lunes, 7 de diciembre de 2015

Azul Purísima

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Tomás González Blázquez

Nuestra Señora del Silencio, a su paso por la Plaza Mayor el Sábado Santo | Fotografía: Alfonso Barco

En total son quince en la Semana Santa salmantina y dos esperan su momento. Once son protagonistas de un paso, incluso una repite y sale dos veces. Dos de ellas dan nombre y sentido a una procesión. Otra comparte titularidad de paso y cofradía. Tenemos una que es principal un día y secundaria otro, y que además venía formando parte de un señero acto. Y, por fin, tres son personaje secundario de grupo escultórico. En la historia no faltan las que fueron sustituidas, o dejaron de salir al desaparecer su hermandad, o por dejar de cederlas su propietario. En hornacinas y retablos reposan algunas que alguien soñaría, sueña o soñará en la calle. Y en el recuerdo, las hemerotecas y las tertulias, sobreviven las que se idearon, incluso se abocetaron, pero nunca llegaron a ser talladas y bendecidas.

María es muy importante en nuestras hermandades y en la Semana Santa. Incluso la cofradía decana, siendo de la Vera Cruz, lo es también de la Purísima, y sus hermanos no podemos decirnos "azules" simplemente por el color de nuestros capuchones y de la cinta de la medalla. Las quince imágenes de la Santísima Virgen que nos muestran las cofradías en la Semana Santa de Salamanca complementan y acompañan a las veintinueve de Cristo. María y Jesús, Madre e Hijo por antonomasia. Hubo un tiempo no tan lejano, que incluso conocimos los que no hace mucho dejamos de ser jóvenes, en que nuestras procesiones eran "de Cristos". En pocos años, a caballo entre las décadas de los ochenta y los noventa, se recuperaron pasos, se pusieron en hombros, se encargaron un par de yacentes aunque ya teníamos uno, pero, sobre todo, se incorporaron vírgenes a las procesiones de Cristos. Pasamos de un paso a dos, de una banda (o dos si llevaba abriendo) a dos (o tres). Sin ignorar el sentido que tiene que la imagen de la Virgen siga a la de Cristo, para reflejar que la primera y más perfecta seguidora del Hijo es su Madre, se respondía con esta novedad no tanto a una necesidad clara de la procesión, sino a una demanda surgida en la cofradía: mujeres que se habían sumado en gran número a las hermandades y deseaban participar como hermanas de paso ("costaleras", ¡tantas veces lo hemos leído o escuchado!). Desde entonces, María sigue a Jesús, aunque no faltó en los inicios el orden inverso, precediendo el paso de la Virgen al de Cristo (como ocurre, por otras circunstancias en el Santo Entierro y la Resurrección).

De esta manera, la Virgen de la Amargura, secundaria del grupo del Calvario y del acto del Descendimiento, antigua Soledad relegada por la Dolorosa de la Vera Cruz, fue renombrada y comenzó a salir el Lunes Santo junto al Cristo de los Doctrinos. Desde Andalucía llegó otra talla mariana, denominada en Salamanca con la advocación de las Lágrimas, para compartir desfile con Jesús Flagelado. Dos jóvenes hermandades, Amor y Paz y Silencio, encargaron sus vírgenes a Hipólito Pérez Clavo y Enrique Orejudo, respectivamente. Venimos celebrando, con desiguales cómputos, las bodas de plata de estos estrenos. ¿Han encajado la Amargura, las Lágrimas, María Nuestra Madre y el Silencio en sus procesiones? ¿Se ha acertado con sus andas, vestimentas, exornos florales o acompañamientos musicales? ¿Han cuajado los cultos celebrados en su honor y gozan de la devoción popular? No me atrevo con respuestas, que reservo al valiente lector, pero sí me animo a sugerir, pensando no solo en ellas sino en todas las demás, un rastreo de las huellas de María en la Palabra de Dios, pocas apariciones pero esclarecedoras: ¿las conocemos?, ¿no invitarían a un primer intento para una formación bíblica de los cofrades? También un buceo en la liturgia: ¿por qué no se acude a las fiestas y memorias de María, sin ir más lejos cada sábado, en nuestros calendarios cofrades, en lugar de ocupar para todo el domingo? Y, por supuesto, un paseo por la piedad popular, que no solo vive de besamanos y coronaciones, aunque en Salamanca chirría con estruendo el olvido de la patrona, Santa María de la Vega. A la vuelta de la esquina, 2018, cuarto centenario de los votos inmaculistas del Concejo y la Universidad. No debiéramos, como Diócesis, pasar de largo ni de puntillas por un año en el que honrar a María de la mejor manera: dejando que Ella misma nos muestre a su Hijo Jesucristo.


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