viernes, 14 de octubre de 2016

La opción por el Arte o cómo salir del bucle de repetirnos o repetirlos

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Francisco Gómez Bueno

Dos cofrades de Amor y Paz portan el Cristo de la Tabla, de Jerónimo Prieto, en la procesión del Cristo de la Liberación

Resulta que por una razón que no alcanzo a comprender, en las redes sociales de CyLTV en los últimos años hay un curioso debate en torno a una procesión. La "polémica" en los comentarios gira en torno a si la salida penitencial en cuestión recogida por las cámaras transcurre por Salamanca o por otra ciudad. Al margen de corroborar la conocida teoría de comunicación conocida como Disonancia Cognitiva (más o menos, uno acaba por encajar –aunque sea a golpes- lo que ve en la idea preconcebida que uno ya tiene sobre lo que ve) y de confirmar que no se presta demasiada atención (ay) a los comentarios que acompañan las imágenes, el asunto suscita cierto análisis.

Soy de la opinión de que los últimos cincuenta años han acabado por completo con el alma de las ciudades, o al menos de la mayoría. Se identifican al primer golpe de vista los monumentos más representativos y hasta ahí. Hablar de tramas urbanas, de tipologías constructivas ya no tiene sentido alguno en medio de una uniformidad (bien alimentada por la especulación, la burbuja y la reducción de costes) extendida por doquier.

Pero volvamos al punto de partida: ¿y la Semana Santa? Pues, desgraciadamente, corre un riesgo parecido. Como toda manifestación cultural sostenida en el tiempo, la escenificación de la muerte y la celebración de la resurrección se ven sometidas a influjos, tendencias, altas, bajas, esplendores y decadencias.

Siempre ha habido cofradías poderosas que han extendido su influencia más allá de sus provincias. Siempre han existido prestigiosos talleres escultóricos que han creado obras para responder a demandas de las más variadas procedencias. Pero de manera paralela, siempre ha existido un palpable cariz propio de cada lugar, concentrado en torno a unos templos determinados, unas tallas determinadas y, sobre todo, una determinada manera de vivir la religiosidad.

Ocurre que en estos momentos hay una fuerza de enorme empuje que ha optado por remarcar solo una determinada forma de celebrar la fe en la calle. Es aire nuevo, nos dicen, y es cierto. Pero se extienden exactamente las mismas tallas, las mismas ornamentaciones. El mismo vocabulario. El mismo acompañamiento musical: lo mismo.

Resistir ante ciertos vendavales es ciertamente complicado, más cuando algunos afirman que por aquí pasa la supervivencia de la Semana Santa. Defiendo que todas las formas de fe deben tener cabida y que la pluralidad es un valor en cualquier manifestación humana. Al fin y al cabo, cada procesión tiene su público o el público acude a cada procesión predispuesto a una actitud determinada.

Ahora bien, entre la opción de respeto sacrosanto a "lo que se ha hecho siempre" (que determinada tradición, enseña u ornamento lleve siglos no significa que sea inalterable) y la opción de "trasplantar" sin más lo que se ha visto fuera, hay algún camino que me parece interesante.

Es la apuesta por lo propio sin copia. Una opción audaz y valiente que en Salamanca ha deparado algunas realizaciones encomiables. Destacaría la decisión de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz de encargar a Jerónimo Prieto su patrimonio procesional. Hoy el Cristo de la Tabla es una de las obras más conmovedoras que pueden verse en la calle en nuestra Semana Santa y fue fruto de un encargo visionario en el año 1992, al que siguieron tres años después las impresionantes tavolettas con el Via Crucis para la misma procesión del Cristo de la Liberación. Ahí se ha producido una combinación curiosa pero casi perfecta entre la mirada a los entierros castellanos rurales del siglo XVII y  ese estilo nervioso, vibrante, ensoñador de un pintor especial. No hay ningún  lugar del mundo, ninguno, donde se pueda asistir a ese diálogo único.

Como único, sin duda, es Andrés Alén. Creador hondo y humanista al que, por cierto, esta ciudad no admira lo que debiera. El caso es que Alén también ha entrado de lleno en la Semana Santa salmantina (o ha dejado salir de él un poco de su abrumador sentimiento religioso) y también ha aportado elementos procesionales de alto valor estético y reflexivo a las procesiones del Jueves Santo (Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz) y del Viernes Santo (Cofradía de la Oración en el Huerto).Collages humildes que en medio de tanto brillo y moldura nos hacen fijar la mirada. Nos golpean en el centro del pecho. Qué curioso, nos vemos escuchando al que susurra en medio de tanto grito.

No sé si la Semana Santa está preparada para dar un salto al informalismo, al expresionismo abstracto o a nuevas formas contemporáneas de arte. Hay un componente de escenificación verosímil, de piedad ante el sufrimiento evidente, que hace difícil pensar en que viejos resortes puedan moverse. Mientras, no está de más una reflexión ante la disyuntiva de acudir a un "supermercado" cofrade en busca de más de lo mismo, irrelevante por repetido y condenado como toda moda al olvido, o crear un verdadero patrimonio que admirarán los que vengan detrás.

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