martes, 18 de octubre de 2016

La belleza de una obra de arte no depende del gusto

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Tomás Gil Rodrigo

Primer plano de Nuestra Señora de los Dolores, de la Cofradía de la Vera Cruz | Foto: ssantasalamanca.com

En los últimos años, gracias a los medios de comunicación, al tiempo libre y a la posibilidad de viajar, las obras de arte se han vuelto asequibles a la mayor parte de la población, es decir, se han popularizado. Esto en principio está bien, porque han dejado de pertenecer a una élite pudiente y cultivada, por fin es posible que el arte sea un bien del que goza toda la humanidad. Sin embargo, aún estamos a mitad de camino, ya que hemos accedido a las obras de arte sin necesidad de ser formados en la contemplación y, por lo tanto, no son asumidas en su profundidad creativa.

Esta tarea resulta imposible si convertimos el arte en un objeto de consumo, al que dedicamos parte de nuestro tiempo, o simplemente lo queremos y valoramos en la medida que nos proporciona experiencias evasivas y placenteras. Hasta en la misma Iglesia estamos afectados por esta manera de tratar las obras de arte, creadas para mostrar nuestra fe por medio de la belleza, cuando organizamos visitas para ver iglesias o exposiciones en los momentos sobrantes o lúdicos de nuestros encuentros.

¿Cómo enseñar y mostrar a la gente la riqueza que contienen las imágenes, más allá de las figuras, si lo hacemos precisamente en una tarde o un día en el que se busca pasar el rato? Esta manera tan trivial de tratar el arte nos lleva a considerar las obras solo desde el gusto. Por eso, todos nos atrevemos a opinar, rápida y superficialmente sometemos a nuestro juicio un cuadro, una escultura o un edificio, dependiendo del gusto que me proporciona, muchas veces un gusto parcial, porque está educado desde un solo estilo artístico, o también un mal gusto, porque no lo tenemos cultivado.

Es cierto que el gusto capta la atención de cualquier persona con un poco de sensibilidad, pero aquí no se detiene la experiencia estética. Si busco el arte con el fin de obtener mi gusto, si lo valoro así, me quedo a medio camino de la contemplación de la obra de arte, no entro en la presencia de ésta, no se da un encuentro y una relación que transforme mi persona. Y es que la belleza de una obra de arte no depende del gusto que nos proporciona, sino de su capacidad para comunicar una fuerza creadora y transformante. El arte requiere un esfuerzo creador por parte del artista que realiza la obra y nos pide también ese mismo esfuerzo creativo por nuestra parte. El resultado final es que recibimos en nuestro espíritu la alegría, la paz, la fiesta, la luz… La experiencia privilegiada a la que nos lleva la contemplación del arte es a vivir anticipadamente el triunfo de una vida nueva para la humanidad. Ojalá por medio de estas líneas, durante este curso, descubramos y andemos por este camino tan peculiar de la belleza.


1 comentarios:

  1. Gracias por ayudarnos a descubrir la importancia de valorar,contemplar y disfrutar las obras de arte más allá de un entretenimiento pasajero...:)

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