domingo, 7 de febrero de 2016

Al encuentro de Jesús Rescatado

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F. J. Blázquez

Tomás Martín besa el pie de Jesús Rescatado | Fotografía: Pablo de la Peña

A la memoria de Tomás Martín

Partimos cuando nacemos / andamos mientras vivimos, / y llegamos /
al tiempo que fenecemos; / así que cuando morimos / descansamos (J. Manrique).

Al principio era la palabra y también nosotros, en lo esencial, somos palabra, aunque hay momentos en los que ansiamos el silencio, porque no somos capaces de expresarla, el ánimo flaquea, la mente se resiste y el intento queda en balbuceo. Pero no queda otra. A veces no queda más remedio que violentar el ánimo y escarbar de entre las cenizas para avivar los rescoldos de un no se sabe muy bien qué. El artículo que hoy iba a ocupar este espacio no tiene sentido. Hoy no, quizás otro día tampoco. Pero hoy seguro que no. Sobre la marcha, en medio de tantas emociones y con el sentimiento a flor de piel, tenemos que cambiar el rumbo y hacer presente a Tomás. Nuestro Tomás, el querido e inolvidable Tomás que ayer, repentinamente, decidió no asistir a la Junta de la Congregación de Jesús Rescatado porque los asuntos más importantes ya los iba a tratar directamente con el Jefe.

Tomás hacía muchas cosas, pero la dedicación a la Congregación de Jesús Rescatado fue la constate de su vida. En el argot de la Semana Santa era "Tomás Rescatado" y eso ya lo dice todo. En dos etapas dirigió la congregación durante veinte años y otros dieciséis fue tesorero, además de otros muchos servicios. Y como sacristán que de facto ejercía en San Pablo, allí continuaba, echando una mano y la otra, cada vez que era necesario. También llevaba las cuentas de la parroquia, las de la Tertulia Cofrade Pasión en los últimos tiempos, porque él siempre fue de números, era ministro de la eucaristía, pasó por la Junta de Cofradías y llegó a ser vicepresidente… Una vida intensa sirviendo a los demás. Porque eso es lo que hacía Tomás.

Cuando una vida es tan productiva como la suya, por mucho que cueste asimilar la noticia de su desaparición, solo queda dar gracias a Dios por habernos permitido conocerle y haber disfrutado de su presencia durante tantos años, que son casi veintisiete para quien estas líneas escribe. Los últimos, además, de manera cercana e intensa. Ahí, en esos ratos de confidencia en torno a un café, o paseando por las calles viejas de la ciudad, descubría uno al Tomás verdadero. Si ya la primera impresión te conducía al caballero, al hombre de ley, la conversación pausada y confiada revelaba la grandeza de su corazón. Porque aunque Tomás pasó por muchos sitios e hizo muchas cosas, al margen de su entrega a Jesús Rescatado, si por algo se le va a recordar es por su bondad. Él era ante todo un hombre bueno y generoso, que hacía sin decir y sin esperar nada a cambio, como dijo el Señor del Evangelio. Y estas son las vidas que alcanzan pleno sentido en el sentido pleno de la palabra, las que recorrieron su itinerario cumpliendo con el deber y dejando, al llegar el momento de la partida, sobre todo el recuerdo de su bonhomía. Por eso, para quienes le quisimos, que somos muchos, Tomás permanecerá siempre.

                              

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