jueves, 11 de febrero de 2016

Semana Santa de nuestros días

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J. M. Ferreira Cunquero

El Cristo del Perdón, anochecido ya el Domingo de Ramos | Fotografía: Alfonso Barco

El Padre lo llamó y, tal como era él, dando un portazo, lo dejó todo para salir a su encuentro. Que sean las sabias y sentidas palabras que Francisco Javier Blázquez sembró el pasado lunes en este espacio, las mías.
Tomás Martín, compañero de tertulia y amigo, de forma ejemplar ha impregnado el alma de nuestras querencias con su afán de ser entre nosotros para siempre, cosa nuestra. D.E.P.

Cuando releo lo que escribía y decía sobre la Semana Santa cofradiera hace mil años, no me reconozco. Aquel punto de vista intransigente contra cualquier proyecto que tratase de menoscabar el espíritu religioso —lo reconozco— se me ha ido esfumado de tal forma que tengo la impresión de que mi mano no era la que mecía aquella pluma.

Por aquella época conocimos a algún tipejo que, por ponerse en el traje los galones procesioneros con cierta arrogancia, pretendió darse el lujo de desplegar alguna amenaza, creyendo que la libertad a la hora de escribir era posible triturarla apenas sacase sus pobres fuerzas de orangután venido a menos. Y es que suele ocurrir que los alcornoques que no sirven ni para dar corcho levantan la cocotera con atrevida esbeltez para hacerse notar cuando menos lo esperas.

El caso es que —como decía— no me reconozco en aquella forma de pensar tan intratable a la hora de ceder espacio a las innovaciones, modas y a todos esos embrollos que suelen montarse cuando escasea la personalidad semanasantera, que en definitiva es la que suscita ese interés que suele darse por ejemplo en Bercianos de Aliste, Sevilla o Zamora.

Este cambio tan palpable, a la hora de analizar lo que tenemos, seguramente se lo deba a esos personajes de la teología, la comunicación y otras ramas del saber que fueron pasando por nuestra Tertulia, primero en los cursos de formación y después en las distintas comparecencias que lentamente sembraron entre nosotros el razonamiento que, desde una pluralidad reconocible, va dándole identidad de forma continua al grupo.

Creo que José Luis Ponga, en su última intervención en la Sala de Palabra durante la celebración de los veinticinco años de existencia de la Tertulia Cofrade Pasión, dejaba muy claro que la Semana Santa procesional (¡qué hermosa palabra!), al tener vida propia, hace posible que se mantenga una continua e imparable trasformación de las propias usanzas que la conforman. Hemos de reconocer, pese a que produzca rechazo en quienes creemos que no debe ser modificado bajo ningún concepto lo que representa fielmente la costumbre, que el tiempo trae y borra lo que van decidiendo quienes mantienen el ritmo y el rumbo de este gran barco de la Pasión española.

Si somos claros, y huimos del bosque hipócrita de la apariencia, hemos de resaltar que ese aspecto religioso, que debe sostener como fundamento insustituible la Semana Santa, viene haciendo aguas desde hace muchos años en el propio corazón de nuestras cofradías.

El clero y sus circunstancias cicateras a la hora de aproximarse al mundo cofrade,sembró en el pasado la semilla que lentamente ha ido madurando en la enorme paramera de las confusiones, hasta ser sustituidas, en muchos, muchísimos casos, la reflexión por la emoción y lo más grave, la Eucaristía por la veneración ante la imagen benefactora de turno. Seguro que hay otras culpabilidades, pero la responsabilidad del pastor frente a la de la oveja no admite —creo— discusión alguna.

De aquella cal viene la pintura que ahora maquilla el caserón y no cabe otra cosa que aceptar, aunque no nos complazca, que la realidad de la Semana Santa española seguramente esté defendiendo su existencia, en este momento, bajo el esplendor de su contenido cultural, que por otro lado debe ser reconocido como uno de sus grandes e insustituibles ingredientes.

Pero si llegamos a creer que ese acento cultural basta para callejear en silencio buscando la madrugada de nuestro deleite, estaríamos aniquilando el gran tesoro que hemos recibido, y con él las perspectivas de nuestro propio futuro como pueblo que sale a la calle a dar testimonio de su fe.

Lamentablemente hemos de reconocer que la desidia religiosa nos ha ido amoldando a la comodidad de este tiempo, que fructifica adhesiones a falsos dogmas que nos han regalado la calma, haciéndonos creer que, en la cita anual con una imagen, podemos, por arte de magia, arreglar el chaperón religioso que tenemos encima.


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