viernes, 20 de abril de 2018

miércoles, 18 de abril de 2018

Pedro Martín

Dos cofrades de la Vera Cruz se abrazan el Domingo de Resurrección, en el inicio de la Pascua  | Foto: Alejandro López

18 de abril de 2018

Saluda la mañana de Pascua resplandeciente después de un Viernes Santo pasado por agua. Ya de madrugada, recibo en los numerosos grupos de las redes sociales la felicitación de tan feliz acontecimiento para los cristianos, para todos, pero también para esos que nos hemos afanado en llevar a las calles la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y que culmina en esta gloriosa mañana. Como dice San Pablo en su Carta a los Corintios, "si Jesús no hubiera resucitado, vana es nuestra fe".

Pues bien, llegado de mi trabajo, en mi última mañana de Pascua como máximo responsable de mi congregación, me incorporo a la procesión de resurrección en el Acto del Encuentro, para dar público testimonio de fe junto a mis hermanos y mi iglesia diocesana representada por su pastor, nuestro obispo, y con el corazón lleno de alegría repito la salutación "¡feliz Pascua hermano!" a todos y cada uno de los hermanos mayores allí presentes.

Y aquí es cuando se me entristece el alma, pues solo pude hacerlo en cuatro ocasiones, solo cuatro incluido el anfitrión. Se quedaron en mis brazos y mis labios doce "¡feliz Pascua, hermano!", doce hermanos que no recibieron mi cariño en persona –las redes sociales son pura formalidad en estos casos–.

A medida que trascurría la procesión, mi corazón se entristecía más, y sin juzgar a nadie –sus motivos tendrá cada uno de ellos para no acudir– resulta que buena parte de los aludidos recibieron mi felicitación y la de los integrantes de la procesión a distancia, según pasábamos, pues eran meros espectadores en las aceras de un hecho que les reclama como protagonistas principales. Hermanos, no nos representamos a nosotros mismos, representamos a nuestras hermandades y, por ende, a toda la Semana Santa de Salamanca. Y en ese día proclamamos con nuestra presencia que Jesús ha resucitado y creemos en ello. ¿O no lo creemos?

Espero y deseo que nadie se quede en la tristeza del Viernes Santo, en la comodidad de mi propia hermandad, pensando que tras mi procesión “todo está consumado”, encerrado en mi propia parroquia, celebrando la pascua "con los míos", en mi propio cenáculo. Os animo a salir a la calle a proclamar la Buena Nueva como colectivo de fieles, uno de los más importantes a nivel asociativo de la diócesis. Y sí, somos los hermanos mayores los que tenemos que ir por delante. No lo olvidemos, hermanos, os eché de menos en mi "última pascua".

¡Feliz Pascua a todos!

lunes, 16 de abril de 2018

Tomás Gil Rodrigo

Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, fueron el modelo a seguir por los artistas.

16 de abril de 2018

Si el encuentro con la imagen del Cristo muy llagado en 1554 provocó la conversión personal de Teresa, la visión mística de Cristo resucitado en 1561 marcará la segunda etapa de su vida, pues la animará a realizar la reforma del Carmelo: "Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó todo esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado" (Vida 28, 3). De nuevo Teresa tiene que acudir a las imágenes pintadas de su época para explicar su visión del Resucitado. Una de las primeras fue la que seguramente contempló en el retablo mayor de la Catedral de Ávila, pintado por Santa Cruz; otra, años más tarde, mientras fundaba en Toledo, en Santo Domingo el Antiguo, pintada en 1577 por El Greco. Estos artistas coinciden en representar al Resucitado como Cristo vivo, saliendo del sepulcro victorioso, enseñando las llagas de la Pasión, vestido con manto y portando una bandera. Pero hay una pintura que hay que destacar, la que manda pintar Teresa al final de su vida para la última fundación de Burgos en 1582. Es un encargo que realiza conforme a sus apariciones del Resucitado. Hoy esa obra la guardan las monjas del San José de Ávila. Esta imagen coincide perfectamente con la descripción que hace el Padre Gracián a la hora de contar la visión de Teresa sobre el Resucitado: "Muchas veces se le presentó la imagen de Jesucristo en la imaginación, como resucitado, con corona de espinas y llagas y un manto blanco" (J. GRACIÁN, Escolias a la Vida de Santa Teresa).

Resucitado que manda pintar Teresa al final de su vida para la última fundación de Burgos

No debemos pasar por alto que los encuentros de Teresa con el Resucitado suceden en la Eucaristía. A diferencia de las imágenes que son una aproximación a la persona de Cristo, solo un símbolo, la Eucaristía es su presencia real, por eso para Teresa es la imagen por excelencia de Cristo resucitado: "Hele aquí sin pena, lleno de gloria, …compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un momento de nosotros" (Vida 22, 6). Hay un cuadro de un Cristo del siglo XVI de la escuela de Albert Bouts, que se ha relacionado con la piedad teresiana, copiado en las puertas de muchos sagrarios, para que contemplemos que la Eucaristía es la presencia viva de Jesús, resucitado y glorioso, y al mismo tiempo enseñando las heridas luminosas de su Pasión.

Después de la beatificación (1614) y canonización (1622) de Santa Teresa, los artistas del siglo XVII encontraron en sus visiones místicas de Cristo una fuente de inspiración. Estamos ante el estilo barroco, al que le interesaba representar, más que los aspectos humanos de los santos, su aventura de contemplar cara a cara a Dios. Si antes las imágenes exteriores de Cristo influyeron en la oración de Teresa, ahora las imágenes interiores, que ella veía con los ojos del alma, contados en sus escritos, serán las que afecten a las obras del barroco. Los grabados realizados en Amberes, por Adrien Collaert y Cornelio Galle en 1613, sobre la vida de Santa Teresa, un año antes de su beatificación, estampas que se difundieron por todos los Carmelos e iglesias, serán el modelo a seguir por los artistas.

Cristo del siglo XVI de la escuela de Albert Bouts relacionado con la piedad teresiana

De entre las muchas visiones contemplativas que tuvo Teresa de Cristo, se eligieron y representaron aquellas que servían mejor a la doctrina de la Iglesia Católica. En el Monasterio de la Anunciación de Alba de Tormes, lugar donde murió y se conservan sus restos, tras la ampliación de la iglesia a mediados del siglo XVII, se encarga al pintor real Francisco Ricci, en 1674, realizar cuatro medallones para decorar las pechinas de la nueva cúpula. Apreciamos el modo peculiar de pintar de Ricci: imaginativo y con pinceladas sueltas. La imagen de Teresa es un fiel retrato a cómo era, basado sin duda en la que pintó Juan de la Miseria. Cada lienzo recoge cuatro visiones de Teresa de Jesús, que son las más destacadas y representadas en el arte, aparte de la transverberación: La Visión de la Santísima Trinidad, Los Desposorios místicos, La coronación de Teresa y La imposición del collar y la capa por la Virgen y San José. Las dos primeras pinturas, que están colocadas de frente, con la intención de ser vistas mejor, sobre el altar y el sepulcro, son las que tienen que ver directamente con la persona de Cristo, y son con las que vamos a terminar nuestra mirada al Jesús de Teresa.

Empezamos por aquel en el que vemos a Cristo resucitado entregando un clavo a Teresa. Es el momento en el que, como cuenta Teresa, se mereció ser esposa de Cristo: "Entonces.. dióme su mano derecha y dijóme: 'Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy'" (Relaciones 35). Francisco Ricci se atreve a más que otras representaciones artísticas, donde solo Cristo entrega el clavo a Teresa, como aparece en la pintura que se encuentra en el camarín del sepulcro, porque pinta a Cristo traspasando la mano derecha de Santa Teresa. El artista representa a Cristo como el esposo que invita a su mujer, Teresa, a consumar su matrimonio, compartiendo sus mismos padecimientos: "Padecer quiero, Señor, pues Vos padecisteis" (Vida 11, 2).

Los Desposorios místicos de Francisco Ricci

El culmen de la experiencia mística de Teresa es que Cristo se le ha aparecido también en el seno de la Trinidad: "… y como yo estaba mostrada a traer solo a Jesucristo siempre, parece me hacía algún impedimento ver tres Personas, aunque entiendo es un solo Dios" (Relaciones 18). Pero Teresa queda sorprendida porque no es lo mismo lo que ella ve y lo que se pinta de la Trinidad en su tiempo: "A las personas ignorantes parécenos  que las Personas de la Santísima Trinidad todas están, como lo vemos pintado, en una Persona, a manera de cuando se pinta en un cuerpo tres rostros" (Relaciones 32, 2). La visión de la Santísima Trinidad, como tres personas distintas y unidas, garantiza la verdad de lo que contempla Teresa y su  comunión con la Iglesia. En 1628 fueron prohibidas por Urbano VIII las representaciones artísticas de la Trinidad tricéfala, porque inducían a la herejía. De esta manera, Francisco Ricci pinta en el medallón de Alba, siendo fiel a lo que dice Teresa y a lo que la Iglesia establece, a la Trinidad como tres personas distintas que están en comunión de amor en la gloria del cielo. Pero Teresa aparece dirigiéndose solo a la persona del Hijo, el cual muestra las heridas de la pasión, ya que solo por medio de su sagrada humanidad, en contra de lo que creían algunos espirituales de la época, se puede entrar en la experiencia altísima de contemplar a Dios Trinidad: "Veo que queréis dar a entender al alma cuán grande es, y el poder que tiene, esa sacratísima Humanidad junto con la divinidad" (Vida 28, 9). En el lienzo de Ricci el Padre es la persona que mira al espectador, nos invita a dar respuesta a la pregunta que hizo a Teresa: "Parecíame que la persona del Padre me llegaba a sí y decía: '…yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?'" (Relaciones 25, 2).


jueves, 12 de abril de 2018

Andrés Alén

Reitero convencido, ya que a nadie beneficia y ya se han ido las ovejas: una procesión no es lugar para sermones

13 de abril de 2018

Comentaba el director de cine Wim Wenders en reciente entrevista que "no se puede soltar sermones desde la pantalla". Entiendo que supone ajeno al lenguaje cinematográfico, a su ritmo e intensidad una perorata interesada, que aterriza cuan ovni en un espacio tan singular como caracterizado por su visualidad, su narrativa o su estructura artística y técnica.

Uno piensa, y da la bienvenida, a todo lo que contribuye a una mayor concentración, concienciación y asimilación de un hecho que algunos creemos importante porque supone una vivencia personal al tiempo que una manifestación pública, arraigada en la cultura tradicional y popular, que muchos deseamos mantener.

Un cofrade ha vivido muchas veces ese nerviosismo que antecede a una salida procesional, esa ansiedad que bombea la sangre con más fuerza, que llena la mente de recuerdos y vivencias, esos instantes en que parece que todo se colorea buscando una intensidad y ese fin de que todo salga bien y, sobre todo, que sirva y que nos sirva cuando ese laberinto intrincado de callejuelas que vamos a recorrer se interiorice en búsqueda y anhelo de verdad.

La preparación de una salida penitencial es muy importante. Hay hermandades que lo hacen después de misa, triduos pascuales, promesas, lecturas, oraciones (recuerdo vivamente la Iglesia nueva del Arrabal repleta de hábitos blancos en la celebración de la cena del Señor todos los Jueves Santos). Todo ello da sentido e intensifica lo que va a suceder. Y, después, cuando el ruido cesa, una buena meditación también es digno epilogo para todo lo que acaba de acontecer. Creo que si una procesión no la sienten los cofrades desde dentro, es imposible comunicar algo más que bulla al exterior.

Noto que todo lo anteriormente expuesto pertenece al ámbito íntimo de las hermandades. Ahora salimos, hacia otro público mucho más heterogéneo, curiosos, turistas, creyentes, incrédulos, portadores de móviles incansables, público, mucho con buen tiempo, que la verdad suelen ser bastante respetuosos, en algunos lugares mucho más que en otros. (En Salamanca, concretamente, pueden estar a la par el respeto del público hacia los desfiles que el de los desfiles, con sus interminables e incomprensibles parones, hacia el público). Salimos digo, con nuestra parafernalia, esa que mantuvieron los siglos. Nuestras músicas, nuestros adornos, nuestros silencios, pies descalzos, cruces, velas, capirotes, una teatralidad, claro, teatralidad barroca, que es propiamente nuestro lenguaje, y que va buscando atinar en la emoción, en la emoción de la belleza, se consiga o no. Marcha acompasada de los pasos, hileras de luz, sones reconocibles de Amargura o Mater Mea (ahora se pone de moda estrenar marchas para cada Cristo, Virgen o misterio y ya no reconocemos nada), incienso como santa niebla y esta ciudad radiantemente hermosa que a veces dudo si nos la merecemos. En fin, momento álgido…

Pero, perdonen, alguien se acerca con un cartapacio que se dispone a leer. Interrumpimos la programación, diacono, hermano, cura coadjutor, vicario u obispo, y leen, no se oye apenas, nadie ha venido a escucharlos, pero leen, y se alargan, ya lo creo que se alargan, que nos dejan baldaos, no dicen siquiera "volvemos en tantos minutos después de la publicidad". Y parece que no les importa, como si estas peroratas fueran un impuesto que las cofradías tienen que asumir como pago por cierto reciente apoyo a la Semana Santa por parte de la jerarquía. Claro, que la gente se va, como se fue del Arrabal, después de suspendida la procesión, cuando en medio de un frío de patente salmantina se empeñaron en no rebajar ni una coma de su discurso inaudible.

Dicho con toda solemnidad: que una procesión no es lugar para sermones. Que si sueltan estos que sueltan aquí, en Sevilla, en cada procesión, el año que viene no va nadie a La Campana. Que si quieren meditación general para público ambiguo lo anuncien en otro lugar. Que están muy bien las siete palabras de Cristo en la cruz de San Juan de Sahagún (a las que desgraciadamente no asisten los cofrades), el pregón de la Semana Santa (al que sí), viacrucis, poemarios (regular). Pero no en medio de la procesión, como si no se pararan aquí suficientemente.

Mañana, en la santa iglesia no sé si basílica de san tal, el Sr. Cura del almas de allí se dispone a largar un sermón de no te menees. Que aquí al menos se oye y el que quiera puede ir a escucharlo haciendo uso legítimo de su libertad, y esperemos que sea edificante. Pero el pobre turista, que llamado por una declaración de interés internacional se acercó a vernos y le han largado una arenga que le están dando friegas, qué ha hecho él para merecer esto.

Reitero convencido, ya que a nadie beneficia y ya se han ido las ovejas: una procesión no es lugar para sermones.


miércoles, 11 de abril de 2018

Paco Gómez

Preparativos para la procesión de la Hermandad del Amor y de la Paz en la iglesia nueva del Arrabal | Foto: Alfonso Barco

11 de abril de 2018

"Y le preguntó: ¿cuál es tu nombre? Le respondió diciendo: mi nombre es Legión, porque somos muchos"
(San Marcos 5,9)

Quizá hayan escuchado en algún promocional que fueron algo así como cuarenta horas al pie del cañón, alguna más detrás de las cámaras, al teléfono, cuadrando varios círculos a la vez, en la calle, en alguna conversación nocherniega, cálida y reparadora pese a ese frío que a ciertas horas muerde las aceras. En fin, un tiempo que, aunque solo sea medido al peso, da una cierta perspectiva para hacer un balance de lo vivido en una Semana Santa que todavía tenemos viva en la retina, las sienes y el oído.

Como balances ha habido muchos ya a estas alturas, la única manera de intentar sumar algún ángulo nuevo al asunto es precisamente mirarse adentro. Es lo que me dispongo a hacer en las próximas líneas. Y, sin ánimo de provocar, lo haré dando la vuelta a la cita del encabezado.

Vean. Solo tomando la parte (la visión que queda recogida en los especiales televisivos durante la semana) por el todo (la Semana Santa) uno puede sacar una conclusión por encima de cualquier otra: el mundo cofrade es legión. Y no en el sentido demonológico del término, sino en el otro, en el de amalgama variopinta y diversa. Un fenómeno que yo me permito considerar como muy positivo: no sé de qué otra forma se puede valorar un universo, una experiencia, una espiritualidad o una manifestación cultural que reúne en torno a sí a parroquianos de tan distintas sensibilidades, estirpes, procedencias, intereses y modos de vivir.

Me quedo con la riqueza de un mundo que es capaz de poner manos a la obra a un escultor casi nonagenario, capaz de sacar del barro, todavía y a estas alturas del cuento, un Cristo nuevo. Un crucificado que va a pasear cada Semana Santa por las calles más humildes y apagadas del barrio antiguo, en un impactante diálogo con las sombras. Mayoral suele decir que en el fondo todo escultor español lleva agazapado en sus entrañas a un imaginero. Así que podríamos considerar que su presencia en este reparto no es del todo sorprendente. Pero, claro, hay mucho más. De entre lo vivido esta semana me quedo con el susurro emocionado, conteniendo las lágrimas a duras penas, de Miguel Elías, uno de nuestros grandes pintores, mientras salía por la Puerta del Obispo Nuestra Señora de la Soledad. O el brillo especial, hiperrealista, en la mirada de José Ángel Nava cuando describe lo que siente ante María Santísima de la Caridad y del Consuelo. Un brillo de oro. Del que empieza y tiene ante sí todo el futuro por delante.

¿Y ver salir de debajo de ese palio en un relevo, con su costal armado, a Víctor Sánchez, el que nos grita los sábados por la tarde en Würzburg que ha sido canasta triple de Silvia Domínguez y hay que celebrarlo como se merece? ¿Y ver al rector de la Universidad de Salamanca aguardar humildemente con su vela encendida a la puerta del Estudio a que lleguen el Cristo de la Luz y Nuestra Señora de la Sabiduría y luego acompañarlos Salamanca adelante?

Ver a profesores, historiadores, biólogos, gente de ciencia, inclinarse ante el misterio inmarcesible. Ver al estudiante. Al humilde, al trabajador, al que se habrá levantado a las cinco de la mañana y alargará la noche porque es día de procesión. Ver los dos pares de pies descalzos que guían los pasos de Jesús del Via Crucis. Ver al mecánico que lleva cuarenta años soportando los sinsabores que a veces envuelven a la esperanza y que, afirma, este será su último año (como lo fue el anterior, y el anterior, y el anterior).

Ver al sindicalista, al socialista. Al diputado y al procurador del PP. A los periodistas. A las periodistas cofrades. A quien hace kilómetros y kilómetros y empaqueta los días en un ejercicio cabalístico para poder estar unas pocas horas de procesión. Ver a quien reúne todas sus fuerzas y se asoma al balcón.

No me dirán que no es ver al mundo. Con tantas cosas buenas y alguna, claro, no tanto. A veces contradictorio como un cuadro de El Bosco. Pero un mundo que tiene su fuerza en su condición de legión, no por no tener el diablo dentro (salvo que habláramos del diablo cofrade, en un oxímoron que imagino inaceptable), sino por su inmensa diversidad, donde al fin y al cabo reside su fuerza.

No es la única, pero yo diría que es la principal lección que me llevo de estos días y querría compartirla invitándoles a pensar. Cuando el mundo cofrade se quita etiquetas, deja atrás todo lo que nos divide en el mundo se convierte en algo único, con todas las condiciones para seguir creciendo y ensanchándose. Que buena falta hace.


lunes, 9 de abril de 2018

Montserrat González

Detalle de la carga del Cristo de la Humildad en su primera procesión la pasada Semana Santa | Fotografía: Alejandro López

09 de abril de 2018

Para todo aquel que se interese por la Historia del Arte resulta evidente que la Semana Santa ofrece una ocasión magnífica para adentrarse en el conocimiento de los distintos estilos y tendencias artísticas con las que los artistas a lo largo de los tiempos han contribuido y contribuyen, en la actualidad,  a revivir el drama de la Pasión de Cristo. De forma ordenada y realista, los pasos creados por los imagineros castellanos y andaluces se apropian del espacio urbano que se sacraliza así, contagiado del clima espiritual desplegado durante las procesiones.

Así lo entendieron los artistas que durante el siglo XVII y XVIII pusieron su talento y su indiscutible calidad técnica al servicio de una clientela que exigía profundidad religiosa en sus creaciones, siguiendo los dictados de la Contrarreforma, pero que también reclamaba realismo y veracidad en las composiciones acorde al gusto de la época.

Ese gusto por el realismo se manifestó de muy distinta manera durante el siglo XVII en Europa. En Italia, por ejemplo, Caravaggio desarrolla un modelo de pintura donde utilizando a tipos normales, modelos sacados de la calle, recrea escenas de la Biblia. Para ello usaría tremendos contrastes de luces y sombras transformando sus composiciones en dramáticos "tablaux vivants" pareciendo que accedíamos a la auténtica escena representada. A menudo, esa excesiva veracidad creó confusión en el seno de la Iglesia que encontraba algunas representaciones, digamos que poco decorosas. En España, sin embargo, el realismo se fue desarrollando de otro modo, a pesar de las influencias de Caravaggio en artistas como Zurbarán, aquí se potenció el arte excepcionalmente real, aquel que unía todo el acervo cultural y religioso, de la mano de la escultura policromada. La tridimensionalidad de la escultura policromada, su atención a la luz, a la creación de una cierta atmósfera ilusionante, su deseo de recrear el mundo real favoreció el diálogo de la pintura y la escultura. Ambas disciplinas se funden para hacer de lo sagrado algo real. Baste recordar los primeros trabajos realizados por Juan de Mesa como su Cristo Crucificado y policromado para los jesuitas de Sevilla, popularmente conocido como el Cristo de la Buena Muerte.  Aproximarse a estas esculturas hiperrealistas que comenzaron a popularizarse durante el Barroco, haciendo de lo sagrado algo palpable, suponía para el espectador colocarse literalmente ante la presencia de Cristo.

El gusto por la escultura policromada siempre ha acompañado al hombre a lo largo de la historia, especialmente si se querían potenciar y maximizar los rasgos de la divinidad. Así ha pasado desde los tiempos del Neolítico o los del Antiguo Egipto, incluso en Grecia y Roma. En el caso español, la policromía deriva directamente del gusto del medievo por decorar los pórticos de catedrales, iglesias y monasterios. Esta práctica llegó a convertirse en algo tan popular a lo largo de toda Europa, que San Bernardo criticó duramente esta opulencia que pregonaba que cuanto más color tenía una escultura más sagrada parecía. Pese a sus críticas, esta práctica se mantuvo en Alemania y en el Sur de los Países Bajos. En España la valoración de las imágenes policromadas como algo útil para inspirar adoración por las figuras sagradas correspondió a San Juan de la Cruz y a los predicadores que durante el siglo XVII hablaron de los méritos de la escultura sobre la pintura como la mejor manera de representar los personajes sagrados: …"La pintura consiste en sombras y en poner una tinta sobre otra y esto en lo espiritual huele a hipocresía, pero la estatuaria consiste en cortar y desbastar. En las imágenes espirituales tiene mucha ventaja la estatuaria…", predicaba Francisco Fernández Galván en el Madrid de 1615. Desde entonces, la práctica de la escultura policromada continuó ininterrumpidamente al servicio de la Iglesia y sus fines y aún prosigue en la actualidad.

De la policromía depende el resultado final de la obra. El revestimiento cromático es el elemento parlante de la pieza y el que nos habla de la pericia del artista para integrar volumen y color, para potenciar la veracidad y expresividad fomentando la devoción del espectador ante las figuras que contempla. Los escultores del siglo XVII  no dudaron en completar la aplicación de la policromía con toda suerte de aditamentos y añadidos para potenciar aún más la apariencia de vida. Desde aquel entonces, muchas han sido las modas y tendencias en el uso de la policromía, tanto en la representación de estofas o telas como en la recreación de las carnaciones, desde las que preferían unas carnaciones mate conforme al natural hasta las que se inclinaban por una policromía mucho más manierista y exuberante amenizada por encarnaciones a pulimento que brillaban como si el objeto fuera de loza esmaltada.

En la actualidad, especialmente si se trata de imágenes de vestir, los artistas sienten cierta predilección por una policromía excesivamente brillante y relamida, un tanto alejada de esa idea de verismo y realismo que imperaba en los antiguos maestros pero sin introducir dosis de modernidad en sus composiciones. Afortunadamente no siempre es así y aún nos quedan artistas que conciben la policromía como elemento fundamental para destacar y potenciar sus volúmenes, aportando la dosis exacta de materia necesaria para conseguir variaciones luminícas y reverberaciones que enriquezcan esa idea de verismo y espiritualidad que debe acompañar a la imagen sagrada. La pasada Semana Santa tuvimos la ocasión de comprobar la bellísima y sutil policromía elegida por el escultor Fernando Mayoral para su talla del Cristo de la Humildad realizada para la Hermandad Franciscana.  Una soberbia imagen que expresa a la perfección la humildad y humanidad de Cristo, sin postizos o añadidos, encontrando el lenguaje preciso para interpelar al hombre contemporáneo.

Fernando Mayoral tiene, como los grandes maestros, avidez de realidad, la absorbe, la persigue, le fascina. Basta observar la representación del rostro de Cristo ante el que se extasía confiriéndole un fuerte dramatismo. La sublime policromía completa el dramatismo de la escena reflejando con gran naturalismo los golpes y porrazos que Jesucristo recibe en el camino a la muerte. La bondad de la madera de cedro del Líbano en el que se realiza la imagen resulta sumamente apropiada para recibir la sutil policromía utilizada por Mayoral. El gusto por lo inacabado explica la aplicación del color directamente, sin aparejos. Sin brillos ni pulimentos. Huyendo de todo artificio. Se lija la madera y se aplica el colorido de forma natural consiguiendo un acabado mate. Se restringe el color a la zona de las mejillas, ojos, el cabello, manos y pies. Aparecen también restos de la flagelación: golpes y negrales en la espalda.  La transparencia del paño de pureza se consigue tras una pátina con cera cuidadosamente friccionada y la aplicación de polvos de talco que le aportan el tono azulado a una base de gris de Payne.

La estudiada policromía resulta aún más sutil en medio de la noche que potencia el profundo humanismo de una imagen que huye de dramatismos superfluos. La sobria y austera puesta en escena elegida por la hermandad para acercar la imagen al espectador resulta sumamente propicia para potenciar el encuentro entre Arte y Fe, para hacer de lo sagrado algo real, acercando el misterio de Cristo a un público que ante la soberbia imagen de Fernando Mayoral solo necesita escuchar su escultura, lo demás son palabras innecesarias.


viernes, 6 de abril de 2018

Carlos Ferrero

El Encuentro, en el atrio catedralicio, en la mañana del Domingo de Resurrección | Fotografía: Pablo de la Peña

06 de abril de 2018

Hace dos años que no aparezco por estas digitales páginas, pero esta vez no voy a hablar de todo lo que me ha gustado o no en esta Semana Santa del 2018. Allá cada cual con sus gustos y sus preferencias. Esta vez voy a hablar que lo que era y es, para mí, Semana Santa. Y no, no voy a decir eso tan repetido de que Semana Santa es pasión, rezo, creencia. No.

Semana Santa fue nacimiento, porque nacer un Jueves Santo, mientras los hermanos del Arrabal se preparaban en la iglesia para su primera salida procesional, ya te predispone a sentir esta bendita tradición de otra manera.

Semana Santa es escuchar sentado en un balconcillo de un teatro un pregón que, por fin,pellizca ese alma que todo cofrade tiene.

Semana Santa es hacer historia, desfilando por primera vez junto a cincuenta humildes cofrades franciscanos mientras en el resto del mundo más de ochocientas personas consagradas rezan al unísono por la paz en los Santos Lugares.

Semana Santa fue orgullo azul, ahora es compromiso azul, es estar con tus devociones dejando a un lado los disgustos que te dan los que ahora manejan los designios de la Ilustre. Ellas, las devociones, no son culpables de las decisiones humanas.

Semana Santa fue y sigue siendo familia. Cuando llega esa época de la vida en la que por Navidad ya no te juntas con tus tíos y tus primos, te queda esta época del año para poder reunirte con ellos. Hacer kilómetros para, si Dios quiere, hacer una "tiradina" con el paso que desde muy pequeño ha sido y es como tu familia.

Semana Santa es ver a filas de infantes papones dando la manita e incluso algún abrazo a otros infantes que están viendo la procesión en las aceras.

Semana Santa es esa lágrima que surge a un hijo, cuidador de su padre con alzheimer, cuando un bracero se acerca a darle una flor del paso y el enfermo dice "Prendimiento" al recordar o reconocer el paso que pujó. O la de ese otro hermano que te da un abrazo lloroso cuando al finalizar la procesión le entregas una flor del paso que pujó durante años y del que una dolencia cardíaca ha separado.

Semana Santa es procesionar al lado de tu mujer junto al Resucitado más bonito del mundo, porque lo es, y así te lo ha pedido ella.

Semana Santa es un café y un chupito quincenal en compañía de unos amigos tan "locos por esta pasión" como el que esto escribe.

Eso empieza a ser para mí la Semana Santa. Lo demás ya solo es un periodo de tiempo que dura diez días, en el que cada uno ve lo que quiere ver y siente lo que siente, si es que lo siente.

He comprendido, tarde eso sí, que cada uno tiene un concepto distinto de Semana Santa. Y yo me quedo con el concepto "momentos disfrutados".

Y para vosotros, ¿qué es Semana Santa?


miércoles, 4 de abril de 2018

Fernando Benito

Nuestra Señora de la Esperanza, en su paso de palio, en la madrugada del último Viernes Santo | Foto: Pablo de la Peña








04 de abril de 2018

Cuando el pasado Viernes Santo, en la gran nave de la iglesia del convento de San Esteban de Salamanca, habiendo comenzado ya la procesión los hermanos y los pasos de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, del Cristo de la Buena Muerte y de Nuestra Señora de los Dolores (La Piedad), Delfín, el capataz del paso de La Esperanza, indicase a quienes iban a efectuar esa primera levantada que esta se efectuaría como homenaje a Fernando Benito de Castro, hermano fundador fallecido el primero de mayo del 2017 y miembro de la Hermandad Dominicana durante más de 70 años, la memoria de quien esto escribe, hijo suyo y responsable en aquel momento de dar el golpe previo a la levantada, se deslizó repentinamente por el vertiginoso tobogán de la memoria mucho tiempo atrás.

No paró su recuerdo en 1984, cuando con 16 años se incorporó a la Hermandad Dominicana para salir junto a su padre, al que hasta entonces veía levantarse la madrugada del Viernes Santo e irse vestido, el cirio de la mano y el capirote verde bajo el brazo, para verle pasar por la Plaza Mayor horas después, junto a su familia. No, con la misma fuerza y el ímpetu que tiró de él hacia abajo al ver y sentir ascender todo el paso hacia el cielo en el mismo momento en que golpeaba el llamador, la memoria de quien esto escribe le lanzó esta madrugada esperanzada de 2018  hasta la que creyó que pudiera haber sido su primera madrugada en la fe; porque esta levantada, en recuerdo de su padre, arrastró sus ojos interiores hasta su abuelo, Juan Sahagún Benito Esteban, hermano fundador también de la Hermandad Dominicana en aquel año de 1944.

Juan Sahagún, "reclutado" por otros miembros fundadores que lo conocían por la taberna que regentaba, junto con su esposa Pilar de Castro Alonso, en la calle Santa Clara, a la que con asiduidad acudían algunos miembros del colectivo de la prensa y las artes gráficas, en cuyo seno surgió la Dominicana, fue el responsable de que su hijo también se incorporase entonces, pese a su edad, a la nueva cofradía, sin duda alguna con otros fines que no eran los de cargar, en concreto con el paso de la Virgen de la Esperanza como su padre. Precisamente este niño entonces, muchos años después, contaría en ocasiones a quien esto escribe cómo había visto décadas atrás las espaldas de mi abuelo, su padre, en carne viva debido a cargar con los pellejos de vino, sin que esto evitase, llegado el Viernes Santo, cumplir con su Virgen de la Esperanza.

Eran otros tiempos, otros hombres (y mujeres) y otras andas, pero la misma Virgen de la Esperanza (aunque cambiase la talla) y, sobre todo, la misma fe. Una fe que, por distintos caminos, me atrevo a decir que ha ido enriqueciéndose con el paso de las generaciones (aunque sé a ciencia y a fe ciertas que no he sido mejor hombre que mi padre) y que continúa dejando sobre los hombros de quienes la llevan la responsabilidad de legarla a los que vienen detrás. Solo cuando se comprende que la gracia de la fe actúa así: reclamando de un hombre la ayuda para el humilde oficio de la carga, y este instando a su vez a su hijo de apenas siete años para acompañarle de otro modo con un cirio, y juntos llevando a una tercera generación hasta una fe más amplia en la que, sin embargo, cabe también la Semana Santa, solo entonces se asumirá en toda su plenitud y riqueza el tesoro de la fe.

Nunca, hasta la reciente levantada, quien esto escribe dio forma a la sensación que siempre tuvo en torno a la compleja relación entre la vida y la fe, y cómo la primera sirve de cauce a la segunda, que se desliza a través de la vida y del tiempo como una ola en el mar. Así se forja, en aquella primera madrugada de la Esperanza, la del 45, a hombros de Juan Sahagún y otros hermanos, la ola de la fe que llega 75 años después hasta sus descendientes y que aún no avista la playa.

No es lo esencial de la fe la sangre, las cruces o las cadenas, no. Bien aprendido lo tiene quien esto escribe desde hace años, pero cadenas, cruces y sangre siguen siendo elementos de una vida a la que la fe intenta transformar. Si la Semana Santa no sirve para recordarnos que el dolor y el pesar pueden quedar atrás no sirve para nada; si, por el contrario, somos capaces de sentir la fuerza y el sentido que hay tras la espuma de una madrugada que llega hasta la playa de nuestra vida entonces, a pesar de todos los pesares del fervor semanasantero, habremos tocado el corazón atemporal de la fe en Cristo.

El pasado Viernes Santo, a oscuras ya el convento de San Esteban y viendo brillar a Nuestra Señora frente a la luna y la silueta catedralicia hacia la que encaminaba ya su marcha cruzado ya el portón dominico, agradeció en oración a Dios quien esto escribe aquella posible primera madrugada de su fe que protagonizaran entonces, sin saberlo, su abuelo y su padre.


lunes, 2 de abril de 2018

Tomás González Blázquez

El Lignum Crucis, junto a la Casa de las Conchas en su procesión del Domingo de Resurrección | Foto: Pablo de la Peña

02 de abril de 2018

Conozco a una cofrade feliz porque ya es tiempo de Pascua. Sí, es cierto, se supone que todos lo estarán, ¿o no?, pero ella lo deseaba con fuerzas inversamente proporcionales a las que le empujaban, como cada año, a salir en procesión durante la Semana Santa. No es novedad. Siempre es así. Y cada vez lo siente con más convencimiento y lo piensa con más decisión. A otros también les pasa, aunque no me atrevería a definirlos como felices.

Este Lunes de Pascua, festivo en aquellas autonomías donde trabajan en Jueves Santo, es el día de las túnicas secándose (si no llueve) en los tendederos de los patios de luces, de muchas medallas guardándose cuidadosa pero tristemente en el cajón de la mesilla hasta los cultos de la próxima cuaresma, o incluso hasta la procesión del año siguiente, y de los sesudos análisis de quienes pueden hacerlos o de aquellos a los que no les importe soltarlos aunque no tengan la información suficiente, como nos ocurre a quienes no hemos podido presenciar varias procesiones. 

Mi cofrade feliz sabe que ha pasado la tempestad anual, sea en forma de borrasca o de cuña anticiclónica, consista en sudar o en abrir el paraguas. Es una tormenta de parafernalias, de polémicas estériles, de apariciones estelares, gestos afectados y emociones sobrevenidas. Un misterio con parte de verdad… y de mentira. La calma pascual le inspira más confianza, quizá porque se atenúan las exacerbaciones del ánimo de las que tanto recela. Y en ese silencio, que no encuentra en la Semana Santa pero sí halla en la Pascua, da con un camino para recobrar su felicidad. 

Paradójico sigilo cuando se trata de ir y anunciar que ha resucitado, tarea que tomará formas como el Jubileo Teresiano de las Cofradías, programado por la Coordinadora Diocesana que las agrupa para el sábado 14 de abril en Alba de Tormes. La misma entidad ha propuesto a las hermandades que se armonicen para colocar una Corona de Oración sobre las sienes de Santa María de la Vega, aprovechando que Salamanca celebra que hace cuatro siglos se postró ante ella para proclamarla Inmaculada. Será en el primer fin de semana del mes de mayo. 

En otro orden de cosas, la tempestad semanasantera, que tantos preparativos conlleva y horas atrapa, da paso a un tiempo pascual de mayor relajo, que a buen seguro permitirá el desarrollo de los comicios aplazados en la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, la aprobación del marco normativo-pastoral con que la Diócesis de Salamanca dotará a las cofradías para alentar y facilitar su misión, y la búsqueda y hallazgo de una fórmula que devuelva el culto a la capilla de la Vera Cruz, limitado desde hace dos meses a los actos reglamentarios de la cofradía titular.

En mi "cuaresmario cofradizador" ironicé sobre el Miércoles de Ceniza: ¡contigo empezó todo! Del Lunes de Pascua hablo en serio si digo que este es el verdadero inicio, y que no comenzaremos con buen pie si nos creemos eso de que "desde hoy se empieza a preparar la próxima Semana Santa". Mi cofrade feliz no se lo cree. Y es mujer de fe, como aquellas que fueron al Sepulcro y lo descubrieron abierto y vacío. Resulta que el Señor no estaba allí, porque había resucitado. Había pasado una tempestad… y era la Pascua.


viernes, 30 de marzo de 2018

Félix Torres

La Piedad, en el interior de San Esteban junto al resto de pasos de la Hermandad Dominicana antes de la procesión

30 de marzo de 2018

2018 será recordado en nuestra Semana Santa porque se produjo un hecho sin precedentes. Porque hoy, Viernes Santo, cuando estas letras vean la luz artificial de nuestras pantallas, la imagen de Nuestra Señora de los Dolores habrá realizado su salida desde el templo de San Esteban en la procesión de la Hermandad Dominicana por primera vez en los setenta y cuatro años de historia de esta hermandad, pues no existen antecedentes aunque se intentase en varias ocasiones ya desde los primeros años de andadura de la hermandad.

También es posible que hoy –y seguramente desde hace días– los restos de don Aniceto de Castro, quien fuese canónigo magistral de nuestro cabildo en aquellos tiempos en que el bullicio fundador dio lugar a la creación de la Hermandad Dominicana, anden algo revueltos en su sagrado reposo. Y saco esto a colación porque, en su condición de canónigo, don Aniceto era en aquellos años el único patrono al cuidado de la Fundación para la Pía Memoria de Juan Manuel García Serrano –propietaria de la imagen–, por lo que todos los trámites relacionados con la Piedad tenían que pasar su filtro. Y, por lo que se extrae de la correspondencia mantenida entre unos y otro, este era poco proclive a cederla para procesiones y mucho menos para que pernoctase en templos que no fuesen el suyo propio.

Ya desde el primer momento y sabiendo los "condicionantes", la hermandad solicitó que la salida de la imagen tuviera lugar desde la catedral y solo a la hora de la procesión, pues era su fin el de atraer la devoción hacia ella y, por tanto, fomentar el culto a la imagen en su santa capilla de la catedral. 

A partir de aquí, alternancia de salidas y negativas para que la Piedad formase parte de la procesión, con tensiones más que evidentes entre los miembros de la junta de gobierno y los responsables de la Fundación para la Pía Memoria.

En todo caso, y una vez estabilizada la situación, desde los primeros cincuenta del pasado siglo, la salida de la imagen era autorizada cada año… pero siempre desde su capilla catedralicia.

Hoy, como hemos podido comprobar, tras setenta y dos años haciéndolo desde la seo (no lo hizo en los años 45 y 46), se ha roto esta tradición primigenia y la Piedad ha salido en procesión desde el templo dominico con todos los parabienes del cabildo catedral y de la comunidad de San Esteban.

El argumento de quienes dirigen los pasos de la hermandad es que con ello se propicia la unión fraternal de todos los miembros y que esta medida ayudará en gran manera a alcanzar este anhelado propósito. Buena es la intención, pero no parece este el mejor primer paso a dar para propiciar la fraternidad, que antes de mover santos hay que mover personas. Así, el propósito no deja de ser, o parecer al menos, más que una disculpa para dejar en la memoria histórica esta novedad procesional.

Quizá hubiera sido mejor comenzar por acercar a unos y otros –en caso necesario–, con humildad, agachando la cabeza en muchos casos y renunciando a condicionantes previos más que arraigados, dialogar, ceder y confraternizar, aunque estas actitudes requieran un esfuerzo mayor, con renuncia a posiciones muchas veces enconadas. Quizá hubiera sido mejor dejar esta innovación para la celebración del septuagésimo quinto aniversario fundacional de la hermandad, que así no hubieran sido necesarias justificaciones más allá de la propia celebración. 

Porque de nada sirven frases bienintencionadas, si el sentimiento va en contra del objetivo. Si se duda de la sinceridad de la junta de gobierno o se tacha a aquellos hermanos que optaron por el color rojo en su capirote de separatistas o de formar un grupo de presión [sic], el hecho de que la imagen salga de uno u otro lugar no es sino preferir la estética a la ética. No son estas las formas de favorecer la unión fraterna, aunque el resultado sea una estética pero engañosa foto pública. Hace falta un mayor compromiso y, sobre todo, buena voluntad, dejando posturas soberbias a un lado, por ambas partes, para que el sentimiento de hermandad sea verdadero, más allá de medallas o colores de los capirotes.


martes, 27 de marzo de 2018

Lira Félix Baz

"Teníamos en Tenebrón unas andas azul cielo que cada año pesaban menos por el trabajo de las termitas" | Foto: P. de la Peña

28 de marzo de 2018

Teníamos en la parroquia de Tenebrón unas andas azul cielo que cada año pesaban menos por el trabajo ímprobo de las termitas. Hay tres procesiones en mi pueblo, San Isidro, San Ceferino y la Virgen de la Soledad el Viernes Santo. Procesionar las tres imágenes era relativamente sencillo porque, como digo, cada año pesaban menos.

Hace unos años, a Sidro –Isidro– le tocó la Lotería de Navidad y, como era el único del pueblo que tenía el nombre del patrón chico, decidió regalarle a la parroquia unas andas nuevas hechas de madera noble. Preciosas y pesadas.

Una de las tres procesiones está en riesgo de desaparecer en Tenebrón por el peso de las andas. Y no me refiero a las de los patronos. Es a la de la Virgen de la Soledad, cuyo acompañamiento es femenino y de avanzada edad.

Ellas ya no pueden coger uno de los cuatro brazos de las andas y es la única procesión que se vive en Tenebrón en Semana Santa. Los cantos que arropan la imagen son viejos y apagados, como el cortejo. Canciones cuyas letras refieren al dolor de la Madre, que enlutada se balancea al ritmo de los pasos de brazos jóvenes, cada vez menos, por lo que la procesión se acorta cada año.

Soy uno de los brazos que lleva años sacando a la Virgen de la Soledad, que en mi pueblo también es la Virgen del Rosario, no por devoción, más bien por consideración hacia mis mayores.

No hay cofradía en Tenebrón, todo el que vaya el Viernes Santo será bien recibido, sobre todo si tiene intención de probar el peso de las andas.

El acto se asemeja mucho al acompañamiento que se hace a los familiares que acaban de perder a un ser querido. Entramos en la iglesia en silencio. Durante unos minutos, en lo que nos acomodamos, hay murmullo, hasta que una voz comienza a rezar el rosario. En uno de los misterios, perdonadme porque no sé en cuál, arropamos a la imagen en su dolor y salimos en procesión, para que los vecinos que lo deseen le den el pésame por la muerte de su hijo. No suele salir nadie, pero año tras año, insistimos en recorrer el pueblo.

Al volver a la iglesia y dejar la imagen, como ocurre en los velatorios, siempre hay alguna anécdota, saludo, abrazo que se regala en el portalillo, porque por lo general, hace mucho tiempo que no te encuentras con los ojos de aquellos que un día, como yo, nos fuimos del pueblo y solo volvemos en fechas señaladas, como cuando muere un vecino y deseas abrazar a sus allegados.


lunes, 26 de marzo de 2018

F. Javier Blázquez

La silueta del Cristo del Perdón, en la tarde del Domingo de Ramos | Fotografía: Alfonso Barco

26 de marzo de 2018

En aquellos años del hambre y escasez, cuando España intentaba sin lograrlo salir de la miseria que dejaron la guerra y el aislacionismo, la tarde de Ramos nacía en Salamanca para el Perdón. Eran tiempos de necesidad y esperanza, pero de ideas claras para aquellos hermanos de la Agonía que, impulsados por Lobato y Moneo, llenaron de sentido la tarde de un domingo vestido de rojo, con la Pasión ya leída e interiorizada. Y ahí, en pleno proceso de organizar bajo la dirección de Gombau una nueva Semana Santa salmantina articulada en torno a las siete palabras de Cristo en la cruz, surgía la idea del Perdón. Con él debía comenzar el recorrido por los siete momentos de la cruz. Pidiendo perdón, perdonando, llevando el perdón. Y la procesión llenó toda una tarde, consolidó una idea que prometía ser hermosa, enriqueció nuestra Semana Santa con un acto emblemático, cargado de profundo simbolismo. Esa era nuestra tarde dominical, saliendo del primer convento cisterciense, de San Esteban, del segundo de Bernardas que ya tampoco lo es. Con el Cristo de las monjas primero, con el de Villar, con el de las Bernardas otra vez. Con prisión provincial, sin ella y ante el monumento del Perdón, en el Museo del Comercio ahora. Qué más da. Es el Cristo del Perdón, el que da sentido a los atardeceres salmantinos del domingo en que se lee el relato principal de la historia de la salvación.

La tarde de Ramos había nacido en Salamanca para el Perdón, aunque ya no nos acordemos y por momentos ni siquiera lo parezca. La fascinación por el lujo y oropeles, los bullicios y esplendores trasuntados, el contrarreformismo finisecular, los mil y uno nosequés, han empequeñecido en demasía a un desfile de la Prosperidad que algún tiempo atrás ya había comenzado a menguar. Y no hay una sola causa, porque en esto como en todo, las razones se entrecruzan. A la propuesta novedosa, es verdad, hay que reconocerle muchas cosas buenas, porque tenerlas las tiene, pero no debe soslayarse lo poco que en los últimos años ha hecho la propia Hermandad del Perdón por mantener el prestigio y lugar que por historia y tradición en justicia le corresponde. Ayer domingo, debemos señalarlo, se percibió una ligera mejoría, y eso hay que agradecérselo al último de la saga de los Moneo, pero ¡sigue habiendo tanta distancia entre una y otra propuesta!

La recuperación de aquello que quizás nunca llegó a ser del todo, salvo en la feliz Arcadia de nuestro imaginario colectivo, no pasa por inventar nada, ni siquiera por ampliar el número de nazarenos, que buena falta hace dicho sea de paso. El rebrotar del protagonismo que reivindicamos para esta procesión tan nuestra y tan querida está dentro de la propia hermandad, en su ADN cofrade, porque el Cristo del Perdón solo puede ser el Cristo del Perdón. La recuperación de su añorada identidad está en la autenticidad, y en ella la clave de la significancia. Las adherencias que el tiempo fue dejando acaban restando fluidez y dificultando la inserción en la Semana Santa que todos deseamos. Por ello es necesario un análisis serio y profundo, junto al compromiso decidido y responsable de regenerar (que no de generar). Solo así conseguiremos que el desfile del Perdón recupere el espacio que por su trayectoria y en justicia le corresponde.


jueves, 22 de marzo de 2018

Paco Gómez

El Cristo de los Doctrinos, ejemplo de belleza desde la sencillez en las procesiones de Salamanca | Fotografía: Javier Barco

23 de marzo de 2018

"De la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir" 
(Mateo 20, 27-28)

Con una nueva Semana Santa ya llamando decididamente a la puerta, uno siente agolparse algunas reflexiones en torno a un mundo, el cofrade, que parece condenado a vivir inmerso en eternas disputas y divisiones. Por si no hubiéramos tenido suficientes ejemplos a lo largo de los años, por uno y otro acento, por el hombro o la cerviz, por lo de aquí y lo de allí, en las últimas semanas algunas palabras, algunos gestos, algunas acciones, han llevado a embravecer unas aguas que a estas alturas del calendario litúrgico deberían discurrir algo más plácidas.

Como cada uno es responsable de sus actos y tampoco estamos aquí para dar lección alguna, simplemente me gustaría recordar que el origen de todo esto que nos aprestamos a vivir, seguramente con intensidad y emoción, está en dos sencillas palabras que definieron el paso por el mundo de Jesús de Nazaret: sencillez y humildad.

Tan fácil y tan complejo como eso: humildad y sencillez. No hay, en verdad, mucho más manual de instrucciones para conducirse en todo aquello que quiera hoy representar, revivir en cierto modo, los hechos que ocurrieron en Jerusalén hace dos mil años.

En este caso, no quiero analizar si es necesario invertir altas cantidades económicas en dignificar los enseres, los pasos procesionales o las tallas, ya que ese es un debate que trasciende la propia Semana Santa y se entremezcla con otros aspectos –por ejemplo el artístico y cultural– y al fin y al cabo a lo largo de los siglos el que ha tenido ocasión u oportunidad siempre ha intentado tener lo mejor posible para su cofradía.

Creo más perentorio que ese debate afrontar otro: la falta de humildad y sencillez (otra vez las dos palabras) que están denotando algunos gestos con el sello de lo oficial en nuestra Semana Santa.

Como nadie me ha preguntado nunca, tampoco he dado mi opinión al respecto, pero abuso de la plataforma que me ofrece de manera generosa la Tertulia Cofrade para decirlo de una vez y para todas. Mal le irá a la Semana Santa de Salamanca si en vez de acercarse a lo popular, a lo humilde, a lo sencillo, se trata de revestir de etiqueta, elevarse unos cuantos metros sobre el suelo y desde allí ir entrecerrando una puerta de entrada que, dicho sea de paso, cada vez es más estrecha.

Lo popular que reclamo, advierto, no es lo cutre. Ni lo vulgar. Hablo de pensar en espacios, en tonos, en gestos, que, como poco, no insulten. Que a poder ser incluyan la mayor parte de las sensibilidades; que integren, que faciliten el acceso a todos a una figura que ya dijo bien clarito "el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor". La de Jesús es la revolución de los humildes, no de las élites ni los poderosos.

Pues eso, el día que toque que cada uno salga a la calle con el hábito que considere más propio para su hermandad, pero el resto del año mucho mejor si nos quitamos la etiqueta y nos ponemos los vaqueros. Mejor si recorremos juntos el camino de la humildad.


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