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miércoles, 11 de noviembre de 2020

miércoles, 29 de abril de 2020

Asunción Escribano

Poetas y cofrades arropan al Cristo de la Agonía Redentora en el coro de la Catedral Nueva | Foto: J. Mellado

29 de abril de 2020

Hay en el acto del Poeta ante la Cruz, de la Real Cofradía Penitencial del Cristo Yacente de la Misericordia y de la Agonía Redentora, algo que hace de él un acto especial y representativo de la cuarentena, de este periodo áspero que estamos atravesando estas semanas y, especialmente, esta Semana Santa de 2020. Pese a tratarse de un acto público, el Poeta ante la Cruz es un acto profundamente íntimo y, me atrevería a decir, que hasta solitario. Y esto es así, a pesar de lo contradictorio que pudiera parecer, ya que en torno al poeta y a su recitación, se congrega cada año mayor número de testigos de esa intimidad lírica.

Sin embargo, lo verdaderamente real es que el poeta se halla solo ante el Cristo, como igualmente le ocurre al creyente ante Dios en los momentos esenciales de la vida. También el propio Jesucristo lo estuvo en los momentos previos a su prendimiento, y posterior Pasión y Muerte, en el Huerto de los Olivos. Allí creo yo que tuvo lugar este acto por primera vez en la historia: Cristo fue el Primer Poeta ante la Cruz, el primero en dirigirse a Dios ante lo que veía venir, ante su propia inminente crucifixión, con las palabras más bellas a pesar de dolientes.

En el Poeta ante la Cruz, el poeta se pone frente al Cristo crucificado, le mira cara a cara, y ante él desnuda verbalmente su alma. Y aunque, como ya he dicho anteriormente, el acto tiene una vertiente pública a través de la lectura de los poemas ante el Cristo de la Agonía Redentora, en la Catedral de Salamanca, estamos ante un acto profundamente íntimo, en tanto que los asistentes permanecen callados y en silencio, en una puesta a punto sobria, en la que apenas interviene el presentador, el autor de los versos y el coro que canta, como contrapunto melódico a las palabras poéticas.

De este modo, por su bien, por su verdad y por su belleza, el Poeta ante la Cruz es un acto espiritual que bien puede repetir cada creyente y cofrade en su casa, en silencio, ante el Cristo, que no solo está ante, sino dentro y junto a, en y entre nosotros. Y son así las palabras de cada uno las que dan vida a esa fe callada que se mantiene viva, para alumbrar en ese momento al Cristo crucificado en cada corazón.

Dejar hablar al silencio interior es la norma primera y esencial del poeta, esté o no ante la Cruz. No otra cosa que amorosa poesía debieron de sentir los afortunados del encuentro de Emaús cuando les ardieron los corazones y todo les fue mostrado. Desde principios del Antiguo Testamento hasta finales del Nuevo, desde el Pentateuco hasta Pablo, la palabra está en la boca y también en el corazón.

Me gusta pensar que "Bienaventurados los limpios de corazón" se inspiró en algún dicho de Jesús en alabanza de los poetas e idealistas, y no responde solo a meras cuestiones de pureza moral. Estoy convencida de que dirigirse en soledad a Cristo mediante la oración sincera es el acto poético más lúcido y consciente que puede llevar a cabo el creyente. Reconocer, así, que su inspiración está en Dios y que es a Él a quien han de ir dirigidas en todo momento sus palabras.

Este año que se nos ha arrebatado la posibilidad de asistir a la lectura de los versos de una poeta, hagamos nuestra lectura particular: oremos ante nuestro Cristo crucificado. No importa qué versos, no importa qué imagen. Solo importa uno mismo y Él. Así desde aquel Getsemaní, iluminado por las antorchas de los sicarios de los sumos sacerdotes, hasta estos turbios y aciagos tiempos de la cuarentena. Solo Dios basta.


miércoles, 1 de mayo de 2019


El apóstol san Juan fue el testigo privilegiado de los principales momentos de la vida de Cristo, como vemos en esta Crucifixión pintada en 1873 por el ruso Evgraf Semenovich Sorokin
01 de mayo de 2019


Diego Ramírez Pagán y su Historia de la sagrada Passion de Nuestro Redemptor (III) 

Hemos señalado con anterioridad que la Historia de la sagrada Pasión que escribió Diego Ramírez Pagán, va de la mano, como ya anuncia su título y casi literalmente, del texto joánico. Al parecer, la duquesa de Segorbe, a quien está dedicada la obra, quiso –según hace constar el propio autor en la epístola que antecede a la obra– que "escriuiesse en estilo humilde y deuoto, la passion de nuestro Redemptor Iesu christo, sacada de la que escriuio sant Ioan como testigo de vista".

Testigo de vista, escribe el autor, y no solo mero testigo, pues pobre del testigo ciego. En esta preciosa expresión tautológica se habla de la ferocidad con la que uno ha vuelto de contemplar un suceso que le marcó de por vida. Y también se sugiere en ella el destino de profecía a la que obliga tal contemplación. Sin duda alguna, Juan es entonces el evangelista del Renacimiento, pues la contemplación –que es el acto de "mirar et pēsar dētro de si", según lo define, con el acierto que marcaría la literatura cristiana de todo un siglo, Alonso de Palencia en su Vocabulario– va a ser una característica esencial de la nueva espiritualidad instalada en la Europa del siglo XV en adelante.

En cualquier caso, la idea de san Juan "como testigo de vista" (idea extraída del propio evangelio, Jn 19,35), se trata de una repetición semántica de una fuerza y rotundidad sorprendente. Potente como un martillo que golpea dos veces: como la genealogía de Jesús que abre el evangelio de Mateo; como la apelación a las Escrituras que se ondea al inicio de Marcos; como la justificación redonda que abre el evangelio de Lucas. En los cuatro casos la autoridad para hablar –para narrar con derecho, en definitiva, lo que va a relatarse– y la identidad, entendida como el compromiso del evangelista, se funden por completo.

Es decir, frente a los cristianos que vinieron después, empezando por los tres que, como él, escribieron un evangelio, Juan creyó porque vio. Él mismo reconocería el valor de quienes creyeron sin ver: "Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20,29). Pero que conste que él lo vio. "El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis". ¿Cómo no iba él a creer, por tanto, en aquello que había visto?

Siendo consciente Ramírez Pagán de este pilar fundamental del evangelio joánico, un modo concreto de confirmar su testimonio es, por parte del autor, el de incluir al evangelista como personaje en la narración de los hechos que se relatan. De este modo, exonerado de la necesidad de modestia del evangelista, son varias las ocasiones en las que Ramírez Pagán menciona por su nombre al evangelista como personaje de la Pasión: junto a Pedro, primero al ir tras Jesús arrestado y, en un segundo momento, cuando dejan pasar a Juan al atrio del Sumo Sacerdote pero Pedro se queda fuera (Jn 18,15-16).

No obstante Ramírez Pagán, a quien no duelen prendas por echar mano de los otros evangelios, como también ya ha sido señalado, cuando considera que la fuente joánica muestra algún vacío, ofrece al lector, con una delicadeza y sensibilidad extremas, una explicación de alguno de dichos huecos. Esta explicación, sin embargo, habría que decir que delata, al tiempo, una debilidad por el evangelista digna de señalar y, siquiera brevemente, comentar. En un primer momento, en la primera de tres estrofas, ya se extraña inteligentemente el autor por cómo Juan, habiendo recordado tantos detalles hasta entonces, efectivamente elude el camino hasta el Calvario y enmudece hasta llegar al Monte de la Calavera: "Llegaron a Golgotha/ donde fue crucificado,/ el como, quien lo dira,/ pues que lo calla el amado/ que a todo presente esta?".

Mas será en un segundo momento cuando, en las dos estrofas siguientes, hermeneuta pero lírico a la vez, Ramírez Pagán ofrezca al lector de un modo extraordinario su versión de esa ausencia de datos que interrumpe la narración. Décadas más tarde todavía el dolor en la memoria impedirá escribir al evangelista. La agonía del crucificado pasa al evangelista al recordar y, como si con evitarlo narrar a Cristo aliviase el dolor, prefiere ahorrar los detalles: "Dolor de agonía immensa/ vee que los clauos le dan,/ y quando escriuir lo piensa/ de pena enmudesce Ioan,/ y esta la pluma suspensa./ Y por abreuiar razones, dize como lo lleuaron/ los tribunos y sayones,/ y al fin lo crucificaron/ en medio de dos ladrones". Sin duda alguna es un buen ejemplo de la literalidad con que el autor narra la Pasión según Juan, al tiempo que vierte sobre el relato sus reflexiones o las de quienes le comentaran, siendo estudiante en Alcalá, las Escrituras.

En algunas ocasiones, entre esas estrofas en las que el autor alude y con las que resalta o confirma lo dicho por el evangelista, se suman pasajes distintos, ajenos propiamente a lo acontecido (según la narración evangélica) durante la semana de la Pasión, de la mano de excusas que parecen recoger lo que no se ha dicho antes: "Digan vno y otro Ioan/ lo que saben del Señor,/ y a su padre oydo an/ el vno sobre Tabor,/ y el otro encima el Iordan". No debe olvidarse nunca que, más allá de la forma, no es un mero narrador, sino un teólogo, quien habla en este poema.

A través de su atención al personaje de Juan como discípulo amado y, por tanto, protagonista de la Pasión, Ramírez Pagán nos permite atisbar nuevos detalles en un evangelio maravilloso que a cada nueva lectura nos sorprende con alguna certeza nueva. Su evangelio, comentado desde hace dos mil años, sigue siendo un consuelo en tanto no podamos disfrutar de esos diarios (ficticios) que, como Fructuoso, una también querría –por creyente y por amante del verbo– algún día conocer.


lunes, 15 de abril de 2019


El Cristo de la Agonía Redentora presidió El Poeta ante la Cruz en el coro catedralicio | Foto: Pablo de la Peña

15 de abril de 2019

Sobre Hay un lento silencio de Francisco Mena Cantero

Hay un lento silencio, poemario que este año protagonizó el acto original y hermoso de El Poeta ante la Cruz muestra ya desde el título su singularidad. Su autor, Francisco Mena Cantero, como dice en el "Proemio" Javier Blázquez, es "uno de los grandes". Así lo demuestra a lo largo de los poemas que conforman un canto dolorido y una declaración de amor del hombre a Cristo. Organizado de manera ternaria, más un poema inicial y otro final, la obra se ve cruzada por una serie de símbolos clásicos presentes en el relato evangélico y en los textos bíblicos con los que el escritor construye una cosmovisión sagrada que habla de una verdad pasada por el corazón de quien la experimenta, el propio poeta. Constituido predominantemente por sonetos, Francisco Mena mantiene con ellos, en primer lugar, la musicalidad y la clasicidad que caracterizan esta composición poética a la que suma, en un segundo momento, la originalidad del uso de encabalgamientos abruptos frecuentes, con los que señala y pone de relieve semánticamente la brusquedad de una muerte injusta.

Desde el inicio está el fulgor de la desdicha. Esa "lentitud" escogida para encabezar el poemario no es un estado del tiempo, sino de la emoción. Por eso aparece expresada mediante una acertada sinestesia de carácter abstracto que se extiende en varios de los poemas de la obra, y que habla de la ralentización y de la desesperanza que experimenta quien asiste a un dolor inmenso, el de la contemplación impotente de la muerte de Jesús, para la que no sirven las palabras. "Mi oración era solo un decir lento", escribe en el poema "Arrepentimiento". Es sólo eso lo que el poeta puede hacer, un "decir lento" porque en él se acumula la tristeza, la desolación, el desaliento incluso. También será lento el atardecer: "Atardecía el Gólgota muy lento", escribe el poeta en "Tormenta", donde la lentitud habla sin duda de la tensión agónica ante la espera de la consumación.

La contraposición de la luz y las tinieblas, presente en el texto bíblico desde el Génesis, pasando por los profetas, hasta el relato evangélico del día de la muerte y resurrección de Cristo, atraviesa como una saeta también toda esta obra. De esa manera se muestra intensa y vertebradora en el poema inicial "Vidriera de la Catedral", donde a la vez que se inclina simbólicamente ante el escenario en el que se lleva a cabo El Poeta ante la Cruz, anhelante Francisco Mena expresa su deseo de ser: "vidriera/ transparente a la luz". Es este un deseo de fusión y de identidad con la naturaleza lumínica del Amado. No otra misión puede ser la del hombre en la tierra, y tampoco otra se le ha concedido a la poesía más grande: "Y cómo desear ser yo vidriera/ si eres Tú Luz del mundo y de la vida", añade avanzado el poema y dirigiéndose, para concluirlo, ya al Cristo de la Agonía Redentora, protagonista desde el primer poema.

Toda la oscuridad se nombra apuntando a sus signos turbios en el mundo. La ceguera que consumió al hombre que vendió al Señor por "Treinta monedas de plata", como se titula uno de los poemas de la segunda parte, aparece señalada por el sonido del cuervo. "Un cuervo crascitaba", escribe el poeta, aludiendo al luto próximo, y también añade "oscuro vencejo", que sirve para aludir al pecado humano. Se despliegan entonces toda una serie acertadísima de metáforas oscuras que comunican la situación emocional del poeta, y también la de los protagonistas del relato evangélico y la de la propia historia: "es profundo el pozo y tan umbrío", "es como machacar en hierro frío", señala en "Hoy estarás conmigo".

Igualmente aparecen "noche", "tinieblas", "lado oscurecido" o "habitación umbría", que no hacen sino señalar la propia oscuridad de la tristeza. Incluso el hombre experimenta en su vida los procesos naturales de la sombra, en ese neologismo verbal, "atardecerse", tan creativa y magistralmente empleado, que muestra hasta qué punto el hombre se siente vertebrado por todo lo que le rodea. La muerte de Cristo oscurece el mundo con sus tinieblas y también el hombre se torna opaco interiormente en este proceso: "antes de atardecer, yo me atardezco", escribe el poeta. En este contexto en el que nos va adentrando el poemario, retorna como una campana, el sonido y la evocación, de nuevo, del primer poema, ese anhelo del poeta creyente por ser vidriera que refleje la inmensa "luz del mundo y de la vida" que es Cristo.

El agua y sus metáforas también ocupan, como no, un lugar central en este poemario tan tutelado por la Palabra, recordándonos de qué forma, en el inicio de los tiempos, el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas para fecundarlas. Más adelante, Jesús repetirá muchas de sus señales ligándolas al agua en sus múltiples y variadas formas. Entre ellas, especialmente hermosa esa llamada tranquilizadora a la calma con ese hermosísimo "soy yo". De aquí que Mena cruce el poemario con abundantes metáforas en las que el mar, sus olas, o sus vaivenes hablan de cómo es asumido el mensaje de Cristo por el hombre: "Una palabra tibia que navega/ en el vaivén del tiempo de ola en ola,/ si pronunciada apenas por el hombre."

Precioso es también, en este sentido, el poema "Ante el Cristo Yacente", en el que le señala "igual que un mar cansado", y del que afirma que "hoy eres mar muriendo abandonado". Un mar muriendo abandonado… la imagen nos retumba entre los labios tras leerla en voz alta, con el desbordamiento de melancolía varada que la imagen emana. Y no se puede obviar tampoco toda la simbología anudada al mar como imagen de la vida eterna. También en "Misterio de dolores" será el propio mar el que solloce humanizándose junto al hombre en su íntimo daño: "solloza el mar en tiempo naufragado".

Mientras la trama de la Pasión de Cristo nos sumerge en las tinieblas, todo el poemario va ascendiendo, a la vez, en luminosidad y en la procedencia de sus símbolos según avanza el tránsito de la muerte hacia la Luz. De este modo, si en la primera y segunda parte dominaban la mirada lóbrega y el corazón abatido, en "Azul-Mensaje", el apartado final del poemario escuchamos a toda la naturaleza hacerse una en alegría. En "Quédate con nosotros", mientras "caminan en silencio", "llevan puesta/ la esperanza otra vez, escrita en esta/ tarde que canta un pájaro sin nido". El dominio por parte de Francisco Mena de la retórica, y muy concretamente del léxico, permite que este alcance la altura del corazón del hombre, y escuchamos cantar al poeta y nombrar el "alto voltaje/ de este gran sacramento de alegría;/ de gozo y alabanza". Y el gozo y sus señales se acumulan: "El musical arpegio fue la vena/ transmitiendo aquel canto". Surge el vuelo y desciende el Dios al hombre: "Comed, éste es mi cuerpo", y sopla el viento y el "tiempo se deslía" y hay resplandor y cielo y milagro y hermosura…

Es mucho lo que se podría decir de este maravilloso poemario-oración. Pero alargar estas líneas solo retrasa el tiempo de la vuelta del lector a los versos de Francisco Mena Cantero. Y para eso se escribe esto, para dar la buena nueva que, de la mano de Hay un lento silencio y, una vez más, de la Real Cofradía Penitencial de Cristo Yacente de la Misericordia y de la Agonía Redentora, trae a la Semana Santa salmantina este poemario. Y para volver a leerlo, reposado el momento y pasada la Semana Santa. Termina el poemario con un broche final. Se trata del poema que da título a todo el libro en diálogo del poeta con Cristo. Desciende ahora otro silencio, lento, "como el vuelo de un pájaro invisible". Un hermoso endecasílabo surca el cielo del poema y lo resume todo dejándonos sobrecogidos: "hasta el volar la alondra es una herida". Hay palomas y también cansancio y humildad, y una profunda certeza que cierra toda la obra y que es un testimonio en voz alta para todos: "¡Qué triste sería que al llamar a tu perta/ no me reconocieras". Ha llegado el día último. Allí está el hombre y en sus manos, lo que ha sido su vida. Y su fe.

lunes, 18 de marzo de 2019

Asunción Escribano

Portada de Historia de la Sagrada Passión de Nuestro Redemptor, obra de Diego Ramírez Pagan

18 de marzo de 2019

Introducción

Entre las sorpresas que deparan las cacerías recurrentes por las estanterías de la biblioteca familiar, para repasar los libros olvidados, hallo un tomito adquirido hace unos años en una "librería de viejo", cuya atención había demorado a la espera del momento propicio. Se trata de una reproducción facsímil de una obra publicada en Valencia en 1564 y reimpresa (y "resucitada" –podría decirse– en esta edición por el bibliófilo murciano Antonio Pérez Gómez) en Madrid, en 1950, por la Asociación de Libreros y Amigos del Libro. Su título, Historia de la Sagrada Passión de Nuestro Redemptor Iesu Christo según el Euangelio de San Ioan. Compuesta por el doctor Diego Ramírez Pagan Theologo, para la Excellentisima Señora Duquesa de Segorbe y Cardona. Es su autor Diego Ramírez Pagán, poeta y teólogo murciano, nacido hacia 1524 y estudiante en Alcalá.

Cuando en 1684 el erudito Nicolás Antonio publicó su Bibliotheca Hispana Nova, vastísima recopilación de obras y autores hispanos, quien tan pródigo se mostrara en datos de otros autores, se limitaba a decirnos de Diego Ramírez Pagan, escuetamente pero con sinceridad, lo que sigue: "No sabemos más de él. Publicó: Floresta de varia poesía. Se publicó en Valencia, Juan Navarro, en 1562, en 8.º". Se trata, sin duda alguna, de la confirmación del hecho de que, al decir del mencionado Pérez Gómez, su poema Historia de la sagrada Pasión de Nuestro Redentor "fue prontamente olvidado". Aunque en los últimos años se han llevado a cabo algunos estudios sobre su obra Floresta de varia poesía, la Historia de la sagrada Passion de nuestro Redemptor… parece haber atraído menos la atención de los críticos.

Diego Ramírez Pagan fue, sin embargo, un poeta importante de mediados del siglo de Oro, relacionado con los mejores de su tiempo, como Figueroa, Montemayor o Herrera, y su Floresta de varia poesía es una antología esencial para estudiar la literatura de la época. La obra que nos ocupa, por el contrario, debió de circular menos, tal vez debido a su temática más íntima y personal, y de ahí que también haya dado lugar a un menor interés por parte de los estudiosos. La Historia de la sagrada Pasión se alarga hasta las 274 quintillas, cada una con cinco versos octosílabos, y unidas de dos en dos formando lo que se conocía entonces como coplas reales. En ellas la rima es consonante, y se lleva a cabo en los versos impares y los pares entre sí.

El relato de Pagan se deja guiar –como ya anuncia su título– casi literalmente de la mano del texto joánico. Más adelante analizaremos cómo es evocado el discípulo amado por el autor de esta Pasión. Ahora interesa señalar que, en términos generales, se cumple lo anterior y la mencionada literalidad es tal que cabría decir que, no pocas veces, únicamente se quiebra por la adaptación al verso. Sin embargo, no se evita, en otras tantas ocasiones, enriquecer el relato demorándose también en detalles narrados en los evangelios sinópticos. Es el caso, por ejemplo, de las alusiones al personaje de Judas; de la sangre en el rostro de Jesús, al orar en el Huerto de los Olivos, de la tradición lucana; o la alusión al fiat voluntas tua que Juan no menciona en su texto de la Pasión, aunque sí está presente en otro momento de su evangelio.

Con imágenes bellas y llamativas como, por otra parte, solo el Siglo de Oro nos supo legar, más allá de la forma poética, llaman la atención en estas 40 hojas en octavo toda una serie de recursos, a caballo entre la literatura y la retórica teológica o de la historia de la religión cristiana, que hacen de su lectura un verdadero deleite. No sería correcto hablar de estricta originalidad en el contexto de la literatura y la teología de la época –ámbito en el que no entraremos– en relación con la utilización de los aludidos recursos retóricos, pues estos se incorporan a toda una larga tradición que nace en tiempos medievales, si no antes, como heredera en diferentes géneros de los pioneros comentarios de los Santos Padres. Sin embargo, sí al menos merece la pena llamar la atención acerca de su aparición o continuación en la poesía del Siglo de Oro, de la mano de imágenes y recursos brillantes y en ocasiones no exentas –como casi toda la literatura religiosa con vocación popular– de pedagogía.

Es debido a este interés por lo que, en sucesivas entregas, señalaremos algunos de los aspectos que nos parecen más interesantes de esta obra, poco conocida del público no especialista, principalmente en relación con los modos e instrumentos de que se vale el poeta creyente para lograr llegar a sus lectores con su elocuencia. Se trata de una buena muestra de cómo y hasta qué punto, ayer de la misma manera que hoy, la devoción popular y la fe en definitiva, continúan mostrándose receptivas a la tradición filológica.


martes, 23 de octubre de 2018

J. M. Ferreira Cunquero

Un momento del Poeta ante la Cruz, ante el Cristo de la Agonía Redentora, en la cuaresma de 1989 | Fotografía: JMFC

22 de octubre de 2018

Es verdad que en el pasado siglo hubo varios poetas que estuvieron vinculados de forma esporádica a la Semana Santa procesional salmantina. Entre ellos algunos de los mejores…

Como uno de aquellos vates dejó para la posteridad una joya poética digna de ser recordada, no iba a permitir el plagiador de turno que se quedase en el cajón del indiferente olvido. Faltaría más.

Y como era fácil dar el camelo en aquel tiempo, en el que la informática se ceñía al papel de calco y poco más, pues el poeta pillo, por fin escribió, publicó y difundió un espléndido poema, al que hasta un servidor, por ignorancia, le dio buena cancha. El referido juntalíneas supo ponerse luces de neón en la chepa, para exponer con cierto éxito su imagen, mientras firmaba con su nombre un soneto que tuvo en otro tiempo autor.

Quien descubre el pillaje literario del susodicho me da muestras, en su día, del atraco, poniendo ante mis ojos una revista de los años cuarenta que delataba la fechoría. Pero el caso es que, por no hacer daño a algún familiar del cuatrero de versos, decidimos contar, por ahora, el relato sin el dibujo del menda… pues puede traer cola a nivel local, en el mundo de la culturilla (como decía nuestro recordado amigo Willy) si nos da el punto y le damos libertad a la lengua.

Nada que ver esta historia con lo que ocurre en este tiempo increíble, donde la poesía se ha introducido como en ningún otro lugar en los actos cofrades. La cita con el Poeta ante la Cruz, que con tanto acierto organiza la Cofradía del Yacente de la Misericordia, ha sido la gran causante de que en este momento histórico los poetas se presten a colaborar con las distintas cofradías en todo tipo de actos o publicaciones.

Cuando relatas esta movida poética cristiana que disfrutamos desde hace años, te llevas la grata sorpresa de que poetas de primer nivel nacional se ofrecen para venir y participar en esas convocatorias, que, por relevantes, hemos de admirar y difundir. De ahí que el año que viene, por ejemplo, el acto del Poeta ante la Cruz se engrandezca en grado sumo con la intervención del poeta sevillano Francisco Mena, que tiene una obra impresionante con todo tipo de reconocimientos.

Pero este buen rumbo que ha tomado la poesía no debe dejarnos caer en el atolondramiento que nos lleve a manosearla de tal modo que caigamos en la tentación de maquillar nuevos actos que nos acerquen a plagios y copiajes de los ya existentes. Meter la poesía y mantenerla ligada al mundo cofrade está bien y tiene su mérito, pero esparcirla en un café para todos puede ser carcoma que se inyecte en la madera que hemos conseguido fortalecer entre todos.

Es más, ya va siendo hora de que entre todos seamos capaces de manejar un calendario cofrade único, que pusiera cota a tanto acto coincidente. Muy importante sería que tuviésemos todos el criterio de meter convocatorias en el pórtico de la Semana Santa novedosas y sobre todo de calidad. Lo de inaugurar cosas ya existentes debe ser abolido por la propia salud de esa cultura religiosa que con tanto ahincó pregonamos.


lunes, 28 de mayo de 2018

Nacho Pérez de la Sota

El dulce rostro de Jesús Nazareno en su hornacina de la iglesia de San Julián | Fotografía: Congregación de Jesús Nazareno

28 de mayo de 2018

Cuando hace algún tiempo tuve el inmenso honor de ser invitado a colaborar en esta revista, se me indicó como es obvio que la temática de los escritos se refería a la Semana Santa o la religiosidad popular. Sin dudarlo, lo primero que se me vino a la cabeza fue esta poesía. Y me propuse que fuera ella la que iniciara las colaboraciones para esta página. Diversos avatares lo impidieron, pero no me resisto a seguir adelante sin compartirla con todos los lectores de estos billetillos. Aun a riesgo de ser repetitivo, pues no me extrañaría que alguien lo hubiese ya hecho antes. Pero es una especie de compromiso moral que tengo conmigo mismo.

Esta poesía siempre me rememora de forma ineluctable e invencible a mi abuelo y a mi padre. A ambos les cautivaba fuertemente, pero fue a mi abuelo a quien se la escuché por primera vez, siendo yo muy, muy niño. Cuando le comuniqué, a mis casi 18 años, que había ingresado en la congregación de San Julián como uno más de los nazarenos, me contó –por enésima vez– una anécdota (que quizá haya ocasión de referir aquí más adelante) y me recitó –por millonésima vez–, exultante y emocionado por mi decisión, esta poesía de memoria. No menos veces se la escuché a mi padre, a quien también conseguía suscitarle una afectividad especial.

Mi abuelo, que como menestral artesano apenas tenía los conocimientos básicos de la escuela de pueblo, pero que atesoraba una inteligencia natural y una cierta cultura, sobre todo literaria (forjada en las lecturas que devoraba inmisericorde aprovechando los préstamos del cura, el maestro o, después, las bibliotecas públicas), era un devoto de Gabriel y Galán. Y este, como muchos otros gustos, logró transmitírselos a su hijo, mi padre. Y ellos a mí.

Cuando en 2005 se celebró el centenario de la muerte del poeta, además de una obra de teatro que con Garufa representamos por escenarios de Castilla y León y Extremadura (y en la que me cupo el emocionante honor de encarnar a don José María), gracias a la Diputación y a Juanjo Diego Domínguez y Bernardo García Bernalt, llevamos por los pueblos un espectáculo en el que se mezclaba música y declamación, parte esta última que me correspondía a mí. Me dejaron vía libre para elegir los poemas que iba a recitar. Ni que decir tiene que la primera opción fue esta composición. Confieso –hoy y aquí– que un par de veces me emocioné en su recitado, fiasco (todo sea dicho) que un actor que se precie no puede permitirse cometer…

No es la mera remembranza sentimental personal lo que me hace (y me hizo fallidamente en su momento) traer hasta aquí estos versos. Simplemente se trata de que… para mí es la encarnación más perfecta que existe de la religiosidad popular.

Porque la definición que hace del sentimiento religioso del pueblo llano es, sin ninguna duda, la descripción más tierna, más palpitante, más evocadora, más sensible, más apasionada, más certera, más entusiasta, más veraz que pueda uno encontrarse de eso que damos en llamar piedad popular. Igualmente, porque muestra cómo un poeta que es popular, elige un tema religioso para expresar sus emociones más íntimas. Quizá eso hoy en día no estaría demasiado bien visto. Después, porque para el público del común (alguien como mi abuelo), la lectura de tal hecho piadoso producía un afecto sentimental indudable. Y también (aunque no por último, desde luego), porque la anécdota narrada es el paradigma irrevocable del sentimiento religioso nacido del pecho más sencillo.

Pero, ea, no sé qué diantres hago aquí aburriendo con vanas palabrerías, cuando se puede disfrutar con verdadero placer de:

"LA PEDRADA"

José María Gabriel y Galán 

Cuando pasa el Nazareno
de la túnica morada,
con la frente ensangrentada,
la mirada del Dios bueno
y la soga al cuello echada,

el pecado me tortura,
las entrañas se me anegan
en torrentes de amargura,
y las lágrimas me ciegan,
y me hiere la ternura...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Yo he nacido en esos llanos
de la estepa castellana,
donde había unos cristianos
que vivían como hermanos
en república cristiana.

Me enseñaron a rezar,
enseñáronme a sentir
y me enseñaron a amar;
y como amar es sufrir,
también aprendí a llorar.

Cuando esta fecha caía
sobre los pobres lugares,
la vida se entristecía,
cerrábanse los hogares
y el pobre templo se abría.

Y detrás del Nazareno
de la frente coronada,
por aquel de espigas lleno
campo dulce, campo ameno
de la aldea sosegada,

los clamores escuchando
de dolientes Misereres, 
iban los hombres rezando,
sollozando las mujeres
y los niños observando...

¡Oh, qué dulce, qué sereno
caminaba el Nazareno
por el campo solitario,
de verdura menos lleno
que de abrojos el Calvario!

¡Cuán süave, cuán paciente
caminaba y cuán doliente
con la cruz al hombro echada,
el dolor sobre la frente
y el amor en la mirada!

Y los hombres, abstraídos,
en hileras extendidos,
iban todos encapados,
con hachones encendidos
y semblantes apagados.

Y enlutadas, apiñadas,
doloridas, angustiadas,
enjugando en las mantillas
las pupilas empañadas
y las húmedas mejillas,

viejecitas y doncellas,
de la imagen por las huellas
santo llanto iban vertiendo...
¡Como aquellas, como aquellas
que a Jesús iban siguiendo!

Y los niños, admirados,
silenciosos, apenados,
presintiendo vagamente
dramas hondos no alcanzados
por el vuelo de la mente,

caminábamos sombríos
junto al dulce Nazareno,
maldiciendo a los Judíos,
«que eran Judas y unos tíos
que mataron al Dios bueno».

II

¡Cuántas veces he llorado
recordando la grandeza
de aquel hecho inusitado
que una sublime nobleza
inspiróle a un pecho honrado!

La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban! 
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras las verdes vidrïeras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin haber ningún motivo!»

III

Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?


lunes, 30 de abril de 2018

Asunción Escribano

Celia Camarero, poeta ante la Cruz de este 2018 designada por la Cofradía de Cristo Yacente | Fotografía: Pablo de la Peña

30 de abril de 2018

El inicio es el descanso o el final, "por fin cesó", y luego se sigue el rastro de los ojos hacia arriba. Después se escuchan los aullidos del viento sobre el cabello, ese que define tanto al Cristo de los poetas. La piel es acariciada por la tarde, y el quebrarse de la luz y la muerte hacen del horizonte simetría… Así se inicia el poemario "Oscilación armónica y penumbra", de la poeta ante la Cruz de este 2018, Celia Camarero.

En toda la obra el lector asiste a un profundo desplegarse de la ternura conjuntada con un intenso ritmo y, de igual manera, a la lucha desgarrada entre la pregunta herida y la certeza que cura, entre la oscuridad que se impone y la luz. El llanto que oprime y cuestiona la vida, y la interpelación hondamente sinestésica: "¿No veis que ya no suena/ su voz en la montaña?". También está presente como una saeta el deseo de salvar del duelo a quien nos salvó. Y la culpa, siempre la culpa: "por qué no soy capaz/-ante esta injusticia-/ de pensar su promesa,/ de tener esperanza?".

Todo es música en estos versos engarzados en la penumbra, y a esta melodía que cruza la historia dirige la poeta sus ojos, y también en esa dirección alienta a los oyentes: "Escuchad la armonía". Por eso J. S. Bach se cuela en la fe como un disparo, como un faro que siempre destella e ilumina: "fue su música la que acunó mi oído", reza Celia Camarero.

Tras la muerte del inocente, la poesía se instala en la memoria: "recuerdo…recuerdo…" entona la poeta, tomando prestada la vida ajena, y también su mirada y su palabra: "No todos sois los míos". Es esa promesa que viaja hacia el pasado haciendo del tiempo un nudo. Finalmente fe entona la batalla con la duda: "creer, desarraigarse/ de la razón, del pálpito/ indecente que oscurece la sed", y también con el duelo: "en esa soledad insoportable".

La poeta no deja en ningún momento de compartir su temor con los oyentes, que estremecidos se dejan llevar por la melodía rítmica de los versos: "miro tu cuerpo presto para la podredumbre/ y, la duda, se encona,/ se acomoda en la mente/ por más que el corazón se resista". Poeta y mujer, corazón y mente, certeza y duda….Celia se pregunta "¿Cómo puedo creer en este Dios?"

Al final del poemario, el lector no puede dejar de asistir al sometimiento voluntario del razonar a la sequía blanca del desierto, y también  a su capacidad de transformación de la sed en canto. Siempre en soledad, consciente del desatino que supone creer. La cesión última del ego se impone y, pendiente siempre de su limitación, escucha, se conforma y se perdona, siguiendo así la estela luminosa de las palabras de quien lo hizo ya antes con los hombre, conciliando de este modo, la "pura armonía/ oscilando en la entraña del silencio/ para invadir la noche de penumbra".


lunes, 2 de octubre de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

La sombra de la cruz entre palabras, poemario con oraciones a todas las imágenes de la Semana Santa de Salamanca

02 de octubre de 2017

Dentro del amplio marco de celebraciones del 75 aniversario que la Junta de Semana Santa de Salamanca está llevando a cabo durante este 2017, no podía faltar de ningún modo la poesía. Resulta sorprendente, para quienes no conocen la idiosincrasia cultural de nuestra ciudad, que los poetas tengan tanto y tan buen espacio dentro de la actividad cofradiera de la Semana Santa de Salamanca.

Esta realidad que muestra la vinculación de varias cofradías con el fascinante mundo del verso comienza hace años con ese acto señero, que es ya reconocido como una de las citas que más interés despiertan, dentro del panorama cultural salmantino. El Poeta ante la Cruz ha pasado, de ser un hecho cofrade, a un encuentro abierto con el poeta, a través de un poemario, que leído en ese escalofriante espacio del coro catedralicio, ante el Cristo de la Agonía Redentora, pone los pelos de punta.

Si a este acto sumamos los de Luz y Palabra, organizado por la Hermandad del Silencio, la Oración Poética que organiza la Hermandad de Jesús Despojado, la Salve Poética que por segundo año ha impulsado la Hermandad del Flagelado o la Proclama por la Paz que, organizada por la Hermandad Franciscana, abarrotaba la iglesia de las Franciscas el pasado domingo, nos daremos cuenta de que la poesía ciertamente tiene un espacio afianzado dentro del panorama cultural de las cofradías y hermandades de nuestra ciudad.

Por esta razón nace la idea de editar un poemario con oraciones a todas las imágenes de la Semana Santa, acompañadas por fotografías y los poemas manuscritos por sus autores.

Así va configurándose La sombra de la cruz entre palabras, durante meses, en la actividad creativa de un grupo de poetas cristianos salmantinos, mientras por otro lado el fotógrafo José Fernando Santos Barrueco escoge las fotografías que deben acompañar los poemas y esa portada espléndida que Carmen Cardona ha conseguido para envolver la que ha sido calificada como una joya literaria de nuestro tiempo.

Isabel Bernardo, Celia Camarero, Luis Felipe Delgado de Castro, Elena Díaz Santana, Asunción Escribano, J. M. Ferreira Cunquero, Quintín García, Mª Carmen Leonís Lozano, Fructuoso Mangas, Julio de Manueles, Mercedes Marcos, José Luis Puerto, José Fran Rosario y Soledad Sánchez Mulas, dentro de las casi doscientas páginas, dejan su sello con entrega y desnudez, en un libro que quizás sea muy valorado cuando medien las añadas, como caudal de reposo que mide sin reservas el valor de los posos poéticos, que sobrepasan por si mismos las fronteras del tiempo.

El libro fue presentado el pasado 18 de septiembre en el Casino de Salamanca  por fray Xabier Etxenike, guardián de los Capuchinos, y fray Ricardo de Luis Carballeda, prior de los Dominicos. Su lectura se llevó a cabo con la intervención de los poetas en el impresionante marco de las ruinas del convento de San Francisco el Real.

En un gesto altruista, los poetas donan las oraciones a las cofradías y hermandades de Salamanca, para que puedan ser utilizadas en revistas, estampas o en cualquier otro tipo de publicación, con la única premisa de que debe ser mencionado el autor del poema.

Sin duda estamos ante un libro que merece la pena por sus contenidos, que traspasan, más allá de las propias imágenes, los trasfondos de la inspiración, para acercarnos a los momentos claves de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Una publicación que ha sido posible gracias a la Junta de Semana Santa y a la figura de de su presidente que, desde la presentación del proyecto, lo apoyó hasta ver la luz hace unas fechas, en esta docta e inigualable Salamanca.


jueves, 22 de junio de 2017

Asunción Escribano

Isabel Bernardo, ante el Cristo de la Agonía Redentora, en el Poeta ante la Cruz 2017 | Fotografía: Roberto García Luis

21 de junio de 2017

Como diálogo silencioso, con intimidad de creyente con su Cristo, el poemario Donde se quiebra la luz de Isabel Bernardo, leído este año en el precioso acto del Poeta ante la Cruz ante el Cristo de la Agonía Redentora, plasma la fe de una escritora que llega cargada de paisajes vertidos sobre sus heridas y sus palabras. La luz puede mostrarse quebrada y así la nombra rota la poeta, con el fresco de la naturaleza como fondo (tardes y ríos, pastores y caballos, cárabos y encinas…), cuando el Cristo busca a la poeta y engarza Su noche con la de ella, tras asistir a la Crucifixión del sol.

Retirada en el campo y en el frío, el Cristo al que canta Isabel Bernardo la rescata de su soledad, pero también le habla en los paisajes que la rodean. Y la poeta le devuelve el escalofrío sobre el folio, con insistencia de fe, en su modalidad oracional retóricamente  anafórica, al inicio de los versos, a la manera de devoción suplicante: "fue en esas horas, fue en esas horas…", repite, como en una plegaria de insistencia, enlazando con el pasado. También con este recurso lírico plasma sus dudas: "Acaso… Acaso…".

Isabel Bernardo rechaza el encuentro con el Cristo muerto, y acude a los objetos cercanos, a la llama, al sol o a la vela para que le alumbren en la noche física o espiritual que, a pesar de la certeza de la Vida, le rodea en ciertos momentos: "mientras van cayendo lentas las sombras, lentas,/ sobre este silencio de velas/ que arde/ bajo tus pies desnudos". La poeta busca también la voz del hijo de Dios vivo en su entorno, mientras los paisajes van apagándose a su alrededor y se hacen uno con la creyente, que traslada fuera lo que lleva dentro.

Ese es el gran logro de este poemario de Isabel Bernardo, la conjunción del espacio íntimo y el horizonte externo. De aquí que toda la obra esté cargada de simbología: "traigo agua, pan y aire de los campos que habito;/ una flor y una paloma; enseñas blancas para pisar sin miedo/ la pena/ sagrada del destierro", porque en ella, nada se limita a nombrarse a sí mismo, sino que apunta más alto y habla de otra verdad más profunda, y todo es señal de lo que lo constituye dentro, con una luz que supera los límites de su propia forma.

Esa unidad de experiencia y paisaje sacral se vuelve conciencia y alimenta, así, la palabra. Ante la muerte de Cristo, la historia y sus habitantes siguen combatiendo contra esa cesación, en cada mirada sobre ellos de la poeta: "Cuánta naturaleza, Padre/ sin dolor/ para salir a buscarte". Porque en la naturaleza la sucesión de vida y muerte se integra en paz, sin más dolor que el de quien la contempla: "Cuánta hermosura de luz, cuanta tierra/ de rodillas/ ante la soledad sagrada de tu paso". Y, por ello, la poeta persigue en el signo la compasión que le alienta a escribir: "Libres cual gacelas anhelan ir mis palabras/ tras esta muerte", por todo lo que muere, por todo lo que vive, por el anhelo, por "la esclavitud de la sed", como la llama Isabel Bernardo.

Junto al Cristo y al paisaje que lo invoca, también conviven en esa realidad presente la familia y la infancia. Esos espacios de siembra firme de la fe. El abuelo que enlaza tiempos, afectos, vivencias, y señales de certidumbre: "Desde entonces todas las noches viene a guardar/ la Cruz de mi cama/ y mi sueño", escribe la poeta, consciente del lazo religioso que la memoria usa para atar relámpagos de vida intensa.

Con la intimidad que todo cristiano tiene con su Cristo, Isabel Bernardo le habla en un poema/silencio que nos permite dar cuenta tanto de la fe, como de la belleza evocadora del momento, y de su intimidad orante y lírica: "Hacía frío aquella tarde"…, nos sitúa en un tiempo físico o emocional de ensueño: "Aquella tarde yo estaba sola Tú también/ estabas solo", y rememora el encuentro que finaliza en la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy yo?", como siempre se ha hecho en cada encuentro de fe personal… Y, después, la respuesta que se clava en los ojos y en la vida: "porque yo diré de ti que eres el Redentor, el Cristo/ que espera/ al otro lado de la noche".

Eso es todo. Eso es el poema, la fe, el canto, el asombro o el duelo, a partir de los que uno vuelve renovado al mundo, sin olvidar nunca más la misión de la palabra creyente: "Nada estará perdido/ si aun soy capaz de abrir un solo surco con Su nombre/ en este hermoso valle de luz y lágrimas".


miércoles, 5 de abril de 2017

Abraham Coco

Tres de los cuatro pasos de la Hermandad Dominicana, en el interior de San Esteban | Foto: ssantasalamanca.com

05 de abril de 2017

Quizá convendría callarse hoy y que el eco nos trajera, con la misma melodía luminosa con que ayer fueron pregonadas, las Morfologías de Asunción Escribano en las que cada día de la Semana Santa es Domingo de Resurrección. Que en este eco nos dejáramos preguntar durante este rato "quién soy yo" junto a Isabel Bernardo, con el mismo traje infantil que ella vistió el domingo para rezar el Jesusito de mi vida ante el Cristo que no muere. En la intimidad de sus escritorios ambas vivieron "un tiempo en clave de Pasión evangélica", como reseña la primera en la cita 134 de su texto. "Lo mejor estuvo en la soledad de mi casa escribiendo el poemario", me revela la segunda en un correo electrónico que traigo aquí sin miedo a estar desvelando nada. Sí, en la intimidad.

Cuando hace casi una década Alberto López me propuso la cobertura de la Semana Santa de Salamanca en El Adelanto –regalo que nunca le agradeceré lo suficiente– uno de los reportajes que publicamos en aquellos cuatro años intentó relatar el backstage de las procesiones. El objetivo era poner en valor parte del trabajo que decenas de cofrades llevan a cabo en las semanas previas a esta celebración popular. Repetí una fórmula similar en Galicia, ya en ABC, con el proceso de creación de una imagen devocional, la Esperanza de Ferrol, una advocación tan necesaria en la comarca. Nada nuevo que otros colegas no hubieran hecho. Entre lo más original estuvo aquel "Casadas con la Semana Santa" donde  cinco mujeres de hermanos mayores intercambiaban pareceres. Suerte que nadie tachara el reportaje de micromachismo, pienso ahora. Entre aquellos artículos no faltaba tampoco alguno para insistir en la idea de que la actividad no terminaba con la Pascua, sino que las hermandades, por lo general, se mantenían vivas todo el año. Aquellos entresijos resultaban interesantes por desconocidos. Por eso eran noticia.

La vocación periodística, unida a la curiosidad, nos inclina a esta predisposición por mostrar, es decir, por comunicar. Pocas situaciones peores en el oficio que disponer de una información que se quiere compartir, pero alguna situación (la negativa de la fuente, algún interés más o menos claro...) lo impide. Esa actitud lleva aparejada, de forma irremediable, una predisposición a la ocultación. Cuando se decide qué se expone, se está decidiendo a la vez qué no. Eso rige para la profesión informativa y para cualquier trivialidad del día a día. También para la Semana Santa, donde tantos rituales quedan en la intimidad de sus cofrades, con frecuencia incluso de un círculo muy reducido.

Existen instantes especialmente sensibles porque afectan a lo más íntimo de nuestras devociones: la delicada preparación de una imagen de vestir, un cambio de peluca en una talla sin cabello, la retirada de las manos o los brazos en una articulada… Los hay de muchos tipos. Algunos son, o eran, íntimos porque no son sino ensayos, preparativos encaminados a construir la procesión, donde me parece imprescindible la concurrencia de los que miran. Los límites son hoy más difusos. Las plataformas de vídeo online –YouTube, especialmente– y, en general, las redes sociales y las apps de mensajería instantánea diluyen algunas fronteras sobre las que no deberíamos dejar de reflexionar en busca del equilibrio. No se interpreten las siguientes preguntas con un tono apocalíptico, pero ¿qué sentido tiene la difusión de determinados instantes? ¿No se pierde el encanto con algunas exteriorizaciones? ¿Cómo éramos en la penumbra?


miércoles, 22 de marzo de 2017

Isabel Bernardo

Un momento del Poeta ante la Cruz de 2015, a cargo de José Frank Rosario | Fotografía: Jorge Mellado

22 de marzo de 2017

No sé por qué será que Cristo da tanto miedo a los poetas. Por qué hay tanta animadversión a buscar las palabras que nos desnuden ante un Dios que abre al mundo oscuro sus puertas de esperanza. ¡Qué difícil se hace encontrar quiénes quieran participar en oraciones poéticas, en vía crucis o vía lucis, en proclamas de fe…! Como si ese gesto estigmatizara su nombre, profanara su oficio, condenara su corazón y sus manos a toda suerte de soledades y silencios malditos.

Esto lo saben bien quienes ponen en marcha este tipo de actos. Yo misma. Resulta tremendamente preocupante que esta nueva era de libertades se deje llevar tan dócilmente por la inercia de un tiempo de apostasías y nuevos cultos sin tradición. La tradición es perseguida como un perro sarnoso. A lo nuevo, en cambio, no se le piden títulos de fe o argumentos, aunque proceda de culturas lejanas y formas de hacer y de vivir con las que, ni se ha nacido, ni se ha crecido.

La Literatura es un permanente desafío a la razón y la inteligencia humanas. Y mayormente la Poesía, género por excelencia para ahondar en todos los misterios: el de la naturaleza, el del paisaje, el del silencio, el del sentimiento… y el de la transcendencia. ¿Por qué tanto miedo entonces a poner la palabra poética del siglo XXI en la pregunta y en la inefabilidad del misterio de Dios?

No se trata de que el poeta intente con su obra construir o estimular realidades imaginarias o animistas. Es cuestión únicamente de dar libertad  al alma para que se adentre, sin prejuicios, en sus inquietudes más hondas y existenciales, sin dejarse  llevar por esa corriente de literatura programática o imperativa (es decir, que tiene un fin) tan propia de la tradición platónica. Platón, al igual que otros filósofos racionalistas, consideraba que toda literatura es un discurso incapaz de objetivar las ideas; un discurso sensible pero no inteligible. Pero ¿acaso el ser humano es solo naturaleza objetivable? ¿Dónde queda pues la percepción de los sentidos? ¿El amor, el dolor… la esperanza?

Son muchos los poetas que dicen que Dios no entra en su pluma porque forma parte de una literatura primitiva, dogmática y fosilizada en determinaciones no evolutivas. Sin embargo, sorprende como no se hace lo mismo con los textos mitológicos de la antigüedad, los cuales pertenecen también a ese tipo de literatura, y son recurrente fuente de inspiración en muchos autores que le niegan la palabra a Dios.

Personalmente creo que se ha sido mucho más benevolente con la historia de los mitos que con la historia de Dios. Y esto tal vez tenga mucho que ver por los pasos errados y los intereses que, pocos siglos después de Cristo, comenzaron a desvirtuar y a hacer de la voluntad divina algo que no se correspondía con la idea primigenia. La razón e inteligencia humanas deberían ser en este caso instrumentos útiles para saber discernir, y apartar la verdad de Dios de todo cuanto le ha hecho flaco favor.

Y quiero terminar esta reflexión con algunos versos de dos poetas cuyas relaciones con la Iglesia fueron bien diferentes, sin que ninguno de ellos apartara su quehacer poético de la sed y necesidad de Dios: Juan Ramón Jiménez y Rubén Darío.

Jesús, cuando yo me muera 
quiero llevar cruz de luz 
entre mis dedos de cera. 
Jesús, cuando yo me muera, 
quiero morir luz en cruz.

Estos versos pertenecen a Poemas inéditos y Crucificado de Juan Ramón Jiménez, quien pocos años antes de morir redactó en su testamento: "Amo a Cristo pero no quiero nada con la Iglesia". Pablo Bilbao Arístegui, escritor, sacerdote y amigo del poeta, le escribió una carta diciéndole: "Juan Ramón, con sollozos se lo ruego; abra esa granada de su corazón al rocío de esta Belleza; no quiera cerrar sus oídos al encanto de esta música que le llama desde siempre". Don Pablo no consiguió vencer la rebeldía anticatólica del poeta de Moguer, pero le reconfortó saber que no le había negado la voz a Cristo.

Voz, que en la poesía de Ruben Darío, se haría mucho más honda y espiritual, dado que el vate nicaragüense fue esencialmente católico y creyente, por mucho que se haya intentado disfrazar o manipular su pensamiento por parte de ciertos sectarismos. Tal vez sea por esto por lo que en 2016, año del centenario de la muerte del poeta, Darío recibiera solo dura crítica y gigante silencio. Queden aquí como homenaje aquellos versos últimos del poema Sum, donde Dios se hace su grito de esperanza:

¡Señor, que la fe se muere!
¡Señor, mira mi dolor!
Miserere!, Miserere!
Dame la mano, Señor.


miércoles, 12 de octubre de 2016

Antonio Santos

Isabel Bernardo, durante la II Proclama por la Paz celebrada el pasado domingo en el monasterio de la Franciscas Descalzas

12 de octubre de 2016

A finales del siglo pasado, un eslogan promocional de la Semana Santa de Salamanca promovía la feliz asociación de la celebración de la pasión del Señor con el marco monumental de nuestra ciudad, clara seña de identidad de nuestras procesiones. "Pasión y piedra" hizo fortuna y dio en el clavo para definir en conjunto unas procesiones que carecían de hilo conductor. Con el transcurrir de los años, algunas cosas de esa representación anual en la que participamos han cambiado para mejor, otras para no tan mejor, pero la pasión y las piedras que hacen de telón eterno siguen en pie, renovadas e inmutables, año a año: cosas del arte efímero que se sustenta en la tradición de los siglos.

Pero esta Pasión nuestra tan deslavazada para unas cosas, está encontrando un nuevo pilar, discreto pero poderoso, que es la lírica. En muchos lugares, la celebración de pregones en el entorno de las cofradías es un acto clásico y lleno de tópicos, que en no pocos casos se hace tan repetitivo como el cansino neobarroco fotocopiado de las orlas de cultos de tantas hermandades. Pero en Salamanca no. La académica palanca de don Miguel nos está regalando a cofrades, amantes de lo bello y lo espiritual, un ramillete de actos cada vez más cuajado que está calando y que le da una altura importante a nuestra semana mayor. Importante porque no se celebran en su inmensa mayoría a la par que las procesiones, sino durante el año, sustentando la vida cofrade más allá del capuchón, el hábito y el banzo, y porque ponen de relieve algo de lo que están muy necesitados nuestros desfiles penitenciales: sosiego, reflexión, meditación, entendimiento: palabra y silencio.

Al ya elogiado formato que ha adquirido el Pregón de Semana Santa, acto de altura y antorcha que ilumina los caminos de la lírica cofrade, se suman desde hace ya treinta años el galardonado Poeta ante la Cruz de la Real Cofradía Penitencial y, en paralelo por su número de ediciones, once en total, la Exaltación de la Cruz de la Cofradía de la Vera Cruz y el Pregón Joven de la Hermandad de Jesús Despojado: el alfa y el omega de las hermandades tormesinas aúnan tradición y juventud. Cuatro ediciones cuentan ya en el haber del otro pregón joven, el del Rosario. En la Hermandad del Silencio de Pizarrales se pronuncia desde hace ya seis años Luz y Palabra y desde hace cinco también la Hermandad de Jesús Despojado hace una oración poética a su titular durante el quinario que le dedica. El pasado año se organizó por primera vez la Proclama por la Paz, el recital poético más extenso al concitar en su formato hasta cuatro rapsodas llamando a las conciencias con el drama de los cristianos de oriente. Y finalmente a todo ello se ha sumado este año la acertadísima Salve Poética ante la Virgen de las Lágrimas, que ha venido a ofrecer el hasta ahora inexistente acto poético mariano, que aunque organizado con motivo de la efemérides celebrada en honor de la Dolorosa de la Clerecía, tiene aspiraciones de anualidad.

Quien tenga oídos, que oiga. En Salamanca y contra todo pronóstico, corren buenos tiempos para lírica.


jueves, 31 de marzo de 2016

Asunción Escribano

José Luis Puerto, durante el Poeta ante la Cruz 2016 ante el Cristo de la Agonía Redentora | Foto: ssantasalamanca.com

31 de marzo de 2016

Desde el inicio de su canto este año, en el Poeta ante la Cruz, José Luis Puerto toma postura ante la poesía, ante la vida y ante la fe. "Todos" suma a "súplica" la imagen de la redención colectiva. Como un solo corazón que se salva o que cae pero, sobre todo, que late al unísono. Cada uno tirando de la piedad del otro, en una cadena de manos que dan forma al tiempo. Por eso, Mateo 27 inicia el poemario, con el desconcierto del Cristo solo y dolorido que, en el extremo de su miedo, ya no puede escuchar ni sentir la caricia del padre en su vida. "¿Por qué me has desamparado?", grita al cielo que será silente cuenco o brazos en los que acunar el espanto interior.

El título del poemario es el del primer poema: el inicio, el pórtico. Todos orando, construyendo con palabras esa fe que nos sostiene lúcidos sobre la historia. "De esa humanidad menesterosa/ Que siempre necesita/ La invocación, la súplica, las sílabas,/ La letanía, la plegaria…" adelgazándose, incluso, las propias palabras y haciéndose pequeño el ruego para poder caber encogidos en él, como si volviéramos al útero materno…

El poeta toma entonces las "palabras prestadas" –todas lo son– para conmover al Padre. Y estas se tornan, de esta manera, homenaje profundo a aquellos antepasados que las sostuvieron sobre sus labios, pronunciándolas una y otra vez, como si las calentaran al fuego del corazón, para que llegaran al futuro tibias y, en su piedad, poderlas legar, engarzando a las generaciones distantes en la plegaria familiar.

El acto del Poeta ante la Cruz fue testimonio vívido de esta verdad. El poeta rezando en alto ante el Cristo roto, y la madre, pequeña, silabeando acordemente íntima con el hijo la oración enseñada en la infancia, la melodía repetida cada noche: "No me mueve, mi Dios, para quererte…". Y todos nosotros testigos mudos de este asombro. La melodía rezada en comunión amorosa. Y coherente con este planteamiento inicial, la oración o el canto incluyen necesariamente la solidaridad. La búsqueda nunca es sola. Y el poeta pide por esa Europa silenciosa ante las espinas de la emigración, donde se reconoce hoy claramente a Cristo: "En esas caravanas que recorren/ Los caminos de Europa/ En busca de refugio/ Y de una vida digna;/ En esa cruz de vallas y alambradas,/ Que es corona de espinas".

Oscila el poemario, de este modo, entre el rezo y el canto sucesivamente, habiéndose alimentado ambos en la infancia en el ejemplo, entre otros, del abuelo, nudo constante en la poesía de José Luis Puerto quien de su mano retorna con el verso a "una niñez de juegos y ganados,/ Siempre en celebración/ Pese a tanta pobreza,/ En la que tú estabas presente/ Con tu incansable amor a lo creado". Es bueno decir en alto a quién debemos lo que somos.

Mas no podía terminar el poemario José Luis Puerto sin recalar en el Dios de las parábolas, en el de las bienaventuranzas, el Dios que salva antes que nada a los pequeños, a los heridos, a los humildes, a los mansos, a los heridos, a los silenciados… También el Dios que nombra la identidad de todo lo creado, lo grande y lo pequeño: el Reino y la semilla,  el pan y el cuerpo, el vino y la sangre… Tampoco, sin realizar un sentido homenaje al Cristo de la Agonía Redentora, cuya contemplación permite convertir esa "belleza amarga" del dolor que conmueve, y que lleva hacia la búsqueda: "De esa fraternidad y de ese amor/ Que proclamó vibrante tu palabra", cerrando de esta manera ese círculo inicial que nos incluye y nos hermana a todos. No podía ser de otra manera, pues este es el nudo de toda la obra preciosa de este poeta que siempre emerge fiel a sus principios.

Al fin y al cabo, qué si no es lo que celebramos durante la Pasión de Cristo, a lo largo de nuestra sagrada Semana Santa: una comunión conjunta que guarda y mantiene cálida la memoria de Cristo vivo, ante quien el creyente –cual poeta desnudo frente a la cruz– arrepentido de sus errores, pide otra oportunidad ante la necesidad de brazos que achiquen el dolor y el sufrimiento que hunde el mundo en que vivimos. Y en la voz del poeta, ante la cruz, todos juntos hacemos la súplica un año más.


jueves, 18 de junio de 2015

Asunción Escribano 

José Frank Rosario, ante el Cristo de la Agonía Redentora en el Poeta ante la Cruz 2015 | Fotografía: Pablo de la Peña

18 de junio de 2015

Al comienzo, el mundo viste sus mejores galas y José Frank Rosario escoge las más hermosas metáforas para describirlo: la mañana con tules sobre los árboles apenas iluminados. La luz que va haciéndose hueco con su rugido. Y ya, en el descenso, el mantel verde con el que se viste la tierra. Todo apunta en este inicio del poemario hacia esa tensión entre el gozo y la caída: "Viene, por nosotros,/ a ofrecer su cabeza". Pero, sin duda, es la luz la que ilumina todo el fondo, a pesar de la dureza de la experiencia del Cristo.

Pero estamos tan solo en el inicio… en el campo, todavía entre olivares: "Ya no hay cauces ni muros/ que detengan/ la gracia sin límites que con Él/ nos llega". Y entre ellos, esos dos momentos de la Pasión llegan todavía revestidos de esplendor. El léxico apunta a ello: blanco, estrellas, fulgor, quemar, fuego, hogueras… Es hermosa la poesía de José Frank Rosario. Llena de luminosidad y música. De vida: "Él les habla del futuro/ que se acerca. La vendimia/ está a punto. Del árbol, el fruto cayendo".

Lentamente va acercándose lo oscuro y sus señales que también signan el cosmos: "Explosión en los cielos y en la tierra./ La jauría aúlla, los hierros tintinean,/ alguna carcajada. En el corazón de los amigos/ el miedo." Y la sintaxis se pone al servicio de los extremos. Por ello, el poema se debate entre la oración larga, encabalgada, y el término solo, con el que se construye, como un fogonazo dolorido, el verso: "Empujones./ Bofetada./ Agitada dispersión…/ Sin compañía va el Hombre/ que tantos hombres a sus pies tuvo,/ atados por su Palabra. Oscura es la noche."

Luego…, el Cristo entra en Jerusalén, y allí, el viento. Fariseos, Pilatos, Barrabás… Los hombres todos. Y la sonoridad de lo mezquino que cobra forma en la fonética de las onomatopeyas, con las que se apunta a la culpa y a la animalización masificada frente al Hombre: "Murmuran/ como grillos, cacarean. Lanzan grititos/ de repudio, croan". "Grititos"… Hasta los diminutivos arañan. Y la tercera persona ("Te acusan sin saber que entre tus manos/ arden las ascuas del futuro cierto") que compite en fuerza con la voz, en primera, de Barrabás protagonista ("Yo, el menos inocente ha salido ganador/ y ostento recompensa") que deja deslizarse su ceguera en sus palabras: "Temo a ese hombre", "Aturdido estoy".

Después del después, el descenso. La cuesta. La subida y la caída en la cumbre y el abismo, en un oxímoron precioso que da forma lírica a la historia. Todo el poema "La cuesta" apunta a ello: "Subes", "bajas", "caer", "levantarte", "todo", "nada".

Aquí, de nuevo, la visión animalizada de los hombres como hormigas, haciéndose en su comportamiento nudo, puño todo: "Se mueven como hormigas preparando/ el escenario de tu muerte". También la tierra embrutecida se vuelve, en su ansia, alimaña: "Cavan entre piedras las fauces del hueco que tragará tu madero", y ataca el corazón y hace de él desierto: "El áspid del abandono se te enrosca/ dentro".

Tres partes en el poemario y tres tiempos que avanzan en ellas presurosos. De los olivos a la madera, y de esta a la Cruz que sostiene en su muerte al Cristo… Si la Canción de amor se iniciaba entre esponsales de luz y de promesas, termina, como no podría ser de otra manera, realizándose estas en la Misericordia, en el corazón humilde (etimológicamente) del Hombre caído. También en el del otro hombre, el poeta, que declara, hermosamente, al Cristo roto su amor total: "Te amo, Señor que tiendes este puente/ de amor inmerecido./ Te amo, Fruto que yaces en radical Misericordia." Precioso final digno de esta declaración de amor –extrema y compasiva– del cristiano, del hombre y del poeta José Frank Rosario.


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