domingo, 24 de mayo de 2020

viernes, 22 de mayo de 2020

Paulino Fernández

Procesión de la Hermandad del Silencio por la carretera Ledesma, en el barrio de Pizarrales | Foto: Pablo de la Peña

22 de mayo de 2020

Quizás pueda resultar incomprensible que, en plena pandemia, hable de procesiones de Semana Santa cuando este año, para desgracia de todos, no se han podido llevar a cabo. Podría dedicarme a dar vueltas a conceptos ya tratados como el "estilo" de la Semana Santa salmantina, cuestión más de la mano de etnógrafos, historiadores o sociólogos, o centrarme en volver a discutir los puntos fuertes y débiles de nuestra Pasión. Pero claro, en manos de un profano, aportaría nula novedad. A mayores, a mi parecer, sería escribir por escribir, llenar párrafos para cumplir. Y ello, en mi opinión, implicaría traicionar mis principios y mi modo de entender estos artículos: un canal que me permite exponer ideas que, de otra manera, no puedo expresar.

Allá por el mes de enero de este 2020, cuando esto del/la COVID-19 nos sonaba a "chino", publiqué mis propósitos cofrades de año nuevo. Estas intenciones que me quería aplicar recogían muchas y muy variadas cuestiones. Desde aprender a pedir perdón a mis hermanos por mis errores en los servicios que desempeño en la hermandad, hasta ser humilde y no tratar de colocarme por encima de los demás; pasando por vivir mi experiencia cofrade de un modo totalmente diferente al que acostumbro.

Efectivamente, me proponía a mí mismo vivir la Semana Santa más apegado a la liturgia y más alejado del aspecto "cofradiero". Y, la verdad, es que el devenir de las circunstancias me ha facilitado esta decisión.

Este año, sin "pres" ni "posts" procesiones, he podido disfrutar con más recogimiento y cercanía ‒aún en la distancia‒ de las celebraciones que rememoran la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

La situación que hemos vivido este año, con la suspensión de los actos de culto externo y las expresiones de piedad popular, han venido a demostrarnos que la realidad que subyace a nuestra experiencia cofrade no se sostiene sobre meros constructos folclóricos, tradiciones seculares o convencionalismos sociales. No. Nuestra realidad como penitentes debe construirse sobre la base inquebrantable de la fe y una profunda experiencia creyente que nos permitirá comprender que la Semana Santa no es un simple espectáculo callejero que aúna arte y tradición; si no un tiempo litúrgico en el que hemos de atrevernos a trastocar la conciencia del otro, anunciando en público el mensaje salvífico de la muerte y resurrección de Nuestro Señor.

Ambas visiones de la Semana Santa, la mera reducción al espectáculo folclórico y la íntima vivencia de fe, han venido a manifestarse por las redes sociales en nuestra ciudad durante estos tiempos de pandemia. Por un lado, algunas hermandades decidieron limitar su manifestación pública a una llamada a la oración conjunta, a fin de cumplir con sus objetivos estatutarios y fundacionales, demostrando que el desfile procesional es un medio y no un fin en sí mismo. Otras, por el contrario, decidieron recrear sus desfiles procesionales, sirviéndose de las redes, en un ejemplo de luto mal llevado. Obviaron sus redescubiertas devociones eucarísticas para convertir Facebook en un mar de lágrimas en el que, cual plañideras, se lamentaban por lo que pudo ser y no fue en lugar de disfrutar lo que es, en atención a lo que podía haber sido. Y es que en estas nuevas modalidades de desfile online ‒que, entiendo yo, también podrán aplicarse a la suspensión por lluvia, a las ausencias de cofrades o hasta a la mera comodidad de los hermanos en años que el clima sea recio‒ el Santísimo Sacramento dejó de ser el centro y vida del cortejo para convertirse en un mensaje más que se diluyó en la procesión que avanzaba a golpe de me gusta.

Somos lo que vivimos. Somos el resultado de aquellas experiencias que nos golpean en un sentido o en otro y que, en apenas segundos, convierten nuestra existencia en algo que jamás imaginaríamos. En nosotros está convertir estos envites en elementos que nos ayuden a crecer o en meros palos en la rueda que nos hagan caer una y otra vez sin comprender qué sucede. La Pascua la estamos viviendo desde nuestras casas, sí. Pero eso no es óbice para que, sin capirotes ni hábitos, demos a nuestros hermanos testimonio de nuestra fe.


miércoles, 20 de mayo de 2020

J. M. Ferreira Cunquero

Detalle del Cristo de la Buena Muerte a su paso por la iglesia de San Martín | Foto: JMFC

20 de mayo de 2020

‒Me dicen desde Matacán, que en una hora lluvia y en dos diluvio.

‒¡Qué mala suerte!

‒Lo aseguran tal como te digo. Mucha lluvia. Mucha…

‒Vale, gracias por el aviso, lo tendré en cuenta.

El cofrade mayor de la hermandad, muy contrariado, comunicó la información oficial recibida a sus compañeros de junta y entre todos, por un compromiso ¿cristiano? con su imagen que por milagrera tiene muchos devotos, no tardaron en decidir lo que debía hacerse.

‒Hermanos, puede ser que caiga algo de lluvia, incluso que nuestras zapatillas empapadas nos hagan sentir el frío helador que hace esta noche. Pero la junta de gobierno ha decidido que vamos salir por él, porque es nuestro sagrado titular y porque tenemos que demostrarle que le queremos, con nuestro sacrificio.

El dirigente de la hermandad no pudo concluir sus palabras, pues todos los cofrades que abarrotaban la iglesia aplaudieron al unísono gritando entre abrazos con cierta euforia: ¡Viva nuestro cofrade mayor!

Era tan cortante la heladura que no hubo público en la calle que pudiese certificar la gran hazaña de aquellos penitentes, que herían con gran fe las honduras de la noche.

Como si todos los ángeles estuviesen volcando barreñadas de agua, un imparable torrente, como plomo, empezó a caer del cielo. Los cofrades se vieron obligados a deshacer las metódicas filas y a todo correr buscaron refugio en los escasos portales que ofrecía el largo recorrido.

Como el vendaval no dejaba a los encargados del paso cubrir con cierta garantía la imagen, el experimentado jefe del paso llegó a decir, con suma autoridad: Un buen frote con las bayetas que tenemos preparadas en la iglesia lo va a dejar más guapo que nunca. Si ha aguantado mil mojaduras en 300 años, por una más no pasa nada.

Y así, aquella imagen tan milagrosa salió a la calle un anochecer con certificado de lluvia garantizada. Una talla que, siendo propiedad de la Iglesia y no de la cofradía, en manos de la insensatez sufrió un posible ataque en el corazón más sagrado de su valor artístico.

Lo grave es que los feligreses y la Iglesia permiten estas desdichas que afectan a todos los que pertenecemos a la gran familia católica y a quienes a través de los tiempos seguirán heredando el intemporal espíritu cofrade.

Incluso las imágenes que son propiedad de las cofradías deberían tener una protección cautelar por parte de quienes son responsables de su custodia, ya que las obras de arte se convierten por sí mismas, a través del valor de la historia, en un patrimonio que no hace distinción entre creyentes y ateos, pues el gozo de la belleza artística es un derecho que debe ser resguardado por el bien común con sumo celo.

Alguien debe poner coto a estos desmanes, que por falta de formación una y otra vez se producen, en unos casos por dejación de funciones y en otros por ese pánico a poner las cosas en su sitio, no vaya a ser que se revuelva la prebe…


domingo, 17 de mayo de 2020

Félix Torres

Simbólico abrazo durante el acto de indulto de un preso en la procesión del Cristo del Perdón | Foto: Pablo de la Peña

18 de mayo de 2020

Hace apenas un par de días fallecía casi nonagenario, Juan Genovés, quizá el último de los pintores de la Transición Española.

Al enterarme de su muerte dos imágenes se formaron al tiempo en mi imaginación. Una, la primera, lógica. Ese El Abrazo del pintor que ahora cuelga en las paredes de uno de los salones de nuestro Congreso de los Diputados y que es todo un símbolo de esa unificación de las dos Españas que siempre parece avanzar un par de pasos por delante de nuestras intenciones.

La otra, mucho más personal, ha sido "ese abrazo" que siempre nos damos al final de una procesión. En esta otra imagen veo, en cámara lenta, a los nazarenos desenfundándose sus capirotes, húmedos de sudor, mientras resoplan al verse libres de impedimento; a los hermanos de carga contorsionándose para abandonar ese espacio bajo el paso que solo a ellos les está reservado. Empapados y enrojecidos tras el esfuerzo, masajeándose los hombros como queriendo echar fuera ese dolor que les acompañará, agradablemente, durante unos días. Idas y venidas. Revuelo. Incluso voces… y abrazos. Muchos abrazos de unos con otras, de otras con unos, ellos con ellos y ellas con ellas. Que olvidamos nuestra educación de rosas y azules y nos plantamos besos en las mejillas mientras nos palmeamos las espaldas como si el encuentro fuera debido a una larguísima ausencia. Es la esencia, nuestra forma de ser cofrade, la que nos lleva a esa intimidad que fuera de este plano quizá no seríamos capaces de mostrar tan en público. Es una tradición y como tal la mantenemos.

¿Y ahora?

Ahora, cuando la nueva normalidad se asiente entre nosotros, ¿qué vamos a hacer con nuestros abrazos?

Porque ‒y cómo quisiera equivocarme‒, vamos a seguir en modo pandemia durante mucho mucho tiempo.

Busco una respuesta y veo cómo desde el primer momento, salvo normas contradictorias e imposiciones más o menos acertadas (según cada quién) de nuestros gobernantes, hemos sabido qué es lo que hay que hacer pues en ello nos han insistido machaconamente. Llevar mascarilla en espacios cerrados es recomendable, usar guantes está desaconsejado, lavarse las manos es poco más que obligatorio… y así todas aquellas recomendaciones que, día sí y día también, nos han ido llegando por cuantos canales tenemos a nuestra disposición.

También desde el principio, hemos tenido claro que la Semana Santa modificaba sus tiempos y que son muchas las cosas que tendrán que cambiar siguiendo las recomendaciones y las normas.

Las salidas penitenciales van a estar restringidas durante más tiempo del que quisiéramos, pero, seguramente, esta nueva normalidad nos va a afectar mucho más en nuestro día a día cofrade ya que, como el común de nuestras vidas, se verá alterado sin una vislumbrable marcha atrás.

¿Veremos limitados nuestros cultos cofrades? Pues… en la teoría sí, pero en la práctica, de no ser que a la mayoría se nos despierte, por amor propio o nueva inspiración, el interés por asistir a celebraciones cultuales de nuestras hermandades y cofradías, no creo que se note en demasía la falta de asistencia de la mayoría de nosotros. Aquí, la nueva normalidad seguirá siendo la misma que hemos demostrado antes del tiempo de las mascarillas.

Si nos planteamos otras actividades, más profanas, valga la expresión, ciertamente deberemos tener en cuenta las limitaciones que según los expertos nos van a condicionar durante mucho tiempo, incluso después de retomar una vida como mucho parecida a la que hemos llevado siempre. Nuestra vida social cofrade se va a ver limitada hasta en los más mínimos detalles… Que hay que mantener los enseres y ajuares, pues enfundados en guantes y mascarilla; que visitamos la casa de nuestra hermandad, pues siempre midiendo las distancias… "sociales"; que queremos un besapié… pues eso no. ¡Eso sí que no!

Y lo entenderemos, lo superaremos y nos acostumbraremos a los nuevos tiempos y las nuevas reglas.

¿Y los abrazos? ¡Ay, los abrazos!

Se acabaron los abrazos. A eso sí que no vamos a acostumbrarnos nunca y nos va a costar renunciar con todo dolor. Porque esos abrazos, adornados de lágrimas en tantas ocasiones, son, al final, lo más importante de nuestra vida cofrade.

¡Ay, los abrazos en la nueva normalidad!

Eso sí, siempre nos quedará desear… ¡Salud para otro año, hermanos!


viernes, 15 de mayo de 2020

Álex J. García Montero

Un hombre mira al cielo desde el balcón al paso de Jesús Rescatado | Fotografía: Manuel López Martín

15 de mayo de 2020

Recuerdo que fue en unos Sanantolines de Palencia. Hace lustros. Fue la primera vez que pude ver un toro devuelto a corrales.

La imagen era la del guerrero derrotado. En la oscuridad (nada de penumbra), en una noche oscura de esas que exhala san Juan de la Cruz, el toro estaba metido en el mueco al que solo alumbraba fríamente una bombilla para tranquilizarle.

¡Qué diferencia! La que se establece entre el arrastre de un toro bravo que lo ha dado todo en el albero y la del toro devuelto a corrales por falta de bravura. Sólo los taurinos lo sabemos. Hay muchos que nos llaman crueles, cuando nadie (se lo aseguro) vamos a ver sadismo a una plaza de toros. Es más, nos repugna. Por eso, cuando sentimos la imagen de la derrota en el mueco, nos hace repensar más la vida.

Evidentemente el tono de esta aportación no es el tono de mis anteriores. La situación lo demanda e intentaré cumplir con esta mansedumbre apática con la que nos ha tocado lidiar, nunca mejor dicho.

Porque, como bien sabemos la mansedumbre es muy, pero que muy peligrosa, pero mucho más aún mayor alevosía deviene la apatía.

El mundo del toro da prácticamente perdida la temporada, y mucho me temo que, en lo que a espectáculos públicos se refiere (no incluyo el fútbol de primera división, porque quedó privatizado en streaming hace tiempo), al menos dos temporadas vamos a estar a puerta cerrada y bolsillo trancado.

Quizás haya que pensar que en el toro se da la mayor contradicción: es el espectáculo más popular con precios razonablemente altos, especialmente en cosos cuya gestión depende de pliegos (bueno, más que pliegos son presas y esclusas de corruptelas y exclusividades), cuyo acceso se hacía cada vez más distante a las finanzas hogareñas de los aficionados. ¿Cuántos aficionados preferían trocar las ferias importantes de su capital por festejos menores de la provincia por este motivo? ¿Cuántos habían (habíamos) dejado el sillar libre (de aposentos, posaderas y pecunias)?

Quizás sea la hora de plantearnos que, cuando pueda resurgir esto, habrá que restar burocracia, y aumentar eficacia y afición.

Con nuestra Semana Santa, pasará parte de lo mismo. Somos, al contrario de los toros, un único e inigualable espectáculo gratuito en la calle que se paga de devoción, sentimientos, pero también de cuotas, loterías, aportaciones, donaciones del gremio votivo de los cofrades. Evidentemente que la Semana Santa va a seguir, porque se dan dos cosas: una, que las devociones siguen ahí (veamos qué ha sucedido en Valencia cuando ha asomado la Mare de Deu dels Desamparats). Otra, que los que estamos viviendo esto sabemos que uno de los orígenes de las cofradías y hermandades fueron las estrechuras de siglos pasados, donde algunas desaparecieron, otras se fusionaron (cosa que habrá que abordar más adelante) y otras resurgieron como el Ave Fénix de sus cenizas.

Así que, con independencia de que en el 2021 pueda o no haber procesiones en la calle, cosa que por ahora dudo, vamos a seguir, con labores más centradas en cuidar la espiritualidad y la interioridad de todos, y cómo no, de las necesidades acuciantes de hermanos y hermanas (aunque sea perdonar cuotas).

Va a haber un rescate. Y no me refiero a la corporación de San Pablo de Viernes Santo. Todos saben que aludo a Europa. El otro día lo hablaba. Nos van a "uropizar" a la fuerza. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Como mucho, paseos con bolsas de pipas o patatas fritas (ojalá sean de Fátima), alguna fiesta en casa con bluetooth (actual sustitución del tocadiscos) y alguna copichuela o digestivo en familia. ¿Les suena? Volveremos a los ochenta. Veremos más bicicletas por la calle, más peatones, solo nos faltarán los canales (y algo de paraíso fiscal calvinista) para ser Ámsterdam. Y si quieren saber cómo empezaremos a procesionar, deberemos visualizar esos vídeos de procesiones de esa maravillosa década donde los recuerdos son los más populares de la Semana Santa. Pasos más sobrios, imágenes solitarias, rúas con más devotos que turistas, menos casas de hermandad y más templos, nada de paellas y charlotadas, y una apuesta clara por la eucaristía dominical de hermandad y cofradía. Más parques y plazas, y menos locales de ocio.

Porque recuerden, aunque "la procesión va por dentro", siempre habrá un grupo de gente dispuesta a sostener esa devoción. Y va siendo hora de que no haya tanta burocracia de pliegos de prejuicios, soberbias y altanerías que han llevado a crecer múltiples hierbajos de mala poda en alberos otrora cromáticos cual bloques de Villamayor.

Por eso la Semana Santa procesional (sí, la que vivimos con autenticidad litúrgica taurina), volverá. Porque hay miles, millones de corazones esperando que se abran las puertas grandes de los templos, sean estas chicas, románicas, góticas, platerescas, barrocas o modernas y contemporáneas. Porque, volveremos a corneta, tambor y silencios de esas estaciones de penitencia del Naranjito. Porque muchos nos hemos forjado en esas semanas de barro y penitencia. Y, aunque pasen los años sin salir, quedan muchas suelas que gastar.

Respecto a los toros, quedarán ferias grandes hechas chicas, pasados unos años. Pero con las procesiones quedarán las devociones más auténticas en cada lugar. Aquellas que hayan sido impuestas por mor de modas o de costales, quedarán relegadas a la irrelevancia absoluta. Sin embargo, aquellas primitivas de siglos pasados como la Vera Cruz, Nazareno, Angustias, Rescatado, Soledad, Piedad… permanecerán siempre cual vítores de sangre en las piedras francas de nuestros corazones. Y eso, a pesar de lo que decía Ortega y Gasset de que España es el problema y Europa la solución, que en parte será así con los graves problemas acuciantes económicos que se avienen, habrá una mentalidad íntima que será difícil de trocar: la del corazón. Y ahí, vamos a converger todos.


miércoles, 13 de mayo de 2020

Paco Gómez

Un plástico protege de la lluvia la imagen del Cristo de la Liberación | Fotografía: Pablo de la Peña

13 de mayo de 2020

"Estad siempre preparados y mantened las lámparas encendidas"
(Lc 12,35)

Si acaso comparado con el de los programadores culturales del final del verano, siempre expuestos a las veleidades climatológicas de un mundo que entre todos hemos conseguido que ya no se entienda ni a sí mismo, el del cofrade es sin duda el territorio más incierto de todos quienes se pasan la vida pendientes del calendario. Para empezar, la planificación varía de un año a otro, ya que no estamos ante una fecha fija, propiamente dicha como tal, ya me entienden; y para seguir tenemos el problema del frío o del calor, que puede ser más o menos llevadero, pero sobre todo el de la lluvia.

Lluvia que cuando cae gruesa es una maldición bíblica (nunca mejor dicho) pero cuando cae fina tiene al personal en un sinvivir de miradas al cielo y de palmas abiertas durante horas. En media horita esto está. Voy llamando a Matacán.

Visto así, lo normal es que la peor crisis sanitaria de nuestra historia contemporánea (creo que pocos quedarán ya que vivieran la llamada gripe española, que por cierto era de todo menos española) le fuera a tocar de lleno al mundo cofrade, que ha sobrellevado el asunto como ha podido.

La Semana Santa de la cuarentena, del confinamiento o del estado de alarma, cualquiera de los atributos le valdrá para pasar a la historia cuando esto sea un vago recuerdo, quedó atrás y ahora se aproxima otro tiempo distinto: desescalada, lo han llamado (¿cómo evitar la tentación de introducir en el corpus lingüístico una palabreja que haga parecer que todos nos informamos en foros globales sobre epidemias y hablamos fluido inglés en la intimidad y que, claro, la contaminación entre ambas lenguas si bien, quizá, no sea deseable nos es inevitable?).

Y ahí estamos, casi volviendo al punto de partida. ¿Recuerdan al cofrade sufridor de hace unas líneas con su palma abierta al cielo media hora antes de su salida en procesión diciéndole al de al lado "pues tampoco cae tanto"? Pues ahí justo estamos ahora.

¿En qué fase crees tú que se podrán sacar procesiones de gloria? ¿Llegamos a tal santo, a cual santa? ¿Extraordinaria? ¿Magna? ¿Semana Santa en septiembre, que más vale pájaro en mano que marzo por venir?

Es el momento de apelar a la prudencia máxima en todos los aspectos de la vida en sociedad. Yo sé, como usted, que hay quien se estudia las tablas de cosas permitidas en cada una de las fases según se van publicando en el BOE y que, según en qué ámbitos, la postergación del permiso para desarrollar distintos actos, como una procesión, es toda una fuente de frustración.

Yo creo que en el ámbito que nos ocupa, ya haya permisos en la fase dos, la fase tres o la que sea, quizá sea más oportuno esperar ciertamente a esa nueva normalidad que con su inquietante epíteto nos avanza que quizá las cosas no sean exactamente como pensamos. Tendremos más procesiones, tendremos más motivos para encontrarnos en la fe en las calles y ojalá lo que tengamos por vivir sea lo más parecido posible a eso que recordamos y que tantas veces nos ha pellizcado el corazón.

Seguro que sí, pero de momento, tiempo de espera. Eso sí, con las lámparas encendidas, siquiera sea solo en recuerdo de aquellos que pagaron el peor tributo y nos han dejado un día marcado en rojo color pena en el calendario.


lunes, 11 de mayo de 2020

Daniel Cuesta SJ

Imagen del "Cristo que vuelve a la vida" de Venancio Blanco, pensada inicialmente para la Semana Santa de Salamanca

11 de mayo de 2020

Ninguno de los evangelios canónicos se atreve a describir el momento de la resurrección de Cristo. San Marcos, san Lucas y san Juan empiezan sus relatos pascuales cuando la piedra del sepulcro había sido ya removida, encontrándose la tumba vacía, conteniendo solamente las vendas y el sudario con los que habían envuelto el cuerpo de Cristo. Únicamente san Mateo afirma que "hubo un gran temblor, el ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, rodó la piedra del sepulcro y se sentó en ella" (Mt 28,2), pero no da más detalles de lo que ocurrió dentro de la tumba. Un poco más lejos llega el evangelio apócrifo de Pedro quien, con la misma base que Mateo describe de manera misteriosa y fantasiosa cómo tras abrirse los cielos y retirarse la roca, dos hombres resplandecientes entraron en el sepulcro y salieron en compañía de un tercero cuya cabeza sobrepasaba los cielos, mientras se escuchaban voces provenientes del cielo y de la cruz (1). Pero, como se intuye, este relato tampoco acaba de explicarnos qué pasó en el interior del sepulcro.

El único testigo de aquellos hechos fue la noche, tal y como nos recuerda la letra del Pregón pascual: "¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos". Y es que, el momento de la resurrección de Cristo es algo que se nos escapa, que no podemos intuir ni tratar de explicar con palabras humanas porque, habiendo acontecido en la historia, la trasciende y nos habla de las realidades del más allá. Por ello, el teólogo Manuel Gesteira afirma que al tratar de describir la realidad física de la resurrección nos encontramos con un reto semejante al de tratar de explicarle cómo son los colores a un ciego de nacimiento (2). Con este problema se encontraron los primeros cristianos a la hora de relatar esta experiencia y también los artistas, entre los que se encuentra Venancio Blanco, al intentar plasmarla gráficamente.

El primer reto al que se enfrentaron los evangelistas fue el de encontrar un verbo que expresara lo acontecido a Jesucristo en la mañana de Pascua. Se trataba de algo totalmente nuevo, puesto que Cristo (a diferencia de Lázaro, el hijo de la viuda de Naín, o la hija de Jairo), había resucitado para no volver a morir, es decir, inaugurando una vida nueva. Por ello utilizaron dos verbos griegos a los que les dieron un nuevo significado: anistatai y egeirein. El primero de ellos significa "ponerse de pie" o "levantarse" y es utilizado siempre en forma pasiva para significar que fue Dios quien levantó a Jesús de entre los muertos. El segundo, egeirein, quiere decir "despertarse de un sueño" y, aplicado a Cristo, hace referencia al paso del sueño del pecado y de la muerte a la vida verdadera de la resurrección.

Pues bien, creo que ambos verbos tienen su correlato y pueden apreciarse bien en la imagen del Cristo que vuelve a la vida de Venancio Blanco. En ella, el escultor salmantino representa de manera revolucionaria y magistral el momento de la resurrección al plasmar a un Cristo que parece levantarse y despertarse al mismo tiempo. La postura de Cristo parece seguir el significado del verbo anistanai, puesto que muestra cómo el Señor no se está levantando por sí mismo, sino que hay una fuerza exterior (el poder de Dios Padre) que lo está elevando del suelo y elevándolo de la muerte. Y si miramos a su rostro, podemos rastrear en él el sentido del verbo egeirein, porque el Cristo de Venancio parece estar despertando a la vida de la Pascua. Y lo hace sin triunfalismos exagerados, ni gestos portentosos, sino desde la humildad de aquel que, por amor, entregó su vida por los hombres. Cristo despierta a la vida de la Resurrección y con Él nos despierta a todos a la esperanza de una vida sin fin que, pese a su discreción y a que a veces parezca no manifestarse en nuestro mundo, es la verdad más auténtica que existe, porque solo ella es capaz de dar sentido a todo.


(1) Vid. A. DE SANTOS OTERO, Los Evangelios Apócrifos, BAC, Madrid, 2009, 201.
(2) Vid. M. GESTEIRA GARZA, La Resurrección de Jesús, SM, Madrid, 1984, 4 y ss.


viernes, 8 de mayo de 2020

Tomás González Blázquez

Procesión del Entierro del Señor en Braga

08 de mayo de 2020

Europa tiene su día, el 9 de mayo, pero como es laborable ni nos enteramos. Lo de unir el carbón y el acero de franceses y alemanes allá por 1950, que es lo que se recuerda, no ha calado como festividad. Por iniciativa papal, también tiene seis patronos, desde los eslavos Cirilo y Metodio hasta Edith Stein (luego Teresa B. de la Cruz) pasando por san Benito de Nursia, santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena, aunque no demasiado celebrados en nuestras liturgias hispánicas. No pensamos en Europa, y debiéramos, como un proyecto de raíz cristiana. Desnaturalizado, que no por conservar la raíz iba a ser una Europa menos plural y menos respetuosa con los no cristianos, sino todo lo contrario, el proyecto sufre, se diluye y peligra. Entonces, ahora, se aprecian más que nunca las diferencias, las desigualdades, y hasta las diversas maneras de cuidar las libertades, algunas ciertamente curiosas. La bandera azul, la de las doce estrellas que no son otra cosa que la corona de María, la mujer del Apocalipsis, ondea en la media asta de las incertidumbres y, por desgracia, también a causa de un luto justo e ineludible.

Sabemos que nuestra tradición procesional de los días de Pasión se consolidó en varios de los antiguos territorios del Imperio Español en América y otras latitudes, pero no miramos tanto a las celebraciones que se conservan en diferentes puntos de Europa. Comenzando por el vecino Portugal, es justo detenerse en la Semana Santa de Braga, enriquecida desde hace siglos por un rito litúrgico propio que custodia dos procesiones genuinas por las naves de su catedral: la Procesión Teofórica del Entierro al terminar la celebración del Viernes Santo, en la que se introduce el Santísimo Sacramento en un féretro, se cubre con un manto negro y es llevado bajo palio entre cantos de lamentación; y la Procesión de Resurrección, al acabar la Vigilia Pascual, en la que igualmente se conduce al Santísimo pero en la custodia. Las calles bracarenses acogen desfiles desde el Sábado de Pasión, cuando tiene lugar el Traslado del Senhor dos Passos y su vía crucis. El Domingo de Ramos es la Procesión de los Pasos, en la que esa imagen de Cristo con la cruz a cuestas se encuentra con la Virgen de los Dolores. Muy original resulta el acto del Miércoles Santo, un cortejo bíblico bajo el lema "Vosotros seréis mi pueblo" que repasa la Historia de la Salvación sin olvidar las prefiguraciones de la Pasión en el Antiguo Testamento. Es conocida con el nombre popular de Nossa Senhora da burrinha, pues se representa la Huida a Egipto. Para el Jueves Santo queda la Procesión del Ecce Homo, que desarrolla iconográficamente la misericordia divina y se caracteriza por las antorchas o fogaréus que portan unos penitentes, los farricocos (otros llevan matracas); y para el Viernes la del Entierro, en la que los farricocos no hacen sonar ya las matracas, las banderas se arrastran en señal de luto y el Cristo yacente es acompañado bajo palio.

La presencia histórica de la Corona de Aragón en las regiones italianas la evocan con singularidad algunas procesiones como las de Sicilia. Por ejemplo, en Trapani sobresale la de los Misterios, que parte de la iglesia de las Ánimas del Purgatorio a las dos de la tarde del Viernes Santo y se prolonga durante veinticuatro horas. Los massari, portadores de las andas, llevan al ritmo de la música dieciocho grupos escultóricos de los siglos XVII y XVIII (algunos rehechos tras la Segunda Guerra Mundial), y además salen los iconos pictóricos del Cristo Muerto y la Addolorata. Cerdeña ofrece también desfiles, como los de Cagliari, organizados por cuatro fraternidades, y en la Italia continental destacan la Semana Santa de Tarento, con una puja el Domingo de Ramos entre las dos parroquias principales, o la de Sorrento y sus procesiones Bianca y Nera.

Por su parte, ya en Francia, es significativa la celebración de Perpiñán. Se atribuye a san Vicente Ferrer el origen de la procesión de la Sanch (de la Sangre), que se remonta a 1416. En la isla de Córcega nos encontramos con la procesión de Catenacciu en Sartène. En la noche del Viernes Santo, desde la iglesia de Santa María, el penitente rouge, por el color encarnado de su túnica, emprende un recorrido de casi dos kilómetros soportando anónimamente una cruz que pesa unos treinta kilogramos y auxiliado por un cireneo, también con el rostro cubierto. Arrastra en los pies cadenas, de ahí su nombre, cae tres veces durante el itinerario y precede a una imagen de Cristo muerto extendida sobre un blanco sudario y cubierto por negro palio, mientras los fieles corsos cantan "Perdono, mio Dio, / mio Dio perdono, / perdono Dio mio, / perdono è pietà".


miércoles, 6 de mayo de 2020

Raúl Román

Un cofrade abraza a un devoto ante el paso de El Prendimiento | Fotografía: Pablo de la Peña

06 de mayo de 2020

El punto 8 del preámbulo de la Normativa diocesana de cofradías señala que "cada cofradía, con la orientación de su capellán o director espiritual, se planteará un programa pastoral asumible que atienda a la consecución de los fines de evangelización y formación cristiana de sus miembros contenidos en sus estatutos. Este programa se hallará en sintonía con las prioridades pastorales diocesanas y se integrará en el plan general de la parroquia o unidad pastoral en la que se encuentre establecida la cofradía".

La situación de la pandemia que se vive exige, también a las cofradías y a cada uno de sus miembros, adaptar de un modo muy sobresaliente la respuesta humana y cristiana durante la emergencia y posteriormente. El fin caritativo es muy amplio. El papel de las cofradías puede y debe hacer buena la previsión de que situaciones límite como esta de epidemia pueden sacar lo mejor de las personas, incluso en los escenarios más difíciles. Y ello deberá ir siendo objeto de discernimiento en el corto, medio y largo plazo.

Hemos visto una y otra vez que las personas son extraordinariamente resistentes, y que en el ámbito más cercano a las personas, a las comunidades y grupos locales, pueden mejorar las respuestas a las crisis cuando golpean. Los programas de recuperación funcionarán si se estimula el compromiso de los grupos y personas más cercanas.

Hay tres niveles de respuesta a esta grave situación del brote: cómo nos afecta física, mental y espiritualmente.

La respuesta física vino primero, y ahora todos estamos familiarizándonos sobre el autoaislamiento, el distanciamiento social y las pruebas.

El segundo efecto, en nuestras psiqués, se experimenta personalmente, pero solo con respuestas y consejos intermitentes. El virus hace que la necesidad de una respuesta positiva sea más urgente.

Pero es la tercera área, el efecto espiritual del brote, lo que se está descuidando, a pesar de que la presencia de la incertidumbre sobre el mañana, la enfermedad o la muerte, lo queramos o no, evoca preocupación por el estado de nuestras almas. El bienestar espiritual es ajeno a la vida cotidiana de muchas personas, y con el declive de la práctica religiosa, millones de personas experimentan un alma enferma, sin importar cómo quieras definirla: cansancio del corazón, temor existencial, un sentimiento de hundimiento, de que nada realmente importa, sin encontrar una salida.

A esto pueden y deben dar respuesta también las cofradías, en tanto en cuanto son referencia sólida en nuestro ámbito socio religioso.

¿Y cómo se puede efectuar esto? Hay actitudes, sencillas pero sólidas, que ayudan en esta acción. En primer lugar la escucha. No importa qué giro tome una crisis, uno de los regalos más duraderos y poderosos que una cofradía puede ofrecer es escuchar, atender, sanar. Al escuchar, se encarna el amor a lo sagrado, el amor a una comunidad más amplia, el amor a la vida misma. La escucha compasiva es exactamente lo que las personas necesitan cuando se enfrentan a las circunstancias abrumadoras e incontrolables de una crisis.

También es momento de hacer comunidad. El deseo humano de ser útil es increíblemente fuerte. Aunque una crisis puede hacer que algunas personas se retiren, también puede ser una oportunidad significativa para unirse y apoyarse mutuamente. Las cofradías tienen la oportunidad única de transmitir liderazgo e imaginación y así unir a las personas de manera organizada, solidaria y sostenible.

Otra faceta puede ser la ayuda a las personas a tener una visión a largo plazo. Puede ayudar a mantener un sentido de esperanza acerca de la presencia amorosa de Dios en nuestras vidas, incluso cuando las circunstancias amenazan atenuar nuestra esperanza.

También es esencial mantener los valores vivos. En este tiempo difícil, es tarea de las cofradías, con la referencia necesaria al Resucitado, a la Iglesia y a los sacramentos, hacer un llamamiento a las personas para que vivan su mejor sentido de cómo estar en el mundo. Esto no significa ser deshonesto sobre una crisis y sus amenazas. Significa que seguimos apoyándonos en la presencia sostenida de Dios, desde la oración, amando a nuestro prójimo y enfrentando la muerte con el mismo propósito y valores por los cuales enfrentamos la vida.

Y no podemos olvidar la versión moderna de las funciones fúnebres y caritativas de las cofradías: no tener miedo de hablar sobre la muerte. Es el momento de ayudar a las personas a llorar bien (antes, durante y después de las pérdidas), esto ayuda a vivir mejor en todos los ámbitos de la vida. Hacer espacio para hablar sobre la muerte significa expandir nuestras capacidades para vivir cada momento como un regalo.

Son pautas, reflexiones de este momento. Una readaptación de todos los planes. Es tentador creer en una crisis que debemos dar o hacer todo en este momento. Principalmente esto no es posible. A medida que este brote continúa desarrollándose, ojalá que se desplieguen en nuestras cofradías actuaciones en estos ámbitos, las cuales ayudarán sin duda a crecer a las personas y a mitigar los estragos en lo social y en lo económico.


lunes, 4 de mayo de 2020

F. Javier Blázquez

Francisco Rodríguez Pascual en un retrato al carbón realizado en 1958 por el prestigioso ilustrador y muralista Maximino Cerezo Barredo, su hermano en la congregación claretiana

04 de mayo de 2020

Ha vuelto estos días a mi pensamiento, con intensidad, el nombre de Francisco Rodríguez Pascual. En parte por el recuerdo de su partida, todos los años el 22 de abril, en parte también porque en el forzado paréntesis que el confinamiento ha impuesto a nuestras vidas y actividad ha quedado incluida la concesión del galardón que lleva su nombre. En la intención de la Tertulia Cofrade Pasión, la entidad otorgante, editora esta publicación, está normalizar el curso en cuanto se pueda y dar continuidad al único acto que ha estado vigente durante sus treinta años de existencia.

Al hilo de lo anterior, por eso de que la palabra escrita permanece, quisiera dejar constancia de dos nombres que en su día fueron clave para recordar, al margen de sus publicaciones, al eximio antropólogo. Gracias a ellos, trece años después, don Francisco sigue muy presente entre nosotros, como los grandes, que se quedan permanentemente.

En primer lugar, está el nombre de Carlos Ferrero Duque. Había ingresado en la Tertulia sin haberse cumplido todavía el medio año del fallecimiento de Rodríguez Pascual. Y sin haberle conocido personalmente, en la primera asamblea que participó como asociado, propuso que, como se hablaba tanto de él, podría designarse con su nombre el galardón que se entregaba cada año. Fue una idea sencillamente genial, porque nadie como el carbajalino había defendido tanto la religiosidad popular desde los ámbitos académico y divulgativo. Además, él había recibido ese mismo galardón en 1997 y participado como socio de la Tertulia durante los siete últimos años de su vida. Darle su nombre al galardón servía para recordar su nombre continuamente y para prestigiar ese reconocimiento anual a la persona o institución que haya destacado por su trabajo en favor de la religiosidad popular en el ámbito específico de la Semana Santa.

En 2008 se entregó el primer galardón bajo tal denominación, precisamente, a un paisano suyo, otro salmantino de Zamora, como gustaba decir el viejo profesor. Era Luis Felipe Delgado de Castro, la segunda persona cuyo nombre quiero dejar escrito en esta columna. A él, tengo el gusto de conocer y de tratar con continuidad desde finales de 2001, cuando literalmente le asalté en su despacho de la Diputación de Salamanca para que Zamora estuviera representada en el homenaje que la Tertulia quiso rendir, con motivo de su jubilación académica, a Francisco Rodríguez Pascual. Quien por cargo debió estar, de apellido ilustre en el juego de palabras que los zamoranos hacen con la letra p, nos había dado plantón y Delgado de Castro hubo de improvisar un discurso de maestro para dejar constancia de que los afectos también llegaban desde la capital del Duero.

Al año de haber fallecido don Francisco, en uno de esos inolvidables encuentros de charla y café, le comente a Luis Felipe la idea, inviable económicamente, de recoger el lado humano de Rodríguez Pascual en una publicación centrada en el recuerdo que dejó en un grupo representativo de las personas que convivieron con él, para que quedase escrito aquello que de no hacerlo el tiempo terminaría por difuminar. Y fue Luis Felipe quien al momento me pidió que empezara a realizarlo, que de gestionar el patrocinio ya se encargaba él. Y así fue. El libro Francisco Rodríguez Pascual, siempre en el recuerdo salió publicado en 2009 y sirvió para recordar la faceta más humana de quien da nombre al galardón anual de la Tertulia Cofrade Pasión.


jueves, 30 de abril de 2020

Eva Cañas

La Dolorosa de Montagut, que procesiona en la tarde del Jueves Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

01 de mayo de 2020

Estrenamos el mes de mayo, confinados. Este es el mes de María, de la madre de Jesús, de la madre de todos nosotros. Quizás en ella y en su regazo encontremos la paz y el sosiego que necesitamos en un momento tan extraordinario y complicado como el que estamos viviendo.

Cada cofrade salmantino tiene su advocación, una misma Madre con diferente rostro pero la misma alma y sentido. Puedes encontrar consuelo en la tuya. En la Virgen de la Palma, que cada Domingo de Ramos arropa a miles de niños en las calles de Salamanca. Por la tarde, busca la Caridad y el Consuelo en la Virgen de Jesús Despojado.

La Virgen de la Amargura aliviará todos nuestros pesares, y Nuestra Señora de la Sabiduría está en la mente de nuestros científicos, que persiguen la vacuna o el tratamiento más acertado frente al coronavirus. Y sí, seca tus lágrimas junto a la Madre de Nuestro Padre Jesús Flagelado.

Mayo también es el mes de las madres, las nuestras, la de cada uno, el de María Nuestra Madre, la Madre del otro lado del Tormes, la del Arrabal. La Dolorosa de Montagut siempre vela por tus sueños, te arropa… te alivia las heridas.

Y en los días y las noches de confinamiento, mantén siempre la Esperanza, piensa en verde, el color de la Madrugada charra. Tampoco de olvides de los brazos de la Piedad, en su calidez y su abrazo, aunque sea virtual, no real.

La parroquia de San Pablo da cobijo a una María que alivia nuestras angustias, las preocupaciones de salud o empleo que nos rondan en nuestra cabeza cada día. La enfermedad, propia o ajena, los fallecimientos… duelen como espadas, las que traspasan el corazón de Nuestra Señora de los Dolores.

Y no, nunca te sientas sola, la Señora de Salamanca siempre estará contigo, como en la noche ya del Sábado Santo, y de los 364 días restantes. Y no siempre el silencio puede significar tantas cosas, como la Madre de todo un barrio, el de Pizarrales. Y cuando termine todo esto, y volvamos a la normalidad, saldremos de la mano de la Virgen de la Alegría, la fiel compañera de Jesús Resucitado. ¡Volveremos! Hay que tener fe, y rezar.


martes, 28 de abril de 2020

Asunción Escribano

Poetas y cofrades arropan al Cristo de la Agonía Redentora en el coro de la Catedral Nueva | Foto: J. Mellado

29 de abril de 2020

Hay en el acto del Poeta ante la Cruz, de la Real Cofradía Penitencial del Cristo Yacente de la Misericordia y de la Agonía Redentora, algo que hace de él un acto especial y representativo de la cuarentena, de este periodo áspero que estamos atravesando estas semanas y, especialmente, esta Semana Santa de 2020. Pese a tratarse de un acto público, el Poeta ante la Cruz es un acto profundamente íntimo y, me atrevería a decir, que hasta solitario. Y esto es así, a pesar de lo contradictorio que pudiera parecer, ya que en torno al poeta y a su recitación, se congrega cada año mayor número de testigos de esa intimidad lírica.

Sin embargo, lo verdaderamente real es que el poeta se halla solo ante el Cristo, como igualmente le ocurre al creyente ante Dios en los momentos esenciales de la vida. También el propio Jesucristo lo estuvo en los momentos previos a su prendimiento, y posterior Pasión y Muerte, en el Huerto de los Olivos. Allí creo yo que tuvo lugar este acto por primera vez en la historia: Cristo fue el Primer Poeta ante la Cruz, el primero en dirigirse a Dios ante lo que veía venir, ante su propia inminente crucifixión, con las palabras más bellas a pesar de dolientes.

En el Poeta ante la Cruz, el poeta se pone frente al Cristo crucificado, le mira cara a cara, y ante él desnuda verbalmente su alma. Y aunque, como ya he dicho anteriormente, el acto tiene una vertiente pública a través de la lectura de los poemas ante el Cristo de la Agonía Redentora, en la Catedral de Salamanca, estamos ante un acto profundamente íntimo, en tanto que los asistentes permanecen callados y en silencio, en una puesta a punto sobria, en la que apenas interviene el presentador, el autor de los versos y el coro que canta, como contrapunto melódico a las palabras poéticas.

De este modo, por su bien, por su verdad y por su belleza, el Poeta ante la Cruz es un acto espiritual que bien puede repetir cada creyente y cofrade en su casa, en silencio, ante el Cristo, que no solo está ante, sino dentro y junto a, en y entre nosotros. Y son así las palabras de cada uno las que dan vida a esa fe callada que se mantiene viva, para alumbrar en ese momento al Cristo crucificado en cada corazón.

Dejar hablar al silencio interior es la norma primera y esencial del poeta, esté o no ante la Cruz. No otra cosa que amorosa poesía debieron de sentir los afortunados del encuentro de Emaús cuando les ardieron los corazones y todo les fue mostrado. Desde principios del Antiguo Testamento hasta finales del Nuevo, desde el Pentateuco hasta Pablo, la palabra está en la boca y también en el corazón.

Me gusta pensar que "Bienaventurados los limpios de corazón" se inspiró en algún dicho de Jesús en alabanza de los poetas e idealistas, y no responde solo a meras cuestiones de pureza moral. Estoy convencida de que dirigirse en soledad a Cristo mediante la oración sincera es el acto poético más lúcido y consciente que puede llevar a cabo el creyente. Reconocer, así, que su inspiración está en Dios y que es a Él a quien han de ir dirigidas en todo momento sus palabras.

Este año que se nos ha arrebatado la posibilidad de asistir a la lectura de los versos de una poeta, hagamos nuestra lectura particular: oremos ante nuestro Cristo crucificado. No importa qué versos, no importa qué imagen. Solo importa uno mismo y Él. Así desde aquel Getsemaní, iluminado por las antorchas de los sicarios de los sumos sacerdotes, hasta estos turbios y aciagos tiempos de la cuarentena. Solo Dios basta.


domingo, 26 de abril de 2020

Roberto Haro

José de Arimatea, una de las imágenes que componen el Santo Entierro de San Julián | Foto: Roberto Haro

27 de abril de 2020

A estas alturas de mes y ya avanzando en la cincuentena pascual, no hace falta que comente nada más sobre la situación en la que nos encontramos y que, sin duda ninguna, nos ha sobrepasado a todos con los acontecimientos vividos.

A pesar de ello, no hay que olvidar que la Iglesia, a lo largo de la Historia, ha tenido que afrontar numerosos episodios similares o incluso mucho peores que los que estamos viviendo estos días y en todos ellos ha conseguido sobrevivir a lo largo del tiempo.

En este año entramos en una nueva década a través de un periodo histórico en el que un agente vírico ha cambiado y condicionado nuestras vidas, sacándonos de nuestra zona confortable de tal forma que nos ha puesto, delante de los ojos, situaciones que por costumbre no valorábamos ni observábamos, simplemente por el hecho de pasar siempre desapercibidas, por ser naturales y estar siempre ahí. ¿Cuántas veces hemos hablado por teléfono estos días con nuestros padres, hijos, primos, amigos, cofrades etc…, en comparación con los meses pasados? ¿Cuántas veces habríamos pensado que los templos iban a cerrar y no habría procesiones y cofradías por las calles en una cuaresma y Semana Santa?

Así, igual que todos los ciudadanos, estamos encerrados en casa. También los templos están cerrados para la oración y la celebración de los sacramentos. Unos templos que guardan en su silencio casi sepulcral las oraciones, lamentos y súplicas de todos los cofrades que no han podido sacar por las calles sus benditas imágenes, ni celebrar los actos cuaresmales y posteriores procesiones de Semana Santa.

Sin embargo, y a pesar de esta situación, la Iglesia está más abierta que nunca. Los cofrades y, por extensión, las cofradías, hermandades y congregaciones como parte de esa Iglesia, no tienen ni siquiera pensar en cerrar su Iglesia particular, que es también la Iglesia de Cristo.

Sin duda alguna, las cofradías han tenido que reaccionar y hacer suyo el tópico de que "la crisis es oportunidad". En un entorno en el que la presencia física es inviable, impensable hace solamente unos días, a las cofradías les ha tocado reinventarse para que esa oportunidad que decía se aproveche para hacer más Iglesia.

Por esta necesidad, solo aquellas cofradías que han sabido conectar y transmitir (virtualmente) el espíritu de la cuaresma y Semana Santa, habrán conseguido hacer más hermandad, más comunidad. Y ello no se consigue solo con la publicación, en redes sociales, de videos a modo de recordatorio de lo que estaría pasando en el momento de la procesión que no pudo salir este año con añoranzas del pasado… "Hoy, a estas horas, la cofradía estaría en…". El pasado ya no nos pertenece. Quedarse en esos recuerdos de lo que podía haber sido y no fue posible refleja un pensamiento pobre que se queda en lo superficial, en la imagen, en la fachada.

Y como se adolece de "procesionitis" y de "postureo" cual pasarela de moda fashion week, algunos ya piensan que la supuesta procesión en septiembre será el escapare perfecto para lucirse de forma extemporánea al no poder hacerlo en primavera. Aunque los modelitos no sean los mismos.

Pocas, más bien muy pocas, cofradías, hermandades y congregaciones de esta ciudad han cuidado el aspecto cultual que se requiere en esos momentos, ofreciendo a sus hermanos en la fe la posibilidad de participar, vivir y sentir la cuaresma y Semana Santa como si estuvieran en la propia parroquia. Unos actos y cultos en la distancia que sirven de preludio a una espiritualidad personal nueva y única, que hace que reviva más que nunca. Experiencias que muchos no llegan a entender sin sus procesiones con sus Cristos y Vírgenes, sin sus medallas colgadas al cuello, paseándolas por la calle durante estos días.

Simplemente basta con echar un vistazo a las redes sociales y medios de comunicación que tienen las cofradías, para con sus hermanos y la sociedad, para ver una gran diferencia en cómo cada una ha interpretado y aprovechado esta situación y ha podido o sabido adaptarse a esta nueva realidad que va a cambiar y condicionar, con total seguridad, el mundo cofrade. Se cuentan con los dedos de una mano, y aún sobran dedos, las que han vivido la Semana Santa verdadera sin estar en la calle.

Son momentos muy interesantes. Las cofradías, más que nunca, hoy son Iglesia y tienen que aportar su grano de arena en todos los aspectos y dejar de contemplarse el ombligo para poder mirar al frente y vivir y compartir la fe en esa Iglesia de la que se forma parte, porque nada tiene sentido fuera de ella.

Dos mil años más tarde seguimos siendo cirineos y ahora el madero es más pesado, si cabe. Tengamos presente la nueva realidad social y evitemos caer en la tentación de pensar solo en la fachada del edificio que, si está vacío por dentro y no sustenta la estructura, se termina derrumbando. Aquellos que se queden en la opulencia de la fachada no habrán entendido nada de lo que está pasando.

Ahora no vale ponerse de perfil o escaquearse. Es el tiempo de los valientes, de meter el hombro cuando el paso se hunde por el peso de la cruz, a sabiendas que aún quedan muchos minutos de recorrido.

Y como decía san Ignacio de Loyola, "en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación".

De eso se trata.


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Proyecto editado por la Tertulia Cofrade Pasión