jueves, 16 de junio de 2016

Los caminos de la secularización

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Daniel Cuesta SJ

Procesión del Corpus Christi en Toledo | Fotografía: Ana Pérez Herrera/ABC Toledo

Hace unos días celebrábamos la fiesta del Corpus Christi y reconozco que yo lo hacía un poco dividido. Un ojo lo tenía puesto en la celebración eucarística de la ciudad catalana en la que vivo, y con el otro tenía una visión panorámica que abarcaba las dos Castillas y Andalucía. Y aunque en los dos lugares los elementos celebrativos eran los mismos (puesto que el centro se encontraba en la Eucaristía y posterior procesión), lo cierto es que yo veía dos celebraciones del Corpus completamente diferentes, que en el fondo hablaban de dos modelos diversos de sociedad y de forma de vivir la fe.

En Cataluña, donde el proceso de secularización es mucho más fuerte que en el resto de España, la celebración a la que asistí tenía un carácter intimista y discreto. Aunque la fiesta del Corpus tuviera sus manifestaciones sociales y folclóricas en el centro de la ciudad, lo cierto es que la misa y posterior procesión eucarística se celebraron en los aledaños de la catedral; lejos del centro y pasando totalmente desapercibidas para el resto de los ciudadanos. Todo ello no quita para que fuera una celebración bonita, sentida y profunda. Pero en ella se respiraba un cierto aire de despedida de una fiesta de otra época, abocada progresivamente a la desaparición.

En las Castillas y Andalucía el ambiente era totalmente distinto. No hace falta hablar del esplendor del Corpus de ciudades como Toledo o Sevilla, porque en estos foros cofrades son conocidos, admirados y en cierto modo envidiados por todos. Por ello me centraré en nuestra Castilla y León, donde la celebración del Corpus, que parecía de alguna manera dormida, parece que se va despertando poco a poco y lentamente de su letargo.

Todos sabemos que el Corpus siempre ha sido una celebración "selecta" dentro de las cofradías. Y al decir selecta, me refiero a que no es una fiesta a la que acuda el grueso de los hermanos en masa, sino que es la celebración en la que participan los cofrades más cristianos, más practicantes y por supuesto también los más capillitas. Dichos hermanos, hasta hace poco participaban discretamente en las filas de la procesión, viendo como ésta iba poco a poco perdiendo el esplendor de épocas pasadas. Pero curiosamente desde hace pocos años estos mismos cofrades se han unido para tratar de revitalizar esta fiesta. En la mayoría de las localidades se han encontrado con un cabildo catedralicio que ha acogido bien estas propuestas y les ha dejado llevarlas adelante sin demasiados reparos. De este modo en Valladolid las cofradías han vuelto a levantar altares en el recorrido de la procesión, en Segovia se ha recuperado la presencia corporativa de las hermandades en el cortejo procesional y en Salamanca las cofradías han devuelto al Corpus sus altares y su música procesional.

Dos maneras de celebrar el Corpus que nos hablan de dos modelos de sociedad diferentes, que son las nuestras, con sus pros y sus contras, como todo en esta vida. Dos realidades que nos hablan de un fenómeno común como es el de la secularización de nuestra sociedad. La diferencia está en que en algunos lugares, donde este proceso prácticamente ha arrasado con la identidad pública del cristianismo, los seguidores de Jesús se van quedando poco a poco con una fe viva y comprometida, pero a veces demasiado íntima. Por otro lado, en otros sitios como puede ser nuestra tierra castellana, se da un fenómeno que no deja de ser curioso. Pues si bien la vivencia de la fe y su práctica van poco a poco bajando, la religiosidad popular cada vez encara con más fuerza un camino de subida. Esto nos lleva a contemplar por un lado actitudes bastante vacías y folclóricas a la hora de vivir celebraciones como la del Corpus, pero por otro todo este crecimiento de la religiosidad popular se convierte en un medio para que muchas personas conozcan a la persona más fascinante que ha existido nunca: Jesús de Nazaret.

Por ello creo que, ya que la mayoría de las personas que leerán estas líneas pertenecen al segundo modelo de secularización de la sociedad del que he hablado, los miembros de las hermandades y cofradías tenemos una responsabilidad grande en la tarea de la transmisión de la fe a las generaciones futuras. En primer lugar debemos tomarnos en serio lo que significa ser cristiano, a nivel de vivencia y práctica de la fe y también de compromiso con nuestros hermanos y nuestro mundo. Y en segundo lugar debemos saber aprovechar todos estos elementos con que la religiosidad popular envuelve, o más bien adorna, el centro de nuestra fe. De este modo éstos se convertirán en una puerta de la fe por la que muchos podrán entrar e ir conociendo poco a poco a Jesús: el único que puede hacernos plenamente felices.

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