, que supieron elegir lo que era mejor para todos.

Pero también es verdad que quienes vuelcan los cántaros celestes podrían ser más certeros y oportunos a la hora de repartir desde el cielo la solana.

El caso es que la lluvia es una de las asignaturas que muchas veces suspendemos, cuando ponemos a la intemperie imágenes de incalculable valor, sin caer en la cuenta que son parte de la heredad que debe permanecer intacta para quienes han de recibirla cuando nosotros andemos desbrozando en otros lugares el silencio.

Mucho más se agrava este problema cuando la imagen que se expone al cincel caprichoso de la lluvia es propiedad de la parroquia que nos cobija. En este tema tan controvertido, la Iglesia debería salvaguardar nuestras tallas de forma radical y sin contemplaciones. Con amenaza de lluvia no debe recaer en los hermanos mayores o juntas directivas tan importante responsabilidad. Creo que los capellanes o los párrocos, deberían ser los que acotasen ese riesgo, que no puede estar en manos de quienes, por presiones o sentimientos cofrades mal entendidos, pueden tomar, fruto de agobiantes ligerezas, nefastas decisiones. Las obras de arte deben ser cuidadas y protegidas por los que son los verdaderos responsables de las mismas, que no pueden ser otros que, quienes representando a la Iglesia, ostentan un poder de decisión que se sitúa por encima del interés de cualquier hermandad cofradiera.

Escuchar esos razonamientos de sacrificios y vivencias personales rociados con extremas valentías, para justificar salidas con riesgo de lluvia a la calle, es una temeridad que no debe ser permitida bajo ningún concepto. Incluso siendo la imagen propiedad de quienes disfrutan permitiéndose estos perniciosos lujos, podríamos argumentar que las obras de arte religiosas dejan de ser pertenencia de las cofradías cuando generan esa atracción popular que, en parte, es uno de los elementos que fortalecen el sentido de nuestras procesiones. Aunque como es lógico, la propiedad permite cualquier licencia que se tome, por mucho que se argumente la contrariedad de la misma.

Y termino aclarando que nada tienen que ver estas reflexiones con el hecho devocional que produce ese colapso emocional profundo, cuando suspendida cualquier procesión aparecen esas lágrimas que brotan de la fuente más interna del sentimiento.


lunes, 22 de abril de 2019

Nacho Pérez de la Sota

Hermanos de carga de la Cofradía de Cristo Yacente de la Misericordia | Fotografía: Manuel López Martín

22 de abril de 2019

La verdad es que sorprende agradabilísimamente comprobar en las cofradías la afluencia de gente joven, de savia nueva, de brotes de continuación. Al menos en algunas. En un par de hermandades que me son muy cercanas han podido organizarse flamantes cargas completamente cubiertas con cofrades de reciente incorporación, todos menores de 30 años. En algunos casos, las nuevas generaciones que van sustituyendo a sus padres o tíos, los que fuimos veinteañeros hace algo más de 30… En otros, mozos sin pasado semanasantero, atraídos por sus amistades que si lo gastaban.

Es una noticia de regocijo, por supuesto. Pero también de responsabilidad, pues –a todas luces– en nuestra mano (y en nuestro deber) está, obviamente, preocuparnos de su correcta formación en este espíritu de la Semana Santa. No en vano representan el futuro de nuestra historia y son los depositarios y los garantes de la continuidad de esta tradición.

Y no hablamos ya de formación religiosa y espiritual –que también– ya que es el centro, el foco, la entraña, el núcleo, el fulcro, el corazón de lo que nos mueve en este ámbito. Y que será motivo de algún venidero comentario. Nos referimos específicamente a formación cofrade, empezando por el vocabulario que se usa para referirse a las realidades que conforman nuestra vida de hermandad.

Viene esto al caso de conversaciones o frases sorprendidas en las procesiones y marchas penitenciales de esta última Semana de Pasión, de labios de gente muy joven. Y tienen que ver con la reciente influencia por todos conocida de la Semana Santa andaluza. No vamos a ocasionar nuevamente el consabido debate –estéril a todas luces desde mi punto de vista– de si sevillanismo sí o sevillanismo no. Se trata únicamente de usar y mantener (por respeto en primer lugar, pero por otras muchas razones) los vocablos que son propios de nuestra tradición cofrade, y no echar mano de otros innecesariamente importados ya por ignorancia, ya por esnobismo.

Por estos pagos, en efecto, jamás ha habido al frente de un paso capataces, como se ha oído –y corregido afectuosamente– a más de un bisoño hermano estos días. Nosotros tenemos jefes de paso, hermanos mayores de paso o hermanos de paso a secas; o –más tradicional aún– comisarios de paso, término añejo y sonoro que nada tiene que envidiar al de capataz. Por no hablar de otros muchos vocablos, como vicarios de paso, o el infinitamente más resonante, pomposo y enfático –originado en una simpática y lógica metonimia– de (hermano) martillo. Y seguro que habrá quien sea capaz de recordar otros remoquetes usados en su hermandad para referirse al encargado de llevar el paso.

Igualmente, en esta parte de la vieja piel de toro, jamás de los jamases en la vida ha habido costaleros. Excepto, sí, en un par de pasos, de todos conocidos, de recentísima incorporación a nuestros desfiles procesionales, de Semana Santa (o no). Y aquí no hablamos ya de una elección de vocablos equivalentes, sino de la correcta adecuación al propio concepto de carga. No puede haber costaleros cuando un paso no es cargado a costal, esto es, llevando sobre la parte baja del cuello el peso de las vigas o barras transversales o perpendiculares al sentido de las andas –llamadas comúnmente trabajaderas– que soportan el paso, trono o mesa. En la meseta (y en casi toda la Andalucía oriental, pese a lo que crea la mayor parte de la gente, incluso del ambiente semanasantero) siempre se han llevado los pasos a varal, esto es sobre palos o barras longitudinales al sentido del paso, y que se cargan con clavículas y hombros. Así, nosotros hemos tenido desde siempre (y antes de que apareciera esa influencia de lo sevillano, que no andaluz) hermanos de cargacargadores a secas o –término por desgracia en desuso– varaleros, que es el equivalente (conceptual, que no léxico) a los costaleros. Y seguramente más denominaciones que se usen desde antiguo.

Como tampoco, después de 37 años cargando el Nazareno de San Julián y 26 el Cristo de la Liberación, en mi vida he hecho una igualá, sino que, cuando nos convocaba el martillo, era para distribuir la carga, hacer la carga o hacer las filas. Y es que en puridad de verdad, igualar, lo que se dice igualar, hay que igualar en las cargas a costal, porque es evidentemente imprescindible para el buen desarrollo de la procesión que todos los que van en una misma trabajadera tengan igual o similar altura. En las filas que originan los varales, eso es bastante conveniente, pero en ningún caso indispensable, si se sabe compensar de otra forma, por ejemplo, con el curveo de la calzada. Lo que sí importa de verdad es que la altura de hombros en cada varal sea progresivamente descendente de atrás hacia adelante.

Como estos ejemplos, hay varios más, pero señalándolos todos este pequeño billetillo se iría de extensión. Valgan los citados para tomar conciencia del hecho y recordar que nuestro vocabulario cofrade es extenso, prolífico, abundoso, ajustado, sonoro, antañón, melodioso, rico y, sobre todo, suficiente; y no precisa de incorporaciones que las más de las veces, son –a mayores de superfluas, ociosas y rimbombantes– incorrectas.


viernes, 19 de abril de 2019

F. Javier Blázquez

Una de las celebraciones de la Hermandad Franciscana en el convento de las Franciscas Descalzas | Foto: JMFC

19 de abril de 2019

Hoy es Viernes Santo, el día central de la celebración cristiana. La Iglesia centra su liturgia en el memorial de la muerte de Cristo, suprimiendo incluso ‒para resaltar lo principal y dejar bien claro dónde está el origen de todo‒ el ritual de la eucaristía. En esta tarde solo se proclama la Palabra, se adora la cruz y después se reparte la comunión que ayer quedó en la reserva.

Antes de la presentación y adoración de la cruz, asistimos sin embargo a uno de los momentos más bellos e intensos de los establecidos en el calendario litúrgico. La Iglesia prescribe el Viernes Santo, para todo el orbe, una oración universal. En este día, los cristianos del mundo nos unimos en oración por la Iglesia, el Papa y sus ministros, catecúmenos, gobernantes, atribulados… Especialmente emotiva es la petición por la unidad de los cristianos, a la que se suma una oración por los judíos y otras por quienes no creen en Cristo, especialmente los musulmanes, budistas e hinduistas, y aquellos que ni siquiera creen en Dios, es decir, los ateos.

La celebración del Viernes Santo tiene por tanto, en la Iglesia católica, un sentido marcadamente ecuménico. La salvación de Cristo no en vano fue para toda la humanidad. Por ello, "al contemplar el árbol de la cruz, donde Cristo fue clavado", pedimos al Padre por todos nuestros hermanos, cristianos o no, creyentes o no.

Sorprendentemente, este aspecto tan propio del Viernes Santo apenas lo han trabajado nuestras cofradías de Semana Santa. Hay detalles, como el guiño ecuménico que hizo la cofradía de la Vera Cruz en el Vía Matris, al contemplar uno de los dolores de María ante la comunidad ortodoxa rumana de Salamanca, o la vinculación que hubo, durante muchos años, del acto de las Siete Palabras, que organiza el lunes santo la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, con la Iglesia anglicana. Pero son solo detalles, sin un compromiso claro en pro de esta súplica central del día de hoy.

Por eso gratifica que una hermandad salmantina, la Franciscana del Cristo de la Humildad, sea quien más decididamente ha abogado por mantener durante todo el año el espíritu de esta oración universal de la Iglesia en el día más importante de nuestra celebración. El espíritu de Asís, que por su iniciativa ya se ha organizado dos años en Salamanca para rezar ante el Dios común, aparte de su intrínseco sentido ecuménico, ha servido para llevar a un templo católico a los hermanos musulmanes y rezar junto a ellos por la paz y la concordia en el mundo. La Proclama por la Paz, igualmente, clama por el entendimiento y convivencia entre quienes profesan distintas confesiones religiosas. Además, esta hermandad prolonga todo el año el Viernes Santo al centrar su actividad en ayudar a los cristianos de los Santos Lugares. Eso es lo que hace la Iglesia universal desde que en 1974 Pablo VI instituyó la colecta de este día para mantener el culto y las comunidades cristianas de Tierra Santa. Lo que la Iglesia hace el Viernes Santo, la Hermandad Franciscana lo ejercita durante todo el año.

Viernes Santo es, debería ser, todo el año, para adorar la cruz, para unirnos a la Iglesia universal pidiendo por todos nuestros hermanos, independientemente de la fe que profesen, para ayudar a los cristianos de Tierra Santa, para contemplar el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo y hacer nuestra la aclamación al memorial que repetimos en la celebración eucarística que actualiza el sacrifico del Viernes Santo, "anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven, Señor Jesús!".


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