jueves, 31 de marzo de 2016

La súplica de José Luis Puerto

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Asunción Escribano

José Luis Puerto, durante el Poeta ante la Cruz 2016 ante el Cristo de la Agonía Redentora | Foto: ssantasalamanca.com

Desde el inicio de su canto este año, en el Poeta ante la Cruz, José Luis Puerto toma postura ante la poesía, ante la vida y ante la fe. "Todos" suma a "súplica" la imagen de la redención colectiva. Como un solo corazón que se salva o que cae pero, sobre todo, que late al unísono. Cada uno tirando de la piedad del otro, en una cadena de manos que dan forma al tiempo. Por eso, Mateo 27 inicia el poemario, con el desconcierto del Cristo solo y dolorido que, en el extremo de su miedo, ya no puede escuchar ni sentir la caricia del padre en su vida. "¿Por qué me has desamparado?", grita al cielo que será silente cuenco o brazos en los que acunar el espanto interior.

El título del poemario es el del primer poema: el inicio, el pórtico. Todos orando, construyendo con palabras esa fe que nos sostiene lúcidos sobre la historia. "De esa humanidad menesterosa/ Que siempre necesita/ La invocación, la súplica, las sílabas,/ La letanía, la plegaria…" adelgazándose, incluso, las propias palabras y haciéndose pequeño el ruego para poder caber encogidos en él, como si volviéramos al útero materno…

El poeta toma entonces las "palabras prestadas" –todas lo son– para conmover al Padre. Y estas se tornan, de esta manera, homenaje profundo a aquellos antepasados que las sostuvieron sobre sus labios, pronunciándolas una y otra vez, como si las calentaran al fuego del corazón, para que llegaran al futuro tibias y, en su piedad, poderlas legar, engarzando a las generaciones distantes en la plegaria familiar.

El acto del Poeta ante la Cruz fue testimonio vívido de esta verdad. El poeta rezando en alto ante el Cristo roto, y la madre, pequeña, silabeando acordemente íntima con el hijo la oración enseñada en la infancia, la melodía repetida cada noche: "No me mueve, mi Dios, para quererte…". Y todos nosotros testigos mudos de este asombro. La melodía rezada en comunión amorosa. Y coherente con este planteamiento inicial, la oración o el canto incluyen necesariamente la solidaridad. La búsqueda nunca es sola. Y el poeta pide por esa Europa silenciosa ante las espinas de la emigración, donde se reconoce hoy claramente a Cristo: "En esas caravanas que recorren/ Los caminos de Europa/ En busca de refugio/ Y de una vida digna;/ En esa cruz de vallas y alambradas,/ Que es corona de espinas".

Oscila el poemario, de este modo, entre el rezo y el canto sucesivamente, habiéndose alimentado ambos en la infancia en el ejemplo, entre otros, del abuelo, nudo constante en la poesía de José Luis Puerto quien de su mano retorna con el verso a "una niñez de juegos y ganados,/ Siempre en celebración/ Pese a tanta pobreza,/ En la que tú estabas presente/ Con tu incansable amor a lo creado". Es bueno decir en alto a quién debemos lo que somos.

Mas no podía terminar el poemario José Luis Puerto sin recalar en el Dios de las parábolas, en el de las bienaventuranzas, el Dios que salva antes que nada a los pequeños, a los heridos, a los humildes, a los mansos, a los heridos, a los silenciados… También el Dios que nombra la identidad de todo lo creado, lo grande y lo pequeño: el Reino y la semilla,  el pan y el cuerpo, el vino y la sangre… Tampoco, sin realizar un sentido homenaje al Cristo de la Agonía Redentora, cuya contemplación permite convertir esa "belleza amarga" del dolor que conmueve, y que lleva hacia la búsqueda: "De esa fraternidad y de ese amor/ Que proclamó vibrante tu palabra", cerrando de esta manera ese círculo inicial que nos incluye y nos hermana a todos. No podía ser de otra manera, pues este es el nudo de toda la obra preciosa de este poeta que siempre emerge fiel a sus principios.

Al fin y al cabo, qué si no es lo que celebramos durante la Pasión de Cristo, a lo largo de nuestra sagrada Semana Santa: una comunión conjunta que guarda y mantiene cálida la memoria de Cristo vivo, ante quien el creyente –cual poeta desnudo frente a la cruz– arrepentido de sus errores, pide otra oportunidad ante la necesidad de brazos que achiquen el dolor y el sufrimiento que hunde el mundo en que vivimos. Y en la voz del poeta, ante la cruz, todos juntos hacemos la súplica un año más.


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