jueves, 24 de septiembre de 2015

Las cofradías y la pastoral penitenciaria

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Daniel Cuesta SJ

Firma del indulto de un preso el Domingo de Ramos en la procesión del Cristo del Perdón | Foto: Pablo de la Peña

"Hagan bien para hacer bien por el ánima de este hombre que sacan a ajusticiar". Con estas palabras, acompañadas con el tañido de tristes campanillas, recorrían las calles de Valladolid desde finales del siglo XVI los cofrades de la Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo. Y lo hacían después de haber acudido a la cárcel el día anterior al ajusticiamiento de un condenado a muerte, para hacerle miembro de la cofradía y por tanto partícipe de todas sus indulgencias. Al día siguiente, día de la ejecución, acompañaban y asistían al reo en sus últimos momentos. En ocasiones incluso llegaron a portar a los ajusticiamientos la imagen del Santísimo Cristo del Perdón, obra magistral de Bernardo del Rincón, para hacer que el procesado se sintiera más cerca del Señor. Tras la muerte del condenado, la cofradía se hacía cargo de sus restos, dándoles cristiana sepultura y ofreciendo los sufragios correspondientes por su alma.

Se trata tan solo de un ejemplo, quizá fuerte y conmovedor, de lo que supuso desde sus orígenes la labor social de las cofradías y hermandades de penitencia en nuestra tierra de Castilla, en concreto en el campo de lo que hoy conocemos como pastoral penitenciaria. Y es que muchas cofradías y hermandades han encontrado y siguen encontrando en las palabras de Jesús "Estuve en la cárcel y vinisteis a verme" (Mt. 25, 36) una fuerte inspiración para su apostolado. Cosa que no deja de tener sentido, puesto que si la imagen a la que se acompañaba en procesión por las calles era la de un condenado, los cofrades no podían dejar de lado a los condenados de su tiempo.

Sin embargo, tanto entonces como ahora esta atención a los penados constituía una espada de doble filo. Puesto que, por un lado, la visita y cuidado de los reos encarnaba una obra de misericordia muy necesaria y valorada. Pero por otro, el hecho de asistir a personas cuyos crímenes eran conocidos era germen de protestas y murmuraciones, ya que en muchos casos los afectados por dichas transgresiones, y el pueblo en general, eran partidarios de que pagaran sus culpas hasta el punto de privarles de la más mínima atención. La realidad es que, pese a todas las dificultades, las hermandades y cofradías encontraron fuerza en el Evangelio para ejercer su caridad con los condenados.

Han pasado los siglos, los tiempos han cambiado y la labor social de nuestras cofradías parece que se ha aletargado en muchos casos, reduciéndose casi a su mínima expresión. Pero curiosamente esta cercanía con el mundo de las prisiones y los condenados no ha caído en el olvido, sino que a veces incluso se ha reavivado. Son varias las cofradías que en diversas ciudades llevan a cabo el indulto de un preso durante su desfile procesional. En Salamanca, concretamente, todos conocemos el ejemplo de la Hermandad del Santísimo Cristo del Perdón, nacida en los aledaños de la prisión salmantina, que cada tarde de Domingo de Ramos devuelve la libertad a un prisionero.

Estos actos de recobro de la libertad tienen un valor incalculable para los que gracias a las cofradías pueden volver a salir a la calle y, por supuesto, ante los ojos de Dios. Pero creo que los cofrades del siglo XXI podríamos tomar ejemplo de los del siglo XVI y hacer algo más por aquellos hermanos nuestros que se encuentran en las prisiones, sea cual sea el motivo de su condena. Puesto que si nuestra atención hacia los mismos se reduce únicamente a un bonito acto que además contribuye a aumentar el valor estético de nuestra procesión, hacemos mucho menos de lo que podríamos hacer como instituciones que pretenden seguir a la persona de Jesús.

No creo que fuera difícil que un conjunto de cofrades (de la misma hermandad o de varias diferentes) se uniera organizando un pequeño grupo de pastoral penitenciaria, integrado en los cauces diocesanos. Su labor sería tan simple como profunda, puesto que consistiría en visitar a los reclusos y pasar tiempo con ellos, escuchándoles, enseñándoles alguna cosa o preparando un taller para ellos. Incluso podría ser posible que entre algunos de los internos se despertara el interés por la Semana Santa y se pudiera organizar alguna actividad en la que se explicase en lo que ésta consiste. Serían en todo caso acciones sencillas, pero que sin duda ayudarían a reavivar el espíritu cristiano de nuestras cofradías y las acercarían todavía más al Señor.

De momento todo son sueños, ideas y proyectos lanzados al aire. Pero no hay que olvidar que de este modo han nacido muchas de las grandes realidades que hoy existen en nuestro mundo. Solamente una cosa está clara: si queremos que nuestras cofradías sean realmente cristianas, no debemos dejar que en ellas se descuide la caridad. No podemos vivir de las rentas de un pasado, en el que nuestros predecesores atendían a los más débiles y excluidos de su tiempo, mientras en el nuestro nos contentamos con pequeñas acciones simbólicas. También en la labor social toca ser creativos, confiando siempre en la ayuda de Dios.


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