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lunes, 29 de junio de 2020

Isabel Bernardo

Imagen del Cristo manco de Isabel Bernardo, que la acompañó en el pregón de la Semana Santa de Salamanca de 2015

29 de junio de 2020

La pandemia, emocionalmente, me puso al límite. Y utilizo el singular, aun sabiendo que muchos otros, muchísimos, se sintieron como yo. Sin embargo no me atrevo a pluralizar cuando se trata de ponerle palabras a un sentimiento, tan íntimo y doloroso, que probablemente mi alma lo haya enquistado en sus adentros ya para siempre. En pocos días nuestro alrededor se llenó de enfermedad, de miedo y de muerte. La soledad se hizo terriblemente esférica y el silencio, inalcanzable. Solo la oración me ofrecía un tiempo de bálsamo. Eran oraciones lentas, muy lentas; oraciones que se iban deteniendo en cada palabra multiplicando las súplicas. Pero mis plegarias continuamente se veían interrumpidas por las noticias de nuevos fallecimientos. La muerte sobre la muerte, haciéndose una cifra dramática y mentalmente inasumible. La muerte dentro de una soledad devastadora a la que no estábamos acostumbrados.

La imagen en el pensamiento de estas agonías, tan solitarias y sin abrazo, me llevó a la imagen del Cristo manco que tengo en mi casa. Una pequeña talla que mi suegra tenía en su mesilla de noche y a la que siempre le faltó un brazo. Cuando mi suegra falleció la advertí en el acopio de esas "cosas para tirar" que se dan cuando "se levantan" para siempre las casas. Yo lo rescaté de entre aquellos trastos como un precioso bien, y ante Él escribí mi pregón de la Semana Santa de Salamanca del año 2016. Ante Él también lo pronuncié en el Teatro Liceo. Ante Él he ido dejando lágrimas, sueños y esperanzas.

El pasado 26 de febrero, miércoles de ceniza y comienzo del tiempo de Cuaresma, trasladé mi Cristo manco del estante de la biblioteca a una mesa en la entrada de mi casa. Allí, junto a la cruz de olivo de mi hermandad, la Franciscana de Salamanca, un año más, me ayudaría a buscarme en la oración y en la fe cristiana. La expansión rápida de la enfermedad de la Covid-19 ya hacía sospechar que todas las celebraciones religiosas iban a ser suspendidas. Pero lejos estábamos de imaginar que la pandemia iba a obligarnos a enfrentar una tragedia que sobrepasaba el dramatismo de los símbolos de la Cruz. Confieso que no ha sido fácil encontrar el equilibrio para poder comprender, más que la muerte, la soledad. Siento ahora incluso un temblor frío al intentar transcribir los soliloquios de tales desamparos. Nunca la soledad y el silencio se me habían hecho tan apocalípticos y devastadores. Una tarde, en un arrebato, tomé a mi Cristo manco muy enfadada y lo puse boca abajo sobre la mesa. La relación hombre-Dios no está exenta de dificultades. Hoy hemos vuelto a mirarnos frente a frente. Él me busca desde su perdón y yo, erre que erre, sigo preguntándole por la esperanza.

viernes, 8 de noviembre de 2019

Tomás González Blázquez

El Cristo de la Liberación, a través del ventanuco de la capilla del cementerio de San Carlos | Foto: TGB

08 de noviembre de 2019

¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!

Cristo es la puerta (Jn 10,7) pero se sirve de ventanas para encontrarse con nosotros. Pienso en esos ventanales de algunas capillas y humilladeros, como la frecuentada del Cristo de los Milagros, la menos conocida Virgen de los Toreros en el paseo de las Úrsulas, o la Vera Cruz carrionesa a la que me sentía convocado tantas veces en mi infancia, para descubrir, casi a tientas, la secuencia de andas aletargadas a lo largo del templo, aguardando una nueva Pascua en la que ser iluminadas e iluminar. Pienso también en esos otros huecos mínimos, poco más grandes que el agujero de la cerradura, que ofrecen muchas ermitas para que, como en los versos de Lope, el alma se asome a través del ojo curioso y sea capaz de oír (¡y escuchar!) la silenciosa llamada de Cristo a través de un Cristo, o de recibir el consuelo de la Virgen por medio de una Virgen.

La ventana del arca abrió Noé y fue así como la rama de olivo, en el pico de la paloma, dio la señal de paz. La ventana en el muro abrieron los amigos de Pablo y de este modo obtuvo la libertad, cuando sus enemigos habían sellado las puertas de Damasco ansiando su prendimiento. Una ventana abierta a los pies de la capilla en nuestro casi bicentenario cementerio de San Carlos brinda también paz y libertad. Es el ventanuco por el que el visitante, quizá orante, quizá errante, quizá paseante, puede sumergirse en la realidad sobrecogedora de que Dios dispuso que su Hijo muriera como uno de tantos, como cada uno de los hombres. Rodeado de yacentes, en medio de todos los cuerpos corrompidos por el sepulcro, el Cristo de la Liberación mira en su sueño hacia el altar vestido con blanco mantel y escoltado por las luces potentes del otoño que alumbran la estancia, tantas horas cerrada y vacía como parece el sino de nuestras iglesias. 

Al asomarse uno por la ventana de San Carlos, casi acariciando tras las rejas la mano izquierda de Jesús, se consigue que el Cristo, además de mirar al altar, mire hacia fuera. Es un Cristo en salida, en misión, en trance de Resurrección. Atrae hacia la Cruz que preside al fondo la capilla, recoge la atención en el sagrario donde se conserva el alimento para el camino, y finalmente se refleja en el espejo, para enviarnos: "Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve" (Salmo 79). Se sirve del alma que mira para mirar, y para que al volver al contexto de las tumbas las miremos con ojos nuevos, como Él las mira. La añoranza se habrá revestido de esperanza. El dolor, a veces tierno y húmedo, otras sordo o excavado en la roca del tiempo, nos resultará más llevadero, porque sabremos que Él mismo lo comparte en su cuerpo herido y muerto. Mirar a través de esa ventana, mirarle, habrá sido una liberación. No esperemos a mañana para abrirle la puerta. 


miércoles, 30 de octubre de 2019

Roberto Haro

Cruz con sudario del paso Camino al Calvario perteneciente a la Hermandad del Cristo del Perdón | Foto: Roberto Haro

30 de octubre de 2019

En estas fechas que se acercan a los pies de los primeros días de noviembre, me vienen a la memoria años de recuerdos y vivencias alrededor de esa fe que profesamos los cristianos cuando al sufrir ciertas enfermedades nos acordamos de lo frágiles y vulnerables que somos ante situaciones de debilidad y flaqueza. Seguro que en las diferentes misas de difuntos que celebrarán estos días las cofradías, hermandades o congregaciones podemos encontrar ejemplos de familias que se reúnen alrededor de esas imágenes veneradas para profesar dicha fe, esperando el consuelo y auxilio necesario.

La enfermedad y la muerte siempre han sido temas muy difíciles de compaginar y convivir en nuestra sociedad, debido al concepto que tenemos de ambas dentro de nuestra cultura. Y más aún cuando de la noche a la mañana, sin darse uno cuenta, ambas pueden estar ligadas a un destino incierto y desconocido que provocan tener un cierto miedo y desasosiego a morir, especialmente si se presenta una situación de delicada enfermedad que no se puede controlar.

La muerte es algo que siempre ha inquietado y preocupado al hombre desde la antigüedad. Existen multitud de creencias al respecto, a través de a las cuales se ha pretendido dar sentido tanto a nuestra existencia como al mismo hecho del propio fallecimiento.

Y es aquí donde históricamente fue desarrollada una faceta importante en la labor benéfico-social de las cofradías al asistir a su hermano en el momento crucial de la muerte. Una acción social convertida en tradición con el paso de los años en la que los mayores aprendieron ya desde niños a complementar el culto a las imágenes titulares de la cofradía, con las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestido al desnudo, visitar al enfermo y enterrar a los muertos. Una tradición repetida y conservada de generación en generación.

Quizá es una reminiscencia del pasado que, habiendo nacido en la Edad Media cuando los fieles se agrupaban para cubrir a la vez sus necesidades materiales y espirituales, hoy está prácticamente en desuso.

Además de esa asociación incluso gremial donde se ejercían trabajos en ayuda de la sociedad, se aprovechó esta vía para hacernos conscientes de esa debilidad humana a través de las innumerables obras escultóricas o pictóricas que las cofradías fueron introduciendo en sus procesiones con mayor o menor acierto. Muy característico fue, por ejemplo, la presencia de elementos figurativos que aparecen como fruto de la teatralidad del Barroco y de su intencionalidad de sorprender incluyendo figuras como el demonio o la muerte, aunque a veces en menoscabo del decoro.

Con la evolución social del último siglo, hoy en día esa forma de ayuda al necesitado que las cofradías realizaban en auxilio del finado queda relegada prácticamente al ámbito privado con el ofrecimiento de misas por el alma de los difuntos y son escasas ocasiones en las que las asociaciones se acercan veladamente a aquella primitiva tradición. Eso sí, actualizada a la época actual.

Por mera coincidencia del destino –quizá sea bendito destino– me topé recientemente con una de ellas, cuya labor es acompañar a niños enfermos de cáncer en hospitales para ayudar a sobrellevar mejor su enfermedad. En dicho contexto he tenido la ocasión de conocer a través del arte cinematográfico la labor que se llega a realizar: Camino y Maktub son dos películas "con alma de niño", reflejando la misma cruda y triste realidad con dos miradas diferentes.

En la primera de las obras se muestra el caso de cómo una niña pequeña y su familia, que son profundamente católicos practicantes, afrontan la enfermedad de esta donde se reflejan de forma muy clara los roles que cada uno de los miembros de su entorno desempeña a lo largo del proceso de debilidad. Siempre acompañados en su fe, que ayuda a reponer esa fuerza que parece desvanecerse día a día.

En la segunda película mencionada, un adolescente se enfrenta a la misma enfermedad con una enorme vitalidad, lleno de energía que, acompañado de su inseparable y alocada enfermera, va contagiando a todo su entorno con su forma de afrontar la vida cambiando la visión de sus familiares y amigos para afrontar el día después.

El conocimiento interno de esta acción social, cuando se tiene una situación similar cercana, dejó en mi espíritu un sentimiento de fragilidad en mi cuerpo: somos tremendamente vulnerables en cualquier momento.

Nunca había pensado en el cambio que puede dar la vida en un suspiro hasta que lo ves tan de cerca. Y, sin embargo, siempre ha estado ahí entre nosotros, en una constante presencia silenciosa a través de toda la historia en la que lo único que nos fortalece es la forma de afrontar la vida.

Esa forma de afrontar la vida en momentos crudos y difíciles que enseñan y actualizan la obra de caridad de las cofradías es la que hará que no tengamos miradas indiferentes y de indiferencia, concupiscentes, irrespetuosas.

Cuando se ve en la mirada de esos niños que en su juventud aprende a vivir, con la edad llegamos a comprenderla. La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero solo puede ser vivida mirando hacia adelante con alma de niño.

Bendita caridad.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Jesús Resucitado pasa junto a la Casa de las Conchas en el Domingo de Pascua | Fotografía: JMFC

01 de noviembre de 2017

Día de todos los Santos. De todos. Incluso de aquellos seres tan ruines que lograron hervirnos  demasiadas veces, en vida, la mala leche. Y es que en el fondo no somos más que pobres seres humanos, incapaces de comprender que el Padre misericordioso acoge a todos los hombres, sin excepción, con la misma intensidad en su abrazo.

¿Qué culpa pueden tener quienes, por mala suerte, no conocieron la esperanza que brota del Salvador del hombre? ¿Acaso tal desconocimiento puede menoscabar la atención hacia ellos en el que todo lo puede?

Tales preguntas solo pueden tener la respuesta cristiana de la universalidad del amor divino que surge de quien puso la vida sobre todo lo conocido y sobre aquellos rincones del cosmos donde, vete a saber tú, si no existen análogos mundos al nuestro.

Esta conmemoración, que tiene perfumes de dolor con adorno de flores y recuerdos ambientados en querencias que tocan el corazón en lo más dentro, es buena para reflexionar sobre ese aspecto de la muerte que tanta pasión suscita cuando, dentro del mundo cofrade, se valora desmedidamente el culto al Cristo de la cruz o al que es representado de forma yacente.

A veces como cofrades, con cierta confusión, nos dejamos envolver por ese abrazo visceral que promueve la pena y la tragedia como parte de un sainete, en el que parecemos protagonistas tocados por la gracia personal del sentimiento. Vivir lagrimeando y rotos de pena porque llevamos sobre los hombros una imagen no basta para cumplir con nuestra condición cristiana. Quedarse vistiendo musarañas, con esa percepción tan superficial de la obligación contraída con quien dio la vida por nosotros, es avalar la derrota del Cristo que fracasa como hombre, cuando sufre el martirio de la cruz abandonado a su suerte. Ese Cristo de la muerte tétrico y derrotado, si hubiese permanecido entre los ropajes del silencio total para siempre,  ¿de qué nos serviría?

De esta confusión sale ese dicho que delata una posible escasez formativa en muchos de los que formamos parte del mundo cofrade: "Mi Cristo es más milagroso que el tuyo" o "mi Virgen es más poderosa que las otras...".

La labor formativa bien estructurada para todos los cofrades, sin excepción, debe ser la vía que nos pueda aclarar el horizonte, hasta que seamos capaces de vislumbrar como meta la única luz que brota del Redentor. El Cristo resucitado, que llena de esperanza el porvenir del ser humano más allá de la muerte, solo puede justificar toda esa parafernalia cofrade que nos identifica dentro del enraizamiento costumbrista, que mantenemos vivo como pueblo. Como pueblo cristiano y a mucha honra.

Pero si no reconocemos esa figura salvadora en el camino cofradiero emprendido, algo no funciona o algún interruptor, por estar desajustado, no nos deja encender esa parte de la verdad que debe colmar de pura savia los entresijos cofrades, hasta hacer perceptible (con la seriedad que merece) la vitalidad de la movida semanasantera.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Raúl Román

El Cristo de la Liberación, de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz  | Fotografía: ssantasalamanca.com

21 de noviembre de 2016

Aprovechando este espacio digital traigo a colación una breve pero profunda síntesis de textos del Papa emérito, que expresa el contenido central de la esperanza cristiana, algo especialmente recordado en este mes dedicado a los que nos precedieron en el signo de la fe, y aguardan la esperanza de la resurrección.

El misterio pascual actualiza el misterio de la muerte, pues el fundamento de nuestra fe está en Jesucristo muerto y resucitado.

La resurrección no debe verse aislada de la muerte de Jesús, como no esta aislada la muerte de cada persona.

La muerte no ha sido solo superada "desde fuera" por una acción de Dios, sino también "desde dentro" por la misma muerte de Jesús. La muerte "que por esencia es el fin, la destrucción de toda comunicación fue transformada" por Jesús en un acto de darse en comunión1.

Jueves Santo
En las palabras de la Última Cena, Jesús interpreta su muerte. La transforma "en el acto de amor que se reparte, en el acto de adoración que se pone a disposición de Dios y, desde Dios, a disposición de los hombres"2.

Viernes Santo
En su muerte Jesús demuestra ser el Hijo que espera de su Padre todo lo que lo libera para presentar­se ante los hombres y servirlos sin reservas.

En el amor que se rega­la en la muerte acontece un giro salvador. Ese amor es un acto de nueva creación, que se encarga de traer de nuevo hacia sí la crea­ción. Así como en el primer Adán estaba implicada toda la humanidad, así en Cristo ha sido supera­da para todos los hombres la carga del pasado y se ha abierto un futuro que ellos solos no son capaces de crear. El hombre puede esperar, porque en Cristo crucificado ha surgido el amor más allá y por encima de la muerte3.

Pascua y misión
La esperanza, por el hecho de la resurrección, tiene que ser siempre una esperanza para los otros. "De la fe en que hemos sido convertidos, por Jesucristo, en un hombre nuevo, nace la exigen­cia de romper el egoísmo de la existencia natural para entrar en comunidad con el hombre nuevo, Jesucristo. Esto es imposible de realizar si no se tiene una profunda relación con él, sin la atención constante a su palabra, sin la búsqueda de su camino; esto es im­posible sin la fe común con la Iglesia, con los santos, en quienes siempre puede reconocerse la verdadera faz de la Iglesia"4.

En última instancia, solo la fe en el actuar de Dios puede fundar la certeza de que el mundo alcanzará la plenitud, naturalmente, y no gracias a la razón planificadora, sino a partir de la fuerza indestructible del amor, que ha vencido en el Cristo resucita­do. Se trata de la certeza viviente de que esa superación trascendente, sin la cual el mundo es un absurdo, no se hunde en el vacío y de que, por eso, la historia se puede vivir positivamente y nuestro limitado y pobre actuar racional tiene sentido5.

1 J. Ratzinger, SCHAUEN AUF DEN DURCHBOHRTEN. VERSUCHE ZU EINER SPIRITUELLEN CHRISTOLOGIE,  JOHANNES, EINSIEDELN 1984,
2 J. Ratzinger, Eucharistie - Mitte der Kirche. Vier Predigten, Múnich 1978, 11.
3 J. Ratzinger, Escatología, Barcelona, Herder, 2007, 86.
4 J. Ratzinger, Palabra en la Iglesia, tr. De E. Martín Peris. Salamanca, Sígueme 1976, 41 s.
5 J. Ratzinger, Escatología, Barcelona, Herder 2007, 230.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Daniel Cuesta SJ

El Triunfo de la Santa Cruz, conocido como La Canina, del Santo Entierro de Sevilla | Fotografía: ABC de Sevilla

18 de noviembre de 2016

Noviembre es un mes dedicado tradicionalmente a recordar a las personas que nos han dejado. Lo comenzamos con la fiesta de Todos los Santos, haciendo memoria de todos aquellos que, aunque no hayan sido canonizados, están en el cielo junto a Dios. Al día siguiente, el día 2 de noviembre, rezamos por todos los fieles difuntos con la confianza de que Dios, que es misericordioso, no se ha olvidado de ellos. Sin embargo, todas estas fiestas se celebran casi de puntillas, como queriendo esconder una de las grandes verdades de nuestra vida: la muerte.

Recordamos a los difuntos durante un día y sin dejar que la muerte entre demasiado en esta memoria, casi queriendo maquillar esta realidad. De este modo, cuando la conversación inevitablemente se deriva hacia temas fúnebres como son las sepulturas, ataúdes, urnas o mortajas, alguna voz corta con este diálogo cambiando drásticamente de tema. Y es que, según la opinión de no pocas personas, la muerte se ha convertido en un tabú en nuestra sociedad, ocupando el lugar que tenía el sexo años atrás. Y así, cuando esta irremediablemente irrumpe en la vida de alguien cercano, muchos se encuentran (o nos encontramos) con una terrible y fatídica sorpresa: no somos inmortales aunque nos esforcemos por esconderlo a toda costa.

Dicho deseo de esconder la muerte invade también la religión, el arte y la cultura y, por lo tanto, afecta a las manifestaciones que se derivan de ella. A día de hoy es de mal gusto visitar o admirar el arte funerario realizado en tiempos pasados. Las representaciones de la muerte con su guadaña en la mano, las comparsas de esqueletos danzantes con una sonrisa perversa, las vanitas que nos advierten de manera amenazante del paso inexorable del tiempo, los cadáveres en descomposición vestidos con atuendos de todo tipo de rangos y dignidades, son vistas como piezas de museo, como algo que nos habla de una época muy lejana o como representaciones de mal gusto.

Y, por supuesto, que dicho deseo de esconder o dulcificar la muerte afecta a las representaciones que tienen que ver con el arte religioso. Hoy por hoy son pocos los templos de nueva creación en los que se decida la colocación de una imagen de un Cristo crucificado con toda la crudeza, sangre y patetismo que esta práctica de tortura romana infringió al Señor Jesús. Mucho menos se utilizará una talla de un Cristo Yacente, abatido por la muerte o la del cruento martirio de algún santo. Preferimos las representaciones alegóricas o simbólicas en las que la crudeza de una realidad como esta se enmascara por medio de colores y formas que en algunos casos la insinúan, pero siempre de una manera totalmente sutil y carente de fuerza.

Todo ello, como no podía ser de otra manera, en no pocas ocasiones choca frontalmente con la cultura y la sensibilidad de nuestras hermandades y cofradías de Semana Santa. Puesto que todas ellas hacen referencia de una manera totalmente explícita a la realidad de la muerte por medio de sus imágenes y su iconografía. En las procesiones de los días de Pasión no faltan las cruces, los instrumentos de tortura, las calaveras, mortajas y elementos mortuorios. Además no hay que olvidar que muchas de ellas nacieron con la obligación de practicar las obras de misericordia de enterrar a los difuntos y orar por ellos.

Ante una realidad como esta, protagonizada en muchos casos por personas que en su día a día participan en esta cultura que quiere ocultar la muerte o vivir de espaldas a ella, uno se pregunta ¿cómo es posible que convivan estas dos realidades de ocultamiento y exaltación de la muerte? ¿Cómo puede una persona huir del tema del final de la vida y a su vez llevar sobre sus hombros un Calvario donde a los pies del Crucificado hay una calavera? ¿Será que somos una sociedad que es capaz de defender una cosa y la contraria al mismo tiempo? ¿O tal vez hemos sabido domesticar el tema de la muerte del hijo de Dios hasta convertirlo en un cuento que poco o nada tiene que ver con nuestra realidad de seres mortales? ¿Admitimos todas estas representaciones como parte de un teatro o una recreación de la época barroca que no tiene más continuidad con la nuestra que la temporal y la tradicional? Lo cierto es que, aunque tratándose de realidades con difícil respuesta, son realidades de nuestro día a día, o si se prefiere, de nuestro año a año.

Visto este panorama, creo sinceramente que las cofradías deberían plantearse si no deberían ser unas organizaciones eclesiales que profundizaran en la realidad de la muerte (y por supuesto también de la resurrección). Y no me refiero con ello a que deban desempolvar todos los viejos enseres fúnebres y doten a sus cultos y cortejos de un aire macabro. Sino que más bien aprovechen su característica penitencial para ahondar en el misterio de la muerte del hijo de Dios y también de nuestra propia muerte. Que no dejen que su sabiduría, su arte y sus costumbres centenarias sean vistos como algo trasnochado o solo estudiable desde el prisma de la antropología, la cultura y el folclore. Que ayuden a sus miembros, y a todo el que lo necesite, a pasar el duelo por los familiares y amigos que fallecen. Y, sobre todo, que nos ayuden a todos a profundizar y entender que es delante de la muerte, más que en ninguna otra realidad, donde necesitamos a un Cristo Salvador que nos abra el camino hacia la resurrección.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Fructuoso Mangas

Detalle de las manos de Nuestro Padre Jesús Divino Redentor Rescatado | Fotografía: Pablo de la Peña

14 de noviembre de 2016

Algo de historia

La comunidad de cristianos, la Iglesia, es una realidad viva y por eso durante siglos han nacido muchos modos y espacios para vivir la fe según los tiempos y necesidades. Y así a lo largo de dos mil años han aparecido grupos, y muchos han desaparecido cuando dejaron de ser necesarios, que de formas muy distintas buscaban una mayor fidelidad en la fe y una facilidad mayor para vivirla. Y así nacieron multitud de movimientos, comunidades, a veces sectas, agrupaciones, asociaciones de fieles cristianos que se unían para ayudarse como hermanos que caminan juntos en los pasos de la vida y de la fe.

Y así surgieron realidades eclesiales, tan distintas en modos y en alcance, desde la comunidad de Antioquía congregada por Tito o la de Corinto de Pablo en el s. I o los conventos del desierto del s. II o los miles de agrupaciones de todo tipo, clase y condición y las docenas de órdenes religiosas nacidas a lo largo de los siglos hasta Comunión y Liberación o el Opus o la Comunidad de San Egidio o las Conferencias de San Vicente o los Cursillos de Cristiandad o el Camino neocatecumenal o la Acción Católica y Manos Unidas ya en el siglo XX.  Es lo que constataba el autor de la Primera Carta de Pedro: "Así también vosotros, como piedras vivas, os erigís como casa espiritual para vivir la fe" I Pe 2, 4.

Pues eso cada cofradía es, o debe ser ante todo, casa espiritual construida con las piedras vivas de los hermanos para vivir juntos los pasos de la vida, compartir la caridad y celebrar la fe. Y todo esto entre la fidelidad a un origen y a un "carisma", a un perfil, y la renovación que siempre exigirán una Iglesia viva y unos tiempos nuevos. Así nacieron también las cofradías en los siglos XI y XII y con ese espíritu, mejor o peor mantenido según tiempos y lugares, han seguido hasta hoy. Y casi siempre con alguna o algunas de estas tres solidaridades que dan título a esta reflexión.

Tres espacios de solidaridad

Me atrevo a decir, sin más pormenores de investigación, que las cofradías nacieron en España hace siglos ante tres necesidades de arropamiento que la gente sentía en tiempos de mucha desnudez y necesidad.

Por un lado las necesidades materiales. Y la cofradía nace como un "sindicato" (en la Grecia antigua los síndicos eran los "protectores" de los ciudadanos) de protección ante la intemperie de la vida en una población de mucha miseria, de mal presente y peor futuro. Por eso se asociaban en hermandades y cofradías, arropadas por la Iglesia y sus instituciones, para ayudarse mutuamente en necesidades puntuales y muy variadas que incorporaban en sus estatutos: el alimento necesario, la escuela para los niños, talleres para las niñas, carbón para el invierno, atención especial a viudas y huérfanos de los cofrades, defensa ante la rapacidad de nobles o caprichos de clérigos, afirmación gremial en defensa de derechos y encomiendas, etc…

Y por supuesto hoy esas necesidades siguen existiendo aunque sea en circunstancias muy diferentes. Y la cofradía puede ser hoy un espacio solidario de ayuda y defensa, de acompañamiento y de acogida. Y me parece a mí que en buena parte lo son, extendiendo ya hoy esa caridad solidaria a personas de fuera de la cofradía. Basta repasar las actividades de las cofradías en Salamanca para constatar esos pasos de amor y solidaridad.

Quizás veo esos pasos demasiado hacia adentro, como cosa suya y de cada cofradía y hasta con cierta ostentación, en vez de sumarse corporativamente y a las claras con las iniciativas que ya la Iglesia y la sociedad organizan en este campo desde Manos Unidas o Cáritas hasta Proyecto Hombre o ACC, por poner algún ejemplo. Cuanta menos dispersión más eficacia. Quizás es un paso que se está dando ya y que debe acelerarse porque los tiempos son duros para mucha gente de cerca y sobre todo de lejos. Y cada día importan más la calidad y la eficacia.

Un segundo campo de solidaridad muy frecuente en el origen y finalidad de las cofradías fue, y en algunas sigue siéndolo, la oración por los cofrades difuntos. En aquellos tiempos cuando la oración por los fallecidos era tan importante y decisiva, el no tener quien ruegue por un difunto era una señal extrema de abandono y miseria humana. Por eso surgía esa caridad solidaria y cristiana de la oración por los difuntos, para que a ningún cofrade le faltara esa gracia.

Escribo esto alrededor del Día de los Santos y del Recuerdo de los Difuntos y me recuerdo la importancia cristiana de esa memoria y de esta oración solidaria, afectiva y fiel que hoy ha olvidado buena parte de los creyentes cristianos. Por eso me parece perfectamente actual que las cofradías subrayen ese deber de orar por los difuntos y en los tiempos oportunos dediquen a esto actos y celebraciones. Que el abrazo fraternal que la cofradía es y supone alcance también a los que ya han muerto y siguen siendo hermanos cofrades desde la otra orilla de la vida. Por eso la cofradía se encargaba del entierro, nada fácil en tiempos medievales, y del acompañamiento en la ceremonia, de las misas aplicadas por su alma y del recuerdo mantenido y hecho oración a lo largo de los años. Era éste un lado débil de la persona pobre y la cofradía lo cubría amorosamente. No sé si hoy se mantiene en alguna cofradía, pero sería cuestión para plantear esta solidaridad hoy en términos nuevos y necesarios, sobre todo en la soledad inhóspita de la ciudad.

Y había un tercer campo de fraternidad solidaria: no eran menos duros los viejos tiempos de hace siglos que los de ahora para vivir la fe, mantener la práctica cristiana y adorar a Dios y amar a los hermanos. Por eso buscaban en la cofradía ese arropamiento religioso que no encontraban en la sociedad y a veces ni en la misma iglesia institucional. Y se asociaban para animarse en la fe, acompañarse en las prácticas religiosas y en la formación cristiana.

Y esto sí que es hoy necesario y hasta urgente. La intemperie es grande y la soledad del creyente como individuo es casi palpable; en esto tenemos una sociedad inhóspita, un ambiente general irrespirable y una opinión pública bien contraria. En estas circunstancias crecer en la fe, celebrarla y formarla no es nada fácil y roza lo imposible si no hay un acompañamiento de una parroquia, de una cofradía o de otra comunidad cristiana que  apoye y acompañe.

Hoy, para mucha gente y especialmente para las personas, sobre todo jóvenes, que no se han integrado en algún camino parroquial o de alguna comunidad concreta, es la única vía segura para hacer el camino de la fe. Y la cofradía debe proporcionar a cada cofrade las ayudas y los espacios necesarios para verse y sentirse fortalecido y acompañado. En muchos caso la cofradía será la respiración vital que el cristiano necesita para seguir viviendo la fe y seguir existiendo como cristiano.

Por un lado me parece importante que esa experiencia vital la sienta y la agradezca cada cofrade, mirando su cofradía no como una circunstancia lateral y secundaria sino reconociéndola como espacio privilegiado y lleno de gracia para vivir la fe dentro de la Iglesia y en medio del mundo. Sin soberbia alguna, que no hay para tal cosa, pero con paz confiada y con recia fidelidad.

Campos de trabajo

Queda pergeñado, aunque solo sea a nivel de sugerencias y apuntes, el campo de trabajo de una cofradía, a años luz de cuestiones que a veces veo que ocupan y preocupan en reuniones y encuentros cofrades y se llevan la atención y el compromiso que debieran dedicarse a otros menesteres, por ejemplo la formación en la fe y en la vida, el camino sacramental del cofrade, la implicación social y caritativa de la cofradía, la participación en el camino común diocesano, el hermanamiento sincero y práctico con otras hermandades y cofradías y grupos o comunidades cristianas, la presencia mantenida no solo en ensayos de andas y en procesiones, sino en todos los actos del año que forman la estructura y el ser de la cofradía, etc., etc…

Por todo esto termino con dos humildes palabras por mi parte: una la felicitación a cada cofrade y a cada cofradía por ser y mantenerse, por vivir la fe y por crecer en ella en este tiempo y en esta ciudad; y la segunda es palabra de ánimo para mantener vivo y actualizado el espíritu del evangelio y de la cofradía y para ser fieles durante todo el año a estas tres solidaridades que me he permitido proponer como campos de trabajo de una cofradía en estos tiempos nuestros y en esta ciudad de Salamanca.

Solo me queda decir, ¡Amén! y enhorabuena.


viernes, 11 de noviembre de 2016

Tomás González Blázquez

Sepultura de Romana Serra, que sirvió de modelo a la Dolorosa de Montagut | Fotografía: Pablo de la Peña

11 de noviembre de 2016

Atravesar la puerta del cementerio y acceder a sus calles calladas, a sus galerías con nombres de santo y a sus bloques numerados viene a ser como cruzar el umbral de una iglesia y recorrer sus naves salpicadas por retablos y hornacinas. Santiguarse bajo el dintel es algo más que una rutina. Alcanza la categoría de rito, como una acción de gracias por entrar allí donde lo sagrado consuela de algún modo la debilidad humana fortaleciéndola de la única manera: humanizándola aún más.

El pórtico de San Carlos, el cementerio salmantino que debe su nombre y su tierra al Seminario Diocesano, Conciliar de Trento dos siglos después (la Iglesia y el tiempo, ya se sabe…), recuerda como otros lo limitado de nuestra existencia: Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris. Es como un permanente Miércoles de Ceniza de morado luto, como una eterna vida que llamamos Buena Muerte en procesión claustral, el arco de entrada de la muerte de Cristo anunciada y su resurrección proclamada entre las lápidas y la alargada sombra de los cipreses. Todos tenemos un itinerario más o menos fijo por San Carlos u otro cementerio, una peregrinación que cada año, o de vez en cuando, o quizá con bastante frecuencia, nos lleva a hacer estación ante la sepultura de nuestros difuntos. Una oración musitada. Un silencio respetuoso. Unos pasos que nos han llevado hasta allí y otros que nos devuelven a la vida de los vivos. De esa tumba de un ser querido posiblemente a la de otro: familiar, amigo, o incluso miembro de nuestra hermandad. Aquel sobre cuyo sepulcro puso su familia las flores que llevó la Virgen este año. Aquel por el que se colocó el crespón negro en el cirial derecho de la delantera del Cristo. Aquel que nos desveló esa curiosidad de la historia de la cofradía y que nunca olvidaremos… La visita comunitaria al cementerio, la oración como hermandad ante las tumbas de los cofrades difuntos, cuya ubicación casi nunca conocemos y que, por ello, no podemos realizar individualmente, sería una hermosa práctica piadosa a fomentar en nuestras hermandades e incorporar a las que ya vienen programando como recuerdo de los difuntos y sufragio por sus almas. Puede ser en noviembre o en otro momento del año.

Personalmente, no tengo localizada en San Carlos ninguna sepultura de mis hermanos cofrades difuntos, pero sí he sumado tres estaciones cofradieras, halladas casualmente, a mi particular procesión cada vez que visito el cementerio. A la casualidad podemos llamarla Providencia. La primera que encontré, cercana a la de mi abuela, quien me llevó de la mano a la Semana Santa, fue la de otro nacido en 1927, Francisco Rodríguez Pascual, el cura de la religiosidad popular, sepultado junto a otros misioneros claretianos. Le traté poco pero esos ratos los disfruté, tanto en la auténtica Rioseco un domingo de niebla, convocados por esta Tertulia que ahora edita una revista digital, como en la Pontificia cuando compartimos la parte académica del quinto centenario de la Vera Cruz, pocos meses antes de su fallecimiento. Se me viene con frecuencia a la memoria cuando viajo entre los pueblos alistanos. Estuve en su misa funeral y agradezco poder acercarme al nicho donde su cuerpo aguarda la resurrección: "Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón" (Jn 16,22).

También di con la sepultura de las Esclavas del Santísimo y de la Inmaculada, esas mujeres santas que consumieron sus horas de rodillas ante la Eucaristía, que limpiaron sayones y carrozas, que bordaron con mimo mantos y estandartes, que se asomaron a la reja del coro para cantar la Salve cuando la Dolorosa volvía a casa y que acogieron con orgullo la cinta azul de cofrades sobre su blanco hábito contemplativo. Allí está la madre Ignacia, la última cuyas exequias se celebraron en la Capilla de la Vera Cruz, una fría mañana de diciembre. Pocas liturgias tan conmovedoras como el entierro de una monja de clausura que al fin rompe su encierro voluntario para abrirse camino con alegría hacia la patria del cielo.

Por último, muy próxima a la capilla del cementerio, donde el Cristo de la Liberación y la antigua Virgen de la Soledad reclaman la atención de los semanasanteros, me topé con la sepultura de doña Romana Serra, quien sirviera como modelo para que Inocencio Soriano Montagut alumbrase la monumental Dolorosa de la Seráfica. El modelo humano yace pero la imagen, en su justa medida, lo inmortaliza, perpetúa su belleza femenina. Desde que descubrí su tumba, cada Jueves Santo, cuando pasa ante mí la Dolorosa de Montagut, su cuerpo vivo interpretado en clave creadora, rezo por el alma de doña Romana. Y cada vez que visito San Carlos paso ante su tumba, ante su cuerpo muerto que aguarda la final y perfecta recreación, y rezo un momento por cuantos fueron, son y serán parte de nuestra tradición, aunque no sepa dónde están enterrados, aunque ni siquiera conozca sus nombres, aunque a menudo nos olvidemos de ellos.


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