jueves, 21 de abril de 2016

De la teatralidad bien entendida

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Montserrat González

Varios miembros de la sección del Cristo de la Liberación portan las tavolettas de Jerónimo Prieto

Define Federico Revilla en su Diccionario de Iconografía y Simbología el término procesión como un desfile sacro, con notables componentes teatrales y narrativos en algunas ocasiones. La clave de estos desfiles, según Revilla, reside en que el espectador permanece quieto, siendo las representaciones las que se suceden en movimiento ante él: bien sean grupos escultóricos, estandartes, insignias o bien grupos de creyentes debidamente ordenados o distribuidos.  Recuerda también F. Revilla que la procesión se concibe como una peregrinación abreviada, en la que el simbolismo del movimiento hace comprender al creyente que su actitud religiosa no admite pasividad, quietud ni inhibición. Entendiendo, por tanto, que un desfile procesional no debe marginar al espectador de la realidad religiosa simbolizada.

Recupero aquí esta definición de Revilla y sus propias reflexiones al hilo de los últimos desfiles procesionales de la Semana Santa salmantina. Por motivos personales, no he podido asistir físicamente a la mayoría de las procesiones teniendo que conformarme con las imágenes que los medios de comunicación me han brindado. Esta circunstancia me ha permitido observar con mayor objetividad y detenimiento como, en algunas ocasiones, nuestros desfiles se distancian bastante de lo retórico y teatral en su puesta en escena, alejando al espectador del misterio representado sin despertar su atención ni encender su devoción.

Resulta desalentador contemplar las imágenes de la procesión del Viernes Santo con unos pasos procesionales reposando en la Plaza Mayor abarrotada por un público que cruza por cualquier parte sin orden ni concierto y con el Santo Sepulcro cerrando la procesión sin un acompañamiento musical que cierre este impresionante cortejo fúnebre. Nadie parece darse cuenta de la dimensión de lo allí escenificado: ni espectadores, ni cofrades que denotan aburrimiento y hastío en gestos y actitudes.

A menudo olvidamos que cuando una imagen religiosa se saca del templo que la acoge para integrarla en el espectáculo cotidiano de la ciudad se debe hacer para reverenciar su divinidad. En una sociedad digital acostumbrada a ver cientos y cientos de imágenes de las cuales apenas procesa su significado, resulta esencial este aspecto. Si la solidez y belleza de nuestras tallas y pasos permiten con sus expresiones, gestos y composiciones una gran verosimilitud del misterio representado, cuidemos al máximo los detalles que las acompañan. La visión teatral y retórica de los desfiles procesionales no puede convertirse en una pérdida del buen gusto. A este respecto sirva como anécdota un breve apunte: ¿tan difícil resulta que la persona que lleva el estandarte de la cofradía, auténtico telón anunciador de lo que viene a continuación, vista el capirote completamente recto en paralelo, alineado con el varal o asta?  ¿No pueden los cofrades y penitentes revisar su indumentaria y atavío para que esté en perfecto orden y adecuado a lo que su cofradía o hermandad requiera para el desfile procesional?

Sin duda hay que potenciar los sentidos para ahondar en el conocimiento de lo representado pero siempre desde la intelectualidad y la espiritualidad, con elegancia y gusto estético. Nuestras tallas poseen el suficiente carácter místico y la contención necesaria para recrear los misterios de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo sin necesidad de introducir elementos ajenos a la órbita religiosa. Así pues, los elementos teatrales, estandartes, insignias, andas, enseres, incienso, flores, velas, faroles, acompañamiento musical y un largo etcétera, deberían traducir el sentido de lo sobrenatural para el gran público, visualizando los contenidos religiosos de la imagen artística, y no utilizarse para mayor gloria de hermandades y cofradías.

Vaya por delante mi admiración más sincera al inmenso trabajo que realizan cofradías y hermandades, al sacrificio de hermanos mayores, cofrades y penitentes que a menudo sacan adelante desfiles procesionales con muy pocos medios y superando mil obstáculos, pero también deben ser conscientes de que para conseguir un impacto emocional en el público no vale cualquier cosa y que a menudo solo se necesita desarrollar al máximo las posibilidades retóricas del Arte, diseñando desfiles procesionales refinados y elegantes, acordes al ambiente arquitectónico que proporciona esta ciudad.

Son muchas las cofradías y hermandades salmantinas que así lo han entendido, reviviendo de manera ordenada el desarrollo del drama de la Pasión, canalizando el gusto por el arte contemporáneo, renovando la iconografía religiosa haciéndola cercana al hombre contemporáneo (ahí quedan las aportaciones de Jerónimo Prieto con sus tavolettas y el Cristo de la Tabla que rebosa espiritualidad, o las cruces eucarísticas de Andrés Alén) sin renunciar a la idiosincrasia propia de nuestra Semana Santa, con elegancia e inteligencia. Pero también hay muchos otros desfiles que parecen olvidar lo que recordaban los sermones jesuíticos del siglo XVIII: que el culto en la casa santifica, en la iglesia edifica y en la calle ejemplariza.


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