jueves, 23 de abril de 2015

Sentimientos de propiedad en las cofradías. Relato semanasantero

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José Fernando Santos Barrueco

Algunos derechos de propiedad sobre los enseres están muy alejados del espíritu cofrade | Fotografía: Pablo de la Peña

-¡Esto se acabó! ¡Que os vaya bien!

-Pero… espera un momento.

-No hay nada que esperar. Estoy muy ofendido.

La discusión surgió antes de salir la procesión, cuando un cofrade fue a coger uno de los enseres de la hermandad que había portado en los últimos años. En esta ocasión, se había asignado a otro y las explicaciones no calmaron su disgusto, por lo que decidió dejar la procesión y quién sabe si también la cofradía.

Existe una tendencia generalizada a querer cargar los pasos o llevar enseres o elementos procesionales "más honorables" que el humilde cirio o la cruz que portan los hermanos de fila, como si estos fueran los parias del cortejo procesional. Las "denostadas filas" que dan cuerpo a la procesión evitando una excesiva proximidad entre los pasos con el riesgo de solaparse los sonidos de las bandas, y en las que uno puede ir reflexionando en el significado de lo que hace, sin otras preocupaciones.

Es razonable que ciertas funciones se realicen con una continuidad por los mismos cofrades, especialmente llevar los pasos, y las cofradías suelen contemplar en sus estatutos los modos de selección (en otros lugares hay hasta "derecho de pernada"). Lo mismo podría ocurrir con determinados enseres, por su tamaño, peso o por su función (incensarios). Para el resto, parece normal que la junta de gobierno tenga libertad en su asignación, sin que nadie se atribuya derechos de propiedad que suelen ir cargados de vanidad, muy alejados del espíritu cofrade. Muchas veces, tales derechos se olvidan a la hora de arrimar el hombro en los cultos y actividades que las cofradías desarrollan durante el año, o al afrontar las muchas tareas que se requieren para tener todo dispuesto el día de la procesión. La falta de humildad y coherencia es la que genera las crispaciones, discusiones y enfados cuando se trata de ocupar determinadas posiciones en la procesión.

La situación me recuerda un relato imaginario que apareció en una revista de la Semana Santa de Cartagena, de la que perdí la referencia. Podría ser el siguiente:

Con la antelación prevista al inicio de la procesión van llegando al templo los cofrades. Muchos no se ven desde que se despidieron con un fraternal abrazo al terminar la del año anterior. Los encuentros, risas y comentarios pertinentes van elevando el nivel de ruido de fondo en la iglesia. Sobre él se van elevando voces que tratan de pasar lista de los hermanos de carga o localizar a los encargados de portar los distintos enseres de la cofradía: guiones, faroles, banderas, estandartes, sacras, incensarios, etc., para ir organizando el cortejo. En este batiburrillo van surgiendo las protestas de todos los años: "siempre igual", "siempre los mismos", "qué se habrán creído", "mi cuota es igual que la suya"... Algunos llegan más lejos: "El año que viene no me ven, que salgan ellos solos".

De pronto, por encima de ese guirigay surge una potente voz que inunda el templo. "¡No quiero salir!". Resonó de tal manera que todos callaron tratando de entender de dónde había salido. Todas las miradas se dirigen al crucificado del paso que, detrás de su palabra "¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!", presenta una mirada triste ante la falta de amor y caridad entre los hermanos, y se niega a salir en una manifestación de fe llena de vanidades, soberbias y envidias. El desconcierto es generalizado. Nadie sabe qué hacer. El arrepentimiento va haciendo mella en todos y aparecen lágrimas en muchos de los rostros.

Muchos vuelven la cara a María. A pesar del luto, aparece hermosa, vestida con esmero y cariño por las hermanas. La Virgen ha contemplado la escena desde su paso, muy engalanado con preciosas flores. La Madre de todos entiende el desasosiego de sus hijos, le apena su tristeza y valora su remordimiento. Como ya hiciera en Caná, se dirige al hijo pidiéndole que reconsidere su postura, que son muchas las ilusiones puestas en este momento y muchos los esfuerzos realizados, y que ya se han arrepentido. 

Cristo mira ahora a todos desde la cruz con su infinita misericordia. Con una mirada compasiva les pide una vez más: "¡Amaos los unos a otros como yo os he amado!". Con espíritu renovado, la procesión se organiza y sale. Finaliza exitosamente y el hermano mayor felicita a todos y les desea lo mejor, esperando verles el año próximo y exhortándoles a una mayor participación en la hermandad. Se multiplican los sinceros abrazos de despedida llenos de buenos deseos y cada uno vuelve a su casa. La rutina, los avatares de la vida y la naturaleza humana, capaz de los mejores y peores sentimientos y actitudes, nos vuelven a llevar al año siguiente a las mismas situaciones.

Si no lo remediamos, Dios no lo va a hacer por nosotros. Pongámonos pues a ello, y manos a la obra, para lograr ese "mandato nuevo" de amor fraterno que impulse los cultos y otros fines de las cofradías y haga de nuestras procesiones una auténtica y coherente manifestación de fe y hermandad a los ojos de los que nos contemplan.


1 comentarios:

  1. A lo mejor te conozco, pero no lo sé. Me gustaría felicitarte por esta reflexión. Gracias. Fructuoso Mangas

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