lunes, 20 de junio de 2016

Que el viernes no nos impida ver el jueves

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A. Coco

Faroles de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, preparados para la marcha penitencial | Fotografía: Alfonso Barco

Cuando el 21 de abril de 2011 la lluvia impidió por primera vez que las tres cofradías del Jueves Santo procesionaran, la sensación de vacío en el centro de Salamanca fue inmensa. Aquel hueco evidenciaba la importancia de una tarde heterogénea que dio a la ciudad algunos de sus momentos cofrades más gloriosos en el siglo pasado. El gremio de comerciantes recreó desde finales de los cuarenta y durante la década siguiente uno de los mejores desfiles de la Semana Santa salmantina. Cuando en los 70 ellos y el resto languidecía, fue la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz la que con desenfado resucitó ese atardecer y prendió la recuperación que ha llegado hasta nuestros días.

No creo en los minifundismos cofradieros. Como a todos, me alegra que mi hermandad ponga en la calle un desfile sincero y vistoso y hago propios los pesares de todos sus integrantes si tal o cual razón merman un año las filas, si la carga sufre este o aquel contratiempo, si… Pero me ocurre lo mismo con el resto de cofradías. Siento como míos sus éxitos y comparto sus desgracias. Como en un dolor de cabeza, de poco sirve que el resto del cuerpo funcione si las cervicales te obligan a parar. La Semana Santa es un todo y cuando alguna de sus partes sufre, repercute en el resultado global. La procesión es, además, el espejo del alma. Y aunque es cierto que (aquí y en cualquier sitio) se pueden realizar fabulosos cortejos en corporaciones en stand by el resto del año, la procesión no deja de ser un termómetro que nos habla de su estado de salud, nos proporciona un diagnóstico bastante aproximado de cómo están funcionando las cosas.

Las dolencias hay que encararlas. De nada sirve sentir dolor y apretar los dientes. De nada sirve saber dónde está la consulta del médico si no se acude. De nada sirve felicitar a los hermanos al final de una procesión cuando se sabe que el resultado no es el deseado ni por el que habla ni por el que escucha. Por eso me preocupa que el viernes nos esté imposibilitando ver el jueves. La necesaria disolución de la procesión general del Santo Entierro copa desde hace años cualquier coloquio o conversación sobre la Semana Santa de Salamanca. Sí, son precisas mejoras de coordinación y posibles cambios de horarios y días de salida dentro de ese ambicioso "plan Cornejo" en el que todos debemos soplar a favor en pro del bien común. Pero –y habrá tantas opiniones como opinantes– la mayor parte de las procesiones de la tarde del Viernes Santo salen a las calles en mejores condiciones que algunas del día previo, donde las escenas en torno a las orillas del Tormes contribuyen a disipar en parte los problemas que se observan.

Cabe reflexionar, tras una década, si el cambio de horario ha favorecido al Vía Crucis. Más público, ¿pero más hermanos? Los plausibles esfuerzos desarrollados en torno al año 2007 no parecen haber dado sus frutos a largo plazo. La Hermandad del Cristo de la Agonía, que temió sufrir interferencias cuando su antecesora abandonó el horario matutino, ha visto también en este periodo que ese era el menor de sus problemas. El brillo de antaño ahora son tan solo destellos gracias a su portentoso patrimonio. Aunque el caso de Amor y Paz no pueda equiparse, la pérdida de músculo es también palpable. Quien la ve por primera vez suele quedar encandilado, pero para quien la recuerda en los noventa son inevitables las comparaciones, con las injusticias que esto acarree.

Sin duda alguna en el seno de dichas cofradías habrán reflexionado ya sobre estas cuestiones. El hermano mayor de la Agonía transmitió su preocupación al respecto en una reciente tertulia, donde expuso que se han iniciado fórmulas para remontar la situación. Y en esa tarea han de sentir la mano amiga y el compromiso de cualquier cofrade, con independencia de su medalla y el color de su capirote. Abordar el asunto en voz alta pretende ser una opción. Sin dejar pasar el tiempo hasta que las medidas de auxilio contempladas en los nuevos estatutos de la Junta de Cofradías sean la única alternativa. Sin dejar pasar el tiempo hasta que el sudoku del viernes haya quedado resuelto y, entonces, al bolígrafo no le quede tinta para el crucigrama del jueves.


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