lunes, 14 de diciembre de 2015

Flecha y la dialéctica entre la tradición y la evolución en la imaginería religiosa

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F. J. Blázquez

Una de las imágenes que se encuentran en el taller el escultor Ricardo Flecha | Fotografía: Pablo de la Peña

Ricardo Flecha es un personaje controvertido, no lo vamos a negar. Suele suceder con quienes aportan algo diferente. Afable en el trato, conversador empedernido, teórico sui generis en la hermenéutica del quehacer imaginero, se considera, por encima de todo, escultor. No deja indiferente, para nada, un recorrido por su taller, escuchando al calor de su palabra, apasionada en el fondo, tranquila al exterior, las razones que le llevaron a entender de tal o cual manera cada una de las obras, terminadas o a medio hacer, que ocupan el amplio espacio de la nave que las acoge.

Por muy profano que se sea en la materia, al instante se percibe que la obra de Flecha es profundamente religiosa, dramática y singularmente religiosa. Y no solo por los cristos y figuras para pasos de Semana Santa que aparecen por doquier. Hasta en lo profano está presente, con hondura, la presencia de la dimensión espiritual del ser humano. Su peculiar reinterpretación del arte cristiano no siempre ha sido bien comprendida. Le pasa, habitualmente, a quien antepone sus principios y certezas frente a cánones o gustos preestablecidos. El hecho religioso, cristiano en el desarraigo existencial del hombre que vive y siente y sufre los aconteceres del aquí más nuestro, permea todas y cada una de las obras de Ricardo Flecha. Sucede con las imágenes de los hombres que nacieron del barro alistano, con los mártires que sublimando los más altos ideales dieron la vida para ser tierra feraz, con quienes fueron para ser recuerdo evanescente entre las salmodias de la vanidad, con la madre de todos que por todos sufre e intercede, con el hijo, que es el Hombre, el Dios humanado que salva entre dolores inefables.

Recorrer el taller de Flecha es un caminar por la vía ascética en ardua pugna hacia el encuentro con Dios. Y en medio de esta dialéctica, el maestro transita por su particular calvario tratando de conciliar su vocación de escultor con el pálpito del imaginero. En ese debate nunca acabado por fijar la difusa línea que separa la escultura de la imaginería, si es que en verdad esto puede hacerse, Flecha diferencia con rotundidad, llevando la imaginería a la seriación. De ahí su aspiración, como escultor, a crear los prototipos que encaucen la imaginería del siglo XXI. Esto puede apreciarse en la evolución estilística de su obra escultórica, presente en alguna de las semanas santas más destacadas, como Valladolid o Zamora, varios templos y unas cuantas colecciones particulares. Los más tradicionales no suelen comulgar con su arte. Entienden que no mueve a la devoción. Tampoco sea quizás este el objetivo del autor, que busca ante todo provocar la reflexión en torno al misterio del hombre y del Dios que se hace hombre. Provocar, interpelar, inquietar… hacerlo de manera que nadie quede indiferente, porque el creador, a fin de cuentas, es un intelectual que escribe con imágenes el discurso de sus reflexiones.

Visitar a Flecha, charlar con Flecha, mueve a pensar en muchas cosas. Y a veces uno, desde el Tormes, ve con rabia cómo nos estamos dejando ir las oportunidades de renovar o enriquecer nuestra imaginería religiosa con obras potentes e innovadoras. Se nos va Fernando Mayoral sin dejar su impronta en la Semana Santa. Menos mal que en otros ámbitos sí lo supieron valorar. Pero en el arte religioso, cuando en parroquias, cofradías o conventos se adquiere patrimonio, se mira casi siempre hacia Madrid o el Sur. O lo que es lo mismo, a la serie o a la detención del tiempo en las glorias postridentinas. A veces uno, desde la distancia, añora aquellos años de penuria económica, cuando en iglesias y hermandades supieron aprovechar el potencial creativo de los Montagut, Núñez Solé, Villar o de Nó y vencieron los obstáculos para contar con su obra. Hoy en día su legado se protege y valora, porque es reflejo de la sociedad y cultura del momento. Los nombres del hoy no son tantos en el secarral meseteño, pero de necios está siendo desaprovechar las oportunidades que surgen sin considerar siquiera a nuestros escultores, los que tenemos entre nosotros, como puede ser el caso de Ricardo Flecha.


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