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lunes, 3 de febrero de 2020

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Procesión de las candelas ya en el interior de la iglesia de Fátima | Foto: Óscar García

03 de febrero de 2020

Este domingo pasado, dos de febrero, celebraba la Iglesia la fiesta de la Presentación de Nuestro Señor Jesucristo o, según su nombre tradicional, de la Purificación de la Santísima Virgen María, la Virgen de la Candelaria. Esta celebración, de gran devoción, cuenta con una particularidad litúrgica: la procesión con velas encendidas al comienzo de la Eucaristía. No son muchas las procesiones que aparecen recogidas en el texto del misal actual (en la forma extraordinaria hay alguna más y otras aparecen descritas en el Ritual Romano): Domingo de Ramos, Corpus Christi y esta de la Presentación (dejamos fuera las que pertenecen propiamente al desarrollo de la misa o de los oficios litúrgicos del Triduo Pascual). Por esta característica, las cofradías y hermandades deberíamos cuidarlas con especial cariño.

El origen de esta celebración no está claro. Desde antiguo hay una línea que sostiene que la procesión de luz es la cristianización de unos antiguos ritos paganos por parte de los sumos pontífices en Roma. No sería de extrañar que ante una procesión con antorchas para honrar las antiguas creencias, los papas hubieran optado por integrarla en una celebración cristiana y darle un nuevo sentido. Otros, por el contrario, recogen un origen jerosolimitano de la procesión de las velas, desde donde habría llegado a la ciudad eterna y a nuestra liturgia.

En cualquier caso, este rito recuerda la entrada de la Sagrada Familia en el templo de Jerusalén para cumplir los ritos que prescribía la ley de Moisés. Por una parte, los primogénitos judíos debían ser rescatados con una ofrenda en el templo, por otra, las mujeres debían realizar también la purificación tras haber dado a luz. El hecho aparece narrado en el Evangelio de Lucas (2,22-39). Al entrar en el recinto sagrado se encuentran con dos ancianos que estaban esperando la llegada del Mesías: la profetisa Ana y el anciano Simeón. Es este el que tomando en sus brazos al niño proclama el Nunc dimittis, un himno que da cuenta de cómo Dios ha cumplido la promesa que le había hecho. Este canto proclama a Jesús, luz para alumbrar a las naciones. Ese niño es la luz verdadera, la luz que vence nuestras tinieblas de pecado y de muerte. Por eso es tan hermoso el gesto de la procesión de las candelas: en medio del invierno, la luz de la salvación, que todos hemos recibido en el bautismo, ilumina nuestro caminar y el templo donde nos vamos a encontrar con el Señor mismo, como Ana y Simeón.

La procesión debería comenzar no en la misma iglesia a la que se vuelve, como estamos acostumbrados a hacer, sino que, en la medida de lo posible, se debería intentar realizar los ritos de la bendición de las candelas fuera de la iglesia en la que se va a celebrar la Eucaristía. El tránsito de un templo a otro tiene un sentido de peregrinación que es bueno mantener. Antes de comenzar la procesión, tiene lugar la bendición y distribución de las velas. Es muy interesante un cambio que ha tenido lugar al pasar de los siglos: en origen el color litúrgico de la bendición y procesión era el negro; después el morado. Tenía un sentido penitencial. Desde la reforma litúrgica de 1962 –y ya en la actual forma ordinaria–, el color litúrgico pasa a ser el blanco, como en la misa subsiguiente, marcando el tono festivo de la celebración del día. Comenzada la procesión, el misal nos propone cantar dos antífonas de acuerdo con el sentido de la fiesta: las propias palabras del anciano Simeón con el pueblo respondiendo Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel; y un texto de san Juan Damasceno, uno de los pocos textos que la liturgia romana ha tomado de oriente. Con estos cantos, el pueblo y el sacerdote entran en la iglesia iluminándola con las candelas, del mismo modo en que Cristo, Hijo eterno del eterno Padre, Luz de Luz, iluminó el templo de Jerusalén al entrar en él. Para marcar más este significado, con anterioridad al siglo XVI, en algunas zonas, el sacerdote tomaba en sus manos una imagen del Niño Jesús en el momento de entrar en la iglesia. Terminada la procesión, la liturgia continúa con la celebración acostumbrada de la eucaristía. Antiguamente las rúbricas indicaban que las velas debían permanecer encendidas hasta la comunión.

Vemos cómo esta procesión tiene un sentido profundo ligado a la liturgia de ese día, la pone en valor y nos prepara para celebrar en ella. Y siendo así, cabría preguntarse, ¿en cuántas iglesias hemos celebrado la procesión de las candelas como es debido? Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es la tendencia que tenemos a sacarnos "signos" o "elementos" de la chistera e ignorar las propuestas que la liturgia y la tradición nos hacen. No estaría de más estudiar más a fondo los textos del misal y de los rituales para celebrar con la riqueza que la Iglesia a través de ellos nos ofrece, sin estar descubriendo la pólvora a cada paso, costumbre está muy de moda entre cierto clero formado en el postconcilio. Esperemos que la recuperación de la tradición por nuestras hermandades y cofradías nos lleve a valorar adecuadamente el patrimonio de fe y liturgia que hemos heredado.


lunes, 6 de enero de 2020

Tomás Gil Rodrigo

"Los tres reyes magos", del artista estadounidense Henry Siddons Mowbray

06 de enero de 2020

Seguramente muchas de nuestras cofradías salmantinas, después de las fiestas de Navidad, empiezan a quedar más a menudo para preparar la semana más importante del año litúrgico: la Semana Santa. Muchos de los cofrades me diréis que soy muy precipitado, aún quedan más de tres meses, porque este año cae entre el 5 y el 12 de abril; otros, los más precavidos de las parroquias o hermandades, dirán que es mejor reunirse con tiempo, para que no vuelva a suceder lo del año pasado y se eche el tiempo encima. Sin embargo, lo más importante es que, al final de la Navidad, el día de Pascua va generando movimiento y expectación en unos y otros, se convierte en una fecha central para este 2020 que intentamos aprender de memoria o apuntamos en el calendario de nuestro móvil.

Pues esto que pasa en las cofradías de Semana Santa, tras la Navidad, es lo que nos propone la Iglesia que hagamos en este día de la Epifanía. Después de la proclamación del Evangelio dentro de la Eucaristía, o bien en otro momento idóneo, como por ejemplo en el silencio después de la comunión, se proclama el anuncio de la Semana Santa, diciendo qué día celebraremos la Pascua, y también las demás fiestas del año. Y, ¿por qué la Iglesia proclama desde antiguo las fiestas del año en esta solemnidad y no, por ejemplo, como sería normal, el primer día del año litúrgico, que cae el primer domingo de adviento? Se debe al dinamismo de la liturgia, que gira en torno a la celebración del misterio de Cristo. En la solemnidad de la Epifanía lo que celebramos es que la gloria de Dios se ha manifestado a través de la carne débil y humilde de su Hijo, dejándose ver y tocar no solo por los suyos sino por la humanidad de todos los tiempos, representada en aquellos magos venidos de oriente, que le buscaron y fueron guiados hasta Belén por medio de la estrella y la Escritura. A partir de entonces la gloria de Dios sigue manifestándose en la historia y entre nosotros hasta el día esperado de su vuelta al final de los tiempos. La Epifanía es la celebración que nos abre los ojos del corazón para poder ver a Dios, gracias al misterio de la encarnación de su Hijo, en los acontecimientos del mundo y de la historia, en los más pobres, en la fraternidad de nuestra parroquia y cofradía…; pero, donde principalmente podemos ver y recibir su presencia es cuando nos reúne para celebrar la Eucaristía en las fiestas del año litúrgico, principalmente la Pascua y cada domingo. Ahora entendemos el porqué de pregonar e invitar el día de Epifanía a celebrar la Semana Santa, cuyo culmen es el Triduo Pascual, también cada domingo del año y las fiestas principales de la Virgen y los santos.

Sería bueno realizar este pregón tan significativo en la Eucaristía de la solemnidad de la Epifanía. Incluso se podría colgar en letra grande a la puerta de las iglesias desde Epifanía hasta el domingo anterior a la Cuaresma. De la misma manera se puede repartir como una estampa para que la gente lo tenga en su casa a modo de recordatorio. Con la intención de facilitaros la realización de este pregón os ofrezco el texto al final.

A menos de una semana para terminar la Navidad con la fiesta del Bautismo de Cristo, la fiesta de la Epifanía, o manifestación de Cristo a todos los pueblos, ya nos pone en movimiento ante la Semana Santa de este año y también nos invita a participar de la Eucaristía todos los domingos. Desde la luz de la Pascua anual y semanal de este año empiezan a pensarse los preparativos y la cuenta atrás hasta Semana Santa. ¡Feliz solemnidad de la Epifanía del Señor!

La gloria del Señor se ha manifestado en Belén
y seguirá manifestándose entre nosotros,
hasta el día se su retorno glorioso.

Por eso os anuncio con gozo, hermanos y hermanas,
que así como nos hemos alegrado en estas fiestas
de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, 
nos alegremos también en el gran celebración pascual
de la Resurrección de nuestro Salvador.

Así pues, sabed que este año
la ejercitación de la Cuaresma,
que nos prepara para la Pascua,
comenzará el día 26 de febrero, Miércoles de Ceniza,
y del 10 al 12 de abril celebraremos con fe el Triduo Pascual
de la muerte, sepultura y resurrección del Señor Jesús.

El día 12 de abril será la Pascua,
la fiesta más grande del año.
Y al cabo de cincuenta días,
como culminación de la cincuentena pascual,
el domingo 31 de mayo,
celebraremos la solemnidad de Pentecostés,
el don que Jesús resucitado hace a su Iglesia:
su Espíritu Santo.

Cada domingo nos reuniremos para celebrar la Eucaristía
conmemorando la resurrección del Señor,
y veneraremos también la memoria de la Virgen en sus fiestas,
y de tantos hermanos santos y santas
que nos acompañaron en nuestro camino.

Y al finalizar el año, el día 29 de noviembre,
iniciaremos un nuevo año litúrgico
con la celebración del domingo primero
de Adviento de nuestro Señor Jesucristo.
A Él todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.


viernes, 27 de diciembre de 2019

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Cuerpo de acólitos de María Santísima de la Caridad y el Consuelo revestidos con dalmáticas | Foto: Hdad. Jesús Despojado

27 de diciembre de 2019

"Partimos de un hecho obvio: la dalmática es la vestimenta litúrgica propia del diácono y en su día del subdiácono, ministerio hoy desaparecido. Por lo tanto, tan solo estos, conforme a derecho, pueden vestir la citada prenda, no valiendo subterfugios como que las órdenes menores del laicado como son el acólito y el lector son equivalentes al anterior subdiácono y, por lo tanto, pueden vestirla".
Pedro Martín, "Estética cofrade (y III)", 26/XII/2016

Seguimos con la reflexión sobre cuestiones disputadas acerca de determinados elementos de nuestras procesiones. En este caso lanzamos una mirada a una vestidura polémica, las dalmáticas utilizadas por el cuerpo de acólitos. No hay duda: la dalmática es propia del diácono (y del obispo por debajo de la casulla, por cierto). Por lo tanto, el uso de esta prenda por los acólitos no ordenados en cofradías y hermandades es un abuso. Ergo, no debería utilizarse. Estas afirmaciones que son evidentes, sin embargo, no solucionan el problema de su uso por parte de tantas corporaciones en tantas diócesis. Como bien dice Pedro Marín, una intervención de la autoridad sería de agradecer. Aunque qué duda cabe que habría de resultar polémica.

Al profundizar, sin embargo, podemos ver que el problema gana capas de complejidad: ¿qué sucedería si lo que estamos utilizando no son dalmáticas, sino tunicelas? Una prenda casi idéntica a las dalmáticas, en teoría, solo en teoría, más sencilla. Esta es la vestidura propia de los subdiáconos (y de los acólitos en determinadas ocasiones solemnes desde la Edad Media). En principio, dado que no tenemos subdiáconos ni acólitos instituidos, estaríamos ante la misma situación, ¿verdad? Yo pienso que no por dos motivos: el primero es que nos encontramos ya fuera del ámbito del sacramento del Orden, con lo que la gravedad de su uso es mucho menor. El segundo es más de fondo: san Pablo VI establece los ministerios laicales en 1972 y abole para la forma ordinaria del rito romano las órdenes menores y el subdiaconado. Este último queda fuera de las órdenes mayores y sus funciones son asumidas por el acólito (incluso llega a decir que este puede ser llamado "subdiácono"). Podríamos, por lo tanto, discutir si estos pueden o no utilizar la tunicela (aunque su vestidura propia es el alba). Sin embargo, la mayor parte de nuestros cuerpos de acólitos lo forman hombres y mujeres que no están instituidos como tales. Aquí reside parte del quid de la cuestión: ¿pueden desempeñar las funciones, pero no vestirse como ellos? ¿Toleramos un abuso por necesidad, y nos parece intolerable el otro? No tengo clara la respuesta (sí tengo, por contra, una idea sobre lo que me parece reservar los ministerios laicales solo a los futuros clérigos).

Hay otro aspecto más a considerar: el uso práctico de las "dalmáticas". Estas son vestidas en las estaciones de penitencia por cruciferarios, ceroferarios, turiferarios y turíferos, etcétera. En general se utilizan para revestir a los acólitos y otorgarles una mayor dignidad aparente. Sin embargo, existe una cierta incoherencia en su utilización: si no se duda en emplearlas en los cultos externos, en los cultos internos, en las eucaristías, están ausentes por completo. Además, hay una tendencia a utilizarlas no pensando en el color litúrgico del día, sino en los colores de la cofradía, de la imagen a la que acompañan, o, incluso, al sentido que se le quiere dar a una determinada procesión. Si bien en su mayor parte son dalmáticas antiguas, esta tendencia apuntada se ve acrecentada en las de nueva confección. Me temo que la práctica ha transformado las dalmáticas no ya en tunicela, sino en tabardos. En esa prenda con sentido heráldico que sirve para identificar una determinada casa noble o corporación y que portan determinados funcionarios, como los maceros de las Cortes. Si esto es así, y deberíamos reflexionar si lo es, quizás la ubicación de estos tabardos no sea la mejor dentro del cuerpo de acólitos. Es probable que debamos situarlos en otra ubicación, con otro sentido.

Entonces, después de estas consideraciones, ¿qué hacemos con las "dalmáticas"? ¿Son tunicelas? ¿Son tabardos? No tengo una respuesta clara a esto. Creo, eso sí, que deberíamos dar dos pasos: el primero, dejar de llamarlas de ese modo. La denominación de tunicela o, llegado el caso, tabardo es más ajustada a su uso y función. Y menos polémica. El segundo, en necesario diálogo con la autoridad eclesiástica, definir su uso y significado. Si son tunicelas para el servicio de los acólitos deberán regirse por las normas litúrgicas y, además, no debería haber excesivo problema para su utilización también en los cultos internos de las hermandades. Si, por el contrario, son tabardos, sería conveniente reflexionar cuál es el lugar más adecuado para los mismos en el cortejo procesional, quizás no como vestidura del cuerpo de acólitos. Una vez más el problema central es la necesidad de evitar el uso de elementos estéticos al margen del discurso que se pretende articular en la procesión. Es preciso que todas las vestiduras empleadas, las insignias, la decoración de los pasos... tengan una función y un sentido. El uso de "dalmáticas" es problemático por todo lo expuesto, pero considero que no es necesario prescindir sin más de esta vestidura, bastaría con una reflexión sobre su función y una racionalización en su utilización.

P.D.: ¡Feliz Navidad! Todo el poder de Dios se concentra en las débiles manos de un recién nacido, toda su sabiduría en su sonrisa. En su pequeñez nos ha salvado. Que con su ayuda nosotros nos hagamos también nosotros pequeños al servicio de nuestros hermanos. Pidámosle al Niño Dios que, con la ayuda de su Santísima Madre, el año 2020 venga cargado de bendición y gracia.


viernes, 18 de octubre de 2019

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

La cruz de guía de la Hermandad del Perdón inicia la procesión en el Camino de las Aguas | Foto: Pablo de la Peña

18 de octubre de 2019

"La procesión la abre una cruz, como las procesiones litúrgicas son abiertas por la cruz parroquial. Poco más que comentar. La procesión la abrirá la cruz de la cofradía, llamada cruz de guía o en su defecto la  cruz parroquial si esta existe. Todas las demás cruces no tienen ningún sentido litúrgico y, además, estéticamente suponen una redundancia incomprensible". 
Pedro Martín, "Estética cofrade (II)", 28/XI/2016

Muchas son las cuestiones disputadas que adornan el foro cofrade. Son menos aquellos que intervienen en el debate con conocimiento de causa y criterio: este es el caso de Pedro Martín. Hace unos años dedicó una serie de artículos a la estética cofrade. Desde su publicación, si bien coincido en términos generales con lo que expone, tengo algunas diferencias en la aplicación de los principios a determinados casos concretos. Por eso, quiero dedicar al menos un par de artículos, a comentar esas diferencias y matices, dejando claro que es mayor el acuerdo que la disensión. Y puestos a comenzar por algún lugar, qué mejor que hacerlo por el principio, es decir, por la Cruz.

En nuestras procesiones encontramos un número casi infinito de insignias y símbolos de distintos tipos. Cada una de ellas tiene un significado y una función precisa. Sin embargo, en ocasiones, debemos reconocer que se han adoptado sin demasiado criterio: se ven atractivas, se adquieren y se colocan donde mejor cuadre sin pretender la articulación de un discurso coherente. Pongo un ejemplo: recuerdo que en una ocasión la sección de una cofradía sacó el incensario y la naveta en medio de su cortejo, no acompañando ninguna imagen. Esto supone no entender la función del incienso. Las procesiones tienen una gramática propia (con sus variantes dialectales en distintas zonas geográficas, es cierto) que debe respetarse para que tengan un sentido y puedan ser leídas como una verdadera oración hecha camino. Esta gramática apunta a la liturgia, pero no se confunde, ni se identifica de modo unívoco con ella.

Si nos fijamos en la cruz y tomamos como modelo la celebración solemne de la Eucaristía, al menos podemos contar con dos cruces: aquella que abre la procesión de entrada y la que preside el altar. En ocasiones pueden ser la misma, pero no siempre. Esto justifica la presencia de la cruz guía abriendo la procesión, por un lado. Y, por otro, también justifica que, dado que los pasos son altares en la calle, la cruz de altar tenga su correlato en la cruz parroquial, ya sea abriendo el tramo de la Virgen, ya sea en su cuerpo de acólitos. Esto último me genera una duda: ¿son cada uno de los pasos un altar independiente y, por lo tanto, tendría sentido que cada tramo o cuerpo de acólitos llevara una cruz; o, aunque separados, representan un altar mayor, un retablo completo y, así, con una sola cruz sería suficiente? Yo me inclino por esta última visión: permite considerar la procesión como un todo y favorecer una lectura global de la misma.

Como es natural, la presencia de la cruz en la liturgia y en los espacios celebrativos no se limita a las dos mencionadas: en cuanto a las cruces físicas, el espacio de una iglesia o capilla suele contar con las catorce correspondientes a las estaciones del vía crucis; en cuanto a las gestuales, la misma celebración de la misa cuenta con múltiples momentos en los que se realiza la señal de la cruz, por el celebrante y por el pueblo. Esto puede tener su reflejo en las procesiones: por ejemplo, en nuestra ciudad de Salamanca, la hermandad del vía crucis porta en su estación de penitencia las estaciones de la vía dolorosa. Lo que tiene un sentido lógico dentro del discurso que intentan articular en su procesión.

¿Quiero decir con todo esto que, en la procesión, cuantas más cruces, mejor? No, de ninguna manera. Es cierto que, si atendemos a la liturgia, su materia y sus gestos, o al espacio celebrativo, podemos encontrar analogía suficiente para su presencia múltiple en el cortejo, pero no se trata de añadir elementos por añadir, sino que, en todo momento, aunque haya una pluralidad, esta debe tener un sentido y una coherencia. Como defiendo, las hermandades y cofradías en su misión evangelizadora deben realizar una exposición orante en las calles. Mientras este discurso sea coherente y apunte, aunque no se identifique con ella, a la liturgia, considero que es válido. En cuanto a las cruces, además de la de guía, es posible considerar su presencia ligada a los pasos, como cruz de altar. Si se quieren incluir otras deben responder siempre a un discurso meditado que responda a la lógica teológica, eclesial y litúrgica.

P. D.: Para otra ocasión quedan las cruces que pueden llevar los nazarenos penitentes a imagen de Cristo cargando con la Cruz camino del Calvario, con un fundamento evangélico y bíblico evidente. En este texto me he querido centrar en las cruces como insignias.


miércoles, 28 de noviembre de 2018

Tomás González Blázquez
Fachada lateral de la parroquia de San Juan de Mata, sede canónica de la Hermandad del Vía Crucis | Foto: Pablo de la Peña

28 de noviembre de 2018

Ni el programa de procesiones se puede reorganizar "para seguir el orden litúrgico" (aunque sí podría revisarse), ni es deseable pretender que las rúbricas litúrgicas se apliquen sin más en los actos de piedad (algo inviable), ni la liturgia como tal sirve de manual de instrucciones para las manifestaciones populares de religiosidad (que son otra cosa). Conviene distinguir para unir, saber qué es la liturgia, saber qué es la piedad popular y obrar en consecuencia. Fue un tema recurrente en los albores del siglo, cuando la diócesis salmantina invitó a formarse a los cofrades, a través de cursos regulados y encuentros más esporádicos, y lo ha seguido siendo en el camino de una invitación diocesana muy repetida, insistente, prolongada y vigente.

Liturgia y piedad popular, dos ejes fundamentales en la vida de nuestras hermandades, que, sin embargo, aún no son conocidas ni diferenciadas. La realidad de los cofrades demuestra que muchos hacen girar únicamente su compromiso en torno al "eje piadoso", mientras que unos pocos, no menos fieles a él, procuran que a su vez tenga como referencia el "eje litúrgico", del que es complemento, como una expresión personal y comunitaria de la fe, testimonio valioso de la misma, anuncio explícito y externo de lo celebrado en la liturgia. Si la piedad popular se reconoce en un plano subordinado a la liturgia es como en verdad adquiere sentido y coherencia. Por el contrario, si giramos en torno a ella por costumbre, por afición, sin hacernos preguntas, sin profundizar, no es que nos perdamos la oportunidad de adentrarnos en el misterio de la liturgia, que también; es que ni siquiera habremos comprendido enteramente todo lo bueno que a la vida de fe proporciona la devoción a las imágenes sagradas o la llamada que sentimos a acompañarlas por las calles.

Yendo a lo práctico, me resultaba llamativa hace unas semanas la noticia de que la Hermandad del Vía Crucis volverá a emprender su procesión desde el auditorio municipal habilitado en la desacralizada iglesia de San Blas. No por la mera noticia, sino por el hecho de que las tres procesiones vespertinas del Jueves Santo en Salamanca saldrán desde lugares donde previsiblemente no se habrá celebrado la misa de la Cena del Señor. En San Blas y en la iglesia nueva del Arrabal, desacralizadas ambas, no se oficia la liturgia; en las Úrsulas, sin comunidad religiosa desde el pasado abril, imagino que tampoco, pues la propia Seráfica Hermandad convoca desde siempre a sus cofrades para que participen en los oficios de Jueves Santo en la iglesia de los Capuchinos. Igualmente, la del Cristo del Amor y de la Paz lo hace en la iglesia vieja del Arrabal y la del Vía Crucis lo seguirá haciendo en su sede, la parroquia de San Juan de Mata, pero esta separación espacial entre la liturgia del día y sus procesiones puede valer como signo de una realidad que existe y que se puede acentuar: la de los templos sin culto o con muy escaso culto; y de otra que contemplo como riesgo: perpetuar la distancia entre liturgia y piedad popular si el cofrade poco inclinado a participar en la primera la percibe ajena en horario, en lugar o en enfoque al acto piadoso al que sí se siente muy convocado. ¿Se sacrificará para no perderse ninguna de las dos convocatorias? ¿Le haremos elegir? ¿Le facilitaremos estar y sentirte parte de ambas? ¿Cuánta será la duración total y se tendrá esto en cuenta?

El caso concreto del Jueves Santo solo es uno de ellos. Señalando apenas las citas litúrgicas principales de la Semana Santa pienso en la dudosa participación de las decenas de niños cofrades en una misa de Domingo de Ramos cuyo preámbulo, la bendición de las palmas y el evangelio de la Entrada en Jerusalén, es precisamente la razón de ser de la posterior procesión con el paso de Jesús Amigo de los Niños. En la tarde del Viernes Santo, de la misma forma, cuatro cofradías se echan a la calle tras la celebración de la Pasión y Muerte del Señor, a la que habrán faltado decenas de cofrades. Por último, a la misa de Pascua tampoco deberían renunciar los participantes en la procesión del Resucitado.

Hemos de concluir que el vínculo que une a liturgia y piedad popular no parece todo lo robusto que debiera en las cofradías, que los largos años en que se han dado la espalda son pasado pero aún se sienten sus efectos. La propia diócesis acaba de incluir la piedad popular como una sección en la delegación de liturgia, de manera que se reconoce su peso pastoral y se intuyen avances en su consideración. Por su parte, las cofradías podrían reflexionar acerca de su apostolado litúrgico, si es prioritario y eficaz entre sus miembros, si resulta factible y atractivo para ellos celebrar la liturgia y procesionar, si los programas de actos no están desproporcionados… Ese hilo todavía tímido y fino que une a liturgia y piedad popular hay que tejerlo a conciencia, sumarle fibras, fortalecerlo. No será fácil, ni los frutos llegarán pronto, pero si acaso dejamos que se rompa nos habremos quedado sin saber muy bien qué estamos celebrando un Jueves Santo por la tarde o un Domingo de Resurrección por la mañana.


lunes, 14 de mayo de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Fiesta Sacramental de la Cofradía de la Vera Cruz en la octava del Corpus Christi | Fotografía: Heliodoro Ordás

14 de mayo de 2018

Con la mirada puesta en la celebración grande del Corpus Christi, quiero rematar este tour de force sobre hermandades y Eucaristía con una mirada a la procesión central de nuestra vida litúrgica. La existencia de las hermandades, como he defendido, surge y se alimenta de la Eucaristía. De esta fuente inagotable, que es la vida misma de Cristo entregada por nosotros, nace la fraternidad y todas las actividades en las que se plasma (la preocupación por los más desfavorecidos, la formación o la evangelización a través de una estación de penitencia). En el Corpus y en su procesión la Iglesia, y las hermandades dentro de ella, muestran la adoración pública a aquel que es su cabeza y piedra angular. En palabras del Directorio de piedad popular y liturgia, los fieles nos sentimos "'pueblo de Dios' que camina con su Señor, proclamando la fe en él, que se ha hecho verdaderamente el 'Dios con nosotros'" (n. 162). Esto no es del todo nuevo en la historia de la salvación.

Tras la salida de Egipto y el encuentro con Dios en el monte Sinaí, Israel caminaba unido, organizado como pueblo, portando el Arca de la Alianza, con Moisés actuando como su capataz (gracias a Daniel Cuesta SJ por su certera apreciación). Con el Arca los acompañaba la presencia de Dios. El Señor caminaba en medio del pueblo elegido. Este es un anhelo presente en toda su historia. Por eso, el profeta Isaías anuncia que el nombre del Mesías será Emmanuel, Dios-con-nosotros. En Jesús se cumple esta promesa: el Hijo camina sobre la tierra como un hombre, llamando a sus discípulos, iniciando el Reino con la llamada a la conversión, afrontando su pasión y muerte, redimiendo al mundo con su resurrección. Las cofradías, en sus procesiones, representan ese caminar: las imágenes del Señor lo muestran humano, sufriente, en medio de su pueblo que camina penitente asociado a los misterios finales de su vida terrenal.

La devoción a las imágenes de los titulares es muestra del ansia de todo creyente, de todo hermano, por contemplar el rostro mismo de Jesucristo. Pero el Señor no nos ha dejado librados a nuestra suerte hasta su regreso glorioso al final de los tiempos. Cristo nos acompaña en nuestro caminar, para esto nos ha dejado la Eucaristía, en ella está presente real y substancialmente. Comulgando con su cuerpo y su sangre nos unimos del modo más estrecho con él. En la procesión de Corpus mostramos en público nuestra fe en ese misterio de la presencia sacramental de Dios Hijo, caminamos con él en medio de nosotros. Aquello que en las otras procesiones realizamos de modo simbólico, a través de imágenes, en la de Corpus lo realizamos de modo real. De aquí la importancia capital de la participación de las hermandades en su celebración.

En la procesión de Corpus no participan solo las hermandades, sino toda la diócesis. Toda la Iglesia local acompaña la presencia real de su Señor. Las cofradías se integran en esta proclamación pública de la fe, en este acto público de adoración. Llevan a plenitud aquello que manifiestan en sus cultos externos. Ahora bien, aquí debe haber un diálogo abierto para la correcta inserción de las cofradías en esta procesión. Ellas tienen sus características propias que deben ser respetadas e integradas en este culto público de la diócesis. He sostenido y defiendo que las hermandades tienen como peculiaridad la evangelización a través de la belleza, de la belleza en los cultos tanto externos, como internos. La procesión de Corpus es un momento ideal para este apostolado. La organización concreta del cortejo, el adorno del trayecto con alfombras florales o de sales, la ubicación y decoración de distintos altares en los que el Santísimo pueda realizar una estación y desde los que realizar la bendición..., todo esto son elementos de los que las cofradías pueden responsabilizarse realizando su misma vocación. Esto exige generosidad por parte de las autoridades eclesiales: la procesión del Corpus "pertenece" a todo el pueblo de Dios al margen de que tenga que existir alguna instancia coordinando su realización, por esto todos los grupos de la diócesis, desde sus carismas, deberían aportar a su desarrollo. Es toda la Iglesia local en la multiplicidad de sus manifestaciones la que acompaña a su Señor por las calles de la ciudad.

La participación en el Corpus no es la única forma que tienen las hermandades de fomentar el culto a la Eucaristía. Las adoraciones al Santísimo de cada cofradía por separado o la celebración de minervas refuerzan en cada una su vinculación con el Señor sacramentado. Además de la acción de hermandades penitenciales o de gloria, han surgido corporaciones –o ramas dentro de las anteriores– dedicadas de modo especial al culto eucarístico. La responsabilidad de estas hermandades es triple: hacia los hermanos, debe formarlos para que tengan una especial sensibilidad hacia la Eucaristía, la colaboración con la Adoración Nocturna puede ser muy provechosa; hacia el resto de cofradías, recordando cuál es la fuente de nuestra fraternidad y cómo debemos valorarla; y hacia la Iglesia en general, siendo apóstoles de la Eucaristía en medio de los bautizados. Su presencia es testimonio permanente de la actitud de todo cristiano hacia la cumbre de los sacramentos.

La celebración de Corpus no puede ser algo aislado, una flor de un día. La adoración pública al Santísimo Sacramento surge y conduce a la participación en la misa y en ella culmina con la comunión eucarística. De este modo volvemos al inicio de esta serie de cuatro artículos. Mucho –o quizás no tanto– he escrito y, sin embargo, todo puede resumirse de este modo: la importancia fundamental de la Eucaristía en la edificación de una hermandad sana. Solo participando como comunidad de la vida ofrecida por el Señor en la Eucaristía, podremos reafirmar nuestros lazos fraternos y, así, desempeñar nuestra labor evangelizadora en medio de la sociedad, con nuestras procesiones y estaciones de penitencia llevando a Dios a través de la belleza, con todas nuestras actividades formativas que nos permiten crecer en la comprensión de nuestra fe, con nuestra preocupación activa por el bienestar de nuestros hermanos más desfavorecidos. Sirvan pues estas líneas para ayudarnos a construir una vida cofrade arraigada con firmeza en Cristo. Vale.


miércoles, 7 de marzo de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

El Nazareno Chico, durante su traslado para el vía crucis de la Junta de Semana Santa | Fotografía: Alejandro López

07 de marzo de 2018

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana, individual y comunitaria. Por esto, las hermandades deben estar dispuestas a hacer de ella el núcleo de su devenir, fuente de una vida que se manifiesta en la caridad, en la formación, en los cultos externos. Una vida eucarística que se debe plasmar, como he comentado en el artículo anterior, en la vida de nuestras comunidades. Las cofradías tienen la capacidad de ser luz que abra nuevos caminos de evangelización. Este trabajo apostólico se fundamenta en gran parte en el cuidado de actos devocionales y de piedad popular tradicionales. En ocasiones se observa que entre estos y la celebración eucarística hay un desequilibrio. No solo por la mayor asistencia a aquellos, sino también por el cuidado con el que se preparan o la importancia que se les da en la planificación.

Esta contraposición llevó a mirar de modo sospechoso a las hermandades y sus modos de vivir la fe. Esta dicotomía es fruto de la evolución secular: si estudiamos las celebraciones de Semana Santa hasta las reformas litúrgicas de Pío XII en los años 1951 – 1955, encontramos que los oficios litúrgicos se celebraban a primera hora de la mañana, y el resto del día se combinaban procesiones y sermones mediante los cuales se hacía presente la pasión del Señor al pueblo. Los distintos actos devocionales o formativos se desarrollaban en paralelo a la liturgia. A partir de ahí, con las distintas reformas litúrgicas del s. XX, se acentúa la centralidad de la liturgia y de la participación de los fieles en ella. Esto supone un desafío para repensar e integrar las distintas formas de devoción.

El rumbo lo marca el mismo Concilio Vaticano II al afirmar que "la participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual" (SC 12). La Eucaristía es cumbre y fuente, pero esto no excluye el resto de celebraciones y oraciones que nos preparan y disponen para participar en ella de modo fructífero. Por esto, no son admisibles dos extremos: por un lado, la planificación de actos devocionales tradicionales al margen o de modo independiente de la liturgia; por otro, un desprecio de esos actos conducente a su eliminación. La importancia central de la liturgia se confunde, a veces, con su presencia exclusiva. Un absolutismo promocionado so capa de una purificación mal entendida, que pretende, si no en la teoría, sí en la práctica, extirpar las raíces populares presentes en el culto y la oración cristianas. En el año 1987, la Comisión episcopal de liturgia afirmaba que "la armonía entre celebraciones litúrgicas y actos piadosos es el alimento completo que sostiene y robustece la vida en el espíritu de los cristianos". Con esta visión en mente es como se debe proceder a elaborar el plan de cultos y oraciones de la hermandad.

Para alcanzar esa meta, se deben ir dando pasos progresivos: en primer lugar, es necesaria una formación litúrgica. Una formación que vaya creando en los responsables de las hermandades una sensibilidad que se plasme en la planificación de oraciones y cultos, y que pueda ser transmitida al resto de los hermanos. Si en el artículo anterior abogaba porque el apostolado litúrgico debe ser consubstancial a las cofradías, esto tiene que notarse en el planteamiento de las diferentes actividades. Unida a esta formación litúrgica, no estaría de más que las cofradías fuesen también escuelas de oración, donde se enseñe a orar tanto a través de los actos devocionales tradicionales (vía crucis, rosario,...), como a través de la meditación en la Sagrada Escritura o en presencia del Señor sacramentado. Ambas formas deben ayudar al crecimiento como cristianos de los hermanos, y a preprararlos para participar de modo fructífero en la Eucaristía. Sabemos que ante este planteamiento no responderá la totalidad de la hermandad, pero a partir de un pequeño grupo esta sensibilidad puede extenderse como una mancha de aceite.

Para ayudar en este camino de oración, sería muy interesante poder contar con un devocionario u oracional que constase de tres partes: la primera parte debería ser bíblica y estaría formada por aquellos textos del Antiguo y el Nuevo Testamento que puedan resultar más significativos desde el punto de vista de la hermandad, acompañados de algún comentario o de indicaciones para guiar la oración a partir de ellos. La segunda parte la formarían, por un lado, los textos (oraciones, Escritura, meditaciones) de novenas, quinarios, triduos en honor de los titulares, además de los indicados para hacer estación ante el Santísimo Sacramento; por otro, los de los ejercicios clásicos de piedad como el rosario, el vía crucis, vía lucis, vía matris, los siete dolores de María,... acompañados en sus misterios o estaciones de un texto bíblico y una meditación. La tercera y última parte, la constituirían las oraciones propias de todo cristiano y aquellas indicadas para los distintos momentos de la vida de la hermandad (inicio de reuniones, inicio y clausura de la estación de penitencia, al vestirse el hábito...). Esta obra sería un apoyo grande para la vida de oración de todos los hermanos.

Además, la planificación de las oraciones y cultos no litúrgicos deben tener siempre como objetivo último el preparar a los cofrades para participar en el encuentro con el Señor resucitado en la Eucaristía. La mejor forma de prepararse para celebrar es orando, y los ejercicios de piedad tradicionales son un tesoro insustituible en el desempeño de esa función. En el caso de la celebración de novenas, septenarios, quinarios, triduos... tenemos un problema: la predicación, la homilía debe estar ligada a las lecturas de la misa o a los textos litúrgicos; sin embargo, en esas celebraciones suele primar la temática de esos días sobre la liturgia de la Iglesia. Teniendo en cuenta las palabras de la Comisión episcopal de liturgia "la auténtica armonía entre liturgia y devociones está en la complementariedad sucesiva, no simultánea" (n. 24), me gustaría proponer algo que puede resultar polémico: realizar celebraciones de la Palabra ligadas a la temática de la novena, quinario,... que culminen en la celebración de la Eucaristía como elemento central que corone y dé sentido a lo meditado en los días previos. Dejo esta propuesta para el debate.

En definitiva, las hermandades son cauce no solo de vida litúrgica, sino también de vida devocional. Al plantear la estructura de sus cultos y oraciones, las cofradías deben presentar un todo articulado de tal forma que los distintos aspectos estén integrados. Esto favorecerá el crecimiento espiritual de los hermanos ligados de un modo más estrecho a la presencia del Señor resucitado en medio de su pueblo.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Roberto Haro

Manuscrito de la Biblia leonesa de 1162

07 de febrero de 2018

La fe cristiana, celebrada en sus respectivas regiones y con sus vicisitudes históricas, dio origen en Occidente a diferentes expresiones rituales diferenciadas: Romana, Ambrosiana, galicanas o célticas. Sin embargo, la forma propia y peculiar de celebrar los misterios cristianos en las Iglesias de la Península Ibérica se conoce como Rito Hispano: fue el propio de los católicos hispanoromanos.

Más tarde, en la época de los visigodos germanos, los Padres de la Iglesia Gotho-hispana la enriquecieron notablemente; y tras el año 711 fue la fe celebrada tanto en la España asturleonesa como la que sostuvo a los cristianos que vivieron durante siglos en la España árabe. Es uno de los ritos europeos que estuvo plenamente en vigencia hasta la recepción del Rito de Roma en el siglo XII.

De todas ellas, esta liturgia es la única de las latinas que pervive fundamentalmente en su estado original, debido a la situación de aislamiento que conoció en el largo periodo de resistencia mozárabe. En ella se manifiesta una espiritualidad bíblica, centrada en Cristo, trinitaria y martirial con gran expresividad realista y poética.

La liturgia hispano-mozárabe es particularmente rica en oraciones. Prácticamente cada celebración tiene su formulario propio, lo que fuerza el valor catequético que se daba a la liturgia en la Iglesia hispánica. Este era el medio empleado para infundir la doctrina católica y promover una espiritualidad verdaderamente cristiana en los fieles.

Y dentro de las diferentes y ricas celebraciones del Rito, en el albur de la Cuaresma a punto de iniciarse, destaco hoy un aspecto particular y distinguido de tradiciones gestadas a la sombra de los monasterios y de las escuelas catedralicias en época medieval.

Entre ellos destaca uno de los símbolos más emblemáticos y singulares en la noche del I domingo de Cuaresma: La despedida del Aleluya.

Para comprender el origen de dicha despedida hay que interpretar el significado del Aleluya y de lo que suponía para nuestros antepasados en la fe el cese de su canto en la Cuaresma y otras épocas del año.

La palabra aleluya viene de dos palabras hebreas: Hallelu-Jah, que quiere decir "alabad a Dios". El canto de estas dos palabras acompañaba toda la vida de los cristianos de su tiempo. La proclamación del alleluia de los primitivos cristianos está enfocado por lo tanto en la esperanza futura y con ello quiere dar a entender la Iglesia que nuestras acciones cotidianas carecen de todo valor de salvación si no se hacen en alabanza de Dios.

Este canto de alegría se convierte en la acción de gracias por el anuncio salvador que se escucha continuamente en la liturgia. Por tanto, el Aleluya no es la aclamación al Evangelio, como sucede en el Rito romano, sino la respuesta a la Palabra de Dios.

Pero la liturgia de las horas del Oficio Divino de ese primer Domingo de Cuaresma nos prepara para despedir al Aleluya hasta la Pascua, recordándonos así a los que aún caminamos en esta vida que no hemos llegado a la meta y no podemos gozar todavía del premio de la victoria, de la alabanza y la alegría sin fin.

Aleluya, quédate con nosotros hoy
y ya mañana partirás de viaje, Aleluya …
Te marcharás y tendrás un buen viaje, Aleluya
y volverás de nuevo a nosotros, Aleluya…
Así dice el Señor:
Ha quedado encerrado en mi tesoro el Aleluya
y en Aquél día os lo devolveré Aleluya, Aleluya
Antifonario de León n154 – Oficio Vespertino

Esta celebración de la despedida solemne y festiva de la aclamación Aleluya en la tarde del domingo In Carnes Tollendas da paso al salmo Miserere y poco después termina el Oficio.

El lunes siguiente da paso ya al ayuno, la abstinencia de carnes y al resto de las prácticas penitenciales en ausencia del Aleluya, que únicamente volverá a resonar con estruendo y gozo en la noche santa de la Pascua.

La liturgia hispano-mozárabe nos muestra, en la despedida del Aleluya del primer Domingo de Cuaresma, todo el profundo sentido que esta exclamación tenía para los antiguos cristianos.


miércoles, 3 de enero de 2018

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Eucaristía organizada por la Hermandad del Silencio en su parroquia de Jesús Obrero | Fotografía: Hdad. del Silencio

03 de enero de 2018

En el primer artículo centraba la reflexión en la Eucaristía como culmen de la vida cristiana, de toda comunidad y, por lo tanto, de toda hermandad. En los artículos siguientes, empezando por este, quiero centrarme en cómo plasmar ese principio a lo largo de todo el año en la actividad de las cofradías. Entro ahora en el campo de lo prudencial, de lo discutible, no pretendo tener la última palabra acerca de los distintos aspectos que voy a tratar, sino ofrecer apuntes, y mi posición personal, para establecer, si se quiere, un debate que clarifique y ayude a acrecentar la unión con Cristo y con los hermanos a través del fundamento de la Eucaristía.

Las cofradías no somos islas, no somos las únicas comunidades cristianas de una diócesis, y por esto no podemos desempeñar nuestra labor de espaldas a la realidad eclesial. En el momento en el que una junta directiva, el vocal de cultos, el director espiritual formulan el plan pastoral de la hermandad deben tener en cuenta esto. Claro que no siempre es fácil. Sería ingenuo obviar las dificultades que históricamente han surgido entre párrocos, rectores, comunidades religiosas, y las distintas corporaciones. Incluso en el caso de las hermandades que tienen en propiedad su sede canónica, su pastoral ni es, ni puede ser, autónoma. Del mismo modo, tampoco es justa la actitud que contempla en las actividades de las cofradías algo al margen de la vida parroquial, un residuo de otros tiempos que hay que sufrir hasta que desaparezca (algo que, para sorpresa de teólogos y pastoralistas bien sesudos, no tiene pinta de que vaya a suceder en el breve plazo). En muchas ocasiones la voluntad de hacer cultos por parte de las hermandades choca con la planificación de la parroquia. Enfrentamientos que pueden llegar al extremo de plantear quién tiene derecho a la Eucaristía, o quién puede imponer su celebración a otras comunidades o instancias eclesiales.

Estas cuestiones, así planteadas, no son correctas. La Eucaristía pertenece a Cristo, es Cristo mismo quien se dona a sí mismo para nuestra salvación. Ninguno de nosotros "tenemos derecho a la Eucaristía". Tampoco una cofradía o, ni siquiera, una parroquia. La clave para superar este problema nos la da el Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium: la parroquia "es comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero..." (EG 28) y, por lo tanto, reclama que los demás grupos existentes, también las hermandades,

"no pierdan el contacto con esa realidad tan rica de la parroquia del lugar, y que se integren gustosamente en la pastoral orgánica de la Iglesia particular. Esta integración evitará que se queden sólo con una parte del Evangelio y de la Iglesia, o que se conviertan en nómadas sin raíces" (EG 29). 

El camino que marcan estas palabras es muy sugerente: el de una pastoral de conjunto en la que se integran las cofradías. Si la hermandad vive de la Eucaristía, esta celebración debe estar ubicada dentro de la actividad pastoral de la parroquia o comunidad religiosa. El modelo ideal sería en el que una de las eucaristías dominicales esté al cuidado litúrgico de la cofradía, abierta, por supuesto, a la participación de toda la comunidad cristiana. Una celebración en la que la espiritualidad de la corporación pueda enriquecer la vida parroquial y viceversa. Es un modo de ser, como dice también el Papa Francisco en su homilía a las cofradías, "un verdadero pulmón de fe y de vida cristiana, aire fresco" (homilía del 5 de mayo de 2013). La hermandad necesita esta celebración semanal. No podemos existir sin celebrar la Eucaristía. Todos nosotros necesitamos para vivir celebrar el día del Señor acercándonos a recibir su Cuerpo y su Sangre. Y muchos hermanos viven su fe a través de la hermandad. Una parroquia en salida, como nos pide el Papa, debe ir al encuentro de todos y la cofradía realiza esta misión de modo muy eficaz. Limitar las misas a una vez al mes o a los cultos principales del año supone cerrar puertas a quien se acerca al Señor a través de las celebraciones de la hermandad.

La imbricación de la hermandad con la realidad parroquial –o conventual, en el caso de órdenes religiosas– supondría superar los antagonismos del pasado. Eso sí, siempre que esa colaboración se realice desde el respeto mutuo, y se tenga en cuenta las particularidades propias de la pastoral cofrade. Una vía a explorar, por ejemplo, es confiar en las hermandades para un apostolado litúrgico: una de las características de las cofradías es explorar el camino de la belleza como vía del descubrimiento de Dios, contar con ellas para la preparación de las celebraciones y los tiempos litúrgicos en la iglesia sería un modo creativo de contar con ellas en la vida cotidiana. Se convertirían así, como dice el papa Francisco, en "una presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas" (homilía del 5 de mayo de 2013).

Se me puede objetar, con razón, que las hermandades hoy en día trascienden los límites estrictos de una parroquia o barrio, o el alcance de una determinada orden religiosa a la que están vinculadas. Es cierto. Las cofradías, aunque nacidas en un contexto determinado, han ampliado su rango de influencia más allá de unas calles concretas de nuestras ciudades. Además, en algunos casos, la implicación eclesial de los hermanos no se reduce a la vida de hermandad: todos conocemos a alguno que desempeña una labor pastoral en su parroquias de origen, en el colegio en el que trabaja, o en otros grupos cristianos a los que se siente vinculado. Esto, lejos de constituir un obstáculo, es una oportunidad muy valiosa para que esos cofrades puedan aportar su experiencia, su carisma, a la propia corporación enriqueciendo su vida. Por lo tanto, no se trataría tanto de que todos los hermanos acudan a todas las eucaristías preparadas por la hermandad (objetivo utópico, sin duda), sino de que a través del tiempo la Eucaristía compartida vaya construyendo la unidad de la cofradía entrelazando los distintos carismas y vivencias de sus integrantes. Una unidad interna y una unidad con las otras comunidades que conforman la realidad eclesial.

En conclusión, creo que lo ideal es celebrar, al menos, una misa dominical en la sede canónica como parte de una planificación pastoral de la parroquia, unidad pastoral, o convento, en la que se sitúe. Una planificación en la que la hermandad juegue un papel significativo en las labores de evangelización. Esto permitirá cultivar la vida eucarística necesaria para la existencia de la hermandad, al tiempo que se produce un enriquecimiento entre las distintas realidades eclesiales.


viernes, 3 de noviembre de 2017

P. José Anido Rodríguez, O. de M.

La capilla de Jesús Flagelado, en la Clerecía, acoge las eucaristías de la hermandad de la que es titular | Foto: Alberto Ramos

03 de noviembre de 2017

Todas las cofradías son asociaciones públicas de fieles que tienen entre sus fines la promoción del culto divino. A menudo esta promoción es identificada de forma unívoca con la celebración de la estación de penitencia o de distintas procesiones de gloria, rosarios... y, sin embargo, por esto, a veces se oscurece el principal culto al que está llamado a participar todo cristiano, situado en el corazón mismo de la Iglesia, la celebración de la eucaristía. Todas las hermandades, no solo las sacramentales, deben poner especial cuidado en la promoción de la devoción eucarística. Para analizar esta realidad me propongo, a lo largo de este curso, presentar la necesaria relación entre eucaristía y hermandades: primero, en el plano teórico, intentaré mostrar cómo la fraternidad se enraiza en la eucaristía; segundo, a lo largo de los siguientes artículos, me detendré en tres aspectos de dicha relación (la organización de los cultos y oraciones en la hermandad, la relación entre eucaristía de hermandad y eucaristía parroquial, y, por último, la celebración y participación en el Corpus Christi).

La vida cristiana tiene como culmen la celebración de la eucaristía. En ella Cristo mismo nos ofrece su vida resucitada a través de su cuerpo y su sangre. A su vez, esta entrega se convierte en fuente de gracia que inunda nuestra existencia y nos alienta en nuestra actividad cotidiana. De este modo, somos sostenidos y animados en el camino hacia el encuentro definitivo con el Señor. Estamos unidos a Cristo por el bautismo, y esa unidad por el Espíritu se edifica y refuerza por la participación en la eucaristía. No es esta una unidad individualista, intimista, pensada para la salvación personal aislada de la del resto de los hermanos. La unión con Cristo conlleva la unión con el prójimo: todos estamos llamados a constituir una única familia, una fraternidad que se manifiesta en la comunidad de la Iglesia. Una comunidad que se desborda para intentar abarcar la humanidad entera, en palabras de san Juan Pablo II, "la eucaristía, construyendo la Iglesia, crea precisamente por ello comunidad entre los hombres" (Ecclesia de Eucharistia, n. 24). Esto no son solo bellas palabras con las que consolarnos en medio de la soledad. Es necesario tenerlo claro: más allá de la familia de carne y sangre que todos tenemos, la persona que está a nuestro lado en el banco de la iglesia, con la que nos cruzamos en la calle, son, en verdad, nuestros hermanos. Y como tales tienen que ser vistos y considerados.

Las cofradías son una concreción local de esa fraternidad universal que constituye la Iglesia. Formar parte de una corporación supone entrar en una familia, y esto tenemos que tenerlo presente siempre. Cuando surgen dentro de ella las dificultades y enfrentamientos, las rivalidades y celos que, por experiencia, sabemos que están siempre presentes en toda organización, debemos afirmar todavía con más fuerza esta realidad. Con un hermano se puede debatir, disentir, discutir, pero sigue siendo familia, a pesar de todo. Podemos preguntarnos dónde reside el fundamento último de esta fraternidad, aquello que la edifica día tras día: algunos dirían que una cofradía se cimenta en la común devoción a unas advocaciones del Señor y de su Madre, otros que en el gusto por la camaradería que encontramos en su seno, unos más en la formas populares que ofrece para vivir la propia fe. Sin embargo, siendo estos factores importantes, que contribuyen a la edificación de la fraternidad, no son la piedra angular sobre la que se levanta.

Afirma el Concilio Vaticano II que "no se construye ninguna comunidad cristiana si esta no tiene su raíz y centro en la celebración de la sagrada Eucaristía" (Presbyerorum Ordinis, n. 6). Y las hermandades no son una excepción, pretenden ser una comunidad cristiana en la que vivir la fe. Por eso duele ver cómo, en ocasiones, la capilla o la iglesia está semivacía, con ausencias incluso de quienes deberían desempeñar su función con compromiso ejemplar, la Junta de Gobierno. Tampoco debemos escandalizarnos: en una cofradía no todos tienen la misma implicación o presencia en las distintas actividades. Algunos solo aparecen el día de la estación de penitencia, otros acuden a las actividades sociales, son menos los que asisten a todas las eucaristías y cultos. Sabemos que esta es una realidad con la que habremos de lidiar siempre, el deber ser de las hermandades siempre estará lejos de su ser. Sin embargo, es una obligación de todas las Juntas de Gobierno, así como de los capellanes y directores espirituales, promover la formación de todos los cofrades para que valoren en su medida la importancia de la eucaristía.

La propia liturgia de la celebración nos lleva a fortalecer esa unidad de diferentes formas y en diversos niveles: en primer lugar, es un momento de encuentro y oración, de fe compartida, de reconocernos hermanos en el Señor reunidos en torno a su altar. Además, en segundo lugar, la hermandad se presenta, no como un grupo amorfo, sino como un cuerpo organizado. Si fijamos la mirada en las llamadas "funciones principales", la hermandad se dirige al encuentro del Señor en la eucaristía como un todo articulado: la presencia en pleno de la Junta de Gobierno, la protestación de fe... todo esto son signos que apuntan a la estrecha unión de quienes están celebrando el misterio central de su fe. En tercer lugar, las voces de todos los hermanos se alzan en común oración, los unos por los otros y por la Iglesia entera: en la oración de los fieles en la que respondemos a la palabra de Dios elevando nuestras súplicas al Padre; o en el Padrenuestro, verdadera oración de los hijos de Dios unidos en fraternidad. En cuarto lugar, en la misma plegaria eucarística, el momento más sagrado de toda la celebración, en el que el Señor resucitado se hace presente entre nosotros bajo las especies del pan y del vino, pedimos al Padre que la participación en ese cuerpo y sangre de Cristo nos congregue en la unidad. Por último, la comunión misma es la ocasión de mayor unidad entre los cofrades: la unión eucarística con Cristo, a través de Él, une del modo más estrecho a todos los hermanos.

Si fallamos en esto, ya podremos tener un desempeño en la calle ejemplar, que en poco nos diferenciaremos de una asociación cultural. Sin embargo, si el cimiento de nuestra fraternidad está asentado con firmeza en la eucaristía, todo lo demás se nos irá dando por añadidura como el río que mana de la fuente. Por esto, es responsabilidad de las Juntas de Gobierno planificar una formación atractiva que incida en este aspecto, una organización de los cultos que alimente la unión deseada, y una participación en las actividades de caridad que haga operativa esa fraternidad nacida del altar.

En los artículos siguientes, como he comentado, intentaré analizar algunos desafíos a los que la vivencia de la eucaristía se enfrenta en las hermandades.


miércoles, 11 de enero de 2017

Tomás González Blázquez

Detalle de las manos de Nuestra Señora de la Soledad, vestida en tonos blancos | Foto: ssantasalamanca.com

11 de enero de 2017

Líbreme Dios de poner en entredicho ancestrales costumbres o más recientes prácticas debidamente fundamentadas. Soy consciente de que en los modos y las modas de ataviar a Cristo, María y los santos tiene cabida la variedad, ahí donde dicen que está el gusto (a veces). A la Virgen del Pilar le cambian el manto cada noche, al Cristo de los Milagros le van rotando sus faldones que frisan el centenar y a diferentes imágenes de nuestras hermandades también se las viste de manera diferente según tiempos litúrgicos o épocas que en la piedad popular tienen rasgos definidos. El cambio de color, una mayor sobriedad, una acentuación de los signos de realeza y triunfo o el uso de determinados aditamentos, aunque sean discretos, contribuye a mostrar los misterios sagrados, con el apoyo no esencial de las imágenes pero sí enriquecedor, de una forma más pedagógica.

Ese es el planteamiento de partida y viene avalado por ejemplos de larga trayectoria, que en el ámbito de las cofradías vinculadas a la Semana Santa salmantina no es tan dilatada. Seguramente se nos vienen a la mente algunas dolorosas vestidas de blanco en Pascua, como la Soledad o las Lágrimas, o "de hebreas" en Cuaresma, como la Esperanza o Caridad y Consuelo. El negro se viene usando en noviembre para imágenes marianas que habitualmente no lo utilizan, en el contexto de un mes dedicado a la oración por los difuntos; por ejemplo, la del Rosario es vestida de dominica. Se recurre al azul en torno a la Inmaculada y Adviento, y existen otras fechas, señaladas o no tanto, que conllevan cambios de vestuarios. Ocurre igualmente con algunas imágenes de Cristo cuya túnica suele variar, como Pasión o Despojado. Redención, aunque tallado para representar la institución de la Eucaristía, fue caracterizado el pasado noviembre como Pescador, iconografía propia de los primeros tiempos del cristianismo pero poco habitual en nuestros días.

Sin duda, todas estas modificaciones en la apariencia externa de las imágenes, fruto de la donación de diferentes ropajes y de la intención de acompasarlas de algún modo a la sucesión de los tiempos litúrgicos y al ciclo de las fiestas, pueden ser aprovechadas para que, a través de ellas, algunos fieles profundicen en la riqueza de la liturgia. Igual que pueden hacerlo si se prepara en condiciones el altar con su cruz y sus cirios, si se ponen flores o no se ponen según corresponda, si los ministros lucen las vestiduras litúrgicas apropiadas o si se cuidan tantos detalles externos, a menudo ignorados o incluso menospreciados, que ayudarían a acceder al interno misterio de la liturgia. Por esto, de entrada, cuando haya costumbre y pueda hacerse con dignidad y contención, no recelo de los cambios de vestuario.

Pero de salida, un par de apuntes. Conviene no perder de vista la moderación necesaria, que la colocación de una determinada saya o de un manto en concreto no coopere a desviar la atención sino a centrarla en lo fundamental, que el medio no eclipse el fin y que no se encrespen los ánimos por minucias como el color de una túnica cuando es posible que dos opiniones enfrentadas tengan cada una la mitad de la razón. Porque, entro en el segundo apunte, la piedad popular es piedad popular y la liturgia es liturgia. Que la primera se armonice con la segunda, no la contradiga y se mantenga en su lugar secundario no significa que no tenga una función propia. En el contexto de lo popular surgen devociones y se configuran iconografías que no pueden someterse a toda costa al canon estético de la liturgia, porque su propio cometido es valioso cada día del año. En Pascua también nos ayuda contemplar en ocasiones el Dolor de María o su Soledad en nuestra oración, aunque la liturgia de la Iglesia lo subraye el 15 de septiembre y nos remita a las silenciosas horas del Sábado Santo. En Cuaresma podemos requerir el verde de la Esperanza de la Virgen, o en Adviento sus Lágrimas envueltas en luto. Son advocaciones que enmarcan una dimensión concreta, apoyos desde su hornacina sea Miércoles de Ceniza, el día de los Difuntos o Domingo de Pentecostés, y por esto, complementos siempre válidos, sin necesidad de periódicas adaptaciones.


lunes, 26 de diciembre de 2016

Pedro Martín

Grupo de acólitos de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado, correctamente vestidos | Foto: ssantasalamanca.com

26 de diciembre de 2016

En esta tercera parte de la serie Estética cofrade vamos a abordar un último aspecto relacionado con la liturgia, el de las vestimentas litúrgicas, pues estas se utilizan en nuestras procesiones y, en mi opinión, no siempre con el debido acierto desde el punto de vista formal, de la idoneidad o de la estética.

En primer lugar vayamos con los sacerdotes que habitualmente acompañan nuestros cortejos procesionales, cosa que se agradece, puesto que hace no tanto tiempo en algunas procesiones brillaban por su ausencia y no por culpa de las cofradías. La vestimenta litúrgica correcta para salir en una procesión es la capa pluvial, siempre encima de alba y estola, y lógicamente ambas prendas -estola y capa- congruentes en el color litúrgico del día que corresponda.

Aquí vemos dos errores muy comunes: el primero, no vestir la preceptiva capa pluvial y salir en la procesión solo con alba y estola. Si esto se produce por falta de la misma puede ser comprensible, pero siempre se podrá localizar alguna de otra iglesia o cofradía que la preste; más grave es si se prescinde de la misma por comodidad o por rechazo a una prenda "supuestamente pasada de moda" con justificaciones absurdas propias del desconocimiento de las normas litúrgicas.

El segundo error es equivocar los colores litúrgicos propios para cada día de la Semana Santa, asociando el color morado con la misma. Si bien es el más común, nunca debe utilizarse el Domingo de Ramos, cuyo color litúrgico es el rojo; ni el Domingo de Resurrección, siendo este día el blanco el adecuado. Bien es verdad que el Jueves Santo en la celebración de la Cena del Señor se utiliza el blanco, pero el color adecuado para una procesión es el morado. Otro tanto ocurre con el Viernes Santo, en cuya celebración de la muerte del Señor se utiliza el rojo, color del martirio, y sin embargo en el desfile penitencial se utiliza el morado o incluso el negro si se tuviera, pudiendo extenderse este color al sábado hasta el caer de la tarde con la vigilia pascual. Estos detalles en cuanto al color no son nimios y deben ser cuidados al máximo por las cofradías y sus sacerdotes.

El otro aspecto relacionado con las vestiduras litúrgicas es la vestimenta utilizada por los acólitos, tema este controvertido en buena parte de las diócesis españolas, llegándose en algunas al extremo de prohibir expresamente en sus normas diocesanas la utilización de las dalmáticas a los mismos en los desfiles procesionales.

Partimos de un hecho obvio: la dalmática es la vestimenta litúrgica propia del diácono y en su día del subdiácono, ministerio hoy desaparecido. Por lo tanto, tan solo estos, conforme a derecho, pueden vestir la citada prenda, no valiendo subterfugios como que las órdenes menores del laicado como son el acólito y el lector son equivalentes al anterior subdiácono y, por lo tanto, pueden vestirla. La prenda del acólito y lector es el alba, y esto siempre que estén debidamente instituidos, cosa que en nuestra diócesis no es muy habitual. Me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que ninguno de los acólitos de nuestras procesiones lo son en realidad y, salvo una ocasión reciente, que yo recuerde ningún portador de dalmática es diácono.

La vestimenta correcta del acolitado en una procesión en ausencia de túnica debería ser la sotana pudiendo ir revestida de roquete o, en su defecto, la túnica de la cofradía.

En el aspecto de la utilización de las dalmáticas cabría una aclaración por parte del obispo, de tal forma que se permita con todas las consecuencias si se cree oportuno o bien se indique la no pertinencia de las mismas. Además, y sin perjuicio de lo anterior, convendría que tuviéramos especial cuidado con los colores de las mismas, siempre del color litúrgico adecuado y nunca del color de la cofradía por pensar que esto pueda resultar más estético.

Espero que estas reflexiones ayuden a conjugar estética, liturgia y procesiones, de tal forma que nuestros desfiles sean cada vez más una extensión en la calle de nuestras celebraciones dentro de nuestras iglesias y sirvan para conocer o ahondar en el misterio de nuestra fe.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Pedro Martín

Cofrades con cruces numeradas preceden a Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis | Fotografía: ssantasalamanca.com

28 de noviembre de 2016

Reflexionábamos hace unas semanas sobre la importancia de la estética en nuestras cofradías y, en especial, en nuestras procesiones, ya que esta cualidad debe estar presente siempre en las mismas, como debiera estarlo en las celebraciones litúrgicas para conseguir esa conjunción de lo espiritual y lo material que nos lleve también a Dios por la belleza. Y en estas que nos encontramos al principio del Adviento, preparando el camino al Señor que ya viene a nacer entre nosotros.

Pues bien, retomando el tema de la estética y la liturgia, que son dos términos que deberían ir indisolublemente unidos, abordamos la estética litúrgica cofrade (permítaseme la licencia) como una prolongación de la propia liturgia que sale a la calle, ¿o acaso los pasos procesionales no se idearon como auténticos altares de culto que sacamos a la calle? Si esto es así, todo alrededor del mismo y de la procesión, de su principio a su fin, debe tener un sentido litúrgico y guardar la debida estética litúrgica.

Comencemos por el principio: la procesión la abre una cruz, como las procesiones litúrgicas son abiertas por la cruz parroquial. Poco más que comentar. La procesión la abrirá la cruz de la cofradía, llamada cruz de guía o en su defecto la  cruz parroquial si esta existe. Todas las demás cruces no tienen ningún sentido litúrgico y, además, estéticamente suponen una redundancia incomprensible.

El siguiente elemento que nos encontramos suele ser el incienso, que en la iglesia precede a la cruz abriendo la procesión y sirve luego para incensar la cruz, el altar, la palabra y al Santísimo; si decimos que nuestros pasos son altares, y además llevan a Jesús y a la Virgen María, ese es su lugar y no otro, delante de nuestras imágenes.

Otro elemento importante es la luz, ya que al igual que nuestro altar en la iglesia está alumbrado por velas, en la calle también las utilizamos y no solo en los propios pasos, sino también en ocasiones precediendo a estos con los ciriales, o con uno en cada esquina enmarcándolos, quizá una forma menos frecuente pero igualmente válida.

También le ponemos luz a la ya citada cruz de guía y también a la cruz parroquial, símbolos de Cristo. Litúrgicamente, ningún otro elemento debe llevar luz. Y ya que he citado la cruz parroquial, decir que su lugar, si no es abriendo la procesión, puede ser abriendo el tramo de la Virgen en caso de tener dos pasos o bien si se llevan ciriales en el primero en medio de ellos.

Queda un elemento que también es utilizado en algunas cofradías y que es propio del Santísimo. Me refiero al palio, elemento que es usado en la procesión del Corpus y que hace algunos años se recuperó como "palio de respeto" de color negro tras el Sepulcro en la tarde de Viernes Santo. En mi opinión, aunque no he encontrado ninguna disposición en contrario, no tiene cabida, pues no le encuentro sentido litúrgico a utilizar un palio en una procesión si no es para acompañar al Santísimo.

Todos los demás elementos propios de las cofradías como bocinas o trompetas, varas, banderas, libros de reglas, estandartes, etc., no se pueden considerar elementos con sentido litúrgico, pero si estético, lo que debería obligar a las cofradías a buscar su propio estilo estético, formado por sus imágenes y la forma de llevarlas, sus hábitos, su forma de procesionar y su propia idiosincrasia que nace de sus más profundas raíces como cofradía, siendo desgraciadamente frecuente el olvido de su propia historia. Y esto no significa que no se pueda innovar o evolucionar, pero siempre muy pensado y con una cierta perspectiva, y esto incluye mirar hacia adelante y hacia atrás antes de introducir un nuevo elemento procesional o recuperar aquellos que se perdieron para conseguir la tan ansiada estética cofrade que nos identifica y que resulta no solo necesaria, sino imprescindible para transmitir en la calle el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Dejaremos para una tercera parte de la trilogía las vestimentas litúrgicas y las cofradías.


jueves, 22 de septiembre de 2016

Tomás González Blázquez

Detalle de las manos de la Virgen de las Lágrimas, que celebró su festividad hace escasos días | Foto: ssantasalamanca.com

22 de septiembre de 2016

Contagiada por el ritmo académico, la Iglesia comienza su curso pastoral en septiembre. No espera al inicio del año litúrgico, por San Andrés, cuando se abra paso el Adviento en la transición de noviembre a diciembre. Lo culminará, como maestros y alumnos, mediado junio, semana arriba o semana abajo en torno al Corpus Christi. Para el verano quedarán unas cuantas fechas más, como el Carmen, Santiago o la Asunción, ya fuera de los programas generales asentados en los tiempos "fuertes" de Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa y Pascua.

Las cofradías no son ajenas a esta discutible costumbre eclesial, que no deja de envolver las propuestas catequéticas con aderezo escolar. Tras el parón estival, las juntas directivas vuelven a reunirse para planificar el curso y anunciar el calendario de cultos. No obstante, todavía impera en la mentalidad de la mayor parte de los cofrades el ciclo "de Pascuas a Ramos", que en el cofrade activista consiste en empezar a preparar la procesión del año siguiente nada más recoger las andas y en el cofrade procesionista se traduce en salir del templo con un revelador y terriblemente veraz "hasta el año que viene".

De vuelta al planificado y anunciado calendario de cultos, podemos advertir que en las cofradías salmantinas se sigue insistiendo, con buen criterio y no demasiado respaldo de asistentes, en la eucaristía dominical como celebración aglutinadora y cotidiana de la hermandad, ya sea mensual o cada semana, convocada por la propia asociación o uniéndose a una misa ya habitual de la comunidad parroquial o religiosa que la acoja. Celebrar el domingo significa tanto y tan bueno para la vida cristiana que ya sería suficiente con que todos los cofrades lo celebraran. Que cada cofradía apostara en serio por el domingo como su centro garantizaría una gran renovación espiritual.

En este sentido, surge a menudo el debate entre lo ordinario de un domingo, ya sea del propio tiempo ordinario, un "domingo verde", o de otro tiempo litúrgico, y lo extraordinario de una festividad dedicada a una de las imágenes de la cofradía. Buscando una asistencia mayor de hermanos, se suele aprovechar la jornada dominical, incluso desde su víspera sabatina, para celebrar la fiesta. Esto requiere una cuidadosa preparación y formación que no difumine el valor predominante del domingo, cuya eucaristía es la Pascua semanal, y nunca puede ser concebida como el complemento de un besapiés o el preámbulo de una procesión. Apreciar y conocer la riqueza del calendario litúrgico ayudaría a buscar fechas alternativas, dominicales o no, para celebrar determinadas festividades en torno a alguna de nuestras imágenes. Por ejemplo, las múltiples fiestas marianas, no todas vinculadas a advocaciones geográficas de la Virgen sino a misterios como su Santo Nombre, su Realeza, su Corazón Inmaculado, sus Dolores… o la propia memoria semanal de Nuestra Señora cada sábado, permitirían unas celebraciones marianas más armónicas que las programadas en domingo. Lo mismo ocurre con algunas fiestas del Señor, como las de su condición de Rey o Eterno Sacerdote, la Exaltación de su Cruz o su Transfiguración.

Por otro lado, los calendarios incluyen citas precedidas por triduos, quinarios o novenas, con intención preparatoria de la fiesta mayor. Un esquema bien estructurado y coherente de estos cultos más prolongados resulta fundamental para su provechoso desarrollo. La percepción realista del momento actual nos quitará la idea de esperar multitudes cada día del ciclo, pero un proyecto de peso en una hermandad no debiera renunciar a ofrecer a cofrades y fieles períodos de oración más largos que la mera festividad aislada, a la que se llega sin las debidas ambientación comunitaria y disposición personal. La adoración eucarística y el sacramento de la penitencia habrían de ser ingredientes imprescindibles en esos días.

Finalmente, hay cofradías que aún no se han decidido a potenciar decididamente sus cultos mensuales o incluso anuales. Su calendario es demasiado variable o muy escaso. Junto a la vivencia y ejercicio de la caridad y, según los casos, la manifestación externa de la fe, el culto ocupa el primer lugar en los fines de  una hermandad. No perdamos de vista que el culto con menos asistentes es aquel que no se programa, y que el culto más deslucido es aquel que no se incluye en calendario.


lunes, 7 de diciembre de 2015

Tomás González Blázquez

Nuestra Señora del Silencio, a su paso por la Plaza Mayor el Sábado Santo | Fotografía: Alfonso Barco

07 de diciembre de 2015

En total son quince en la Semana Santa salmantina y dos esperan su momento. Once son protagonistas de un paso, incluso una repite y sale dos veces. Dos de ellas dan nombre y sentido a una procesión. Otra comparte titularidad de paso y cofradía. Tenemos una que es principal un día y secundaria otro, y que además venía formando parte de un señero acto. Y, por fin, tres son personaje secundario de grupo escultórico. En la historia no faltan las que fueron sustituidas, o dejaron de salir al desaparecer su hermandad, o por dejar de cederlas su propietario. En hornacinas y retablos reposan algunas que alguien soñaría, sueña o soñará en la calle. Y en el recuerdo, las hemerotecas y las tertulias, sobreviven las que se idearon, incluso se abocetaron, pero nunca llegaron a ser talladas y bendecidas.

María es muy importante en nuestras hermandades y en la Semana Santa. Incluso la cofradía decana, siendo de la Vera Cruz, lo es también de la Purísima, y sus hermanos no podemos decirnos "azules" simplemente por el color de nuestros capuchones y de la cinta de la medalla. Las quince imágenes de la Santísima Virgen que nos muestran las cofradías en la Semana Santa de Salamanca complementan y acompañan a las veintinueve de Cristo. María y Jesús, Madre e Hijo por antonomasia. Hubo un tiempo no tan lejano, que incluso conocimos los que no hace mucho dejamos de ser jóvenes, en que nuestras procesiones eran "de Cristos". En pocos años, a caballo entre las décadas de los ochenta y los noventa, se recuperaron pasos, se pusieron en hombros, se encargaron un par de yacentes aunque ya teníamos uno, pero, sobre todo, se incorporaron vírgenes a las procesiones de Cristos. Pasamos de un paso a dos, de una banda (o dos si llevaba abriendo) a dos (o tres). Sin ignorar el sentido que tiene que la imagen de la Virgen siga a la de Cristo, para reflejar que la primera y más perfecta seguidora del Hijo es su Madre, se respondía con esta novedad no tanto a una necesidad clara de la procesión, sino a una demanda surgida en la cofradía: mujeres que se habían sumado en gran número a las hermandades y deseaban participar como hermanas de paso ("costaleras", ¡tantas veces lo hemos leído o escuchado!). Desde entonces, María sigue a Jesús, aunque no faltó en los inicios el orden inverso, precediendo el paso de la Virgen al de Cristo (como ocurre, por otras circunstancias en el Santo Entierro y la Resurrección).

De esta manera, la Virgen de la Amargura, secundaria del grupo del Calvario y del acto del Descendimiento, antigua Soledad relegada por la Dolorosa de la Vera Cruz, fue renombrada y comenzó a salir el Lunes Santo junto al Cristo de los Doctrinos. Desde Andalucía llegó otra talla mariana, denominada en Salamanca con la advocación de las Lágrimas, para compartir desfile con Jesús Flagelado. Dos jóvenes hermandades, Amor y Paz y Silencio, encargaron sus vírgenes a Hipólito Pérez Clavo y Enrique Orejudo, respectivamente. Venimos celebrando, con desiguales cómputos, las bodas de plata de estos estrenos. ¿Han encajado la Amargura, las Lágrimas, María Nuestra Madre y el Silencio en sus procesiones? ¿Se ha acertado con sus andas, vestimentas, exornos florales o acompañamientos musicales? ¿Han cuajado los cultos celebrados en su honor y gozan de la devoción popular? No me atrevo con respuestas, que reservo al valiente lector, pero sí me animo a sugerir, pensando no solo en ellas sino en todas las demás, un rastreo de las huellas de María en la Palabra de Dios, pocas apariciones pero esclarecedoras: ¿las conocemos?, ¿no invitarían a un primer intento para una formación bíblica de los cofrades? También un buceo en la liturgia: ¿por qué no se acude a las fiestas y memorias de María, sin ir más lejos cada sábado, en nuestros calendarios cofrades, en lugar de ocupar para todo el domingo? Y, por supuesto, un paseo por la piedad popular, que no solo vive de besamanos y coronaciones, aunque en Salamanca chirría con estruendo el olvido de la patrona, Santa María de la Vega. A la vuelta de la esquina, 2018, cuarto centenario de los votos inmaculistas del Concejo y la Universidad. No debiéramos, como Diócesis, pasar de largo ni de puntillas por un año en el que honrar a María de la mejor manera: dejando que Ella misma nos muestre a su Hijo Jesucristo.


lunes, 14 de septiembre de 2015

F. Javier Blázquez

El Lignum Crucis, en la Puerta de Ramos de la Catedral Nueva el Domingo de Resurrección | Foto: Pablo de la Peña

14 de septiembre de 2015

Hemos vuelto. Se acabó el descansito, como dice El Barrio en su conocida canción, tan socorrida para estos días preotoñales de regreso a la cotidianidad. Y la fecha no podía resultar más afortunada. Volvemos por la fiesta de la Santa Cruz. Ni menos ni más.

Al margen de las implicaciones teológicas y simbólicas  que entraña el recuerdo de la invención, triunfo y exaltación de la Santa Cruz, pues estas tres celebraciones unificadas conmemoramos  hoy, la fiesta nos lleva en Salamanca, en sus derivaciones populares,  hasta el Campo de San Francisco. Allí, en la capilla de la Vera Cruz, la cofradía titular mantiene, desde hace más de quinientos años, el culto a la santa cruz del Redentor. Esta institución ha sido para Salamanca la depositaria de una de las devociones más arraigadas en el calendario cristiano y en los ciclos festivos populares. Una labor meritoria, por su continuidad en el tiempo, que no ha sido suficientemente reconocida, más si tenemos en cuenta la importancia de lo que se celebra y su repercusión en los tiempos actuales.

La relegación por parte de la Iglesia de esta fiesta, otrora tresdoblada en los días de mayo, julio y septiembre, al concentrar las tres en una sola e incidir en la preminencia del Viernes Santo como día por excelencia de la adoración de la cruz, han derivado en un casi olvido de esta celebración. Sobre todo en nuestra diócesis, que abortó en 2006 el intento de recuperar la procesión tradicional de mayo por parte de su cofradía titular. Santo Tomás, una y no más. Y eso porque no quedaba más remedio. Las razones esgrimidas, fundamentadas en el calendario litúrgico, hubieran sido creíbles de no haber autorizado poco después, no se sabe bien a quién, la perpetración de un simulacro de procesión en fechas para nada pertinentes. Afortunadamente, tamaño despropósito no cuajó.

En todo caso, la Cofradía de la Santa Cruz, en su quinto centenario, volvió a poner en la primera plana de la actualidad informativa que la Iglesia continúa manteniendo en este signo, su signo por antonomasia, una de sus más importantes devociones. La procesión del quinto centenario, excepcional y pasada por agua, no repitió por lo ya expresado, "estaba fuera de lugar". Sí quedó, al menos, uno de los actos más destacados, hoy en día, de la vida anual de nuestras cofradías penitenciales. Fue todo un acierto, al ser procedente, tener sentido y dejar cimentada su continuidad. Acostumbrados como estamos a infinidad de actos, de dudoso gusto y escasa oportunidad, jalonando el calendario cofrade, La exaltación de la Cruz se ha convertido, de facto, en el inicio del curso cofrade en Salamanca. Al cierre del triduo, un orador invitado realiza la exaltación de la cruz, en un acto sencillo, sincero e íntimo. No es necesario nada más. Todo un acierto de quien lo diseñó, la comisión del quinto centenario presidida por Jesús López, y de quienes lo continuaron y mejoraron, Francisco Gómez y Antonio Santos, siempre con la presencia de don Pedro López, el capellán.

Para esta décima edición, el exaltador es de la casa, Tomás González, uno de los cofrades más activos de la diócesis, hombre íntegro y médico de vocación humanista, como los de antes. Lo hará muy bien, porque tiene cualidades y en él todo será muy sentido y auténtico. Y su nombre quedará para siempre en esa relación de honor que se va haciendo y en la que cada uno, resulta inevitable, tiene sus preferencias. Para quien escribe, y sin desmerecer a los demás, destacaron Ana Pedrero, Félix Torres y José Manuel Ferreira. A partir de mañana también se sumará Tomás; él es un valor seguro.

La Vera Cruz, que por algo es la primera, da el aldabonazo para que todos se enteren del día que es hoy. Se reinicia el curso cofrade y nosotros también hemos vuelto por la Santa Cruz.


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