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viernes, 1 de enero de 2021
viernes, 22 de mayo de 2020
Paulino Fernández
Quizás pueda resultar incomprensible que, en plena pandemia, hable de procesiones de Semana Santa cuando este año, para desgracia de todos, no se han podido llevar a cabo. Podría dedicarme a dar vueltas a conceptos ya tratados como el "estilo" de la Semana Santa salmantina, cuestión más de la mano de etnógrafos, historiadores o sociólogos, o centrarme en volver a discutir los puntos fuertes y débiles de nuestra Pasión. Pero claro, en manos de un profano, aportaría nula novedad. A mayores, a mi parecer, sería escribir por escribir, llenar párrafos para cumplir. Y ello, en mi opinión, implicaría traicionar mis principios y mi modo de entender estos artículos: un canal que me permite exponer ideas que, de otra manera, no puedo expresar.
Allá por el mes de enero de este 2020, cuando esto del/la COVID-19 nos sonaba a "chino", publiqué mis propósitos cofrades de año nuevo. Estas intenciones que me quería aplicar recogían muchas y muy variadas cuestiones. Desde aprender a pedir perdón a mis hermanos por mis errores en los servicios que desempeño en la hermandad, hasta ser humilde y no tratar de colocarme por encima de los demás; pasando por vivir mi experiencia cofrade de un modo totalmente diferente al que acostumbro.
Efectivamente, me proponía a mí mismo vivir la Semana Santa más apegado a la liturgia y más alejado del aspecto "cofradiero". Y, la verdad, es que el devenir de las circunstancias me ha facilitado esta decisión.
Este año, sin "pres" ni "posts" procesiones, he podido disfrutar con más recogimiento y cercanía ‒aún en la distancia‒ de las celebraciones que rememoran la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
La situación que hemos vivido este año, con la suspensión de los actos de culto externo y las expresiones de piedad popular, han venido a demostrarnos que la realidad que subyace a nuestra experiencia cofrade no se sostiene sobre meros constructos folclóricos, tradiciones seculares o convencionalismos sociales. No. Nuestra realidad como penitentes debe construirse sobre la base inquebrantable de la fe y una profunda experiencia creyente que nos permitirá comprender que la Semana Santa no es un simple espectáculo callejero que aúna arte y tradición; si no un tiempo litúrgico en el que hemos de atrevernos a trastocar la conciencia del otro, anunciando en público el mensaje salvífico de la muerte y resurrección de Nuestro Señor.
Ambas visiones de la Semana Santa, la mera reducción al espectáculo folclórico y la íntima vivencia de fe, han venido a manifestarse por las redes sociales en nuestra ciudad durante estos tiempos de pandemia. Por un lado, algunas hermandades decidieron limitar su manifestación pública a una llamada a la oración conjunta, a fin de cumplir con sus objetivos estatutarios y fundacionales, demostrando que el desfile procesional es un medio y no un fin en sí mismo. Otras, por el contrario, decidieron recrear sus desfiles procesionales, sirviéndose de las redes, en un ejemplo de luto mal llevado. Obviaron sus redescubiertas devociones eucarísticas para convertir Facebook en un mar de lágrimas en el que, cual plañideras, se lamentaban por lo que pudo ser y no fue en lugar de disfrutar lo que es, en atención a lo que podía haber sido. Y es que en estas nuevas modalidades de desfile online ‒que, entiendo yo, también podrán aplicarse a la suspensión por lluvia, a las ausencias de cofrades o hasta a la mera comodidad de los hermanos en años que el clima sea recio‒ el Santísimo Sacramento dejó de ser el centro y vida del cortejo para convertirse en un mensaje más que se diluyó en la procesión que avanzaba a golpe de me gusta.
Somos lo que vivimos. Somos el resultado de aquellas experiencias que nos golpean en un sentido o en otro y que, en apenas segundos, convierten nuestra existencia en algo que jamás imaginaríamos. En nosotros está convertir estos envites en elementos que nos ayuden a crecer o en meros palos en la rueda que nos hagan caer una y otra vez sin comprender qué sucede. La Pascua la estamos viviendo desde nuestras casas, sí. Pero eso no es óbice para que, sin capirotes ni hábitos, demos a nuestros hermanos testimonio de nuestra fe.
| Procesión de la Hermandad del Silencio por la carretera Ledesma, en el barrio de Pizarrales | Foto: Pablo de la Peña |
22 de mayo de 2020
Quizás pueda resultar incomprensible que, en plena pandemia, hable de procesiones de Semana Santa cuando este año, para desgracia de todos, no se han podido llevar a cabo. Podría dedicarme a dar vueltas a conceptos ya tratados como el "estilo" de la Semana Santa salmantina, cuestión más de la mano de etnógrafos, historiadores o sociólogos, o centrarme en volver a discutir los puntos fuertes y débiles de nuestra Pasión. Pero claro, en manos de un profano, aportaría nula novedad. A mayores, a mi parecer, sería escribir por escribir, llenar párrafos para cumplir. Y ello, en mi opinión, implicaría traicionar mis principios y mi modo de entender estos artículos: un canal que me permite exponer ideas que, de otra manera, no puedo expresar.
Allá por el mes de enero de este 2020, cuando esto del/la COVID-19 nos sonaba a "chino", publiqué mis propósitos cofrades de año nuevo. Estas intenciones que me quería aplicar recogían muchas y muy variadas cuestiones. Desde aprender a pedir perdón a mis hermanos por mis errores en los servicios que desempeño en la hermandad, hasta ser humilde y no tratar de colocarme por encima de los demás; pasando por vivir mi experiencia cofrade de un modo totalmente diferente al que acostumbro.
Efectivamente, me proponía a mí mismo vivir la Semana Santa más apegado a la liturgia y más alejado del aspecto "cofradiero". Y, la verdad, es que el devenir de las circunstancias me ha facilitado esta decisión.
Este año, sin "pres" ni "posts" procesiones, he podido disfrutar con más recogimiento y cercanía ‒aún en la distancia‒ de las celebraciones que rememoran la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
La situación que hemos vivido este año, con la suspensión de los actos de culto externo y las expresiones de piedad popular, han venido a demostrarnos que la realidad que subyace a nuestra experiencia cofrade no se sostiene sobre meros constructos folclóricos, tradiciones seculares o convencionalismos sociales. No. Nuestra realidad como penitentes debe construirse sobre la base inquebrantable de la fe y una profunda experiencia creyente que nos permitirá comprender que la Semana Santa no es un simple espectáculo callejero que aúna arte y tradición; si no un tiempo litúrgico en el que hemos de atrevernos a trastocar la conciencia del otro, anunciando en público el mensaje salvífico de la muerte y resurrección de Nuestro Señor.
Ambas visiones de la Semana Santa, la mera reducción al espectáculo folclórico y la íntima vivencia de fe, han venido a manifestarse por las redes sociales en nuestra ciudad durante estos tiempos de pandemia. Por un lado, algunas hermandades decidieron limitar su manifestación pública a una llamada a la oración conjunta, a fin de cumplir con sus objetivos estatutarios y fundacionales, demostrando que el desfile procesional es un medio y no un fin en sí mismo. Otras, por el contrario, decidieron recrear sus desfiles procesionales, sirviéndose de las redes, en un ejemplo de luto mal llevado. Obviaron sus redescubiertas devociones eucarísticas para convertir Facebook en un mar de lágrimas en el que, cual plañideras, se lamentaban por lo que pudo ser y no fue en lugar de disfrutar lo que es, en atención a lo que podía haber sido. Y es que en estas nuevas modalidades de desfile online ‒que, entiendo yo, también podrán aplicarse a la suspensión por lluvia, a las ausencias de cofrades o hasta a la mera comodidad de los hermanos en años que el clima sea recio‒ el Santísimo Sacramento dejó de ser el centro y vida del cortejo para convertirse en un mensaje más que se diluyó en la procesión que avanzaba a golpe de me gusta.
Somos lo que vivimos. Somos el resultado de aquellas experiencias que nos golpean en un sentido o en otro y que, en apenas segundos, convierten nuestra existencia en algo que jamás imaginaríamos. En nosotros está convertir estos envites en elementos que nos ayuden a crecer o en meros palos en la rueda que nos hagan caer una y otra vez sin comprender qué sucede. La Pascua la estamos viviendo desde nuestras casas, sí. Pero eso no es óbice para que, sin capirotes ni hábitos, demos a nuestros hermanos testimonio de nuestra fe.
miércoles, 20 de mayo de 2020
J. M. Ferreira Cunquero
‒Me dicen desde Matacán, que en una hora lluvia y en dos diluvio.
‒¡Qué mala suerte!
‒Lo aseguran tal como te digo. Mucha lluvia. Mucha…
‒Vale, gracias por el aviso, lo tendré en cuenta.
El cofrade mayor de la hermandad, muy contrariado, comunicó la información oficial recibida a sus compañeros de junta y entre todos, por un compromiso ¿cristiano? con su imagen que por milagrera tiene muchos devotos, no tardaron en decidir lo que debía hacerse.
‒Hermanos, puede ser que caiga algo de lluvia, incluso que nuestras zapatillas empapadas nos hagan sentir el frío helador que hace esta noche. Pero la junta de gobierno ha decidido que vamos salir por él, porque es nuestro sagrado titular y porque tenemos que demostrarle que le queremos, con nuestro sacrificio.
El dirigente de la hermandad no pudo concluir sus palabras, pues todos los cofrades que abarrotaban la iglesia aplaudieron al unísono gritando entre abrazos con cierta euforia: ¡Viva nuestro cofrade mayor!
Era tan cortante la heladura que no hubo público en la calle que pudiese certificar la gran hazaña de aquellos penitentes, que herían con gran fe las honduras de la noche.
Como si todos los ángeles estuviesen volcando barreñadas de agua, un imparable torrente, como plomo, empezó a caer del cielo. Los cofrades se vieron obligados a deshacer las metódicas filas y a todo correr buscaron refugio en los escasos portales que ofrecía el largo recorrido.
Como el vendaval no dejaba a los encargados del paso cubrir con cierta garantía la imagen, el experimentado jefe del paso llegó a decir, con suma autoridad: Un buen frote con las bayetas que tenemos preparadas en la iglesia lo va a dejar más guapo que nunca. Si ha aguantado mil mojaduras en 300 años, por una más no pasa nada.
Y así, aquella imagen tan milagrosa salió a la calle un anochecer con certificado de lluvia garantizada. Una talla que, siendo propiedad de la Iglesia y no de la cofradía, en manos de la insensatez sufrió un posible ataque en el corazón más sagrado de su valor artístico.
Lo grave es que los feligreses y la Iglesia permiten estas desdichas que afectan a todos los que pertenecemos a la gran familia católica y a quienes a través de los tiempos seguirán heredando el intemporal espíritu cofrade.
Incluso las imágenes que son propiedad de las cofradías deberían tener una protección cautelar por parte de quienes son responsables de su custodia, ya que las obras de arte se convierten por sí mismas, a través del valor de la historia, en un patrimonio que no hace distinción entre creyentes y ateos, pues el gozo de la belleza artística es un derecho que debe ser resguardado por el bien común con sumo celo.
Alguien debe poner coto a estos desmanes, que por falta de formación una y otra vez se producen, en unos casos por dejación de funciones y en otros por ese pánico a poner las cosas en su sitio, no vaya a ser que se revuelva la prebe…
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| Detalle del Cristo de la Buena Muerte a su paso por la iglesia de San Martín | Foto: JMFC |
20 de mayo de 2020
‒Me dicen desde Matacán, que en una hora lluvia y en dos diluvio.
‒¡Qué mala suerte!
‒Lo aseguran tal como te digo. Mucha lluvia. Mucha…
‒Vale, gracias por el aviso, lo tendré en cuenta.
El cofrade mayor de la hermandad, muy contrariado, comunicó la información oficial recibida a sus compañeros de junta y entre todos, por un compromiso ¿cristiano? con su imagen que por milagrera tiene muchos devotos, no tardaron en decidir lo que debía hacerse.
‒Hermanos, puede ser que caiga algo de lluvia, incluso que nuestras zapatillas empapadas nos hagan sentir el frío helador que hace esta noche. Pero la junta de gobierno ha decidido que vamos salir por él, porque es nuestro sagrado titular y porque tenemos que demostrarle que le queremos, con nuestro sacrificio.
El dirigente de la hermandad no pudo concluir sus palabras, pues todos los cofrades que abarrotaban la iglesia aplaudieron al unísono gritando entre abrazos con cierta euforia: ¡Viva nuestro cofrade mayor!
Era tan cortante la heladura que no hubo público en la calle que pudiese certificar la gran hazaña de aquellos penitentes, que herían con gran fe las honduras de la noche.
Como si todos los ángeles estuviesen volcando barreñadas de agua, un imparable torrente, como plomo, empezó a caer del cielo. Los cofrades se vieron obligados a deshacer las metódicas filas y a todo correr buscaron refugio en los escasos portales que ofrecía el largo recorrido.
Como el vendaval no dejaba a los encargados del paso cubrir con cierta garantía la imagen, el experimentado jefe del paso llegó a decir, con suma autoridad: Un buen frote con las bayetas que tenemos preparadas en la iglesia lo va a dejar más guapo que nunca. Si ha aguantado mil mojaduras en 300 años, por una más no pasa nada.
Y así, aquella imagen tan milagrosa salió a la calle un anochecer con certificado de lluvia garantizada. Una talla que, siendo propiedad de la Iglesia y no de la cofradía, en manos de la insensatez sufrió un posible ataque en el corazón más sagrado de su valor artístico.
Lo grave es que los feligreses y la Iglesia permiten estas desdichas que afectan a todos los que pertenecemos a la gran familia católica y a quienes a través de los tiempos seguirán heredando el intemporal espíritu cofrade.
Incluso las imágenes que son propiedad de las cofradías deberían tener una protección cautelar por parte de quienes son responsables de su custodia, ya que las obras de arte se convierten por sí mismas, a través del valor de la historia, en un patrimonio que no hace distinción entre creyentes y ateos, pues el gozo de la belleza artística es un derecho que debe ser resguardado por el bien común con sumo celo.
Alguien debe poner coto a estos desmanes, que por falta de formación una y otra vez se producen, en unos casos por dejación de funciones y en otros por ese pánico a poner las cosas en su sitio, no vaya a ser que se revuelva la prebe…
lunes, 18 de mayo de 2020
Félix Torres
Hace apenas un par de días fallecía casi nonagenario, Juan Genovés, quizá el último de los pintores de la Transición Española.
Al enterarme de su muerte dos imágenes se formaron al tiempo en mi imaginación. Una, la primera, lógica. Ese El Abrazo del pintor que ahora cuelga en las paredes de uno de los salones de nuestro Congreso de los Diputados y que es todo un símbolo de esa unificación de las dos Españas que siempre parece avanzar un par de pasos por delante de nuestras intenciones.
La otra, mucho más personal, ha sido "ese abrazo" que siempre nos damos al final de una procesión. En esta otra imagen veo, en cámara lenta, a los nazarenos desenfundándose sus capirotes, húmedos de sudor, mientras resoplan al verse libres de impedimento; a los hermanos de carga contorsionándose para abandonar ese espacio bajo el paso que solo a ellos les está reservado. Empapados y enrojecidos tras el esfuerzo, masajeándose los hombros como queriendo echar fuera ese dolor que les acompañará, agradablemente, durante unos días. Idas y venidas. Revuelo. Incluso voces… y abrazos. Muchos abrazos de unos con otras, de otras con unos, ellos con ellos y ellas con ellas. Que olvidamos nuestra educación de rosas y azules y nos plantamos besos en las mejillas mientras nos palmeamos las espaldas como si el encuentro fuera debido a una larguísima ausencia. Es la esencia, nuestra forma de ser cofrade, la que nos lleva a esa intimidad que fuera de este plano quizá no seríamos capaces de mostrar tan en público. Es una tradición y como tal la mantenemos.
¿Y ahora?
Ahora, cuando la nueva normalidad se asiente entre nosotros, ¿qué vamos a hacer con nuestros abrazos?
Porque ‒y cómo quisiera equivocarme‒, vamos a seguir en modo pandemia durante mucho mucho tiempo.
Busco una respuesta y veo cómo desde el primer momento, salvo normas contradictorias e imposiciones más o menos acertadas (según cada quién) de nuestros gobernantes, hemos sabido qué es lo que hay que hacer pues en ello nos han insistido machaconamente. Llevar mascarilla en espacios cerrados es recomendable, usar guantes está desaconsejado, lavarse las manos es poco más que obligatorio… y así todas aquellas recomendaciones que, día sí y día también, nos han ido llegando por cuantos canales tenemos a nuestra disposición.
También desde el principio, hemos tenido claro que la Semana Santa modificaba sus tiempos y que son muchas las cosas que tendrán que cambiar siguiendo las recomendaciones y las normas.
Las salidas penitenciales van a estar restringidas durante más tiempo del que quisiéramos, pero, seguramente, esta nueva normalidad nos va a afectar mucho más en nuestro día a día cofrade ya que, como el común de nuestras vidas, se verá alterado sin una vislumbrable marcha atrás.
¿Veremos limitados nuestros cultos cofrades? Pues… en la teoría sí, pero en la práctica, de no ser que a la mayoría se nos despierte, por amor propio o nueva inspiración, el interés por asistir a celebraciones cultuales de nuestras hermandades y cofradías, no creo que se note en demasía la falta de asistencia de la mayoría de nosotros. Aquí, la nueva normalidad seguirá siendo la misma que hemos demostrado antes del tiempo de las mascarillas.
Si nos planteamos otras actividades, más profanas, valga la expresión, ciertamente deberemos tener en cuenta las limitaciones que según los expertos nos van a condicionar durante mucho tiempo, incluso después de retomar una vida como mucho parecida a la que hemos llevado siempre. Nuestra vida social cofrade se va a ver limitada hasta en los más mínimos detalles… Que hay que mantener los enseres y ajuares, pues enfundados en guantes y mascarilla; que visitamos la casa de nuestra hermandad, pues siempre midiendo las distancias… "sociales"; que queremos un besapié… pues eso no. ¡Eso sí que no!
Y lo entenderemos, lo superaremos y nos acostumbraremos a los nuevos tiempos y las nuevas reglas.
¿Y los abrazos? ¡Ay, los abrazos!
Se acabaron los abrazos. A eso sí que no vamos a acostumbrarnos nunca y nos va a costar renunciar con todo dolor. Porque esos abrazos, adornados de lágrimas en tantas ocasiones, son, al final, lo más importante de nuestra vida cofrade.
¡Ay, los abrazos en la nueva normalidad!
Eso sí, siempre nos quedará desear… ¡Salud para otro año, hermanos!
| Simbólico abrazo durante el acto de indulto de un preso en la procesión del Cristo del Perdón | Foto: Pablo de la Peña |
18 de mayo de 2020
Hace apenas un par de días fallecía casi nonagenario, Juan Genovés, quizá el último de los pintores de la Transición Española.
Al enterarme de su muerte dos imágenes se formaron al tiempo en mi imaginación. Una, la primera, lógica. Ese El Abrazo del pintor que ahora cuelga en las paredes de uno de los salones de nuestro Congreso de los Diputados y que es todo un símbolo de esa unificación de las dos Españas que siempre parece avanzar un par de pasos por delante de nuestras intenciones.
La otra, mucho más personal, ha sido "ese abrazo" que siempre nos damos al final de una procesión. En esta otra imagen veo, en cámara lenta, a los nazarenos desenfundándose sus capirotes, húmedos de sudor, mientras resoplan al verse libres de impedimento; a los hermanos de carga contorsionándose para abandonar ese espacio bajo el paso que solo a ellos les está reservado. Empapados y enrojecidos tras el esfuerzo, masajeándose los hombros como queriendo echar fuera ese dolor que les acompañará, agradablemente, durante unos días. Idas y venidas. Revuelo. Incluso voces… y abrazos. Muchos abrazos de unos con otras, de otras con unos, ellos con ellos y ellas con ellas. Que olvidamos nuestra educación de rosas y azules y nos plantamos besos en las mejillas mientras nos palmeamos las espaldas como si el encuentro fuera debido a una larguísima ausencia. Es la esencia, nuestra forma de ser cofrade, la que nos lleva a esa intimidad que fuera de este plano quizá no seríamos capaces de mostrar tan en público. Es una tradición y como tal la mantenemos.
¿Y ahora?
Ahora, cuando la nueva normalidad se asiente entre nosotros, ¿qué vamos a hacer con nuestros abrazos?
Porque ‒y cómo quisiera equivocarme‒, vamos a seguir en modo pandemia durante mucho mucho tiempo.
Busco una respuesta y veo cómo desde el primer momento, salvo normas contradictorias e imposiciones más o menos acertadas (según cada quién) de nuestros gobernantes, hemos sabido qué es lo que hay que hacer pues en ello nos han insistido machaconamente. Llevar mascarilla en espacios cerrados es recomendable, usar guantes está desaconsejado, lavarse las manos es poco más que obligatorio… y así todas aquellas recomendaciones que, día sí y día también, nos han ido llegando por cuantos canales tenemos a nuestra disposición.
También desde el principio, hemos tenido claro que la Semana Santa modificaba sus tiempos y que son muchas las cosas que tendrán que cambiar siguiendo las recomendaciones y las normas.
Las salidas penitenciales van a estar restringidas durante más tiempo del que quisiéramos, pero, seguramente, esta nueva normalidad nos va a afectar mucho más en nuestro día a día cofrade ya que, como el común de nuestras vidas, se verá alterado sin una vislumbrable marcha atrás.
¿Veremos limitados nuestros cultos cofrades? Pues… en la teoría sí, pero en la práctica, de no ser que a la mayoría se nos despierte, por amor propio o nueva inspiración, el interés por asistir a celebraciones cultuales de nuestras hermandades y cofradías, no creo que se note en demasía la falta de asistencia de la mayoría de nosotros. Aquí, la nueva normalidad seguirá siendo la misma que hemos demostrado antes del tiempo de las mascarillas.
Si nos planteamos otras actividades, más profanas, valga la expresión, ciertamente deberemos tener en cuenta las limitaciones que según los expertos nos van a condicionar durante mucho tiempo, incluso después de retomar una vida como mucho parecida a la que hemos llevado siempre. Nuestra vida social cofrade se va a ver limitada hasta en los más mínimos detalles… Que hay que mantener los enseres y ajuares, pues enfundados en guantes y mascarilla; que visitamos la casa de nuestra hermandad, pues siempre midiendo las distancias… "sociales"; que queremos un besapié… pues eso no. ¡Eso sí que no!
Y lo entenderemos, lo superaremos y nos acostumbraremos a los nuevos tiempos y las nuevas reglas.
¿Y los abrazos? ¡Ay, los abrazos!
Se acabaron los abrazos. A eso sí que no vamos a acostumbrarnos nunca y nos va a costar renunciar con todo dolor. Porque esos abrazos, adornados de lágrimas en tantas ocasiones, son, al final, lo más importante de nuestra vida cofrade.
¡Ay, los abrazos en la nueva normalidad!
Eso sí, siempre nos quedará desear… ¡Salud para otro año, hermanos!
viernes, 8 de mayo de 2020
Tomás González Blázquez
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| Procesión del Entierro del Señor en Braga |
08 de mayo de 2020
Europa tiene su día, el 9 de mayo, pero como es laborable ni nos enteramos. Lo de unir el carbón y el acero de franceses y alemanes allá por 1950, que es lo que se recuerda, no ha calado como festividad. Por iniciativa papal, también tiene seis patronos, desde los eslavos Cirilo y Metodio hasta Edith Stein (luego Teresa B. de la Cruz) pasando por san Benito de Nursia, santa Brígida de Suecia y santa Catalina de Siena, aunque no demasiado celebrados en nuestras liturgias hispánicas. No pensamos en Europa, y debiéramos, como un proyecto de raíz cristiana. Desnaturalizado, que no por conservar la raíz iba a ser una Europa menos plural y menos respetuosa con los no cristianos, sino todo lo contrario, el proyecto sufre, se diluye y peligra. Entonces, ahora, se aprecian más que nunca las diferencias, las desigualdades, y hasta las diversas maneras de cuidar las libertades, algunas ciertamente curiosas. La bandera azul, la de las doce estrellas que no son otra cosa que la corona de María, la mujer del Apocalipsis, ondea en la media asta de las incertidumbres y, por desgracia, también a causa de un luto justo e ineludible.
Sabemos que nuestra tradición procesional de los días de Pasión se consolidó en varios de los antiguos territorios del Imperio Español en América y otras latitudes, pero no miramos tanto a las celebraciones que se conservan en diferentes puntos de Europa. Comenzando por el vecino Portugal, es justo detenerse en la Semana Santa de Braga, enriquecida desde hace siglos por un rito litúrgico propio que custodia dos procesiones genuinas por las naves de su catedral: la Procesión Teofórica del Entierro al terminar la celebración del Viernes Santo, en la que se introduce el Santísimo Sacramento en un féretro, se cubre con un manto negro y es llevado bajo palio entre cantos de lamentación; y la Procesión de Resurrección, al acabar la Vigilia Pascual, en la que igualmente se conduce al Santísimo pero en la custodia. Las calles bracarenses acogen desfiles desde el Sábado de Pasión, cuando tiene lugar el Traslado del Senhor dos Passos y su vía crucis. El Domingo de Ramos es la Procesión de los Pasos, en la que esa imagen de Cristo con la cruz a cuestas se encuentra con la Virgen de los Dolores. Muy original resulta el acto del Miércoles Santo, un cortejo bíblico bajo el lema "Vosotros seréis mi pueblo" que repasa la Historia de la Salvación sin olvidar las prefiguraciones de la Pasión en el Antiguo Testamento. Es conocida con el nombre popular de Nossa Senhora da burrinha, pues se representa la Huida a Egipto. Para el Jueves Santo queda la Procesión del Ecce Homo, que desarrolla iconográficamente la misericordia divina y se caracteriza por las antorchas o fogaréus que portan unos penitentes, los farricocos (otros llevan matracas); y para el Viernes la del Entierro, en la que los farricocos no hacen sonar ya las matracas, las banderas se arrastran en señal de luto y el Cristo yacente es acompañado bajo palio.
La presencia histórica de la Corona de Aragón en las regiones italianas la evocan con singularidad algunas procesiones como las de Sicilia. Por ejemplo, en Trapani sobresale la de los Misterios, que parte de la iglesia de las Ánimas del Purgatorio a las dos de la tarde del Viernes Santo y se prolonga durante veinticuatro horas. Los massari, portadores de las andas, llevan al ritmo de la música dieciocho grupos escultóricos de los siglos XVII y XVIII (algunos rehechos tras la Segunda Guerra Mundial), y además salen los iconos pictóricos del Cristo Muerto y la Addolorata. Cerdeña ofrece también desfiles, como los de Cagliari, organizados por cuatro fraternidades, y en la Italia continental destacan la Semana Santa de Tarento, con una puja el Domingo de Ramos entre las dos parroquias principales, o la de Sorrento y sus procesiones Bianca y Nera.
Por su parte, ya en Francia, es significativa la celebración de Perpiñán. Se atribuye a san Vicente Ferrer el origen de la procesión de la Sanch (de la Sangre), que se remonta a 1416. En la isla de Córcega nos encontramos con la procesión de Catenacciu en Sartène. En la noche del Viernes Santo, desde la iglesia de Santa María, el penitente rouge, por el color encarnado de su túnica, emprende un recorrido de casi dos kilómetros soportando anónimamente una cruz que pesa unos treinta kilogramos y auxiliado por un cireneo, también con el rostro cubierto. Arrastra en los pies cadenas, de ahí su nombre, cae tres veces durante el itinerario y precede a una imagen de Cristo muerto extendida sobre un blanco sudario y cubierto por negro palio, mientras los fieles corsos cantan "Perdono, mio Dio, / mio Dio perdono, / perdono Dio mio, / perdono è pietà".
lunes, 27 de abril de 2020
Roberto Haro
A estas alturas de mes y ya avanzando en la cincuentena pascual, no hace falta que comente nada más sobre la situación en la que nos encontramos y que, sin duda ninguna, nos ha sobrepasado a todos con los acontecimientos vividos.
A pesar de ello, no hay que olvidar que la Iglesia, a lo largo de la Historia, ha tenido que afrontar numerosos episodios similares o incluso mucho peores que los que estamos viviendo estos días y en todos ellos ha conseguido sobrevivir a lo largo del tiempo.
En este año entramos en una nueva década a través de un periodo histórico en el que un agente vírico ha cambiado y condicionado nuestras vidas, sacándonos de nuestra zona confortable de tal forma que nos ha puesto, delante de los ojos, situaciones que por costumbre no valorábamos ni observábamos, simplemente por el hecho de pasar siempre desapercibidas, por ser naturales y estar siempre ahí. ¿Cuántas veces hemos hablado por teléfono estos días con nuestros padres, hijos, primos, amigos, cofrades etc…, en comparación con los meses pasados? ¿Cuántas veces habríamos pensado que los templos iban a cerrar y no habría procesiones y cofradías por las calles en una cuaresma y Semana Santa?
Así, igual que todos los ciudadanos, estamos encerrados en casa. También los templos están cerrados para la oración y la celebración de los sacramentos. Unos templos que guardan en su silencio casi sepulcral las oraciones, lamentos y súplicas de todos los cofrades que no han podido sacar por las calles sus benditas imágenes, ni celebrar los actos cuaresmales y posteriores procesiones de Semana Santa.
Sin embargo, y a pesar de esta situación, la Iglesia está más abierta que nunca. Los cofrades y, por extensión, las cofradías, hermandades y congregaciones como parte de esa Iglesia, no tienen ni siquiera pensar en cerrar su Iglesia particular, que es también la Iglesia de Cristo.
Sin duda alguna, las cofradías han tenido que reaccionar y hacer suyo el tópico de que "la crisis es oportunidad". En un entorno en el que la presencia física es inviable, impensable hace solamente unos días, a las cofradías les ha tocado reinventarse para que esa oportunidad que decía se aproveche para hacer más Iglesia.
Por esta necesidad, solo aquellas cofradías que han sabido conectar y transmitir (virtualmente) el espíritu de la cuaresma y Semana Santa, habrán conseguido hacer más hermandad, más comunidad. Y ello no se consigue solo con la publicación, en redes sociales, de videos a modo de recordatorio de lo que estaría pasando en el momento de la procesión que no pudo salir este año con añoranzas del pasado… "Hoy, a estas horas, la cofradía estaría en…". El pasado ya no nos pertenece. Quedarse en esos recuerdos de lo que podía haber sido y no fue posible refleja un pensamiento pobre que se queda en lo superficial, en la imagen, en la fachada.
Y como se adolece de "procesionitis" y de "postureo" cual pasarela de moda fashion week, algunos ya piensan que la supuesta procesión en septiembre será el escapare perfecto para lucirse de forma extemporánea al no poder hacerlo en primavera. Aunque los modelitos no sean los mismos.
Pocas, más bien muy pocas, cofradías, hermandades y congregaciones de esta ciudad han cuidado el aspecto cultual que se requiere en esos momentos, ofreciendo a sus hermanos en la fe la posibilidad de participar, vivir y sentir la cuaresma y Semana Santa como si estuvieran en la propia parroquia. Unos actos y cultos en la distancia que sirven de preludio a una espiritualidad personal nueva y única, que hace que reviva más que nunca. Experiencias que muchos no llegan a entender sin sus procesiones con sus Cristos y Vírgenes, sin sus medallas colgadas al cuello, paseándolas por la calle durante estos días.
Simplemente basta con echar un vistazo a las redes sociales y medios de comunicación que tienen las cofradías, para con sus hermanos y la sociedad, para ver una gran diferencia en cómo cada una ha interpretado y aprovechado esta situación y ha podido o sabido adaptarse a esta nueva realidad que va a cambiar y condicionar, con total seguridad, el mundo cofrade. Se cuentan con los dedos de una mano, y aún sobran dedos, las que han vivido la Semana Santa verdadera sin estar en la calle.
Son momentos muy interesantes. Las cofradías, más que nunca, hoy son Iglesia y tienen que aportar su grano de arena en todos los aspectos y dejar de contemplarse el ombligo para poder mirar al frente y vivir y compartir la fe en esa Iglesia de la que se forma parte, porque nada tiene sentido fuera de ella.
Dos mil años más tarde seguimos siendo cirineos y ahora el madero es más pesado, si cabe. Tengamos presente la nueva realidad social y evitemos caer en la tentación de pensar solo en la fachada del edificio que, si está vacío por dentro y no sustenta la estructura, se termina derrumbando. Aquellos que se queden en la opulencia de la fachada no habrán entendido nada de lo que está pasando.
Ahora no vale ponerse de perfil o escaquearse. Es el tiempo de los valientes, de meter el hombro cuando el paso se hunde por el peso de la cruz, a sabiendas que aún quedan muchos minutos de recorrido.
Y como decía san Ignacio de Loyola, "en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación".
De eso se trata.
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| José de Arimatea, una de las imágenes que componen el Santo Entierro de San Julián | Foto: Roberto Haro |
27 de abril de 2020
A estas alturas de mes y ya avanzando en la cincuentena pascual, no hace falta que comente nada más sobre la situación en la que nos encontramos y que, sin duda ninguna, nos ha sobrepasado a todos con los acontecimientos vividos.
A pesar de ello, no hay que olvidar que la Iglesia, a lo largo de la Historia, ha tenido que afrontar numerosos episodios similares o incluso mucho peores que los que estamos viviendo estos días y en todos ellos ha conseguido sobrevivir a lo largo del tiempo.
En este año entramos en una nueva década a través de un periodo histórico en el que un agente vírico ha cambiado y condicionado nuestras vidas, sacándonos de nuestra zona confortable de tal forma que nos ha puesto, delante de los ojos, situaciones que por costumbre no valorábamos ni observábamos, simplemente por el hecho de pasar siempre desapercibidas, por ser naturales y estar siempre ahí. ¿Cuántas veces hemos hablado por teléfono estos días con nuestros padres, hijos, primos, amigos, cofrades etc…, en comparación con los meses pasados? ¿Cuántas veces habríamos pensado que los templos iban a cerrar y no habría procesiones y cofradías por las calles en una cuaresma y Semana Santa?
Así, igual que todos los ciudadanos, estamos encerrados en casa. También los templos están cerrados para la oración y la celebración de los sacramentos. Unos templos que guardan en su silencio casi sepulcral las oraciones, lamentos y súplicas de todos los cofrades que no han podido sacar por las calles sus benditas imágenes, ni celebrar los actos cuaresmales y posteriores procesiones de Semana Santa.
Sin embargo, y a pesar de esta situación, la Iglesia está más abierta que nunca. Los cofrades y, por extensión, las cofradías, hermandades y congregaciones como parte de esa Iglesia, no tienen ni siquiera pensar en cerrar su Iglesia particular, que es también la Iglesia de Cristo.
Sin duda alguna, las cofradías han tenido que reaccionar y hacer suyo el tópico de que "la crisis es oportunidad". En un entorno en el que la presencia física es inviable, impensable hace solamente unos días, a las cofradías les ha tocado reinventarse para que esa oportunidad que decía se aproveche para hacer más Iglesia.
Por esta necesidad, solo aquellas cofradías que han sabido conectar y transmitir (virtualmente) el espíritu de la cuaresma y Semana Santa, habrán conseguido hacer más hermandad, más comunidad. Y ello no se consigue solo con la publicación, en redes sociales, de videos a modo de recordatorio de lo que estaría pasando en el momento de la procesión que no pudo salir este año con añoranzas del pasado… "Hoy, a estas horas, la cofradía estaría en…". El pasado ya no nos pertenece. Quedarse en esos recuerdos de lo que podía haber sido y no fue posible refleja un pensamiento pobre que se queda en lo superficial, en la imagen, en la fachada.
Y como se adolece de "procesionitis" y de "postureo" cual pasarela de moda fashion week, algunos ya piensan que la supuesta procesión en septiembre será el escapare perfecto para lucirse de forma extemporánea al no poder hacerlo en primavera. Aunque los modelitos no sean los mismos.
Pocas, más bien muy pocas, cofradías, hermandades y congregaciones de esta ciudad han cuidado el aspecto cultual que se requiere en esos momentos, ofreciendo a sus hermanos en la fe la posibilidad de participar, vivir y sentir la cuaresma y Semana Santa como si estuvieran en la propia parroquia. Unos actos y cultos en la distancia que sirven de preludio a una espiritualidad personal nueva y única, que hace que reviva más que nunca. Experiencias que muchos no llegan a entender sin sus procesiones con sus Cristos y Vírgenes, sin sus medallas colgadas al cuello, paseándolas por la calle durante estos días.
Simplemente basta con echar un vistazo a las redes sociales y medios de comunicación que tienen las cofradías, para con sus hermanos y la sociedad, para ver una gran diferencia en cómo cada una ha interpretado y aprovechado esta situación y ha podido o sabido adaptarse a esta nueva realidad que va a cambiar y condicionar, con total seguridad, el mundo cofrade. Se cuentan con los dedos de una mano, y aún sobran dedos, las que han vivido la Semana Santa verdadera sin estar en la calle.
Son momentos muy interesantes. Las cofradías, más que nunca, hoy son Iglesia y tienen que aportar su grano de arena en todos los aspectos y dejar de contemplarse el ombligo para poder mirar al frente y vivir y compartir la fe en esa Iglesia de la que se forma parte, porque nada tiene sentido fuera de ella.
Dos mil años más tarde seguimos siendo cirineos y ahora el madero es más pesado, si cabe. Tengamos presente la nueva realidad social y evitemos caer en la tentación de pensar solo en la fachada del edificio que, si está vacío por dentro y no sustenta la estructura, se termina derrumbando. Aquellos que se queden en la opulencia de la fachada no habrán entendido nada de lo que está pasando.
Ahora no vale ponerse de perfil o escaquearse. Es el tiempo de los valientes, de meter el hombro cuando el paso se hunde por el peso de la cruz, a sabiendas que aún quedan muchos minutos de recorrido.
Y como decía san Ignacio de Loyola, "en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación".
De eso se trata.
sábado, 25 de abril de 2020
Abraham Coco
Podría escribir que he echado todo de menos y acabar aquí el artículo. Y sería cierto. Disiento frente a esa ola general que afirma que no se ha suspendido la Semana Santa. Vengan a mí calificativos de "procesionero", pues pocos insultos –si es que tal palabro puede así considerarse– pueden halagar tanto. Se ha suspendido todo. O casi. Y nada de lo mucho y bienintencionado que se hizo online ha suplido esa carencia. ¡Afortunadamente!
Estará en esto de acuerdo Conrado Vicente, zamorano por encima de todo, aunque lleve más de media vida avecinado en Salamanca. Porque este año Conrado no ha vuelto al Ramos Carrión para celebrar el Domingo de Ramos, ni ha ofrecido a los amigos su balcón de Santa Lucía en la noche del lunes, ni ha empujado a la Esperanza por Balborraz el jueves. Conrado, que nunca procesionará en Salamanca como tampoco lo haré yo en Compostela, no ha vuelto a casa esta Semana Santa. Y no ha vuelto porque todo se había suspendido.
Eché de menos los viajes por tren o carretera, el recuerdo y la oración entre las tumbas en San Carlos, los cafés amigos en El Alcaraván, el inconfundible olor a nuevo del domingo. La inquietud y los abrazos que solo se dan cuando es Miércoles Santo en la Catedral, las horas de alpargata e introspección, la verdadera Nochevieja. Y al despertar el jueves, el arroz con leche de Antonio y las torrijas de Ángela, que este año habrían tenido que ser sin gluten. Eché de menos ir de ganchete con mi hermana, el timbre de Bea en la madrugada del viernes, la hornacina de San Pablo vacía, el cansancio cuando todo está consumado un rato después… El almuerzo del sábado y hasta las despedidas al declinar el domingo. Todo.
No se ha perdido el sentido y la Pascua, aquí la tenemos, vino a socorrernos cuando más la necesitamos, aunque vayamos a tener que cargar esta cruz inesperada durante un tiempo largo, incierto todavía. Pero ha vuelto a quedar un año. Y, sí, las cofradías no se pueden conformar con una semana. Claro que no. Pero sin esa semana serían otra cosa. Así lo siento y aquí lo digo, sin prisa en la pausa. Sin despedirme hasta el año que viene, hermanos.
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| El Cristo de la Agonía Redentora, en el crucero norte de la Catedral Nueva | Foto: Manuel López Martín |
24 de abril de 2020
Podría escribir que he echado todo de menos y acabar aquí el artículo. Y sería cierto. Disiento frente a esa ola general que afirma que no se ha suspendido la Semana Santa. Vengan a mí calificativos de "procesionero", pues pocos insultos –si es que tal palabro puede así considerarse– pueden halagar tanto. Se ha suspendido todo. O casi. Y nada de lo mucho y bienintencionado que se hizo online ha suplido esa carencia. ¡Afortunadamente!
Estará en esto de acuerdo Conrado Vicente, zamorano por encima de todo, aunque lleve más de media vida avecinado en Salamanca. Porque este año Conrado no ha vuelto al Ramos Carrión para celebrar el Domingo de Ramos, ni ha ofrecido a los amigos su balcón de Santa Lucía en la noche del lunes, ni ha empujado a la Esperanza por Balborraz el jueves. Conrado, que nunca procesionará en Salamanca como tampoco lo haré yo en Compostela, no ha vuelto a casa esta Semana Santa. Y no ha vuelto porque todo se había suspendido.
Eché de menos los viajes por tren o carretera, el recuerdo y la oración entre las tumbas en San Carlos, los cafés amigos en El Alcaraván, el inconfundible olor a nuevo del domingo. La inquietud y los abrazos que solo se dan cuando es Miércoles Santo en la Catedral, las horas de alpargata e introspección, la verdadera Nochevieja. Y al despertar el jueves, el arroz con leche de Antonio y las torrijas de Ángela, que este año habrían tenido que ser sin gluten. Eché de menos ir de ganchete con mi hermana, el timbre de Bea en la madrugada del viernes, la hornacina de San Pablo vacía, el cansancio cuando todo está consumado un rato después… El almuerzo del sábado y hasta las despedidas al declinar el domingo. Todo.
No se ha perdido el sentido y la Pascua, aquí la tenemos, vino a socorrernos cuando más la necesitamos, aunque vayamos a tener que cargar esta cruz inesperada durante un tiempo largo, incierto todavía. Pero ha vuelto a quedar un año. Y, sí, las cofradías no se pueden conformar con una semana. Claro que no. Pero sin esa semana serían otra cosa. Así lo siento y aquí lo digo, sin prisa en la pausa. Sin despedirme hasta el año que viene, hermanos.
lunes, 20 de abril de 2020
Alberto Alén
Pues parecía imposible pero hemos pasado una Semana Santa en confinamiento. La recordaremos siempre. Ensombrecida, eso sí, por la cantidad de sufrimiento que hay a nuestro alrededor.
En cuanto se recibió la noticia de que se suspendían las procesiones eran muchos los cofrades que, llenos de tristeza, ponían en las redes "355 días para la Semana Santa 2021". Esto puede parecer una reacción lógica de tantos cofrades que ansían vivir la Semana Santa más importante del año como siempre lo han hecho. Vivirla con sus cultos, sus procesiones, su hábito, su medalla, su incienso… Sin embargo, creo que nos puede llevar a reflexionar. ¿Pasamos un año esperando para ver las procesiones o para vivir la Semana Santa? La diferencia es abismal. En tiempos de confinamiento lo vemos muy claro.
Si hemos pasado la Semana Santa viendo procesiones por internet y lamentándonos de no poder estar en la calle viendo cofradías; todo ello amargados y pensando en el año que viene o, incluso, viendo a ver cómo hacemos para organizar en septiembre una magna extraordinaria de esas que se llevan ahora, quizá estamos entre el primer grupo de cofrades: pasamos un año esperando para ver las procesiones.
En cambio, si hemos pasado la Semana Santa recordando a los que están sufriendo, preocupándonos por nuestros hermanos cofrades, dedicando más tiempo a la oración, a la meditación de la Pasión, asistiendo por internet o televisión a las celebraciones, preguntándonos cómo podemos mejorar tras esto, qué tenemos que cambiar; todo ello alegres por haber experimentado un año más esa muerte en cruz por nosotros del Señor y esperanzados por esa Resurrección gloriosa, quizá estamos en el segundo grupo de cofrades: pasamos un año esperando para vivir la Semana Santa.
Espero que sean muchos los cofrades que se identifiquen con el segundo grupo y estoy seguro de que así será. Una respuesta intermedia y quizá propia de un buen cofrade sería: paso un año esperando para vivir la Semana Santa, pero me ayuda ver las procesiones y sentir ese espíritu cofrade para vivirla con más intensidad.
Ahora bien, las cofradías también tienen que llevar a cabo su reflexión y tienen que poner todo su empeño en aquello que las caracteriza, aquello que les da sentido cuando todo se vuelve en contra, aquello que haya o no procesiones, tienen que mantener y fomentar. Es claro. Primero, mirar a Dios: preocuparse por la experiencia de fe de los hermanos, fomentar la participación en cultos, charlas formativas, atención espiritual… Segundo, mirar a los hermanos: preocuparse unos por otros, sobreponerse a malos entendidos, críticas, afanes personales y presiones para vivir en fraternidad y, por supuesto, atender a los necesitados fomentando la caridad. Esto último siempre, pero sobre todo en estos tiempos tan difíciles que van a venir. Que todo esto nos lleve a la reflexión.
Que no quedan 340 días para la Semana Santa… ¡que ya ha pasado! ¡Alegrémonos por la Resurrección del Señor!
| Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis, en el inicio de su procesión el Jueves Santo | Foto: Pablo de la Peña |
20 de abril de 2020
Pues parecía imposible pero hemos pasado una Semana Santa en confinamiento. La recordaremos siempre. Ensombrecida, eso sí, por la cantidad de sufrimiento que hay a nuestro alrededor.
En cuanto se recibió la noticia de que se suspendían las procesiones eran muchos los cofrades que, llenos de tristeza, ponían en las redes "355 días para la Semana Santa 2021". Esto puede parecer una reacción lógica de tantos cofrades que ansían vivir la Semana Santa más importante del año como siempre lo han hecho. Vivirla con sus cultos, sus procesiones, su hábito, su medalla, su incienso… Sin embargo, creo que nos puede llevar a reflexionar. ¿Pasamos un año esperando para ver las procesiones o para vivir la Semana Santa? La diferencia es abismal. En tiempos de confinamiento lo vemos muy claro.
Si hemos pasado la Semana Santa viendo procesiones por internet y lamentándonos de no poder estar en la calle viendo cofradías; todo ello amargados y pensando en el año que viene o, incluso, viendo a ver cómo hacemos para organizar en septiembre una magna extraordinaria de esas que se llevan ahora, quizá estamos entre el primer grupo de cofrades: pasamos un año esperando para ver las procesiones.
En cambio, si hemos pasado la Semana Santa recordando a los que están sufriendo, preocupándonos por nuestros hermanos cofrades, dedicando más tiempo a la oración, a la meditación de la Pasión, asistiendo por internet o televisión a las celebraciones, preguntándonos cómo podemos mejorar tras esto, qué tenemos que cambiar; todo ello alegres por haber experimentado un año más esa muerte en cruz por nosotros del Señor y esperanzados por esa Resurrección gloriosa, quizá estamos en el segundo grupo de cofrades: pasamos un año esperando para vivir la Semana Santa.
Espero que sean muchos los cofrades que se identifiquen con el segundo grupo y estoy seguro de que así será. Una respuesta intermedia y quizá propia de un buen cofrade sería: paso un año esperando para vivir la Semana Santa, pero me ayuda ver las procesiones y sentir ese espíritu cofrade para vivirla con más intensidad.
Ahora bien, las cofradías también tienen que llevar a cabo su reflexión y tienen que poner todo su empeño en aquello que las caracteriza, aquello que les da sentido cuando todo se vuelve en contra, aquello que haya o no procesiones, tienen que mantener y fomentar. Es claro. Primero, mirar a Dios: preocuparse por la experiencia de fe de los hermanos, fomentar la participación en cultos, charlas formativas, atención espiritual… Segundo, mirar a los hermanos: preocuparse unos por otros, sobreponerse a malos entendidos, críticas, afanes personales y presiones para vivir en fraternidad y, por supuesto, atender a los necesitados fomentando la caridad. Esto último siempre, pero sobre todo en estos tiempos tan difíciles que van a venir. Que todo esto nos lleve a la reflexión.
Que no quedan 340 días para la Semana Santa… ¡que ya ha pasado! ¡Alegrémonos por la Resurrección del Señor!
viernes, 17 de abril de 2020
Esther Ferreira Leonís
En mi tierra sus gentes abrazan la Semana Santa en las calles con todos sus sentidos. Palpita en sus venas la Pasión de Cristo, viva en el escenario que rutinariamente les emplaza cualquier día de otra época del año.
Pero este 2020 ha sido caprichoso duelo en su primavera, obligándonos a refugiarnos en nuestras casas para, desde la ventana, sufrir la condena propia y solidaria con nuestros semejantes de tener que rumorear en la lejanía el fervor de los rayos del sol, afanados en hincar su fuerza naciente, para así hacer brotar el colorido de los campos.
Y entre tanto una pregunta curiosa en la voz ingenua de un niño rebota sobre mis espaldas… ¿por qué no ha habido "Semana Santa"? Y es que aún se oye el lamento de muchos "procesioneros" por la suspensión de los desfiles, encarnando un desaliento tal que solo es comprendido cuando se ha llegado a la máxima hondura, camino del "Calvario" amparado por un hábito que se hace aliado en el trasegar de los pasos orantes hacia la búsqueda de la fe más elevada. Las cofradías y hermandades son estandarte de la religiosidad más natural, la que despierta desde las costumbres y la cultura popular, la de las vivencias más cercanas que facilitan el encuentro con el Misterio, la que se puede desentrañar a un pequeño que por primera vez asoma su atención a la realidad cultural, social y religiosa que le ha venido dada y que le acompañará en su madurez desde su propia crítica…
Y en la inquietud de esa inocencia que está descubriendo sus aledaños, otra percepción que contrasta: "La relación con Cristo no se suspende", lema de la Hermandad Franciscana de Salamanca para convocarnos a la cadena de oración el pasado Sábado de Pasión, junto con cientos de monjas franciscanas de clausura de toda España e Hispanoamérica. Porque hemos vivido la Palabra, acuciados por las circunstancias, si cabe, más hondamente, afianzando ese mensaje que ha de guiar nuestra existencia como cristianos, fijando nuestra preocupación antes en el prójimo que en nosotros mismos, y ello desde esa fe que comporta creencia en el Otro, confianza en su aliento ante las más terribles consecuencias de una pandemia desoladora. Del mismo modo Francisco Gómez ‒pregonero al que esperamos en el escenario del Teatro Liceo del próximo año‒ nos invitaba a sumergirnos en la semana más trascendental para los cristianos desde lo más íntimo, destilando desde la reflexión creyente el Evangelio, transformando el desgarro de la Pasión en alegría purificadora de Resurrección y renovación espiritual, desde esta perspectiva impuesta que nos coadyuva a interiorizar aún más nuestra esencia allende lo mundano.
Ambas visiones y esa ingenuidad niña que espera una respuesta… Y resurge entonces con claridad de un rincón privilegiado de mi memoria lo aprendido de Francisco Rodríguez Pascual y sus sucesores en la defensa de la Semana Santa procesional: la relevancia de las manifestaciones de fe y piedad populares, revestidas de connotaciones culturales, que llegan a las entrañas de los más humildes para atestiguar la vida de Dios hombre, de Dios padre, de Dios luz al final del horror que ahora acontece y aquella que ya alumbra a los que gozan de la paz de su rostro.
Otro año será, daremos testimonio de nuestra fe en las calles para hacer del mensaje de Cristo luz en cualquier mirada.
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| Los hermanos del Cristo de la Humildad realizaron sencillos altares en sus casas para la III Cadena de Oración Franciscana |
17 de abril de 2020
En mi tierra sus gentes abrazan la Semana Santa en las calles con todos sus sentidos. Palpita en sus venas la Pasión de Cristo, viva en el escenario que rutinariamente les emplaza cualquier día de otra época del año.
Pero este 2020 ha sido caprichoso duelo en su primavera, obligándonos a refugiarnos en nuestras casas para, desde la ventana, sufrir la condena propia y solidaria con nuestros semejantes de tener que rumorear en la lejanía el fervor de los rayos del sol, afanados en hincar su fuerza naciente, para así hacer brotar el colorido de los campos.
Y entre tanto una pregunta curiosa en la voz ingenua de un niño rebota sobre mis espaldas… ¿por qué no ha habido "Semana Santa"? Y es que aún se oye el lamento de muchos "procesioneros" por la suspensión de los desfiles, encarnando un desaliento tal que solo es comprendido cuando se ha llegado a la máxima hondura, camino del "Calvario" amparado por un hábito que se hace aliado en el trasegar de los pasos orantes hacia la búsqueda de la fe más elevada. Las cofradías y hermandades son estandarte de la religiosidad más natural, la que despierta desde las costumbres y la cultura popular, la de las vivencias más cercanas que facilitan el encuentro con el Misterio, la que se puede desentrañar a un pequeño que por primera vez asoma su atención a la realidad cultural, social y religiosa que le ha venido dada y que le acompañará en su madurez desde su propia crítica…
Y en la inquietud de esa inocencia que está descubriendo sus aledaños, otra percepción que contrasta: "La relación con Cristo no se suspende", lema de la Hermandad Franciscana de Salamanca para convocarnos a la cadena de oración el pasado Sábado de Pasión, junto con cientos de monjas franciscanas de clausura de toda España e Hispanoamérica. Porque hemos vivido la Palabra, acuciados por las circunstancias, si cabe, más hondamente, afianzando ese mensaje que ha de guiar nuestra existencia como cristianos, fijando nuestra preocupación antes en el prójimo que en nosotros mismos, y ello desde esa fe que comporta creencia en el Otro, confianza en su aliento ante las más terribles consecuencias de una pandemia desoladora. Del mismo modo Francisco Gómez ‒pregonero al que esperamos en el escenario del Teatro Liceo del próximo año‒ nos invitaba a sumergirnos en la semana más trascendental para los cristianos desde lo más íntimo, destilando desde la reflexión creyente el Evangelio, transformando el desgarro de la Pasión en alegría purificadora de Resurrección y renovación espiritual, desde esta perspectiva impuesta que nos coadyuva a interiorizar aún más nuestra esencia allende lo mundano.
Ambas visiones y esa ingenuidad niña que espera una respuesta… Y resurge entonces con claridad de un rincón privilegiado de mi memoria lo aprendido de Francisco Rodríguez Pascual y sus sucesores en la defensa de la Semana Santa procesional: la relevancia de las manifestaciones de fe y piedad populares, revestidas de connotaciones culturales, que llegan a las entrañas de los más humildes para atestiguar la vida de Dios hombre, de Dios padre, de Dios luz al final del horror que ahora acontece y aquella que ya alumbra a los que gozan de la paz de su rostro.
Otro año será, daremos testimonio de nuestra fe en las calles para hacer del mensaje de Cristo luz en cualquier mirada.
miércoles, 15 de abril de 2020
Álex J. García Montero
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| En procesiones como la de la Oración en el Huerto, un cofrade hace sonar una campana para pedir silencio | Foto: PdP |
15 de abril de 2020
Con cariño y afecto, al reverendo Daniel Redondo
Redondo, sacerdote operario diocesano (DEP)
Con cariño y afecto, al reverendo Daniel Redondo
Redondo, sacerdote operario diocesano (DEP)
Que no se asuste nadie; no voy a hablar de política. O sí, porque, como le digo a mis alumnos, casi desde que te levantas entra en juego la política, pues no es más que la aplicación de la ética a la consecución de la justicia en la Polis (ciudad-estado griega). En el momento que pisas la acera y el bordillo comido por la desidia de tu ayuntamiento, hace torcer tu pie y reburdias, ya estás votando o botando con el pensamiento.
Con esto del COVID-19, Coronavirus para los amigos, nuestra vida se ha paralizado. Totalmente. Salvo contadas excepciones, todos hemos hecho de nuestra casa nuestro particular presidio de Topas; eso sí, sin rejas y con internet (y demás comunicaciones, incluso las voces y cómo no, los aplausos en los balcones a toda esa pléyade de ángeles cuidadores de los más necesitados).
Pues bien, también se ha paralizado la Fiesta. Empezó levante con la Magdalena de Castellón; continuó Fallas y después la hispalense Feria de Abril y quién sabe (posiblemente) el madrilano San Isidro. De este modo, son cientos los cornúpetas no lidiados que quedarán, la mayor parte de ellos, para los gaznates de los degustadores de carne brava (ojalá pudiera probar un chuletón de un Victorino). Pero no nos engañemos, la carne de lidia sin el estrés de la secreción de las endorfinas de la lidia, no sabe igual.
De este modo, hay dos opciones. Una, planificar ingentes ferias allá por septiembre, pues ya ha habido instrucción (totalmente errónea para mi gusto) desde la Colina Vaticana. Así algunos sueñan húmedamente con la celebración de festejos taurinos sine die entre septiembre y diciembre (por qué no celebrar la Navidad con toros como en Hispanoamérica). Y, sinceramente, no va a haber tendidos ni fechas ni camas para tanto cuerno.
Otros sueñan con festejos populares con toros de empaque. Las comisiones de fiestas de pueblos ya están trabajando para intentar ofrecer saltillos, atanasios, victorinos, domeqs, murubes y no lo de siempre (la Casta Navarra es extraordinaria en esto), en las calles y plazas de sus respectivas localidades. Yo fui asiduo en Calp y La Vall d´Uixó a esos festejos estivales (incluso en mis años mozos al Toro Enmaromado de Benavente y otros como los sokamuturras de Euskadi). Incluso una vez estuve en ese "Toro Jubilo" (que no Júbilo) de Medinaceli que, cual alfarero califal, rasga con sus hachones la luna de la fría noche castellana de Medinaceli, mientras las hogueras rememoran los cuerpos santos. Grato recuerdo y algún susto. De aquella había más cuerpo y menos mente. Ahora, a la inversa.
No nos engañemos. Las ferias taurinas son cuando deben ser y tienen un sentido en sus fechas. Y los festejos populares también. Pero no podemos confundir una cosa con otra. El toreo de talanquera es, en general, anárquico y el toreo de albero es jerárquico; pero ambos son ritos que tienen lugar en sus respectivas celebraciones.
Pues en esas estábamos cuando ya llovían por los grupos de WhatsApp diversas opciones para celebrar magnas. Magna en Calvarrasa, magna en Vitigudino, magna en Abusejo, magna en San Esteban de la Sierra, magna en Arapiles, magna en Villaseco de los Gamitos, magna en La Vellés, magna en las Quilamas, magna en Puerto de Béjar, magna en Macotera, magna en Sorihuela, magna en Aldea del Obispo, magna en Sotoserrano y magna en Vecinos (que para eso eran los pueblos de mis abuelos…). Y sobre todo magna en Salamanca, pues con eso de que va a haber magnas en el Guadalquivir, ¿por qué el paletismo ilustrado de cerebro de piedra franca no va a disponer de su magna? Porque esta absurdez la han impuesto las cuadrillas y juntas de gobierno ansiosas de sacar a pasear sus varas, corbatas, pañuelos, trajes color hormiga, ebúrneos costales, zapatillas, pantalones albos y morcillas. Y cuanto menos, me ha llamado la surrealista nota del Vaticano firmada por un hombre bastante sensato normalmente tocado de púrpura y azabache, permitiendo ese cambio (a lo mejor, fiel a su nombre quería hacer algún "Saraho"), cuando si hacemos caso, habría que modificar por completo el calendario litúrgico. Sí, ya; septiembre está dedicado a la Cruz y a los Dolores de María. Y también a la vendimia, no te jode. Y no por ello vamos a procesionar cubas de Sierra de Salamanca o de Arribes por la Rúa Mayor. Y si se hace, mejor por dentro que por fuera.
Como decían los mayorales y vaqueros cuando alguien iba a tentar, y como buen maletilla lo primero que hacía era comer compulsivamente, pues ya se sabe aquello de las cornás y el hambre: ¡aquí se viene a lo que se viene!
Pero no lo duden, tras meses de hastío, espero que pasen pronto estas témporas, para que entre la cordura cual pitón de Islero en la femoral de Manolete, en las neuronas pensantes de nuestros responsables. Porque si algo ha demostrado el confinamiento en el mundo cofrade (especialmente en aquellos que martillean continuamente el "¡a esta es!") es que se ha propagado inmensamente el Parihuevirus. Y les aseguro que es muy peligroso. Porque pretender mezclar talanquera y albero es matar ambos. En septiembre es la Virgen de la Vega, patrona de Salamanca y su Tierra. Y sí, saldrá a hombros en sus pequeñas andas al son de ritmos charros. Pero no debe salir sobre trabajaderas, a menos que venga una ola de frío otoñal que suponga bufandas e implantes bucales. Y no lo olvidemos, después de septiembre, viene octubre con el circo. No queramos adelantar el espectáculo de pista y carpa, que para eso ya tenemos lo propio en la Aldehuela en nuestras ferias y fiestas. Dicen que no hay dos sin tres. Esperemos que, tras dos celebraciones programadas de circo, no haya intención aviesa de realizar una tercera. No habría profesionales para tanta función, aunque desde palacio, ayuntamiento y hostelería siempre quedarán funambulistas y trapecios.
Lo dicho; la gloria con la gloria. La penitencia con la penitencia. Las payasadas, todo el año. Como dijo el maestro (Guerra o El Gallo) al gran Ortega y Gasset: "hay gente pa’tó". Hay Papas "pa’tó". Ha cardenales "pa’tó". Hay obispos "pa’tó". Hay vicarios "pa’tó". Hay juntas "pa’tó". Hay capataces "pa’tó". Hay costaleros "pa’tó". Hay idiocia "pa’tó". ¡Cua cua!
lunes, 13 de abril de 2020
Paco Gómez
Me pregunto qué podría decirse a estas alturas que no esté repetido ya hasta la saciedad, que no haya rondado por sus cabezas, por sus dedos disciplinados transmitiendo al teclado el mensaje. Por sus oídos y pantallas. Por sus vidas. Hoy, Lunes de Pascua, es un día de vuelta a una realidad sin normalidad posible. El día siguiente a la Semana Santa más extraña que hayamos vivido nunca. No hubo actos, no hubo liturgias a las que pudieran acudir los fieles, que tuvieron que conformarse por seguirlas telemáticamente. No hubo procesiones en la calle. Ni estaciones de penitencia, ni marchas silenciosas. Ni tambores, ni bandas, ni gregoriano. Todo, eso sí, resonaba en los recuerdos, en la memoria. Seguramente fueron ingredientes de una receta que cada uno se compuso como pudo para hacer menos amargas las noches más importantes para el cofrade.
¡Un momento! Entonces, ¿no hubo nada de esto? Ahora que lo escribo miro hacia atrás y empiezo a dudar. De hecho, ya no estoy tan seguro. Posiblemente a usted le pase lo mismo. Infinidad de imágenes recibidas por todos los canales. Vídeos, fotografías, recuerdos vívidos. Es imposible que no estuviera ocurriendo. Porrom. Pom. Hábitos recién planchados y esperando pacientemente a que sus propietarios los llamaran a la fila otra vez. Pom. Flores recién cortadas. Oraciones que se vuelven a estrenar con la luna llena.
Venga, ¿en qué quedamos? Pues si ahora tengo que inclinarme por una respuesta, diría que sí, que hemos tenido todo eso. Por más vacía que estuviera la plaza de San Pedro todo siguió pasando. El humilde mutismo del Sábado de Pasión, la ilusión del estreno del que viene a redimirnos. La explosión de la mañana del Domingo (yo, de hecho, estrené unos calcetines, estoy seguro), la penitencia de la tarde, los crujidos del ímpetu costalero subiendo la Compañía. El silencio absoluto envolviendo al Cristo de los Doctrinos y a Nuestra Señora de la Amargura y volviendo al día siguiente al Patio de Escuelas. El manto de oración al paso del Flagelado y Nuestra Señora de las Lágrimas. Sí, estoy convencido que lo vi. Vi al Cristo de la Agonía Redentora sobresalir de las agujas de la Catedral y al Yacente con su pecho hinchado como una vela hacia la resurrección. Claro que lo vi. Vi a Jesús del Vía Crucis entrar en la Trinidad, a la Seráfica estrenar recorrido, a Marisa Beltrán soltar las palomas blancas de Amor y Paz junto a la Catedral. Volví a tararear al borde de las lágrimas la saeta cuando salía Jesús de la Pasión abriendo una gran procesión de la Dominicana. ¡Que sí! Me dolieron cada uno de los clavos de Jesús Nuestro Bien, cada azote, cada espada de la Dolorosa. Tragué saliva con la sangre que sudaba en la Oración en el Huerto. Me acarició otra vez la mirada del Nazareno diciéndome no importa, vuelvo a ponerte el contador a cero. Me acordé del niño que se postraba cada domingo a los pies del Rescatado y aprendía con los ojos cerrados la digna humanidad de Nuestra Señora de las Angustias. Volví a oler los pétalos que tejían un nuevo manto a la Soledad. Bajé detrás de la Hermandad del Silencio todos los escalones. Grité, al fin, ¡era cierto, Resucitó!
De verdad que sí, ahora me doy cuenta de que todo fue así. Y que además todo me lo fue contando con su media voz Fructuoso. Despacito, con paciencia: Paco, siempre nos quedará la Pascua. Siempre. De aquí al próximo 26 de marzo nos quedan muchas cosas por ver, por sufrir, pero por vivir. También esto pasará y aunque los que se fueron no podrán volver, toca seguir trabajando, apretando, esperando. Al menos a nosotros siempre nos quedará la alegría de llevar una Pascua más en el corazón.
| Las Tres Marías contemplan el Sepulcro Vacío con la cúpula de la Purísima como fondo | Foto: Pablo de la Peña |
13 de abril de 2020
"No creían ni en Dios ni en una vida después de la muerte.
Recuerdo cuando estaba de moda no creer en Dios"
(También esto pasará, Milena Busquets)
Me pregunto qué podría decirse a estas alturas que no esté repetido ya hasta la saciedad, que no haya rondado por sus cabezas, por sus dedos disciplinados transmitiendo al teclado el mensaje. Por sus oídos y pantallas. Por sus vidas. Hoy, Lunes de Pascua, es un día de vuelta a una realidad sin normalidad posible. El día siguiente a la Semana Santa más extraña que hayamos vivido nunca. No hubo actos, no hubo liturgias a las que pudieran acudir los fieles, que tuvieron que conformarse por seguirlas telemáticamente. No hubo procesiones en la calle. Ni estaciones de penitencia, ni marchas silenciosas. Ni tambores, ni bandas, ni gregoriano. Todo, eso sí, resonaba en los recuerdos, en la memoria. Seguramente fueron ingredientes de una receta que cada uno se compuso como pudo para hacer menos amargas las noches más importantes para el cofrade.
¡Un momento! Entonces, ¿no hubo nada de esto? Ahora que lo escribo miro hacia atrás y empiezo a dudar. De hecho, ya no estoy tan seguro. Posiblemente a usted le pase lo mismo. Infinidad de imágenes recibidas por todos los canales. Vídeos, fotografías, recuerdos vívidos. Es imposible que no estuviera ocurriendo. Porrom. Pom. Hábitos recién planchados y esperando pacientemente a que sus propietarios los llamaran a la fila otra vez. Pom. Flores recién cortadas. Oraciones que se vuelven a estrenar con la luna llena.
Venga, ¿en qué quedamos? Pues si ahora tengo que inclinarme por una respuesta, diría que sí, que hemos tenido todo eso. Por más vacía que estuviera la plaza de San Pedro todo siguió pasando. El humilde mutismo del Sábado de Pasión, la ilusión del estreno del que viene a redimirnos. La explosión de la mañana del Domingo (yo, de hecho, estrené unos calcetines, estoy seguro), la penitencia de la tarde, los crujidos del ímpetu costalero subiendo la Compañía. El silencio absoluto envolviendo al Cristo de los Doctrinos y a Nuestra Señora de la Amargura y volviendo al día siguiente al Patio de Escuelas. El manto de oración al paso del Flagelado y Nuestra Señora de las Lágrimas. Sí, estoy convencido que lo vi. Vi al Cristo de la Agonía Redentora sobresalir de las agujas de la Catedral y al Yacente con su pecho hinchado como una vela hacia la resurrección. Claro que lo vi. Vi a Jesús del Vía Crucis entrar en la Trinidad, a la Seráfica estrenar recorrido, a Marisa Beltrán soltar las palomas blancas de Amor y Paz junto a la Catedral. Volví a tararear al borde de las lágrimas la saeta cuando salía Jesús de la Pasión abriendo una gran procesión de la Dominicana. ¡Que sí! Me dolieron cada uno de los clavos de Jesús Nuestro Bien, cada azote, cada espada de la Dolorosa. Tragué saliva con la sangre que sudaba en la Oración en el Huerto. Me acarició otra vez la mirada del Nazareno diciéndome no importa, vuelvo a ponerte el contador a cero. Me acordé del niño que se postraba cada domingo a los pies del Rescatado y aprendía con los ojos cerrados la digna humanidad de Nuestra Señora de las Angustias. Volví a oler los pétalos que tejían un nuevo manto a la Soledad. Bajé detrás de la Hermandad del Silencio todos los escalones. Grité, al fin, ¡era cierto, Resucitó!
De verdad que sí, ahora me doy cuenta de que todo fue así. Y que además todo me lo fue contando con su media voz Fructuoso. Despacito, con paciencia: Paco, siempre nos quedará la Pascua. Siempre. De aquí al próximo 26 de marzo nos quedan muchas cosas por ver, por sufrir, pero por vivir. También esto pasará y aunque los que se fueron no podrán volver, toca seguir trabajando, apretando, esperando. Al menos a nosotros siempre nos quedará la alegría de llevar una Pascua más en el corazón.
domingo, 12 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Domingo de Resurrección
P. José Anido Rodríguez, O. de M.
| El Lignum Crucis de la Vera Cruz proclama el triunfo sobre la muerte en el Domingo de Pascua | Foto: Pablo de la Peña |
12 de abril de 2020
Hoy repican las campanas, repican en el atrio de la catedral, repican en las manos puras de los niños. Hoy es domingo, día doce de abril, hoy es Domingo de Resurrección. Y, como todos los años, María Santísima se despoja del luto al encontrase con su Hijo, con el Hijo, resucitado y vencedor de la muerte. Un encuentro íntimo del que pudorosamente callan los Evangelios, y al que, sin embargo, queremos asomarnos cada primavera. Por esto, cada Domingo de Pascua, desde la iglesia de la Vera+Cruz, parte esta procesión de resurrección que culmina en el gozoso baile entre los corazones de María y Jesús, del Redentor y de su Inmaculada Madre. De la misma iglesia que había contemplado el desenclavo, desde la que, después, había salido la urna con el cuerpo del Señor yacente, sale ahora aquel que es fuente de vida y salvación. La historia no ha terminado en el Viernes Santo, sino que es la mañana dominical la que escucha la palabra definitiva del Padre.
Hoy no podemos permanecer encerrados en la tristeza, aunque esta lacere nuestros corazones. En este oscuro año de 2020, debemos seguir celebrando la resurrección del Salvador. Debemos hacerlo cada uno en nuestro hogar, manteniendo la alegría profunda de los redimidos por el amor de Dios. Parece absurdo a ojos del mundo celebrar la vida en medio de la muerte, en medio de la oscuridad y de la angustia, pero esa es nuestra esperanza. Por eso en la noche de Pascua encendemos la luz del cirio pascual con las luces de la iglesia apagadas: solo la luz de Cristo es capaz de vencer las tinieblas que nos encadenan. Y no es esta una creencia ingenua: el Resucitado lleva en manos, pies y costado las llagas del Crucificado. Nosotros también, al celebrar la vida divina que nos transforma y nos une a Dios, llevaremos sobre nosotros las heridas de esta lucha incesante, de la enfermedad, de las heridas de tantos seres queridos que, a lo largo de esta pandemia, nos han abandonado. Y por esto mismo, necesitamos más que nunca la mirada redentora, sanadora, del Señor.
Estos días nuestros hogares se han transformado en Jerusalén, ciudad santa, para celebrar la pasión y la muerte de Jesús. La contemplación del huerto de los Olivos, de la casa de Caifás, del Pretorio y la Vía Dolorosa, de la Cruz sobre el Calvario, la hemos realizado unidos en nuestra iglesia doméstica. Hoy tenemos que dar un paso más: nuestras casas tienen que convertirse en aquel huerto donde todo fue hecho de nuevo, donde se abrió la tumba, y la vida misma iluminó al mundo. Ese huerto que año tras año se recreaba en el atrio de la catedral ante la mirada atenta de tantos cofrades y fieles, hoy surge en nuestros salones, habitaciones y pasillos, en vez de en las calles de nuestra ciudad Salamanca. La familia se reúne también para celebrar la resurrección. Esa célula básica que muestra al mundo el amor de Padre e Hijo, que muestra ese amor mismo que es el Espíritu Santo, debe celebrar el amor derramado en la redención de todos nosotros. El cimiento firme sobre el que edificamos nuestra existencia es Cristo. Él nos ha prometido compartir su vida misma, la vida abundante de Dios. Hoy es la mañana clara en la que la promesa deviene realidad, que contempla con su nueva luz, cómo la muerte y la enfermedad han sido vencidas en la noche, una "noche amable más que la alborada" como cantó el poeta santo.
Para celebrar esta Pascua tenemos el ejemplo de la primera comunidad: estamos como los apóstoles confinados en el Cenáculo, con miedo, con las puertas y ventanas cerradas. El Resucitado se encuentra con nosotros y nos duele no poder salir a plazas y calles a anunciar su victoria. Debemos hacer como ellos, reunirnos alrededor de María, nuestra Madre, en oración, debemos seguir escuchando la palabra de Dios, alimentándonos con ella, debemos seguir unidos por medio del Espíritu. Y así, cuando menos lo esperemos, llegará el día de un nuevo Pentecostés, a lo mejor, sin esperar el término de la cincuentena pascual: así florecerá de nuevo la primavera, y el Espíritu Santo, al que estamos llamados a custodiar en el sagrario de nuestros corazones, nos llenará de gracia y, abiertas las puertas y las calles, podremos llenar nuestra ciudad de la vida, de la luz del Señor. Hoy toca celebrar separados, cada uno en su casa, pero que este día sea símbolo no solo de la Pascua definitiva, sino también del día gozoso en el que, en persona, podamos volver a saludarnos así: "¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!".
viernes, 10 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Sábado Santo
Ángel Benito
| El Cristo de la Liberación porta una rosa negra en su mano derecha durante su desfile penitencial | Foto: Pablo de la Peña |
11 de abril de 2020
La noche está profunda. De fondo se escuchan vivas de admiración, ¡guapa!; alguna saeta roza el viento, pétalos caídos sobre Nuestra Señora de la Soledad. De frente, el entierro, escenificado desde Fonseca donde el Cristo de la Liberación llena de luto la ciudad. Escenario universitario y monumental que ha vuelto a ser el hospital de campaña para auxiliar a pacientes de COVID-19. Desciende la obra de arte de Vicente Cid con una rosa negra extendida sobre la palma muerta. Lo hace con un escaso séquito, pero numeroso si se tiene en cuenta la compañía que viven estos días los que pierden la vida. El sacerdote diocesano, Leo Ramos, uno de los curas del siglo XXI que más entienden la realidad cristiana de hoy en día, trasladaba el dolor que experimentaba en unas despedidas que se suceden de forma infinita en una soledad abrasadora. Entierros con cientos de flores que no tienen quien las porte, la soledad en su máxima presencia que ha acabado hasta con un ritual tan humano como es el de la muerte.
Dos imágenes se suceden en cuarentena. El luto que pasea la Virgen de la Soledad forrado de un clima de alegría que anticipa la esperanza y el lúgubre último paso de la estancia de Cristo entre los mortales. Carreras por llegar a ver ambas escenas y poder contarlas en el papel un Domingo de Resurrección. Se echan de menos esos nervios. Como esa imagen de contraste entre los balcones llenos de alegría e himnos populares y los enfermos críticos que pelean por agarrarse a la vida. Dicotomías de una cuarentena. De la vida y la Semana Santa. Ya llega a la Plaza Mayor la Madre, este año más pronto que nunca, mientras el Hijo ha concluido la empinada cuesta de Cervantes. Ya han sonado las voces del coro y los banzos tocan hueso.
Tres velas alumbran la Puerta de Ramos de la Catedral Nueva. En ese tributo silencioso y solitario que se hace por aquellos que han fallecido en esta cruel pandemia, por los enfermos y por aquellos que trabajan estos días para que el mundo no se pare. Héroes que ayudan a que haya más rosas blancas que negras. La tarde ya llega y en Pizarrales el Cristo de la Vela y la Virgen del Silencio ofrecen aún más fuerte esa dicotomía que el historiador y pregonero de la Semana Santa Francisco Javier Blázquez definía así: "El Cristo Muerto del día del silencio está anunciando el triunfo de la vida. Al margen de la Teología, la explicación del pueblo resulta inapelable". Porque mañana la ciudad seguirá sin despertar del silencio y las procesiones de Semana Santa seguirán siendo vulnerables a un riesgo que no estaba previsto ni en las cabañuelas más estudiadas. Habrá que esperar para ver la Pascua florida. Pero llegará.
Y entonces... podremos llenar de flores blancas la vida sin olvidar que hubo una Semana Santa en la que solo pudimos poner rosas negras a tus pies.
Especial Semana Santa 2020 | Viernes Santo
Pedro Martín
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| Dos niños contemplan la procesión de Jesús Rescatado en la tarde del Viernes Santo | Fotografía: Manuel López Martín |
10 de abril de 2020
Es Viernes Santo. Es fiesta, aunque no lo parece, es el triunfo de la Cruz. Muere Jesús en ella, por todos nosotros, y celebramos su pasión con la esperanza puesta en él, en su resurrección.
Viernes Santo bien diferente en las formas que no en el fondo, sin pasos en las calles, por motivos bien diferentes a los de otras ocasiones, pensemos que ha llovido, que estamos acostumbrados.
10 de abril fue también el Viernes Santo de 1998 y 2009, los últimos en la memoria. 1998 fue también el último año que la Hermandad Dominicana desfiló en la tarde del Sábado Santo al no poder hacerlo en la madrugada.
10 de abril de 2020, santo y viernes. Comencé el día como en mi juventud, escuchando por la radio la retrasmisión de la "madrugá" de Sevilla, sin imágenes, solo sonidos que llegan al alma y te hacen volar la imaginación aflorando sentimientos de lo más hondo del corazón.
Comenzaba el Viernes Santo rezando, igual que había terminado el jueves, en la hora santa de la parroquia, acompañando a Jesús en el Huerto de los Olivos en la soledad más absoluta, frente al Padre, pero con el Padre. Es ese sueño de los apóstoles que será recordado en la tarde del día siguiente que viene del Carmen de abajo y que veré pasar desde la puerta de San Pablo.
Evocación de la noche más hermosa del año, que me trae recuerdos de infancia cuando mi padre me despertaba, con cariño, y yo me levantaba sin pereza, para ir a ver la Dominicana, con sus caballos, sus colores, sus sonidos de campanillas y su chocolate con churros en las tres GGG, para saborear de nuevo el calor de las sábanas hasta bien entrada la mañana.
Mañana de Viernes Santo, mañana de nervios sin duda en los años que me ha tocado estar al frente de mis hermanos en la Congregación, ¿todo listo? Rezo del viacrucis y a comer.
Comida de potaje, siempre potaje, de mi abuela, de mi madre, de mi suegra, de mi mujer. "Mujeres de Jerusalén, no lloréis por vosotras sino por vuestros hijos", les dice el Nazareno de San Julián a sus acompañantes en el paso que veo pasar por el Gran Hotel mientras espero con las Angustias.
Tarde de Viernes Santo, tarde de oficios preparatorios para la procesión, con mi abuelo. Solo coincidimos en la salida del año 75, desgraciadamente no tengo documento gráfico; con mi padre, con mi hermana, con mi hija, con mi hijo; quizá algún día con un nieto, acompañando a Jesús Rescatado y a Ntra. Sra. de las Angustias. Y con mi madre y mi suegra siempre en las filas alumbrando. Qué importante mantener la luz siempre encendida.
Tarde de espera en las Úrsulas, viendo pasar de niño pasos y pasos de la Vera Cruz que tan solo disfrutaba aquellos instantes, pasión viva de Cristo en preciosas escenas, presentadas a la ciudad para trasmitir la verdad del Evangelio. Él sufrió por nosotros, dio la vida por nosotros, nos redimió muriendo en la cruz, cruz de la que es bajado en el Acto del Descendimiento, al que si acudí en la mañana del viernes en alguna ocasión.
Ya enterramos a Jesús, ya lo metimos en la urna, ya lo veo a la puerta de la Catedral esperando cuando paso cargando con Ntra. Sra. de las Angustias por primera vez en el año 88. ¡Cuánto tiempo ha pasado, mi Señora! Este año volvía a poner mis hombros a tu servicio. El que viene, si Dios quiere.
Termina este Viernes Santo tan atípico en el Corrillo, despidiéndonos de "San Julián" y deseando a voz en grito: "Salud para otro año, hermanos".
jueves, 9 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Jueves Santo
Andrés Alén
09 de abril de 2020
El Jueves Santo siempre amaneció con buena cara, risueño, será por aquello del día del amor fraterno, por la luna llena de Parasceve en lo alto, o ya muy cercano, en mi casa, por los cuatro hábitos blancos recién planchados ocupando el salón como el velamen de un barco dispuesto a navegar.
En mis recuerdos, mañana de algarabía en el Arrabal, los pasos colmados de flores. Los hermanos punta en blanco, últimos tallajes por si los nervios han cambiado la estatura. El chocolate compartido en conversaciones amistosas. Y el Cristo allí mirando con su muerte dulce, que casi no es muerte de lo poco que pesa.
La tarde es de iglesia blanca a rebosar y alimento de eucaristía. Se abren las puertas y comienza la marcha penitencial con un baño de luz rasante y dorada que lo inunda todo. El toque de la campana de la iglesia vieja, que se porta a hombros jóvenes. El silencio prometido y hermanos vamos que la ciudad le espera.
La peculiaridad más salmantina del Jueves Santo y la más solemne sucede en la capilla de la Universidad, donde se recrea el antiguo ceremonial de la Cena del Señor en los oficios de Semana Santa. En la primorosa filigrana de la urna de Jueves Santo se realiza la reserva del Santísimo, asisten, toga, muceta, birrete y medalla los doctores y debo decir que desde hace ya bastantes años los acólitos que ayudan en estas ceremonias son una pequeña sección del Cristo del Amor y de la Paz con sus hábitos.
Si la Semana Santa Salmantina hubiera caminado siempre por sendas colindantes con las de su Universidad, o esta se hubiera acercado más a sus ceremoniales, no me cabe duda de que tendríamos una Semana Santa diferente e identitaria. Pero no pudo ser. Solo queda un bello Martes Santo, Luz y Sabiduría, con muy relativa participación del Estudio.
Volvemos a las calles: El primer desfile de la tarde viene de San Bernardo, o venía, pues parece que no acaba de acoplarse en su parroquia trinitaria. Asistí a su estreno una fría mañana Se denominó del Vía Crucis y rezaba sus estaciones a la puerta de cada iglesia por donde pasaba. Portaba una imagen, copia digna del Medinaceli, después se sustituyó por otra nueva del Ecce Homo, que no mejoraba. Opino que este loable intento de instaurar cofradías de barrio ha conseguido un cierto entusiasmo, casi exclusivamente, en el vecindario, pero adolece de una estética propia, un estilo, una imaginería homologable con en marco excepcional que las acoge. Siempre hay que preguntarse ante una cofradía nueva qué aporta, y las respuestas determinan su razón de ser.
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El primer motor de ella fue el catalán de Amposta Inocencio Soriano Montagut, quien en 1935 obtuvo la plaza de profesor en la Escuela de Artes y Oficios de Salamanca, de la que fue director, y estableció en el patio de Escuelas una incipiente escuela de imaginería con González Macías y Álvarez Villar. Como profesor de artes y oficios influyó en otros destacados escultores salmantinos. Los pasos que mantiene esta seráfica hermandad son el Prendimiento de Villar, Jesús ante Pilatos, de Macías, El Cristo de la Agonía, antes del Perdón, de Villar, y la Dolorosa, de Montagut.
Esta escuela repartió sus obras por toda España, principalmente Asturias. Estamos en el nacional catolicismo y había que responder a la demanda. Los pasos de la Seráfica son muy desiguales, grandes aciertos y algún fiasco. Estos sustituyeron a los antiguos, un prendimiento de imitación salcillesca, sin valor, y dos obras maestras: la Dolorosa de las Agustinas de Carmona (que fue sustituida por la de D. Inocencio, más barroca, dramática y carnal, con una magnífica policromía) y, posiblemente el mejor crucificado salmantino, Cristo de la Agonía de Pérez de Robles, D. Bernardo. Como apostilla pienso en que si esta escuela salmantina hubiera incorporado escultores charros más a la vanguardia de la figuración, Venancio Blanco, Núñez Solé, Mayoral…, podríamos haber tenido una aportación trascendental a nuestra Semana Santa.
Sigue subiendo Compañía, la calle más bella del mundo y más semanasantera. Se han incorporado algunos penitentes de cruz pesada y cadenas (por si nieva, perdón por el chiste, pero algunas cosas me parecen de otro tiempo) Yo me quedo con aquellos recuerdos.
Habíamos dejado a la Hermandad de Amor y Paz cruzando el puente o ya subiendo Tentenecio a pulsos de un solo corazón. Me dijo un amigo del cine que era la procesión más cinematográfica de todas. Yo también creo en su fotogenia, que no siempre se elige, pero que suele ser un acierto de la estética. Itinerario, la hora de su luz, encuadre, el contrate del blanco en la noche, la juventud radiante, el no parecerse a otras…
Sube Tentenecio la Madre de más de cien hermanas de carga, que la llevan como si fuera el aire exhalado en su respiración. Es lo mejor del paso, ese pie de flores.
Cuando el Cristo entra en la catedral suena el órgano de Echevarría y el raseo zapateado de los hermanos. Hacia lo alto el crucificado se proyecta sobre la crucería como en la perspectiva de Masaccio, que inauguró la nueva forma de ver renacentista. Ante la Piedad, ante el Santísimo, ante la Soledad, se va clavando dentro tanta belleza, que casi siempre es nuestra forma de orar. Plaza de Anaya, la Palabra, silencio y oración, frente a la ciudad entera, vuelan las palomas como el verbo, como la paz.
También aquí recuerdo otros tiempos, la marcha penitencial como una marcha triunfal, que llegaba a una plaza que la recibía apagada para que solo luciera él. Como en otro recuerdo anoté una fecha de comienzo de un declive. De todas formas, en Libreros nos dejaban solos y es que la jornada ya pasaba varias de sus horas al Viernes Santo. Quien se acercaba como un imán embelesado nos acompañaba hasta el final en el Arrabal, que siempre era de abrazos por haber cumplido con la singladura que se nos demandaba.
Fin por hoy de este mí modesto escalofrío.
* Ilustraciones: Andrés Alén
miércoles, 8 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Miércoles Santo
F. Javier Blázquez
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| Cristo de la Agonía Redentora, que debería procesionar en la madrugada del Jueves Santo | Fotografía: Pablo de la Peña |
08 de abril de 2020
Hoy es Miércoles Santo y no salen las procesiones. Este año ninguna, en ningún lugar. El flagelo del coronavirus nos ha recluido por tiempo indefinido. Ya llevamos casi un mes y no sabemos cuánto quedará aún. La mirada de ese Jesús que recoge sus vestiduras tras los azotes hoy es reflejo de todos aquellos que sufren, los que padecen la enfermedad, aislados, los que quedan sin trabajo por la pérdida de actividad, los que no pueden trabajar porque todo está cerrado y ven cómo su vida se tambalea entre incertidumbres. Dios, ahora y siempre, es azotado en el hombre que soporta la tragedia de la desolación.
Hoy es día de lágrimas. Lágrimas que aparecen surcando el rostro de los familiares que entierran a sus seres más queridos sin el desahogo de un último acompañamiento en el velatorio, sin el consuelo del funeral. Son rostros nombres que todos llevamos en el corazón, como Javier en Compostela, María José en Ávila, Miguel en Peñaranda, Fernando y Marga en Salamanca… Al dolor de la pérdida se suma la impotencia de no poder estar, de no cumplir con algo tan humanamente necesario como el despedir a quien tanto se ha querido. Nuestra Señora hoy no llora por las calles de Salamanca, lo hace escondida y sus lágrimas son las de quienes ya no pueden ni llorar porque sus ojos se han secado.
Agoniza la noche del miércoles en Salamanca, madrugada hacia el jueves del amor. Cristo transita por las calles fantasmales sin nadie que lo lleve ni acompañe, sin nadie que lo pueda contemplar, sin nadie, sin absolutamente nadie. Un Cristo escuálido y enjuto, reseco por el sufrir del hombre, que es el suyo, muere en la cruz para que vivan los agonizantes, los 14000 que a día de hoy nos dejaron en España, los más de 80000 en el mundo. Miércoles de dolor y de agonía, la de tantos hermanos que la pasan sin los suyos, en la más inhumana y obscena de las soledades, esperando el alba de ese jueves fraternal que reconcilia al hombre con el Padre y el prójimo en la espera de la vida perdurable.
Mientras tanto, la muerte se enseñorea implorando su misericordia, la de Dios. ¿Tanto mal hemos hecho, Señor? ¿Por qué tanto sufrimiento? ¿Por qué tanto dolor? Sabemos que la respuesta está en nosotros, lo sabemos desde siempre y aun así nos revolvemos una y otra vez, olvidando qué es el amor. Pero es tan duro todo esto… perder al amigo sin poder despedirlo, sin mirar siquiera el féretro donde yace confiando en tu misericordia. Cuántas veces nos lo dijo él, nuestro Fructuoso del alma. Preguntemos al hombre, que Dios ya hizo su parte muriendo, que esto es ya es cosa nuestra...
Es cosa nuestra, porque la redención ya se consumó. En los tiempos históricos cuando estos llegaron a su plenitud, en la Semana Santa un año y otro y otro, aunque no haya procesiones ni te pueda ver siquiera en la catedral, Cristo mío, ni me dejen postrarme a tus pies el Viernes Santo para decirte sin que nadie pueda escucharlo, Señor, que aquí seguimos flagelados por la vida que se nos muestra maldita, con lágrimas transidas por el dolor, agonizando junto ti en comunión con los hermanos, mientras esperamos en tu misericordia la redención.
martes, 7 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Martes Santo
Félix Torres
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| Hábito de la Hermandad Universitaria del Santísimo Cristo de la Luz y Nuestra Señora de la Sabiduría |
07 de abril de 2020
Hace poco más de tres minutos que ha sonado el despertador y sigo remoloneando en duermevela entre la calidez de estas sábanas que en los últimos días apenas saben cuál va a ser su hora de trabajo.
Sigo quieto, tan a gusto con los ojos entrecerrados, que daría cualquier cosa por no tener que levantarme. Por seguir aquí como si esta fuese la mañana del domingo. ¡Qué digo del domingo! ¡Como si fuese la mañana de anteayer, Domingo de Ramos!
¡Ah! ¡No! De Ramos no, que hubiera tenido que levantarme para la misa, para celebrar que un año más un grupo de amigos, de hermanos, agitamos nuestro ramo de laurel dando la bienvenida al Salvador… que nosotros sabemos por qué lo hacemos. Y nos saludamos. A algunos como si hiciera un año que no les vemos. A otros, porque hace un año que no les vemos. Abrazos, comentarios, novedades… y chocolate con churros. ¡Qué bonita tradición!
Tengo que espabilarme. No sé qué me pasa este martes, que es como si una pesada losa me anclase a la cama sin apenas permitir que me mueva. Vamos, que ya es martes, nuestro martes, me dicen desde el salón quienes llevan más de tres semanas soportando mis horarios, mis jornadas maratonianas al pie de tantas camas que no he podido ni aprender el nombre de mis pacientes. Yo. Que siempre presumí de conocerlos por sus nombres. De tratarlos como si fuéramos conocidos de siempre… Y ahora, veo a conocidos de toda la vida y apenas puedo pronunciar sus nombres.
Pero hoy es martes. Hoy es el día. Esta tarde, de anochecida ya, agarraré hábito y alpargatas y me iré hasta la Clerecía como siempre, caminando sin prisas, saboreándolo. Y saludaré a Luis y a Miguel Ángel, como siempre. Abrazaré a Manolo y daré dos besos a Azucena. Siempre lo hacemos. Somos compañeros. Y a los demás, claro. Saludos y expresiones efusivas cargados de ese gusanillo nervioso que nos ronda por dentro en esos momentos en que ya vamos a agarrar nuestra cruz. ¡Nuestra cruz! Para salir a dar testimonio. Para orar y prometer no solo silencio sino nuestro compromiso con los demás. Nuestro contrato moral con cuantos nos rodean. Nuestra entrega, que va más allá de lo que dice esa oración que tras tantos años, casi la sabríamos de memoria.
Sigo entre sueños, pero debo levantarme. Son las siete de la tarde. El reloj no espera y debo ir vistiéndome, que dentro de nada pasan a recogerme. Me aseo. Una ducha rápida para quitar ese dolor que no se va desde que cargué con aquella anciana para echar una mano. Un poco de crema en la cara para mitigar esas marcas de unas gafas que se clavan más allá de los huesos. Y a tomar un café bebido en un par de sorbos mientras pienso en todo lo que me espera. Mascarilla, tensión, gafas protectoras, impotencia, bata, esperanza, calzas, ilusión, gorro, piedad…
Sí. Soy de la Hermandad Universitaria y sé con certeza que nuestro Cristo de la Luz y Nuestra Señora Madre de la Sabiduría me acompañan. Pero hoy, Martes Santo de dos mil veinte, soy médico y voy a cubrir la procesión entre camas y enfermos. Porque hoy también sale la procesión para mí y para tantos otros que damos cuanto sabemos para devolver lo que nos dieron.
Lo dice la Oración y es mi compromiso.
lunes, 6 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Lunes Santo
Ana Pedrero
06 de abril de 2020
Es medianoche de este Domingo de Ramos que ya apunta a Lunes Santo. Aquí, en Zamora, la lluvia cae como con prisa sobre las calles desiertas, sobre esta plaza mía que despunta en primavera mientras el mundo se ha detenido.
Llueve como aquel primer Lunes Santo en que acudí a la capilla dorada para seguir el rastro, la sombra de la Cruz del Cristo de los Doctrinos, mi Cristo, aquel cuyo empeine se hizo a la medida de mi mejilla, cuyos dedos desgastaron los besos, no los siglos. Mi Salamanca Santa.
Llueve como aquel Lunes Santo pero no es la misma lluvia, ni el mismo tiempo, ni aquella espera, ni la duda sobre si abrir o no las puertas, ni el revuelo de túnicas y capas ni aquel dolor cuando todo quedó suspendido y rezamos de puertas adentro. De puertas adentro, así como vivimos, aunque no podamos contener la primavera. Hoy no hemos mirado al cielo, este cielo que cada noche multiplica sus estrellas mientras la tierra se abre de dolor, herida, y los que se marchan nos alumbran desde lo alto.
Hoy el Campo de San Francisco amanecerá desierto y solo el aire se apostará junto a las piedras de la Vera Cruz llamando con sus nudillos a unas puertas que no se abrirán. Solo el agua hará procesiones por las calles de una Salamanca que ha guardado túnicas y caperuces pero late viva tras las puertas y ventanas.
Está vacía la capilla, apagadas las velas, reposado el incienso, en flor los cardos; dormido nuestro Cristo Dormido, el que nos abraza desde la Cruz; tanto silencio, tanta quietud en este Lunes Santo que no parece Lunes Santo.
Quizá sea ésta la penitencia de un mundo que jugaba a ser Dios y se ha paralizado ante un enemigo invisible, esta realidad tan brutal que parece ficción. Quizá íbamos descalzos por la vida sin saberlo, arrastrando cadenas pesadas que nos ataban a la tierra y a todo lo material sin dejar su lamento contra las losas, sin avisarnos. Quizá sea la libertad este confinamiento, santo este viaje interior que emprendemos en soledad, ahora que todo es tan incierto y los días tan largos.
Pero es Semana Santa y Dios ha regresado hecho hombre para morir y resucitar entre los hombres, entre nosotros. Quizá no lo sabíamos, pero nunca había sido tan santo como ahora este tiempo. No lo imaginábamos, pero nunca habíamos estado tan cerca de Cristo, cargando con su Cruz.
Quizá no lo sepamos, pero cada tarde a las ocho pasa por las calles de la Salamanca inédita, la Salamanca vacía, y nos llama a la vida y a la esperanza porque es la Vida, porque se alzará sobre tanta muerte, sobre tanto dolor.
Y yo desde aquí, tan cerca, tan lejos, cierro los ojos y regreso siempre a tus pies, poso mi mejilla en tu empeine, rezo hacia dentro, beso tu dedo regresado a la madera y te sueño llenando de Luz este mundo tan a oscuras; consolando a una ciudad que hoy hace procesión desde casa, que nunca te sintió tan cierto sin salir de tu capilla, sin descender de la Cruz.
Amor mío, Cristo de los Doctrinos que sostienes en tus brazos Salamanca entera.
domingo, 5 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Domingo de Ramos
Abraham Coco
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| La Hermandad de Jesús Amigo de los Niños celebra este año su 75 aniversario | Fotografía: Manuel López Martín |
05 de abril de 2020
Para ser exactos, don Primo tuvo 18 nietos. Pedro Luis, Marta, Ignacio, Elena, José Luis, María, Rosa Estrella, Susana, Pedro Alfonso, Cristina (†), Alberto, Esther, Javier, Javier, María, Pablo, Andrés y María, aunque a estos dos últimos no llegó a conocerlos. Pero, en cierta manera, todos somos nietos de don Primo. Primo Andrés Ramos González (Salamanca, 1912 – 2001) dio al Domingo de Ramos una Borriquilla que sigue siendo puerta de entrada 75 años después. No podía ser de otro modo con ese apellido. Con ella nuestra Semana Santa pone siempre las primeras letras, la ilusión renovada, los nervios del debut. Pero hoy no hay hábitos ni palmas para estrenar. No hay bullicio infantil en las naves de la Catedral… ni disputas adultas por el laurel. ¡A qué sabrán ahora nuestros guisos! Y, sin embargo, es Domingo de Ramos según el evangelio de san Mateo.
Nada es lo mismo sin la procesión. Lo supo don Primo. Por eso en aquel 1945 de fundaciones efervescentes hoy tan arraigadas creó la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños. De los niños que desde entonces hemos sido. De aquellos niños de la posguerra que a esta hora pelean en las camas de residencias y hospitales por vencer a un virus que se lleva cada día a casi un millar de los nuestros. De los hijos de esa generación valerosa, de sus hijos, los hijos de estos y así hasta este 2020 en el que la idea de don Primo tiene más vigencia que nunca. Cuántas vocaciones cristianas se perderían sin nuestras cofradías.
Lo supo don Primo quien, junto a otros seis maestros, formalizó un proyecto que habían estimulado la Junta Pro Semana Santa y el Obispado y que reunía a todos los escolares y colegios de la ciudad. Lo supo don Primo tres décadas más tarde, cuando perseveró con Froilán y los héroes de los 70 para evitar que la Borriquilla se fuera al garete. Lo supo cuando la vio a hombros por primera vez y cuando, siendo el único de los fundadores que seguían al pie del cañón, se convirtió en hermano mayor honorario hasta su muerte.
Escribía Daniel Cuesta SJ la semana pasada que el mayor tesoro de las cofradías, junto a sus imágenes titulares, es su patrimonio humano. También lo creo. Don Primo, como ese puñado de bernardos y tomases, fue en sí mismo la cofradía. Sus viviendas eran la sede de la hermandad y el taller de hábitos en vísperas de cada procesión. Una forma de organización que hoy carecería de sentido, pero que fue entonces la única garantía de supervivencia.
Los nietos de don Primo nos quedamos en casa esta mañana, deseando estrenar un pico de contagios que permita "doblegar la curva". Nos quedamos en casa, mientras resuena más que nunca ese "dejad que los niños se acerquen a mí". Muchachos como los de Jesús Despojado, que sin darnos cuenta va sumando años y empieza a dejar atrás la infancia. Muchachos como los del Cristo del Perdón, tan solo en las Bernardas, tan imponente en su vía crucis por el casco antiguo. El único desfile de este 2020 sin indultos. En estas semanas de confinamiento parece que el gesto resultaría más necesario que nunca.
¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!
sábado, 4 de abril de 2020
Especial Semana Santa 2020 | Sábado de Pasión
J. M. Ferreira Cunquero
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| La procesión de la Hermandad Franciscana a su paso por el Patio Chico | Fotografía: Vicente Sierra Puparelli |
04 de abril de 2020
Nada nuevo se habría contemplado en el corto, sencillo y austero cortejo de la Hermandad Franciscana de Salamanca en el anochecer de este Sábado de Pasión salmantino. Nada nuevo, porque quienes formamos parte de esta hermandad aspiramos a que todo permanezca tal cual es, sin añadidos ni innovaciones que desvirtúen una marcha penitencial que propugna una sencillez que la define. ¿Para qué más?
Y en la calle, con extrema puntualidad, aspiramos a estar el menor tiempo posible. Nuestro cometido fija su atención en conseguir, entre otras cosas, esos donativos que cada año hacemos llegar directamente a la Custodia Franciscana de Tierra Santa. A este fin primordial, añadimos la promoción de las peregrinaciones a las Tierras de Jesús y nuestro compromiso en alzar la voz contra la persecución que sufren los cristianos en el mundo. Todo lo demás son elementos que, dentro del campo de las coordenadas de la religiosidad popular, complementan nuestra propia idiosincrasia.
Simplemente queremos cumplir lo que nos pide el Papa: Los problemas de los cristianos de Tierra Santa han de ser los problemas de todos los cristianos del mundo.
Pero, cuando el sábado hinque en la Pasión, como una saeta, el alma en nuestro sentir cofrade, las calles del interior se iluminarán con la destellante luz de las antorchas, y el pesado paño caerá sobre los hombros del tiempo y de la vida. La noche encelada en neblinas y sueños abrirá sus recintos y, misteriosamente, las campanas de San Martín tocarán en el corazón más sensible de las horas.
Esta noche los conventos de clausura franciscanos, desde todas las tierras y lugares de España e Hispanoamérica, unirán a nosotros esa santidad que, en las mujeres desposadas con Cristo, emite la promesa de amor, en dulce entrega, por medio de la oración que ayuda a salvar al hombre.
La Hermandad Franciscana del Santísimo Cristo de la Humildad buscará, en la sencillez de los hogares, el perfume conventual de las Palomas de San Francisco (así llamaba fray Romualdo Fernández Ferreira a las monjas franciscanas) y, en la unión universal de la palabra elevada al Padre, nos encontraremos ungiendo cuanto somos y tenemos en el plácido y austero esplendor franciscano.
El canto gregoriano inundará las rinconadas en nuestras querencias, mientras el Cristo de la Humildad buscará a quienes en estos días sufren la Pasión de una plaga que extiende por el calvario de la vida el poder de la tristeza. El Señor con hondura los acogerá, con plena seguridad en el abrazo sincero de su esperanza.
Esta noche, te animamos, amigo lector, hermano nuestro, a unirte a las 22:00 horas, después de encender una vela, a rezar por la paz en el mundo, recordando a los más de 245 millones de cristianos perseguidos por toda la tierra. De forma muy especial, te invitamos a abrazar con esta oración a quienes sufren la pandemia, a todos los fallecidos y a sus familias.
La pasión y el sufrimiento que supone nuestro caminar por este calvario lleno de cruces y hedores a pena, está a punto de rendirse ante la PASCUA que pondrá, en nuestros ojos, al Señor que por nosotros erradica la muerte, indicándonos el camino seguro de su REDENCIÓN.
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