lunes, 6 de julio de 2015

El Cristo que se quedó blanco del susto

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J. M. Ferreira Cunquero

Montaje con el resultado de la restauración del Cristo de las Batallas | J. M. F. C.

El Cristo de las Batallas, tan experto en antiguas guerras, perdió la escaramuza de los caprichos mundanos, gracias (tócate las narices) a un cabildo que permitió tal afrenta a la historia y al aspecto devocional de la imagen. 

Suelen recomendar, los restauradores de garantía, que a la hora de limpiar o restaurar una imagen debe tenerse en cuenta, como principio básico, el valor devocional de la misma, pues cuando la lija o el paño humedecido en mágicos mejunjes roza policromías o maderas pueden cambiar de tal modo las tallas que, al regreso a sus altares u hornacinas, no las reconoce ni el más forofo de los parroquianos.

Entiendo que meter la pata a veces en este tipo de licencias y osadías llevadas a cabo por los mandas de alguna cofradía es debido (cosa comprensible) a una falta de formación en esta parcela tan complicada del arte, donde las buenas intenciones no suplen, casi nunca, a las carencias pedagógicas que permiten toda clase de atropellos y deslices a la hora de restaurar la virgen o el santo de turno.

Pero lo que sigue sin encontrar cacho en mis cortas entendederas es que una imagen histórica, y muy querida por muchos creyentes de esta ciudad, se fuese un día de jarana con todos los parabienes de la cosa obispal incluida y regresase con el maquillaje de un pobre y solitario cadáver sin plañideras que le llorasen. Es decir, que lo que recomiendan los restauradores, entre los que podemos citar a los de la Junta de Castilla y León, por cercanos, doctos y eficientes, la Iglesia, representada por sus grandes jerarcas catedralicios, se lo pasan por el arco de las frivolidades, permitiendo que el Cristo de las Batallas perdiese por todo el morro en la guerra de estos días la epidermis que, más que piel, era historia devocional escrita con sangre y dolor por los siglos de los siglos.

Y ahí nos lo traen al pobre, blanco como un bacalao desalao por el agua hedionda que da tufo a cloaca.

Si a la misma Iglesia de nuestros días la devoción le importa un carajo, pues a lo mejor es hora de apagar los candiles y tirar por el valle, como dice mi amigo ceporrio, "que a Dios y a su buen Hijo se le encuentra mejor en las esquinas con olor a mugre, muchas veces, que en los templos alicatados con mil tonterías".

Lo más curioso es que han situado por encima del propio Cristo de las Batallas, ahora manco y pálido como un puñado de cal barata, a un guiñolín de poca monta, con la intención de suplir, según dice algún tonto caspa, al que ha sido titular de aquella capilla durante largas y pacientes añadas.

Vamos, que nos han dado el cambiazo, como si fuéramos unos pardillos (que lo somos), ante esa posición magistral en la que los que tienen el mazo para avalar la ley que se mueve a capricho entre sotanas pueden permitirse el lujo de jodernos una imagen, que era patrimonio universal de creencias y devociones.

El asunto viene a ser como si alguien cogiese la Macarena de Sevilla para limpiarla y la devolviese con el rostro oscuro, porque el tocamaderas pertinente descubrió al darle lima que tenía debajo del colorido ébano negro. Es fácil suponer el bollo que se montaría en la capital hispalense y en media España. Pero aquí somos salmantinos, callados, respetuosos y pasotas de pura cepa.

En definitiva, lo que es cierto y palpable es que el Cristo de las Batallas, más que a una guerra, se fue a una encerrona en la que, para desgracia nuestra, le dieron tantas hostias que ha quedado para residir a perpetuidad en una oscura residencia de asistidos.

Y, mientras tanto, tan contentos. La Salamanca reconocida por sus brillantes aportaciones a las humanidades se ahoga en su propio silencio, con los oídos sordos de una ciudad complaciente en mirar de reojo a su historia. Silencio de los doctores, de los artistas, escultores, restauradores y oradores. Silencio ruin y deplorable de muchos devotos ante el Cristo (como decía el chiste) que se fue a cagar y no ha vuelto.


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