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lunes, 2 de marzo de 2020

Ángel Benito

Presentación de la revista "Christus" del pasado año a cargo del periodista y pregonero Paco Gómez | Foto: Almeida

02 de marzo de 2020

La llegada de la Cuaresma no solo es el descuento para la Semana Santa, sino la oportunidad de restar días para escuchar el interior de una voz a la que estamos acostumbrados todos los cofrades

La noticia de la elección del pregonero me pilló de descanso. Una semana antes había estado con él tomando un café para hablar sobre un tema que estaba desarrollando para la revista Christus. Era mediados de noviembre y ya tenía maquetados los temas. Hablando de Semana Santa sobre el futuro pregonero, me dejó hablar a mí solo, esquivando de forma perfecta la conversación para no mentir, pero tampoco dejar la puerta abierta a la intriga. Siete días después llegó la alegría de conocer su designación de Francisco Gómez como pregonero de la Semana Santa. Salamanca podría escuchar el interior de una voz a la que estamos acostumbrados los cofrades desde hace años en sus retransmisiones en La 8 de Salamanca. Las dos últimas elecciones del presidente de la Junta de Semana Santa, José Cornejo, han sido un verdadero acierto.

Hay quien piensa que el tratamiento que se da en la televisión es fruto de la normalidad. Por ser Semana Santa de Interés Turístico Internacional, deben retransmitirse en directo o diferido todas las procesiones de Salamanca por decreto. Nada más lejos de la realidad. Me consta que ha tenido que dar batalla para que cada procesión sea apreciada y para que la Pasión salmantina tenga el hueco que se merece en Salamanca y en la televisión autonómica. Cada Semana Santa, Paco Gómez vuelve a reinventarse. Con nuevos planos, colaboraciones, formas diferentes de contar una historia que se repite desde 1506 en la ciudad. Quizás busque eso en el pregón. Una forma de reinventar el discurso cuando pise las tablas del Teatro Liceo donde seguro que habrá un apartado audiovisual, donde es un maestro de acompañar con la voz las imágenes de devoción para miles de salmantinos. Reconozco que me provoca intriga la manera en la que tendrá de abordar este reto. Seguro que no le faltará arte. Recomiendo una charla de infinita conversación en la que se paren las horas sobre su verdadera pasión: el patrimonio. Logra condensar en piezas de apenas dos minutos mensajes divulgativos que logran que los salmantinos nos contagiemos de su entusiasmo para seguir descubriendo una ciudad que no para de descubrir nuevos secretos.

Por eso, la Semana Santa salmantina está de enhorabuena. Escuchará a una voz comprometida con la Pasión desde fuera de las calles. Lograr que la Pasión llegue a los creyentes, pero también a los amantes de la cultura y el arte bajo su propio formato. Paco te esperamos en el Teatro Liceo. Yo ya he activado el tiempo de descuento. Queda un mes para tu día. Estamos de enhorabuena.


lunes, 5 de febrero de 2018

Eva Cañas

Procesión de la Hermandad de Jesús Despojado en la calle Meléndez el Domingo de Ramos | Fotografía: Alfonso Barco

05 de febrero de 2018

Puedo contar con los dedos de ambas manos las veces que me han preguntado por las posibilidades que da una procesión a la hora de relatar la crónica para un periódico. ¿Te lo has planteado alguna vez? La duda ofende.

Algunos dicen que siempre es lo mismo y no hay nada que aportar, otros se quedan en la forma y no en el fondo. Críticas mil. Desde que te acusen de un copia y pega de años anteriores hasta… (es agotador).

Es algo mucho más sencillo y tiene que ver con la capacidad de captar sentimientos en un momento determinado. Sí, captar la esencia de aquello que se mantiene generación tras generación, de una forma de vivir la fe en la calle, en ocasiones callada, en otras con cierto postureo.

Cada detalle cuenta para narrar aquello que no todo el mundo tiene posibilidad de ver. Y sí, se puede contar en una crónica cómo suena una cadena que es arrastrada por un pie descalzo, o cómo el silencio encoge corazones…todo vale, abre bien tus ojos, tus oídos y tu corazón si quieres captar algo diferente cada año. No hay dos salidas de un templo iguales, aunque sean las mismas personas, la vida gira, deja cicatrices y con ellas llega el cambio y un nuevo matiz.

A poco más de una semana del inicio de la Cuaresma me pregunto si realmente es eso lo quieren leer en una crónica de Semana Santa. ¿Conocer lo objetivo o lo subjetivo? ¿Lo hacemos correctamente o nos estamos equivocando?

Para mí, el periodismo cofrade es toda una disciplina dentro del mundo de la comunicación, y no todo vale. El que no crea nunca podrá transmitir un sentimiento cofrade real.

Llevo más de una década escribiendo sobre Semana Santa y nunca dejas de aprender y de ver más allá. Ni que decir tiene la terminología propia de este momento: hermano de paso, de vela, costalero, naveta, incensario, parihuela, cruz de guía, palio,… No te olvides de retener fechas, datos y nombres, de cada imagen,  hermandad, escultor o imaginero. Todo un máster que te pone a prueba cada año. Porque más allá de preguntar por las novedades, si es que las tiene, busca la manera de dar un nuevo enfoque o testimonio que nunca antes has escuchado.

¿El periodismo cofrade es necesario? Como periodista que soy no dejo de hacer este tipo de preguntas, o tal vez el lector se vea satisfecho con visualizar fotos del momento. ¿Se valora? ¿Qué te gustaría leer?


miércoles, 10 de mayo de 2017

Abraham Coco


10 de mayo de 2017

La Pascua es tiempo de lecturas atrasadas. El trajín cuaresmal y el suspiro cofrade dan paso a los días donde detenerse en revistas, boletines, especiales y otros papeles amontonados en las semanas anteriores. Iba a titular esta selección "Recortes (tal vez uno)", pero un repaso por los artículos que Ignacio Camacho escribió de Jueves Santo a Domingo de Resurrección me animan a centrar la atención en ellos. Uno de los columnistas más sosegados de la prensa española, que no falta ninguna mañana a su cita diaria con "Una raya en el agua", dedicó este 2017 un jugoso triduo pascual periodístico a la Semana Santa, atípico entre la prensa generalista. El resto de recortes quedan para otra entrega.


En ese escenario memorial te gusta perderte al anochecer, cuando los contornos urbanos cobran con el reflejo de los cirios la pátina de una luz nueva. Cuando los capirotes son sombras de misterio que discurren entre el esplendor imaginero del barroco y la sobriedad geométrica, enladrillada, del mudéjar; cuando la liturgia de los cortejos procesionales cose la geografía de la ciudad entre un dédalo de iglesias. Cuando tus pasos recorren el territorio de tu pasado siguiendo el rastro sentimental de antiguas huellas. Cuando el sonido de la música te orienta en un trayecto que sabes anclado sobre raíces de piedra.
"El paisaje de la conciencia". Jueves Santo de 2017

Proclamada por «L`Osservatore Romano» como una cima del cine cristológico, la de Pasolini es una absoluta obra maestra. El cineasta boloñés se distancia de la iconografía bíblica convencional para componer su relato con una narrativa sincopada, fulgurante, fresca. Su fidelidad a Mateo es literal, incluida la Resurrección expresada en una elipsis visual de impactante eficacia estética. La imagen del dolor de María durante la crucifixión, un plano directo del rostro desesperado y contraído, es una cumbre de conmoción emotiva, desgarradora, directa. Toda la película transpira autenticidad; su propia imperfección, artesanal a veces, contiene la legitimidad de un esfuerzo de diálogo intelectual y moral propio de una mente honesta. El relato surge a borbotones, con el ritmo áspero y desigual de una conversación espontánea, sencilla, fresca.
"Pasiones". Viernes Santo de 2017

Por alegre que sea una celebración hay siempre en ella un fondo de nostalgia, un pellizco amargo: que nos causa el recuerdo de quienes ya no pueden compartirla. La ausencia es una puñalada intercostal que se clava en el alma con su filo de melancolía. En Navidad, que es la fiesta de la familia, asoma a menudo una punta de tristeza en forma de sillas vacías; la Semana Santa, fiesta de la memoria, contiene la extensa simbología del luto en las cofradías: lazos, crespones, levantás dedicadas, oraciones en voz baja, detalles colocados cerca de las imágenes por manos amigas. Cada hermandad es un universo de afectos donde el dolor de la pérdida se vive con intensa solidaridad corporativa. Quizá la evocación de los difuntos sea la fórmula de inmortalidad más a nuestro alcance; detrás de toda fe hay una sombra de duda y en la angustiosa incertidumbre del más allá evocamos a los que ya la han disipado como un modo de anclarlos a nuestra propia vida.
"Inventario de ausencias". Sábado Santo de 2017

Se trata de una crisis de éxito. En la mayoría de las ciudades españolas, la multitudinaria asistencia a las procesiones obliga a una logística funcional muy delicada. La saturación de público y el aumento de penitentes tensan la capacidad de acogida del escenario urbano y dejan la fiesta al albur de la precisión de las cofradías y la autocontención de los espectadores. Mucha gente moviéndose en muy poco espacio plantea un reto de organización endiablado que hasta ahora ha sido posible resolver gracias a una mezcla de respeto litúrgico, de tolerancia natural y de acatamiento colectivo de las reglas no escritas del rito. Pero todo está cogido con los alfileres de la educación y de la convivencia; de un consenso social, en definitiva. Si ese consenso se rompe por cualquier razón, el minucioso mecanismo de encaje queda expuesto al zarandeo, con el cartón al aire. Contingente, precario, vulnerable.
"La fiesta frágil". Domingo de Resurrección de 2017


miércoles, 5 de abril de 2017

Abraham Coco

Tres de los cuatro pasos de la Hermandad Dominicana, en el interior de San Esteban | Foto: ssantasalamanca.com

05 de abril de 2017

Quizá convendría callarse hoy y que el eco nos trajera, con la misma melodía luminosa con que ayer fueron pregonadas, las Morfologías de Asunción Escribano en las que cada día de la Semana Santa es Domingo de Resurrección. Que en este eco nos dejáramos preguntar durante este rato "quién soy yo" junto a Isabel Bernardo, con el mismo traje infantil que ella vistió el domingo para rezar el Jesusito de mi vida ante el Cristo que no muere. En la intimidad de sus escritorios ambas vivieron "un tiempo en clave de Pasión evangélica", como reseña la primera en la cita 134 de su texto. "Lo mejor estuvo en la soledad de mi casa escribiendo el poemario", me revela la segunda en un correo electrónico que traigo aquí sin miedo a estar desvelando nada. Sí, en la intimidad.

Cuando hace casi una década Alberto López me propuso la cobertura de la Semana Santa de Salamanca en El Adelanto –regalo que nunca le agradeceré lo suficiente– uno de los reportajes que publicamos en aquellos cuatro años intentó relatar el backstage de las procesiones. El objetivo era poner en valor parte del trabajo que decenas de cofrades llevan a cabo en las semanas previas a esta celebración popular. Repetí una fórmula similar en Galicia, ya en ABC, con el proceso de creación de una imagen devocional, la Esperanza de Ferrol, una advocación tan necesaria en la comarca. Nada nuevo que otros colegas no hubieran hecho. Entre lo más original estuvo aquel "Casadas con la Semana Santa" donde  cinco mujeres de hermanos mayores intercambiaban pareceres. Suerte que nadie tachara el reportaje de micromachismo, pienso ahora. Entre aquellos artículos no faltaba tampoco alguno para insistir en la idea de que la actividad no terminaba con la Pascua, sino que las hermandades, por lo general, se mantenían vivas todo el año. Aquellos entresijos resultaban interesantes por desconocidos. Por eso eran noticia.

La vocación periodística, unida a la curiosidad, nos inclina a esta predisposición por mostrar, es decir, por comunicar. Pocas situaciones peores en el oficio que disponer de una información que se quiere compartir, pero alguna situación (la negativa de la fuente, algún interés más o menos claro...) lo impide. Esa actitud lleva aparejada, de forma irremediable, una predisposición a la ocultación. Cuando se decide qué se expone, se está decidiendo a la vez qué no. Eso rige para la profesión informativa y para cualquier trivialidad del día a día. También para la Semana Santa, donde tantos rituales quedan en la intimidad de sus cofrades, con frecuencia incluso de un círculo muy reducido.

Existen instantes especialmente sensibles porque afectan a lo más íntimo de nuestras devociones: la delicada preparación de una imagen de vestir, un cambio de peluca en una talla sin cabello, la retirada de las manos o los brazos en una articulada… Los hay de muchos tipos. Algunos son, o eran, íntimos porque no son sino ensayos, preparativos encaminados a construir la procesión, donde me parece imprescindible la concurrencia de los que miran. Los límites son hoy más difusos. Las plataformas de vídeo online –YouTube, especialmente– y, en general, las redes sociales y las apps de mensajería instantánea diluyen algunas fronteras sobre las que no deberíamos dejar de reflexionar en busca del equilibrio. No se interpreten las siguientes preguntas con un tono apocalíptico, pero ¿qué sentido tiene la difusión de determinados instantes? ¿No se pierde el encanto con algunas exteriorizaciones? ¿Cómo éramos en la penumbra?


lunes, 19 de septiembre de 2016

Abraham Coco

José de Arimatea sostiene el cuerpo de Cristo en el Santo Entierro de San Julián | Fotografía: Pablo de la Peña

19 de septiembre de 2016

El pasado domingo, en su "Verbolario" de ABC, Rodrigo Cortés definía la realidad como "una ficción consensuada". Un día antes, en una entrevista en ABC Cultural, Rogelio López Cuenca afirmaba: "Llamamos 'realidad' a una ficción dominante". Y aunque sus reflexiones iban por otros fueros, las traigo a este arranque del curso, que sigue con el carácter introductorio que Javier Blázquez le dio a su artículo inaugural.

La comunicación en las cofradías y su relación con el periodismo ha sido el hilo conductor de varios de mis escritos en esta pasionensalamanca.com que inicia su tercera temporada. Y así volverá a ser en algunas ocasiones a lo largo de esta campaña. Porque las hermandades, entre el puñado de cosas buenas que son, son noticia. Aunque no siempre del modo que al protagonista del titular le gustaría. Canales, tonos, sentidos, estrategias, nostalgias y excesos se irán combinando a lo largo de los próximos meses con la voluntad de compartir ideas que ayuden a digerir un nuevo escenario.

Pensaba, de entrada, a tenor del revuelo informativo generado este verano en Peñaranda de Bracamonte, sobre lo corto que puede ser el camino que lleve a una cofradía a la escaleta de de un telediario. No entro en valorar ni el hecho ni su relato porque ni el aprecio ni el corporativismo me permiten analizarlo con la distancia apropiada. Incluso pienso que carecería de sentido que así lo hiciera. Sin embargo, sí constato la situación de indefensión en la que instituciones humildes como nuestras cofradías se encuentran ante una crisis informativa de ese calado o, incluso, de más envergadura.

Con otros casos y en otros lugares ya sucedió antes: el grupo –de cofrades, de religiosas de clausura, de sacerdotes de una comunidad educativa, de parroquianos en general– se ve expuesto a focos (a veces por negligencia propia, otras por malentendidos ajenos, la mayor parte de las ocasiones por una combinación de ambos) que exceden los límites de la información local. Ésta, con sus vicios y defectos, suele ser menos invasiva y más delicada que la practicada, con más amarillismo que tacto, por alguna generalista.

El paisaje puede, fácilmente, desbordar a una hermandad pequeña, donde su vocal de comunicación –si lo hubiere– no tiene por qué tener preparación para encarar tamaña empresa, al igual que el resto de sus dirigentes, pese a sus aptitudes y su disposición. Pero sí la tienen o han de tener nuestras diócesis, cuyos responsables en estos ámbitos no debieran ser meros transmisores de datos, sino planificadores y auxilio. Y esta cuestión no debieran soslayarla ni las juntas directivas ni las autoridades eclesiales.

Los pasos en falso y descoordinados o la confianza de que ya escampará no pueden ser la solución. Las hermandades son Iglesia y, pese a su revoltosa y sana autonomía, deben sentir (y abrirse a recibirlo) el aliento superior en comunión informativa.


jueves, 19 de mayo de 2016

Abraham Coco

Dos hermanos de la Cofradía de Cristo Yacente, en la madrugada del Jueves Santo | Fotografía: Alfonso Barco

19 de mayo de 2016

Las fronteras, cuando no están claras, pueden dar lugar a confusiones y espejismos. María José, bendita ella entre todos los contertulios, diría que a "boberías" como esa vista por un ensanche madrileño donde, al menos, todo queda más diluido y escondido que en el casco viejo de una ciudad turística en la que los visitantes no entienden nada. Cuando se defienden algunas posturas, bien convendría antes analizar sus semejanzas. Pero las fronteras de hoy, aviso para malpensantes, no tienen nada de cardinales.

Están las fronteras entre la propaganda y la información. Bien sabe uno lo que es una y otra aunque tampoco él pueda tirar la primera piedra. En esa frontera se dice aquello de "esto no lo pongas" y se indica lo que debe escribirse. Así se da lugar a suplementos de divulgación turística con un falso tufo informativo donde la jerarquía y la extensión las dicta el que pone la pasta. El criterio periodístico, establecer por qué abordar esta o aquella Semana Santa, por qué darle a esta historieta dos columnas o a aquel personaje una apertura generosa, recomendar si visitar las ciudades de aquí o de allá, queda supeditado a aquello acordado entre la parte contratante y la parte contratada.

Y sobre fronteras entre propaganda e información también debemos reflexionar a la hora de pregonar desde las cofradías la labor caritativa desarrollada. Bueno puede ser contar, para que algunos que no quieren oír oigan, que tras las hermandades hay, aunque en distinto grado, un compromiso social. Pero los protagonismos ocasionales, con bombo y platillo, no deben caer en el error de que la mano izquierda sepa lo que hace su diestra. Siempre debería ser preferible un balance general, unas pinceladas a toro pasado que resuman un sentido, antes que una caridad con nombre, apellidos… y fotografía.

La segunda frontera me la sirven un par de diputados de la oposición en el Parlamento gallego durante el debate de la nueva ley de patrimonio cultural de la Xunta, donde llegaron a afirmar que esta normativa de carácter autonómico debe velar por el mantenimiento de aquellos elementos históricos o identitarios de la región… salvo si tienen algo que ver con la Iglesia católica. Que se caiga la Catedral de Santiago mientras conservemos aquella piedra en la que una tarde se sentó algún escritor idolatrado.

Con la intención de dar una de cal y otra de arena, recuerdo a continuación aquella famosa rueda de prensa de Ganemos Salamanca donde un edil manifestó que, en la frontera entre lo público y lo confesional, un Ayuntamiento no debería costear, por ejemplo, la restauración de una talla sin valor artístico. Devociones al margen, el cofrade deberá reconocer que en esto puede no faltarte razón. Aunque de naturaleza pedichona, debemos conocer la frontera de lo que tenemos derecho a reclamar.

Porque la tercera y última frontera es la ciudad, con su rutina diaria, sus plazas y sus calles, que son de todos. Por eso mismo no son solo de los cofrades, sino de toda la ciudadanía, de los que miran con buenos ojos hacia una procesión y de los que sueltan sapos y culebras al escuchar tambores y cornetas. No podemos fiarlo todo a contar con una administración local que sople a favor de nuestros intereses. De ahí que sea preciso darse un marco regulatorio común y no hacer de nuestros horarios e itinerarios un sayo. El retraso en la salida de una procesión o la modificación de un itinerario por la lluvia no pueden quedar al libre albedrío de la hermandad afectada. En ocasiones hay cortes de tráfico u otras posibles actividades que interfieren en ello. Con los derechos y deberes blanco sobre negro, las cosas estarán claras ante cualquier adversidad futura. Lo mismo debería regir para traslados y ensayos. Lo poco agrada... aunque haya quien no lo crea.


jueves, 21 de enero de 2016

Abraham Coco


21 de enero de 2016

Eco 1

La actualidad no es –no siempre– la realidad. Por suerte. Aunque la primera debiera tender a la segunda, a veces son retazos, a veces poses, a veces... Por ejemplo, en el conflicto (sí, con-flic-to) de las hermandades con el Cabildo de la Catedral salmantina, a tenor de las últimas informaciones en la prensa, al parecer no hay ningún problema y solo orejas gachas. Pero de ahí a la realidad hay un trecho. ¿Por qué entonces no participa en el Lunes Cofrade un deán que asegura no haber dicho lo que la tinta reflejó en el periódico y sin embargo no se ha desmentido públicamente? En esto pasa como en esos desayunos informativos donde lo mejor que se le escuchará al político es lo que le comenta al de al lado con la libertad de creer que el micrófono está apagado.

Eco 2

A los políticos y su aparataje suele enfadarles que se diga "lo que no se debe", aunque la primicia sea –insignificante para muchos, esperadísima para otros– el nombre del pregonero de la Semana Santa en curso. Al alcalde vallisoletano, Óscar Puentes, no le gustó que ABC anticipara en su edición de Castilla y León la elección del empresario Vicente Garrido para tal cometido y que El Día de Valladolid avanzara la imagen del cartel. Cuenta Juanjo Fernández, director del segundo, que ese mismo día el regidor "emitía un inédito e insólito comunicado en el que lo confirmaba, pero lamentaba que se hubiese filtrado unos días antes de la presentación oficial". Así decía: "Debo lamentar las filtraciones [...] que solo perjudican a la Semana Santa sin beneficiar a nadie".

Exponía, además, su "propósito de abrir un diálogo con la Junta de Cofradías para establecer mecanismos que garanticen en el futuro que tanto el cartel elegido como el nombre del pregonero se hagan públicos en pie de igualdad para todos los medios de comunicación, garantizando de este modo el mayor realce posible a algo que constituye el primer anuncio del acontecimiento cultural y religioso más importante de nuestra ciudad". Frente a otro más que culpa al mensajero, Fernández advertía en su carta dominical que en 2017 volverán a intentar adelantarse. Así que si un día las procesiones del Pisuerga no son de su agrado, ya sabe que la culpa será de los periodistas.

Eco 3

La realidad no son tampoco las redes sociales. Si de ellas nos fiáramos, un extraterrestre podría pensar que en Salamanca, quién sabe, existen solo un par de hermandades y muchas agrupaciones musicales. La radiografía que nos ofrece un paseo por YouTube no es, ni de largo, la más fidedigna de lo que es nuestra celebración. También en internet –o sobre todo en él– se aprecian las modas y tendencias que mejor cotizan.

Y de ellas algunas son peligrosas. Aunque me reconozco (y me sonrío) en la cierta irreverencia que a veces se observa entre los cofrades frente a otros grupos de laicos por la que tanto somos criticados, conviene de cuando en cuando hacer autocrítica y revisar hacia dónde caminamos. El joven sacerdote Antonio Romero Padilla, párroco sevillano de Carrión de los Céspedes y capillita, se hacía eco el pasado 22 de octubre de un tuit del programa televisivo La Cofradía de 8TV Andalucía, no sé si en riguroso directo, sobre el desmontaje de un paso. "La desarmá [obsérvese la jerga propia de cada pueblo, carallo] de un paso es también noticia. Uf… ¡Una afición sin Dios!", lamentaba. Y de eso, de grabaciones de ensayos por el casco viejo en enero no se sabe muy bien por qué, pues de cansinos alguien nos terminará metiendo en vereda, también sabemos por el Tormes. Ahora bien, busquen cuántos vídeos hay, por ejemplo, de un acto de culto (y cultura) como el Poeta ante la Cruz ante el Cristo de la Agonía o la Exaltación de la Cruz de la cofradía decana y ponderaremos entonces la veracidad de lo escrito.

Eco 4

Y un último eco, íntimamente relacionado con este y bien hispalense además, pues a uno también le interesa Sevilla aunque crea que la Compañía no es Sierpes. La cacareada reforma de la Madrugá (inspirada por el mismo ánimo de hermandad que la dilatada renovación de estatutos de la Junta de Cofradías salmantina que, me dicen, va a acabar prácticamente calcada a cómo se planteó de inicio hace meses) motivó este artículo de Alberto García Reyes, también en ABC sin ánimo de ser corporativo. A propósito del revuelo generado por las pruebas para comprobar si el palio del Calvario cabe por una calle, advertía el periodista: "Cuando lo importante se convierte en superficial y lo trivial pasa a ser trascendente, todas las cosas pierden su naturaleza".


jueves, 24 de diciembre de 2015

Eva Cañas

Mario, José Manuel y Eneko, que viven la Semana Santa con Jesús Amigo de los Niños, Amor y Paz y Jesús Despojado

24 de diciembre de 2015


Mario atraviesa cada domingo la Puerta de Ramos de la Catedral con la mirada fija en su Virgen de la Palma, más desde que el rosario de su Comunión lo tuviese entre sus manos. La espina bífida que padece desde su nacimiento nunca le ha impedido disfrutar de su procesión, e incluso aplazando alguna de sus operaciones para no poderse ese gusanillo que siente cada Domingo de Ramos antes incluso de ponerse el hábito. La muleta y su madre han sido su apoyo, pero para Mario no hay obstáculo, y menos una discapacidad.

Este artículo, al hilo de varios reportajes de la serie "Vivir la Semana Santa con discapacidad", de la revista Christus, sirva de llamada a que en la Semana Santa todo es posible, y que tiene cabida para todo el que tenga devoción por una imagen o una hermandad. Con el hábito y la medalla todos somos iguales y no existen distinciones, y mucho menos por tener una discapacidad.

Eneko es un hermano ejemplar, de aquellos que no se pierden un acto y que se pasan todo el año escuchando la música de la Pasión. Tiene parálisis cerebral y aunque no se entienden bien sus palabras, su mirada y  su sonrisa cuando se pronuncia todo aquello relacionado con su hermandad lo dice todo, la de Jesús Despojado. Cada Domingo de Ramos, al igual que Mario, pero en este caso por la tarde, viste su hábito y camina en procesión tras la imagen que le hace brillar sus ojos. En el seno de su hermandad todos conocen a Eneko, es uno más, como debería ser en el resto de la sociedad.

A través de los reportajes de Christus también he conocido a José Manuel, que vive la Semana Santa tocando el bombo en la Banda de Cornetas y Tambores del Cristo del Amor y de la Paz. Su síndrome de down no le hace diferente sino uno más. Acude a los ensayos, sigue el ritmo y se le exige lo mismo que al resto de sus compañeros. Solo le diferencia del resto su infatigable sonrisa y su cariño hacia los demás.

En una sociedad donde todavía queda mucho por avanzar para facilitar la vida a las personas con discapacidad (sea del tipo que sea), la Semana Santa no tiene que ser algo cerrado para ellos, sino todo lo contrario, que sean recibidos con una mano abierta y adaptada a sus necesidades. Ellos quieren normalidad en sus vidas, que puedan disfrutar de aquello que les hace sentir, que tengan motivos para luchar por aquello que quieran, sin ningún tipo de obstáculo. Todos somos iguales, y más, siendo cristianos y compartiendo una fe. Espero relatar en las páginas de Christus muchas más historias como las de Mario, Eneko o José Manuel, porque son muchos más, los que dan ejemplo, de que si se quiere, se puede.

lunes, 19 de octubre de 2015

Abraham Coco

El Cristo de la Agonía Redentora, en el descenso de la calle Tostado | Foto: Pablo de la Peña

19 de octubre de 2015

Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, suele afirmar que "las crónicas de guerra parece pasos de Semana Santa". Y eso le disgusta porque supone describir "desde el patetismo de raíz romántica". Lo explica con recurrencia al hablar en charlas y entrevistas de reporterismo en conflictos bélicos. De su reflexión me interesa cuanto esta idea dice acerca de la Semana Santa y de las crónicas de las procesiones.

Cuando nueve o diez días antes del inicio de estos festejos llegaba a la redacción de El Adelanto en la Gran Vía, más de uno a punto estaba de irse "al cielo con" él (o sea conmigo) para celebrar aliviado que otro año (de 2008 a 2011) se quitaba de encima el muerto de las procesiones. Porque aquello que a mí me parecía un regalo era un marrón, y de los buenos, para muchos. El muerto era el guirigay –en el que terminaba por ser inevitable equivocarse– de escultores, hábitos y demás familia que las cofradías preparaban con su obstinación de echarse a las calles a lo largo de muchas, muchísimas jornadas que venían antecedidas de una larga, larguísima Cuaresma. Uno se hace periodista sin saber de qué le tocará escribir y, a poder que se pueda, intenta hacerlo de lo que quiere, pero el periodismo de provincias (alabado sea) obliga a despachar actualidad a diario al igual que el frutero granadas en invierno, fresas en primavera o paraguayas en verano. Tengo un magnífico recuerdo de esos días, cuando tecleaba a contrarreloj por la querencia al anochecer de nuestros desfiles. A pesar de ello, me resistía a dejar escrita mi página antes de que la cruz de guía iniciara su recorrido.

García-Planas, que sabe hablarle a los novatos de la profesión, aconseja buscar una voz, un punto de vista, un estilo desde el que narrar. Uno sabe que no se levanta cada mañana para parir el mejor periodismo, aunque deba aspirar a ello. Como escribe la redactora de La Voz de Galicia Tamara Montero al despedir a Nacho Mirás, se intenta hacer lo mejor que se puede… y nos dejan. Ese tono personal no sólo están llamados a buscarlo los corresponsales en África o las firmas encumbradas de los periódicos. Una celebración tan popular como la Semana Santa es también un campo para cultivarlo. Donde algunos sólo ven vírgenes llorosas y cristos sangrantes, hay un terreno fabuloso para el periodismo, para contar historias en una celebración que dista de ser un fósil.

Sirvan como ejemplo los textos de Manuel Chaves Nogales sobre la Semana Santa de Sevilla en los años 20 y 30 del siglo XX recopilados por Almuzara en una reciente antología. Sus artículos suponen una guerra al cliché más enquistado. Mi amigo Jaime G. Mora expuso aquí cómo escribir sin ellos "y no fracasar en el intento". Bien podría crearse una lista semejante de los lugares comunes periodístico-procesionales salmantinos. A la Borriquila va asociado el "sol de justicia"; al Doctrinos, "la sobriedad y el silencio" (incluso desde antes de su reformulación estética); la Universitaria "renueva su promesa"; el Flagelado "emociona a su paso"; el Yacente "desafía al frío entre versos"; la Soledad "abarrota de luto"; la lluvia "respeta/condena a Pizarrales" o el Encuentro "pone un brillante colofón".

Las cosas, "un año más", suelen ser "elegantes", "austeras", "solemnes", "emotivas" o "recogidas" incluso aunque sean todo lo contrario. La tradición manda, oiga. Las alusiones a las condiciones climatológicas o las referencias "multitudinarias" suelen ser provechosas. Como hablamos de procesiones y no de manifestaciones sindicales, no habrá guerra de cifras entre organizadores y Policía, así que hubo "cientos de fieles", aunque fueran ateos los que se apiñaban en las aceras con curiosidad descreída como motivación. Y si no se sabe de que estaba llena la calle, siempre se puede escribir que de "devoción", "fervor" o "emoción". Combinan con todo.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Abraham Coco

El punto álgido del indulto no termina de ubicarse en el relato de la procesión del Perdón | Foto: Pablo de la Peña

21 de septiembre de 2015

No concibo un periodismo que no aspire a la excelencia ortográfica y creativa. Aparte de otros muchos aspectos, tiene que agarrarte por la entradilla –como bien recopiló mi amigo Jaime G. Mora, quien me edita sin compasión, pero con cariño las Siluetas de memoria que vengo publicando en Christus– y besarte en el último párrafo, en esa frase con la que el lector se va del reportaje, una obsesión que cultiva Plàcid García-Planas, maestro siempre a seguir en las páginas de Internacional de La Vanguardia.

Pensé que, en cierto modo, el ritmo de una buena crónica y el de una procesión son parejos. Que hay procesiones en Salamanca que te enganchan con una certera primera línea, breve, directa y sin alharacas. Otras se enredan en un párrafo inicial largo que casi te deja sin aliento para poder continuar. Algunas no acaban de atraparte al comienzo, pero después encadenan palabras con fluidez y te llevan de la mano hasta el desenlace.

En esto, sentimientos y devociones al margen, tiene mucho que ver el gusto (un mal adjetivo te puede arruinar un texto), las ganas, el tiempo que se invierte y otras tantas cualidades que manejan con tino quienes saben montar una procesión para el deleite de quien la contempla. ¿Las procesiones son para quien las escribe o para quien las lee?

Pocas entradillas generan tanta expectación como la Borriquilla, por la novedad de ser la primera. Extra, extra. Algunas se publican en un papel de tanta calidad como el retablo pétreo de San Esteban o con una pluma con tantos seguidores como la Soledad o el Rescatado. En el Perdón, el reportaje es de tipo noticioso, con el indulto vespertino como punto álgido cuya ubicación temporal no termina por determinarse: no se sabe si colocarlo al principio, hacia el medio o al final como fórmula para persuadir al lector.

Hay desfiles donde un párrafo memorable compensa lo demás y otros que los equilibran con garbo. Me viene a la mente, por ejemplo, Amor y Paz: una esforzada entradilla; a continuación, cruza los tres o cuatro siguientes párrafos por el Puente Romano; vuelve a tirarte de la pechera al empinar Tentenecio y así te lleva, te trae y, si te dejas, no te suelta. No es la única. El mayor riesgo de la marcha penitencial del Jueves Santo, y el de varias de sus compañeras de publicación, llega con su pausa en el atrio catedralicio. Le ocurre también a los reportajes, que en momentos centrales a veces atraviesan desiertos. Las cada vez más recurrentes pausas para realizar un acto insertado en la procesión pueden ser útiles recursos estilísticos o narrativos, pero corren el riesgo de interrumpir el compás del desfile (al menos de condicionarlo) y echar por tierra el trabajo previo. La virtud es saber convertirlos en un oasis que empuje el texto hasta su término, otro de los instantes críticos donde las demoras pueden arruinar todo el relato.

La procesión, como el reportaje, necesita estilo, pero excederse con el maquillaje puede propiciar que el artificio devore lo importante. Claro que esto va por gustos y por algo existen variedad de firmas y de medios de comunicación, aunque por lo mismo los hay de Pulitzer y condenados al ostracismo. Uno de los peores defectos son las subordinadas laberínticas después, por supuesto, de una puntuación incorrecta que genera confusión o de una falta ortográfica, el ornamento que lo desvirtúa y que la hemeroteca archiva inmisericorde, el corte que desespera a quien había estado disfrutando.

Bill Lyon, sabio que me desasnó, reunió sus conocimientos de edición en La escritura transparente, un librito (el diminutivo es por el tamaño, no por el contenido) con consejos para escribir desde un breve hasta una carta. En él, opina: "Uno de los males de la profesión en España tiene que ver con la dejadez y la soberbia. […] Los que mejor aceptan la edición suelen ser los redactores más brillantes". Sus consejos para una prosa bien pueden ser aplicados también al ámbito procesional: mejor palabras cortas que largas; no escribir más de las necesarias; no recargar en exceso los párrafos; evitar el desorden sintáctico u omitir tópicos. De estos, escribiremos en otra ocasión este curso.


jueves, 9 de julio de 2015

Abraham Coco

Los periodistas Ángel Benito y Eva Cañas, en el vía crucis de Nuestro Padre Jesús de la Pasión hace algunos años

09 de julio de 2015

Me sucedió hace pocos meses. El entrevistado me esperaba en la Quintana y casi se echó a temblar al verme aparecer. "Qué joven", repitió hasta en tres ocasiones. A las reticencias que el deterioro intelectual del oficio (del laboral no hablamos) suele generar, se sumaba el lastre generacional y el sambenito de la Logse. Así que la charla hubo que hacerla con tiento –con más tiento– hasta vencer las reservas de ese profesor que acababa de publicar el estudio del diario inédito de un peregrino del siglo XVII.

No puedo hablar del menoscabo del periodismo –como de otras tantas profesiones– porque cuando lo conocí ya empezaba a ajarse. Y, sin embargo, en la ciudad de Salamanca, cuando cerraban dos de sus tres cabeceras impresas, ya despuntaba en la Semana Santa el compromiso y el buen hacer de un par de  redactores noveles, emperrados en desterrar el copia y pega de las viejas guías procesionales de las que –cuentan sus autores– había quien repetía año tras año incluso sus imprecisiones.

El título del artículo me lo sirvió Marta, sevillana y periodista, al fotografiar en una marquesina los programas "superiores" de la Escuela de Negocios de la Cámara de Comercio hispalense. En la oferta de diseño gráfico, estilismos y moda, contabilidad o recursos humanos había también cursos de "periodismo cofrade" con "facilidades de pago, becas del 50 y el 30 por ciento y tres meses de prácticas en empresas". Marta le ponía al asunto el retintín y la pesadumbre de quien disiente de la actitud del compadre.

Pensé yo entonces que Ángel y Eva seguro que han tenido que hacer un curso de esos. Incluso que se han tenido que matricular, a la fuerza, en varias ocasiones. Qué digo. Benito y Cañas puede que –no me lo hayan confesado por vergüenza– sean ya enseñantes de la cosa cofrade, en la que tienen tablas a pesar de ser dos treintañeros.

Me insistieron en que para ser buen periodista había que ser humilde, curioso y buena gente, cualidades que ambos cultivan con generosidad. Pero el tema no iba de elogios y sonrojos –o un poco sí– sino de la reivindicación necesaria que de ellos traigo aquí, como profesionales de lo suyo con toda una vida por delante –así lo quieran Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis y el Cristo del Amor y de la Paz– para aportar lo mejor que tienen a la Semana Santa. Así como un bordador o un ebanista entregan sus aptitudes a la dignificación de ornamentos, Ángel y Eva lo hacen desde aquello que mejor saben.

Aunque algunos les antecedieran, sus carreras se diluyeron en otros campos que de una u otra forma terminaron por anteponerse a la Semana Santa. Aunque algunos se aplicaran ocasionalmente bien antes que ellos, en Ángel y Eva late una pasión que va más allá de la nómina, más si cabe cuando en el caso de esta vallisoletana de Salamanca (no tendremos ningún “gregorio” en la calle, pero les quitamos esta buena pieza) se hace de forma altruista. Y aunque también algunos concurren hoy con ganas e interés, en Ángel y Eva se reconocen algunas características que les continúan diferenciando del resto.

En el haber de él, con su sonrisa afable, siempre comedido para saber moverse en las trincheras cofrades, se da el olfato de lo noticioso y ha convertido en cotidiana la presencia de la Semana Santa en las páginas de "La Gaceta", lo que a su vez supone un acicate para otros medios. En el de ella, con su bondad innata, su no entender por qué sembrar discordias en los consensos, está el haber tomado las riendas de "Christus" para darle un criterio profesional, una idea de revista que, estoy convencido, hará que los cuatro números engendrados hasta ahora se vean en el futuro como cuatro ensayos imprescindibles para parir una publicación colosal que llegará con más arropo de todos.

No es fácil que en una ciudad como Salamanca, donde la Semana Santa es una más de otras tantas áreas temáticas, destaquen en una misma época dos periodistas, defensores además de la celebración y que incluso conocen algunas de sus cloacas más hediondas y las han callado ante el escándalo que de ellas podría haberse generado en el exterior.

Supongo que en esos cursos de periodismo cofrade enseñarán que es delito –de los que la Fiscalía no deja archivar– llamar al Cristo de uno con el apellido de otro y que se pena con prisión permanente revisable si el error afecta a agrupaciones musicales. Todo lo demás, y encima de gorra, se puede aprender al lado de Ángel Benito y Eva Cañas.


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