lunes, 20 de abril de 2015

Imágenes sí, pero...

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J. M. Ferreira Cunquero

El Nazareno de San Julián, también conocido como Jesús en la calle de la Amargura | Fotografía: Pablo de la Peña

Me reconocía hace años un poeta evangélico que, aunque para él las imágenes fomentaban, en algunos casos, dentro de la Iglesia católica, el paganismo más zafio, había llegado a la conclusión, (por su experiencia personal) de que en determinadas ocasiones podían servir para acercarse a los momentos cumbres de la Pasión del Señor. Pero inmediatamente, de una forma categórica y sin dejar que pudiese rebatir sus encorsetados argumentos, zanjó aquella conversación de besugos, aseverando que las imágenes causaban una clara corrosión pagana, pues él había visto a la gente, fuera de sí, llorar al ver pasar cualquier imagen de la Semana Santa. Vamos que para los evangelistas como él, una imagen no pasaba de ser una referencia artística, mientras que para un semanasantero podía ser un fetiche de mal gusto.

Fue uno de sus superiores, con pinta de jefe y mando en plaza, el que zanjó la conversación, cuando mi menda sacó las uñas de gato con la intención de no permitir que me pisasen las uvas de la cosecha tradicionalista, que con tanto celo y placer a veces me toca amparar.

Aquella conversación, semanas más tarde, quise recordarla al ver a un joven sevillano, con claros signos de abandono emocional, llorar mientras contemplaba la imagen de la gran Señora de Triana. Y mira por donde, pocos días después, una mujer entrada en años, lloraba, contemplando absorta, la imagen de la Soledad de Benlliure. Dos casos en distintos lugares con el mismo resultado dejan ver lo que en los perfiles del interior puede provocar de forma sincera la contemplación de una imagen. Sobre este asunto, Francisco Rodríguez Pascual, aquel erudito antropólogo y sacerdote cercano del que tanto aprendimos, decía algo que ha repetido el papa Francisco en varias ocasiones en los últimos tiempos: quién soy yo para juzgar

La belleza artística de los grandes imagineros, así como toda la puesta en escena de las procesiones en la calle, surte ese efecto conmovedor, que nos aproxima a los aledaños del Calvario, para vivir, con devoción, todo tipo de experiencias personales, y esto, se mire como se mire, no es nocivo ni contraproducente.

El eminente teólogo José Román Flecha contaba en un acto público que, en cierto lugar de nuestro país, un grupo de cristianos protestantes se había prestado a sacar un paso en procesión, argumentando posteriormente a tan interesante anécdota que aquellos espontáneos hermanos de paso se ofrecieron para seguir haciéndolo en años posteriores, dada la vivencia positiva que habían experimentado.

Otra cosa es la devoción religiosa y popular hacia las imágenes que exagera fuera de toda lógica sus parámetros hasta convertirse en un problema, posiblemente propio de hechicerías y paganismos. Nunca una escultura puede suplir el camino que a través de la fe nos va llevando al encuentro con el Cristo encarnado en el sufrimiento del hombre.

Discutir o plantear que esta o aquella imagen tiene en el ranking devocional mejor puesto por ser más conseguidora de todo tipo de parabienes, cuando menos es sospechoso de que algo no funciona en la delimitación que debe tener cualquier signo ante la única verdad que sólo puede encontrarse en la Palabra.

Pensar que una talla de madera puede suplir, por el hecho de tener miles de seguidores, a Jesús de Nazaret o que una virgen popular es la mismísima Madre del Salvador más que paganismo es una patología propia de la incultura religiosa que padecemos.

La imaginería religiosa nació, para suerte nuestra, con el objetivo de catequizar en la calle de forma popular a la gente indocta y hemos de suponer que a estas alturas tenemos la suficiente preparación para entender que una imagen, por muy querida que sea, no puede ir más allá de lo que es: una obra artística que nos acerca, a través del sentimiento, a los hechos pasionales que solamente ocurrieron para que fuese posible la Pascua.

Imágenes, por supuesto, pero puestas siempre en el pedestal que les corresponde.


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