miércoles, 8 de abril de 2015

Las procesiones: entre el espectáculo y la devoción

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Un hermano de Nuestra Señora de la Esperanza, el pasado Viernes Santo | Fotografía: Pablo de la Peña


F. J. Blázquez

Por regla general, las homilías del clero secular en Salamanca dejan bastante que desear. Simplemente no se preparan. Ni se cuida la prédica durante la etapa de formación del sacerdote ni se insiste lo suficiente en la necesidad de reflexionar sobre aquello que se expondrá ante el auditorio dominical. Da la impresión, demasiadas veces, de que el papa Francisco predica en el desierto, en esto y en otras muchas cosas. Y es una pena desaprovechar el momento idóneo para instruir al menguante pueblo de Dios. Pero es lo que hay y con ello debemos aprender a convivir resignadamente. Repetir para destrozar la Palabra que se acaba de proclamar es una práctica tan fácil como inútil. Salvando honrosas y destacadas excepciones, que las hay, y alguna muy notable, la homilía, por lo que se ve y escucha, no interesa a la mayoría de los presbíteros diocesanos. No se prepara, simplemente.

Y precisamente por ello, por esa renuncia generalizada a preparar la predicación, se incurre de vez en cuando en el disparate. Afortunadamente, la feligresía, de vida cada vez más ascendente, suele ser acrítica y conformista. Aguanta con todo sin percatarse, igual que los pocos críticos que continuamos cumpliendo por convicción con el precepto dominical lo hacemos por caridad. Pero hay momentos en que la ausencia de reflexión previa lleva a perpetrar tales disparates que, por mucha buena voluntad que uno tenga, por dentro se retuercen unas cuantas vísceras. Y, en relación con la Semana Santa popular podríamos espigar un buen ramillete de incomprensiones, invectivas y hasta desprecios.

A modo de ejemplo, por ser de esas que hieren especialmente, está la de un presbítero de nombre y actuar precristiano, que tras la extensa lectura de la Pasión de san Marcos, en la celebración matinal del Domingo de Ramos, regala el bis a la feligresía y le anima a seguir yendo a la iglesia. A fin de cuentas es donde hay que estar, decía al ir rematando la perorata con un atemporal exordio, porque aunque ir a las procesiones no sea malo, estas no dejan de ser solo un espectáculo.

Está bien. La sinceridad ante todo, que otros también lo piensan y callan. Es lo bueno que tiene no preparar las homilías, que el discurso sale sin prever consecuencias y uno se retrata. Y que conste que no le quito la razón, porque la procesión es un espectáculo. Hermoso y a veces hasta bien organizado. E incentivado por la propia Iglesia cuando estas prácticas se valoraban como algo conveniente para el buen practicar cristiano. Está bien. A fin de cuentas, la liturgia, con sus ritos, música y procedimientos es también un espectáculo. Bellísimo y enriquecedor cuando se prepara bien, homilías incluidas. Para el creyente la liturgia es algo más, lo mismo que la procesión para el cofrade, que también suele ser creyente. Y de la misma manera que hay mala, malísima praxis en la liturgia, también la hay en la paraliturgia.

Son ámbitos distintos y nadie, con dos dedos de frente, discute la centralidad de la liturgia en la Semana Santa. Y de la misma manera que el cofrade que antepone la procesión y con ella sustituye la liturgia incurre en grave error, el cura que desprecia las procesiones porque sólo sabe ver en ellas la teatralidad demuestra tener muy poco de pastor y menos aún de sentido práctico. Las enmiendas a la totalidad, por los excesos de unos pocos, no son justas, mucho menos cristianas. Mal andamos cuando repele el olor a rebaño. Poca caridad, poco escuchar al Santo Padre, poco saber descubrir los nuevos areópagos de los que hablaba Juan Pablo II. Poco, muy poco.


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