lunes, 12 de octubre de 2015

Pleitos tengas y los ganes

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F. J. Blázquez

Jesús, Luz y Vida, obra del escultor zamorano Hipólito Pérez Calvo | Fotografía: Alberto García Soto

Muchas cosas deben estar fallando en las cofradías para que las discrepancias terminen solventándose en los tribunales. La última nos llega de al lado, en la vecina Zamora. Allí, nuestros hermanos de Luz y Vida, que llevan un tiempo a farolazos, han sido incapaces de coincidir en una cuestión menor, como la de colocar la imagen sobre unas andas u otras, y han dirimido sus diferencias en la Audiencia Provincial. Y cuando uno se mete en pleitos, pues ya sabe, cualquier cosa puede suceder.

Uno, desde la distancia, lee la noticia y la cara se le queda a cuadros. Porque, vamos, que sea un juez quien decida sobre qué andas debe salir la imagen de nuestro querido y recordado Hipólito Pérez Calvo, de verdad, y con todo el respeto, suena a chiste. Está claro que esto es solo la punta del iceberg y el problema es mucho más profundo. Y como el tema lleva coleando ya su tiempo, lo primero que pensamos es si los zamoranos tienen obispo. La analogía resulta inevitable, pero hoy miramos hacia el Duero. La Iglesia es jerárquica y los obispos disponen de medios suficientes para atajar a tiempo los conflictos que surjan en las instituciones diocesanas. Una intervención temprana casi siempre evita el enquistamiento y descontrol de las disputas, pero por pusilanimidad o apatía, en cuestión de cofradías, un sector significativo del episcopado hispano suele mirar hacia Ronda cuando los diocesanos discrepan. Y luego pasa lo que pasa, lo de Luz y Vida, imponiendo la gestora cuando ya está todo dislocado, o lo del Cristo de los Milagros en Salamanca, que ni se sabe cómo ha terminado el asunto. Pero siempre, con estas cosas, la Iglesia queda puesta en solfa al predicar la caridad y dar tan poco ejemplo.

Pero al margen de la cuestión fundamental, que son los problemas no solucionados a tiempo por el prelado y sus delegados, lo que está claro es que la decisión de colocar la imagen sobre unas andas grandes o pequeñas, al estilo de las mesas zamoranas o en la línea de Amor y Paz que inspiró al escultor cuando las hizo, lo cierto es que esa decisión corresponde única y exclusivamente a la asamblea de hermanos, que en fraternidad y con el asesoramiento debido es quien tiene potestad para resolver. Al juez le compete determinar, llegado el caso, si la decisión tomada, cualquiera que fuese, se llevó a cabo de acuerdo con los procedimientos legalmente establecidos para ello. A fin de cuentas, ¿qué sabe de arte un juez? ¿Quién es un magistrado para interpretar si una imagen que no está protegida forma unidad artística con unas andas que no pasan de ser una obra de artesanía? En todo caso, de ser así, la imagen debería estar expuesta al culto con sus andas en la catedral. ¿O no? Habría que salvaguardar la coherencia de la unidad artística prescrita y así cumplir con la letra y el espíritu de una sentencia judicial que, pese a competir con la de minifalda, no queda más remedio que acatar.

Para concluir. Posiblemente, y volvemos a tocar una cuestión vital, la Semana Santa de Zamora corre el riesgo de iniciar un proceso de fosilización. En Luz y Vida se ha impedido un cambio natural en la trayectoria de cualquier hermandad, la renovación de unas andas, aludiendo a unos criterios interpretativos que ningún versado en arte, distanciado del asunto, puede ser capaz de sostener. Ante esta tesitura, y dado que el autor de unas andas o mesa, quien quiera que sea, realizará la obra buscando la armonía, integración y sentido de unidad con las tallas (¡quién va a hacer lo contrario…!), a las cofradías no les quedará más remedio, cuando quieran proceder al cambio, que retirar el paquete íntegro. Pero la cuestión es otra, y no va ya por estas sentencias tan peculiares. La Semana Santa de Zamora se puede fosilizar por su declaración como BIC. A partir de ahora, ante la mínima propuesta innovadora, se puede alegar que en la protección de una Semana Santa tan perfecta en su conjunto, el cambio de la parte afecta a la totalidad y, consecuentemente, perjudicaría a algo que todos estamos obligados a conservar. Y a partir de ahí los pleitos pueden sucederse ad infinitum. Y ya sabe cómo piensan los gitanos al respecto.


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