domingo, 27 de noviembre de 2016

Estética cofrade (II)

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Pedro Martín

Cofrades con cruces numeradas preceden a Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis | Fotografía: ssantasalamanca.com

Reflexionábamos hace unas semanas sobre la importancia de la estética en nuestras cofradías y, en especial, en nuestras procesiones, ya que esta cualidad debe estar presente siempre en las mismas, como debiera estarlo en las celebraciones litúrgicas para conseguir esa conjunción de lo espiritual y lo material que nos lleve también a Dios por la belleza. Y en estas que nos encontramos al principio del Adviento, preparando el camino al Señor que ya viene a nacer entre nosotros.

Pues bien, retomando el tema de la estética y la liturgia, que son dos términos que deberían ir indisolublemente unidos, abordamos la estética litúrgica cofrade (permítaseme la licencia) como una prolongación de la propia liturgia que sale a la calle, ¿o acaso los pasos procesionales no se idearon como auténticos altares de culto que sacamos a la calle? Si esto es así, todo alrededor del mismo y de la procesión, de su principio a su fin, debe tener un sentido litúrgico y guardar la debida estética litúrgica.

Comencemos por el principio: la procesión la abre una cruz, como las procesiones litúrgicas son abiertas por la cruz parroquial. Poco más que comentar. La procesión la abrirá la cruz de la cofradía, llamada cruz de guía o en su defecto la  cruz parroquial si esta existe. Todas las demás cruces no tienen ningún sentido litúrgico y, además, estéticamente suponen una redundancia incomprensible.

El siguiente elemento que nos encontramos suele ser el incienso, que en la iglesia precede a la cruz abriendo la procesión y sirve luego para incensar la cruz, el altar, la palabra y al Santísimo; si decimos que nuestros pasos son altares, y además llevan a Jesús y a la Virgen María, ese es su lugar y no otro, delante de nuestras imágenes.

Otro elemento importante es la luz, ya que al igual que nuestro altar en la iglesia está alumbrado por velas, en la calle también las utilizamos y no solo en los propios pasos, sino también en ocasiones precediendo a estos con los ciriales, o con uno en cada esquina enmarcándolos, quizá una forma menos frecuente pero igualmente válida.

También le ponemos luz a la ya citada cruz de guía y también a la cruz parroquial, símbolos de Cristo. Litúrgicamente, ningún otro elemento debe llevar luz. Y ya que he citado la cruz parroquial, decir que su lugar, si no es abriendo la procesión, puede ser abriendo el tramo de la Virgen en caso de tener dos pasos o bien si se llevan ciriales en el primero en medio de ellos.

Queda un elemento que también es utilizado en algunas cofradías y que es propio del Santísimo. Me refiero al palio, elemento que es usado en la procesión del Corpus y que hace algunos años se recuperó como "palio de respeto" de color negro tras el Sepulcro en la tarde de Viernes Santo. En mi opinión, aunque no he encontrado ninguna disposición en contrario, no tiene cabida, pues no le encuentro sentido litúrgico a utilizar un palio en una procesión si no es para acompañar al Santísimo.

Todos los demás elementos propios de las cofradías como bocinas o trompetas, varas, banderas, libros de reglas, estandartes, etc., no se pueden considerar elementos con sentido litúrgico, pero si estético, lo que debería obligar a las cofradías a buscar su propio estilo estético, formado por sus imágenes y la forma de llevarlas, sus hábitos, su forma de procesionar y su propia idiosincrasia que nace de sus más profundas raíces como cofradía, siendo desgraciadamente frecuente el olvido de su propia historia. Y esto no significa que no se pueda innovar o evolucionar, pero siempre muy pensado y con una cierta perspectiva, y esto incluye mirar hacia adelante y hacia atrás antes de introducir un nuevo elemento procesional o recuperar aquellos que se perdieron para conseguir la tan ansiada estética cofrade que nos identifica y que resulta no solo necesaria, sino imprescindible para transmitir en la calle el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Dejaremos para una tercera parte de la trilogía las vestimentas litúrgicas y las cofradías.


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