lunes, 9 de marzo de 2015

Cornejo

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José Adrián Cornejo, presidente de la Junta de Cofradías | Fotografía: Pablo de la Peña

F. J. Blázquez


Vaya por delante que Cornejo es un buen amigo. Por consiguiente, pese al esfuerzo por orillar tal circunstancia e intentar escribir de la manera más aséptica posible, entiendo las inevitables alegaciones que puedan realizarse sobre la objetividad del presente texto. Hay que decir, no obstante, que la objetividad resulta imposible en el género de la columna y la amistad nunca fue causa excluyente para el menester del opinar, que a fin de cuentas es de lo que se trata.

José Adrián Cornejo, como es bien conocido, accede al cargo en el verano de 2010. Y lo hace, entre otras razones, porque se lo pidieron varios hermanos mayores y no había ninguna otra persona dispuesta a asumir la responsabilidad. El mundo de las cofradías, mayoritariamente, lo supo agradecer. Se daba una salida relativamente rápida al vacío de poder que se produjo tras la renuncia anticipada del anterior presidente sin dejar convocadas las elecciones. Cornejo llegó al cargo con un bagaje amplio. Ocho años como hermano mayor en la Dominicana y seis como vicepresidente de la Junta de Cofradías. Y poco a poco empezó a dar un nuevo aire a la Junta, con iniciativas elogiadas de manera casi unánime. Sin extendernos, y a modo de ejemplo, podríamos citar la dignificación del pregón de Semana Santa, el nombramiento de una periodista como directora de Christus, la creación de un gabinete de prensa en la propia Junta, el cambio de rumbo en el concurso de fotografía con su apuesta por la calidad, los programas de divulgación en las escuelas e institutos, la promoción en otras ciudades de España o en los aeropuertos, la recuperación de obras fundamentales como el Miserere de Doyagüe, etc. En esta parcela, la que realmente compete a cualquier Junta de Cofradías, las cosas se han hecho razonablemente bien. Así lo entienden, de manera generalizada, las gentes de la Semana Santa, con las discrepancias lógicas en cuestiones puntuales que necesariamente se producen en todo colectivo.

Pero si analizamos su proceder en las otras actuaciones, las que afectan a la trayectoria e inercia de las cofradías, es decir, aquellas costumbres que estén o no viciadas cuesta mucho cambiar, la gestión de Cornejo es cuestionada. No mayoritariamente, pero sí en un porcentaje significativo que no se puede obviar. Y todo deriva del intento reformista. He ahí el meollo del asunto. Reformar era y sigue siendo necesario, y en eso estamos todos de acuerdo. Las procesiones de Semana Santa en Salamanca arrastran una serie de problemas que más tarde o más temprano tenían que ser abordados. Y esto es lo que ha hecho Cornejo. Primero accediendo a una demanda legítima, la de la Cofradía de la Vera Cruz. Sus actos históricos, que son el Descendimiento y procesiones del Santo Entierro y Resucitado estaban siendo controlados, de una u otra forma, por la Junta de Cofradías. Este control afectaba también a las dos congregaciones y a la Cofradía de la Oración del Huerto. Retirar a la Junta de la organización de estos actos era algo que más tarde o más temprano debía producirse. Las cuatro cofradías, sobre todo la Vera Cruz, que era la más afectada, tenían todo el derecho, igual que las restantes, a organizar sus actos procesionales sin ningún tipo de tutela. Y Cornejo fue valiente. Supo ver el curso de la Historia y dar una salida a un problema que llevaba ya demasiado tiempo enquistado.

Esta primera decisión, la devolución de los desfiles a sus cofradías titulares, era el primer paso para un proyecto más amplio de reforma de los desfiles procesionales. Con el obispado se consensúa un programa que pasaba por la disolución de la procesión general del Viernes Santo, la reubicación de los desfiles y la mejora de los mismos. Después, en una segunda fase, habría que intentar acomodar algunas procesiones, dentro de las limitaciones que siempre se dan cuando se trata de cuadrar y buscar fechas u horarios más oportunos. Y aquí es donde se atascó Cornejo. Sólo se dio el primer paso, el de la disolución. Los otros, si Dios o su vicario en la diócesis no lo remedian, parece que quedarán en papel mojado.

Esta cuestión, y el revés a unos Estatutos destinados a dar a la Junta alguna capacidad de intervención ante las innovaciones de las cofradías en su actividad pública, han conducido a la Junta de Cofradías (que no es lo mismo que su Consejo Rector) a una situación que no nos parece la mejor. La necesidad de reajuste la comparte todo el mundo, aunque discrepe en aquello que le toca. Pero hay una conciencia clara sobre la necesidad de cambiar cosas. Y por primera vez desde los tiempos de Gombau nos hemos encontrado con una persona dispuesta a reformar. Y quizás, como el mismo Gombau, Cornejo termine también dejando la dirección de la Junta con el amargor del fracaso y la frustración de haberse empeñado en conseguir un imposible.

¿Qué sucede? ¿Tan egoístas y cortos de miras son los dirigentes cofrades? Posiblemente no, porque estas situaciones no son exclusivas del ámbito cofrade. Va en los genes del salmantino, que los bandos no pudo erradicarlos el santo patrón. Tendemos demasiado a mirar sólo hacia lo nuestro y no tanto hacia el bien general. Y cuando esto se lleva a todos los ámbitos de la vida sociocultural salmantina, es fácil explicar la decadencia de la ciudad. Somos así. Y si no anteponemos el bien común a las cosillas particulares siempre resultará difícil progresar.

No sabemos qué sucederá en los próximos meses, porque Cornejo, por una decisión episcopal complicada de explicar, está en la prórroga. Pero en cuanto terminen las procesiones hay que resolver, no queda más remedio. ¿Seguirá? ¿No seguirá? Antes del verano lo sabremos, pero independientemente de ello, sería injusto que el recuerdo que quede de él sea el de no haber conseguido reorganizar las procesiones de Semana Santa, porque ha hecho muchas cosas bien.
Ojalá que en este tiempo que queda, los dirigentes cofrades sean capaz de reflexionar y dar ese paso de sensatez que en privado todos parecen demostrar y sumen esfuerzos en ese afán de mejorar lo que tenemos. Es un momento histórico que no debiera dejarse pasar, aunque implique para algunos sacudirse el anquilosamiento y dar un paso que a la larga será beneficioso para todos, especialmente para ellos. Y hace falta mucho diálogo, en todas las bandas y sentidos. Las tardes de café previas agilizan las reuniones y resultan bastante más eficaces. Sería muy triste, y en el futuro nos lo demandarían, que dejásemos pasar esta oportunidad.


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