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miércoles, 12 de febrero de 2020

Pedro Martín

Representantes de diversas cofradías participan en el vía crucis de la Junta de Semana Santa del pasado año 

12 de febrero de 2020

A un par de semanas tan solo de dar el pistoletazo de salida a la cuaresma y con ella la vorágine de actos, cultos, conciertos, encuentros y demás eventos cofrades de todo tipo, me pregunto de nuevo, y ya van unos cuantos años, si sería posible un poquito más de organización, una cierta planificación conjunta que no sé muy bien a quién puede o podría corresponder liderarla en nuestro mundo cofrade.

Tenemos actos y cultos propios de cada cofradía, otros de la Junta de Semana Santa, y algunos diocesanos que también se deberían de tener en cuenta. ¿Cuál es más importante? Evidentemente depende de para quién, para gustos los colores, pero sin duda deberíamos de darle la máxima importancia a los actos cultuales, en detrimento de otro tipo de actos o manifestaciones artísticas (ay, Dios mío, lo que nos gusta un concierto).

Pero si nos centramos en los cultos, aunque no sean los actos con más afluencia, ni siquiera de hermanos, lanzo la pregunta que tantas veces ha formulado nuestro presidente semanasantero José Adrián Cornejo: ¿sería posible ver en un acto –de culto– a todos los hermanos mayores juntos? Y digo esto desde mi experiencia de ocho años en esas responsabilidades. Las invitaciones para asistir a las fiestas principales, y no tan principales, de todas las cofradías son numerosas y muchas coincidentes en día y hasta en hora. Además, casi todas se concentran en la cuaresma. Como se comprende, resulta de todo punto imposible acudir a todos los eventos y si tenemos en cuenta que muchas cofradías multiplican los cultos con cada una de sus imágenes titulares, imagínense el calendario.

Siempre propuse, y en ocasiones se habló en el pleno, organizar un calendario de fiestas principales, una por cofradía, de tal modo que adecuadamente repartidas en el año, nos permitiera acudir a todos los hermanos mayores, en representación de nuestros hermanos, a los cultos de las cofradías hermanas y hacer la "foto" que, creo, que todavía no ha podido conseguir Cornejo, con toda la nómina de mandamases (o al menos la mayoría).

Queridos hermanos mayores y presidentes que ostentáis el cargo actualmente, atentos a los correos electrónicos e incluso todavía al buzón tradicional, pues llegarán un buen número de invitaciones a todo tipo de actos, que no podréis atender con total seguridad en su inmensa mayoría, así como tampoco podrán corresponderos a la casi segura invitación por vuestra parte.

Y cómo podríamos solucionarlo, pues con algo más de organización, sin pisarnos en actos y sobre todo en cultos, respetando, al menos, la fiesta principal que cada uno marque en consonancia con sus estatutos y en buena sintonía con los demás para poder acudir, si no todos la mayor parte, a celebrar que somos cofrades cristianos y que damos testimonio juntos, ante Jesús y/o María, da igual su advocación.

Organización, hermanos, organización.


viernes, 3 de enero de 2020

F. Javier Blázquez

Representación de la Navidad Franciscana en el iglesia de San Martín junto al Cristo de la Humildad | Foto: Pablo de la Peña

03 de enero de 2020

Podría decirse que con la representación del origen del belén, por parte de Jes Martin’s, la Hermandad Franciscana del Cristo de la Humildad completa su ideario programático. A ver, me explico, que surgirán otras actividades y es posible que la Navidad franciscana no vuelva a escenificarse. Me refiero a algo que va más allá de los calendarios anuales al formar parte de su identidad, de la propia genética, por utilizar el léxico de la biología.

Para una institución que comienza, como es el caso, resulta prioritario dejar bien fundamentada, cuanto antes, la estructura que sostenga su futura actividad. Y a la Hermandad Franciscana le faltaba desarrollar este aspecto. Se estaba trabajando muy bien el vínculo con la Custodia de Tierra Santa a través de las contribuciones anuales, peregrinaciones y difusión de sus objetivos. Sin ir más lejos, hoy mismo presenta en la Purísima el libro Peregrinar a Tierra Santa con Egeria, de fray Enrique Bermejo ofm. Y lo mismo podríamos decir de los ejercicios piadosos vinculados al franciscanismo, bien transmitidos en un desfile procesional marcado por la austeridad extrema y el viacrucis de Jerusalén que se recorre en la cuaresma junto a las franciscas descalzas. Pero el desarrollo del carisma franciscano estaba sin completar. Bien la apuesta por la sencillez, en todos los aspectos, y el mensaje de la paz y la concordia. La Proclama por la paz, que fue la primera actividad de la hermandad, y el Espíritu de Asís, son dos buenos aldabonazos para que al menos se hable de ello en esta sociedad tan adormecida. Faltaba empero, para completar, la puesta en valor del auténtico espíritu navideño.

La celebración de la Navidad cambia a partir de san Francisco, es innegable. Este agitador de conciencias en el medioevo quiso dar verdadero sentido a  una fiesta que, no olvidemos, hasta finales del siglo IV apenas si se había considerado en la Iglesia. San Francisco de Asís encuentra la inspiración ante el crucificado y organiza en Greccio, en 1223, el primer belén de la Historia. Contempló a la inversa el tránsito terrenal de Cristo, de la cruz a la cuna, porque la redención solo fue posible con la encarnación. En los franciscanos está el origen de muchas devociones piadosas: el viacrucis, las procesiones de Semana Santa y la representación de la Navidad. Y todas acaban confluyendo en torno a la cruz de Cristo que indeleblemente signa al cristiano.

De ahí la oportunidad de esta representación, que va mucho más allá del teatro, al modo casi de los antiguos autos de la navidad. Un escenificación ad hoc cuya génesis está en la propia hermandad, fundamentalmente en Isabel Bernardo, escritora de talento que abrió su corazón a san Francisco desde antes incluso de la fundación. A partir de ahí, junto al actor Jes Martin’s, se escribe un guion con las palabras de san Francisco. Y marcando perfectamente los tiempos, con la pausa y el sosiego y el silencio que requiere un momento tan trascendental, se lleva a la escena el origen del belén. Ante el Cristo franciscano de la Humildad, integrado en la representación, como no podía ser de otra manera, Francesco concibe la idea de actualizar el advenimiento del redentor al mundo. Y llama a sus frailes y a los campesinos que personifican a José, María y los pastores que acuden para contemplar y glorificar al niño en el pesebre.

Para algunos habrá sido teatro, que lo es. Para otros quizás oración, que también lo puede ser. En todo caso, Jes Martin’s, que ha ido más allá de vestir el hábito de san Francisco, ha conseguido el objetivo de emocionar a los asistentes. Por ese lado misión cumplida y, aunque ya sabemos que es difícil, porque no solo depende de la hermandad, ojalá que esta iniciativa pueda hacerse tradición y servir todos los años, en la antesala de la Navidad, para remover las conciencias de creyentes y no creyentes. A fin de cuentas, la cruz y la cuna, y esto va en el carisma franciscano, son ya patrimonio de la humanidad. El mensaje de entrega, paz y concordia que ambos símbolos transmiten han sido siempre universales.


sábado, 12 de octubre de 2019

Pedro Martín

Cofrades de la Vera Cruz aguardan el inicio de la Procesión del Santo Entierro | Foto: Pablo de la Peña

11 de octubre de 2019

Esta pasada semana recibí con alegría la noticia de la apertura de la Capilla de la Vera Cruz, en el Campo de San Francisco, origen de nuestra Semana Santa y sede de la más de cinco veces centenaria cofradía decana de la ciudad. Alegría por la apertura de un templo que lleva cerrado de forma casi permanente desde hace más de año y medio con la marcha de las Esclavas del Santísimo Sacramento en enero de 2018 y que trae a mi cabeza recuerdos de ratos de oración en presencia del Señor Sacramentado, visitas puntuales a saludar cuando pasaba por la puerta, pues casi siempre estaba abierta, o tardes de viernes santo en el comienzo de la "General del Santo Entierro". Tan sólo ha estado abierta en este tiempo y de forma puntual, en los primeros domingos de mes, para la eucaristía de la cofradía o durante los cultos de cuaresma y semana santa se ha podido encontrar abierta.

Ahora parece que esa efímera apertura se extenderá a los fines de semana, lo cual debería ser motivo de alegría ‒como indico al principio de mi artículo‒ si no fuera porque el objeto de esta apertura no se corresponde a uno de los fines primordiales de toda asociación pública de fieles, que no es otro que el cultual, y parece, si no estoy equivocado, que la apertura de la capilla responde a un mero interés turístico-cultural, pues así se ha vendido por parte de la cofradía y el ayuntamiento, con quién parece se ha firmado un convenio.

Bien está que una joya arquitectónica y patrimonial de nuestra ciudad esté a disposición de cuantos nos visitan y también de los salmantinos, pero no sé si el objeto de una cofradía es convertirse en un mero interés turístico, seguramente no.

Me inquieta sobremanera que estando abierta la capilla en los fines de semana no se celebre al menos una Eucaristía dominical y no se pueda rezar con tranquilidad. Desconozco si va a estar presente el Santísimo en el sagrario, manteniendo una cierta "normalidad de culto", o si este va a ser "excepcional", como lo ha venido siendo durante este año y medio.

Triste sería que nuestra cofradía decana optara definitivamente por ser "de interés turístico", al amparo de nuestro ayuntamiento, cuando se debe a sus hermanos, a sus fieles y a su obispo. Por cierto, ¿qué opina de esto nuestro obispo? ¿lo sabe? ¿lo aprueba? Y, teniendo en cuenta que una apertura de este tipo tiene mucho que ver con lo patrimonial, ¿está enterado el Servicio de Patrimonio de la diócesis? ¿Ha dado su visto bueno o ha supervisado el convenio con el ayuntamiento? En las normas diocesanas recientemente aprobadas, algo pone de esto.

Es cierto que con el tiempo, y más pronto que tarde, nos veremos obligados a cerrar algunos de nuestros templos, al menos de forma parcial. En no pocas ocasiones esto afectará a cofradías (ya está ocurriendo, de hecho) y nos veremos obligados a ser los responsables de mantener los templos abiertos, pero siempre con el fin primigenio del culto. Pero parece que vamos hacia la conversión de los templos en museos, o a integrarlos en las rutas turísticas de una ciudad convertida en un gran parque temático, sin alma.

Compatibilizar culto y cultura no es una opción, debe ser una obligación, sin desviarse lo más mínimo de los fines fundacionales reflejados en los estatutos, donde siempre figura el culto y no el interés turístico.


miércoles, 15 de mayo de 2019

Daniel Cuesta SJ

Nuestra Señora de los Dolores, más conocida como La Piedad, de la Hermandad Dominicana | Foto: Alfonso Barco

15 de mayo de 2019

El mes de mayo está dedicado tradicionalmente a la Virgen María. En él, la Iglesia anima a los fieles a acercarse a la Madre de Dios por medio de oraciones, prácticas piadosas, ofrendas florales, cánticos y otras devociones. En muchas parroquias, iglesias, ermitas, colegios y hogares, en este mes se cuida con cariño el que a la Virgen no le falten flores, o incluso se decora especialmente algún retablo mariano, cuando no se levanta uno de carácter efímero. Todo parece poco para honrar a aquella que con su sencillo "hágase en mi según tu palabra" abrió a Dios la puerta para encarnarse en este mundo.

Y es que, María, para los cristianos es mucho, es ejemplo, es madre, es intercesora, es amiga, es reina, es refugio, es consuelo, es salud, es puerta que nos lleva a Jesús… Así lo entendió desde prácticamente sus inicios la Iglesia y por ello los bizantinos comenzaron a rogar o, si se prefiere a piropear a la Virgen con tres populares invocaciones: "Santa", "Madre de Dios" y "Virgen de las Vírgenes". Estas aclamaciones serían el germen de las actuales "letanías lauretanas" que deben su nombre al Santuario de Loreto en el que fueron compuestas y desde donde su rezo se expandió por toda la Iglesia Católica. Impresiona pensar que, con ellas, miles de cristianos coronan diariamente el rezo del Santo Rosario a lo largo y ancho del mundo.

Es por ello que, desde estas líneas me gustaría proponer a los cofrades de la ciudad del Tormes una breve pero intensa "letanía cofrade salmantina" con la que honrar a la Madre de Dios durante el mes de mayo. Ella puede ayudarnos a unirnos más a la Virgen, y también a descubrir que, pese a que tenga un rostro u otro, se adorne más o menos, sea de vestir o de talla, nos parezca más o menos bella o despierte enormemente nuestra devoción, María, la mujer de Nazaret que acompañó a Cristo hasta el pie de la Cruz, es una sola. Esta letanía podría ser rezada personalmente o de modo familiar en la intimidad de cada hogar, en las visitas a la sede canónica de nuestra cofradía, o quizá en un pequeño recorrido por las iglesias en las que se encuentran nuestras vírgenes. Cada cual sabrá como y cuándo, pero, personalmente creo que es bueno que los cofrades dediquemos un tiempo intenso y profundo a honrar a María en este mes de Pascua en el que la Semana Santa ya se nos ha esfumado.

Santa María, Virgen de los Dolores de la Vera Cruz. Ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, Virgen de la Palma. Ruega por nosotros.
Madre Purísima, María Santísima de la Caridad y del Consuelo. Ruega por nosotros.
Virgen fiel, Nuestra Señora de la Amargura. Ruega por nosotros.
Trono y Madre de la Sabiduría. Ruega por nosotros.
Rosa mística, Nuestra Señora de las Lágrimas Ruega por nosotros.
Torre de David, Virgen Dolorosa de Montagut. Ruega por nosotros.
Puerta del Cielo, María Nuestra Madre. Ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores, Nuestra Señora de los Dolores. Ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, Nuestra Señora de la Esperanza. Ruega por nosotros.
Consuelo de los afligidos, Virgen Dolorosa en la Calle de la Amargura Nazarena. Ruega por nosotros.
Auxilio de los cristianos, Nuestra Señora de las Angustias. Ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, Nuestra Señora de la Soledad. Ruega por nosotros.
Salud de los enfermos, Nuestra Señora del Silencio. Ruega por nosotros.
Estrella de la mañana de Resurrección, Virgen de la Alegría. Ruega por nosotros.
Reina de Salamanca, Nuestra Señora de la Vega. Ruega por nosotros.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Ángel Benito

Imagen de la última misa de las Esclavas del Santísimo Sacramento en la capilla de la Vera Cruz

31 de octubre de 2018

La Vera Cruz vuelve a abrir sus puertas de forma provisional dentro del programa de Las Llaves de la Ciudad con un horizonte cada vez más lejano a conseguir un culto prolongado.

La noticia de que salmantinos y turistas puedan volver a disfrutar de las joyas de la Vera Cruz siempre es una alegría. Las Llaves de la Ciudad, programa turístico del Ayuntamiento de Salamanca, permite por segunda vez (la primera fue en 2013) que cualquier ciudadano pueda visitar espacios reservados hasta ahora a los cofrades como pueden ser las instalaciones donde se custodian los grupos escultóricos más reconocidos. Al igual que para el resto de salmantinos, la junta directiva de la cofradía cinco veces centenaria también lo ha vendido a bombo y platillo entre los hermanos destacando que, además de las visitas guiadas, dispondrán de una hora y 15 minutos más para que puedan acudir a venerar sus imágenes los viernes y los sábados. La programación se completa con conciertos y otros actos culturales que se mantendrán hasta bien entrado el mes de diciembre.

Desde la salida de las Esclavas en el mes de diciembre en un acto íntimo del que no se avisó, ya sea por el deseo de las religiosas o de la junta directiva, la capilla se ha abierto en contadas ocasiones. Para resumir, evitando hacer una enumeración que seguro me indujera a error: las fiestas propias de la cofradía, triduo pascual de Semana Santa, fiestas sacramentales y la misa mensual. Me consta por diversas fuentes que la intención de que una congregación religiosa ocupe las instalaciones se encuentra lejana, o cuanto menos no es una prioridad. Hasta ahora los intentos para que se ocuparan sí ha estado ligado a movimientos católicos, pero nada cercano a las congregaciones religiosas que velaron el convento y que devolverían una apertura prolongada a la Vera Cruz. Entre otros, rechazaron el ofrecimiento de ocupar el edificio diferentes proyectos del Comedor de los Pobres y Baraka de Cáritas.

Los visitantes que hayan acudido por primera vez a la Vera Cruz estos días no se habrán percatado de que ya no existen rejas. Ni miradas orantes tras ellas. En mi Exaltación de la Cruz, dirigí mi relato hacia una madre superiora que acompañaba el transcurrir de la cofradía. Hay un grupo importante de cofrades dentro de la Vera Cruz que aún ansían que el Santísimo Sacramento sea velado de forma continua. Que la capilla siga viva más allá del arte y las guías patrimoniales. Que no sean paredes desnudas donde mirar hacia un pasado demasiado cercano. El futuro ya es hoy. Y la oración debe hacerse un hueco entre Felipe del Corral y Alejandro Carnicero.

lunes, 14 de mayo de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fiesta Sacramental de la Cofradía de la Vera Cruz en la octava del Corpus Christi | Fotografía: Heliodoro Ordás

14 de mayo de 2018

Con la mirada puesta en la celebración grande del Corpus Christi, quiero rematar este tour de force sobre hermandades y Eucaristía con una mirada a la procesión central de nuestra vida litúrgica. La existencia de las hermandades, como he defendido, surge y se alimenta de la Eucaristía. De esta fuente inagotable, que es la vida misma de Cristo entregada por nosotros, nace la fraternidad y todas las actividades en las que se plasma (la preocupación por los más desfavorecidos, la formación o la evangelización a través de una estación de penitencia). En el Corpus y en su procesión la Iglesia, y las hermandades dentro de ella, muestran la adoración pública a aquel que es su cabeza y piedra angular. En palabras del Directorio de piedad popular y liturgia, los fieles nos sentimos "'pueblo de Dios' que camina con su Señor, proclamando la fe en él, que se ha hecho verdaderamente el 'Dios con nosotros'" (n. 162). Esto no es del todo nuevo en la historia de la salvación.

Tras la salida de Egipto y el encuentro con Dios en el monte Sinaí, Israel caminaba unido, organizado como pueblo, portando el Arca de la Alianza, con Moisés actuando como su capataz (gracias a Daniel Cuesta SJ por su certera apreciación). Con el Arca los acompañaba la presencia de Dios. El Señor caminaba en medio del pueblo elegido. Este es un anhelo presente en toda su historia. Por eso, el profeta Isaías anuncia que el nombre del Mesías será Emmanuel, Dios-con-nosotros. En Jesús se cumple esta promesa: el Hijo camina sobre la tierra como un hombre, llamando a sus discípulos, iniciando el Reino con la llamada a la conversión, afrontando su pasión y muerte, redimiendo al mundo con su resurrección. Las cofradías, en sus procesiones, representan ese caminar: las imágenes del Señor lo muestran humano, sufriente, en medio de su pueblo que camina penitente asociado a los misterios finales de su vida terrenal.

La devoción a las imágenes de los titulares es muestra del ansia de todo creyente, de todo hermano, por contemplar el rostro mismo de Jesucristo. Pero el Señor no nos ha dejado librados a nuestra suerte hasta su regreso glorioso al final de los tiempos. Cristo nos acompaña en nuestro caminar, para esto nos ha dejado la Eucaristía, en ella está presente real y substancialmente. Comulgando con su cuerpo y su sangre nos unimos del modo más estrecho con él. En la procesión de Corpus mostramos en público nuestra fe en ese misterio de la presencia sacramental de Dios Hijo, caminamos con él en medio de nosotros. Aquello que en las otras procesiones realizamos de modo simbólico, a través de imágenes, en la de Corpus lo realizamos de modo real. De aquí la importancia capital de la participación de las hermandades en su celebración.

En la procesión de Corpus no participan solo las hermandades, sino toda la diócesis. Toda la Iglesia local acompaña la presencia real de su Señor. Las cofradías se integran en esta proclamación pública de la fe, en este acto público de adoración. Llevan a plenitud aquello que manifiestan en sus cultos externos. Ahora bien, aquí debe haber un diálogo abierto para la correcta inserción de las cofradías en esta procesión. Ellas tienen sus características propias que deben ser respetadas e integradas en este culto público de la diócesis. He sostenido y defiendo que las hermandades tienen como peculiaridad la evangelización a través de la belleza, de la belleza en los cultos tanto externos, como internos. La procesión de Corpus es un momento ideal para este apostolado. La organización concreta del cortejo, el adorno del trayecto con alfombras florales o de sales, la ubicación y decoración de distintos altares en los que el Santísimo pueda realizar una estación y desde los que realizar la bendición..., todo esto son elementos de los que las cofradías pueden responsabilizarse realizando su misma vocación. Esto exige generosidad por parte de las autoridades eclesiales: la procesión del Corpus "pertenece" a todo el pueblo de Dios al margen de que tenga que existir alguna instancia coordinando su realización, por esto todos los grupos de la diócesis, desde sus carismas, deberían aportar a su desarrollo. Es toda la Iglesia local en la multiplicidad de sus manifestaciones la que acompaña a su Señor por las calles de la ciudad.

La participación en el Corpus no es la única forma que tienen las hermandades de fomentar el culto a la Eucaristía. Las adoraciones al Santísimo de cada cofradía por separado o la celebración de minervas refuerzan en cada una su vinculación con el Señor sacramentado. Además de la acción de hermandades penitenciales o de gloria, han surgido corporaciones –o ramas dentro de las anteriores– dedicadas de modo especial al culto eucarístico. La responsabilidad de estas hermandades es triple: hacia los hermanos, debe formarlos para que tengan una especial sensibilidad hacia la Eucaristía, la colaboración con la Adoración Nocturna puede ser muy provechosa; hacia el resto de cofradías, recordando cuál es la fuente de nuestra fraternidad y cómo debemos valorarla; y hacia la Iglesia en general, siendo apóstoles de la Eucaristía en medio de los bautizados. Su presencia es testimonio permanente de la actitud de todo cristiano hacia la cumbre de los sacramentos.

La celebración de Corpus no puede ser algo aislado, una flor de un día. La adoración pública al Santísimo Sacramento surge y conduce a la participación en la misa y en ella culmina con la comunión eucarística. De este modo volvemos al inicio de esta serie de cuatro artículos. Mucho –o quizás no tanto– he escrito y, sin embargo, todo puede resumirse de este modo: la importancia fundamental de la Eucaristía en la edificación de una hermandad sana. Solo participando como comunidad de la vida ofrecida por el Señor en la Eucaristía, podremos reafirmar nuestros lazos fraternos y, así, desempeñar nuestra labor evangelizadora en medio de la sociedad, con nuestras procesiones y estaciones de penitencia llevando a Dios a través de la belleza, con todas nuestras actividades formativas que nos permiten crecer en la comprensión de nuestra fe, con nuestra preocupación activa por el bienestar de nuestros hermanos más desfavorecidos. Sirvan pues estas líneas para ayudarnos a construir una vida cofrade arraigada con firmeza en Cristo. Vale.


miércoles, 7 de marzo de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

El Nazareno Chico, durante su traslado para el vía crucis de la Junta de Semana Santa | Fotografía: Alejandro López

07 de marzo de 2018

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana, individual y comunitaria. Por esto, las hermandades deben estar dispuestas a hacer de ella el núcleo de su devenir, fuente de una vida que se manifiesta en la caridad, en la formación, en los cultos externos. Una vida eucarística que se debe plasmar, como he comentado en el artículo anterior, en la vida de nuestras comunidades. Las cofradías tienen la capacidad de ser luz que abra nuevos caminos de evangelización. Este trabajo apostólico se fundamenta en gran parte en el cuidado de actos devocionales y de piedad popular tradicionales. En ocasiones se observa que entre estos y la celebración eucarística hay un desequilibrio. No solo por la mayor asistencia a aquellos, sino también por el cuidado con el que se preparan o la importancia que se les da en la planificación.

Esta contraposición llevó a mirar de modo sospechoso a las hermandades y sus modos de vivir la fe. Esta dicotomía es fruto de la evolución secular: si estudiamos las celebraciones de Semana Santa hasta las reformas litúrgicas de Pío XII en los años 1951 – 1955, encontramos que los oficios litúrgicos se celebraban a primera hora de la mañana, y el resto del día se combinaban procesiones y sermones mediante los cuales se hacía presente la pasión del Señor al pueblo. Los distintos actos devocionales o formativos se desarrollaban en paralelo a la liturgia. A partir de ahí, con las distintas reformas litúrgicas del s. XX, se acentúa la centralidad de la liturgia y de la participación de los fieles en ella. Esto supone un desafío para repensar e integrar las distintas formas de devoción.

El rumbo lo marca el mismo Concilio Vaticano II al afirmar que "la participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual" (SC 12). La Eucaristía es cumbre y fuente, pero esto no excluye el resto de celebraciones y oraciones que nos preparan y disponen para participar en ella de modo fructífero. Por esto, no son admisibles dos extremos: por un lado, la planificación de actos devocionales tradicionales al margen o de modo independiente de la liturgia; por otro, un desprecio de esos actos conducente a su eliminación. La importancia central de la liturgia se confunde, a veces, con su presencia exclusiva. Un absolutismo promocionado so capa de una purificación mal entendida, que pretende, si no en la teoría, sí en la práctica, extirpar las raíces populares presentes en el culto y la oración cristianas. En el año 1987, la Comisión episcopal de liturgia afirmaba que "la armonía entre celebraciones litúrgicas y actos piadosos es el alimento completo que sostiene y robustece la vida en el espíritu de los cristianos". Con esta visión en mente es como se debe proceder a elaborar el plan de cultos y oraciones de la hermandad.

Para alcanzar esa meta, se deben ir dando pasos progresivos: en primer lugar, es necesaria una formación litúrgica. Una formación que vaya creando en los responsables de las hermandades una sensibilidad que se plasme en la planificación de oraciones y cultos, y que pueda ser transmitida al resto de los hermanos. Si en el artículo anterior abogaba porque el apostolado litúrgico debe ser consubstancial a las cofradías, esto tiene que notarse en el planteamiento de las diferentes actividades. Unida a esta formación litúrgica, no estaría de más que las cofradías fuesen también escuelas de oración, donde se enseñe a orar tanto a través de los actos devocionales tradicionales (vía crucis, rosario,...), como a través de la meditación en la Sagrada Escritura o en presencia del Señor sacramentado. Ambas formas deben ayudar al crecimiento como cristianos de los hermanos, y a preprararlos para participar de modo fructífero en la Eucaristía. Sabemos que ante este planteamiento no responderá la totalidad de la hermandad, pero a partir de un pequeño grupo esta sensibilidad puede extenderse como una mancha de aceite.

Para ayudar en este camino de oración, sería muy interesante poder contar con un devocionario u oracional que constase de tres partes: la primera parte debería ser bíblica y estaría formada por aquellos textos del Antiguo y el Nuevo Testamento que puedan resultar más significativos desde el punto de vista de la hermandad, acompañados de algún comentario o de indicaciones para guiar la oración a partir de ellos. La segunda parte la formarían, por un lado, los textos (oraciones, Escritura, meditaciones) de novenas, quinarios, triduos en honor de los titulares, además de los indicados para hacer estación ante el Santísimo Sacramento; por otro, los de los ejercicios clásicos de piedad como el rosario, el vía crucis, vía lucis, vía matris, los siete dolores de María,... acompañados en sus misterios o estaciones de un texto bíblico y una meditación. La tercera y última parte, la constituirían las oraciones propias de todo cristiano y aquellas indicadas para los distintos momentos de la vida de la hermandad (inicio de reuniones, inicio y clausura de la estación de penitencia, al vestirse el hábito...). Esta obra sería un apoyo grande para la vida de oración de todos los hermanos.

Además, la planificación de las oraciones y cultos no litúrgicos deben tener siempre como objetivo último el preparar a los cofrades para participar en el encuentro con el Señor resucitado en la Eucaristía. La mejor forma de prepararse para celebrar es orando, y los ejercicios de piedad tradicionales son un tesoro insustituible en el desempeño de esa función. En el caso de la celebración de novenas, septenarios, quinarios, triduos... tenemos un problema: la predicación, la homilía debe estar ligada a las lecturas de la misa o a los textos litúrgicos; sin embargo, en esas celebraciones suele primar la temática de esos días sobre la liturgia de la Iglesia. Teniendo en cuenta las palabras de la Comisión episcopal de liturgia "la auténtica armonía entre liturgia y devociones está en la complementariedad sucesiva, no simultánea" (n. 24), me gustaría proponer algo que puede resultar polémico: realizar celebraciones de la Palabra ligadas a la temática de la novena, quinario,... que culminen en la celebración de la Eucaristía como elemento central que corone y dé sentido a lo meditado en los días previos. Dejo esta propuesta para el debate.

En definitiva, las hermandades son cauce no solo de vida litúrgica, sino también de vida devocional. Al plantear la estructura de sus cultos y oraciones, las cofradías deben presentar un todo articulado de tal forma que los distintos aspectos estén integrados. Esto favorecerá el crecimiento espiritual de los hermanos ligados de un modo más estrecho a la presencia del Señor resucitado en medio de su pueblo.


miércoles, 3 de enero de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Eucaristía organizada por la Hermandad del Silencio en su parroquia de Jesús Obrero | Fotografía: Hdad. del Silencio

03 de enero de 2018

En el primer artículo centraba la reflexión en la Eucaristía como culmen de la vida cristiana, de toda comunidad y, por lo tanto, de toda hermandad. En los artículos siguientes, empezando por este, quiero centrarme en cómo plasmar ese principio a lo largo de todo el año en la actividad de las cofradías. Entro ahora en el campo de lo prudencial, de lo discutible, no pretendo tener la última palabra acerca de los distintos aspectos que voy a tratar, sino ofrecer apuntes, y mi posición personal, para establecer, si se quiere, un debate que clarifique y ayude a acrecentar la unión con Cristo y con los hermanos a través del fundamento de la Eucaristía.

Las cofradías no somos islas, no somos las únicas comunidades cristianas de una diócesis, y por esto no podemos desempeñar nuestra labor de espaldas a la realidad eclesial. En el momento en el que una junta directiva, el vocal de cultos, el director espiritual formulan el plan pastoral de la hermandad deben tener en cuenta esto. Claro que no siempre es fácil. Sería ingenuo obviar las dificultades que históricamente han surgido entre párrocos, rectores, comunidades religiosas, y las distintas corporaciones. Incluso en el caso de las hermandades que tienen en propiedad su sede canónica, su pastoral ni es, ni puede ser, autónoma. Del mismo modo, tampoco es justa la actitud que contempla en las actividades de las cofradías algo al margen de la vida parroquial, un residuo de otros tiempos que hay que sufrir hasta que desaparezca (algo que, para sorpresa de teólogos y pastoralistas bien sesudos, no tiene pinta de que vaya a suceder en el breve plazo). En muchas ocasiones la voluntad de hacer cultos por parte de las hermandades choca con la planificación de la parroquia. Enfrentamientos que pueden llegar al extremo de plantear quién tiene derecho a la Eucaristía, o quién puede imponer su celebración a otras comunidades o instancias eclesiales.

Estas cuestiones, así planteadas, no son correctas. La Eucaristía pertenece a Cristo, es Cristo mismo quien se dona a sí mismo para nuestra salvación. Ninguno de nosotros "tenemos derecho a la Eucaristía". Tampoco una cofradía o, ni siquiera, una parroquia. La clave para superar este problema nos la da el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium: la parroquia "es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero..." (EG 28) y, por lo tanto, reclama que los demás grupos existentes, también las hermandades,

"no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces" (EG 29). 

El camino que marcan estas palabras es muy sugerente: el de una pastoral de conjunto en la que se integran las cofradías. Si la hermandad vive de la Eucaristía, esta celebración debe estar ubicada dentro de la actividad pastoral de la parroquia o comunidad religiosa. El modelo ideal sería en el que una de las eucaristías dominicales esté al cuidado litúrgico de la cofradía, abierta, por supuesto, a la participación de toda la comunidad cristiana. Una celebración en la que la espiritualidad de la corporación pueda enriquecer la vida parroquial y viceversa. Es un modo de ser, como dice también el Papa Francisco en su homilía a las cofradías, "un verdadero pulmón de fe y de vida cristiana, aire fresco" (homilía del 5 de mayo de 2013). La hermandad necesita esta celebración semanal. No podemos existir sin celebrar la Eucaristía. Todos nosotros necesitamos para vivir celebrar el día del Señor acercándonos a recibir su Cuerpo y su Sangre. Y muchos hermanos viven su fe a través de la hermandad. Una parroquia en salida, como nos pide el Papa, debe ir al encuentro de todos y la cofradía realiza esta misión de modo muy eficaz. Limitar las misas a una vez al mes o a los cultos principales del año supone cerrar puertas a quien se acerca al Señor a través de las celebraciones de la hermandad.

La imbricación de la hermandad con la realidad parroquial –o conventual, en el caso de órdenes religiosas– supondría superar los antagonismos del pasado. Eso sí, siempre que esa colaboración se realice desde el respeto mutuo, y se tenga en cuenta las particularidades propias de la pastoral cofrade. Una vía a explorar, por ejemplo, es confiar en las hermandades para un apostolado litúrgico: una de las características de las cofradías es explorar el camino de la belleza como vía del descubrimiento de Dios, contar con ellas para la preparación de las celebraciones y los tiempos litúrgicos en la iglesia sería un modo creativo de contar con ellas en la vida cotidiana. Se convertirían así, como dice el papa Francisco, en "una presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas" (homilía del 5 de mayo de 2013).

Se me puede objetar, con razón, que las hermandades hoy en día trascienden los límites estrictos de una parroquia o barrio, o el alcance de una determinada orden religiosa a la que están vinculadas. Es cierto. Las cofradías, aunque nacidas en un contexto determinado, han ampliado su rango de influencia más allá de unas calles concretas de nuestras ciudades. Además, en algunos casos, la implicación eclesial de los hermanos no se reduce a la vida de hermandad: todos conocemos a alguno que desempeña una labor pastoral en su parroquias de origen, en el colegio en el que trabaja, o en otros grupos cristianos a los que se siente vinculado. Esto, lejos de constituir un obstáculo, es una oportunidad muy valiosa para que esos cofrades puedan aportar su experiencia, su carisma, a la propia corporación enriqueciendo su vida. Por lo tanto, no se trataría tanto de que todos los hermanos acudan a todas las eucaristías preparadas por la hermandad (objetivo utópico, sin duda), sino de que a través del tiempo la Eucaristía compartida vaya construyendo la unidad de la cofradía entrelazando los distintos carismas y vivencias de sus integrantes. Una unidad interna y una unidad con las otras comunidades que conforman la realidad eclesial.

En conclusión, creo que lo ideal es celebrar, al menos, una misa dominical en la sede canónica como parte de una planificación pastoral de la parroquia, unidad pastoral, o convento, en la que se sitúe. Una planificación en la que la hermandad juegue un papel significativo en las labores de evangelización. Esto permitirá cultivar la vida eucarística necesaria para la existencia de la hermandad, al tiempo que se produce un enriquecimiento entre las distintas realidades eclesiales.


viernes, 29 de diciembre de 2017

Tomás González Blázquez

Un momento de la Oración Cofrade por las naves de la Catedral de Salamanca | Fotografía: Óscar García

29 de diciembre de 2017

"Incúlquese en el ánimo de los fieles, por los medios más oportunos, el amor y la veneración hacia la iglesia catedral, que ha de ser considerada con razón el centro litúrgico de la diócesis. Debe ser manifestación de la imagen expresa y visible de la Iglesia de Cristo que predica, canta y adora en toda la extensión de la tierra". (cf. núm. 43-44-45 del Ceremonial de los Obispos).

Precisamente cantar por las naves de una catedral, la nuestra, la de Salamanca, es motivo de sorpresa los primeros sábados de mes (en enero será el segundo) cuando una pequeña comitiva de fieles, cofrades y no cofrades, se agrupa en cortejo procesional al salir de la capilla de San Clemente. En ese hermoso espacio de oración, ciertamente reducido si lo comparamos con el total de la superficie catedralicia, acaban de rezar la felicitación sabatina a la Virgen y el Rosario, antes de compartir la celebración de la Eucaristía. Ahora marchan entonando Santa María del Camino hacia una de las capillas marianas del templo, donde harán estación ante una imagen diferente cada mes y contemplarán una dimensión concreta de la Madre de Dios. Se trata de un septenario que, de octubre a abril, aspira a preparar espiritualmente los actos conmemorativos del IVº centenario del voto concepcionista de Salamanca, formalizado el 6 de mayo de 1618 ante Santa María de la Vega. Es precisamente junto a ella, con el canto de la Salve, como concluye la Oración Cofrade que a lo largo del presente curso viene desarrollando la Coordinadora Diocesana de Cofradías y Hermandades.

Pero vuelvo a la escena anterior. "Mientras recorres la vida tú nunca sólo estás…". Y los turistas sacan sus móviles para captar tan pintoresco momento. Mientras tanto, avanzan hacia la capilla del Pilar para orar ante la que es Madre de la Iglesia, o se acercan hasta la de la Soledad para invocarla como Puerta del Cielo, o se reúnen junto a la Virgen de la Palma aclamándola Reina de la Familia: "… contigo por el camino Santa María va". El próximo mes de enero, la Virgen de la Verdad como Trono de la Sabiduría. Luego, la de Lourdes que es Salud de los Enfermos, ya en Cuaresma la de la Piedad abierta en Refugio de los Pecadores y, cuando llegue la Pascua, la Virgen del Desagravio porque no es admisible el agravio de negarla Sin Pecado Concebida. "Ven con nosotros a caminar", parecen invitar los cofrades a quienes graban su canto procesional, pero esa invitación realmente la están haciendo a cuantos nunca se han planteado que nada hay más necesario, prioritario y natural para una comunidad diocesana que reunirse para rezar en la iglesia catedral.

"Aunque te digan algunos que nada puede cambiar…". Porque, no podemos negarlo, la tentación de no hacer nada, de no luchar "por un mundo nuevo", a menudo nos atenaza y nos doblega. Es más fácil gestionar la frustración que revertirla. Más sencillo ganar la orilla que remar contra corriente. Y más cómodo dejar que todo se siga haciendo como se ha hecho siempre. Amor y veneración hacia la iglesia catedral no hay entre los católicos salmantinos, pero se supone que no constituyen un terreno pedregoso donde no puedan crecer esas semillas si son sembradas con un poco de ardor apostólico. Cobra aquí especial sentido la pastoral de las cofradías. La diocesana que ha señalado la Catedral como sede de la Oración Cofrade. La de las cuatro hermandades asentadas en la iglesia mayor, que en comunión con el Cabildo deben emprender planteamientos serios y ambiciosos. Y la de las otras cinco cofradías que han optado por poner la Catedral en la entraña de sus procesiones, decisión que merece el respaldo de la institución capitular y supone todo un reto en preparación y desarrollo. Que se rece en la Catedral, cada vez más y mejor, acrecentará su condición de "centro luminoso" para toda la diócesis. Son las cofradías quienes hoy llevan más semillas para ello en sus zurrones. Ojalá no esquiven la tarea. A sembrar.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Nacho Pérez de la Sota

La Virgen del Rosario, en el Patio Chico durante su procesión | Fotografía: Heliodoro Ordás

27 de diciembre de 2017

Es mi intención en este artículo reivindicar, no ya el beneficio, o la conveniencia o hasta la necesidad, sino inclusive, la obligación del rezo habitual del Rosario como proyecto vital de personas que se dicen católicas, y devotas de una forma de piedad popular.

En nuestras cofradías y hermandades no es nada extraña la presencia de una figura o una advocación mariana. No es necesaria –no obstante– esta presencia para reconocer a nuestra Santísima Madre como parte fundamental de nuestra fe, y de nuestra piedad popular, ya sea en tiempos de Pasión o fuera de ellos.

Por ello, si de verdad la amamos, lo mínimo que podemos hacer es cumplir con el mandato que constantemente ha dado desde el primer momento (ya tan antiguo como casi cinco siglos) en que se presentó bajo la advocación de Virgen del Rosario; un mandato muy simple y muy sencillo: "Hijos: rezad el Rosario".

Dulcísima orden, suavísimo encargo. Hijos, rezad el Rosario. Pero no una vez de tanto en tanto, o cuando me apetezca, o necesite pedirle algo y quiera así tenerla más propicia a mí. No. Rezad el Rosario… siempre, todos los días, constantemente, como forma y rutina de oración, por costumbre. ¿Es que no vamos a darle ese gusto a quien consideramos nuestra verdadera Madre y a quien deseamos satisfacer en los mínimos detalles? ¿No vamos a ser capaces de complacer la única petición que nos ha hecho y nos hará?

Supongo que no hace falta explicar aquí el amor que uno siente por una madre. No es necesario, por tanto, hacerle entender a nadie que lo primero que deseamos con una madre es darle gusto a sus ruegos.

Pero es que además (aunque solo sea por puro egoísmo) el rezo del Rosario supone una serie de beneficios y bendiciones tal y como ha hecho ver la propia Virgen María cuando ha recomendado practicar esta costumbre:

  1. A todos los que recen devotamente mi Rosario, prometo mi protección especial y muy grandes gracias.
  2. El Rosario será una defensa muy poderosa contra el infierno; destruirá los vicios, librará del pecado, disipará las herejías.
  3. El Rosario hará florecer las virtudes y las buenas obras y obtendrá a las almas las más abundantes misericordias divinas. Sustituirá en los corazones el amor del mundo con el amor de Dios y los elevará al deseo de los bienes celestiales y eternos. ¡Cuántas almas se santificarán por este medio!
  4. El que rece devotamente mi Rosario, meditando sus misterios, no se verá oprimido por la desgracia. Si es pecador, se convertirá. Si es justo, crecerá en gracia y tendrá la recompensa de la vida eterna.
  5. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los sacramentos de la Iglesia.
  6. Los que recen mi Rosario encontrarán durante su vida y en la hora de la muerte la luz de Dios, la plenitud de sus gracias y participarán de los méritos de los bienaventurados.
  7. Libraré muy prontamente del purgatorio a las almas devotas de mi Rosario.
  8. Lo que pidáis mediante mi Rosario, lo obtendréis.
  9. Los que propaguen mi Rosario serán socorridos por mí en todas sus necesidades.
  10. He obtenido de mi Hijo que todos los miembros de la Cofradía del Rosario tengan por hermanos durante la vida y en la hora de la muerte a los santos del cielo.

Son de verdad innumerables los santos, santas y beatos que han recomendado vivamente el rezo del santo Rosario. Podemos poner cientos de ejemplos, aunque conformémonos con algunos menos…

San Pío de Pietrelcina
"¡Amen a la Virgen y háganla amar. Reciten siempre el Rosario!" 

Santa Teresa de Calcuta
"Aférrate al Rosario como las hojas de la hiedra se aferran al árbol; porque sin nuestra Señora no podemos permanecer"

San Juan Bosco
"Sobre la devoción de la Virgen y el rezo del Rosario se basa toda mi obra educativa. Preferiría renunciar a cualquier otra cosa, antes que al Rosario"

San Juan Pablo II
"El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad" 

San Juan XXIII
"El Rosario es una muy excelente forma de oración meditada, compuesta a modo de mística corona" 

En efecto, en vez de seguir enumerando cientos de citas de este tipo, que no hacen sino ponderar la grandeza de nuestro Rosario, fijémonos brevemente en estas últimas escuetas, breves, simples sentencias de dos papas muy cercanos a nosotros.

El Rosario (no son los únicos que lo han señalado) probablemente sea la oración más perfecta que existe, por cuanto que es la más sencilla, y todo por varias razones:

  • Reúne –repetidas– las tres oraciones básicas de la doctrina cristiana: Padrenuestro, Avemaría y Gloria
  • El Rosario nos pone en contacto con la Virgen, que es sin duda la más poderosa intercesora y mediadora que existe
  • En cada misterio nos recuerda todos y cada uno de los principales momentos de la vida y Pasión de Jesús y nos acerca a su ejemplo y sus enseñanzas, con lo que reafirmamos nuestra fe y nuestra doctrina y la repensamos

Como han enseñado multitud de teólogos y santos, el Rosario nos permite ver a Jesús a través de los ojos de María, porque en cada misterio está Ella como participante o como espectadora directa o indirecta. Así san Juan Pablo II en su carta apostólica de 2002 Rosarium Virginis Mariae, afirmaba: "Aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y la profundidad de su amor".

Como aseguró el papa Francisco en su tuiter en la festividad del Rosario el 7 de octubre del año pasado, "el Rosario es la oración que acompaña siempre mi vida; también es la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón".

En otras intervenciones, ha ponderado igualmente la conveniencia de esta devoción: "El Rosario es una oración contemplativa simple, accesible a todos, grandes y pequeños. En la oración del Rosario nos dirigimos a la Virgen María para que nos lleve siempre más cerca de su Hijo Jesús, para conocerlo y amarlo cada vez más. Mientras repetimos Ave María, meditamos los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de la vida de Cristo, pero también de nuestra vida, porque nosotros caminamos con el Señor".

Claro que el rezo del Rosario puede resultarnos al principio (especialmente si no tenemos el hábito o costumbre) algo un poco pesado, un poco cansino y darnos miedo. Pero no olvidemos que cada Avemaría es un Te quiero que le decimos a nuestra Madre del cielo. El hábito de rezar el Rosario todos los días es un modo de asegurar un contacto diario con la Virgen María, de expresarle todo nuestro afecto, veneración y gratitud. Podemos hacerlo progresivamente y aprovechando esos momentos "vacíos" de nuestra vida: el trayecto hasta el trabajo o el estudio, al hacer deporte, una espera en una cola o el hospital…

No quiero cansaros más. Ha sido mi intención en esta intervención que adquiramos conciencia de la importancia del rezo cotidiano del Santo Rosario, por nuestro propio provecho espiritual, por testimonio de amor a la Madre y como colaboración en la obra redentora de Cristo usándolo como oración de intercesión, pidiendo por los demás. Y, claro, que nos hagamos el propósito de incluirlo a partir de ahora en nuestra actividad diaria. Sin temores, sin vértigos,  sin miedos, pero sin auto engaños. Con la seguridad de los beneficios que se derivarán de ello.

Y, sobre todo, como homenaje y tributo de amor y veneración a nuestra Madre, por cumplir lo que tantas veces nos ha pedido: "Hijos, rezad el Rosario"…

Así sea.


lunes, 13 de noviembre de 2017

Tomás González Blázquez

La Congregación de Jesús Rescatado, al iniciar su procesión desde la iglesia de San Pablo | Fotografía: Pablo de la Peña

13 de noviembre de 2017

La Iglesia, acusada de inmovilismo y anacronismo, tachada de lenta y atrasada, maneja tan bien el tiempo que es la institución más longeva de la Historia, e incluso desde la fe afirmamos que prevalecerá hasta la venida gloriosa de Cristo, y no es la verdad que más se atrevan a cuestionarnos. Más abarcable es el asunto del espacio, y tampoco se le ha dado mal, con muchos mártires y frustraciones de por medio, obedecer el mandato de ir hasta los confines de la Tierra anunciando a su Señor. A menudo lo ha hecho de prestado, entrando en las casas que se le abrían, como aquellos setenta y dos enviados directamente por Jesús, y siguiendo camino después. Pero, claro está, terminó el tiempo primero de la clandestinidad, de las reuniones en las casas, de las catacumbas, y hubo templos, basílicas, colegios, hospitales, prioratos, abadengos, y hasta Estados Pontificios, reducidos hoy a una Ciudad-Estado que tan buen servicio puede prestar en el ámbito diplomático a la construcción del Reino. La propiedad de la Iglesia despierta y despertará recelos, tanto en hostiles como en fieles, e incluso se le pretende negar ese derecho, como demuestra la polémica de las inmatriculaciones o la redundante amenaza de privarla de la exención fiscal que reconoce su utilidad para el bien común. Más allá de ese prejuicio acerca de que la Iglesia posea bienes y del ansia voraz por sustraérselos, surge hoy, en nuestros contextos nacional y diocesano, el problema del mantenimiento de un patrimonio que excede las necesidades actuales para el culto y las demás actividades secundarias.

Basta hacer un ejercicio sencillo con el plano de la capital y el mapa de la provincia. El centro histórico de Salamanca está plagado de edificios religiosos, propiedad de la Diócesis, de congregaciones religiosas, e incluso la capilla de la Vera Cruz como ejemplo de nuestra realidad cofrade. Cada pueblo, aldea y hasta finca tiene su templo, y son más las parroquias que los municipios. No es preciso calcularlo en metros cuadrados ni hacer tasaciones aproximadas. ¿Necesitamos tanto? ¿Lo podemos mantener? ¿Cómo armonizar interés histórico-artístico, potencial turístico, viabilidad económica y función pastoral? La Asamblea Diocesana adelanta en sus orientaciones que muchos templos irán paulatinamente perdiendo el uso para el culto y apunta a una renovada planificación de las misas dominicales. En el medio rural se plantea el establecimiento de "templos centrales" donde potenciar la eucaristía del domingo, en los que reunir a varias comunidades parroquiales, como alternativa a las celebraciones en ausencia de presbítero en cada parroquia. En la capital, donde las unidades pastorales funcionan de manera desigual o están por arrancar y las iglesias de religiosos son muy numerosas, la oferta de cada domingo es amplísima: contando la tarde del sábado, ciento sesenta y seis oportunidades de cumplir el precepto, bendita y necesaria obligación. De vez en cuando, fuera de programa, "misas de cofradía" que no contempla el horario semanal diocesano. Tampoco los cofrades pueden vivir sin el domingo aunque muchos crean que sí.

Ante el reto de los templos centrales hace falta revisar el estado de la relación entre las hermandades y sus sedes. Si calles y plazas son su campo genuino pero esporádico, el templo es su espacio natural y ordinario. El asentamiento es bien diverso. Abundan las cofradías en la Catedral, la Clerecía y San Esteban, templos hoy innegablemente orientados al turismo. También las hay en iglesias conventuales y en parroquiales, además del mencionado caso de la Vera Cruz. E incluso el Cristo del Perdón se venera en las Bernardas sin que haya religiosas cistercienses. Se da la circunstancia de que a veces no coincide la sede canónica con el templo de salida, e incluso se observa la tendencia a diversificar las sedes para la celebración de ciertos cultos durante el año. Es posible afirmar que, salvo algunas excepciones, las cofradías de la ciudad no mantienen una relación estrecha, integrada y perfectamente identificable con sus sedes. No es que existan conflictos. Simplemente, faltan conexión, integración y una línea pastoral nítida que potencie y aproveche la riqueza espiritual de las cofradías y sus imágenes devocionales. En todo caso, a medio plazo muchas iglesias urbanas, quizá en menor medida que las rurales, van a verse afectadas por la escasez de fieles, y a corto, por la aún mayor carencia de sacerdotes que puedan presidir la misa en ellas. Se impondrá una reducción en el número de celebraciones eucarísticas en la ciudad de Salamanca, y si no lo remedia una comunidad que los arrope, de religiosos o de laicos, los templos que apenas abren ya para la misa verán cerradas sus puertas.

Ante esta situación, cabe esperar que las cofradías reflexionen sobre la relación con sus sedes y las redescubran como el pilar sobre el que construir su vida de hermandad por encima de la procesión. Es cierto que el cimiento básico es la eucaristía y el domingo, y que para esto pueden unirse a la celebración parroquial, pero se antoja pastoralmente necesario vincularlos a la presencia de las imágenes. ¿No ayuda a los hermanos del Flagelado reunirse en torno a su titular en la Clerecía? ¿No sería natural que los cofrades del Cristo de la Agonía se congregasen en los Capuchinos? ¿No parece lógico que los de la Soledad defiendan la misa dominical en su capilla catedralicia, sin negar el sentido de la celebración capitular en la capilla mayor? Para que el culto se conserve en varios templos, para que haya una comunidad que sostenga el domingo, las cofradías han de dar un paso adelante. Sus imágenes devocionales no deben degradarse a la categoría de piezas artísticas, pese al mucho potencial evangelizador que aún conservarían. Así, sería posible que la nómina de iglesias netamente cofradieras aumentase. A la Vera Cruz, donde se produce un simbiosis peculiar y enriquecedora entre los carismas de la piedad popular y la vida contemplativa, cristalizados además en la permanente exposición eucarística gracias a las Esclavas del Santísimo, quizá se terminen  sumando otros templos: un San Pablo gestionado por la congregación de Jesús Rescatado, un San Julián por la del Nazareno, un San Benito por la Hermandad de Jesús Despojado, y así más templos donde hay imágenes devocionales o a los que pudieran trasladarse.

Siempre desde el realismo y la viabilidad, que esto ni se improvisa ni es el plan original, sino una adaptación a las circunstancias. Seguramente las hermandades no podrían abrirlos diez horas diarias como abre la Vera Cruz (inmensa gracia la presencia de las religiosas), ni sus pluriempleados capellanes podrán limitarse a ese altar y ese confesionario, pero si logran comprometerse en la tarea de mantener una iglesia abierta, en la que se celebre la eucaristía, se brinde el perdón de Dios y se pueda orar con la ayuda de esas imágenes que durante unas horas al año procesionan por las calles, ganarán en madurez y en responsabilidad. En definitiva, estarán creciendo en su proceso de ser comunidad cristiana. Esto no las segregaría de la vida parroquial o diocesana, sino que las otorgaría verdadera relevancia en la difícil coyuntura de conservar y acrecentar la presencia de Dios en el mundo de hoy, que también se refleja en las puertas abiertas de las iglesias. Abiertas para acoger, para compartir y para rezar. Para organizar los desfiles procesionales bastaría un simple almacén o museo: ¿no está ese reto ya superado? Se trata ahora de un esfuerzo menos vistoso pero más decisivo.


viernes, 3 de noviembre de 2017

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

La capilla de Jesús Flagelado, en la Clerecía, acoge las eucaristías de la hermandad de la que es titular | Foto: Alberto Ramos

03 de noviembre de 2017

Todas las cofradías son asociaciones públicas de fieles que tienen entre sus fines la promoción del culto divino. A menudo esta promoción es identificada de forma unívoca con la celebración de la estación de penitencia o de distintas procesiones de gloria, rosarios... y, sin embargo, por esto, a veces se oscurece el principal culto al que está llamado a participar todo cristiano, situado en el corazón mismo de la Iglesia, la celebración de la eucaristía. Todas las hermandades, no solo las sacramentales, deben poner especial cuidado en la promoción de la devoción eucarística. Para analizar esta realidad me propongo, a lo largo de este curso, presentar la necesaria relación entre eucaristía y hermandades: primero, en el plano teórico, intentaré mostrar cómo la fraternidad se enraiza en la eucaristía; segundo, a lo largo de los siguientes artículos, me detendré en tres aspectos de dicha relación (la organización de los cultos y oraciones en la hermandad, la relación entre eucaristía de hermandad y eucaristía parroquial, y, por último, la celebración y participación en el Corpus Christi).

La vida cristiana tiene como culmen la celebración de la eucaristía. En ella Cristo mismo nos ofrece su vida resucitada a través de su cuerpo y su sangre. A su vez, esta entrega se convierte en fuente de gracia que inunda nuestra existencia y nos alienta en nuestra actividad cotidiana. De este modo, somos sostenidos y animados en el camino hacia el encuentro definitivo con el Señor. Estamos unidos a Cristo por el bautismo, y esa unidad por el Espíritu se edifica y refuerza por la participación en la eucaristía. No es esta una unidad individualista, intimista, pensada para la salvación personal aislada de la del resto de los hermanos. La unión con Cristo conlleva la unión con el prójimo: todos estamos llamados a constituir una única familia, una fraternidad que se manifiesta en la comunidad de la Iglesia. Una comunidad que se desborda para intentar abarcar la humanidad entera, en palabras de san Juan Pablo II, "la eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres" (Ecclesia de Eucharistia, n. 24). Esto no son solo bellas palabras con las que consolarnos en medio de la soledad. Es necesario tenerlo claro: más allá de la familia de carne y sangre que todos tenemos, la persona que está a nuestro lado en el banco de la iglesia, con la que nos cruzamos en la calle, son, en verdad, nuestros hermanos. Y como tales tienen que ser vistos y considerados.

Las cofradías son una concreción local de esa fraternidad universal que constituye la Iglesia. Formar parte de una corporación supone entrar en una familia, y esto tenemos que tenerlo presente siempre. Cuando surgen dentro de ella las dificultades y enfrentamientos, las rivalidades y celos que, por experiencia, sabemos que están siempre presentes en toda organización, debemos afirmar todavía con más fuerza esta realidad. Con un hermano se puede debatir, disentir, discutir, pero sigue siendo familia, a pesar de todo. Podemos preguntarnos dónde reside el fundamento último de esta fraternidad, aquello que la edifica día tras día: algunos dirían que una cofradía se cimenta en la común devoción a unas advocaciones del Señor y de su Madre, otros que en el gusto por la camaradería que encontramos en su seno, unos más en la formas populares que ofrece para vivir la propia fe. Sin embargo, siendo estos factores importantes, que contribuyen a la edificación de la fraternidad, no son la piedra angular sobre la que se levanta.

Afirma el Concilio Vaticano II que "no se construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía" (Presbyerorum Ordinis, n. 6). Y las hermandades no son una excepción, pretenden ser una comunidad cristiana en la que vivir la fe. Por eso duele ver cómo, en ocasiones, la capilla o la iglesia está semivacía, con ausencias incluso de quienes deberían desempeñar su función con compromiso ejemplar, la Junta de Gobierno. Tampoco debemos escandalizarnos: en una cofradía no todos tienen la misma implicación o presencia en las distintas actividades. Algunos solo aparecen el día de la estación de penitencia, otros acuden a las actividades sociales, son menos los que asisten a todas las eucaristías y cultos. Sabemos que esta es una realidad con la que habremos de lidiar siempre, el deber ser de las hermandades siempre estará lejos de su ser. Sin embargo, es una obligación de todas las Juntas de Gobierno, así como de los capellanes y directores espirituales, promover la formación de todos los cofrades para que valoren en su medida la importancia de la eucaristía.

La propia liturgia de la celebración nos lleva a fortalecer esa unidad de diferentes formas y en diversos niveles: en primer lugar, es un momento de encuentro y oración, de fe compartida, de reconocernos hermanos en el Señor reunidos en torno a su altar. Además, en segundo lugar, la hermandad se presenta, no como un grupo amorfo, sino como un cuerpo organizado. Si fijamos la mirada en las llamadas "funciones principales", la hermandad se dirige al encuentro del Señor en la eucaristía como un todo articulado: la presencia en pleno de la Junta de Gobierno, la protestación de fe... todo esto son signos que apuntan a la estrecha unión de quienes están celebrando el misterio central de su fe. En tercer lugar, las voces de todos los hermanos se alzan en común oración, los unos por los otros y por la Iglesia entera: en la oración de los fieles en la que respondemos a la palabra de Dios elevando nuestras súplicas al Padre; o en el Padrenuestro, verdadera oración de los hijos de Dios unidos en fraternidad. En cuarto lugar, en la misma plegaria eucarística, el momento más sagrado de toda la celebración, en el que el Señor resucitado se hace presente entre nosotros bajo las especies del pan y del vino, pedimos al Padre que la participación en ese cuerpo y sangre de Cristo nos congregue en la unidad. Por último, la comunión misma es la ocasión de mayor unidad entre los cofrades: la unión eucarística con Cristo, a través de Él, une del modo más estrecho a todos los hermanos.

Si fallamos en esto, ya podremos tener un desempeño en la calle ejemplar, que en poco nos diferenciaremos de una asociación cultural. Sin embargo, si el cimiento de nuestra fraternidad está asentado con firmeza en la eucaristía, todo lo demás se nos irá dando por añadidura como el río que mana de la fuente. Por esto, es responsabilidad de las Juntas de Gobierno planificar una formación atractiva que incida en este aspecto, una organización de los cultos que alimente la unión deseada, y una participación en las actividades de caridad que haga operativa esa fraternidad nacida del altar.

En los artículos siguientes, como he comentado, intentaré analizar algunos desafíos a los que la vivencia de la eucaristía se enfrenta en las hermandades.


viernes, 17 de marzo de 2017

Pedro Martín

Vía crucis de la Junta de Semana Santa en la Catedral Vieja  con el Cristo del Amparo | Foto: ssantasalamanca.com

17 de marzo de 2017

Uno de los actos más comunes y propios de la Cuaresma y, por ende, de las cofradías es el piadoso ejercicio del vía crucis, reflexión con la cual, a través de diversos pasajes o estaciones, nos acercamos a la pasión de Jesús y en ocasiones, añadiendo una decimoquinta estación, a la resurrección.

Esta oración, casi siempre itinerante, es realizada por casi todas las cofradías, en su iglesia, en la calle, con una cruz presidiendo la misma, con una imagen. Casi todas las formas son válidas, siempre que sirva para acercarnos a la figura de Jesús y a sus padecimientos camino del Calvario, de tal modo que podamos compadecernos de él y veamos reflejados sus sufrimientos en los hermanos que más lo necesitan para ejercer la necesaria oración, ayuno y caridad propias de este tiempo cuaresmal. ¿Para qué si no puede servir un vía crucis?

Desde hace ya bastantes años, la Junta de Cofradías, actual Junta de Semana Santa de Salamanca viene organizando un vía crucis cuaresmal con diferentes modelos y también con dispar éxito de participación de cofradías y fieles. Hasta donde me alcanza la memoria, hemos tenido vía crucis organizados por las diferentes cofradías en torno a su templo, con la imagen titular o sin ella. Vía crucis en la Catedral Nueva con la imagen del Cristo de las Batallas discurriendo por las naves de la misma. Vía crucis en la Catedral Vieja sin más, y con escasísima concurrencia, quizá por la coincidencia del día y la hora con otros actos más atractivos.

En esta última época se apostó por realizarlo en diferentes parroquias de la ciudad preferentemente periféricas, con una asistencia discreta en la mayoría de las ocasiones, salvada por los fieles parroquiales. El caso es que ningún modelo ha acabado de gustar, y poco a poco han ido a menos.

Este año, con motivo del 75 aniversario de la Junta de Semana Santa, se ha optado por un nuevo modelo no explorado hasta ahora, pero que parece tener todo su sentido: acudir con una imagen a la S.I.B. Catedral para allí hacer el ejercicio del vía crucis presidido por nuestro obispo. Quizá por ser una ocasión extraordinaria, o quizá no, lo cierto es que la representación fue mucho mayor que en otras ocasiones, y la afluencia en la Catedral fue importante.

Parece oportuno, por tanto, valorar un modelo similar para futuros años. Trabajarlo y consolidarlo. Es evidente que nuestra riqueza y singularidad son las imágenes, rezamos con ellas y a ellas, por lo tanto es lógico que una de ellas sea trasladada a la Catedral para la ocasión de una forma seria, sencilla y sobria, dando testimonio de fe toda la Semana Santa unida e invitando al resto de la ciudad a rezar con su obispo. La fecha también es importante y parece que el primer sábado de cuaresma es adecuado como inicio de la misma, siempre que las cofradías procuren respetar dicha fecha. Seguro que muchos de los detalles del pasado día 4 son mejorables, pero con el compromiso de todos podemos hacer del vía crucis de la Junta de Semana Santa de Salamanca un gran acto de oración y de fe. En nuestras manos está consolidar, por fin, un modelo que atraiga y que perdure en el tiempo.


viernes, 17 de febrero de 2017

Tomás Gil Rodrigo

Cristo de la Buena Muerte, titular de la Hermandad Dominicana de Salamanca | Foto: ssantasalamanca.com

17 de febrero de 2017

¿Qué oración hacemos cuando nos encontramos ante una imagen sagrada? Me he dado cuenta de que no sabemos orar como nos conviene con nuestras imágenes. Por eso, os voy a proponer un itinerario sencillo que nos puede ayudar. Lo mejor para aprender es, además de una buena teoría, ponerlo en práctica. Elegid una de las imágenes de devoción de vuestras cofradías y empezad a hacerlo, seguro que os vais a sorprender. Sería bueno buscar a menudo en alguno de vuestros encuentros practicar juntos este tipo de oración delante de vuestras imágenes. Alguno podría guiar la oración.

La luz para mirar

¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos acercamos a una imagen sagrada? Pues está claro, ponernos a mirar. Lo que pasa es que nuestra manera de mirar es superficial, está condicionada por el mundo, que ve las cosas desde los intereses del dinero, del poder o de las ideologías. Miramos desde la oscuridad del pecado, desde nuestros prejuicios, venimos manchados del camino de la vida, y para entrar en la oración necesitamos cambiar la mirada, necesitamos la luz de Jesús. Ya sabemos que no es lo mismo ver una imagen mal iluminada que bien, necesitamos una buena iluminación, la mejor luz: "Yo soy la luz del mundo" (Jn. 8, 12). Antes de ponernos a mirar con nuestros pobres ojos, reconocemos su mirada, antes de mirar somos mirados por él, por medio de su imagen, que me recuerda su presencia. Para lograr esto hay que buscar tiempo al principio para recogerse, hay que pararse del ajetreo de la vida, por medio del silencio y la soledad (10-15 minutos como mínimo). Su mirada es amor, por eso, al vernos mirados por él sentimos que nos ama, nuestro corazón se llena de alegría. Su mirada de amor, cambia nuestra mirada. Pedimos ayuda al Espíritu Santo, que es el que enciende nuestros ojos con su luz e infunde el amor en los corazones. Después de este primer paso ya no vemos las cosas desde nosotros mismos, sino desde su luz, estamos preparados para orar delante de la imagen, mejor dicho, a contemplar.

Diálogo

Seguro que después de mirar la imagen lo siguiente que hacemos es ponernos a hablar con ella, no con la imagen en sí misma sino con aquel a quien representa, principalmente las de Jesús. Es un diálogo como con un amigo. Le contamos con sencillez, desde lo concreto, lo que nos pasa en el camino de la vida, lo que les pasa a nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con los que convivimos cada día, lo bueno y lo malo, sus gozos y sus esperanzas, sus angustias y tristezas. Reconocemos que, aunque él los conoce y ama más que nosotros, necesitamos pasarle sus nombres. Seguro que este paso le dedicamos casi todo nuestro tiempo cuando oramos ante una imagen, y está bien lo que hacemos, siempre que lo hagamos desde su mirada previa, desde su luz. El problema es que se quede todo aquí y nada más. Así no ha dado un diálogo sino un monólogo. Hemos convertido la imagen en un objeto en sí mismo sagrado, que nos concede lo que le pedimos, podemos caer en la idolatría si nos paramos aquí.

Después de contar hay que escuchar, si no no hay diálogo, no hay trato con aquel que sabemos que nos ama. Ahora le toca a Jesús hablarnos, detrás de la imagen que le representa hay un mensaje. Cuanto más bella esté realizada la imagen, será más evidente y transformador su mensaje. Palabra e imagen se implican mutuamente. En su Palabra nos lo dice todo y nos lo da todo. Acogemos su Palabra no solo con la cabeza, sino sobre todo con el corazón, donde damos vueltas y vueltas, hasta que alcance el fondo de nuestro ser. Desde esta luz de la Palabra y la imagen reconocemos en profundidad lo que hay representado y sus símbolos.

Darse

Finalmente hay de dejarse transformar por la imagen que hemos contemplado. La belleza del Señor, plasmada en la imagen sagrada, es un anticipo de un mundo nuevo, que nos llena de esperanza, nos cambia y compromete en el hoy. El Señor nos ha dado todo su amor, por eso podemos entregarnos por entero a él. Seguro que algo concreto nos pide el Señor para darnos gratuitamente a la Iglesia y a la humanidad. Termina dando gracias a Dios.


lunes, 16 de enero de 2017

J. M. Ferreira Cunquero

Jesús Flagelado, escoltado en su paso por los ángeles con los atributos de la Pasión | Fotografía: Roberto Haro

16 de enero de 2017

Antes de acabar el viejo año 16, le envié una pequeña nota a Isabel Bernardo, como muestra de agradecimiento por haberme permitido formar parte del preámbulo de su extraordinario pregón en el Liceo. Dos o tres minutos después de las campanadas, le remito otra a Asunción Escribano para darle la bienvenida a este recién estrenado 17, en el cual, como pregonera, hemos de dar por seguro que nos meterá en el cerco de sus dominios, donde ejerce para bien de sus alumnos y lectores como experta doctora de la palabra. Y mientras suena el concierto de Año Nuevo en La 1, me fugo sin darme cuenta hacia el recuerdo para revivir uno de esos insufribles encontronazos, que de vez en cuando se producen con algún viejo conocido del variopinto cosmos de la Semana Santa.

A pie de calle y sin venir a cuento, un susodicho me impartió  una lección magistral sobre el poderío que ostenta el Cristo de su cofradía en cuanto a milagros se refiere. Según él, en tan reconocida tarea, la referida escultura gana por goleada al resto de tallas que pacientemente viven en la soledad de los templos su pobre decadencia milagrera.

Lo más sustancioso de tan demencial encuentro alcanzó su nota más aguda cuando sin pestañear me espetó, como si tal cosa, que es inconcebible e intolerable que se llame "idólatras" a quienes como él se sienten obligados, por puro agradecimiento, a agasajar a las imágenes que llenan de contenido sus vidas. Tan lamentable afirmación (con cierta tristeza lo digo) alcanza ya rango de elemento sustancial, dentro del ADN de cierto sector bullanguero de nuestra Semana Santa. Por eso me fui corriendo en busca del diccionario, no siendo que algún mamao de la RAE le hubiera dado la vuelta al kiosco de las palabras, al sentirse acosado por ese redil que en forma de redes sociales pesca babusinos en el mar de la ignorancia.

Lo importante es el atuendo y el carrozón incensado, sobre el que la imagen de turno pueda alcanzar el logro de transformarse en epicentro sibilino y milagrero del cotarro. Y es que otro conocido, con el que compartí pupitre en los tiempos del pan pringao en aceite, trató en cierta ocasión de venderme la maravillosa virtud que se da al meter oropeles y pedrerías en los mantos de las vírgenes, como agasajo y muestra de amor incalculable hacia ellas. Vamos que no hay color, según él, entre esas vestiduras que llevan las vírgenes andaluzas y las que portan la Piedad de Carmona o la Dolorosa de Montagut, por poner un ejemplo.

Y luego, por si falta algún bombo disonante en la banda, aparece la movida cañí, en forma de pluma analfabeta, ansiando establecer la duda sobre la importancia que ostenta la tradición como signo de identidad en la cultura y la idiosincrasia de los pueblos. Vamos, que aquí lo de la espontaneidad y las ocurrencias se sirve en la bandeja de las milongas que, a fuerza de reflujos, surten la bulimia de la inopia.

Menos mal que va quedando menos para reconfortarnos en el Liceo con la palabra ilustre de la señora decana de la facultad de Comunicación, cuando, poniendo las cosas en su sitio, volvamos a ver con claridad que la cultura, en la boca de los sabios, avala lo que en este tiempo de mediocridades resplandece como un tesoro en el púlpitos de la cultura y la vida.

Orar ante las imágenes

Ya estaba escrita esta colaboración para Pasión en Salamanca cuando asistí hace unos días a la charla que impartió en Calatrava uno de los más ilustres sacerdotes que tenemos en la diócesis. Tomás Gil nos dio una soberbia lección, con esa naturalidad que esgrime a la hora de manejar la palabra como pocos. Nos mostró caminos y atajos para aprender a orar ante las imágenes lejos de idolatrías y merengues pasionales al uso.

Sentí un profundo abatimiento al comprobar que un acontecimiento de tal magnitud, por su relación con la Semana Santa, solo hubiese despertado el interés en una una veintena de personas.

Desde aquí, quiero expresar mi reconocimiento y agradecimiento a quienes mueven esos encuentros cofrades desde la Coordinadora Diocesana de Hermandades y Cofradías, esperando que los mismos fragüen en el difícil y complicado campo cofradiero, donde la formación debe ser punto de referencia o simiente necesaria para la futura cosecha.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Fructuoso Mangas

Detalle de las manos de Nuestro Padre Jesús Divino Redentor Rescatado | Fotografía: Pablo de la Peña

14 de noviembre de 2016

Algo de historia

La comunidad de cristianos, la Iglesia, es una realidad viva y por eso durante siglos han nacido muchos modos y espacios para vivir la fe según los tiempos y necesidades. Y así a lo largo de dos mil años han aparecido grupos, y muchos han desaparecido cuando dejaron de ser necesarios, que de formas muy distintas buscaban una mayor fidelidad en la fe y una facilidad mayor para vivirla. Y así nacieron multitud de movimientos, comunidades, a veces sectas, agrupaciones, asociaciones de fieles cristianos que se unían para ayudarse como hermanos que caminan juntos en los pasos de la vida y de la fe.

Y así surgieron realidades eclesiales, tan distintas en modos y en alcance, desde la comunidad de Antioquía congregada por Tito o la de Corinto de Pablo en el s. I o los conventos del desierto del s. II o los miles de agrupaciones de todo tipo, clase y condición y las docenas de órdenes religiosas nacidas a lo largo de los siglos hasta Comunión y Liberación o el Opus o la Comunidad de San Egidio o las Conferencias de San Vicente o los Cursillos de Cristiandad o el Camino neocatecumenal o la Acción Católica y Manos Unidas ya en el siglo XX.  Es lo que constataba el autor de la Primera Carta de Pedro: "Así también vosotros, como piedras vivas, os erigís como casa espiritual para vivir la fe" I Pe 2, 4.

Pues eso cada cofradía es, o debe ser ante todo, casa espiritual construida con las piedras vivas de los hermanos para vivir juntos los pasos de la vida, compartir la caridad y celebrar la fe. Y todo esto entre la fidelidad a un origen y a un "carisma", a un perfil, y la renovación que siempre exigirán una Iglesia viva y unos tiempos nuevos. Así nacieron también las cofradías en los siglos XI y XII y con ese espíritu, mejor o peor mantenido según tiempos y lugares, han seguido hasta hoy. Y casi siempre con alguna o algunas de estas tres solidaridades que dan título a esta reflexión.

Tres espacios de solidaridad

Me atrevo a decir, sin más pormenores de investigación, que las cofradías nacieron en España hace siglos ante tres necesidades de arropamiento que la gente sentía en tiempos de mucha desnudez y necesidad.

Por un lado las necesidades materiales. Y la cofradía nace como un "sindicato" (en la Grecia antigua los síndicos eran los "protectores" de los ciudadanos) de protección ante la intemperie de la vida en una población de mucha miseria, de mal presente y peor futuro. Por eso se asociaban en hermandades y cofradías, arropadas por la Iglesia y sus instituciones, para ayudarse mutuamente en necesidades puntuales y muy variadas que incorporaban en sus estatutos: el alimento necesario, la escuela para los niños, talleres para las niñas, carbón para el invierno, atención especial a viudas y huérfanos de los cofrades, defensa ante la rapacidad de nobles o caprichos de clérigos, afirmación gremial en defensa de derechos y encomiendas, etc…

Y por supuesto hoy esas necesidades siguen existiendo aunque sea en circunstancias muy diferentes. Y la cofradía puede ser hoy un espacio solidario de ayuda y defensa, de acompañamiento y de acogida. Y me parece a mí que en buena parte lo son, extendiendo ya hoy esa caridad solidaria a personas de fuera de la cofradía. Basta repasar las actividades de las cofradías en Salamanca para constatar esos pasos de amor y solidaridad.

Quizás veo esos pasos demasiado hacia adentro, como cosa suya y de cada cofradía y hasta con cierta ostentación, en vez de sumarse corporativamente y a las claras con las iniciativas que ya la Iglesia y la sociedad organizan en este campo desde Manos Unidas o Cáritas hasta Proyecto Hombre o ACC, por poner algún ejemplo. Cuanta menos dispersión más eficacia. Quizás es un paso que se está dando ya y que debe acelerarse porque los tiempos son duros para mucha gente de cerca y sobre todo de lejos. Y cada día importan más la calidad y la eficacia.

Un segundo campo de solidaridad muy frecuente en el origen y finalidad de las cofradías fue, y en algunas sigue siéndolo, la oración por los cofrades difuntos. En aquellos tiempos cuando la oración por los fallecidos era tan importante y decisiva, el no tener quien ruegue por un difunto era una señal extrema de abandono y miseria humana. Por eso surgía esa caridad solidaria y cristiana de la oración por los difuntos, para que a ningún cofrade le faltara esa gracia.

Escribo esto alrededor del Día de los Santos y del Recuerdo de los Difuntos y me recuerdo la importancia cristiana de esa memoria y de esta oración solidaria, afectiva y fiel que hoy ha olvidado buena parte de los creyentes cristianos. Por eso me parece perfectamente actual que las cofradías subrayen ese deber de orar por los difuntos y en los tiempos oportunos dediquen a esto actos y celebraciones. Que el abrazo fraternal que la cofradía es y supone alcance también a los que ya han muerto y siguen siendo hermanos cofrades desde la otra orilla de la vida. Por eso la cofradía se encargaba del entierro, nada fácil en tiempos medievales, y del acompañamiento en la ceremonia, de las misas aplicadas por su alma y del recuerdo mantenido y hecho oración a lo largo de los años. Era éste un lado débil de la persona pobre y la cofradía lo cubría amorosamente. No sé si hoy se mantiene en alguna cofradía, pero sería cuestión para plantear esta solidaridad hoy en términos nuevos y necesarios, sobre todo en la soledad inhóspita de la ciudad.

Y había un tercer campo de fraternidad solidaria: no eran menos duros los viejos tiempos de hace siglos que los de ahora para vivir la fe, mantener la práctica cristiana y adorar a Dios y amar a los hermanos. Por eso buscaban en la cofradía ese arropamiento religioso que no encontraban en la sociedad y a veces ni en la misma iglesia institucional. Y se asociaban para animarse en la fe, acompañarse en las prácticas religiosas y en la formación cristiana.

Y esto sí que es hoy necesario y hasta urgente. La intemperie es grande y la soledad del creyente como individuo es casi palpable; en esto tenemos una sociedad inhóspita, un ambiente general irrespirable y una opinión pública bien contraria. En estas circunstancias crecer en la fe, celebrarla y formarla no es nada fácil y roza lo imposible si no hay un acompañamiento de una parroquia, de una cofradía o de otra comunidad cristiana que  apoye y acompañe.

Hoy, para mucha gente y especialmente para las personas, sobre todo jóvenes, que no se han integrado en algún camino parroquial o de alguna comunidad concreta, es la única vía segura para hacer el camino de la fe. Y la cofradía debe proporcionar a cada cofrade las ayudas y los espacios necesarios para verse y sentirse fortalecido y acompañado. En muchos caso la cofradía será la respiración vital que el cristiano necesita para seguir viviendo la fe y seguir existiendo como cristiano.

Por un lado me parece importante que esa experiencia vital la sienta y la agradezca cada cofrade, mirando su cofradía no como una circunstancia lateral y secundaria sino reconociéndola como espacio privilegiado y lleno de gracia para vivir la fe dentro de la Iglesia y en medio del mundo. Sin soberbia alguna, que no hay para tal cosa, pero con paz confiada y con recia fidelidad.

Campos de trabajo

Queda pergeñado, aunque solo sea a nivel de sugerencias y apuntes, el campo de trabajo de una cofradía, a años luz de cuestiones que a veces veo que ocupan y preocupan en reuniones y encuentros cofrades y se llevan la atención y el compromiso que debieran dedicarse a otros menesteres, por ejemplo la formación en la fe y en la vida, el camino sacramental del cofrade, la implicación social y caritativa de la cofradía, la participación en el camino común diocesano, el hermanamiento sincero y práctico con otras hermandades y cofradías y grupos o comunidades cristianas, la presencia mantenida no solo en ensayos de andas y en procesiones, sino en todos los actos del año que forman la estructura y el ser de la cofradía, etc., etc…

Por todo esto termino con dos humildes palabras por mi parte: una la felicitación a cada cofrade y a cada cofradía por ser y mantenerse, por vivir la fe y por crecer en ella en este tiempo y en esta ciudad; y la segunda es palabra de ánimo para mantener vivo y actualizado el espíritu del evangelio y de la cofradía y para ser fieles durante todo el año a estas tres solidaridades que me he permitido proponer como campos de trabajo de una cofradía en estos tiempos nuestros y en esta ciudad de Salamanca.

Solo me queda decir, ¡Amén! y enhorabuena.


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